lunes, julio 28, 2014

'Vampire Academy', la desastrosa búsqueda de otro 'Crepúsculo'

La parte contraproducente de un éxito es que todo el mundo intenta reproducirlo a toda costa. El triunfo de las sagas fantásticas juveniles, y Crepúsculo y Harry Potter son claros referentes por el dinero que han amasado y la repercusión que han tenido, hace que los estudios se aseguren los derechos de docenas de novelas cortadas por patrones similares buscando que sus adaptaciones cinematográficas sean el inicio de longevas franquicias que den mucho dinero. Vampire Academy es, obviamente, uno de esos intentos. Vampiros adolescentes, un colegio, dos chicas como protagonistas, romances, misterios... Lo típico. Ahora viene la parte mala, y eso es que todo es malo. Vampire Academy es una película mal planteada, mal escrita, mal hecha y mal acabada, donde lo peor de todo es un guión que va desde el batiburrillo de ideas inicial que provoca una sencillísima desconexión en el espectador hasta la idiotizante manía de subrayar lo obvio, por supuesto dejando la historia en un punto que siempre hace más interesante la película que estaría por venir y que, viendo el fracaso comercial y de crítica del filme, ya nunca llegará.

Vampire Academy sólo resiste el análisis realizado por parte del espectador ya ganado previamente, el que quiera ver exactamente lo que ofrece la película, una simplísima historia protagonizada por una princesa de los vampiros en el interior de una academia en la que conviven dos razas de estos seres para protegerse de una tercera, violenta y sanguinaria. Todo lo demás, humo. Personajes planos, construidos sobre tópicos y para los que se han buscado actores que encajan en ellos, un misterio que parece imposible que no se vea revelado ante los ojos de cualquier tipo de público ya desde el principio y que, en todo caso, se antoja bastante menor (más aún, de nuevo, ante el final que plantea la película para esa secuela que no veremos), unas escenas de acción terriblemente insuficientes y unos efectos visuales directamente pobres, y que en realidad habría que considerar inadmisibles en una producción de 30 millones de dólares sin grandes estrellas en su reparto.

Pero la base de todos los problemas está en lo que tendría que ser el pilar sobre el que todos los defectos quedaran más o menos ocultos: el guión. ¿Dónde está el interés de la historia si ya desde la rutinaria explicación del mundo en el que se va a desarrollar todo resulta tan intrascendente? Sin que quede claro de dónde sale esa manifestación de poderes de los que hace gala la protagonista o por qué es importante que haya familias nobles dentro de este organigrama vampírico que plantea, de repente aparece una reina que no se sabe qué papel juega, para después olvidarse por completo de esos vampiros malvados que al principio parecían capaces de desatar el apocalipsis y que después aparecen como por arte de magia cuando hace falta una escena en la que haya mínimo de acción. Eso es una muestra de la cantidad de incoherencias y situaciones inexplicadas que hay en el filme, un soso divertimento para adolescentes en el que ni siquiera destaca el atractivo sexual, visible o sugerido, de sus personajes. Así de plano es todo.

Y, por desgracia, así de aburrido. Siendo así de malo el guión, no hay nada en todo lo demás que sirva para rescatar la película que muestra un Hogwarts de tercera categoría, unas disputas de instituto a la hora de las de Chicas malas (no por casualidad dirigida también por Mark Waters), actrices desconocidas y no especialmente afortunadas para los papeles principales (Zoey Deutch y Lucy Fry) y el ya clásico recurso de buscar un par de nombres conocidos pero no de primera fila para intentar dar un poco de lustre al reparto (un Gabriel Byrne aburridísimo y una Olga Kurylenko sobreactuada). Vampire Academy está bastante cerca del desastre absoluto, porque a su deliberado carácter de entretenimiento (muy) pasajero une defectos bastante importantes. Consuela saber que se unirá a otros tantos intentos de crear franquicias tan fallidos como La brújula dorada, Soy el número cuatro, The HostCazadores de sombras y otros tantos. Lástima que no sirva para aprender, porque en el fondo éste es un cine que podría tener su espacio y que por desgracia sólo sirve para acumular severas críticas con todo merecimiento.

viernes, julio 25, 2014

'Sex Tape', mucho gag, poca chicha

A Sex Tape hay que reconocerle, en primer lugar, su sinceridad. La comedia moderna está basada de una forma absoluta en bromas sexuales, incluso en películas que podrían sustentarse de otra forma, pero la película de Jake Kasdan al menos no lo oculta y coloca la palabra "sex" en su título. Ya está, no hay engaño posible. Vamos a ver una película sobre una pareja que gozaba enormemente del sexo hasta que tuvieron hijos y ahora ya ni si acuerdan de aquellos tiempos, por lo que deciden romper la monotonía grabándose a sí mismos y ese vídeo empieza a circular sin control. Directos al grano, sin duda. Y ahí, en ese escenario, el gag funciona con razonable frecuencia (aunque, curiosamente, los mejores de la cinta no son los más sexuales). ¿La historia? Eso sí que no. Aunque despierte risas, lógicas porque estamos ante una comedia y eso es lo que  busca, la película no está bien construida, hay tramas que no importan, hay personajes que sobran y al final, en realidad, la cosa no es para tanto y ofrece poca chicha. Desde luego, nada escandaloso.

El gran problema de Sex Tape es que sacrifica todo lo que cuenta en favor del gag y llega un momento muy claro en el que la película se sale de madre. Empieza como algo creíble y acaba siendo algo inverosímil. Juguetea en su primer tercio con las consecuencias en la vida sexual de la pareja tras tener hijos, para pasar olímpicamente de este tema cuando el desmadre se apodera de la película (lo del pastor alemán viene a ser la muestra de que cualquier posibilidad de verismo se desvanece). Y, la verdad, cuando el espectador acaba por ver partes del famoso vídeo porno que graba la pareja protagonista se disipa todo el efecto que trata de sostener la película. Mucho fuego de artificio, mucho primer plano, mucha espalda y trasero, pero poco en realidad de la sex tape que anuncia el título. Obvio, ya que en el fondo no deja de ser una película que busca un público amplio.

Y aunque la pareja protagonista, la que forman Cameron Diaz y Jason Segel como Annie y Jay, tiene cierto carisma, acaba siendo insuficiente. Incluso siguiendo uno de los diálogos de la película en los que Segel afirma que en una película porno nadie ve a los tíos, probablemente Sex Tape pase a la historia por ese plano de Cameron Diaz como patinadora sexy o por mostrar el trasero. La paradoja que define la película a la perfección está en que una de las subtramas más completamente innecesarias (la empresa que quiere comprar a Annie su blog sobre la maternidad y del que sólo conocemos una entrada referida... al sexo) acaba ofreciendo lo más divertido de la película, el personaje de Rob Lowe en una sorprendente doble faceta. Y atención a los momentos Disney. Eso sí que es enormemente divertido. Eso, y para quien guste de la comedia más disparatada, algo del desmadre, pero poco más.

No es que Jake Kasdan sea un director del que haya que esperar demasiado (Bad Teacher, su anterior película, no era especialmente divertida), y la pareja protagonista está lejos de ofrecer sorpresas con su trabajo, especialmente en el caso de una Cameron Diaz encasillada ya en la comedia disparatada y no precisamente en títulos de gran calidad. Tampoco se trata de despedazar la película, como parece que ha hecho la crítica norteamericana, porque el gag lo usa con la suficiente habilidad como para que haya momentos divertidos. Pero es igualmente obvio que no aspira a mucho más, y por eso se olvida de tramas (ojo a la forma en la que acaba completamente desinflado el motivo por el que el matrimonio protagonista se lanza a su búsqueda del vídeo o la irrelevancia de la cantidad de dinero que aparece) y apuesta por el impacto puntual. En grupo y sin pretensiones, hasta se le puede encontrar el punto, pero siempre teniendo claro que no hay mucho de donde tirar.

martes, julio 22, 2014

'El lobo detrás de la puerta', el lado más brutal de la vida

Hay algo de brutal en la vida que muestra El lobo detrás de la puerta. Algo descarnado. Pero a la vez increíblemente realista. Ahí se ancla el éxito de la película, la primera que dirige el brasileño Fernando Coimbra, hasta convertirse en un thriller casi modélico, envolvente, con una estructura  magnética y, aún con sus defectos, una película fascinante y con una marcada identidad propia. Eso es justo lo que hace de este un filme uno especial, porque la temática (una madre va a buscar a su hija al colegio sólo para descubrir que la profesora se la ha entregado a otra mujer que decía ser amiga suya y que conocía a la niña; rápidamente se encuentra a una sospechosa del secuestro y a partir de ahí se narra la historia del matrimonio protagonista y de la detenida) recuerda a la de otras películas de intriga de muy distintas procedencias que han llegado a los cines en las últimas décadas pero da juego como para crearle una identidad propia. Y Coimbra, también autor del guión, sabe jugar.

La forma en la que el director aborda una temática tan compleja es desde un entorno real más que realista. Prescinde por completo de artificios en todos los terrenos. Dentro de la historia, el matrimonio que forman Bernardo (Milhem Cortaz) y Sylvia (Fabiula Nascimento) es el de dos personas normales, con sus flaquezas y sus virtudes, lejos de las bellezas imposibles habituales del cine norteamericano y de las grandes estrellas del celuloide. Rosa (Leandra Leal, el descubrimiento más asombroso de la película por la extraordinaria forma en la que se mueve en un amplísimo espectro emocional) es una belleza, es la tentación carnal del relato, pero, de nuevo, real y alcanzable. El triángulo que forman en torno a la desaparición de la niña, y que no se aclara hasta el cuarto de hora final es turbio, va traspasando todos los límites de la moral, de la ética y de la costumbre. Y por eso mismo, fascina, porque no se sabe hasta dónde va a llegar.

Pero la ausencia de artificios de la película no se detiene ahí. La forma de rodar de Coimbra se arroga esa condición con una tremenda facilidad. Con planos largos que no hacen sino acrecentar la tensión (impresionante el momento en el que Bernardo descubre que Rosa ha ido a ver a su mujer), con una gran habilidad para que la cámara esté posicionada siempre en el ángulo correcto, es difícil no sentirse dentro de la película, con la piel de gallina con los momentos más crudos. Quizá los mayores problemas que se le puedan achacar a la película están en que el crudo final pierde algo de impacto al quedar demasiado claro cuál va a ser unos pocos minutos antes de que acontezca y que hay sobre todo un personaje, el policía que conduce los interrogatorios, que parece algo desaprovechado viendo los fantásticos diálogos que tiene en el primer tercio de película. Pero acaban siendo detalles menores viendo el brutal y desasosegante final del filme.

El lobo detrás de la puerta es una espléndida muestra de cine brasileño (el escenario de Río de Janeiro acaba colaborando de forma esencial al tono de la película y en especial a una escena clave, la de la llamada de teléfono), un thriller contundente y sin concesiones. Ahí es donde empieza a generar la película una compenetración salvaje con el espectador, en que no edulcora nada, no suaviza lo que está mostrando. Y eso que muestra es una espiral de decisiones equivocadas colocadas en una estructura cinematográfica demoledora, narrada casi de forma continua como un gran flashback que Coimbra sabe rellenar con sobriedad y dejando buena parte del peso del relato en manos de un reparto brillante. Leandra Leal se suma así a los enormes méritos de la película y deja la sensación de actriz grande, de una larga trayectoria ya tanto en cine como en televisión pero de la que pocas referencias había fuera de Brasil. Pero su nombre y el de Coimbra merecen estar ya apuntados para el futuro.

viernes, julio 18, 2014

'El amanecer del planeta de los simios', la película soñada de la franquicia

Cuando se estrenó El origen del planeta de los simios, la crítica se rindió al resultado final. En realidad, la película tenía defectos palpables, pero dado que casi todo el mundo esperaba un fiasco derivado de la reinterpretación de esta franquicia que hizo Tim Burton, el buen acabado hizo que la cinta se ganara una admiración probablemente excesiva, incluso admitiendo que era una forma diferente de blockbuster veraniego. Por encima de todo, a aquella película le faltaba un tercer acto, un clímax que coronara las grandes y atractivas ideas que tenía. Pues bien, El amanecer del planeta de los simios viene a satisfacer esa necesidad de una forma brillante, inteligente y terriblemente entretenida, respondiendo a la valentía de la propuesta original con un atrevimiento incluso mayor y cerrando la película soñada de la franquicia, un formidable producto que combina lo mejor del cine espectáculo hollywoodiense con el toque de autor que pide a gritos un universo tan sumamente interesante y provocador como es el de El planeta de los simios (¿acaso hace falta recordar el prodigioso final de la mítica película original como muestra?).

Y la primera sorpresa está en el nombre de ese autor, que para colmo sustituye a Rupert Wyatt, que dirigió la primera entrega (y ya se sabe que los cambios de esta naturaleza en Hollywood suelen esconder líos). El amanecer del planeta de los simios es la tercera película de Matt Reeves y las dos anteriores no invitan a pensar en algo tan brillantemente rodado como esta cinta. Ni Monstruoso ni el remake americano de Déjame entrar están en la misma categoría ni de lejos. Y es que esta entrega de ciencia ficción funciona tanto a gran escala (son impresionantes las escenas de masas que, salvando las distancias y la escala, son las primeras en el cine espectáculo capaces de generar sensaciones similares a las de las batallas de El retorno del Rey) como en las escena de corte intimista, que son más de las que cabía esperar, porque la película tiene un muy fuerte componente emocional que nunca parece forzado. Puede que la historia sea algo más lineal o predecible que la de El origen del planeta de los simios, pero es al mismo tiempo una continuación tan natural que lo inverosímil habría sido no seguirla. Y es que esta es una película, por fin, de simios. Los humanos son los secundarios.

No es fácil cuantificar cuánto se agradece ese enfoque, pero es sin duda lo que hace que El amanecer... sea mejor película que El origen... Repetir la fórmula, estirarla hasta la saciedad, habría sido una decisión equivocada. Lo que ofrece esta secuela, épica en sus 130 minutos de duración, es una historia profundamente humana con un ingente nivel de acción, con un desafiante uso de la violencia y con una gran cantidad de escenas solventadas con un buen gusto que no se ve con tanta frecuencia en el gran cine de estudio (ojo a ese plano del personaje de Jason Clarke adentrándose en su hogar buscando algo mientras los simios actúan a su alrededor). Y al final lo que importa es que, a todos los niveles, la película destila una sinceridad poco habitual. En la construcción de los personajes, con ese César dirigiendo el asentamiento simio y convirtiéndose, si no lo era ya, en un personaje imprescindible para entender el cine moderno. Pero también en su plasmación visual. Qué espectáculo de primer nivel el de los efectos, que son capaces de poner en pantalla a cientos de simios, que les hacen interactuar con incontables elementos y que consiguen unas escenas memorables.

Si a eso se le añade un más que competente reparto encabeza por Jason Clarke y Gary Oldman en el lado humano y a un Andy Serkis convertido en el mejor actor de la historia de captura de movimiento por el bando de los simios, queda poco más que decir. Cuando alguien defienda que en Hollywood ya no hay ideas o que las secuelas no merecen la pena, siempre se le podrá recordar que esta maravilla es la octava película de la franquicia, secuela directa del tercer punto de partida de la serie cinematográfica. El amanecer del planeta de los simios destaca en absolutamente todo lo que se propone, desde un guión formidable (que a diferencia de su predecesora sí acierta en el punto en el que deja la historia para que el corte sea temáticamente significativo) hasta una puesta en escena soberbia (maravilloso trabajo de producción, soberbia banda sonora de este majestuoso compositor que es Michael Giacchino). Será difícil que está no sea la película del verano y que, salvo que la próxima película convierta el relato en un crescendo imposible de olvidar, ésta sea El Imperio contraataca de la saga de El planeta de los simios. Brillante.

jueves, julio 17, 2014

'Ahora y siempre', más lágrima fácil

No parece casual que Ahora y siempre llegue a los cines españoles dos años más tarde de su estreno británico original y justo una semana después de Bajo la misma estrella, una película con la que comparte temática y objetivos. Ambas parten de una adolescente enferma, incurable, en este caso con leucemia, lo que consigue lágrimas con facilidad a lo largo de la historia que cuentan. Es verdad que lo hacen por caminos divergentes, aquella por una apuesta optimista y feliz y ésta desde un drama más abierto y evidente, pero son películas fácilmente emparejables, que basan su apuesta en el tema que tratan y en la solvencia de la pareja protagonista, aquí formada por Dakota Fanning y Jeremy Irvine, y en la que sobresale especialmente ella. En realidad son sólo ellos, los actores, los que abandonan el confort de los clichés para tratar de dar algo más, porque la película cumple con casi todos ellos.

De la misma forma que Bajo la misma estrella, es difícil calificar esta película como mala, aunque también es igualmente sencilla la tentación de relacionarla con los telefilmes que pueblan las sobremesas, con sus historias reales y sus dramas cotidianos. Ol Parker, director y guionista de la cinta, se pone por segunda vez detrás de la cámara (la anterior, Rosas rojas, data nada menos que de 2005) y no sale de ese cordón de seguridad temático. Quizá lo más destacable de su enfoque esté en la crudeza con la que muestra en algunas escenas la enfermedad de Tessa, que así se llama la adolescente protagonista. No edulcora esas escenas, aunque en el fondo la historia sí parezca haber pasado por un tapiz de esperanza, que en lugar de volcarse en la enferma, un personaje cínico y descreído precisamente por el destino que le aguarda, lo hace en la gente a la que va tocando a su alrededor.

Eso es quizá lo más atractivo de la película, que incluso mostrando la enfermedad, el proceso, sus síntomas y sus consecuencias con más detalle de lo que suele ser habitual (y, ojo, eso se agradece cuando en ese mundo se utilizan con tanta facilidad los eufemismos), su mensaje gira en torno al efecto que produce una persona en otras. La enfermedad es, en ese sentido, accesoria. Tessa no marca a los demás por ser una persona enferma, sino por la clase de persona que es. Lo curioso es que, a pesar de lo fascinante que es ese concepto, es la forma en que se utiliza lo que acaba restando credibilidad a la película y sumergiéndola en un terreno algo inverosímil por momentos y sujetado esencialmente, como ya se ha dicho, por el buen trabajo de los actores.

Dakota Fanning, toda una sorpresa cuando hace ya más de una década conmovió a todo el mundo en Yo soy Sam, se ha visto adelantada por su hermana Elle. Pero mientras ésta personifica un mundo luminoso y encantador que domina a la perfección, la mirada y la expresión de Dakota siguen asombrando por su madurez y por la cantidad de matices que muestra. Irvine, uno esos eternos chicos buenos, es el complemento perfecto. Y, como siempre en este tipo de historias, en los secundarios se vuelcan todas las sensaciones que se quieren ir transmitiendo (los padres, el hermano, la amiga...). Ahora y siempre es una película lacrimógena que busca atacar directamente a las emociones del espectador. Y eso, tampoco se le puede negar, lo consigue en muchos momentos, especialmente en el tramo final. Eso y el trabajo de los actores es lo que ofrece la película para quien lo quiera comprar, que sin duda hay un público para este tipo de cine si se sigue haciendo sin salirse de los parámetros ya conocidos.

martes, julio 15, 2014

'El abuelo que saltó por la ventana y se largó', divertidísima comedia absurda

Tienen razón aquellos que consideran la comedia el más complicado de los géneros, porque lo más difícil de conseguir de un espectador es una risa sincera, pura y continua. Por esa razón, los logros de El hombre que saltó por la ventaja y se largó hacen que se pueda decir, sin tapujos ni contemplaciones, que es, con diferencia y por talento, una de las mejores comedias de los últimos años. Si su procedencia sueca le resta público (por aquello de que a veces parece imposible recomendar una película nórdica sin quedar como un esnob o un cultureta de pega), será una tremenda injusticia, porque es una de las propuestas más originales y sorprendentes que se han visto en la comedia absurda contemporánea. Es una sucesión de risas sin dejar por ello de contar una magnífica historia. Basada en el best seller escrito por Jonas Jonasson y con la etiqueta de ser la película más taquillera de la historia de su país de origen, es complicado encontrarle un solo pero a esta comedia absurda, deliciosamente escrita y muy bien interpretada.

Esos dos detalles son importantes, sobre todo el primero porque aborda una doble narración. Allan Karlsson (Robert Gustafsson), el hombre que vemos al comienzo de la película, es un anciano del que lo primero que sabemos es lo mucho que le gustan los explosivos. Por esa razón y un episodio muy concreto en el que da rienda suelta a esa afición, acaba internado en un geriátrico y, haciendo honor a lo que dice el título, el día en el que cumple cien años simplemente abre la ventana y se escapa. Así, sin más, con un divertidístimo acompañamiento musical. A partir de ahí, vivimos un doble viaje. El primero es esa huida, sencilla, natural, casi inadvertida. El segundo, el pasado de Allan, que de una manera destenillante se va convirtiendo en un espectacular resumen de la historia política del siglo XX, pues el protagonista se ve envuelto en destacados acontecimientos al lado de personajes más que reconocibles. La casualidad es el motor de la historia y eso potencia la diversión de una forma brillante.

El segundo detalle que destaca con luz propia en el éxito colectivo de la película es el reparto, que es lo que termina de dar valor al resultado final. Gustafsson, encabezándolo como protagonista, se muestra como un cómico brillante, pero no es más que la punta del iceberg. Y es que la película va presentando una serie de personajes delirantes, originales y que colaboran en este teatro del absurdo en que se convierte el relato con una naturalidad sorprendentemente realista. Son retratos exagerados, eso es obvio porque si no mala comedia absurda sería, pero hay rasgos claramente vinculables a la vida real en el comportamiento de todos ellos, lo que se mezcla con una enorme absurdez que roza la caricatura en algunos de los antagonistas y, especialmente, en los memorablemente divertidos retratos de los conocidos dirigentes europeos del siglo XX que aparecen. Y como Felix Herngren, director del filme, va hilando con brillantez tanto la aparición de cada nuevo personaje como los episodios del pasado de Allan que se van sucediendo a modo de flashbacks, no queda más que rendirse al tremendo poder de los gags que va coleccionando.

En El abuelo que saltó por la ventana y se largó funciona absolutamente todo. Desde su rocambolesco título a sus muchos golpes de humor, pasando por una ambientación perfecta para hacer creíble la presencia de Allan en escenarios tan diversos como la Guerra Civil española o las pruebas de las bombas atómicas norteamericanas, e incluso por la absurda trama criminal que se desencadena al poco de empezar la película y que, de alguna manera, recuerda a aquellas genialidades que hacían los hermanos Coen cuando todavía eran geniales (es decir, hasta El gran Lebowski). Son casi dos horas de película que se pasan en un auténtico suspiro, es una comedia auténtica y sincera, tan alocada y absurda como muy bien escrita, con un reparto sencillamente perfecto y un final redondo. Si es que no se le puede pedir más a una película que, por desgracia, mucha gente no llegará a conocer porque no hay superestrellas en ella. Muy, muy, muy recomendable.

lunes, julio 14, 2014

'La cueva', mérito técnico, irrealidad en lo demás

Hay dos formas de analizar la propuesta de La cueva, la segunda película de Alfredo Montero. Por un lado, hay que destacar el enorme mérito técnico que tiene la forma en que rueda la historia de cinco jóvenes que se pierden en el interior de una cueva de Formentera. Pero por otro destaca la irrealidad que se apodera de todo lo demás. De los cinco protagonistas (interpretados por Marcos Ortiz, Marta Castellote, Jorge Páez, Eva García y Xoel Fernández), de cómo se van desarrollando los personajes, del abrupto cambio de registro que sufre el filme, de los diálogos de los personajes (alguno llega a provocar carcajada involuntaria) y, especialmente, de esa forma de rodar con cámara en mano y como si fuera una grabación real que de vez en cuando sigue reapareciendo para sufrir los mismos defectos mareantes, previsibles y bastante increíbles que lleva aparejada esta elección, que, no obstante, parece seguir contando con defensores suficientes como para que se sigan haciendo películas de esta manera.

A quien esto suscribe le ponen nervioso las películas rodadas de esta manera, se llamen REC, Monstruoso o El proyecto de la Bruja de Blair. Resulta incomprensible que haya situaciones enmarcadas en el género de terror (aunque aquí arranca más desde una perspectiva angustiosa que de miedo) en las que haya alguien que quiera sostener una videocámara para inmortalizarla, y los intentos de justificarlo suelen saber a poco. En La cueva hay unos cuantos y contribuyen a esa inevitable irrealidad (¿tan difícil era dar un nombre "al blog" al que hace alusión el portador de la cámara?) de la que no se puede separar esta película concreta y que sigue marcando de forma exagerada a una forma de rodar que pretende ser lo contrario, absolutamente real y veraz. Este argumento, no obstante, queda anulado si al espectador le provoca disfrute este estilo. Probablemente no haya medias tintas al respecto, y tenga sólo defensores y detractores, sin término medio, pero la advertencia es necesaria.

De una forma o de otra, guste o no esta opción visual, es importante recalcar el mérito técnico que hay en la película. Montero hace creíble el escenario de la película, consigue una sensación de claustrofobia interesante en algunas escenas y sólo queda la duda de cómo habría afrontado la acción convirtiendo la cámara en espectador y no en parte de la historia. Pero de nuevo la irrealidad choca frontalmente con los aciertos de la película. El escenario convence, quienes lo ocupan no. No se trata de evaluar con dureza el trabajo de los actores, que en realidad consiguen momentos de extraordinario realismo de una forma homogénea, pero sí de la forma en que sus personajes llegan a la pantalla. No hay historia de fondo (aunque se intente forjar en el arranque de la película, en realidad algo prescindible y que deja momentos tan chocantes e injustificables como un excesivo plano de un trasero que no viene a cuento), no termina de justificarse el giro radical de la historia (ni por el momento, ni por la forma) y no se siente ese verismo deseado en la forma de hablar de todos ellos, demasiado limpia incluso en los momentos más tensos.

Incluso el final de la cinta resulta algo precipitado, demasiado anclado en la casualidad o en una necesidad dramática de cerrar la historia de una manera muy concreta, que no procede desvelar para no arruinar el último tercio del filme. En realidad, la propuesta es más meritoria por la creación de un ambiente especial, algo que parece difícil no destacar, que por la historia que hay detrás, centrada en una vivencia de cinco jóvenes que parten de una irresponsabilidad absoluta (adentrarse en una cueva sin equipo y sin conocimientos) para meterse en el mayor problema de sus vidas. Pero sin apagar nunca la cámara, por supuesto. Es ahí, desde el mismo principio de la película, donde el angustioso realismo que tan bien le habría sentado, puede acabar roto para muchos espectadores. Si se entra en el juego sin reservas, probablemente se disfrute de La cueva como un angustioso ejercicio de supervivencia, incluso aceptando algún que otro cliché que Montero explota para dar forma a su película. Si no se aceptan las normas de la propuesta, el resultado no puede ser bueno.