viernes, abril 29, 2016

'Capitán América. Civil War', simplemente impresionante

Por Sonia Rodríguez Fernández

Podemos decir que esta Capitán América: Civil War es una de las mejores películas hasta el momento de Marvel. Como inicio de la futura Fase 3 de Marvel, Civil War consigue su objetivo, engancharnos desde el principio. Anthony y Joe Russo logran darle a la cinta dinamismo y unas escenas de acción que no dejan indiferentes a nadie, en especial a los amantes de estos personajes de cómic. Aunque el título de la cinta, Capitán América: Civil War, nos da a entender que se trata de una posible tercera película sobre las aventuras del Capitán, tras El primer Vengador y El Soldado de Invierno, es mucho más que eso. Entre otras cosas, una presentación de futuros pesos pesados dentro del universo Marvel, como son Spiderman, interpretado por un refrescante Tom Holland, y Pantera Negra, con un Chadwick Boseman simplemente brillante.

Al resto de los integrantes del equipo ya los conocemos. Por un lado, el bando del Capitán (Chris Evans): Halcón (Anthony Mackie), Ojo de Halcón (Jeremy Renner), Ant-Man (Paul Rudd), el Soldado de Invierno (Sebastian Stan), Sharon Carter (Emily VanCamp) y la Bruja Escarlata (Elisabeth Olsen). Enfrente, el bando de Iron Man (Robert Downey Jr.): Viuda Negra (Scarlett Johansson), Visión (Paul Bettany), Máquina de Guerra (Don Cheadle) y los ya mencionados Pantera Negra y Spider-Man. Como telón de fondo e inicio de la disputa, los Acuerdos de Sokovia, responsables de la ruptura de los Vengadores. En estos, los gobiernos quieren ejercer un control sobre los superhéroes, sometiendo sus acciones a decisión de las Naciones Unidas (más si cabe, tras una desafortunada misión en África con numerosas bajas civiles).

Iron Man, afectado tras una conversación con una madre de una víctima de los sucesos ocurridos en Sokovia, considera que es mejor ceder ante la supervisión de los organismos internacionales para evitar estas desafortunadas situaciones. Por el contrario, surge la férrea oposición del Capitán, que defiende la importancia de la libertad de actuación para lograr realmente un mundo mejor. La aparición, por otra parte, del Soldado de Invierno complica aún más la trama, emponzoñando la situación. Como villanos encontramos a Crossobones (Calavera), interpretado por Frank Grillo, y Zemo, por Daniel Bhrül. Aquí tal vez podemos encontrar los únicos peros de la película: el primero, pese a su peso en los cómics, desaparece con relativa facilidad. Bhrül, por su parte, tiene una motivación que bien puede también atribuirse a la madre que sermonea a Iron Man, y que ya se ha usado mucho en otras ocasiones. Eso si, podemos atribuirle la hazaña de, siendo un simple mortal, consigue ni lo que un Dios como Loki logró: separa al grupo de héroes más poderoso del universo.

Los Russo han sabido adaptar de manera impecable el cómic al cine, creando una película casi perfecta, impresionante. Por su también reciente estreno, no podemos olvidarnos de Batman v Superman. El origen dela justicia y cabe hacer una comparación a pesar de ser universos distintos. Aunque la película de DC Comics tiene muchas cosas buenas, como un sorprendente Ben Affleck que calló a los más escépticos y una increíble Gal Gadot cómo Wonder Woman, nada tiene que ver con esta Civil War de Marvel, que demuestra una vez más que Marvel tiene las pilas mucho más cargadas que DC hasta la fecha. Quedan por ver algunos estrenos de ambas editoriales este año, como X-Men: Apocalipsis y Escuadrón Suicida. ¿Superarán a este Capitán América? Y un último apunte: no moverse al finalizar la película, ya que no una sino dos escenas adicionales nos esperan…

viernes, abril 22, 2016

'Toro', una oportunidad fallida

Eva fue una espléndida carta de presentación para Kike Maíllo. No era una película perfecta, pero sí una tremendamente llamativa, que confirmaba a su director como un espléndido emprendedor de género patrio. Por eso había bastantes expectativas puestas en este su segundo filme, Toro, pero el resultado final queda como una oportunidad fallida para que Maíllo se confirme en una primera línea. No es una mala película, ojo, no es un patinazo sin remedio, pero sí es por desgracia una cinta que deja mucho que desear en algunos aspectos que acaban resultando claves para que sus 103 minutos dejen algo frío y, sobre todo, con algo de perplejidad por la forma en que se han resultado algunas cuestiones que lastran bastante el filme. Toro tiene grandes ideas y podría haber sido un título más que notable, pero se queda en uno simplemente entretenido y con algunos defectos bastante palpables.

El principal hay que buscarlo en el guión. No precisamente por su apuesta por arquetipos y situaciones más o menos previsibles, porque de eso hay abundancia en el cine actual y tampoco es demasiado grave, sino porque hay momentos en los que Rafael Cobos (coautor del mucho más lúcido libreto de La isla mínima) y Fernando Navarro (uno de los nombres detrás de Anacleto, agente secreto) no se parecen haber tomado demasiadas molestias. Hay tantos elementos irreales en el filme (¿un arma de fuego en toda la película, y sobre todo en el clímax, una que además provoca más sorderas que sangre, cuando estamos hablando de una organización criminal supuestamente tan peligrosa?) y tantos comportamientos que no encajan en los personajes (el plano final de la primera secuencia y la misma resolución de la cinta) que siempre se tiene la sensación de que algo falla.

Y es una pena, porque hay un intento sincero de crear un thriller local con elementos muy interesantes. Maíllo le saca mucho partido, por ejemplo, a su reparto, destacando como casi siempre un Luis Tosar fantástico, también un José Sacristán calmado y complejo, e incluso aceptando el papel de Mario Casas como ¿héroe? granítico, pero también a una estética reconocible, que pasa por la llamativa desviación de unos créditos que se inspiran en los de los filmes de James Bond para encontrar una personalidad propia, la misma que Maíllo busca con el aspecto visual del filme. Para ello, no sólo no esconde sus escenarios, sino que presume de ellos. Hay valentía en esa decisión y Toro se beneficia mucho de ella. Pero la película se va derrumbando poco a poco por su inconsistencia y por su irregularidad, no sólo en el apartado cinematográfico sino también en el técnico, con escenas muy logradas y otras que no parecen de la misma cinta.

Maíllo sí demuestra que sabe moverse con cierta soltura, pero firma un segundo filme que está claramente por debajo del primero. No termina de encontrarle el punto perfecto para contar esta historia de venganzas y redenciones fallidas en la que demasiados elementos están por estar (la niña interpretada por Claudia Canal, hija del personaje de Tosar y sobrina del de Casas no tiene en realidad un papel definido) y en la que acaban sucediendo demasiadas cosas completamente inverosímiles que no encajan con los mismos personajes. Muy buenas intenciones, pero una ejecución muy por debajo hacen que Toro sea un filme un tanto extraño, que no termina de sacar todo el jugo de su dramático aunque manido poso ni del más que aceptable planteamiento con el que nace, y que el propio Toro echa por tierra cuando se le quiere convertir en el mayor de los antihéroes, un ángel de la venganza ensangrentado e imbatible, cuando en realidad, viendo lo que implica su comportamiento, es un simple ladrón de lo más torpe y descuidado. Lástima.

viernes, abril 15, 2016

'El libro de la selva', salto correcto

Disney se ha lanzado a adaptar en imagen real sus películas animadas más populares. El libro de la selva, la última de ellas, es un producto correcto, un salto adecuado, que sabe respetar los puntos más admirados de la cinta de animación y que, al mismo tiempo, se convierte en una versión actual para que el público actual descubra la disneyzación de los libros de Rudyard Kipling. Pero, al mismo tiempo, es poco más que eso, y se abre así una vía de decepción también bastante peligrosa. Es verdad que la tecnología le ha permitido a Jon Favreau rodar una de las películas más verosímiles con animales digitales, pero si eso es todo a lo que podía esperar es normal que la visión más optimista del filme se quede en esa corrección, la que permite pasar un rato entretenido aún a sabiendas de que no hay más expectativas que esas.

En ese aspecto, Favreau demuestra un enorme dominio en el terreno de los efectos visuales, algo que no es nada nuevo para quien disfrutara de sus dos primeras entregas de Iron Man. Si bien es más asequible crear cosas que son imposibles o propias del terreno de la fantasía mediante el trabajo por ordenador, no es fácil evitar el riesgo de que los animales sean artificiales, y el primer gran mérito que hay que admitirle a El libro de la selva es precisamente ese, que Baloo, Bagheera, Shere Khan, Kaa o incluso el sobredimensionado Rey Louie parecen reales en comparación con el único actor humano de la película, el joven debutante Neel Sheti, quien tampoco es que componga un Mowgli excesivamente memorable. Cumple, como casi todo en la película, pero hasta el clímax de la película no hay demasiado en su trabajo que invite a pensar en una carrera extraordinaria.

Revisado y admirado el trabajo digital, El libro de la selva se convierte en una de esas películas que invita a debatir largo y tendido sobre el doblaje. Con Bill Murray, Ben Kingsley, Scarlett Johansson, Idris Elba o Christopher Walken dando vida a los principales animales de la cinta, ¿tiene mucho sentido verla en versión original? ¿Se entiende así la personalidad que han dado estos actores a todos estos personajes animados? Desde luego, la versión original aporta un plus que la doblada se reconoce incapaz de alcanzar, y es una pena perderse el trabajo de semejante reparto. Pero en España el doblaje sigue mandando, y por eso la versión que muchos verán de El libro de la selva tendrá una tara esencial, independientemente de que el trabajo de los dobladores sea bueno y malo. El debate es más importante de lo que parece porque, hablando de una película con un único actor humano, se está suprimiendo el 100 por 100 de lo que hace buena parte del reparto original.

Puede ser injusto, pero quizá ese sea uno de los motivos por los que El libro de la selva no tenga la capacidad de enamorar que siempre se le puede atribuir a esta versión, la de Disney, del relato de Kipling. A pesar de algunos momentos interesantes, en los que un Shere Khan que quizá aparece demasiado poco se convierte en lo mejor del filme (junto con Baloo, aunque este desde una perspectiva mucho más humorística), la película de Favreau sufre de una falta de consistencia real en su mensaje (¿debe Mowgli actuar como un lobo o como un humano?). Como aventura para todos los públicos sí se entiende esa corrección en el resultado final, también como adaptación más del propio filme del estudio del ratón que de la novela original, terrenos en los que Favreau sí se mueve con bastante comodidad, pero sin riesgo, incluso replicando casi por sorpresa los números musicales de la cinta animada.

viernes, abril 01, 2016

'Hitchcock / Truffaut', ¡qué grande es el cine!

Hay pocos libros más importantes en la historia del cine que Hitchcock / Truffaut, una apasionante e imprescindible conversación que sostuvieron los dos cineastas a petición del francés para analizar en profundidad el cine del británico y que se publicó en 1966. Ese es el referente de Hitchcock / Truffaut, el documental que ha realizado Kent Jones. Y aunque no es exactamente un relato sobre cómo se fraguó ese libro y la posterior amistad entre Alfred Hitchcock y François Truffaut, que es lo que se podría pensar viendo el título y el cartel del documental, es uno de esos filmes que hay que ver. Podría tener el montaje más torpe, el guión más deslabazado y la narración más inconexa, que aún así este Hitchcock / Truffaut sería una maravilla. ¿Cómo no serlo si ahonda en lo grande que es el cine como medio, como entretenimiento y como arte, de la mano de un genio asombrosamente discutido en su momento como es Alfred Hitchcock?

El documental se mueve, en realidad, en dos escenarios diferentes. Por un lado, es, efectivamente, un relato de aquella entrevista, de cómo se cruzaron los caminos de dos directores tan diferentes. Jones, director del Festival de Nueva York, utiliza bastantes cortes de audio de aquella entrevista, las fotos con las que se documentó y muchísimo material del cine sobre todo de Hitchcock para explicar algunos de los pasajes de este imprescindible volumen. Por otro lado, es un análisis en toda regla de diversos elementos con los que el mago del suspense se ganó ese apelativo y se mereció, aunque hasta este libro no lo obtuviera en realidad, el calificativo de cineasta. El análisis, para añadir aún más peso al documental, no lo hace Jones sino una gran colección de autores a los que entrevista, entre los que están Martin Scorsese, David Fincher, Paul Schrader o Peter Bogdanovich, a quienes escuchar es siempre una absoluta delicia.

Todo en el documental, de hecho, es una delicia. Es verdad que no termina de satisfacer el objetivo de saber muchas más cosas sobre la entrevista, que no es una biografía de estos dos genios aunque atisbe algunos elementos biográficos de ambos, ni tampoco un estudio en profundidad sobre su cine, aunque sí de algunos de sus elementos. Pero cada momento, cada frase, cada plano que se ve en la pantalla sirve para aprender cine. Para ver cine. Para sentir el cine. Y eso, en realidad, no tiene precio. O si lo tiene es uno que nadie puede pagar. Por eso es una auténtica maravilla recibir clases magistrales de este calibre contenidas en un formato documental de apenas 80 minutos. Ese es el principal acierto de Jones, saber cómo ir fascinando poco a poco, por mucho que siempre dé la impresión de que apenas está rascando la superficie de lo que el libro ya había asentado como una biblia de lectura necesaria.

Por extraño que suene en un documental, también se puede decir que Hitchcock / Truffaut, el libro, es mejor que Hitchcock / Truffaut, la película. Pero dado que Hitchcock era un cineasta eminentemente visual, es también imprescindible que la lectura del libro se haga en paralelo a las imágenes. Para entender qué pretende Hitchcock con un plano concreto, ¿qué puede haber mejor que verlo? Esa es la tarea que emprende Jones como director de esta pieza. Y siempre queda la sensación de que, si se llegara a hacer una serie documental que abarcara todo el libro, el cinéfilo lo devoraría y lo adoraría con la misma intensidad. Son sólo 80 minutos, y aún así en cuanto termina la cinta y se encienden las luces de la sala es imposible no notar la enorme sonrisa que queda en la cara. La sonrisa que siempre produce la sensación de haber aprendido, una vez más, lo grande que es el cine. Y lo grande que fueron Hitchcock y Truffaut, genios de otra época a los que este filme rinde un sincero tributo.

miércoles, marzo 23, 2016

'Batman v Superman. El amanecer de la justicia', gozoso despropósito

Zack Snyder ha optado por un camino complejo y ha transformado al más luminoso de los superhéroes en un figura oscura, nolanizada y quizá exageradamente compleja. Lo hizo en El Hombre de Acero, una película más que interesante, pero con muchos altibajos. Y Snyder es verdad que ha tomado nota de sus errores. Todos los personajes que había en aquella y que reaparecen en Batman v Superman. El amanecer de la justicia parecen haber mejorado. Y todo lo nuevo resulta, como poco, bastante atractivo. Pero la película es un despropósito. Juega demasiadas cartas a la vez, quema demasiados conceptos, tritura un número demasiado amplio de cómics y trastea demasiado con la posibilidad de un universo expandido que ya es real y que terminará de plasmarse este año con Escuadrón Suicida y, sobre todo, cuando llegue la ansiada película de la Liga de la Justicia. Pero hay demasiada prisa. Sencillamente, demasiada. Y por eso la cosa no funciona tan bien como debiera.

El caso es que Snyder juega buenas cartas. Arranca la película, secuela directa de El Hombre de Acero por mucho que se haya querido jugar a decir que no, con una secuencia doble muy potente que deja a las claras que esta, en realidad, es sobre todo una película de Batman hasta que la acción, sorprendentemente muy ausente a lo largo de todo el metraje, se desboca en los dos clímax finales, brillantes e intensos en muchos aspectos, en realidad las dos escenas anticipadas por los trailers que cualquiera que pague una entrada de Batman v Superman está deseando ver. Lo demás, una complicada construcción para dar base a que el Caballero Oscuro y el Hombre de Acero estén enfrentados durante toda la película que el guión acaba diluyendo entre esas dos secuencias de gran envergadura. Y saliendo del cine con el espléndido sabor de boca que dejan clímax y epílogos, lo cierto es que no basta para que la película alcance el nivel que podía anticiparse.

Y es una pena, porque la posibilidad de hacer algo mejor estaba ahí. Los temas que trata el filme, incluso alguno imposible de analizar sin caer en spoilers, son fascinantes. Pero a Snyder se le va la mano en muchos sentidos. La película, como ya es costumbre en el género, cae en un galimatías argumental en el que las cosas suceden porque sí y el tiempo y el espacio se saltan todas las leyes físicas de nuestra realidad para que todo acabe encajando. Hay muchas absurdeces de este tipo como para no lamentarlo. Eso puede no suponer gran cosa para quienes se centren en los personajes y en esas dos grandes batallas finales, pero importa, porque lastra buena parte de la propuesta del filme. Y eso que Batman se adueña de la película mientras Superman mejora al personaje de la película precedente, Jesse Eisebnberg compone un formidable Lex Luthor y la Lois Lane de Amy Adams, el Perry White de Laurence Fishburne o el Alfred de Jeremy Irons son geniales.

Por eso es gozoso, porque lo bueno que tiene que ofrecer Batman v Superman es francamente bueno, entretenido e incluso fiel a los personajes, siempre eso sí desde una vertiente oscura que no todo el mundo entenderá con la misma facilidad. Pero es un desporpósito porque comete errores de bulto. Es complicado entender que una película de esta envergadura apenas ofrezca acción hasta su tramo final. O que en un filme titulado Batman v Superman los momentos más brutales los protagonice la Wonder Woman de Gal Gadot, sensacional aportación al panteón del universo DC que bien hubiera merecido un espacio en el título y en el cartel del filme. Las comparaciones son odiosas, pero sigue dando la impresión de que hay muchas ganas de alcanzar el mismo estatus que Marvel se ha ido fraguando con un número importante de películas y Snyder, ya con casi cinco horas de historia, parece haber quemado cartuchos demasiado importantes como para seguir en una casilla de salida. El amanecer de la justicia aprueba, pero por desgracia sin alardes.

'Resucitado', Semana Santa de saldo

Asumamos que Resucitado tiene un punto de vista original a la historia de siempre, la historia de Jesús tras ser crucificado hasta la muerte y de cómo regresó para inspirar a sus fieles apóstoles en la enseñanza del cristianismo. Una vez hecho ese ejercicio, se acabó todo lo positivo que se puede decir de la película. Por mucho que hayan pasado muchos años desde su época de gloria, da hasta cierta pena ver a Kevin Reynolds, director de la muy entretenida Robin Hood, príncipe de los ladrones y de la injustamente menospreciada Waterworld, ambas con Kevin Costner, no sólo como director de este filme de Semana Santa de saldo, sino también como su coguionista. Pero es que incluso asumiendo que es una producción que se ha hecho con cuatro duros, la película no consigue enganchar de ninguna de las maneras.

Efectivamente, el comienzo no es malo del todo. Resucitado, a pesar de su título, sigue las andanzas del tribuno que investiga qué sucedió con Jesús tras salir de su entierro. Jesús es, por tanto, una figura secundaria, pero Reynolds no consigue que tenga la fuerza necesaria ni en su presencia (ojo al final de la película, un efecto visual tan pobre como desconcertante) ni en su ausencia. Y si lo que tiene que ser el eje central de las preocupaciones y dilemas del protagonista no adquiere el poder necesario, toda la película se tambalea, hasta el punto de que es muy difícil de seguir incluso cuando da un giro radical y la cuestión pasa de ser un asunto romano a uno personal. La película acaba perdiéndose en una necesidad casi irrefutable de creerse lo que está contando en lugar de, simplemente, contarlo bien. Eso no lo hace.

Joseph Fiennes, protagonista del filme, hace lo que puede con su personaje, viendo cómo le rodean diálogos a veces absurdos y a veces repetitivos (¿cuántas veces se dice "Pilatos te reclama", como si no hubiera otra forma de provocar diálogos entre dos personajes?). Se asume que la película no busca ser épica, como otros grandes títulos de corte religioso que todas las Semanas Santas vemos por televisión, pero en realidad lo que ofrece es demasiado pobre. Hubiera sido mejor asumir esa escala y no incluir, por ejemplo, una escaramuza que casi parece una batalla de patio de colegio o esa escena de búsqueda de Jesús que casi parece un escondite también infantil y que acaba con una sensación casi alucinógena, la de unos protagonistas tan embriagados de felicidad que casi parecen fuera de la realidad.

Reynolds ni siquiera sabe imprimir ritmo a la película, tampoco a las poquísimas escenas intensas que hay en el relato, y la película cae en demasiados momentos en un exagerado aburrimiento. No interesan los diálogos, no se sabe muy bien qué papel juegan en esta historia el propio Pilatos o el personaje de Tom Felton, una especie de ambicioso segundo oficial al que se despacha sin desarrollarle. Resucitado no pasa el corte porque, en realidad, tampoco aspira a pasarlo. Se conforma con esa originalidad del punto de partida y después se hunde al asumir su escasez de miras, su pobreza presupuestaria y su escasa profundidad emocional o narrativa. Y no es cuestión de medios, porque manteniendo la escala desde luego se podría haber hecho una película mucho más interesante de la que ha firmado Reynolds con aburridas escenas de interrogatorios, persecuciones sin garra y personajes más bien planos.

viernes, marzo 18, 2016

'Calle Cloverfield, 10', el ingenio no es infinito

La clave para entender todo lo que hay alrededor de Calle Cloverfield, 10 es el ingenio. Hay mucho en la forma en la que la película nos ha llegado, prácticamente sin que nadie se haya enterado de su rodaje, su producción o su historia. Vamos, que es la prueba de lo perfectamente posible que es llamar la atención sin necesidad de incorporar spoilers a las estrategias de márketing. Hay ingenio, aunque ya más moderado, en la estructura de la película, que construye la historia por un lado y por un género para acabar en otro lado y en otro género completamente diferente. Pero hay menos a la hora de hacer que todo el entramado funcione. Entretiene, por momentos incluso parece elevarse más de la media, pero al final el ingenio no es infinito y Calle Cloverfield, 10 no es un producto tan original como parece a priori. Ya lo hemos visto, y es una fórmula que tiene un rápido desgaste.

Aunque contar la historia de Calle Cloverfield, 10 es un problema (la película está pensada para ir descubriéndola poco a poco, así que contar algo de su sinopsis ya parece una traición a la misma esencia del filme), sí se puede hablar sin problemas de las sensaciones que deja una cinta que, en realidad, tanto da que esté vinculada o no a Monstruoso (Cloverfield era su título original) aún partiendo de un secretismo similar. Y la principal es que a Dan Trachtenberg, que es el director del filme y no J. J. Abrams a pesar de que todo el mundo se empeñe en atribuirle todo el mérito (o el demérito), en una jugada que recuerda a la paternidad atribuida a Joss Whedon de La cabaña en el bosque, no consigue transmitir toda la fuerza que necesita la historia a lo largo de sus algo demasiado extensos 103 minutos.

Las sorpresas, en realidad, no son tan sorprendentes como tendrían que ser, con lo que el peso de Calle Cloverfield, 10 se sustenta en su trío de actores, Mary Elizabeth Winstead, John Goodman y John Gallagher Jr. Y entre ellos, sobra decir que es Goodman quien se lleva todas las atenciones, no sólo por el imponente físico y su respiración casi enfermiza que se convierten en parte esencial de su trabajo actoral, sino también porque es, con diferencia, el personaje más interesante de los tres. Los intentos de hacer que los otros dos se sitúen a su altura son, probablemente, los que llevan a la película a alargarse de forma innecesaria, cuando el foco tendría que estar puesto en el misterio, en la tensión y el choque entre unos personajes que viven una situación límite y que no termina de verse como tal en algunas escenas. Las que funcionan son las que hacen que el filme sí tenga interés, pero el conjunto es irregular.

Y dicho esto, ¿cómo explicar de qué va Calle Cloverfield, 10 sin reventarla? Basta decir que es una historia de supervivencia de tres personajes en un entorno cerrado. Las causas del encierro y los porqués de cada uno de los tres para estar allí es algo que merece la pena ir descubriendo poco a poco en el filme, es, de hecho, uno de los principales puntos de interés. Pero en el fondo todo está prácticamente claro desde el inicio. Pasada la primera sorpresa, lo mejor es dejarse atrapar por la intensidad de Goodman como guía. A través suyo sí que hay momentos de tensión. Pero la película se pierde en la autosatisfacción. Da la impresión de que todos sus responsables, sea Trachtenbegr, Abramso los dos, se sienten demasiado inteligentes con lo que están haciendo. Y esta vez no, el ingenio no es tan desbordante como en la ya mencionada, limitada y muy mareante Monstruoso o con esa joya que es Super 8, por citar títulos relacionados con Abrams de pretensiones similares.

'El cuento de la princesa Kaguya', sorpresa visual

Con El cuento de la princesa Kaguya, Ghibli rinde homenaje al texto más antiguo de la literatura japonesa que ha llegado hasta nuestros días. Isao Takahata, director del filme, ejecuta un cuento mágico, que funciona mucho mejor en su primera mitad que en una segunda en la que el rumbo de la película no parece ser fácil de seguir, y que destaca sobre todo por un aspecto visual único y original, con una animación excelsa para mover figuras en las que se ve el trazo del lápiz sobre fondos inacabados de forma consciente y pensada. La simpatía inicial y la magia que tiene la historia crecen gracias a la técnica escogida para construir el filme, pero al final acaban pesando y mucho no sólo los 137 minutos que dura la cinta, muy excesivos y coronados por un extrañísimo y fantasioso final, que no termina de encajar en la propuesta, incluso aunque su origen sea evidentemente fantástico.

La princesa Kaguya del título brota de una planta de bambú con la forma de una pequeña princesa que de pronto se convierte en un bebé que crece a una velocidad anormal hasta llegar a ser una extraordinaria, bella e inteligente joven. Con esa premisa, casi resulta chocante que un final que se salte las fronteras de la realidad pueda estar fuera de lugar, pero no es por el qué sino por el cómic. El cuento de la princesa Kaguya hace una clara apuesta por lo terrenal, por las emociones, por los sentimientos, en especial los de su joven protagonista pero también los de un buen grupo de secundarios, empezando por sus padres adoptivos o los de algunos de los chicos que viven cerca de ella y la ven crecen, sobre todo Sutemaru, el mayor del grupo. El final se desborda precisamente cuando lo más cercano se ha apoderado ya del todo de la historia, cuando los mitos se desmontan y cuando la trama que cobra fuerza es la del matrimonio de la chica.

Antes de llegar a ese punto, la historia sí convence, divierte y conmueve. Y lo hace sobre todo por su aspecto. Takahata hace de Kaguya un personaje con el que se establece una conexión inmediata. Sucede dentro de la película, donde parece que todo aquel que se acerca a la princesa queda cautivado por ella de una u otro manera, y también fuera. Con el bebé es imposible no reírse, con la niña es casi obligado divertirse y con la joven es tremendamente fácil emocionarse, tanto cuando está aprendiendo a comportarse como una mujer adulta como cuando se rebela a su destino de casarse con algún pretendiente al que no conoce. El trazo, el color, el aspecto luminoso de cada plano es una auténtica delicia, e incluso desconectando de la historia la técnica es tan fascinante que la película se convierte en un espectáculo digno de admirar.

El cuento de la princesa Kaguya no desentona en absoluto de la tradición de Ghibli, y es bastante verosímil que los adoradores del estudio japonés disfruten enormemente con este filme. Para quien no lo sea, y no esté acostumbrado a la pausada narrativa japonesa, quizá el resultado final sea algo demasiado largo, poco usual en películas de animación occidentales. Es fácil pensar en escenas que podrían haberse quedado en la sala de montaje o en el mismo guión, porque parecen redundantes en algún caso o porque ralentizan el tiempo de la película, algo confuso aunque se apoye en la voz de un narrador. Con todo, una película bonita en casi todos sus aspectos y probablemente única hoy en día por su técnica de animación, sublime en momentos como la carrera de Kaguya, con el uso de los ropajes o incluso en su onírico desenlace.

'El recuerdo de Marnie', trampa tan preciosista como sensiblera

La marca del estudio Ghibli pesa mucho y normalmente provoca que sus películas reciban valoraciones entusiastas, en las que no se suele prestar atención a los defectos de sus títulos. El recuerdo de Marnie, que estuvo en el quinteto de filmes de animación nominados al Oscar en dicha categoría hace apenas unos días, encaja perfectamente en esa calificación. El segundo filme de Hiromasa Yonebayashi es una preciosista muestra de lo que es capaz de hacer el mítico estudio japonés, convincente en todas sus imágenes y en todos sus diseños. Pero, al mismo tiempo, es un filme que cae en dos problemas fundamentales. Por un lado, confunde la sensibilidad con la sensiblería. Por momentos se compra la propuesta con facilidad, en su conjunto es difícil hacerlo. Y por otro, es una película tramposa, que no sabe manejar sus mejores elementos.

El punto de partida del filme, basado en la novela de la británica Joan G. Robinson, es atractivo. Una joven de doce años, Anna, tímida, sin amigos y enferma de asma se marcha a pasar una temporada con sus tíos, lejos de la gran ciudad, para mejorar de sus problemas médicos. Allí conocerá a Marnie, una niña rubia, casi etérea, con la que entablará una intensa relación desde el principio. ¿Primer problema? Que no es nada difícil intuir cuál quiere ser el sorprendente final de la historia, y eso hace que Yonebayashi lleve a sus personajes siempre por un camino marcado y señalizado, rompiendo claramente las barreras de la realidad y dejando al espectador sin intriga y sin alternativas. A pesar de que el de Anna, esa chiquilla tan peculiar, es un personaje adorable, el mundo que se construye a su alrededor es bastante tramposo.

Esas trampas, que se pueden entrever en toda la película y dificultan la credibilidad de la historia en su conjunto, se acumulan de una forma impresionante en el tramo final de la película. Para llegar hasta allí, la apuesta es la de un ritmo lento, cansino y que bordea el aburrimiento con demasiada frecuencia. Como tampoco parece haber hilo claro entre las secuencias y el paso del tiempo no está bien plasmado en la historia, es bastante sencillo desconectar de la historia. Muchas escenas sueltas sí funciona (la del baile, la del silo), pero la falta de pericia del director a la hora de finalizarlas (el recurso del sueño se repite una y otra vez) deja un sabor de boca bastante agrio y minimiza el efecto de los aciertos, como sucede también con el final de la película. Tampoco ayuda que haya demasiado diálogo, demasiada explicación y muy poca fe en el espectador para que sea él quien saque conclusiones.

Con El recuerdo de Marnie parece buscarse una emocionante historia sobre el pasado y el presente, pero la valentía de contar con una protagonista de doce años, que no es ya una niña pero tampoco se ha convertido en una mujer, para mostrar un relato emocionalmente tan intenso se queda por el camino. La ejecución no parece la adecuada. No se sienten como necesarios algunos de los secundarios que aparecen en la historia y no hay manera de justificar que la película se acerque tanto a las dos horas. La excelencia audiovisual de Ghibli sí está presente en todo momento, es una delicia ver cómo se mueven los personajes en el pequeño pueblo que acoge la historia, el espléndido trabajo de sonido y el gran diseño de protagonistas y de escenarios. Pero la historia excede con mucho el nivel de azúcar que necesita y ralentiza demasiado su desarrollo para enganchar sin fisuras.

viernes, marzo 11, 2016

'La serie Divergente. Leal', otra vez más de lo mismo

Empieza a ser difícil no mostrar ya un evidente hartazgo hacia las series juveniles de fantasía y ciencia ficción, convertidas ya en culebras interminables, sagas que se estiran más allá de lo recomendable y de lo necesario con el único propósito de arrancar dólares de las manos de los aficionados, sin darles siquiera productos dignos. La serie Divergente, que ya se presenta a sí misma con esa pompa, como si realmente fuera algo trascendente y no el limitado producto de consumo que es, era un derivado light de Los juegos del hambre desde el principio. Y llegando a la tercera entrega, todavía con una cuarta en el horizonte, desgaje habitual del capítulo final de esto que siempre son trilogías, el cansancio es absoluto. En realidad es capaz de dar el entretenimiento que pide un público ya entregado, pero el resultado es malo por pura desidia. Da igual hacer una película coherente, para qué gasta el tiempo en hacer las cosas bien, si haciéndolas así ya ganan dinero.

Robert Schwentke tomó el testigo de Neil Burger en la segunda película de la serie, Insurgente, y lo mantiene para esta tercera, aunque no estará detrás de la cámara en el capítulo final, Ascendant. La verdad es que da igual, porque el estudio sólo requiere a alguien que ponga un poco de orden para que la película esté lista a tiempo. Leal, en ese sentido, no ofrece grandes novedades. Si acaso, como suele suceder en estas series, lo que ocurre en esta película empieza a ser aquello que desde el primer filme se intuía que podía tener algo de interés y que la maquinaria hollywoodiense actual conforma en series en lugar de condensar lo necesario en prólogos para contar historias verdaderamente atractivas. Como historia de ciencia ficción, Divergente tiene matices interesantes que ya han quedado arruinados por la larguísima exposición, que para colmo todavía no ha acabado, y por el escasísimo cuidado puesto, especialmente en la segunda y tercera partes, en los detalles.

Habrá quien quiera detenerse únicamente en las peripecias de Tris y Cuatro, interpretados por Shailene Woodley y Theo James, quien quiera ver la evolución de los personajes de Naomi Watts y Octavia Spencer, los clásicos nombres de prestigio con los que se suele adornar el reparto de estas cintas, o con la aparición del personaje de Jeff Daniels, del que es mejor no saber nada para comprender así lo previsible que es su desarrollo desde el primer momento en el que se le vea. A quien haga ese ejercicio, probablemente Leal sí le proporcionará el entretenimiento que espera. Pero como se quiera ir más allá, comienzan los problemas. No sólo porque en realidad no haya nada sorprendente en este festival de correctos efectos visuales, sino porque hay tantos atentados a la verosimilitud, a las leyes de la física y al desarrollo de los personajes, que en el fondo no hay por dónde coger lo que se está viendo.

Pero, claro, si uno está dispuesto a creer que un muro puede detener una lluvia roja y supuestamente contaminante, que unos tipos disparando ametralladoras contra dos personajes al descubierto no son capaces de acertar pero luego tienen una precisión de francotirador en un disparo más difícil, o que los malos malísimos siempre estén dispuestos a dejar a los buenos en situación de arruinar sus planes, entonces da igual lo mal que se hayan hecho las cosas en Leal. Eso son sólo ejemplos de lo que es cotidiano. Las series juveniles no quieren esforzarse. Les da igual que estén rodando eventos absurdos y comportamientos estúpidos, porque no quieren pagar guionistas para que piensen formas inteligentes de solventar situaciones. Quieren exactamente lo que se ve en la pantalla. Y eso les da dinero. Por absurdo que sea, tanto lo que pasa en la pantalla en las sucesivas películas de Divergente como que nos conformemos con esta forma de hacer cine juvenil.