viernes, julio 31, 2015

'El secreto de Adaline', la importancia del detalle

En la primera escena de El secreto de Adaline, el personaje de Blake Lively le dice a un chaval que se dedica a vender documentación falsa que preste atención a los detalles, porque eso es lo que puede delatarle. Eso acaba siendo prácticamente una premonición para la película. Una buena película, intensa, emocionante, de muy lograda atmósfera y de buenas, muy buenas interpretaciones. Pero con un par de detalles que son los que impiden que sea uno de esos filmes que se quedan grabados a fuego en la memoria. Detalles de guión, como la presencia de algún personaje totalmente superfluo (la hermana del coprotagonista) o una excesiva previsibilidad, incluso deslices como tener que explicar algo que la protagonista tendría que saber (la escena del Trivial) o deseos absolutos de aprovechar obras ajenas, desde la narración de El curioso caso de Benjamin Button, con la que se puede trazar algún paralelismo, o el aspecto de Michiel Huisman, idéntico al que luce en Juego de tronos.

Pero hechas esas salvedades, lo cierto es que la película funciona francamente bien. Sin revelar demasiado de su argumento, es una historia que lidia desde una perspectiva fantástica con el paso del tiempo y cómo afecta eso al amor. Es, por tanto, una película romántica, por momentos se puede decir que incluso ñoña (sin que ese adjetivo tenga aquí connotación negativa alguna), que tiene su primer punto fuerte en un armazón cronológico muy potente. La estructura de la película, lejos de ser lineal, funciona espléndidamente, aunque la voz en off que acompaña esos saltos deje algunas dudas, asienta el tono de fábula que no pierde nunca la película pero también le da algo de pretenciosidad que no ayuda. El otro gran acierto de la película es su aspecto, cercano pero al mismo tiempo, de nuevo, cercano a la fábula. Quiere ser una historia realista hasta cierto punto, pero también satisfacer a quienes buscan el lado más fantástico de su trama. Y lo consigue.

El tercer aspecto en el que la película sobresale es su reparto, pero los principales elogios en ese sentido se pueden mezclar con el segundo de sus aciertos. Desde siempre, y aunque su belleza engañe en ese sentido, Blake Lively ha parecido mejor actriz de lo que algunos de sus papeles han permitido ver. Su presencia en El secreto de Adaline es al mismo tiempo angelical y pesarosa, y eso es un elemento más, el principal, del aspecto que quiere tener el filme. La fábula, la realidad y la fantasía se pierden en la mirada de Lively, en su media sonrisa, en su calculado lenguaje corporal. Aunque Huisman no dé la misma sensación de solidez, el hecho de compartir la película con ella le da a su trabajo más empaque del que ella aporta. Y la presencia de actores veteranos es un argumento más. Ellen Burstyn y Kathy Baker están espléndidas, pero es Harrison Ford el que llama la atención. Es otro que es mejor actor de lo que su propio icono le ha dejado ser, de lo que él mismo ha mostrado en los últimos años. Es su mejor trabajo desde hace mucho tiempo.

Si en el guión hay ideas interesantes, muy interesantes de hecho (y quizá la fundamental sea dar el protagonismo de la película, por lo que cuenta y por lo que implica, a una mujer), y si hay sobre todo dos actores haciendo trabajos brillantes como Blake Lively y Harrison Ford (aunque su presencia se haga de rogar y no llegue hasta el tramo final), es evidente que la película funciona. Pero al mismo tiempo queda en el debe de Lee Toland Krieger, un director todavía con poca experiencia, no haber sabido pulir los defectos que impiden que el filme dé un salto de calidad que probablemente podría haber dado. Los detalles, los detalles de los que habla Adaline al comienzo del filme, los que marcan la diferencia entre lo bueno y lo excelente. Aún así, no es poca cosa ser bueno y El secreto de Adaline (otra de esas traducciones con inventiva del original The Age of Adaline) lo es.

viernes, julio 24, 2015

'Ant-Man', sobreviviendo pero con agujeros

Cuando se supo que Edgar Wright iba a dirigir Ant-Man hubo una oleada de reacciones positivas, o al menos intrigadas por lo que un director como él podía hacer en una franquicia superheroica. Cuando se anunció que Marvel prescindía de Wright por las famosas diferencias creativas y la puso en manos de Peyton Reed, un halo de pesimismo se instaló sobre el futuro de la película. ¿El resultado? Uno con muchos agujeros visibles, tanto para el que conozca ese reemplazo en la silla de director y la posterior reescritura del guión como para quien no sepa nada de esos cambios de rumbo, pero que consigue sobrevivir dentro del universo Marvel cinematográfico. Lo hace por los pelos y sin lanzar cohetes, y eso quiere decir que probablemente estemos ante la más floja adaptación de los personajes de la editorial, pero con un mínimo de entretenimiento basado en los acertados logros visuales y en el carisma del reparto. Eso sí, es muy fácil considerar Ant-Man como una oportunidad perdida.

Esa consideración se puede tener, además, desde dos puntos de vista. La tendrán, sin duda, los fans de Wright, encorajinados por las declaraciones de Joss Whedon en las que alabó sin medida su guión cuando estaba promocionando Vengadores. La era de Ultrón. Pero la tendrán también los fans del universo cinematográfico de Marvel, porque las buenas ideas que tiene la película, que en realidad son muchas, se diluyen por culpa de un guión claramente compuesto de retales (el más evidente, la conexión que se quiere establecer con los Vengadores resultantes de la segunda película del grupo, un escena del todo innecesaria salvo por esa razón y muy incoherente con la historia), por un exceso de metraje especialmente en la primera hora que seguramente se debe a una falta de seguridad en el producto acabado (de ahí la insistencia en repetir mensajes sobre el futuro no criminal del protagonista o el cariño que siente su hija por él) y por un montaje equivocado en muchos momentos, que no impone el ritmo necesario.

Esos son los defectos de Ant-Man. ¿Los aciertos? Hay que reconocerle muchos. Para empezar, era máxima la dificultad de llevar a la pantalla a un personaje como este, de poderes nada comparables a los de Thor, Iron Man o Hulk, y de protagonismo terriblemente lejano al del Capitán América. Y sin embargo el resultado es convincente. La adaptación del personaje (traspasando al traje a Scott Lang y no al clásico Hank Pym, aquí envejecido con el rostro de Michael Douglas) es muy acertada, aportando el tono macarra y cómico que Marvel quiere seguir explotando desde Guardianes de la Galaxia. Pero además hay una visualización fascinante del mundo de Ant-Man. Es creíble compartiendo plano con hormigas, sus poderes son verosímiles y sirven tanto como motor de la acción como de la comedia (aunque el gag del tren, divertidísimo, ya lo destripara el trailer). Y sobre todo se ha conjuntando a un reparto con carisma, que nada tiene que envidiar al de otras producciones Marvel a priori más importantes.

Paul Rudd convence, y eso es lo esencial. Es creíble como convicto, como héroe a la fuerza e incluso como padre, sabe aportar las dosis de humor adecuadas y también encaja en la acción. Michael Douglas aporta grandes dosis de carisma, y Evangeline Lilly es una gran incorporación al universo Marvel, que tiene incluso un enorme potencial para seguir creciendo si el estudio cuenta con ella, aunque Reed le dé un carácter omniprsente que juega en su contra y en el del uso del tiempo en la historia. La película vuelve a flojear por el lado del villano, en primer lugar por quemar demasiado rápido la bala de Chaqueta Amarilla, pero sobre todo porque con él la película encuentra caminos que prácticamente calcan los del primer Iron Man. Salvando sus errores de montaje, la media hora final cumple con creces, y eso permite salir con buen sabor de boca. Como con el habitual y esta vez escaso cameo de Stan Lee y las dos escenas postcréditos (la primera formidable, la segunda un pegote que busca anunciar la próxima película y nada más). Todo eso es el entretenimiento, por mucho que persista la sensación de que se podría haber hecho más.

'Pixels', muy poco carisma

Cuando se apela a la nostalgia, hay que hacerlo de una forma carismática. De lo contrario, el vacío se nota mucho más de lo normal. Eso es justo lo que le ha pasado a Pixels. Su premisa, una invasión alienígena que toma la forma agigantada de viejos videojuegos de arcade que sólo podrán repeler unos viejos amigos que dominaban esas maquinitas en los 80 y que han llegado a nuestros días en posiciones de lo más diversas, es simpática. Nostálgica, sin duda. Pero el envoltorio que le han dado al concepto tiene tan poco carisma, y tanta culpa hay en el guión como en el reparto, que a ratos acaba siendo aburrida. Chris Columbus rueda bien las dos grandes escenas de acción que hay en el filme, y que no por casualidad son las que se inspiran en los dos videojuegos más conocidos de todos los que aparecen, Pac-Man y Donkey Kong, pero eso es prácticamente todo lo que ofrece Pixels. Y es una pena, porque podría haber dado mucho más de sí.

Al margen o no de ese parecido con un episodio de Futurama del que tanto se habla en Internet, lo cierto es que Pixels no termina de funcionar, y no precisamente por el entorno de videojuego que asume. Esa es la parte divertida, la más lograda, tanto a nivel visual como por historia. El problema está en que la comedia que tendría que haber alrededor de eso no es graciosa. Adam Sandler no es gracioso. Aquí, desde luego, no. Pero no sólo él, Kevin James y Josh Gad tampoco divierten con sus chistes y sus excesos. No tiene gracia el diálogo del presidente de los Estados Unidos con la primera ministra británica y sus problemas de comprensión, no es divertido ver a Adam Sandler en una reunión de seguridad en la Casa Blanca ni tampoco los flirteos del protagonista con el personaje de Michelle Monaghan, quizá la mejor actriz y la más perdida en este baturibullo. Casi tanto como el desperdiciado personaje de Brian Cox o el inexistente de Sean Bean. Con diferencia, el mayor carisma, el poco que hay en el filme, lo aporta Peter Dinklage.

Asumiendo que Pixels no va a ser graciosa por el guión de Tim Herlihy y Timothy Dowling, ambos acostumbrados a la comedia y el primero incluso autor de varias películas de Adam Sandler, sólo queda el componente nostálgico plasmado en la pantalla a través de unos simpáticos efectos visuales. Aunque hay tres grandes escenas de acción en la película, son las dos últimas las que concentran toda la atención. En ellas hay un muy buen despliegue de efectos visuales que supone una verosímil incluso del mundo del videojuego de los años 80 en el cine de alto presupuesto del siglo XXI. Las versiones de esas viejas maquinitas tienen su graciosa y Columbus rueda y monta bien esa acción, aunque por el camino haya alguna que otra incongruencia o momento imposible que se podría haber evitado, y eso es lo que de alguna manera salva la película.

Eso quiere decir que la nostalgia es lo poco que puede ofrecer Pixels. La nostalgia y el detalle menor, como los cameos (de actores y no actores) o la presencia a veces casi inadvertida de algunos personajes que aparecen por el fondo, o chistes como la presencia de la clásica heroína de videojuego de fantasía heroica como mito erótico. Poca cosa teniendo en cuenta que la película podría haberse convertido en un delirante despliegue visual que podría haber deleitado tanto a los chavales que crecieron en las salas de recreativas como a los que no han conocido aquella época. Tron, por ejemplo, capturaba mucho mejor esa evolución. Pixels no pasa de ser una peliculita que quiere ser muchas cosas y que al final acaba por no ser ninguna. No es abiertamente mala y se deja ver sin demasiadas exigencias, pero las posibilidades del concepto y de los personajes que quieren apuntarse daba para haber llegado mucho más lejos. Columbus no consigue extraer todo lo que había en la propuesta, que probablemente habría funcionado mejor además con otro reparto.

viernes, julio 17, 2015

'Del revés', la cúspide de Pixar

Visto con perspectiva, es difícil entender algunas de las críticas que recibió Disney en los años 90. Su porcentaje de acierto, no ya a la hora de hacer películas entretenidas sino títulos llamados a perdurar en el tiempo, fue inmenso. La Sirenita abrió el camino para que La Bella y la Bestia y El rey león pudieraan colocarse entre las mejores películas de la historia de la animación, y El jorobado de Notre Dame o Tarzan son joyas que invitan a elogiar a aquella Disney. Con Pixar pasa lo mismo. Sus primeros años, sus ya muchos años de vida, son intachables. Cars, de largo lo más prescindible que ha hecho, Monstruos University y un levísimo bajón de calidad con Brave, hizo que sonaran también las alarmas con Pixar, demostrando de nuevo que ni los más intachables expedientes sirven para solventar críticas a veces demasiado furibundas. Es verdad que desde Toy Story 3 Pixar no alcanzaba una excelencia tan grande. Pero entonces llega Del revés (curiosa pero nada exacta traducción de Inside Out) y ya podemos olvidar todo lo anterior, porque estamos ante otra auténtica maravilla, y ya van unas cuantas, de los reyes de la animación contemporánea.

Es una maravilla por tantas razones que no caben en una crítica, por extensa que quiera ser. Pero sirva como síntesis de esta afirmación de grandeza decir que se trata de una de las películas más divertidas, conmovedoras y originales en décadas, sean o no de animación, sean de Pixar o no. Y eso que, con algo de entusiasmo pero seguramente sin exagerar, se puede decir que estamos en la cúspide de Pixar. Porque Del revés se escapa de cualquier categoría en la que se la quiera encasillar. Sencillamente, es puro cine, y ese es el objetivo ineludible de Pixar. La simple idea de poner en imágenes los procesos mentales de una chiquilla, de mostrar el funcionamiento del cerebro a través de unos personajes increíbles y de explicar tantas y tantas historias cotidianas es tan brillante que si hay algo que pueda merecer la pena más que la película, aunque no esté el alcance del espectador, es cualquier reunión creativa de ese extraordinario director que es Pete Docter y su equipo. Después de ver la película una vez, puede que el espectador no sea consciente de la magnitud del esfuerzo que implica levantar una historia como esta, con tantos niveles y dos planos evidentes.

Porque Del revés es la historia de una niña (y una historia asombrosamente sencilla, pues no es más que la presentación de una niña feliz con sus padres que pasa por un momento difícil cuando se ve obligada a mudarse a San Francisco con ello), pero es también la historia de lo que sucede dentro del cerebro de la niña. Hay dos escenarios, dos grupos de protagonistas, dos formas de acceder emocionalmente a una película que no da tregua, que funciona como comedia superlativa durante más de una hora, en la que todo cuanto aparece en la pantalla rezuma imaginación y brillantez, y que después ataca al corazón emocional de quien asiste atónito a lo que es capaz de conseguir la película. El efecto viene a ser parecido al del arranque de Up, una sensacional mezcla de emociones, que consigue sonrisas y lágrimas con tanta sinceridad que hay que pellizcarse para comprobar que es cierto, que Docter y los suyos han vuelto a crear una conmovedora obra maestra de la más colorista de las puestas en escena.

La fascinación por los simpáticos y carismáticos personajillos es total desde el inicio. Alegría, Tristeza, Miedo, Ira y Asco son las cinco emociones básicas que se representan en el filme. Y aunque Del revés se vuelca claramente en las dos primeras, el reparto de momentos clave, de gags y de desarrollo de la personalidad es impresionante. Ellos aportan el colorido, la imaginación, esa magia de la animación que puede encandilar a cualquier niño. Pero, hay que decirlo, Pixar hace cine adulto. Da igual cómo lo revista. Del revés es una de esas películas encantadoramente complejas, que hace pensar, sentir y revivir, y en la que la animación (que es maravillosa pero que no es, ni por asomo, lo que más deslumbra en el filme) es sólo la herramienta. Lo que importa es un guión portentoso, un experimento audiovisual único y la enésima demostración de que la marca Pixar es sinónimo de una calidad excelsa casi siempre. Qué más da que de vez en cuando venga un Cars para vender cochecitos si al final llegan joyas como Del revés que demuestran que Pixar encuentra obras maestras donde nadie más puede verlas.

'Una historia real', genialidad diluida

Es justo decir que en Una historia real hay bastante genialidad, pero también hay que señalar que se queda algo diluida. La razón es casi obvia. Rupert Goold, director del filme, tiene una amplísima experiencia sobre las tablas, en el escenario, pero este es su primer largometraje comercial y el tercero si contamos dos experiencias televisivas, ambas de corte shakespeariano. ¿Qué quiere decir esto? Que saca lo mejor de sus actores protagonistas, pero no termina de ser capaz de darle a la película una forma que satisfaga del todo. Y eso que arranca la película de una forma que no puede parecer más brillante e intrigante, pero con el paso de los minutos se va haciendo más evidente que ninguno de los temas o los tonos propuestas va a cobrar tanta importancia como el sensacional duelo interpretativo que mantienen Jonah Hill y James Franco y la conexión emocional y personal que se establece entre sus dos personajes. Y es una pena que no se llegue más lejos porque había un material interesante para lograrlo.

Una historia real sigue los pasos de un periodista del New York Times caído en desgracia y de un hombre acusado de matar a su mujer y sus tres hijos al que han detenido usando como alias precisamente el nombre de ese periodista. Eso hace que los dos se conozcan en la cárcel y comience a desarrollarse una relación entre ellos llena de matices. El punto de partida, el periodismo y sus límites, se olvida demasiado pronto. Las motivaciones del periodista tampoco terminar de actuar como motor de las acciones del personaje de Hill, sólo como una excusa para contextualizar en los primeros minutos. Y el toque de thriller que podía derivar del crimen del personaje de Franco (con el que, de hecho, arranca la película de una forma a medio camino entre lo poético y lo tramposo) queda demasiado tiempo aparcado hasta servir como base para la inevitable escena judicial. Es decir, que la película tiene unos claros altibajos y un uso no del todo adecuado de lo que plantea.

¿Pero qué sucede? Que Hill y Franco están inmensos. En el caso del segundo incluso invita a una reflexión mayor, porque da mucha más rabia ver a un actor con semejante potencial en películas desmadradas, de las que ha hecho muchas, y con las que seguro que se lo pasa genial pero que no dejan de ser muy poca cosa para su capacidad. Y hay un tercer elemento que, además, sirve para explicar lo bueno y lo malo de la película: Felicity Jones. Esa extraordinaria mezcla de fragilidad y fortaleza que esconde la actriz era perfecta para su papel, la pareja del periodista que, en teoría, va viendo cómo este va sumergiéndose cada vez más en el turbio mundo del pretendido asesino. Pero Una historia real desperdicia esa baza. No sabe qué hacer con ella. El personaje no tiene la presencia necesaria salvo en una escena, brillante por sí sola pero que acaba completamente descolgada de la historia. Es, efectivamente, la demostración de que en Una historia real había muchas posibilidades pero pocas concreciones.

Hill, Franco y Jones justifican la película con creces. Ver a estos tres grandes actores en acción en una marco con bastantes posibilidades hace que Una historia real se sostenga razonablemente bien durante sus 99 minutos. Pero al mismo tiempo queda una sensación extraña porque en todo momento da la sensación de que la película podría haber sido mucho más. Goold cae incluso en un vacío momento musical que no hace más que privarnos de alguna escena más de conversación, instantes en los que el duelo entre los dos protagonistas hacen que la película suba enteros. Es verdad que el remate es fascinante y sirve para salir de la película convencidos de que lo que hemos visto no es otra cosa que un retrato sobre la obsesión, pero de la misma manera es inevitable pensar que ni siquiera Goold sostiene esa base durante muchos momentos de su película. Por eso hay genialidad, la de su reparto, pero se queda diluida en un filme que está lejos de ser redondo.

viernes, julio 10, 2015

'Terminator Génesis', las complicaciones del futuro

A estas alturas, parece evidente que meterse a hacer una nueva entrega de una saga popular es más un problema que un disfrute. Hay tantos aficionados y críticos dispuestos a despedazar a quien ose mancillar sus recuerdos juveniles que casi sorprende que siga habiendo valientes que se pongan en esa tesitura. Terminator, en todo caso, tiene una ventaja, y es que tanto la tercera como la cuarta entrega de la serie, esta último un intento fallido de reboot (Terminator Salvation), no dejaron buen sabor de boca pese a tener algún que otro acierto, con lo que hay menos inclinación al destrozo apriorístico. La sorpresa es que Terminator Génesis acaba siendo más que correcta. Tiene algunos problemas, severos incluso, porque se mete en tantas complicaciones por querer explicar el futuro, el pasado y los viajes en el tiempo que acaba perdiéndose en sí misma, pero el filme es un intento más que apreciable de respetar lo establecido en Terminator y ofrecer algo diferente y por momentos bastante valiente.

Lo fácil en Terminator es hacer lo mismo de siempre, cambiando el tipo de cyborg o el objetivo a asesinar por el enviado de Skynet, ese megaordenador que en el futuro (en realidad ya en nuestro pasado, qué cosas tiene el cine que alcanza tan pronto a la realidad) desencadenará una guerra nuclear para exterminar a la humanidad. Pero Génesis cambiar por completo la fórmula, y se agradece. Mimetiza algunos elementos de los dos primeros filmes, pero el guión que rueda Alan Taylor tiene la habilidad de darle una base argumental que supera el simple homenaje, y pronto comienza a anunciar los cambios. Cuáles son, mejor descubrirlo en la pantalla, pero es sumamente interesante comprobar que desde la más absoluta fidelidad a los conceptos de Terminator se puede lograr una gozosa perversión de sus principales elementos, algo que permite que los personajes de Kyle Reese, John y Sarah Connor e incluso Skynet tengan frescura y al mismo tiempo fidelidad a lo conocido.

Sólo por haber sabido explicar el paso de los años en Arnold Schwarzenegger para que siga siendo el Terminator de siempre y el de ahora ya merece la pena el esfuerzo de la película. Pero es que hay en sus argumento bastantes conceptos interesantes, tanto de ciencia ficción como género como en su aplicación a los preceptos de la saga que ideó James Cameron. Mucho se ha hablado de los elogios que ha dedicado a esta entrega el director de las dos primeras, y sin necesidad de echar las campanas al vuelo lo cierto es que es fácil entender su entusiasmo porque la conexión entre esta y aquellas dos partes es bastante natural. Luego Taylor lleva la película a un terreno más caótico y diferente, pero es fiel a lo que propone y a lo que la misma saga le impone. Podemos eliminar de esa ecuación algún exceso de humor difícil de digerir, tanto en los personajes como en la película (la forma en la que se introduce la canción Bad Boys es de llevarse las manos a la cabeza), pero en general la historia entretiene francamente bien.

Ver a Schwarzenegger, que de hecho era lo mejor de Terminator Salvation sin haber participado en ella (se hizo cuando era gobernador de California), es ya un elemento para cogerle cariño a la película, porque aporta el carisma necesario, y sus compañeros de reparto están a la altura, dando toques a sus personajes, Emilia Clarke a Sarah Connor (lo tenía difícil por el inmenso legado que dejó Linda Hamilton en la serie), Jay Courtney a Kyle Reese y Jason Clarke a John Connor, que son de lo mejor que ofrece el filme. Y luego llega el festival de más que notables efectos especiales (casi siempre, obviemos la imposible persecución de helicópteros mientras alabamos la creación de un actor digital que mejora con mucho lo que se vio en Tron Legacy). Lástima que el guión no haya sabido cerrar de forma convincente algunos de los elementos de viajes temporales que centran la historia y que no haya sabido detener las explicaciones en el punto exacto, pero Terminator Génesis supera a sus dos predecesoras, no a las de Cameron, y deja el camino abierto con su escena entre los créditos para que veamos más de esta mirada a la saga. Y apetece, la verdad.

viernes, julio 03, 2015

'Aprendiendo a conducir', amabilidad ante todo

Después de la tramposa truculencia de Mi otro yo, Isabel Coixet se ha ido al extremo opuesto del espectro emocional y ha buscado amabilidad ante todo. Aprendiendo a conducir es una sencilla, simpática, folclórica y pintoresca que une los destinos de un taxista y profesor de conducción de origen indio interpretado por Ben Kingsley y una mujer de mediana edad, Patricia Clarkson, que se enfrenta a una crisis matrimonial que parece definitiva y que, casualmente, se ve en la necesidad de sacarse el carnet de conducir. Fácil, ¿verdad? Pues así es la película, una pieza que se aleja de cualquier complejidad, que se recrea en mostrar los diferentes que son los mundos de los dos protagonistas y que tiene tan buenas intenciones como poco riesgo a la hora de afrontar el relato. Tampoco es que hiciera falta mucho más para que la película funcionara la suficientemente bien.

Y es que teniendo una pareja protagonista como la que forman Ben Kingsley y Patricia Clarkson más de la mitad del trabajo ya está hecho antes incluso de rodar. Sin desmerecer el trabajo de Coixet o el de Sarah Kernochan en el guión, el alma de la película descansa en sus dos protagonistas. Kingsley y Clarkson hacen una espléndida labora no sólo para marcar las diferencias culturales entre sus personajes, algo que Coixet acentúa mostrando los mundos de ambos por separado (y por supuesto con música hindú en el caso del de Kingsley), sino sobre todo para complementar sus emociones. En ese aspecto es donde mejor funciona la película, haciendo que la soledad que sufre cada uno de los personajes encuentre acomodo en la del otro, aunque es también lo más previsible. Al menos la resolución sí está a la altura y esquiva los tópicos más facilones y cansinos en los que podría haber caído.

No es menor ese logro en una película que se deja ver con agrado precisamente por su falta de pretensiones mayores. Para bien o para mal, en beneficio del público generalista y probablemente para ligero disgusto de los aficionados de Coixet, Aprendiendo a conducir no es más que una historia pequeña de dos personajes que no tienen unas circunstancias especialmente extraordinarias, más allá de ese elemento cultural que les separa. Y de nuevo puede parecer poca cosa, pero es justo eso lo que añade amabilidad al resultado final. El guión podría haber complicado la trama con elementos dramáticos o singulares, pero no era necesario. Coixet en eso es bastante inteligente y no se pierde con lo accesorio, va al grano con una película bien montada (si acaso se puede reprochar que durante unos minutos bastante numerosos las dos historias vayan un poco por libre) en poco más de hora y media y aceptando la naturalidad como su mayor arma.

Hay que insistir, precisamente por eso, que lo mejor de la película está en su pareja protagonista. No es que ninguno de los dos haga el papel de su vida, pero ambos saben exactamente lo que tienen que hacer para que la película funcione dentro de su modestia. Y es que, en el fondo, no hay mucho más en la propuesta, simpática por sí misma y sin sentirse en la obligación de buscar caminos más enrevesados. Ni siquiera está el preciosismo visual en contraposición con historias mucho más complejas tan habitual en el cine de Coixet, porque Aprendiendo a conducir no es una película que arriesgue demasiado, ni en el fondo ni en la forma. Es, simplemente, un pequeño relato de superación emocional dentro de unos parámetros moderados, controlados y realistas. Es decir, es un reflejo de lo que cualquier podría vivir en el día a día. Nada más, y nada menos.

viernes, junio 26, 2015

'San Andrés', un horror divertido

En Hollywood debe de haber un testigo invisible que se van pasando de película en película para confirmar que sigue siendo posible hacer peores películas, con personajes más planos, situaciones más inverosímiles, diálogos más absurdos y tópicos más lamentables. No hay otra forma de entender que se hagan filmes como San Andrés, un nuevo acercamiento que no vuelta de tuerca al manido subgénero del cine de catástrofes. Vista con un mínimo de rigor cinematográfico, es una película que pide a gritos ser despellejada. Es, y hay que decirlo con total sinceridad, francamente mala. Un horror. Pero, qué cosas, es un horror divertido. ¿Cómo es eso posible? Hay quien lo llama placer culpable, aunque probablemente se pueda resumir en que a todos nos gusta ver un buen puñado de escenas de sana destrucción salvaje, porque eso es con diferencia lo mejor que ofrece San Andrés, unos apabullantes efectos visuales y sonoros para dar el mayor verismo a los terremotos. Y ahí la película sí es sobresaliente. Pero sólo ahí.

Empezando por eso, por lo bueno, el esquema es en realidad sencillo de seguir. Si esto tiene que ser una película de terremotos, hay que hacer que queden completamente destruidos algunos monumentos populares incluso fuera de Estados Unidos. Está en el manual y, llevando la acción sobre todo a San Francisco, eso está más que logrado. Pero los efectos, esos que en los últimos años parecen haber entrado en un terreno bastante acomodado en el cine norteamericano, lucen bastante bien en casi toda la película. Hay una buena mezcla entre efectos en plató y efectos en el ordenador para que la sensación sea la de estar realmente en el centro del terremoto. Técnicamente es una película irreprochable, y eso últimamente no se estaba viendo en el cine de gran presupuesto de Hollywood, ni siquiera en el que cinematográficamente es muy superior a San Andrés. Pero, claro, quitando esto, la película es de las de padecer lo peor de ese manual sobre hacer cine tan tópico que nadie se atreve a escribir.

San Andrés utiliza una familia tópica y vista mil veces, formada por unos personajes tan planos y previsibles que a veces asusta. Más que la película, lo que uno pagaría por ver es la reunión con los altos ejecutivos que pasan, y probablemente con entusiasmo, algunas de las escenas que hay en este filme. Incluso partes de la misma premisa de la película son absurdas, planteando una acción paralela, por un lado un científico que proclama que tiene la capacidad de predecir los terremotos, una trama que si se analiza aún con desgana no tiene ni pies ni cabeza (y sólo sirve para recuperar la presa Hoover como escenario y colocar a Paul Giamatti en una película en la que no coincide con ninguno de los nombres que aparece en el cartel), y por otro la de un padre (Dwyane Johnson) que trabaja en emergencias y va en busca de su hija (Alexandra Dadario) y de paso recoge a su mujer (Carla Gugino), a la que sigue queriendo a pesar de que le ha pedido el divorcio y se ha ido a vivir con otro hombre (Ioan Gruffud). Tópico, ¿verdad? Pues es aún peor.

Si hay que dar una medalla al peor personaje del año, el de Gruffud tiene todas las papeletas. Si hubiera una película que en realidad pregona un machismo visual sin límite (todas lucen un escote lo sufcientemente visible como para que sus carreras por la acción estén pensadas para que su anatomía se mueva lo más posible), por mucho que quiera disimular dando a las mujeres un papel activo en la acción. Ah, y por supuesto luciendo banderas americanas por todas partes, patrocinios nada disimulados, música fanfárrica por doquier y un espíritu de superación que a veces supera lo ñoño. Y el caso es que, viendo la acción, a ratos sobresaliente y visualmente muy atractiva, Michael Bay suspiraría por hacer una película así. Porque Brad Peyton ha logrado filmar una historia en la que se rompen más cosas que en los filmes de Bay, con mucho más sentido y de una forma visualmente mucho más atractiva. Pero, como película, mala es un rato, hay que insistir en ello.

'Espías', Jason Statham y Rose Byrne arrasan en la fiesta de Paul Feig y Melissa McCarthy

Nueva película de Paul Feig con Melissa McCarthy y nuevo despliegue de gags, bromas, y chistes del mismo estilo de lo ya conocido. Como suele suceder en estos casos, quien se haya reído con La boda de mi mejor amiga o Cuerpos especiales, también se reirá con Espías, porque repite las mismas constante y el humor gamberro de aquellos dos filmes. Pero aquí hay una sorpresa, y es que hay dos actores que arrasan en el entorno ya trillado de director, escritor y protagonista (que nadie se deje engañar por el cartel español de la película, la protagonista es Melissa McCarthy de forma indiscutible): Jason Statham y Rose Byrne. El primero demuestra tal sentido del humor riéndose de sí mismo y su más absoluto encasillamiento que es imposible no reírse con él en sus divertidos diálogos, los más acertados de todo el filme. Y la segunda es una actriz de tanto talento, aunque no se le reconozca demasiado a menudo, que tampoco se le resiste el papel de comedia que le ofrece Feig.

La presencia de Statham y Byrne consigue, de hecho, que las dos horas exactas del filme (por si alguien tiene interés, durante los títulos de créditos se deslizan algunas bromas en el grafismo y a su fin hay una toma falsa) no se hagan demasiado largas. Porque, en realidad, lo parecen durante la película, que tiene un ritmo tan apabullante (y no necesariamente en el buen sentido) de gags que parece increíble que haya conseguido alargarse tanto. No hay una historia brillante, ni siquiera apañada, sino una incontenible acumulación de chistes. Eso, aunque Feig no sea consciente, es un problema, porque aumenta el nivel de error y multiplica la presencia de momentos sin gracia. Los hay muy divertidos, eso está claro, pero siendo tantos los intentos y siendo el filme tan largo es difícil escapar de esa irregularidad... si no fuera, de nuevo hay que insistir en ello, por Statham y Byrne, cuyas dosificadas presencias (más la de él que la de ella) aportan brillantez al conjunto.

Feig arranca la película como una parodia de James Bond, a lo que ayuda el carisma de Jude Law (y su esmoquin) y los títulos de crédito y la banda sonora bondianos que Feig utiliza, recursos tan fáciles de reciclar como efectivos. Pero después, aunque se mantenga el homenaje al cine de espías por el constante cambio de escenario (y esa querencia tan de 007 por diversas localidades europeas), en cuanto McCarthy toma el protagonismo absoluto de la película, Espías se desliza a los terrenos más comunes. Y ahí volvemos a lo mismo de siempre en las comedias: o se aprecia a su protagonista o la película puede convertirse en una experiencia de difícil digestión. Es tan descarada la decisión de dejarlo todo en manos de McCarthy que lo sorprendente es que Statham, que no es precisamente un gran actor, o Byrne, que no se ha distinguido hasta ahora por ser una gran cómica, sean capaces de destacar con tanta claridad e independientemente del papel que les reserva el guión.

Aunque el doblaje supone una tergiversación de la experiencia, hay chispa en los diálogos, y ahí, toda una sorpresa, es donde destaca Statham. Byrne tiene presencia, una sorprendente vis cómica y una elegancia total, pero Statham arrolla en cada escena en la que aparece. Y por eso duele menos la duración, la exageración visual para hacer creíbles las habilidades en el cuerpo a cuerpo del personaje de McCarthy o la simplista trama, supeditada siempre al momento cómico. En realidad, tampoco es que Espías aspire a ser mucho más de lo que es, y en su terreno cumple razonablemente bien. No es la comedia más sofisticada del mundo (¿siguen haciéndose comedias de ese tipo?), pero saca del espectador, incluso del menos propenso al género, más de una risa. Incluso alguna carcajada. Pero sí, la culpa la suelen tener Statham o Byrne, mucho más que McCarthy o Feig, que en todo caso superan con creces los resultados de Cuerpos especiales.

viernes, junio 19, 2015

'El niño 44', un fallido galimatías

Cuando acaba El niño 44, la sensación es de total desazón. Una película que tenía muchos elementos para ser al menos interesante termina siendo un fallido galimatías que, en realidad, no hay por donde coger. Y es una pena, porque sólo con el esfuerzo de Tom Hardy para dar vida al protagonista ya se podían tener esperanzas de ver algo más que digerible. Pero no. Ni siquiera se acerca El niño 44 a la película aceptable que podría haber sido. Daniel Espinosa dirige un filme extraño, que no sabe si quiere ser un retrato de la sociedad soviética stalinista, un thriller de misterio, un clásico whodunit o un descenso personal a los infiernos. Al final, hay algún elemento de interés que se atisba en cada una de esas facetas pero ninguna de ellas rompe con la suficiente fuerza como para ser el corazón de la película o siquiera para levantarla de su caída libre, convirtiéndose en una procesión de temas y personajes que no terminan de encontrar demasiado sentido ni de fascinar demasiado.

El principal problema está ahí, en que no queda claro qué quiere ser El niño 44. Hay un primer momento en el que parece que la película se decanta por algo, pero para entonces ya ha transcurrido una larga media hora que nada tiene que ver con ese giro que hace albergar algunas esperanzas. Y luego la película gira otra vez. Y otra. Y otra más. Para llegar, además, a ningún sitio. La misma duración es un problema enorme en el filme, porque es muy difícil entender que en unos innecesarios 137 minutos no haya una concreción más sólida y que se cuenten tan pocas cosas de interés. No se justifica por ningún lado tanto metraje para tan poca cosa, y eso incluso acentúa una cierta sensación de aburrimiento que se llega a sentir en más de un momento de esas más de dos horas de película en las que se presenta a un asesino sin carga emocional ni historia justificable, un antagonista mal construido y hasta un personaje que aparece en el filme pasada ya una hora de película que está llamado a ser coprotagonista y que está horriblemente dibujado.

Tom Hardy es, de largo, lo mejor que ofrece El niño 44. Es el único que consigue hacer creíble el innecesario acento ruso que tienen todos los personajes, una de esas extrañas manías del cine moderno que se pueden aborrecer con películas como esta. Si se quiere que los actores tengan acento ruso, ¿por qué no hay rusos en el reparto? ¿Qué sentido tiene rodar la película en inglés si se quiere obligar a los actores a hablar de esa manera? Y más cuando muchos de los intérpretes se saltan esa exigencia a conveniencia. Puede parecer un matiz banal, pero acaba siendo otro elemento más que causa malestar en el espectador, lo que se suma a los flagrantes problemas de guión, su mal montaje, su escaso ritmo, sus exageradamente alargados pasajes (¿qué aporta el regreso a Moscú en busca del testigo?) o su exageradísima capacidad para asimilar casualidades imposibles en la historia. Eso es, en realidad, lo que más molesta en la película, que hay muchas escenas innecesarias y muchas muy mal explicadas.

Y eso molesta más cuando se tiene una ambientación lograda y un reparto a priori interesante. Por un momento ves a un Gary Oldman brutal en el que la película puede apoyarse, pero acaba perdido por un guión no ya inocente sino más bien torpe. Parece que Noomi Rapace puede ofrecer un contrapunto interesante, pero su historia se desinfla de una forma asombrosa. Y el personaje de Joel Kinnaman, centro de muchas de las incoherencias de la película, acaba siendo la forma en que la historia encuentra explicaciones a lo inexplicable. Espinosa no ayuda demasiado, rodando las escenas más intensas de la cinta con un descontrolado movimiento de cámara que invita a dejar de mirar y esperar a que todo termine. Eso es, de hecho, El niño 44, porque al final uno no tiene demasiado claro ni lo que ha visto ni por qué lo ha visto. No tiene trascendencia el origen del protagonista, ni el caso que investiga, ni el análisis social que plantea, y todo acaba en el mismo punto en el que empezó pero con un mensaje buenista difícil de digerir.

'Ahora o nunca', una fórmula agotada

En algún momento, alguien pensó que las películas de bodas eran un material perfecto para hacer comedias. Pero hay ya tal saturación de títulos que parten de esa excusa que quizá habría que plantearse la necesidad de olvidar los enlaces y sus celebraciones al menos por un tiempo, porque la fórmula está agotada. Esta es, por supuesto, una visión que un sector del público no va a compartir. Porque de la misma manera que Ahora o nunca da la impresión de no ser una película particularmente divertida, también parece una que tiene un segmento de público que la va a acoger con agrado, aunque sólo sea por sus dos protagonistas, Dani Rovira y María Valverde, y al menos una de sus secundarias, Clara Lago. En realidad, se puede decir que el éxito de la película entre quienes no lo tengan muy claro descansa en las espaldas de Rovira. Si él cuela, la película también. Pero si no es el caso, se notará esa sobreexplotación de chistes y situaciones en que se convierte el filme, una sucesión de gags más que una historia con vocación de ser redonda.

El principal dilema que plantea Ahora o nunca es doble. Por un lado está ese explotadísimo tema central. ¿Algo de originalidad en la forma en que lo trata? La verdad es que no. Incluso la novedad de tener por separado a novio y novia, Rovira y Valverde, acaba jugando en contra de la historia, porque da la impresión de estar viendo dos relatos bastante poco conectados (incluso tres, lo del autocar es directamente prescindible y bastante cargante, además de la mayor incongruencia temporal del guión). Y por otro lado está la excesiva dependencia de los actores para que la película se sostenga. Una cosa es aprovechar un talento más o menos indiscutible de un actor y otra dejar el filme completamente en sus manos. Eso hace que sobre todo Dani Rovira sea el elemento que permite valorar la película de una forma más adecuada. Si él hace gracia, la película se salva. Si no, se pierde. Y las sensaciones que deja el filme están más cercanas a lo segundo porque no es precisamente Rovira el protagonista de los chistes más salvables.

Está más que claro que Ahora o nunca es una película pensada para reproducir éxitos cercanos y lejanos. Ocho apellidos vascos, con la espléndida recepción que tuvo entre crítica y público, pide un producto similar lo antes posible, como también parece inagotable, y ya hay que decir que por desgracia, lo que ya casi se ha convertido en un subgénero, las películas de bodas. En esa línea, puede ser un producto pasable, gracias sobre todo a su contenida duración. Tampoco es un filme que provoque la ira del espectador ni tiene una calidad infame, no es eso. Pero sí acaba motivando una indiferencia bastante notable. Más que a los personajes, que más allá de ese afán organizador que tiene el novio no tiene grandes características personales o emocionales que despierten una empatía inmediata, estamos viendo a los actores. De ahí la necesidad de que caigan bien antes incluso de ver la cinta para que esta se pueda disfrutar.

Pero en general, incluso entre quienes la abracen con simpatía como el producto perecedero que es, la sensación que queda es la de película fácil y de consumo muy, muy rápido. Tan pronto como se ha visto, se olvida, sin que haya personajes, situaciones o incluso postales (que Ahora o nunca también aprovecha ese recurso tan manido en el cine contemporáneo de buscarse un escenario reconocible como fondo, destacando Amsterdam en este caso) que merezcan permanecer en la memoria del espectador. María Ripoll tampoco aporta nada especial para que Ahora o nunca sea algo diferente de todo esto, ni sortea el gran problema de presentar una comedia que no es divertida en demasiados de sus episodios. Y si no es divertida, mal vamos. Se acepta que la comedia es el género más difícil, pero también hay que exigir algo más, porque de lo contrario el género se quedará tal y como parece estar con demasiada frecuencia: estancado en los mismos temas, gags y tics de siempre.