El nombre de Rodrigo Cortés lo tengo anotado desde hace tiempo. Concursante, su primera película, llamaba indudablemente la atención. Buried, la segunda, fue toda una sorpresa. Un tipo que es capaz de mantener la tensión durante hora y media en un escenario tan limitado como un ataúd tiene que merecer la pena... si lo confirma en sus siguientes trabajos. Llega su tercera película, Luces rojas, y es de esas que quieres que te gusten. Y hay muchos motivos para que así sea. También otros para que no se pueda considerar una obra redonda, ni tampoco mejor que su predecesora. Pero Cortés exhibe trazos de un cineasta que acabará confirmándose si mantiene el crecimiento y que ya, desde la imperfección, deja elementos de sumo interés a nivel narrativo y a nivel cinematográfico. No redondea bien del todo la película, y eso obedece a las explicaciones que da y a las que no da, pero cuenta con un espléndido reparto. Y con un Robert de Niro que mejora buena parte de sus trabajos de los últimos años.
Es evidente que hay ambición detrás de Luces rojas. Sólo con leer los nombres que conforman el reparto, esa percepción cobra fuerza. Pero va más allá. Rodrigo Cortés, autor también del guión, construye un mundo apasionante (subrayado, como en Buried, con otra maravillosa overtura musical de Víctor Reyes) y unos personajes espléndidamente bien definidos a través de los pequeños detalles. Pero la ambición y la calidad que ofrece en muchos aspectos no bastan para hacer de Luces rojas una película ejemplar y redonda. No terminan de convencer determinados elementos y, sobre todo, las explicaciones. No tanto las que da, que en realidad se pueden llegar a entender como previsibles, sino las que no da. Hay una cierta irregularidad difícil de entender en ese sentido, aunque queda compensada con la creación de una espléndida atmósfera, que engancha con inusitada facilidad.
Cillian Murphy (camaleónico) y Sigourney Weaver (precisa) interpretan a dos profesores universitarios que se dedican a desenmascarar a los farsantes que dicen tener poderes paranormales. Una de sus alumnas, Elizabeth Olsen (encantadora... y no por físico o belleza, sino en un sentido más amplio), se unirá a ellos. Robert de Niro da vida a un psíquico que se retiró de la vida pública hace décadas tras un inquietante suceso y que ahora regresa. Los caminos de todos ellos, obviamente, se van a cruzar. Hay un mimo especial en despertar sensaciones directas, basadas en el momento, en el aquí y el ahora. Y ahí, por supuesto, destaca De Niro. En los últimos años, ha sido un actor engullido por su leyenda, lejos de la capacidad artística que tiene y que ha mostrado en tantos papeles, convertido casi en una caricatura de sí mismo (es inevitable, en cierto sentido, hilar esto con la gloriosa caricatura del actor que ofrece Eugenio Mira interpretando a un joven De Niro). Y aquí De niro vuelve a ser un actor inquietante. Se convierte en su personaje. transmite emociones y tensión. No está obviamente, al nivel de sus inolvidables trabajos mayores, pero engancha.
En realidad, engancha como lo hace todo el reparto, al que Rodrigo Cortés sabe administrar con inteligencia para ofrecer una variadísima gama de sensaciones y motivaciones, en pantalla y en la historia, pero también fuera de ellas. Ese es el verdadero mérito de Luces rojas, además, insisto, de la construcción de una atmósfera notable en la que todo parece creíble. Por supuesto, es un thriller sobrenatural que está muy supeditado a la resolución final (y, quizá también aunque eso queda más a la interpretación de cada espectador, a un escueto plano final tras los títulos de crédito que el director, según me confesó, considera "una puerta"). No es ésta una película tramposa y, cuando la historia comienza a cerrarse, un simple repaso a lo visto (repaso que, además, ofrece en pantalla en una concesión al espectador menos concentrado) lo confirma sin atisbo de dudas. No quiere decir esto que Luces rojas sea una película impermeable. Al contrario, hay ideas inteligentes y muchos caminos abiertos. Caminos que marcan los personajes (es también obligado hacer mención a un desatado Leonardo Sbaraglia del que quedan ganas de saber más o al simple creíble Toby Jones) y su acertadísima composición.
Luces rojas da algo menos de lo que prometía, a diferencia de Buried, que era mejor película de lo que parecía que iba a ser. Pero es una apuesta valiente de un director interesante. No tiene un guión perfecto, pero sí están contenidas en él buenas intenciones y algunos resultados más que notables, espléndidamente refrendados por un grupo de actores formidables. Ver tan vulnerable a un Cillian Muprhy inquietante en los Batman de Christopher Nolan es una gozada, y hacerlo con el contrapunto de la prometedora Elizabeth Olsen, por escasa que pueda parecer su intervención, hace crecer su personaje mucho más. Contemplar a una Sigourney Weaver tan segura de su trabajo siempre es una gozada. Y ver de nuevo a Robert de Niro creyéndose su personaje es, simplemente, impagable para quienes llevamos años sufriendo con su declive. Quizá Rodrigo Cortés tenga razón y su tercera película sea una de esas que crece en un segundo visionado. En el primero se atisban sus aciertos y sus errores. Y se intuye un buen debate entre espectadores inquietos. No es poco, no.
Entrevista con el director, Rodrigo Cortés.
Fotografías de la presentación en Madrid, con Rodrigo Cortés y Cillian Muprhy.
viernes, marzo 02, 2012
jueves, marzo 01, 2012
'Bajo amenaza', thriller rutinario
Nicolas Cage se está convirtiendo en todo un peligro previo para cada película que interpreta. Verle en un cartel en estos tiempos trae a la mente sus problemas económicos y su necesidad de hacer cualquier cosa para ganar dinero, sin importarle la calidad del producto en cuestión. Bajo amenaza no es de las peores películas que ha hecho en los últimos tiempos y, de hecho, no empieza mal del todo aunque sí de una forma ya vista en tantas ocasiones que es imposible marcar diferencias. Pero sí que es un thriller convencional y rutinario, por mucho que detrás de las cámaras esté un Joel Schumacher en constante reinvención y su principal compañera de reparto sea Nicole Kidman, una actriz que tampoco parece estar destacando demasiado con sus últimas películas. Nombres que dan cierto caché pero que no consiguen elevar el nivel del resultado final, que va cayendo progresivamente según se van sucediendo en pantalla los inevitables giros argumentales y de la acción.
Entre 2009 y 2011, Cage participó en once películas. Recordando En tiempo de brujas o Kick-Ass (que ya sé que cuenta con fans; yo no soy uno de ellos...), es fácil decir que no estamos ante el peor de los trabajos de Cage. Pero también es cierto que esta Bajo amenaza (curioso, por decir algo, título español del original Trespass) recurre a un tópico muchas veces explotado: el de un atraco en casa de una familia. Así a bote pronto me vienen a la memoria Firewall o La habitación del pánico, pero hay muchas más. Lo cierto es que el desarrollo de la película no es nada sorprendente y va respondiendo a esquemas prefijados hace mucho tiempo, que pasan por la presentación de la familia, la llegada de los ladrones y la complicación del aparentemente sencillo plan de éstos antes de llegar a un final más o menos sorprendente. La estructura de siempre sin nada nuevo en el horizonte.
Por eso, Bajo amenaza se mueve entre lo previsible y lo inverosímil, siendo esto segundo lo que se añade a lo primero para tratar de ofrecer algo diferente. Y esa montaña rusa acaba por desmontar todo el invento. Es simpático el retrato de la familia, porque enlaza muy bien el lujo visual de una casa de personas adineradas con los problemas que tiene un matrimonio y su hija adolescente. Eso, sin ser nada del otro mundo, sí está conseguido. Pero hay dos aspectos que lo dinamitan. Por un lado, es muy difícil creer que Nicolas Cage y Nicole Kidman forman un matrimonio más o menos feliz. No terminan de encajar, no se sienten como parte de la misma historia casi en ningún momento. Por otro, el personaje de la hija adolescente se percibe bastante desaprovechado. Había ganas de ver a la joven Liana Liberato después de sorprender en Trust, inédita en España. Y aunque sigue dejando destellos, el personaje no termina de ofrecerle lo que necesita.
La película encaja en la filmografía que ha ido acumulando Joel Schumacher desde que en 1997 asestara un golpe casi mortal a la franquicia de Batman con la horrenda sin paliativos Batman y Robin. Desde entonces, Schumacher, que ya trabajó con Cage en Asesinato en 8 milímetros, ha ido explorando mundos más realistas y sórdidos con fortuna desigual, con algún que otro experimento altisonante como su musical de El fantasma de la ópera. En todo caso, no se puede decir que el director haya conseguido todavía un toque propia que distinga sus películas de las de otros directores. Bajo amenaza, en realidad, la podrían haber rodado docenas de ellos sin que se hubiera notado gran diferencia. Y probablemente todos ellos habrían incurrido en los mismos errores derivados de llevar la historia al extremo en cada uno de sus momentos clave. Casi todo se ve venir y lo que no se anticipa es porque se teme como la opción menos adecuada para salir adelante. Cierta tensión sí genera, y eso, junto a su ajustados 90 minutos, es lo que hace que se pueda ver sin más problemas.
Entre 2009 y 2011, Cage participó en once películas. Recordando En tiempo de brujas o Kick-Ass (que ya sé que cuenta con fans; yo no soy uno de ellos...), es fácil decir que no estamos ante el peor de los trabajos de Cage. Pero también es cierto que esta Bajo amenaza (curioso, por decir algo, título español del original Trespass) recurre a un tópico muchas veces explotado: el de un atraco en casa de una familia. Así a bote pronto me vienen a la memoria Firewall o La habitación del pánico, pero hay muchas más. Lo cierto es que el desarrollo de la película no es nada sorprendente y va respondiendo a esquemas prefijados hace mucho tiempo, que pasan por la presentación de la familia, la llegada de los ladrones y la complicación del aparentemente sencillo plan de éstos antes de llegar a un final más o menos sorprendente. La estructura de siempre sin nada nuevo en el horizonte.
Por eso, Bajo amenaza se mueve entre lo previsible y lo inverosímil, siendo esto segundo lo que se añade a lo primero para tratar de ofrecer algo diferente. Y esa montaña rusa acaba por desmontar todo el invento. Es simpático el retrato de la familia, porque enlaza muy bien el lujo visual de una casa de personas adineradas con los problemas que tiene un matrimonio y su hija adolescente. Eso, sin ser nada del otro mundo, sí está conseguido. Pero hay dos aspectos que lo dinamitan. Por un lado, es muy difícil creer que Nicolas Cage y Nicole Kidman forman un matrimonio más o menos feliz. No terminan de encajar, no se sienten como parte de la misma historia casi en ningún momento. Por otro, el personaje de la hija adolescente se percibe bastante desaprovechado. Había ganas de ver a la joven Liana Liberato después de sorprender en Trust, inédita en España. Y aunque sigue dejando destellos, el personaje no termina de ofrecerle lo que necesita.
La película encaja en la filmografía que ha ido acumulando Joel Schumacher desde que en 1997 asestara un golpe casi mortal a la franquicia de Batman con la horrenda sin paliativos Batman y Robin. Desde entonces, Schumacher, que ya trabajó con Cage en Asesinato en 8 milímetros, ha ido explorando mundos más realistas y sórdidos con fortuna desigual, con algún que otro experimento altisonante como su musical de El fantasma de la ópera. En todo caso, no se puede decir que el director haya conseguido todavía un toque propia que distinga sus películas de las de otros directores. Bajo amenaza, en realidad, la podrían haber rodado docenas de ellos sin que se hubiera notado gran diferencia. Y probablemente todos ellos habrían incurrido en los mismos errores derivados de llevar la historia al extremo en cada uno de sus momentos clave. Casi todo se ve venir y lo que no se anticipa es porque se teme como la opción menos adecuada para salir adelante. Cierta tensión sí genera, y eso, junto a su ajustados 90 minutos, es lo que hace que se pueda ver sin más problemas.
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lunes, febrero 27, 2012
En defensa de los Oscars
Año tras año, los Oscars son objeto de una crítica feroz y despiadada. Que si son rancios, que si la Academia tiene que evolucionar, que si las películas no son las mejores, que si la ceremonia es aburrida, que si no hay nada transgresor, que si están amañados... Pensad en cualquier argumento, incluso en los más despreciativos, se ha utilizado ya contra los Oscars, contra sus presentadores, contra su esencia. Pero el caso es que, año tras año, sigue siendo un evento muy seguido, analizado y disfrutado por personas que no sé muy bien por qué tienen que ser sistemáticamente descalificadas por compartir su interés por estos premios. Guste o no, es de lo que la gran mayoría de los que disfrutamos del cine hablamos al día siguiente. Es una fiesta, un espectáculo, algo que tiene sus propias normas, como las tiene el Festival de Cannes, el de Sundance o los Goya. Es evidente que no puede gustar a todos, pero tiene magia, porque si no sería imposible acaparar tanta atención entre los profesionales de todo el mundo y entre espectadores de más o menos los mismos sitios. El Oscar, pese a quien pese, tiene una importancia capital cuando hablamos de cine, sobre todo de cine norteamericano pero no sólo de allí.
Decir que en el fondo sólo es cine americano (como si eso fuera malo per se), me parece injusto cuando sólo en la última ceremonia tuvieron momentos especiales Francia, Italia o Irán. Hablar de inmovilismo cuando la gran ganadora ¡en 2012! ha sido una película muda y francesa (primer filme no anglosajón en alzarse con la estatuilla principal, nada menos), me parece una acusación fuera de lugar. Decir que el cine minoritario no tiene cabida cuando Woody Allen ha ganado un Oscar y Terrence Mallick ha sido nominado como mejor director creo que denota una falta de comprensión de lo que suponen estos premios y quiénes los votan. Y hablar de justicia o injusticia me parece, sencillamente, un debate imposible. El cine es un arte y como tal es imposible que suscite unanimidad. Por eso los ganadores se eligen en votación de los académicos. A mí me podrán gustar más o menos, como a cualquier otra persona, pero son los Oscars. Y eso, insisto, tiene un peso importante. Habría que respetar más lo que supone y a las personas que lo disfrutan.
Dicho esto, soy de los que no salieron contentos del resultado de la gala. Ya había escrito que The Artist no me había parecido tan maravillosa como a la mayoría del mundo del cine en todos sus espectros, desde los espectadores hasta los profesionales, pasando por los críticos. A mí el título que me maravilló sin remedio de entre las nueve nominadas a mejor película es La invención de Hugo. Adoro también Criadas y señoras. Y me encantó Moneyball. The Artist no. Y, al margen de los dos principales (temo que dentro de algunos años miraremos con asombro como el nombre de Michel Hazanavicius se impuso al de Martin Scorsese), hay dos premios de la película francesa que me han chirriado sobremanera, el de mejor actor y el de mejor banda sonora. Entiendo el papel casi de mimo de Jean Dujardin, pero no lo veo tan meritorio. En cuanto a la música, no comprendo cómo se puede premiar una música que cede la escena principal de la película a unas notas compuestas por otro artistas (en este caso, hay un uso que veo como fraudulento semántica y temáticamente de la banda sonora del maestro Bernard Herrmann para Vértigo). Y con dos partituras de John Williams como rivales, que gane Ludovic Bource me parece sencillamente un clamoroso error.
A La invención de Hugo le han reconocido su excelencia visual, que roza lo incuestionable, pero poco más. Y eso es sólo la mitad de la película de Scorsese. Es una maravilla a contemplar, pero es también una historia que emociona. Sinceramente, creo que merecía más y contaba con alguna pequeña esperanza de que a última hora no se cumplieran los pronósticos. Además de la ganadora de la noche, me frustró el enésimo ninguneo de la Academia a Spielberg, ya previo con Las aventuras de Tintín y definitivo anoche con Caballo de batalla. Previsible, sin duda, pero doloroso igualmente. Tampoco encontré demasiado consuelo con el Oscar al mejor montaje para Millennium. Los hombres que no amaban a las mujeres, porque sigo pensando que la Academia tiene una deuda importante con David Fincher, al que le ha dejado acercarse a la gloria ya en dos ocasiones (El curioso caso de Benjamin Button y La red social) para arrebatársela al final. También fue una decepción que Criadas y señoras se quedara a las puertas de la gloria con dos actrices negras como ganadoras. Meryl Streep es inmensa, pero su Margareth Thatcher en La dama de hierro me llega menos que otros rabajos suyos recientes (sigo sin enteder que no ganara por La duda) y la actuación de Viola Davis es sencillamente descomunal.
El Oscar a Octavia Spencer, maravillosa también como la anterior en Criadas y señoras, fue de los pocos momentos de la gala en que compartí la alegría del vencedor de forma completa y sincera. El de Christopher Plummer tampoco me disgustó, pero tengo que reconocer cierta debilidad por Max von Sydow y su papel en la vapuleadísima Tan fuerte, tan cerca, que por lo visto yo he disfrutado más que la mayoría de la gente. Los premios a los guiones tampoco me encandilaron. Hace tiempo que no encuentro genialidad en Woody Allen, aunque asumo que sus seguidores estarán entusiasmados con el Oscar al mejor libreto original para Midnight in Paris. Y Los descendientes no me parece una absoluto una película perfecta sobre el papel. Ni mucho menos. Es más, seguramente sin la presencia de George Clooney habría sido una película que no habría llegado tan lejos ni habría acaparado tantos elogios. Pero así es el cine, las películas y la industria. Tienen sus reglas y, para disfrutar de este mundo, hay que aceptarlas. Aunque, claro, no todos los años pueden ganar nuestros favoritos. Yo ya espero el siguiente para desquitarme del mal sabor de boca que me dejan los de 2012.
Aquí, una crónica más formal de la ceremonia. Y aquí, cómo España se quedó sin premios en esta gala, me apenó especialmente que el gran compositor Alberto Iglesias no encontrara todavía el reconocimiento de la Academia.
Decir que en el fondo sólo es cine americano (como si eso fuera malo per se), me parece injusto cuando sólo en la última ceremonia tuvieron momentos especiales Francia, Italia o Irán. Hablar de inmovilismo cuando la gran ganadora ¡en 2012! ha sido una película muda y francesa (primer filme no anglosajón en alzarse con la estatuilla principal, nada menos), me parece una acusación fuera de lugar. Decir que el cine minoritario no tiene cabida cuando Woody Allen ha ganado un Oscar y Terrence Mallick ha sido nominado como mejor director creo que denota una falta de comprensión de lo que suponen estos premios y quiénes los votan. Y hablar de justicia o injusticia me parece, sencillamente, un debate imposible. El cine es un arte y como tal es imposible que suscite unanimidad. Por eso los ganadores se eligen en votación de los académicos. A mí me podrán gustar más o menos, como a cualquier otra persona, pero son los Oscars. Y eso, insisto, tiene un peso importante. Habría que respetar más lo que supone y a las personas que lo disfrutan.
Dicho esto, soy de los que no salieron contentos del resultado de la gala. Ya había escrito que The Artist no me había parecido tan maravillosa como a la mayoría del mundo del cine en todos sus espectros, desde los espectadores hasta los profesionales, pasando por los críticos. A mí el título que me maravilló sin remedio de entre las nueve nominadas a mejor película es La invención de Hugo. Adoro también Criadas y señoras. Y me encantó Moneyball. The Artist no. Y, al margen de los dos principales (temo que dentro de algunos años miraremos con asombro como el nombre de Michel Hazanavicius se impuso al de Martin Scorsese), hay dos premios de la película francesa que me han chirriado sobremanera, el de mejor actor y el de mejor banda sonora. Entiendo el papel casi de mimo de Jean Dujardin, pero no lo veo tan meritorio. En cuanto a la música, no comprendo cómo se puede premiar una música que cede la escena principal de la película a unas notas compuestas por otro artistas (en este caso, hay un uso que veo como fraudulento semántica y temáticamente de la banda sonora del maestro Bernard Herrmann para Vértigo). Y con dos partituras de John Williams como rivales, que gane Ludovic Bource me parece sencillamente un clamoroso error.
A La invención de Hugo le han reconocido su excelencia visual, que roza lo incuestionable, pero poco más. Y eso es sólo la mitad de la película de Scorsese. Es una maravilla a contemplar, pero es también una historia que emociona. Sinceramente, creo que merecía más y contaba con alguna pequeña esperanza de que a última hora no se cumplieran los pronósticos. Además de la ganadora de la noche, me frustró el enésimo ninguneo de la Academia a Spielberg, ya previo con Las aventuras de Tintín y definitivo anoche con Caballo de batalla. Previsible, sin duda, pero doloroso igualmente. Tampoco encontré demasiado consuelo con el Oscar al mejor montaje para Millennium. Los hombres que no amaban a las mujeres, porque sigo pensando que la Academia tiene una deuda importante con David Fincher, al que le ha dejado acercarse a la gloria ya en dos ocasiones (El curioso caso de Benjamin Button y La red social) para arrebatársela al final. También fue una decepción que Criadas y señoras se quedara a las puertas de la gloria con dos actrices negras como ganadoras. Meryl Streep es inmensa, pero su Margareth Thatcher en La dama de hierro me llega menos que otros rabajos suyos recientes (sigo sin enteder que no ganara por La duda) y la actuación de Viola Davis es sencillamente descomunal.
El Oscar a Octavia Spencer, maravillosa también como la anterior en Criadas y señoras, fue de los pocos momentos de la gala en que compartí la alegría del vencedor de forma completa y sincera. El de Christopher Plummer tampoco me disgustó, pero tengo que reconocer cierta debilidad por Max von Sydow y su papel en la vapuleadísima Tan fuerte, tan cerca, que por lo visto yo he disfrutado más que la mayoría de la gente. Los premios a los guiones tampoco me encandilaron. Hace tiempo que no encuentro genialidad en Woody Allen, aunque asumo que sus seguidores estarán entusiasmados con el Oscar al mejor libreto original para Midnight in Paris. Y Los descendientes no me parece una absoluto una película perfecta sobre el papel. Ni mucho menos. Es más, seguramente sin la presencia de George Clooney habría sido una película que no habría llegado tan lejos ni habría acaparado tantos elogios. Pero así es el cine, las películas y la industria. Tienen sus reglas y, para disfrutar de este mundo, hay que aceptarlas. Aunque, claro, no todos los años pueden ganar nuestros favoritos. Yo ya espero el siguiente para desquitarme del mal sabor de boca que me dejan los de 2012.
Aquí, una crónica más formal de la ceremonia. Y aquí, cómo España se quedó sin premios en esta gala, me apenó especialmente que el gran compositor Alberto Iglesias no encontrara todavía el reconocimiento de la Academia.
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viernes, febrero 24, 2012
'La invención de Hugo', un maravilloso cuento del más inesperado fabulista
Quién iba a decir que el cineasta que mejor ha sabido retratar la sordidez del alma humana en las últimas cuatro décadas podría estar a la altura que requería el cuento más maravilloso, el canto más hermoso al cine que se ha visto en años. Quién iba a pensar que Martin Scorsese sería tan buen fabulista como narrador, tan magnífico soñador de fantasías como relator de crudas historias reales. La invención de Hugo tiene el envoltorio de un cuento para niños. Cuando el proyecto se estaba gestando, en realidad parecía no ser más que un divertimento de un realizador que ya no tiene que demostrar nada a nadie, un momento de recreo en el patio del 3D para un hombre de cine al que le apetecía juguetear con las nuevas tecnologías. Y puede que sea todo eso, pero también es una película hermosa, magnética de principio a fin, un prodigio visual y técnico (¡sí, el 3D es por fin una herramienta de verdad para hacer cine!) que lleva a la pantalla una historia deliciosa, irrepetible e imprescindible.
Porque, procede decirlo ya con todas las letras, La invención de Hugo es una obra maestra. Una más en la carrera de un director que llevaba unos años demostrando una maestría inmensa en su forma de rodar pero al que le faltaba una historia que le hiciera entrar de nuevo en el olimpo del séptimo arte (a pesar de que fue con Infiltrados, su penúltimo título, con el que la Academia se rindió a su genio), ese que conoce a la perfección el tipo que nos ha dado Taxi driver, Toro Salvaje, Uno de los nuestros, Casino o Gangs of New York. Pero, ojo, esta película no tiene absolutamente nada que ver con sus trabajos previos. Scorsese ha sido siempre un analista de las bajezas humanas, de grandes conflictos internos y de intensas tragedias. Y, sin embargo, aquí entona una tierna y entrañable canción de amor a todos los niveles que deja sin aliento. Se le reconoce como cineasta en sus imágenes y en sus planos, desde luego, pero la expansión temática y de espíritu es tan inmensa que sólo puede recibir el más sincero de los aplausos, no sólo por su valentía sino también por su excelso y ya más que conocido talento.
Este canto de amor lo es sobre todo al cine. No debiera sorprender a nadie que conozca sus documentales, sobre todo Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano, una joya que todo amante del cine de todas las épocas está obligado a ver. En esta ocasión, el foco de Scorsese va un poco más lejos y se fija en el cine mudo y en la figura de George Melies. Pero esa es sólo la excusa para demostrar un enorme cariño hacia el séptimo arte como disciplina, como entretenimiento, como forma de ser y de vivir (no sé si recuerdo en el cine de muchos años atrás una secuencia más evocadoramente hermosa en este sentido que el momento en el que el personaje de Chloë Grace Moretz descubre el cine). Y es más que curioso que Scorsese borde este reconocimiento con una técnica en las antípodas tecnológicas de aquel viejo cine. No sé si el 3D acabará imponiéndose de verdad, ni tampoco si realmente es del agrado de todos los públicos. Pero La invención de Hugo es la primera película realmente hecha en 3D. Todo está hecho en 3D, todas las escenas, todos los planos. No dos o tres efectos para impresionar. Todo. Y es un hermoso y cautivador espectáculo.
Hugo Cabret (Asa Buttefield) es un chico de doce años que vive entre las paredes de la estación de tren del París de los años 30 del siglo pasado, entre los engranajes de los diferentes relojes del lugar y custodiando un pequeño y curioso autómata de metal en el que trabaja. Quién es y cómo ha llegado allí es algo que se irá descubriendo poco a poco. Pese a tratarse de la adaptación de un libro de Brian Selznick y no de una historia original de su realizador, es difícil no ver en el chico a un reflejo de Scorsese. Primero como voyeur del particular universo que le rodea (espléndida dirección artística), el del entristecido encargado de la tienda de jueguetes (Ben Kingsley) y la niña que está a su cargo (Chlöe Grace Moretz), el del inspector de la estación (Sacha Baron Cohen), el del librero (Christopher Lee), el de la florista (Emily Mortimer) o el de otras personas que se mueven por la estación a veces sin saber en realidad por qué. Después, ese parecido entre Hugo y Scorsese se ve en el amor que profesa al cine, herencia de su padre (Jude Law). Y finalmente como aventurero de la vida, faceta en la que el chico en busca de los recuerdos de su padre y Scorsese es creador de sueños cinematográficos.
La invención de Hugo funciona como película infantil y juvenil, porque es atractiva visualmente con una paleta de colores ricos y brillantes y porque sus jóvenes protagonistas afrontan las dosis necesarias de aventura, riesgo y misterio. Si se detuviera ahí, ya sería un título sobresaliente. Además, técnicamente es perfecta a todos los niveles, sirva como ejemplo la hermosísima música de Howard Shore que transporta de forma inmediata a la época y lugar en la que se desarrolla la historia. Pero aún hay más. Está interpretada de manera fresca y sincera, en un reparto en el que destacan tanto los grandes nombres como sus jóvenes protagonistas, incluso ese doberman que casi merece ser tratado como actor humano. Y Scorsese... ¿Qué decir a estas alturas de Scorsese? ¿Qué se puede decir de alguien que es capaz de ofrecer dos horas de semejante hermosura? No tiene precio poder disfrutar de algo así. Scorsese lo sabe porque, como gran estudioso que es del cine, ha vivido algunas veces dos horas como éstas que brinda él ahora. Éstas que dejan una satisfacción incomparable cuando uno sale de la sala y un agradecimiento inmenso hacia quienes, con su talento y su trabajo, lo hacen posible. Qué grande es el cine, qué grande es Scorsese.
Porque, procede decirlo ya con todas las letras, La invención de Hugo es una obra maestra. Una más en la carrera de un director que llevaba unos años demostrando una maestría inmensa en su forma de rodar pero al que le faltaba una historia que le hiciera entrar de nuevo en el olimpo del séptimo arte (a pesar de que fue con Infiltrados, su penúltimo título, con el que la Academia se rindió a su genio), ese que conoce a la perfección el tipo que nos ha dado Taxi driver, Toro Salvaje, Uno de los nuestros, Casino o Gangs of New York. Pero, ojo, esta película no tiene absolutamente nada que ver con sus trabajos previos. Scorsese ha sido siempre un analista de las bajezas humanas, de grandes conflictos internos y de intensas tragedias. Y, sin embargo, aquí entona una tierna y entrañable canción de amor a todos los niveles que deja sin aliento. Se le reconoce como cineasta en sus imágenes y en sus planos, desde luego, pero la expansión temática y de espíritu es tan inmensa que sólo puede recibir el más sincero de los aplausos, no sólo por su valentía sino también por su excelso y ya más que conocido talento.
Este canto de amor lo es sobre todo al cine. No debiera sorprender a nadie que conozca sus documentales, sobre todo Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano, una joya que todo amante del cine de todas las épocas está obligado a ver. En esta ocasión, el foco de Scorsese va un poco más lejos y se fija en el cine mudo y en la figura de George Melies. Pero esa es sólo la excusa para demostrar un enorme cariño hacia el séptimo arte como disciplina, como entretenimiento, como forma de ser y de vivir (no sé si recuerdo en el cine de muchos años atrás una secuencia más evocadoramente hermosa en este sentido que el momento en el que el personaje de Chloë Grace Moretz descubre el cine). Y es más que curioso que Scorsese borde este reconocimiento con una técnica en las antípodas tecnológicas de aquel viejo cine. No sé si el 3D acabará imponiéndose de verdad, ni tampoco si realmente es del agrado de todos los públicos. Pero La invención de Hugo es la primera película realmente hecha en 3D. Todo está hecho en 3D, todas las escenas, todos los planos. No dos o tres efectos para impresionar. Todo. Y es un hermoso y cautivador espectáculo.
Hugo Cabret (Asa Buttefield) es un chico de doce años que vive entre las paredes de la estación de tren del París de los años 30 del siglo pasado, entre los engranajes de los diferentes relojes del lugar y custodiando un pequeño y curioso autómata de metal en el que trabaja. Quién es y cómo ha llegado allí es algo que se irá descubriendo poco a poco. Pese a tratarse de la adaptación de un libro de Brian Selznick y no de una historia original de su realizador, es difícil no ver en el chico a un reflejo de Scorsese. Primero como voyeur del particular universo que le rodea (espléndida dirección artística), el del entristecido encargado de la tienda de jueguetes (Ben Kingsley) y la niña que está a su cargo (Chlöe Grace Moretz), el del inspector de la estación (Sacha Baron Cohen), el del librero (Christopher Lee), el de la florista (Emily Mortimer) o el de otras personas que se mueven por la estación a veces sin saber en realidad por qué. Después, ese parecido entre Hugo y Scorsese se ve en el amor que profesa al cine, herencia de su padre (Jude Law). Y finalmente como aventurero de la vida, faceta en la que el chico en busca de los recuerdos de su padre y Scorsese es creador de sueños cinematográficos.
La invención de Hugo funciona como película infantil y juvenil, porque es atractiva visualmente con una paleta de colores ricos y brillantes y porque sus jóvenes protagonistas afrontan las dosis necesarias de aventura, riesgo y misterio. Si se detuviera ahí, ya sería un título sobresaliente. Además, técnicamente es perfecta a todos los niveles, sirva como ejemplo la hermosísima música de Howard Shore que transporta de forma inmediata a la época y lugar en la que se desarrolla la historia. Pero aún hay más. Está interpretada de manera fresca y sincera, en un reparto en el que destacan tanto los grandes nombres como sus jóvenes protagonistas, incluso ese doberman que casi merece ser tratado como actor humano. Y Scorsese... ¿Qué decir a estas alturas de Scorsese? ¿Qué se puede decir de alguien que es capaz de ofrecer dos horas de semejante hermosura? No tiene precio poder disfrutar de algo así. Scorsese lo sabe porque, como gran estudioso que es del cine, ha vivido algunas veces dos horas como éstas que brinda él ahora. Éstas que dejan una satisfacción incomparable cuando uno sale de la sala y un agradecimiento inmenso hacia quienes, con su talento y su trabajo, lo hacen posible. Qué grande es el cine, qué grande es Scorsese.
miércoles, febrero 22, 2012
'Infierno blanco', Liam Neeson, filosofía, aventura y el final
Cuatro ejes tiene Infierno blanco, la nueva película de Joe Carnahan. El primero es Liam Neeson, cuyo carisma se adueña de la película desde la primera a la última escena. El segundo es la filosofía que contiene el filme, algo light aunque deja algún que otro buen momento. El tercero es la aventura, inevitable en una historia que enfrenta al hombre y a la naturaleza, y que no está mal resuelta. Y el cuarto es el final, lo más esperado y lo más discutible de Infierno blanco. ¿Y qué sale de la conjunción de estos cuatro elementos? Una película sorprendente en muchos sentidos, a veces positivamente, a veces por lo contrario. Sus casi dos horas parecen excesivas para una historia de estas características, pero en realidad pasan en un santiamén. Entretiene, desde luego, pero el final es tan desconcertante que no es fácil tener claro si es una película a admirar o a una a dejar de lado.
No sé si muchos incluirían a Liam Neeson entre los grandes actores contemporáneos, pero lo que es indudable es que tiene un enorme carisma. En esta película es el protagonista indiscutible, ya desde una primera escena brillante en todos los sentidos, que define a la perfección al personaje y, en buena medida, los temas esenciales de la película. Neeson se adueña de sus papeles con una facilidad aplastante, no importa que sea un recio caballero, un espía sin memoria,. un salvador disfrazado de nazi o un hombre humanamente derrumbado. Él hace que la película cobre una dimensión más elevada de la que seguramente tendría con otro protagonista menos carismático (estaba previsto que el rol fuera para Bradley Cooper, que coincidió en El equipo A con Neeson y Carnahan), e incluso sortea con habilidad las escenas que menos le ayudan. El resto del reparto, más desconocido casi en su totalidad, pone de su parte, pero está en un segundo plano desde el principio, es simplemente funcional.
Carnahan, coautor del guión junto con el responsable del relato corto en el que está basado el filme, Ian Mackenzie Jeffers, introduce elementos filosóficos, incluso religiosos que no terminan de ser convincentes. Dejan elementos positivos en algunas escenas (qué bien le hubiera sentado al filme algún elemento más que sustentara la conversación con el cielo que mantiene Liam Neeson), pero en conjunto ofrecen un aire de cierta pretenciosidad que no benefician al conjunto de la película. Porque como aventura cumple a la perfección. Infierno blanco es una historia del hombre contra la naturaleza, la lucha de una serie de hombres para sobrevivir frente al frío y los lobos, y salvando alguna que otra pequeña trampa (sobre todo con el sonido) ofrece un entretenimiento y una tensión más que dignos. La película habría crecido más y mejor de haber contado un mejor equilibrio entre su parte aventurera y su parte más trascendente pero los vaivenes son constantes y Carnahan se acuerda de una y de otra parte a conveniencia, no con la naturalidad que exige la historia.
Y llegamos a su final. Recordemos que es una historia de lucha por la supervivencia, por lo que es importante saber cómo se resuelve, si esa supervivencia se consigue, cómo y por parte de cuántos de sus protagonistas. Ese pensamiento se tiene ya desde que la película deriva en esa tarea, muy al principio. No desvelaré nada, ni me gusta ni procede hacerlo, pero sí hay que hacer notar la trascendencia que ese detalle tiene en la historia. Más aún si tenemos en cuenta que Carnahan deja para después de los títulos de crédito un último plano, sólo un plano (¿no es rematadamente absurdo esperar cinco minutos de letras sólo para eso?) que pone en cuestión bastantes de sus planteamientos durante todo la película y hace dudar de cuál es el mensaje real que quería transmitir la película. Incluso es bastante discutible la necesidad de ese instante postrero, una vez que la decisión adoptada había sido la de terminar de una forma definida. Ese final podría debatirse, pero era un final. Lo que llega cuando nadie lo esperaba es desconcentante y perjudica a la impresión general sobre la película.
Infierno blanco proporciona momentos más que interesantes. Carnahan coloca con habilidad, aunque acaba cayendo en alguna pequeña trampa, las ensoñaciones románticas del personaje de Liam Neeson, rodadas y montadas con originalidad, y plantea con mucha astucia juegos de luces y de sombras (la aparición de los lobos junto al avión), también incluso juegos de sonido aunque también aquí haga trampa en alguna escena. E, insisto, presenta una secuencia inicial absolutamente hipnótica y fascinante. Pero el conjunto es algo irregular y deja la sensación de que podría haber sido mejor. Aún así, es una buena película de aventuras, rodada en unos deslumbrantes escenarios naturales de la Columbia Británica, en Canadá. Pero qué final tan extraño.
No sé si muchos incluirían a Liam Neeson entre los grandes actores contemporáneos, pero lo que es indudable es que tiene un enorme carisma. En esta película es el protagonista indiscutible, ya desde una primera escena brillante en todos los sentidos, que define a la perfección al personaje y, en buena medida, los temas esenciales de la película. Neeson se adueña de sus papeles con una facilidad aplastante, no importa que sea un recio caballero, un espía sin memoria,. un salvador disfrazado de nazi o un hombre humanamente derrumbado. Él hace que la película cobre una dimensión más elevada de la que seguramente tendría con otro protagonista menos carismático (estaba previsto que el rol fuera para Bradley Cooper, que coincidió en El equipo A con Neeson y Carnahan), e incluso sortea con habilidad las escenas que menos le ayudan. El resto del reparto, más desconocido casi en su totalidad, pone de su parte, pero está en un segundo plano desde el principio, es simplemente funcional.
Carnahan, coautor del guión junto con el responsable del relato corto en el que está basado el filme, Ian Mackenzie Jeffers, introduce elementos filosóficos, incluso religiosos que no terminan de ser convincentes. Dejan elementos positivos en algunas escenas (qué bien le hubiera sentado al filme algún elemento más que sustentara la conversación con el cielo que mantiene Liam Neeson), pero en conjunto ofrecen un aire de cierta pretenciosidad que no benefician al conjunto de la película. Porque como aventura cumple a la perfección. Infierno blanco es una historia del hombre contra la naturaleza, la lucha de una serie de hombres para sobrevivir frente al frío y los lobos, y salvando alguna que otra pequeña trampa (sobre todo con el sonido) ofrece un entretenimiento y una tensión más que dignos. La película habría crecido más y mejor de haber contado un mejor equilibrio entre su parte aventurera y su parte más trascendente pero los vaivenes son constantes y Carnahan se acuerda de una y de otra parte a conveniencia, no con la naturalidad que exige la historia.
Y llegamos a su final. Recordemos que es una historia de lucha por la supervivencia, por lo que es importante saber cómo se resuelve, si esa supervivencia se consigue, cómo y por parte de cuántos de sus protagonistas. Ese pensamiento se tiene ya desde que la película deriva en esa tarea, muy al principio. No desvelaré nada, ni me gusta ni procede hacerlo, pero sí hay que hacer notar la trascendencia que ese detalle tiene en la historia. Más aún si tenemos en cuenta que Carnahan deja para después de los títulos de crédito un último plano, sólo un plano (¿no es rematadamente absurdo esperar cinco minutos de letras sólo para eso?) que pone en cuestión bastantes de sus planteamientos durante todo la película y hace dudar de cuál es el mensaje real que quería transmitir la película. Incluso es bastante discutible la necesidad de ese instante postrero, una vez que la decisión adoptada había sido la de terminar de una forma definida. Ese final podría debatirse, pero era un final. Lo que llega cuando nadie lo esperaba es desconcentante y perjudica a la impresión general sobre la película.
Infierno blanco proporciona momentos más que interesantes. Carnahan coloca con habilidad, aunque acaba cayendo en alguna pequeña trampa, las ensoñaciones románticas del personaje de Liam Neeson, rodadas y montadas con originalidad, y plantea con mucha astucia juegos de luces y de sombras (la aparición de los lobos junto al avión), también incluso juegos de sonido aunque también aquí haga trampa en alguna escena. E, insisto, presenta una secuencia inicial absolutamente hipnótica y fascinante. Pero el conjunto es algo irregular y deja la sensación de que podría haber sido mejor. Aún así, es una buena película de aventuras, rodada en unos deslumbrantes escenarios naturales de la Columbia Británica, en Canadá. Pero qué final tan extraño.
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lunes, febrero 20, 2012
'La amenaza fantasma (3D)': George Lucas, genio y timador
Star Wars es Star Wars y su presencia en el cine obliga a pasar por taquilla, aunque sólo sea como tributo a su papel esencial induscutible en la historia del cine. Con esa frase ya dejo claro que lo que viene a continuación lo ha escrito un admirador incondicional de la epopeya galtáctica de George Lucas, la saga más importante de este noble arte de la cinematografía por derecho propio. Ojo, eso no quiere decir que no vea los puntos débiles de la que seguramente es la entrega más floja de ambas trilogías. Pero George Lucas, aunque pese a muchos, es un genio. Fue uno de los artífices de la transformación del cine en los años 70 y con el nuevo siglo demostró que sigue siendo uno de los creadores de universos de ficción más arriesgados y originales del séptimo arte. Lucas, no obstante y a pesar de todo lo bueno que se pueda y se debe decir de él, es también un timador. Siempre encuentra alguna manera nueva de sacar el dinero a los aficionados de Star Wars y esta conversión al 3D de su Episodio I no es más que eso: un sacacuartos. Pero un sacacuartos que ofrece la gozada de verla otra vez ne le cine.
La tan comentada y discutida técnica del 3D afronta en este año 2012 dos pruebas de fuego para saber si se podrá aplicar a películas de otras épocas. La primera era La amenaza fantasma. La segunda es Titanic. Si George Lucas, dios absoluto de la tecnología aplicada al cine, y James Cameron, impulsor del 3D con Avatar, no son capaces de dar con la tecla, no creo que nadie pueda. Y, de momento, las señales no son esperanzadoras. De Titanic se ve el trailer antes de la proyección de la película... y es un trailer en 2D. Mal asunto. Pero es que La amenaza fantasma tampoco es un avance en sí misma. Es un 3D extraño, que no se acerca en lo más mínimo a los mejores hallazgos del formato, que no hace en ningún momento que el espectador estire la mano para tratar de coger una nave espacial o agacharse para esquivar un golpe de sable de luz, que no da mayor profundidad a planos que en 1999 ya eran lo mejor que podía conseguir la tecnología y que hoy siguen siendo espléndidos. El 3D es bastante superfluo por tanto y un fracaso en toda regla.
Sin embargo, ver La amenaza fantasma en el cine trece años después de su estreno original no es una experiencia baldía, al contrario. Es una delicia por varios motivos. Primero, por ser lo que es, una espléndida película de aventuras y ciencia ficción que supera con crees a la gran mayoría de las películas actuales. Segundo, precisamente por el paso del tiempo. Este Episodio I no ha envejecido nada y sigue mantiendo intactos todos los méritos que exhibió en 1999, que eran muchos más de los que la mayoría le reconoció y le ha reconocido a lo largo de estos años. Es más, ver ahora esta película tendría que hacer reflexionar a industria y espectadores por igual, porque en la última década se han montado fenómenos que, cinematográficamente, no le llegan a la suela de los zapatos a este título que devolvió la magia de la Fuerza a los cines a finales del siglo pasado y que desató las injustificadas iras de algunos. Y una revelación más que curiosa: la gente se ríe hoy con Jar Jar Binks, a pesar del odio que se profesa al personaje. Yo sigo pensando lo mismo que en 1999. Sus gracias sobran en la batalla final, pero en lo demás encaja. Y es, pese también a quien pese, el primer personaje digital de la historia del cine.
Evaluando de nuevo la película con objetividad, y sin tener en cuenta el paso del tiempo, La amenaza fantasma es la más atípica entrega de la saga. Tiene un ritmo cortante, con altibajos, y le pesa demasiado en algunos momentos que sea un título introductorio a todos los niveles. Lucas nunca ha sido un gran director de actores, y aquí se nota en demasiados momentos que no ha sabido transmitir las sensaciones a evocar por unos actores que en el rodaje se enfrentaron a inmensos fondos de color verde sobre los que después los técnicos de ILM colocarían sus grandiosos mundos de fantasía. Los diálogos tampoco son el fuerte del George Lucas guionista, y suenan forzados en algunas ocasiones, siendo el chaval que interpreta a Anakin, Jake Lloyd, quien más airoso y natural sale del trance. Natalie Portman, en cambio, es quien más sufre, aunque en algunos breves momentos muestra la enorme actriz que lleva dentro. Las explicaciones científicas a la Fuerza no me chirrían tanto como a algunos, pero es cierto que tampoco son imprescindibles. El moderado tono infantil de la película también cosechó críticas. Lo tiene, eso es indudable, pero tampoco es un exceso, desde luego nada distinto de lo que provocaron los ewoks en El retorno del Jedi allá por 1983.
Hasta ahí lo malo. ¿Lo bueno? Supera con creces a lo mencionado. La reconversión de la sombría galaxia dominada por el Imperio que conocíamos encuentra la contraposición de las luces de nuevos mundos como Naboo o Coruscant. La transición de los Jedi crepusculares o aprendices que habíamos conocido en la trilogía original a los caballeros en su apogeo que vemos aquí es natural, y provoca una diversión tan auténtica como nostálgica ya desde la irrupción en pantalla de Qui-Gon Jinn (un majestuoso Liam Neeson) y Obi-Wan Kenobi (un más perdido Ewan McGregor) y, sobre todo, cuando desenvainan por primera vez sus armas Jedi. El ritmo trepidante, deudor de Ben-Hur, convierte la carrera de vainas de Boonta Eve es una de las mejores escenas de su categoría en décadas. El maravilloso montaje final a cuatro bandas es incluso superior al de El retorno del Jedi (que era a tres). Y el espectacular duelo final entre el Sith Darth Maul y los Jedi Qui-Gon y Obi-Wan, con los acordes de un John Williams glorioso pero todavía por debajo del nivel de la trilogía original, compensa con creces todos los defectos que pueda tener esta espléndida muestra de ciencia ficción tan clásica como rompedora pero, sobre todo, eterna.
La tan comentada y discutida técnica del 3D afronta en este año 2012 dos pruebas de fuego para saber si se podrá aplicar a películas de otras épocas. La primera era La amenaza fantasma. La segunda es Titanic. Si George Lucas, dios absoluto de la tecnología aplicada al cine, y James Cameron, impulsor del 3D con Avatar, no son capaces de dar con la tecla, no creo que nadie pueda. Y, de momento, las señales no son esperanzadoras. De Titanic se ve el trailer antes de la proyección de la película... y es un trailer en 2D. Mal asunto. Pero es que La amenaza fantasma tampoco es un avance en sí misma. Es un 3D extraño, que no se acerca en lo más mínimo a los mejores hallazgos del formato, que no hace en ningún momento que el espectador estire la mano para tratar de coger una nave espacial o agacharse para esquivar un golpe de sable de luz, que no da mayor profundidad a planos que en 1999 ya eran lo mejor que podía conseguir la tecnología y que hoy siguen siendo espléndidos. El 3D es bastante superfluo por tanto y un fracaso en toda regla.
Sin embargo, ver La amenaza fantasma en el cine trece años después de su estreno original no es una experiencia baldía, al contrario. Es una delicia por varios motivos. Primero, por ser lo que es, una espléndida película de aventuras y ciencia ficción que supera con crees a la gran mayoría de las películas actuales. Segundo, precisamente por el paso del tiempo. Este Episodio I no ha envejecido nada y sigue mantiendo intactos todos los méritos que exhibió en 1999, que eran muchos más de los que la mayoría le reconoció y le ha reconocido a lo largo de estos años. Es más, ver ahora esta película tendría que hacer reflexionar a industria y espectadores por igual, porque en la última década se han montado fenómenos que, cinematográficamente, no le llegan a la suela de los zapatos a este título que devolvió la magia de la Fuerza a los cines a finales del siglo pasado y que desató las injustificadas iras de algunos. Y una revelación más que curiosa: la gente se ríe hoy con Jar Jar Binks, a pesar del odio que se profesa al personaje. Yo sigo pensando lo mismo que en 1999. Sus gracias sobran en la batalla final, pero en lo demás encaja. Y es, pese también a quien pese, el primer personaje digital de la historia del cine.
Evaluando de nuevo la película con objetividad, y sin tener en cuenta el paso del tiempo, La amenaza fantasma es la más atípica entrega de la saga. Tiene un ritmo cortante, con altibajos, y le pesa demasiado en algunos momentos que sea un título introductorio a todos los niveles. Lucas nunca ha sido un gran director de actores, y aquí se nota en demasiados momentos que no ha sabido transmitir las sensaciones a evocar por unos actores que en el rodaje se enfrentaron a inmensos fondos de color verde sobre los que después los técnicos de ILM colocarían sus grandiosos mundos de fantasía. Los diálogos tampoco son el fuerte del George Lucas guionista, y suenan forzados en algunas ocasiones, siendo el chaval que interpreta a Anakin, Jake Lloyd, quien más airoso y natural sale del trance. Natalie Portman, en cambio, es quien más sufre, aunque en algunos breves momentos muestra la enorme actriz que lleva dentro. Las explicaciones científicas a la Fuerza no me chirrían tanto como a algunos, pero es cierto que tampoco son imprescindibles. El moderado tono infantil de la película también cosechó críticas. Lo tiene, eso es indudable, pero tampoco es un exceso, desde luego nada distinto de lo que provocaron los ewoks en El retorno del Jedi allá por 1983.
Hasta ahí lo malo. ¿Lo bueno? Supera con creces a lo mencionado. La reconversión de la sombría galaxia dominada por el Imperio que conocíamos encuentra la contraposición de las luces de nuevos mundos como Naboo o Coruscant. La transición de los Jedi crepusculares o aprendices que habíamos conocido en la trilogía original a los caballeros en su apogeo que vemos aquí es natural, y provoca una diversión tan auténtica como nostálgica ya desde la irrupción en pantalla de Qui-Gon Jinn (un majestuoso Liam Neeson) y Obi-Wan Kenobi (un más perdido Ewan McGregor) y, sobre todo, cuando desenvainan por primera vez sus armas Jedi. El ritmo trepidante, deudor de Ben-Hur, convierte la carrera de vainas de Boonta Eve es una de las mejores escenas de su categoría en décadas. El maravilloso montaje final a cuatro bandas es incluso superior al de El retorno del Jedi (que era a tres). Y el espectacular duelo final entre el Sith Darth Maul y los Jedi Qui-Gon y Obi-Wan, con los acordes de un John Williams glorioso pero todavía por debajo del nivel de la trilogía original, compensa con creces todos los defectos que pueda tener esta espléndida muestra de ciencia ficción tan clásica como rompedora pero, sobre todo, eterna.
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viernes, febrero 17, 2012
'Young adult', Charlize Theron por encima del aburrimiento
La comedia moderna me aburre. Lo digo porque quien sí la disfrute no va a estar de acuerdo conmigo sobre Young adult. A mí me ha aburrido, claro. Y me ha aburrido porque no le veo trasfondo de ningún tipo, nada de poso y poco que recordar. Gags, chistes, todo más o menos actual, socarrón, cínico sobre todo, dañino algunas veces y previsible otras cuantas, pero escarbando bajo la superficie no encuentro historia, no veo personajes, no siento empatía. Si Young adult se sostiene es por Charlize Theron, una actriz a la que casi siempre veo por encima de las películas en las que participa y ésta no es una excepción. Al contrario, es más bien la norma porque la suya es una pelea por mantener el interés durante poco más de 90 minutos cuando en la primera escena de la película y sin apenas pronunciar palabra su personaje ya ha quedado completamente retratado. ¿Qué viene después entonces? Eso, chistes cínicos y retratos a medio camino entre el tópico y el extremo.
Young adult es la última película escrita por Diablo Cody, esa guionista que revolucionó Hollywood mucho más que el cine con el libreto de Juno, una película en la que siempre he pensado que la simpatía y la gran interpretación de Ellen Page hizo mucho más por su éxito que lo que había sobre el papel. Después perpetró el guión de una de las peores películas de los últimos años, Jennifer's Body, tumba momentánea de la todavía sex symbol Megan Fox. En Juno coincidió con el director Jason Reitman, que después dirigió la para mí en su momento sobrevalorada y hoy creo un poco olvidada Up in the air. Cody y Reitman se reúnen de nuevo en esta película, que encaja perfectamente en las filmografías de ambos, al tratar un tema más o menos cercano con un acercamiento más o menos humorístico y cínico. Lo cierto es que es un enfoque que empieza a saturar, al menos a mí, y que marca en realidad las tres películas mencionadas antes de llegar a ésta.
Si Juno se elevaba por encima de la media gracias a Ellen Page, en Young adult pasa lo mismo gracias a Charlize Theron, sólo que el guión tiene más agujeros que el de aquella y todo se ve venir con más facilidad. Mavis Gary tiene casi 40 años, un divorcio a cuestas y un empleo como escritora de una serie de novelas juveniles que está a punto de cancelarse. La primera escena de la película, un cuarto de hora introductorio, ya explica cómo es el personaje. Lo que sucede a continuación es la excusa para llegar hasta la hora y media y tener así una película que estrenar. En este punto de su vida, decide que va a reconquistar a un antiguo amor en el pueblo en el que creció y estudió, a pesar de que éste está casado y con una hija. De eso va la película. Añoro cuando el regreso al pueblo en el que se crió el protagonista dejaba películas como Beautiful girls. Saber cuál es el objetivo de la historia la verdad es que se me escapa por completo más allá de lo mencionado, incidir en las características del personaje y colocar gotas de cinismo por toda la película. No le encuentro el interés más allá de la formidable interpretación de la protagonista y, de hecho, no le encontré el humor a la inmensa mayoría de las situaciones que describe.
Diablo Cody no es sutil. Quizá sea por eso que su humor, tan contemporáneo, moderno y apreciado, no me convence en absoluto. Pero sí me gusta el tono que Charlize Theron da a su personaje, alejada de la caricatura casi en todo momento. Lo que pasa es que este filme incide demasiado en ser uno de esos títulos de lucimiento exclusivo de un solo actor, y eso también pasa una factura. ¿Quién más aparece en la película? Buena pregunta. Es difícil de recordar el resto de lo que sucede en Young adult, salvo el personaje de Patton Oswalt, carismático actor con un papel tópico pero llevado al extremo más exagerado que tanto gusta a la guionista de esta película.Con esa sensación, uno puede darse cuenta de que el guión es atropellado, que las cosas van sucediendo demasiado a conveniencia, que no hay un ritmo claro. Y eso, si la película no consigue arrancar carcajadas (en mi caso no lo hizo), es un lastre demasiado grande incluso para el buen trabajo de Charlize Theron.
Todo lo anteriormente dicho no cuenta si el espectador es fan de este tipo de comedia moderna con el que yo no conecto.A mí Young adult sólo me deja el gran trabajo de una actriz a la que el cine que hace no termina de hacerle justicia. La película camina durante mucho tiempo en el peligroso alambre de convertir a la protagonista en un simple reclamo sexual y ella se alza por encima de esa consideración. El resto se ubica entre lo previsible y lo desconcertante. Porque quizá la mejor escena de la película esté hacia el final, después del clímax y con una coprotagonista inesperada. Pero esa misma escena es la que me hace plantearme que todavía no sé ni de qué va Young adult ni qué mensaje quería transmitir en realidad, si es una especie de retrato de quienes sufren el síndrome de Peter Pan o sólo el de una mujer más o menos desequilibrada. O igual es que sólo había que admirar a Charlize Theron y reírse del poco sutil chiste sobre Crepúsculo... Para mí, insuficiente. Y eso que adoro a Charlize, pero...
Young adult es la última película escrita por Diablo Cody, esa guionista que revolucionó Hollywood mucho más que el cine con el libreto de Juno, una película en la que siempre he pensado que la simpatía y la gran interpretación de Ellen Page hizo mucho más por su éxito que lo que había sobre el papel. Después perpetró el guión de una de las peores películas de los últimos años, Jennifer's Body, tumba momentánea de la todavía sex symbol Megan Fox. En Juno coincidió con el director Jason Reitman, que después dirigió la para mí en su momento sobrevalorada y hoy creo un poco olvidada Up in the air. Cody y Reitman se reúnen de nuevo en esta película, que encaja perfectamente en las filmografías de ambos, al tratar un tema más o menos cercano con un acercamiento más o menos humorístico y cínico. Lo cierto es que es un enfoque que empieza a saturar, al menos a mí, y que marca en realidad las tres películas mencionadas antes de llegar a ésta.
Si Juno se elevaba por encima de la media gracias a Ellen Page, en Young adult pasa lo mismo gracias a Charlize Theron, sólo que el guión tiene más agujeros que el de aquella y todo se ve venir con más facilidad. Mavis Gary tiene casi 40 años, un divorcio a cuestas y un empleo como escritora de una serie de novelas juveniles que está a punto de cancelarse. La primera escena de la película, un cuarto de hora introductorio, ya explica cómo es el personaje. Lo que sucede a continuación es la excusa para llegar hasta la hora y media y tener así una película que estrenar. En este punto de su vida, decide que va a reconquistar a un antiguo amor en el pueblo en el que creció y estudió, a pesar de que éste está casado y con una hija. De eso va la película. Añoro cuando el regreso al pueblo en el que se crió el protagonista dejaba películas como Beautiful girls. Saber cuál es el objetivo de la historia la verdad es que se me escapa por completo más allá de lo mencionado, incidir en las características del personaje y colocar gotas de cinismo por toda la película. No le encuentro el interés más allá de la formidable interpretación de la protagonista y, de hecho, no le encontré el humor a la inmensa mayoría de las situaciones que describe.
Diablo Cody no es sutil. Quizá sea por eso que su humor, tan contemporáneo, moderno y apreciado, no me convence en absoluto. Pero sí me gusta el tono que Charlize Theron da a su personaje, alejada de la caricatura casi en todo momento. Lo que pasa es que este filme incide demasiado en ser uno de esos títulos de lucimiento exclusivo de un solo actor, y eso también pasa una factura. ¿Quién más aparece en la película? Buena pregunta. Es difícil de recordar el resto de lo que sucede en Young adult, salvo el personaje de Patton Oswalt, carismático actor con un papel tópico pero llevado al extremo más exagerado que tanto gusta a la guionista de esta película.Con esa sensación, uno puede darse cuenta de que el guión es atropellado, que las cosas van sucediendo demasiado a conveniencia, que no hay un ritmo claro. Y eso, si la película no consigue arrancar carcajadas (en mi caso no lo hizo), es un lastre demasiado grande incluso para el buen trabajo de Charlize Theron.
Todo lo anteriormente dicho no cuenta si el espectador es fan de este tipo de comedia moderna con el que yo no conecto.A mí Young adult sólo me deja el gran trabajo de una actriz a la que el cine que hace no termina de hacerle justicia. La película camina durante mucho tiempo en el peligroso alambre de convertir a la protagonista en un simple reclamo sexual y ella se alza por encima de esa consideración. El resto se ubica entre lo previsible y lo desconcertante. Porque quizá la mejor escena de la película esté hacia el final, después del clímax y con una coprotagonista inesperada. Pero esa misma escena es la que me hace plantearme que todavía no sé ni de qué va Young adult ni qué mensaje quería transmitir en realidad, si es una especie de retrato de quienes sufren el síndrome de Peter Pan o sólo el de una mujer más o menos desequilibrada. O igual es que sólo había que admirar a Charlize Theron y reírse del poco sutil chiste sobre Crepúsculo... Para mí, insuficiente. Y eso que adoro a Charlize, pero...
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