viernes, julio 03, 2015

'Aprendiendo a conducir', amabilidad ante todo

Después de la tramposa truculencia de Mi otro yo, Isabel Coixet se ha ido al extremo opuesto del espectro emocional y ha buscado amabilidad ante todo. Aprendiendo a conducir es una sencilla, simpática, folclórica y pintoresca que une los destinos de un taxista y profesor de conducción de origen indio interpretado por Ben Kingsley y una mujer de mediana edad, Patricia Clarkson, que se enfrenta a una crisis matrimonial que parece definitiva y que, casualmente, se ve en la necesidad de sacarse el carnet de conducir. Fácil, ¿verdad? Pues así es la película, una pieza que se aleja de cualquier complejidad, que se recrea en mostrar los diferentes que son los mundos de los dos protagonistas y que tiene tan buenas intenciones como poco riesgo a la hora de afrontar el relato. Tampoco es que hiciera falta mucho más para que la película funcionara la suficientemente bien.

Y es que teniendo una pareja protagonista como la que forman Ben Kingsley y Patricia Clarkson más de la mitad del trabajo ya está hecho antes incluso de rodar. Sin desmerecer el trabajo de Coixet o el de Sarah Kernochan en el guión, el alma de la película descansa en sus dos protagonistas. Kingsley y Clarkson hacen una espléndida labora no sólo para marcar las diferencias culturales entre sus personajes, algo que Coixet acentúa mostrando los mundos de ambos por separado (y por supuesto con música hindú en el caso del de Kingsley), sino sobre todo para complementar sus emociones. En ese aspecto es donde mejor funciona la película, haciendo que la soledad que sufre cada uno de los personajes encuentre acomodo en la del otro, aunque es también lo más previsible. Al menos la resolución sí está a la altura y esquiva los tópicos más facilones y cansinos en los que podría haber caído.

No es menor ese logro en una película que se deja ver con agrado precisamente por su falta de pretensiones mayores. Para bien o para mal, en beneficio del público generalista y probablemente para ligero disgusto de los aficionados de Coixet, Aprendiendo a conducir no es más que una historia pequeña de dos personajes que no tienen unas circunstancias especialmente extraordinarias, más allá de ese elemento cultural que les separa. Y de nuevo puede parecer poca cosa, pero es justo eso lo que añade amabilidad al resultado final. El guión podría haber complicado la trama con elementos dramáticos o singulares, pero no era necesario. Coixet en eso es bastante inteligente y no se pierde con lo accesorio, va al grano con una película bien montada (si acaso se puede reprochar que durante unos minutos bastante numerosos las dos historias vayan un poco por libre) en poco más de hora y media y aceptando la naturalidad como su mayor arma.

Hay que insistir, precisamente por eso, que lo mejor de la película está en su pareja protagonista. No es que ninguno de los dos haga el papel de su vida, pero ambos saben exactamente lo que tienen que hacer para que la película funcione dentro de su modestia. Y es que, en el fondo, no hay mucho más en la propuesta, simpática por sí misma y sin sentirse en la obligación de buscar caminos más enrevesados. Ni siquiera está el preciosismo visual en contraposición con historias mucho más complejas tan habitual en el cine de Coixet, porque Aprendiendo a conducir no es una película que arriesgue demasiado, ni en el fondo ni en la forma. Es, simplemente, un pequeño relato de superación emocional dentro de unos parámetros moderados, controlados y realistas. Es decir, es un reflejo de lo que cualquier podría vivir en el día a día. Nada más, y nada menos.

viernes, junio 26, 2015

'San Andrés', un horror divertido

En Hollywood debe de haber un testigo invisible que se van pasando de película en película para confirmar que sigue siendo posible hacer peores películas, con personajes más planos, situaciones más inverosímiles, diálogos más absurdos y tópicos más lamentables. No hay otra forma de entender que se hagan filmes como San Andrés, un nuevo acercamiento que no vuelta de tuerca al manido subgénero del cine de catástrofes. Vista con un mínimo de rigor cinematográfico, es una película que pide a gritos ser despellejada. Es, y hay que decirlo con total sinceridad, francamente mala. Un horror. Pero, qué cosas, es un horror divertido. ¿Cómo es eso posible? Hay quien lo llama placer culpable, aunque probablemente se pueda resumir en que a todos nos gusta ver un buen puñado de escenas de sana destrucción salvaje, porque eso es con diferencia lo mejor que ofrece San Andrés, unos apabullantes efectos visuales y sonoros para dar el mayor verismo a los terremotos. Y ahí la película sí es sobresaliente. Pero sólo ahí.

Empezando por eso, por lo bueno, el esquema es en realidad sencillo de seguir. Si esto tiene que ser una película de terremotos, hay que hacer que queden completamente destruidos algunos monumentos populares incluso fuera de Estados Unidos. Está en el manual y, llevando la acción sobre todo a San Francisco, eso está más que logrado. Pero los efectos, esos que en los últimos años parecen haber entrado en un terreno bastante acomodado en el cine norteamericano, lucen bastante bien en casi toda la película. Hay una buena mezcla entre efectos en plató y efectos en el ordenador para que la sensación sea la de estar realmente en el centro del terremoto. Técnicamente es una película irreprochable, y eso últimamente no se estaba viendo en el cine de gran presupuesto de Hollywood, ni siquiera en el que cinematográficamente es muy superior a San Andrés. Pero, claro, quitando esto, la película es de las de padecer lo peor de ese manual sobre hacer cine tan tópico que nadie se atreve a escribir.

San Andrés utiliza una familia tópica y vista mil veces, formada por unos personajes tan planos y previsibles que a veces asusta. Más que la película, lo que uno pagaría por ver es la reunión con los altos ejecutivos que pasan, y probablemente con entusiasmo, algunas de las escenas que hay en este filme. Incluso partes de la misma premisa de la película son absurdas, planteando una acción paralela, por un lado un científico que proclama que tiene la capacidad de predecir los terremotos, una trama que si se analiza aún con desgana no tiene ni pies ni cabeza (y sólo sirve para recuperar la presa Hoover como escenario y colocar a Paul Giamatti en una película en la que no coincide con ninguno de los nombres que aparece en el cartel), y por otro la de un padre (Dwyane Johnson) que trabaja en emergencias y va en busca de su hija (Alexandra Dadario) y de paso recoge a su mujer (Carla Gugino), a la que sigue queriendo a pesar de que le ha pedido el divorcio y se ha ido a vivir con otro hombre (Ioan Gruffud). Tópico, ¿verdad? Pues es aún peor.

Si hay que dar una medalla al peor personaje del año, el de Gruffud tiene todas las papeletas. Si hubiera una película que en realidad pregona un machismo visual sin límite (todas lucen un escote lo sufcientemente visible como para que sus carreras por la acción estén pensadas para que su anatomía se mueva lo más posible), por mucho que quiera disimular dando a las mujeres un papel activo en la acción. Ah, y por supuesto luciendo banderas americanas por todas partes, patrocinios nada disimulados, música fanfárrica por doquier y un espíritu de superación que a veces supera lo ñoño. Y el caso es que, viendo la acción, a ratos sobresaliente y visualmente muy atractiva, Michael Bay suspiraría por hacer una película así. Porque Brad Peyton ha logrado filmar una historia en la que se rompen más cosas que en los filmes de Bay, con mucho más sentido y de una forma visualmente mucho más atractiva. Pero, como película, mala es un rato, hay que insistir en ello.

'Espías', Jason Statham y Rose Byrne arrasan en la fiesta de Paul Feig y Melissa McCarthy

Nueva película de Paul Feig con Melissa McCarthy y nuevo despliegue de gags, bromas, y chistes del mismo estilo de lo ya conocido. Como suele suceder en estos casos, quien se haya reído con La boda de mi mejor amiga o Cuerpos especiales, también se reirá con Espías, porque repite las mismas constante y el humor gamberro de aquellos dos filmes. Pero aquí hay una sorpresa, y es que hay dos actores que arrasan en el entorno ya trillado de director, escritor y protagonista (que nadie se deje engañar por el cartel español de la película, la protagonista es Melissa McCarthy de forma indiscutible): Jason Statham y Rose Byrne. El primero demuestra tal sentido del humor riéndose de sí mismo y su más absoluto encasillamiento que es imposible no reírse con él en sus divertidos diálogos, los más acertados de todo el filme. Y la segunda es una actriz de tanto talento, aunque no se le reconozca demasiado a menudo, que tampoco se le resiste el papel de comedia que le ofrece Feig.

La presencia de Statham y Byrne consigue, de hecho, que las dos horas exactas del filme (por si alguien tiene interés, durante los títulos de créditos se deslizan algunas bromas en el grafismo y a su fin hay una toma falsa) no se hagan demasiado largas. Porque, en realidad, lo parecen durante la película, que tiene un ritmo tan apabullante (y no necesariamente en el buen sentido) de gags que parece increíble que haya conseguido alargarse tanto. No hay una historia brillante, ni siquiera apañada, sino una incontenible acumulación de chistes. Eso, aunque Feig no sea consciente, es un problema, porque aumenta el nivel de error y multiplica la presencia de momentos sin gracia. Los hay muy divertidos, eso está claro, pero siendo tantos los intentos y siendo el filme tan largo es difícil escapar de esa irregularidad... si no fuera, de nuevo hay que insistir en ello, por Statham y Byrne, cuyas dosificadas presencias (más la de él que la de ella) aportan brillantez al conjunto.

Feig arranca la película como una parodia de James Bond, a lo que ayuda el carisma de Jude Law (y su esmoquin) y los títulos de crédito y la banda sonora bondianos que Feig utiliza, recursos tan fáciles de reciclar como efectivos. Pero después, aunque se mantenga el homenaje al cine de espías por el constante cambio de escenario (y esa querencia tan de 007 por diversas localidades europeas), en cuanto McCarthy toma el protagonismo absoluto de la película, Espías se desliza a los terrenos más comunes. Y ahí volvemos a lo mismo de siempre en las comedias: o se aprecia a su protagonista o la película puede convertirse en una experiencia de difícil digestión. Es tan descarada la decisión de dejarlo todo en manos de McCarthy que lo sorprendente es que Statham, que no es precisamente un gran actor, o Byrne, que no se ha distinguido hasta ahora por ser una gran cómica, sean capaces de destacar con tanta claridad e independientemente del papel que les reserva el guión.

Aunque el doblaje supone una tergiversación de la experiencia, hay chispa en los diálogos, y ahí, toda una sorpresa, es donde destaca Statham. Byrne tiene presencia, una sorprendente vis cómica y una elegancia total, pero Statham arrolla en cada escena en la que aparece. Y por eso duele menos la duración, la exageración visual para hacer creíbles las habilidades en el cuerpo a cuerpo del personaje de McCarthy o la simplista trama, supeditada siempre al momento cómico. En realidad, tampoco es que Espías aspire a ser mucho más de lo que es, y en su terreno cumple razonablemente bien. No es la comedia más sofisticada del mundo (¿siguen haciéndose comedias de ese tipo?), pero saca del espectador, incluso del menos propenso al género, más de una risa. Incluso alguna carcajada. Pero sí, la culpa la suelen tener Statham o Byrne, mucho más que McCarthy o Feig, que en todo caso superan con creces los resultados de Cuerpos especiales.

viernes, junio 19, 2015

'El niño 44', un fallido galimatías

Cuando acaba El niño 44, la sensación es de total desazón. Una película que tenía muchos elementos para ser al menos interesante termina siendo un fallido galimatías que, en realidad, no hay por donde coger. Y es una pena, porque sólo con el esfuerzo de Tom Hardy para dar vida al protagonista ya se podían tener esperanzas de ver algo más que digerible. Pero no. Ni siquiera se acerca El niño 44 a la película aceptable que podría haber sido. Daniel Espinosa dirige un filme extraño, que no sabe si quiere ser un retrato de la sociedad soviética stalinista, un thriller de misterio, un clásico whodunit o un descenso personal a los infiernos. Al final, hay algún elemento de interés que se atisba en cada una de esas facetas pero ninguna de ellas rompe con la suficiente fuerza como para ser el corazón de la película o siquiera para levantarla de su caída libre, convirtiéndose en una procesión de temas y personajes que no terminan de encontrar demasiado sentido ni de fascinar demasiado.

El principal problema está ahí, en que no queda claro qué quiere ser El niño 44. Hay un primer momento en el que parece que la película se decanta por algo, pero para entonces ya ha transcurrido una larga media hora que nada tiene que ver con ese giro que hace albergar algunas esperanzas. Y luego la película gira otra vez. Y otra. Y otra más. Para llegar, además, a ningún sitio. La misma duración es un problema enorme en el filme, porque es muy difícil entender que en unos innecesarios 137 minutos no haya una concreción más sólida y que se cuenten tan pocas cosas de interés. No se justifica por ningún lado tanto metraje para tan poca cosa, y eso incluso acentúa una cierta sensación de aburrimiento que se llega a sentir en más de un momento de esas más de dos horas de película en las que se presenta a un asesino sin carga emocional ni historia justificable, un antagonista mal construido y hasta un personaje que aparece en el filme pasada ya una hora de película que está llamado a ser coprotagonista y que está horriblemente dibujado.

Tom Hardy es, de largo, lo mejor que ofrece El niño 44. Es el único que consigue hacer creíble el innecesario acento ruso que tienen todos los personajes, una de esas extrañas manías del cine moderno que se pueden aborrecer con películas como esta. Si se quiere que los actores tengan acento ruso, ¿por qué no hay rusos en el reparto? ¿Qué sentido tiene rodar la película en inglés si se quiere obligar a los actores a hablar de esa manera? Y más cuando muchos de los intérpretes se saltan esa exigencia a conveniencia. Puede parecer un matiz banal, pero acaba siendo otro elemento más que causa malestar en el espectador, lo que se suma a los flagrantes problemas de guión, su mal montaje, su escaso ritmo, sus exageradamente alargados pasajes (¿qué aporta el regreso a Moscú en busca del testigo?) o su exageradísima capacidad para asimilar casualidades imposibles en la historia. Eso es, en realidad, lo que más molesta en la película, que hay muchas escenas innecesarias y muchas muy mal explicadas.

Y eso molesta más cuando se tiene una ambientación lograda y un reparto a priori interesante. Por un momento ves a un Gary Oldman brutal en el que la película puede apoyarse, pero acaba perdido por un guión no ya inocente sino más bien torpe. Parece que Noomi Rapace puede ofrecer un contrapunto interesante, pero su historia se desinfla de una forma asombrosa. Y el personaje de Joel Kinnaman, centro de muchas de las incoherencias de la película, acaba siendo la forma en que la historia encuentra explicaciones a lo inexplicable. Espinosa no ayuda demasiado, rodando las escenas más intensas de la cinta con un descontrolado movimiento de cámara que invita a dejar de mirar y esperar a que todo termine. Eso es, de hecho, El niño 44, porque al final uno no tiene demasiado claro ni lo que ha visto ni por qué lo ha visto. No tiene trascendencia el origen del protagonista, ni el caso que investiga, ni el análisis social que plantea, y todo acaba en el mismo punto en el que empezó pero con un mensaje buenista difícil de digerir.

'Ahora o nunca', una fórmula agotada

En algún momento, alguien pensó que las películas de bodas eran un material perfecto para hacer comedias. Pero hay ya tal saturación de títulos que parten de esa excusa que quizá habría que plantearse la necesidad de olvidar los enlaces y sus celebraciones al menos por un tiempo, porque la fórmula está agotada. Esta es, por supuesto, una visión que un sector del público no va a compartir. Porque de la misma manera que Ahora o nunca da la impresión de no ser una película particularmente divertida, también parece una que tiene un segmento de público que la va a acoger con agrado, aunque sólo sea por sus dos protagonistas, Dani Rovira y María Valverde, y al menos una de sus secundarias, Clara Lago. En realidad, se puede decir que el éxito de la película entre quienes no lo tengan muy claro descansa en las espaldas de Rovira. Si él cuela, la película también. Pero si no es el caso, se notará esa sobreexplotación de chistes y situaciones en que se convierte el filme, una sucesión de gags más que una historia con vocación de ser redonda.

El principal dilema que plantea Ahora o nunca es doble. Por un lado está ese explotadísimo tema central. ¿Algo de originalidad en la forma en que lo trata? La verdad es que no. Incluso la novedad de tener por separado a novio y novia, Rovira y Valverde, acaba jugando en contra de la historia, porque da la impresión de estar viendo dos relatos bastante poco conectados (incluso tres, lo del autocar es directamente prescindible y bastante cargante, además de la mayor incongruencia temporal del guión). Y por otro lado está la excesiva dependencia de los actores para que la película se sostenga. Una cosa es aprovechar un talento más o menos indiscutible de un actor y otra dejar el filme completamente en sus manos. Eso hace que sobre todo Dani Rovira sea el elemento que permite valorar la película de una forma más adecuada. Si él hace gracia, la película se salva. Si no, se pierde. Y las sensaciones que deja el filme están más cercanas a lo segundo porque no es precisamente Rovira el protagonista de los chistes más salvables.

Está más que claro que Ahora o nunca es una película pensada para reproducir éxitos cercanos y lejanos. Ocho apellidos vascos, con la espléndida recepción que tuvo entre crítica y público, pide un producto similar lo antes posible, como también parece inagotable, y ya hay que decir que por desgracia, lo que ya casi se ha convertido en un subgénero, las películas de bodas. En esa línea, puede ser un producto pasable, gracias sobre todo a su contenida duración. Tampoco es un filme que provoque la ira del espectador ni tiene una calidad infame, no es eso. Pero sí acaba motivando una indiferencia bastante notable. Más que a los personajes, que más allá de ese afán organizador que tiene el novio no tiene grandes características personales o emocionales que despierten una empatía inmediata, estamos viendo a los actores. De ahí la necesidad de que caigan bien antes incluso de ver la cinta para que esta se pueda disfrutar.

Pero en general, incluso entre quienes la abracen con simpatía como el producto perecedero que es, la sensación que queda es la de película fácil y de consumo muy, muy rápido. Tan pronto como se ha visto, se olvida, sin que haya personajes, situaciones o incluso postales (que Ahora o nunca también aprovecha ese recurso tan manido en el cine contemporáneo de buscarse un escenario reconocible como fondo, destacando Amsterdam en este caso) que merezcan permanecer en la memoria del espectador. María Ripoll tampoco aporta nada especial para que Ahora o nunca sea algo diferente de todo esto, ni sortea el gran problema de presentar una comedia que no es divertida en demasiados de sus episodios. Y si no es divertida, mal vamos. Se acepta que la comedia es el género más difícil, pero también hay que exigir algo más, porque de lo contrario el género se quedará tal y como parece estar con demasiada frecuencia: estancado en los mismos temas, gags y tics de siempre.

viernes, junio 12, 2015

'Lejos del mundanal ruido', buen reparto con un tiempo descontrolado

Sin pensar en adaptaciones previas o en la novela en la que se basa, Lejos del mundanal ruido invita rápidamente a fijarse en dos cuestiones fundamentales. La primera es su reparto, probablemente lo mejor de una película que se mueve muy correctamente por la historia, resultando difícil no centrarse en la siempre llamativa Carey Mulligan, muy bien acompañada por un trío masculino, el que forman Matthias Schoenaerts, Michael Sheen y Tom Sturridge. La segunda es su manejo del tiempo, que es quizá lo que menos convence de la película de Thomas Vinterverg. No convence porque, a pesar de que se introducen escenas de cosecha para mostrar el paso del tiempo y a que hay algunas alusiones a ese mismo aspecto, incluyendo una fiesta navideña, es imposible decir cuánto ha transcurrido entre el comienzo y el final o cuánto pasa entre escenas que resultan clave, ya que los personajes no parecen cambiar y porque las elipsis no están controladas y se echa en falta algo más de información para rellenarlas.

Y eso que no es una película excesivamente corta y se queda a un solo minuto de las dos horas, pero aún así el montaje se convierte en su mayor debilidad. Thomas Vinterberg, que salta al cine anglosajón después de la portentosa La caza con esta nueva adaptación de la novela de Thomas Hardy (la quinta, siendo la más conocida la que en 1968 dirigió John Schlesinger con Julie Christie y Terence Stamp encabezando su reparto), no domina el ritmo con tanto acierto como en aquella, aunque el gusto por las elipsis y por dejar que sea el espectador el que ate cabos sigue muy presente en su forma de entender el cine. No obstante, lo cierto es que aquí eso es más un demérito que un acierto (no hay más que ver la forma en la que la joven Fanny Robin regresa a la historia en el último tercio). Quizá no sea un defecto trascendental y no afecta tanto a la película como para dejarla en mal lugar, pero con algo más de acierto en este terreno sí podría haber conseguido que fuera algo más redonda.

Con ese defecto, hay que reconocer que los dos puntales obvios en una película de estas características los tiene. Por un lado, es una película de factura impecable, bien rodada porque todo lo que aparece en el encuadre encaja a la perfección en esta historia de época, trajes y escenarios, pero sobre todo actitudes y comportamientos de los personajes. Todo está perfectamente medido, quizá incluso demasiado, lo que resta algo de espontaneidad a la historia pero no en lo visual. E hilando con eso último, sobresale el reparto. Carey Mulligan es una actriz que fascina con cierta facilidad, y encuentra un tono comedido que encaja bastante bien con el de Matthias Schoenaerts. Eso sí, del trío masculino, y quitando algún momento magnífico de Tom Sturridge (cuyo personaje es claramente el peor perfilado de los tres, cayendo en la descripción fácil y no demasiado elaborada), es imposible no adorar la sutileza de Michael Sheen, un actor formidable que probablemente no tiene el reconocimiento que merece y que posee una exquisita versatilidad.

De hecho, si hay que buscar las mejores escenas de la película es difícil no incluir en ellas dos de las del propio Sheen, una conversación con Mulligan y otra con Schoenaerts en las que este intérprete muestra una sensibilidad sobresaliente. Ambas dan la mejor medida de la película y muestran que su funcionamiento es bastante correcto. Y es que, en general, o hay grandes sobresaltos, ni siquiera las escenas pensadas para quedarse en la retina (las habilidades de esgrima de uno de los tres personajes masculinos) sobrepasan lo correcto, pero tampoco hay más obstáculos para disfrutar la película que el mencionado manejo del tiempo. Lejos del mundanal ruido se convierte así en una cinta que se deja ver con bastante facilidad, en la que sus actores logran que la película adquiere un tono muy adecuado y donde el cuarteto amoroso, aún siendo previsible, se construye con bastante naturalidad.

jueves, junio 04, 2015

'Insidious. Capítulo 3', un año cero resultón pero algo flojo

Sin James Wan, Insidious es menos Insidious en este Capítulo 3, que en realidad no es una secuela de la segundaentrega, sino una especie de año cero de la mitología que se mostró en la primera. Y el producto final es resultón. Algo flojo, eso sí, porque la película incide en los clásicos errores del cine de terror moderno y porque hay muchas situaciones o especialmente bien resueltas, pero desde luego sí parece algo suficiente para los aficionados al género porque está hecha con cierto oficio, a pesar de ser la primera película como director de Leigh Whannell y que obviamente no tiene los recursos que Wan mostró a la hora de completar los huecos de la primera entrega con la secuela. Por esa razón, esta tercera película, con un cambio de protagonistas y dando un papel esencial a una secundaria de las dos anteriores películas, siempre parece lo que es, un intento de estirar el chicle, poner una vez más el título de Insidious en la pantalla y ganar unos cuantos dólares más. Con cierta dignidad, pero es así.

Lo que sigue sorprendiendo es que en películas de gran estudio siga habiendo errores tan flagrantes, fallos de continuidad, guiones que no respetan demasiado a los personajes que introducen o reglas un tanto difusas de estos fantasmas que acechan en el cine de terror contemporáneo. De todo ello hay en esta tercera parte de Insidious, lo que limita el resultado final a una historia más o menos aceptable, con los sustos habituales y una forma de entender el género demasiado sencilla como para pensar que este título tiene algo más que decir que la satisfacción del aficionado ya convencido. Pero incluso al aficionado de esta serie le puede llegar a chirriar el final, porque pone algo en cuestión lo visto en las dos anteriores entregas. Quizá no sea más que un detalle menor, una forma de cerrar la historia (siempre que la taquilla no diga lo contrario, por supuesto), pero en el peor de los casos sí es un cambio no demasiado atractivo.

En realidad, cuando uno piensa en cine de terror como el de Insidious, es bastante probable que algunos de los defectos de la película puedan ser vistos como la razón para verla. Así sucede con el uso del sonido, tramposo y efectista pero clave esencial de los sustos que tiene la película, o con la forma en que las sombras se apoderan de la pantalla, previsible pero base de esos mismos momentos de buscado terror. Los avances argumentales, en realidad, quedan en un segundo plano hasta el último tercio de la película, que sigue el esquema tradicional de este tipo de relatos sin salirse ni medio milímetro del camino ya trazado por tantos y tantos intentos previos, incluyendo la primera película de esta misma serie. Salirse de ahí fue precisamente lo que hizo del segundo filme el más interesante de la trilogía, aunque sea el primero el que tenga la mayor fama.

Este Capítulo 3 ni siquiera tiene un reparto excesivamente atractivo. Quitando a los personajes ya conocidos, destacando a Lin Shaye aunque más por carisma que por un gran trabajo de actuación, ni la joven Stefanie Scott ni el ya veterano Dermot Mulroney, hija y padre en el filme, consiguen sustraer sus personajes de la etiqueta de tópico ya visto demasiadas veces. De hecho, lo más divertido está en los guiños humorísticos que hay antes de ese clímax, porque sorprende que en una saga tan anclada en lo fantástico, en ese otro mundo del más allá (o Más Lejano, como se le denomina), al final buena parte de la resolución dependa de lo físico, de un ataque personal y no del terror que surge de las sombras. Con todo, y aunque haya ya tantas películas de esta índole, sigue siendo evidente que hay un público que las consume, independientemente de su calidad. Esta no es ni mala ni buena. Es, simplemente, una más.

'Negocios con resaca', la posibilidad desmadrada

Negocios con resaca es la historia de un ejecutivo que se cansa de la empresa en la que trabaja y de su jefa y decide montar una nueva empresa por su cuenta para tratar de hacerle la competencia, y necesita desesperadamente un contrato con el que poder sobrevivir. Así en un primer vistazo, con esta sinopsis básica, surgen dos formas de hacer la película. La primera habría sido una comedia sutil sobre el mundo de los negocios, que podría haber derivado en los siempre agradables vericuetos de la lucha de sexos y mostrando las diferencias culturales más evidentes con el cambio de escenario, de Estados Unidos a Alemania. Pero Ken Scott, siguiendo el guión de Steve Conrad, no opta por este camino sino por la posibilidad desmadrada, la de los chistes sexuales a granel y la del completo descontrol narrativo, cómico y actoral. El caso es que se atisba un público para una película de este tipo, pero es difícil entender qué hace ahí un actor como Tom Wilkinson.

En el fondo, como el cine ya no es lo que era, se entiende el camino adoptado por Scott y Conrad, por mucho que disguste con facilidad a cualquiera que aprecie el talento desperdiciado de Wilkinson o incluso el de Sienna Miller, cuyo personaje es la clave para entender qué película se podría haber hecho y cuál se ha escogido finalmente. Miller interpreta a la ex jefa y rival del protagonista, a quien da vida un anodino Vince Vaughn. La primera escena de la película es, de hecho, la más intensa y mejor planificada de todo el filme, el enfrenamiento entre ambos, el desencadenante de la historia y la presentación perfecta de dos personajes llamados a ser antagonistas. Interesante, ¿verdad? Lo parece en estos tres primeros minutos. Pues hay que olvidarse de esa posibilidad, porque el personaje de Miller queda enterrado entre lo secundario con escasas apariciones en favor de las correrías sexuales y juerguistas del trío protagonista, los tres tipos que forman esa nueva empresa llamada a hacer grandes cosas por razones personales de lo más variopintas e incluso discutibles.

Lo malo es que, salvo contadas excepciones, no es una película que busque un humor que satisfaga más que a un público dispuesto a desvariar al mismo ritmo que el trío protagonista mete la pata, bebe alcohol, busca sexo y toma drogas mientras hace como que trabaja, uno que encuentre graciosa una conversación entre el protagonista y tres homosexuales con el miembro viril colgando de unos agujeros en la puerta dentro de un gran festival gay en Berlín, uno que acepte con facilidad chistes gráficos sobre la postura de la carretilla o uno que encuentre comicidad en el simple uso de la palabra "tetas" en una sauna repleta de personajes desnudos. Incluso dentro de ese planteamiento no termina de ser una película especialmente hilarante, no llega a estar bien escrita ni rodada, las interpretaciones van casi con el piloto automático puesto y ni siquiera se saca partido del escenario exótico desde el punto de vista americano que supone la ciudad alemana. Eso es lo que propone Negocios con resaca, aunque sorprendentemente lo quiera mezclar con una moralina familiar realmente curiosa.

Desaprovechada Miller, quizá lo más simpático de la película haya que encontrarlo en la forma en la que Dave Franco interpreta a su poco despierto personaje, los atisbos de una película mejor que hay en el de James Marsden o el mínimo aprovechamiento psicológico que hay en el de Nick Frost. Porque, por lo demás, realmente es muy difícil entablar empatía con un vendedor de virutas de metal, tema por el que la película no siente ningún interés y que hace que al final dé un poco igual quién cierra el trato y quién gana esta absurda carrera. Mientras se desarrolla esta posibilidad desmadrada, que al menos tiene la decencia de quedarse en 91 minutos, uno no deja de preguntarse qué clase de película se podría haber obtenido siguiendo la otra alternativa. Y qué podrían haber hecho Wilkinson y Miller con esos papeles mejor escritos. Y qué clase de comedia podría haber sido si se olvidara del facilón recursos del sexo como arma del 90 por ciento de sus chistes.

viernes, mayo 29, 2015

'Tomorrowland', soñadores, reuníos

Viendo su propuesta, puede que Tomorrowland sea una película injustamente desdeñada por la sencillez de su desarrollo, por su ausencia real de sorpresas o incluso por su tono optimista, que tan poco parece gustar en nuestros días, pero eso es justo lo que hace del último filme de Brad Bird un título formidable. Bird, como J. J. Abrams, es un nostálgico que apuesta claramente por llevar al siglo XXI el tipo de cine que Steven Spielberg y sus afortunadamente locos seguidores hacían en los años 80. Si Tomorrowland se hubiera podido hacer en esa década, hoy, pese a sus defectos, rondaría la categoría de pequeño clásico. Pero se estrena en 2015, cuando el impacto de una imageniería visual tan poderosa y un espíritu tan optimista como el que se ve en la película ya no es tan extraordinario en el público general como lo fue en las impresionadas mentes que crecieron en los años 80. Y, sí, la película acaba adoptando la excusa de los parques temáticos de Disney y es un homenaje en toda regla a los grandes nombres de la ciencia ficción literaria y cinematográfica. Soñadores, reuníos. Ese es el mensaje que la película transmite dentro y fuera de la pantalla.

Y, la verdad, resulta difícil quedarse con lo malo cuando esas son las intenciones. Algo negativo sí hay en el resultado final, y es que no funcionan igual de bien todos los elementos que Bird pone en la pantalla siguiendo un guión escrito por él mismo y por el siempre controvertido Damon Lindelof. En unos 130 minutos que se pasan volando, sí es verdad que hay algunos tramos algo farragosos y algún que otro personaje desaprovechado, sobre todo el de Hugh Laurie, que arranca formidablemente bien en el primer tercio del filme, probablemente lo mejor desde el punto de vista cinematográfico (antes de que el festín visual sea el protagonista principal), pero se acaba quedando a medio camino en el clímax. Con todo, Bird supera con facilidad todos los problemas que pueda tener el filme haciendo un maravilloso ejercicio de actualización nostálgica. Es el cine de siempre, el que tantos elogios acaparó durante décadas, pero realizado con una factura contemporánea, lo que implica un despliegue visual impresionante, y con el enorme talento que tiene su director.

Ver Tomorrowland como un simple homenaje o como un simple ejercicio nostálgico, y que quede claro que Bird no reniega de ninguna de esas dos condiciones, sería no apreciar la montaña rusa que es la película o lo atractivo que es el concepto que maneja. Es, efectivamente, una respuesta a la madurez que dice haber alcanzado el entretenimiento popular mediante la violencia, el dramatismo, los finales oscuros y los personajes siniestros, con la forma de una aventura juvenil y de ahí el protagonismo de las jóvenes Britt Roberson (auténtico centro de la película por mucho que los créditos aúpen el nombre de un George Clooney cada vez más metido en el papel de estrella que aumenta la dimensión de cada proyecto en el que participa) y Raffey Cassidy, especialmente esta última, que tiene una belleza especial, una intensa mirada que no en vano le permitió interpretar al mismo personaje aunque de menor edad que Eva Green en Sombras tenebrosas.

Bird ensambla una historia de ritmo alto y, sobre todo, de fascinación continua. No demasiado compleja, porque en el fondo algunos referentes ya se han explorado con anterioridad, pero sí terriblemente entretenida porque la película es un espectáculo visual apabullante, que tiene además unos efectos especiales a ratos más sencillos que de costumbre pero con un resultado increíble. Esa sencillez que domina Tomorrowland prácticamente durante todo el metraje es, posiblemente, el mejor argumento que puede tener una crítica tanto a favor como en contra de la película. Pero aceptarla como reflejo de un cine que hoy, por desgracia, no se hace con tanta frecuencia es el mejor camino para disfrutar la película. Y es una película con la que se puede disfrutar muchísimo. Como aventura, con el mismo toque de nostalgia que ya evidenció el Super 8 de Abrams pero desde otro enfoque, y como reivindicación de un cine diferente y sorprendentemente en peligro de extinción.

'Nuestro último verano en Escocia', buen rollo audaz y divertido

Si hay un cine particularmente necesario a pesar de su intrascendencia general, ese es el cine de buen rollo. Aún con sus tintes de drama, Nuestro último verano en Escocia pertenece a ese grupo de películas que, sin pretender un hueco en la historia del cine, ofrece una diversión sincera. Y, ojo, que eso no significa que sea fácil de hacer, ni mucho menos. La historia del filme es tan realista como compleja, ya que sigue las peripecias de un matrimonio con tres hijos que está en proceso de divorcio y que decide guardar las apariencias para acudir a la fiesta por el 75º cumpleaños del abuelo. Con esa sencilla premisa y con un espléndido uso de los actores infantiles y sus personajes, la película se convierte en un maravilloso canto a la vida que es capaz de encontrar la comedia incluso en los momentos más duros y trágicos de la realidad cotidiana. Como casi todas estas películas, acaba sucumbiendo al final al deseo buenista que preside todo el filme y la resolución no termina de estar a la altura, pero ese es un detalle menor en un filme muy entretenido.

Razones hay muchas, pero las fundamentales hay que encontrarlas en el guión de Andy Hamilton y Guy Jenkin, a la vez directores del filme (su primer largometraje comercial después de una amplia experiencia en televisión). Es divertido, pero a la vez real e incluso, por momentos, reflexivo y profundo. El golpe de timón que ofrece mediado su metraje es medido y muy acertado y sobre todo sabe jugar muy bien con todos los personajes, a los que da un papel preciso en el enredo familiar que propone. Pero si hay algo que eleva el filme por encima de la media es el trabajo de y con los tres actores infantiles, Emilia Jones, Bobby Smalldridge y Harriet Turnbull, tres pequeñas estrellas que aportan una frescura impagable en sus miradas y en sus diálogos hasta el punto de que cabe dudar si están ya en el guión de Hamilton y Jenkin o formar parte de una maravillosamente bien dirigida improvisación. Ellos y sus papeles son lo mejor de la película con diferencia.

Y aunque es fácil que las miradas se las lleven todas los pequeños intérpretes, con todo merecimiento además, lo cierto es que en el guión hay muchos temas interesantes. La películas es una reflexión sobre la vida, sobre la forma en la que usamos el tiempo que tenemos, sobre la familia, sobre el hecho de ser adultos, pero también se detiene en los sueños, en los caminos que estos nos abren en la vida, y algo más de puntillas también se atreve a acercarse al papel de los medios de comunicación y el trato más sensacionalista de algunas noticias. La extravagancia final de la historia, aún siendo divertidísima y audaz, es lo que consigue que la película se aleje del retrato social en clave de comedia que parecía ser, pero al mismo tiempo aporta una alocada capacidad de sorpresa que, de alguna manera, hace que la película sea imprevisible y muy divertida incluso cuando sus autores parecen perder ligeramente el control de la misma.

Eso sucede en los últimos quince o veinte minutos de Nuestro último verano en Escocia (por cierto, otra traducción bastante desafortunada por una sutileza que se entenderá viendo el filme), pero no borra la sonrisa de la cara. La película desborda simpatía, e incluso sobrevive con un reparto brillante a la descompensación que a veces provoca en el público menos versado en filmografías como la británica el que haya un rostro más conocido (en este caso el de Rosamund Pike) en un bloque pensado para ser homogéneo y que en este caso está formado un espléndido grupo de actores británicos menos conocidos para el público general y entre los que destacan David Tennant, dando vida al marido de ese matrimonio protagonista, y Billy Connolly, interpretando al abuelo de la familia. Incluso aunque al final se sienta esa intrascendencia que hay en la película (¡bendita intrascendencia de vez en cuando!), parece difícil no sentirse entretenido o incluso enternecido por lo que cuenta Nuestro último verano en Escocia, un retrato familiar y social divertido, ameno y sobre todo muy realista.

'It Follows', un homenaje bastante vacío

Viendo It Follows es bastante fácil sentir un deseo de homenaje a clásicos del género de terror como George A. Romero o, sobre todo, John Carpenter (por más cosas que la música, aunque sea lo más evidente). Pero se trata de un homenaje que resulta bastante más vacío de lo que pueda parecer y bastante más tramposo de lo que se debe aceptar. Si este tipo de cine de terror, que por otro lado realmente no consigue una sensación auténticamente aterradora, se sustenta en los aciertos de su propuesta, hay demasiados elementos discutibles y demasiadas trampas a las normas que impone para que se pueda tomar muy en serio. Y es una pena, porque David Robert Mitchell sabe rodar, de una forma pausada y clara para que se vea lo que se tiene que ver, pero hay un exceso de elementos inexplicables, incluso dentro del apreciable deseo de no resolver todo lo que pone sobre la mesa para no arruinar la fantasía.

Contar lo que plantea It Follows supone desvelar demasiado, especialmente sobre el primer tercio de la película. Basta con decir que la protagonista, interpretada por Maika Monroe, es perseguida lentamente por un horror que puede adoptar diversas formas y que sólo ella ve. Hay un referente poco citado a la hora de hablar de esta película que es un formidable episodio de Cuentos asombrosos que dirigió Martin Scorsese, Mirror, Mirror, en el que un escritor de terror, una especie de Stephen King, se ve acechado por una de sus creación, que lentamente se va a acercando para matarle pero que sólo ve en los espejos. La diferencia es que aquí se introducen matices sexuales que resultan algo extemporáneos, que en los años 80 habrían podido ser una metáfora sobre el sida pero que hoy en día casi parecen un recurso fácil para llamar la atención. El sexo vende, sin más.

Lo que sorprende de It Follows es que los elementos que quedan en el aire no se limitan sólo al origen del mal que se describe. Eso habría sido lógico, pero no es fácil asumir la gran cantidad de vacíos que hay en el filme, hasta el punto de que hay más de un personaje (y la película se sustenta sólo en seis) del que cabe preguntarse cuál es su papel en la trama más allá del relleno. La curiosidad por ver cómo se resuelve esta historia podría haber bastado para hacer de la película un aceptable relato de intriga sbrenatural (más que de terror, hay que insistir), pero cuando uno apuesta por una fantasía, hay que atenerse a las normas, dejarlas claras y no quebrarlas a conveniencia. It Follows se salta las suyas de una forma bastante absurda, dejando lo difuso en un terreno que roza lo absurdo, y sin que se pueda decir mucho más para no reventar algunas secuencias o detalles del planteamiento.

Dejando a un lado los agujeros del guión o del propio planteamiento, que pueden ser objeto de un extenso debate una vez vista la película, a Mitchell se le puede valorar positivamente por su arriesgada forma de buscar el desasosiego en el espectador. Arriesgada precisamente porque no es la más común en el cine actual, y sí remite a directores como los mencionados. Pero eso no basta para que los personajes transmitan la empatía necesaria o para que la historia avance de una forma coherente. De hecho, no lo hace, y por eso acaba cayendo cual castillo de naipes, quedando únicamente un par de escenas impactantes como tarjeta de visita de su director pero sin que se tenga la sensación de estar ante un título verdaderamente terrorífico como claramente se pretendía. Y lo peor es que, cuanto más se piensa, más incoherente parece todo el conjunto.

'Son of a Gun', tan poco original como entretenida

Hay quien dice que en cine está ya todo inventado. Sin ser eso cierto del todo, sí es verdad que hay clichés que se repiten una y otra vez. Eso, en realidad, no es lo que marca la frontera entre una buena y una mala película. Son of a Gun es de las buenas. No de las memorables, pero sí de las que tienen la dignidad de cumplir con esa función de entretener con solvencia. Eso no impide que su propuesta, debut en la dirección del también guionista del filmem Julius Avery, sea poco original. No lo es, da la impresión de que sí va a innovar aunque sea ligeramente con un arranque carcelario interesante, pero con el salto a la vida fuera de los muros de la prisión se va adentrando en terrenos cada vez más conocidos e irregulares. Eso sí, la película deja unas buenas escenas de acción, controladas pero competentes, y especialmente un buen reparto, encabezado por un Ewan McGregor que a veces da la impresión de que si se soltara algo más podría llegar a ser mejor actor de lo que suele mostrar.

Son of a Gun cuenta la historia de un chaval de 19 años al que encierran en prisión. Sólo seis meses, en realidad nunca se llega a decir la causa, pero le bastarán para meterse en problemas. Se los solucionará uno de los líderes de los presos, a cambio por supuesto de su ayuda cuando esté fuera. Así se entabla una curiosa relación con la que la película juega acertadamente, a medio cambio entre la del jefe y el subordinado, el padre y el hijo y unos socios al mismo nivel. Puede que, en realidad, no haya demasiada profundidad entre los personajes (a excepción de su última conversación, que quizá dice más de ellos que todo lo anterior), pero fluye bastante bien dentro de la historia de atracos y criminales que propone Avery. Y sí, todo eso forma parte de los tópicos en los que cae, pero resulta evidente que su director no ha querido correr demasiados riesgos, sólo hacer que todo funcione (o parezca funcionar, que de todo hay) para llegar a los mínimos exigibles.

Eso lo hace con bastante facilidad. Primero, porque deja que los actores se hagan con los personajes, respetando los clichés pero sin hacerlos demasiado evidentes, apostando por la solidez del grupo aunque se pueda destacar a sus tres protagonistas. A Ewan McGregor da gusto verle en este papel casi de antihéroe, con toques al mismo tiempo de mentor y de criminal, alejado de los toques de comedia que tanto le suelen gustar y abriéndole horizontes en los que no suele moverse, y la joven pareja protagonista, la que forman Brento Thwaites (protagonista de La señal) y Alicia Vikander (Ex Machina o El séptimo hijo) se desenvuelve bien en lo que les toca. En segundo lugar, Avery no rueda mal, especialmente cuando tiene que mostrar algo más que unos personajes hablando entre sí. Tiene una pieza de acción cumbre en la película, la escena del atraco en su conjunto, y la lleva con bastante nervio, dando la impresión de sacar algo más de lo que habría sido normal con los medios que tenía.

No hay que esperar nada rompedor en Son of a Gun, ni en la historia ni en la forma en que Avery la ha llevado a la pantalla, pero sí que hay que reconocer una solvencia más que interesante. Aún teniendo sus altibajos, que los tiene y quizá sean más de los que a su director le habrían gustado, la película nunca pierde el interés, funciona francamente bien en su introducción como drama carcelario y con cierta holgura a partir de ahí como aventura de ladrones que planean grandes robos para poder sostener el lujoso estilo de vida que es obligado mostrar para envidia del espectador. Tópica, sí, incluso en una resolución que, como suele ser habitual en el cine moderno, exige una gran benevolencia por parte del espectador. Pero es al mismo tiempo un thriller agradablemente entretenido en el que además se puede encontrar a un buen McGregor haciendo algo que para él sí parece diferente.

viernes, mayo 22, 2015

'Poltergeist', la deriva del cine de terror

Habrá que suponer que el cine de terror de nuestros días es algo como Poltergeist, porque de lo contrario es difícil entender qué ha pasado para que este género ya no sólo no dé miedo, algo que se podría atribuir a la mayor o menos calidad de cada película individual, sino para que el tono y la forma en la que se hacen los filmes sea tan soso e industrial. El problema está en que ahora se cogen historias clásicas, de la que sí daban miedo, se les pasa un filtropseudo cómico, se le añaden los resultados de un par de estudios de mercado y se les dan a directores de relativa poca experiencia con el fin de ganar unos pocos dólares que justifiquen la inversión, normalmente entre quienes no sepan nada de la película original o entre quienes tengan curiosidad de ver qué han hecho con ella para actualizarla. No es especialmente buena ni tampoco es un desastre insalvable, pero es un mal síntoma de los tiempos por los que pasa el género.

Lo más reprochable de este nuevo Poltergeist es que, en realidad, le preocupa poco su referente. No quiere contar una historia del mismo tono que la que plantearon Tobe Hooper y Steven Spielberg y no busca los mismos objetivos que el memorable filme de 1982, simplemente aprovecha la base para que en su metraje aparezcan las escenas y frases más emblemáticas, adecua lo que le interesa a estos tiempos políticamente más correctos (el cementerio ya no es indio, hay que incluir una hija adolescente para atraer a ese tipo de público, la medium ya no es aquella mujer enana sino casi una especie de telepredicador) e introduce un tono amable de comedia bastante incomprensible. Lo hace a lo largo de toda la película, pero si puede quedar alguna duda hay una secuencia detrás de la primera parte de los créditos finales que termina de despejar las dudas.

La comparación entre película original y remake es, obviamente, imposible. Gana con mucho la original, porque aquella provocaba auténtico terror, terminaba y la experiencia era tan intensa como la que vivía la familia protagonista. Aquí, incluso admitiendo esa nueva forma de entender el género, la película no da nunca la impresión de arrancar. El terror, que realmente no hay, es muy previsible, muy simple, muy fácil. Y la imaginería digital no consigue ni la décima parte del efecto que podrían los efectos especiales que se rodaban en cámara o de una forma mucho más artesanal hace ya más de 30 años. Como este Poltergeist no despierta las mismas emociones que el de Hooper, no entusiasma visualmente como aquella y no está tan bien llevada como la cinta que pretende reimaginar, es obvio que el remake es una pérdida de tiempo, más allá de comprobar que una niña que no se llama Carol Anne sino Madison dice aquello de "ya están aquí".

En realidad, la película de Gil Kenan (¿cómo interpretar que sea también el director de la más que interesante cinta de animación Monster House?) se sostiene mínimamente por dos razones. La primera, que la base argumental es atractiva, por mucho que tratar de copiar por encima lo que se hizo en 1982 no baste para convencer a un público que ya ha visto demasiadas películas de este estilo desde entonces. La segunda, que el reparto hace lo imposible por meterse en sus papeles, sobre todo Sam Rockwell y la por desgracia no demasiado valorada Rosemarie Dewitt, que están muy por encima del nivel de la película. Esas dos cosas no bastan para que este Poltergeist sea una película que merezca la pena, ni como filme ni como remake, pero sí hacen que no sea un desastre. Simplemente es un síntoma de que hoy en día hay mucho cine que se hace de esta manera.

'Caza al asesino', los misteriosos caminos hasta el despropósito

Hay muchas formas de convertir una película en un despropósito y Caza al asesino parece que se ha dedicado a coleccionarlas. La película es, efectivamente, un auténtico despropósito. Arranca con ideas que podrían haber dado para un interesante thriller político de denuncia, que es probablemente lo que explica la presencia de Sean Penn, pero eso acaba tan diluido que apenas llega a la categoría de McGuffin. Pasa así a ser una película de acción, que es lo que justifica que Penn se haya musculado hasta el punto de parecer un trasunto de Sylvester Stallone, algo tan innecesario como muchas de las escenas de la película con las que se justifica su habilidad para ser el perfecto asesino sin corazón o ese rocambolesco triángulo amoroso sencillamente imposible de creer. Y finaliza siendo una postal turística, en este caso de Barcelona, que termina en el más inverosímil de los escenarios, hasta el punto de que en los créditos hay que introducir una nota que actúa como enmienda a la totalidad y colofón al enorme despropósito que es el filme.
 
La verdad es que da pena que la película de Pierre Moral, director de Venganza, sea tan deficiente porque en la película había elementos interesantes, incluso partiendo del inevitable cliché del agente (a uno u otro lado de la ley) que se ve obligado a retomar su actividad por los ecos del pasado. Pero el problema es que todo es superfluo. Se toma como base el conflicto en la República Democrática del Congo, pero eso pierde tanto interés que desaparece hasta una nota final, una tardía llamada a la reflexión por cuestiones que la película no quiere aprovechar. Y el clímax acontece en Barcelona, pasando antes por Londres y Gibraltar, y no en cualquier otro lugar del mundo probablemente porque es la ciudad que ofrecía unas condiciones interesantes para rodar (económicas, por supuesto, y no hay más que ver el rótulo de neón que se atisba desde la habitación del personaje de Penn o cierto lugar emblemático iluminado de noche como quien no quiere la cosa).
 
Todo es tan conveniente para los propósitos puntuales de la historia que excede claramente la ingenuidad, pide demasiado al espectador para lo poco trabajado que parece todo. Sin más consideración, cada elemento que se ve es terriblemente simplista, desde la insinuación en la primera parte de la película de un triángulo amoroso entre los personajes de Sean Penn, Javier Bardem y Jasmine Trinca hasta la forma en que se resuelve la historia, pasando por la participación de dos secundarios sin apenas papel como Ray Winstone o Idris Elba (¡que incluso aparece en el cartel a pesar del mínimo tiempo que tiene en pantalla!) o la ejecución de algunas secuencias que no tienen mucho sentido. En ese terreno, ni siquiera las escasas escenas de acción parecen bien rodadas o culminadas, y los actores no parecen saber qué hacer tampoco con sus personajes. Penn mantiene mínimamente el tipo, aunque por momentos dé la impresión de que sólo pretende lucir musculatura a su edad, y Bardem es quien mejor ejemplifica la falta de sutileza que afecta a toda la película.

 
Caza al asesino tiene además otro defecto demasiado habitual en el cine de este estilo, y es su duración. Rondando las dos horas, ni siquiera es capaz de ofrecer una historia atractiva. Los pocos elementos que tenía interesantes se van pasada la primera media hora y por mucho esfuerzo que se ponga en aceptar la poca verosimilitud de la película es imposible aceptar nada de lo que sucede a partir de la necesidad de hacer hablar a Bardem en inglés en una conferencia en la que le han hecho una pregunta en español simplemente para que Penn le pueda interrumpir o con ese viaje casi instantáneo entre Barcelona y Gibraltar por carretera, de noche y con un personaje enfermo al volante. Esas son las anécdotas, pero ilustran a la perfección la enorme cantidad de cosas que no se han pensado antes de llevarlas no ya al montaje final de la película sino incluso a su mismo rodaje. Qué fácil resulta en nuestros días hacer mal las cosas en el thriller de acción.