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jueves, junio 04, 2015

'Negocios con resaca', la posibilidad desmadrada

Negocios con resaca es la historia de un ejecutivo que se cansa de la empresa en la que trabaja y de su jefa y decide montar una nueva empresa por su cuenta para tratar de hacerle la competencia, y necesita desesperadamente un contrato con el que poder sobrevivir. Así en un primer vistazo, con esta sinopsis básica, surgen dos formas de hacer la película. La primera habría sido una comedia sutil sobre el mundo de los negocios, que podría haber derivado en los siempre agradables vericuetos de la lucha de sexos y mostrando las diferencias culturales más evidentes con el cambio de escenario, de Estados Unidos a Alemania. Pero Ken Scott, siguiendo el guión de Steve Conrad, no opta por este camino sino por la posibilidad desmadrada, la de los chistes sexuales a granel y la del completo descontrol narrativo, cómico y actoral. El caso es que se atisba un público para una película de este tipo, pero es difícil entender qué hace ahí un actor como Tom Wilkinson.

En el fondo, como el cine ya no es lo que era, se entiende el camino adoptado por Scott y Conrad, por mucho que disguste con facilidad a cualquiera que aprecie el talento desperdiciado de Wilkinson o incluso el de Sienna Miller, cuyo personaje es la clave para entender qué película se podría haber hecho y cuál se ha escogido finalmente. Miller interpreta a la ex jefa y rival del protagonista, a quien da vida un anodino Vince Vaughn. La primera escena de la película es, de hecho, la más intensa y mejor planificada de todo el filme, el enfrenamiento entre ambos, el desencadenante de la historia y la presentación perfecta de dos personajes llamados a ser antagonistas. Interesante, ¿verdad? Lo parece en estos tres primeros minutos. Pues hay que olvidarse de esa posibilidad, porque el personaje de Miller queda enterrado entre lo secundario con escasas apariciones en favor de las correrías sexuales y juerguistas del trío protagonista, los tres tipos que forman esa nueva empresa llamada a hacer grandes cosas por razones personales de lo más variopintas e incluso discutibles.

Lo malo es que, salvo contadas excepciones, no es una película que busque un humor que satisfaga más que a un público dispuesto a desvariar al mismo ritmo que el trío protagonista mete la pata, bebe alcohol, busca sexo y toma drogas mientras hace como que trabaja, uno que encuentre graciosa una conversación entre el protagonista y tres homosexuales con el miembro viril colgando de unos agujeros en la puerta dentro de un gran festival gay en Berlín, uno que acepte con facilidad chistes gráficos sobre la postura de la carretilla o uno que encuentre comicidad en el simple uso de la palabra "tetas" en una sauna repleta de personajes desnudos. Incluso dentro de ese planteamiento no termina de ser una película especialmente hilarante, no llega a estar bien escrita ni rodada, las interpretaciones van casi con el piloto automático puesto y ni siquiera se saca partido del escenario exótico desde el punto de vista americano que supone la ciudad alemana. Eso es lo que propone Negocios con resaca, aunque sorprendentemente lo quiera mezclar con una moralina familiar realmente curiosa.

Desaprovechada Miller, quizá lo más simpático de la película haya que encontrarlo en la forma en la que Dave Franco interpreta a su poco despierto personaje, los atisbos de una película mejor que hay en el de James Marsden o el mínimo aprovechamiento psicológico que hay en el de Nick Frost. Porque, por lo demás, realmente es muy difícil entablar empatía con un vendedor de virutas de metal, tema por el que la película no siente ningún interés y que hace que al final dé un poco igual quién cierra el trato y quién gana esta absurda carrera. Mientras se desarrolla esta posibilidad desmadrada, que al menos tiene la decencia de quedarse en 91 minutos, uno no deja de preguntarse qué clase de película se podría haber obtenido siguiendo la otra alternativa. Y qué podrían haber hecho Wilkinson y Miller con esos papeles mejor escritos. Y qué clase de comedia podría haber sido si se olvidara del facilón recursos del sexo como arma del 90 por ciento de sus chistes.

viernes, marzo 06, 2015

'Selma', la emoción es histórica

Cuando una película tiene un aspecto tan irreprochable como el de Selma y su tema es tan trascendente, los elogios suelen caer en cascada. Las nominaciones, también. Pero cuando la emoción llega de los sucesos históricos que interpreta y no de la propia película es que algo falla. No hay mucho que lamentar en Selma, la película de Ava DuVernay, pero tampoco hay gran cosa que perdure por sus méritos cinematográficos. Sí, la caracterización de Martin Luther King que hace David Oyelowo es intensa y a ratos espléndida, el reparto parece magnífico en casi todos los casos, y la reconstrucción histórica es tan lujosa como se puede esperar, por mucho que siempre haya cierta controversia en torno a algunos detalles de la adaptación. Pero la historia manda sobre la película con demasiada facilidad. Lo que emociona es porque sucedió, no por cómo nos lo está contando el filme, por muy imprescindible que sea la realización de películas como esta para no olvidar que esto aconteció hace no tantos años.

Eso, no obstante, esconde un mensaje inquietante. Y es que a veces da la impresión de que una película de negros, valga esa simplista y un tanto insufrible etiqueta, tiene que estar entre las grandes del año. Parece que si se aborda un gran tema racial la crítica ha de ser más complaciente e incluso reverencial. Y teniendo tan fresco el recuerdo de 12 años de esclavitud, Criadas y señoras o la misma Lincoln, es difícil valorar Selma mucho más allá de lo que sí es. Es una buena película, pero no está entre las que marcan una época, entre las que perduran en la memoria o entre las que puedan recibir el calificativo de definitiva. Interesante, sin duda. Con buenas escenas, sobre todo las que rodean a las marchas que se iniciaron en el puente Edmund Pettus, incluso la recreación de los discursos de King (aunque, en el fondo, se echa en falta la presencia del "I have a dream") gracias al muy buen trabajo de Oyelowo. Pero es poco lo que surge de los méritos cinematográficos, de la dirección de DuVernay o de otros apartados que no sean técnicos.

La sensación es que había que contar la historia, y que esta, por sí sola, ha de ser capaz de conmover a públicos norteamericanos y de cualquier parte del planeta. Y en parte es cierto. Es una historia emocionante, importante, aleccionadora, pero todo es tan tópico que Selma acaba camuflada en un cine amplio y poco arriesgado. La música es la que cabe esperar en las escenas en las que parece lógico incluirlas, las cámaras lentas aparecen cuando corresponde, los primeros planos y los generales se colocan exactamente donde lo diría cualquier manual. Irreprochable todo, sin duda. ¿Pero y el alma de la película? Esa se queda en el influjo de este Martin Luther King. Y eso que la fotografía, tremendamente oscura en demasiados momentos y de forma innecesaria, impide apreciar algunos momentos de las interpretaciones de otros actores de la película, entre los que destacan el siempre sensacional Tom Wilkinson o un Tim Roth mucho más interesante cuando se aleja del cine más comercial.

Selma, que toma el título del nombre del pueblo en el que acontece la protesta concreta que refleja la película, es correcta pero acaba resultando mucho más interesante para historiadores o sociólogos que para amantes del cine. Al filme se le escapan entre los dedos las posibilidades contar una historia desde un punto de vista original, a través del periodista o de la propia mujer de King, y sus momentos cumbre quedan confinados a la previsible glorificación de un protagonista sin tacha, mesiánico y trascendente en grado sumo, cuyo cansancio, mostrado en el tramo final del filme, no deja de ser más que una concesión a que su efigie no sea granítica y perfecta. La figura de Martin Luther King es, no obstante, razón suficiente para disfrutar con Selma. Su pelea, su ideario, su forma de enfrentarse a los problemas raciales en Estados Unidos justifican la película. Es más, la hacen necesaria. Pero esta no deja de ser una forma de conmemorar un aniversario de un hecho histórico mucho más que un filme verdaderamente inolvidable.

lunes, agosto 25, 2014

'Belle', abolicionismo para todos los públicos

Hay muy poco reprochable en Belle. La segunda película de Amma Asante, después de una década sin dirigir, es una correcta aproximación histórica a uno de los casos que sentó las bases del abolicionismo en el Reino Unido, a través de Belle, hija ilegítima del único hijo del presidente del Tribunal Supremo británico que tuvo que decidir sobre un caso terrible, en el que docenas de esclavos fueron arrojados por la borda de un barco carguero. Tratando este tema, es obvio que es una película que toma partido. Lo hace con las decisiones más lógicas, academicistas y sencillas, dejándose llevar por los aciertos del filme (en especial, su adecuada ambientación de finales del siglo XVIII y un reparto muy interesante en general), aceptando la previsibilidad del desenlace como la única forma posible de completar la historia y pensada para todos los públicos, lejos de la crudeza de 12 años de esclavitud o el dramatismo de la infravalorada Amistad.

Belle está planteada como una película en la que el papel protagonista ha de sobresalir con fuerza. El título es parte del nombre de una niña negra (aunque, curiosamente, no es el nombre por el que atiende), criada en una posición social adinerada pero con los problemas aparejados a su raza. Siendo la tercera película (más alguna serie) de su actriz principal, Gugu Mbatha-Raw, y la primera en la que lleva el peso de la cinta, su trabajo es satisfactorio. Pero incluso con escenas notables, no es lo más potente que tiene que ofrecer Belle, y eso se acaba notando. La película crece cada vez que aparece en pantalla Tom Wilkinson y desnuda ligeramente las lógicas carencias por falta de experiencia de Mbatha-Raw, cuya interpretación, aún siendo ajustada, se deja llevar mucho más por las emociones, algo que también le sucede a Sam Reid (el joven abogado abolicionista), dando lugar a algunas situaciones algo inverosímiles. Miranda Richardson, Emily Watson o Sarah Gadon entienden mejor sus personajes.

¿Rompen esas emociones desbocadas el ritmo de la película? No, porque en el fondo es lo que se busca. Belle quiere ser una película abolicionista y sobre el abolicionismo pero también un emocional retrato sobre el amor en la época en la que acontece el relato. Es lo suficientemente detallista como para que sus grandes temas calen (la relación entre blancos y negros, en especial entre las dos chicas de similar edad que están a cargo del magistrado, la lucha por los derechos humanos que subyace en el caso judicial que se expone, las convenciones sociales que afectan no sólo al género sino también al dinero, la condición de la mujer y el matrimonio) y crea un universo fácilmente creíble con un buen trabajo de vestuario, pero sobre todo apuesta por los buenos sentimientos, por dejar un sabor de boca agradable y por el triunfo de lo justo sobre lo injusto. Eso se intuye desde el principio, y se convive con ello aunque haga que el final de la película se vea venir con enorme sencillez.

Sin necesidad de bordar una actuación de Oscar, Tom Wilkinson convierte en imprescindible la película, al menos para quienes admiren su trabajo. Para los demás, es una correcta película de época, accesible y bien llevada, contenida en sus 104 minutos y bien rodada por Asante, sin artificios y confiando en que lo que aparece en la pantalla es exactamente lo que necesita la historia para fluir con naturalidad. Hay quizá algún desajuste de montaje, por alguna escena que se echa en falta y que podría haber complementado lo que sí se ve, pero en general Asante maneja bastante bien el ritmo de la película, respondiendo cada vez que amenaza con caer con un instante que haga levantar el vuelo en el plano emocional. Belle funciona. Sin alardes, sin especial maestría, pero funciona. Y puestos a rebuscar detalles que pasen más inadvertidos, atención al papel de Sarah Gadon, la joven blanca y preciosa que asiste atónita pero ingenua a los reveses que le da el funcionamiento de la sociedad.

jueves, agosto 22, 2013

'El llanero solitario', entre el western, 'Piratas del Caribe' y 'Sherlock Holmes'

Todo apuntaba a que El llanero solitario podría haberse solventado con un titular muy fácil: Piratas del Caribe en el oeste. Fácil y acertado, eso es indiscutible, aunque la cosa no se queda ahí. Tiene los defectos previsibles, especialmente la exagerada duración de dos horas y media, la excesiva comicidad que ya tiene que afectar a cualquier intento de franquicia como ésta y un Johnny Depp ya cargante en la enésima repetición del mismo papel con distinto nombre. Pero, además de mezclar la base de Piratas con la de Sherlock Holmes, lo que le resta personalidad, en sus mejores momentos encuentra dos aliados. Por un lado, una insana e inverosímil locura en algunos momentos, especialmente el clímax, que genera lo que pretende: entretenimiento. Y, por otro, una admirable puesta en escena de lo más cercano al western. Lo curioso es que cabe la posibilidad de que sea justo eso lo que menos guste al espectador medio, pero quien todavía siente nostalgia por la desaparición del género de indios y vaqueros encontrará momentos sumamente agradables por esa vía.

En realidad, los problemas de El Llanero Solitario obedecen todos a lo mismo: los estudios de márketing. Estos dicen que las películas tienen que empezar con una escena espectacular, que el uso de un personaje conocido obliga siempre a contar una larguísima historia de origen (que supera con creces la media hora), que hay que introducir un personaje femenino que no diga prácticamente nada pero que tenga un momento en el que se enfrenta al villano de la película (intrascendente Ruth Wilson; prácticamente aplicable a Helena Bonham Carter, que casi protagoniza un cameo más que un papel), que hay que introducir por encima de todo un tono cómico incluso en personajes que no se prestan a ello (el mismo Llanero) y que si no llegas a las dos horas y media de la película parece que no estás contando nada. Así se hace mucho cine y, ojo, suele tener éxito. Y por eso no deja de resultar paradójico que El Llanero Solitario haya recibido algunos palos donde Piratas del Caribe recibió bastante elogios, pues aquella es claro referente de ésta, para lo bueno y para lo malo.

Sí es cierto que Armie Hammer sufre con la innecesaria traslación cómica de su personaje y que Johnny Depp es un actor cada vez más cargante y repetitivo en este tipo de papeles (¿en cuántos se ha maquillado ya la cara con diferentes tonalidades de blanco?), pero sorprendentemente el entretenimiento está más que asegurado cuando la película se acerca bien al canon más clásico del western y del propio Llanero Solitario, o bien cuando apuesta por la más absoluta locura en la acción, incluso sin pensar en muchos momentos en la continuidad. Lo primero es mucho más básico de lo que parece, porque ya no se hacen westerns. Y es una pena, porque con la tecnología actual John Ford habría hecho absolutas virguerías con esos míticos paisajes. El Llanero Solitario es un vehículo algo viciado para disfrutar del western, pero eliminando el hecho de que la introducción es larguísima hasta que efectivamente aparece como tal el protagonista de la película, las escenas más conseguidas están en ese primer tramo. Y son las mejores porque son puro western.

La locura es algo que este tipo de películas lleva asociado, hasta el punto de que es imposible entender un clímax como el de El Llanero Solitario sin asumir su más absoluta improbabilidad en todos los sentidos. Pero es ahí cuando sí se ve al Llanero Solitario. Ayuda muchísimo que la correcta partitura de Hans Zimmer se apoye con toda su fuerza en la Overtura del Guillermo Tell de Puccini que se popularizó como tema principal del personaje en sus primeros seriales de radio y cine. Ahí es cuando Armie Hammer sí se hace con el personaje, aunque por momentos uno se crea la explicación del término "kemosabe" con el que Tonto (a propósito, una de las mejores líneas de diálogo en el original es cuando hacen referencia a su significado en español; ¿cómo se traducirá en nuestro país?) se refiere insistentemente al Llanero, porque James Badge Dale (Iron Man 3) llama mucho más la atención que el protagonista del filme, que también queda relegado al segundo lugar de los créditos por la presencia de Depp.

El Llanero Solitario no deja de ser un cierto exceso en todo que hubiera requerido de un corte más adecuado en la sala de montaje, pero entretiene por cosas que no entraban en el guión. ¿Piratas en el Oeste? Sí y no. Porque el Oeste que retratan Verbinski y Jerry Bruckheimer es atractivo. La dinámica a lo Sherlock Holmes (muy presente también en la música de Zimmer) se lleva por delante la casi siempre magnética presencia de Tom Wilkinson, y aunque algo más tópico es también más atractivo el papel de William Fichtner (¿no parece un remedo de Jonah Hex, aquel personaje de cómic en el que se basó una horrenda película protagonizada por James Brolin y Megan Fox?). Pero la verdad es que entretiene más de lo que cabía esperar. Será a lo mejor que yo soy uno de esos nostálgicos que cuando les das dos planos de puro western ya siente simpatía por la película o de los pocos que tendrá un recuerdo real de asociación entre Guillermo Tell y el Llanero Solitario y cede cuando la película hace esa concesión a la memoria. O quizá ambas cosas.

viernes, diciembre 02, 2011

'La conspiración', Robert Reford diseccionando injusticias y removiendo conciencias con maestría

Robert Redford siempre fue un carismático actor. Ahora, y ya desde hace algunos años aunque muchos se resisten a reconocérselo, es un gran director, que, por encima de todo, hace cine para diseccionar injusticias y remover conciencias. Con La conspiración, una excelente película ya por sus méritos cinematográficos, también consigue sacar adelante esa labor didáctica. Con maestría, con un clásico pulso narrativo, con un puñado de actores excepcionales y con una de esas historias que merece la pena contar (porque no mucha gente la conoce a pesar de partir de un suceso ampliamente difundido y popular) y que tiene numerosos puntos de unión con la realidad de nuestros días aunque su punto de partida sea el asesinato de Abraham Lincoln. Como suele pasar con esas películas que parten de un suceso muy americano, La conspiración no tendrá probablemente éxito en España. No lo ha tenido tampoco en Estados Unidos, donde quizá no gusta tanto que el cine sirva para abrir los ojos. Y es una pena, porque es una de esas películas necesarias desde numerosos puntos de vista.

La filmografía de Robert Redford se compone de dos tipos de películas. Por un lado están las historias bonitas, esas que ya no parecen tener cabida en el cine actual. Por eso, El hombre que susurraba a los caballos o La leyenda de Bagger Vance no tuvieron mucho éxito. Por otro están sus reflexiones políticas y sociales, que tampoco suelen tener mucho éxito, quizá si descontamos Quiz Show, que en su día sí pareció gustar mucho. En ambos terrenos, Redford muestra una madurez y una manera de entender el cine que para sí quisieran directores mucho más reconocidos, tanto por la taquilla como por el público. Sólo ha dirigido ocho películas en treinta años y, muchos años después de que Hollywood se rindiera a su debut tras la cámara, Gente corriente, su último filme, Leones por corderos, es de hace tres años. Aquella, siendo también un título que me pareció necesario, tenía un tono de mitin que seguramente disgustó a algunos y le resto algo de valor a las buenas ideas del filme para otros. Pero La conspiración no es así. Es un paso adelante de Redford como director un golpe continuo a la dudosa ética de los injustos, desde la primera escena hasta los rótulos con los que cierra el filme.

Lincoln ha sido asesinado y el ejército consigue detener a un puñado de personas a las que acusa de conspirar para matar al presidente. Entre ellos, una única mujer, Mary Surratt (Robin Wright; es asombroso ver cuánta tristeza desprenden los ojos de esta actriz a la que no se le hace justicia... ¿por tener 45 años?). Frederick Ailken (James McAvoy, un actor cada vez más sorprendente y capaz), un joven héroe de guerra, recibe el encargo de defenderla en el juicio militar que va a celebrarse, con sus derechos recortados y con el claro objetivo de cerrar el caso con culpables. Y aunque al principio no quiere hacerlo porque no cree en la inocencia de Mary, poco a poco se va dando cuenta de las injusticias que se agolpan en torno a un proceso tramposo, amañado y con un veredicto dictado de antemano. No obstante, nadie de su entorno entiende su dedicación al caso y no tardan en aparecer las consecuencias en su vida. Con este argumento, Redford denuncia las injusticias de la justicia, los peligros del poder absoluto, los fallos del sistema de valores sobre el que se construye una nación. Y aunque la historia sea propia de Estados Unidos, sus planteamientos son perfectamente extrapolables a cualquier lugar y momento de la historia, tal es su grandeza como película.

Redford arranca mostrando, en un nítido pero algo desaprovechado prólogo (¿qué hubiera hecho Spielberg con esa escena...? Quizá Caballo de guerra nos dé la respuesta), el heroísmo del personaje McAvoy en el campo de batalla y después traslada la guerra al campo de las ideas. A través de las dudas del abogado, asistimos a una enorme lección sobre ética y justicia, que en ningún momento se convierte en un mitin a pesar de posicionarse claramente en el proceso. A través de las miradas de la mujer juzgada, asistimos a las injusticias que se antojan inevitables, no importa cuánto esfuerzo se ponga en desmontarlas. A través de la cámara de Redford (soberbia en escenas como las conversaciones entre Mary y Frederik, en la escena de la horca o en el formidable epílogo), asistimos a una sobria lección cine de clásico en un marco tan común a títulos míticos como un tribunal, engrandecida por un notable trabajo de fotografía a cargo de Newton Thomas Sigel (aunque la música de Mark Isham apenas contribuye a hacer crecer el filme) y que se redondea con un casting espléndido (por destacar algún nombre más, prodigioso Kevin Kline en un poderoso papel secundario y un siempre formidable Tom Wilkinson).

Después de años como galán imperecedero de Hollywood y cuando Robert Redford se está convirtiendo en una referencia imprescindible para el análisis del mundo actual, resulta que el mundo le está volviendo la espalda por culpa de una cierta frialdad en la puesta en escena. La conspiración se vio en el Festival de Toronto hace más de un año. Se estrenó en Estados Unidos en abril de éste, y fue un fracaso de taquilla (once millones de dólares recaudados, ni la mitad de los 25 que costó). Y ahora llega a España. Lo más probable, y es una auténtica pena, es que la película pase por la cartelera sin pena ni gloria. Qué pena que un cine tan reflexivo como éste no encuentre su lugar en el mercado. Robert Redford siempre me ha gustado como director y estoy convencido de que su sincera emoción a la hora de rodar los momentos posteriores al asesinato de Lincoln, su enorme trabajo con los actores, su compromiso político y social y su intenso conocimiento del cine se merecen mucha mejor suerte de la que están corriendo sus últimas películas. La conspiración es un excelente ejercicio de reflexión y un continuo golpe a la ética de los injustos. Con sus defectos, pero cine puro. Será que es demasiado clásico para gustar al público de hoy en día.

jueves, octubre 20, 2011

'La deuda', buenos personajes, mal final

Lo mejor de La deuda está en su reparto y en sus personajes. Una historia narrada en dos tiempos, con un trío protagonista diferente para cada uno de ellos, incorporando por un lado los miedos de la juventud y por otro la tristeza de la madurez. Seis actores, la mayoría muy interesantes, que son los que dan vida a este relato de espías que se mueve con bastantes altibajos. Tiene buenos giros, aunque su final es convencional y, en realidad, bastante absurdo. Está rodada con un carácter demasiado rutinario por el director John Madden (el de Shakespeare enamorado), pero tiene algún que otro instante donde sí hay buenos hallazgos en su montaje y en su narración. Es una película que entretiene y que se beneficia del carisma de sus actores y de sus personajes, que no deja un poso indeleble pero que, sin embargo, mantiene al espectador en tensión durante sus algo menos de dos horas de duración. ¿Suficiente? Quizá podía haber dado más de sí, pero en es una cinta entretenida.

Tenemos a tres agentes del Mossad. Primero les vemos con algo menos de treinta años, cuando recibieron el encargo de secuestrar y llevar a Israel para su posterior juicio a un médico nazi que sirvió en el campo de concentración de Birkenau y, por tanto, colaboró activamente en el holocausto judío. Casi de inmediato, con algo menos de sesenta. Helen Mirren y Jessica Chastain interpretan a Rachel, Tom Wilkinson y Marton Csokas a Stephan y Ciarán Hinds y Sam Worthington a David. El gran mérito de la película está en la hermosa identificación de estas tres parejas de actores. Aunque es mucho mejor el trío maduro (con mucho más tiempo en pantalla para la fantástica Mirren y el siempre sobresaliente Wilkinson), no hay que desedeñar para nada el trabajo de Jessica Chastain (maravillosa su imagen de vulnerabilidad y dureza, es ya una actriz a seguir después de un año en el que ha trabajado con gran acierto en Criadas y señoras y sin un papel acorde a su capacidad en El árbol de la vida). Csokas no está mal y a Worthington, limitado como siempre, al menos se le puede aplaudir el empeño de no encasillarse en papeles de héroe rocoso como los de Avatar o Furia de Titanes.

Junto a ellos, hay otro pilar que marca el devenir de la película a casi todos los niveles: el personaje del doctor Vogel (un Jesper Christensen que genera muchísimo desasosiego, como obliga su papel). Es su aparición lo que marca un antes y un después en la historia. Lo que al principio parece una historia de honor, una misión justa, de repente se transforma en una batalla psicológica apasionante. Ahí están los mejores minutos de la película, ahí y en la relación de estos hechos con el primer flashback del filme (brillante ejecución cinematográfica de esa escena durante la lectura de un libro que hace el personaje de Helen Mirren). Y ahí es donde La deuda sí deja poso para el debate después de la película, ahí es donde cobra una fuerza que no se termina de aprovechar del todo pero que sí alcanza niveles importantes. La historia de espías, más o menos correcta, se convierte en un infierno psicológico. Un infierno derivado de la situación, del carácter dañino del médico nazi y también de las decisiones personales de los tres agentes del Mossad, menos preparados de lo que pensaban para una misión de estas características.

La historia de espías funciona, el reto mental mucho más, la estructura en dos momentos temporales está montada con ingenio... pero la película llega a su final y se pierde. El clímax no está a la altura, contiene demasiadas lagunas y ni siquiera es coherente con el resto de la película. La deuda podría haber acabado de muchas formas pero seguramente ha optado por la peor de todas. Por eso, la sensación que deja el filme al acabar es de decepción, pero eso no impide que tenga grandes momentos. Los mejores son los enfrentamientos de toda índole que el doctor Vogel mantiene con Rachel y David, cuya bondad, la de ambos, contrasta con la crueldad del nazi e incluso con la ruda determinación de Stephan. También cabe encontrar lo más positivo de la película en la evolución del trío protagonista. Hermosa la tristeza melancólica de Hinds (qué distinto es el tono de su personaje aquí con respecto al que tuvo en una historia de corte similar, la de Munich), fantástica la firmeza de Wilkinson y, como siempre, espectacular la presencia de Helen Mirren.

Y es que, al final, lo que queda de La deuda son las interpretaciones. Porque el tono de la película está muy bien (magníficamente subrayado por la muy buena banda sonora de Thomas Newman), pero son sus personajes lo que marca la diferencia. Puede que la misma historia no hubiera sido creíble sin el casting adecuado. Puede que la trágica ironía que se mueve en torno al destino de los personajes no hubiera tenido el mismo sentido de no haber contado con el buen hacer de este reparto. Pero también puede que esta historia, en manos de otro director más hábil, hubiera dejado una sensación mucho más satisfactoria. El nivel que exhiben sobre todo Jessica Chastain y Helen Mirren merecía algo más que una entretenida historia de espías. Que tampoco es poco, pero que pudo ser más.