viernes, abril 24, 2015

'El maestro del agua', el afortunado debut del Russell Crowe director

El maestro del agua es la primera película que dirige Russell Crowe y su debut puede calificarse a grandes rasgos de afortunado. Y es que su enorme categoría como actor ha encontrado un interesante reflejo detrás de las cámaras, desde donde también demuestra tener algo que contar. Su mirada es clásica, pero también sabe ser espectacular cuando lo necesita. La historia que ha escogido, la de un australiano que viaja a Turquía en busca de sus tres hijos, combatientes en la batalla de Galípoli durante la Primera Guerra Mundial, le permite el lucimiento en esa doble faceta. Como actor, sigue siendo tan eficaz que parece difícil encontrarle pegas. Como director, es verdad que cae en algún tópico de esos que parece inevitable, como los momentos en los que El maestro del agua parece una hermosa postal o asimilando la concesión al toque romántico que tiene la película sin que realmente lo necesite ni aporte demasiado, pero rueda francamente. Ha pasado por las manos de muchos grandes y se nota que ha aprendido.

Como las batallas que se muestran en el prólogo y después a modo de flashbacks no son el centro de El maestro del agua, Crowe no se vuelca en ellas. No le interesa el gran cuadro, sino pinceladas muy concretas que le sirven para definir a sus personajes. Quizá se le escapa ahí una oportunidad de hacer un filme más espectacular, pero da la impresión de que no es lo que quiere, que beneficia el aspecto de Joshua Connor, el personaje que interpreta el propio Crowe, como padre. Y de esa manera, hay más en las miradas que en las grandes panorámicas, más en las miradas y en los diálogos que en el cuidado proceso de recreación de la época y los exóticos lugares que adornan el filme para deleite del espectador occidental. Por eso no hay tanto disfrute en los planos turísticos y culturales y sí en las escenas más intimistas, desde el impresionante momento en el que Crowe lee Las mil y una noches en la habitación de sus hijos hasta el instante en el que descubre qué fue de ellos durante la batalla.

A Crowe aún le faltan cosas por pulir, por supuesto. Hay un ligero abuso del flashback, incluso repitiendo algunos momentos, lo que a veces ralentiza la película, pero sabe de su importancia para construir la historia y los maneja bien con frecuencia. De hecho, una de las mejores secuencias de la película es un flashback que le permite un gran lucimiento físico, actoral y narrativo, en el que montando a caballo va en busca de sus hijos, todavía niños, cuando les sorprende una tormenta de arena. Ahí se ve la capacidad de Crowe como cineasta, convencido en lo que hace, sabedor del poder de la imagen y el sonido, pero también consciente de que la única forma de contar algo es a través de unos buenos personajes. El suyo lo es, el de Olga Kurylenko también, y el de Yilmaz Erdogan también, aunque en algún momento da la impresión de que podría haber sido aún más grandioso. En realidad, como toda la película, que deja un muy buen sabor de boca pero no termina de alcanzar un lugar aún más privilegiado.

Con sus defectos, que se pueden reunir en torno a los clichés que resultan más habituales en el cine de corte hollywoodiense, El maestro del agua es en todo caso una película muy atractiva, una aventura clásica, que sabe sacar partido a su exótico escenario, a su ambientación en la Turquía del primer cuarto del siglo XX para enmarcar una historia universal, francamente bien dirigida y muy bien interpretada (imposible no destacar también el breve pero muy intenso papel de Jacqueline McKenzie, en realidad motor emocional y argumental del filme). Y si hay algo que Crowe maneja muy bien en la película es la intensidad personal, la que estalla en una discusión a tres bandas que precipita el último tercio del relato y que en realidad forma parte de muchos más momentos a lo largo de sus algo menos de dos horas de notable cine. Así es casi imposible no sentir interés por saber cómo desarrollará Crowe su carrera como director, porque su debut deja un más que apreciable buen sabor de boca.

'La sombra del actor', una disección curiosa

En las primeras escenas de La sombra del actor es inevitable pensar en Birdman, con la que hay incluso una coincidencia asombrosa en un instante, y la curiosidad aumenta cuando se comprueba que ambas películas se enseñaron en el pasado Festival de Venecia, la de Barry Levinson tres días después de la Alejadndro González Iñárritu. En realidad, sus semejanzas pasan sólo por la disección del actor que realizan, pero si bien aquella es un fresco colectivo de lo que sucede en el backstage y en el escenario de una obra, esta se centra en la caída al infierno de un intérprete que ya no quiere seguir siéndolo. Es inevitable sentir cierta confusión, porque la película es una a ratos extraña montaña rusa emocional que va variando de foco y casi hasta de tono, pero Levinson, con un Al Pacino que se queda la película prácticamente para él solo (generalmente para bien), consigue un intrigante drama y una agradable comedia, mezclando ambos elementos en una historia quizá algo más artificial de lo que parece pero que mantiene el interés hasta el final.

Lógicamente, la presencia de Pacino tiene mucho que ver en eso. Como le ha sucedido en las últimas décadas a tantos grandes actores del Hollwyood de los años 70, Pacino no está protagonizando ahora sus mejores películas, pero de vez en cuando tiene chispazos muy interesantes. La sombra del actor es uno de ellos, porque la disección del actor que propone la película es casi un trabajo personal e intimista que se asoma a su propia personalidad. Es fácil caer en la tentación de pensar cuánto hay de Pacino, o de cualquiera de estas otras estrellas que se alejaron del cine de calidad que les convirtió en quienes son, en la figura de este Simon Axler, imaginado en primer lugar en la novela de Philip Roth en la que se basa el filme. La sombra del actor funciona mejor cuando más ambiguo es todo. Cuando Levinson intenta explicar las cosas es cuando la película llega a territorios menos afortunados. Ahí y en el uso del tiempo, no siempre demasiado acertado.

Lo que mejor funciona en el filme es su surrealismo. Pasado el momento inicial, que intenta añadir una carga intelectual que la película en realidad tampoco necesita, son las vicisitudes a las que tiene que hacer frente Axler las que dan vida al filme. Y casi siempre es un surrealismo en femenino, que pasa por las figuras de cuatro mujeres: Pegeen (Greta Gerwig), la hija de una pareja de actores a la que hace años que no ve; su madre (Dianne Wiest); la acosadora e insistente ex novia de la joven (Kyra Sedgwick); y la desequilibrada compañera de internamiento de Axler (Nina Arianda). Pacino se divierte en las escenas con ellas, también en las ensoñaciones con las que Levinson quiere dejar al espectador con la duda de si está ante una historia realista o ante las visiones de un actor esquizofrénico. Y Levinson deja que sus actores gocen más que sacar conclusiones o hacer juicios de valor. Quizá falta algo más de concreción en la película, que no de explicaciones, para que el resultado sea más completo, pero por el camino deja algunas escenas y personajes interesante.

Con la simple presencia de Levinson tras la cámara y de Pacino al otro lado (y la de Wiest, y la de Segdwick), La sombra del actor tiene más que garantizada la atención. Y aunque ambos están lejos de sus mejores momentos, algo mucho más apreciable en el que caso del director que del intérprete, el resultado es lo suficientemente atractivo como para disfrutar de la experiencia. No es ni la disección definitiva del actor, esa figura que ha ganado progresivamente la atención del mismo cine en los últimos años, ni tampoco la mejor película posible con el material que Levinson tenía sobre la mesa, pero acaba resultado una comedia con algunos aciertos notables y un drama sugerente sobre lo que se cuece en la mente de un actor, que no deja de ser en realidad un embaucador al que siempre le permitimos que nos embauque. Como la película, de hecho, que sabiendo perfectamente que tiene sus flaquezas acaba convenciendo con el magnetismo de su protagonista.

'La pirámide', el horror... pero cinematográfico

Cuando uno ve La pirámide, la pregunta que surge de inmediato es cómo es posible que una película así pueda, no ya llegar a estrenarse, sino simplemente hacerse de esa forma tan lamentable. Si hay un género que es fácilmente maltratable, ese es el terror, pero hay filmes como este que se salen de las escalas. Está realizada, interpretada y escrita con tal torpeza que parece mentira que sea una obra profesional, con un gran estudio detrás de ella y que incluso llegue a los cines, cuando siendo más que benévolo es carne de videoclub. Siendo, en realidad, muy benévolo. No siendo demasiado quisquilloso, la verdad es que la película podría haber sacado partido de una ambientación correcta, pero la dirección del debutante Grégory Levasseur, una cierta sensación amateur de la que es imposible sustraerse y unos diálogos terriblemente torpes, tópicos y absurdos, ejecutados por unos actores que no se creen absolutamente nada de lo que están diciendo terminan de rematar a un filme de horror... pero cinematográfico, sí.

La pirámide sigue los pasos de dos arqueólogos, un técnico, una periodista y un cámara que acaban en el interior de una construcción egipcia recién descubierta e inexplorada. El toque exótico del escenario pierde encanto bastante pronto. La mejor manera de entender que es un filme bastante malo es que no provoca ninguna sensación de terror. Al contrario, bordea las involuntarias arenas de la comedia con situaciones y frases lapidarias completamente inverosímiles. En realidad, la advertencia es clara desde el principio, cuando parece que va a ser uno de esos ya incontables filmes de género que se narran mediante cámara en mano, ese subgénero tan poco exitoso del found footage, y muy pronto comienza a hacerse trampas hasta en eso, pasando a una narración tradicional complementada con esos planos grabados por los propios personajes y aderezados con la terriblemente tópica frase de uno de los personajes instando a otro a dejar de grabar. Si ese fuera el único problema del filme, no irían mal las cosas, pero no.

La torpeza con la que está escrita el guión es tan grande que presenta a una periodista que se va a Egipto a cubrir una excavación como esta y le sorprende el nombre de Osiris. O incluye una escena en la que hace falta un arqueólogo supuestamente extraordinario para interpretar como una amenaza un jeroglífico en el que le están reventando la cabeza a un personaje. Por no hablar de la incompetencia con la que expertos al parecer de renombre y experiencia se adentran alegremente en una pirámide sin equipo y sin precauciones serias, o de ese extraordinario momento en el que intentan rescatar a una víctima de una de las por supuesto previsibles trampas con las que se topan en el interior de los túneles de una forma asombrosamente ignorante. La única forma de pasar los afortunadamente breves 89 minutos de la película es tomársela a broma, como por desgracia suele suceder demasiadas veces en el género de terror. Si eso lo hubiera hecho Levasseur, igual se podría haber rescatado algo, pero por razones difíciles de comprender da toda la impresión de haber querido hacer una genuina película de terror.

Siendo tan previsible, es evidente que la película cae en todos los tópicos habidos y por haber. De hacer una quiniela, es casi imposible fallar en el orden en el que los personajes van cayendo en las amenazas de la pirámide (porque, obviamente, esta es una de esas películas en las que un grupo se va viendo diezmado por fuerzas misteriosas), por supuesto la joven, rubia y atractiva protagonista tiene que aparecer semidesnuda (lo cual ya tiene mérito en una película que se desarrolla casi de forma íntegra en el interior de una pirámide), y el final se prolonga hasta la extenuación, cuando podría haberse quedado unos diez minutos antes, simplemente por incluir una escena de efectos especiales que es bastante risible, no sólo por la baja calidad de las figuras realizadas por ordenador sino incluso por su misma ejecución en el set. Si por lo menos hubiera algún momento de genuino terror... Pero ni eso. Por mucha estridencia que se ponga en los efectos de sonido, La pirámide no provoca ni el más mínimo sobresalto. Es triste tener que emitir juicios tan duros sobre una película, pero es que no hay por dónde cogerla.

viernes, abril 17, 2015

'Lost River', el calco de estilo de Ryan Gosling

Al destacarse que Lost River es el debut en la dirección de Ryan Gosling, y viendo el tipo de cine por el que ha apostado frecuentemente como actor, el temor a que carezca de un estilo propio en este su primer filme está más que fundado. Y el resultado lo acaba confirmando. Gosling casi acaba confesando sus inspiraciones en los créditos del filme, colocando entre los agradecimientos a Nicholas Winding Refn o Terrence Mallick. Sólo le falta añadir el nombre de David Lynch y el cóctel que supone esta cinta está más que resuelto. Gosling rueda razonablemente bien, pero elude un estilo propio, prefiere quedarse con el de sus referentes, y se nota demasiado. Por eso la película, a pesar de que sólo llega a los 85 minutos y no llegar a aburrir, es un ejercicio de estilo más vacío de lo que seguramente le hubiera gustado, que deja de lado las posibilidades del imaginativo mundo que crea y que se centra en impactar visual y sonoramente. A ratos hasta lo consigue, pero juega tan en el filo de la navaja que al final acaba perdiendo el control.

Como resultado de esta mezcla, Lost River peca de una cierta indefinición en muchos niveles. Es difícil ubicar a la película en terrenos que prevengan de la cierta perplejlidad que pueden provocar sus personajes o su ambientación. Y por eso mismo a veces los protagonistas, una familia disfuncional encabezada por Billy, una madre (Christina Hendricks) dispuesta a hacer casi cualquier cosa para salvar la casa en la que vive con sus dos hijos. Si bien la historia de esta mujer podría haberse adentrado en universos lynchianos satisfactorios, y de hecho algo de su estética está presente ya desde el mismo cartel del filme, esta trama comparte demasiado espacio con la de su hijo adolescente, Huesos (Iain De Caestrecker), que es la que evidencia la irregularidad del filme y los peligros de caer en un surrealismo excesivo (el mejor ejemplo, lo que acaba rescatando de debajo del agua).

No da la impresión de que Gosling, también guionista del filme, haya sabido desarrollar los personajes ni tampoco el mundo en el que los ubica, del que apenas se dan explicaciones, perdiendo una ocasión de generar más interés por ese aspecto. Tampoco que haya sabido medir la importancia de cada una de las tramas, escenarios y motivaciones. Y el caso es que hay elementos de interés que quedan diluidos en favor de una estética nada personal. Gosling se recrea demasiado en artificios visuales y sonoros que si ni siquiera le pertenecen en primer lugar, pero de esta manera no consigue enmascarar los muchos problemas que tiene su historia. En demasiadas ocasiones da la impresión de que la historia de Billy y la de Huesos (todos los personajes tienen motes de este tipo; el de Saorise Ronan, Rata, es el único que tiene una explicación) forman parte de películas diferentes. El error de Gosling, que sí parece entender ambos caminos, es que no ha sabido hacerlos confluir, lo que ahonda en las pobres sensaciones que deja la película.

La irregularidad es la marca que deja Gosling en su debut en casi todos los aspectos, incluyendo las interpretaciones. Por un lado, saca buenos trabajos de Hendricks o De Caestrecker, incluso de Eva Mendes, cuyo personaje no deja de ser una cáscara vacía que aparece más por puro placer voyeur que por necesidades narrativas, pero desperdicia el personaje y la mirada inquietante de Saoirse Ronan precisamente porque su personaje y sus circunstancias no terminan de encontrar un encaje adecuado en la historia. Lost River no termina de ser una mala película, aunque los defectos superan con mucho a sus virtudes, pero sí es una muestra de lo que puede suceder cuando un actor con inquietudes se sitúa detrás de la cámara sin tener muy clara cuál es su voz y se deja llevar por lo que han hecho otros con él. Una lástima, pero en todo caso habrá que esperar a la segunda película de Gosling para saber de verdad qué podemos esperar de él como director.

'Una noche para sobrevivir', un correcto más de lo mismo

Aquellos espectadores que tengan un bagaje en el género, que estén acostumbrados a ver thrillers, que conozcan al detalle la trayectoria más reciente de Liam Neeson o incluso los que hayan visto y disfrutado los últimos filmes de Jaume Collet-Serra (que además cuentan con Neeson como protagonista, tanto Sin identidad como Non-Stop), encontrarán en Una noche para sobrevivir más de lo mismo. Pero es un más de lo mismo correcto, entretenido, bien llevado y que proporciona el entretenimiento para el que está pensando el producto. Si bien los primeros espectadores mencionados podrán pensar que la ausencia de originalidad y la repetición de arquetipos y modelos es un punto en contra de la película, el espectador casual sí podrá disfrutar de la historia sin problemas porque tiene las suficientes dosis de emoción y carisma como para pasar el corte sin demasiados problemas. No será consuelo para algunos, pero si los clichés se emplean con tanto oficio como aquí, no importa tanto que no haya una mayor originalidad.

Y es que Neeson ha encontrado desde hace ya muchos años un espacio en el que se mueve como pez en el agua. En Una noche para sobrevivir da la impresión de que su personaje va a ser distinto al de tantas y tantas películas como ha hecho en los últimos tiempos, se le presenta con una fragilidad mucho mayor, con un pasado turbio que afecta a su presente, con problemas con la bebida y de dinero, no muy lejos de ser un hombre derrotado. Pero en el momento que coge una pistola por primera vez se transforma, casi por arte de magia, en el Neeson al que estamos acostumbrados. Eso, en realidad, es un error en el filme, porque no deja reposar la historia lo suficiente (apenas transcurren 16 horas entre la primera escena, que da una información que en realidad no termina de funcionar, con el arranque de la historia) como para que esa metamorfosis sea del todo creíble, por mucho que el carisma de Neeson sea tan grande que pronto se olvida cualquier malestar y la inmersión en el ritmo trepidante que propone Collet-Serra es total.

Carisma y oficio son las dos grandes bazas de la película. Collet-Serra ha reunido un reparto con el que se disfruta en todo momento. Además de Neeson, es imposible no apreciar lo que Ed Harris es capaz de hacer, lo que ha hecho siempre aunque sea uno de esos actores infravalorados que nunca ha dado el salto al estrellato (impresionante la conversación que mantiene con Neeson en el bar), y en general todo el reparto funciona muy bien, desde Joel Kinnaman, interpretando al hijo de Neeson, hasta Vincent D'Onofrio. Y Collet-Serra rueda generalmente tan bien que aporta el nervio que necesita la película. El ejemplo perfecto es la espléndida persecución automovilística que introduce, continuación natural de la que ya incluyó en Sin identidad. Lo que no encaja tan bien en la historia, y que en realidad resulta un innecesario empleo de recursos, es la digital forma en la que realiza las transiciones entre escenas (o la del prólogo), que no consigue dar a la ciudad el protagonismo que busca y que sí se consigue con planos más tradicionales.

Una noche para sobrevivir, en realidad como casi todas las películas de Collet-Serra, roza los caminos de lo inverosímil pero acaba encarrilándose para entretener sin complejos hablando de lo que tantas veces ha hablado el cine, las consecuencias del lado más oscuro de los negocios mafiosos en la familia y en viejos amigos. La película mezcla tópicos y momentos más que interesantes, destacando entre estos últimos la conscientemente no demasiado explicada relación entre el protagonista y el policía que interpreta D'Onofrio. Quizá haya un intento de llevar la espectacularidad de la película demasiado lejos (en la escena del bloque de viviendas y la introducción de un temible asesino a sueldo), cuando Collet-Serra se muestra siempre acertado en entornos algo más controlados (los de cualquier tiroteo que se ve en la película, meticulosamente planificados, o la ya mencionada persecución por las calles de Nueva York), pero en general es muy fácil pasarlo bien con el filme, por mucho que nos recuerde a cientos de historias parecidas.

viernes, abril 10, 2015

'La dama de oro', corazón y memoria

Dejando al margen la tan manida etiqueta de "basada en un hecho real", una que sería bueno que pasara de moda como aquella de "en los mejores cines", hay que reconocerle a La dama de oro una fuerza, un corazón y una sinceridad bastante emocionante. Es, efectivamente, la historia real de Maria Atlmann, la legítima heredera de un retrato de Gustav Klimt que los nazis robaron a su familia, y cómo litigó por recuperarlo junto a un joven abogado, Randy Schoenberg, a su vez descendiente de un compositor austriaco y con más lazos emocionales que le atan a esta historia de los que quiere admitir al principio. Es material para manejar con cuidado, porque resulta fácil caer en estereotipos y sensiblerías, y sin embargo Simon Curtis lo maneja con bastante acierto, haciendo que la historia resulte fascinante en el doble tiempo que abarca, para mostrar por un lado y de forma más secundaria la Austria ocupada por los nazis y por otro la historia central del filme, la batalla legal que tuvo lugar a finales de los años 90.

Es francamente complicado no asumir que la clase que rezuma la película es una prolongación natural de la que manifiesta su protagonista, Helen Mirren, mientras que el entusiasmo que despierta la historia es muy similar al que muestra Ryan Reynolds al ponerse en la piel de su personaje. La diferencia entre ambos es palpable y negarlo sería absurdo, pero siempre se agradece que un actor busque gigantes a los que medirse y de los que aprender, aunque sepa perdida de antemano la batalla. Por eso, al final la adaptación entre ambos es bastante natural, con la colaboración del tercer eje del filme, el periodista austriaco al que interpreta Daniel Brühl, y por eso el foco de la película está en los personajes. Sí, es una película sobre el nazismo y su ocupación austriaca, es también una película sobre arte, y una de juicios, pero sobre todo es una historia humana, cambiante, con corazón y memoria, elementos estos dos esenciales para entender el alcance de La dama de oro.

Curtis, que alcanzó cierto y quizá algo exagerado reconocimiento crítico con su primer largometraje comercial, Mi semana con Marilyn, no es que asuma demasiados riesgos en La dama de oro, simplemente deja fluir la historia con naturalidad y eso basta para convencer con facilidad. Sí trata de dejar un sello más personal en las escenas más intensas de la época más antigua, sobre todo en la persecución con la que prácticamente cierra esa parte de la trama, pero la historia presente casi se cuenta sola en las conversaciones que cruzan los personajes de Mirren y Reynolds. Lo demás que rodea a esas escenas, de hecho, sí tiene un cierto tono maniqueo, tampoco demasiado evidente como para ser un problema pero sí suficientemente claro como para que quede claro cuál va a ser el mensaje de la película. En ese sentido, lo que gusta, lo que emociona es que no es una batalla librada por héroes de piedra, sino que admite con mucha sencillez las dudas que tienen los protagonistas. Eso da a la historia un alma que de otra forma se habría echado en falta.

Hay que reconocer que, incluso en la aparente sencillez que hay en La dama de oro, la película acaba teniendo una complejidad mayor de lo que parece mostrar. A Curtis le gusta jugar con el montaje ya desde la escena que acompaña a los títulos de créditos, e incluso con la cámara, aunque eso sólo lo pueda hacer en realidad en los flashbacks, y con las sensaciones que despierta en el espectador, lo que se ve especialmente en el epílogo de la película (antes de los inevitables rótulos que ponen el colofón informativo a la historia real que acabamos de ver). Y puede que, de alguna manera, quede la sensación de que no se ha visto nada especialmente nuevo. Pero cuando una película está rodada con clase, interpretada con carisma y narrada con sinceridad, el trabajo está más que bien hecho. Y así, queda la sensación de que La dama de oro es una de esas buenas películas que probablemente recibirá menos elogios de los que merece.

'Mortdecai', divertirse rodando no implica divertir al espectador

Hay películas en las que el espectador tiene la sensación de que los actores se lo han debido pasar en grande rodándolas. De hecho, cada vez son más. Mortdecai es, seguramente, una de esas películas. Pero lo que no parecen entender los actores y directores detrás de este tipo de cine es que divertirse rodando no implica necesariamente una diversión entre los espectadores. Mortdecai es, también, una de esas películas. Por desgracia, porque el planteamiento suena interesante: una película de espías, ladrones de arte, un cuadro perdido y unos cuantos enredos, con un reparto en el que se cuelan Johnny Depp Gwyneth Paltrow, Ewan McGregor, Paul Bettany y, en papeles más pequeños, Jeff Goldblum u Olivia Munn, con un director capaz de sacar entretenimiento hasta de lo más absurdo y delirante como era Sin frenos. Pero el resultado es aburrido, sin gracia, como un mal dibujo animado, con chistes sin gracia, escatológicos y sexuales en su amplia mayoría, y sin diálogos que aporten carisma a los personajes.

No hay que olvidar que la película lleva por título el nombre del protagonista, y eso obliga a exigir un mínimo de carisma en esa figura. Pero Johnny Depp hace tiempo que no está en ese juego. Él, efectivamente, se lo habrá pasado en grande dando vida al personaje, pero ni el guión le da los medios para entusiasmar ni él parece dispuesto a salir de los esquemas en los que ya le hemos visto en tantas ocasiones en los últimos años, una caricatura en sí misma, provista de incontables tics y muecas pretendidamente divertidos y con un aspecto físico que le haga parecer diferente (en este caso por el bigote del que tanto se abusa en los chistes de la película). De hecho, Depp acaba siendo el mejor termómetro para la película. Si a los cinco minutos no se le ha considerado soportable, es mejor abandonar el filme, porque su protagonismo es total y no hay cambio alguno en el personaje. Porque cargar, carga, y además no sorprende en nada de lo que hace.

Con esa figura como protagonista y con un elenco de secundarios a ratos inverosímiles, da la impresión de que Koepp ha querido llevar a la pantalla un ambiente casi parecido al de los viejos dibujos animados de la Warner, en la que físicamente todo parece posible y divertido, pero apenas consigue arrancar dos o tres risas. Si acaso, el personaje que sí parce divertido es el de Paul Bettany, el ayudante de Mortdecai. Porque el triángulo que forma Depp con Paltrow y McGregor ni está resuelto con estilo ni consigue despertar el interés necesario. En realidad, nada lo hace. La acción se aleja de cualquier complicación, y Koepp desperdicia varias escenas de persecución con puestas en escenas muy limitadas, frías, casi rodadas a cámara lenta y por ello carentes de espectacularidad, como dejándose llevar por el espíritu de unos chistes soeces, el slapstick más simple y un desarrollo terriblemente previsible y que permite abstraerse por completo de la trama, que acaba siendo bastante superflua.

En el fondo Mortdecai se deja ver, no es un desastre absoluto aunque en las líneas anteriores no se haya destacado nada en el resultado final. Pero la falta de elementos imaginativos en una película que precisamente quiere ser original, de un guión bien elaborado en el que se esconden tantos clichés que asusta o de actores que puedan sorprender, insistiendo eso sí en la excepción del por momentos divertido Bettany, hacen que la película sea completamente inofensiva, casi dos horas de experiencia en la que nada va a resultar satisfactorio de verdad. No es que provoque el enfado de un espectador que se sienta estafado, no es eso en absoluto, pero es que no genera la más mínima conexión con él a ningún nivel, salvo que guste el humor que abandera, por lo general bastante poco elegante o refinado. Pasan cosas, de vez en cuando hay un chiste simpático y poco más. Y sí, seguro que Depp y compañía se lo han pasado bomba rodando. Pero a este lado de la pantalla la frialdad es total.

'Aguas tranquilas', una belleza no tan completa como parece

El cine de Naomi Kawase es muy bonito de ver. Aguas tranquilas encaja perfectamente en esa forma de entender su trabajo como autora. Pero al mismo tiempo deja una sensación extraña, porque todo parece más vacío de lo que resulta en una primera impresión. Hay belleza, pero no muestra tantas cosas ni son tan precisas como puede llegar a parecer por momento. La película, una mezcla entre la vida y la muerte como tema esencial y el poder de la naturaleza como eje entre ambas, es lenta, no ofrece una inmersión inmediata sino que propone un proceso calmado y pausado, mucho, quizá demasiado, y no termina de arrancar hasta el último tercio, donde sí se ven el acierto en las metáforas que intenta plantear, el conflicto en las relaciones entre los personajes y una fuerza que busca sin tanto éxito desde el principio del filme. No es nada despreciable Aguas tranquilas, pero al mismo tiempo es una película que representa un desafío demasiado rocoso para las pretensiones que parece tener.

Y es que el enganche inicial parece sencillo, con dos adolescentes, un chico y una chica, entre los que claramente hay algo más que amistad aunque sus expresiones sean tímidas y contenidas. La película arranca, además, con una muerte, reforzando el interés de la autora en esa cuestión. Pero es una que acaba resultando muy insustancial para el resto de la historia, aunque resurja precisamente en los mejores momentos del filme. El interés de Kawase se mueve por otros terrenos, la dicotomía ya habitual en su cine entre la vida y la muerte deja paso a otras temas. Y es que, en realidad, y quizá de eso se acaba dando cuenta algo demasiado tarde, Aguas tranquilas se mueve mucho mejor en su análisis del amor, de las distintas clases de amor. Las dos familias que contrapone, las de los chavales protagonistas, también la relación que hay entre ellos dos, se acaban convirtiendo en el eje central de lo más sobresaliente de la película, porque es lo que sí consigue desbordar emoción en el acto final.

Hasta llegar ahí, es indudable la fascinación que pueden llegar a producir las imágenes de la película (aunque paradójicamente, las mejores escenas bajo el agua, de una textura casi onírica, llegan al final). Pero, como suele ser habitual, la duda es lícita: ¿es un acierto de Kawase como cineasta o es una simple admiración hacia el poder de la naturaleza? En muchas ocasiones es más fácil decantarse por lo segundo, porque las metáforas que intenta plantear la directora no terminan de funcionar con la misma facilidad en esos dos primeros actos que en el tercero, que es cuando se desencadena la tormenta, la física y la emocional. Ahí sí, ahí llega a su apogeo la película, las relaciones entre todos los personajes encuentran puntos culminantes además muy diferentes entre sí, expresiones absolutas del tipo de amor que se profesan, y ahí sí se logra esa comunión entre la imagen y la palabra, entre el fondo y la forma, entre los personajes y lo que se mueve a su alrededor.

La sensibilidad de Aguas tranquilas es muy propia del cine japonés, y por tanto su tono, su ritmo y sus personajes no cogerán por sorpresa a quienes estén acostumbrados a ver películas de este estilo, intimistas, lentas y con pretensiones metafóricas de diferente grado de dificultad. Por eso es fácil que el filme encuentre seguidores de la misma forma que habrá espectadores que consideren prácticamente imposible la conexión con esta narrativa. En todo caso, y sobre todo viendo la fuerza que sí logra adquirir la película en el tramo final, queda la sensación de que hay más vacío de lo que parece. No es que falten emociones, es que se muestran demasiado tarde y después de muchos minutos en los que la pretensión principal parece dejarse envolver por el entorno antes que entrar en el corazón de los personajes, que es lo que a la postre termina convenciendo con más contundencia.

miércoles, abril 01, 2015

'Insurgente', la rutina de siempre

Divergente fue una de las muchas muestras de cómo el cine espectáculo hollywoodiense se está dejando llevar por los caminos más fáciles y, por extensión, más equivocados. Y si la primera película ya era como poco discutible, la segunda confirma que el problema está lejos de solucionarse. Es un producto clónico, eso ya se ve desde la publicidad de la franquicia, con lo que no hay que esperar más que eso, la repetición de esquemas, personajes, escenarios y hasta moralejas. Pero en el caso de Insurgente eso añade también una dejadez notable en aspectos que tendrían que ser clave para que una saga de este tipo enganche. Hay personajes planos y no sólo entre esos secundarios que simplemente desaparecen y reaparecen a conveniencia, hay errores de continuidad clamorosos, situaciones inexplicables que afectan incluso a los conceptos fundamentales de la historia. Y a cambio no hay nada especialmente memorable y todo se ve venir a la legua.

Pero el modelo funciona desde el punto de vista industrial, por muchas críticas que se le puedan hacer. La primera película multiplicó por tres su presupuesto en la taquilla. Y esta segunda entrega será también un éxito, porque ya está anunciada la entrega final de la saga... por supuesto dividida en dos partes, porque por lo visto ya no se puede acabar una saga de fantasía juvenil si no es en dos películas más. El simple concepto de la franquicia es una triste continuación de la moda que Hollywood ha implantado y que todavía no ha servido más que para engordar las carteras de los productores, porque no hay ninguna película dividida en dos o más partes que pueda presumir de ser un acierto cinematográfico o que realmente lo necesitara por causas estrictamente relacionadas con la narrativa. Es simplemente estirar y estirar sin sentido alguno. Tanto es así que Insurgente llega a las dos horas con un punto de partida realmente modesto, la de una caja que sólo puede abrir un divergente y cuyo contenido se desconoce.

Con esa débil excusa para un filme tan largo (y que se hace muy, muy largo), Robert Schwentke demuestra que la deliciosa Más allá del tiempo fue una casualidad en una filmografía cada vez más descendente después de la terrible R.I.P.D. Departamento de policía mortal y la sobrevalorada RED. Sus escenas de acción son rutinarias y repetitivas, apoyadas en el uso de unos efectos visuales resultones (hasta el travelling aéreo casi final, que parece sacado de un videojuego de hace algunas décadas) y no presta demasiada atención a los personajes más allá de la protagonista, Tris, interpretada por Shailene Woodley con cierta intensidad pero con menos fondo del que puede parecer. Ella encabeza un reparto que sobre el papel es atractivo pero entre el que sólo destaca Miles Teller. Parece obvio, y es otra de las características de este cine, que los grandes nombres quieren salir en sagas como esta y las productores les quieren, pero el interés que añaden es muy escaso, como sucede con Kate Winslet o Naomi Watts, principal añadido de la secuela.

Schwentke ni siquiera saber dar salidas dignas a los personajes que se quedan por el camino (el colmo es el final de la película) y parece que el avance de la historia es pura rutina, porque las cosas tienen que suceder para seguir explotando el bolsillo del consumidor habitual de estas sagas. Por eso no sorprende demasiado la escasez de ambición en la adaptación del libro a la pantalla (se supone que hay una guerra, pero que nadie espere verla), los vaivenes de los personajes con o sin explicación o la repetición de los esquemas de la primera película. Insurgente, como ya le sucedía a Divergente, es un filme de consumo rápido. Seguramente le gustará a los consumidores habituales de estas sagas clónicas en objetivos y recursos, pero el éxito comercial no esconde el pobre resultado cinematográfico que ofrece. Sirve para pasar un rato, pero es tal el descuido con el que se ha realizado que vista en serio amenaza seriamente con cabrear. Y queda todavía ese episodio final desdoblado en dos películas como un año de diferencia. Paciencia.

viernes, marzo 27, 2015

'Cenicienta', Walt Disney estaría satisfecho

Cuando un clásico Disney de dibujos animados cobra vida en forma de imagen real, sobre todo uno de los que se hizo cuando el propio Walt Disney regía los destinos de su estudio, la mejor manera de evaluarlo es preguntarse si el genial creador estaría satisfecho con el resultado. Con Cenicienta, la aproximación de Kenneth Branagh al cuento infantil, la respuesta es claramente afirmativa. Si no hubiera un bagaje de décadas de dibujos animados y Disney hubiera producido desde el principio películas de imagen real, es bastante plausible pensar que habría hecho la película tal y como la ha realizado Branagh. Lujosa en su aspecto, fiel al relato tal y como lo conocemos en la tradición Disney y con las dosis adecuadas de azúcar y fantasía, se le puede discutir algún exceso de colorido o extravagancia que remite más a la caricatura que al dibujo animado, o incluso que no tome riesgo alguno, pero al fin y al cabo eso no está entre sus objetivos, que se ciñen a dar una nueva versión realizada con un respeto reverencial de lo que siempre ha hecho grande a Disney.

Como no hay más pretensión que esa, la de ofrecer un entretenimiento de factura impecable para toda la familia, buscarle más intenciones supone perder el tiempo e infravalorar lo que consigue dentro del terreno en el que se mueve. ¿Que esta versión no va a desbancar nunca a la de dibujos animados con la que han crecido varias generaciones? Por supuesto, y parece que hasta el propio Branagh es consciente de ello y no trata de marcar grandes diferencias. Incluso puede que eso haga que este filme caiga en un relativo olvido dentro de unos años, pero aquí y ahora cuenta con suficientes aciertos y esquiva con mucha habilidad bastantes de los problemas en los que se podría caer al rehacer el cuento como para no aceptar el sincero entretenimiento que proporciona. Y eso que Branagh puede parecer una elección inusual para esta historia, pero su filmografía ya le ha probado como un todoterreno alejado de sus casi exclusivas adaptaciones de Shakespeare que marcaron sus primeros años en el cine. Ahora es un director capaz de dar vida a los mundos más fantásticos, sean los de Asgard en Thor o los del cuento infantil más clásico en Cenicienta.

Pues a buscarle alguna pega, es posible que la pareja formada por Lily James como Cenicienta y Richard Madden como el Príncipe no convenza a todo el mundo por igual, aunque están bastante correctos y encajan mejor de lo que podría parecer en los papeles. No tienen un carisma arrollador, pero tampoco desentonan. En todo caso, nunca es fácil poner cara a personajes que han permanecido inmutables en la memoria colectiva gracias al trazo de un dibujo animado, y eso también hay que tenerlo en cuenta. Más si entre los secundarios se cuelan actores como la estupenda Cate Blanchet, que es quien se lleva buena parte de las extensiones del cuento clásico que propone esta versión, o Derek Jacobi, un habitual del cine de Branagh. Si a eso se le suma un fantástico diseño de producción, unos escenarios maravillosos o un trabajo de vestuario excepcional (aunque quizá sea ahí donde un exceso de color favorece más la caricatura que el homenaje a lo más clásico), la inmersión en el cuento es total si se ve la película con la mentalidad clásica y abierta que requiere.

Quizá esa sea la clave, entender la película como lo que es. Si se busca una actualización más moderna del cuento, que no lo es ni quiere serlo, puede haber decepciones, porque el respeto al relato más popular y reconocible es total. Sí hay que ampliar la historia con lo que Disney no había contado en su clásico filme de dibujos animados, hasta una nada exagerada duración de 112 minutos, y eso Branagh lo hace con un prólogo que explica la razón por la que Cenicienta tiene que convivir con tan horribles hermanastras, y dando algo más de sustancia al papel de la madrastra, porque si no es complicado atraer a una actriz de la categoría de Blanchett para darle vida. Pero por lo demás es justo lo que cabe esperar. Por eso, si uno quiere ver un cuento de hadas, con dosis de magia y fantasía (no sólo por la sorprendentemente contenida hada madrina de Helena Bonham-Carter y sus trucos, sino también por la presencia de animales de una cierta inteligencia), una factura irreprochable y el amor y la ilusión inherentes al género, sí que estamos ante una película más que recomendable.

'Focus', marear por marear

A fuerza de enrevesarse, Focus acaba por marear. E incluso mareados con tanto giro de guión sin que en realidad haga falta, en esta espiral moderna de buscar el más difícil todavía de forma reiterativa, es imposible no ver que Glenn Ficarra y John Requa, directores y guionista del filme, hacen trampa. Y lo que es más grave, es marear por marear. Haciéndole ya unas cuantas concesiones a la historia, la primera mitad del filme engancha. En realidad, buena parte de ese mérito está en el encanto que lucen Will Smith y Margot Robbie, guapos, carismáticos y muy metidos en sus papeles, hasta el punto de que llevan al disfrute de las escenas más imposibles. Y además en el guión de Ficarra y Requa hay alguna escena de gran intensidad, bien llevada y mejor interpretada. Pero cuando la película pega un salto temporal se acabó lo que se daba. Ahí la cosa va perdiendo interés de una forma progresiva porque ya todo depende de la sorpresa, hasta el punto de asfixiar las posibilidades del relato y dejarlas reducida a dos: lo más previsible o lo más tramposo.

Focus acaba optando ahí por lo más tramposo, haciendo que resulte inverosímil todo lo que ha venido sosteniendo durante la película, incluso admitiendo esas concesiones a su propia credibilidad por no arruinar el filme antes de completarlo. Es una moda bastante habitual en el thriller norteamericano esta de liar todo lo liable hasta puntos más allá de lo creíble y Focus cae de lleno en todos los errores que se pueden cometer en ese camino. Hay personajes menospreciados, como el millonario propietario de un equipo de automovilismo interpretado por Rodrigo Santoro, ninguneado en el final del filme, y hay opciones desperdiciadas, como ese mismo escenario automovilístico, poco útil en la película y a la que apenas se presta atención. ¿Por qué? Porque el foco está puesto en las dos estrellas. Es lo único que interesa, y por eso se trata de marear al espectador, para que el brillo les invite a mirar a la luz y no a los agujeros.

Will Smith es un cómico que ha ido creciendo, si no en calidad sí en profesionalidad, y Margot Robbie es un deslumbrante maniquí de enormes recursos. ¿Y qué tienen en común estos dos actores de tan diversa definición? Carisma. Gracias a ellos, lo inverosímil puede pasar desapercibida para algunos espectadores y las mejores escenas de la película cobran aún más fuerza. Y gracias a ellos hay siempre algo que ver y estudiar, por mucho que el guión les dé menos armas de lo que su exagerada y artificial complicación puede hacer pensar. Viéndoles en pantalla, da incluso más pena que la película deje un poso de decepción tan marcado, porque el envoltorio es tan lujoso, el glamour se extiende con tanta facilidad desde la imagen hasta el patio de butacas y se disfruta tanto del entorno que casi parece un pecado que Focus no encandile de principio a fin. Tendría que haberlo hecho y no lo hace. Quizá el hecho de que sus directores estén más habituados a la comedia implique que esta prueba les ha venido grande por el momento.

Y esto no quiere decir que Focus no entretenga, porque en realidad lo hace. Con trampas, pero lo hace. En sus 105 minutos hay bastantes momentos que uno está deseando ver cómo van a resultar, y destaca sobre todo la escena durante el partido de fútbol americano. Pero cuando la película ha encontrado por fin un tono, un escenario y hasta secundarios interesantes (ese Liyuan, apostador conpulsivo, es un personaje que casi merece una película propia), hace borrón y cuenta nueva y se encamina a esa trágica y ya mencionada elección entre lo previsible y lo tramposo. Ahí salen perdiendo Ficarra y Requa mucho más de lo que lo hacen Smith y Robbie, que sí se sostienen admirablemente incluso cuando parece que ya no pueden hacerlo (y el mismo final de la película es perfecto para explicar esa sensación), mientras que sus guionistas y directores demuestran que no han sabido llevar hasta el final una idea simpática, aunque trillada, y que no han conseguido que el brutal carisma de su pareja protagonista les ayude a hacer una película mejor.

'El nuevo exótico Hotel Marigold', una agradable reunión de viejos amigos

Pocos medios como el cine han sabido explotar las reuniones de viejos amigos. Hace tres años, El exótico Hotel Marigold fue un perfecto ejemplo de esta forma de montar una película. En un Hollywood rendido a la juventud, encontrar una película de reparto veterano tan agradable como esta fue un soplo de aire fresco, y también lo fue en taquilla, machacando los prejuicios de la industria. Y si un filme así, que costó diez millones de dólares, recauda casi 150, puede verse como algo evidente que haya una secuela. El nuevo exótico Hotel Marigold viene a cumplir objetivos parecidos a los del primer filme. Dirigida como aquel por John Madden, esta continuación es tan agradable como su predecesora. No tan original, desde luego, pero tampoco tenía un gran gigante que batir. El exótico Hotel Marigold era correcta y su continuación también lo es. Sin dramas sobre las secuelas (que, sí, también pueden hacerse en un cine más independiente y no pasa nada) y sin buscar tres pies al gato. Entretiene, divierte y emociona. Sin más. Pero tampoco menos.

Este tipo de cine crece, obviamente, por la presencia de sus actores, y son ellos los verdaderos culpables de que la historia funcione. Y aunque se echa mucho de menos a Tom WIlkinson, una de las principales excusas para gozar de la primera película, repite buena parte del reparto original, encabezados por Maggie Smith, Judy Dench y Bill Nighy, en quienes está claramente puesto el foco de esta cinta coral, junto con la agradable y carismática presencia de la joven pareja que forman Dev Patel (actor que da la impresión de interpretar a todo personaje hindú que se cuela en un filme americano... y siempre convenciendo) y Tena Desae, con lo que hay razones de sobra como para disfrutar esta secuela de la firma forma que el filme que dio origen a esta serie. Smith es, de hecho, la auténtica conductora de la película, su motor emocional y el nexo real entre todos los personajes, así que es inevitable sentir un aprecio especial por su trabajo. Y los añadidos, principalmente Richard Gere y David Strairhairn, encajan a la perfección

Con tantos nombres repitiendo y con los nuevos personajes entrando con fluidez, el guión es algo sencillo de hacer. Pero también ahí hay que hacer alguna precisión. Como en la primera película, el libreto es obra de Ol Parker. Pero si bien la primera estaba basada en una novela, aquí recorremos territorio virgen. Y eso es algo que sí se puede aplaudir con fuerza. Tantas veces Hollywood se ha empeñado en adaptar libros de forma literal que encontrar una continuación natural a una historia que no tuvo novela se entiende como un maravilloso soplo de aire fresco. Parker, además, consigue que los personajes sigan siendo los mismos y a la vez evolucionen. Sin grandes florituras, sin enormes sorpresas, porque no es este el tipo de cine que requiere movimientos tales estridencias, incluso sabiendo de antemano que muchos de sus giros se van a producir exactamente como acaban aconteciendo. Pero da igual. El caso es disfrutar del viaje. Esa es una de las moralejas de la película y es perfectamente aplicable a la forma en la que hay que entender el filme.

Por eso, El nuevo exótico Hotel Marigold es una de esas películas tan fáciles de hacer como simpáticas de ver, una de esas que apuestan por el buen rollo, por los sentimientos amables, por la felicidad y el colorido, todo ello superando las barreras que se plantean durante el filme para acabar llegando a un final bonito, aunque matizable en algún aspecto (eso también es un acierto, porque limita su ya asumida previsibilidad). Sigue siendo una delicia ver a un reparto tan veterano captando toda la atención del espectador, porque eso supone una violación en toda regla de los dictados de la dictadura de la imagen que nos impone la cultura popular, y por mucho que todo lo demás siga el manual de la perfecta secuela y gracias a eso se pueda adelantar cada suceso de la película, son dos horas sumamente agradables. No cambiará la vida de nadie ni hará historia en el cine, ¿pero acaso no es una de las funciones del séptimo arte la de entretener y hacer que olvidemos nuestros problemas? Pues bienvenidos a El nuevo exótico Hotel Marigold.

jueves, marzo 19, 2015

'El año más violento', gran thriller de corte setentero

Con sólo tres películas en su filmografía, J. C. Chador se ha convertido en un director muy a tener en cuenta. A su afiladísimo retrato de la crisis financiera, Margin Call, siguió una técnica y cinematográficamente atrevida aventura marítima, Cuando todo está perdido. Y ahora evidencia que lo mejor de su cine está en los entornos urbanos y de negocios que ya había mostrado en su primer filme. El año más violento, consagración de un cineasta que en realidad tampoco la necesitaba, es un poderoso thriller de corte setentero, por mucho que su historia se desarrolle a comienzos de los años 80. La película se mueve siempre entre esos dos elementos, la excepcional forma en la que Chador analizar la realidad económica y social, como ya había hecho de forma más contenida en cuanto a espacio y tiempo en Margin Call, y el sabor clásico que desprende el relato, desde su ritmo pausado, acelerado sólo cuando su atractiva historia lo exige, hasta el fantástico trabajo del reparto encabezado con brillantez por Oscar Isaac y Jessica Chastain.

Chador toma como referentes a cinestas como Sidney Pollack o Sidney Lumet, aunque marcando unas distancias que se agradecen para ser diferente y personal. Así, no es El año más violento una copia, ni siquiera un homenaje, al menos no en su corazón. Pero sí comparte el mismo sabor clásico y elegante que tenían las mejores películas de aquellos, lo que provoca que algo se mueva en el espectador más acostumbrado a este tipo de cine. Son películas, en realidad, que ya no se prodigan demasiado, pero que cada vez que asoman la cabeza merecen que se les preste una atención que, por desgracia, rara vez consiguen. Y es una pena, porque en un mundo contemporáneo en el que parece cada vez más necesario llamar la atención, lanzar propuestas radicalmente diferentes o apostar por una agresividad visual propia con límites más difusos, lo clásico siempre se demuestra eficaz. Chador es una mezcla de ambos cines, el del pasado, el que seguramente le forjó como espectador, y el que él mismo es capaz de hacer.

Y no es fácil llegar a tanto con un ritmo tan controlado, incluso lento, como el que exhibe El año más violento. Ojo, no hay que confundir calma con aburrimiento, porque si hay algo que no es este filme es aburrido. No hay ni una sola escena que suena a prescindible dentro de la historia de este emergente magnate neoyorquino de la gasolina que tiene que lidiar con las prácticas mafiosas de sus competidores y con sus arriesgadas apuestas económicas. Lo fascinante es la sensación de que estamos viendo un viaje decisivo, una prueba definitiva de ideales, y fascina cómo va proponiendo Chador en ese camino una serie de dilemas éticas y morales que dan una cobertura sensacional a la historia y al trabajo de Isaac. Destaca algo más Chastain, aunque precisamente es su ausencia durante un tramo largo de metraje lo que se puede considerar como el punto más débil de la película. El personaje, la historia, la misma película, merecían algo más de tiempo en pantalla, algo que podría haberse hecho porque sus 125 minutos no son nada exagerados.

Puede que sea un cine que ya no sea capaz de cautivar a las masas, y eso acaba resultando fatal en un negocio pensado para ganar dinero, pero tiene tanta categoría que siempre va a merece la pena reivindicarlo. Chador domina con firmeza todo lo que hay en la pantalla, con unos diálogos espléndidos y una caracterización formidable, con una puesta en escena tan cuidada para las conversaciones como las escenas más intensas (formidable la realista persecución que abre el último tramo del filme). Viendo los muchísimos méritos de El año más violento, y la exagerada evaluación de las algunas de las nominadas al Oscar de este año, da algo de lástima que no se empiece ya a reconocer que Chador es un cineasta inteligente e interesante que, además, no da la impresión de haber rodado todavía su obra maestra. El año más violento no llega a serlo, pero no está tan lejos como puede indicar el olvido en que ha caído en los premios o incluso su tardío estreno en España.

'Pride', el lado divertido del cine más comprometido

Es fascinante que el cine británico sea, si no el único, sí el más capaz de encontrar con acierto todas las vertientes del cine social. Pride forma parte del mismo, porque en ella se exponen varias causas de las que merece la pena hablar. Ambientada en los años 80, en pleno gobierno de Margareth Thatcher, no por nada apodada la Dama de Hierro, tiene dos grupos de protagonistas: un colectivo de mineros en huelga de Gales del Sur y un grupo de gays y lesbianas menospreciados en público, luchando por sus derechos y en pleno nacimiento del miedo al sida. Pero Matthew Warchus, director del filme, no apuesta por el camino más histórico, documental y sobrio, uno que podría haber encontrado porque la película está basada en hechos reales, encuentra uno divertido, vitalista e inspirador. No es el cine comprometido, por ejemplo, de Ken Loach, aunque por el lado más implicado encuentra sensaciones no tan divergentes. Pero, incluso usando algunos tópicos, es un cine tremendamente entretenido, de los que hace salir del cine sonriendo.

Pocas cosas no funcionan en Pride. Para empezar, los personajes son adorables, y eso es algo muy complejo de conseguir cuando hay más de una docena de protagonistas a diferentes niveles. Pero Warchus se maneja muy bien con todos ellos, sabiendo no sólo dosificarles para que ni se eclipsen ni están desaparecidos durante largos tramos de la película, sino también haciendo que salten de tono con una enorme facilidad. Pride es cómica cuando debe serlo, es comprometida cuando el mensaje tiene más posibilidades de calar, es dramática cuando corresponde (y este es el aspecto más sutil del filme, y por tanto uno de los más elogiables) y es siempre inspiradora. Es cierto que tiene algunos clichés, casi imposibles de superar cuando una película da el protagonismo con tanta rotundidad a una comunidad mayoritariamente heterosexual enfrentándose a la aparición de un grupo de gays y lesbianas, y mucho más teniendo en cuenta la época en la que se desarrolla la historia, pero eso es fácilmente perdonable.

Las razones, múltiples. Para empezar, que el guión es exquisito, y sorprende que Stephen Beresford, su autor, no tenga ningún otro libreto producido. El mismo manejo excepcional de los personajes, además de con un excepcional reparto en el que los más conocidos son Dominic West, Bill Nighy o Imelda Staunton pero en el que casi todos brillan, está ya presente en la hoja escrita, y se nota en unos diálogos medidos y siempre adecuados. Sí se le puede reprochar que deje pasar alguna que otra oportunidad de seguir profundizando en algún aspecto concreto de la trama, pero hasta en eso sabe salir de forma elegante (como con el personaje que más recelo tiene hacia la irrupción de este grupo homosexual en el pueblo en el que transcurre buena parte de la historia, con el que no se ceba a pesar de que ocasiones tiene para ello), o que en ocasiones apuesta por la salida más fácil y políticamente correcta. ¿Pero tanto importa eso cuando Pride ha proporcionado dos horas de tan sincera diversión?

No es una tarea fácil que el cine inspire de una forma tan sincera, y más cuando las causas pueden ser ajenas al espectador. Pero Pride es tan sincera y aboga por una universalidad tan evidente (hasta se dice en uno de los diálogos que no importa la causa por la que se lucha, sino encontrar un amigo que te respalde, en una reivindicación preciosa de la parte más honorable del sindicalismo) que su contenido social engancha desde el principio, incluso aunque la película no quiera entrar en el oportunismo que pueda haber en la lucha por los mineros de este colectivo homosexual. La comedia, después, viene rodada. El choque entre diferentes no es que la ponga en bandeja, sino que deja un escenario formidable que la película aprovecha de todas las maneras posibles, en el entorno rural y en el urbano de Londres, con personajes de diferentes edades y condición social, en el núcleo familiar y en el social. Pride es una de esas pequeñas joyas que de vez en cuando ofrece el cine británico y que cautiva de principio a fin, mucho más sabiendo que es una de esas historias reales que acaban siendo más grandes que la ficción.

'Pasolini', más aburrimiento que escándalo

Hablar de Pier Paolo Pasolini y no mencionar el término "escándalo" parece algo imposible, y Abel Ferrara es plenamente consciente de ello en esta recreación que hace de un periodo de su vida muy concreto. Pero la sorpresa es que no hay tanto escándalo en la película, al menos no del que impregnaba el cine del autor italiano, sino que es un escándalo mucho más tibio, más sencillo, menos complejo. Es, de alguna manera, continuación del que Ferrara ya mostró en la lamentable Welcome yo New York. Y aunque Pasolini no desciende a los ínfimos niveles cinematográficos de la recreación del caso de Dominique Strauss-Kahn, es verdad que llega a producir aburrimiento en algunos de sus pasajes. Sin el carisma de Willem Dafoe, aunque su interpretación casi parezca surgir sin demasiado esfuerzo, la película habría sido mucho peor de lo que es. Por su protagonista y su temática podría haber sido un resurgir en la carrera de Ferrara, pero no es más que un paso más hacia la confirmación de que su cine ha perdido la garra que debiera tener.

El principal problema de Pasolini es que no se ve conflicto ni historia, sino una colección de retazos que tienen que servir al mismo tiempo como retrato y como legado del cineasta italiano, y la verdad es que esa sensación no se llega a tener en toda la película. Sí hay cierto magnetismo en la figura que recrea con cierta facilidad Dafoe, pero surge de escenas, planos y momentos a veces tan intrascendentes (se ve a Pasolini cogiendo ropa de su armario como si fuera un momento trascendente, o jugando al fútbol, en una secuencia que no tiene más propósito que el documental y que no suma nada al relato). Puede que lo más interesante sea ver la recreación que Ferrara hace del filme que Pasolini no llegó a realizar, pero son escenas que de alguna manera rompen ese retrato y tienen un tono totalmente ajeno al documento que la película podría haber sido, con lo que el choque es inevitable.

Ferrara no consigue trazar un retrato claro del personaje, ni siquiera se queda cerca. Puede fascinar en momentos concretos, como en la escena de la entrevista, puede acercarse a ese terreno del escándalo del que tanto gustaba en las escenas que reflejan su homosexualidad, menos de las que pudiera imaginarse, pero en el fondo queda la sensación de que no siempre estamos viendo al mismo personaje. O, al menos, que no le mueven las mismas emociones, los mismos sentimientos, ni como autor ni como hombre. Y encontrando flaquezas en la figura que la película ha de exaltar, es difícil que el conjunto emocione, por mucho que sea un sentido homenaje hacia su genio creador. Eso lo es, no hay duda, porque la presentación es casi reverencial. Pasolini se muestra como un creador exigente e imaginativo, e incluso sus ansias de provocación encuentran explicaciones de lo más coherentes. Siendo un retrato de una figura escandalosa, es una recreación políticamente correcta en todo momento. Quizás demasiado.

Y de esa forma, aún aplicando el freno que Ferrara no se impuso en Welcome to New York y forjando límites claros a la transgresión (incluso a pesar de una primera escena de felación que tampoco consigue demasiados efectos), el director tampoco llega a nada concreto y positivo. Quizá desde la adoración a Pasolini, seguramente difícil de encontrar entre un público contemporáneo que no gasta su tiempo en bucear tanto en la historia del cine, la película gane algo más de lo que ofrece al espectador común, pero incluso así es difícil adentrarse con lo que se ve en el pensamiento de 1975 del creador italiano más que en algunos momentos aislados. Puede ser un buen complemento histórico a la misma filmografía de Pasolini, aunque apenas parcialmente, y como la muestra de que Ferrara rinde tributo a su cine, pero no es exactamente una película que satisfaga las ansias de conocimiento sobre aquel cine de los años 60 y 70 del pasado siglo.

'Home. Hogar, dulce hogar', correcta diversión para los más pequeños

Viendo la arriesgadísima trayectoria reciente de Dreamworks, en la que sus películas de dibujos animados abrazan historias bastante poco habituales en este campo (Turbo) o con elementos que apuestan por cambiar las reglas del juego con osadía (Cómo entrenar a tu dragón), Home, que adquiere en España el subtítulo de Hogar, dulce hogar, puede ser un ligero paso atrás. Pero en realidad lo que supone es la búsqueda de un público distinto, uno más infantil de lo habitual. No es que en Home haya cosas que chirríen demasiado, pero sí es verdad que la película apuesta por un humor más sencillo, por unas moralejas sobre la familia y la amistad mucho más claras y por un modelo visual mucho más llamativo. En resumen, se busca el deleite de una franja de edad muy baja. El adulto más satisfecho será probablemente Rihanna, que puede sumar a su imperio multimedia el doblaje de la chica protagonista y las cinco canciones que coloca en la banda sonora del filme.

Y eso que en realidad la propuesta abre cuantiosas posibilidades para dar rienda suelta a la imaginación de los adultos, pero a ellos se les da satisfacción sólo muy de vez en cuando. La historia es sencilla, como no podía ser de otra manera. Los Boov son una raza alienígena de pequeños bichos de color cambiante con sus emociones que huye por toda la galaxia de unos seres de aspecto siniestro. En los nuevos mundos que colonizan, recolocan a toda la población y ocupan sus asentamientos. Por supuesto, este periplo les lleva a la Tierra, y por supuesto el protagonista será un Boov que no es como los demás que, por supuesto, trabará una amistad de circunstancias con una niña que tampoco se adapta al mundo en el que vive antes de la invasión de esta raza. Con eso ya está desplegado el habitual contraste entre diferentes con esas similitudes que al principio ninguno de los dos ve pero que les acabará acercando. Sí, es lo de siempre, por muy simpático que resulte por momentos.

En esa parte inicial se condensan los chistes que pueden hacer gracias al público más adulto, que también disfrutará con la simpática manera a modo de flashbacks en la que se resuelven algunos de los gags, pero el interés de la película está en proporcionar un trepidante entretenimiento a los niños, una vez que el simpático aspecto del protagonista les haya capturado por completo. En ese sentido, siempre da la impresión de que hay un intento de sumar el merchandising a los réditos económicos de Home, aunque no con tanto descaro como para que no haya un trabajo a la hora de construir los personajes, al torpón pero entrañable Oh o al líder de los Boov, el Capitán Smeek. En realidad, se apuesta por lo mínimo, porque no hay demasiados personajes con un papel lo suficientemente extenso como para requerir un doblador de importancia. En la versión original, Rihanna, Jim Parsons, Jennifer López, Steve Martin y Matt L. Jones son los únicos que pueden presumir de tener un personaje algo desarrollado. Es decir, la película busca lo más básico, lejos de complicaciones.

Por ello, no sería justo ignorar que cumple con sus objetivos, es honesta y directa, sabe cuándo acelerar el ritmo y no está mal llevada por Tim Johnson, director que había explorado terrenos mucho más adultos y complejos en Antz o Simbad. La leyenda de los siete mares. Incluso son moralinas, que se ven venir a la legua, están correctamente insertadas en la película, sin más ánimo de romper tópicos que encontrar una protagonista que cumpla con las cuotas que el cine de animación también quiere dar ya a las minorías raciales. Se quedan por el camino ideas que podrían haber hecho de Home una película mucho más arriesgada, pero probablemente por el camino se hubiera perdido a los más pequeños, niños que ya hayan dejado de ser bebés que puedan vivir su primera aventura en el cine con este mundo lleno de colores, formas divertidas, chistes y acción alocada. Y en ese sentido es una diversión correcta, sin más pretensiones pero con toda la sinceridad del mundo.

'Young Ones', grandes ideas que demandan una historia más compleja

No se puede decir que Young Ones, el primer filme de Jake Paltrow, llegue a decepcionar, pero tampoco llega a enamorar. No le faltan las grandes ideas narrativas y visuales para montar un western de ciencia ficción llamativo e interesante, pero sí adolece de una historia más compleja y ambiciosa que le hiciera más justicia. Y no hay que infravalorar el espléndido reparto que ha sabido conformar, pero no termina de colmar sus aspiraciones sobre todo en el caso de un personaje femenino, el de Elle Fanning, que sabe muy a poco. Quizá una mejora de ese personaje habría bastado para que esta historia fuera una muestra de género mucho más completa, e incluso rompiera por completo las sensaciones de intrascendencia que sí puede dejar en algunos momentos. Young Ones no termina de ser la película que podría haber sido, aunque sí es suficiente para que el nombre de su director se anote por encima de ser el hermano de Gwyneth Paltrow.

Como guionista y director del filme, Paltrow peca de poco ambicioso cuando todo parecía jugar a su favor para lanzarse sin reparos a contar su historia desde el punto de vista más valiente posible. Traza con bastante acierto un mundo cuasiapocalíptico en el que el agua se ha convertido en el bien más preciado por su escasez y donde el entorno recuerda al del viejo oeste, no sólo por esas áridas llanuras y rocosas colinas en las que acontece la historia sino también por la violencia que hay en ese mundo. La tecnología, que es lo que indica que estamos ante un escenario propio de la ciencia ficción, no se manifiesta en las armas sino en la especie de droides que se utilizan. El planteamiento es, como poco, interesante. Y que Paltrow quiera desarrollar en él una historia sobre la familia y sobre la paternidad es hasta audaz. Pero no termina de evolucionar tanto como la historia necesitaba y eso minimiza el efecto que provoca la película.

Es el personaje de Fanning el que mejor ejemplifica que Young Ones no llega hasta debería. La última escena que comparte con un fantástico Nicholas Hoult, que sigue construyendo una filmografía de lo más interesante, es la prueba de que su personaje daba para mucho más. Pero se convierte en un eslabón muy débil, en el lado quebrado de un cuadrado emocional que sobre el papel se antojaba fascinante. Y no por la labor de la actriz, que por momentos encuentra los picos de intensidad que requiere el personaje, sino porque este está completamente desdibujado en el guión. Ahí es donde falta ambición. Quizá también en la primera de las tres partes en las que Paltrow divide la película, muy expositiva de un mundo con indudable atractivo y un personaje, el de un siempre imponente Michael Shannon, pero poco incisiva en realidad, a pesar de que es ahí donde se gesta todo lo bueno de la película.

Eso parece llegar en el tramo medio y en el final, pero para entonces ya ha quedado claro que la historia no va a ir demasiado lejos, al menos no tanto como podía haber ambicionado. Dicho esto, quizá esté quedando la impresión de que Young Ones es peor película de lo que realmente es, cuando se trata de una atractiva incursión en la ciencia ficción, muy superior a otras muchas que sí consiguen llegar a los cines (se estrena en el mercado de vídeo y bajo demanda), que además cuenta con un sensacional reparto, elemento que por sí solo ya justifica la cinta. No, no es mala película en absoluto, está bien planteada y bien rodada, con un atractivo uso del montaje y con una arriesgada elección de puntos de vista, incluso con unos efectos especiales bastante resultones para ser una cinta de bajo presupuesto. Pero da cierta rabia que su calidad quede por debajo de lo que merecía llegar y de lo que cabía esperar. Interesante, pero algo escasa.

(Young Ones se estrena en vídeo y plataformas de alquiler)

viernes, marzo 13, 2015

'Chappie', Blomkamp amplía su fascinante universo

La trayectoria de Neil Blomkamp, aunque todavía breve, le ha generado admiradores y detractores, desde la extraordinaria District 9 a su espléndida pero mucho más discutible y sobre todo discutida Elysium. Y probablemente su tercer filme, Chappie, haga esa brecha aún más profunda. Algo de injusto hay en estos juicios si son demasiado severos porque Blomkamp, en apenas tres películas, ha sido capaz de convertirse en uno de los más grandes autores de ciencia ficción del momento. Su capacidad para desarrollar conceptos de enorme interés y profundidad dentro del género y su maestría para llevarlos a la pantalla de una forma creíble son sus grandes armas. Es verdad que Chappie se le escapa ligeramente en el tramo final, cuando se centra en las disquisiciones sobre el alma y la conciencia, y le sucede porque se mueve en terrenos demasiado simplistas para la trascendencia que tiene el tema, pero es fácil perdonar sus flaquezas porque para entonces ya ha creado un mundo cuasifuturista tan fascinante y lo ha mostrado con un ritmo tan salvaje.

District 9 evidenció que Blomkamp se mueve muy a gusto en terrenos conocidos. Sudáfrica, para empezar. Y un futuro cercano, para continuar. En este caso lleva su historia sólo hasta el año 2016, aunque el uso de la robótica obviamente sitúa el filme en un claro escenario de ciencia ficción. Con ambas cuestiones, y aunque Elysium también trataba temas actuales en un envoltorio mucho más dependiente del avanzado futuro que mostraba, es lógico pensar que hay más cercanía con su primera película que con la segunda. No debe de ser casualidad que tanto en District 9 como en Chappie Blomkamp contó con la colaboración en el guión de su esposa, Terri Tatchell, mientras que Elysium la escribió en solitario. Chappie, en realidad, arranca como una derivación más realista de Robocop, con la que comparte no pocos elementos, aunque actualizados y adaptados a la particular mirada de Blomkamp. Y aspira a ser una de las grandes películas sobre inteligencia artificial, aunque ese camino no lo llega a recorrer del todo.

Quizá el planteamiento era demasiado ambicioso para lo que en realidad quería contar Blomkamp o para el tiempo del que dispone, y queda demasiado poco para explorar los terrenos más filosóficos después de presentar el mundo en el que se desarrolla la historia. Y en eso Blomkamp es un maestro. Rueda con un vigor brutal y sus escenas de acción son formidables, gracias también a que los efectos visuales de la cinta son portentosos. Lejos de la artificialidad que suele verse en algunas superproducciones hollywoodienses, Chappie muestra un manejo sensacional de la imaginería de ciencia ficción, realista y con un movimiento fluido. Dicen que el mejor efecto visual es el que no se nota, y si Chappie no fuera un robot sería casi imposible decir que estamos ante un trucaje visual o incluso de qué naturaleza. Su integración como personaje es total, y escuchando en la versión original a Sharlto Copley se comprende su importancia como actor, al nivel de Dev Patel, Hugh Jackman o la escasa pero agradecida presencia de Sigourney Weaver.

Blomkamp es un cineasta agresivo, la película de hecho es algo más violenta de lo que puede parecer en un primer vistazo (a ello ayudan los desmadrados personajes que interpretan Ninja y Yo-Landi, raperos que aparecen con sus propios nombres en la pantalla, cuyo acento y lenguaje corporal resulta impagable para situar la historia), pero también tiene momentos de extraordinaria ternura con los que Chappie se coloca ya entre los grandes robots del cine contemporáneo. District 9 sigue antojándose como la película más completa de Blomkamp, pero es indiscutible que Chappie aporta muchísimo a su particular universo, uno en el que la puesta en escena (impresionante la ayuda que da la música de Hans Zimmer en este aspecto) es tan importante como el desarrollo emocional de sus personajes. ¿Que no es una película perfecta? No, no lo es. Pero está muy por encima de la media de un género que arriesga poco cuando hay mucho dinero de por medio. Blomkamp es un jugador nato. Y por eso sus aciertos se celebran más.

'Puro vicio', complicaciones innecesarias

Cuando acaba Puro vicio, queda la impresión de que la historia que cuenta Paul Thomas Anderson es algo completamente olvidable. No lo es su forma de componer planos, su puesta en escena o lo que consigue sacar de sus actores (aunque eso, por cierto, es debatible en cuanto a su protagonista pero también al resto de sus actores), pero para su séptima película se ha metido un jardín difícil de entender, ha buscado unas complicaciones innecesarias para llegar a una más que nunca alargada película en la que importa mucho más la diversión puntual que el conjunto. Es mucho más divertido quedarse con alguna escena, con algún momento de la rocambolesca interpretación de Joaquin Phoenix o con la aparición de alguno de los actores que casi parece servirse de un cameo más que de hacer un trabajo más elaborado, que con una historia de la que se desconecta con absoluta facilidad a la media hora de película. Y lo que empieza como un cruce entre Chinatown y El gran Lebowski acaba siendo una película que se queda a medias de casi todo y en la que lo que más destaca es el ya mencionado Phoenix.

Y no es que eso parezca difícil, porque en muchas ocasiones se tiene la clara sensación de que Anderson ha escrito cada escena del filme pensando si no exclusivamente sí sobre todo en la reacción que podría sacar de Joaquin Phoenix al rodarla. Tanto da que sea exagerada, pausada, alocada, irreverente, trascendental o completamente inverosímil, que de todo hay, la película gira en torno a lo que hace y dice su protagonista. Por eso, la mejor forma de disfrutar Puro vicio (mala traducción española, por cierto, quizá para llamar la atención) es centrarse en el detective privado adicto a la maría que interpreta en un innecesariamente enrevesado caso que hace que se pierda la concentración bastante pronto y que decepciona enormemente al final, cuando la conclusión del gran misterio que parece plantear la película es el punto más bajo de la historia. Puede que Anderson pensara una película como una metáfora del consumo de este personaje y su extraña vida, plenamente manifestada en su aspecto, en su viaje dándole a esa palabra el amplio sentido que ya sugiere el título, pero no consigue dar esa impresión de forma general.

En realidad, no es que Anderson se haya desviado demasiado de lo que ha venido ofreciendo como director desde que llamó la atención por primera vez con Boogie Nights, allá por 1997, y que ha prolongado en películas como Magnolia, Pozos de ambición o The Master, pero es difícil encontrar satisfacción en su resultado. Se le puede alabar por la forma en que se plantea las películas, por sus méritos como director de actores y por una enorme sensibilidad, casi pictórica, a la hora de componer sus planos, pero todo eso acaba siendo un envoltorio vacío, especialmente para quienes no sean capaces de conectar con la un Phoenix a cada nuevo filme más estrambótico y alucinógeno. Eso, por extraño que pueda parecer, es un elogio, por mucho que cada vez sea más plausible considerar el trabajo del extraordinario actor como una extensión natural de su extravagante personalidad. En el reparto hay más satisfacciones, como la insospechada de Katherine Waterston y la más habitual de James Brolin, aunque su personaje tenga una salida final que puede provocar algo de perplejidad.

Puro vicio es una película llamativa, provocadora y a ratos muy divertida, pero que está francamente lejos de suponer una experiencia positiva en conjunto. Pensando demasiado en lo que le podría aportar Phoenix, con el que ya trabajado antes, a Anderson se le escapa entre las manos una historia que pierde interés de forma progresiva. Si al comienzo de la película se presta atención por el detalle, por los personajes, por los nombres, por las relaciones que pueda haber entre uno y otro, al final todo da bastante igual, y eso resulta inadmisible en un thriller noir (incluso mantiene la voz en off propia del género, aunque viciada, nunca mejor dicho, por una a ratos hasta insoportable pretensión de trascendencia filosófica) que desperdicia así las posibilidades del relato y las del escenario escogido (un pueblo de Los Ángeles en los años 70). Y el caso es que da la impresión de que a los seguidores habituales de Anderson puede bastarles, pero sin ese respaldo previo ahora mismo parece complicado saltar a este tren en marcha que es su filmografía.

'La conspiración de noviembre', espías de saldo

La presencia de Pierce Brosnan en La conspiración de noviembre es, al mismo tiempo, lo mejor y lo peor de la última película de un Roger Donaldson cada vez más venido a menos. Es lo mejor porque su planta, después de habérsela prestado a James Bond durante tanto tiempo y sin que en realidad se haya hecho demasiado justicia con su gran aportación al personaje, sigue siendo extraordinaria para un espía. Pero precisamente por eso lo peor es verle metido en esta película, un absoluto galimatías que parte de una situación política sumamente interesante para perder todo aliciente en un desarrollo que roza con demasiada facilidad la torpeza y en la que el único propósito al final sea el de pegar tiros, sin importar quién muere, por qué y a qué bando pertenece. Eso acaba haciendo de este filme uno de espías de saldo en el que tanto da lo que suceda, porque lo único que convence es su actor protagonista.

El problema es que este tipo de cine cada vez presta menos atención al detalle, y eso acaba arruinando el resultado final casi siempre. Sólo hay interés en lograr que un rostro famoso preste su nombre para que el cartel atraiga al público, colocar a una actriz guapa que pierda buena parte de su vestuario en alguna escena para cumplir con la cuota de pensamientos sexuales en el guionista, el director y probablemente en buena parte de los espectadores, y rodar con eficacia alguna escena de acción que luzca bien en el trailer. Se trata de embaucar previamente, pero por algún motivo el interés en el producto final es cada vez menor. Y eso se nota. En La conspiración de noviembre hay un uso lamentable del espacio y del tiempo, se descuidan los detalles, no importa demasiado que los personajes sean coherentes consigo mismos con tal de que las cosas se adaptan al plan y, lo que es triste en una película de acción, los bandos son totalmente inconsistentes.

Lástima que Donaldson haya caído en todos los clichés posibles del género, incluso encontrando nuevas formas de justificarse en las trampas que se hacen (atención a la niña de las fotos, un supuesto secreto que al principio parece como que no está y luego pasa tranquilamente al primer plano), porque la idea que sirve de base a la película es muy interesante, por el escenario político y de espías que plantea. Incluso el personaje de Pierce Brosnan, el agente Peter Deveraux, es bastante interesante (hasta una escena en la que destroza por completo su base emocional y psicológica con un comportamiento terriblemente difícil de explicar). Y hasta el prólogo, aún siendo fácilmente previsible, funciona como base del conflicto que se desata entre el protagonista y otro de los personajes. Los cimientos de la película no son malos, y la perspectiva de volver a ver a Brosnan como un espía que haga aflorar todos los buenos recuerdos de sus filmes de 007, ayudan a que se entre con placer a la historia. Pero la película arruina todas sus buenas posibilidades.

Los 100 minutos que siguen a ese prólogo van empeorando el resultado poco a poco, con giros argumentales descontrolados y a veces inverosímiles, casualidades excesivas, personajes que no responden a las expectativas generadas y a las posibilidades que tenían y, sobre todo, situaciones que son totalmente imposibles de creer, desde lo más mundano a lo más trascendental para la trama. Y lo peor de todo es que casi es mejor no detallar nada de todo esto para no arruinar las sorpresas que sólo interesarán a espectadores poco exigentes, porque quien sí guste del detalle en el cine de espías al que representa La conspiración de noviembre, se llevará tantas veces las manos a la cabeza que dejará de interesarle la presidencia rusa, el conflicto de Chechenia, por qué todo el mundo quiere localizar al personaje de Olga Kurylenko, el funcionamiento de la CIA o el manual del buen espía que parece desgranar Brosnan en sus conversaciones con el agente que interpreta Luke Bracey. En resumen, una pena.