Mostrando entradas con la etiqueta Helen Mirren. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Helen Mirren. Mostrar todas las entradas

viernes, abril 10, 2015

'La dama de oro', corazón y memoria

Dejando al margen la tan manida etiqueta de "basada en un hecho real", una que sería bueno que pasara de moda como aquella de "en los mejores cines", hay que reconocerle a La dama de oro una fuerza, un corazón y una sinceridad bastante emocionante. Es, efectivamente, la historia real de Maria Atlmann, la legítima heredera de un retrato de Gustav Klimt que los nazis robaron a su familia, y cómo litigó por recuperarlo junto a un joven abogado, Randy Schoenberg, a su vez descendiente de un compositor austriaco y con más lazos emocionales que le atan a esta historia de los que quiere admitir al principio. Es material para manejar con cuidado, porque resulta fácil caer en estereotipos y sensiblerías, y sin embargo Simon Curtis lo maneja con bastante acierto, haciendo que la historia resulte fascinante en el doble tiempo que abarca, para mostrar por un lado y de forma más secundaria la Austria ocupada por los nazis y por otro la historia central del filme, la batalla legal que tuvo lugar a finales de los años 90.

Es francamente complicado no asumir que la clase que rezuma la película es una prolongación natural de la que manifiesta su protagonista, Helen Mirren, mientras que el entusiasmo que despierta la historia es muy similar al que muestra Ryan Reynolds al ponerse en la piel de su personaje. La diferencia entre ambos es palpable y negarlo sería absurdo, pero siempre se agradece que un actor busque gigantes a los que medirse y de los que aprender, aunque sepa perdida de antemano la batalla. Por eso, al final la adaptación entre ambos es bastante natural, con la colaboración del tercer eje del filme, el periodista austriaco al que interpreta Daniel Brühl, y por eso el foco de la película está en los personajes. Sí, es una película sobre el nazismo y su ocupación austriaca, es también una película sobre arte, y una de juicios, pero sobre todo es una historia humana, cambiante, con corazón y memoria, elementos estos dos esenciales para entender el alcance de La dama de oro.

Curtis, que alcanzó cierto y quizá algo exagerado reconocimiento crítico con su primer largometraje comercial, Mi semana con Marilyn, no es que asuma demasiados riesgos en La dama de oro, simplemente deja fluir la historia con naturalidad y eso basta para convencer con facilidad. Sí trata de dejar un sello más personal en las escenas más intensas de la época más antigua, sobre todo en la persecución con la que prácticamente cierra esa parte de la trama, pero la historia presente casi se cuenta sola en las conversaciones que cruzan los personajes de Mirren y Reynolds. Lo demás que rodea a esas escenas, de hecho, sí tiene un cierto tono maniqueo, tampoco demasiado evidente como para ser un problema pero sí suficientemente claro como para que quede claro cuál va a ser el mensaje de la película. En ese sentido, lo que gusta, lo que emociona es que no es una batalla librada por héroes de piedra, sino que admite con mucha sencillez las dudas que tienen los protagonistas. Eso da a la historia un alma que de otra forma se habría echado en falta.

Hay que reconocer que, incluso en la aparente sencillez que hay en La dama de oro, la película acaba teniendo una complejidad mayor de lo que parece mostrar. A Curtis le gusta jugar con el montaje ya desde la escena que acompaña a los títulos de créditos, e incluso con la cámara, aunque eso sólo lo pueda hacer en realidad en los flashbacks, y con las sensaciones que despierta en el espectador, lo que se ve especialmente en el epílogo de la película (antes de los inevitables rótulos que ponen el colofón informativo a la historia real que acabamos de ver). Y puede que, de alguna manera, quede la sensación de que no se ha visto nada especialmente nuevo. Pero cuando una película está rodada con clase, interpretada con carisma y narrada con sinceridad, el trabajo está más que bien hecho. Y así, queda la sensación de que La dama de oro es una de esas buenas películas que probablemente recibirá menos elogios de los que merece.

miércoles, octubre 01, 2014

'Un viaje de diez metros', bonita y blandita

A Lasse Hallström hay que reconocerle que sabe moverse en las historias bonitas. El riesgo es que, de ser tan bonitas, acaban siendo bastante inofensivas y sobre todo blanditas. Eso le sucede en Un viaje de diez metros, que es una película de esas de buen rollo que necesitan de una excusa ética o profesional (en este caso las dos cosas, es la historia de un cocinero autodidacta que viaja junto a su familia desde India hasta Francia para ganarse la vida) para desarrollar una historia previsible y que intenta abarcar demasiado. Ahí radican los defectos de la película, que en realidad sabe ganarse al público con cierta facilidad porque su humor funciona en momentos muy concretos. Lo demás se ve venir con tanta facilidad que hará que paladares algo exigentes salgan algo decepcionados, pero al fin y al cabo, y una vez perdido lo más incisivo del cine de su director, es lo que mejor sabe hacer Hallström, llevar a la pantalla simpáticos y agradables cuentos de hadas para adultos que cualquiera sabe ya cómo van a acabar.

Lo que resulta curioso de Un viaje de diez metros, y evidencia de que a la película le falta algo de garra, es que la historia de su protagonista, Hassan (Manish Dayal), acaba siendo lo menos conseguido. Al final, su viaje a los altares de la cocina francesa, incluso su historia de amor con la también aspirante a chef, Marguerite (Charlotte Le Bon), es lo menos relevante, lo menos divertido y lo más disperso, porque es donde se notan las lagunas del guión. Sin embargo, el enfrentamiento entre su padre (Om Puri) y la dueña (Helen Mirren) de un lujoso restaurante que está al otro lado del camino en el que la familia se establece, en un pueblecito del sur de Francia, es divertido, inteligente. Es, de largo, el corazón de la película, el auténtico choque de culturas y de caracteres, lo que en definitiva saca la vertiente más incisiva de Hallström. Cuando se decanta por lo simplemente bonito, y aunque es evidente que lo rueda con soltura, la película decrece bastante, aquejada de una notoria previsibilidad.

Cuando la película incorpora algo de picante (y no precisamente el de las especias que usa Hassan en su cocina), cuando tiene algo de mala leche, muestra una muy agradecida diversión. En realidad, cabe preguntarse qué habría sido de la historia si sus protagonistas hubieran sido Puri y Mirren, porque en ellos está lo mejor de Un viaje de diez metros (título que, por cierto, acaba perdiendo todo el sentido en el último tercio de la cinta). Cuando adquiere tintes de una disparatada comedia culinaria, la película alcanza sus mejores momentos. Cuando vuelve a los terrenos del drama intimista y personal o incluso cuando busca unos tintes de crítica social que no funcionan, el relato desciendo a terrenos mucho más planos. Viendo esos altibajos, el peor enemigo de Hallström está en la duración, 122 minutos que probablemente hubieran agradecido que el prólogo se introdujera de forma reducida como un flashback y que el montaje final fuera mucho más equilibrado de lo que es.

Pero, volviendo al punto de partida, la película es bonita, es simpática, tiene escenas muy divertidas (incluso un chiste involuntario en el que Om Puri llega a comparar al de Helen Mirren con una reina, recordatorio de su más excelsa interpretación reciente, precisamente en La Reina) y contribuye a ese buen rollo que, en general, es marca de fábrica del cine de Hallström. Lo malo es que, sin el toque valiente que tenían sus primeras películas americanas y sobre todo Las normas de la casa de la sidra, el resultado es también bastante inane. Da la impresión, sobre todo después de que el precedente en su filmografía sea la muy cobarde y fallida Un lugar donde refugiarse, que Hallström ya ha tocado un techo que no va a superar. Al menos, si hace películas como Un viaje de diez metros sabe que tiene ganado a un sector de público, ese que huye de los dramas devastadores y de las historias que te dejan un mal cuerpo. Lo suyo es el optimismo y la vitalidad. De eso hay a toneladas en esta película. Pero sin expectativas altas se disfrutará mucho más.

lunes, agosto 12, 2013

'RED 2', un más de lo mismo mejor que el original

RED fue más de lo mismo, la clásica comedia de acción que parece más una reunión de viejos amigos que una película aceptable. RED 2 viene a ser lo mismo que aquella, pero resulta que acaba siendo mejor. Y es difícil decir por qué, porque esta parece la clásica secuela que muchos ventilarían con un "si te ha gustado la primera ésta también te va a gustar, y si no te gustó ésta tampoco". No es que la mejora sea descomunal, pero quizá las piezas encajen mejor en la secuela. Quizá haya chistes más divertidos que en la primera entrega, aunque siga sin verle la gracia al personaje de Helen Mirren (parece menos presente en esta entrega) o al de John Malkovich (por repetitivo, quizá el actor menos en forma de todos los que aparecen en la franquicia). Pero Bruce Willis entiende este tipo de películas desde los años 90, Mary-Louise Parker está divertidísima y las inclusiones de Anthony Hopkins, David Thewlis, Catherine Zeta-Jones y, en menor medida, Lee Byung-hun son acertadas. Sí, persisten los inexplicables agujeros en la trama, pero RED 2, en conjunto, entretiene más que RED.

Básicamente hablamos de lo mismo que ya ofrecía aquella película, una serie de actores veteranos que se meten en una historia de acción sin límites. Si RED 2 es más entretenida se debe a que sus puntos fuertes son más sólidos que en la primera entrega. Y el principal es la relación entre los personajes de Bruce Willis y Mary-Louise Parker, que es divertida y funciona de principio a fin. Él, a pesar de la edad, sigue siendo un gran héroe de acción (su primera secuencia en solitario así lo atestigua), y muchas de las secuencias de la película evidencian que sigue teniendo un apreciable sentido del humor. Ella, por su parte, complementa a la perfección a Willis, y juntos protagonizan los mejores gags de la película, a pesar de algún exceso como la persecución por las calles de París, que, eso sí, tiene un final brillante. Para hacer crecer esta parte de la película, la interacción con Catherine Zeta-Jones es muy agradable, aunque su personaje sepa al final a muy poco.

¿Los puntos flacos? En realidad, los mismos que en la primera entrega aunque aquí se notan algo menos. No termino de encontrarle la gracia a los personajes de John Malkovich o Helen Mirren por mucho que lo intente, les veo demasiado caricaturizados y exagerados, no son partícipes de los momentos más divertidos (aunque en esta segunda entrega Malkovich sí se acerca a alguno), y en el caso de Mirren (su alusión a que es la reina de Inglaterra es lo más divertido de su presencia en la película) arrastra a Brian Cox a repetir prácticamente su participación en la primera película. Hay dos momentos delirantes con coches de por medio, el primero lo protagonizan Willis y Zeta-Jones, el segundo Mirren y Byung Hun. El primero es divertido, el segundo suena a hueco, exagerado y digital. No parece casualidad. Y eso que las escenas de acción en general están muy bien resueltas, no desentonan en la película y tampoco da la sensación de que haya dobles, aunque sin duda los hay.

RED 2 ofrece casi dos horas de la conocida mezcla de acción y comedia que estaba en las previsiones. Pero sí la película crece es probablemente porque Bruce Willis está algo más cómodo y a que Parker se lleva de calle muchas de las escenas de comedia. Hay que dar por descontado que este es un cine que no se toma en serio a sí mismo, y basa en esa percepción el olvido de casi todos sus errores. Y al final, en realidad, lo acaba consiguiendo. Con sus altibajos, con sus defectos, y con el recuerdo algo escaso que dejó la primera entrega, lo cierto es que este singular universo de veteranos crece con respecto a la primera gracias a la solvente locura de Anthony Hopkins, sin que se note demasiado el cambio de director (Robert Schwentke deja su silla a Dean Parisot, realizados hace 14 años de Héroes fuera de órbita) y con una historia simpática.

domingo, febrero 03, 2013

'Hitchcock', cine dentro de cine complaciente pero bonito

Las películas de cine sobre cine que se agarran a figuras reconocibles tienen mucho ganado. Hitchcock, obviamente, arranca desde ese terreno y ya tiene ganado una consideración favorable a poco que no ejecute un estropicio de proporciones épicas. Lo que acaba ofreciendo el debutante Sacha Gervasi es un retrato algo edulcorado del conocido como maestro del suspense mientras creaba una de sus últimas obras maestras, Psicosis. Y es, efectivamente, un retrato complaciente en muchos momentos, que no quiere ofender al aficionado, pero no por ello menos bonito de contemplar, francamente gozoso en algunos momentos. Poco aportará en términos históricos a quienes conozcan algo sobre el rodaje de Psicosis, pero para los profanos será una hermosa manera de acercarse a un auténtico clásico siempre disponible para ser descubierto.

Hitchcock no estrictamente un biopic, no abarca toda la vida del protagonista. Ni siquiera un amplio espectro de la misma. Hitchcock es la creación, rodaje y estreno de Psicosis. No va ni pretende ir más allá. Gervasi (cuyo trabajo más relevante hasta ahora es el guión de La terminal, de Steven Spielberg) realiza un ejercicio de síntesis bastante inusual y, por qué no decirlo, agradecido, en esta época. Lo que le podría haber dado para un filme mucho más extenso, y quizá sea posible que le falten algunos minutos en algunos tramos, se queda en unos ajustados 98 minutos en los que, si peca de algo, es de plantear demasiados temas sin llegar a dejar que ninguno coja el protagonismo que habría tenido en otras manos. Está el Hitchcock megalómano, su obsesión con las actrices rubias, su colaboración con su esposa, Alma, su lucha contra los demonios interiores (curiosamente personificados en esta película en Ed Gein, el asesino en serie que inspiró Psicosis, interpretado por un inquietante Michael Wincott), su pelea con la censura y con el estudio por hacer las películas tal y como las quería.

Dar vida a Hitchcock es un caramelo en cierto modo envenenado del que Anthony Hopkins sale más que airoso. En ocasiones parece algo preso de la caracterización física del personaje, pero en otros momentos cobra vida ante la cámara, hasta acabar en un gozoso final que capta a la perfección la esencia de todo lo que representa Hitch, el hombre que quería provocar sensaciones nuevas en el interior de una sala de cine. Las interpretaciones, de hecho, van desde lo mejor a lo más insulso de la película. Toni Collette borda el papel de Peggy Robertson, la secretaria de Hitchcock, dándole el tono de comedia desenfadada que en el fondo requería la película. Scarlett Johansson y Jessica Biel no logran la trascendencia que sí podrían haber tenido, dando vida a Janet Leigh y Vera Miles, las dos protagonistas femeninas de Psicosis. Y aunque James D'Arcy apunta buenos detalles como Anthony Perkins, lo cierto es que el filme pasa totalmente de puntillas sobre su personaje, perdiendo una oportunidad interesante. Ahí, por ejemplo, falta metraje.

En realidad es que, salvo por resaltar la presencia de Scarlett Johansson, el rodaje de Psicosis no alcanza un papel dominante en esta recreación. Importa mucho más su gestación, lo que representa en la carrera de Hitchcock y el momento personal en que le llega (Helen Mirren da vida a Alma, ejemplificando de nuevo los altibajos a los que refería antes, por momentos espléndida pero en otros mera comparsa), su montaje (con la inolvidable anécdota con Bernard Herrmann de la música en la escena de la ducha) y su estreno, que no el proceso de filmación. Quizá por eso los actores que interpretan a actores no cobran tanta relevancia como, por ejemplo,  el escritor Whitfield Cook (Danny Huston, siempre solvente), a quien Hitch considera un rival por el afecto de su esposa y no duda en dejárselo claro cada vez que se cruza con él. Por supuesto, todo está contado desde el prisma más favorable a Hitchcock, carismático hasta en sus flaquezas, y con la sensación de que la idea es dejar bien a todo el mundo, incluso a su odiada Vera Miles.

Hitchcock es una película tan amable como hermosa de ver. O quizá es que el cinéfilo que llevo dentro disfruta sobremanera con películas que tocan los entresijos del mundo del cine. Lo que es un innegable es que hay un sincero intento de mostrar cómo era Hitch y cómo era el cine de aquella época. Además de los ya habituales sobresalientes tareas de diseño de producción, uno de los elementos que más ayudan al espectador en esa tarea es la magnífica banda sonora de Danny Elfman, que recrea el mítico tema de la serie televisiva Alfred Hitchcock Presenta y, por supuesto, algunos de los temas de Psicosis. Hitchcock, con sus toques de humor, es un filme que requiere ganas de disfrutar, porque está hecha como un homenaje cariñoso a una figura que, precisamente, careció del reconocimiento de la industria cuando todavía estaba en activo. Ese es otro de los temas de este interesante y entretenido filme, seguramente el que más sentido da a todo el trabajo que conlleva, con muchas cosas interesantes aunque sólo por esa hermosísima y genial escena final en el cine, en el estreno de Psicosis, ya merece la pena.

jueves, octubre 20, 2011

'La deuda', buenos personajes, mal final

Lo mejor de La deuda está en su reparto y en sus personajes. Una historia narrada en dos tiempos, con un trío protagonista diferente para cada uno de ellos, incorporando por un lado los miedos de la juventud y por otro la tristeza de la madurez. Seis actores, la mayoría muy interesantes, que son los que dan vida a este relato de espías que se mueve con bastantes altibajos. Tiene buenos giros, aunque su final es convencional y, en realidad, bastante absurdo. Está rodada con un carácter demasiado rutinario por el director John Madden (el de Shakespeare enamorado), pero tiene algún que otro instante donde sí hay buenos hallazgos en su montaje y en su narración. Es una película que entretiene y que se beneficia del carisma de sus actores y de sus personajes, que no deja un poso indeleble pero que, sin embargo, mantiene al espectador en tensión durante sus algo menos de dos horas de duración. ¿Suficiente? Quizá podía haber dado más de sí, pero en es una cinta entretenida.

Tenemos a tres agentes del Mossad. Primero les vemos con algo menos de treinta años, cuando recibieron el encargo de secuestrar y llevar a Israel para su posterior juicio a un médico nazi que sirvió en el campo de concentración de Birkenau y, por tanto, colaboró activamente en el holocausto judío. Casi de inmediato, con algo menos de sesenta. Helen Mirren y Jessica Chastain interpretan a Rachel, Tom Wilkinson y Marton Csokas a Stephan y Ciarán Hinds y Sam Worthington a David. El gran mérito de la película está en la hermosa identificación de estas tres parejas de actores. Aunque es mucho mejor el trío maduro (con mucho más tiempo en pantalla para la fantástica Mirren y el siempre sobresaliente Wilkinson), no hay que desedeñar para nada el trabajo de Jessica Chastain (maravillosa su imagen de vulnerabilidad y dureza, es ya una actriz a seguir después de un año en el que ha trabajado con gran acierto en Criadas y señoras y sin un papel acorde a su capacidad en El árbol de la vida). Csokas no está mal y a Worthington, limitado como siempre, al menos se le puede aplaudir el empeño de no encasillarse en papeles de héroe rocoso como los de Avatar o Furia de Titanes.

Junto a ellos, hay otro pilar que marca el devenir de la película a casi todos los niveles: el personaje del doctor Vogel (un Jesper Christensen que genera muchísimo desasosiego, como obliga su papel). Es su aparición lo que marca un antes y un después en la historia. Lo que al principio parece una historia de honor, una misión justa, de repente se transforma en una batalla psicológica apasionante. Ahí están los mejores minutos de la película, ahí y en la relación de estos hechos con el primer flashback del filme (brillante ejecución cinematográfica de esa escena durante la lectura de un libro que hace el personaje de Helen Mirren). Y ahí es donde La deuda sí deja poso para el debate después de la película, ahí es donde cobra una fuerza que no se termina de aprovechar del todo pero que sí alcanza niveles importantes. La historia de espías, más o menos correcta, se convierte en un infierno psicológico. Un infierno derivado de la situación, del carácter dañino del médico nazi y también de las decisiones personales de los tres agentes del Mossad, menos preparados de lo que pensaban para una misión de estas características.

La historia de espías funciona, el reto mental mucho más, la estructura en dos momentos temporales está montada con ingenio... pero la película llega a su final y se pierde. El clímax no está a la altura, contiene demasiadas lagunas y ni siquiera es coherente con el resto de la película. La deuda podría haber acabado de muchas formas pero seguramente ha optado por la peor de todas. Por eso, la sensación que deja el filme al acabar es de decepción, pero eso no impide que tenga grandes momentos. Los mejores son los enfrentamientos de toda índole que el doctor Vogel mantiene con Rachel y David, cuya bondad, la de ambos, contrasta con la crueldad del nazi e incluso con la ruda determinación de Stephan. También cabe encontrar lo más positivo de la película en la evolución del trío protagonista. Hermosa la tristeza melancólica de Hinds (qué distinto es el tono de su personaje aquí con respecto al que tuvo en una historia de corte similar, la de Munich), fantástica la firmeza de Wilkinson y, como siempre, espectacular la presencia de Helen Mirren.

Y es que, al final, lo que queda de La deuda son las interpretaciones. Porque el tono de la película está muy bien (magníficamente subrayado por la muy buena banda sonora de Thomas Newman), pero son sus personajes lo que marca la diferencia. Puede que la misma historia no hubiera sido creíble sin el casting adecuado. Puede que la trágica ironía que se mueve en torno al destino de los personajes no hubiera tenido el mismo sentido de no haber contado con el buen hacer de este reparto. Pero también puede que esta historia, en manos de otro director más hábil, hubiera dejado una sensación mucho más satisfactoria. El nivel que exhiben sobre todo Jessica Chastain y Helen Mirren merecía algo más que una entretenida historia de espías. Que tampoco es poco, pero que pudo ser más.

miércoles, enero 26, 2011

'RED', otra reunión de viejos amigos

Cada vez son más frecuentes, por un lado, las películas que reúnen a un número importante de actores conocidos y, por otro, las adaptaciones de cómics y novelas gráficas que nada tienen que ver con los clásicos superhéroes de las viñetas. La verdad es que suele haber poco que rascar en unas y otras, más allá de un breve y pasajero rato de entretenimiento. RED, una fusión de las características de ambos grupos de películas, cumple con todas las expectativas previas. Quien espere grandes interpretaciones de los grandes nombres que pueblan el reparto, que se olvide, porque sólo se lo están pasando bien. Quien espere una historia reflexiva más allá de los denostados superhéroes, que se olvide porque sólo hay divertimento. RED es lo que es. Lo que tantas otras películas han sido antes que ésta: un entretenimiento pasajero. Se ve y se olvida con la misma facilidad. Síntoma inequívoco de que se podría haber hecho mejor, claro. Pero como ese momento pasajero que se acerca a las dos horas no ha dejado pesadumbre por haberlo vivido, tan mala no será. Simplemente es otra más.

Y eso que la cosa sobre el papel podía prometer algo más. Bruce Willis lleva algunos años perdido, y sólo se ha encontrado volviendo a los orígenes, recuperando a John McLane en La jungla 4.o. Darle un papel protagonista en una especie de comedia de acción, basada en la novela gráfica del aclamado autor inglés Warren Ellis, pintaba bien. Willis encaja en la socarronería necesaria para el papel y para la película. Si encima se le rodea de Morgan Freeman, John Malkovich, Helen Mirren, Richard Dreyfuss, Karl Urban, Ernst Borgnine (¡qué gozada verle de nuevo en la pantalla!), Mary-Louise Parker, Brian Cox y Julian MacMahon, las expectativas crecen. Si además dirige un director tan variado como Robert Schwentke (autor de las muy dispares Plan de vuelo: desaparecida y Más allá del tiempo), el cóctel puede ser como poco original. Y al final no lo es tanto. Es sólo una reunión de viejos amigos, un género que recuperó y perpetuó la (para mí algo aburrida) saga de Ocean's Eleven, que no aporta más que el enorme placer de ver a un grupo notable de actores pasándoselo bien (supongo que esa era la intención inicial de Stallone y Los mercenarios, por citar otro ejemplo) y un director correcto trasladando viñetas a la gran pantalla.

RED (que significa Retired Extremely Dangerous, Retirado Extremadamente Peligroso) tiene como protagonista a Frank Moses, un antiguo agente de la CIA que vive una vida bastante aburrida en la que sólo se relaciona, y por teléfono, con Sarah Ross, una mujer que le gestiona el dinero de su pensión. Todo cambia cuando Frank tiene que repeler a un grupo armado que llega a su casa para asesinarle. El siguiente paso, y como había decidido conocer en persona a Sarah, será ir a buscarla, porque si han querido matarle a él lo normal es que traten de encontrarle a través de ella. Comenzará así una pequeña gran montaña rusa en la que Frank, Sarah y otros viejos amigos que irán apareciendo por el camino tendrán que averiguar quién quiere acabar con sus vidas y por qué, lo que acabará modificando por completo el objetivo de su huida. Todo muy propio de Warren Ellis, todo muy cínico, todo muy cómicamente violento y supuestamente transgresor. Quizá en las viñetas funcione todo con más facilidad de lo que lo hace en la pantalla, donde se juntan algún que otro giro inverosímil y previsible que no procede comentar para no chafar a quien simplemente se deje llevar sin pensar dónde le están llevando.

Esta película ni destaca ni se hunde por nada en especial. Simplemente es un título claro y honesto que, de ser entendido, permitirá un mayor disfrute al espectador. Si no lo es, tenemos un problema, porque entonces recorre con demasiado riesgo la frontera del absurdo hasta el punto de que ni actores como Freeman, Malkovich y Mirren pueden rescatar. El éxito de RED en el espectador dependerá de esa capacidad de abstracción que demuestre cada uno de ellos, porque en realidad no ofrece mucho más. ¿Suficiente? Cada uno tendrá na valoración. Para mí no, no fue suficiente, porque una vez vista cuesta recordar alguna secuencia de la película, algún diálogo, algún momento, algún personaje. Todo está muy visto en esta amalgama de películas de acción corales con tintes de comedia. Y lo que no está visto (el primer cruce entre los personajes de Willis y Urban, una persecución de coches) es tan artificialmente inverosímil que puede llegar a asustar. Sólo convence esa irrealidad en el epílogo, divertido, desenfadado y exgerado a partes iguales. Pero el caso es que la película parece haber gustado a la crítica y al público, hasta el punto de que ya se ha anunciado una secuela. Será que me estoy volviendo muy exigente.

jueves, junio 04, 2009

'La (interesante y apreciable) sombra del poder'

Que al cine le encanta vapulear al mundo de la política no es noticia. Que le encanta censurar al del periodismo, tampoco. La sombra del poder hace lo primero con brillantez, actualidad e interés. Pero esquiva lo segundo para convertirse en un precioso canto a esta vilipendiada profesión del periodista. Sólo por eso, ya le encuentro argumentos para apreciar la segunda película de Kevin Macdonald (director de la también interesante El último rey de Escocia). Pero es más que eso. Es un apreciable fresco sobre la parte más sórdida de la política, sobre el negocio que supone para algunos la guerra y sobre cómo el periodismo más clásico afronta los retos de la tecnología y de la modernidad.

La sombra del poder, basada en una miniserie británica (que no he tenido el placer de ver y, por tanto, no puedo comparar), gira en torno a dos personajes centrales: un congresista americano y un periodista, que fueron compañeros de estudios años atrás. El primero investiga el desarrollo de una empresa llamada PointCorp y el nivel de poder que está alcanzando en el negocio de la guerra y en otros ámbitos. El segundo parte de un misterioso asesinato sin móvil aparente hasta llegar a un más que peligroso caso de corrupción política. Y todo ello mezclado, inevitablemente, con una mujer que forma parte de las vidas de ambos protagonistas. El congresista lidiará con los pesos pesados de su partido y con sus demonios interiores, el periodista con el empuje de una joven redactora que no conoce el periodismo de verdad y con una directora que está presionada por los nuevos dueños del periódico.

Quizá la película no me hubiera parecido tan interesante si su protagonista no hubiera sido el magnífico Russell Crowe. Lo he dicho en anteriores ocasiones y me reafirmo: me parece el actor de mayor categoría que existe en el panorama internacional actual. Es impresionante cómo es capaz de hacer creíble cualquier personaje que caiga en sus manos, no importa su edad, profesión, características, personalidad o condición. Tan pronto puede parecer un químico sobrepasado por las amenazas a su vida o su familia como un héroe de la vieja Roma, un frío director de los servicios secretos americanos o un pistolero del viejo Oeste. Hace lo que quiere delante de la cámara, nos convence a todos de una forma tan asombrosamente completa que dota a cualquier película que hace de un halo de verosimilitud impagable. Aquí borda el papel de periodista arisco, con complejos asuntos personales que pueden interferir en su trabajo pero con ese inconfudible afán de dar con la verdad. Brillante, sencillamente brillante.

La película flojea por el segundo nombre protagonista: Ben Affleck. Su naufragio (patente sobre todo en los cara a cara con Crowe) se hace más evidente cuanto más trascendente es la escena que tiene que interpretar. Su trabajo queda tan lejos del de Crowe que resta parte de la grandiosidad que el protagonista de Gladiator, El dilema o Red de mentiras da a la película. La sombra del poder iba a ser hace algunos años la película que reuniera tras El club de la lucha a Brad Pitt y Edward Norton, en lugar respectivamente de Crowe y Affleck. La mejora con el primer nombre es inmensa. La pérdida de nivel con respecto al segundo es también notable. En el reparto se cuelan otros nombres de mucho interés, como el de Robin Wright Penn (Beowulf), Helen Mirren (La reina), Jason Bateman (Juno, Mr. Magorium y su tienda mágica), Jeff Daniels (Buenas noches, y buena suerte) y Rachel McAdams (que trabaja ya en Sherlock Holmes). Sólo flaquea Affleck, y sorprende muy positivamente Bateman.

La sombra del poder es un más que interesante thriller, una de esas películas necesarias sobre el mundo que nos rodea. Quizá se le pueda achacar una cierta falta de originalidad y, en algún momento puntual, una caída fácil en el tópico. Pero merece mucho la pena para cualquier tipo de espectador. El que sienta como yo pasión por el periodismo notará que un cosquilleo le recorre la espalda cuando el personaje de Russell Crowe está escribiendo el reportaje que persigue durante toda la película bajo la atenta mirada de sus compañeros y su directora. Una escena sencillamente preciosa que resume a la perfección el espíritu de la película.