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viernes, junio 10, 2016

'Dos buenos tipos', Shane Black en su salsa

Ha pasado mucho tiempo desde que Shane Black colocó su nombre, en el lejano 1987, en los créditos de Arma letal como su guionista. Y casi treinta años después, Black, ahora director y escritor, firma Dos buenos tipos, la que probablemente sea su película más auténtica, un divertidísimo thriller de misterio, una buddy movie extravagante, un potente regreso a los años 70 y una sobrada de película en todos sus aspectos (ojo a la secuencia onírica... ¡o a Nixon!) que se convierte en el compendio más exquisito de todo lo que ha venido haciendo Black a lo largo de su carrera. Tiene la violencia y la chispa de los diálogos de El último boy scout, la trama de investigación de la mencionada Arma letal, tintes de comedia como los de El último gran héroe aunque sin llegar a sus cotas de caricatura o el atrevimiento de Iron Man 3. Y con dos actores tan metidos en faena como el propio Shane Black para que la diversión sea total.

De alguna manera, viendo el escenario, la historia y el contexto, es inevitable pensar que todo lo que en Dos buenos tipos funciona francamente bien es lo que no terminaba de encajar en la mucho más pretenciosa Puro vicio, de Paul Thomas Anderson. Y es que Black no tarda más que unos pocos segundos en ganarse toda la atención del espectador, mezclando una actriz porno, una travesura erótica infantil y un espectacular y extravagante accidente. Luego es cuando entran en acción los dos buenos tipos del título, que precisamente son de todo menos buenos tipos. Un matón a sueldo que se dedica a patear a quienes se acercan a jovencitas y un detective privado venido a menos por su cara dura y por su afición al alcohol que además tiene una hija casi adolescente se convierten en la mezcla ideal para la fórmula de buddy movie que Black hizo arte en el guión de Arma letal. Parece mentira que tantos años después siga teniendo cogido el punto a esa dinámica.

Sobra decir que buena parte del éxito de esta fórmula en Dos buenos tipos radica en que Black ha escogido a Russell Crowe y Ryan Gosling, dos actores sensacionales, capaces además de meterse en la piel de personajes tan diversos que este guión es para ellos un caramelo que no podían desaprovechar. Y no lo hacen. En absoluto. Ni en la comedia ni en la acción, pero tampoco cuando la película se adentra en los terrenos del drama, cuando los personajes adquieren un contexto que Black escribe magníficamente bien. Lo que parece increíble es que Dos buenos tipos tenga tantas cosas, se mueva a un ritmo tan elevado, proporcione tantos momentos delirantes y al mismo tiempo sea tan inteligente en el misterio que investigan los dos protagonistas (más bien tres, que gusto da ver a una actriz adolescente como Angourie Rice moviéndose con tanta naturalidad ante dos monstruos como estos).

Da gusto ver que directores que se mueven dentro de la comercialidad más evidente de Hollywood (¿acaso hay que entender como un mensaje oculto que Dos buenos tipos arranca detrás del logo de la meca del cine cuando estaba tan dejado en los años 70?), saben ser al mismo tiempo muy atrevidos. Dos buenos tipos entronca en un cine que muchos intentan y no tantos dominan, ese en el que el humor es negro, la violencia casi cómica y el envoltorio es el de una producción en el que todo el mundo parece habérselo pasado fenomenal entre amigos. Pero Black sobresale porque, además, es un tipo avispado. Conoce la fórmula. Y la aplica como nadie. Pero no parece una fórmula hasta que uno se para a pensar en ella. Porque mientras se está viendo, la diversión es tan absoluta que el espectador ni se da cuenta de que le han embaucado de una manera magistral. Black es un embaucador, eso está claro. Pero es uno de los buenos, de los que divierte y entretiene sin complejos y sin guardarse absolutamente nada. Y así da gusto.

lunes, enero 04, 2016

'De padres e hijas', dos historias inconexas

Cuando se abordan historias de corte realista, relatos del sufrimiento de un padre o una madre, con algún niño de por medio y algún tipo de mal físico o psicológico, el tufillo a telefilme parece inevitable. Hollywood, de hecho, ha abrazado ese tipo de historias en las que coloca grandes historias tratando de huir de esa sensación y así ofrecer un producto emocionalmente atractivo y relativamente barato de producir. De padres e hijas se enmarca claramente en esa corriente que su director, Gabriele Muccino ha llevado a cabo ya en ocasiones anteriores sobre todo de la mano de Will Smith. Aquí no sólo tiene a Russell Crowe y Amanda Seyfreid como protagonistas, sino que cuenta en el reparto con otros nombres como los de Diane Kruger, Aaron Paul, Quvhenzane Wallis, Octavia Spencer, Jane Fonda o Bruce Greenwood. Pero la película sabe a poco por una razón, y es que plantea dos historias paralelas para huir del tono de telefilme y ambas quedan bastante inconexas.

La primera escena de la película, y por tanto no es un gran spoiler, nos pone en situación. Un accidente de tráfico acaba con la vida de la esposa del personaje de Crowe y él, un novelista de éxito se queda solo para criar a su hija de ocho años, pero con graves secuelas que le llevan a ingresar un hospital psiquiátrico. Esa es la primera trama. La segunda, la de la hija ya adulta, interpretada por Seyfreid, una asistente social que es incapaz de amar y que suple esa falta de cariño de formas algo problemáticas. Según pasan los minutos y alternando narraciones, De padres e hijas se antoja una película larga precisamente porque no es capaz de establecer una conexión clara entre esa niña feliz con su padre pese a echar de menos a su madre y esa joven de tendencias tan peligrosas y que no sabe gestionar su amor. De hecho, la conexión entre ambas partes no llega a ocurrir.

Es, claramente, la forma en que Muccino quiere que el guión de Brad Desch trascienda el tono de telefilme y adquiere un porte más maduro, un acabado más trabajado, pero no lo consigue. El peso de la película queda, por tanto, en ambas partes de la historia por separado y en los actores. Y ahí, a pesar de algún que otro diálogo que se cae por el peso de su propia pomposidad (la última escena de Diane Kruger viene a ser un ejemplo perfecto), De padres a hijas sí se sostiene. Por supuesto, como cabía esperar, lo mejor lo aporta Crowe, que sigue siendo uno de los actores más camaleónicos que hay en el cine actual, capaz de interpretar con la misma fuerza a un héroe de acción que a un padre pasando por momentos verdaderamente difíciles, en lo familiar, en lo personal, en lo económico, en lo profesional y en su salud. Él es quien asume la carga de sensibilizar al espectador y lo hace con enorme brillantez.

Como De padres e hijas podría haber sido una película que se hubiera quedado en un retrato de actor y nada más (como, por ejemplo, lo fue Siempre Alice con la figura de Julianne Moore, que logró el Oscar por ese papel), Muccino rodea a Crowe de un reparto muy sólido, pero que, al final, queda desaprovechado por la desconexión entre las dos historias y porque partir la película por la mitad recorta el desarrollo de varios de ellos. A ratos, De padres e hijas se olvida de la enfermedad de su protagonista. A ratos, del vacío emocional de la hija. A ratos, de esa cuñada llena de rencor. Y a ratos de ese vacío que queda en la película por la enorme elipsis que separa los dos tiempos que narra. Hay momentos interesantes y buenas actuaciones, pero en el fondo la película no consigue escaparse de esa temida sensación de telefilme. Digna, pero escasa.

viernes, abril 24, 2015

'El maestro del agua', el afortunado debut del Russell Crowe director

El maestro del agua es la primera película que dirige Russell Crowe y su debut puede calificarse a grandes rasgos de afortunado. Y es que su enorme categoría como actor ha encontrado un interesante reflejo detrás de las cámaras, desde donde también demuestra tener algo que contar. Su mirada es clásica, pero también sabe ser espectacular cuando lo necesita. La historia que ha escogido, la de un australiano que viaja a Turquía en busca de sus tres hijos, combatientes en la batalla de Galípoli durante la Primera Guerra Mundial, le permite el lucimiento en esa doble faceta. Como actor, sigue siendo tan eficaz que parece difícil encontrarle pegas. Como director, es verdad que cae en algún tópico de esos que parece inevitable, como los momentos en los que El maestro del agua parece una hermosa postal o asimilando la concesión al toque romántico que tiene la película sin que realmente lo necesite ni aporte demasiado, pero rueda francamente. Ha pasado por las manos de muchos grandes y se nota que ha aprendido.

Como las batallas que se muestran en el prólogo y después a modo de flashbacks no son el centro de El maestro del agua, Crowe no se vuelca en ellas. No le interesa el gran cuadro, sino pinceladas muy concretas que le sirven para definir a sus personajes. Quizá se le escapa ahí una oportunidad de hacer un filme más espectacular, pero da la impresión de que no es lo que quiere, que beneficia el aspecto de Joshua Connor, el personaje que interpreta el propio Crowe, como padre. Y de esa manera, hay más en las miradas que en las grandes panorámicas, más en las miradas y en los diálogos que en el cuidado proceso de recreación de la época y los exóticos lugares que adornan el filme para deleite del espectador occidental. Por eso no hay tanto disfrute en los planos turísticos y culturales y sí en las escenas más intimistas, desde el impresionante momento en el que Crowe lee Las mil y una noches en la habitación de sus hijos hasta el instante en el que descubre qué fue de ellos durante la batalla.

A Crowe aún le faltan cosas por pulir, por supuesto. Hay un ligero abuso del flashback, incluso repitiendo algunos momentos, lo que a veces ralentiza la película, pero sabe de su importancia para construir la historia y los maneja bien con frecuencia. De hecho, una de las mejores secuencias de la película es un flashback que le permite un gran lucimiento físico, actoral y narrativo, en el que montando a caballo va en busca de sus hijos, todavía niños, cuando les sorprende una tormenta de arena. Ahí se ve la capacidad de Crowe como cineasta, convencido en lo que hace, sabedor del poder de la imagen y el sonido, pero también consciente de que la única forma de contar algo es a través de unos buenos personajes. El suyo lo es, el de Olga Kurylenko también, y el de Yilmaz Erdogan también, aunque en algún momento da la impresión de que podría haber sido aún más grandioso. En realidad, como toda la película, que deja un muy buen sabor de boca pero no termina de alcanzar un lugar aún más privilegiado.

Con sus defectos, que se pueden reunir en torno a los clichés que resultan más habituales en el cine de corte hollywoodiense, El maestro del agua es en todo caso una película muy atractiva, una aventura clásica, que sabe sacar partido a su exótico escenario, a su ambientación en la Turquía del primer cuarto del siglo XX para enmarcar una historia universal, francamente bien dirigida y muy bien interpretada (imposible no destacar también el breve pero muy intenso papel de Jacqueline McKenzie, en realidad motor emocional y argumental del filme). Y si hay algo que Crowe maneja muy bien en la película es la intensidad personal, la que estalla en una discusión a tres bandas que precipita el último tercio del relato y que en realidad forma parte de muchos más momentos a lo largo de sus algo menos de dos horas de notable cine. Así es casi imposible no sentir interés por saber cómo desarrollará Crowe su carrera como director, porque su debut deja un más que apreciable buen sabor de boca.

viernes, abril 04, 2014

'Noé', Aronofsky sale indemne pero no triunfante

La ambiciosa y fantasiosa reinterpretación que Darren Aronofsky hace de la historia de Noé y el arca con la que hizo frente al diluvio universal es uno de los títulos más esperados del año, por el tema que trata, por el nombre de su (para mí sobrevalorado) director y por su espléndido reparto. Por desgracia, el resultado final hace que tanta expectación sea exagerada. No es un fiasco, e incluso se deja ver con más facilidad de lo esperado, Aronofsky sale indemne de su descabellada visión de la historia bíblica gracias a los aciertos que acumula en la creación de los personajes, algo a lo que ayuda notablemente el reparto, y en algunos momentos dramáticos en la segunda mitad de su largo metraje, que llega hasta los 138 minutos. Pero se le escapa por completo lo que debía marcar una diferencia desde el principio, los aspectos más fantásticos, lo más visual e imaginativo de la película, incluso detalles de la historia muy mal resueltos. Todo ello sufre por el trabajo de su director, por una dirección artística dudosa y por un decepcionante uso de los efectos visuales.

Lo peor de todo es que esta vez se puede comprobar que los defectos son de la película, porque Aronofsky, en vista de los problemas que tenía para reunir la financiación necesaria para el filme, había realizado previamente su historia en un cómic que acaba de ser publicado en España y que acabó de convencer a Paramount de ponerse detrás del filme. Ahí se ve que muchos de los errores que comete el autor en la pantalla no aparecen en las viñetas. Así que cabe preguntarse qué ha pasado para que caiga en tantas simplezas, ingenuidades y abiertos errores a la hora de cerrar su historia para el cine. Y no es una cuestión de medios, porque para la película ha dispuesto de ellos y no los ha sabido usar demasiado bien, por defectos (demasiados planos por ordenador fácilmente identificables; el de las dos palomas volando con el fondo cambiante es toda una invitación a dudar de todo el trabajo digital) o por elecciones (sorprendente y mareante el uso de imágenes en movimiento, durante la escena del génesis y en las elipsis).

Si hay algo que acaba salvando la película es que, incluso con menos emoción de la que sería deseable, Aronofsky sí consigue crear unos personajes atractivos, empezando por el propio Noé. Y va de menos a más, porque en la primera mitad falta fuerza y en la segunda sí hay sobradas escenas que inciden en ese aspecto más personal. Noé se convierte entonces en el personaje radical y decidido que debía ser desde el principio, y no un héroe al que adorar como casi parece que es en el arranque. Aunque parece que Russell Crowe es un actor al que cada vez parece más fácil criticar, lo cierto es que sigue siendo un sensacional intérprete, que domina perfectamente los diferentes estados emocionales de Noé. Jennifer Connelly, como siempre, está impresionante. Y por eso algunas de las mejores escenas de la película tienen a estos dos actores en pantalla. Con ellos, el reparto se convierte en uno de los mejores argumentos de Noé, aunque ni Emma Watson ni Douglas Booth destaquen especialmente en sus papeles, cruciales en la historia.

Quizá lo más negativo de Noé es que, con tantos medios a su alcance, no es capaz de superar las clásicas películas bíblicas que basaban su fuerza visuales en prehistóricos efectos visuales y enormes cantidades de extras. Es obvio que no estaba entre los objetivos de Aronofsky realizan una historia tan canónica como aquellas de La Biblia o Los diez mandamientos, pero si lo peor de Noé está precisamente en aquello en lo que pretendía innovar (al menos no hay engaño, porque eso se ve desde el principio sobre todo con los Vigilantes de piedra que introduce) se puede comprender perfectamente que la película deje cierto halo de decepción, aunque lo más probable es que los fans de su director le encuentren elementos suficientemente atractivos como para disfrutar del filme. Pero lo que ofrece Aronofsky es escaso. Visible, lejos del fracaso en que podría haber quedado enterrado por su desmedida ambición e incluso disfrutable por momentos, pero demasiado equivocado en otros muchos como para merecer el aplauso.

lunes, febrero 17, 2014

'Cuento de invierno', cine de otra época

En el fondo, es una pena que una película como Cuento de invierno lo tenga tan difícil para convencer. El debut como director de Akiva Goldsman es, como dice el título, un cuento. Y como tal es bonito, emotivo, romántico y lleno de fantasía. Es decir, todo lo que no se estila en el cine que triunfa hoy en día, truculento, morboso, cínico y desgarrador con mucha frecuencia. Cuento de invierno está lejos de ser una película perfecta, pero no deja de ser un cine reivindicable precisamente por estar en peligro de extinción y por las feroces críticas que suele recibir cuando asoma la cabeza. Le ha sucedido a este filme, casi ya vapuleado antes incluso de llegar a las pantallas. Y no es un clásico instantáneo, aunque rodado hace 30 años seguro que habría tenido mejor prensa, pero en el fondo es triste que el motivo esencial para la crítica no sea otro que el hecho de que es una historia bonita. Sí, lo es. Ñoña, si se quiere. Pero sincera y mejor llevada de lo que parece, aunque dé la impresión de que le faltan dos o tres explicaciones y un par de retoques de montaje para ser algo mejor.

Cuento de invierno es la historia de Peter Lake (Colin Farrell), un ladrón que trata de escapar de su antiguo jefe mafioso, Pearly Soames (Russell Crowe), y acaba topándose con el amor verdadero encarnado en una joven enferma, Beverly (Jessica Brown Findlay). Hasta ahí, lo creíble sin necesidad de recurrir a la fantasía. El aspecto de cuento llega cuando hablamos de ángeles, demonios y milagros, muy presentes en toda la historia, hasta el punto de definirla. Y dentro de esa definición se acaba convirtiendo, casi desde el principio, en un cine nostálgico, pasado de moda, clásico en sus planteamientos y en su ejecución (deudora de lo que algunos guiones de Goldsman ya mostraron en la pantalla, como Cinderella Man o Tiempo de matar, no sus superespectáculos como Batman Forever, Batman & Robin o Soy leyenda). ¿Es eso algo malo, negativo o que penalice el resultado de la película? En absoluto. ¿Por qué debería?

La película pide a gritos apartar el cinismo contemporáneo para disfrutar de una fábula, en la que los únicos detalles modernos son unos eficientes efectos visuales (que, vinculados a la luz, provocan una sensación onírica muy agradecida). Puestos a censurar, quizá lo menos conseguido de la película (junto al extraño papel de Will Smith, que sólo aparece en dos escenas pero que parecen las más superfluas de la película), sea la pronunciada elipsis temporal que separa en casi un siglo los dos momentos que muestra. Hay en esa elipsis detalles incongruentes (¿cuántos años tiene el personaje al que da vida Eva Marie Saint en el momento temporal?), aunque la eficacia del clímax y sus momentos previos hacen que se olvide con facilidad lo mejorable para quedarse con lo destacable, que es mucho más de lo que parece. La película parte de ideas muy atractivas y su fantasía convence con tanta facilidad como los actores, entre los que destaca la siempre fascinante Jennifer Connelly, el sereno John Hurt y el siempre camaleónico Russell Crowe.

Es paradójico que se sienta la necesidad de advertir que ésta una película es bonita, como si eso fuera un defecto imperdonable. Pero el caso es que lo es. Puede que le falta un poco más de alma para convencer sin reparos, pero su planteamiento, la buena dirección de actores (que no se deja ver sólo en los nombres más populares, sino también las niñas) su guión y algunas de sus escenas son motivos más que suficientes para darle a Cuento de invierno la oportunidad de entretener al público durante casi dos horas con un relato amable y romántico, cargado de elementos de fantasía, una espléndida puesta en escena y una buena banda sonora a cargo del casi siempre genial Hans Zimmer y Harry Gregson-Williams. Y asumo que esta será, probablemente, una de las pocas críticas que no se lance a la yugular de Cuento de inverno. Qué le vamos a hacer. Será que quien la suscribe es un romántico.

viernes, junio 21, 2013

'El Hombre de Acero', la mezcla de una absoluta genialidad y una torpeza importante

No va a ser esta una valoración extremista de El Hombre de Acero. No voy a ser fan irredento ni crítico sediento de sangre. Ni me ha fascinado sin remedio como cabía esperar en las sensaciones más optimistas ni me ha horrorizado hasta el punto de lanzarme a rescatar los DVDs de las películas protagonizadas por Christopher Reeve. Me quedo en el punto medio. Y es que no es nada fácil evaluar una película que tiene momentos de absoluta genialidad combinados con otros de una torpeza importante. Y tampoco calibrar en su justa medida un grandilocuente espectáculo visual, gozoso por su ausencia de límites visuales y de atrevimiento, pero que ahí mismo encuentra uno de sus principales defectos porque le falta dejar que la acción repose. Aunque es un entretenimiento muy apreciable, no termino de quitarme la sensación de que se ha dejado pasar la oportunidad de hacer el Superman definitivo. Puede que sea el primer paso para conseguirlo con una saga más extensa, pero los defectos son tan evidentes que impiden que la película alcance esa condición. Y aunque puede que suene más decepción que ilusión en mis palabras, eso no impide admitir tranquilamente que es una película que deja ganas de volver a ser vista.

El filme está dirigido por Zack Snyder, escrito por David S. Goyer y producido por Christopher Nolan. Y se puede notar la mano de los tres en algún momento, para bien y para mal. La del último está, indudablemente, en el tono de la historia. Es el origen de Superman contado de una forma que, montaje aparte (abundan los flashbacks y parece una buena solución para hacer de los progenitores de Superman personajes de la película y no sólo de su origen), no se aleja demasiado de lo que ya hizo en Batman Begins. Eso, la humanidad que desprende el filme, es lo mejor. Pero ya desde la primera secuencia es un espectáculo visual de primer orden, marca de Snyder (300, Watchmen, Sucker Punch), que acaba desmadrado por el reto imposible de llevar a la gran pantalla todo lo que a Goyer se le iba ocurriendo. El exceso en el largo clímax de la película es considerable. Y eso, añadido a la forma de rodar de Snyder (sorprendentemente, ni una sola cámara lenta), que sin duda intenta ser original y ofrecer un Superman diferente, hace que la acción sea atropellada, demasiado rápida para el ojo humano.

Quizá esa sea la mejor forma de cumplir el viejo sueño de los aficionados de ver a Superman utilizando sus poderes de forma ofensiva (¡ya lo creo que lo hace!), pero deja dudas. Donde no las hay en la descomunal senda de destrucción que muestra, asemejando la película más a un filme de catástrofes (con imágenes que parecen directamente sacadas en algún caso del 11-S) que a una de superhéroes. Pero Nolan (y en realidad también Snyder y Goyer, no hay motivos para negarlo) entiende al superhéroe, y eso está plasmado con brillantez. Superman es un héroe de carne y hueso, creíble, humano. Eso se aprecia con mucha valentía a lo largo de toda la película, aunque las divergencias entre esta historia y el cómic no son muy afortunadas, en especial las referidas a los padres del héroe (Jor-El en Krypton y Jonathan Kent en la Tierra) y el epílogo, sin duda colocado para contentar a los fans y abrir puertas a futuras secuelas (y no, no estaban hablando de una Liga de la Justicia, porque las hipotéticas referencias a nuevas películas de DC son escasas y muy veladas).

Que la parte humana sea lo mejor de este megaespectáculo visual se debe a un reparto de primerísimo nivel, que no sólo consigue las versiones más actuales de personajes con décadas de historia y con notables interpretaciones en diversos medios, sino que en muchos casos son las definitivas. El recuerdo de Christopher Reeve es imborrable (sobre todo, por paradójico que parezca, su Clark Kent), pero el Superman de Henry Cavill es formidable en todos los aspectos y durante toda su evolución en la película. Y el Jor-El de Russell Crowe, cuyo trabajo y lo apresurado del prólogo hacen pensar que ahí había una precuela por hacer. Y el Zod de Michael Shannon, inquietante de principio a fin, aunque el guión deje colgadas parte de sus motivaciones iniciales. Y la Lois Lane de la casi siempre formidable Amy Adams, que solventa las deficiencias del guión en su personaje con un carisma arrebatador y una química impresionante con Cavill. Y el Jonathan Kent de un Kevin Costner magnífico. Incluso en pequeños personajes como Martha Kent (Lois Lane), Lara (Ayelet Zurer) o Faora (Antje Traue) hay mucho que apreciar.

Pero algo falla. Y eso está en el guión. No por su historia, brillante y atractiva, con las dosis necesarias de drama, tragedia, atrevimiento, aventura y acción. No por su atrevimiento a la hora de cruzar algunas fronteras más que interesantes en la concepción del primer superhéroe de la historia. Es por los detalles. Muchos chirrían demasiado. Goyer se deja llevar en ocasiones por el síndrome del escritor vago y coloca sus explicaciones en rincones insospechados (se lleva la palma una escena de Jor-El como holograma, de largo la peor de la película por inexplicable e inmotivada ya desde su inicio, o la inasumible aparecición del traje de Superman), hace que las oportunas casualidades presidan el desarrollo de la película de principio a fin, y hay personajes que desfilan parece que por obligación (el Perry White de Laurence Fishburne) y simplificaciones difíciles de asimilar (el estamento militar se resume en tres personajes y parecen tomar todas las decisiones sin consultar con nadie más). Queda una extraña sensación de que una película de más de 200 millones de dólares de presupuesto no ha tenido tiempo de pulir el guión para eliminar estos problemas.

El Hombre de Acero es, probablemente, la quintaesencia del espectáculo cinematográfico y palomitero de hoy en día. Quizá Snyder ha conseguido adelantarse unos años y dentro de un tiempo todas las películas de personajes superpoderosos quieran seguir su ritmo visual y calcar sus elecciones. Pero hoy todavía choca bastante en algunos aspectos. No estoy diciendo, no lo creo, que El Hombre de Acero sea un fiasco. Ni mucho menos. Tiene momentos absolutamente deslumbrantes y, como decía, un reparto sencillamente extraordinario. Pero no termina de enamorar (¿tendrá algo que ver la siempre nostálgica sensación de no escuchar la mítica fanfarria de John Williams en la partitura de un Hans Zimmer que se queda un peldaño por debajo de sus logros con Batman?).Y eso que tenía todo a su favor para hacerlo y, de hecho, consigue explotar maravillosamente algunas de sus posibilidades, como en la hermosísima presentación de Superman, la notable relación trazada con sus padres o la violencia desatada de algunos momentos. Hay que verla, pero no alcanza el pedestal superheroico que tenía reservado.

Aquí, crítica de El Hombre de Acero en Suite 101.
Aquí, imágenes del photocall en la premiere que se celebró en Madrid.

lunes, febrero 18, 2013

'La trama', el guión como problema

Puede parecer un juego de palabras realmente fácil, pero el problema de La trama está en el guión. Es un problema serio porque afecta a todos los demás elementos que pone sobre el tablero Allen Hughes en el primer filme que dirige en solitario y sin su hermano Albert. Prácticamente nada consigue ser creíble es una película que coloca muy alto el listón de sus expectativas, quizá más por la temática y por su reparto que por sus posibilidades reales, y, en comparación, se queda muy por debajo en el resultado final. Tras una lograda ambientación y alguna que otra relación entre personajes desarrollada con interés y oficio se escapan frases trilladas, personajes que no tienen ni de lejos la importancia en el guión que parece intuirse, y un argumento que apenas es capaz de sostenerse para los 108 minutos que dura la película. Que Russell Crowe sea lo mejor de una película no tendría que sorprender a nadie, y es que su terreno en ésta es el que más juego daba.

No son muchas las ocasiones en las que un guión que ha circulado por los estudios durante largos años acaba desembocando en una gran película. El caso de La trama viene a confirmar esa teoría. Fue en 2008 cuando se compró el guión de Brian Tucker, que no tiene hasta la fecha ningún otro libreto producido, y desde entonces pugna por llegar a la gran pantalla. Cinco años parecen muchos para una película así. Y es que el tema es atractivo, aunque Hughes (que rodó junto a su hermano Desde el infierno o El libro de Eli) no parezca el director más adecuado para sacarle partido a una historia así, a pesar de un fantástico plano inicial. Las películas protagonizadas por ex policías juzgados por espinosos asuntos morales y las que tocan la corrupción que ataca a la democracia en todo el mundo ya tienen un punto a favor. Pero en esta ocasión la mezcla no funciona porque parece floja, débil, inconsistente. No sé ve un fondo interesante a la historia, ni tampoco una forma que haga olvidar las flaquezas del guión.

Y es precisamente el guión lo que hace que el punto fuerte del filme, sus protagonistas, queden peor de lo que realmente están. Porque, como decía, Russell Crowe es lo mejor de la película indiscutiblemente. Y sería un trabajo francamente convincente de no ser por las líneas que le otorga el guión. Cuando llega a decir "ni yo sé lo que quiere decir" refiriéndose a una de las frases hechas que le tocan, casi parece una declaración de intenciones sobre lo que supone la película. No se construyen grandes personajes dándoles frases aparentemente trascendentes, y en eso falla Tucker. Como también falla en dar algo de profundidad al personaje de Catherine Zeta-Jones, que promete mucho, que encuentra en la actriz un interesante reverso formal a su caricatura de Rock of Ages, pero a cuyo rol le falta muchísima profundidad y presencia en la película. Y Mark Whalberg ahonda en su solvencia como protagonista de historias turbias, pero no termina de marcar una diferencia entre éste y otros de sus papeles más recientes.

¿Qué nos queda? El trasfondo político. Russell Crowe interpreta al alcalde de Nueva York. Y está en plena campaña para la reelección. Las escenas políticas, de platós y de despachos, están entre lo más destacado de la película. O la relación personal que Wahlberg, primero policía y después detective privado, mantiene con su ayudante (Alona Tal). El resto viene a ser un conglomerado pensado para que todo tenga explicación pero en el que casi nada es satisfactorio. No convence la historia con la que el personaje de Wahlberg mantiene una relación con Natalie (Natalie Martínez), una actriz portorriqueña que ha cambiado el nombre para trabajar en el cine independiente. Tampoco, a pesar de atractivos esbozos, la difícil convivencia del alcalde con su esposa (Zeta-Jones). La trama es una oportunidad perdida para hacer un thriller político-policial de altura y que se queda en una película sencillamente entretenida.

miércoles, enero 05, 2011

'Los próximos tres días', un final complaciente e incapaz

Paul Haggis tiene una fama que, como director, no creo que se merezca. Creo que es un buen guionista y que sus trabajos crecen mucho cuando caen en manos de realizadores de categoría (Clint Estwood usó Million Dollar Baby y Banderas de nuestros padres, además de su argumento para la magistral Cartas desde Iwo Jima) o cuando se mueve con personajes conocidos (suyo es el guión de la reinvención de James Bond en Casino Royale). Pero cuando él mismo dirige sus libretos, no sabe contenerse. Le pasó en la, para mí, sobrevaloradísima Crash (que le arrebató en 2006 el Oscar a la mejor película a la mucho más compleja e infravalorada Munich). Le volvió a suceder en la algo fallida En el valle de Elah. Y le ocurre de nuevo en Los próximos tres días. La historia tiene grandes ideas, pero las más interesantes están bastante mal desarrolladas y las que sí trata las desmonta en un final complaciente y absurdo que revela el trabajo de un director bastante más incapaz de lo que denota su buena dirección de actores. Menos mal que siempre nos quedará Russell Crowe, un monstruo de la interpretación.
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Contar el argumento de Los tres próximos días casi implica llegar hasta el cabreo que deja su flojísimo final, así que me abstendré de dar muchos detalles. El tema de la película es el límite de la ética humana, qué estarías dispuesto a hacer por la persona a la que amas en un mundo real y dónde están los límites de la decencia. Eso es lo que Paul Haggis expone en las más de dos horas de película. O, sería más correcto decir, lo que pretende exponer. Y todas esas buenas intenciones acaban destrozadas en los últimos quince minutos, donde el autor de este filme se conforma con cerrar las intrigas de la forma más sencilla posible y con zanjar los debates morales planteados con una simpleza casi insultante. Es un final, perdonadme la expresión, para tontos, donde todo tiene que quedar perfectamente explicado y donde todo tiene que satisfacer una moralina floja y cobarde, muy lejos de los planteamientos que había sembrado en algunos momentos de la película, en especial durante la primera hora, la más lenta pero al mismo tiempo la más interesante del filme.
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En realidad, es una película que se puede dividir en cuatro partes. La primera consta de las dos primeras escenas y es brillante. Una magnífica escena de diálogo y después la que sienta las bases de la historia. Ambas tienen fuerza y enganchan al espectador (insisto, dar detalles sería arruinarlas). La segunda parte, la más lenta, es también la más larga. Funciona en buena medida porque es la que tiene que presentar un desgaste en los personajes, una evolución y todos los dilemas morales que plantea la situación extraordinaria que están viviendo. Pero todos esos dilemas se presentan y muy pocos se desarrollan. La tercera parte, la que en cualquier otra película habría sido el clímax, cobra un ritmo frenético... y de algún modo sigue funcionando visto de forma separada. Y es que da la impresión de que forma parte de un filme completamente diferente, porque no tiene interés alguno en desarrollar lo planteado, sólo en zanjarlo. Y la cuarta, la de conclusiones, es la que termina por arruinar el planteamiento. Es la que, con un buen director, se habría caído del guión o, al menos, reescrito. Pero aquí está, seguramente, tal cual la concibió Haggis y no funciona.
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Lo mejor de Los tres próximos días es, indudablemente, Russell Crowe. Creo que hay muy poquitos actores como él en el cine comtemporáneo. Tiene tal gama de registros que le da igual el papel, siempre estará en condiciones de afrontarlo con una categoría inmensa. Es asombroso verle padecer sus miserias humanas y el conflicto interior que sufre el rostro que dio vida, por ejemplo, a Máximo en Gladiator. Aquí no es un héroe de una pieza, sino un hombre torturado. Decidido, pero sufriendo. Impagables las dos escenas junto al teléfono de la prisión, de forma aislada y juntas como muestra de la evolución que sufre su personaje. Notable es también el breve papel, casi un cameo, de Liam Neeson, aunque la fuerza que tiene su intervención la diluye Haggis al final. Elizabeth Banks sufre el personaje que mejor encarna la indecisión de Haggis. En ella están algunas de las ideas más brillantes del filme, pero todas ellas quedan diluidas en un momento u otro de la película. También da cierta pena que el personaje de Olivia Wilde no le dé para más que para una coartada final al guionista y director. Brian Dennehy (¡qué placer es ver a este hombre después de tantas películas suyas en los 80!) sí aprovecha sus minutos en pantalla.
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La sensación que deja Los próximos tres días es de decepción, aunque contradictoria. Por un lado, es un thirller eficaz, que juega relativamente bien con las elipsis temporales y saca cierto partido a sus protagonistas. Por otro, es una película que deja un mensaje final complaciente y tramposo que su distribuidora no sabido bien cómo vender. Cuando uno ve el anuncio de esta película en televisión, sólo encuentra imágenes del tramo final, del de mayor ritmo, y de la escena de Liam Neeson que al final desprestigia Haggis con la resolución de su relato. Y esa no es la película que tienen entre manos. No es un thriller trepidante, aunque su tramo final haga que se acerque a sus fronteras. Y tampoco es una historia reflexiva con los personajes como epicentro, porque su final aleja esa sensación y porque Haggis no sabe a dónde llevarnos en esa reflexión. Por eso, Los próximos tres días se queda en un fallido intento de hacer una gran película, que podría haber sido bastante transgrersora y devastadora si hubiera optado por otros caminos, con algunos puntos a favor pero con demasiados argumentos en contra.

viernes, mayo 14, 2010

'Robin Hood', la aventura sigue viva

Un viejo amigo y un nuevo conocido. Ese es el Robin Hood de Ridley Scott, una película que expande la leyenda del arquero más famoso del cine, ofreciendo la parte de la historia que nunca habíamos visto y, sobre todo, devolviendo al cine moderno uno de sus grandes mitos, uno que no veía una adaptación destacable desde hace casi veinte años. Lo que Scott nos da es, de hecho, la mejor versión que se ha hecho de las andanzas del bandolero de Sherwood desde que Errol Flyn vistiera las mallas allá por 1938, en Robin de los bosques. Ahí es nada. Robin Hood es una película clásica, pero al estilo de Ridley Scott, un entretenimiento magnífico de acción (rodado con una claridad y con una elegancia que ya quisieran directores del género más reputados) con un trasfondo político que eleva el potencial de la película. Con algún pequeño altibajo en su ritmo, sí, pero demostrando que la aventura sigue viva para un público mayor de quince años, que es el único que parece importar al Hollywood de hoy.

Son varios los grandes méritos de Robin Hood. Por un lado, se trata de un personaje sobradamente conocido, que tiene unas características que lo hacen reconocible. Sin embargo, Scott consigue introducir una visión fresca y a la vez adecuada a lo que sabemos de él. No es fácil, es un reto similar al que se enfrentó hace poco Guy Ritchie para hacer la brillante Sherlock Holmes. Lo que Ridley Scott incorpora no es una nueva visión de Robin Hood, sino un pasado, un origen, una historia previa a lo que ya hemos visto en decenas de adaptaciones. De hecho, la película concluye anunciando que justo ahí empieza la leyenda, justo ahí queda el testigo para enlazar con Robin de los bosques, con Robin Hood. Príncipe de los ladrones o con cualquier otra versión de sus aventuras. El guión cumple con esa función a las mil maravillas. No hay traiciones a la esencia, hay aportaciones. Y algunas muy valiosas, como saber de dónde viene su habilidad con el arco.

El segundo gran mérito, éste fácilmente personificable en Ridley Scott, es sumergirnos como lo hace en una época pasada, sea la que sea. Se le acusa de tomarse libertades históricas en sus películas (más acusado era, por ejemplo, en El reino de los cielos), pero lo cierto es que todo lo que enseña encaja. En Robin Hood se ve la Edad Media, se siente, se palpa y se disfruta. Sea o no sea históricamente precisa, porque eso queda en segundo plano. Como parte de este mérito, es obligado destacar que Ridley Scott parece hoy el único director capaz de recrear la guerra más clásica, la de espadas, arcos, caballos y lanzas. Lo hizo en Gladiator, lo repitió en El reino de los cielos y ahora corona esa bella trilogía bélica en Robin Hood con una portentosa escena de batalla final (también digna de mención es, en este sentido, la apertura del filme). Sólo Ridley Scott, excepción hecha de Peter Jackson en El Señor de los Anillos, es capaz de introducir al espectador en un combate así. Y su logro es doble, porque la guerra moderna tampoco se le escapa, como demostró en Black Hawk derribado.

Ridley Scott es un maestro rodando, montando e iluminando sus películas. Por acción propia o por la de sus colaboradores, a los que elige y exige una minuciosidad siempre brillante y siempre diferente. Se ha trazado un paralelismo entre este filme y Gladiator. Y lo hay, claro que lo hay, pero el tercer mérito que presenta Robin Hood es el de mostrarse como un título único, auténtico y diferente con respecto a otras películas de su director. Proeza, además, en la que hay que dar un alto porcentaje de valor al protagonista Russell Crowe. Qué fácil hubiera sido recrear al Máximo de Gladiator. Qué maravilla verle incorporar a otro gran personaje a su filmografía. Crowe es, probablemente, el mejor actor vivo. Es capaz de dar vida a un hombre asustado y a uno valiente, a un padre de familia y a un galán, a otro hombre sedentario y a un héroe de acción. No hay personaje que se le resista. Dicen que es el actor de más edad en dar vida al famoso arquero. Quién lo diría. No me atrevería a proclamar que el suyo es el mejor Robin que se ha hecho, porque convive con Erroyl Flynn, Douglas Fairbanks o Sean Connery, pero es brillante.

Crowe es sólo la piedra angular de otro de los grandes méritos de la película: el reparto. Cate Blanchett, Mark Strong, William Hurt, Max von Sydow, Danny Huston y Oscar Isaac encabezan un elenco no sólo estelar, sino perfecto. Blanchett solventa las dudas que tenía sobre su capacidad de hacer una buena Lady Marian y aporta química con Crowe (es más achacable al guión que a ella la discutible forma en que su papel cumple con la necesidad de contar con una heroína en toda película moderna; al guión también le falta una explicación convincente de esa especia de niños perdidos, más propios de un Peter Pan sombrío que de esta película). Strong, tras maravillar en Sherlock Holmes (antes había colaborado con Ridley Scott en Red de mentiras), demuestra que hay pocos actores que sepan dar presencia tridimensional y real a un villano (atención al maravilloso cara a cara con Hurt en una breve pero poderosísima escena). Huston y Von Sydow dan una elegancia a sus personajes (Ricardo Corazón de León y Sir Walter Loxley) que contrasta con la fuerza y la juventud de Isaac como el príncipe Juan.

La historia comienza en Francia, con el tramo final de la cruzada de Ricardo Corazón de León, y despliega con maestría las aventuras de Robin Hood, pero también todas las intrigas políticas y palaciegas por la corona de Inglaterra. En algún momento, incluso aprece que el héroe es sólo una excusa para hablarnos del antagonismo entre Ricardo y Juan, pero eso, aparte de los mencionados altibajos de ritmo en el tramo central de la película, enriquece el cuadro. El espléndido final, tan abierto a una secuela como a los sueños y la imaginación del espectador, elimina todas las dudas que pueda generar la película: se trata de un Robin Hood adulto, maduro, entretenido y profundo, una muestra más de la maestría de Ridley Scott como cineasta, una delicia que hace renacer las esperanzas de ver un cine de aventuras clásico, alejado de la artificiosidad y jovialidad de títulos como Piratas del Caribe. La aventura, decía, sigue viva. Y Ridley Scott, un director al que se critica con demasiada facilidad, es su principal exponente en el cine moderno.

jueves, junio 04, 2009

'La (interesante y apreciable) sombra del poder'

Que al cine le encanta vapulear al mundo de la política no es noticia. Que le encanta censurar al del periodismo, tampoco. La sombra del poder hace lo primero con brillantez, actualidad e interés. Pero esquiva lo segundo para convertirse en un precioso canto a esta vilipendiada profesión del periodista. Sólo por eso, ya le encuentro argumentos para apreciar la segunda película de Kevin Macdonald (director de la también interesante El último rey de Escocia). Pero es más que eso. Es un apreciable fresco sobre la parte más sórdida de la política, sobre el negocio que supone para algunos la guerra y sobre cómo el periodismo más clásico afronta los retos de la tecnología y de la modernidad.

La sombra del poder, basada en una miniserie británica (que no he tenido el placer de ver y, por tanto, no puedo comparar), gira en torno a dos personajes centrales: un congresista americano y un periodista, que fueron compañeros de estudios años atrás. El primero investiga el desarrollo de una empresa llamada PointCorp y el nivel de poder que está alcanzando en el negocio de la guerra y en otros ámbitos. El segundo parte de un misterioso asesinato sin móvil aparente hasta llegar a un más que peligroso caso de corrupción política. Y todo ello mezclado, inevitablemente, con una mujer que forma parte de las vidas de ambos protagonistas. El congresista lidiará con los pesos pesados de su partido y con sus demonios interiores, el periodista con el empuje de una joven redactora que no conoce el periodismo de verdad y con una directora que está presionada por los nuevos dueños del periódico.

Quizá la película no me hubiera parecido tan interesante si su protagonista no hubiera sido el magnífico Russell Crowe. Lo he dicho en anteriores ocasiones y me reafirmo: me parece el actor de mayor categoría que existe en el panorama internacional actual. Es impresionante cómo es capaz de hacer creíble cualquier personaje que caiga en sus manos, no importa su edad, profesión, características, personalidad o condición. Tan pronto puede parecer un químico sobrepasado por las amenazas a su vida o su familia como un héroe de la vieja Roma, un frío director de los servicios secretos americanos o un pistolero del viejo Oeste. Hace lo que quiere delante de la cámara, nos convence a todos de una forma tan asombrosamente completa que dota a cualquier película que hace de un halo de verosimilitud impagable. Aquí borda el papel de periodista arisco, con complejos asuntos personales que pueden interferir en su trabajo pero con ese inconfudible afán de dar con la verdad. Brillante, sencillamente brillante.

La película flojea por el segundo nombre protagonista: Ben Affleck. Su naufragio (patente sobre todo en los cara a cara con Crowe) se hace más evidente cuanto más trascendente es la escena que tiene que interpretar. Su trabajo queda tan lejos del de Crowe que resta parte de la grandiosidad que el protagonista de Gladiator, El dilema o Red de mentiras da a la película. La sombra del poder iba a ser hace algunos años la película que reuniera tras El club de la lucha a Brad Pitt y Edward Norton, en lugar respectivamente de Crowe y Affleck. La mejora con el primer nombre es inmensa. La pérdida de nivel con respecto al segundo es también notable. En el reparto se cuelan otros nombres de mucho interés, como el de Robin Wright Penn (Beowulf), Helen Mirren (La reina), Jason Bateman (Juno, Mr. Magorium y su tienda mágica), Jeff Daniels (Buenas noches, y buena suerte) y Rachel McAdams (que trabaja ya en Sherlock Holmes). Sólo flaquea Affleck, y sorprende muy positivamente Bateman.

La sombra del poder es un más que interesante thriller, una de esas películas necesarias sobre el mundo que nos rodea. Quizá se le pueda achacar una cierta falta de originalidad y, en algún momento puntual, una caída fácil en el tópico. Pero merece mucho la pena para cualquier tipo de espectador. El que sienta como yo pasión por el periodismo notará que un cosquilleo le recorre la espalda cuando el personaje de Russell Crowe está escribiendo el reportaje que persigue durante toda la película bajo la atenta mirada de sus compañeros y su directora. Una escena sencillamente preciosa que resume a la perfección el espíritu de la película.

lunes, abril 20, 2009

Russell Crowe, el nuevo Robin Hood

Ya tenemos nuevo Robin Hood, y promete ser de los mejores a tenor por los nombres que están envueltos en el proyecto, ya en fase de rodaje. Russell Crowe es el nuevo rostro del forajido del bosque de Sherwood en la película que está dirigiendo Ridley Scott y que llegará a los cines en mayo de 2010 (al menos en Estados Unidos; en España, cruzaremos los dedos para que el estreno no lleve demasiado retraso). La novedad es la primera foto del actor como Robin Hood, que ha sido publicada en el periódico norteamericano USA Today.

Crowe, para mí uno de los mejores actores del momento, logró el papel que rumores previos le daban a Christian Bale (sobradamente conocido por su papel de Batman en la saga dirigida por Christopher Nolan) y Sam Riley (mucho más desconocido, se le puede ver ahora en los carteles de Control, estrenada hace dos fines de semana en España aunque sea una película de 2007). Quizá tuvo mucho que ver que la película cayera en manos de Ridley Scott, ya que es la quinta colaboración entre actor y director (Gladiator, Un buen año, American gangster y Red de mentiras). Antes de que Scott se pusiera manos a la obra, se pensó en directores como Sam Raimi o Bryan Singer.

Como Lady Marian tendremos a Cate Blanchett, una elección que nada tiene que ver con las rumoreadas Kate Winslet y Rachel Weisz, o Sienna Miller, la actriz previamente contratada para el papel y que tuvo que abandonar el proyecto por los continuos retrasos. En esos retrasos se quedó la esencia de lo que iba a ser la película en origen. El título provisional que se dio a concoer tiempo atrás era Nottingham, lo que daba a entender que pretendía ser una versión del mito de Robin Hood desde la óptica del sheriff de Nothingham. Finalmente, lo que se está rodando es una versión cercana a la realidad histórica, lo cual, a priori, pongo en duda conociendo las licencias que se suele permitir Ridley Scott en ese terreno.

Robin Hood ha protagonizado más de un centenar de películas y series de televisión desde que en el lejano 1912 Robert Frazier le pusiera rostro. Douglas Fairbanks encarnó al famoso arquero en 1922 y Errol Flynn lo inmortalizó en 1938, en Robin de los bosques, la mejor y más conocida versión del mito. En 1976, Sean Connery dio vida a un Robin Hood mucho más maduro en Robin y Marian, una película de tono crepuscular. Y en 1991 fue Kevin Costner quien se convirtió en Príncipe de los ladrones. Sobra decir que tengo plena confianza en el tandem Crowe-Scott para ver una película, como poco, entretenidísima. Pero todavía queda mucho para verla.

miércoles, octubre 29, 2008

'Red de mentiras': Ridley Scott convence pero no se supera

Ridley Scott está en forma. Acumula en los últimos años un puñado de películas notables y su último trabajo, Red de mentiras, es claramente uno de ellos, a pesar de los defectos que presenta. La maestría a la hora de rodar del realizador está presente. El dominio del montaje, también. Actuaciones notables, como en casi cualquier película de Scott. Pero algo no termina de funcionar. Red de mentiras sufre de un problema que no tenía el Scott de las últimas películas. No lo es, pero se hace demasiado larga. Hasta ahora, casi todos sus últimos títulos pedían a gritos más metraje, el que siempre acabábamos viendo en las ediciones en DVD. A Red de mentiras le sobran algunos de sus 128 minutos, algunas vueltas, algunos desvíos. Pero eso no impide que estemos ante un magnífico ejercicio de estilo, un apasionante thriller con trasfondo político. Una buena película, en definitiva, que convence aunque no supere títulos precedentes de su director.

Quizá el principal problema de Red de mentiras es que ofrece muchas cosas que ya habíamos visto en el cine reciente de Ridley Scott. Un escenario problemático como el de Black Hawk derribado. Un choque de culturas como en El reino de los cielos. Una relación entre dos personajes como la de American Gangster (aunque aquí trabajan aparentemente juntos y no son rivales). Un mundo violento como el de Hannibal (a niveles muy diferentes, pero la violencia no deja de ser un instinto primario que puede tener reflejo en pantalla en películas de muy distinta temática). Y quizá haber visto todo eso antes haga de Red de mentiras una película imperfecta. Pero por muy imperfecta que sea, es imposible despegarse de la sensación de que hoy pocos directores saben rodar (la persecución en el desierto de tres coches y dos helicópteros, sencillamente impresionante) o montar (la primera escena en la que aparece Russell Crowe o las conversaciones telefónicas entre éste y Leonardo DiCaprio) como Ridley Scott. Eso le convierte en un genio y cada una de sus películas, al margen de otras consideraciones, en un más que apreciable entretenimiento.

Scott entra en el complejo mundo del terrorismo de origen islamista, ese que el cine parece haber descubierto tras el 11-S y que debe estar dando trabajo en Hollywood a todos los actores de rasgos musulmanes que haya en las agendas de los representantes. No es fácil porque implica muchos riesgos. El principal siempre es el de crear la imagen del bueno y el malo, pero no el único. El reflejo de la sociedad y la cultura que se ve en pantalla depende de mucho más que el uso de un escenario o una lengua. Scott triunfa en ese terreno gracias, a partes iguales, al hábil guión de William Monahan y a su magnífico reparto. No hay una recreación excesiva en la violencia, pero no se esconde. De otro modo, la historia quedaría coja. No se puede hablar de terrorismo sin mostrar atentados. Y la perspectiva de los personajes es la adecuada. Esto no es una clásica película del oeste. Aquí todos mienten. Todos menosprecian en algún momento la vida de los demás. Todos tienen ese lado oscuro que les lleva a replantearse sus vidas en algún momento.

Ese aspecto de la película lo engrandecen los actores. Cada vez me parece menos exagerado decir que Russell Crowe es el mejor actor del momento. No importa el papel que le pongas delante, siempre te ofrece una interpretación nueva, fresca, única. Es sencillamente espectacular el uso que hace en esta película de una mirada por encima de las gafas que impresiona por igual al personaje al que da réplica y al espectador. A pesar de no ser el personaje principal, suyas son las mejores escenas. Y Scott, que ya ha trabajado cuatro veces con él (además de ésta y American Gangster, Un buen año y Gladiator), sabe aprovecharlo de una forma ejemplar. Quedan para siempre en la memoria las escenas de Crowe en su entorno familiar y hablando por teléfono con otros espías. "Estoy salvando a la humanidad, cariño", le llega a decir a su mujer.

DiCaprio se nota que ha aprendido mucho de sus películas con Martin Scorsese (no en vano es el hombre que colocó a Robert De Niro en el firmamento), pero todavía adolece de una falta de recursos que le lleva a mostrar gestos demasiado cercanos en películas muy diferentes. A veces da la sensación de que sigue en Infiltrados, a veces en Diamante de sangre. Pero a veces está sólo en Red de mentiras, y por eso vale la pena también su trabajo. Una sorpresa aún mayor es la de Mark Strong (al que se pudo ver en Syriana), que cierra el triángulo dando vida al jefe de los servicios secretos jordanos con una fuerza inusitada. "Los americanos son incapaces de guardar un secreto. Son una democracia", dice en una de sus escenas con DiCaprio. Su mejor momento, sin embargo, es el encuentro en el desierto con el hombre que quiere insertar en la célula terrorista. Una secuencia impresionante.

No es, ni mucho menos, la película definitiva sobre el terrorismo islamista, aunque sí una interesante reflexión sobre el mundo en el que vivimos y al que hemos desembocado tras una cruenta espiral de odio de la que, por desgracia, todavía no habremos visto los últimos capítulos. Le sobra metraje y le falta trascedencia. Pero es una película notable. Como las que casi siempre hace Ridley Scott.

Red de mentiras se estrena el próximo 7 de noviembre.

jueves, septiembre 11, 2008

Un placer haber cogido 'El tren de las 3:10'


El tren de las 3:10, una espléndida película que casi nadie verá en España, que muy pocos han visto incluso en Estados Unidos, y que no se quedará en la memoria más que de los pocos que decidimos pasar dos horas de nuestra vida con ella. Y es que es una muy buena película. Con una duración adecuada, dos actores con gancho en taquilla, un muy buen guión... ¿Qué falla? Pues, por lo visto, sólo una cosa. Es un western. Lo que hace décadas era una virtud, ahora es un problema, salvo que la Academia decida apostar por un título de este género, como sucedió con Bailando con lobos o Sin perdón (y de eso ya ha llovido la friolera de 16 años). Sobre eso vuelvo luego para analizar el contexto de esta película. Porque lo importante ahora es dejar claro que es un placer ver filmes así hoy en día.

Por encima de todo, El tren de las 3:10 es un bellísimo duelo interpretativo, de esos que tanto gustan en Hollywood y de esos que a veces tanto cuesta apreciar por aquí. Russell Crowe es uno de los mejores actores del momento, hay veces que incluso me atrevería a decir que el mejor. Es capaz de meterse en la piel de todo tipo de personajes sin repetirse. Aquí borda a su ladrón cínico y realiza algunas de las mejores escenas de su carrera. Mucho decir, sin duda. Pero es que Crowe, aunque algunos prefieran no verlo y quieran quedarse con su imagen de tipo problemático, es un genio. Aquí da vida a un ladrón de diligencias, capturado por un descuido (un descuido con forma de mujer, claro...). Pero no le importa porque sabe que pronto volverá a ser libre.

Christian Bale ofrece una contrapartida magnífica con un personaje poderoso en matices y en ambigüedades, que es capaz de sorprender hasta el final. Interpreta a un ranchero que pasa por un mal momento. Tiene una pierna inútil por una herida de guerra, las deudas le acosan y decide sumarse a la caravana que llevará al ladrón a prisión (más concretamente al tren que le llevará a prisión) por 200 dólares. El primer cara a cara entre Bale y Crowe, en el salón, es prodigioso (cómo le gustan a Crowe estas escenas, todavía en la memoria el que mantiene con Denzel Washington en American Gangster). Los actores inicialmente pensados para sus papeles eran Tom Cruise y Eric Bana. Aunque ambos me gustan, aplaudo los quiebros del destino que acabaron por ofrecernos a Crowe y Bale.

Ellos dos encabezan un reparto muy solvente y muy adecuado (que también incluye a Peter Fonda), dirigido por un sorprendente James Mangold. No he visto Copland, que para muchos es su mejor película, pero sí le he visto en su faceta más dramática, en la aburrida y televisiva Inocencia interrumpida (la película por la que Angelina Jolie ganó un más que discutible Oscar a la mejor actriz secundaria) y la correcta pero algo fría En la cuerda floja (curioso que también sacara una estatuilla para una de sus intérpretes femeninas, Reese Witherspoon, éste merecidísimo). A priori, no hubiera pensando en él como un buen director de género en general o de western en particular. Pero filma de forma espléndida, clásica pero adecuada a los tiempos, prestando atención a los pequeños detalles que hacen de El tren de las 3:10 una hermosa experiencia.

Y en esos detalles, además de las cuidadas interpretaciones, hay que destacar todo el entorno en el que se desarrolla la acción. La ambientación es sencillamente perfecta; la fotografía es la única posible para hacer creíble la historia; y la música sencillamente una obra maestra (Marco Belltrami, su autor, estuvo nominado al Oscar; quizá fue la gran sorpresa del quinteto nominado, porque es un compositor muy acostumbrado a la acción y el terror, géneros musicalmente opuestos al western). Además, regula muy bien el ritmo de toda la película, hasta el punto de convertir el climax en todo un homenaje a Solo ante el peligro por el uso del tiempo real (diez minutos transcurren entre el momento en que las campanas tocan las tres de la tarde y la llegada del tren).

Insisto: ¿qué falla? Es triste decir que falla un género que la gente ya no es capaz de entender. Ahí están todas sus claves: cowboys, ladrones, sheriffs, caballos e incluso indios (espléndida secuencia la del combate entre el personaje de Russell Crowe y tres apaches). A veces da rabia que un género que en los últimos años ha dejado tantas buenas películas, en relación a los pocos títulos que se producen, no logre la difusión que merece. Antaño era un valor añadido. Hoy una rémora. ¿Por qué un espectador se sienta ante una película con una mentalidad diferente por el mero hecho de tratarse de un título de género? Difícil respuesta tiene esa pregunta, pero parece obvio que el espectador serio (o el crítico snob) no tiene en la misma consideración un western o una película de fantasía que un drama.

Toda esta reflexión podría ser algo forazada si no fuera por el momento en el que llega la película. Nada menos que con un año de retraso con respecto a su estreno en Estados Unidos, donde se pudo ver el 21 de agosto de 2007. Un año. Incomprensible. Es sencillamente inaudito este maltrato a una buena película y es difícil de creer que la única razón sea que se trata de un western. Los estudios han dado ya por sentado que ese género no interes a las nuevas generaciones. Por eso, en el fondo, me ha hecho ilusión ver en la sala a tres chavales de entre doce y catorce años. A pesar de la era tecnológica en la que vivimos, a pesar del bombardeo del cine de acción y efectos especiales, supongo que todavía quedan críos a los que les gustaba jugar a indios y vaqueros. Ojalá hayan disfrutado de la película y ojalá eso les lleve a bucear dentro de algún tiempo en los clásicos del género. Lo veo complicado, pero ojalá sea así.

El tren de las 3:10 es un remake de una película que protagonizó Glenn Ford allá por el año 1958. Aunque tiene fama (admito que no la he visto), no es uno de los iconos clásicos del género. Dicen que la diferencia está, sobre todo, en el segundo acto, mucho más largo en la película actual, que se detiene en el proceso de llevar al ladrón interpretado por Crowe al famoso tren que le llevará a prisión. Al margen del original, lo que sí está claro es que El tren de las 3:10 es una película magnífica, de una factura técnica inmejorable, con dos (más en realidad) actores en un estado de gracia prodigioso y que muchos no tomarán en serio por ser un western. Allá ellos. Se pierden una muy estimable película.

lunes, agosto 11, 2008

'Gladiator', fuerza y honor

Cuando uno puede ver una película una y otra vez disfrutándola como si la descubriera en ese momento, es que el título en cuestión merece la pena, resiste el paso del tiempo y es altamente recomendable. Eso es Gladiator, el filme que reconcilió casi por completo a Ridley Scott con Hollywood, después de una década algo oscura en su filmografía (que culminó con La teniente O'Neil). No era una tarea fácil porque en décadas nadie había conseguido hacer una película ambientada en la Roma imperial que cautivara a las audiencias y funcionara en taquilla. Tampoco era fácil conjugar el fácil desprecio que puede suscitar una película que podría haberse quedado en un simple vehículo de acción con las auténticas intenciones del proyecto. Porque hay una gran historia detrás, no sólo combates de gladiadores.

Es complejo no disfrutar con una película tan rica como ésta. Quien piense que sólo va a ver acción, se equivoca. Sí, la película arranca con una espectacular y poética escena de batalla en Germania, donde escuchamos por primera vez el grito de guerra "fuerza y honor". Sí, los combates en la arena del coliseo son formidables, en especial el primero, recreando la batalla de Cartago. Pero Gladiator es mucho más que eso. De hecho, si algo perdurará durante décadas serán unos brillantes diálogos, las escenas de tono más intimista, un magnífico desarrollo de personajes y unas actuaciones memorables. Es ahí donde está el verdadero valor de Gladiator. Lo demás es sólo el marco en el que se desarrolla la historia (que no la Historia; hay mucho de ficción en la película).

Gladiator es una de esas películas en las que hoy no se pueden imaginar otros actores que los que aparecen. Mel Gibson rechazó el papel de Máximo que al final interpretó Russell Crowe. Jennifer López pudo haberse hecho con el de Lucilla, que recayó en la entonces semidesconocida Connie Nielsen (¡qué lástima que Hollywood no haya sabido aprovechar el talento de esta actriz! Rodó Gladiator con 35 años, acercándose peligrosamente a la barrera de juventud que impone la industria...). El reparto lo completaron actores magníficos. Joaquim Phoenix, Oliver Reed, Richard Harris, Djimon Hounsou o Dereck Jakobi (espléndido actor al que redescrubrí gracias a las primeras películas como director de Kenneth Branagh; su papel en Gladiator se quedó en buena medida en la sala de montaje, aunque se recuperó para la edición extendida que apareció hace tiempo en DVD).

Durante el rodaje, Oliver Reed sufrió un ataque al corazón del que no pudo sobreponerse. Su muerte fue un duro golpe, pero Ridley Scott se negó a sacarle de la película. Podría haberlo hecho, ya que las claúsulas del contrato le permitían reemplazarle por otro actor, pero prefirió reescribir el guión (su personaje, Próximo, era quien debía enterrar en la arena del coliseo las figuras de la mujer e hijos de Máximo) y utilizar los gráficos por ordenador para superponer el rostro de Reed en el cuerpo de un doble. Un magnífico homenaje a un gran actor que había realizado un notable trabajo en la película y una despedida hermosa.

Lo mejor de Gladiator, insisto, son las escenas de conversación. Richard Harris protagoniza tres inolvidables. Primero con Connie Nielsen ("Basta de política. Aparentemos que eres una hija amante y que yo soy un buen padre"), después con Russell Crowe ("Quiero que tú seas el protector de Roma después de mi muerte") y finalmente con Joaquim Phoenix ("Tus defectos como hijo son mi fracaso como padre"). Igualmente intensas son las escenas de Crowe con Nielsen, sobre todo la primera vez que se curzan en pantalla y entendemos que tienen un pasado sentimental que ya está enterrado, más por él que por ella. Magníficas y tensas son las escenas entre Phoenix y Nielsen, sobre todo cuando el ya emperador Cómodo amenaza a su hermana Lucilla con un relato que le está contando a Lucio, el hijo de ésta. Todas las conversaciones son impresionantes.

La historia del general que se convirtió en esclavo, del esclavo que se convirtió en gladiador, cautivó enseguida al pública. Y, algo más extraño en la carrera de Ridley Scott, también a buena parte de la crítica. Gladiator ganó cinco Oscar, incluyendo el de mejor película y mejor actor para Russell Crowe. A pesar de ser la triunfadora de la noche, Traffic (qué final más decepcionante tiene esta buena película de Steven Soderbergh) le arrebató algunos de los premios más importantes, incluyendo el de mejor director. Hollywood se rendía al cine de Ridley Scott, pero le negaba el ansiado reconocimiento personal. Un premio que se escapó de forma incomprensible fue el de la mejor música. Hans Zimmer, un auténtico genio capaz de auténticas maravillas, veía como Tan Dun y Tigre y Dragón le arrebataban el merecido Oscar, un premio que logró cinco años antes con El Rey León (aunque fuera más por la inercia de aquellos años en los que Disney ganaba todos los premios musicales).

Como curiosidad, recordar que Máximo es hispano, pero según la versión que se escuche su procedencia es distinta. En el original, viene de Trujillo, y así se lo cuenta el general al emperador Marco Aurelio cuando le pregunta por su hogar. Pero en la versión doblada el nombre que se escucha es el de Emerita Augusta, la actual Mérida. Curioso cambio, desde luego... Según explica IMDB, los dobladores españoles adujeron para el cambio que "Trujillo no reúne las cualidades para ser cuna de un gladiador". Y, por cierto, ¿por qué demonios la película se quedó con el título inglés cuando tenía una traducción tan sumamente sencilla...?

Gladiator es una hermosa película, una historia sobre el regreso a casa de un hombre (ese, y no la venganza, es el tema que quisieron abordar guionistas, productores y director), un gran espectáculo hollywoodiense y, sobre todo, un gran relato épico lleno de interpretaciones magníficas. Una gozada que, ocho años después, va incluso ganando en valor gracias a unos diálogos birllantes e inolvfidables, una puesta en escena poderosa, una fotografía deslumbrante, un diseño de producción único y ambicioso y, sobre todo, mucho taltento.

"Me llamo Máximo Décimo Meridio. Comandante de los ejércitos del norte, general de las legiones Félix, leal servidor del verdadero emperador, Marco Aurelio. Padre de un hijo asesinado, marido de una mujer asesinada. Y alcanzaré mi venganza, en esta vida o en la otra".

viernes, diciembre 14, 2007

'American gangster', espléndida

American gangster es una película espléndida. Lo dejo sentenciado desde el principio como grito de respaldo a un director que suele ser ninguneado por la crítica. Gusta darle palos a Ridley Scott. Yo no soy capaz de hablar tan a la ligera como suele hacerse de un tipo que ha hecho películas como Alien, Blade Runner o Thelma & Louise y que en los últimos años ha dejado títulos tan notables como Gladiator, Hannibal o El reino de los cielos (sobre todo su montaje para DVD). De su última película en concreto he leído críticas que le censuran su larga duración (de acuerdo; ¿realmente sobra algo del montaje), su frialdad (las imágenes de drogadictos mientras el protagonista celebra el día de acción de gracias me parecen de todo menos frías), su simpatía y empatía por los personajes criminales (el magnífico final da otra lectura totalmente diferente), las invenciones que presenta un guión basado en hechos reales (como debe hacer todo cineasta para realizar una obra de ficción) o la falta de pulso narrativo (discutible ante el montaje paralelo de algunas secuencias que no voy a detallar).

Y no porque American gangster sea una película perfecta, ni mucho menos. En la primera parte de la película se echan en falta algunos episodios, algunas escenas que podrían resultar claves para entender el ascenso de Frank Lucas (Denzel Washington) o de la caída entre los suyos de Richie Roberts (Russell Crowe). Y en la segunda parte se puede ver una falta de síntesis que alarga la película hasta los 160 minutos (duración, por otra parte, nada excesiva para la historia que se nos cuenta). A Ridley Scott también le pesarán las comparaciones con Infiltrados, de Martin Scorsese, triunfadora del año pasado, a pesar de las enormes diferencias que hay entre ambas obras.

Más allá de esto, American gangster es un épico y prodigioso relato sobre la miseria humana (sentimiento que se agudiaza con las pinceladas sobre Vietnam que ofrece el relato, ambientado entre finales de los años 60 y comienzos de los 90), un espléndido ejercicio visual de un director magnífico como es Ridley Scott, una de esas historias más grandes que la vida, como suelen decir los americanos. American gangster sigue las vidas de dos hombres imperfectos, con sus puntos fuertes y sus debilidades, con sus ansias y sus problemas, con sus deseos y también sus miserias. Dos hombres que no se conocen pero que acaban situados cada uno en un extremo totalmente alejado del otro, pero que en el fondo no son tan diferentes. Uno es un negro de Harlem que, tras años trabajando para el hombre que controlaba la mafia de est barrio neoyorquino, establece su propio imperio al margen de los demás, enfrentado con los demás. El otro, un policía honrado en su trabajo pero no en su vida.

Ambos se convierten en antagonistas invisibles durante buena parte de la película, enemigos que se abren camino sin saber en realidad de la existencia del otro. Hasta que la historia confluye en uno de esos momentos mágicos que el cine nos da de vez en cuando, un primer encuentro breve, evocador, emotivo y brillantemente rodado y montado. Apenas un instante pero que vale por todo el trabajo cinematográfico de directores con mucha mejor fama que Ridley Scott. Un instante que dos monstruos del cine como son Russell Crowe y Denzel Washington engrandecen como si fuera fácil hacerlo. Un momento de esos que das gracias por estar viendo en una sala de cine. Pura magia cinematográfica.

Siempre me ha gustado Russell Crowe. Es un actor capaz de interpretar a cualquier personaje. Deslumbra en El dilema, en Cinderella man, incluso en Gladiator. Es un actor de los que no quedan muchos. Lástima que muchos aprovechen los escándalos de su vida privada para menospreciar el trabajo de este inmenso actor. Denzel Washington es otro intérprete sencillamente genial. Le descubrí en los lejanos años 80, con su secundario en Tiempos de gloria. Le suelo echar en cara que haga muchas veces el mismo papel. Pero de vez en cuando saca toda su maestría. American gangster es una de esas veces. Tiene un puñado de escenas memorables, desde el sermón que recibe de su madre hasta la escena del abrigo de chinchilla, tan vital para entender el carácter de este Frank Lucas que interpreta. Y el cara a cara que mantienen Crowe y Washington en el filme, con unos diálogos memorables, forma ya parte de la historia del cine.

Ridley Scott es un creador de imágenes único. Sabe amoldarse a cada género, sabe crear el plano que necesita cada escena. Es un narrador tremendamente visual y le van las historias épicas e inmensas (por eso la simple pero entretenida Un buen año no parece una película suya). Pero a veces, como en ésta, se encuentra con un gran guión (escrito por Steven Zailian, el mismo que escribió La lista de Schindler) y alcanza cumbres muy altas. Si a eso le sumas un equipo técnico de primera (espléndida fotografía de Harris Savides, formidable banda sonora con canciones de la época y música de Marc Streitenfeld, un compositor a seguir) y un reparto sobresaliente, desde el primer al último actor, desde los conocidos hasta los desconocidos (y ojo a ese brillante policía corrupto al que da vida Josh Brolin), el resultado sólo puede ser una película apasionante, una interesantísima mirada al mundo de la mafia, un género que genios como Francis Ford Coppola o Martin Scorsese han engrandecido durante años. Y Ridley Scott forma parte, indudablemente, de ese panteón de grandes directores.

(Ayer se celebró en Madrid el preestreno de American gangster. La película se estrena el próximo día 28)