miércoles, diciembre 31, 2014

2014, un año de cine

Acaba 2014 y toca hacer balance. Como todos, este es un balance personal. Y como tendría que ser en cualquier listado de esos que inundan los medios, las páginas web y los blogs, es intransferible. Si se quiere y se entienden las razones aquí expuestas en cada crítica, puede ser una guía, pero el cine es una experiencia que nos afecta a todos de formas diferentes y lo que para uno es una obra maestra para otro puede ser algo insufrible. Es la magia del arte en general y del cine en particular. He visto 155 películas estrenadas en España en los últimos doce meses (17 más de las que vi en 2013). Como es imposible llegar a todas partes, no están todas, claro, ni siquiera todas las importantes en algún ámbito, y faltan títulos como Boyhood, Invencible, Ocho apellidos vascos o Torrente 5.

Pinchando en los títulos, podéis acceder a la crítica de cada una de ellas. La gran mayoría se publicaron aquí, en La Sala de Cine, pero también en las colaboraciones que realizo en Cine y Comedia, una tuvo cabida en La Noche Americana, e incluso alguna ha caído en el apartado sobre cine de Cómic para todos. Así que estas son las películas de 2014 dividas en sus respectivas y, como decía, muy personales valoraciones.

· La película del año: Her
No ha sido fácil decantarse por Her. No es una gran película, en el sentido más espectacular del calificativo, sino que se trata de un filme pequeño y modesto, una historia humana en lo más cotidiano: un relato de amor. Pero Spike Jonze ha volcado tanto talento, tanta imaginación, tanta frescura y tanta humanidad (qué paradoja tan intensa, teniendo en cuenta que uno de los dos lados de este romance es un sistema operativo) que casi resulta imposible sustraerse al encanto de esta película diferente, una de las más bellas historias de amor que se han rodado nunca. Y como Joaquin Phoenix está totalmente sublime en la película, encaja que pueda ser considerada como la mejor del año, incluso aunque hayan pasado tantos meses desde su estreno en España y aunque haya gente que no encaje con tanto entusiasmo sus planteamientos.

· Lo más destacado
Como la guía para este listado es la fecha de estreno en España, se cuelan entre lo más destacado de 2014 unas cuantas películas que compitieron por el Oscar hace ya casi un año. Agosto, El lobo de Wall Street o La gran estafa americana (en la foto) son los exponentes de ese grupo de películas. Pero ha sido un año que ha dejado un espléndido cine palomitero, encabezado por las adaptaciones de cómics Marvel, pero también con el título que se alzaría sin problemas con el título de película del verano, El amanecer del planeta de los simios. Christopher Nolan sigue sin bajar de este peldaño, ahora con su Interstellar, y lo mismo sucede con David Fincher y su Perdida o Roman Polanski La venus de las pieles. Hay cine en español, La isla mínima y Relatos salvajes, cine de autor como Enemy y hasta joyas que no han recibido todo el reconocimiento que merecen como Al encuentro de Mr. Banks, Diplomacia o El hombre más buscado.


· Sorpresas positivas
Lo bueno de no conocer de antemano todo lo que se estrena, dudar de autores y actores o bucear en cinematografías que no adquieren en los medios el peso que tiene la norteamericana hace que todos los años se encuentren un puñado de películas que, sin esperar gran cosa de ellas, acaban siendo títulos que se ganan el corazón del cinéfilo. La comedia romántica (o agridulce más bien) ha encontrado títulos notables con Begin Again (en la foto), Amigos de más o The Skeleton Twins, el cine español se ha colado en este grupo con películas como El niño, Anochece en la India y, sobre todo, Loreak, el europeo ha dejado filmes como Miel o El abuelo que saltó por la ventana y se largó, el sudamericano la brasileña El lobo detrás de la puerta. Y el cine de género ha ofrecido pequeñas obras sorprendentes aunque no perfectas como Snowpiercer u Orígenes.


· Me gustaron... como esperaba
Aunque se tiende a volcar una crítica negativa muchas veces excesiva, no se hace mal cine. No desde un punto de vista del entretenimiento y tampoco desde el punto de vista del arte. En realidad, incluso películas abiertamente malas son capaces de proporcionar espectáculos que hacen que el espectador disfrute de un buen rato delante de la pantalla. Ninguna de estas películas pasará a los anales de la historia, están lejos de lo que se puede considerar una perfección artística o comercial o de las obras maestras de sus director (bien que duele dejar sólo en esta categoría, por falta de costumbre a Clint Eastwood con Jersey Boys, en la foto), pero tienen elementos suficientes como para valorar el trabajo que hay en ellas y valorarlas en su justa medida. Y hay de todo, desde cine palomitero a cine de autor. Incluso películas abiertamente denostadas por muchos como Cuento de invierno, Hombres, mujeres & niños, Robocop o The Zero Theorem.


· Decepciones
Si hay una decepción, es porque había expectativas. 2014 ha sido un año de grandes decepciones en las sagas más taquilleras. Por supuesto, ahí brilla con luz propia El hobbit con su capítulo final (en la foto), pero también Los juegos del hambre con su penúltima entrega o inicios poco prometedores como Divergente o El corredor del laberinto. Si Marvel es la cara de las adaptaciones al cine de cómics, Ninja Turtles u Oldboy fueron la cruz. Directores de prestigio como Rob Reiner, Woody Allen, Wong Kar Wai o Jim Jarmusch tampoco fueron capaces de acercarse a sus mejores obras. Películas pensadas para amasar premios como El sueño de Ellis, Un largo viaje o Una vida en tres días quedaron lejos de lo que podrían haber conseguido. Y el cine de gran estudio no triunfo como le habría gustado en casos como Godzilla o Monuments Men, a pesar de lo prometedores que eran los avances o los repartos.



· Pasables / Olvidables

Siempre hay un grupo de películas que no son malas, pero no son buenas. Que no llevan al espectador a retorcerse en su butaca, poniendo en duda su propia salud mental por haber pagado una entrada para verla, pero tampoco entusiasman o incitan a volver a verla. Se dejan ver. Incluso algunas que han recibido palos inmisericordes como Grace de Mónaco , que han sido objetos de fenómenos temporales como Amanece en Edimburgo, que estaban pensadas para ganar premios como Serena (en la foto) o que tuvieron elogios probablemente desmedidos como Ida.


· Muy malas
Y, sí, también hay películas malas. Las hay simplemente malas y las hay muy malas. Incluso las hay que han sido capaces de generar un grupo de aficionados y seguidores lo suficientemente grande como para pensar en secuelas o incluso porque acaben siendo películas de culto. Eso sucede con títulos como Drácula. La leyenda jamás contada, El club de los incomprendidos, Los mercenarios 3, Lucy o Vampire Academy. Mucho más difícilmente salvables se antojan despropósitos como Así en la Tierra como en el Infierno, En el ojo de la tormenta, Por un puñado de besos, la última versión animada de Tarzán o, quizá especialmente, la inclasificable obra de Abel Ferrara Welcome to New York (en la foto).

Así en la Tierra como en el Infierno

· La peor película del año: Transformers. La era de la extinción
Sabiendo que es imposible que haya una película que sea la peor del año por los mismos criterios que rigen un ránking de este tipo, si hay un título que merezca esa distinción es Transformers. La era de la extinción. La saga de Michael Bay, basada en los populares juguetes de Hasbro, nunca ha sido un cine inteligente, pero ha vendido entradas como churros. Esta cuarta entrega lo ha vuelto a hacer, a pesar de que la estupidez de su guión y de sus planteamientos no ha dejado de crecer, hasta llegar a convertirlo en esta cuarta entrega en en el blockbuster más grandilocuente y a la vez en el más vacío que se ha estrenado en años. Que tenga tanto éxito económico es una razón más para colocarla como la peor del año, porque el éxito ciega a los estudios y siguen pagando un cine conscientemente estúpido (¿por qué trabajar en un guión mejor si la gente va a pagar la entrada igual?) y a un director sobrevalorado y cada vez más holgazán en estas lides.

jueves, diciembre 25, 2014

'Big Eyes', Tim Burton cambia más de lo que mejora

Que Tim Burton no atraviesa el mejor momento de su carrera es algo notorio. La inesperadamente aburrida Alicia en el País de las Maravillas y la intrascendente Sombras tenebrosas, con el juguetón y genial paréntesis de Frankenweenie, sembraron dudas sobre la carrera del director, que rápidamente ha buscado un cambio radical de registro con Big Eyes. La película es correcta, no está mal llevada, deja buenas interpetaciones y la historia es atractiva, pero la mejora no es tan palpable como ese cambio de rumbo. No es que Tim Burton se mueva mucho mejor en mundos de fantasía (eso es innegable, por mucho que ya antes haya sabido imprimir genialidad a historias de corte más realista como la extraordinaria Ed Wood), es que Big Eyes no termina de encajar en las inquietudes burtonianas casi en ningún momento de la película, por lo que el resultado es frío y carente de emoción. Hay momentos en los que no es así, en los que sí se ve genialidad, pero son fugaces, más localizados de lo que seguramente esta historia permite.

Big Eyes sigue los pases de Margaret (Amay Adams), una pintora que realiza unas curiosas figuras de grandes ojos, que tiene que rehacer su vida con una hija y se encuentra casi por casualidad con Walter (Christoph Waltz), un tipo de marcada sensibilidad artística. El filme cuenta un hecho real bastante popular en el mundo del arte del siglo XX, pero para quien lo desconozca por completo lo mejor es dejar ahí la sinopsis y sorprenderse con la narración. Y hablando de sorpresas, la principal está en el tono de la película, alejado de los burtoniano casi de principio a fin. Parece evidente que Burton ha buscado una forma de recuperar prestigio por una vía que le alejase de su mundo gótico y siniestro, pero lo único que ha ganado es tiempo. Big Eyes no es una película que merezca críticas negativas como las de sus dos anteriores filmes de imagen real, pero tampoco nos devuelve al mejor Burton.

La clave hay que buscarla en que no saca partido del material que tiene entre manos. La historia pone sobre la mesa muchos temas, pero Burton no termina de rematar ninguno, hasta el punto de que la película se convierte en una narración lineal que no explota en ningún momento y que deja por el camino tramas (el ex marido de Margaret). Hasta su final sorprende porque no da la sensación de serlo. Si los temas se quedan a medio confeccionar, lo mismo se puede decir de muchos personajes. Los secundarios son inexistentes en su mayor parte, y se nota que hay personajes sumamente desaprovechados como el del periodista que interpreta Danny Huston (que, para colmo, es el narrador de la película, por mucho que desaparezca durante incontables minutos), el crítico de arte de Terence Stamp o hasta la hija de Margaret, Jane (primero Delaney Raye y después Madeleine Arthur). Big Eyes se centra exageradamente en la relación entre Margarte y Walter, y es, por tanto, una película para que se puedan lucir Amy Adams y Christoph Waltz.

Aunque ninguno de los dos deja una interpretación especialmente memorable, siempre da la sensación de que ella está un peldaño por encima de él, y eso que Waltz abraza un histronismo que quizá tendría mejor encaje en los gustos burtonianos y que deja los momentos más divertidos en el tercio final, pero la poca sensibilidad que en realidad tiene la película es la que desborda Adams. Lástima que Burton no desarrolle más a su protagonista femenina, dejando escapar incluso algunas obsesiones que se intuyen a lo largo de la historia. Burton se acaba quedando en un biopic simpático en el que el paso del tiempo es casi inadvertido, y que tarda bastante en arrancar y en llegar a los momentos más interesantes. Poca cosa para un director capaz de construir universos atractivos con tanta facilidad, pero sin duda una mejora con respecto a sus películas previas. Con todo, aún es difícil decir qué puede ofrecer Tim Burton en el futuro, Big Eyes no arroja demasiada luz sobre la supervivencia de este otrora genial director.

'El club de los incomprendidos', sólo para convencidos

Cada vez se hace más evidente que el cine busca éxitos rápidos y fáciles, aquellos en los que no tenga que convencer al espectador de lo gratificante que va a ser la experiencia audiovisual que le propone, por supuesto previo pago de una entrada. Pero lo que antes incluía algún aliciente para atraer a otro tipo de público, buscando abrir el grupo de aficionados o ampliando las miras de un universo de ficción, hoy se queda en un simple sacacuartos en demasiadas ocasiones. El club de los incomprendidos es la pobre aportación española a esa moda. El debut en la dirección de largometrajes de Carlos Sedes, un realizador con experiencia en televisión, no busca más que a los ya convencidos por el fenómeno literario en el que se basa, las novelas de Blue Jeans. Desde un punto de vista empresarial no es mala apuesta teniendo en cuenta el éxito de dichos libros y que precisamente fija su mirada en el sector adolescente. Pero más allá de eso, es una película mal enfocada, en la que falta una enorme cantidad de información para que se sostenga sin el vínculo de papel y que no convence nunca, más bien al contrario.

Si fracasa es porque abraza una irrealidad asombrosa teniendo en cuenta que precisamente quiere ser un retrato realista de la juventud actual. Puede que sea esto lo que quieren leer y ver los adolescentes que han convertido la serie en un éxito de ventas, quién sabe, pero sin duda hay cientos de retratos juveniles más acertados que este en cualquier medio narrativo. La película acaba siendo un pequeño gran galimatías en el que las cosas suceden porque sí y donde las explicaciones brillan por su ausencia. Prima el deseo de crear un larguísimo videoclip (la selección musical acaba cargando porque incide una y otra vez en el mismo tono, en el mismo tipo de secuencia, en potenciar el lado más brillante de la vida... cuando precisamente el título invita a pensar en una problemática social que no se ve en ningún momento en la película) sobre la posibilidad de construir una historia bien moldeada y creíble, con unos personajes sólidos. Ni siquiera el grupo protagonista consigue que la película emocione cuando toque o genere empatía en los momentos más dramáticos.

Y eso tampoco es culpa del reparto, que con diferencia se convierte en lo mejor de la película. El grupo que forman Charlotte Vega, Ivana Baquero, Alex Maruny, Michelle Calvó, Jorge Clemente y Andrea Trepat es una foto fija casi perfecta. Hasta consiguen, casi por sí solos, que la película cobre algo de vida cuando en su tramo inicial quiere parecerse a El club de los cinco, pero sus personajes se diluyen rápidamente en la pretensión de capturar al espectador juvenil por los oídos más que por el cerebro o siquiera por la semejanza. El intento de dar algo de peso a la película con actores de renombre se diluye por completo al ver lo desdibujados que quedan sus personajes, desaprovechado el de Aitana Sánchez-Gijón, insuficiente el de Raúl Arévalo y directamente intrascendente e innecesario el de Lluis Homar, al que casi sorprende ver aceptando estas cosas. El extraño montaje de la película y una dirección de actores algo errática condenan a que incluso lo que pueda alcanzar de bueno se quede muy corto.

El problema de El club de los incomprendidos es de base. Probablemente no quiera ser más que lo que es, pero es una pena que ni siquiera parezca aspirar a cubrir el expediente de una forma intachable. Una novela que está pensada para conectar con lectores adolescentes en lo más básico suena absolutamente vacía en la pantalla, e incluso risible en ocasiones, y (algo bastante frecuente en el cine español que bucea en el romanticismo o en la juventud) hay un abuso de la voz única: por mucho énfasis que se quiera poner en las enormes diferencias entre cada uno de los personajes, todos hablan exactamente igual. No es que no se cuente su pasado, es que no se tiene en cuenta. Pero ni siquiera su presente, con unas elipsis que no sirven para nada y que hacen de la película algo todavía más inverosímil. Al final, tiene más valor como postal de Madrid que como filme, aunque lo más probable es que el aficionado a las novelas de Blue Jeans la adore del mismo modo que al referente de papel. Malo si nos conformamos con eso.

viernes, diciembre 19, 2014

'Big Hero 6', Disney encuentra sus Increíbles

Cuando Pixar estrenó Los Increíbles, no sólo mostró su firme apuesta por un cine de calidad y disparó el prestigio de su director, Brad Bird, sino que además hizo probablemente la mejor película de superhéroes que se había hecho hasta entonces sin necesidad de bucear en el mundo del cómic de forma directa. Cuando Disney compró Marvel, era de suponer que habría películas de animación basadas en los personajes de la editorial. La sorpresa fue que para la primera se escogiera un grupo del que muy poca gente había oído hablar, Big Hero 6. De hecho, la versión que aparece en la película es sensiblemente diferente a la del cómic (por personajes y por historia), pero no es nada descabellado decir que son a Disney lo que Los Increíbles fue a Pixar. Es su versión del mundo del superhéroe, una trepidante, quizá algo más juvenil, pero aún más hermosa y apabullante en lo visual. Es una delicia de película, un producto que rezuma el espíritu Marvel por los cuatro costados y que convence de principio a fin.

¿Por qué? Sencillo, porque abraza su origen (aunque también lo esconda al prescindir del logo de Marvel) y al mismo tiempo le un toque Disney muy genuino y un aspecto moderno que seguramente ayudará a captar a un público nuevo. Puede que no sea tan brillante como el cine de Pixar, que al fin y al cabo es el referente obvio en animación en general y en el mundo del superhéroe en particular a través de Los Increíbles, pero Big Hero 6 supone un paso adelante bestial en el terreno visual. La película no sólo no tiene nada que envidiar a Pixar, sino que en algunos aspectos supera a su empresa competidora pero a la vez parte de la misma casa. La creación de los escenarios, de las masas, de los colores y de las texturas es maravillosa incluso con el habitualmente efecto oscurecedor que tiene el 3D. Y el movimiento de los héroes en acción o su diseño es extraordinario. Nada falla en la película en ese sentido, y sorprende viendo la experiencia de sus codirectores, Don Hall (Winnie the Pooh) y Chris Williams (Bolt).

La historia es donde quizá se nota más esa transición entre Marvel y Disney. Cambian las relaciones familiares y de amistad, las motivaciones, e incluso el escenario (que en el cómic era directamente Japón y aquí es una especie de híbrido ficticio entre Tokio y San Francisco), pero eso no importará a mucha gente dado el carácter absolutamente marginal del grupo en la historia de Marvel, y sí contentará al habitual espectador Disney. ¿Es por ello una película blanda? En absoluto, todo lo contrario. La intensidad de sus imágenes de sus imágenes también encuentra algún rincón en su desarrollo y en lo que le sucede a los personajes, por mucho que sea una aventura para todos los públicos que por movimiento, colorido y edad de sus protagonistas está llamada a hacer las delicias de un público infantil y juvenil contentando además a los adultos y, sobre todo, a los aficionados al cómic (esencial para esto, el villano de la función, un diseño espléndido y una ejecución en la película por momentos insuperable).

Resulta dificilísimo ponerle alguna pega a Big Hero 6. Es divertida cuando tiene que serlo, profundamente imaginativa desde su planteamiento hasta su final, un festival visual como pocas veces se ha visto, con escenas de acción que incluso ofrecen el lujo de colocar una de ellas entre las grandes persecuciones que se han visto en las calles de (más o menos) San Francisco. Y, sí, con un indudable sabor a cómic (ojo al cameo de alguien muy reconocible), que hace de la película una formidable historia de origen (uno de sus mejores personajes, Fred, no deja de hacer alusión a ello con algunos de los diálogos más divertidos del filme) que lleva a pensar por qué diantres no se ha puesto Disney como loca a hacer películas basadas en personajes de Marvel, incluso también de los más conocidos. Además, es una película Marvel por mucho que lo indique, así que es obligado esperar hasta el final de los títulos de crédito. Ningún Marvelita quedará decepcionado por la espera. Ni por la película, formidable en todos los sentidos, de esas que hace desear un regreso a la infancia para disfrutarla aún más si cabe.

miércoles, diciembre 17, 2014

'El hobbit. La batalla de los cinco ejércitos', lo mejor y lo peor de Jackson

Las comparaciones resultaban imposibles desde el principio, pero qué diferentes son las sensaciones que dejó El Señor de los Anillos, una trilogía monumental y todo un momento cumbre de la historia del cine, y las que deja ahora El hobbit, un proyecto mal planteado desde el principio y cuyo último capítulo, La batalla de los cinco ejércitos, revela lo mejor y lo peor de este nuevo intento de Peter Jackson de adentrarse en el mundo de J. R. R. Tolkien. Lo mejor es la capacidad de recrear todo un mundo de la nada y de fascinar con el resultado. Lo peor, sus problemas para entender la narrativa cinematográfica. La mezcla acaba resultando en un producto mucho más olvidable de lo que su descomunal tamaño puede hacer pensar. El hobbit está a años luz de El Señor de los Anillos, y eso es algo que probablemente tendrían que reconocer hasta los más acérrimos defensores de esta nueva trilogía y que, ya sin ningún género de dudas, nunca debió llegar hasta las tres películas viendo el escasísimo desarrollo narrativo que ha quedado para este clímax final.

La batalla de los cinco ejércitos termina de consumar varios de los errores que había cometido Peter Jackson en las dos entregas precedentes, Un viaje inesperado y La desolación de Smaug. El más llamativo es el de estirar El hobbit hasta las tres películas, algo que redunda en la repetición y en un metraje claramente descompensado, entre las películas de la saga y también en este tercer filme por si solo, sabiendo ya de sobra que no hay identidad posible para cada una de las partes. En El hobbit sobran escenas y personajes y Peter Jackson parece haberse dado cuenta al final, porque ha firmado la más corta de sus películas basadas en el mundo de Tolkien, con la certeza además de que su arranque, de largo la mejor, la más brillante y la más espectacular escena de este cuento artificialmente alargado hasta los 474 minutos en sus versiones comerciales, tenía que haber sido el clímax de La desolación de Smaug. Eso, con todo, no es el gran problema de El hobbit en general o de La batalla de los cinco ejércitos en particular. El problema es que lo que sorprendía, emocionaba y fascinaba en El Señor de los Anillos aquí prácticamente no existe.

Jackson no se ha superado, eso es evidente, pero tampoco ha conseguido cubrir el expediente. ¿Entretiene? Sí, claro que sí. Era prácticamente imposible que no lo hiciera. ¿Tiene momentos brillantes? Desde luego, Jackson tiene esa capacidad. Y La batalla de los cinco ejércitos es, de largo, la mejor de las tres películas de El hobbit. Pero da tanta rabia saber que el propio Jackson podría haber hecho algo tan maravilloso como El Señor de los Anillos que viendo el resultado final ahora despunta el deseo de saber qué habría hecho Guillermo del Toro de haber seguido en el proyecto, incluso sin abrazarlo con un fervor especial en su momento. Este cierre es, en todo caso, peculiar. La épica que exige el clímax de El hobbit está presente en la película, pero va derivando a una suerte de duelos personales que no siempre terminan de hacer justicia a lo que se podría haber conseguido y que olvidan el gran escenario. Por supuesto, nada esconde el brutal trabajo visual que hay en el filme. Es cierto que hay un exceso de efectos visuales imposibles, pero el diseño de este universo a todos sus nieles, el sensacional casting y la descomunal batalla planteada merecen elogios.

Este tercer filme cumple con lo esperado, sobresale por encima de los anteriores, es una correcta unión con la trilogía anterior y prácticamente obliga a salir del cine con un gesto de satisfacción por la forma en la que acaba. Aún así, resulta curioso ver que Jackson se haya ido librando estos años de las furibundas críticas que George Lucas sí recibió con el regreso a su propia trilogía, la de Star Wars, cuando los errores del responsable de El Señor de los Anillos han sido como poco parecidos. La batalla de los cinco ejércitos comete excesos visuales extraños dentro de esa intención de unirse al espíritu de El Señor de los Anillos, prescinde de personajes en algunas escenas de una forma asombrosa (¿de verdad van a quedar cosas trascendentes para la versión extendida?) y maneja francamente mal los tiempos de la historia, los internos y los cinematográficos. Es decir, falla en todo lo que hizo de El Señor de los Anillos la maravilla que es. Este Jackson sólo sabe magnificarlo todo a todos los niveles. Y El hobbit no necesitaba eso. Qué lástima.

viernes, diciembre 12, 2014

'St. Vincent', qué fácil parece hacer las cosas bien

Hay un gozo especial en esas películas que parecen tan fáciles de hacer y que acaban llevando al espectador por la comedia y por el drama, por una historia atractiva y bien construida y por unas actuaciones que sólo van del notable al sobresaliente. Cuando se ve una película así, lo que se piensa es qué fácil parece hacer las cosas bien en esto del cine. Y luego, por comparación, es obligado proclamar que no, no es tan fácil, y por eso cuando las cosas funcionan hay que decirlo. St. Vincent es una de esas películas que deja un gran sabor de boca. No será una obra maestra indiscutible, no se convertirá probablemente en la película en la que todo el mundo pensará cuando se mencione a Bill Murray o Naomi Watts, quién sabe si incluso a su director, el debutante en largometrajes Theodore Melfi, pero será una de esas películas que acabamos viendo y disfrutando cada vez que nos encontremos con ellas, con las que pasamos con una facilidad asombrosa de la sonrisa, incluso de la carcajada, a la lágrima, porque es tan divertida como emocionalmente compleja.

St. Vincent es la historia de Vin (Bill Murray) un tipo que bebe, fuma, es antipático, tiene deudas, ve regularmente a una prostituta que está embarazada (Naomi Watts) conduce sin cuidado y dice tacos continuamente. Un tipo arisco, con el que no es agradable cruzarse. Y quien se cruza con él es Maggie (Melissa McCarthy), su nueva vecina, que se ha mudado al barrio con su hijo, Oliver (el debutante Jaeden Liberher). La película es, como casi parece obvio, una que descansa sobre los hombros del protagonista. Si él funciona, la cinta va a funcionar por encima de todos sus defectos. Y como Bill Murray es un actor sensacional, que cumple a rajtabla esa norma no escrita de que el mejor intérprete posible es un cómico cuando se toma en serio a sí mismo, borda el papel. Vin es odioso cuando tiene que serlo, pero de la forma simpática, empática y entrañable que la película exige que sea. Es imposible que esas sonrisas y esas lágrimas que provoca St. Vincent no sean reflejo de todo lo que él consigue con su actuación.

A partir de ahí se podrá pensar que estamos ante una película más o menos previsible, más o menos blanda o más o menos repetida, pero el buen rato ya se lo ha dejado al espectador. Cada descubrimiento que se hace del carácter y la vida de Vin es un peldaño más en la emoción que consigue el filme con una facilidad aplastante. Y Melfi, que también escribe el guión, muestra una habilidad espléndida para hacer lo más difícil: escribir la historia en la que se tiene que mover su personaje principal y crear un elenco de secundarios que sirva a sus propósitos. Por eso el crío es simpático, las preocupaciones de su madre acaban siendo las del espectador y hasta se siente una asombrosa debilidad por el manipulador pero terriblemente agradable profesor de religión que interpreta Chris O'Dowd, por eso divierten tanto las escenas que protagoniza Oliver en el colegio como las trifulcas de Vin en el banco (qué sutil pero qué contundente es su crítica al sistema burocrático que nos rodea, otro de esos pequeños detalles que engrandecen y dan realismo al guión).

Queda algún que otro cabo suelto en la película, por supuesto, algún punto que no termina de desarrollarse con acierto después de haberse planteado, pero eso tampoco molesta demasiado en los bien medidos 102 minutos que dura la película, que tienen el brillante colofón de unos títulos de crédito que no funden la imagen a negro hasta que no procede abandonar el mundo de Vin y que casi parece una improvisación más de Bill Murray. Da igual que St. Vincent sea una comedia dramática o un drama cómico. Lo que importa es que la historia (qué importante es siempre la historia por mucho que se destaquen otros elementos de cualquier película) mantiene el espectador dentro de ese entorno emocional que genera, y que tiene un recorrido tan largo que va desde el slapstick (los problemas de Vin con el hielo) hasta el drama más poderoso (las escenas en la residencia o el hospital), de lo más sorprendente (el giro que desemboca precisamente en el hospital) hasta lo más previsible (el emocionante acto en el colegio con todos los protagonistas).

'Hombres, mujeres & niños', difusa pero interesante

Cuando Jason Reitman se convirtió en el estandarte de un pretendido cine independiente hecho con estrellas y más dinero del que parece gracias a la simpática Juno, su carrera quedó marcada por una estigma que llegó a su cúspide en la probablemente sobrevalorada Up in the Air. Hombres, mujeres & niños, además de un título que poco avanza del contenido de su última película, es un paso curioso en su carrera, que le lleva a un cine mucho más coral de lo que ha hecho hasta ahora. Su análisis de la manera en que las nuevas tecnologías han cambiado nuestra forma de comunicarnos, relacionarnos y entretenernos, que en realidad ese es el nexo de unión entre todos los personajes que desfilan por la pantalla, es algo difuso, en algunos casos incluso pretencioso, pero no está en absoluto exento de interés. Al contrario, muchos de los temas que trata son apasionantes y los personajes están bien construidos y casi siempre muy bien interpretados. ¿Que la película deja alguna duda? Desde luego. Pero funciona más que razonablemente bien.

Reitman se centra en un grupo de chavales de instituto y sus padres para hablar de incontables temas. ¿Eso que implica? Que hay una apreciable irregularidad en el conjunto del filme. Ni se conecta con todos los personajes de la misma forma, ni todos los temas que toca la película, que son muchísimos, alcanzan el mismo nivel de eficacia. Pero dentro de esa irregularidad, inevitable ante un reparto tan coral y una historia tan ambiciosa aunque sea por extensión, el nivel es bastante interesante a todos los niveles. No es nada fácil lidiar con una película en la que tantos personajes tengan una relevancia tan marcada en la trama, al menos una docena, y que haya un equilibrio bastante interesante, incluso nexos de unión bastante fluidos entre ellos. Sólo se echa en falta alguna conclusión un poco más contundente en un caso y menos precipitada en otro, pero el guión, coescrito por el propio Reitman en base a una novela de Chad Kuitgen, avanza bastante bien.

Es verdad que en las dos horas que dura el filme hay momentos más difíciles de digerir, e incluso cierto miedo a que Reitman pierda la perspectiva con esa gran cantidad de planos en los que se pueden leer en pantalla mensajes de texto de toda clase o con esos fundidos con la parte más filosófica que quiere dar a la película (que, de hecho, comienza nada menos que en el espacio), pero hay tantos momentos que convencen a lo largo de todas las subtramas que esas pequeñas molestias no pasan de ser justo eso. Obviamente, y con personajes tan dispares, es fácil concentrarse en alguna historia por encima de las demás (y quizá lo más interesante, divertido e incluso por momentos dramático es el obsesivo control que la madre que interpreta Jennifer Garner ejerce sobre la vida de su hija en las redes sociales), pero la película pide a gritos una mirada de conjunto por la que apuesta y en la que está muy lejos de fracasar.

Adolescencia, sexualidad, paternidad, nuevas tecnologías, acoso escolar... Son muchísimos los temas que Reitman quiere abordar. La película podría haber muerto por ahí, pero no lo hace gracias a un reparto brillante (en el que lo más cojo es el intento de Adam Sandler de parecer un actor contenido, que bordea así las zonas más insulsas de la película), en el que cabe destacar sobre todo a la mencionada Garner, a la siempre interesante Rosemary DeWitt y a la totalidad de los chicos más jóvenes (Ansel Elgort, Kaitlyn Dever y Olivia Crocicchia fundamentalmente). Hombres, mujeres & niños era efectivamente una película complicada de manejar, y el mérito hay que encauzarlo por ahí. Esconde muchos momentos que desbordan realismo y que generan empatía, y su nivel de corrección cinematográfica tendría que ser suficiente para ser mejor tratada que las últimas películas de Reitman, Young Adult y Una vida en tres días.

'La señorita Julia', denso y exagerado teatro filmado

El principio del fracaso de una adaptación que pretende llevar una historia de un medio a otro reside en no entender las posibilidades y las peculiaridades que ofrece cada forma distinta de contar el mismo relato. La señorita Julia es una obra de enorme éxito desde que se representó por primera vez a finales del siglo XIX, pero el principal problema de esta adaptación que dirige Liv Ullman está en que no rompe las ataduras con su origen escénico y renuncia a contar el relato que pide a gritos el cine. Por eso, la película acaba quedándose en un largo, denso y exagerado teatro filmado que no deja buenas sensaciones. Es inevitable pensar que la cinta tiene el deseo de ser importante, de acercar al cine esa estela de prestigio que desprende el teatro para cualquier actor, pero el vaivén emocional de sus dos protagonistas es tan exagerado y a veces incluso inmotivado que resulta complicado meterse en la historia de la forma en la que lo pide la obra original, que tiene unos temas subyacentes que en la pantalla cuesta ver.

Liv Ullman respeta el original teatral, quizá con excesivas reverencias y dejando que la película avance sólo en función de los logros de sus actores. Y ahí radica uno de los problemas. Primero, por el evidente desequilibrio que hay entre Jessica Chastain y Colin Farrell, obviamente en favor de ella. A Farrell se le puede aplaudir que sea lo suficientemente valiente para buscar papeles diferentes, compañeros de reparto que mejoran su capacidad en casi todo y directores variados y de gran prestigio, pero su exageración teatral aquí es sólo eso, algo que linda con el histrionismo y que no termina de convencer. Ella está mejor, pero su reputación y su trayectoria ayudan a que el juicio sea más benevolente con ella. En realidad, ambos exageran mucho los gestos, algo que sirve mucho más en el teatro, donde el espectador de la última fila tiene que entender las emociones de cada escena sin primeros planos posibles, que en el cine. Ese es el principal problema de La señorita Julia.

Si eso sucede en una película en la que apenas aparecen tres actores (completa el reparto Samantha Morton, que es de largo la mejor, la que más transmite y la más contenida de los tres, además de disfrutar del personaje mejor medido, quizá porque es el que menos tiempo tiene en pantalla) es complicado que la historia avance como se espera de un producto cinematográfico. Ya en la primera escena, casi un monólogo del personaje de Farrell relatando hechos anteriores con los que se pretende explicar cómo es la personalidad de su oponente femenina en este juego de seducción al que se reduce la historia en esta adaptación, se percibe que el resultado no va a pasar de un teatro filmado. Con una más que correcta ambientación, como tampoco podía ser menos, pero con una sensación continua de que algo está chirriando en el conjunto. Ni siquiera el paso del tiempo (se supone que los hechos acontecen durante una sola noche) es algo que esté bien medido.

La señorita Julia pretende ser una lucha por la supervivencia, un duelo entre la clase alta que representa Julia, la hija de un barón que sólo actúa como una presencia poderosa, y Jean, un sirviente de la casa con el que juguetea desde una posición elevada y delante de Christine, la cocinera que también parece ser la prometida de Jean. Las tensiones son obvias, pero los grandes temas se diluyen, quedando únicamente el juego entre los dos protagonistas que no termina de enganchar. Si no lo hace, es por contraste. La mesura de Morthon emociona más que la exageración en la que caen con demasiada facilidad Chastain y Farrell, e incluso la propia protagonista femenina transmite mucho más con sus miradas y sus silencios que con sus palabras y sus gestos. No es fácil llevar una obra de teatro como esta al cine, pero La señorita Julia no pasa de ser una lenta sucesión de diálogos en la que nada termina de destacar al nivel de lo que se espera por el origen de la historia.


viernes, diciembre 05, 2014

'Exodus. Dioses y reyes', hermano rico, hermano pobre

Ridley Scott dedica Exodus. Dioses y reyes a su hermano Tony, que se suicidó en 2012 con 68 años. Ridley cierra así un curioso sentido metafórico de hermano rico y hermano pobre en la película, la ya conocida historia de Moisés y Ramses, dos hermanos divididos por su pasado, por sus lealtades y por sus creencias. Aunque Ridley es el más dotado cinematográficamente hablando, Tony lograba más unanimidad crítica y de taquilla con su trabajo. Ridley, a pesar de reconocerle méritos, siempre ha estado más expuesto a juicios mucho más duros hacia su cine. Y sin embargo, eso mismo le ha permitido hacer siempre las películas que ha querido, variando lo que ha deseado y sin límites presupuestarios. Pero Tony llevaba a los cines películas mucho más propias y personales. Lo que veíamos era lo que él quería hacer. En el caso de Ridley no es así y Exodus lo confirma. Lo que llega a los cines es sólo parte de lo que ha querido hacer. La parte abreviada, la comercial, la viable. Y esa es irregular, descompensada, brillante a veces y carente de emoción en otros momentos. ¿Por qué? Porque el hermano rico de esta historia es la versión extendida.

En realidad, para descubrir si este planteamiento es acertado habrá que esperar hasta que la película llegue al mercado de vídeo, pero viendo la trayectoria de Ridley Scott parece evidente que será así. El ejemplo más perfecto es El reino de los cielos, una película con la que esta comparte no pocos elementos, pero cuyo montaje comercial es mucho más hábil que el de Exodus. La irregularidad de la cinta es tal que sus 150 minutos no bastante para explicar todo lo que Scott quiere meter. Y es paradójico, porque los 99 minutos de El príncipe de Egipto cuentan la misma historia mucho mejor en su conjunto, por no acudir al referente de los 220 de Los diez mandamientos. Puede que las comparaciones sean injustas, pero también son inevitables, porque Exodus tiene una enorme cantidad de personajes que están porque tienen que estar, pero apenas se desarrollan. Se ve con claridad con los papeles de Sigourney Weaver, Aaron Paul o Ben Kingsley, pero en realidad afecta a todos salvo a Christian Bale y Joel Edgerton.

Scott busca que su película gire casi exclusivamente en torno a los dos hermanos, Moisés y Ramsés, quizá con la única salvedad de Séfora, el rol de María Valverde, y encuentra brillantes interpretaciones de Bale y Edgerton. Este incluso sorprende porque elude el toque de psicópata que se puede esperar de quien tiene preadjudicado el papel de villano, aunque la película no quiera sentenciarle de esta forma. Y lo que hace para darle lustre a la película es algo que sólo Ridley Scott parece dominar a al perfección en el cine contemporáneo: recrear un entorno histórico de una forma que quita el aliento. Le da igual que sea el Imperio Romano, la Edad Media o, como es el caso, el Antiguo Egipto, Scott es el cineasta perfecto para la creación de escenarios épicos que luzcan en pantalla, para montar batallas de gran escala a la antigua usanza (no se puede describir con palabras la gozada que supone ver una refriega así sin cámaras lentas). Scott es, en ese sentido, un director incomparable en el cine de nuestra era.

Pero, a diferencia de lo que en otras películas sí conseguía (desde la alabada Gladiator a la bastante injustamente denostada Robin Hood), en Exodus le falta algo de espíritu. No tanto por las obvias licencias que se toma con respecto a la historia bíblica, que eran más que esperables y no hacen tampoco demasiado daño (a pesar de la enormemente desaprovechada escena del Mar Rojo, a años luz del efecto que creaban Los diez mandamientos o El príncipe de Egipto), sino porque Scott hace una apuesta extraña. Parece que quiere ser realista, pero él mismo se olvida de ello cuando le interesa. Parece que quiere centrar la historia en la rivalidad entre hermanos y la olvida en cuanto pone rostro a un Dios vengativo y violento. A pesar de todo, la película no aburre en ningún momento. El carisma de Bale interpretando a Moisés es tan inmenso que su epopeya interesa. Ni siquiera el discutible uso del tiempo y la cereza casi absoluta de que la versión extendida mejorará bastante los logros de esta pueden evitar eso. Pero ya lo hemos visto. No con los ojos de Ridley Scott, y eso siempre compensa, pero no está entre las mejores películas de su director.

'Magia a la luz de la luna', Woody Allen, ese embaucador

Da la impresión de que Woody Allen debe estar disfrutando de este momento de su carrera, en el que sus admiradores y detractores están ya bastante enrocados en sus posiciones, los primeros encontrando genialidad hasta en la más aburrida de sus películas y los segundos destrozando incluso las que los primeros veneran como obras maestras indiscutibles. En ese planteamiento, casi parece que Magia a la luz de la luna es un guiño a esta ficticia disputa, porque trata sobre un desenmascarador de embaucadores, un mago (Colin Firth) que trabaja sobre el escenario pero también descubriendo las farsas de quienes se hacen pasar por auténticos mediums. Y, claro, es inevitable pensar que Woody Allen se considera a sí mismo ese embaucador capaz de engañar a todos, incluyendo a los más escépticos con su cine. Magia a la luz de la luna consigue su propósito a ratos, pero sigue siendo una muestra más de su cine, mucho más plano de lo que en realidad parece. Sobra decir, claro, que quien firma esto está más cerca del segundo grupo que del primero.

Por eso mismo, es más que posible que los admiradores de Woody Allen no encuentren razones en estas líneas para seguir leyendo o valorando esta opinión. Incluso aunque se diga que algunos aspectos de la película son más que disfrutables. Si algo es Allen por encima de todo, es un espléndido director de actores, de ahí que tenga una memorable colección de intérpretes a sus órdenes en su ya extensísima filmografía. En este caso, ver el formidable y apasionado duelo que mantienen Colin Firth y Emma Stone es sencillamente fascinante. Hay pegas, por supuesto. La primera, la inagotable insistencia de Allen en hacer que todos sus protagonistas actúen como émulos de sí mismo, ese neurótico a punto de estallar. Firth lo controla algo más, pero es inevitable ver resquicios de un papel que Allen habría deseado interpretar. La segunda, que el personaje de Stone, pese a estar brillante, utiliza un lenguaje y una forma de hablar que rompe por completo la atmósfera de época que persigue el director y guionista situando la película en los años 20 del siglo XX.

La química entre Firth y Stone es espléndida, de largo lo mejor de la película, y esa fantástica sensación que deja el reparto en cualquier película de Allen se incrementa con los secundarios (Jacki Weaver vuelve a sobresalir, como casi siempre). Pero la película carece de equilibrio y su ritmo está lejos de ser preciso, y es fácil preguntarse durante demasiado tiempo hacia dónde pretende ir Allen. Por el camino quedan secuencias interesantes (el observatorio, el baile), pero el conjunto se resiente. A ratos es tan divertida como las mejores películas de su autor, pero a ratos resulta tan inofensiva e intrascendente como las peores. Y así, se disfruta mucho más del duelo entre la medium y el mago que de todo lo que sucede a continuación. En la primera mitad de la película hay sarcasmo e interés, pero casi todo va decreciendo, hasta que llega un final al que ya es difícil prestarle demasiada atención, porque no se sabe si la película es una mirada cínica o una entusiasta a la vida.

Pero en realidad Magia a la luz de la luna encaja muy bien en el cine de Woody Allen por casi todo, algo que él mismo subraya ya desde hace mucho tiempo desde los mismos créditos (idénticos rótulos blancos sobre fondo negro, con música intercambiable entre diferentes películas; una seña de identidad para los aficionados, el principio del aburrimiento para los detractores), así que lo más probable es que convenza a quienes habitualmente disfrutan con sus películas. No es este el caso, porque me resulta difícil encontrar encontrar la genialidad a Magia a la luz de la luna más allá de sus actores. No es la película de época que quiere ser más allá de un rótulo y unos coches, pero tampoco es una película actual. No es una comedia desenfrenada ni tampoco pide a gritos que se tome demasiado en serio la historia. Y no se ve si no es más que una broma, un pasatiempo, o si de verdad quiere ser algo más. Embauca por momentos, sí, pero al final, como tantas otras veces, queda la sensación de que es un engaño. Hábil, pero un engaño a fin de cuentas.

viernes, noviembre 28, 2014

'Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo', desternillante y puro Ibáñez

No puede quedar mucha gente que no conozca con más o menos detalle a Mortadelo y Filemón. La historieta de Francisco Ibáñez, que ronda los 200 álbumes publicados, ha entretenido a tantas generaciones de chavales y no tan chavales, que resulta imposible acercarse a cualquier adaptación que se pueda hacer con la mente limpia. Quizá eso fue lo que más en contra jugó de la primera aproximación que hace ya más de una década intentó Javier Fesser, La gran aventura de Mortadelo y Filemón, penalizada por su prácticamente imposible salto a la imagen real aunque recibiera bastantes elogios. Pero con Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo Fesser ha dado en el clavo y ha realizado la perfecta película de los agentes secretos más populares del tebeo español. Desternillante, divertida, inteligente y muy fiel al original, la película es puro Ibáñez. Por eso, efectivamente, supone revivir las sensaciones de leer cualquier álbum de los personajes pero con la magia de verles (y oírles) en una sala de cine.

La conclusión obvia es que Mortadelo y Filemón encuentran en la animación en 3D el vehículo ideal para mostrarse como realmente son. Eso sí, desarrollando esa idea es innegable que Fesser despliega en la pantalla todo lo que hace de estos personajes lo que son. Aunque parezca lo mismo, no lo es, porque el cine requiere de otro lenguaje. Comparten el gag visual, inseparable de los tebeos de Ibáñez. Pero el acierto es enorme porque lo que hace Fesser es llevar a los personajes a su terreno respetando por completo las viñetas que les son propias. En otras palabras, esto no es un tebeo pero a los aficionados a Mortadelo y Filemón les va a provocar las mismas sensaciones de diversión. ¿Por qué? Porque comprende a la perfección cómo tienen que hablar los personajes y el universo en el que se mueven en su salto a un medio completamente diferente. Eso era quizá lo más discutible de La gran aventura de Mortadelo y Filemón, que llevaba a los personajes al terreno del propio Fesser, pero aquí no sucede eso.

Como el respeto es absoluto, el de Fesser a la historieta y el del salto del cómic al cine, el resultado es brillante. La película se mueve al mismo golpe de porrazo que las aventuras de Ibáñez, sin que le importe cambiar de tercio cada poco tiempo (ojo a la primera secuencia en la que aparecen Mortadelo y Filemón, tan sorprendente como brillante) y con un humor completamente español y en ese sentido algo marciano, y lo hace en el mismo subtexto que el tebeo, aquel en el que importan las aventuras de los personajes principales pero también lo que sucede y lo que se ve a su alrededor. De esta forma, Fesser introduce tantos guiños, chistes y referencias que obliga al espectador a volver a ver la película o a debatirla con otros espectadores para cazar muchas más de esas cómicas alusiones. Y lo hace, lo cual tiene más mérito, sin despistar de lo que es el foco de atención: Mortadelo y Filemón en una de sus misiones secretas, divertida como la que más pero con una ventaja a su favor: la magia del cine.

Eso se plasma en un espléndido reparto, que contribuye decisivamente a dar vida a la cinta. Karra Elejalde como Mortadelo y sobre todo Janfri Topera como Filemón logran una caracterización memorable, hasta el punto de que consiguen que el espectador olvide que está viendo una película de dibujos animados. A partir de ahí, Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo es una montaña rusa de ritmo bestial y divertimento absoluto, capaz de entretener a pequeños y a mayores porque al habitual y necesario catálogo de golpes y porrazos se suman chistes inteligentes entre los que destaca una memorable sátira sobre la televisión en España que concluye en el guiño final que corona unos créditos finales llenos de esos pequeños detalles que enriquecen a una película. Mortadelo y Filemón ya tienen una película definitiva y es esta. Lo es porque satisface sin duda los mejores sueños de Ibáñez como creador, pero también los de Fesser en su doble vertiente de aficionado y de director. Y así es imposible que Mortadelo y Filemón fallen.

'Los pingüinos de Madagascar', una trepidante locura muy de Dreamworks

Más que buscar un referente en la saga de Madagascar, a pesar de que uno de sus directores, Eric Darnell, provenga de ahí, Los pingüinos de Madagascar son puro Dreamworks. Al menos, el Dreamworks más reciente, uno que apuesta por historias alocadas y rocambolescas, con tramas casi imposibles de creer desde los estándares más lógicos de un espectador, simples excusas para desplegar todo un repertorio de chistes y universos visuales singulares. La diferencias entre Los pingüinos y cualquier otra película anterior de la productora está en el ritmo. Esta es trepidante y además no se detiene durante la hora y media que dura, va acumulando escenas una tras otra, aumentando el grado de intensidad y de acción hasta llegar al clímax final, e incluso a la escena que se inserta tras los primeros créditos finales. Y aunque la película llega a rozar lo inverosímil, incluso dentro de su propuesta, al final resulta tremendamente divertida.

En ese sentido, la cinta consigue lo más difícil: es divertida para adultos y lo es también para niños. Es verdad que lo más divertido para los mayores se condensa en la primera media hora (los chistes sobre los documentales son sensacionales) y eso puede dejar cierta sensación de que la película va decreciendo según aumenta su nivel de locura y su infantilización (sin ser eso un reproche, sigue siendo un cine que busca a los chavales de forma primordial), pero la combinación entre animales, colorido, chistes y acción satisfará a una gran parte de su público objetivo. Y la ventaja es que, aunque un par de chistes hacen referencia a Madagascar y sus mismos protagonistas surgen de allí, no es necesario haber visto las películas de esa saga para entender o disfrutar este spin-off. Todo el background que hay que tener para pasárselo francamente bien está contenido en el prólogo de la película, una de sus mejores escenas.

La inmensa locura en que se convierte la trama no llega a ser inverosímil gracias a que el flashback con el que se explica es portentoso, genial y divertido, probablemente la mejor escena de la película, y la que hace que el castillo de naipes que en realidad es la historia se sostenga con cierta solvencia. El gag, el slapstick, el chiste, todo eso va por otro lado, y es continuo y divertido. Los pingüinos lo son, por mucho que respondan a arquetipos claros y prefijados, y ahí radica el éxito de la cinta. Eso sí, ese detalle no es lo único que roza lo convencional, ya que el cine de dibujos animados tiene la costumbre de encontrar un tema inspirador para que los niños saquen alguna lección. Los pingüinos no es una excepción, aunque sea una lección de poco calado y, en realidad, tampoco se le dé una gran importancia en la película. En realidad, eso acaba siendo lo de menos dentro del alocado festival que supone el filme.

Y es que todo parece funcionar. De más a menos, sí, pero con un nivel siempre elevado. La comedia es tremendamente efectiva, y engancha tanto en los diálogos como en su expresión más visual (como la del chiste del paso de cebra), en el choque de personalidades de los diferentes personajes (¿el grupo de élite Viento del Norte podría ser un spin off del spin off?) y en sus escenas de acción (el descacharrante in crescendo de la persecución en Venecia no tiene precio). Por muchos defectos que se le quieran buscar, la película engancha como el perfecto entretenimiento para niños sin que el adulto tenga por ello que aburrirse. Eric Darnell y Simon J. Smith, directores del invento, saben sacar partido a las directrices de Dreamworks logrando que la manifiesta posición inferior en el terreno de la animación con respecto a Disney y sobre todo Pixar quede minimizada por la diversión más salvaje y desenfadada.

'The Zero Theorem', Gilliam fascina incluso con un rumbo extraño

Hay pocos directores que tengan la capacidad de fascinar siempre con sus universos de fantasía. Terry Gilliam es uno de ellos y The Zero Theorem cumple con esa norma no escrita. Esta tragedia de extraño rumbo captura desde lo visual, desde su ejecución y desde el desarrollo de sus personajes, aunque sea quizá la película de Gilliam más difícil de seguir desde un punto de vista tradicional. Claro que lo tradicional nunca se ha aplicado a su cine, con lo que eso puede ser una paradoja más de las que hacen que sus películas encuentren un espacio propio que no comparten con las de ningún otro director. Pues a clasificar lo inclasificable, hay momentos en los que The Zero Theorem recuerda a Brazil, una de sus mejores películas, pero hay otros que provocan una sensación mucho más difusa e incluso, por qué no admitirlo, perplejidad. Pero todo eso, mejor o peor, forma parte del imaginario que aumenta Gilliam película a película.

Lo más problemático de Gilliam es sopesar qué tiene más importancia, si el universo que crea o la historia que acontece en él. Escoger la segunda opción obliga al espectador a realizar un trabajo mucho más complejo, porque la película tiene numerosas lecturas e interpretaciones. ¿Cuál es la correcta? Eso sólo Gilliam lo sabe, pero de lo que no se puede dudar es de que The Zero Theorem es una de las películas más trágicas de su carrera. Es verdad que algunas son comedias, pero Brazil, El rey pescador o Miedo y asco en Las Vegas ya eran títulos que buceaban a su manera en lo más oscuro de la psicología humana. El personaje al que da vida Christoph Waltz, quizá con un toque de la misma perplejidad que azota al espectador, es triste sin medida, es un hombre que vive una vida sin vivirla, sin disfrutarla, sin compañía, con incontables miedos y fe solamente en una llamada de teléfono que cree que ha de producirse en algún momento.

Sólo con esos datos ya se puede ver que el guión de The Zero Theorem esconde muchas claves, a las que se pueden sumar otros muchos personajes de la película y escenas de gran trascendencia, incluso sin que parezca claro cuál es su propósito. Y ese es justamente el problema que muchos espectadores afrontarán con esta cinta, no saber exactamente qué pretende contar, hacia dónde se dirige y cuál es su objetivo. Sin una meditada atención al conjunto y al detalle (quizá más al detalle), es fácil caer en ese vacío cósmico que tantas veces se ve en la pantalla. Por eso el universo que crea Gilliam es al final tan importante para evitar una peligrosa frustración. Incluso sin conectar con alguna posible explicación a la historia, es imposible no sentirse fascinado con ese entorno de ciencia ficción que crea el director, tan propio de sus películas y al que siempre sabe dotar de imágenes nuevas.

The Zero Theorem no es una película fácil. No lo es ni siquiera prestando atención sólo a lo visual, porque nada es gratuito y cada pieza que diseña Gilliam acaba teniendo una importancia vital en la historia. Y al no ser fácil camina peligrosamente por la frontera de la indiferencia del espectador, y eso es algo que se nota incluso admitiendo que hay momentos fantásticos en la película, un reparto muy bien medido (David Thewlis borda esos personajes extraños que parecen saber algo más que el protagonista y que el espectador) y momentos clave muy atractivos (el encuentro con la Dirección, interpretado por Matt Damon; o la historia de amor que se gesta con Bainsley, con el cuerpo y el rostro de Mélanie Thierry). Gilliam tiene unas reglas tan personales que a veces parece que en su cine no hay reglas. Eso hace que sus películas sean valientes, pero también que su público objetivo sea mucho más reducido del que seguramente querría.