jueves, abril 17, 2014

'The Amazing Spider-Man 2', tan brillante y valiente como un tanto extraña

Aceptando como punto de partida que es un filme muy entretenido, no es nada fácil valorar The Amazing Spider-Man 2. El poder de Electro, secuela del temprano reboot que Marc Webb comenzó hace dos años con la primera entrega. No es fácil desde ningún punto de vista, ni para el lector habitual de cómics, ni para quien se acerque a esta película sin demasiado conocimiento sobre el personaje. Y no es fácil porque combina momentos de gran brillantez en esto que se ha venido a conocer como cine espectáculo, con una segunda mitad vibrante a todos los niveles, y planteamientos sumamente valientes para una película de superhéroes, a los sólo Capitán América. El Soldado de Invierno y de otra forma ha querido acercarse, pero al mismo tiempo deja un sabor de boca extraño. Primero, por sus errores, que son difíciles de justificar (y aún más difíciles de explicar para no reventar la historia), y segundo porque, en realidad, esta segunda película es la mitad de la historia propuesta, por mucho que esté coronada por un sensacional clímax que hacía necesario poner el punto final (y aparte, de hecho) donde efectivamente lo coloca el guión.

Empezando por los aciertos, estos arrancan desde la primera película. El reparto es formidable, y es un enorme acierto haber dado el protagonista a un actor como Andrew Garfield, que transmite toda la sensibilidad, las dudas, la comedia que necesita Spiderman, tanto sin máscara como con ella, con un lenguaje corporal excepcional. La química de Garfield con Emma Stone es soberbia y eso es lo que hace funcionar la parte romántica de la historia, junto con una acertada dirección de Webb, muy cómodo en este terreno. Siempre se siente a Peter Parker y Gwen Stacy como el corazón emocional de la película, como ya sucedió en la primera parte. Webb, muy diestro en esa faceta, no se maneja tampoco mal en la acción y en el festival de efectos visuales que supone la película, mostrando al Spiderman más creíble y espectacular que se ha visto nunca en pantalla. Es un absoluto sueño hecho realidad para cualquiera que conozca el personaje verle balancearse por Nueva York como lo hace.

Eso, la espectacularidad visual de Electro (un al comienzo desacertado Jamie Foxx, salvable de la schumacherización -los seguidores de la primera saga de Batman saben lo que eso supone- a la que se veía abocado por el espléndido trabajo digital), el inquietante papel de Dane DeHaan como Harry Osborn (aunque el suyo sea el que peor se acaba dibujando al final y el que más sufre la acumulación de ideas en el filme), el ritmo creciente y la muy acertada mezcla de comedia, romance y acción que ha de proponer una película de Spiderman que quiera ser fiel al cómic son sus puntos fuertes. Junto con la valentía que contienen algunos aspectos del guión, por los giros que propone (aunque haya que decir que deja cierto sabor a decepción el misterio sobre los padres de Peter que planeó con más acierto sobre la primera película) y la forma de encarar la película en algunos momentos, incluyendo elipsis más que interesantes, hacen de The Amazing Spider-Man 2 una película como poco tan conseguida como su predecesora, aunque haya más pros y contras que destacar aquí que en una regularmente notable primera entrega.

¿Qué falla? En primer lugar, y duele por recurrente, la inclusión de demasiados personajes, lo que lleva a que algunos queden inútilmente desaprovechados. En segundo lugar, los también típicos problemas del cine de acción, en el que parece difícil creer por qué pasan algunas cosas fácilmente solucionables de otra forma. Así planea sobre la película una sensación de estar a medio construir, modificada sobre la marcha, que lastra en cierta medida el resultado final, aún sin arruinar en absoluto su más que gozoso entretenimiento. Eso sucede porque se ha generado tal ansiedad por crear una saga que incontables conceptos quedan para la siguiente secuela. Y también, íntimamente ligado con esto, porque la asfixiante promoción de la película cuenta demasiado, arruina la experiencia y desvela aún más defectos. Hay escenas y diálogos de los trailers que no están en el filme, incluso algunos para cambiar radicalmente algunos instantes. Da la impresión de que hay movimientos improvisados y eso pesa, aún reconociendo el gran trabajo de montaje que hace que uno salga del cine con la sensación de haber disfrutado, sufrido y animado como un niño pequeño.

miércoles, abril 16, 2014

'El tour de los Muppets', bendita y todavía fresca ingenuidad

Aquellos que nos consideramos nostálgicos de las formas en las que el entretenimiento cobraba forma en nuestros años de infancia, sean éstos los 60, los 70 o los 80, seguimos celebrando que los Muppets sean unos personajes que todavía hoy tengan tanto que decir. El tour de los Muppets llega tres años después de Los Muppets y mantiene toda la frescura con la que aquella recuperó a las maravillosas marionetas de Jim Henson. James Bobin, director de ambas y coguionista de esta segunda, reduce levemente la estructura de gran musical que tenía la primera (aún sin renunciar a las canciones) y apuesta por una historia algo más elaborada desde la ingenuidad que preside, y que tiene que presidir, cualquier película de los Muppets. Bendita ingenuidad, por cierto, porque en estos días en los que parece que sólo vende lo truculento, lo complejo, lo adulto, es sencillamente maravilloso encontrarse con una película tan divertida, tan amena, tan simpática, tan sincera y tan para todos los públicos como ésta.

Comparándola con la primera de esta ojalá longeva saga, hay un pequeño bajón en la parte musical. Y eso que empieza con un sensacional número que recoge la acción justo donde se quedó en aquella y riéndose precisamente y con brillantez de esta moda de hacer secuelas a cualquier éxito de taquilla. Pero no todas las canciones que hay de ahí en adelante quedan igual de bien, alguna se antoja incluso prescindible y dado que la película sigue centrándose en el show de los Muppets se echa en falta un espectacular número final. Es, quizá, el único elemento discutible de la película, que sabe mantener las constantes del filme precedente. Esto es, los Muppets en plena forma, una comedia divertidísima, esa ingenuidad que lo convierte en un título sumamente accesible, una brutal variedad de escenarios y una tronchante capacidad de introducir los más disparatados cameos. Y en estos dos últimos aspectos lo mejor es no saber absolutamente nada porque la sorpresa hace que las risas sean todavía más abundantes a lo largo de la película.

La clave de que El tour de los Muppets funcione tan bien como lo hace es que sus personajes, la marca que representan y su humor son imperecederos. Funcionaban igual de bien hace tres décadas que en nuestros días, y eso es porque su comedia es inteligente, sincera y sencilla. Bobin propone 107 minutos de diversión muy bien llevada, en la que consigue sacar partido a todos los Muppets que desfilan por la pantalla (quizá el gran perjudicado sea Walter, el añadido de la anterior película, al que sólo se da protagonismo en la parte final) y consigue que todos los actores se diviertan y hagan que el público se divierta, desde los protagonistas Ricky Gervais (aquí más familiar y menos irreverente de lo que esperarían los seguidores de aquella gala de los Globos de Oro que presentó), Ty Burrell y Tina Fey hasta la larga ristra de artistas que aparecen unos breves segundos. Nadie desentona (aunque se echa de menos a Amy Adams). Nada falla realmente en la película, que sirve para que se siga perpetuando el riquísimo legado de los Muppets.

Sí queda la sensación de que está algo por debajo de la película anterior, algo que se centra de forma especial en su aspecto musical, pero de una forma mínimamente perceptible, porque el buen rato que ofrece su estrafalaria y simpática historia está dentro de la tradición de los Muppets y de un cine y un entretenimiento que no se ve con tanta frecuencia en nuestros días. Lo mejor de El tour de los Muppets es que no es una secuela pensada, rodada y vendida únicamente para sacar el dinero de los nostálgicos o de quienes disfrutaran de la primera película, dentro de esa machacona industria del entretenimiento que a veces se olvida de hacer productos sinceros. Como aquella, esta secuela está realizada con mucho acierto, con mucho cariño a los personajes y con un inmenso respeto al espectador, por lo que lo único que cabe pensar es que haya una tercera película que mantenga este nivel. Bendita ingenuidad, sí, la que siguen proporcionando los Muppets con historias tan frescas y divertidas como ésta.

martes, abril 15, 2014

'Mejor otro día', una comedia menos negra de lo que debería

Mejor otro día debía ser una comedia negra, muy negra. El material está ahí y la premisa lo exige. Cuatro personas deciden suicidarse en el mismo momento, en Nochevieja, y desde el mismo lugar, la azotea de un edificio, y ese encuentro cambia para siempre sus vidas gracias a un pacto que firman para que ninguno de ellos intente quitarse de nuevo la vida al menos hasta el día de San Valentín. Pero su director, Pascal Chaumeil (Llévame a la Luna), basándose en la novela de Nick Hornby, no termina de escarbar en la historia hasta el punto de mala leche que habría sido agradecido. Hay algunos diálogos brillantes, hay cierto momentos atractivos de sus protagonistas, pero al final todo queda demasiado deshilachado y es difícil ponerse en la piel de cualquiera de los cuatro protagonistas. Chaumeil, habitual director de segunda unidad de Luc Besson no consigue más que una película relativamente agradable, pero queda la sensación de que había materia prima para mucho más.

Aunque hay pinceladas de esa comedia negra que se intuye en la premisa, y que de hecho es la que se viene a mostrar en la primera y delirante escena de la película (probablemente la mejor), en la que se juntan los cuatro suicidas en la azotea sin saber quiénes son ni los motivos por los que quieren acabar con sus vidas, la opción de Chaumeil es la de una comedia mucho más ligera. El motivo es simple, no es una película sobre la muerte o el suicidio, sino una película sobre la vida. Parece un matiz nimio, pero a la larga es lo que decanta la balanza hacia un filme tan simpático en algunos momentos como inane en su conjunto, y que se sustenta mucho más en sus personajes que en su historia o en la forma en la que está contada, porque el filme deja pasar algunos temas jugosos (la presión de los medios sobre los cuatro protagonistas, tres de ellos anónimos antes de que tuviera lugar su encuentro) y avanza a base de unas elipsis que no terminan de estar demasiado bien explicadas.

Son, decía, los personajes los que sostienen la película, que de hecho se estructura en cuatro bloques no demasiado definidos en base a los cuatro protagonistas. Y más incluso que los personajes, los actores. Porque los primeros se construyen a pinceladas más o menos irregulares, con aspectos que incluso se quedan en el aire sin que haya demasiado motivo para ello (como, por ejemplo, las menciones a la hermana de Jess) pero se hacen creíbles con el buen trabajo del reparto. Pierce Brosnan, Toni Collette, Imogen Poots y Aaron Paul están muy convincentes, pero sobre todo merecen ser destacados los dos más veteranos, los dos primeros, los que más y mejor se creen sus papeles (aunque Poots encaja a la perfección en la parte más alocada de su personaje), y los que hacen mucho más verosímiles sus diálogos. El "¡te han curado!" de Collette viene a ser la más divertida muestra de que capta a la perfección la ingenuidad de su personaje, mientras que Brosnan aporta lo de siempre, su propia clase personal, que tan fácilmente le lleva a interpretar una película de James Bond como un anuncio de seguros.

Si lo que se busca es una película agradable para pasar el rato sin demasiadas pretensiones, Mejor otro día vale perfectamente gracias a esos detalles positivos en sus diálogos y en su reparto, pero es inevitable esa sensación agridulce porque la historia daba para más. Y aunque el nombre de Nick Hornby incite a pensar en algo más, porque casi todas sus novelas han sido objeto de adaptación al cine desde que triunfó Alta fidelidad y es guionista de la merecidamente alabada An Education, lo cierto es que la película se queda corta. Alguna que otra risa, algún que otro camino interesante, alguna que otra escena muy lograda, pero un conjunto que Chaumeil no termina de llevar con acierto como para que el destino de los personajes pueda llegar a importarle demasiado al espectador o para que la película sea algo más que un pasatiempo ligeramente amable.

lunes, abril 14, 2014

'Miel', los grises de la vida y de la muerte

Si la eutanasia es un tema complicado de abordar en la vida real o en el debate social, no lo es menos en el cine. Miel es, en ese sentido, una película valiente. Valeria Golina, aquella actriz italiana que aparecía en Rain Man y en alguna que otra película norteamericana de finales de los años 80 y comienzos de los 90, es la principal artífice de esa valentía, como directora de este su primer largometraje y coguionista. Pero es que además de la valentía que supone encarar el proyecto hay que hablar de la que encierra la mirada por la que apuesta la película, la de la belleza sensible de una espléndida Jasmine Trinca que marca un proceso emocional delicadamente narrado para mostrar los grises que hay en este debate sobre la muerte pero también sobre la vida. Desde ahí, desde la ausencia de adoctrinamiento y apostando por mostrar el alma de los protagonistas, es desde donde Miel se convierte en una película a tener en cuenta.

Golino nos describe a su protagonista, que se hace llamar Miel pero cuyo nombre real es Irene, a través de su trabajo, de los viajes que tiene que hacer y de las situaciones emocionales a las que tiene que hacer frente. Todo con una seguridad importante, en la que ella siente como importante ser fuerte, dura y serena. ¿Pero qué puede hacer que esas sensaciones se desmoronen? Ese es el trayecto emocional que describe Golino, y lo hace con sensibilidad y sinceridad, sin juzgar a ninguno de los personajes que aparecen en la pantalla, por extremos que sean sus comportamientos y por difícil que sea entender las decisiones que adoptan para cada espectador. Esa es la riqueza de Miel, que invita a sentir pero también a pensar. Las emociones son relativamente fáciles de conseguir, pero la reflexiones no, sobre todo aquellas que perduran una vez que se ha terminado la película.

En algún momento la película recorre terrenos que no parecen tan firmes, cuando trata de escarbar en aspectos de la vida personal de Irene que no están directamente vinculados con la trama central de la película. Al final todo cobra sentido como parte de una panorámica emocional compleja, pero es quizá ahí donde se le escapa levemente la película a Golino. Salvando esos pequeños detalles, dirige con firmeza, crea algunos momentos visualmente espléndidos (la primera secuencia en la que aleja la cámara por un largo y metafórico pasillo, el plano-contraplano de la conversación entre Irene y Carlo), y, sobre todo, conduce muy bien a sus actores. Jasmine Trinca entiende a la perfección ese viaje emocional que quiere ser la película y tanto ella como su personaje muestran una madurez creciente en la pantalla. Carlo Cecchi acaba siendo el complemento perfecto para entender además ese carácter de escala de grises sobre la vida y la muerte que es el filme.

La película, su directora y su protagonista han recibido elogios y reconocimientos en varios festivales y no es nada extraño que haya sido así. Miel es un intenso recorrido vital condensado en unos pocos días, lo que habla muy bien del trabajo de síntesis que se ha hecho a la hora de escribir y de montar el filme en unos ajustados y en ese sentido casi perfectos 98 minutos en los que es difícil sustraerse al encantado de la intensa mirada de Jasmine Trinca, que va mucho más allá de la belleza física para mostrar con sus ojos el interior de su alma. Eso es lo que más valor tiene en el filme, que bajo un aspecto pretendidamente frío y en el que no se pide una complicidad ciega con ninguna forma de afrontar la vida o la muerte, se condensa una inagotable colección de sensaciones. Valeria Golino debuta francamente bien como directora y se gana que su nombre esté apuntado ya en muchas agendas.

viernes, abril 11, 2014

'Anochece en India', importa el viaje, no el destino

Ese principio vital que da más importancia al viaje que al destino es lo que da fuerza a Anochece en la India, debut en el largometraje de Chema Rodríguez, autor también del guión. El viaje que narra en el filme queda inconcluso, precisamente para incidir en la importancia de lo que hay en los poco más de 90 minutos anteriores a ese desenlace que plantea, entre lo trágico y lo onírico y que deja cierta sensación de desconcierto. No es esa sensación algo necesariamente negativo porque parece formar parte de los planes del autor, pero sí que parece privar a la película de un necesario redondeo. Una cosa es que importe más el viaje, pero quedarse sin destino puede frustrar al espectador. Siendo ese viaje lo que importa, Anochece en la India se convierte en una apetecible road movie, singular por mucho motivos y al que el mayor pero añadido que se le puede poner está en el sonido, un defecto demasiado habitual en el cine español y que rompe continuamente la atmósfera y, especialmente, la sobresaliente actuación de Juan Diego.

Rodríguez basa su viaje en dos pilares fundamentales. El primero, el esencial en realidad, son sus actores. El reparto busca ser realista y humano, lejos de los cánones de belleza que suele explotar el cine, algo que la credibilidad de la película agradece sobremanera, incluso aunque la película contenga el inevitable desnudo femenino que, estirando hasta la extenuación el tópico, no parece faltar nunca en una película realizada en nuestro país. Juan Diego borda el papel de Ricardo, un viejo cascarrabias en silla de ruedas que decide emprender ese viaje hacia la India y Clara Voda, dando vida a su asistente, Dana, una mujer rumana que se ha pasado un largo tiempo cuidándole en España y que no quiere quedarse atrás en esta descabellada aventura. Uno de los aciertos esenciales de Rodríguez en esa trama es que va alternando y, sobre todo, interrelacionando el protagonismo de los dos personajes centrales.

El segundo pilar está en los escenarios en los que se desarrolla la película. Es inevitable que la mayor fascinación se produzca en el ramo final, en la India, pero en realidad es todo el filme el que encandila visualmente, con un atractivo trabajo de fotografía y de búsqueda de localizaciones. Como en el caso del reparto, este aspecto destaca porque está todo anclado en la realidad. No hay nada edulcorado ni embellecido, todo suena absolutamente real, e incluso sirve para que las calculadas imprecisiones del guión (el pasado de Ricardo, el motivo de que esté postrado en una silla de ruedas, la deuda del amigo con el que habla por teléfono o algunos aspectos de la vida de Dana en Rumanía) porque, de nuevo hay que insistir en esa idea, lo que importa es el viaje, enriquecido con la presencia de otros personajes que entran y salen para apuntalar con acierto la personalidad de los dos que de verdad importan, Ricardo y Dana.

Anochece en la India tiene ciertas flaquezas en lo que no muestra, el único flanco de la película en el que puede reinar cierta irrealidad. Y, sobre todo, hay un trabajo no del todo depurado en el sonido, que perjudica esencialmente a Juan Diego, algunas de cuyas frases entran en el terreno de lo ininteligible, y seguramente no por culpa del intérprete. Al margen de esos dos detalles, el filme es una pieza atractiva e interesante, que bucea en el alma de unos personajes que de forma voluntaria elude cerrar para que sea el espectador el que salga de la película interpretando lo que ha sucedido. Como ópera prima es muy atractiva y la historia que plantea es lo suficientemente fresca como para irle olvidando los defectos a pulir y centrarse en sus muchos aciertos, empezando por la espléndida escena inicial bajo la lluvia, una fotografía difusa del alma de los personajes que elude las aclaraciones que daría un plano completo.

jueves, abril 10, 2014

'Need for Speed', no lo intenten en la vida real

Nada más acabar las ¡más de dos horas! que dura Need for Speed, aparece un rótulo que ocupa toda la pantalla pidiendo que no se repita en la vida real lo que se acaba de ver, que todo ha sido rodado por especialistas en circuitos cerrados y controlados. Es la señal de los tiempos políticamente correctos en los que vivimos, que obliga a colocar esta advertencia para evitar futuras demandas por imitación después de una historia que muestra a un glorificado héroe romper más de una docena de leyes, y no sólo las de tráfico, para demostrar que es un piloto espléndido. O, en realidad, lo que hace Scott Waugh, tras una larga experiencia como especialista, es un precioso y larguísimo anuncio de coches, un trabajo publicitario de primer orden que mimetiza lo que ya hizo en Acto de valor, que codirigió con Mike McCoy, que era un elaborado anuncio de los Navy Seals. ¿Y el videojuego que da origen a la película? Pues en el título y en los coches, no había muchas más posibilidades.

En la habilidad como especialista de Waugh es donde está lo mejor y más rescatable de Need for Speed, porque hace que luzcan los deslumbrantes y lujosos coches que coloca en la pantalla, crea esa sensación de velocidad (cómo ayuda en este sentido la trepidante aunque algo predecible música de Nathan Furst) que exigía inexcusablemente el título y hace que los vehículos sean los únicos protagonistas del filme. ¿La historia? Mejor no tenerla en cuenta si se quiere disfrutar algo de la cinta, porque está tan llena de personajes tópicos, insensataces varias, situaciones previsibles y diálogos absurdos que en base a ese argumento habría que machacar sin piedad el resultado final. Y en el fondo no se lo merece, al menos no de forma radical, aún asumiendo los fallos, incluyendo errores de continuidad, y los lugares comunes, porque no deja de ser un simple divertimento que con un nivel de exigencia bajo no termina de funcionar mal del todo. Por eso los tópicos son tópicos, porque son reconocibles, fáciles y funcionales.

Y es verdad que para rellenarlos se ha escogido a actores competentes y adecuados con lo que se espera de los estereotipos, empezando por Aaron Paul, Imogen Poots y Dominic Cooper, por lo que el resultado no podía salir mal del todo en ese sentido. Ahora bien, la rareza interpretativa de la película es Michael Keaton, que se suma a esa moda que parece estar instalándose en Hollywood de crear un personaje que no tenga contacto físico con ningún otro, lo que permite contar con un actor más o menos conocido sin necesidad de que ruede al mismo tiempo que los demás. Este un tanto desatado Keaton interpreta al promotor de la carrera ilegal en la que participa el protagonista para vengar afrentas pasadas. El reclamo, no obstante, no está en los actores, sino en la glorificación de esa conducción imposible de los videojuegos y que en el salto a la gran pantalla se rellena con las imprescindibles justificaciones a la enorme colección de infracciones y delitos que sazonan los actos de los protagonistas.

Por todo ello, Need for Speed es una película más que previsible de principio a fin, que no cuenta con la sorpresa como uno de sus puntos a favor ni en su trama, ni en sus caracterizaciones ni tampoco en lo que cabe esperar de ella. En todo caso, es obvio que las aspiraciones de la cinta no son más que las que sí consigue Waugh en cierta medida: que haya coches, carreras ilegales, accidentes espectaculares y poco más. Eso, obviamente, genera un halo de desilusión porque empieza a instalarse como la norma. ¿Para qué hacer una buena película si basta con cumplir el expediente y hacerlo con un presupuesto que no se dispare? Si alguien quiere ver una película sobre automovilismo realizada con más destreza comecial, siempre quedará Días de trueno. Y si se busca una buena película de verdad sobre este mundo, está Rush. Para todo lo demás, y por supuesto sin pensar que nada de lo que sucede en la pantalla es verosímil o mínimamente realista, Need for Speed.

martes, abril 08, 2014

'Jackie', una agradable road movie fenemina

Las road movies siempre han tenido un encanto especial. Jackie no es una excepción en ese sentido, porque sabe manejar los elementos más habituales del género y, sin necesidad de ofrecer demasiadas innovaciones narrativas o visuales, simplemente dejándose llevar por el talento de sus actrices, se convierte en una película agradable, bien llevada, muy bien interpretada y con unos personajes descritos con algo más de habilidad que el desarrollo de la historia. Porque la premisa, que se resume en un pequeño prólogo, es muy divertida: una pareja de homosexuales holandeses recurrió a una mujer estadounidense para que hiciera de vientre de alquiler. Las dos gemelas que nacieron, ya adultas y muy diferentes entre sí, tendrán que viajar a Estados Unidos para ayudar a su madre biológica, que se ha roto una pierna, no tiene más familiares y tiene que ir a una clínica de rehabilitación. Tres mujeres, tres personalidades casi contrapuestas, encerradas en una autocaravana recorriendo las carreteras de Estados Unidos.

La película no podría funcionar si el reparto no estuviera a la altura. Y ese aspecto es, con seguridad, lo mejor que ofrece Jackie. Holly Hunter, a pesar de lo poco que se deja ver por el cine, sigue siendo una actriz magnífica que lo demuestra cada vez que tiene la ocasión. Y aquí tiene el dulce de la película, una mujer de carácter huraño, que apenas habla y que no para de observar a esas dos hijas que le son necesariamente extrañas. Pero Jackie no habría funcionado si los tres ejes no fueran complementarios y, hasta cierto punto, simétricos. Las hermanas van Houten, Carice (la de Juego de tronos) y Jelka, soportan bastante bien la tarea y conforman un cuadro muy atractivo. Son tres mujeres muy diferentes entre sí, y tanto el guión de Marnie Blok y Karin van Holst Pellekan como la dirección de Antoinette Beumer saben sacar partido de ello, dejando que la evolución de los tres personajes sea muy natural, nada forzada y, por tanto, muy agradable de presenciar.

En realidad, eso es lo que mantiene la película en un punto alto, porque sí es cierto que en el guión hay situaciones forzadas, algo exageradas, haciendo que parezca algo inverosímil que suceda todo lo que sucede en el viaje de estas tres mujeres, cuya razón de ser acaba desapareciendo sin que nadie parezca ser consciente de ello. Hay algún momento en que, aprovechando lo mejor del trabajo de Holly Hunter, se cae en una ligera reiteración, y quizá se eche en falta algún diálogo más que explique algunos de los temas que plantea la película, pero el influjo de las tres actrices protagonistas es tan grande, su química es tan hermosa de contemplar, que éstos acaban siendo fallos menores. Como película de mujeres y como road movie, funciona razonablemente bien, es divertida cuando tiene que serlo y que abraza sin problema el drama, hasta desembocar en un final muy adecuado.

Aún con los defectos que tiene, Jackie no parece estar tan lejos de otras películas que cuentan con el beneplácito de la crítica, otras historias humanas que en el fondo tienen lo mismo o incluso menos que ofrecer que esta película holandesa. Y quizá ese sea el problema, que la evaluación del cine todavía sigue siendo en ocasiones una cuestión de nombres o de países y no de talento. Porque de Jackie saldrá mucha gente alabando a Holly Hunter porque es la actriz más conocida, sin llegar a esa categoría de estrella que había dado al filme el empujón publicitario que necesitaría, pero no hay tanta diferencia con el buen trabajo de las hermanas van Houten. Y quizá Jackie merezca algo más de crédito, por mucho que su procedencia holandesa y los dos años de retraso con los que llega a España con respecto al estreno en su país sigan evidenciando que la maquinaria hollywoodiendse y sus grandes nombres imponen a veces más de lo que realmente ofrecen. Jackie no tiene nada que envidiar a películas así.