lunes, agosto 25, 2014

'Belle', abolicionismo para todos los públicos

Hay muy poco reprochable en Belle. La segunda película de Amma Asante, después de una década sin dirigir, es una correcta aproximación histórica a uno de los casos que sentó las bases del abolicionismo en el Reino Unido, a través de Belle, hija ilegítima del único hijo del presidente del Tribunal Supremo británico que tuvo que decidir sobre un caso terrible, en el que docenas de esclavos fueron arrojados por la borda de un barco carguero. Tratando este tema, es obvio que es una película que toma partido. Lo hace con las decisiones más lógicas, academicistas y sencillas, dejándose llevar por los aciertos del filme (en especial, su adecuada ambientación de finales del siglo XVIII y un reparto muy interesante en general), aceptando la previsibilidad del desenlace como la única forma posible de completar la historia y pensada para todos los públicos, lejos de la crudeza de 12 años de esclavitud o el dramatismo de la infravalorada Amistad.

Belle está planteada como una película en la que el papel protagonista ha de sobresalir con fuerza. El título es parte del nombre de una niña negra (aunque, curiosamente, no es el nombre por el que atiende), criada en una posición social adinerada pero con los problemas aparejados a su raza. Siendo la tercera película (más alguna serie) de su actriz principal, Gugu Mbatha-Raw, y la primera en la que lleva el peso de la cinta, su trabajo es satisfactorio. Pero incluso con escenas notables, no es lo más potente que tiene que ofrecer Belle, y eso se acaba notando. La película crece cada vez que aparece en pantalla Tom Wilkinson y desnuda ligeramente las lógicas carencias por falta de experiencia de Mbatha-Raw, cuya interpretación, aún siendo ajustada, se deja llevar mucho más por las emociones, algo que también le sucede a Sam Reid (el joven abogado abolicionista), dando lugar a algunas situaciones algo inverosímiles. Miranda Richardson, Emily Watson o Sarah Gadon entienden mejor sus personajes.

¿Rompen esas emociones desbocadas el ritmo de la película? No, porque en el fondo es lo que se busca. Belle quiere ser una película abolicionista y sobre el abolicionismo pero también un emocional retrato sobre el amor en la época en la que acontece el relato. Es lo suficientemente detallista como para que sus grandes temas calen (la relación entre blancos y negros, en especial entre las dos chicas de similar edad que están a cargo del magistrado, la lucha por los derechos humanos que subyace en el caso judicial que se expone, las convenciones sociales que afectan no sólo al género sino también al dinero, la condición de la mujer y el matrimonio) y crea un universo fácilmente creíble con un buen trabajo de vestuario, pero sobre todo apuesta por los buenos sentimientos, por dejar un sabor de boca agradable y por el triunfo de lo justo sobre lo injusto. Eso se intuye desde el principio, y se convive con ello aunque haga que el final de la película se vea venir con enorme sencillez.

Sin necesidad de bordar una actuación de Oscar, Tom Wilkinson convierte en imprescindible la película, al menos para quienes admiren su trabajo. Para los demás, es una correcta película de época, accesible y bien llevada, contenida en sus 104 minutos y bien rodada por Asante, sin artificios y confiando en que lo que aparece en la pantalla es exactamente lo que necesita la historia para fluir con naturalidad. Hay quizá algún desajuste de montaje, por alguna escena que se echa en falta y que podría haber complementado lo que sí se ve, pero en general Asante maneja bastante bien el ritmo de la película, respondiendo cada vez que amenaza con caer con un instante que haga levantar el vuelo en el plano emocional. Belle funciona. Sin alardes, sin especial maestría, pero funciona. Y puestos a rebuscar detalles que pasen más inadvertidos, atención al papel de Sarah Gadon, la joven blanca y preciosa que asiste atónita pero ingenua a los reveses que le da el funcionamiento de la sociedad.

viernes, agosto 22, 2014

'Locke', brillante minimalismo

Se está poniendo de moda llevar el cine a escenarios reducidos y limitando al mínimo el número de actores. Minimalismo absoluto. Sin ser un thriller, Locke está más cerca de Buried (Enterrado) que de Gravity, pero apuesta por armas similares. Y sale triunfante porque mantiene la tensión narrativa con una elección en apariencia sencilla pero brillante: la de dejar la contención para todo lo que aparece en pantalla y dejar el alboroto para todo lo que queda fuera de plano. Por eso es tan vital la elección de Tom Hardy como protagonista absoluto de la película, porque realiza un espléndido trabajo en el que, efectivamente, destaca por su contención por ser el personaje que ocupa el espacio único de la película, un coche que, desde dentro o desde fuera, no llegamos a abandonar nunca. La que firma Steven Knight como director y guionista es una atractiva metáfora, la de encerrar toda una vida en un vehículo de espacio tan reducido y la de mostrar su devenir según se suceden los kilómetros y los minutos.

Locke es una de esas películas en las que es mejor no conocer ningún detalle sobre el argumento, más allá de saber que es la historia de un hombre que decide emprender un viaje en coche y tiene que cerrar detalles del pasado reciente y de lo que considera su presente por medio de llamadas telefónicas que realiza mientras conduce. Sólo con eso, Locke se disfruta más que sabiendo de antemano quién es, a qué se dedica y por qué está al volante. Si el cineasta ha planteado conocer poco a poco los pequeños detalles es absurdo plantearlos desde una sinopsis o una crítica. Y es que esos detalles son los que que van conformando la personalidad de Ivan Locke, el personaje central, y las de las personas con las que habla. A pesar de las limitaciones formales que hay en el planteamiento, cuando termina la película se puede trazar un perfil psicológico muy detallado de cada uno de los personajes, y eso sólo quiere decir que Locke es un filme construido con mucho más mimo del que podría parecer.

Y todo descansa en Tom Hardy. Es un actor versátil, probablemente algo infravalorado y demasiado ligado a grandes producciones de Hollywood, sobre todo por su relación con Christopher Nolan. Pero viendo Locke es fácil reconocerle méritos mucho mayores. Para sostener una película así hace falta como poco una gran cantidad de carisma, y Hardy lo tiene. Pero teniendo en cuenta el enorme contenido emocional que tiene la película es aún más digno de elogio la opción escogida por él mismo y por el director. Ivan no es un personaje irresponsable, alocado o desquiciado. Es un hombre normal que está viviendo una noche anormal producto de una decisión extraordinaria. Y todo eso, más que verse, se siente. Por eso es tan fácil entender lo que hace, o las decisiones y acciones que van tomando los personajes que están a su alrededor aunque nunca lleguemos a verles en pantalla (lo que, de nuevo, plantea un debate sobre la interpretación y el doblaje, ya que muchos espectadores jamás captarán el trabajo de la práctica totalidad de los actores de esta película).

Todo lo que sucede en Locke está dentro de un coche, pero curiosamente todo tiene relación con algo que está fuera de él. Eso es lo complicado de la película, que el escenario no tiene nada que ver con la historia. Y ese es el gran acierto de Knight a la hora de lograr un desarrollo complejo de un relato en un marco que le es ajeno, todo para trazar un paralelismo entre lo que Ivan ha vivido y lo que le está sucediendo. Y sin que decaiga en ningún momento el interés, porque el final está abierto a diversas expectativas prácticamente hasta que los créditos finales empiezan a aparecer en la pantalla. Locke es una de esas pequeñas rarezas, ésta de origen británico, que se disfrutan por su fondo, por su forma y por ser propuestas diferentes. Pero no se queda en eso. Locke es una película notable, no sólo la de un tío que habla por teléfono dentro de un coche. Forma y fondo. 85 minutos espléndidos.

lunes, agosto 18, 2014

'Una cita para el verano', la lenta despedida de Philip Seymour Hoffman

Que llegue a España con cuatro años de retraso la única película que dirigió Philip Seymour Hoffman, Una cita para el verano, es un pequeño homenaje a un pedazo de actor que la mala vida nos arrebató cuando le quedaban muchos años de cine. Además de colocarse detrás de la cámara, se reserva el papel protagonista, uno mucho más acomplejado, vulnerable y real de lo que nos tenía acostumbrados a ver. Y eso sirve para que su ya inmensa galería de personalidades de ficción sea un poco más grande, un poco más inolvidable. La película, aún realizada con una enorme sensibilidad, es lenta. La decisión es consciente, y se adapta precisamente a la personalidad de los dos personajes protagonistas, pero cuando las luces se encienden da la impresión de que han sido más de 91 minutos, que es lo que realmente dura. Pero es el comienzo de la despedida de Philip Seymour Hoffman, puesto que aún quedan algunas de sus últimas actuaciones en películas por estrenar, y eso hace que los defectos se admitan con mucho más cariño del habitual.

Lo fácil sería vender Una cita para el verano como una película romántica, pero lo es sólo a medias. Es tan románica como cínica y pesimista. Y es que en la pantalla no hay una pareja, sino dos. Por un lado están Clyde (John Ortiz) y Lucy (Daphne Rubin-Vega), un matrimonio en apariencia feliz que intenta emparejar a su amigo Jack (Philip Seymour Hoffman), compañero de trabajo de él en una empresa de limusinas, con Connie (Amy Ryan), que ha empezado a trabajar con ella como asistente. Jack y Connie se van mostrando como personas con fisuras, con miedos, con traumas, pero con ganas de superar todos los problemas. Son la parte optimista del filme. Pero Clyde y Lucy tienen un pasado que afecta a su presente mucho más de lo que les gusta admitir. A pesar de la complejidad que parece revestir a cada uno de estos cuatro personajes principales, es ahí donde la película no termina de fluir. A pesar de que todos los actores hacen un esfuerzo enorme, es difícil establecer la necesaria empatía, salvo en momentos puntuales.

Son esos momentos los que hacen que la lentitud de la película sea menos acusada, pero no acaban de borrarla, sobre todo porque al final no termina de verse con claridad qué es lo que pretendía contar la película más allá de ese instante de cuatro vidas condensado en 90 minutos. En realidad, lo que funciona con frescura es el episodio dentro de la película. Funciona el divertido aprendizaje en la piscina, el momento culinario, la sensible escena de cama, alguna de las confesiones, el brindis con la cachimba. Esos momentos son divertidos, sensibles, interesantes y profundos, sobre todo porque los cuatro actores hacen que cada uno de esos instantes crezca. Y ahí, dada la conocida e inmensa capacidad camaleónica de Philip Seymoru Hoffman, quizá haya que aplaudir con más fuerza la brillante sutileza de Amy Ryan. Pero, con todo, falta algo que una todas esas escenas en un conjunto con más fuerza.

A Philip Seymour Hoffman se le ve con ganas de hacer una película agradable y reflexiva, siempre colocando la cámara en lugares donde no interfiera con la acción y dejando que la sensibilidad sea el motor de la acción (en la que hay escenas que no terminan de ayudar al conjunto y parecer faltar otras que cierren un periodo de tiempo tan largo como se muestra, desde el invierno al verano), pero el ritmo no acompaña con decisión. No lastra la película porque los personajes son atractivos. Eso sí, exige un gran esfuerzo para encontrar esos tan necesarios espacios de empatía con los personajes, lo que probablemente hará que algún que otro espectador no conecte con facilidad. Lo que queda seguro es otra magnífica interpretación de Hoffman, brillante precisamente porque evidencia que es cada de dar vida a personajes diametralmente opuestos, y contando además con un inmenso refuerzo en sus compañeros de reparto que él mismo dirige a la perfección. Una lástima que ya no queden muchos más trabajos suyos por descubrir. Una gran lástima.

jueves, agosto 14, 2014

'Guardianes de la galaxia', la espléndida bomba gamberra de Marvel

O era un desastre o era la bomba. Sin término medio, esas parecían ser las expectativas iniciales que despertaba Guardianes de la Galaxia. ¿Y qué ha sido? La bomba. Desternillante, imaginativa, bien rodada, con personajes carismáticos y realizando la necesaria expansión de Marvel hacia el espacio. Lo que ha conseguido James Gunn, además de sorprendente viendo su filmografía, es de un valor incalculable porque ha sabido encontrar un nuevo tono para el cine de Marvel, que sin bajarse de la brillantez (aunque fuera parcial) estaba algo retenido en el corsé que brindó Iron Man primero y Los Vengadores después como extensión. Guardianes de la Galaxia es una especie de Vengadores gamberro pasado por la batidora de la space opera y la comedia directa que se esperaba de Gunn. ¿La mejor película de Marvel? Probablemente no, aunque sobre gustos personales no hay nada que decir, pero sí parece justo calificarla como la más genuinamente divertida y entretenida.

¿Por qué? Porque no para. Desde que se establecen las reglas del juego en la secuencia de créditos iniciales (en aspectos como el humor, la música y el aspecto visual), ya no hay forma de bajarse del descomunal ritmo que Gunn imprime a la película como director y coguionista. Aunque la historia que cuenta es relativamente sencilla y la película elude meterse en charcos que no sepa manejar, lo cierto es que sí tiene una gran dificultad: la enorme cantidad de personajes que incluye, tanto protagonistas como secundarios y también en cuanto a nombres y rostros conocidos. Ese es el verdadero mérito de Guardianes, que nada parece escaso en este impresionante espectáculo de cómic y ciencia ficción, que tiene una medida perfecta (121 minutos) para satisfacer el ansia de diversión que despierta desde su arranque y para mantenerla de cada a una ya anunciada secuela. Y es que Guardianes es una de esas películas que demuestran que el entretenimiento en el cine no tiene por qué ser culpable. Éste es brillante.

Los Guardianes no son los personajes más conocidos del universo Marvel, pero eso no tiene que inquietar ni a los lectores de cómics ni a quienes apenas conocen de la editorial lo que el cine ya ha mostrado. Los personajes están tan bien introducidos que todo lo que hace falta saber está en la misma película. Y están tan bien descritos que es imposible no meterse de lleno en su aventura. Chris Pratt se convierte en una mezcla de Han Solo e Indiana Jones que comanda a un grupo de inadaptados que combinan la agilidad física de Gamorra (Zoe Saldana), la brutalidad de Drax (Dave Bautista) y la absoluta integración de dos personajes digitales terriblemente bien hechos, y no sólo en lo visual, como Groot y Rocket (éste, hallazgo salvaje de la película, exige verla en versión original para disfrutar con la voz de Bradley Cooper). El carácter de los personajes invita a dejar el peso del filme sobre ellos y, aunque es una decisión fácil, Gunn es inteligente y lo hace. Por eso funciona todo tan bien, porque respiran en un universo dibujado casi por completo en el ordenador (eso sí, el 3D es tan prescindible como de costumbre).

Guardianes de la Galaxia enseña el camino para que el blockbuster de Hollywood siga siendo apetecible para públicos de todo tipo, para aquellos que quieran algo más que acción estúpida y chistes groseros, aquellos que aprecien un trabajo de guión antes de recrear explosiones digitales, aquellos que sientan que en el cómic hay material para hacer un cine digno... y hasta para quienes no sepan nada de las viñetas y sólo quieran un par de horas de diversión. Eso es Guardianes de la Galaxia, una gran película de acción, humor y ciencia ficción, con el toque irreverente que se esperaba y con incontables escenas de acción francamente bien hechas, con una imaginería visual muy atractiva (y muy diurna, en contra de lo que suele suceder en estas películas) y musicalmente espléndida con esa mezcla de canciones clásicas y banda sonora épica. Lo que denota que sí es una auténtica película Marvel es el ya habitual cameo de Stan Lee y la escena postcréditos. De ésta, decir que es la más desternillante de todas... si se entiende la broma. Lástima no poder comentarlo más en profundidad porque es la guinda de este tan sabroso como irreverente pastel.

miércoles, agosto 13, 2014

'Mil veces buenas noches', el reto de una vida normal

Viendo Mil veces buenas noches se puede caer en la tentación de pensar que ésta es sólo una película sobre una fotógrafa de guerra, corresponsal en zonas conflictivas, y de su pasión por un tipo de periodismo necesario y muy sacrificado. Se puede caer en la tentación, porque efectivamente esa historia se cuenta en la cinta. Pero lo que realmente cuenta es el reto de vivir una vida normal. ¿Es factible que pueda emocionar tanto la forma en la que una mujer trata de recuperar esa vida normal con su marido y sus dos hijas como el riesgo y el encanto de un trabajo tan apasionante y visceral? Ese es el mérito de la película del noruego Eirk Poppe, la cuarta de su filmografía pero la primera que se estrena en nuestro país, que funde el drama bélico-periodístico con una historia realista pero mucho más cercana, que sabe aprovechar el enorme talento de Juliette Binoche como protagonista pero que también se saca de la manga otras virtudes más inesperadas, entre las que destaca la debutante Lauryn Canny.

Es verdad que a la película le falta algo para culminar la historia, las buenas propuestas y el intenso drama personal que expone, y que el final del filme no termina de llenar tanto como los picos emocionales que hay diseminados a lo largo de su metraje, pero se comprende el intento de cerrar un círculo en la vida de Rebecca, la fotógrafa de guerra a la que da vida Binoche. Y también hay que destacar que no terminan de ser demasiado lógicos los planos más oníricos por los que apuesta Poppe en algunos momentos muy determinados viendo el tono personal que adopta el filme. Pero hasta ahí llegan los elementos criticables de una película intensa, completa y compleja, emocional desde el primer impacto que supone descubrir lo que está sucediendo en la escena con la que arranca, y que plantea, aunque sea con breves pinceladas, diferentes estados personales que afectan a estratos muy diferentes de la vida de la protagonista.

Lo esencial de la película es la forma en la que Rebecca trata de adaptarse a su nueva vida, las secuelas que le deja su trabajo y las sensaciones que le produce renunciar a él para rescatar otra parte de su vida. Ahí es donde Binoche se luce, probablemente como hacía algunos años que no se lucía. También toca el aspecto profesional de un trabajo tan impresionante y peligroso como el que desempeña esta mujer. Es, en ese sentido, todo un canto de amor a la verdad informativa de lugares abandonados a los que tan poco caso se hace en realidad. También se acerca a su realidad dentro del matrimonio, con un muy buen Nikolaj Coster-Waldau (que, por paradójico que parezca, tampoco necesita alejarse mucho de su papel más reconocido, en la televisiva Juego de tronos). Y donde acaba triunfando, por saber cómo explicarlo y dónde colocarlo, es en la relación entre Rebecca y su hija mayor, Steph, interpretada con una enorme sinceridad por Lauryn Canny, que da un enorme contraste emocional a la mirada de Binoche.

De hecho, Mil veces buenas noches acaba convenciendo precisamente por dos excepcionales escenas, picos emocionales indiscutibles de la película, en las que Binoche y Canny confrontan sus miradas. Es en ellas donde se esconde el alma de la cinta, donde se entiende que hay un relato personal e íntimo, sean o no partes ficticias de los retazos autobiográficos que el propio Poppe ha incluido en la historia procedentes de su experiencia como fotoperiodista en los años 80. Siendo Binoche la protagonista, da la impresión de que se ha querido hacer del cartel de la película una especie de recordatorio de su presencia en El paciente inglés, cuando en realidad el cartel original de la cinta (sin Coster-Waldau) es una descripción mucho más acertada. La película, en todo caso, merece algo más que una oportunidad porque encierra un retrato sincero y realizado desde el corazón, de esos que saben cómo impactar y emocionar desde ángulos muy diversos. Y, aunque haya que insistir en ello, ojo a Canny. Sostener la mirada a esta Binoche tiene mérito.

lunes, agosto 11, 2014

'Chef', deliciosa intrascendencia gastronómica

En Chef no hay nada que no nos hayan contado mil y una veces, y que nos lo cuenten en 114 minutos puede ser algo excesivo e intrascendente. Pero, aquí viene lo bueno, hasta ahí llegan los aspectos negativos de Chef, una de esas películas que explotan con inteligencia y categoría el buenrrollismo que todo el mundo necesita de vez en cuando. En ese sentido, es una película deliciosa de ver, y el adjetivo tiene un doble uso en esa frase puesto que el tema de la película se enfoca en la gastronomía, concretamente en la vida de un chef que quiere ser especial en su trabajo y al mismo tiempo feliz en su vida. Como sin conflicto no habría película, al final la trama deriva en una muy clásica pero desenfadada y alegra historia de superación en la que todo el mundo es bueno, todo es divertido y todo acaba saliendo bien. Lo dicho, buen rollo. Pero buen rollo bien hecho.

De una manera o de otra, Jon Favreau es uno de esos tipos que se nota que se lo pasa bien. Lo hace cuando actúa porque transmite carisma y buen rollo, y lo hace cuando dirige. Hasta ahora había destacado más por grandes espectáculos de acción y efectos especiales, como sus dos entregas de Iron Man (la primera y la segunda) o ese bizarro entretenimiento que era Cowboys y aliens, pero con Chef demuestra que también sabe disfrutar con una historia de corte más realista e intrascendente. ¿De qué otra forma se puede interpretar si no es como diversión el reparto que reúne y el resultado que le da? Él mismo al frente, con John Leguizamo... básicamente haciendo de lo que casi siempre hace John Leguizamo. Lo mismo se puede decir de Sofía Vergara. Scarlett Johansson casi agradece este tipo de películas asentadas en la realidad, por pequeño que sea su papel. A Dustin Hoffman siempre es un placer verle. ¿Y Robert Downey Jr.? Nadie se lo ha pasado mejor que él haciendo esta película.

¿Pero de qué va Chef? Muy sencillo. Favreau interpreta a un jefe de cocina de un buen restaurante al que las cosas le van aparentemente bien, pero que se topa con cuatro problemas. El primero, un blogero gastronómico (Oliver Platt) que acude a su restaurante dispuesto a evaluarle sin piedad. El segundo, un jefe (Hoffman) que le recuerda quién paga las facturas. El tercero, su escasa experiencia en el mundo de las redes sociales que le lleva a meterse en algún que otro lío gracias a su recién estrenada cuenta de Twitter. Y el cuarto, un hijo de diez años (Emjay Anthony) para el que apenas tiene tiempo y que tuvo con su ex mujer (Vergara). Por el camino, Favreau abre el apetito con una delicadeza gastronómica que encandila, con una buena música con la que es fácil conectar (sonidos latinos incluidos), juguetea con las propiedades eróticas de la cocina pero sobre todo convierte el trabajo en los fogones como un aprendizaje vital de buenas intenciones.

Chef funciona así como comedia (ojo al diálogo en español de John Leguizamo, que seguramente perderá gracia en la versión doblada) y como relato costumbrista, pero sobre todo es esa bocanada de buen rollo que el cine sabe insuflar mejor que ningún otro arte. Es fácil encontrar en la película momentos divertidos, tiernos y agradecidos, es muy sencillo dejarse arrastrar por la historia, por mucho que en el último tercio dé la sensación de estar siendo alargada en exceso. ¿Y su intrascendencia? Pues es grande, claro, porque ni es una historia rompedora ni es la mejor que se ha rodado nunca, como tampoco va a cambiar la vida de nadie porque ni siquiera lo pretende. Pero dentro de esa categoría de películas intrascendentes, todos sabemos que las hay de dos clases. Por un lado esas de las que nos hemos olvidado antes incluso de que se terminen. Por otro, las que dejan una sonrisa al acabar la proyección y por eso las acabamos recomendando a quien quiera distraerse durante un par de horas. Chef es, indudablemente, de las segundas. Y por eso en estas líneas lo que se está haciendo es recomendarla.

viernes, agosto 08, 2014

'Transformers. La era de la extinción', la glorificación definitiva de la estupidez

Michael Bay. La simple mención de su nombre invita a enconados debates sobre lo que lleva a las pantallas de cine. Para unos, un maestro del cine espectáculo. Para otros, un sobrevaloradísimo director artífice de algunas de las películas más estúpidas (entiéndase esto no como un insulto, no lo es, sino como una descripción de lo que rueda) de los últimos tiempos. Me cuento entre los segundos, así que asumo que las siguientes líneas no serán bien recibidas entre la ingente cantidad de personas que pagan religiosamente una entrada para ver sus películas. Transformers, como saga, es su culmen. No hay películas como éstas en su filmografía que contengan tal cantidad de incongruencias, personajes mal desarrollados y respaldo en una pirotecnia visual hueca y plana. La era de la extinción, cuarta entrega de la franquicia, es, dicho de forma directa, la glorificación definitiva de esa estupidez, una película sin pies ni cabeza, sin interés alguno, lamentable de principio a fin y que ni siquiera ofrece la pizca de entretenimiento que sí podía haber en las anteriores. Simplemente aburre, y lo hace en unos agónicamente lentos 165 minutos, producto de un ego, el de Bay, ya indomable.

El mismo Bay ya ha dicho que no le importa lo que digan los críticos mientras su película gane dinero. Hasta ahí, perfecto, porque ningún crítico tiene la razón absoluta. El arte y la cultura son subjetivos y sin duda habrá gente que disfrute de esta película y de cualquier otra que dirija Michael Bay. Pero la frase se puede volver del revés con facilidad, y a un crítico parecerle absolutamente irrelevante que Transformers. La era de la extinción destroce la taquilla siendo una película tan mediocre. Él tampoco tiene la razón absoluta. La diferencia está en que él sí lo cree. Desde el prisma opuesto, sólo hay una lección que Bay parece haber aprendido desde que se asomó por primera vez a la franquicia Transformer en 2007, y es que en esta cuarta entrega, al fin, algunos de los robots protagonistas, Optimus Prime y Bumblebee aparte, dejan de ser amasijos de metal intercambiables e imposibles de distinguir en la batalla. Por una vez, todo parece algo más claro y menos confuso que de costumbre en las inmotivadas escenas de acción que pueblan el larguísimo metraje de la película. Es la única mejora desde Transformers. En el resto de aspectos, el declive ha sido absoluto y precisamente por esa arrogancia que lleva a Bay a pensar que cada vez lo está haciendo mejor.

No hay otra forma de entender que se acumulen tantas frases absurdas, tantas situaciones inexplicables, tantos personajes planos que se limitan a actuar como les da la gana y sin que eso responda a una personalidad definida en un guión, tantas explosiones y cosas destrozadas sin sentido alguno. Todo es estúpido, desde la necesidad de dejar tantos elementos en suspenso para una quinta película que casi parece una muestra de vaguería para no tener que escribir un par de líneas coherentes en el guión, hasta la presencia de personajes insoportables. Y eso no sólo afecta a los Transformers, sino también y puede que sobre todo a los humanos. Afecta tanto a grandes intérpretes, como un Stanley Tucci que por unos cuantos cheques está empeñado en arruinar todo el prestigio que merece su categoría, como a los más desconocidos, como el joven Jack Reynor, cuyo personaje es insufrible, tópico y directamente absurdo. Eso, por supuesto, sin mencionar la costumbre de Bay de incluir a una bomba sexual femenina bien con poca ropa (hasta se bromea con sus shorts) o con vestimenta ajustada, y en este caso le toca a Nicola Peltz. Ni siquiera el carisma de Mark Wahlberg y la presencia de Kelsey Grammer (que se arruina con unas frases delirantemente tópicas) basta para salvar al reparto.

¿La acción? Es más de lo mismo. O puede que más grande, pero todavía con menos sentido que en las anteriores entregas de la saga. Tiene todo tan poca importancia y tan escasísimo razonamiento, que da igual que los personajes aparezcan y desaparezcan sin motivo, que se peleen unos con otros o que vayan cambiando de alianzas. No importa, no es relevante. Lo único que cuenta en el cine de Bay en general y en Transformers. La era de la extinción en particular es que haya cosas explotando, edificios rompiéndose en mil pedazos, llamas, escombros y personajes puestos sólo para ejercer la función de secundarios cómicos o reclamos sexuales. Ni siquiera los Transformers son fieles a lo que tendrían que ser, aunque eso es algo que viene de atrás, especialmente cuando en la tercera entrega, El lado oscuro de la Luna, Bay y sus guionistas decidieron aniquilar la naturaleza de los Prime. Para cuando aparecen los Dinobots, uno de esos reclamos efectistas de la película que bien podrían ser los Aerialbots, los Protectobots, los Headmasters o cualquier otro grupo nacido en la franquicia, el aburrimiento es tan grande que ya no importa. Y, claro, parece que va a haber una quinta entrega. Que Optimus Prime, el de verdad y no éste, nos coja confesados.