viernes, mayo 29, 2015

'Tomorrowland', soñadores, reuníos

Viendo su propuesta, puede que Tomorrowland sea una película injustamente desdeñada por la sencillez de su desarrollo, por su ausencia real de sorpresas o incluso por su tono optimista, que tan poco parece gustar en nuestros días, pero eso es justo lo que hace del último filme de Brad Bird un título formidable. Bird, como J. J. Abrams, es un nostálgico que apuesta claramente por llevar al siglo XXI el tipo de cine que Steven Spielberg y sus afortunadamente locos seguidores hacían en los años 80. Si Tomorrowland se hubiera podido hacer en esa década, hoy, pese a sus defectos, rondaría la categoría de pequeño clásico. Pero se estrena en 2015, cuando el impacto de una imageniería visual tan poderosa y un espíritu tan optimista como el que se ve en la película ya no es tan extraordinario en el público general como lo fue en las impresionadas mentes que crecieron en los años 80. Y, sí, la película acaba adoptando la excusa de los parques temáticos de Disney y es un homenaje en toda regla a los grandes nombres de la ciencia ficción literaria y cinematográfica. Soñadores, reuníos. Ese es el mensaje que la película transmite dentro y fuera de la pantalla.

Y, la verdad, resulta difícil quedarse con lo malo cuando esas son las intenciones. Algo negativo sí hay en el resultado final, y es que no funcionan igual de bien todos los elementos que Bird pone en la pantalla siguiendo un guión escrito por él mismo y por el siempre controvertido Damon Lindelof. En unos 130 minutos que se pasan volando, sí es verdad que hay algunos tramos algo farragosos y algún que otro personaje desaprovechado, sobre todo el de Hugh Laurie, que arranca formidablemente bien en el primer tercio del filme, probablemente lo mejor desde el punto de vista cinematográfico (antes de que el festín visual sea el protagonista principal), pero se acaba quedando a medio camino en el clímax. Con todo, Bird supera con facilidad todos los problemas que pueda tener el filme haciendo un maravilloso ejercicio de actualización nostálgica. Es el cine de siempre, el que tantos elogios acaparó durante décadas, pero realizado con una factura contemporánea, lo que implica un despliegue visual impresionante, y con el enorme talento que tiene su director.

Ver Tomorrowland como un simple homenaje o como un simple ejercicio nostálgico, y que quede claro que Bird no reniega de ninguna de esas dos condiciones, sería no apreciar la montaña rusa que es la película o lo atractivo que es el concepto que maneja. Es, efectivamente, una respuesta a la madurez que dice haber alcanzado el entretenimiento popular mediante la violencia, el dramatismo, los finales oscuros y los personajes siniestros, con la forma de una aventura juvenil y de ahí el protagonismo de las jóvenes Britt Roberson (auténtico centro de la película por mucho que los créditos aúpen el nombre de un George Clooney cada vez más metido en el papel de estrella que aumenta la dimensión de cada proyecto en el que participa) y Raffey Cassidy, especialmente esta última, que tiene una belleza especial, una intensa mirada que no en vano le permitió interpretar al mismo personaje aunque de menor edad que Eva Green en Sombras tenebrosas.

Bird ensambla una historia de ritmo alto y, sobre todo, de fascinación continua. No demasiado compleja, porque en el fondo algunos referentes ya se han explorado con anterioridad, pero sí terriblemente entretenida porque la película es un espectáculo visual apabullante, que tiene además unos efectos especiales a ratos más sencillos que de costumbre pero con un resultado increíble. Esa sencillez que domina Tomorrowland prácticamente durante todo el metraje es, posiblemente, el mejor argumento que puede tener una crítica tanto a favor como en contra de la película. Pero aceptarla como reflejo de un cine que hoy, por desgracia, no se hace con tanta frecuencia es el mejor camino para disfrutar la película. Y es una película con la que se puede disfrutar muchísimo. Como aventura, con el mismo toque de nostalgia que ya evidenció el Super 8 de Abrams pero desde otro enfoque, y como reivindicación de un cine diferente y sorprendentemente en peligro de extinción.

'Nuestro último verano en Escocia', buen rollo audaz y divertido

Si hay un cine particularmente necesario a pesar de su intrascendencia general, ese es el cine de buen rollo. Aún con sus tintes de drama, Nuestro último verano en Escocia pertenece a ese grupo de películas que, sin pretender un hueco en la historia del cine, ofrece una diversión sincera. Y, ojo, que eso no significa que sea fácil de hacer, ni mucho menos. La historia del filme es tan realista como compleja, ya que sigue las peripecias de un matrimonio con tres hijos que está en proceso de divorcio y que decide guardar las apariencias para acudir a la fiesta por el 75º cumpleaños del abuelo. Con esa sencilla premisa y con un espléndido uso de los actores infantiles y sus personajes, la película se convierte en un maravilloso canto a la vida que es capaz de encontrar la comedia incluso en los momentos más duros y trágicos de la realidad cotidiana. Como casi todas estas películas, acaba sucumbiendo al final al deseo buenista que preside todo el filme y la resolución no termina de estar a la altura, pero ese es un detalle menor en un filme muy entretenido.

Razones hay muchas, pero las fundamentales hay que encontrarlas en el guión de Andy Hamilton y Guy Jenkin, a la vez directores del filme (su primer largometraje comercial después de una amplia experiencia en televisión). Es divertido, pero a la vez real e incluso, por momentos, reflexivo y profundo. El golpe de timón que ofrece mediado su metraje es medido y muy acertado y sobre todo sabe jugar muy bien con todos los personajes, a los que da un papel preciso en el enredo familiar que propone. Pero si hay algo que eleva el filme por encima de la media es el trabajo de y con los tres actores infantiles, Emilia Jones, Bobby Smalldridge y Harriet Turnbull, tres pequeñas estrellas que aportan una frescura impagable en sus miradas y en sus diálogos hasta el punto de que cabe dudar si están ya en el guión de Hamilton y Jenkin o formar parte de una maravillosamente bien dirigida improvisación. Ellos y sus papeles son lo mejor de la película con diferencia.

Y aunque es fácil que las miradas se las lleven todas los pequeños intérpretes, con todo merecimiento además, lo cierto es que en el guión hay muchos temas interesantes. La películas es una reflexión sobre la vida, sobre la forma en la que usamos el tiempo que tenemos, sobre la familia, sobre el hecho de ser adultos, pero también se detiene en los sueños, en los caminos que estos nos abren en la vida, y algo más de puntillas también se atreve a acercarse al papel de los medios de comunicación y el trato más sensacionalista de algunas noticias. La extravagancia final de la historia, aún siendo divertidísima y audaz, es lo que consigue que la película se aleje del retrato social en clave de comedia que parecía ser, pero al mismo tiempo aporta una alocada capacidad de sorpresa que, de alguna manera, hace que la película sea imprevisible y muy divertida incluso cuando sus autores parecen perder ligeramente el control de la misma.

Eso sucede en los últimos quince o veinte minutos de Nuestro último verano en Escocia (por cierto, otra traducción bastante desafortunada por una sutileza que se entenderá viendo el filme), pero no borra la sonrisa de la cara. La película desborda simpatía, e incluso sobrevive con un reparto brillante a la descompensación que a veces provoca en el público menos versado en filmografías como la británica el que haya un rostro más conocido (en este caso el de Rosamund Pike) en un bloque pensado para ser homogéneo y que en este caso está formado un espléndido grupo de actores británicos menos conocidos para el público general y entre los que destacan David Tennant, dando vida al marido de ese matrimonio protagonista, y Billy Connolly, interpretando al abuelo de la familia. Incluso aunque al final se sienta esa intrascendencia que hay en la película (¡bendita intrascendencia de vez en cuando!), parece difícil no sentirse entretenido o incluso enternecido por lo que cuenta Nuestro último verano en Escocia, un retrato familiar y social divertido, ameno y sobre todo muy realista.

'It Follows', un homenaje bastante vacío

Viendo It Follows es bastante fácil sentir un deseo de homenaje a clásicos del género de terror como George A. Romero o, sobre todo, John Carpenter (por más cosas que la música, aunque sea lo más evidente). Pero se trata de un homenaje que resulta bastante más vacío de lo que pueda parecer y bastante más tramposo de lo que se debe aceptar. Si este tipo de cine de terror, que por otro lado realmente no consigue una sensación auténticamente aterradora, se sustenta en los aciertos de su propuesta, hay demasiados elementos discutibles y demasiadas trampas a las normas que impone para que se pueda tomar muy en serio. Y es una pena, porque David Robert Mitchell sabe rodar, de una forma pausada y clara para que se vea lo que se tiene que ver, pero hay un exceso de elementos inexplicables, incluso dentro del apreciable deseo de no resolver todo lo que pone sobre la mesa para no arruinar la fantasía.

Contar lo que plantea It Follows supone desvelar demasiado, especialmente sobre el primer tercio de la película. Basta con decir que la protagonista, interpretada por Maika Monroe, es perseguida lentamente por un horror que puede adoptar diversas formas y que sólo ella ve. Hay un referente poco citado a la hora de hablar de esta película que es un formidable episodio de Cuentos asombrosos que dirigió Martin Scorsese, Mirror, Mirror, en el que un escritor de terror, una especie de Stephen King, se ve acechado por una de sus creación, que lentamente se va a acercando para matarle pero que sólo ve en los espejos. La diferencia es que aquí se introducen matices sexuales que resultan algo extemporáneos, que en los años 80 habrían podido ser una metáfora sobre el sida pero que hoy en día casi parecen un recurso fácil para llamar la atención. El sexo vende, sin más.

Lo que sorprende de It Follows es que los elementos que quedan en el aire no se limitan sólo al origen del mal que se describe. Eso habría sido lógico, pero no es fácil asumir la gran cantidad de vacíos que hay en el filme, hasta el punto de que hay más de un personaje (y la película se sustenta sólo en seis) del que cabe preguntarse cuál es su papel en la trama más allá del relleno. La curiosidad por ver cómo se resuelve esta historia podría haber bastado para hacer de la película un aceptable relato de intriga sbrenatural (más que de terror, hay que insistir), pero cuando uno apuesta por una fantasía, hay que atenerse a las normas, dejarlas claras y no quebrarlas a conveniencia. It Follows se salta las suyas de una forma bastante absurda, dejando lo difuso en un terreno que roza lo absurdo, y sin que se pueda decir mucho más para no reventar algunas secuencias o detalles del planteamiento.

Dejando a un lado los agujeros del guión o del propio planteamiento, que pueden ser objeto de un extenso debate una vez vista la película, a Mitchell se le puede valorar positivamente por su arriesgada forma de buscar el desasosiego en el espectador. Arriesgada precisamente porque no es la más común en el cine actual, y sí remite a directores como los mencionados. Pero eso no basta para que los personajes transmitan la empatía necesaria o para que la historia avance de una forma coherente. De hecho, no lo hace, y por eso acaba cayendo cual castillo de naipes, quedando únicamente un par de escenas impactantes como tarjeta de visita de su director pero sin que se tenga la sensación de estar ante un título verdaderamente terrorífico como claramente se pretendía. Y lo peor es que, cuanto más se piensa, más incoherente parece todo el conjunto.

'Son of a Gun', tan poco original como entretenida

Hay quien dice que en cine está ya todo inventado. Sin ser eso cierto del todo, sí es verdad que hay clichés que se repiten una y otra vez. Eso, en realidad, no es lo que marca la frontera entre una buena y una mala película. Son of a Gun es de las buenas. No de las memorables, pero sí de las que tienen la dignidad de cumplir con esa función de entretener con solvencia. Eso no impide que su propuesta, debut en la dirección del también guionista del filmem Julius Avery, sea poco original. No lo es, da la impresión de que sí va a innovar aunque sea ligeramente con un arranque carcelario interesante, pero con el salto a la vida fuera de los muros de la prisión se va adentrando en terrenos cada vez más conocidos e irregulares. Eso sí, la película deja unas buenas escenas de acción, controladas pero competentes, y especialmente un buen reparto, encabezado por un Ewan McGregor que a veces da la impresión de que si se soltara algo más podría llegar a ser mejor actor de lo que suele mostrar.

Son of a Gun cuenta la historia de un chaval de 19 años al que encierran en prisión. Sólo seis meses, en realidad nunca se llega a decir la causa, pero le bastarán para meterse en problemas. Se los solucionará uno de los líderes de los presos, a cambio por supuesto de su ayuda cuando esté fuera. Así se entabla una curiosa relación con la que la película juega acertadamente, a medio cambio entre la del jefe y el subordinado, el padre y el hijo y unos socios al mismo nivel. Puede que, en realidad, no haya demasiada profundidad entre los personajes (a excepción de su última conversación, que quizá dice más de ellos que todo lo anterior), pero fluye bastante bien dentro de la historia de atracos y criminales que propone Avery. Y sí, todo eso forma parte de los tópicos en los que cae, pero resulta evidente que su director no ha querido correr demasiados riesgos, sólo hacer que todo funcione (o parezca funcionar, que de todo hay) para llegar a los mínimos exigibles.

Eso lo hace con bastante facilidad. Primero, porque deja que los actores se hagan con los personajes, respetando los clichés pero sin hacerlos demasiado evidentes, apostando por la solidez del grupo aunque se pueda destacar a sus tres protagonistas. A Ewan McGregor da gusto verle en este papel casi de antihéroe, con toques al mismo tiempo de mentor y de criminal, alejado de los toques de comedia que tanto le suelen gustar y abriéndole horizontes en los que no suele moverse, y la joven pareja protagonista, la que forman Brento Thwaites (protagonista de La señal) y Alicia Vikander (Ex Machina o El séptimo hijo) se desenvuelve bien en lo que les toca. En segundo lugar, Avery no rueda mal, especialmente cuando tiene que mostrar algo más que unos personajes hablando entre sí. Tiene una pieza de acción cumbre en la película, la escena del atraco en su conjunto, y la lleva con bastante nervio, dando la impresión de sacar algo más de lo que habría sido normal con los medios que tenía.

No hay que esperar nada rompedor en Son of a Gun, ni en la historia ni en la forma en que Avery la ha llevado a la pantalla, pero sí que hay que reconocer una solvencia más que interesante. Aún teniendo sus altibajos, que los tiene y quizá sean más de los que a su director le habrían gustado, la película nunca pierde el interés, funciona francamente bien en su introducción como drama carcelario y con cierta holgura a partir de ahí como aventura de ladrones que planean grandes robos para poder sostener el lujoso estilo de vida que es obligado mostrar para envidia del espectador. Tópica, sí, incluso en una resolución que, como suele ser habitual en el cine moderno, exige una gran benevolencia por parte del espectador. Pero es al mismo tiempo un thriller agradablemente entretenido en el que además se puede encontrar a un buen McGregor haciendo algo que para él sí parece diferente.

viernes, mayo 22, 2015

'Poltergeist', la deriva del cine de terror

Habrá que suponer que el cine de terror de nuestros días es algo como Poltergeist, porque de lo contrario es difícil entender qué ha pasado para que este género ya no sólo no dé miedo, algo que se podría atribuir a la mayor o menos calidad de cada película individual, sino para que el tono y la forma en la que se hacen los filmes sea tan soso e industrial. El problema está en que ahora se cogen historias clásicas, de la que sí daban miedo, se les pasa un filtropseudo cómico, se le añaden los resultados de un par de estudios de mercado y se les dan a directores de relativa poca experiencia con el fin de ganar unos pocos dólares que justifiquen la inversión, normalmente entre quienes no sepan nada de la película original o entre quienes tengan curiosidad de ver qué han hecho con ella para actualizarla. No es especialmente buena ni tampoco es un desastre insalvable, pero es un mal síntoma de los tiempos por los que pasa el género.

Lo más reprochable de este nuevo Poltergeist es que, en realidad, le preocupa poco su referente. No quiere contar una historia del mismo tono que la que plantearon Tobe Hooper y Steven Spielberg y no busca los mismos objetivos que el memorable filme de 1982, simplemente aprovecha la base para que en su metraje aparezcan las escenas y frases más emblemáticas, adecua lo que le interesa a estos tiempos políticamente más correctos (el cementerio ya no es indio, hay que incluir una hija adolescente para atraer a ese tipo de público, la medium ya no es aquella mujer enana sino casi una especie de telepredicador) e introduce un tono amable de comedia bastante incomprensible. Lo hace a lo largo de toda la película, pero si puede quedar alguna duda hay una secuencia detrás de la primera parte de los créditos finales que termina de despejar las dudas.

La comparación entre película original y remake es, obviamente, imposible. Gana con mucho la original, porque aquella provocaba auténtico terror, terminaba y la experiencia era tan intensa como la que vivía la familia protagonista. Aquí, incluso admitiendo esa nueva forma de entender el género, la película no da nunca la impresión de arrancar. El terror, que realmente no hay, es muy previsible, muy simple, muy fácil. Y la imaginería digital no consigue ni la décima parte del efecto que podrían los efectos especiales que se rodaban en cámara o de una forma mucho más artesanal hace ya más de 30 años. Como este Poltergeist no despierta las mismas emociones que el de Hooper, no entusiasma visualmente como aquella y no está tan bien llevada como la cinta que pretende reimaginar, es obvio que el remake es una pérdida de tiempo, más allá de comprobar que una niña que no se llama Carol Anne sino Madison dice aquello de "ya están aquí".

En realidad, la película de Gil Kenan (¿cómo interpretar que sea también el director de la más que interesante cinta de animación Monster House?) se sostiene mínimamente por dos razones. La primera, que la base argumental es atractiva, por mucho que tratar de copiar por encima lo que se hizo en 1982 no baste para convencer a un público que ya ha visto demasiadas películas de este estilo desde entonces. La segunda, que el reparto hace lo imposible por meterse en sus papeles, sobre todo Sam Rockwell y la por desgracia no demasiado valorada Rosemarie Dewitt, que están muy por encima del nivel de la película. Esas dos cosas no bastan para que este Poltergeist sea una película que merezca la pena, ni como filme ni como remake, pero sí hacen que no sea un desastre. Simplemente es un síntoma de que hoy en día hay mucho cine que se hace de esta manera.

'Caza al asesino', los misteriosos caminos hasta el despropósito

Hay muchas formas de convertir una película en un despropósito y Caza al asesino parece que se ha dedicado a coleccionarlas. La película es, efectivamente, un auténtico despropósito. Arranca con ideas que podrían haber dado para un interesante thriller político de denuncia, que es probablemente lo que explica la presencia de Sean Penn, pero eso acaba tan diluido que apenas llega a la categoría de McGuffin. Pasa así a ser una película de acción, que es lo que justifica que Penn se haya musculado hasta el punto de parecer un trasunto de Sylvester Stallone, algo tan innecesario como muchas de las escenas de la película con las que se justifica su habilidad para ser el perfecto asesino sin corazón o ese rocambolesco triángulo amoroso sencillamente imposible de creer. Y finaliza siendo una postal turística, en este caso de Barcelona, que termina en el más inverosímil de los escenarios, hasta el punto de que en los créditos hay que introducir una nota que actúa como enmienda a la totalidad y colofón al enorme despropósito que es el filme.
 
La verdad es que da pena que la película de Pierre Moral, director de Venganza, sea tan deficiente porque en la película había elementos interesantes, incluso partiendo del inevitable cliché del agente (a uno u otro lado de la ley) que se ve obligado a retomar su actividad por los ecos del pasado. Pero el problema es que todo es superfluo. Se toma como base el conflicto en la República Democrática del Congo, pero eso pierde tanto interés que desaparece hasta una nota final, una tardía llamada a la reflexión por cuestiones que la película no quiere aprovechar. Y el clímax acontece en Barcelona, pasando antes por Londres y Gibraltar, y no en cualquier otro lugar del mundo probablemente porque es la ciudad que ofrecía unas condiciones interesantes para rodar (económicas, por supuesto, y no hay más que ver el rótulo de neón que se atisba desde la habitación del personaje de Penn o cierto lugar emblemático iluminado de noche como quien no quiere la cosa).
 
Todo es tan conveniente para los propósitos puntuales de la historia que excede claramente la ingenuidad, pide demasiado al espectador para lo poco trabajado que parece todo. Sin más consideración, cada elemento que se ve es terriblemente simplista, desde la insinuación en la primera parte de la película de un triángulo amoroso entre los personajes de Sean Penn, Javier Bardem y Jasmine Trinca hasta la forma en que se resuelve la historia, pasando por la participación de dos secundarios sin apenas papel como Ray Winstone o Idris Elba (¡que incluso aparece en el cartel a pesar del mínimo tiempo que tiene en pantalla!) o la ejecución de algunas secuencias que no tienen mucho sentido. En ese terreno, ni siquiera las escasas escenas de acción parecen bien rodadas o culminadas, y los actores no parecen saber qué hacer tampoco con sus personajes. Penn mantiene mínimamente el tipo, aunque por momentos dé la impresión de que sólo pretende lucir musculatura a su edad, y Bardem es quien mejor ejemplifica la falta de sutileza que afecta a toda la película.

 
Caza al asesino tiene además otro defecto demasiado habitual en el cine de este estilo, y es su duración. Rondando las dos horas, ni siquiera es capaz de ofrecer una historia atractiva. Los pocos elementos que tenía interesantes se van pasada la primera media hora y por mucho esfuerzo que se ponga en aceptar la poca verosimilitud de la película es imposible aceptar nada de lo que sucede a partir de la necesidad de hacer hablar a Bardem en inglés en una conferencia en la que le han hecho una pregunta en español simplemente para que Penn le pueda interrumpir o con ese viaje casi instantáneo entre Barcelona y Gibraltar por carretera, de noche y con un personaje enfermo al volante. Esas son las anécdotas, pero ilustran a la perfección la enorme cantidad de cosas que no se han pensado antes de llevarlas no ya al montaje final de la película sino incluso a su mismo rodaje. Qué fácil resulta en nuestros días hacer mal las cosas en el thriller de acción.

viernes, mayo 15, 2015

'Mad Max. Furia en la carretera', un espectáculo pensado para apabullar

No hay más forma de analizar Max Max. Furia en la carretera, esta especie de secuela, remake o reboot de aquella pequeña película de 1979 con Mel Gibson como protagonista y que acabó convirtiéndose en una leyenda, que como un espectáculo pensado para apabullar. Son dos horas frenéticas, salvajes, extremas y sin límites, en las que explotan mil cosas, se viven las persecuciones más brutales, desfilan por la pantalla los personajes más extravagantes y se vive una auténtica experiencia a nivel visual y sonoro que, sí, apabulla. George Miller retoma su propio universo para transportarlo no ya al presente sino al futuro, y lo que en 1979 era de una manera ahora ha pasado por un filtro de auténtica locura para recargarlo de adrenalina, jugando con el aspecto visual para hacer por la saga lo que 300 hizo por el cine de acción en general y dando una velocidad a veces artificial que le aleja de los espartanos de Frank Miller que Zack Snyder llevó al cine. Apabulla, sin duda, y eso es lo mejor y lo peor de este descomunal y grandilocuente blockbuster.

Lo peor, empezando por lo negativo, porque de apabullar a aturdir hay sólo un paso. Incluso logrando lo primero, hay momento en que lo segundo es algo inevitable, y eso es algo que se palpa con claridad cuando hay un primer respiro, un fundido a negro, que llega tras media hora frenética. Como el objetivo es ese, es evidente que no hay que buscar historia en la película. No la hay, y de hecho detenerse en ella invita a pensar en su resolución como algo francamente decepcionante. Incluso da toda la impresión de que Max, ese personaje que ahora recae en Tom Hardy, no es ni de lejos el protagonista de este filme, que apuesta por un retrato más coral pero en el que es imposible no rendirse ante las inagotables cualidades de Charlize Theron, siempre convincente, incluso en este descomunal tour de force al que se ven sometidos todos los actores que desfilan por la pantalla y en el que ella sobresale precisamente porque la película, de alguna manera, quiere primar el lado más femenino en un mundo tan lleno de suciedad y testosterona.

Pero es lo mejor porque resulta casi imposible resumir los inmensos aciertos que hay en la película. Habría que empezar alabando su valentía por ser un producto terriblemente atípico, mucho más con la firma de un gran estudio, en este caso Warner. Es una película diferente, única, un clímax constante, imparable y contundente, una obra de precisión que hace que todos los trucajes visuales sirvan a lo que se quiere mostrar. Cada vehículo, sean motos, coches o camiones, tiene un papel en la película y la nómina de especialistas se ha ganado con creces el sueldo que hayan cobrado porque hay una brutal verosimilitud en cada alocada maniobra que ejecutan ante la cámara de Miller. Apabulla, de nuevo esa es la referencia, pensar en cuántas horas se habrán dedicado a planificar unas coreografías tan magníficamente ejecutadas y no sorprende que la película se rodara en 2012 y desde entonces haya vivido su fase de prosproducción, de montaje y de rodaje de nuevas tomas, porque es inabarcable todo lo que hay en pantalla.

Hay tanto que enseñar, que en realidad hay poco que contar. La película no es más que una persecución de ida y una de vuelta, interrumpidas por breves interludios con los que se quieren presentar a los personajes (en el caso de Max, de una forma muy efectista y algo floja), e incluso llega a dar la impresión de que las frases de más cuatro palabras están proscritas en el guión. Es, como ha venido a decir el propio Miller, un enorme McGuffin, porque lo que de verdad le interesa es llevar a la pantalla un lenguaje cinematográfico de acción sencillamente brutal. Y eso, lo borda. Mad Max. Furia en la carretera no tiene frenos ni límites, es una auténtica salvajada de principio a fin pero que está ejecutada con un mimo y una maestría excepcionales. Es que hasta las bizarradas más intensas, como esa indescriptible inclusión en el escenario de la película de la también apabullante música de Junkie XL, acaban siendo sencillamente perfectas. Si se sobrevive a la agitación de la butaca y a que los tímpanos sufran, claro. Aceptando eso, intachable.

'La profesora de historia', espléndida lección de esperanza

A veces uno tiene la impresión de que las películas esperanzadoras no están de moda. Que vende más lo morboso, lo truculento, lo insano , lo que explora terrenos humanos más desagradables, sea el género que sea. Y cuando uno ve una película como La profesora de historia (que no es la traducción que necesita Les Héritiers) se da cuenta de que esa sensación es absurda, porque películas así no pueden pasar de moda nunca. Puede que no tenga un público claro, que esté lejos de lo que demanda ahora mismo el mercado, pero su hermosa mezcla de cine, historia y análisis social hace de ella una de esas películas necesarias, una de esas que provocan sensaciones, que mueven y conmueven a un lado y a otro de la pantalla. Y no pasa nada por tener la certeza de saber qué va a pasar, porque es una película de esas que buscan buen rollo, porque Marie-Castille Mention-Schaar compone una película hermosa y sutil, que no cae presa de su manido tema de fondo (el holocausto judío) y se convierte en un formidable pedazo de realidad.

La tarea que aborda no es sencilla, porque de alguna manera las comparaciones con la formidable Hoy empieza todo de Bertrand Tavernier se podrían dejar sentir desde que se entiende la película como una mirada al sistema educativo francés, aunque su prisma sea completamente diferente. Porque La profesora de historia es, por encima de todo, una historia esperanzadora. Primero pone la piel de gallina viendo la realidad educativa, cómo afrontan algunos chavales oportunidades de tener una formación, el poco respeto por la autoridad del profesor o el nulo interés por salir de la mediocridad. Eso es la primera media hora de la película, un retrato tan preciso como terrible, duro pero desgraciadamente realista y verosímil. Y a partir de ahí Mention-Schaar, coautora del guión junto a uno de los jóvenes protagonistas, Ahmed Dramé, hace evolucionar el filme de la misma forma que evolucionan los chavales que forman la clase de esa profesora que da título en España a la película.

¿Previsible? Puede ser. Pero grandiosa en tantos aspectos que eso acaba dando igual. No hay que olvidar que es una película sobre una profesora y una clase, sobre un proyecto relacionado con el genocidio judío por parte de los nazis, y eso lleva el filme a terrenos ya conocidos, fácilmente lacrimógenos. Pero la película no es sensacionalista, sino realista. El holocausto es la forma en la que se traza un retrato excepcional de una veintena de chavales. Si ya es difícil sacar adelante una película coral, acertar en el retrato de cada uno de los alumnos con tanta brillantez es digno de elogio. Porque son ellos los protagonistas de la película. No es la profesora, aunque el trabajo de Ariana Ascaride sea tan soberbia como la forma en que esa mujer está escrita en el guión, no es el holocausto o la memoria. Son estos chicos, son ellos quienes dan forma a una preciosa loa sobre la necesidad de la educación para que cualquiera, en cualquier momento, pueda abrir los ojos al mundo.

Ese es el valor de La profesora de historia, haber sabido conjugar un cine de buen rollo, que no deja de ser en ningún momento una vez que abandona su primer acto, con el documento social de categoría. Hay tantos gestos, tantos detalles, tantas miradas y tantos diálogos que merecen la pena en la película que sólo queda admirar la mezcla que ha hecho su directora. Tiene una enorme dificultad hablar en apenas 105 minutos y con tanta precisión de historia, de educación, de racismo, de violencia y de tantos otros temas que se van deslizando en la película, que cualquier elogio se queda corto. Pero quizá lo que hace de La profesora de historia una película única esté en la forma en la que termina, con una escena que lleva de nuevo al comienzo del maravilloso ciclo de la enseñanza. La película muestra los resultados de hacer bien un trabajo, esa es su principal lección, ese es su mensaje de esperanza. Uno de ellos, en realidad, porque bajo la epidermis histórica y social del filme hay muchos elementos que conmueven. Por eso es una pequeña gran joya.

viernes, mayo 08, 2015

'A cambio de nada', un gran universo a medias

Hay mucho y muy interesante en A cambio de nada, y sin embargo queda la sensación de que demasiado se ha quedado a medias. Daniel Guzmán, guionista y director del filme, crea un universo muy intenso, emocionante y bien construido, con unos personajes atractivos y un espléndido retrato urbano a través de los ojos de una adolescencia conflictiva. Pero, al mismo tiempo, da la impresión de que algunos temas quedan demasiado sueltos, que algunos personajes no llegan a alcanzar su verdadero potencial y que la misma película se pierde ligeramente en el intento de presentar con un positivismo excesivo lo que podría haber derivado en un mosaico mucho más turbio y pesimista, quizá siendo así más verosímil de lo que acaba siendo. Guzmán consigue una buena película, pero se conforma con mostrar sin conducir, la suya es una mirada muy limpia, muy propia casi del documental pero no la termina de llevar a la historia a un terreno más personal y carismático.

Es obligado insistir en los aciertos que tiene el filme porque son bastantes. El esencial es que consigue que el entorno en el que se mueve Darío (Miguel Herrán), el adolescente protagonista, sea terriblemente interesante y esté cargado de vida, desde su vida como estudiantes a cómo le afectan los problemas de sus padres, pasando por sus ambiciones de ganar dinero rápido o su despertar sexual. El empleo de las localizaciones es igualmente espectacular, y su mirada hacia el Madrid menos turístico esquiva todos los maniqueísmos en los que podría haber caído para convertirse en un entorno creíble y muy adecuado. Y, por supuesto, es interesante destacar que Guzmán ha sido capaz de ensamblar un reparto formidable, mezclando rostros nuevos y veteranos, chavales jóvenes a los que es muy fácil creer y veteranos que dan algo más de caché al resultado final, destacando sobre todo las apariciones de Luis Tosar y María Miguel, interpretando a los padres de Darío.

Pero de alguna manera la película no termina de romper y ser algo más, porque el guión es escaso y sin objetivo claro. El resultado es bueno, interesante, realista y socialmente interesante. Pero a Guzmán le falta un sello más definido, algo que lleve a pensar que esta es una película suya, no una derivación de Barrio con un protagonista algo más adulto, no un cajón desastre de temas bien presentados pero no aprovechados en su conjunto (la separación de los padres se diluye tras la primera media hora, la relación con la vecina deja entrever que hay mucho más que se acaba perdiendo, la presencia del abogado podría haber dado más juego...), e incluso una película de mensaje debatible, porque en el fondo no deja de ser el retrato de un joven delincuente que queda algo glorificado. Esto, no obstante, es soñar por soñar. Es lo que A cambio de nada podría haber alcanzado desde una base bastante atractiva que si tiene.

Y lo mejor es quedarse con eso, con los muchos detalles positivos que le sirven de aval, aún pensando que la película podría haber mejorado con algún retoque más y puede que con algo más de ambición cinematográfica. Guzmán tiene frescura y sinceridad, aunque no toda la garra que le habría permitido una descripción más intensa y menos lineal. Con todo, por momentos juega admirablemente bien con personajes muy distintos entre sí y los hace encajar, algo que no es nada fácil, para que la historia mantenga el interés hasta el final, incluso asumiendo que la resolución es el punto menos creíble de toda la trama. A pesar de sus defectos, A cambio de nada es una notable historia sobre la amistad y la lealtad, hacia los demás y también hacia uno mismo, que sabe colocar tramas secundarias en el relato aunque sea más irregular a la hora de resolverlas.

'Suite francesa', un folletín despasionado

No es ninguna sorpresa anunciar que Suite francesa es un folletín, una historia inevitablemente de amor entre una mujer francesa, esposa de un soldado desaparecido, y un oficial alemán destacado en el pueblo cercano a París en el que se desarrollan los acontecimientos. Lo que sí es más sorprendente es que esa historia no encuentre el elemento que podría haber hecho que despegara, la pasión. A Suite francesa le faltan ñoñería, romanticismo y sensibilidad, le falta dar la sensación de que estamos ante la mayor y más imposible historia de amor jamás vista, le falta creerse lo que tendría que haber sido. Y no le falta todo esto, que lo necesita, sólo porque la película quiera ser algo más ambiciosa y mostrar los efectos de la ocupación nazi entre los vecinos de este pueblo, un tema que probablemente acaba cobrando más importancia, sino porque todo parece a medio camino, en todo parece que faltan explicaciones o que los actores tiran de manual más que sentir de verdad lo que tienen que transmitir.

Y ojo, que Suite francesa no es una mala película, no es ni mucho menos un nafragio aunque haya un momento (el de los manteles) en el que Saul Dibb, director del filme, apuesta directamente por una trampa emocional y narrativa que hace tambalearse el momento más tenso del filme y, en realidad, todo lo que intenta construir. Pero en general hay un esfuerzo apreciable de recrear la época, las sensaciones, las relaciones entre los personajes, franceses y alemanes, hombres y mujeres, ricos y pobres. Ahí la película avanza con cierta facilidad. Incluso arranca bastante bien, desde una parcela muy personal, la de Lucille (Michelle Williams) explicando la vida que le ha dejado la guerra y que su marido se haya marchado a luchar en ella dejándola atrás junto a su suegra (Kristin Scott Thomas), para mostrar el horror bélico desde una única secuencia, un bombardeo, que resulta bastante impresionante a pesar de mostrarse con una sugerente economía de medios.

Pero poco a poco la película acaba convirtiéndose en un ejercicio de buenos sentimientos por momentos algo forzado. Quizá falten escenas para desarrollar adecuadamente las relaciones entre algunos personajes, quizá es que Williams y Matthias Schoenaerts, a pesar de estas bastante metidos en sus papeles (y ella siempre un punto por encima porque tiene una maravillosa mirada melancólica), no consiguen transmitir juntos esa pasión de la que adolece el filme o quizá es que, en realidad, la película acabe por no ser especialmente creíble. No lo es en la historia de amor que plantea, tampoco en su retrato de una invasión nazi en la que hay demasiados conceptos maniqueos y simplistas, y lo que sobresale es precisamente esa relación entre vecinos, la que se establece entre los habitantes del pueblo. Ahí sí se consiguen las emociones que se buscan aunque muchas de esas pequeñas historias quedan demasiado sueltas (por ejemplo  la del personaje de una casi irreconocible Margot Robbie).

Suite francesa tiene un público muy determinado al que satisfacer y precisamente por eso no se sale de las líneas previstas. Es una película romántica y de época que se esfuerza en que la pareja protagonista luzca y el escenario histórico escogido esté bien llevado a la pantalla. Dibb tiene más éxito en lo segundo que en lo primero, y por eso la película no consigue ser algo más. No aburre, pero no emociona. Y no deja de ser curioso que el cine actual mida tan mal el montaje, porque probablemente la película habría mejorado con algunos minutos más que profundizaran en el vínculo musical que se establece entre los protagonistas o en las denuncias que se cruzan los vecinos del pueblo. 107 minutos no es algo exagerado para un filme que pide más, y sin embargo la costumbre es la contraria, la de alargar innecesariamente películas que se podrían haber contado en menos. Dibb, que no rueda mal, no mide bien, y eso deja Suite francesa a medio camino en casi todo.

jueves, abril 30, 2015

'Vengadores. La era de Ultrón', el mayor espectáculo superheroico de la historia... por segunda vez

Cuando Joss Whedon estreno Los Vengadores en 2012 se ganó todos los elogios posible, y con razón. En aquel momento era imposible hacer algo más grande, más satisfactorio para el aficionado y más espectacular. Han pasado tres años y llega Vengadores. La era de Ultrón, colofón a la fase dos del universo cinematográfico de Marvel, y las sensaciones son las mismas. Por imposible que parezca, Joss Whedon lo ha vuelto a hacer. Ha filmado el mayor espectáculo superheroico de la historia, por segunda vez en su carrera. La era de Ultrón es un filme gozoso de principio a fin, casi un clímax continuo con unos niveles de épica extraordinarios, con un desarrollo increíblemente sutil no ya de sus personajes, construidos con mimo, sino de todo ese universo que se ha ido tejiendo desde que Iron Man abrió esta singular y pionera aventura cinematográfica de la que Whedon ha sacado lo más grande con una categoría extraordinaria y un conocimiento sublime de los personajes y de lo que podía sacar de cada uno de ellos.

Resulta inevitable preguntarse cuál de las dos películas de los Vengadores es mejor, y la respuesta más acertada sería que ninguna. Lo que consigue La era de Ultrón es recrear las mismas sensaciones de emoción que generó el filme original, pero en espectadores con tres años más de experiencia en este riquísimo universo. Todo lo bueno de Los Vengadores está en La era de Ultrón, incluyendo un clímax memorable cuyo único enemigo es el marketing que ha desvelado demasiado en los trailers. Y todo lo malo de la primera entrega se intenta corregir. Eso puede provocar defectos nuevos, no es cuestión de decir que estamos ante una película perfecta (y que no lo es se puede ver, por ejemplo, en un personaje secundario presentado previamente y que tiene un indudable sabor a decepción, o en la forma en la que se prescinde del final de una de las películas de este universo), pero el sentido del entretenimiento y de la diversión que exprime Whedon en cada secuencia es tan memorable que cualquier pequeño fallo se disculpa con facilidad.

Whedon es quien más partido ha sacado de un reparto que ya funcionaba a la perfección en las películas individuales. Por ejemplo, La era de Ultrón es, por segunda vez, el filme definitivo de Hulk sin que el alter ego verdoso de Bruce Banner sea su protagonista. Pero sabe tanto Whedon de Marvel y también de cine que al mismo tiempo la introducción de los nuevos personajes es magnífica. Ultrón es un villano a la altura, pero la función se la llevan la Bruja Escarlata que interpreta Elizabeth Olsen y la Visión de un físicamente muy sorprendente Paul Bettany. ¿Cuántas películas basadas en cómics han tenido resultados nefastos por no saber administrar un número de personajes elevados? Pues La Era de Ultrón tiene nada menos que una docena de personajes centrales, más de una quincena de personajes Marvel con los que hay que satisfacer al aficionado y, al mismo tiempo, crear una historia coherente. Incluso Thor, que tiene aquí menos protagonismo que en la entrega anterior, está sensacionalmente descrito con elementos puramente narrativos y nunca de cara a la galería, plantando semillas que, seguro, se verán nacer en Thor. Ragnarok.

El festival de efectos especiales tiene algún momento demasiado digital, sobre todo en la brillante escena inicial (recordatorio, por cierto, de uno de los grandes momentos del clímax de Los Vengadores), pero la acción está tan increíblemente bien orquestada que acaba dando igual. La historia, escrita con sutileza, deja incontables guiños para el aficionado, bien de esta serie cinematográfica o bien de los tebeos (por supuesto, entre ellos está un memorable cameo más de Stan Lee, o la inevitable escena que aparece tras los primeros créditos, de nuevo para poner los dientes largos), y Whedon deja su sello tanto en la bellísima construcción de los personajes como en el constante humor que introduce y que no entorpece en absoluto el drama que hay en el filme. Porque son superhéroes, y su objetivo es entretener al público, pero también están ahí para salvar el mundo y contarlo de una forma humanamente realista como ha hecho Whedon exige una capacidad emocional muy intensa. Así, lo peor de La era de Ultrón no es otra cosa que saber que Whedon no estará para Infinity War, la tercera película del grupo. Porque estas dos son bestiales.

'Astérix. La residencia de los dioses', así sí

Es difícil encontrar alguien que no haya leído una aventura de Astérix, uno de los más de treinta álbumes de los personajes creados por René Gosciny y Albert Uderzo que se han convertido en títulos de referencia para incontables generaciones. Por eso, cualquier película basada en este mundo tiene ya algo ganado, y es que apela a nuestro subconsciente juvenil. Pero la decepción que provocaron las adaptaciones en imagen real, insalvables pese a la presencia de Gerard Depardieu como Obélix o el reclamo sexual considerado seguro de mujeres como Laetitia Casta o Monica Bellucci, lleva a un recelo casi necesario. La animación tradicional se había portado bien con el personaje, pero sin alardes. Y con esa historia, es fácil caer en la tentación, razonada y razonable, de considerar Astérix. La residencia de los dioses, como la mejor encarnación en cine que han visto hasta la fecha el guerrero galo y sus amigos. La película, desde luego, es un producto de ritmo salvaje y diversión asegurada para aficionados y para profanos de sus tebeos.

La residencia de los dioses es el decimoséptimo álbum de Astérix, publicado originalmente en 1971, y fue uno de los primeros en incluir detalles de crítica social que, aunque hayan podido verse superados por el paso del tiempo (o no, porque cuando los esclavos empiezan a hablar de sus condicional laborales al espectador medio se le pueden venir a la cabeza muchas cosas que los niños no entenderán), se ven perfectamente en la película. Pero eso, aún siendo un ejercicio divertido para los adultos, no es lo esencial del filme, una auténtica montaña rusa llena de subidas y bajadas, rodada por Alexandre Astier y Louis Clichey con un ritmo envidiable que no rompe en absoluto la fidelidad al material original. Para el lector habitual, hay muchos guiños, por supuesto, pero no alejan para nada a quien no conozca a la historia. Por eso, esta cinta es ideal para introducir a los más pequeños en el mundo de estos personajes.

Siempre ha habido algo atractivo en esa irreductible aldea gala que se negaba a caer bajo el yugo del Imperio Romano, y la película lo consigue extraer. Su humor es intachable, la conversión de los personajes a diseños animados por ordenador completamente modélica y nada parece estar fuera de lugar. Es, efectivamente, la película de Astérix que los seguidores del personaje podían soñar. Es verdad que en algún momento da la sensación de írsele el juguete de las manos a sus directores y sobrepasar los límites de la estridencia, más sonora que visual, pero son detalles menores que no empañan la divertida colección de gags que trasladan con tanto acierto desde las viñetas a la imagen en movimiento. Como le sucedió a Mortadelo y Filemón con su última aventura cinematográfica, la animación 3D se ha demostrado el vehículo más eficaz para hacer creíbles a estos personajes a los que muy poca gente ha podido resistirse en 2D sobre las páginas de sus álbumes.

Sería absurdo negar que, en el fondo, es una película pensada para los más pequeños y para los seguidores de Astérix, para los ya convencidos, para todos aquellos que han leído y disfrutado sus aventuras cuando eran chavales. Para ellos están las bromas sobre jabalíes, los efectos de la poción mágica o el festejo final con ese detalle que todo el mundo espera. Pero siendo eso una obviedad, es también cierto que la película se ha hecho para contentar a un público más amplio, porque está hecha con un ritmo endiablado, con un muy buen villano (Julio César siempre está rodado con maestría, en grandes escenarios, con una iluminación formidable y con ángulos de cámara que dan mucho poder al personaje) y honrando a unos personajes que, se quiera o no, se sea o no aficionado a sus aventuras, son unos iconos mundialmente conocidos. Y sí, es animación y es francesa, pero no hay nada que envidiar a las películas nacidas en los grandes estudios norteamericanos. Así, sí se puede adaptar un tebeo. Así, sí. De una forma tan divertida y eficaz, sí.

'Lo mejor de mí', vista una...

Van ya nueve películas basadas en las novelas de Nicholas Sparks, y aunque ya se podía decir desde hace unas cuantas de ellas, Lo mejor de mí confirma que vista una, vistas todas. Los mecanismos son los mismos, los personajes son casi idénticos, las situaciones de conflicto terriblemente similares y no parece haber un gran salto entre ellas, más allá de la lógica modificación de los actores principales y algún que otro mínimo recurso narrativo, aquí la presencia de dos parejas de actores que se llevan veinte años para contar dos momentos diferentes de la asumible historia de amor. Pero lo cierto es que detrás de esa excusa se esconden películas más bien flojas, previsibles, estiradas y a ratos incluso aburridas. No es que esta sea la peor de la lista, y desde luego es una mejora evidente con respecto a la anterior, la más que olvidable Un lugar donde refugiarse, pero nada aporta. Bueno, aporta dinero en la taquilla de los convencidos. Quien guste de las historias de Sparks, desde luego disfrutará de este pese a sus evidentes defectos.

El principal viene a ser el cásting. Y no porque sea necesariamente malo, que no lo es, pero sí porque comete un error de base, y es que es dificilísimo ver al mismo personaje en las dos parejas de actores escogidos. Algo sí se puede atisbar entre Michelle Monaghan y Liana Liberato, pero resulta casi imposible asimilar que James Marsden y Luke Bracey se están ocupando de idéntico papel en el presente y en el pasado. Ni por sus rostros, ni por su forma de actuar, ni siquiera por su altura o su lenguaje corporal. Con esa desconexión ya rompiendo esta película con indudable alma de telefilme, es difícil entrar en ella. Y más si tenemos en cuenta que hay un enorme desequilibrio entre los protagonistas. Con diferencia, ella es lo más interesante del presente y él lo es del pasado, porque el guión les reparte así la gloria, no por el trabajo de los actores. De hecho, en Liana Liberato se intuye mucho más de lo que la película le deja mostrar.

Pero incluso aunque se quiera admitir cierto carisma en el reparto, la dirección de Michael Hoffman no tiene la garra necesaria para convencer. Le penaliza, de hecho, ese estilo Nicholas Sparks que salta de una película a otra sin que importe demasiado quien se sienta en la silla del director, con una música casi intercambiable y unos recursos narrativos demasiado parecidos. Pero siempre se puede hacer algo más y el responsable es obviamente él. Tampoco ayuda la necesidad de respetar por completo la novela original, algo que en lo que el cine actual cae en demasiadas ocasiones, lo que añade alguna trama que termina alargando la película de más, intentando buscar más drama, más emotividad o más romanticismo. El caso es convencer a un público ya convencido, y eso seguro que lo hace Lo mejor de mí. Es inevitable. Es puro cine de sobremesa con la firma de un escritor que cuenta con muchos seguidores, y al no salirse de lo previsto es obvio que tiene todas las de ganar en su target.

¿Y para quien no esté en ese target? Pues más bien poca cosa. De hecho, alguna escena despierta risas que no debería provocar. Quizá la tabla de salvación sea la baza ya apuntada, el reparto, aunque tampoco se trata de actores de primer nivel que puedan arrastrar público a los cines. Por eso, en el fondo, da cierta rabia que se sigan repitiendo con tanta facilidad estas películas clónicas, de coste reducido y que tienen muchas papeletas de recuperar la inversión con cierta solvencia para seguir alimentando esta rueda de producción. Al fin y al cabo, Nicholas Sparks tiene ya 17 novelas publicadas y tiene unos saludables 49 años que le permitirán seguir escribiendo durante muchos años, con lo que hay material más que de sobra para seguir esperando más películas como Lo mejor de mí que aumenten la leyenda cinematográfica de Nicholas Sparks, que arrancó en 1999 con Mensaje en una botella y alcanzó su cúspide de fama en 2004 con El diario de Noa. Pues eso, más de lo mismo.

'Walking on Sunshine', un sing-along de buena música y mala factura

Es bastante obvio que Walking on Sunshine se ha concebido con dos elementos en la cabeza. Por un lado, y de forma esencial, la música, una selección de conocidísimas canciones de los años 80 versionadas por los actores del filme en números musicales a la vieja usanza, pero que apelan más a la nostalgia que al gusto por la brillantez con la que puedan estar hechos. Por este afán se explica, por ejemplo, la presencia de Leona Lewis, ganadora de un concurso televisivo británico en el año 2006 y cantante de éxito desde entonces. Por otro lado, el entorno, una postal turística de la región italiana de Apulia que para ser mostrada ni siquiera tiene que mostrar coherencia geográfica. Y ya está. Lo demás, olvidable. Poca historia, personajes pocos carismáticos, todo muy previsible, facilón y a veces rozando lo amateur. Pero sí, la música basta para, aunque sea despertando del letargo cada cierto tiempo, paliar en parte la mala factura de la película.

Se huele desde el principio que Walking on Sunshine es de esas películas que obligan a apagar el cerebro. A los cinco minutos es tan evidente lo que va a suceder en la cinta, que asusta. No hay sorpresas, más allá de la simpatía que derrocha uno de los personajes, el caradura ex novio de una de las dos hermanas protagonistas interpretado por Greg Wise. El resto va de la rutina a lo anodino, pasando por el cliché y, por supuesto, la belleza de la mayoría de sus protagonistas (a excepción de los entrados en kilos Katy Brand y Danny Kirrane, que son la cuota habitual de este tipo de actores, indudablemente como motivo cómico del cine de buen rollo en el que pretende encajar) y del lugar escogido como escenario. En ese sentido, no hay duda de que es una bellísima postal, montada eso sí de una forma completamente arbitraria, llevándose por delante la continuidad de una forma notable.

Obviamente, todo esto forma parte de la desgana de hacer una película en la que sólo quiere venderse con el carisma y el atractivo de la foto fija de sus tres protagonistas (Hannah Arterton, la hermana de Gemma Arterton, Annabel Scholey y Giulio Berruti) su concepto como musical. Y ahí, claro, el trabajo está hecho de antemano. Con canciones ochenteras de Maddona, Bananrama, The Bangles, George Michael o Roxette, resulta casi inevitable que la pierna se mueva al ritmo de la música, al menos para aquellos espectadores que hayan crecido o al menos conozcan esas canciones. Su presencia en la película es más o menos discutible, y la sensación es que el guión se ha ido construyendo en base a los títulos y letras de las canciones cuyos derechos han podido adquirir. Y la ejecución de los números es simplemente correcta. No hay ninguno especialmente memorable, ni tampoco alguno que desemboque en el desastre.

La verdad es que sorprende que un musical con una buena selección de canciones no sea capaz de pasar del nivel que ofrece Walking on Sunshine, pero el resultado es bastante pobre. Pasable si lo único que se pretende es pasar un rato simpático animado por la música seleccionada, pero poco más. Max Giwa y Dania Pasquini, que firman la película simplemente como Max & Dania, no hacen valer su experiencia en el mundo del musical para hacer algo verdaderamente atractivo, fallando sobre todo por la parte más cinematográfica y menos vinculada al género que exploran. Y eso que tienen un reparto mínimamente solvente que sabe llenar los zapatos de su personaje seguramente muy por encima de lo que los dos directores han sabido sacarles. Pero la película no tiene emoción, no conmueve ni en los momentos más felices ni en los más tristes y la implicación con la historia es tan mínima que ni siquiera permanece en la memoria. Lástima.

viernes, abril 24, 2015

'El maestro del agua', el afortunado debut del Russell Crowe director

El maestro del agua es la primera película que dirige Russell Crowe y su debut puede calificarse a grandes rasgos de afortunado. Y es que su enorme categoría como actor ha encontrado un interesante reflejo detrás de las cámaras, desde donde también demuestra tener algo que contar. Su mirada es clásica, pero también sabe ser espectacular cuando lo necesita. La historia que ha escogido, la de un australiano que viaja a Turquía en busca de sus tres hijos, combatientes en la batalla de Galípoli durante la Primera Guerra Mundial, le permite el lucimiento en esa doble faceta. Como actor, sigue siendo tan eficaz que parece difícil encontrarle pegas. Como director, es verdad que cae en algún tópico de esos que parece inevitable, como los momentos en los que El maestro del agua parece una hermosa postal o asimilando la concesión al toque romántico que tiene la película sin que realmente lo necesite ni aporte demasiado, pero rueda francamente. Ha pasado por las manos de muchos grandes y se nota que ha aprendido.

Como las batallas que se muestran en el prólogo y después a modo de flashbacks no son el centro de El maestro del agua, Crowe no se vuelca en ellas. No le interesa el gran cuadro, sino pinceladas muy concretas que le sirven para definir a sus personajes. Quizá se le escapa ahí una oportunidad de hacer un filme más espectacular, pero da la impresión de que no es lo que quiere, que beneficia el aspecto de Joshua Connor, el personaje que interpreta el propio Crowe, como padre. Y de esa manera, hay más en las miradas que en las grandes panorámicas, más en las miradas y en los diálogos que en el cuidado proceso de recreación de la época y los exóticos lugares que adornan el filme para deleite del espectador occidental. Por eso no hay tanto disfrute en los planos turísticos y culturales y sí en las escenas más intimistas, desde el impresionante momento en el que Crowe lee Las mil y una noches en la habitación de sus hijos hasta el instante en el que descubre qué fue de ellos durante la batalla.

A Crowe aún le faltan cosas por pulir, por supuesto. Hay un ligero abuso del flashback, incluso repitiendo algunos momentos, lo que a veces ralentiza la película, pero sabe de su importancia para construir la historia y los maneja bien con frecuencia. De hecho, una de las mejores secuencias de la película es un flashback que le permite un gran lucimiento físico, actoral y narrativo, en el que montando a caballo va en busca de sus hijos, todavía niños, cuando les sorprende una tormenta de arena. Ahí se ve la capacidad de Crowe como cineasta, convencido en lo que hace, sabedor del poder de la imagen y el sonido, pero también consciente de que la única forma de contar algo es a través de unos buenos personajes. El suyo lo es, el de Olga Kurylenko también, y el de Yilmaz Erdogan también, aunque en algún momento da la impresión de que podría haber sido aún más grandioso. En realidad, como toda la película, que deja un muy buen sabor de boca pero no termina de alcanzar un lugar aún más privilegiado.

Con sus defectos, que se pueden reunir en torno a los clichés que resultan más habituales en el cine de corte hollywoodiense, El maestro del agua es en todo caso una película muy atractiva, una aventura clásica, que sabe sacar partido a su exótico escenario, a su ambientación en la Turquía del primer cuarto del siglo XX para enmarcar una historia universal, francamente bien dirigida y muy bien interpretada (imposible no destacar también el breve pero muy intenso papel de Jacqueline McKenzie, en realidad motor emocional y argumental del filme). Y si hay algo que Crowe maneja muy bien en la película es la intensidad personal, la que estalla en una discusión a tres bandas que precipita el último tercio del relato y que en realidad forma parte de muchos más momentos a lo largo de sus algo menos de dos horas de notable cine. Así es casi imposible no sentir interés por saber cómo desarrollará Crowe su carrera como director, porque su debut deja un más que apreciable buen sabor de boca.

'La sombra del actor', una disección curiosa

En las primeras escenas de La sombra del actor es inevitable pensar en Birdman, con la que hay incluso una coincidencia asombrosa en un instante, y la curiosidad aumenta cuando se comprueba que ambas películas se enseñaron en el pasado Festival de Venecia, la de Barry Levinson tres días después de la Alejadndro González Iñárritu. En realidad, sus semejanzas pasan sólo por la disección del actor que realizan, pero si bien aquella es un fresco colectivo de lo que sucede en el backstage y en el escenario de una obra, esta se centra en la caída al infierno de un intérprete que ya no quiere seguir siéndolo. Es inevitable sentir cierta confusión, porque la película es una a ratos extraña montaña rusa emocional que va variando de foco y casi hasta de tono, pero Levinson, con un Al Pacino que se queda la película prácticamente para él solo (generalmente para bien), consigue un intrigante drama y una agradable comedia, mezclando ambos elementos en una historia quizá algo más artificial de lo que parece pero que mantiene el interés hasta el final.

Lógicamente, la presencia de Pacino tiene mucho que ver en eso. Como le ha sucedido en las últimas décadas a tantos grandes actores del Hollwyood de los años 70, Pacino no está protagonizando ahora sus mejores películas, pero de vez en cuando tiene chispazos muy interesantes. La sombra del actor es uno de ellos, porque la disección del actor que propone la película es casi un trabajo personal e intimista que se asoma a su propia personalidad. Es fácil caer en la tentación de pensar cuánto hay de Pacino, o de cualquiera de estas otras estrellas que se alejaron del cine de calidad que les convirtió en quienes son, en la figura de este Simon Axler, imaginado en primer lugar en la novela de Philip Roth en la que se basa el filme. La sombra del actor funciona mejor cuando más ambiguo es todo. Cuando Levinson intenta explicar las cosas es cuando la película llega a territorios menos afortunados. Ahí y en el uso del tiempo, no siempre demasiado acertado.

Lo que mejor funciona en el filme es su surrealismo. Pasado el momento inicial, que intenta añadir una carga intelectual que la película en realidad tampoco necesita, son las vicisitudes a las que tiene que hacer frente Axler las que dan vida al filme. Y casi siempre es un surrealismo en femenino, que pasa por las figuras de cuatro mujeres: Pegeen (Greta Gerwig), la hija de una pareja de actores a la que hace años que no ve; su madre (Dianne Wiest); la acosadora e insistente ex novia de la joven (Kyra Sedgwick); y la desequilibrada compañera de internamiento de Axler (Nina Arianda). Pacino se divierte en las escenas con ellas, también en las ensoñaciones con las que Levinson quiere dejar al espectador con la duda de si está ante una historia realista o ante las visiones de un actor esquizofrénico. Y Levinson deja que sus actores gocen más que sacar conclusiones o hacer juicios de valor. Quizá falta algo más de concreción en la película, que no de explicaciones, para que el resultado sea más completo, pero por el camino deja algunas escenas y personajes interesante.

Con la simple presencia de Levinson tras la cámara y de Pacino al otro lado (y la de Wiest, y la de Segdwick), La sombra del actor tiene más que garantizada la atención. Y aunque ambos están lejos de sus mejores momentos, algo mucho más apreciable en el que caso del director que del intérprete, el resultado es lo suficientemente atractivo como para disfrutar de la experiencia. No es ni la disección definitiva del actor, esa figura que ha ganado progresivamente la atención del mismo cine en los últimos años, ni tampoco la mejor película posible con el material que Levinson tenía sobre la mesa, pero acaba resultado una comedia con algunos aciertos notables y un drama sugerente sobre lo que se cuece en la mente de un actor, que no deja de ser en realidad un embaucador al que siempre le permitimos que nos embauque. Como la película, de hecho, que sabiendo perfectamente que tiene sus flaquezas acaba convenciendo con el magnetismo de su protagonista.

'La pirámide', el horror... pero cinematográfico

Cuando uno ve La pirámide, la pregunta que surge de inmediato es cómo es posible que una película así pueda, no ya llegar a estrenarse, sino simplemente hacerse de esa forma tan lamentable. Si hay un género que es fácilmente maltratable, ese es el terror, pero hay filmes como este que se salen de las escalas. Está realizada, interpretada y escrita con tal torpeza que parece mentira que sea una obra profesional, con un gran estudio detrás de ella y que incluso llegue a los cines, cuando siendo más que benévolo es carne de videoclub. Siendo, en realidad, muy benévolo. No siendo demasiado quisquilloso, la verdad es que la película podría haber sacado partido de una ambientación correcta, pero la dirección del debutante Grégory Levasseur, una cierta sensación amateur de la que es imposible sustraerse y unos diálogos terriblemente torpes, tópicos y absurdos, ejecutados por unos actores que no se creen absolutamente nada de lo que están diciendo terminan de rematar a un filme de horror... pero cinematográfico, sí.

La pirámide sigue los pasos de dos arqueólogos, un técnico, una periodista y un cámara que acaban en el interior de una construcción egipcia recién descubierta e inexplorada. El toque exótico del escenario pierde encanto bastante pronto. La mejor manera de entender que es un filme bastante malo es que no provoca ninguna sensación de terror. Al contrario, bordea las involuntarias arenas de la comedia con situaciones y frases lapidarias completamente inverosímiles. En realidad, la advertencia es clara desde el principio, cuando parece que va a ser uno de esos ya incontables filmes de género que se narran mediante cámara en mano, ese subgénero tan poco exitoso del found footage, y muy pronto comienza a hacerse trampas hasta en eso, pasando a una narración tradicional complementada con esos planos grabados por los propios personajes y aderezados con la terriblemente tópica frase de uno de los personajes instando a otro a dejar de grabar. Si ese fuera el único problema del filme, no irían mal las cosas, pero no.

La torpeza con la que está escrita el guión es tan grande que presenta a una periodista que se va a Egipto a cubrir una excavación como esta y le sorprende el nombre de Osiris. O incluye una escena en la que hace falta un arqueólogo supuestamente extraordinario para interpretar como una amenaza un jeroglífico en el que le están reventando la cabeza a un personaje. Por no hablar de la incompetencia con la que expertos al parecer de renombre y experiencia se adentran alegremente en una pirámide sin equipo y sin precauciones serias, o de ese extraordinario momento en el que intentan rescatar a una víctima de una de las por supuesto previsibles trampas con las que se topan en el interior de los túneles de una forma asombrosamente ignorante. La única forma de pasar los afortunadamente breves 89 minutos de la película es tomársela a broma, como por desgracia suele suceder demasiadas veces en el género de terror. Si eso lo hubiera hecho Levasseur, igual se podría haber rescatado algo, pero por razones difíciles de comprender da toda la impresión de haber querido hacer una genuina película de terror.

Siendo tan previsible, es evidente que la película cae en todos los tópicos habidos y por haber. De hacer una quiniela, es casi imposible fallar en el orden en el que los personajes van cayendo en las amenazas de la pirámide (porque, obviamente, esta es una de esas películas en las que un grupo se va viendo diezmado por fuerzas misteriosas), por supuesto la joven, rubia y atractiva protagonista tiene que aparecer semidesnuda (lo cual ya tiene mérito en una película que se desarrolla casi de forma íntegra en el interior de una pirámide), y el final se prolonga hasta la extenuación, cuando podría haberse quedado unos diez minutos antes, simplemente por incluir una escena de efectos especiales que es bastante risible, no sólo por la baja calidad de las figuras realizadas por ordenador sino incluso por su misma ejecución en el set. Si por lo menos hubiera algún momento de genuino terror... Pero ni eso. Por mucha estridencia que se ponga en los efectos de sonido, La pirámide no provoca ni el más mínimo sobresalto. Es triste tener que emitir juicios tan duros sobre una película, pero es que no hay por dónde cogerla.

viernes, abril 17, 2015

'Lost River', el calco de estilo de Ryan Gosling

Al destacarse que Lost River es el debut en la dirección de Ryan Gosling, y viendo el tipo de cine por el que ha apostado frecuentemente como actor, el temor a que carezca de un estilo propio en este su primer filme está más que fundado. Y el resultado lo acaba confirmando. Gosling casi acaba confesando sus inspiraciones en los créditos del filme, colocando entre los agradecimientos a Nicholas Winding Refn o Terrence Mallick. Sólo le falta añadir el nombre de David Lynch y el cóctel que supone esta cinta está más que resuelto. Gosling rueda razonablemente bien, pero elude un estilo propio, prefiere quedarse con el de sus referentes, y se nota demasiado. Por eso la película, a pesar de que sólo llega a los 85 minutos y no llegar a aburrir, es un ejercicio de estilo más vacío de lo que seguramente le hubiera gustado, que deja de lado las posibilidades del imaginativo mundo que crea y que se centra en impactar visual y sonoramente. A ratos hasta lo consigue, pero juega tan en el filo de la navaja que al final acaba perdiendo el control.

Como resultado de esta mezcla, Lost River peca de una cierta indefinición en muchos niveles. Es difícil ubicar a la película en terrenos que prevengan de la cierta perplejlidad que pueden provocar sus personajes o su ambientación. Y por eso mismo a veces los protagonistas, una familia disfuncional encabezada por Billy, una madre (Christina Hendricks) dispuesta a hacer casi cualquier cosa para salvar la casa en la que vive con sus dos hijos. Si bien la historia de esta mujer podría haberse adentrado en universos lynchianos satisfactorios, y de hecho algo de su estética está presente ya desde el mismo cartel del filme, esta trama comparte demasiado espacio con la de su hijo adolescente, Huesos (Iain De Caestrecker), que es la que evidencia la irregularidad del filme y los peligros de caer en un surrealismo excesivo (el mejor ejemplo, lo que acaba rescatando de debajo del agua).

No da la impresión de que Gosling, también guionista del filme, haya sabido desarrollar los personajes ni tampoco el mundo en el que los ubica, del que apenas se dan explicaciones, perdiendo una ocasión de generar más interés por ese aspecto. Tampoco que haya sabido medir la importancia de cada una de las tramas, escenarios y motivaciones. Y el caso es que hay elementos de interés que quedan diluidos en favor de una estética nada personal. Gosling se recrea demasiado en artificios visuales y sonoros que si ni siquiera le pertenecen en primer lugar, pero de esta manera no consigue enmascarar los muchos problemas que tiene su historia. En demasiadas ocasiones da la impresión de que la historia de Billy y la de Huesos (todos los personajes tienen motes de este tipo; el de Saorise Ronan, Rata, es el único que tiene una explicación) forman parte de películas diferentes. El error de Gosling, que sí parece entender ambos caminos, es que no ha sabido hacerlos confluir, lo que ahonda en las pobres sensaciones que deja la película.

La irregularidad es la marca que deja Gosling en su debut en casi todos los aspectos, incluyendo las interpretaciones. Por un lado, saca buenos trabajos de Hendricks o De Caestrecker, incluso de Eva Mendes, cuyo personaje no deja de ser una cáscara vacía que aparece más por puro placer voyeur que por necesidades narrativas, pero desperdicia el personaje y la mirada inquietante de Saoirse Ronan precisamente porque su personaje y sus circunstancias no terminan de encontrar un encaje adecuado en la historia. Lost River no termina de ser una mala película, aunque los defectos superan con mucho a sus virtudes, pero sí es una muestra de lo que puede suceder cuando un actor con inquietudes se sitúa detrás de la cámara sin tener muy clara cuál es su voz y se deja llevar por lo que han hecho otros con él. Una lástima, pero en todo caso habrá que esperar a la segunda película de Gosling para saber de verdad qué podemos esperar de él como director.

'Una noche para sobrevivir', un correcto más de lo mismo

Aquellos espectadores que tengan un bagaje en el género, que estén acostumbrados a ver thrillers, que conozcan al detalle la trayectoria más reciente de Liam Neeson o incluso los que hayan visto y disfrutado los últimos filmes de Jaume Collet-Serra (que además cuentan con Neeson como protagonista, tanto Sin identidad como Non-Stop), encontrarán en Una noche para sobrevivir más de lo mismo. Pero es un más de lo mismo correcto, entretenido, bien llevado y que proporciona el entretenimiento para el que está pensando el producto. Si bien los primeros espectadores mencionados podrán pensar que la ausencia de originalidad y la repetición de arquetipos y modelos es un punto en contra de la película, el espectador casual sí podrá disfrutar de la historia sin problemas porque tiene las suficientes dosis de emoción y carisma como para pasar el corte sin demasiados problemas. No será consuelo para algunos, pero si los clichés se emplean con tanto oficio como aquí, no importa tanto que no haya una mayor originalidad.

Y es que Neeson ha encontrado desde hace ya muchos años un espacio en el que se mueve como pez en el agua. En Una noche para sobrevivir da la impresión de que su personaje va a ser distinto al de tantas y tantas películas como ha hecho en los últimos tiempos, se le presenta con una fragilidad mucho mayor, con un pasado turbio que afecta a su presente, con problemas con la bebida y de dinero, no muy lejos de ser un hombre derrotado. Pero en el momento que coge una pistola por primera vez se transforma, casi por arte de magia, en el Neeson al que estamos acostumbrados. Eso, en realidad, es un error en el filme, porque no deja reposar la historia lo suficiente (apenas transcurren 16 horas entre la primera escena, que da una información que en realidad no termina de funcionar, con el arranque de la historia) como para que esa metamorfosis sea del todo creíble, por mucho que el carisma de Neeson sea tan grande que pronto se olvida cualquier malestar y la inmersión en el ritmo trepidante que propone Collet-Serra es total.

Carisma y oficio son las dos grandes bazas de la película. Collet-Serra ha reunido un reparto con el que se disfruta en todo momento. Además de Neeson, es imposible no apreciar lo que Ed Harris es capaz de hacer, lo que ha hecho siempre aunque sea uno de esos actores infravalorados que nunca ha dado el salto al estrellato (impresionante la conversación que mantiene con Neeson en el bar), y en general todo el reparto funciona muy bien, desde Joel Kinnaman, interpretando al hijo de Neeson, hasta Vincent D'Onofrio. Y Collet-Serra rueda generalmente tan bien que aporta el nervio que necesita la película. El ejemplo perfecto es la espléndida persecución automovilística que introduce, continuación natural de la que ya incluyó en Sin identidad. Lo que no encaja tan bien en la historia, y que en realidad resulta un innecesario empleo de recursos, es la digital forma en la que realiza las transiciones entre escenas (o la del prólogo), que no consigue dar a la ciudad el protagonismo que busca y que sí se consigue con planos más tradicionales.

Una noche para sobrevivir, en realidad como casi todas las películas de Collet-Serra, roza los caminos de lo inverosímil pero acaba encarrilándose para entretener sin complejos hablando de lo que tantas veces ha hablado el cine, las consecuencias del lado más oscuro de los negocios mafiosos en la familia y en viejos amigos. La película mezcla tópicos y momentos más que interesantes, destacando entre estos últimos la conscientemente no demasiado explicada relación entre el protagonista y el policía que interpreta D'Onofrio. Quizá haya un intento de llevar la espectacularidad de la película demasiado lejos (en la escena del bloque de viviendas y la introducción de un temible asesino a sueldo), cuando Collet-Serra se muestra siempre acertado en entornos algo más controlados (los de cualquier tiroteo que se ve en la película, meticulosamente planificados, o la ya mencionada persecución por las calles de Nueva York), pero en general es muy fácil pasarlo bien con el filme, por mucho que nos recuerde a cientos de historias parecidas.