viernes, diciembre 30, 2011

2011, un año de cine


Fin de año y, como siempre, un gran momento para hacer balance. Y este será un balance muy personal que, viendo lo que estoy viendo por otros lares de este vasto mundo que es Internet, no va a coincidir demasiado con el de los grandes entendidos o el de los medios de comunicación más destacados, sean especializados o generalistas. Una nueva prueba de que el cine es diferente según los ojos de quien lo vea. En cualquier caso, ahí va el resumen y la clasificación de todas películas estrenadas en 2011 que he tenido tiempo de ver. Seguro que en muchas no estaremos de acuerdo. ¿O sí?
· La película del año: Super 8
Si el cine es la materia de la que están hechos los sueños, el título que marcará este 2011 es Super 8. Sé que muchos la infravalorarán por ser una película de género. Incluso por ser un canto a la nostalgia. Incluso por los nombres que la sustentan. Pero es cine en estado puro, de ese que emociona, que conmueve, que te sitúa al borde de la butaca empatizando con sus personajes. Hay magia en la forma de rodar de J. J. Abrams, hay un emocionadísimo homenaje al cine con el que hemos crecido varias generaciones (y, concretamente, al productor ejecutivo de la película, Steven Spielberg), hay sentimiento en cada gesto de sus actores juveniles, en especial de la impresionante Elle Fanning. Super 8, como E.T. El extraterrestre en su día aunque algún peldaño por debajo, lo tiene todo para ser un clásico instantáneo, a pesar de contar con un final ligeramente precipitado. Pero todo en ella es todo tan emocionante, que se merece esta distinción. 
· Lo más destacado
Nunca es fácil calibrar si un año ha sido bueno o malo, máxime si tenemos en cuenta que algunas de las películas que acapararán las nominaciones a los Oscars no se han estrenado todavía en España, pero hay títulos que merecen estar entre lo mejor de 2011. Criadas y señoras es quizá el más redondo de todos ellos. Una película hermosa, bien narrada, maravillosamente interpretada por un grupo excepcional de actrices, uno de esos filmes que te dejan una sensación magnífica al salir del cine, una de esas historias más grandes que la vida, con un tema importante y que, además, tiene mucha significación hoy en día a pesar de estar ambientada hace unas cuantas décadas. Una delicia.

Como deliciosa es la comedia de Un dios salvaje, con un Roman Polanski en estado de gracia que saca soberbias interpretaciones de sus cuatro actores gracias a unos diálogos muy poderosos; el espléndido retrato de la madurez que traza Mike Leigh en Another Year; la esencia de la ciencia ficción que capta con maestría Duncan Jones en Código fuente; la aventura más genuina y la mejor animación motion capture que se ha visto hasta ahora de Lasaventuras de Tintín. El secreto del Unicornio del casi infalible Spielberg; y, a pesar de sus defectos, las grandes cualidades cinematográficas e interpretativas que encierra El topo. Y, por supuesto, las películas de dos grandes de Hollywood: La conspiración (dirigida por un Robert Redford siempre preocupado por su realidad) y Más allá de la vida (Clint Eastwood siempre en forma, incluso en una historia sobrenatural).
· Sorpresas positivas
Todos los años llegan películas de las que uno no espera demasiado o incluso de las que no ha oído hablar y que se convierten en títulos que da gusto ver y revisar. Eso sucede con Margin Call, hasta hoy la mejor película de ficción que se ha rodado sobre la crisis económica, una obra de teatro en el sentido más elogioso del término, que narra los acontecimientos de una única noche en la que se descubre el ruinoso juego de una empresa con el dinero de los demás. Un reparto espectacular (con Kevin Spacey y Jeremy Irons dando auténticas lecciones) completa el cóctel de una película imprescindible.

Eva es la sorpresa española del año. Era difícil prever cuántas cosas buenas iba a encontrarse uno en una historia de ciencia ficción patria, pero las reúne. El inagotable encanto de Rachel McAdams y la socarronería de Harrison Ford colocan a Morning Glory como la comedia sorpresa del año, deliciosa y divertida. Destino oculto es más que ciencia ficción, una bonita historia de amor disfrazada de thriller fantástico. El inocente es una notable película de trasfondo judicial con el mejor Matthew McConaughey. Hanna confirma que Joe Wright es un director interesante que domina como nadie los planos secuencia. Y Sin identidad es un thriller modélico dirigido por el español Jaume Collet-Serra.

Capitán América es un brillante espectáculo para todos los públicos que demuestra cómo hacer una película de superhéroes contando el origen del personaje principal y, además, culminando años de precuelas que desembocarán en 2012 en Los Vengadores, pero pintaba mal cuando se anunció que Joe Johnston sería su director (responsable de ese horror que es El hombre lobo). Junto con X-Men. Primera generación, porque lo de Matthew Vaughn en Kick-Ass hacía temer lo peor, son los dos títulos que elevan el cine de superhéroes a categorías más elevadas de lo que se le suele consideran (Christopher Nolan al margen, por supuesto). Y lo mismo se puede decir Misión imposible. Su cuarta entrega, Protocolo fantasma, está entre lo mejor de la serie y del cine de acción contemporáneo. 
· Me gustaron... como esperaba
Suelo hacerme una idea bastante aproximada de las películas que voy a ver, así que muchas cumplen con las expectativas previas que tenía. El origen del planeta de los simios fue una de ellas... pero también una en la que difiero bastante del juicio que ha recibido. Muchos la han visto como una de las mejores películas comerciales del año, y a mí la verdad es que no me pareció para tanto. Para mí la historia necesitaba un final mucho más contundente que el que ofreció. Es buena, es probablemente un notable comienzo para una saga, pero no pensaba que fuera a ser y de hecho no creo que sea un peliculón inolvidable.

Entre las que más me gustaron, cumpliendo lo que esperaba de ellas, están Cisne negro (con los defectos de Aronofsky y la genialidad de Natalie Portman), Cowboys & Aliens (una muy entretenida mezcla de western y ciencia ficción), El ilusionista (una hermosa película de animación, homenaje a Jacques Tati), Enredados (un muy buen Disney), Harry Potter y las reliquias dela muerte parte 2 (esperaba que fuera la mejor de la saga y, con todo lo que me gusta de ella, lo es), Rango (confiaba en ver una rareza entretenida y eso es justo lo que vi), Secretariat (una inspiradora historia de esas bonitas y final feliz), Sucker Punch (una frikada con estilo), The fighter (actores bordándolo en una historia más floja) y Thor (un buen superhéroe de la mano de Kenneth Branagh).

No tan buenas pero cumpliendo el cometido mínimo de entretener en la medida de sus posibilidades encontré a Acero puro (será por el carisma de Hugh Jackman o por su copia de Rocky), Anonymous (ni de lejos tan buena como se cree Roland Emmerich, pero curiosa), Blackthorn (un atípico western con sabor español), Con derecho a roce (le vi química a la pareja que forman Mila Kuns y Justin Timberlake... y me enamoré otra vez de Nueva York), Crazy, Stupid, Love (había para más, pero intuía que se quedaría en eso), Drive (no termino de verle la genialidad de la que casi todo el mundo está hablando, pero muchas partes me gustan), El Gato con Botas (digna y punto), Furia ciega (una de esas que son malas pero entretenidas), La cosa (cumple sin hacer el ridículo), La gran aventura de Winter, el delfín (cine americano familiar), Ladeuda (bien hecha), La trampa del mal (parece un episodio de la vieja serie de Alfred Hitchcock sin más pretensiones) y One day (una estructura simpática). 
· Enormes decepciones
No deja de ser curioso que entre mis enormes decepciones de 2011 estén bastantes títulos que han acaparado las listas de mejores películas del año que han hecho críticos y revistas, además de aquellas que han acaparado premios en festivales y nominaciones en los grandes premios. Lo más decepcionante de los últimos doce meses ha sido para mí El árbol de la vida, una especie de ejercicio filosófico-espiritual que está mucho más cerca de la videocreación que del cine. Su primera parte me llevo a mirar al techo en más de una ocasión preguntándome qué era lo que estaba viendo y la segunda no remonta porque Terrence Mallick nunca ha conseguido entusiasmarme, más bien al contrario. La película no parecía esconder un mal guión, lo dijo Sean Penn, pero el resultado es desconcertante.

Decepción es la palabra para definir lo que me provocaron Melancolía, por sensaciones en el fondo no tan diferentes a las que genera El árbol de la vida; el Woody Allen del año, Midnight in Paris, que me sigue pareciendo muy igual a otros muchos de sus títulos; Somewhere, donde se demuestra, quién sabe si de una vez por todas, que Lost in Translation fue una feliz casualidad en la carrera de Sophia Coppola; la visión catastrofista del Contagio de Steven Soderbergh, que a mí no me conmovió lo más mínimo; el soso regreso a la dirección de Jodie Foster, El castor; o la superficial Un método peligroso, alejadísima de los últimos grandes trabajos de David Cronenberg.

De entre las nominadas a los Oscars que se dieron en febrero, quedan como decepciones Valor de ley, porque los hermanos Coen fotocopian la película original y la hacen pasar por una obra de autor; 127horas, con una forma de rodar y montar, la de Danny Boyle, que no me convence en absoluto; Los chicos están bien, una historia más o menos simpática pero que todavía no sé qué me quería contar exactamente; o Winter’s Bone, a la que no le vi demasiado jugo, ni siquiera en sus interesantes interpretaciones. Apuntaba mucho más alto El demonio bajo la piel, y se me quedó en algo aburrido; no le vi la gracia a la alabadísima Four Lions; ni tampoco pasé de la frialdad en que me sumió Nunca me abandones.

Del cine más comercial, quedan como decepciones Cars 2, porque Pixar también falla en alguna ocasión; Conan el Bárbaro, porque el personaje merecía una adaptación medianamente digna que no obtuvo, GreenLantern, porque es una sosería más o menos simpática que reúne todos los tópicos posibles de una película de superhéoes inane (la antítesis de Capitán América); In time, porque da pena ver cómo se desaprovecha un planteamiento inicial rico en una cinta convencional; Insidious, porque si eso es el cine de terror moderno entonces queda en evidencia que el género pasa por un momento terrible; o The Company Men, porque lo que se podría haber convertido en una gran película sobre la crisis se queda en una historieta feliz y convencional.
· Poco que disfrutar
Muchas películas se ven y se olvidan. Algunas son mejores, otras son peores, pero es difícil que alguna de estas se quede en la memoria por sus méritos cinematográficos. Entre las visibles están Cómo acabar con tujefe (saca alguna que otra risa u Kevin Spacey está brutal en la primera mitad), Footloose (entretiene, pero es que es una fotocopia de la original), Immortals (por aquello de la aventura y el impacto visual), Invasión a laTierra (porque en el fondo siempre está bien una invasión en el cine de vez en cuando), Jane Eyre (bien hecha, pero fría), Los pitufos (no es mala película infantil) y Sin compromiso (y es que Natalie Portman da muy poco de lo que disfrutar).

Sinceramente, por mucho que ya lo haya hecho y no tenga remedio, yo no perdería el tiempo con 30 minutos más o menos, Asesinos deélite, Bad Teacher, Caballeros, princesas y otras bestias (que en realidad se podría merecer lo de peor película del año), Caperucita roja, Colombiana, Detrás de las paredes (a pesar del gran esfuerzo de sus actores), El amor y otras cosas imposibles, El cascanueces en 3D, El santuario, El sicario de Dios, En tiempo de brujas (ojalá Nicolas Cage deje de estar en la ruina, nos ahorraríamos algunos bodrios suyos...), La legión del águila, Larry Crowne, Mañana, cuando la guerra empiece, Monsters, No tengas miedo a la oscuridad, Perros de paja, Piraña 3D, RED, Sin límites, Sólo una noche, Soy el número cuatro, Templario, The Green Hornet y XP3D (cuyo comentario colgaré aquí en los próximos días). 
· La peor película del año: Transformers. El lado oscuro de la Luna
Probablemente no sea ésta la peor película del año, no. Pero trazando una ecuación imposible entre medios, posibilidades y resultados, Transformers. El lado oscuro de la Luna se gana con creces el dudoso honor de estar aquí. Que Michael Bay tenga tantas cosas a su disposición (desde los actores más cotizados a las cantidades de dinero más ingentes) para hacer siempre películas que son cinematográficamente tan pobres es algo que me llama la atención. La tercera entrega de los Transformers fue la que más claramente evidencia que el director no entiende la franquicia ni sus personajes, que lo único que quería era a unos cuantos robots en pantalla pegándose mamporros mientras explotan cosas a su alrededor y una mujer despampanante que sustituyera a Megan Fox se paseaba por ahí con su pelo al viento y su vestuario impoluto, siempre dispuesta a echar la bronca a un robot gigante que dice quiere dominar el universo. Inenarrable.
· Ningún interés por verlas
Secuelas, muchas secuelas entre el cine de 2011 que no me ha llamado la atención. Y entre todas ellas destacan las nuevas entregas de dos sagas que nos someten a un bombardeo publicitario brutal cada vez que llegan en los cines: Crepúsculo y Piratas del Caribe. Ni Amanecer (parte 1; ¿por qué ahora se ha puesto de moda dividir en dos filmes libros que son adaptables en una sola película?) ni En mareas misteriosas me dicen mucho ni me incitan a sentarme delante de una pantalla. Pero tampoco me interesan demasiado Resacón 2, Paranormal Activity 3, Scream o Torrente 4, Fast & Furious 5 o Saw VII. Sexta entrega creo que no se me ha pasado ninguna.

De entre lo más reputado entre ciertos sectores de crítica y público, lo que menos me interesa es el último filme de Pedro Almodóvar, La piel que habito. El manchego no consigue llegarme de ninguna de las maneras. Tampoco quiero ver las acrobacias de estos imposibles Los tres mosqueteros, ni el remake de Noche de miedo, ni la recreación del 23-F, ni los sin duda continuos disparos de The Mechanic, ni Los pingüinos del Sr. Poper, ni El último exorcismo, ni la Carta blanca de los hermanos Farrelly, ni las gracias de El oso Yogi o las de un extraterrestre llamado Paul
· Lo que me queda por ver
Aunque en 2011 he visto mucho cine, muchísimo, siempre hay películas que se quedan en el tintero. Por supuesto, este año la más relevante es The Artist, a la que muchos colocan ya como ganadora del Oscar el próximo año. Aunque sólo sea por el valor de estrenar en plena segunda década del siglo XXI una película en blanco y negro y muda, tengo la impresión de que va a merecer mucho la pena. También tengo muchas ganas de ver, y la esperanza de que sean títulos destacados, London Boulevard y Los amos de Brooklyn. Falta también Beginners, que puede ser notable gracias a Christopher Plummer.

Menos alicientes, pero alguno que otro tengo para ver Agua para elefantes, Amor y otras drogas, Camino a la libertad, El mundo según Barney e Intruders. En español suenan varios títulos que aúno no he podido ver: Capitán Trueno y el Santo Grial (me temo lo peor, pero está avalada por su procedencia de cómic), Mientras duermes (creo que puede ser inquietante), No habrá paz para los malvados (tengo muchas expectativas en ella), Primos (dicen que es divertida) y También la lluvia (bien valorada por la crítica).

miércoles, diciembre 28, 2011

'Drive', excesiva modernidad

Drive es una película difícil. Difícil de evaluar, difícil de ver en algún momento. En apariencia, todo está en orden. Algunas cosas son notables, algunas incluso sobresalientes. Bebe de numerosas fuentes apreciables, y eso se nota. Pero una segunda lectura revela huecos, errores y estridencias en forma de una violencia exagerada y manifiesta. Es una película moderna, y su modernidad lo impregna todo, a ratos para bien y a ratos para mal. Todo es a cámara lenta, todo es espectacular, todo es violento, todo es contundente, todo es como el cine de hoy en día lo esperaría. Y ese todo rodea una estructura clásica, que parece un western más que otra cosa a pesar de que el cine moderno no entienda ya de cowboys y si de personajes perdidos en grandes ciudades. Daive ha sido recibida en muchos sitios con entusiasmo, en festivales y medios de comunicación, y yo no termino de sentir ese entusiasmo por esta película. La veo mucho más moderna de lo que requiere y mucho más vacía de lo que parece. Si es eso es bueno o no tan malo es algo que tendrá que decidir cada espectador, pero a mí no me termina de convencer.

Pasada la primera escena (que parece, en realidad, un cortometraje con el protagonista al margen de la historia principal; y un buen cortometraje, por cierto, es una escena con gancho y con ritmo), Drive se convierte en dos cosas. Por un lado, es un western. Puro y duro. Por mucho que la película acontezca en esta época y con la gran ciudad (Los Ángeles) como telón de fondo. Pero es un western. Es Raíces profundas. Es Por un puñado de dólares (y eso lo delata el escasísimo diálogo del protagonista, en la línea del famoso Hombre sin Nombre de Clint Eastwood). Es, incluso, El jinete pálido, por recorrer tres épocas y tres tipos diferentes de western. Pero de todos ellos tiene algo. En realidad, lo que sucede en Drive es que se ven muchísimas influencias. Porque además de lo ya mencionado, tiene el toque urbano que Michael Mann puso, por ejemplo, en Collateral. Y es, desde su título hasta la coartada que utiliza, un homenaje a las grandes películas de coches de la historia del cine, en especial Bullit (y tiene, además del arranque del filme, otra gran persecución para corroborarlo).

Por el otro lado, es una historia de amor. Sí, una historia de amor. Bien camuflada con un envoltorio de thriller y acción, pero es una historia de amor. Ryan Gosling (estoico, quizá demasiado en alguna escena que pasa a ser difícil de creer por esa imagen exageradamente silenciosa) interpreta a un hombre callado, metódico, profesional. Conduce para ganarse la vida, a uno y otro lado de la ley. Un buen día conoce a su vecina Irene (una muy interesante Carey Mulligan) y a su hijo, Benicio. Y comienza a relacionarse con ellos. Hasta que aparece el marido y padre del chico (Oscar Isaac se está convirtiendo en un secundario muy apreciable), recién salido de la cárcel y con la necesidad de hacer un trabajo para pagar una deuda que contrajo precisamente en prisión. Es innegable que el motor de la historia y de su resolución es la relación entre Irene y el conductor. Pero el director, el alemán Nicolas Winding Refn, quiere esconderlo. Por eso se lanza, sobre todo en la segunda mitad del filme, a mostrar en pantalla una violencia salvaje, mucho más desagradable que la media y por momentos terriblemente inadecuada. No es que sean demasiadas escenas así, es que rebasan los límites de lo asumible. Es como Pulp Fiction pero en serio. Y para eso el adjetivo me viene a la cabeza es atroz.

Drive es una película contada en muchos momentos a cámara lenta, y con cuantiosas escenas de conversación (plagadas de silencios, por paradójico que pueda resultar). Con ese planteamiento, tiene mucho mérito que el filme tenga un ritmo espléndido durante sus 100 minutos de duración. A ese ritmo sin duda contribuye el contraste entre las interpretaciones, que acaban encajando perfectamente entre sí. Desde las desaforadas a cargo de Albert Brooks o Ron Perlman a las pausadas de Goslin y Mulligan, entre los que hay una química envidiable gracias a gestos, miradas y sonrisas que comparten (es decir, que la base está en su trabajo y no necesariamente en el guión). Y juntos, bien guiados por el realizador, ofrecen escenas maravillosas, como la hermosa pausa del ascensor (por la cual es imposibible no ver Drive como una historia de amor) aunque la sensación quede después rota por el desagradable salvajismo de su resolución. La acción, salvo esos toques casi de sadismo, está bien llevada, y eso contribuye a acelerar cuando la película lo necesita. Ese es el gran acierto de Drive, colocar todos esos ingredientes en la coctelera y hacer que, por momentos, parezca una gran película. Pero, en el fondo, está más hueca de lo que parece con semejante envoltorio.

Es una película que ha entusiasmado a crítica y público, a tenor de lo que se dice de ella en Internet. Para mi gusto, es demasiado moderna, incluso demasiado intrascendente y no del todo bien resuelta en algunos detalles. Quiere romper muchos moldes y a veces no parece lo que necesitaba la película. Quiere tenerlo todo controlado, y eso desemboca en un final extraño y poco creíble. Quiere contener demasiado el perfil del protagonista y eso lleva a que algunas escenas no parezcan naturales. Sin embargo, es innegable que Nicolas Winding Refn sabe llevar, en términos generales, la película, a partir de un armazón argumental muy clásico y un revestimiento excesivamente moderno. Drive tiene cosas muy interesantes, y entre ellas destaca su reparto, pero también tiene otras desacertadas e incluso sumamente desagradables. La balanza puede inclinarse a favor del filme, pero tampoco me parece la reinvención de un género o un título cercano a la perfección. Es una bonita historia de amor, rodada con acierto y con grandes aciertos de cásting e interpretación. Pero su elevado grado de brutalidad invalida algunas de las sensaciones que busca e incluso deja en algunas partes de su metraje.

lunes, diciembre 26, 2011

'Immortals', fallidos mitos sin alma

Un producto sin alma es un producto fallido y eso es justo lo que le sucede a Immortals. Es una de tantas películas en las que se ponen sinceras expectactivas y que al final se quedan en algo mucho menos trascendente de lo que podría haber sido en manos de un mejor director y guionista. Es evidente que estamos hablando de un producto de acción pretendidamente comercial que toma su historia de los mitos griegos, pero incluso en ese campo de la aventura mitológica se podría haber avanzado mucho más de lo que lo hace Tarsem Singh en su película. Sin alma, sin espíritu y con muy poca acción, es difícil que se acerque a los méritos de 300, película de cuyo éxito quiere aprovecharse indudablemente, tanto a nivel de taquilla como de imagen. Pero no se acerca a aquella. Deja sólo alguna que otra escena destacable, algún que otro diseño llamativo y un conjunto cercano al aburrimiento. Sin alma, es difícil aspirar a más.

Singh tiene un singular estilo visual, el que ya demostró desde su debut como director en la sosa La celda, que suele aprisionar en cierta medida sus películas. Demasiado supeditado a la imagen, descuida otras muchas cosas. Immortals sigue esa línea, pues ofrece una historia muy insatisfactoria y endeble, cargada de tópicos y desprovista de las escenas de acción que se le presuponen a un producto así. Da la impresión de que la película no es más que una excusa para plasmar algunas imágenes que le rondaban en la cabeza al director o bien que es uno de esos encargos que directores que una vez llamaron la atención de algunos espectadores o críticos están obligados a aceptar para seguir en la brecha y optar a dirigir proyectos más atractivos para ellos (no hay que olvidar que Singh prepara ya Mirror, Mirror, una de las dos versiones de Blancanieves que veremos próximamente).

En la concepción de Immortals se atisba el deseo de repetir el éxito de 300 o Furia de titanes. La primera era notable, la segunda llegaba al probado raspado, que casi pierde por su lamentable uso del 3D, pero ésta se queda en el insuficiente. Y no aprueba porque todo el tiempo de la sensación de que sólo busca rascar los bolsillos de quienes disfrutaron de las anteriores. Immortals tarda mucho en arrancar, más de veinte minutos hasta que se produce la escena en la que el protagonista adquiere su motivación para la lucha, escena, por cierto, que bebe directamente de 300 en lo visual. No ofrece una historia que enganche y tampoco la llena de escenas destacables. Quizá sólo la intervención de Ares y el momento visual que se genera con ello, pero poco más. Ni siquiera la lucha entre Teseo, protagonista del filme, y el minotauro consigue despertar del aburrimiento, pues es de lo más convencional. O, quizá, es que ese minotauro de diseño no colma las expectativas. El final sí resuelve con cierta imaginación las limitaciones de la película, aunque ya sea tarde para darle el aprobado.

Henry Cavill no es un mal Teseo. Tópico y manido, sí, pero es indudablemente mejor que Sam Worthington en la piel de Perseo en Furia de Titanes. Dan ganas de verle ya vestido de Superman. Él encabeza un reparto lleno de nombres y rostros conocidos, pero que no termina de enamorar. Ni Freida Pinto como sacerdotisa y oráculo ni desde luego Mickey Rourke como un villano que parece la versión mitológica del que hizo en Iron Man 2, con el mismo escaso interés y el rostro imperturbable. Stephen Dorff da un toque canalla y pícaro al reparto y destaca en él. La recreación de los dioses es deudora de la luminosidad que tuvieron en Furia de Titanes, aunque quitándoles algunos años, parte de la armadura para dejar visible su anatomía y añadiéndoles ardor guerrero para tomar parte en el clímax final. Poca cosa, en realidad. El siempre interesante John Hurt cumple con la tradición no escrita de que siempre destaca en este tipo de cine el actor secundario veterano.

Immortals sabe a poco. A muy poco. Es una película de ritmo demasiado lento como para aspirar a los mismos logros que 300, es una película con demasiado poco movimiento como para parecerse a Furia de titanes y es una película con un guión demasiado endeble como para superar a éstas o cualquier otra similar. No hay conflicto real, no hay un antagonismo bien desarrollado, aunque la escena previa a la batalla final indica lo que sí se podía haber conseguido con una mayor habilidad en la escritura del filme. El diseño, sí, es curioso, pero eso es algo que últimamente se da ya por sentado en cualquier producción de este estilo, dado que cualquier referente clásico se tiende ya a trufar de elementos visuales y decorativos modernos e innovadores. Pero no hay nada en el enfoque visual de Singh que eleve la producción de forma notable, como tampoco hay nada en el guión que haga memorable la historia. Es una sencillísima adaptación de algunos mitos griegos y poco más. Una lástima.

viernes, diciembre 23, 2011

'El topo', sensaciones contradictorias

El topo es una de esas películas que, sin poder evitarlo, quieres que te gusten. Cuando la estás viendo, disfrutas con las elecciones del director, con la sutil labor de montaje. Adoras el trabajo de los actores, porque, encabezados por un formidable Gary Oldman, conforman uno de los mejores cástings de los últimos años. Porque la historia es apasionante, trascendente, de esas que los americanos dicen más grandes que la vida. Pero sales del cine y apenas recuerdas nada. No hay momentos memorables. No hay ninguna escena que impacte por encima del resto. Ni siquiera hay un gran final. Y por eso, lo que deja El topo son sensaciones contradictorias. Hay mucho cine encerrado en esta película, muchísimo talento, pero no se ha convertido en un filme que esté deseando volver a ver salvo para admirar cuestiones técnicas e interpretativas. Contradictorio, sí, desde luego.

Partamos de la base de que no he leído la novela original de John Le Carré en la que se basa esta película, ni tampoco he visto la serie de siete capítulos de 1979 con el gran Sir Alec Guinness como protagonista. Es decir, que no puedo hablar de si se trata de una adaptación fiel o correcta, o de si es un libro demasiado denso para quedar reducido a una película de poco más de dos horas. Lo que sí está claro es que la búsqueda de un espía ruso en el Londres de los años 70 es un punto de partida fascinante para un filme. Lo es porque aporta la dimensión real del mundo de los espías, alejados del toque aventurero y espectacular que aportan sagas como la de James Bond o Misión imposible. Uno asume, y eso es un punto a favor de la película, que los espías de la vida real tienen que ser como se ven aquí. Y pocos espías puede haber por ahí sueltos que superen la contención y la genialidad que aquí demuestra Gary Oldman.

Es un actor que nos tiene acostumbrados a un histrionismo a veces desbocado, pero que también es capaz de mostrarse cerrado, intenso con sus miradas y no sólo con su voz y con sus movimientos. Es, en realidad, un pedazo de actor al que su presencia en espectáculos hollywoodienses suele restarle crédito entre muchos espectadores y críticos. Pero es muy bueno. Ver El topo es una prueba manifiesta de su capacidad como actor. Y verle entre tantos y tan buenos actores le hace destacar aún más. En esta película, no hay egos. Grandísimos actores encajan en papeles secundarios, a veces casi ínfimos, pero dan a El topo una factura envidiable. ¿Puede no apreciarse una película por la que desfilan Colin Firth (ganador del Oscar por El discurso del rey), Tom Hardy (será Bane en El Caballero Oscuro. La leyenda renace), Mark Strong (el villano de Sherlock Holmes), Ciarán Hinds (Munich), Toby Jones (La niebla) o John Hurt (Alien)? La respuesta es evidente. Todos ellos brillan y hacen brillar la película, desde el primero hasta el último y sin importar la relevancia y los minutos de sus roles.

El memorable reparto hace crecer la película casi tanto como la buena labor de su director, Tomas Alfredson, que saltó a la fama con la original Déjame entrar y que rueda en inglés por primera vez con El topo. Su apuesta es clásica y pausada, muy acertada para una película de espías con este tono. Sus movimientos de cámara son precisos y sus elecciones de planos más que interesantes. Pero esa pausa a veces se torna en algo excesivo, hasta el punto de colocar el ritmo de la película a un nivel muy bajo, constante y sin duda buscado pero a ras de suelo. El montaje, magníficamente puntuado por la música del español Alberto Iglesias, apuntala la sensación de intriga que tiene que ir dejando cada escena, jugando con brillantez con los flashbacks. Pero juega en su contra que no haya un clímax real que saque un pico en la escala del ritmo. No hay nada que ponga al espectador en el filo del asesinato, ni siquiera una sensación rotunda de la importancia que tiene la resolución de la búsqueda del espía.

Más allá de la memorable composición de Gary Oldman y algunos de sus momentos en pantalla (formidable soliloquio a cámara para contar cómo conoció al jefe de los espías soviéticos, Karla, casi tanto como el espléndido plano final), y por triste y quizá injusto que suene decirlo así, El topo no deja gran cosa en la memoria del espectador. Y es una pena porque la película contiene trabajos que van desde lo sobresaliente (también, por ejemplo, la dirección artística que nos transporta con maestría a la época de la guerra fría) a lo ejemplar (sobre todo, insisto, los actores). Aún siendo una película notable en muchos aspectos, no perdura en la memoria, no alcanza la relevancia que promete, no es la película definitiva de espías que podría haber sido.

martes, diciembre 20, 2011

'El rey león' es la joya; el 3D, el negocio

Hay dos formas de razonar el reestreno de El rey león. Por un lado, y dado que Disney es una empresa que quiere ganar dinero, sacar algo más del bolsillo de los espectadores, que la tendrán en DVD o en Blu-Ray, que la habrán visto media docena de veces, pero que seguro se dejarán sus euros en pagar una entrada y verla en el cine, en pantalla grande y en 3D, que además aumenta lo que se paga por verla un par de euros. Por otro lado, la posibilidad de recuperar un auténtico clásico, estrenado hace nada menos que 17 años, viéndolo en el cine con una nueva generación de críos que, como los de entonces, sucumbirán a la genialidad de esta película. Aunque la primera me da cierta rabia en este mercado actual de la cultura, conmigo vence, sin duda, la segunda razón. Es impagable lo que se siente viendo una maravilla en el cine, incluso sabiendo antes de que empiece que lo es. Y es más impagable aún si se cuenta con la posibilidad de tener sentado a tu lado a un niño que aún no la haya visto. Lo difícil sería saber quién disfrutaría más, si el chaval de verdad o el que los adultos todavía llevamos dentro.

El rey león llega en 3D, no podía ser de otra forma en el momento que vive el cine. Y la pregunta inevitable es si merece la pena. Desde luego, el trabajo de conversión es espléndido. A pesar de los años que han pasado desde su estreno, si no lo supiéramos nadie podría decir que no se trata de una película rodada para ser vista con las dichosas gafas. Hay planos que quitan el aliento, y el primer vuelo de Zazú hacia la roca en la que le espera Mufasa mientras suena el formidable tema de apertura de la película es probablemente el mejor ejemplo. La animación, además, es el mejor campo para jugar con las tres dimensiones, porque se le puede dar tanta luz como se quiera para que las gafas no lastren el oscurecido visionado. Pero no soy un fan del 3D. No me convence. Sí, hay momentos en que destaca, pero nunca es en toda la película, y eso hace preguntarse por la necesidad de este sistema, y eso que llevamos ya dos largos años bombardeados por este fenómeno. El día en que todos y cada uno de los planos ofrezcan la sensación de las tres dimensiones, quizá sea indiscutible en el cine. Mientras tanto, no lo tengo tan claro.

Con 3D o sin él, sigue siendo El rey león y eso, para quienes conozcan la película, lo dice todo. Hay quien piensa que es la mejor cinta de dibujos animados de todos los tiempos. Yo siempre he preferido La Bella y la Bestia, pero puedo entender las razones por las que hay gente que se queda con la odisea shakespeariana de Simba. Todo sigue ahí. La excelencia en la animación, el formidable y redondo guión, las pegadizas canciones de Elton John y Tim Rice, la excelente y contundente música de Hans Zimmer, James Earl Jones y Jeremy Irons en las voces originales (magníficamente reemplazados, cuando el doblaje en España todavía tenía una calidad excelsa, por Constantino Romero y Ricardo Solans), la impactante primera muerte en cámara de un personaje protagonista de Disney, la portentosa escena de la estampida, la comicidad de Timón, Pumba, Zazú y Rafiki, lo inspirador de su historia, su formidable clímax final. ¿Qué puedo añadir que no se haya dicho ya de una película tan extraordinaria como ésta?

Puedo decir, eso sí, que sigo lamentando profundamente que haya gente que no vea en los dibujos animados cine de verdad. Lo siento por ellos, porque se pierden cine con mayúsculas. ¿Qué es sino cine la espléndida escena en la que Simba mira al cielo y habla con su padre entre las estrellas? ¿Qué es la escalofriante forma en la que Scar consigue ser rey? ¿Qué es el perfecto prólogo de la película? Cine, puro cine. El rey león es una de las más grandes demostraciones de las posibilidades de la animación, una herramienta y nunca un género. También es señal de que la excelencia que se alcanzaba con el dibujo animado tradicional todavía no ha sido igualada por la animación por ordenador. Sí, ahora los movimientos son perfectos, los escenarios casi reales. Pero la magia del dibujo animado clásico no puede perderse. Así como sí soy capaz de imaginarme las maravillas de Pixar dibujadas como antaño, no soy capaz de vislumbrar cómo habría sido El rey león hecho con las técnicas de hoy. No puedo. Y, francamente, no quiero.

Será por la nostalgia. Esa que me ha tenido, otra vez, hora y media sentado en el filo de mi butaca, emocionándome con una película intachable que resiste el paso del tiempo con una firmeza admirable, propia de los clásicos más grandes. Y es que El rey león es una joya. Disney, por supuesto, quiere seguir exprimiéndola y que dé más dinero. Lo dará, gracias al elevadísimo precio de las entradas para ver un filme en 3D. Pero éste es un 3D que no molesta, que maravilla en momentos puntuales. Disney siempre ha hecho reestrenos como éste y gracias a eso pude ver de niño películas como Bambi o Peter Pan, estrenadas originalmente muchos años antes de que naciera. Y cada vez que vuelve un clásico, me lo tomo como una nueva oportunidad, como la ocasión de que los ahora más pequeños sueñen como yo soñé en su día con otras tantas historias. Decía que Disney es una empresa, y lo es, pero también es mucho más que eso. El rey león, como tantos otros títulos, así lo atestigua. Qué maravilla de película, ahora y siempre, en dos o en tres dimensiones, en la televisión de mi casa y, sobre todo, en el cine.

domingo, diciembre 18, 2011

'El cascanueces en 3D', un pequeño gran naufragio

Una historia más o menos popular, un mundo de fantasía, actores conocidos y reconocidos... y sin embargo El cascanueces en 3D es un pequeño gran naufragio. Falla como musical, porque las canciones añadidas al relato (aún peores con el doblaje) son extrañas. Falla como relato de fantasía porque no tiene excesiva imaginación y los efectos especiales son malos y poco disimulados. Falla incluso en sus actuaciones, que van desde las exageradamente ridículas como la de John Turturro a las incapaces de creerse lo que están haciendo como la de Elle Fanning. Muy poquito que salvar en una película decepcionante, que no convence a ningún nivel y que deja bien claro por qué ha tardado tanto en estrenarse en nuestro país (el filme está acabado desde comienzos de 2009, nada menos).

Teniendo en cuenta que estamos hablando de la adaptación cinematográfica de un ballet clásico, lo suyo sería que la música sostuviera el espectáculo. Pero no, es justo al contrario. Las canciones cuentan con letras inadecuadas, infantilonas y bastante aburridas. Con eso, la película ya pierde buena parte del encanto que podía tener. Pero no es el mayor de sus problemas. Andrey Konchalovskiy (director conocido por ¡¡¡Tango y Cash!!!) no sabe encontrar el tono ni el ritmo adecuados, y eso que afirma que es el proyecto que siempre quiso dirigir. El fallo es generalizado, con un guión soso, unos diálogos manidos y poco imaginativos, un reparto perdido y un aspecto visual bastante pobre, empezando por un 3D no sólo ya innecesario, sino que apenas se aprecia en ninguna escena, y eso que va incrustado en el mismo título de la película.

El mismo cascanueces es un personaje mal llevado. Como muñeco de madera, es un efecto especial de escasa calidad (como el resto de las imágenes digitales del filme, que a veces parecen propios de un producto amateur más que de una película comercial); como niño parece un personaje completamente diferente, algo a lo que contribuye que el juguete tenga una voz diferente. De hecho, ni siquiera es fácilmente aceptable que la niña protagonista adore con tanta facilidad al cascanueces, lo que dificulta notablemente la inmersión del espectador en la historia. Si el perfil del protagonista, aún siendo más cercano al tradicional, ya sorprende, la concepción de las ratas como un remedo de los nazis deja una absoluta sensación de sorpresa y perplejidad. Es un detalle que no aporta absolutamente nada a la historia, ni siquiera a nivel visual, dada la torpe organización de las tropas en pantalla.

Podrían salvar la película los actores, pero ni siquiera. John Turturro parece haber perdido el norte (del mismo modo que en Transformers, pero con un papel completamente diferente), histriónico y exagerado hasta decir basta y otra de las víctimas de los malos efectos especiales. Elle Fanning (que nadie se asuste de verla más pequeña que en Super 8, es que, repito, la película lleva dos años en una estantería) mantiene todo el grado de encanto natural que tiene, pero parece perdida actuando al lado de efectos digitales. Sólo Nathan Lane (haciendo de Albert Einstein; se le quiere colocar como narrador que habla directamente al espectador en alguna escena, pero ese es otro de los detalles que no tiene ningún sentido lógico ni intencionalidad aparente) o Richard E. Grant mantienen un poco el tipo, pero sus personajes tampoco cuenta con perfiles precisamente brillantes, por lo que tienen poco que hacer.

El cascanueces en 3D es una de esas películas que dejan una sensación bastante amarga al final, porque material hay de sobra para hacer una cinta mínimamente atractiva. Esta versión quiere ser una especie de cuento infantil que rememore lo que fue en los años 80 Dentro del laberinto, por aquello de que una chica real se adentre en un mundo de fantasía, pero los resultados distan de ser cercanos. Pretende ser una especie de cinta infantil navideña, pero tampoco está cerca de conseguirlo. Quizá no es más que la traslación a la pantalla grande de un viejo sueño de su director, pero estoy seguro de que él mismo, si tanto cariño le tiene a esta historia, habrá visto mejores versiones. Y así este título se queda sólo para aquellos completistas que quieran ver a alguno de sus actores favoritos (en mi caso, quería ver a Elle Fanning), aunque ninguno de ellos esté precisamente brillante. Una pena.

jueves, diciembre 15, 2011

'Misión imposible. Protocolo fantasma', rivalizando con James Bond

Viviendo como estamos viviendo una época desmadrada del género de acción, en el que el más imposible todavía, por absurdo que pueda resultar, parece ser el único objetivo a conseguir y por el que se puede convencer a un espectador para pagar una entrada, se agradecen películas como Misión imposible. Protocolo fantasma. Y eso que también se esfuerza es buscar ese más imposible todavía (¿podía ser de otro modo, teniendo en cuenta el título de la saga?), pero lo hace en base a un guión claro y entretenido, con un rodaje espectacular pero nítido, y con unos actores carismáticos. Misión imposible lleva una década y media rondando los cines de todo el mundo, siempre con Tom Cruise como estrella, y es un título ganador casi siempre. De hecho, como saga rivaliza con la de James Bond, a pesar de que aquella pueda presentar muchas más películas y algunas décadas más forman parte del imaginario universal del cine. A diferencia de las tres primeras partes, ésta sí mantiene conexiones con la anterior entrega y, aunque es una película perfectamente autónoma, sí asienta sus bases en la idea de continuar la saga. A este nivel de entretenimiento, que hagan las que quieran.

Nada me parece más poco atractivo a la hora de ver una película de espías que asomarme al trailer o incluso leer las sinopsis del filme, por oficiales y presumiblemente libres de spoilers que sean. Porque, al final, destripan tantas cosas que acaban por quitarle toda la gracia a la película. En IMDB, tres líneas del argumento bastan para desvelar lo que es el protocolo fantasma del título y una de las sorpresas más espectaculares de su metraje. Algún cartel del filme, acaba con otra sorpresa. Una pena, pero es un error ya demasiado repetido en el cine moderno como para no darlo por sentado de forma sistemática y huir de toda información divulgada de este filme. Dicho eso, sí se puede hablar largo y tendido del alcance de esta cuarta entrega de la saga cinematográfica de Misión imposible, basada en una muy popular serie de televisión de los años 60. Y lo primero que se puede decir, sin miedo a destriparle nada a nadie, es el juicio sobre el filme, una notable y entretenidísima pieza de acción, que enriquece el ya destacable mosaico en que se ha convertido esta saga, que ha pasado ya por las manos de directores tan diversos como Brian de Palma, John Woo (esta segunda entrega es, para mí, la única que no aprueba) y J. J. Abrams.

Y ahora cae en las de Brad Bird. El nombre, seguramente, le será desconocido a muchos, aunque muchos habrán visto alguna de las tres maravillosas películas que adornaban hasta ahora su filmografía: El gigante de hierro, Los increíbles y Ratatouille. Sí, tres películas de dibujos animados, la primera de ellas para Warner y las dos siguientes para Pixar. Misión imposible. Protocolo fantasma es su bautismo de fuego en un filme de acción real y pasa la prueba con una nota muy elavada. Quizá heredando la necesidad narrativa de la animación de mostrar con claridad lo que sucede en pantalla, Bird ofrece un thriller de acción y espías de lo más clásico en su realización (sólo se salen de la norma las escenas rodadas para el formato IMAX, sencillamente espectaculares para mostrar los exóticos marcos que siempre exige una película de este calibre), incluso en sus peleas y persecuciones, aunque éstas se acerquen bastante más al cine contemporáneo por su espectacularidad y sus rápidos movimientos de cámara. Se beneficia, también, de un guión claro (obra de dos debutantes en cine pero que ya trabajaron en Alias con Abrams, productor de este filme), quizá incluso algo inocente en algunos momentos pero que sirve ciertamente a los propósitos de la saga y de su nuevo director.

Tom Cruise (nunca entenderé por qué resulta siempre tan fácil desmerecerle...) sigue ejerciendo como magnífico héroe de acción sobre el que, de momento, no pasan los años. Lo cierto es que su Ethan Hunt, el papel que hizo suyo en 1996 (¡hace 15 años!) con el primer filme de la saga es ahora mismo un claro rival de James Bond. Tampoco parece descabellado considerarle como precursor del actual 007 interpretado por Daniel Craig. Y es que las películas de Bond y las de Misión imposible parecen tener muchos elementos narrativos y visuales en común, hasta el punto de que se puede considerar a estas dos sagas como perfectos y complementarios rivales por la hegemonía en el cine de acción actual, en su vertiente más clásica. Misión imposible apuesta algo más por la introducción de la comedia (de ahí la ampliación del papel en la tercera entrega del cómico Simon Pegg... aunque no termine de cuajar como relajo cómico en algunos momentos y se le lance con descaro a la parte más seria del filme en cuanto es necesario) y por un reparto algo más coral que el de 007 (espléndido Jeremy Renner, muy adecuada Paula Patton), aunque adolece en esta entrega de villanos tan brillantes como había tenido hasta ahora la saga y como suele presentar la de su colega británico (parecen todos algo desaprovechados, en especial la asesina que interpreta la francesa Léa Seydoux).

El papel de Simon Pegg no es la única conexión con la tercera entrega de Misión imposible, que sí se detiene en dar explicaciones narrativas que remiten a la anterior película. La segunda y la tercera parte de esta saga se concibieron como rupturas, como una nueva vía para seguir explorando la mitología de Misión imposible (aunque es verdad que la tercera ya tenía mucho que ver con la primera... y quizá pretendía borrar del recuerdo de muchos la segunda, venerado por algunos sectores, por cierto, aunque yo guardo de ella un recuerdo horrible), pero Protocolo fantasma apuesta por la continuidad. Además de algunas líneas del guión, hay varios cameos que así lo indican (¿para qué destriparlos?). Misión imposible. Protocolo fantasma cumple con creces todos los objetivos que se marca. Entretiene, divierte, emociona y, sobre todo, mantiene viva la llama de la tensión hasta el último segundo, exactamente lo que uno espera de algo que lleva este título. Si además hay una buena dirección, la siempre acertada elección de escenarios exóticos a lo largo de todo el mundo y espectaculares secuencias de acción (la escalada cobra una nueva y hermosa definición; no miréis abajo los que tengáis vértigo), y un toque realista dentro de lo imposible, no queda más remedio que rendirse a la evidencia de que estamos ante una película espectacular en su campo.

lunes, diciembre 12, 2011

'Perros de paja', otro correcto e innecesario remake

Siempre que llega un remake digo lo mismo. No estoy en contra de que se hagan, no me parece una muestra de falta de ideas, sino un deseo de recuperar las buenas, actualizarlas, expandirlas, modernizarlas, incluso honrarlas. Eso, por supuesto, en un mundo ideal en el que quienes hacen películas sólo buscan llevar a la pantalla historias de calidad. Ahora toca bajar a la realidad y admitir que es verdad que son muchos los remakes que producen decepción. Perros de paja es uno más en esa lista de innecesarias revisiones. Y es innecesearia porque escoge el camino de la copia y no de la revisión, de la continuidad y no de la originalidad. No es mala película esta nueva aproximación a Perros de paja, no. Es correcta, está bien llevada y, al menos, no ha rebajado el dramático nivel de violencia que tenía el filme original, algo siempre tentador en estos tiempos que vivimos de la corrección extrema. ¿Pero era necesario teniendo ya aquella joya de Sam Peckinpah? No, seguramente no.

El primer problema al que tiene que hacer frente el remake de Perros de paja es que el filme original de Peckimpah, como casi todos los de este realizador, son hijos de su tiempo. La descarnada violencia que impregnaba la película de 1971, en absoluto carente de ambigüedad y dobles lecturas, aquella que impregnó tantas y tan míticas películas de comienzos de los años 70 era un grito de libertad cinemotográfica cuando fue concebido. ¿Hoy? El nivel de violencia de la historia ya no nos es ajeno, al contrario, las artes visuales se han contagiado de esta vertiente y lo que muestra Perros de paja no asombra de la misma manera. Entonces se hablaba de lo necesario o superfluo que era ver violencia en el cine. Hoy, al hablar de Perros de paja, ese ya no es el debate y no lo va a ser. Al menos, como decía, este remake mantiene el nivel del orginal en este sentido. No hay rebajas en las escenas más duras de la película, si acaso algo más gráfico que lo visto en la aproximación de Peckinpah en la resolución de la historia, pero más o menos lo mismo.

Los cambios que acomete Rod Lurie, guionista y director del remake, no son sustanciales. Son pequeños detalles que actualizan la historia y la acercan al público moderno y americano, pero nada más. El protagonista ya no es un matemático, sino un guionista. Los hechos no tienen lugar en un pueblo inglés, sino en uno norteamericano, de Mississippi. Toques muy menores que no justifican en absoluto una nueva aproximación a la historia. En el tono, hay una levemente mayor condescencia con respecto a la violencia que la que mostró la película de Peckinpah, pero tampoco es tan destacable. Perros de paja, la de 1971, hablaba de los límites que tiene que soportar una persona antes de estallar, hablaba de cuánto dolor se puede aguantar sin responder, de si los principios son válidos en situaciones en las que salvaguardar la propia integridad física merecería apostar por una salida que algunos tacharían de cobarde. Todo eso sigue aquí. Pero ya lo hemos visto antes.

Lo que no logra Lurie es mostrar la debilidad del protagonista de la que se pueden aprovechar los matones del pueblo en la violenta vorágine cuyos hechos se precipitan en el cuarto final de la película. Dustin Hoffman era el actor ideal para representarlo, James Mardsen no. Y no porque lo haga mal, al contrario, tiene cierto carisma y encaja bien con Kate Bosworth. Pero aunque se le intente mostrar mucho más bajo que su antagonista, un mucho más convincente Alexander Skarsgard, no termina de llenar las necesidades del personaje. En realidad, lo mejor de la película lo aporta en sus primeras escenas, más que en las últimas, el desatado personaje de James Woods o el más que interesante Dominic Purcell. Las actuaciones, de hecho, se convierten en el mayor aliciente de la película, toda vez que el objetivo es ir calcando todo lo que sucedía en el original: la casa a reparar, el desnudo en el baño, el gato, el disparo en el pie, la trampa para osos... Todo estaba ya en aquella Perros de paja que hoy muchos, sobre todo los que limitan el repaso al cine a lo que se encuentran en la cartelera cada semana, por desgracia ni siquiera conocerán.

La ambigüedad que podía flotar sobre la obra de Peckinpah (y sobre todo de los sentimientos del personaje femenino principal), aquí se convierte en un simbolismo que, en todo caso, parece demasiado sencillo y algo reiterativo. Se siente el ambiente opresivo de un pequeño pueblo sureño, como en el original era de la Inglaterra más rural, con el que se recibe a una pareja, en la que ella ha crecido allí y él es un completo extraño que intenta adaptarse pero no termina de entender las costumbres del lugar. Todo eso sí lo capta Lurie. Pero la película no adopta nunca un tono independiente y propio, es deudora en casi todo, esencialmente en todo lo bueno, del título de 1971. Incluso el cartel de la película es prácticamente idéntico. Quien vea este Perros de paja no se va a encontrar, en absoluto, con una mala película. Pero tendemos a olvidar el original cuando un remake llega hasta nosotros y, para qué engañarnos, la cinta de Peckinpah es mucho más en todos los aspectos, y sobre todo por el momento histórico en que llegó a los cines.

jueves, diciembre 08, 2011

'In time', interesante aunque insuficiente fábula futurista

Andrew Niccol tiene la extraña capacidad de llamar mi atención antes de ver sus películas y que éstas se me antojen insuficientes después de verlas. Siempre interesantes, eso sí, porque sus temas, sus escenarios y sus inquietudes son apasionantes, pero nunca deja sensaciones completamente satisfactorias. Le vuelve a suceder en In Time, una fábula futurista con un planteamiento cargado de posibilidades, algunas escenas maravillosas pero un resultado final que se pierde en la cotidianidad del cine actual. In Time desaprovecha algunos temas trascendentes que plantea para ofrecer un thirller previsible, con una pareja protagonista demasiado cercana al prototipo marcado por un estudio de mercado y superada en interés por un buen antagonista que, en todo caso, también sabe a poco. Lo mejor de la película está en sus primeros veinte minutos, formidables y esperanzadores, y eso deja una sensación gris al final, pero sus puntos de interés son atractivos.

Gattaca determinó para siempre la carrera de Niccol. Guionista y director de aquella hermosísima película de ciencia ficción, todo un estudio sobre la condición humana y un título de culto casi desde su estreno, confirmó que tenía un futuro brillante con el libreto de la formidable y no del todo valorada como se merece El show de Truman, dirigida por Peter Weir. Pero después de estas dos joyas, Niccol se ha convertido en un director y guionista más inconstante. Como decía, me atraen sus pretensiones pero sus películas me decepcionan en cierta medida. Me sucedió con Simone, que debía ser una ácida crítica al mundo del cine y que se quedó en un cuento entretenido, y me pasó con El señor de la guerra, que tenía que haber sido un furibundo ataque al mundo en que vivimos y que no termina de ser redonda. Por supuesto, sucede también con In Time, que presenta un mundo futuro fascinante en el que el dinero ha sido sustituido por el tiempo. Todos los seres humanos dejan de envejecer fisicamente a los 25, pero entonces sólo les queda un año de vida... más el tiempo que puedan conseguir con su trabajo, sus apuestas, sus intercambios. La inmortalidad al alcance de la mano, pero a la vez impensable.

El escenario resulta fascinante desde numerosos puntos de vista, y hubiera resultado fácil hacer con él incluso una parábola sobre la situación económica actual, pero ese concepto apenas le resulta interesante a Niccol y sólo lo utiliza como mínima excusa. Su interés se desvía a lo humano, y gracias a ello consigue un arranque de película muy bueno, sin dudo lo mejor del filme. En ese tiempo hay dos escenas llenas de lirismo, poesía y emoción que recuerdan a las mejores partes de Gattaca, bien acompañadas por la música de Craig Armstrong y muy bien montadas. Ahí parece que In Time va a ser más de lo que acaba siendo realmente. Y es que a partir de ese momento, a Niccol lo que le atrae es el contraste de mundos (los pobres en tiempo, permanentemente cercanos a la muerte, y los ricos, los que se pueden permitir una vida de lujos) y el thriller más puro de persecuciones. Cae, por ello, en el tópico de formar una pareja joven y atractiva, en la que pesan más los intensos ojos azules de los dos actores elegidos que su capacidad para formar personajes sólidos.

A Justin Timberlake no se le puede negar el intento de no encasillarse, ya que busca papeles y géneros muy diferentes con cada película. No obstante, está todavía lejos de provocar la misma fascinanción que consiguió en La red social. Amanda Seyfried maneja un personaje que logra más en lo visual que en lo argumental. Es difícil entender sus motivaciones en esta película, en la que sí pone en pantalla un enorme atractivo físico. Ambos personajes son bastante más endebles de lo que requiere una historia como ésta, y son claramente superados por el guardián del tiempo, un policía de la época, que interpreta Cillian Murphy (el Espantapájaros en las películas de Batman de Christopher Nolan), un buen retrato de la obsesión pero que Niccol resuelve de forma fría y quizá injusta con las expectativas que levanta. Incluso en Olivia Wilde, en un papel secundario, se intuye una cierta frialdad que no evita, eso sí, su emocionante participación en una de esas dos secuencias poéticas de las que hablaba antes. No se puede decir de los actores, como de la película en general, que estén mal, pero deja una sensación desasosegante tener sobre la mesa un filme con posibilidades que no cuajan.

Lo que termina destacando en In Time es la acción, sus persecuciones bien rodadas y bien ejecutadas, pero son demasiadas las películas que se costruyen sobre esa base y ésta, con su notable arranque, prometía bastante más. Sigue siendo una película interesante, que ayuda a seguir configurando la filmografía de un director y guionista que al menos arranca sus proyectos desde perspectivas originales y novedosas, y cuenta con un reparto lo suficientemente atractivo y carismático como para que entretenga durante sus 104 minutos. Pero tenía ganas de ver a Andrew Niccol volviendo a demostrar la genialidad que emana de Gattaca. Y es una pena porque In Time tenía, indudablemente, el potencial y los argumentos para recuperar esas sensaciones, pero los atisbos de trascendencia se queda en el primer cuarto del filme y los de crítica social se asumen arrinconados en el último. Como entretenimiento, en todo caso, cumple, pero habrá que seguir esperando esa nueva película sobresaliente en la carrera de su creador. Ya prepara The Host, otro título de ciencia ficción que promete. Veremos.

lunes, diciembre 05, 2011

'Un dios salvaje', demoledor Polanski

Roman Polanski es un genio. Un genio extraño, pero un genio en definitiva. Y uno, además, que tiene la capacidad de hacer películas sorprendentes, muy diferentes las unas de las otras aunque se atisben algunos rasgos comunes a otros títulos de su filmografía. Un dios salvaje ahonda en parte de lo que había expuesto en El escritor pero poco tiene que ver, por ejemplo, con El pianista. Es diferente y, además de ser un filme demoledor, un ejercicio de estilo que mueve con elegancia la cámara en el marco de una pieza teatral o, y eso es lo importante, una escena de la vida real. Esta es demoledora y Polanski agarra con fuerza su esencia para volcarla sobre unos diálogos tan hilarantes e hirientes como veraces y genuinos. Y si para plasmar esa historia cuenta Polanski con cuatro actores en estado de gracia, lo que resulta es una película soberbia y cautivadora, poseedora de numerosos matices y lecturas, capaz de generar apasionados debates sobre cada uno de sus elementos, incluso de los más ínfimos de su estructura. Una obra de arte con mayúsculas a pesar de esconderse en un envoltorio de película menor.

¿Por qué digo lo del envoltorio de película menor? Porque la excusa argumental de Un dios salvaje es cotidiana, liviana, casi ínfima. Un chaval golpea a otro con una rama y le rompe dos dientes, con lo que los padres de ambos se reúnen para aclarar la situación como si fuera algo mucho más grave que un simple juego de niños. Polanski sabe de la ligereza de su argumento y rueda ese arranque con una maestría casi inconsciente, con un plano lejano, desenfocado. Se ve lo que se tiene que ver, lo que da pie a todo lo que sucede a continuación en el interior de un apartamento neoyorquino, pero Polanski dirige al espectador como quiere con ese sencillo gesto de no mostrar a los protagonistas de esa escena inicial. No es lo que busca. No es lo que quiere. Su intención es la de mostrar una carnicería (Carnage es el título original, mucho más adecuado que el español, que dirige hacia la obra de teatro original, God of Carnage, menos expuesto a la imaginación del espectador) , la que se va gestando poco a poco y, en realidad, desde antes incluso de que la cámara enfoque a los cuatro protagonistas por primera vez. La carnicería en que se convierte lo que aparenta ser una conversación civilizada.

Un dios salvaje es una película llena de ácidas críticas. Se pueden sacar muchas interpretaciones del carácter de cada uno de los cuatro personajes, incluso enfrascarlos en estereotipos, pero plasmarlas en estas líneas sería limitar el poder que tiene la película, pues son muchas, muy variadas y seguramente encontrarán diferentes puntos de vista en cada espectador. Esa es una de las grandezas de la película de Polanski, como también lo es la apuesta por una ironía cargada de resentimiento que es la que acaban desbordando los cuatro protagonistas. La película, en realidad, es un crescendo que muestra cómo las personas se pueden ir deshinibiendo a medida que se van conociendo, que se van sitiendo agredidas o generando una inusual e inesperada empatía. Y es un humor cargado de cinismo porque cada uno de los personajes va cambiando repetidamente de bando. La película comienza con dos claramente identificados, un matrimonio a cada lado. Pero después las empatías van cambiando por un detalle, por una frase, por un gesto, por una opinión. Como la vida misma.

Muchas críticas han destacado a Christoph Waltz por encima de sus compañeros de reparto y tengo que decir que no estoy de acuerdo. No porque él esté mal o peor que el resto, ni mucho menos, sino porque entiendo que Un dios salvaje es un mosaico de cuatro lados en el que todos son imprescindibles y están encarnados en un actor que está ofreciendo una interpretación prodigiosa. Walt está inmenso y destaca porque Polanski le ha reservado el personaje más franco y por tanto hiriente desde la primera escena. Es, quizá, el que menos evoluciona pero también el que más impacta durante más tiempo. Pero es una experiencia grandiosa ver la sobriedad, y cómo la va perdiendo, del personaje de Kate Winslet. Es espectacular ver el tono más campechano y cercano de John C. Reilly (sin tanta fama, me parece un actorazo, de esos que suele aparecer tanto como secundario que todo el mundo conoce su cara y pocos su nombre). Y es maravilloso ver la evolución del personaje de Jodie Foster, de manipuladora a manipulada, de perfecta a derurmbada. Los cuatro están brillantes.

La experiencia de ver Un dios salvaje es gloriosa, parece difícil no encontrar regocijo en sus apenas 79 minutos de duración, pero a pesar de todo no es una película perfecta. Juega en su contra que es muy difícil sacudirse la sensación de que estamos viendo una obra de teatro filmada, en la que la aportación del séptimo arte pasa apenas por el prólogo y el epílogo. También que el final es extraño, casi como si su director no hubiera sabido dónde detener la escalada verbal en que se convierte el filme y, simplemente, le hubiera puesto un punto y aparte, que podría haber sido antes o después con la misma facilidad, para que la imaginación del espectador cierre la historia. Pero son detalles mínimos ante el disfrute que aporta la película, gracias tanto al intenso vigor de las actuaciones de Waltz, Winslet, Foster y Reilly como a la inagotable maestría de Polanski, que, con polémica o sin ella en torno a su figura, es un director extremadamente interesante y casi siempre cautivador. Absolutamente recomendable a todos los niveles: como crítica social, como comedia ácida y como teatro filmado.

viernes, diciembre 02, 2011

'La conspiración', Robert Reford diseccionando injusticias y removiendo conciencias con maestría

Robert Redford siempre fue un carismático actor. Ahora, y ya desde hace algunos años aunque muchos se resisten a reconocérselo, es un gran director, que, por encima de todo, hace cine para diseccionar injusticias y remover conciencias. Con La conspiración, una excelente película ya por sus méritos cinematográficos, también consigue sacar adelante esa labor didáctica. Con maestría, con un clásico pulso narrativo, con un puñado de actores excepcionales y con una de esas historias que merece la pena contar (porque no mucha gente la conoce a pesar de partir de un suceso ampliamente difundido y popular) y que tiene numerosos puntos de unión con la realidad de nuestros días aunque su punto de partida sea el asesinato de Abraham Lincoln. Como suele pasar con esas películas que parten de un suceso muy americano, La conspiración no tendrá probablemente éxito en España. No lo ha tenido tampoco en Estados Unidos, donde quizá no gusta tanto que el cine sirva para abrir los ojos. Y es una pena, porque es una de esas películas necesarias desde numerosos puntos de vista.

La filmografía de Robert Redford se compone de dos tipos de películas. Por un lado están las historias bonitas, esas que ya no parecen tener cabida en el cine actual. Por eso, El hombre que susurraba a los caballos o La leyenda de Bagger Vance no tuvieron mucho éxito. Por otro están sus reflexiones políticas y sociales, que tampoco suelen tener mucho éxito, quizá si descontamos Quiz Show, que en su día sí pareció gustar mucho. En ambos terrenos, Redford muestra una madurez y una manera de entender el cine que para sí quisieran directores mucho más reconocidos, tanto por la taquilla como por el público. Sólo ha dirigido ocho películas en treinta años y, muchos años después de que Hollywood se rindiera a su debut tras la cámara, Gente corriente, su último filme, Leones por corderos, es de hace tres años. Aquella, siendo también un título que me pareció necesario, tenía un tono de mitin que seguramente disgustó a algunos y le resto algo de valor a las buenas ideas del filme para otros. Pero La conspiración no es así. Es un paso adelante de Redford como director un golpe continuo a la dudosa ética de los injustos, desde la primera escena hasta los rótulos con los que cierra el filme.

Lincoln ha sido asesinado y el ejército consigue detener a un puñado de personas a las que acusa de conspirar para matar al presidente. Entre ellos, una única mujer, Mary Surratt (Robin Wright; es asombroso ver cuánta tristeza desprenden los ojos de esta actriz a la que no se le hace justicia... ¿por tener 45 años?). Frederick Ailken (James McAvoy, un actor cada vez más sorprendente y capaz), un joven héroe de guerra, recibe el encargo de defenderla en el juicio militar que va a celebrarse, con sus derechos recortados y con el claro objetivo de cerrar el caso con culpables. Y aunque al principio no quiere hacerlo porque no cree en la inocencia de Mary, poco a poco se va dando cuenta de las injusticias que se agolpan en torno a un proceso tramposo, amañado y con un veredicto dictado de antemano. No obstante, nadie de su entorno entiende su dedicación al caso y no tardan en aparecer las consecuencias en su vida. Con este argumento, Redford denuncia las injusticias de la justicia, los peligros del poder absoluto, los fallos del sistema de valores sobre el que se construye una nación. Y aunque la historia sea propia de Estados Unidos, sus planteamientos son perfectamente extrapolables a cualquier lugar y momento de la historia, tal es su grandeza como película.

Redford arranca mostrando, en un nítido pero algo desaprovechado prólogo (¿qué hubiera hecho Spielberg con esa escena...? Quizá Caballo de guerra nos dé la respuesta), el heroísmo del personaje McAvoy en el campo de batalla y después traslada la guerra al campo de las ideas. A través de las dudas del abogado, asistimos a una enorme lección sobre ética y justicia, que en ningún momento se convierte en un mitin a pesar de posicionarse claramente en el proceso. A través de las miradas de la mujer juzgada, asistimos a las injusticias que se antojan inevitables, no importa cuánto esfuerzo se ponga en desmontarlas. A través de la cámara de Redford (soberbia en escenas como las conversaciones entre Mary y Frederik, en la escena de la horca o en el formidable epílogo), asistimos a una sobria lección cine de clásico en un marco tan común a títulos míticos como un tribunal, engrandecida por un notable trabajo de fotografía a cargo de Newton Thomas Sigel (aunque la música de Mark Isham apenas contribuye a hacer crecer el filme) y que se redondea con un casting espléndido (por destacar algún nombre más, prodigioso Kevin Kline en un poderoso papel secundario y un siempre formidable Tom Wilkinson).

Después de años como galán imperecedero de Hollywood y cuando Robert Redford se está convirtiendo en una referencia imprescindible para el análisis del mundo actual, resulta que el mundo le está volviendo la espalda por culpa de una cierta frialdad en la puesta en escena. La conspiración se vio en el Festival de Toronto hace más de un año. Se estrenó en Estados Unidos en abril de éste, y fue un fracaso de taquilla (once millones de dólares recaudados, ni la mitad de los 25 que costó). Y ahora llega a España. Lo más probable, y es una auténtica pena, es que la película pase por la cartelera sin pena ni gloria. Qué pena que un cine tan reflexivo como éste no encuentre su lugar en el mercado. Robert Redford siempre me ha gustado como director y estoy convencido de que su sincera emoción a la hora de rodar los momentos posteriores al asesinato de Lincoln, su enorme trabajo con los actores, su compromiso político y social y su intenso conocimiento del cine se merecen mucha mejor suerte de la que están corriendo sus últimas películas. La conspiración es un excelente ejercicio de reflexión y un continuo golpe a la ética de los injustos. Con sus defectos, pero cine puro. Será que es demasiado clásico para gustar al público de hoy en día.

miércoles, noviembre 30, 2011

'Acero puro', diversión auténtica

Esto de va de un padre y su hijo de once años que controlan unos robots que boxean. En serio. Y dura nada menos que 127 minutos. En serio también. Y resulta que, contra todo pronóstico, es una película entretenida y divertida. Más en serio todavía lo digo, porque Acero puro es una de esas películas que muchos dejarán pasar. Asumamos que esto tiene pinta de ser la típica peliculita previsible, de esas que destripa el trailer y en la que se mete un actor conocido para tener todo el cartel del filme a mayor gloria de su fama. Lo es, sí. Pero también hay que asumir que, dentro de lo predecible que resultan la mayoría de las cosas, el director Shawn Levy y el actor Hugh Jackman ofrecen un título apreciable y disfrutable, bien hecho, construido en base a fórmulas que funcionan pero en las que se saben mover con habilidad. Y al final resulta que queda una más que apreciable película de boxeo (sí, es una película de boxeo, pero apta para todos) y una bonita historia de cariño familiar y superación personal mucho mejor de lo que parecía que iba a ser.

No sé muy bien qué tiene el boxeo, que me repele como aficionado al deporte pero que me engancha sin medida como cinéfilo. Es extremadamente difícil que una película en la que haya un cuadrilátero no me guste. De hecho, se me ocurren un buen puñado de títulos en los que Acero puro ha buscado inspiración, pero sobre todo pienso en Rocky. En serio también. Son muchas las diferencias entre ambos títulos (¡no podía ser de otra manera, por ambientación, protagonista e historia personal!), pero en el fondo les veo similitudes, sobre todo en la temática de superación personal (muy Disney si se quiere, pero... ¿quién distribuye la película?) y la tan inevitable como esperada y necesaria pelea final. Pero si Rocky tenía como gran virtud en su tramo final la emoción de saber quién iba a ganar el combate, si el campeón o el fracasado, en Acero puro sucede exactamente lo mismo. Y eso, aquí, es una gran virtud. La emoción sincera por saber quién gana ese combate final crece minuto a minuto, escena a escena, plano a plano. Y ese resultado puede ser todo lo discutible que se quiera, que lo es, pero no afea nada de lo anterior.

Lo cierto es que Acero puro cobra valor como lo que es mucho antes de esa escena final. Son muy excesivos los 127 minutos con los que Shawn Levy (director de las dos entregas de Noche en el museo) alarga el espectáculo, sobre todo en la primera mitad de la película, pero desde la primera pelea oficial de ese robot sparring que se acaba haciendo entrañable, ya no hay forma de escapar a la emoción de la película. Por supuesto, podemos poner en duda el mismo punto de partida del filme, que habla de un futuro muy cercano (2020), en el que el boxeo entre humanos ha sido abolido para dar paso al boxeo entre robots. Se supone que es porque así se puede dar rienda suelta a la violencia que quiere ver el público (violencia siempre rebajada cuando no hay sangre de por medio, ya se sabe del puritanismo de Hollywood en este aspecto). Entonces, ¿cómo es posible que se permita la entrada en este circo de un crío de once años? Fallo garrafal, en realidad, de la película, pero sin el que no se podría haber montado la historia familiar.

Charlie (un siempre carismático Hugh Jackman) es un tipo que se encarga de llevar robots a peleas, sean legales o clandestinas, que no pasa por su mejor racha y que va debiendo dinero a todo el mundo, incluso a su novia, Bailey (Evangeline Lilly; correcta), hija del hombre que le entrenó cuando se dedicaba al boxeo profesional. Charlie tiene un hijo, Max (Dakota Goyo; de gran parecido con el Jake Lloyd de La amenaza fantasma, aunque unos años mayor que aquel en ese filme), al que renunció cuando nació y del que no quiere hacerse cargo ahora, pero tendrá que hacerlo, sólo para descubrir que el chaval es un enamorado del boxeo de robots y un auténtico genio de la electrónica. Aunque al principio no se soportan entre sí, ambos irán descubriendo que el boxeo teje entre ellos unos lazos de padre e hijo que no pensaban que existieran. Juntos se atreverán a desafiar con un robot que no estaba pensado para el combate al mismísimo campeón invicto, una máquina que manejan una exótica promotora, Farra Lemkova (una fascinante Olga Fonda que casi parece extraída del mundo de Tron Legacy), y el diseñador Tak Mashido (Karl Yune).

Acero puro es de esas películas que, por muchos motivos, huelen a catástrofe, que parecen una cosa que al final no son y que en realidad son mucho más entretenidas de lo que muchos se atreverán a admitir después de verla. No estamos ante un título revolucionario, evidentemente, pero sí muy correcto. Y quienes habitualmente disfruten con Hugh Jackman (tal es su carisma en pantalla que para mí es casi imposible no hacerlo desde la ya lejana X-Men), tendrán un motivo añadido para degustar este hermoso festín de efectos especiales (en ocasiones es francamente arriesgado adivinar si son efectos digitales o animatrónicos, lo que habla de su calidad) con una bonita historia de fondo, que cae en tópicos manidos (desde la inevitable presencia de una mujer porque sí, sin más necesidad dramática, a algunas situaciones siempre presentes como el momento enfado-reconciliación, o incluso la forma de montar la pelea final que es puro Rocky). Por rocambolesco que le pueda parecer a algunos, Acero puro es una de esas películas en las que el divertimento más que asegurado.

lunes, noviembre 28, 2011

'Jane Eyre', correcta, oscura y sin química

Esta nueva versión de Jane Eyre es correcta. Pero casi todas las adaptaciones de obras clásicas de la literatura suelen presentar esa característica. Con cierta fidelidad al texto y un mínimo esfuerzo en su diseño de producción y de vestuario, esa corrección está casi asegurada. Y Jane Eyre, como digo, la tiene. Es una película que fluye con naturalidad y refleja bastante bien el conflicto de su protagonista. Sin embargo, falla en lo más necesario: la química. No la hay entre una fría Mia Wasikowska y un mucho más fascinante Michael Fassbender. También hay otra sorpresa en esta Jane Eyre, y es el deliberamente oscuro tono de sus imágenes. La iluminación es escasa y eso, a veces, se come incluso los rostros de los actores. En cualquier caso, la película se deja ver con facilidad y sin recordar constantemente al espectador lo duro que, a veces, puede ser el visionado de un título de época.

La primera escena de la película, arrancada cronológicamente del tercio final del relato de Jane Eyre, engaña bastante en algunas cosas. Es, quizá, la escena en la que Mia Wasikowska da más rienda suelta a sus emociones. Es, también, la peor rodada y montada, con un galimatías de planos y ubicaciones de cámara, que no parecen obedecer a un sentido concreto y que parecen más un catálogo que una secuencia (y de esto hay que culpar al director, Cary Fukunaga, a pesar de tener experiencia, precisamente, como operador de cámara). No engaña en la iluminación, muy escasa ya desde esta apertura. Aunque parezca un detalle trivial, lo cierto es que marca bastante el desarrollo de la película, puesto que le da una cualidad extraña, a veces acertada, a veces desacertada. Arriesgada, en todo caso. Este es el rasgo estilístico más diferenciador de Jane Eyre.

Volviendo a los personajes, que es en definitiva lo que marca el éxito o el fracaso de una adaptación literaria como ésta, hay que decir que Jane Eyre no tiene la presencia que requiere una historia tan dramática como la que pretende contar. Mia Wasikowska no aporta al personaje las dosis de tensión y tragedia que necesita. Al contrario, su drama no se refleja en su rostro, demasiado hierático en muchas escenas. Por eso engaña la primera escena, porque ahí sí es el personaje que tiene que ser y que no es en demasiado tramos de la película. No lo es, tampoco, rivalizando en intensidad con el Rochester de Michael Fassbender. Él sí es atractivo, él sí tiene la presencia que requiere el personaje, él devora a la que tiene que ser la protagonista de la película (así lo dice el título) cada vez que se cruzan en la pantalla, desde la primera a la última aparición. Siendo éste el duelo más notable, Wasikowska tampoco sale muy bien parada de sus escenas con Judi Dench o Jamie Bell.

Estos dos personajes marcan la película de una manera importante. Dench le da unas gotas de humor e ironía, que reactivan la película constantemente, es una presencia estimulante siempre. Bell, con muy poco tiempo en pantalla como para destacar, evidencia que (a excepción de una escena) Jane Eyre no consigue crear drama a partir de la existencia de un triángulo amoroso. Lo cierto es que esto último es una característica de la película, puesto que tampoco se genera el clima de celos o de rivalidad que merece la presencia de Lady Ingram (Sophie Ward). No se ve realmente el conflicto en Jane, sólo el paso del tiempo. Luego, ya con St. John Rivers en su vida, tampoco se aprecian los deseos contradictorios de la protagonista hasta que los verbaliza. El misterio de Rochester tampoco adquiere la presencia necesaria y queda enterrado durante muchos minutos. Lo mejor, en ese sentido, está en las pocas escenas que aparecen en la película sobre la educación de Jane en Lowood, muy bien rodadas e interpretadas.

Jane Eyre está cosechando muy buenas críticas. Entre sus méritos están la cuidada realización (a excepción, ya digo, de esa primera escena), un buen montaje (que alterna con brillantes tres líneas temporales diferentes) y algunas interpretaciones de mérito (Fassbender, después de triunfar con su Magneto de X-Men. Primera generación, se está afianzando como un actor a seguir). A mí, a diferencia de muchos de esos críticos, me cuesta ver un buen trabajo de Wasikowska (la Alicia de Tim Burton, por si alguien no la ha ubicado todavía), y eso me lastra demasiado la película. Porque sin química, parece que el drama de Jane Eyre es menor. Y, desde ese punto de vista, no falta ironía al recordar el diálogo en el que Rochester le pregunta a Jane directamente por eso, por la trágica historia vital de la tutora, demasiado esbozada como para que resulte del todo convincente. Buenas cosas, buena adaptación, pero no me ha parecido una película desbordante.