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jueves, marzo 19, 2015

'Young Ones', grandes ideas que demandan una historia más compleja

No se puede decir que Young Ones, el primer filme de Jake Paltrow, llegue a decepcionar, pero tampoco llega a enamorar. No le faltan las grandes ideas narrativas y visuales para montar un western de ciencia ficción llamativo e interesante, pero sí adolece de una historia más compleja y ambiciosa que le hiciera más justicia. Y no hay que infravalorar el espléndido reparto que ha sabido conformar, pero no termina de colmar sus aspiraciones sobre todo en el caso de un personaje femenino, el de Elle Fanning, que sabe muy a poco. Quizá una mejora de ese personaje habría bastado para que esta historia fuera una muestra de género mucho más completa, e incluso rompiera por completo las sensaciones de intrascendencia que sí puede dejar en algunos momentos. Young Ones no termina de ser la película que podría haber sido, aunque sí es suficiente para que el nombre de su director se anote por encima de ser el hermano de Gwyneth Paltrow.

Como guionista y director del filme, Paltrow peca de poco ambicioso cuando todo parecía jugar a su favor para lanzarse sin reparos a contar su historia desde el punto de vista más valiente posible. Traza con bastante acierto un mundo cuasiapocalíptico en el que el agua se ha convertido en el bien más preciado por su escasez y donde el entorno recuerda al del viejo oeste, no sólo por esas áridas llanuras y rocosas colinas en las que acontece la historia sino también por la violencia que hay en ese mundo. La tecnología, que es lo que indica que estamos ante un escenario propio de la ciencia ficción, no se manifiesta en las armas sino en la especie de droides que se utilizan. El planteamiento es, como poco, interesante. Y que Paltrow quiera desarrollar en él una historia sobre la familia y sobre la paternidad es hasta audaz. Pero no termina de evolucionar tanto como la historia necesitaba y eso minimiza el efecto que provoca la película.

Es el personaje de Fanning el que mejor ejemplifica que Young Ones no llega hasta debería. La última escena que comparte con un fantástico Nicholas Hoult, que sigue construyendo una filmografía de lo más interesante, es la prueba de que su personaje daba para mucho más. Pero se convierte en un eslabón muy débil, en el lado quebrado de un cuadrado emocional que sobre el papel se antojaba fascinante. Y no por la labor de la actriz, que por momentos encuentra los picos de intensidad que requiere el personaje, sino porque este está completamente desdibujado en el guión. Ahí es donde falta ambición. Quizá también en la primera de las tres partes en las que Paltrow divide la película, muy expositiva de un mundo con indudable atractivo y un personaje, el de un siempre imponente Michael Shannon, pero poco incisiva en realidad, a pesar de que es ahí donde se gesta todo lo bueno de la película.

Eso parece llegar en el tramo medio y en el final, pero para entonces ya ha quedado claro que la historia no va a ir demasiado lejos, al menos no tanto como podía haber ambicionado. Dicho esto, quizá esté quedando la impresión de que Young Ones es peor película de lo que realmente es, cuando se trata de una atractiva incursión en la ciencia ficción, muy superior a otras muchas que sí consiguen llegar a los cines (se estrena en el mercado de vídeo y bajo demanda), que además cuenta con un sensacional reparto, elemento que por sí solo ya justifica la cinta. No, no es mala película en absoluto, está bien planteada y bien rodada, con un atractivo uso del montaje y con una arriesgada elección de puntos de vista, incluso con unos efectos especiales bastante resultones para ser una cinta de bajo presupuesto. Pero da cierta rabia que su calidad quede por debajo de lo que merecía llegar y de lo que cabía esperar. Interesante, pero algo escasa.

(Young Ones se estrena en vídeo y plataformas de alquiler)

viernes, junio 21, 2013

'El Hombre de Acero', la mezcla de una absoluta genialidad y una torpeza importante

No va a ser esta una valoración extremista de El Hombre de Acero. No voy a ser fan irredento ni crítico sediento de sangre. Ni me ha fascinado sin remedio como cabía esperar en las sensaciones más optimistas ni me ha horrorizado hasta el punto de lanzarme a rescatar los DVDs de las películas protagonizadas por Christopher Reeve. Me quedo en el punto medio. Y es que no es nada fácil evaluar una película que tiene momentos de absoluta genialidad combinados con otros de una torpeza importante. Y tampoco calibrar en su justa medida un grandilocuente espectáculo visual, gozoso por su ausencia de límites visuales y de atrevimiento, pero que ahí mismo encuentra uno de sus principales defectos porque le falta dejar que la acción repose. Aunque es un entretenimiento muy apreciable, no termino de quitarme la sensación de que se ha dejado pasar la oportunidad de hacer el Superman definitivo. Puede que sea el primer paso para conseguirlo con una saga más extensa, pero los defectos son tan evidentes que impiden que la película alcance esa condición. Y aunque puede que suene más decepción que ilusión en mis palabras, eso no impide admitir tranquilamente que es una película que deja ganas de volver a ser vista.

El filme está dirigido por Zack Snyder, escrito por David S. Goyer y producido por Christopher Nolan. Y se puede notar la mano de los tres en algún momento, para bien y para mal. La del último está, indudablemente, en el tono de la historia. Es el origen de Superman contado de una forma que, montaje aparte (abundan los flashbacks y parece una buena solución para hacer de los progenitores de Superman personajes de la película y no sólo de su origen), no se aleja demasiado de lo que ya hizo en Batman Begins. Eso, la humanidad que desprende el filme, es lo mejor. Pero ya desde la primera secuencia es un espectáculo visual de primer orden, marca de Snyder (300, Watchmen, Sucker Punch), que acaba desmadrado por el reto imposible de llevar a la gran pantalla todo lo que a Goyer se le iba ocurriendo. El exceso en el largo clímax de la película es considerable. Y eso, añadido a la forma de rodar de Snyder (sorprendentemente, ni una sola cámara lenta), que sin duda intenta ser original y ofrecer un Superman diferente, hace que la acción sea atropellada, demasiado rápida para el ojo humano.

Quizá esa sea la mejor forma de cumplir el viejo sueño de los aficionados de ver a Superman utilizando sus poderes de forma ofensiva (¡ya lo creo que lo hace!), pero deja dudas. Donde no las hay en la descomunal senda de destrucción que muestra, asemejando la película más a un filme de catástrofes (con imágenes que parecen directamente sacadas en algún caso del 11-S) que a una de superhéroes. Pero Nolan (y en realidad también Snyder y Goyer, no hay motivos para negarlo) entiende al superhéroe, y eso está plasmado con brillantez. Superman es un héroe de carne y hueso, creíble, humano. Eso se aprecia con mucha valentía a lo largo de toda la película, aunque las divergencias entre esta historia y el cómic no son muy afortunadas, en especial las referidas a los padres del héroe (Jor-El en Krypton y Jonathan Kent en la Tierra) y el epílogo, sin duda colocado para contentar a los fans y abrir puertas a futuras secuelas (y no, no estaban hablando de una Liga de la Justicia, porque las hipotéticas referencias a nuevas películas de DC son escasas y muy veladas).

Que la parte humana sea lo mejor de este megaespectáculo visual se debe a un reparto de primerísimo nivel, que no sólo consigue las versiones más actuales de personajes con décadas de historia y con notables interpretaciones en diversos medios, sino que en muchos casos son las definitivas. El recuerdo de Christopher Reeve es imborrable (sobre todo, por paradójico que parezca, su Clark Kent), pero el Superman de Henry Cavill es formidable en todos los aspectos y durante toda su evolución en la película. Y el Jor-El de Russell Crowe, cuyo trabajo y lo apresurado del prólogo hacen pensar que ahí había una precuela por hacer. Y el Zod de Michael Shannon, inquietante de principio a fin, aunque el guión deje colgadas parte de sus motivaciones iniciales. Y la Lois Lane de la casi siempre formidable Amy Adams, que solventa las deficiencias del guión en su personaje con un carisma arrebatador y una química impresionante con Cavill. Y el Jonathan Kent de un Kevin Costner magnífico. Incluso en pequeños personajes como Martha Kent (Lois Lane), Lara (Ayelet Zurer) o Faora (Antje Traue) hay mucho que apreciar.

Pero algo falla. Y eso está en el guión. No por su historia, brillante y atractiva, con las dosis necesarias de drama, tragedia, atrevimiento, aventura y acción. No por su atrevimiento a la hora de cruzar algunas fronteras más que interesantes en la concepción del primer superhéroe de la historia. Es por los detalles. Muchos chirrían demasiado. Goyer se deja llevar en ocasiones por el síndrome del escritor vago y coloca sus explicaciones en rincones insospechados (se lleva la palma una escena de Jor-El como holograma, de largo la peor de la película por inexplicable e inmotivada ya desde su inicio, o la inasumible aparecición del traje de Superman), hace que las oportunas casualidades presidan el desarrollo de la película de principio a fin, y hay personajes que desfilan parece que por obligación (el Perry White de Laurence Fishburne) y simplificaciones difíciles de asimilar (el estamento militar se resume en tres personajes y parecen tomar todas las decisiones sin consultar con nadie más). Queda una extraña sensación de que una película de más de 200 millones de dólares de presupuesto no ha tenido tiempo de pulir el guión para eliminar estos problemas.

El Hombre de Acero es, probablemente, la quintaesencia del espectáculo cinematográfico y palomitero de hoy en día. Quizá Snyder ha conseguido adelantarse unos años y dentro de un tiempo todas las películas de personajes superpoderosos quieran seguir su ritmo visual y calcar sus elecciones. Pero hoy todavía choca bastante en algunos aspectos. No estoy diciendo, no lo creo, que El Hombre de Acero sea un fiasco. Ni mucho menos. Tiene momentos absolutamente deslumbrantes y, como decía, un reparto sencillamente extraordinario. Pero no termina de enamorar (¿tendrá algo que ver la siempre nostálgica sensación de no escuchar la mítica fanfarria de John Williams en la partitura de un Hans Zimmer que se queda un peldaño por debajo de sus logros con Batman?).Y eso que tenía todo a su favor para hacerlo y, de hecho, consigue explotar maravillosamente algunas de sus posibilidades, como en la hermosísima presentación de Superman, la notable relación trazada con sus padres o la violencia desatada de algunos momentos. Hay que verla, pero no alcanza el pedestal superheroico que tenía reservado.

Aquí, crítica de El Hombre de Acero en Suite 101.
Aquí, imágenes del photocall en la premiere que se celebró en Madrid.

domingo, septiembre 23, 2012

'Sin frenos', delirante y divertida

La simple idea de tener a un mensajero en bicicleta por las calles de Nueva York protagonizando una película es delirante. Muy delirante, si la bicicleta es, efectivamente, tan protagonista como el propio mensajero. Delirante, sí, eso es Sin frenos. Y en ese delirio es donde está el gran acierto del ya más que inclasificable David Koepp, director y coguionista de la película, porque adopta un tono impecable, serio cuando debe serlo y abiertamente cómico cuando corresponde, colocando una historia tópica en un envoltorio tan extraño y rocambolesco que divierte, divierte mucho. Con sus golpes de efecto, quizá incluso con diálogos que no estaban pensando para arrancar risas y, sobre todo, con las interpretaciones de Joseph Gordon-Levitt y Michael Shannon. Es hasta gracioso ver que uno ha salido en la última película de Batman y el otro será el malo de la próxima de Superman. Si es que hasta eso es divertido en Sin frenos, una sorpresa entretenidísima, una idea descabellada de Koepp que funciona a la perfección a lo largo de los 90 minutos que dura.

Empieza Sin frenos y uno tiene la sensación de estar viendo la película oficial de Google Maps. O de cualquiera de esas aplicaciones para móvil con los mapas de una ciudad. Continúa el filme y parece que estamos viendo Matrix desde el punto de vista de un mensajero (porque tiene la capacidad de detener mentalmente el tiempo para ver qué ruta le interesa coger para no estrellarse en este Nueva York de locos que forman taxistas y peatones). Y sigue, y casi parece un French Connection en bicicleta, al menos en la escena de la persecución. Delirante todo, algo a lo que contribuye el grafismo de la película. Pero, de repente, te das cuenta de que te lo estás pasando bien. Que el delirio definitivo que se ha instalado en la pantalla te ha contagiado. Te ríes con los golpes de humor, incluso con los abiertamente sádicos (cuando esas visiones anticipadas de lo que le sucedería a nuestro mensajeros se asemejan a cualquier escena sacada del Carmageddon, ese juego en el que había que atropellar todo lo atropellable), te importa hasta la obligada historia de amor que salpica la película, te sientes identificado con la competencia que se establece entre los dos mensajeros y te intriga qué puede haber dentro del maldito sobre que dispara la trama.

Como ya he dicho, Koepp es un tipo inclasificable. Director de películas como El efecto dominó, El último escalón o La ventana secreta, guionista de Spielberg en Parque Jurasico, La guerra de los mundos, o el último Indiana Jones, de Ángeles y demonios, de la irremediablemente genial Atrapado por su pasado o del primer Spider-Man de Sam Raimi. Y ahora director de Sin frenos. Lo cierto es que se lo monta bien en este filme porque va acumulando motivos para que su película se vaya deslizando en el terreno de lo apreciable desde el delirio inicial. Lo hace, además, con notables técnicas cinematográficas, como los flashbacks que van rellenando los huecos de la historia, que permiten ver las escenas que ejercen de ancla entre los personajes desde diferentes puntos de vista. Y lo hace, sobre todo, con un perfil en sus personajes protagonistas que engancha con mucha más efectividad que el trasfondo social que se descubre en torno a la hora de película.

Que Joseph Gordon-Levitt es un actor más que interesante lo había probado ya Christopher Nolan en Origen y en El Caballero Oscuro. La leyenda renace, pero dar vida de forma creíble y humana a este tipo al que agobian los despachos y prefiere sentir la velocidad de la bicicleta es una tarea que aprueba con nota y que tiene su mérito, precisamente por el atípico envoltorio que tiene el filme. Michael Shannon, polifacético actor donde los haya, ofrece una nueva muestra de lo fácil que se le da cambiar de piel, desde el introvertido paranoico de Take Shelter al inquietantemente sincero personaje de Revolutionary Road. Los toques oscuros de su personaje hacen más deseable verle ya como el General Zod de El Hombre de Acero, el regreso de Superman a los cines del próximo año. Dania Ramirez, vista en la serie Héroes, consigue que su personaje tenga presencia a pesar de que parezca una mera excusa. Y todos juntos ofrecen tanto divertimento que se pueden perdonar las barbaridades que, en el fondo, contiene la película. Porque eso de hacer mountain bike sobre unos coches con varias costillas rotas parece ciencia ficción.

Sin frenos es una rareza. Parece que va a ser una de esas películas en las que el protagonista tiene que hacer algo que se muestra a tiempo real (y mientras lo parece recuerda a A la hora señalada, una película semiolvidada con Johnny Depp) y sus flashbacks hacen que sea mucho más que eso. Parece que va a ser una glorificación del mensajero en bicicleta, como si eso fuera necesario, y resulta que se convierte en una película entretenidísma y divertida desde el comienzo hasta ese último y casi imperceptible gag final sobre el tráfico de Nueva York. Recomendable por delirante y por diferente. Y una curiosidad. Después de la primera parte de los títulos de crédito finales, se incluye una toma de cómo quedó el taxi contra el que se estampó el propio Gordon-Levitt rodando la película. Para entonces, Sin frenos ya me tenía ganado sin remedio porque, por muy delirante que pueda ser y por muchos prejuicios que uno lleve encima a la hora de sentarse delante de la pantalla, me lo ha hecho pasar en grande.

miércoles, abril 04, 2012

'Take Shelter', brutal retrato de la paranoia y el miedo

El cine ha demostrado tantas veces que el tamaño no importa a la hora de contar grandes historias que empezar diciendo esto de Take Shelter parecerá una obviedad. Es, en efecto, una película de corte independiente protagonizada por dos rostros conocidos pero lejos todavía del estrellato (más en el caso de Michael Shannon que en el de una Jessica Chastain tan ocupadísima como brillante durante 2011). Y es, al mismo tiempo, un gran retrato de la paranoia y el miedo. Y digo grande en muchos sentidos. En el de la calidad, indudablemente, porque Jeff Nichols propone una película inquietante a muchos niveles, pero también en el de las aspiraciones, porque Take Shelter aspira precisamente a eso, a pintar un amplísimo lienzo sobre la psicología humana a partir de un personaje en apariencia corriente. Una gran historia en un pequeño envoltorio hacen aquí una espléndida película.

Aproximarse a Take Shelter por sus nombres ofrece sensaciones contradictorias. Dirige Jeff Nichols, que sólo tiene una película en su haber, Shotgun Stories. Nada impactante por ese lado. Los dos actores sí son puntos de interés. Michael Shannon fue candidato al Oscar al mejor actor secundario por su magnífico papel en Revolutionary Road y se prepara para ser el villano del próximo Superman en The Man of Steel, mientras que Jessica Chastain es una de las formidables actrices de Criadas y señoras (papel que le valió la nominación) y a la que también se pudo ver en El árbol de la vida y La deuda. Pero el serio aviso pasa por ver a los hermanos Strause entre los productores ejecutivos. Por si alguien no ubica el nombre, son los dos técnicos de efectos especiales que se lanzaron a la dirección en joyas como Aliens vs. Predator 2 y Skyline. Por ellos, es lícito pensar a mpriori que Take Shelter podría esconder un nuevo despropósito de corte fantástico. Pero nada de eso.

Lo que ofrece esta película es un espléndido retrato psicológico de un hombre que, a causa de unos extraños sueños en los que sus seres queridos (su esposa y su hija, sordomuda ésta) sufren y le hacen sufrir, comienza a sentir un miedo incontrolable en la vida real que desemboca en la paranoia de sentir la necesidad de construir un refugio para tormentas en el jardín de su casa. Lo que Nichols construye alrededor de las magníficas interpretaciones de Shannon y Chastain es un profundo retrato psicológico que siempre bordea la frontera de lo que es real y de lo que no lo es, dejando las respuestas en manos del espectador. El protagonista, Curtis, traslada todo el temor que siente en sus sueños a su vida cotidiana. En el trabajo ya no es el mismo, con su mujer tampoco. Y la historia va creciendo en ese sentido hasta desembocar en un poético y formidable desenlace, que eleva las buenas sensaciones que deja la película hasta un nivel superior.

Take Shelter es una película acerca de miedos y barreras. Y sería un profundo error limitar ese análisis del miedo a la parte más onírica (¿más fantástica?) de este relato. Nichols representa los sueños de una forma maravillosa, introduciendo sin remedio al espectador en esos momentos de pánico sin posibilidad de evitar lo que sucede en ellos. Son momentos que generan un desasosiego salvaje y que están magníficamente intercalados en la anodina realidad de un hombre cualquiera que vive en el estado de Ohio. Pero, insisto, la cosa no queda ahí. Curtis es un hombre retraído, al que le asusta lo que su esposa, sus compañeros de trabajo y sus vecinos puedan pensar de él si supieran lo que le está pasando por la cabeza. Cree que le tomarían por loco, que le inernarían en un psiquiátrico. Y lo oculta. Intenta lidiar él solo con la tormenta psicológica que le está afectando. En ese sentido, que su hija sea sordomuda es una maravillosa alegoría en el guión que no cabe más que aplaudir. Las barreras físicas de la pequeña son las mismas que el adulto se autoimpone y no es capaz de superar.

La brutalidad de estos miedos y sus efectos es producto de la ambición de la película, una ambición que sólo patina en un aspecto. La duración de Take Shelter, ligeramente superior a las dos horas, se antoja algo excesiva, lo que lleva a que algunas de sus escenas bordeen la repetición. Es, quizá, el único pero que se le puede poner a un filme que logra todos sus objetivos. No es fácil decir si es el guión lo que hace crecer el trabajo de los actores o si son éstos los que hacen que un buen guión parezca todavía mejor. Quizá sea una de esas veces en que hay una simbiosis perfecta entre ambos planos. Lo que sí está claro es que Take Shelter es una de esas películas que, desde su pequeño envoltorio y su gran anonimato antes de llegar a las salas, consiguen atrapar al espectador que esté dispuesto a dejarse seducir por esta poderosa contraposición de una vida aburrida y un miedo sobrecogedor, tan real como imaginario. Y hace que el nombre de Jeff Nichols quede apuntado y subrayado para prestar atención a sus futuras películas.