viernes, julio 15, 2016

'Infierno azul', gozando de lo asfixiante

Si tenemos a un escualo incordiando, resulta inevitable pensar en la película definitiva sobre la materia, Tiburón. Steven Spielberg aterrorizó al mundo de tal manera que incluso en la playa más tranquila había y que mirar dos veces buscando la aleta que indicara el peligro. Con semejante precedente, hay que tener un punto de osadía (¿de locura?) para hacer una nueva película con un tiburón como eje. Sin contar con el admirado surrealismo de serie B que supone Sharknado, Renny Harlin ya ofreció un intento atractivo en Deep Blue Sea, pero lo que ha hecho Jaime Collet-Serra en Infierno azul es algo notable. Con alguna concesión a un tono videoclipero que tampoco le beneficia demasiado pero usando muy bien las armas que tiene a su disposición el director, la película convence con lo que propone, un mal rato, una situación agobiante de esas con las que un espectador goza. Nos gusta que los protagonistas lo pasen mal, y Collet-Serr lo muestra muy bien.

El realizador, que ya tiene una amplia experiencia en el manejo de estas situaciones, es un tipo que sabe dosificar el ritmo y que saca muchísimo partido de los escenarios en que acontecen sus películas. No hay más que ver la espléndida persecución automovilística de Sin identidad para apreciar este talento del realizador, y en Infierno azul llega a su máximo exponente. A Collet-Serra le va la belleza y la exprime de una manera sobresaliente. La belleza de Blake Lively, muy metida en un papel complicado por la ausencia de compañía en casi todo el metraje, y del que sale más que airosa. La belleza también del escenario, una playa paradisíaca que acaba convirtiéndose en el infierno de la chocante traducción del titulo en España (el original, The Shallows, viene a ser algo así como Aguas poco profundas). Y belleza en los planos acuáticos, mucho mas adecuados aunque digitales en algún que otro aspecto que los de aquel horror que fue Point Break.

Sí que es verdad que Collet-Serra, además de ser hábil, es un buen embaucador. En realidad, Infierno azul no cuenta gran cosa, como por ejemplo no la contaba Enterrado, la propuesta de Rodrigo Cortés para que quien lo pasara mal fuera Ryan Reynolds dentro de un ataúd bajo tierra. Una mujer va a surfear a una playa alejada de toda civilización y se encuentra con un tiburón que le hace la vida imposible. Ya está. Así de fácil, así de sencillo. Tanto, que no hay elemento que coloque en la pantalla que vaya a tener una utilidad a lo largo de la película. Todo está previsto, como si fuera un videojuego de los años 80, para que el personaje utilice cada objeto para resolver el dilema de cada momento crítico. Y eso desemboca en lo que acaba resultando el punto más débil de la película, que su resolución es del todo asombrosa y con un punto de inverosímil, algo que no se corresponde con ese paso previsible que tenía el formidable agobio anterior.

En otras palabras, Collet-Serra nos conduce por vías conocidas en su Monkey Island para acabar ofreciendo un final más propio de Tomb Raider. Pero ese es el videojuego que propone. Esa es la agradable montaña rusa que planifica, con las pequeñas y suficientes muestras de que hay un personaje debajo del bikini y del neopreno de Blake Lively que tan bien explota, aunque al final algo improvisadas como se aprecia en la escena final de la película, que tiene unos diálogos cargados de una moralina artificial. Pero siempre se agradece que Collet-Serra tenga la valentía y la osadía de no hacer Tiburón otra vez. Siempre se encuentra placer en la forma en la que muestra los ataques del animal, buscando algo original. Y, desde luego, es notable el entretenimiento que propone. Contenido en sí mismo y sin más objetivo que el disfrute mediante el sufrimiento del personaje protagonista. Y como Infierno azul eso lo consigue, no hay mucho que reprocharle.

viernes, julio 08, 2016

'Mi amigo el gigante', el Spielberg más irregular

Cuando se siente en cada plano que Steven Spielberg es un director mucho más capaz que la inmensa mayoría de los realizadores que a día de hoy llegan a llevar sus películas a los cines, no alcanzar la excelencia deja sensaciones encontradas. Se puede establecer sin mucho margen de error que Mi amigo el gigante es, probablemente, el filme más irregular de la carrera del genial realizador. Tiene momentos deslumbrantes, es la enésima demostración de que con una cámara en la mano (o en el ordenador, que mucho de eso hay aquí) Spielberg es capaz de hacer lo que sea, de que el espectador se crea todo cuanto coloca en el cuadro, sea realista o fantástico. Pero al menos tiempo es una película a la que le cuesta mucho arrancar, y que en realidad no alcanza su verdadero potencial hasta el tercio final, que es cuando definitivamente remonta y se convierte en el maravilloso cuento que es el relato de Roald Dahl en que se inspira y que Melissa Mathison convirtió en su último trabajo.

Tras la atractiva pero también lenta El puente de los espías, cabe preguntarse si Spielberg ha entrado en una fase en la que le importan más otras cosas que el ritmo. Mi amigo el gigante sería el segundo título consecutivo en el que se pierde el frenesí que incluso sus películas menos alabadas tenían. Por mucho que la factura pueda parecer una pequeña ruptura en el cine de Spielberg, por el exceso de trucajes digitales que sirven para construir este mundo, la película se adentra en terrenos de fantasía que ya ha transitado a lo largo de su filmografía. Quizá un referente claro sea Hook. Pero en el fondo hay más rastros de Mi amigo el gigante en otras películas, Y siempre queda el placer de ver de nuevo a Spielberg dirigiendo con el tino de antaño a actores infantiles, en este caso a una carismática y simpática Ruby Barnhill, que da muy buena réplica a un no menos espléndido Mark Rylance digitalizado en el gigante.

¿Pero cuál es el problema de Mi amigo el gigante? Se ha hablado mucho de que al festín visual, irrefutable, le falta alma. Puede ser, pero en realidad el alma sí se ve en el tramo final de la película, cuando Spielberg conjuga de una manera admirable, sobre todo en las escenas de palacio, el humor que cabe esperar de una fábula infantil como la que escribió Roald Dahl con la magia visual que siempre ha caracterizado al cineasta norteamericano. Por eso da la impresión de que el problema es otro, es más bien el ritmo, que la película tarda muchísimo en arrancar, y después de una formidable escena inicial, una virguería visual en la que el gigante va camuflándose entre las sombras del Londres nocturno para volver al país de los gigantes sin ser visto, la relación que se establece entre ese ser gigantesto y la pequeña Sophia no termina de cuajar. Lo hace mucho más adelante, pero habiendo dejado demasiadas sombras, incluso quizá algo de aburrimiento, en el primer tercio.

Sería muy exagerado decir que Mi amigo el gigante es una decepción, pero no se puede esconder que en esta fase de su filmografía Spielberg no está consiguiendo películas que hagan justicia a su genialidad. Se ve en muchos momentos, se atisba en otros, el entretenimiento que siempre ha sido capaz de sacar de cada una de sus historias sigue ahí, en esta ocasión con especial énfasis en un público de menor edad del habitual, pero no termina de enamorar como lo ha venido haciendo incluso con cintas que a día de hoy permanecen claramente infravaloradas (y esas son unas cuantas). Mi amigo el gigante, en todo caso, es un curso acelerado de cómo rodar una película de escenarios y criaturas digitales haciendo que el asombro campe a sus anchas por el patio de butacas. Es apasionante ver a un tipo tan clásico como Spielberg amoldándose de esta forma al cine del futuro, aunque en esta película sea difícil ver tanta pasión de verdad como ha venido desprendiendo siempre.

jueves, julio 07, 2016

'Money Monster', falta algo de valentía

Cuando acaba Money Monster dan ganas de cabrearse con Jodie Foster, porque ha dejado escapar la opción de firmar un clásico de envergadura. Quizá algunas de las cuestiones que hacen que se pueda ver esta oportunidad perdida no sean responsabilidad suya, pero es quien firma, así que es sobre quien cargar esa pequeña desilusión, que confirma que el cine mejora cuanto más valiente es. Y Money Monster, que lo tenía todo para mostrar una enorme osadía, al final se conforma. Y es una pena, porque hasta ese momento había elementos sobrados para valorar que Foster había sabido entender la cruda realidad económica que mostraba La gran apuesta y la charlatanería mediática que mostraban cintas tan dispares pero igualmente míticas como Network o El show de Trunan. Pero prescindamos por un momento de esa sensación final. Hasta llegar ahí, Money Monster es una película con muchísimos aciertos.

Así, es un retrato brillante, mordaz e incisivo de cómo somos sistemáticamente engañados por los poderes económicos y mediaticos, con pinceladas de humor negro, con temas abiertamente interesantes sobre la mesa, con momentos absolutamente brillantes. Pero falta el remate. Falta que Foster se hubiera convencido de que podría haber hecho una obra mucho más redondo. Y no es que Money Monster sea mala, al contrario. Su ritmo es trepidante, sus actuaciones más que convincentes, y su puesto en escena la adecuada. Foster rueda muy bien. Sus películas incluso están mejor montadas. Y saca lo mejor de sus actores, un George Clooney que arranca con tintes cómicos que le sientan francamente bien, una Julia Roberts concentrada y nada previsible, e incluso un Jack O'Connell que resiste en el cara a cara con Clooney sin mucho problema y confirmando que, poco a poco, es un actor muy a tener en cuenta.

Pero falta ese paso que convierta lo bueno en sublime. Por momentos se intuye que se puede dar en esta historia, la de un tipo que, arruinado por la mala praxis de un empresario sin escrúpulos (al que da vida Dominic West) y un showman sin responsabilidad alguna que presenta un poco serio y riguroso programa económico en televisión, decide pasar a la acción y asalta el plató en el que se graba dicho programa para pedir, pistola en mano, que le expliquen por qué han desaparecido sus ahorros. Pero no sólo no termina de llegar ese paso que habría merecido un sincero aplauso para el filme, sino que un final buenista arruina algunas de las cuestiones que se ponen encima de la mesa, justo cuando la película había ofrecido un giro fascinante (un secreto que tenía guardado este ciudadano arruinado) y cuando estaba alcanzando un clímax emocional que sí culminaba con acierto el thriller que había construido hasta ese punto Foster.

Con la que está cayendo en la vida real, casi parece increíble que lo que cuenta Money Monster, más que en una historia de ficción, no se haya convertido en un suceso de primera plana. Es ahí donde radica la fuerza de la película, en que la conexión con todos los protagonistas es inmediata, gracias no sólo a la historia sino también a unos diálogos que son muy incisivos en buena parte del filme. Impacta lo económico, lo social y lo mediático. Pero cuando Foster se asoma al precipicio, decide retirarse y deja su pretendida obra a medio consumar. No arruina en absoluto el notable entretenimiento que ofrece pero sí deja pasar la ocasión de que su película fuera algo más que eso. No es algo que sea exclusivo de este filme de Foster, eso está claro, pero de alguien como ella quizá sí cabía esperar esa osadía para rebelarse también contra una situación que aborda de forma admirable desde un punto de vista expositivo pero que en sus conclusiones deja algo que desear.

viernes, julio 01, 2016

'Independence Day. Contraataque', despropósito nostálgico

El cine tiene mucho de oportunismo. Una de las razones por las que una película triunfa es porque llega en el momento adecuado, aunque en realidad no tenga méritos suficientes para ser salvada de la quema. Con Independence Day sucedió algo así en 1996. La Tierra sufriendo una invasión extraterrestre a gran escala como en realidad no se había visto nunca en una gran pantalla, desde luego no con ese formidable festival de destrucción masiva que culminó con la mítica imagen de la Casa Blanca volando en pedazos, con actores de segundo nivel pero reconocibles, efectos especiales vanguardistas y un tono simpático y resultón. Pero fue en 1996. Independence Day. Contrataaque quiere hacer algo parecido en 2016, pero Roland Emmerich ya no es el mismo y el mundo tampoco. La ingenuidad se ha perdido, el espectáculo de hace veinte años no tiene nada que ver con el de ahora. Y Emmerich, con el siempre sorprendente apoyo de cuatro guionistas más para firmar semejante despropósito, ya no tiene el mismo enlace con el público.

Independence Day es un delicioso placer culpable. Su secuela, sin embargo, es una triste forma de desvirtuar el agradable recuerdo que, aunque se niegue, dejó aquella en toda clase de públicos. Contraataque sólo tiene una baza: la nostalgia. El apoyo en la franquicia es un recurso muy habitual que, por desgracia, está dando pie a intentos de revival demasiado lastimosos. La nostalgia, por supuesto, no es capaz de sostener esta secuela, pero no lo hace por una razón muy sencilla, y es que Emmerich traiciona su propia invención, y todo lo que en 1996 podía tener su gracia o incluso estar bien construido, en 2016 está ya agotado y superado. Pero es que ni siquiera Emmerich confía demasiado en su producto, y no hay nada en este regreso al universo de Independence Day que mejore lo que ya vimos hace dos décadas. Nada. Y eso es especialmente sangrante en lo visual, porque aquella dejó imágenes para el recuerdo y esta no hace más que tratar de revivirlas mediante imágenes por ordenador que no son capaces de igualar lo que hacían las maquetas de antaño.

Por supuesto, es evidente que Contraataque es un prodigio de diálogos y situaciones absurdas que no hay por donde coger, puede que la cúspide del cine de Emmerich en este sentido. El alemán se escuda en que nadie espera gran cosa de él, e incluso tira por la ventana lo que durante algunos minutos podría pasar por una interesante película de ciencia ficción, e incluso por una más que decente actualización de su cinta original. Pero cuando el desmadre se apodera de esta secuela de Independence Day ya no hay quien la pare. Emmerich no tiene reparo alguno en mezclar Armageddon, la televisiva Falling Skies y hasta Godzilla, la del germano, la verdaderamente mala, para tratar de que la cosa sea ligeramente diferente a su primera tentativa de invasión alienígena, pero ni los detalles que intenta meter (lo de los ecosistemas dentro de la nave extraterrestre es tan absurdo que da por reírse) ni sus referencias le alejan al final de un camino que ya tenía marcado y que casi repite durante más de una hora, por supuesto con peores resultados.

¿Por qué falla esa repetición? Volvemos a la oportunidad. Ya no estamos en ese momento. Las películas, digamos, livianas de los años 80 se convirtieron incluso en pequeños clásicos instantáneos. Las de los 90 todavía se recuerdan con agrado. Las del siglo XXI son productos olvidables, sin carisma. Como sus protagonistas, una ristra de personajes que sólo se pueden entender desde la autoparodia, como los de Bill Pullman o Jeff Goldblum, o desde el simple reparto de cuotas y caras guapas, como los de Liam Hemsworth, Maika Monroe, Jessie Husher o incluso una Charlotte Gainsbourg que no se sabe muy bien qué pinta en la película. No hay interés en ninguno de los personajes, algo que, incluso entrando en la misma categoría de película mala disfrutable, la cinta original sí tenía. Independence Day. Contraataque es una invitación a la desactivación absoluta de las neuronas y a un disfrute absurdo, si es que se puede alcanzar ese punto. Pero es mala. Muy mala. Abiertamente mala. Y no da la impresión de que ninguno de sus responsables pueda decir lo contrario.

miércoles, junio 22, 2016

'The Program (El ídolo)', Frears retrata con acierto a un villano

Viendo el retrato del ídolo caído que supone The Program, la película con la que Stephen Frears ha recreado el ascenso a los cielos del ciclismo y el descenso a los infiernos de la vida de Lance Armstrong, es inevitable recordar otra cinta de la filmografía del director irlandés, la no demasiado reconocida Héroe por accidente. En ambas, Frears retrata a un oportunista, a alguien que saca partido de una situación en la que no estaba llamado a ser el protagonista. Pero si en aquella Frears adoptaba un delicioso tono de comedia capriana, en esta opta directamente por retratar a un villano, a alguien que conoce sus limitaciones y decide romperlas mediante la trampa. Un villano, eso si, por el que siente simpatía en algunas ocasiones, como en las escenas en las que lucha contra el cáncer o incluso cuando se enfrenta a la sanción que le va a apartar de lo único capaz de hacerle feliz, la competición, pero un villano en todo caso.

Y ahí, a pesar de la complejidad de llegar con acierto y profundidad suficiente a todos los temas que plantea, algo que no siempre consigue, es donde Frears tiene bastante éxito. Construye su villano con tanta precisión como tiene el plan de dopaje de Armstrong, probablemente la trama fraudulenta más elaborada de la historia del deporte moderno. Quizá lo más discutible de la mirada de Frears está en que, pese a esos momentos de acercamiento personal y emocional a Armstrong, falta un héroe en su relato. Tendría que haberlo sido David Walsh, el periodista que busca acabar con la leyenda fraudulenta del ciclista, en cuyo libro está precisamente basado el filme, pero su presencia no cobra tanta relevancia en la trama, a pesar del esfuerzo de Chris O'Dowd. The Program es, de hecho, Lance Armstrong de forma absoluta. Y, por tanto, es también Ben Foster. Muy pocos reproches se le pueden hacer a su atractiva composición de villano.

Foster asume esa condición de malo de la función desde el principio, desde la brillante escena de su primera etapa en el Tour de Francia, en la que sufre los rigores de la prueba más dura en la que ha competido y se forja su determinación de recurrir al dopaje, hasta el esplendido proceso de transformación en prácticamente un capo de la mafia. Quizá la película tiene un problema de tiempo, pero porque le falta. Quiere contar mucho y quizá algunos elementos quedan para los entendidos en el deporte, a pesar de que, como ya hiciera Ron Howard en Rush, consigue mutar toda la emoción deportiva del ciclismo en magia cinematográfica, con algunos planos bellísimos. Acaba claudicando, y recurriendo a las manidas imágenes televisivas, tanto de archivo como recreadas, y es ahí donde The Program pierde algo de fuerza visual. No demasiada, porque el trabajo tiene una factura impecable muy propia de un director que sabe mostrar muy bien en pantalla los conflictos internos de sus personajes, no sólo Armstrong en este caso.

Puede quedar la impresión de que The Program tiene un empaque menor del que podía esperarse, dado el tema que trata y los picos de calidad que tiene el filme, pero no se le pueden poner demasiados peros a Frears. The Program funciona como documento, pero sobre todo como historia. Es verdad que prescinde de algunos elementos, como la vida familiar de Armstrong, apenas esbozada en dos escenas, o que incluso el antagonismo con Walsh se quede mucho más en la superficie de lo que apuntaba el filme, dado que la primera gran escena del mismo es precisamente el primer encuentro entre ambos. Puede ser. Pero la cinta funciona francamente bien, incluso sin conocer absolutamente nada de la leyenda de este inmenso fraude. Cuando se acaba The Program es inevitable pensar en lo podrido que está el mundo en el que vivimos y en los pies de barro que tienen tantos ídolos de nuestro tiempo. Y Frears, incluso con algún maniqueísmo casi inevitable, lo capta francamente bien, sacando partido a unos diálogos formidables.

viernes, junio 10, 2016

'Dos buenos tipos', Shane Black en su salsa

Ha pasado mucho tiempo desde que Shane Black colocó su nombre, en el lejano 1987, en los créditos de Arma letal como su guionista. Y casi treinta años después, Black, ahora director y escritor, firma Dos buenos tipos, la que probablemente sea su película más auténtica, un divertidísimo thriller de misterio, una buddy movie extravagante, un potente regreso a los años 70 y una sobrada de película en todos sus aspectos (ojo a la secuencia onírica... ¡o a Nixon!) que se convierte en el compendio más exquisito de todo lo que ha venido haciendo Black a lo largo de su carrera. Tiene la violencia y la chispa de los diálogos de El último boy scout, la trama de investigación de la mencionada Arma letal, tintes de comedia como los de El último gran héroe aunque sin llegar a sus cotas de caricatura o el atrevimiento de Iron Man 3. Y con dos actores tan metidos en faena como el propio Shane Black para que la diversión sea total.

De alguna manera, viendo el escenario, la historia y el contexto, es inevitable pensar que todo lo que en Dos buenos tipos funciona francamente bien es lo que no terminaba de encajar en la mucho más pretenciosa Puro vicio, de Paul Thomas Anderson. Y es que Black no tarda más que unos pocos segundos en ganarse toda la atención del espectador, mezclando una actriz porno, una travesura erótica infantil y un espectacular y extravagante accidente. Luego es cuando entran en acción los dos buenos tipos del título, que precisamente son de todo menos buenos tipos. Un matón a sueldo que se dedica a patear a quienes se acercan a jovencitas y un detective privado venido a menos por su cara dura y por su afición al alcohol que además tiene una hija casi adolescente se convierten en la mezcla ideal para la fórmula de buddy movie que Black hizo arte en el guión de Arma letal. Parece mentira que tantos años después siga teniendo cogido el punto a esa dinámica.

Sobra decir que buena parte del éxito de esta fórmula en Dos buenos tipos radica en que Black ha escogido a Russell Crowe y Ryan Gosling, dos actores sensacionales, capaces además de meterse en la piel de personajes tan diversos que este guión es para ellos un caramelo que no podían desaprovechar. Y no lo hacen. En absoluto. Ni en la comedia ni en la acción, pero tampoco cuando la película se adentra en los terrenos del drama, cuando los personajes adquieren un contexto que Black escribe magníficamente bien. Lo que parece increíble es que Dos buenos tipos tenga tantas cosas, se mueva a un ritmo tan elevado, proporcione tantos momentos delirantes y al mismo tiempo sea tan inteligente en el misterio que investigan los dos protagonistas (más bien tres, que gusto da ver a una actriz adolescente como Angourie Rice moviéndose con tanta naturalidad ante dos monstruos como estos).

Da gusto ver que directores que se mueven dentro de la comercialidad más evidente de Hollywood (¿acaso hay que entender como un mensaje oculto que Dos buenos tipos arranca detrás del logo de la meca del cine cuando estaba tan dejado en los años 70?), saben ser al mismo tiempo muy atrevidos. Dos buenos tipos entronca en un cine que muchos intentan y no tantos dominan, ese en el que el humor es negro, la violencia casi cómica y el envoltorio es el de una producción en el que todo el mundo parece habérselo pasado fenomenal entre amigos. Pero Black sobresale porque, además, es un tipo avispado. Conoce la fórmula. Y la aplica como nadie. Pero no parece una fórmula hasta que uno se para a pensar en ella. Porque mientras se está viendo, la diversión es tan absoluta que el espectador ni se da cuenta de que le han embaucado de una manera magistral. Black es un embaucador, eso está claro. Pero es uno de los buenos, de los que divierte y entretiene sin complejos y sin guardarse absolutamente nada. Y así da gusto.

viernes, mayo 27, 2016

'Alicia a través del espejo', si Lewis Carroll levantara la cabeza...

El cine, como cualquier otro arte narrativo, no debe tener ningún miedo a la experimentación a coger personajes e historias y transformarlos en virtud de sus necesidades como medio de expresión. Eso es algo que tendría que ser evidente, sea cual fuera el material que se adapta. Pero, claro, cuando llegan películas como Alicia a través del espejo, secuela de la olvidable Alicia en el País de las Maravillas que forma parte del declive creativo de Tim Burton, esa afirmación se hace añicos, porque si Lewis Carroll levantara la cabeza probablemente no entendería qué es lo que han hecho con sus personajes. Porque, sí, contamos con todos los personajes de la primera película y con alguno más, pero sólo hay una conexión visual con ellos. Podría ser una historia de Alicia y del Sombrerero Loco como podría serlo de cualquier otro personaje.

La conexión con el País de las Maravillas es sólo visual, e incluso ahí tenemos un problema importante, ya que la excelencia visual que se le supone, quizá el único punto por el que se puede recordar la película de Burton, es en realidad un juego de artificio extraño. La reciente El libro de la selva de Jon Favreau vino a mostrarnos que se puede convertir una historia pensada en dibujos animados en una acción real y realista, pero Alicia a través del espejo es justo lo contrario, un gigantesco dibujo animado en el que, en realidad, todo da igual. Hace años, esta misma película, con este esfuerzo digital, podría haber convencido sólo con eso, pero hoy en día es un ejercicio profesional probablemente espléndido para enseñar en las academias de dibujantes y animadores pero que en la sala de cine es un espectáculo que se antoja francamente vacío.

La clave está en que la película ni siquiera sigue sus alocadas normas. Si se fuera fiel al espíritu de El País de las Maravillas, perfecto. Si se fuera fiel incluso a lo que se marcó en la primera película, sería suficiente. Pero como los personajes se desdibujan solos y realmente no hay mucha coherencia en sus actos, sus decisiones o sus palabras, lo único que queda es dejarse llevar por lo que en realidad es una carísima atracción de feria que vuelve a poner el énfasis en lo que para Carroll no era más que un secundario, el Sombrerero Loco, pero que aquí se convierte en protagonista para mayor gloria de un cada vez más aburrido Johnny Depp, que encabeza los créditos de la película por encima incluso de quien le da título, la Alicia de una Mia Wasikowska que al menos parece más centrada en el papel que en la primera película, por mucho de que el guión aquí le aporte muchas menos armas, sobre todo en el tramo que acontece en la parte más fantástica del relato.

Para esta segunda aventura de Alicia, James Bobin ha cogido un guión de Linda Woolverton, que tras la primera Alicia y Maléfica parece haberse encasillado en estos trabajos de aliño, una historia algo caótica ya de base y que montada adolece de bastante ritmo que lleva a los personajes a una aventura en el tiempo que quiere dar un origen a los personajes que en realidad no necesitan y que solamente coloca sobre el tablero piezas que no necesitan demasiada cohesión. Lo importante para el estudio está en que haya nombres conocidos e imágenes bonitas de contemplar. Los nombres ya los tenía de la cinta original, con los ya mencionados, Anne Hathaway, Helena Bonham Carter o un Alan Rickman que, con unas pocas frases, ofrece aquí su último trabajo para el cine (y la película se le dedica por ello), a quienes se añade un Sacha Baron Cohen con llamativas lentillas azules que apenas amplia un cuadro que no sorprende en absoluto.