viernes, octubre 31, 2014

'Loreak', sensible y extraordinaria sorpresa

Los prejuicios del mercado, de la sociedad y del mismo cine, en una diabólica conjunción con sus limitaciones y sus miedos, hace que auténticas maravillas, pequeñas o grandes, no lleguen a tanto público como merecen por su categoría artística. Loreak es, en ese sentido, una pequeña maravilla, quede eso claro desde el principio. Es también una sorpresa porque probablemente esos prejuicios tan habituales nos lleven a ignorar con demasiada facilidad una película de esta modestia, carne de festival (y alabada aunque sin premios, de hecho, en el de San Sebastián), realizada íntegramente en euskera, y firmada por unos directores e interpretada por unos actores (sobre todo por unas descomunales actrices) que no son las habituales de las alfombras rojas o que deslumbran en el papel cuché a pesar de estas que también son bellas. Pero Loreak es puro cine, brillante y sin más artificios que su calidad, es una obra íntima, personal, sensible y extraordinaria.

Hay magia en Loreak (flores, en euskera) ya desde su prólogo, una fascinante colección de imágenes que anticipa el magnífico collage que después montan Jon Garaño y Jose Mari Goenaga en torno a la vida de tres mujeres radicalmente diferentes entre sí y cuyas vidas se unen por un ramo de flores que una de ellas recibe de forma anónima cada semana. Esa anécdota, en un primer momento más propia de un corto que un largo, se acaba convirtiendo en el impulso vital de una película de una enorme sensibilidad. Es indudable que Nagore Aranburu, Itziar Ituño e Itziar Aizpuru, las tres actrices protagonistas, tienen una elevada cuota de responsabilidad en que la cinta respire esa sensibilidad y muchísimo realismo desde la primera hasta la última escena, desde la más cotidiana a la más demoledora (el encuentro final entre dos de ellas es momento emocionalmente durísimo plasmado con una belleza exquisita).

Reducir la película a sus actrices no sería justo. Sí por ellas, brillantes en todos sus matices, pero no por el resto. Porque Loreak es una pieza magnífica de cine. Garaño y Goenaga aciertan en casi todo lo que hacen. Lo fácil para ellos habría sido limitarse a colocar la cámara y dejar que las actuaciones llevaran el peso de la película, pero eluden por completo ese conformismo creando bellísimos planos, dando un sentido narrativo y argumental a la colocación de su cámara, haciendo que incluso la misma escena se vea desde puntos de vista diferentes para enriquecer la sensibilidad de la película, juegan con el montaje de una forma extraordinaria, y con el tiempo para crear las elipsis que necesita la película para adquirir un poso aún mayor. Es la segunda película de esta pareja de directores, que ya habían realizado previamente 80 egunean, y desde ya se han ganado el privilegio de que sus nombres se queden en la memoria para esperar con anhelo sus próximos trabajos.

El realismo es una constante en Loreak, casi una necesidad a pesar de que hay alguna licencia incluso cómica, y nada rompe esa sensación, por mucho que haya una gran casualidad (que el guión deja magníficamente en el aire) que es el verdadero motor de la película y que pueda llevar a algunos espectadores a dudar de la profundidad real que tiene la cinta por ello. Ese es, quizá, el único punto débil de la película. Pero incluso no asimilando del todo ese giro del destino y su decisivo papel en la historia todo lo que se va mostrando es tan emocionante que no queda más remedio que rendirse a la evidencia de que estamos ante una película espléndida, en la que todo lo que se ve (sobre todo las interpretaciones y la elección de un magnífico escenario gris y melancólico), todo lo que se oye (músicas, sonidos, incluso la lluvia) y todo lo que se siente (con la mezcla de todo lo anterior) tiene un valor esencial para hacer de Loreak un viaje formidable.

'Caminando entre las tumbas', el disfrute de Liam Neeson

Desde hace algunos años, Liam Neeson ha encontrado un acomodo bastante notable notable en el thriller, con personajes que, salvando los detalles, no se alejan demasiado los unos de los otros. Eso, que en muchos actores podría desembocar en un encasillamiento insoportable, en él sirve para que en cada película dé una nueva lección de saber estar. Caminando entre tumbas es, de hecho, uno de sus mejores papeles de los últimos años, quizá porque el guión de Scott Frank, que también dirige la película, es una hábil mezcla entre lo que mejor funciona en el género. No es nada difícil intuir detalles de las películas de Harry el Sucio, incluso del Zodiac de David Fincher, y de otros muchos thrillers reconocidos. No es, en ese sentido, una película rompedora (y eso le pesa sobre todo en su clímax, lejos de ser el final perfecto que se podía anticipar) aunque tenga algunos momentos magníficos, pero siempre mantiene un nivel de elegancia, misterio y entretenimiento digno de elogio.

Es curioso que no haga falta más que retroceder en el tiempo hasta 1999 para que el thriller vuelva a ser el género emocionante y sincero que siempre ha sido, uno en el que la tecnología no juega una parte esencial de la historia y en el que los detectives hacían su trabajo de la manera más clásica. Ese es el escenario que ha planteado Frank para Caminando entre tumbas, y sabe sacarle partido primero con un prológo fantástico, en el que Liam Neeson casi parece sacado de Canción triste de Hill STreet, con un aspecto sorprendente y una escena de acción que suena como las de antes, tan atronadora como la violencia de Sam Peckimpah y sin preocuparse de lo políticamente correcto. A esa secuencia siguen unos títulos de créditos magníficos, poéticos precisamente por su uso de la violencia, una muy diferente, y magníficamente acompañados por la música del debutante Carlos Rafael Rivera.

Puede sonar descorazonador que esas dos secuencias, las dos primeras, sean lo mejor de la película, pero también sería injusto. Lo son, eso es así, pero el resto es más que interesante. Con un Neeson en plena forma prácticamente basta para que una película se sostenga. Su porte, sus registros al hablar, incluso su peculiar manera de caminar. Aunque ya lo hayamos visto, todo eso le sirve para componer un magnífico personaje, un hombre moralmente tocado (aunque no parezca que Frank le saca todo el partido a esa premisa) pero muy eficaz en su trabajo, con una moral intachable pero dispuesto a quebrantar las líneas rojas cuando sea necesario. Y sus oponentes, una formidable pareja de asesinos en serie, psicópatas sin alma, crean el espléndido duelo que hace que toda la película se disfrute con facilidad, desde la investigación detectivesca, al enfrentamiento bajo la lluvia con connotaciones de western y de policíaco de los años 70.

Caminando entre las tumbas quizá peque en algunos momentos de abusar del cliché o de la sorpresa no demasiado creíble, pero en conjunto se mueve con bastante habilidad por el género y por la historia. Frank rueda con elegancia y hace que todos los escenarios, desde un callejón hasta una biblioteca, encajen en la historia que quiere contar. Neeson, encabezando un notable reparto y liderando las mejores escenas de la película (su monólogo sobre las armas de fuego es de los que ponen la piel de gallina), es además el actor perfecto para que todo vaya funcionando bastante bien. En el clímax y en el epílogo (es inevitable que en el último plano de la cinta la mirada se vaya a la esquina superior derecha) es donde la película transita caminos más rutinarios, pero el resultado es igualmente satisfactorio. Es un muy buen thriller, con una buena historia y con un fantástico protagonista.

'Serena', sin un propósito claro

Últimamente, el cine norteamericano tiene una tendencia a basar el reclamo de sus películas en el cartel, en sus actores protagonistas. Y eso suele funcionar. Que Serena esté protagonizada por Jennifer Lawrence y Bradley Cooper (más por él que por ella, aunque la película coja el nombre del personaje femenino para su título) es ya reclamo suficiente para que llame la atención. La cinta de Susanne Bier, en todo caso, termina fallando porque no tiene un propósito claro. Es una historia de desamor más que de amor, pero tarda demasiado en aproximarse a la película que realmente quiere ser como para convencer con facilidad. Cuesta entrar en los personajes porque a veces el escenario es más importante y eso, por paradójico que parezca, pierde toda la relevancia según van pasando los minutos. La película no deja de transformarse y no tanto como una evolución sino con saltos que a veces no son demasiado fáciles de seguir. Cuesta saber qué mensaje desprende la película. Y, por eso, cuesta admirarla en conjunto.

Porque por partes sí hay muchos elementos atractivos, y se puede empezar por el reparto. Lawrence y Cooper tienen química y talento. La química no sólo se ve en esta película, también en las otras dos que han compartido (El lado bueno de las cosas y La gran estafa americana), aunque esta sea seguramente la más floja de las tres películas que han protagonizado, en general y por su trabajo. Se puede seguir por el magnífico escenario en el que transcurre Serena, unos parajes montañosos norteamericanos retratados con enorme belleza, aunque quizá se quede en una mera postal y no termine de ser tan decisivo en la historia como seguramente hubiera sido deseable. Y, aunque sea lo que menos tiempo ocupa en la película, sus coqueteos con el thriller psicológico en el tramo final dejan lo mejor de la dirección de Bier, aunque en realidad no terminen de encontrar acomodo en el relato que se ha estado viendo antes.

Ese es el principal problema de Serena, que es una película poco definida. Salta entre géneros e incluso entre pretensiones, y está lejos de concentrarse en alguna de ellas. No es que abarque demasiado, aunque puede que eso algo tenga que ver con el resultado final, sino que no parece tener muy claro qué es lo que quiere transmitir. Probablemente, la película habría crecido bastante de haber tenido claro que su tema principal era el desamor, que es lo que parece centrar los esfuerzos de guión y dirección sin que en realidad se logre un resultado sobresaliente en esa tarea. Pero mientras llega esa parte del relato, lo que se ve es una larguísima introducción para explicar las características del escenario escogido (una empresa maderera que trabaja en un bosque virgen norteamericano cuando acontece la gran depresión del primer tercio del siglo XX) e incluso la historia de amor que después, de alguna manera, pretende desandar

Al final queda la sensación de que lo mejor de Serena está lejos de lo que aporta Bier. La ambientación es formidable, y ahí el trabajo depende en buena medida de los departamentos de dirección artística y vestuario, y aunque se agradece el buen trabajo de Lawrence y Cooper está muy presente el hecho de que David O. Russell supo sacar mucho más de ellos en sus dos películas anteriores. Por eso, y retomando el argumento de que lo mejor de Serena (o al menos lo que rompe la rutina) está en sus tooques de thriller, es obligado destacar la inquietante interpretación de Rhys Ifans. Serena se queda así en una especie de tierra de nadie, en la que no termina de ser ni un drama rural, ni una tragedia histórica ni ese thriller psicológico que brevemente se apunta. Hay en todas esas partes elementos destacables pero el conjunto no alcanza para ser la gran película que seguramente aspiraba a ser.

'REC 4', sin terror, sustos o acierto

Puede que a la hora de valorar una cuarta parte de una saga como REC, quien se aproxime a una crítica de la película quiera tener claro si quien la suscribe es fan o no de la franquicia. Quede claro desde el principio que no, que aquí no hay un excesivo gusto por el cine de zombis, por la cámara en mano integrada en la historia con la que se inició su recorrido o por la deriva posterior de esta, eso sí, inteligente forma de aceptar los principios de la industria norteamericana en el cine español. Por Jaume Balagueró, en cambio, sí desarrollé una simpatía por su atrevida y muy bien llevada opera prima, Los sin nombre, hecha antes de que REC le absorbiera como realizador durante tantos años. Dicho todo esto, REC 4 es una enorme decepción, una película de terror en la que jamás se tiene esa sensación de inquietud que se espera del cine de género, en la que ni siquiera hay sustos de consideración, y en la que tampoco hay un acierto que permita que la película se sostenga de ninguna de las maneras.

Aunque se pueda agradecer el esfuerzo de que la película sirva de nexo a las tres anteriores (de hecho, arranca hilando con el final de la entrega original) y por mucho que el aficionado al zombi como subgénero y a esta saga como entretenimiento diferente dentro del cine español, lo demás no se sostiene. Balagueró y su coguionista, Manu Díez, han buceado en otras mitologías (fundamentalmente en la de Alien) para tratar de dar un toque más elitista a su serie, pero al final no deja de ser lo que parece: una película de sangre, vísceras y más de una rocambolesca excusa para que la protagonista femenina, una bella Manuela Velasco que a ratos queda en un segundo plano en la historia, muestre lo bien formado que está su cuerpo (aquí, eso sí, sin llegar a desnudarse, otro de los sorprendentemente aceptados clichés del género aún sin necesidad alguna). En el guión hay excusas pobres para explicar lo que sucede y frases que suenan vacías. La mezcla no es afortunada.

Balagueró, asimilando por completo el manual de la perfecta franquicia, lleva la acción de esta cuarta (¿y última?) entrega a un escenario diferente. Esa pretende ser la gracia de rodar una cinta más de REC (cuyo título, obviamente, ya ha perdido sentido porque la cámara en mano de los protagonistas ha desaparecido), porque si no es difícil explicar la colección de tópicos mal llevados que hay en la cinta. No falta el personaje de Bilbao que suelta un sonoro "ahí va la hostia", un cocinero filipino o un operario negro, por no volver a mencionar la camiseta de tirantes blanca de Manuela Velasco... la única que se ve en toda la película. Pero lo más fallido, incluso dentro de su planteamiento por momentos imposible de creer, está en la voluntad de videojuego de los años 80, aquel en el que todo lo que hacía falta en la historia se pone a plena vista del jugador para que lo recogiera y pudiera continuar la partida. Eso pasa en REC 4, que todo está ahí. ¿Que un informático tiene que saber cómo se comanda un barco? Pues lo sabe. ¿Que necesitamos una cámara que debería estar custodiada en manos de alguien que no debería tenerla? Pues ahí que está.

Quizá lo más irritante de la película de Balagueró, aunque no por ello menos previsible, está en el gran giro de guión que quiere esconder la película, algo francamente difícil de creer salvo que se caiga en las trampas que ha sembrado previamente la cinta con la clara intención de despistar. Por lo demás, no deja de ser un entretenimiento rutinario, simple y cargado de tópicos que seguramente contentará a quienes se lo pasan bien con el cine de zombis, a pesar de que los venerados y sanguinolentos monstruos tienen menos presencia de lo deseado. Pero el resultado no está, ni de lejos entre lo mejor de la filmografía de Balagueró. Quizá REC no tendría que haber llegado tan lejos, aunque es evidente que lo hace porque da dinero, pero esta cuarta entrega no es tan transgresora como quiere aparentar (con detalles que es mejor no desvelar), no es tan violenta como podría haber sido (tampoco se ve nada del otro mundo) y es demasiado predecible y poco sólida para que algo cuele con facilidad.

viernes, octubre 24, 2014

'El juez', oportunidad perdida

Cuando un actor se produce una película, es obvio que va a ser un vehículo programado para su lucimiento personal. Y si hay un actor capaz de sacar partido a esas situaciones, ese es Robert Downey Jr. El juez es una película pensada para él y ese lado de la ecuación es de largo lo más sólido de la cinta, mucho más si tenemos en cuenta la brillantez de todo el reparto, incluyendo un formidable Robert Duvall, uno de esos actores que no sabe estar mal. Pero El juez, a pesar de tenerlo todo a su favor (una historia dramática y familiar, el género judicial como telón de fondo, sobre todo dos actores de peso y nombres de categoría también en el apartado técnico) acaba siendo una película simplemente correcta. ¿Por qué? Porque ni el guión ni la dirección saben llevar la cinta a los derroteros que mejor le habrían sentado. Todo es bastante previsible, todo queda desarrollado de una forma casi hasta desganada (eso se nota en la fotografía de Janusz Kamiski, iluminando igual a personajes antagónicos, o en el escaso peso de los personajes secundarios) y todo queda absolutamente supeditado a lo que hagan Downey Jr. y Duvall.

Eso, lo que hacen los protagonistas, es formidable, y cada una de las muchas escenas que comparten, son de esas en las que sabes que puede pasar algo especial, pero parece una oportunidad perdida de haber realizado una gran película. En realidad, hay fallos demasiado evidentes en El juez como para no notarlos. Escenas y subtramas introducidas para mayor gloria de su protagonista (su ex mujer, su hija) funcionan de forma individual pero son las primeras que llaman la atención cuando resulta evidente que los 141 minutos del montaje final necesitan claramente un recorte. Los tópicos se dejan llevar con facilidad por la maestría del reparto, pero no dejan de ser tópicos. Emocionar, emociona lo justo, y lo hace con intensidad siempre y cuando sean las actuaciones el verdadero motor que enganche al espectador (como en la escena del baño, con su parte más dramática y la más anecdótica). Y es que casi todo es superficial en el guión. Lo es al referirse a los valores del juez (Duvall), al cuestionar la moralidad del abogado (Downey Jr.), en la reaparición de la ex novia de juventud (por mucho que ver a Vera Farmiga sea siempre exquisito).

Pero eso no basta porque al final todo parece insuficiente. La historia de venganza que desencadena todos los acontecimientos (bien entrada la película, eso sí) no está bien desarrollada. La presencia de algunos secundarios (la camarera del bar, la misma hija del abogado, incluso sus dos hermanos) es rutinaria aunque en todos y cada uno de ellos se intuyen historias apasionantes que podrían haber completado mucho mejor el drama. Al final, la película se queda en un choque de personalidades entre un padre y un hijo, entre un juez de recta moral y un abogado de éxito a costa de tener dudosos clientes, en lo personal y en lo profesional, pero que necesita demasiados minutos para entenderse y que ni siquiera así deja con una total satisfacción salvo en lo interpretativo. En todo eso seguramente tiene mucho que ver que David Dobkin no parece el director adecuado. No sabe imprimir a la película un tono reconocible, a ratos deja unos tintes cómicos que no se entienden muy bien (el vaso del abogado interpretado por Billy Bob Thornton remarcado por un contundente efecto de sonido) y le falta alma.

La explicación seguramente está en el pasado de Dobkin, director encasillado en comedias (Los rebeldes de Shnaghai, De boda en boda, El cambiazo) que, en realidad, muchas veces no sabe muy bien qué hacer con un drama de trasfondo judicial. Con otros actores, probablemente el golpe habría sido contundente, pero la genialidad de Robert Downey Jr., que elabora un personaje en una fascinante transición personal (ver el resultado de ese viaje es lo que da sentido a la primera y a la última escena de la película) y que encuentra un eco contundente y magnífico en Robert Duvall, es razón más que suficiente para disfrutar la cinta. Siempre con la sensación de que se ha dejado pasar una ocasión perfecta para crear un sólido y hasta memorable drama judicial y familiar, pero con la garantía de que un actor en estado de gracia basta para salvar un título que deja sinsabores en otros muchos terrenos. El juez dista mucho de ser la película que podría haber sido, pero tiene momentos más que suficientes para ser disfrutada.

'Coherence', el enorme valor de la inteligencia

Vamos a obviar por un momento ese manido argumento de que una película realizada con escasez de medios tiene más valor que una realizada con muchos millones de dólares. Incluso así, Coherence destaca por lo que es, una película que da un enorme valor a la inteligencia como motor de una historia. Es, efectivamente, una cinta de bajísimo presupuesto, realizada con apenas ocho actores y dos escenarios, una casa por dentro y por fuera. Coherence es una historia de ciencia ficción, pero anclada en lo más realista de las vidas de esas ocho personas. El toque fantástico lo aporta el paso de un cometa sobre la Tierra y los efectos que produce. Y es mejor no saber absolutamente nada más para no arruinar los giros de guión, notables y casi siempre precisos e inteligentes. Efectivamente, no hay efectos digitales. No hay dinero. No hay medios. Pero sí talento. Pero es que si Coherence se hubiera hecho con un presupuesto mayor y un reparto estelar podría haber sido igualmente una película espléndida, porque su corazón está en la historia.

No se puede negar, no obstante, que parte del encanto de la película de James Ward Byrkit, primera que dirige el también guionista de Coherence, está en su escala. Es pequeña y no necesita ser más grande. Es intimista y minimalista porque es en ese escenario y con esas sensaciones como se construye la historia con ingenio y acierto. Es igualmente cierto que hay un aspecto derivado del carácter modesto del filme que genera ciertas dudas, y es que ésta no es una película que necesite del nervioso momento continuo de la cámara en mano. Sí en algunas escenas, donde la confusión se convierte en el noveno personaje, pero no siempre. Aparte de eso, y de algún que otro intento de dotar de un innecesario poso filosofíco a ciertos momentos de la película, todo lo demás es ingenioso e inteligente y está conectado con brillantez y con un exquisito dominio del ritmo. La película acelera cuando debe hacerlo, para cuando procede y siempre se basa en un magnífico dominio de los personajes, que son quienes dominan por completo la propuesta.

Esa mezcla de realismo y ciencia ficción es lo que hace de Coherence una espléndida experiencia. Por supuesto, el componente de puzzle fantástico es lo que más engancha desde el principio. El espectador necesita saber qué es lo que está pasando, cuáles son las reglas de esta vivencia (que Byrkit va desgranando con brillantez, de forma nada forzada), ir encontrando explicaciones a cada uno de los sorprendentes pero siempre verosímiles giros argumentales. Esto, no obstante, habría sido poco más que un original pero efectista envoltorio si no hubiera sabido construir también personajes realistas que lo llenen. Y eso lo hace con brillantez. Así, esta reunión de amigos, con sus miedos, con sus secretos, con sus pasados y con sus particularidades cobra tanta fuerza como la excusa que les hace interaccionar. Coherence es una historia básica sobre personas ordinarias viviendo una situación extraordinaria. Y por eso se aprecia un detalle experimental a la hora de hacer la película, y es que el director suministró a sus actores información limitada y les dio libertad para improvisar.

La frescura y la originalidad que hay en la cinta se sienten sin conocer ese detalle, pero conociéndolo se entiende aún mejor el alcance de Coherence. Puede que haya algún elemento forzado, ¿pero quien puede resistirse a una de esas películas en la que un un juego mental y psicológico llega a un final abierto tras muchas vueltas anteriores que permiten debatir con intensidad sobre lo que se acaba de ver? Esa es la fuerza del cine, que no entiende de presupuestos o de limitaciones cuando se hacen películas con inteligencia y talento. El de James Ward Byrkit es un nombre a apuntar, más gracias a su dominio de los personajes y de la historia (que deja en 89 minutos y que no necesita en absoluto alargarse más) que el de la cámara, pero también sería bueno tener en cuenta el de más de uno de los actores de un cásting en el que quizá el único relativamente conocido sea Nicholas Brendon (Xander en la serie televisiva Buffy, cazavampiros). Así, Coherence es una de esas pequeñas grandes delicias que la ciencia ficción ha venido dejando en los últimos años.

'El chico del millón de dólares', cine deportivo previsible y sin garra

Hay pocos subgéneros del drama que tengan claves tan universales y fáciles de conquistar como las del cine deportivo. Y sin embargo, de vez en cuando aparecen películas que demuestran que no siempre se aplican de forma exitosa. El chico del millón de dólares es una historia real, sobre los dos primeros muchachos de India que logran una prueba para jugar en un equipo profesional de béisbol en Estados Unidos. El protagonista, en realidad, es el agente que busca ese mercado y trae a los chicos a un mundo nuevo que no conocen. Pero la emoción, la tensión, las claves de esa superación, el nervio y la garra no se aprecian en toda la película de Craig Gillespie, al menos hasta los dos minutos finales. Esa sí era la película que podría haber gustado a quienes normalmente disfrutan del cine deportivo. Pero los caminos que sigue El chico del millón de dólares son otros, a medio camino entre la colonialista historia de dos chicos pobres y el brutal choque cultural al llegar a suelo norteamericano y la comedia romántica más facilona y previsible.

Para entender esa falta de garra, se podría aducir que se trata de un relato muy localista. Americano, por supuesto, porque el deporte protagonista es el béisbol, e hindú, porque es la India el entorno que se quiere explotar. Pero el mismo cine ha desmentido ese argumento en demasiadas ocasiones. El mejor, Campo de sueños, Moneyball o El orgullo de los yanquis (que aparece en El chico del millón de dólares) demuestran que el lenguaje deportivo es universal. Y el éxito en forma de premios de Slumdog Millonaire, que la conexión entre el exotismo de la India y públicos de todo el mundo es más que factible. Tampoco se puede achacar que la película sea blanda a un pretendido espíritu Disney (¿por qué parece que hay tanta gente que esa el nombre de la productora de forma peyorativa?). La clave está especialmente en la dirección de Craig Gillespie.

¿Por qué? Sencillo. No es la historia, real como se nos insiste en recordar al principio y sobre todo al final las inevitables fotos reales, sino la forma en que Gillespie la lleva a la pantalla. Ni se aprecia el drama del agente deportivo que interpreta Jon Hamm, ni se entiende el momento por el que pasan los dos chavales que viajan a Estados Unidos en busca del sueño americano, ni funciona el pretendido exotismo por ubicar amplios trozos de la historia en India, ni tampoco se explican demasiado bien los giros personales de los protagonistas. Cuando Gillespie opta por dibujar postales facilonas y poner la música más predecible y rutinaria a su película, el mensaje que está enviando es el de que no cabe esperar la más mínima sorpresa en los muy largos 124 minutos que dura el filme. Nada emociona como debería, nada inspira como lo hizo en la vida real. Hasta el final. Es ahí donde El chico del millón de dólares entiende la película que podría haber sido, pero ya es tarde, claro.

Ese final sirve para que los aficionados al cine deportivo (en realidad, cualquiera que disfrute del drama, porque el deporte no es más que un reflejo de la propia vida) salgan de la película con un sabor de boca agradable, pero no oculta que El chico del millón de dólares es una película construida con demasiada facilidad y rutina. Se nota, por ejemplo, en la aparición de Alan Arkin, que se limita a copiar gestos y maneras de algunos personajes anteriores que guardan cierta relación con éste para salir del paso. Esa es la sensación que deja el filme. Dentro del deseo de glorificar una emotiva y preciosa historia deportiva, la película se ha convertido en un paso más del relato mitificador, uno necesario, a veces imprescindible, y uno que a Hollywood le encanta dar. Pero este tipo de historias requiere un nervio que Gillespie no parece tener. Sigue el manual, sin duda, y eso deja un producto correcto desde su romanticismo, desde su humanidad y desde su realismo, pero del mismo modo es inofensivo y olvidable. Sin emoción verosímil, hay poco que hacer.

miércoles, octubre 22, 2014

'The Equalizer', la batidora de Antoine Fuqua y Denzel Washington

La reunión de Antoine Fuqua y Denzel Washington en The Equalizer invita a pensar de forma inmediata en Training Day, de cuyo prestigio sigue viviendo este director a pesar de que desde entonces no ha conseguido filmar una película igual de interesante que aquella. Que esté aquí de nuevo Denzel Washington implica que el divertimento está casi asegurado, pero también que estamos ante una absoluta batidora. Además de estar basado este filme en una serie de televisión de la segunda mitad de los años 80, no es difícil ver en ella una mezcla entre Taxi Driver, no sólo por el carácter justiciero del protagonista, sino también por la persona a la que intenta proteger en primer lugar, y Heat (la referencia es asumida por utilizar para el cierre de The Equalizer una de las canciones de la banda sonora del filme de Michael Mann), por plantearse en su segunda mitad como un duelo antagónico entre dos profesionales. Y Washington encaja en este tipo de personajes con tanta facilidad que en el fondo no parece que esté actuando, sino divirtiéndose.

Esa diversión es la tónica de la película, incluso a pesar de una introducción demasiado larga. En realidad, The Equalizer funciona mucho mejor cuando se introduce al personaje de Marton Csokas (pocos actores son tan capaces como él de mostrar una crueldad tan fría de forma realista) porque es entonces cuando hay un verdadero reto en la historia para el perfecto personaje de Denzel Washington. Quizá no era tan necesario mostrar su rutina con tanto detalle y sí entrar en materia. Porque, al fin y al cabo, lo que propone la película es un ejercicio de estilo en el que el actor se luzca, y ambas cosas se manifiestan con mucho más sentido en la segunda mitad del filme. Lo que realmente se busca es la acción, muy bien planificada, y ver al personaje de Washington desatado dentro de la habitual y extraordinaria contención del actor, y eso no empieza a suceder hasta la segunda hora.

¿Y qué hay en la primera hora? Presentaciones, justificaciones y elementos que Fuqua retomará al final para dar una cuadratura mayor a la historia, aunque no siempre con mucho éxito. Y algo de engaño también, porque por un momento da la impresión de que la película se va a mover por otros registros. Eso sucede en las brillantes conversaciones entre los personajes de Washington y Chlöe Grace Moretz, en especial la última, tierna y conmovedora. La todavía jovencísima actriz (cumplirá 18 años en febrero del próximo año) sigue mostrando valor para meterse en películas de todo tipo, con los personajes más variados y sin preocuparle que sea su nombre el que aparece en el cartel. Lástima que aquí su papel tenga tan poco recorrido y que, incluso, desaparezca sin mucho sentido durante demasiados minutos, habida cuenta de que está en el centro del desencadenante de la historia. Ese personaje es sólo una muestra del principal defecto de la película, y es que el guión falla en los detalles. Pasa lo que pasa cuando tiene que pasar, aunque sea menos verosímil que lo que tendría que haber pasado.

Eliminados esos problemas, la propuesta de The Equalizer es estupenda. Nada nuevo en el horizonte y mezcla de referentes obvios, pero todo muy entretenido y bien filmado. Quizá alcance formas algo exageradas en el clímax final, donde casi dan ganas de esperar a que aparezca Samuel L. Jackson para pedir al protagonista que se una a los Vengadores, pero con un nivel de diversión bastante notable de principio a fin. Suele suceder en las películas de Denzel Washington, que ya tiene un personaje prototípico en el que, con ligeras variaciones, siempre se desenvuelve con mucho acierto, y para Fuqua sirve para profundizar en un cine de acción pura, sin demasiadas dobleces y con mucha sinceridad, como lo era Objetivo: la Casa Blanca pero con el plus que siempre da su actor protagonista, que sirve para hacer creíble cualquier cosa, incluso lo que en otra película y con otro actor acabaría provocando carcajadas de incredulidad. El caso es pasarlo bien y eso es algo que The Equalizer hace con mucha facilidad.

martes, octubre 21, 2014

'Magical girl', un gran corto alargado y ralentizado

Magical Girl supone el segundo capítulo del personal universo de Carlos Vermut tras Diamond Flash, y las constantes vienen a ser parecidas. Sus ideas para este largometraje son atractivas, pero chocan con un escollo que muchos espectadores no salvarán: su lentitud. Un ritmo en ocasiones excesivamente pausado oculta en parte el humor negro (y no tan negro) que hay en su historia de casualidades, la brillante configuración de los personajes y un espléndido final, que es donde reside el espíritu de la película. Tanto es así, que más de 130 minutos para contar la historia acaban antojándose demasiados, porque al final se apodera del espectador la sensación de que todas las claves residen en esa conversación en el bar, intensa y dramática, que sostienen los personajes de José Sacristán y Luis Bermejo. Todo lo demás, con su interés, forma parte de una trama quizá demasiado ambiciosa en cuanto a sus temas y poco concreta en sus resultados porque da demasiada libertad al espectador para sustraerse del influjo de la película.

En realidad, todo lo anterior no deja de ser una apreciación personal, una que cambiará según cada espectador. Es verdad que es una película lenta, pausada, muy reflexiva, en la que ningún personaje vive acelerado y todo invita a deleitarse con los detalles de cada escena. Es igualmente cierto que la construcción de los personajes es espectacular. Cada uno por separado y todos según se van cruzando aportar algo profundo a la película. Pero es igualmente cierto que la película ofrece la duda de si todo lo que se ve era realmente necesario para comprenderla. La respuesta intuitiva, la del ritmo del filme, indica que no, que su muy buen final podría haber llegado antes. La reflexiva es la que lleva a pensar en todos los pequeños elementos de la cinta, los que le sirven a Vermut para hacer algo complejo y retorcido, brillante en ocasiones tanto en su faceta más dramática como en los acertados golpes de humor que va incluyendo en el guión. Pero sin duda la mezcla de ambas visiones hacen de esta una película que dispara opiniones tan contradictorias como válidas.

En Magical Girl (el título es una de las cuestiones más discutibles de la película, porque invita a pensar en una historia que al final es casi más bien el macguffin del relato) todo está medido y pensado. La pausa no es un error, sino una elección. Si la película resulta lenta a algún espectador el motivo no estará tanto en la puesta en escena como en la sala de montaje. Y eso que Vermut traza con mucha habilidad el cruce de las historias de los diferentes personajes, empezando por un prólogo atractivo y hasta llegar a la ya mencionada escena del bar. La trama de Magical Girl depende tanto del montaje y de ese cruce de vidas que lo mejor es ir dejándose sorprender por la historia, sin necesidad de recurrir a una sinopsis. Sí se puede decir que los protagonistas son una mujer (Bárbara Lennie) con problemas psicológicos cuyo marido es, precisamente, un psiquiatra; un profesor de literatura en paro (Luis Bermejo) que hará lo imposible para satisfacer los deseos de su hija enferma (Lucía Pollán); y otro profesor, éste de matemáticas (José Sacristán), ya retirado. La forma en que se cruzan sus vidas, casualidades en estado puro, es lo mejor de la película.

Lo que altera demasiado la percepción de la película es que ese cruce de personajes tarda mucho en verse. El montaje de la primera mitad de la película no es, en ese sentido, tan certero como a partir de su ecuador. A Magical Girl, en todo caso, hay que reconocerle un atractivo interesante, un magnetismo del que es difícil escaparse. Que sea lenta no quiere decir que sea aburrida. No lo es, aunque a veces cueste seguir el hilo que deja Vermut. Convencen sus actores, sus diálogos y el mencionado humor, a veces casi involuntario. Y, de alguna manera, deja la sensación de que viéndola una segunda vez la película tiene capacidad de crecer. Lo que está claro es que Vermut es ya uno de los cineastas españoles más personales y eso ya es un motivo para seguirle de cerca. Puede que Magical Girl no convenza a todo el mundo, seguramente no lo hará y quien escribe estas líneas quedo fascinando por el mundo que crea, encantado con el final de la película pero insatisfecho con un demasiado largo desarrollo. Pero incluso así tiene elementos de sobra como para darle una oportunidad.

lunes, octubre 20, 2014

'Relatos salvajes', mala uva catártica

En estos tiempos tan políticamente correctos en los que vivimos, la incorrección casi siempre recibe una alabanza entusiasta. Eso le sucede a Relatos salvajes, una colección de seis relatos cortos que Damián Szifron reúne en un único largometraje. Las historias tienen como nexos de unión la venganza como tema y la mala uva catártica como sensación. Por supuesto, su incorrección hace que el recibimiento que ha tenido la película haya sido muy entusiasta, y en buena medida lo merece. Szifron estira los límites, saca todo el jugo a sus historias, a sus personajes (todos, con perdón, unos cabrones en mayor o menor medida), exprime los límites de lo admisible, de lo tolerable y de la tensión y llega a finales muy satisfactorios. Puede que, más allá de esas sensaciones mencionadas, falte algo de unidad entre los seis relatos, pero el gozo culpable y el nivel de identificación que se puede sentir con muchos de los personajes es tan grande que resulta difícil ponerle pegas a una película de humor negro y cínico tan sincera y culpablemente divertida.

Una misteriosa coincidencia en un avión, una camarera que encuentra una posibilidad de vengarse de un capo local que provocó una tragedia en su familia, un enfrentamiento en la carretera entre dos conductores, un experto artificiero a quien la vida se le tuerce por culpa de la grúa, una negociación para encontrar un culpable tras un accidente de tráfico y una boda que se derrumba sin previo aviso. Sin desvelar más detalles, esas son las seis situaciones en las que Szifron encuentra vías de escape, auténticas catarsis, respuestas cínicas a la realidad. Son, evidentemente, historias exageradas pero que tienen una percha visible y palpable en la realidad como que la identificación juegue un papel determinante en el éxito de Relatos salvaje. Porque, sí, son salvajes, pero también nacen de historias reales o, al menos, realistas. Y por eso se disfrutan. Por eso, cada vez que Szifron supera los límites, provoca una carcajada. Por eso toda la película funciona, porque en todos estos seis segmentos hay elementos muy destacables.

Volviendo a la cuestión de la unidad, es verdad que la hay temática, pero cada historia es tan personal que, en realidad, no se puede evitar una cierta desconexión. Eso sí, como buena antología que es, no cede en la diversión que propone. Y quizá sí se puede entender la unidad por el hecho, atípico, de que los seis segmentos cuenten con el mismo director. Estas títulos (En los límites de la realidad, Historias de Nueva York, las series televisivas Cuentos asombrosos o Alfred Hitchcock presenta, y un largo etcétera) suelen distinguirse por reunir a varios autores. Pero Szifron arriesga con estilos diferentes, con tonos incluso diferentes dentro del conjunto, y sale victorioso. Le funciona tan bien el ambiente casi noir del quinto de los relatos, La propuesta, como el toque cercano al spagueti western del tercero, El más fuerte; es tan creíble el misterio de la historia que abre el filme, Pasternak, como el crescendo en el hartazgo de la cuarta, Bombita; y es tan divertido el desmadre cínico del segundo corto, Las ratas, como el psicológico de la que cierra Relatos salvajes, Hasta que la muerte nos separe.

Lo que hace de la película de Szifron una experiencia gozosa no es, en realidad, el hecho de que traspase límites, aunque eso por supuesto ayuda a que la diversión sea más completa, sino la forma en que consigue cerrar todas y cada una de sus historias de formas muy diferentes, entendiendo las distintas claves de cada una, tanto narrativas como visuales. Eso también hace que no sea del todo fácil entender la película como un bloque sin fisuras pero habla de la versatilidad de un director que demuestra una espléndida lucidez y que saca lo mejor de un reparto argentino en el que el espectador español destacará fácilmente a Ricardo Darín o Leonardo Sbaraglia pero en el que deslumbran nombres menos conocidos como los de Rita Cortese (inquietante hasta el extremo), Óscar Martínez (quizá el personaje más excepcional de toda la película, el mejor desarrollado y el que representa lo mejor del hartazgo del que habla) o Érica Rivas (retrato perfecto de la quiebra emocional y psicológica, sobre todo con un monólogo sensacional en la azotea). Que sea algo diferente ayuda a disfrutar aún más esta película tan gamberra.

viernes, octubre 17, 2014

'Ninja Turtles', mejor de lo esperado pero igualmente mala

Las conclusiones sobre Ninja Turtles son sencillas. Como película es mala, pero es obligado reconocer que podría haber sido peor. Cuando llegaron las primeras informaciones sobre la pretensión de Michael Bay de producir un reboot de las Tortugas Ninja, cada noticia que llegaba era peor que la anterior. Y algunas han llegado a formar parte de la película que ha llegado a los cines. ¿La historia? Inexistente. ¿La creación de los personajes? Atractiva en el caso de los cuatro héroes verdes y muy deficiente en el resto, asombrosamente torpe en algunos casos. ¿Y el villano? Entre lo peor de la película. En otras palabras, lo único que verdaderamente funciona es la construcción de las propias tortugas, lo que lleva a pensar que esta película, convenientemente recortada en la sala de montaje, podría haber sido un aparente piloto televisivo. Lo que se ha acabado haciendo es criticable en muchos aspectos y encasillable para audiencias casi infantiles. Tener más de diez años ya hace cuestionarse demasiadas cosas de Ninja Turtles.

El problema esencial de la película, excesivamente habitual en este tipo de productos, es no entender lo que se tiene entre manos. Las Tortugas Ninja nacen del cómic y tienen versiones animadas muy populares. ¿Es necesario desviar el foco de los personajes que todo el mundo conoce para dar a Megan Fox tanto protagonismo o para colocar como secundario cómico a Will Arnett? Probablemente no, pero se hace. Y en el caso de Fox, que interpreta a April O'Neil se le da un protagonismo tan excesivo como insulso, que acaba lastrando la película a niveles importantes no ya de ingenuidad sino incluso de cierta estupidez. Puede que sea una forma demasiado dura de calificar una película que, en realidad, no pretende ser más que un entretenimiento juvenil que engañe a algún que otro nostálgico para pagar una entrada, pero tendría que molestar más la simpleza con la que se despachan franquicias que, obviamente por su permanencia en la cultura de masas de su época, dan para mucho más.

Jonathan Liebesman, quién sabe en qué medida por satisfacer a su productor Michael Bay, lleva la película a terrenos que no benefician el resultado final. Ninja Turtles no necesita unas piezas de acción tan desbocadas y grandilocuentes como las que propone (la segunda, la persecución en la nieve, es terrible y no viene a cuento), y el resultado habría sido mucho mejor de haber apostado por lo que sí funciona: las propias Tortugas. Olvidando que a veces parecen tener la fuerza de Hulk, su aspecto no es tan molesto como podía parecer cuando se vieron las primeras imágenes, e incluso acaba siendo un vínculo con los primeros tebeos de Kevin Eastman y Peter Laird. Su humor, sus influencias de la cultura de masas, sus chistes, funcionan bastante bien, e incluso es fácilmente asumible el choque de caracteres entre los cuatro, ese que siempre ha protagonizado las historias de las Tortugas Ninja (Leonardo como líder, Raphael como rebelde, Michelangelo como cómico y Donatello como científico). Pero falla todo lo demás, una deficiente historia y una trama cogida con alfileres.

Y eso sucede porque se olvida el material de referencia e incluso lo más elemental de lo que debe de ser una adaptación. Una película de héroes con un villano que sólo aspira a lucir bien en pantalla (cosa que además no hace) está condenada a sufrir. Ninja Turtles sufre porque el majestuoso plan para dominar en el mundo (Nueva York, en este caso) es absurdo. Sufre porque Shredder es un personaje sin personalidad, sin pasado y sin conflicto. Y sufre porque, en realidad, todo da un poco igual. Todo menos el humor y la presencia de las Tortugas, que es con diferencia lo mejor que tiene la película. Lástima que este tipo de cine caiga tan fácilmente en lugares comunes y en caminos equivocados, porque si aprendiera a potenciar sus aspectos fuertes se vería un cine juvenil de acción mucho más atractivo. Ninja Turtles no lo es. Sin protagonista (Megan Fox es terrible), sin villano, con alguna gran secuencia de acción fallida, no hay mucho a lo que agarrarse. Y aún así ofrece cierto entretenimiento y la sensación de que, sí, podría haber sido peor.

jueves, octubre 16, 2014

'Así nos va', nombres y poco más

Puede que Rob Reiner no se encuentre entre los directores más venerados actualmente, pero en los años 80 y 90 demostró una categoría y una versatilidad que hacen que todavía haya interés por ver una película nueva suya. Y como es un director correcto, es difícil encontrarle fisuras. Pero Así nos va se queda ahí, en lo correcto, en lo inofensivo, en la presencia de su nombre y el de sus dos actores protagonistas, Michael Douglas y Diane Keaton, sin ganas de ir más lejos. Es verdad que hay muchas películas que no llegan a ese nivel de corrección, y ahí es donde se nota la mano de un tipo experto como Reiner y de dos actores ya veteranos y carismáticos, pero no hay mucho más. La película es previsible y por tanto blandita. Es exactamente lo que se intuye en ella, sin ganas de molestar ni tampoco de ser mucho más que un ligero entretenimiento, un telefilme engordado con el prestigio de su director y sus actores principales con el que los aficionados de Douglas y Keaton disfrutarán.

Vaya por delante que Así nos va es una película que cumple con su cometido, por sencillo que sea, y que lo hace en unos ajustados 94 minutos que impiden que la historia se complique más allá de lo necesario. ¿Que recuerda a otras tantas películas del mismo corte? Eso está claro. ¿Que el personaje malencarado de Michael Douglas casi parece una reblandecida evolución del Jack Nicholson en Mejor... imposible? Lógico, si tenemos en cuenta que ambas películas comparten guionista, Mark Andrus. Pero la sensación que deja es la de una cierta desgana y una notoria indefinición. No es una comedia clara, porque en realidad no llega a provocar carcajadas (ni es tan salvaje como quiere aparentar con ese primer chiste de Douglas con el perro), incluso pocas risas (y casi todas de las cínicas frases que hay en los diálogos de Douglas). Tampoco es un drama familiar, por mucho que haya situaciones que linden con esa temática en diferentes momentos de la película.

El guión, de hecho, es bastante más flojo de lo que parece una vez que se le dan dos o tres pensamientos detenidos. Durante la proyección, el carisma de Douglas y Keaton (más el de él que el de ella, quizá porque Keaton lleva ya unos cuantos años instalada en este género, en este papel y casi en este mismo aspecto) basta para que la historia fluya. Encajan bien, sus escenas juntos son de lo mejor de la película. Pero la resolución de las tramas es tan simple que Así nos va no da en realidad para mucho más. Algunos de estos segmentos del relato, de hecho, se cierran de una forma bastante torpe. Y aunque se juega la habitual baza infantil con la belleza y la simpatía de la joven Sterling Jerins, lo cierto es que lo más emocionante de la película no sale de su relación con los personajes de Douglas y Keaton, como sería lo lógico, sino de una pequeña subtrama con un matrimonio hispano que juega un papel bastante accesorio en la cinta.

Hollywood suele ofrecer muchas películas como ésta todos los años, comedias románticas, historias familiares, vehículos más o menos simpáticos en los que encuentra acomodo para sus grandes estrellas de ayer que hoy ya no tienen o ya no quieren tener un hueco en la primera fila. Y es ese carisma lo que hace que estas películas se reciban con cierto agrado, salvo notables excepciones que merecen una mejor consideración y que están hechas con mucho más tiento y talento. Así nos va es de las rutinarias, una que ofrece sus nombres y poco más, una con la que no se pasa mal rato pero que no aspira a nada más que eso, a mostrar a un Michael Douglas cínico y a una Diane Keaton incluso cantando para deleite de sus aficionados. Pero para ellos dos y para Reiner, por mucho que hace apenas cuatro años firmara una magnífica y desconocida película titulada Flipped, se puede decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. Salvo que nos desmientan en el futuro.