viernes, octubre 24, 2014

'Coherence', el enorme valor de la inteligencia

Vamos a obviar por un momento ese manido argumento de que una película realizada con escasez de medios tiene más valor que una realizada con muchos millones de dólares. Incluso así, Coherence destaca por lo que es, una película que da un enorme valor a la inteligencia como motor de una historia. Es, efectivamente, una cinta de bajísimo presupuesto, realizada con apenas ocho actores y dos escenarios, una casa por dentro y por fuera. Coherence es una historia de ciencia ficción, pero anclada en lo más realista de las vidas de esas ocho personas. El toque fantástico lo aporta el paso de un cometa sobre la Tierra y los efectos que produce. Y es mejor no saber absolutamente nada más para no arruinar los giros de guión, notables y casi siempre precisos e inteligentes. Efectivamente, no hay efectos digitales. No hay dinero. No hay medios. Pero sí talento. Pero es que si Coherence se hubiera hecho con un presupuesto mayor y un reparto estelar podría haber sido igualmente una película espléndida, porque su corazón está en la historia.

No se puede negar, no obstante, que parte del encanto de la película de James Ward Byrkit, primera que dirige el también guionista de Coherence, está en su escala. Es pequeña y no necesita ser más grande. Es intimista y minimalista porque es en ese escenario y con esas sensaciones como se construye la historia con ingenio y acierto. Es igualmente cierto que hay un aspecto derivado del carácter modesto del filme que genera ciertas dudas, y es que ésta no es una película que necesite del nervioso momento continuo de la cámara en mano. Sí en algunas escenas, donde la confusión se convierte en el noveno personaje, pero no siempre. Aparte de eso, y de algún que otro intento de dotar de un innecesario poso filosofíco a ciertos momentos de la película, todo lo demás es ingenioso e inteligente y está conectado con brillantez y con un exquisito dominio del ritmo. La película acelera cuando debe hacerlo, para cuando procede y siempre se basa en un magnífico dominio de los personajes, que son quienes dominan por completo la propuesta.

Esa mezcla de realismo y ciencia ficción es lo que hace de Coherence una espléndida experiencia. Por supuesto, el componente de puzzle fantástico es lo que más engancha desde el principio. El espectador necesita saber qué es lo que está pasando, cuáles son las reglas de esta vivencia (que Byrkit va desgranando con brillantez, de forma nada forzada), ir encontrando explicaciones a cada uno de los sorprendentes pero siempre verosímiles giros argumentales. Esto, no obstante, habría sido poco más que un original pero efectista envoltorio si no hubiera sabido construir también personajes realistas que lo llenen. Y eso lo hace con brillantez. Así, esta reunión de amigos, con sus miedos, con sus secretos, con sus pasados y con sus particularidades cobra tanta fuerza como la excusa que les hace interaccionar. Coherence es una historia básica sobre personas ordinarias viviendo una situación extraordinaria. Y por eso se aprecia un detalle experimental a la hora de hacer la película, y es que el director suministró a sus actores información limitada y les dio libertad para improvisar.

La frescura y la originalidad que hay en la cinta se sienten sin conocer ese detalle, pero conociéndolo se entiende aún mejor el alcance de Coherence. Puede que haya algún elemento forzado, ¿pero quien puede resistirse a una de esas películas en la que un un juego mental y psicológico llega a un final abierto tras muchas vueltas anteriores que permiten debatir con intensidad sobre lo que se acaba de ver? Esa es la fuerza del cine, que no entiende de presupuestos o de limitaciones cuando se hacen películas con inteligencia y talento. El de James Ward Byrkit es un nombre a apuntar, más gracias a su dominio de los personajes y de la historia (que deja en 89 minutos y que no necesita en absoluto alargarse más) que el de la cámara, pero también sería bueno tener en cuenta el de más de uno de los actores de un cásting en el que quizá el único relativamente conocido sea Nicholas Brendon (Xander en la serie televisiva Buffy, cazavampiros). Así, Coherence es una de esas pequeñas grandes delicias que la ciencia ficción ha venido dejando en los últimos años.

'El chico del millón de dólares', cine deportivo previsible y sin garra

Hay pocos subgéneros del drama que tengan claves tan universales y fáciles de conquistar como las del cine deportivo. Y sin embargo, de vez en cuando aparecen películas que demuestran que no siempre se aplican de forma exitosa. El chico del millón de dólares es una historia real, sobre los dos primeros muchachos de India que logran una prueba para jugar en un equipo profesional de béisbol en Estados Unidos. El protagonista, en realidad, es el agente que busca ese mercado y trae a los chicos a un mundo nuevo que no conocen. Pero la emoción, la tensión, las claves de esa superación, el nervio y la garra no se aprecian en toda la película de Craig Gillespie, al menos hasta los dos minutos finales. Esa sí era la película que podría haber gustado a quienes normalmente disfrutan del cine deportivo. Pero los caminos que sigue El chico del millón de dólares son otros, a medio camino entre la colonialista historia de dos chicos pobres y el brutal choque cultural al llegar a suelo norteamericano y la comedia romántica más facilona y previsible.

Para entender esa falta de garra, se podría aducir que se trata de un relato muy localista. Americano, por supuesto, porque el deporte protagonista es el béisbol, e hindú, porque es la India el entorno que se quiere explotar. Pero el mismo cine ha desmentido ese argumento en demasiadas ocasiones. El mejor, Campo de sueños, Moneyball o El orgullo de los yanquis (que aparece en El chico del millón de dólares) demuestran que el lenguaje deportivo es universal. Y el éxito en forma de premios de Slumdog Millonaire, que la conexión entre el exotismo de la India y públicos de todo el mundo es más que factible. Tampoco se puede achacar que la película sea blanda a un pretendido espíritu Disney (¿por qué parece que hay tanta gente que esa el nombre de la productora de forma peyorativa?). La clave está especialmente en la dirección de Craig Gillespie.

¿Por qué? Sencillo. No es la historia, real como se nos insiste en recordar al principio y sobre todo al final las inevitables fotos reales, sino la forma en que Gillespie la lleva a la pantalla. Ni se aprecia el drama del agente deportivo que interpreta Jon Hamm, ni se entiende el momento por el que pasan los dos chavales que viajan a Estados Unidos en busca del sueño americano, ni funciona el pretendido exotismo por ubicar amplios trozos de la historia en India, ni tampoco se explican demasiado bien los giros personales de los protagonistas. Cuando Gillespie opta por dibujar postales facilonas y poner la música más predecible y rutinaria a su película, el mensaje que está enviando es el de que no cabe esperar la más mínima sorpresa en los muy largos 124 minutos que dura el filme. Nada emociona como debería, nada inspira como lo hizo en la vida real. Hasta el final. Es ahí donde El chico del millón de dólares entiende la película que podría haber sido, pero ya es tarde, claro.

Ese final sirve para que los aficionados al cine deportivo (en realidad, cualquiera que disfrute del drama, porque el deporte no es más que un reflejo de la propia vida) salgan de la película con un sabor de boca agradable, pero no oculta que El chico del millón de dólares es una película construida con demasiada facilidad y rutina. Se nota, por ejemplo, en la aparición de Alan Arkin, que se limita a copiar gestos y maneras de algunos personajes anteriores que guardan cierta relación con éste para salir del paso. Esa es la sensación que deja el filme. Dentro del deseo de glorificar una emotiva y preciosa historia deportiva, la película se ha convertido en un paso más del relato mitificador, uno necesario, a veces imprescindible, y uno que a Hollywood le encanta dar. Pero este tipo de historias requiere un nervio que Gillespie no parece tener. Sigue el manual, sin duda, y eso deja un producto correcto desde su romanticismo, desde su humanidad y desde su realismo, pero del mismo modo es inofensivo y olvidable. Sin emoción verosímil, hay poco que hacer.

miércoles, octubre 22, 2014

'The Equalizer', la batidora de Antoine Fuqua y Denzel Washington

La reunión de Antoine Fuqua y Denzel Washington en The Equalizer invita a pensar de forma inmediata en Training Day, de cuyo prestigio sigue viviendo este director a pesar de que desde entonces no ha conseguido filmar una película igual de interesante que aquella. Que esté aquí de nuevo Denzel Washington implica que el divertimento está casi asegurado, pero también que estamos ante una absoluta batidora. Además de estar basado este filme en una serie de televisión de la segunda mitad de los años 80, no es difícil ver en ella una mezcla entre Taxi Driver, no sólo por el carácter justiciero del protagonista, sino también por la persona a la que intenta proteger en primer lugar, y Heat (la referencia es asumida por utilizar para el cierre de The Equalizer una de las canciones de la banda sonora del filme de Michael Mann), por plantearse en su segunda mitad como un duelo antagónico entre dos profesionales. Y Washington encaja en este tipo de personajes con tanta facilidad que en el fondo no parece que esté actuando, sino divirtiéndose.

Esa diversión es la tónica de la película, incluso a pesar de una introducción demasiado larga. En realidad, The Equalizer funciona mucho mejor cuando se introduce al personaje de Marton Csokas (pocos actores son tan capaces como él de mostrar una crueldad tan fría de forma realista) porque es entonces cuando hay un verdadero reto en la historia para el perfecto personaje de Denzel Washington. Quizá no era tan necesario mostrar su rutina con tanto detalle y sí entrar en materia. Porque, al fin y al cabo, lo que propone la película es un ejercicio de estilo en el que el actor se luzca, y ambas cosas se manifiestan con mucho más sentido en la segunda mitad del filme. Lo que realmente se busca es la acción, muy bien planificada, y ver al personaje de Washington desatado dentro de la habitual y extraordinaria contención del actor, y eso no empieza a suceder hasta la segunda hora.

¿Y qué hay en la primera hora? Presentaciones, justificaciones y elementos que Fuqua retomará al final para dar una cuadratura mayor a la historia, aunque no siempre con mucho éxito. Y algo de engaño también, porque por un momento da la impresión de que la película se va a mover por otros registros. Eso sucede en las brillantes conversaciones entre los personajes de Washington y Chlöe Grace Moretz, en especial la última, tierna y conmovedora. La todavía jovencísima actriz (cumplirá 18 años en febrero del próximo año) sigue mostrando valor para meterse en películas de todo tipo, con los personajes más variados y sin preocuparle que sea su nombre el que aparece en el cartel. Lástima que aquí su papel tenga tan poco recorrido y que, incluso, desaparezca sin mucho sentido durante demasiados minutos, habida cuenta de que está en el centro del desencadenante de la historia. Ese personaje es sólo una muestra del principal defecto de la película, y es que el guión falla en los detalles. Pasa lo que pasa cuando tiene que pasar, aunque sea menos verosímil que lo que tendría que haber pasado.

Eliminados esos problemas, la propuesta de The Equalizer es estupenda. Nada nuevo en el horizonte y mezcla de referentes obvios, pero todo muy entretenido y bien filmado. Quizá alcance formas algo exageradas en el clímax final, donde casi dan ganas de esperar a que aparezca Samuel L. Jackson para pedir al protagonista que se una a los Vengadores, pero con un nivel de diversión bastante notable de principio a fin. Suele suceder en las películas de Denzel Washington, que ya tiene un personaje prototípico en el que, con ligeras variaciones, siempre se desenvuelve con mucho acierto, y para Fuqua sirve para profundizar en un cine de acción pura, sin demasiadas dobleces y con mucha sinceridad, como lo era Objetivo: la Casa Blanca pero con el plus que siempre da su actor protagonista, que sirve para hacer creíble cualquier cosa, incluso lo que en otra película y con otro actor acabaría provocando carcajadas de incredulidad. El caso es pasarlo bien y eso es algo que The Equalizer hace con mucha facilidad.

martes, octubre 21, 2014

'Magical girl', un gran corto alargado y ralentizado

Magical Girl supone el segundo capítulo del personal universo de Carlos Vermut tras Diamond Flash, y las constantes vienen a ser parecidas. Sus ideas para este largometraje son atractivas, pero chocan con un escollo que muchos espectadores no salvarán: su lentitud. Un ritmo en ocasiones excesivamente pausado oculta en parte el humor negro (y no tan negro) que hay en su historia de casualidades, la brillante configuración de los personajes y un espléndido final, que es donde reside el espíritu de la película. Tanto es así, que más de 130 minutos para contar la historia acaban antojándose demasiados, porque al final se apodera del espectador la sensación de que todas las claves residen en esa conversación en el bar, intensa y dramática, que sostienen los personajes de José Sacristán y Luis Bermejo. Todo lo demás, con su interés, forma parte de una trama quizá demasiado ambiciosa en cuanto a sus temas y poco concreta en sus resultados porque da demasiada libertad al espectador para sustraerse del influjo de la película.

En realidad, todo lo anterior no deja de ser una apreciación personal, una que cambiará según cada espectador. Es verdad que es una película lenta, pausada, muy reflexiva, en la que ningún personaje vive acelerado y todo invita a deleitarse con los detalles de cada escena. Es igualmente cierto que la construcción de los personajes es espectacular. Cada uno por separado y todos según se van cruzando aportar algo profundo a la película. Pero es igualmente cierto que la película ofrece la duda de si todo lo que se ve era realmente necesario para comprenderla. La respuesta intuitiva, la del ritmo del filme, indica que no, que su muy buen final podría haber llegado antes. La reflexiva es la que lleva a pensar en todos los pequeños elementos de la cinta, los que le sirven a Vermut para hacer algo complejo y retorcido, brillante en ocasiones tanto en su faceta más dramática como en los acertados golpes de humor que va incluyendo en el guión. Pero sin duda la mezcla de ambas visiones hacen de esta una película que dispara opiniones tan contradictorias como válidas.

En Magical Girl (el título es una de las cuestiones más discutibles de la película, porque invita a pensar en una historia que al final es casi más bien el macguffin del relato) todo está medido y pensado. La pausa no es un error, sino una elección. Si la película resulta lenta a algún espectador el motivo no estará tanto en la puesta en escena como en la sala de montaje. Y eso que Vermut traza con mucha habilidad el cruce de las historias de los diferentes personajes, empezando por un prólogo atractivo y hasta llegar a la ya mencionada escena del bar. La trama de Magical Girl depende tanto del montaje y de ese cruce de vidas que lo mejor es ir dejándose sorprender por la historia, sin necesidad de recurrir a una sinopsis. Sí se puede decir que los protagonistas son una mujer (Bárbara Lennie) con problemas psicológicos cuyo marido es, precisamente, un psiquiatra; un profesor de literatura en paro (Luis Bermejo) que hará lo imposible para satisfacer los deseos de su hija enferma (Lucía Pollán); y otro profesor, éste de matemáticas (José Sacristán), ya retirado. La forma en que se cruzan sus vidas, casualidades en estado puro, es lo mejor de la película.

Lo que altera demasiado la percepción de la película es que ese cruce de personajes tarda mucho en verse. El montaje de la primera mitad de la película no es, en ese sentido, tan certero como a partir de su ecuador. A Magical Girl, en todo caso, hay que reconocerle un atractivo interesante, un magnetismo del que es difícil escaparse. Que sea lenta no quiere decir que sea aburrida. No lo es, aunque a veces cueste seguir el hilo que deja Vermut. Convencen sus actores, sus diálogos y el mencionado humor, a veces casi involuntario. Y, de alguna manera, deja la sensación de que viéndola una segunda vez la película tiene capacidad de crecer. Lo que está claro es que Vermut es ya uno de los cineastas españoles más personales y eso ya es un motivo para seguirle de cerca. Puede que Magical Girl no convenza a todo el mundo, seguramente no lo hará y quien escribe estas líneas quedo fascinando por el mundo que crea, encantado con el final de la película pero insatisfecho con un demasiado largo desarrollo. Pero incluso así tiene elementos de sobra como para darle una oportunidad.

lunes, octubre 20, 2014

'Relatos salvajes', mala uva catártica

En estos tiempos tan políticamente correctos en los que vivimos, la incorrección casi siempre recibe una alabanza entusiasta. Eso le sucede a Relatos salvajes, una colección de seis relatos cortos que Damián Szifron reúne en un único largometraje. Las historias tienen como nexos de unión la venganza como tema y la mala uva catártica como sensación. Por supuesto, su incorrección hace que el recibimiento que ha tenido la película haya sido muy entusiasta, y en buena medida lo merece. Szifron estira los límites, saca todo el jugo a sus historias, a sus personajes (todos, con perdón, unos cabrones en mayor o menor medida), exprime los límites de lo admisible, de lo tolerable y de la tensión y llega a finales muy satisfactorios. Puede que, más allá de esas sensaciones mencionadas, falte algo de unidad entre los seis relatos, pero el gozo culpable y el nivel de identificación que se puede sentir con muchos de los personajes es tan grande que resulta difícil ponerle pegas a una película de humor negro y cínico tan sincera y culpablemente divertida.

Una misteriosa coincidencia en un avión, una camarera que encuentra una posibilidad de vengarse de un capo local que provocó una tragedia en su familia, un enfrentamiento en la carretera entre dos conductores, un experto artificiero a quien la vida se le tuerce por culpa de la grúa, una negociación para encontrar un culpable tras un accidente de tráfico y una boda que se derrumba sin previo aviso. Sin desvelar más detalles, esas son las seis situaciones en las que Szifron encuentra vías de escape, auténticas catarsis, respuestas cínicas a la realidad. Son, evidentemente, historias exageradas pero que tienen una percha visible y palpable en la realidad como que la identificación juegue un papel determinante en el éxito de Relatos salvaje. Porque, sí, son salvajes, pero también nacen de historias reales o, al menos, realistas. Y por eso se disfrutan. Por eso, cada vez que Szifron supera los límites, provoca una carcajada. Por eso toda la película funciona, porque en todos estos seis segmentos hay elementos muy destacables.

Volviendo a la cuestión de la unidad, es verdad que la hay temática, pero cada historia es tan personal que, en realidad, no se puede evitar una cierta desconexión. Eso sí, como buena antología que es, no cede en la diversión que propone. Y quizá sí se puede entender la unidad por el hecho, atípico, de que los seis segmentos cuenten con el mismo director. Estas títulos (En los límites de la realidad, Historias de Nueva York, las series televisivas Cuentos asombrosos o Alfred Hitchcock presenta, y un largo etcétera) suelen distinguirse por reunir a varios autores. Pero Szifron arriesga con estilos diferentes, con tonos incluso diferentes dentro del conjunto, y sale victorioso. Le funciona tan bien el ambiente casi noir del quinto de los relatos, La propuesta, como el toque cercano al spagueti western del tercero, El más fuerte; es tan creíble el misterio de la historia que abre el filme, Pasternak, como el crescendo en el hartazgo de la cuarta, Bombita; y es tan divertido el desmadre cínico del segundo corto, Las ratas, como el psicológico de la que cierra Relatos salvajes, Hasta que la muerte nos separe.

Lo que hace de la película de Szifron una experiencia gozosa no es, en realidad, el hecho de que traspase límites, aunque eso por supuesto ayuda a que la diversión sea más completa, sino la forma en que consigue cerrar todas y cada una de sus historias de formas muy diferentes, entendiendo las distintas claves de cada una, tanto narrativas como visuales. Eso también hace que no sea del todo fácil entender la película como un bloque sin fisuras pero habla de la versatilidad de un director que demuestra una espléndida lucidez y que saca lo mejor de un reparto argentino en el que el espectador español destacará fácilmente a Ricardo Darín o Leonardo Sbaraglia pero en el que deslumbran nombres menos conocidos como los de Rita Cortese (inquietante hasta el extremo), Óscar Martínez (quizá el personaje más excepcional de toda la película, el mejor desarrollado y el que representa lo mejor del hartazgo del que habla) o Érica Rivas (retrato perfecto de la quiebra emocional y psicológica, sobre todo con un monólogo sensacional en la azotea). Que sea algo diferente ayuda a disfrutar aún más esta película tan gamberra.

viernes, octubre 17, 2014

'Ninja Turtles', mejor de lo esperado pero igualmente mala

Las conclusiones sobre Ninja Turtles son sencillas. Como película es mala, pero es obligado reconocer que podría haber sido peor. Cuando llegaron las primeras informaciones sobre la pretensión de Michael Bay de producir un reboot de las Tortugas Ninja, cada noticia que llegaba era peor que la anterior. Y algunas han llegado a formar parte de la película que ha llegado a los cines. ¿La historia? Inexistente. ¿La creación de los personajes? Atractiva en el caso de los cuatro héroes verdes y muy deficiente en el resto, asombrosamente torpe en algunos casos. ¿Y el villano? Entre lo peor de la película. En otras palabras, lo único que verdaderamente funciona es la construcción de las propias tortugas, lo que lleva a pensar que esta película, convenientemente recortada en la sala de montaje, podría haber sido un aparente piloto televisivo. Lo que se ha acabado haciendo es criticable en muchos aspectos y encasillable para audiencias casi infantiles. Tener más de diez años ya hace cuestionarse demasiadas cosas de Ninja Turtles.

El problema esencial de la película, excesivamente habitual en este tipo de productos, es no entender lo que se tiene entre manos. Las Tortugas Ninja nacen del cómic y tienen versiones animadas muy populares. ¿Es necesario desviar el foco de los personajes que todo el mundo conoce para dar a Megan Fox tanto protagonismo o para colocar como secundario cómico a Will Arnett? Probablemente no, pero se hace. Y en el caso de Fox, que interpreta a April O'Neil se le da un protagonismo tan excesivo como insulso, que acaba lastrando la película a niveles importantes no ya de ingenuidad sino incluso de cierta estupidez. Puede que sea una forma demasiado dura de calificar una película que, en realidad, no pretende ser más que un entretenimiento juvenil que engañe a algún que otro nostálgico para pagar una entrada, pero tendría que molestar más la simpleza con la que se despachan franquicias que, obviamente por su permanencia en la cultura de masas de su época, dan para mucho más.

Jonathan Liebesman, quién sabe en qué medida por satisfacer a su productor Michael Bay, lleva la película a terrenos que no benefician el resultado final. Ninja Turtles no necesita unas piezas de acción tan desbocadas y grandilocuentes como las que propone (la segunda, la persecución en la nieve, es terrible y no viene a cuento), y el resultado habría sido mucho mejor de haber apostado por lo que sí funciona: las propias Tortugas. Olvidando que a veces parecen tener la fuerza de Hulk, su aspecto no es tan molesto como podía parecer cuando se vieron las primeras imágenes, e incluso acaba siendo un vínculo con los primeros tebeos de Kevin Eastman y Peter Laird. Su humor, sus influencias de la cultura de masas, sus chistes, funcionan bastante bien, e incluso es fácilmente asumible el choque de caracteres entre los cuatro, ese que siempre ha protagonizado las historias de las Tortugas Ninja (Leonardo como líder, Raphael como rebelde, Michelangelo como cómico y Donatello como científico). Pero falla todo lo demás, una deficiente historia y una trama cogida con alfileres.

Y eso sucede porque se olvida el material de referencia e incluso lo más elemental de lo que debe de ser una adaptación. Una película de héroes con un villano que sólo aspira a lucir bien en pantalla (cosa que además no hace) está condenada a sufrir. Ninja Turtles sufre porque el majestuoso plan para dominar en el mundo (Nueva York, en este caso) es absurdo. Sufre porque Shredder es un personaje sin personalidad, sin pasado y sin conflicto. Y sufre porque, en realidad, todo da un poco igual. Todo menos el humor y la presencia de las Tortugas, que es con diferencia lo mejor que tiene la película. Lástima que este tipo de cine caiga tan fácilmente en lugares comunes y en caminos equivocados, porque si aprendiera a potenciar sus aspectos fuertes se vería un cine juvenil de acción mucho más atractivo. Ninja Turtles no lo es. Sin protagonista (Megan Fox es terrible), sin villano, con alguna gran secuencia de acción fallida, no hay mucho a lo que agarrarse. Y aún así ofrece cierto entretenimiento y la sensación de que, sí, podría haber sido peor.

jueves, octubre 16, 2014

'Así nos va', nombres y poco más

Puede que Rob Reiner no se encuentre entre los directores más venerados actualmente, pero en los años 80 y 90 demostró una categoría y una versatilidad que hacen que todavía haya interés por ver una película nueva suya. Y como es un director correcto, es difícil encontrarle fisuras. Pero Así nos va se queda ahí, en lo correcto, en lo inofensivo, en la presencia de su nombre y el de sus dos actores protagonistas, Michael Douglas y Diane Keaton, sin ganas de ir más lejos. Es verdad que hay muchas películas que no llegan a ese nivel de corrección, y ahí es donde se nota la mano de un tipo experto como Reiner y de dos actores ya veteranos y carismáticos, pero no hay mucho más. La película es previsible y por tanto blandita. Es exactamente lo que se intuye en ella, sin ganas de molestar ni tampoco de ser mucho más que un ligero entretenimiento, un telefilme engordado con el prestigio de su director y sus actores principales con el que los aficionados de Douglas y Keaton disfrutarán.

Vaya por delante que Así nos va es una película que cumple con su cometido, por sencillo que sea, y que lo hace en unos ajustados 94 minutos que impiden que la historia se complique más allá de lo necesario. ¿Que recuerda a otras tantas películas del mismo corte? Eso está claro. ¿Que el personaje malencarado de Michael Douglas casi parece una reblandecida evolución del Jack Nicholson en Mejor... imposible? Lógico, si tenemos en cuenta que ambas películas comparten guionista, Mark Andrus. Pero la sensación que deja es la de una cierta desgana y una notoria indefinición. No es una comedia clara, porque en realidad no llega a provocar carcajadas (ni es tan salvaje como quiere aparentar con ese primer chiste de Douglas con el perro), incluso pocas risas (y casi todas de las cínicas frases que hay en los diálogos de Douglas). Tampoco es un drama familiar, por mucho que haya situaciones que linden con esa temática en diferentes momentos de la película.

El guión, de hecho, es bastante más flojo de lo que parece una vez que se le dan dos o tres pensamientos detenidos. Durante la proyección, el carisma de Douglas y Keaton (más el de él que el de ella, quizá porque Keaton lleva ya unos cuantos años instalada en este género, en este papel y casi en este mismo aspecto) basta para que la historia fluya. Encajan bien, sus escenas juntos son de lo mejor de la película. Pero la resolución de las tramas es tan simple que Así nos va no da en realidad para mucho más. Algunos de estos segmentos del relato, de hecho, se cierran de una forma bastante torpe. Y aunque se juega la habitual baza infantil con la belleza y la simpatía de la joven Sterling Jerins, lo cierto es que lo más emocionante de la película no sale de su relación con los personajes de Douglas y Keaton, como sería lo lógico, sino de una pequeña subtrama con un matrimonio hispano que juega un papel bastante accesorio en la cinta.

Hollywood suele ofrecer muchas películas como ésta todos los años, comedias románticas, historias familiares, vehículos más o menos simpáticos en los que encuentra acomodo para sus grandes estrellas de ayer que hoy ya no tienen o ya no quieren tener un hueco en la primera fila. Y es ese carisma lo que hace que estas películas se reciban con cierto agrado, salvo notables excepciones que merecen una mejor consideración y que están hechas con mucho más tiento y talento. Así nos va es de las rutinarias, una que ofrece sus nombres y poco más, una con la que no se pasa mal rato pero que no aspira a nada más que eso, a mostrar a un Michael Douglas cínico y a una Diane Keaton incluso cantando para deleite de sus aficionados. Pero para ellos dos y para Reiner, por mucho que hace apenas cuatro años firmara una magnífica y desconocida película titulada Flipped, se puede decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. Salvo que nos desmientan en el futuro.

martes, octubre 14, 2014

'Annabelle', indigno spin-off de 'Expediente Warren

Saber que Annabelle está vinculada a Expediente Warren, de la que es un spin-off, hace que se valore mucho más el mérito que tuvo la película de James Wan y que esto indigno filme de John R. Leonetti quede aún más por los suelos. Es verdad que es un cine de terror efectista que, por el motivo que sea, tiene una audiencia a la que seguramente satisface. Pero no hay nada en él que sea genuino, imaginativo o especialmente bien resuelto. Muy al contrario, Annabelle es torpe, tramposa y roza lo mal hecho en demasiados momentos. ¿Ideas interesantes? Desde luego, es difícil que no las haya en una cinta de terror, un género que siempre busca lo más turbio. Pero la película es un fracaso estrepitoso en demasiados aspectos como para que no tenerlo en cuenta, y más aún insistiendo en esa vinculación que hay con Expediente Warren, una de las pocas películas de terror modernas hechas con inteligencia y un regusto que recuerda a clásicos eminentes del género.

Lo que parece inverosímil, aunque por supuesto es lícito que cada espectador disfrute con lo que quiera (esa es una de las grandezas del cine), es que no haya ya un hartazgo generalizado en el público ante este triste, previsible y facilón uso del sonido para provocar sobresaltos. Una vez puede ser divertido. Cuando se emplea constantemente, es una evidente falta de talento, y es lo que hace un Leonetti que nunca llega a ofrecer una puesta de escena interesante, que no domina el tempo de la película y que, siguiendo un guión de Gary Dauberman (consultar su filmografía sí que da verdadero pavor sólo con los títulos: Arañas asesinas, Bloodmonkey, Ciénaga diabólica), ni siquiera sabe sacar partido a algunas de las secuencias que plantea y que sí podrían haber sido interesantes. Se podría haber hecho más con unas cuantas, por ejemplo la del ascensor, pero o están mal llevadas o están muy mal concluidas (como es este caso), con lo que esto no queda más que en un sucedáneo de La semilla del diablo y El muñeco diabólico, entre tantas otras referencias nada disimuladas que se aprecian.

En realidad, titular la película como Annabelle (que, no olvidemos, es el nombre de la muñeca que conocimos en Expediente Warren) es ya desde el principio un pequeño engaño. Uno de muchos, porque la película es tramposa y está resuelta de esa manera. Suele suceder en el cine de terror, cierto, pero si se hace con talento esa es una condición pasable. En Annabelle, por desgracia, no hay demasiado talento. Efectismo sí, mucho, y a base de eso va avanzando la historia, que por momentos llega a ser aburrida incluso a pesar de sus 98 minutos. Eso es así porque durante demasiados momentos es una película muy inexplicable. No es lícito dejar que el entorno de fantasía oscura y terrorífica sirva para explicarlo todo, y eso es justo lo que hace Leonetti, cayendo en la rutina, en lo previsible e incluso en lo injustificado (las decisiones cotidianas de la protagonista, interpretada por Annabelle Wallis, en la segunda mitad de la película sobrepasan las fronteras de lo inverosímil).

Es inevitable colocar Annabelle entre lo menos interesante del cine de terror actual, por mucho que este tipo de películas sean, precisamente, las que mejor fortuna suelen tener en taquilla. Parece que el público de nuestros días disfruta enormemente con lo más fácil que tiene que ofrecer este género, y eso no deja de ser una lástima y, probablemente, una consecuencia de la escasa educación cinematográfica que tienen muchos de los jóvenes de hoy en día. Lo único que hay en Annabelle son sustos, y sustos además baratos (el presupuesto de esta película es bastante inferior al de Expediente Warren), pero sustos que no se sostienen más allá de la proyección del filme. El terror tendría que ser otra cosa, y por supuesto el buen cine también. No basta con un segundo de sobresalto si el andamiaje que se construye a su alrededor es tan torpe como el de este spin-off. Pero sobre todo no basta que ese segundo oculte una película que roza el sopor y que está muy mal resuelta.