viernes, febrero 24, 2017

'T2 Trainspotting', viejos amigos y moraleja confusa

Aunque en T2 Trainspotting se hable de los veinte años que han pasado con respecto a la primera película, aquella alucinógena historia social que se montó Danny Boyle cuando todavía no tenía la fama que tiene hoy en día, en realidad son 21 los que han pasado desde el estreno. Y el tiempo, por muy tópico que sea decirlo, no pasa en balde. T2, lo que para muchos seguirá siendo una referencia a la secuela del Terminator de James Cameron, es, simple y llanamente, una reunión de viejos amigos y casi un epílogo de la historia original. No hay mucho más en el filme, por entretenido que pueda ser, porque su moraleja es confusa. Es difícil dilucidar cuál es exactamente el propósito de la película, más allá de esa reunión de viejos amigos, porque los propios personajes van dando tumbos hasta llegar a un final que, básicamente, nos deja en el mismo punto.

Lo de la reunión de viejos amigos, de hecho, funciona dentro y fuera de la pantalla con la misma facilidad. Boyle ha recuperado a sus actores originales (Ewan McGregor, Ewen Bremner, Jonny Lee Miller y Robert Carlyle) porque sin ellos, en realidad, no tendría mucho sentido la película. Y ellos se han metido en la piel de sus personajes con la misma facilidad que hace veinte años. En este sentido, y solo en este, no parece haber pasado el tiempo. Pero en realidad la nostalgia se apodera de todo, incluso es uno de los temas que se exploran en la película, y es probablemente la razón más poderosa para disfrutar de ella, porque el resultado es algo que, aunque se deja ver por cualquiera gracias a que Boyle hace una buena contextualización, está pensado para fans. No hay otra manera de entender que Boyle recupere planos e incluso recree escenas de la cinta original con otros autores a los capta de lejos o en planos difuminados.

Pero, claro, recuperar una película de hace veinte años para hacer una secuela requiere algo más que volver a ver a los colegas, sea en un set de rodaje o en una pantalla, y eso no termina de apreciarse. Le falta un punto del toque macarra que tenía la película original, y cuando eso sí se ve en este T2 es precisamente cuando más fácil es conectar con la película (memorable la escena en el pub en la que los personajes de McGregor y Lee Miller perpetran su primer golpe tras reunirse). Pero antes y después de ese punto hay muchos giros y requiebros, incluso después de un prólogo interesante, sublimación absoluto de la estética visual ya conocida de Boyle que se va reproduciendo en muchos momentos de la película, la historia tarda en arrancar. Eso sucede porque el director sabe que tiene que recolocar sus piezas, que ha de sentar las bases para conectar dos historias con veinte años de diferencia y cuatro personajes que explicar. Y pesa un poco, aunque finalmente arranca.

Cuando lo hace, se atisba la opción de que la segunda parte de Trainspotting llegue a algo concluyente, pero al final, con un clímax algo rocambolesco que diluye buena parte del tono crítico que se podía intuir y deja a los personajes en un punto muy, muy parecido al de partida. Pero el caso es que han pasado dos horas, un tiempo en el que no se pasa mal pero que dejan la sensación de que la película está bastante más vacía de lo que parece. Es lo que tiene la nostalgia, que por sí sola justifica en muchas ocasiones el regreso a escenarios ya conocidos pero que si no consigue algún apoyo más se convierte en un simple reclamo sin mucho más que ofrecer. Boyle, en todo caso, casi siempre ha destacado más por intentar capturar al espectador por la estética que por la historia, incluso cuando ha acumulado premios como le sucedió en la sobrevalorada Slumdog Millonaire. Y como la estética convence, la película aprueba. Pero no mucho más.

viernes, febrero 17, 2017

'Jackie', un retrato tan solemne como impreciso

Es difícil resistirse al encanto que, antes incluso de que arranque la película, tiene un retrato cinematográfico sobre Jackie Kennedy. Probablemente, estemos ante la misma sensación hipnótica que tenía la esposa de John Fitzgerald Kennedy, la Primera Dama por excelencia de la historia norteamericana moderna. Y es más difícil todavía cuando asistimos a una interpretación tan extraordinaria como la de Natalie Portman. Pero si solemne es la forma en la que Pablo Larraín da vida a Jackie, también se puede decir que es algo imprecisa. Jugando mucho con el montaje, Larraín pierde de vista un enfoque concreto y al final de la película es difícil saber si lo que pretendía con la película es glorificar la figura de su protagonista, si pretende criticar su comportamiento tras el magnicidio de Dallas o si no es más que un retrato de lo complejos que fueron aquellos días posteriores al último asesinato de un presidente norteamericano.

Si esas dudas cobran importancia es, fundamentalmente, porque Larraín apuesta por un mosaico bastante intrincado en el montaje. La película, lejos de ser lineal, se centra en tres momentos diferentes. Por un lado y como hilo conductor, la primera entrevista que concedió Jackie a los medios tras el asesinato de su marido. Por otro, el fundamental por tiempo en pantalla, la gestión del funeral de Kennedy y el dolor de Jackie. Y, finalmente, la conversación que Jackie mantiene con un cura interpretado por John Hurt, en lo que ha acabado siendo su testamento cinematográfico. Y por si fuera poco, va deslizando como flashback la famosa secuencia de Dallas vista desde el punto de vista de la Primera Dama El cineasta chileno trata por todos los medios de dar coherencia al complejo montaje y no siempre parece conseguirlo, sobre todo porque no termina de conectar las escenas de manera fluida.

Ese es quizá el gran problema que plantea una película que, casi sobra decirlo, está planteada a mayor gloria de su protagonista. Portman, una actriz tremendamente brillante cuando asume que su papel es importante, se mete en la piel de Jackie Kennedy de una manera formidable. Una vez más, resulta imprescindible recomendar que esta película se vea en versión original, aunque sólo sea para valorar el esfuerzo de la actriz con su voz. Sus gestos, su movimiento corporal y, una nueva demostración de que hay muy pocas actrices que sepan llorar en pantalla como ella son argumentos que se van a disfrutar independientemente del idioma en que se vea la película. El otro gran acierto del filme está en la pericia de Larraín para generar solemnidad. Jackie es, efectivamente, una historia solemne. Quizá lo es demasiado en escenas que necesitan esa cualidad, pero cuando llegamos al final de la película se comprende con facilidad que la pretensión del director chileno está más que justificada.

Larraín no se ha buscado un trabajo fácil para su primera película en inglés, porque la figura que representa es un icono. Pero la ventaja es que es un icono del que, en realidad, la mayoría de los espectadores sabe muy poco. Por eso la película se detiene en tantos aspectos, por eso se esfuerza en retratarla como Primera Dama, como madre, como viuda, como estrella mediática incluso y como adalid de un cambio de estilo en la Casa Blanca. ¿Pero todas esas facetas terminan conformando un personaje, un retrato, una historia? Da la sensación de que no, y si se queda al borde de lograrlo es, sobre todo, por la majestuosa interpretación de Portman, la auténtica razón para que la película perdure. No es que Larraín falle, ni mucho menos, porque la tarea era de una envergadura casi titánica. Pero la película, Portman aparte y asumiendo sus muchos aciertos, no termina de alcanzar todo lo que prometía.

viernes, febrero 03, 2017

'Resident Evil. El capítulo final', aburrido caos

Desde hace muchos años, Hollywood tiene en su conciencia popular que las películas de acción con mujeres como protagonistas no funcionan. Este saber se refiere a la taquilla, que no a los méritos artísticos, cinematográficos o espectaculares de estos productos, y sin embargo hay dos sagas que parecen resistirse a ese principio, las dos son de Sony y las dos han tenido una nueva entrega este mismo año: Underworld, con Kate Beckinsale, y Resident Evil, con Milla Jovovich. Las dos sagas han superado ya las cinco entregas, y en el caso de la segunda, la que nos ocupa, que es la sexta, lo ha hecho con la pretensión de poner, al menos, un punto y aparte. El capítulo final es el curioso aunque no del todo exacto título de una entrega que sí parece buscar el cierre de las tramas originadas ya hace nada menos que quince años, cuando Jovovich se convirtió por primera vez en la atlética Alice, una mujer dispuesta a luchar contra todos los zombis del mundo.

Porque, siendo francos, Milla Jovovich es todo lo que vamos a sacar en claro de este El capítulo final de Resident Evil. La saga, en realidad, nunca fue sobre zombis, que ya han quedado como una simple excusa para dar algo más de locura visual a alguna que otra escena. Todo esto va de ver a Milla Jovovich en acción. La pega es que Paul W. S. Anderson apuesta por un montaje atolondrado, en el que incontables planos que no llegan al segundo de duración se van juxtaponiendo para dar vida a unas escenas caóticas, imposibles de seguir, y que restan toda eficacia al trabajo de los coreógrafos en primer lugar y de los actores después. Es curioso que esta forma de entender la acción siga marcando tantos y tantos títulos, porque resulta tan mareante que no tiene demasiado sentido narrativo. Anderson, desde luego, se muestra como todo un maestro en este pretendido arte con el que busca cerrar el círculo que él mismo abrió con la primera Resident Evil.

El objetivo de la película es evidente. Es un divertimento para ya convencidos, por mucho que la cinta arranque con un completo resumen que busca que cualquiera pueda entrar en la película, incluso sin haber visto ninguna de las anteriores. Lo que resulta menos aceptable es la desidia con la que se crea la historia a partir de esa premisa. El guión quiere jugar con la idea de la identidad, pero se queda en algo completamente desaprovechado. Asusta ver que en cada escena hay por lo menos dos o tres situaciones absolutamente imposibles de explicar, salvo por el simplista argumento de que las cosas no pueden suceder de otra manera. Alice siempre tiene a mano algo que utilizar en sus combates. Los golpes no le causan heridas. Las muertes siempre se producen tal y como se espera que se produzcan. Todo es como en un videojuego de hace décadas, cuando solo había una manera de pasar de fase después de hacer que todo encajase. Pero esto es cine y eso no es suficiente.

Que nadie espere diálogos brillantes o soluciones narrativas bien pensadas, porque no las hay. De hecho, esta entrega de Resident Evil es, en general, bastante aburrida e incomprensible.Y sí, probablemente quienes hayan disfrutado de la serie hasta este punto también lo harán con esta quinta parte, porque aúna muchos guiños, sobre todo a la primera película, y cumple con bastante fidelidad con lo que sus responsables han querido ofrecer desde el principio. Pero eso no impide que estemos ante un producto más bien flojo que, pese a todo y aunque aún le quedan mercados por explotar como el español, ya ha alcanzado el taquilla el doble de dinero de lo que costó. Como Underworld, por cierto. ¿Será que para que una heroína triunfe en la pantalla hay que apostar por esta vía tan denostable desde la crítica? Porque, desde luego lo que cabe esperar es que este Capítulo final sea, efectivamente, el último.

domingo, enero 15, 2017

'La ciudad de las estrellas. La La Land', portentosa delicia

La maestría con la Damien Chazelle compuso Whiplash hacía esperar lo mejor de su siguiente trabajo. Pero La La Land supera las expectativas. Desde un formidable ejercicio de nostalgia por un género oficialmente declarado muerto pero que en sus coletazos ha dejado ya más de una obra de arte, Chazelle logra una portentosa delicia que encandila desde el brutal número inicial, en el que es imposible contar en cuántos momentos podría haber salido mal un plano secuencia de semejante complejidad, hasta el increíblemente hermoso final de la película, que deja con la lágrima en el rostro, con la sonrisa en la cara, con el corazón en un puño y con el alma feliz de haber asistido a uno de esos raros espectáculos cinematográficos en los que todo parece estar en su sitio para lograr el objetivo de conmovernos durante algo más de dos horas que desbordan tanto talento y a tantos niveles que parece difícil no caer rendidos a los pies de este filme.

Viviendo en el mundo en el que vivimos, en el que los odios se acumulan por las más pintorescas razones y a veces sin haber visto las películas, esta oleada de entusiasmo que ha generado La La Land casi obliga a ir con recelo. Ni su extraordinario trailer, toda una lección de márketing para los que piensan que es necesario destripar una película para venderla, ni el ya mencionado precedente formidable que fue Whiplash parecían contar tanto antes del incomprensiblemente retrasado estreno en España por el éxito sin precedentes en los Globos de Oro. Y sí, viendo La La Land casi parece que se despiertan las alertas intentando encontrar algo que no funcione, algo que lleve a proclamar que estamos todos exagerando, que no es tan buena como se está diciendo. Qué cosas, lo es. Es una auténtica maravilla porque Chazelle es, ahora mismo, el genio de la lámpara que ha fusionado como hacía tiempo que no se hacía el cine y la música.

No hay nadie en el cine contemporáneo que entienda mejor que él la unión entre esas dos artes. Nadie que sepa rodarla de maneras tan diferentes, en el escenario de un gran musical clásico y en el entorno cerrado de una pequeña habitación. Nadie que combine de esa manera amplios y mágicos encuadres con preciosistas primeros planos, que evidencian que Chazelle es un portentoso director de actores, que sabe extraer hasta la última gota de encanto, carisma y elegancia que tienen dentro Emma Stone y Ryan Gosling, dos actores que hacen un trabajo formidable y encantador, cargado de carisma, que triunfan en la faceta musical pero también en la dramática, que bordan cada uno de sus bailes pero que consiguen que La La Land sea una delicia porque es facilísimo entrar en sus cabezas y en sus corazones, cuando las cosas les van bien y cuando les van mal, desde la encantadora escena en el cine viendo Rebelde sin causa hasta el glorioso plano-contraplano que lleva al límite su relación.

Cuando empieza La La Land, los pies no dejan de acompañar la música. Cuando finaliza, es el corazón el que se mueve al son de lo que dicta Chazelle. Lo que se aventuraba ya con ese arranque como un gran musical (qué demonios, desde la belleza de su trailer) se convierte con el paso de los minutos en una película inolvidable, que supera la genialidad técnica que exige un despliegue coreográfico como el que necesita una producción de esta naturaleza, genialidad que no pierde en ninguno de sus números musicales, con una maestría artística de las que dejan huella y que alcanza su cenit en unos diez finales hermosos, magistrales, concentración de todo lo que ha explotado durante las casi dos horas previas y que termina de cerrar una de esas experiencias que merece la pena vivir a corazón abierto, para que el cine pueda tocarlo y enseñarnos que la magia no ha muerto y que aún es posible ver formidables cantos de amor al cine, a la música y a la vida como este.

viernes, enero 13, 2017

'Underworld. Guerras de sangre', sí hay quinto malo

Vaya por delante que tiene un mérito indudable que una saga llegue a su quinta película. Mucho más si hablamos de una serie como Underworld, en la que realmente ninguno de sus títulos previos se puede considerar como un hito en el cine fantástico. Pero sí, en contra de lo que reza el saber popular, sí hay quinto malo y Guerras de sangre, que así se titula esta cinta, que por desgracia parece que no va a ser la última a tenor de esa última escena de esta entrega. A esa escena se llega después de 91 minutos en los que no pasa gran cosa, que arrancan con un recordatorio excesivamente largo de lo que hemos visto en las películas precedentes y en el que asistimos a un olvido bastante absurdo de algunas tramas, al desarrollo a veces hasta ridículo de otras y al poco esfuerzo de hacer que haya algo nuevo, si acaso el nuevo aspecto de la Selene a la que da vida Kate Beckinsale que los pósters de la película ya se han encargado de reventar.

El caso es que Guerras de sangre tendría que ser una película pensada para fans de Underworld. Estamos ante la quinta película de la serie, no podría ser de otra manera. Y el caso es que no, que da la sensación de dar demasiadas explicaciones que no se necesitan, tanto sobre las tramas como sobre el desarrollo, con unas transiciones entre escenas tan torpes que llegan a ser incomprensibles, como los planos del tren o de Selene y el David de Theo James... montando a caballo, animales que estarían muy tranquilos sabiendo que sus compañeros de viaje son vampiros sedientos de sangre... aunque en realidad hay muy poca sed de sangre. Y poca inteligencia. Eso, en el fondo, es lo que molesta de una película como esta, que no se toma en serio a sus personajes a un lado de la pantalla ni a sus seguidores en el otro. Y así, con villanos que tampoco están a la altura ni sobre el papel ni en la pantalla, el naufragio resulta inevitable, porque no hay un progreso ni nada nuevo. Sólo rutina.

Y rutina, además, que no tiene mucho sentido. El problema de partida está en el guion de Cory Goodman, firmante de otros dos guiones horrendos como los de El sicario de dios o El último cazador de brujas, que da vueltas sin llegar a ningún sitio, que hace desfilar personajes a veces sin sentido, con acciones difícilmente explicables (¿una fortaleza impenetrable de la que se escapa rompiendo una verja con un coche y en la que se entra desmantelando la seguridad apretando un botón?; ¿para qué demonios quieren los licántropos la sangre de la hija de Selene si el personaje no tiene ninguna trascendencia en la película ni condiciona nada de lo que sucede en ella?) y, sobre todo, con giros argumentales tan fáciles de ver que casi provocan sonrojo. Es facilísimo saber qué personajes van a morir y cuándo. Eso si se llega a mostrar, porque de alguno, de cierta importancia, apenas se atisba cómo acaban en la película.

El caso es que la excusa principal para seguir viendo Underworld sigue siendo la misma, Kate Beckinsale. La actriz, que nunca ha llegado a tener una progresión real en su carrera y que nunca ha logrado ser una heroína de acción más allá del personaje de Selene aunque tenía la capacidad para ello, sigue cumpliendo con lo que se le pide, tanto en el plano físico como en el dramático, pero las películas le dan tan poco margen para hacer algo destacado que ese esfuerzo queda algo diluido. Como la presencia de Charles Dance, que casi se antoja irrelevante aunque preste algo de enjundia al asunto. ¿Suficiente? En absoluto. Tanto Beckinsale como Dance se ven arrastrados por este trabajo de andar por casa que reduce la escala de lo que tendría que se runa gran guerra a unos cuantos disparos en un escenario cerrado, a un par de peleas de coreografías más o menos resultonas o a unos efectos digitales que no destacan demasiado. Y aún así, habrá sexta película. Que el dios de los vampiros y el de los licántropos nos pille confesados.

viernes, diciembre 30, 2016

'Passengers', a medio camino

Es relativamente fácil tener una buena idea. Relativamente, ojo, que no se trata de quitar méritos. Passengers tiene una muy buena idea de partida. Una nave que transporta a más de 5.000 personas a una colonia de otro mundo sufre una avería y una de las cápsulas de hibernación se abre por error 90 años antes de alcanzar el destino. La idea, insisto, es muy buena, porque abre un inmenso abanico de posibilidades. ¿Qué hace un hombre solo en un crucero de lujo y sabiendo que va a morir de viejo sin que nadie lo sepa? Muy buena idea, sí. De pronto, otra cápsula se abre. Y tenemos a una mujer en el escenario. Espléndida idea. Las circunstancias en las que se produce el encuentro suponen una idea todavía mejor. Pero cuando llega el final de Passengers la sensación que queda es la de haber asistido a un conjunto de buenas ideas que dan como resultado una película muy entretenida, de enorme química entre sus actores pero que se queda un poco a medio camino de todo.

De hecho, se puede decir que Passengers es una de las propuestas recientes de ciencia ficción que más posibilidades tiene y menos se atreve a explorarlas a fondo. Una pena, porque hay escenarios muy sugerentes en los que da la sensación de que tanto Chris Pratt como Jennifer Lawrence habrían podido sacar un partido excelente. Porque la química se ve, se nota, se siente, se palpa. Es la base de la película, al mismo nivel que el muy atractivo punto de partida, el que permite a Morten Tyldem saltar de la magnífica The Imitation Game, un relato histórico, a este desafío de efectos visuales que queda algo cojo en su guion.  Es verdad que hay un problema de base en la película, y es que todo el misterio que podría tener se agota en un innecesario prólogo, que hace que el último acto de la película sea únicamente espectacular desde el punto de vista visual pero nada eficaz en lo dramático, también por la habitual falta de valentía que suele haber en este tipo de producciones.

Y el caso es que no se puede decir que no sea una película eficaz ni entretenida. Lo es en ambos niveles, porque plantea dilemas y debates que perduran después de que se acabe la cinta (el más grande de todos, el que precisamente sirve para cerrarla), y porque en el fondo es difícil resistirse a una misión para salvar una nave espacial gigantesca de su propia destrucción, y más a una que presenta un diseño que mezcla elementos bastante originales con otros que inevitablemente recuerdan a 2001. Una odisea del espacio, la en tantos aspectos premonitoria película de Stanley Kubrick. Por supuesto, Passengers no aspira a tanto y se conforma con que Pratt y Lawrence (sin olvidarse del espléndido y últimamente algo desaprovechado Michael Sheen) sepan dar vida a una historia emocionante, emocional y llevada con cierta habilidad, aunque sea sin sacarle todo el jugo que sí podría haber tenido.

No es fácil hablar de Passengers, al menos hacerlo con claridad, sin desvelar buena parte de su trama, y eso es algo que aquí no se va a hacer. Los trailers ya son suficientemente reveladores (y tramposos, también muy tramposos) como para sumarse a esta absurda corriente que parece empeñada en que no disfrutemos de las historias según las han planteado sus autores. Passengers, como buena película que se basa en apenas un par de personajes, es una historia que merece la pena ir descubriendo y saboreando poco a poco. Es ahí como funciona mejor. Entrando con el protagonista en cada nuevo escenario y dejándose llevar por una propuesta de ciencia ficción tan notable como su vertiente más humana. Lo segundo genera ciertas dudas, porque ni Tyldum ni el guionista Jon Spaihts (firmante de obras tan dispares como Prometheus, Doctor Strange o la infumable La hora más oscura) sacan lo máximo de su propuesta. Lo primero es intachable, y no sólo por los efectos, sino por la imaginación.

domingo, diciembre 18, 2016

'Rogue One. Una historia de Star Wars', ¿por qué renegar de lo que es genial?

Si se ha crecido con la magia de Star Wars y si no se ha caído en el descreimiento global de estos tiempos en los que todo parece saberse pero en el que hay más ruido que análisis, es difícil no entrar en Rogue con esperanza. O, al mismo, con curiosidad. Star Wars ha sido, hasta ahora, una franquicia lineal. Está ordenada en episodios correlativos. Y Rogue One, que parece renegar al principio de la herencia cargándose la intocable fanfarria inicial, se cuela entre ellos como una mezcla de spin-off, reinterpretación y verso libre. Si J. J. Abrams y El despertar de la Fuerza habían devuelto Star Wars a los cines siguiendo el patrón clásico, llegando casi a la reiteración sin pudor, Rogue One tenía que ser algo diferente. Lo es y no lo es. Porque lo curioso es que cuando lo es el éxito no es tan acertado como cuando no lo es. Falla la película al establecer buena parte de la nueva mitología, lo que resta conexión emocional con bastante de los personajes, incluyendo una Alianza rebelde algo desdibujada, pero triunfa cuando se recupera la idea de hacer un Star Wars brillante.

Eso sucede en la segunda mitad del filme, cuando la cinta de Gareth Edwards se desata a todos los niveles. ¿Un ejemplo? Darth Vader. No hay más que observar su primera escena, que deja cuantiosas dudas sobre la forma en que se ha plasmado a uno de los más grandes iconos de la ficción popular del siglo XX (y XXI), y la segunda, que se convierte en uno de los momentos más memorables no sólo de la franquicia, sin lugar a dudas, sino también del cine contemporáneo. Es ahí cuando todas las dudas, que ya parecían solventadas desde muchos minutos antes, desaparecen por completo, porque es ahí cuando Star Wars vuelve a cobrar forma en la pantalla de una manera impresionante, por el respeto reverencial que hay hacia el legado de la serie pero también por el noble intento de contar algo que hasta ahora no habíamos visto. De esas dos cosas hay mucho en Rogue One, por lo que los defectos quedan algo olvidados cuando finaliza la película.

Los hay, eso está claro, y aunque a primera vista son más palpables de los que tenía El despertar de la Fuerza porque afectan a la construcción del andamiaje de una película que sabemos autoconclusiva y que no se puede escudar en lo que veremos en el futuro, cuando acaba la película el sabor de boca es más satisfactorio que con el filme de Abrams. Y eso que la producción ha estado salpicada de reconstrucciones, cambios de giro, rodajes de nuevas escenas e incluso, viendo los trailers, de algún cambio de orientación bastante importante. Pero el resultado merece la pena porque, esta vez sí, conjuga el respeto a lo clásico con alguna interpretación nueva bastante notable. Hay personajes a los que nunca hemos visto, muchos. Y hay otros a los que nunca hemos visto como aquí. Edwards logra que el extenso clímax de la película, casi tan extenso como el de El retorno del Jedi, entretenga como lo hacían estas películas antaño.

Eso, sobre todo, sucede en su tramo final, cuando la larga y algo fallida presentación de muchos de los protagonistas ya no cuenta tanto, cuando lo que toca es dejarse llevar por ese montaje paralelo de diversos escenarios una gran batalla que Star Wars sabe mostrar como ninguna otra saga de ciencia ficción (sí, eso se hace incluso la tan denostada La amenaza fantasma), por la magia del Ala-X, de la Estrella de la Muerte, de la Fuerza, de los blasters y del Imperio. Star Wars es eso, pura magia. Y Edwards, sin llegar a hacer una película redonda porque pesan muchos los agujeros de su primera hora, ha respetado esa magia. La ha moldeado y, aún con injerencias, la ha hecho suya. Rogue One no tiene el espíritu aventurero del Episodio IV, el original, pero sí sabe adentrarse en los terrenos más oscuros que planteaba El Imperio contraataca desde una perspectiva más moderna. Puede faltarle alma a la presentación, pero su climax deja sin aliento. Como si eso fuera habitual hoy en día.