viernes, febrero 27, 2015

'Kingsman. Servicio secreto', espías frenéticos

Matthew Vaughnn parece haberle cogido gusto a las adaptaciones de cómics, que son ya sin ningún disimulo la base sustancial de su carrera como director. Stardust era un cuento infantil de Neil Gaiman, no propiamente un cómic, pero puede acomodarse como el primer paso, una imaginativo y divertido. Después llegó Kick-Ass, una probablemente sobrevalorada y violenta historia. Luego hizo X-Men. Primera generación, revitalizando la franquicia de los mutantes de Marvel de una forma innovadora y más que correcta. Y ahora llega Kingsman. Servicio secreto, que adapta The Secret Service, un tebeo de Mark Millar y Dave Gibbons con el que, no tiene demasiado parecido. Algunas situaciones, algunas escenas, unos pocos diálogos y algo de la trama principal, pero hay que ver al filme y al cómic como dos unidades completamente diferentes. La de Vaughnn es una película que encaja más con Kick-Ass que con el resto de su filmografía, que apuesta por la espectacularidad, la irrealidad y la violencia, y que  funciona bastante bien.

Conociendo su procedencia del tebeo, la adaptación causa bastante perplejidad porque supone una revisión absoluta de los planteamientos, la base, la historia, los personajes e incluso el tono del cómic. Pero al margen de las enormes diferencias entre uno y otro, el filme de Vaughnn funciona bastante bien. Y va mejorando según pasan los minutos. Es verdad que hay muchos elementos mil veces vistos, partiendo por la situación de base, la de un joven habilidoso que acaba convirtiéndose en el héroe gracias a un maravilloso mentor, o el concepto de la agencia de espías supersecreta, o incluso la parte en la que un grupo de chavales reciben formación para ser los espías del mañana. Todo eso ya lo hemos visto. Pero Vaughnn le da un toque simpático, a medio camino entre los conceptos más clásicos del género y su particular forma de entender el cine (de los que son exponentes los dos protagonistas, el espía consagrado y el joven dispuesto a comerse el mundo) y, sobre todo, la violencia en la pantalla.

Sobre todo por este último aspecto, es fácil ver la conexión entre Kick-Ass y Kingsman. Vaughnn disfruta con las escenas desmadradas, con las peleas imposibles, con las cámaras lentas y con los movimientos exagerados, sean de sus personajes o de la cámara, y de todo eso hay buenas muestras en este filme. De hecho, eso es casi lo que mejor funciona en el buen conjunto que ensambla, sobre todo en una media hora final brillantemente calculada, divertida, emocionante e intensa. Y aunque le falte sensibilidad y en algunos momentos suene a cierto trabajo de estudio de mercado, el reparto también ayuda, porque los personajes son carismáticos y atractivos, una atractiva revisión del espía clásico y del héroe juvenil más moderno. Colin Firth y Taron Egerton encajan bastante bien en sus papeles y en la dinámica mentor-protegido que se establece entre ellos desde el principio. Que junto a ellos estén un desmadrado Samuel L. Jackson, Mark Strong o Michael Caine no hace más que dar caché a la película.

En realidad, Vaughnn domina el entretenimiento bastante bien. Queda la sensación de que le falta cierto autocontrol en los momentos más desbocados, pero hay que reconocerle que hace funcionar la historia. En esa media hora final incluso quedan perdonados todos los excesos anteriores o las descomunales libertades que se ha tomado en la adaptación del tebeo de Millar y Gibbons (aterra imaginarse la reacción que podría haberse producido si The Secret Service tuviera la legión de aficionados de otras sagas juveniles literarios y cinematográficas), cuestiones que en realidad nunca parecen ajenas a la película que propone Vaughnn. Y es que, para bien o para mal, y aquí es generalmente para bien, este es su cine, uno en el que la realidad importa poco, en el que lo importante es pasárselo bien a un lado y a otro de la pantalla y en el que la ingeniería visual tiene que ser lo más irreal posible para que la violencia encaje en ese concepto de la diversión de acción que tanto le gusta a su director. Pero Kingsman entretener, entretiene. Y mucho.

'Samba', emoción complaciente

Después del exitazo de Intocable era inevitable tener curiosidad por ver cómo sería la siguiente película de Eric Toledano y Olivier Nakache. Partiendo de la base de que cualquier comparación entre ambas es tan injusta como absurda, de Samba se puede decir que es un buen filme. Sus directores saben encontrar el lado más divertido de los problemas sociales más acuciantes, en este caso la inmigración ilegal, y conjugar eso con una historia tan humana como la de Samba Cissé, un senegalés que lleva diez años viviendo en Francia y que empieza a tener problemas de papeles precisamente a causa su carácter afable, es algo digno de elogio. Sin embargo, en el otro lado de la moneda, también hay cierta complacencia en la película, al quedarse en la superficie del problema con demasiada frecuencia y por la forma en que resuelve algunos de sus propios planteamientos. No es perfecta, pero tiene virtudes. ¿Que Intocable era mejor? Puede ser. Pero Samba es apreciable, por lo que lo mejor es olvidarse de cualquier comparación y seguir disfrutando del cine de Toledano y Nakache.

Y es que en la obra de estos directores lo que destacan son los personajes y las relaciones que se crean entre ellos. Eso es lo que les hace emocionar y divertir con la misma facilidad. Eso y que tienen buena mano para los actores. Omar Sy es un espléndido intérprete que, para quien sólo le conozca por Intocable, aquí se muestra como un tipo versátil y creíble, emocionante desde su timidez, incluso por encima de su fortaleza física, que también le ayuda a construir el personaje. Y tiene eso tan difícil de encontrar: carisma. Charlotte Gainbourg, lejos de los dramas de Lars von Trier, encuentra una complejidad diferente, en un personaje bien construido, Alice, una asistente social a quien la actriz insufla muchísima vida con aparente facilidad, algo destacable precisamente por la variedad emocional que presenta. Y a su alrededor se crea una pequeña constelación de secundarios que cumple con su propósito con cierta brillantez. En otras palabras, Toledano y Nakache escriben francamente bien a la hora de extraer pedazos de realidad que conmueven.

Sucede lo mismo con el tema principal de la película, aunque no siempre, porque ahí la profundidad es mucho menor y el acierto mucho más irregular. Impacta mucho más cualquier estado en la relación entre Samba y Alice, desde la discusión a gritos que mantienen en la asociación de ayuda (probablemente la mejor secuencia de la película, y no sólo por la intensidad, sino porque es la mejor descripción de ambos en general y en ese momento en concreto) a los pequeños momentos íntimos que van construyendo su relación entre la comedia y el realismo, que la forma en que no tener papeles va afectando a la vida de Samba. Eso es también interesante, pero va perdiendo relevancia en el tramo final de la película, empujado por las necesidades emocionales de los personajes. Toledano y Nakache, además, prefieren que el impacto en el espectador lo generen sus protagonistas, no sus situaciones, y eso es algo que también se va viendo con más facilidad según se avanza hacia la resolución de la historia.

Samba se mueve entre el drama y la comedia simpática y realista, mezclando escenas espléndidas (espectacular su homenaje al mítico anuncio de Coca-Cola), casi auténticos caramelos para los actores, con alguna que otra escena que no encaja del todo en el filme, y un final más que debatible, producto de la trama más endeble de la película. Toledano y Nakache mantienen un espíritu vitalista, optimista, y su cine es obviamente una fuente de buenas vibraciones, incluso a pesar de las apreciables muestras de drama que hay en los escenarios que escogen para mover a sus personajes (y de la trampa emocional que lanzan para continuar la ambigua resolución de la película, a todas luces innecesaria y que, además, apenas pueden mantener viva unos segundos). Y aunque sobra alguna escena, Samba mantiene el interés durante sus dos horas. No es poca cosa, por mucho que en la comparación con Intocable salga perdiendo, y hace que se siga esperanza con interés la siguiente película de sus directores. Se lo han ganado.

'La mujer de negro. El ángel de la muerte', el peaje por el éxito

La mujer de negro fue un éxito sorpresa, una modesta película británica de terror que ganó diez veces más dinero del que costó. Muchos la vieron como uno de los primeros intentos de Daniel Radcliffe de quitarse de encima el estigma de Harry Potter, y puede que en realidad se sobreestimara el resultado final del filme, pero no se puede negar que gustó a mucha gente. Pues bien, con aquel éxito parecía evidente que la secuela sería un hecho en poco tiempo. Y, efectivamente, esta ha llegado menos de tres años después. Por desgracia, que se hagan continuaciones así es el peaje que hay que pagar por el éxito pretérito. La mujer de negro. El ángel de la muerte más que una secuela es una expansión, porque coloca a personajes diferentes en el mismo escenario y con el mismo monstruo, pudiéndose ver ambas películas por separado sin ningún tipo de atadura o complicación. Eso sí, independientemente de la valoración que cada cual haga de la cinta original, esta está muy por debajo de aquella.

¿Por qué? Porque en realidad lo único que se quería era explotar la marca de éxito. La idea de la Hammer, que es la productora que está detrás de ambas entregas, es acercarse a lo que ofrecía la primera pero sin necesidad de esforzarse demasiado. Y se nota. Así, el guión es flojo, la puesta en escena es muy evidente y el reparto no ofrece el carisma necesario como para conseguir la implicación del espectador. Phoebe Fox hace bastante desde su papel protagonista, pero tanto su personaje como el de Jeremy Irvine, el protagonista del Caballo de batalla de Steven Spielberg, sufren precisamente porque el guión les hace dar unas vueltas innecesarias e injustificadas. Y el director del filme, Tom Harper, a veces compone planos interesantes y hermosos, pero tampoco termina de sacarles partido. Pero el principal problema del reparto está en que el niño, Oakley Pendergast, no reúne los requisitos del cine de terror para generar la inquietud necesaria. No hay más que ver Babadook para ver el efecto que consigue fichar al niño adecuado.

La película es pobre en casi todo, pero sobre todo en que no produce terror. Luego ya se puede entrar en incoherencias, incongruencias, fallos, desperdicios y sinsabores, que de todo hay y en cantidades bastante importantes, pero si una película de terror no encuentra su camino a los rincones más escondidos del cerebro, entonces ya no hay nada que hacer. Y La mujer de negro. El ángel de la muerte no es que no encuentre esos caminos, es que en realidad no los busca porque se conforma con lo más evidente en todo momento. Algún que otro guiño a la primera película, planos calcados de incontables películas de terror anteriores y sustos soberanamente previsibles. Nada más. Nada que se salga de la norma, más allá de ese regusto gótico a lo Hammer que desprende el viejo caserón en el que se centra de la historia, y la sensación de que se podría haber hecho bastante más con el escenario que se añade en esta película y que tiene mucho que ver con el personaje de Irvine.

En realidad, la decepción no es grande porque poco se podía esperar de la película. Si se asume que no es más que intento de prolongar el éxito en taquilla de la primera entrega, con menor presupuesto, actores menos conocidos y menos ambiciones (que tampoco es que aquella fuera sobrada) que ayuden a exprimir algo más el invento, igual hasta se le encuentra una forma de disfrute. Pero parece difícil aceptarla incluso desde ese punto de vista, porque la película no es acertada. Su primer error está en un guión demasiado facilón, en el que todo es tan transparente que se sabe en qué momento va a suceder cada cosa, cuándo llega un susto y desde dónde viene, cuando una pista conduce a un escenario ya visto, cuando una historia contada con anterioridad va a ser fundamental en el siguiente movimiento. Pero nada convence como debiera, ni siquiera el inevitable final abierto que sirve como recordatorio final de que la película apuesta por un efectismo vacío antes que por el auténtico terror.

lunes, febrero 23, 2015

Oscars 2015: sólo faltó el graznido de Michael Keaton

La mejor forma de resumir los Oscar de 2015 es que todos tuvieron su momento de gloria. ¿Triunfadora de la noche? Birdman, sí, pero el equilibrismo de la Academia provocó que casi nadie pudiera salir triste de una de las ceremonias más aburridas que se han celebrado nunca. Richard Linklater puede salir cabreado, porque de gran favorita Boyhood se convirtió en la gran olvidada de la noche, sólo con el reconocimiento a Patricia Arquette como mejor actriz. Clint Eastwood, con el que nadie se atrevió a bromear en toda la noche por si acaso, vio cómo El francotirador fue la única que se subió al palmarés desde el escalón de las estatuillas menores, con la de edición de sonido. Pero todas las ocho nominadas a la mejor película se llevaron al menos un premio. En consecuencia, todas ganaron y estarán hoy de celebración. Si esto lo hubiera concedido un jurado y no las votaciones de los académicos olería a tongo compensatorio. En distinta medida, pero todos salieron contentos. Para cumplir con todas las expectativas sólo faltó el graznido de Michael Keaton, que se quedó con las ganas de llevarse el Oscar pero que sí subió al escenario y habló cuando Sean Penn coronó a Birdman como la verdadera vencedora de la noche.

Una noche, por cierto, que se acercó mucho más que nunca al suplicio. La gala superó las tres horas y media, fue muy musical, probablemente en exceso porque sólo funcionaron la locura de La Lego película y la emoción de Selma, que ganó el único Oscar al que aspiraba seriamente, el de la mejor canción. Asimilar a la muy publicitada Lady Gaga homenajeando a Sonrisas y lágrimas fue duro. Pero para emoción la de ver a Julie Andrews en el escenario como colofón a ese momento y para entregar el Oscar a la mejor banda sonora, uno de los pocos instantes verdaderamente sorprendentes y emocionantes. Neil Patrick Harris, en el que se habían puesto muchas esperanzas como conductor de la gala, apenas apareció. Durante demasiado tiempo cabía preguntarse dónde estaba Y eso que empezó con un buen número musical. Pero después hizo muy pocos chistes divertidos, se reía él mismo más de lo que nos reíamos los demás, y sólo dejó huella apareciendo en calzoncillos, imitando, oh, sorpresa, a Michael Keaton en Birdman. Si la gala la hubiera presentado una voz en off no habría supuesto mucha diferencia. La Academia sigue sin encontrar una fórmula que recupere el entretenimiento, pero es que cada vez parece que va a peor.

Pero volvamos a la ganadora, Birdman. A la Academia siempre le ha gustado Alejandro González Iñárritu y parece que estaba esperando la ocasión propicia para premiarle. Curioso que sea la Academia la que premie un filme que le da tantos palos a su forma de entender el espectáculo. Y curioso encima que premien por eso a un director mexicano, con los prejuicios que ha tenido siempre Hollywood y que, eso sí, parecen estar cayendo a una velocidad impresionante. Cuando Sean Penn le dio un misterio imposible de creer al último premio de la noche y se preguntó "quién le ha dado a este hijo el permiso de residencia" hizo la definición perfecta. Es lo que se esperaba, es lo que querían y es con lo que han disfrutado. Ellos, por lo menos, porque tengo la impresión de que sin ese falseado plano secuencia y sin el reparto que tiene, un grupo de actores en estado de gracia, Birdman perdería muchos enteros como película. Aún así, es valiente, es divertida, es cínica y está bien hecho. ¿Suficiente para un Oscar? Esa pregunta dejó de tener sentido hace años. Son premios, no ejercicios de justicia, aunque queda por ver si Birdman deja tanta huella en la historia como le quieren reconocer las cuatro estauillas que se llevó.

Como la propia gala es un espectáculo, tres de las películas que olían a fracaso antes de que el resultado de las votaciones deparara tanta satisfacción son las que dejaron sinceridad, emoción y, justo eso, espectáculo. Imposible no contagiarse de la honesta alegría con la que Eddie Redmayne recogió el Oscar al mejor actor por su excepcional recreación de Stephen Hawking en La teoría del todo. Fue tan bonito que hasta se le perdona el apoteósico y bastante incomprensible ridículo que hace en El destino de Júpiter. Emociones a flor de piel también hubo cuando Graham Moore se hizo con el premio al mejor guión adaptado por The Imitation Game, por desgracia el único galardón que se llevó el filme y uno de los momentos de mayor reivindicación, que bastante hubo en la gala, junto a la de Arquette por la igualdad de la mejor, jaleada con entusiasmo por Meryl Streep y Jennifer López. Y una enorme satisfacción dejó que Whiplash encontrara más reconocimiento del que se esperaba, tres premios encabezados por el de J. K. Simmons, injusto por la categoría, ya que es actor protagonista y no secundario, pero adecuado a su gran trabajo. Tanto es así que cuando se habían superado con creces las dos horas de ceremonia, este sensacional filme era el que más premios acumulaba, tres, empatando con el premiado aspecto de El gran hotel Budapest de Wes Anderson, otra que sale muy feliz de la gala con sus cuatro premios.

Una de las frases más repetidas a lo largo de la noche fue "estaba cantado". Y es que apenas hubo sorpresas, lo que destroza en buena medida el resultado de la gala. Desde luego no hubo sorpresas en las categorías principales. A Redmayne, Simmons y Arquette se unió en el grupo de actores el Oscar más anticipado de la noche, el de Julianne Moore por Siempre Alice. Si bien los actores protagonistas cumplieron a rajatabla el dicho de que una discapacidad es un impulso descomunal para ganar un Oscar, los secundarios abrieron la puerta a que la interpretación sea otra cosa. Por eso, gusten más o menos, casi hacen más ilusión los premios a Simmons y Arquette que los de Redmayne y Moore. Por ser previsibles, hasta se anticipó con facilidad el premio a la mejor película de habla no inglesa para Ida o las migajas que le dieron a Interstellar con el premio a los mejores efectos visuales. Sorpresa relativa fue que Disney reeditara su éxito en la categoría de animación con la demasiado criticada Big Hero 6. Y si hay que encontrar algo realmente discutible es que se hiciera justicia con el compositor Alexandre Desplat con El gran hotel Budapest y no con su memorable partitura para The Imitation Game, dejando también fuera a un Hans Zimmer cada día más brutal por su trabajo en la casi ninguneada Interstellar.

A mucha gente le gustó que el In memorian se plasmara en la pantalla del auditorio con imágenes dibujadas de los personajes a los que dijimos adiós, pero en realidad quedó un poco frío sin la presencia de imágenes en movimiento, porque son las películas lo que quedará en nuestros corazones y no hay mejor homenaje que ese. Tampoco fue acertado que se impidiera, con música por supuesto, que hubiera un aplauso final de homenaje, después de haber cercenado ya las ovaciones durante el vídeo para no hacer distinciones. Y puestos a encontrar dos perdedores más entre lo más oculto del palmarés, David Fincher acumula con Perdida un nuevo desprecio de la Academia, no por ya conocido menos destacable, y que casi merece una celebración que el cierre de la muy decepcionante trilogía de El hobbit se quedara sin premio. Claro que tres horas y cuarenta minutos de madrugada en España para ver lo que todos sabíamos y con tan pocos momentos para recordar... Por mucho que los Oscars de Lego y ese Batman con su logo en el pecho construido con las clásicas figuritas fuera tan simpático, hay que hacer más. Si estamos celebrando el cine, hay que hacerlo mucho mejor.

sábado, febrero 21, 2015

Oscars 2015: niños contra hombres (pájaro)

Vaya por delante que esta edición de los Oscar no me resulta terriblemente emocionante. Hay películas interesantes, alguna verdaderamente sobresaliente, pero en general no hay experiencias absolutamente inolvidables, y sobre todo no entre las que tienen más posibilidades de vencer. Sé que muchos no estarán de acuerdo con esa afirmación, sobre todo por lo que se refiere a las dos grandes favoritas, Boyhood y Birdman, pero la explicación al arranque de estas líneas hay que buscarla precisamente en que esas dos películas no las sitúo entre las mejores de 2014, ni siquiera entre las nominadas. El duelo, en todo caso, parece claro. Quizá La teoría del todo sea la única cualificada para dar la sorpresa, pero sería un desenlace curioso que la ganadora de la noche no estuviera entre las películas de Alejandro González Iñárritu y Richard Linklater. Eso sí, ya va siendo hora de que la Academia se deje de absurdeces y nomine tantos directores como películas, porque sigue siendo un absurdo incomprensible que haya riesgo de que la mejor cinta de un año no cuente con, al menos, uno de los mejores realizadores.

El viejo enfrentamiento entre originalidad y clasicismo, ese manido tira y afloja de Hollywood en sus reconocimientos, va a tener este año como ganador al primero. Boyhood es una película pionera. Nadie ha rodado un filme a lo largo de doce años hasta Linklater. Pero eso no quiere decir que sea un gran filme. Estas secuencias extraídas de momentos no necesariamente esenciales del paso de la niñez a la edad adulta del joven Ellar Coltrane tienen sus méritos, pero no me llena. Es más, me sorprende el fervor que ha levantado. Necesariamente faltan claves, algunos de sus larguísimos 165 minutos sobran, y tiene un enorme aura de pretenciosidad, precisamente por su carácter pionero. Birdman es otra apuesta bizarra, insensatamente divertida, eso no se puede negar, pero a la que le falta un propósito claro, una trascendencia mayor. Es un retrato cruel de la profesión que precisamente le ha situado al borde del éxito en forma de premios, pero a veces se asemeja más al divertimento que a la trascendencia. La nominación de la divertidísima El gran hotel Budapest, aunque sin opciones serias, entra también en este grupo.

La ganadora estará ahí, y la única película de corte más clásico que amenaza este más que posible reinado es La teoría del todo. Los premios interpretativos y técnicos, como siempre, son los que pueden aportar consuelo a otras de las nominadas y hacer que el triunfo de los dos contendientes más claros por el gran honor sea más o menos claro. Whiplash será seguramente el caso más evidente de lo primero. Lo más probable es que sea J. K. Simmons quien se lleve el Oscar al mejor secundario, y eso satisfará a una película que habría merecido mucho más reconocimiento. Es, con diferencia, mi favorita de las ocho grandes nominadas. Y eso que Simmons no es secundario, sino protagonista, aunque ha caído ahí precisamente porque tiene más opciones de ganar. The Imitation Game está en una posición parecida, aunque apunta a ser una de las grandes perdedoras de la noche porque las posibilidades de Benedict Cumberbatch de llevarse el premio están mucho más discutidas. Bradley Cooper y Steve Carrell (cuyo personaje en Foxcatcher tiene muchas dosis de maquillaje) están un peldaño por debajo de Michael Keaton y el gran favorito, Eddie Redmayne, un fascinante Stephen Hawking en La teoría del todo. Y eso que falta un memorable Jake Gyllenhaal por Nightcrawler.

Entre las actrices, da la impresión de que Julianne Moore se llevará el de mejor actriz, por mucho que su trabajo forme parte de un telefilme amplificado por su presencia, Siempre Alice, que Marion Cotillard se haya llevado los mayores elogios por Dos días, una noche o que Rosamund Pike sea la última esperanza de reconocimiento para Perdida, el último trabajo del siempre ignorado David Fincher. A la hora de valorar las candidaturas de las actrices secundarias, se agradecería una mayor valentía generalizada para asumir que la enésima nominación a Meryl Streep es profundamente injusta, porque su papel en Into the Woods no es más que un divertimento fácil que ni siquiera es el más destacado de la película. Si hubiera que nominar a alguien por ese filme, Emily Blunt podría sentirse bastante despreciada en ese sentido. Así que, en realidad, el enfrentamiento es entre experiencia, la de la propia Streep, Laura Dern y Patricia Arquette, y juventud, la de Emma Stone y Patricia Arquette. La presencia de esta última servirá para medir, ya desde el principio de la noche, el alcance de Boyhood en el resultado final.

Hay más detalles a los que prestar atención. Los premios a los mejores guiones marcarán triunfos o reconocimientos forzados. La injustamente olvidada Nightcrawler, de Dan Gilroy, y (luego se quejan de que haya piratería) la todavía por estrenar en España Puro vicio, de Paul Thomas Anderson, pueden romper muchas quinielas, aunque, en realidad, no parece probable. El Oscar a la mejor película animada determinará si Hollywood apuesta de nuevo por Disney, con Big Hero 6, o por Ghibli, con El cuento de la princesa Kaguya. También si Alexandre Desplat consigue la estatuilla a la mejor banda sonora estando doblemente nominado por El gran hotel Budapest y la extraordinaria partitura de The Imitation Game, si Hans Zimmer logra su primer premio sin Disney mediante o si Johann Johansson da la sorpresa en su primera nominación por su gran trabajo en La teoría del todo. El reconocimiento a los efectos especiales servirá para decidir a quién corona la Academia como blockbuster veraniego. Y, por supuesto, habrá que ver si Relatos salvajes se hace con el premio a la mejor película de habla no inglesa.

viernes, febrero 20, 2015

'El francotirador', el dolor de la guerra interminable

Después de dos obras infravaloradas (Más allá de la vida e Invictus) y dos claramente menores o incluso en algún momento desaprovechadas (J. Edgar y Jersey Boys), Clint Eastwood vuelve a ser grande con El francotirador. No llega a ser perfecto, aunque no se quede muy lejos con esta arriesgada historia, porque la película se le escapa al final, cuando no consigue redondear su brutal análisis sobre el dolor de una guerra interminable con cuerdas que aten con firmeza lo que se cuenta en los últimos minutos con lo que se ha visto durante casi dos horas. Pero es formidable. Su historia, la de un Navy Seal norteamericano en Irak que destaca por su enorme pericia tras su rifle, podría ser la de cualquier soldado y la guerra en la que participa podría ser cualquier otra. Eastwood consigue contraponer el prototipo de soldado norteamericano, un patriota de esos que tanto parecen molestar a algunos sectores cuando el cine les muestra, con un profundo análisis personal y psicológico de los efectos de la guerra. Y para ver los efectos, hay que ver la guerra.

No por previsible deja de ser curioso que El francotirador haya recibido críticas por la forma en la que muestra el conflicto en Irak. Pero hay un detalle que no terminan de tener en cuenta esas críticas, y es que Eastwood escoge un marco porque tiene a un personaje definido y, de hecho, real. A partir de ahí, su película no pretende sentar cátedra política, no quiere ser la radiografía de un conflicto, sino que lo que busca es un retrato personal. Al patrioterismo en el que pueda caer Chris Kyle (Bradley Cooper) en algunos momentos de su historia, o el propio Eastwood en la ración de homenaje al final, se contraponen docenas de elementos. El relato, el retrato en realidad, no es una glorificación, sino un conflicto continuo. Es la guerra que nunca acaba, ni siquiera cuando una de las partes da su brazo a torcer. Y eso, tan difícil en una película que se presta de una forma tan evidente al maniqueismo, al blanco y negro y a la citada glorificación, es un ejercicio de equilibrio brutal de Eastwood como cineasta, como cronista y como analista del alma humana.

Eso es lo que cuenta El francotirador. ¿Que lo hace en un escenario bélico? Por supuesto. Ya lo había hecho en Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima, hermana menor y obra maestra respectivamente de su díptico sobre la Segunda Guerra Mundial. Pero hay miles de detalles en la película para comprender los verdaderos objetivos de Eastwood sin necesidad de quedarse con el envoltorio. Y hay otro detalle maestro en la dirección de Eastwood. La guerra que retrata se ve desde el punto de vista de un francotirador. No se ve el movimiento nervioso que suele presidir el cine bélico desde que Steven Spielberg sentara cátedra con el prodigioso arranque de Salvar al soldado Ryan. La cámara escoge con mimo lo que hay que ver, hay pausa, hay concentración, y todo ello con un nivel de tensión impresionante que termina de romper en la gran escena bélica de la película, la que cierra la lucha en Irak, un pequeño prodigio cinematográfico, por debajo de lo que hizo Spielberg, sí, pero perfecto para esta película.

Como El francotirador es un drama personal mucho más que una película de guerra, por mucho que dos terceras partes del filme se desarrollen en un escenario bélico, era imprescindible acertar con el reparto. Y ahí el crecimiento de Bradley Cooper parece imparable, en su carrera y dentro de esta película, con tantos matices que no queda más remedio que aplaudir. Y ojo a Sienna Miller, una actriz que ha desperdiciado demasiados años y esfuerzos en una carrera en el papel cuché que minimiza su talento interpretativo. Sus trabajos sólo encuentran un obstáculo, los indecentes muñecos con los que se quiere hacer creer que tienen un bebé en las manos, asombrosamente falsos para una película de este nivel. Pero lo único que falla es la guinda del pastel. Quizá Eastwood tendría que haberse permitido el lujo de alargar algo más su filme para que el enorme poder que hay en tantas de las escenas que comparten fuera espléndido también al final, pero hay tanto que disfrutar en El francotirador que eso, aunque sea muy visible, queda como algo perdonable.

'El libro de la vida', surrealismo folclórico mexicano

La primera sensación que deja El libro de la vida, de la que lo más publicitado en la producción de Guillermo del Toro como guiño a sus seguidores, es que no es una película de público fácil. A ratos es demasiado sofisticada para niños y a ratos es demasiado simple para adultos, y entre medias encuentra algunas momentos perfectos para los más pequeños y para los que no lo son, dentro de su repaso al folclore mexicano sobre la muerte con un puntito de surrealismo con el que no es del todo fácil conectar pero que al final deja en la película chistes divertidos y una imaginería visual bastante lograda. A nivel general es fácil dejarse llevar por la locura que plantea, por el cuadro general de la apuesta que hacen los dominadores de los dos reinos tras la muerte y por el escenario particular de dos amigos que pugnan por el corazón de su amada. Pero que su mezcla es extraña, usado ese término sin pretensión de juzgar su calidad a primera vista, se puede ver prácticamente desde su comienzo.

Esa rareza es, probablemente, la mejor baza que tiene la película. No es fácil encontrar hoy en día en una película de corte infantil una mezcla tan arriesgada. No por los temas macabros, porque eso hace años que lo convirtieron Tim Burton y Henry Selick en algo muy asequible para los niños con Pesadilla antes de Navidad y todo el cine que generó a sus espaldas, y que incluso aquí tienen versiones menos crudas y más adorables de la muerte y sus derivados, sino porque el surrelismo es lo que preside la función. Hay cerdos que balan, toreros que no matan, muertos que cantan ópera (Placido Domingo en la versión original, lástima de doblaje) y monjas que actúan como un coro dentro de una historia de cuatreros que aterrorizan un pueblo, un amor a tres bandas, una saga familiar y propuestas enfrentadas de matrimonios de conveniencia y por amor. Es, dicho en el mejor de los sentidos, un batiburrillo en el que, incluso sin conectar demasiado con la historia, es imposible no sentirse involucrado en algún momento precisamente por su naturaleza cambiante.

Y en ese cajón desastre encaja una música que tiene una capacidad inmensa de asombro por lo inesperada que resulta. O una animación que juega con personajes de un diseño singular, como si fueran marionetas pero simulando ser personas de carne y hueso y seres sobrenaturales más o menos realistas. Quizá lo más llamativo entre sus defectos está la consciente inclinación de la película hacia uno de los tres personajes principales, Manolo el torero, por encima de Joaquín el héroe y María, algo más que el objeto del amor de ambos (su director, Jorge R. Gutiérrez, debutante en el mundo del largometraje, ya ha dicho que su pretensión es la de hacer una trilogía para dedicar una película a cada uno de los protagonistas). Esa desigualdad se nota especialmente en el tercio final del filme, cuando la locura termina de poseer por completo la película y, en realidad, después de su mejor acto, el más divertido, el que tiene los mejores diálogos y el que potencia lo menos extravagante de la película, los intentos de Manolo y Joaquín por conquistar a María.

Entre tanto chiste, visual y narrativo, se nota también un resultado muy desigual. Incluso alguno parece repetirse (la oveja enjabonada aparece más de una vez en planos prácticamente idénticos). Pero eso mismo es lo que hace que la película encuentre momentos divertidos con bastante frecuencia. E imaginativos, porque al fin y al cabo lo que prima en esta arriesgada apuesta es un deslumbrante aspecto visual, es lo que se ha potenciado y es lo que quiere marcar una diferencia con respecto a otros filmes. Eso mismo, que sea un folclore tan mexicano (y, por tanto, tan distinto a lo que están acostumbrados a ver los chavales en esta globalización tan americana en lo audiovisual), es lo que puede hacer que no tenga una recepción sencilla. De ahí que la forma de entrar en la película sea a través de una encantadora guía de un museo y con unos chavales como ansiosos espectadores de la historia que les cuenta. Curiosa, desde luego, sí que es El libro de a vida, incluso a pesar de sus altibajos.

viernes, febrero 13, 2015

'La señal', querer no es poder

William Eubank tiene buenas ideas y quiere hacer una buena película con ellas, pero La señal no llega tan lejos como pretendía. Es un perfecto ejemplo de que querer no es poder. Eubank quiere pero al final da la sensación de que no puede. No por falta de medios, el hecho de que sea un filme modesto e independiente no afecta en absoluto al resultado final, porque la técnica es precisamente lo que hace que La señal se sostenga con bastante dignidad durante buena parte del metraje. Pero siendo una película tan supeditada a la sorpresa final, tiene un referente demasiado evidente como para que sorprenda tanto como debería. El referente, por supuesto, no se mencionará aquí para no arruinar la experiencia del visionado, pero sí se puede decir que este filme se queda muy por debajo de aquel en todo. Y además hay un cierto descuido en los detalles, que se supeditan tanto al funcionamiento de las ideas que da la sensación de que hay algunas incoherencias, por no hablar de lo discutible que son incluso algunos de los temas y situaciones de base.

La señal, no obstante, no es en general una película mal llevada. La tensión, el misterio y los giros son lo que mantiene el interés, incluso aunque las respuestas no acaben siendo todo lo satisfactorias que podrían haber sido. Es verdad que hay algunos detalles que, madurándolos tras ver la película, encuentran explicación en las imágenes de Eubank y en el guión que coescribe, pero otros muchos no, y es ahí donde se le escapa la cinta. Lógicamente, entrar en detalle en estos aspectos exige haber visto la película o asumir spoilers de forma innecesaria (¿existe realmente una situación en la que eso sea necesario?), así que lo mejor es dejarlo ahí y que cada espectador decida, pero sí se puede decir que queda una leve sensación de decepción por ver que la película no explota todas sus posibilidades, no sólo por su final, que de alguna manera era la única opción lógica que le quedaba a la historia desde muchos minutos antes, sino porque en realidad hay demasiadas cosas que parecen aleatorias.

Lo que sí se puede contar es que la película arranca con tres estudiantes de informática que están en un viaje, Nic (Vrento Thwaites) y Haley (Olivia Cooke) son pareja, y Jonah (Beau Knapp) es el mejor amigo de ambos. Además de los problemas emocionales que surgen y que motivan ese viaje, por el camino se van enfrentando a un hacker que les reta continuamente. Y ese es el punto de partida de un problema todavía mayor al que tendrán que hacer frente, y en el que juega un papel fundamental el personaje interpretado con un curioso sosiego por Laurence Fishburne. Aunque por momentos parece que la película quiere explorar la diferente forma en que responden según su personalidad y circunstancias, lo cierto es que esa idea tampoco es consistente. Lo que queda es el misterio, la tensión de no saber lo que está sucediendo y la diversión de ir enlazando pistas. ¿Pero y si no hay misterio? ¿Y si se resuelve la gran pregunta antes de que la película ofrezca la respuesta? Entonces queda claro que el andamiaje no es tan sólido como debiera.

En realidad lo que hace que La señal se mueva a uno y otro lado de la línea de la satisfacción está en los detalles. Estos dejan algunas dudas, demasiadas lagunas, incluso más de una incoherencia, y por eso no es fácil dar el aplauso a Eubank, incluso reconociendo los méritos que tiene su modesta película. Entre estos no está el salto estilístico que da en cierto momento de la película para abrazar de forma innecesaria el found footage al estilo de El misterio de la Bruja de Blair, en una escena que aporta más bien poco a la película. Sí destaca el buen uso de los escasos medios para crear una buena atmósfera de género, un reparto adecuado y un interesante uso de los efectos visuales, que incluso abren más posibilidades no utilizadas dentro de una historia que gusta, intriga, pero no termina de dar el paso que podría haber dado para completar sus elevadas y no demasiado bien asentadas aspiraciones intelectuales.

'No confíes en nadie', bien interpretado thriller de sobremesa

Es difícil evitar la sensación de que No confíes en nadie no deja de ser un thriller de sobremesa con tres espléndidos actores encabezando el cartel. Su título en español, de hecho, alejadísimo en todo del original Before I Go to Sleep, lleva a ese referente. Y el caso es que hay buenas ideas en la película de de Rowan Joffe, sobre todo las que le sirven para exponer la trama de esta mujer que se despierta cada día sin recordar absolutamente nada de su vida presente como consecuencia de las lesiones sufridas en un accidente, pero la segunda mitad del filme va confirmando los agujeros en la trama (en realidad, la misma película parte de un escenario enormemente innecesario) y que no esconde demasiados elementos sorprendentes e innovadores. Funciona bien gracias a su lograda atmósfera de thriller psicológico, no aburre en ningún momento e incluso captura con acierto al espectador durante buena parte del metraje, pero sin su reparto probablemente sería una película mucho menos apreciable.

Los terrenos de la mente siempre son sugerentes para el cine. No confíes en nadie sabe interpretar las ventajas que le da ese escenario y aprovecha a sus actores para sacar partido de la trama. Nicole Kidman convence como la mujer amnésica que cada día tiene que enfrentarse a una vida que no reconoce, Colin Firth aporta matices interesantes a ese marido que día tras día tiene que explicarle a la mujer que duerme a su lado que es su esposa aunque no lo recuerde y Mark Strong aporta una muy agradecida calma en su papel de médico dispuesto a llegar al final para encontrar una cura al problema de su paciente. Cuando juega por ahí, No confíes en nadie es una película atractiva, bien rodada y montada, que genera la tensión necesaria para que ningún espectador se despegue de la historia. Pero si bien en este terreno la película funciona, no lo hace en cuanto se rinde a lo mundano, a lo cotidiano, a lo usual, porque eso es lo que desvela las trampas y los agujeros de la película.

Por supuesto, nada de eso se puede discutir en una crítica que no quiera hacer spoilers, pero sí se puede decir que hay demasiados elementos difíciles de creer que conforman un castillo de naipes que sólo se puede creer si no se sopla para derribarlo. Es decir, la película exige una credulidad excesiva por parte del espectador, desde la misma premisa hasta muchos de los detalles sobre las que Joffe construye el filme, del que también es guionista, hasta los detalles más pequeños, como la estratégica colocación física de los elementos que le van a ser útiles en algunas escenas. Si no se hunde, además de por la habilidad atmosférica de Joffe, es precisamente por la categoría del reparto. Ellos rellenan en muchas ocasiones los agujeros del guión para que el interés siga ahí, en realidad, hasta el largo epílogo de la película, quizás algo innecesario y todo un golpe al tono que iba llevando la cinta hasta ese momento.

De esta manera, No confíes en nadie es un thriller psicológico correcto, que no aprovecha del todo las numerosas e interesantes ramificaciones que plantea al problema de memoria que sufre la protagonista, pero es lo suficientemente satisfactorio por ese lado como para aunar una cierta originalidad (aunque los referentes de Joffe son inagotables) y una suficiente solvencia para que no se haga demasiado largo. Sin pensar demasiado en el detalle, incluso puede pasar por una película algo mejor de lo que es, sus trampas se pueden esquivar con más facilidad y las concesiones a lo convencional resultar algo menos molestas. Pero siempre y cuando quede claro que son los actores, Kidman, Firth (que, por cierto, coinciden de nuevo muy poco después de haber estrenado Un largo viaje) y Strong los que sostienen buena parte de lo que se nos cuenta. Ellos convencen mucho más que el conjunto de la película.

viernes, febrero 06, 2015

'Foxcatcher', una película que no termina de romper

Bennett Miller regresa con Foxcatcher al drama deportivo después de la excepcional y probablemente infravalorada Moneyball, pero las sensaciones son aquí mucho menos positivas que entonces. No es que Miller no consiga capturar al espectador con la historia real de un medallista olímpico norteamericano de lucha libre que encuentra un extravagante mecenas que quiere patrocinar su nuevo asalto a la medalla de oro, que sí lo hace aunque sea por simple inercia, pero es una historia que nunca termina de romper, al menos hasta el sorprendente final, que tiene muchos agujeros y que no termina de provocar emociones, ni siquiera en los momentos deportivos de los que tan buen resultado suele sacar el cine de Hollywood. El ritmo lento y pausado no contribuye a paliar esa sensación de que a la película le falta arrancar, ni siquiera admitiendo el gran trabajo que hace el reparto (y aunque lo fácil sea alabar a Steve Carell, lo más sorprendente es Chaning Tatum y lo más brillante es Mark Ruffalo), y son demasiados los elementos que faltan o que no se explican bien como para enamorarse de la película.

Está ya fuera de toda duda que Miller tiene la capacidad de sacar lo mejor de sus actores. Si Moneyball dejó el deslumbrante descubrimiento de Jonah Hill y una de las mejores interpretaciones de la carrera de Brad Pitt, Foxcatcher muestra a un Steve Carrell muy diferente, aunque excesivamente ayudado por el maquillaje y algo artificial por ese mismo motivo aunque impacte y mucho, a un Chaning Tatum sencillamente espectacular, valiente en todo momento y muy alejado del insulso héroe de acción que tan a menudo ha sido, y a un Mark Ruffalo que, una vez más, impresiona a todos los niveles, dándole igual el papel que le toque para seguir demostrando que es uno de los grandes de la actualidad aunque tenga menos cartel que otros. El reparto es, indiscutiblemente el punto fuerte de la película y ellos tres son los responsables de que la película no pierda a ningún espectador, independientemente del grado de pasión que despierte el filme en él.

Porque esa esa la clave, la pasión. Y Foxcatcher no termina de producirla. Es verdad que la lucha libre no es precisamente un deporte que enganche con facilidad a una masa amplia de espectadores, pero eso nunca ha sido problema para el cine. Miller, en realidad, no hace una película deportiva e incluso deja pasar las oportunidades de que los combates refuercen las tramas, actuando únicamente como previsible catalizador de lo que sí parece interesarle al director, las relaciones cruzadas entre el luchador, su hermano y su mecenas. Todo lo que hay alrededor de ellos tres está difuminadísimo (hasta cuesta reconocer a Sienna Miller) y puesto al servicio casi siempre del retrato psicológico del personaje de Carrell, aunque ni siquiera así se consigue construir una historia sólida que justifique todo lo que sucede en la película. Hay muchos agujeros en el andamiaje que se construye en torno a estos hechos reales, e incluso hay abiertas contradicciones que el filme no se digna ni a explicar (la decisión del personaje de Ruffalo sobre el trabajo en Foxcatcher).

Quizá el gran problema es que Miller ha tenido más ganas de hacer una gran película que de hacer simplemente una película que acabar siendo grande. Se nota que es ambiciosa e incluso pretenciosa, con un ritmo lento y escenas pausadas hasta el límite de lo verosímil, buscando una elevación artística que sólo consigue de forma puntual. Y es justo lo contrario lo que acerca Foxcatcher a puntos más elevados, cuando coge ritmo y velocidad (la escena de Tatum en el hotel, todo lo que sucede en su, eso sí, extraordinario final) es cuando se aprecia mucho más el resultado. Pero todo parece llegar algo tarde y deja la película en un quizá algo elitista quiero y no puedo al que le falta emoción y sobre todo mucho texto que explique las razones de lo que sucede, no porque lo deje en manos del espectador sino porque no parece saber cómo incluirlas. Lo intenta, se atisban muchas cosas, pero una vez llegado el final es difícil formar un puzle razonable. Distrae pero no llena.

'The Interview', márketing gamberro

En The Interview se habla de la manipulación mediática. De pasada, no es ni mucho menos un tema trascendental en esta comedia de Seth Rogen y Evan Goldberg, pero se habla. Y cuando se escucha ese diálogo y se recuerdan los ríos de tinta (y bits informáticos) que han corrido en torno a esta película, es hasta lícito preguntarse si no estamos ante una estudiada campaña de marketing. No por el ataque informático que sufrió Sony, por supuesto, sino por el propio concepto de la película. ¿Utilizan Goldberg y Rogen a Corea del Norte en su historia para generar un movimiento cuyas consecuencias se han escapado de las manos de cualquier de sus responsables? Quién sabe. Lo que sí está claro es que sin semejante maquinaria de márketing, voluntaria o involuntaria, The Interview habría sido una película más, una gamberrada que habría llamado la atención de los aficionados de sus responsables pero poco más. Ahora, lanzar un ataque informático por esta película equivaldría a que Lepe tratara de invadir España por los chistes.

Ridículo, sí, pero es lo que ha dado fama a una película que no pasa de ser lo que es, un divertimento gamberro, escatológico y desenfrenado que encaje perfectamente en las filmografías de sus autores y que tiene un público muy preciso. Con un desatado, histriónico y sobreactuado hasta el aburrimiento James Franco y un Seth Rogen que multiplica su responsabilidad en la película como director, guionista, productor y protagonista, lo que cuenta The Interview es la historia de un showman televisivo y su productor que consiguen cerrar una entrevista con el dictador de Corea del Norte, Kim Jong-Un. La cinta se convierte así en una especie de sátira sobre los medios de comunicación, sobre la política, sobre el mundo de los espías y sobre lo que quieran Rogen y Franco, porque en realidad esto no es más que un show privado de dos personas (de alguna más, eso puede admitirse, pero los focos son para ellos) que hará gracia a quienes conecten con su humor y probablemente llegará a desesperar a quienes no.

Rogen, Goldberg y Franco no apuestan por el humor inteligente, sino por algo mucho más bruto, menos pulido. Ninguna sorpresa por ahí, claro, aunque eso no quiere decir que no haya grandes momentos. Lo cierto es que resulta difícil que en unos largos 112 minutos de película no haya chistes muy acertados. Lo malo es que casi todos se condensan en el primer cuarto de hora de la película (de largo lo mejor... cuando ni siquiera se ha planteado el tema central del filme y el que tanta polémica generó) y en el desatado tramo final. Y lo curioso es que lo que mejor funciona es el humor referencial, los cameos, las alusiones a personajes conocidos. El mejor ejemplo está en esa primera entrevista que aparece en el filme a un músico sobradamente conocido (nada de spoilers, mejor verlo en la película), con diferencia lo más hilarante y donde la exageración de Franco sí encaja con más acierto. ¿Suficiente? Probablemente no, porque todo eso se puede disfrutar en pequeñas dosis, como sketches, y no como parte de una película.

Pero el caso es que The Interview ha encontrado, por azar o por buscada polémica, una repercusión que no se corresponde con lo que ofrece. La gamberrada es obvia, plana y sincera, porque hoy en día son muchas las comedias que parecen más pensadas para divertir a sus artífices que a sus espectadores. Eso, desde luego, genera cierto efecto contagio en el espectador, no estamos hablando de una comedia sin gracia, pero sí una con un humor muy evidente. No hay más que repasar las filmografías de Rogen, Franco o Goldberg para saber si The Interview es una película que pueda gustar a cada espectador. No es ninguna sorpresa ni tampoco esconde nada revolucionario. Eso, que era evidente, queda enmascarado por la polémica internacional en la que se ha visto envuelto el filme, dejando una lección preocupante: incluso si no hay talento, molesta a alguien con poder y se hablará de tu película. Con lo fácil que era preparar una película que gustara a su grupo de fans más previsible.

'El destino de Júpiter', el galimatías definitivo de los Wachowski

Con El destino de Júpiter tendría que apagarse definitivamente la estrella de los hermanos Wachowski. Esos que ahora ya firman simplemente como "Los Wachowski", los que llevan viviendo de las rentas de Matrix desde hace nada menos que quince años, los que han ido estrellándose una y otra vez, salvados por los pelos por ciertos sectores de la crítica y del público que creían reconocer algo de esa revolución (que en realidad puede que no fuera tan profunda) de la película que les dio a conocer, por mucho que antes hubieran rodado ya Lazos ardientes. Sin el colchón de rodar un filme de tres horas, como sí se les permitió sorprendentemente con El atlas de las nubes, los Wachowski firman su galimatías definitivo, un festival de efectos visuales sin contención alguna que se desarrolla en el marco de una historia estúpida, tan mal llevada durante la película que cabe preguntarse si se leyeron su propio guión antes de rodarlo, con personajes inútiles y mal construidos, con escenas imposibles de creer, con mil tópicos y unos actores aburridos.

El desastre es absoluto, y lo más probable es que sólo llegue a satisfacer a quien tenga sus estándares de calidad por los suelos o algún que otro grupo de adolescentes. Éxito en otro tipo de públicos sería una sorpresa bestial, porque no hay absolutamente nada que se pueda salvar. La idea, se supone, era contar una epopeya de ciencia ficción deslumbrante en lo visual y lo suficientemente atractiva en lo argumental. Pero lo primero es repetitivo y confuso (¿de qué sirve tener una nave cool en pantalla si es imposible saber cómo funciona y qué es capaz de hacer?) y lo segundo es casi sonrojante. Hay que verlo para creerlo, pero es que incluso la misma idea de base es estúpida y no se corresponde a lo que cuenta la película. Casi da la impresión de que la película quiere esconder cierto mensaje ecológico y anticapitalista, pero tomar eso en serio haría que la película mereciera una crítica incluso más severa, con lo cual es mejor dejarlo correr y centrarse en los objetivos más superficiales de los Wachowski.

Y ahí sí hay tema. Después de que Matrix se opusiera frontalmente en su concepción de la ciencia ficción al Episodio I de Star Wars, estrenado el mismo año, resulta que los Wachowski han decidido demostrar que todo lo que George Lucas pudiera haber hecho mal, que en realidad no es tanto como le gustaría a mucha gente, ellos lo pueden hacer muchísimo peor. ¿La desidia de Natalie Portman ante la pantalla verde? Una actuación de Oscar comparada con la de Mila Kunis aquí. ¿Lucas hacía malos diálogos? Ojo a la mediocridad de los Wachowski tratando desesperadamente de que algo de su universo tenga sentido. ¿Que las escenas de acción de La amenaza fantasma podían ser superfluas? Las que hay aquí se caen con una facilidad terrible, por mucho que algún instante pueda parecer espectacular. ¿La historia de amor de Anakin y Padme parece imposible? Ojo a la de Júpiter (Kunis) y Caine (Channing Tatum). No hay comparación posible. La ascensión de Júpiter es insalvable porque absolutamente nada tiene sentido.

Entran sudores sólo de pensar que pueda haber una edición extendida que quiera explicar todo lo que no se entiende. O en la que Eddie Redmayne, un actor que está nominado al Oscar este mismo año, pueda hacer todavía más el ridículo como villano de este inexplicable relato, aburrido, con guiños tontos (el de las marcas en los campos de maíz) o sencillamente absurdos (la presencia de Terry Gilliam en un supuesto homenaje a Brazil pero que en realidad remite mucho más a Las doce pruebas de Astérix... y con mucho más acierto con la creación de Goscinny y Uderzo). Pero sobre todo sorprende que en su progresiva e imparable decadencia los Wachowski sigan consiguiendo tanto dinero para sus juguetes cuando ya parece más que evidente que Matrix fue una casualidad. La ascensión de Júpiter no se puede tomar en serio ni como entretenimiento light, porque los Wachowski desprecian a sus propios personajes y dejan tramas colgadas sin que les importe lo más mínimo. Tiene tantos errores y problemas que es imposible catalogarlos todos.

viernes, enero 30, 2015

'Nightcrawler', un sociópata memorable

La contundencia de Nightcrawler obliga a pensar en dos genialidades absolutas que se mezclan en una sinergia formidable, Por un lado está el guión de Dan Gilroy, espléndido, con ritmo, tocando temas vitales, brutales y cargados de elementos para el debate, con unos diálogos rápidos e intensos, sobre todo inteligentes. Y por otro está la interpretación de Jake Gyllenhaal, que asume todo lo que escribe Gilroy en su guión y le da una fuerza a veces casi imposible de creer para crear un sociópata memorable. Porque Nightcrawler no es una película sobre los límites éticos de los medios, aunque ese tema esté ahí, sino que es un descarnado retrato de un tipo sin escrúpulos. Y como el filme trata del personaje por encima de lo que le rodea, sin Gyllenhaal esta habría sido una película completamente diferente. Probablemente se habría mantenido el fascinante ejercicio de estilo visual y sonoro por el que apuesta Gilroy, pero no habría sido tan profundo y fascinante. Y viendo el montaje final, Gilroy lo sabe sin ninguna duda.

Como a quienes hablamos de cine, y no digamos ya a quienes lo publicitan, nos encantan los referentes, saltan rápidamente a la cabeza dos títulos: Drive y Taxi Driver. Pero a pesar de que efectivamente hay algunos elementos en común con las películas de Nicolas Winding Refn y Martin Scorsese, sobre todo por su imprescindible componente urbano y por su considerable violencia, en realidad Nightcrawler marca distancias con respecto a ambos. Lo hace porque su protagonista no tiene nada que ver con los de aquellas en los aspectos más personales. Louis Bloom es, desde ya, un personaje clásico del cine contemporáneo, uno sin escrúpulos, ambicioso, asocial pero terriblemente inteligente, de reacciones rápidas y de un oportunismo extraordinario. Un sociópata, sí, precsiamente porque no encuentra encaje entre sus semejantes y sí se siente por encima de ellos, pero fascinante de principio a fin, en el fondo y en los pequeños detalles (como se ve en su frustración ante el espejo o su carcajada ante la televisión).

Gylleenhaal es, casi sin ninguna duda, el olvido más imperdonable de los Oscar de interpretación de este año. Lleva años creando personajes fuera de lo común y mostrando unas virtudes camaleónicas que ayudan a compararle con el Robert De Niro de Taxi Driver. Empieza a ser asombroso que la Academia no se acuerde de él desde su primera y única nominación en 2006 por Brokeback Mountain, sobre todo viéndole en sus trabajos más recientes, Enemy, Prisioneros o esta Nighcrawler. Gilroy saca todo el partido posible de la interpretación de Gyleenhaal haciendo que luzca, que brille, que sea el faro de su película, supeditando el desarrollo de todos los temas al retrato de su personaje. Casi parece, y eso es un halago, que Gilroy se comporta como el propio protagonista, colocando una cámara frente a la acción para conseguir un material de primera. Pero Gilroy ya se ha asegurado antes de darle un material de primera, con un guión sobresaliente y complejo, cargado de cinismo, de humor negro, de realismo y de crudeza.

Nightcrawler es, en ese sentido, una película mucho más profunda de lo que puede parecer en un vistazo. No es Drive, no quiere ser un western exageradamente violento, y no se queda en el derroche de estilo visual que, como en aquella, encuentra su mayor exponente en una brutal persecución automovilísitca en el tramo final del filme. Ni tampoco quiere ser Taxi Driver, porque no buscar ser una radiografía social de lo más degradante del paisaje urbano. Nightcrawler es una fotografía de un tipo psicológicamente apasionante por lo diferente, un tipo que encuentra en la ausencia de límites del periodismo más sensacionalista el campo perfecto al que dedicar sus numerosas habilidades. Y no se equivoca, lo que hace dota al filme de un debate ideológico, social y mediático absolutamente fascinante y que se convierte así en un retrato de enorme valor, construido con genialidad y que, una vez atrapa al espectador, no lo suelta ya hasta mucho tiempo después de que empiecen a pasar los títulos de crédito. Enorme e imprescindible.

'Alma salvaje', una redención atractiva pero muy larga

A estas alturas de la película, valga la expresión aquí más que en ningún otro sitio por la temática de este rincón, queda bastante claro que Jean-Marc Vallée es un espléndido director de actores, puesto que hace de ellos el centro emocional de sus películas. Lo demostró con Dallas Buyers Club con un inmenso Matthew McConaughey y lo vuelve a hacer en Alma salvaje con Reese Whiterspoon. Pero su nuevo filme también comparte otros elementos con su obra anterior, aciertos y errores. Aciertos porque se mueve muy bien a través de las elipsis y de los flashbacks, a pesar de algún que otro arranque autoral que no encaja con la misma facilidad, pero también lleva la película a un metraje excesivo que ronda las dos horas y que llega a rozar la repetición en más de un momento. Es lícito pensar que es lo mínimo que le puede pasar a un director cuando lleva a la pantalla la historia de una mujer que hace una senda a pie durante tres meses para olvidar los errores y problemas de su vida, y es obvio que muchas cosas se han quedado fuera, pero aún así pesa.

Lo hace a pesar de esos dos puntos fuertes que destacan con mucha facilidad. El primero, el esencial, es Reese Whiterspoon. Ella es la película, aparece en el 90 por ciento de los planos y recibe el peso de la trama con una fantástica naturalidad, su auténtica marca como intérprete, la que suele imprimir a sus personajes para mostrar una complejidad psicológica mucho mayor. Como el segundo punto fuerte de la película es su montaje y el gran uso narrativo del tiempo, el puzle interpretativo resulta aún más fascinante, porque Whiterspoon compone un personaje complejo a lo largo de un periodo de vida amplio y en el que se producen muchos acontecimientos. Unir la línea de puntos entre una escena y otra hace aún más brutal el trabajo de la actriz, pero también hace brillar el montaje de la película y el guión de Nick Hornby, porque no son flashbacks aleatorios o por cubrir el expediente, sino que tienen vínculos emocionales y argumentales evidentes con el presente que está en pantalla antes y después.

Los caminos más peligrosos que transita Alma salvaje están en la exagerada asociación de ideas que plantea Vallée, que no será seguramente del gusto de todos los espectadores. En ocasiones funciona francamente bien, pero como es prácticamente lo primero que propone (con una sucesión de imágenes casi subliminales que quieren repasar todo el contenido emocional de la película sin haber pasado antes por su narrativa) acaba poniendo en alerta antes de saber si la película esconde un disfrute mayor. Lo tiene a ratos, casi siempre en realidad, pero quizá el gran problema es que durante muchos momentos, casi todo de hecho, fascina mucho más la historia previa, el progresivo descenso a los infiernos de la protagonista, que la excusa real de la película, esa marcha a través del Pacific Crest Trail que emprenda esta mujer emocionalmente destruida por esas elecciones que había adoptado previamente en su vida y por los golpes que había recibido. Poco importa una mochila o una serpiente ante la profundidad que tiene la otra parte.

Y no es que montar Alma salvaje fuera una tarea fácil, tampoco se puede decir que Vallée falle estrepitosamente en algo. De hecho, es complicado seleccionar tantos momentos de esa marcha (y de esa vida) y dejar fuera otros. La película es mucho más compleja de lo que parece a simple vista, y la evidencia más palpable está en la voz en off que a veces acompaña a la protagonista: parece una herramienta tramposa, incluso lo es en algún momento, pero tiene una razón de ser. En todo caso, sí da la sensación de que se le va la duración, sobre todo porque ahí momentos en los que da la impresión de que no hay avance, ni físico para la protagonista ni emocional para su historia. Son momentos puntuales, no sensaciones continuas, por lo que el lastre a la película no es muy grande, pero están ahí. Alma salvaje es así una buena historia de redención humana y espiritual, un pelín pretenciosa en sus peores escenas y muy atractiva en gran parte.

'Annie', si existieran las películas innecesarias...

Hay un adjetivo bastante inaplicable a las películas pero que se utiliza mucho, que es el de "innecesaria", sobre todo cuando sirve para calificar remakes y nuevas versiones. Las películas pueden ser necesarias por su audacia, por su temática, por sus reivindicaciones. ¿Pero innecesarias? Difícil de ver. En todo caso, si se pudiera aplicar ese adjetivo de verdad, esta nueva versión de Annie lo merecería. No es que sea una mala película, es difícil pensar que se ha pasado un mal rato si se acepta su tono sobradamente conocido de musical y si se aborda con un espíritu libre y nada decidido a despedazar la película, pero es un filme que obliga necesariamente al espectador a pensar en versiones anteriores, teatrales si las ha visto y cinematográficas, las de John Huston de 1982 y la de Rob Marshall de 1999. Y es que al final queda la sensación de que la única razón para hacer esta película ha sido la de esa corrección política tan extendida en Hollywood de dar el protagonismo a actores de raza negra en historias que siempre han protagonizado actores blancos. ¿Eso es necesario? No, probablemente no.

En realidad, no hay mucho que reprocharle a Annie porque para bien o para mal es exactamente lo que quiere ser, una actualización de un musical que originalmente acontecía en los años 30 del siglo XX, con un cambio de raza de los protagonistas, buen rollo reinante a lo largo de todo el metraje y el final fácil y feliz que todo el mundo espera, con mínimo riesgo y probablemente con mucha más diversión en el plató que en el patio de butacas. Con todo, y a pesar de las ganas de crear un Annie en un mundo lleno de tecnología, la actualización que más chirría es la musical, con unas versiones de las populares canciones de la obra de Broadway que no terminan de encandilar como debieran y que encuentran escenarios un tanto restringidos (hasta el interior de un helicóptero) como para que brillen por sí solos. Y eso que la película arranca con la simpatía de convertir su entorno urbano neoyorquino en parte integral de la música, pero poco a poco va adoptando un tono no demasiado acertado.

Tampoco ayuda demasiado el reparto. Efectivamente, los actores se lo han debido de pasar genial durante el rodaje. Annie es una de esas películas light en todo y bonitas en su corazón que, con el añadido del musical, se llevan francamente bien desde el set de rodaje, o al menos así lo parece. Pero a este lado de la pantalla todo es menos bonito. Quizá el gran problema es que Quvenzhané Wallis, la alabadísima (quizá en exceso) actriz juvenil de Bestias del sur salvaje, no parece la adecuada para llevar adelante la película. Sí, es una niña adorable, pero no termina de hacer suyo el personaje de Annie. Jamie Foxx tampoco termina de contribuir demasiado, y Cameron Díaz lleva demasiado tiempo en una fase histriónica, exagerada y a ratos insoportable que hace de ella, literalmente, lo peor de Annie. Eso deja todo lo bueno del reparto en manos de Rose Byrne, una actriz que por desgracia pasa demasiado desapercibida para lo elegante, divertida y eficaz que suele ser siempre. Su personaje es, de largo, el más auténtico de toda la película.

Annie probablemente no defraudará a quienes busquen un musical con el que, simplemente, puedan pasar un rato agradable, pero hasta ahí llega el alcance de la película. No es la mejor versión posible, no acierta con las modificaciones que introduce (y no necesariamente por trasladar la acción hasta nuestros días), no resulta creíble prácticamente en ningún momento y lo mejor, de largo, son las bromas internas que disemina por la película, pasando por un par de cameos apreciables (uno de ellos se prolonga hasta un chiste al final de los títulos de crédito que tampoco va a cambiar la vida de nadie) y unos cuantos chistes en los que Hollywood es protagonista (y sí, George Clooney es mencionado en uno). Cine familiar sin demasiadas pretensiones, con pocos aciertos y una duración excesiva (ronda las dos horas) para lo poco que realmente está contando y las escasas sorpresas agradables que contiene el filme.

'Las ovejas no pierden el tren', comedia fallida

Siempre se ha dicho, con toda la razón del mundo, que la comedia es el género más complicado de todos. Eso no impide que haya un gran número de comedias que se estrenan todos los años en los cines de todo el mundo y que el cine español se lance de cabeza con mucha frecuencia al género. Las ovejas no pierden el tren es uno de esos ejemplos, pero es uno fallido detrás de su rimbombante pero en el fondo poco certero título. Álvaro Fernández Armero ha construido un filme que tiene su principal defecto en que apenas hace gracia. Dos o tres chistes sueltos sí crean el efecto deseado, pero la película se escapa en ese sentido sin pena ni gloria, sin alcanzar sus objetivos, sin provocar siquiera la hilaridad fácil con los chistes más picantes, que en un terreno en teoría más fácil, y dejando la sensación de que como drama podría haber tenido más posibilidades que como comedia, de que son muchos los temas desaprovechados y que el guión final resulta en algunos momentos hasta repetitivo.

A primera vista, la idea de Fernández Armero es buscar el roce mediante la contraposición de mundos opuestos. El urbano y el rural por un lado, pero también el masculino y el femenino, el familiar y el generacional. Y son tantas cosas las que quiere contraponer que la película va pasando sin que en realidad quede muy claro qué quiere contar, cómo quiere contarlo y qué información necesita para hacerlo, si quiere hablar de la crisis, de la familia, de la pareja o del sexo, y si los personajes que aparecen en la pantalla le son útiles o simplemente peajes más o menos necesarios. Esa indefinición podría haber quedado como un detalle menor si los personajes fueran carismáticos o si la película fuera realmente una expresión perfecta del gag, pero Las ovejas no pierden el tren no triunfa en ninguno de los dos sentidos, lo que supone que sus actores no están precisamente en el papel de sus vidas ni el propio Fernández Armero, autor también del guión, ha sabido sacar los mejores chistes de su imaginación.

La película se centra en una pareja que tiene un hijo y acaba de mudarse a un pequeño pueblo de Segovia, pero la convivencia empieza a estropearse justo cuando están buscando un segundo hijo. Él (Raúl Arévalo) tiene que lidiar con su hermano (Antonio San Juan), que se ha separado y está saliendo con una chica de 25 años (Irene Escolar), y con sus padres. Ella (Inma Cuesta), con su alocada hermana (Candela Peña) y con su liberada madre (Kiti Manver). Mucho enredo pero, en realidad, poca chicha (y no, no cuenta el nuevamente poco motivado pero siempre obligatorio desnudo femenino, al menos esta vez no por parte de alguna de las protagonistas). O el menos hay poca chicha tal y como ha montado la historia Fernández Armero, que tampoco ha sabido medir otros aspectos de la película, como el espacio (¿qué sentido tiene vivir en el campo si se pasan media película en la ciudad?) o el tiempo (¿de verdad pasan meses en esta historia?). Hasta los diálogos, e incluso el tono de voz de algunos actores, suena bastante irreal.

Las ovejas no pierden el tren se va quedando rápidamente sin mensaje, haciendo que pasen los minutos, muchos minutos además hasta rondar las dos horas, y hasta que llega a un cierre algo apresurado y que retira el foco de atención de la pareja protagonista, la menos importante al final. Aunque es verdad que no es demasiado habitual que se reúnan las dos ramas de una familia para explicar estas relaciones que sí se ven en el filme, lo cierto es que también hay demasiados tópicos y conversaciones mucho más facilonas. Pero lo peor es, sin duda, que la película no provoca carcajadas, ni siquiera bajando mucho el listón, y dado que está configurada para ser una comedia (y ahí están dirigidos los recursos de los actores principales, en especial Cuesta, Arévalo y Peña) eso acaba siendo un lastre demasiado grande como para poder disfrutar de una película fácilmente olvidable.