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viernes, marzo 24, 2017

'Redención', Gyllenhall el boxeador

A pesar de que Redención llegue a España con casi dos años de retraso con respecto a su estreno americano o de que sea uno de los últimos trabajos de James Horner antes de su muerte accidental, la mejor razón para ver la película de Antoine Fuqua, que no es la última ya que aquí hemos visto ya la que hizo después, su remake de Los siete magníficos, es la interpretación de Jake Gyllenhaal. Viendo la carrera del actor, siempre buscando retos, casi pareced un paso lógico que se haya decidido a dar vida a un boxeador, algo que aúna sus dotes nada contradictorias para la contención y para la intensidad. Su retrato de Billy Hope, un boxeador al que conocemos en la cima, al que vemos descender a los infiernos y al que seguimos en su camino por recuperar lo que es suyo, es muy atractivo, complejo y sugerente. Es, con diferencia lo mejor que tiene que ofrecer una película que acepta los tópicos y no combate contra ellos.

Fuqua, de hecho, adopta el camino fácil. Funciona, porque el boxeo sigue siendo el deporte que mejor luce en la gran pantalla, incluso aunque los potenciales espectadores jamás hayan mostrado interés alguno por ver un combate en la vida real, pero eso no impide que sea fácil, porque maneja todos los tópicos posibles que ya hemos visto en muchas películas de esta naturaleza, y que hace que su devenir sea algo previsible. Eso lo compensan Gyllenhaal, un Forest Withaker espléndido cuando encuentra un personaje a su altura y no se deja llevar como le sucedió en Rogue One, una magnífica Rachel McAdams que aporta como siempre una naturalidad impresionante o una bastante interesante Oona Laurence, que dando vida a la hija del boxeador protagonista se suma con bastante facilidad al drama que busca la historia.

Queda claro, con lo dicho, que el principal valor de Redención está en sus intérpretes, que son los que consigue que la película sea algo más de lo que luce en el guion o con la realización de Fuqua. Y no porque haya grandes fallos en la cinta, que en realidad no los hay, pero porque se echa en falta algo de riesgo. Porque en las dos horas que dura la cinta vemos lo mismo de siempre. Con la misma eficacia de siempre, pero buscando las mismas emociones de siempre, con personajes arquetípicos, desde el propio protagonista hasta su entrenador y sus normas, pasando por supuesto por el rival que lo es a nivel personal o el promotor que quiere sacar tajada de un drama personal. Todo suena a visto. Y sí, se acepta. Pero resulta curioso que Fuqua, que triunfó sacando de la zona de confort a personajes arquetípicos en Training Day ahora se conforme con menos y, en realidad, desaproveche un espléndido trabajo actoral para que su cinta sea algo más que un tópico bien hecho.

El caso es que, aún así, Redención se deja ver bastante bien, porque la temática es siempre atractiva, tanto por el lado de los combates, bien rodados por Fuqua para que la personalidad de su boxeador protagonista se manifieste dentro del ring, como por la faceta más humana, que es la que construyen con facilidad los actores. Gyllenhaal a la cabeza, ahí es donde el disfrute de Redención se multiplica. Lo malo es que no hay sorpresas, ni siquiera en el pretendidamente emocionante final de la película, por supuesto un combate final entre el héroe redimido y un villano que en realidad no lo es tanto y al que se le da ese papel de una manera bastante artificial. Al menos la cinta mantiene más que vigente la tradición del boxeo como deporte por excelencia del cine, y queda como una de esas curiosidades a rescatar por el amplio retraso con el que llega a España, casi dos años con respecto a su estreno americano.

viernes, octubre 28, 2016

'Doctor Strange', Marvel se reinventa para convencer como siempre

Hay quien dice, incluso voces tan autorizadas como las de Steven Spielberg, que el cine de superhéroes acabará perdiéndose en el olvido en algún momento. Pero viendo Doctor Strange, viendo cómo Marvel es capaz de reinventarse para convencer como siempre y con historias que en el fondo ya hemos visto, parece difícil que esa negra profecía se haga realidad. Doctor Strange es una buena película de origen, modélica en ocasiones y de manual siempre. Con sus errores, por supuesto, pero con una factura prácticamente intachable. Pero este maestro de las artes místicas no está tan lejos de aquel maestro de la ingeniería robótica que nos presentó Jon Favreau en 2008 en Iron Man con el rostro de Robert Downey Jr. No hace falta un análisis demasiado profundo para ver las analogías entre estos dos filmes, separados por ocho años y una docena de títulos enmarcados en el universo cinematográfico de Marvel.

La buena noticia que supone Doctor Strange sirve para resolver las dudas que podría haber generado la elección de un director especializado en el terror como Scott Derrickson, y que había destrozado la mítica Ultimátum a la Tierra en un horrendo remake. Derrickson, coautor también del guión no sólo rueda muy bien los efectos visuales con los que la película se adentra en este mundo de hechicería y misticismo, sino que además consigue explicarlo francamente bien para los no iniciados en este aspecto del universo Marvel de los cómics. Y no era nada fácil, porque el lado más mágico de este mundo era una invitación a divagar, con los diálogos y con las imágenes, y la película se contiene por ambos lados, convirtiéndose en un espléndido entretenimiento que tiene todas las papeletas para convencer a quienes busquen acción Marvel pero también a quienes necesiten, a estas alturas, de algo ligeramente diferente.

Sobra decir que la elección de Cumbarbatch para dar vida al protagonista es el acierto supremo de la película. El cameleónico actor sabe trasladar al personaje por todos los estados emocionales por los que pase a lo largo del filme, que son muchos más de los que los más críticos con este tipo de cine estarían dispuestos a admitir como posibles. Strange no es plano. No es rocoso. No es un héroe intocable. Y por eso funciona, porque tanto él como su mundo son piezas en movimiento, y eso se puede decir a todos los niveles, tanto para los personajes que le rodean (la doctora Christine Palmer de Rachel McAdams y el Mordo de Chiwetel Ejiofor son los dos ejemplos más notables), como del mismo entorno visual en el que acontece la historia, que parece ser deudor de Origen o de Matrix por diferentes razones pero que acaba teniendo una personalidad propia bastante notable, desde un arranque potente sin su protagonista hasta un clímax original y francamente comiquero.

Doctor Strange tiene puntos débiles, por supuesto. Una mala escena de presentación del personaje y un excesivo sentido del humor (no todos los héroes Marvel necesitan el mismo punto cómico, e incluso Derickson se carga algún momento con trazas de mítico precisamente por extralimitarse en este punto) pueden ser los más notables. Pero, al final, la sensación es tan positiva que eso queda como una molestia puntual. La película presenta un aspecto audiovisual notable en el que tiene una parte sustancial la espléndida música de Michael Giacchino (¿por fin Marvel dará continuidad al tono de sonoro de sus películas?) y unos efectos muy impresionantes a todos los niveles, también para dar forma a lo más esperado por los fans del cómic, y cumple con todo lo que cabe esperar de ella en las expectativas más ilusionantes. Por supuesto, eso incluye el imprescindible cameo de Stan Lee y dos escenas postcréditos que nos recuerdan que estamos ante una película con personalidad pero también ante una parte de un maravilloso universo cinematográfico compartido.

viernes, enero 29, 2016

'Spotlight', magnífico y clásico cine de periodistas

Hay subgéneros que parecen tener un encanto especial, se haga lo que se haga en y con ellos. El cine de periodistas es uno de ellos. Es un encanto clásico, pausado, inteligente, quizá por todo ello no apto para paladares que exijan una acción más contundente, un montaje más contemporáneo o personajes más extremos, pero para queiens gusten de esa manera de hacer cine sacada de otro tiempo cualquier revisión es interesante. Cuando se hace con tanta maestría como en Spotlight, es sencillamente una magnífica lección de cine. Eso es lo que consigue Tom McCarthy, quien, como en The Visitor, consigue que la fuerza emane tanto de la historia que tiene entre manos como de su gran capacidad para dirigir actores. McCarthy filma dos horas de puro cine, un contundente relato en el que nada sobra y nada falta y en el que sumerge con firmeza al espectador.

Spotlight es el nombre del grupo de investigación de The Boston Globe y la película sigue su trabajo para destapar la red con la que la Iglesia católica ocultó los abusos a menores de diferentes curas. Solventando todos los posibles problemas, el tratamiento que le da el filme está a la altura de tan delicado tema. Qué fácil habría sido caer en trampas morales y maniqueísmos y, sin embargo, la película no tiene nada que envidiar a grandes clásicos de este subgénero como Todos los hombres del presidente. Esto es periodismo, esto es cine, y la mezcla de ambos es impresionante. Lo que se muestra es sutil, porque, cumpliendo con una función de denuncia que probablemente le generará las suficientes antipatías como para no ser la película triunfadora en la temporada de premios, no se limita a explorar esa vía. Importa el mundo, pero importan los personajes.

Y los diálogos, insertados en una compleja pieza de relojería que avanza con tanta naturalidad como la vida misma. Hasta el encaje del 11-S en esta investigación, coincidieron en el tiempo, es formidable. Michael Keton y Mark Ruffalo parecen llevarse lo mejor del guión, claramente por encima de Rachel McAdams (su papel guarda ciertas similitudes con el que ya interpretó en la infravalorada La sombra del poder, donde ella estaba aún más impresionante) y Brian d'Arcy James, los otros dos integrantes del grupo Spotlight, con aportaciones maravillosas de otros espléndidos actores. Ojo al papel de Stanley Tucci (y a su última frase en la película, verdadero corazón de la historia y el momento más emotivo para quienes sientan el periodismo como algo importante y no como lo que, por desgracia, es ahora mismo en demasiados ámbitos), pero también al de Liev Schreiber, Billy Crudup o John Slattery.

La brutal y descarnada trascendencia que tiene Spotlight se ve al arranque de los créditos finales, cuando con un escalofrío se constata la escala de los abusos sexuales a menores de los que se habla en la película. La que tiene Spotlight como película se siente desde el principio, desde un impresionante prólogo, delicado y complejo, hasta que se llega al final, una memorable loa a la profesión periodística. Entre ambos instantes, dos horas de cine puro. Clásico, sí, y eso, por desgracia, probablemente limitará la fascinación que se pueda sentir por el filme de McCarthy. E incisivo, sin duda, y eso también, como cuenta el mismo filme, hará que sectores católicos la entiendan como un ataque. No lo es. Es un maravilloso canto a la verdad, la que se abre camino cuando la integridad se pone por encima de la conveniencia o la dejadez. Eso es Spotlight, una auténtica maravilla que se ha ganado el derecho a perdurar.

viernes, septiembre 12, 2014

'El hombre más buscado', un acabado brillante

Seguramente no será una división exacta, pero es fácil dividir el cine de espías en dos categorías básicas. Por un lado está Bourne y formas análogas de contar una historia, y por otro está John le Carré y sus derivados. El hombre más buscado está basada en una novela del propio Le Carré, con lo que hay pocas dudas sobre a qué grupo pertenece la nueva película de Anton Corbijn. Le Carré es lo suficientemente conocido, y se han adaptado ya unas cuantas de sus novelas, como para descubrir ahora el género que representa, pero obviamente hablamos de películas de ritmo pausado, de enorme sutileza a la hora de construir tramas y personajes y, sobre todo, de mucha inteligencia. Puede que no todo el mundo acabe satisfecho con el ritmo, quizá porque Bourne y sucedáneos amenazan con apoderarse del género desde su posición de éxito, pero el poso que muchas veces necesita el cine de espías está en películas de una acabado tan brillante como el de El hombre más buscado.

Corbijn ya dio muestras del ritmo cinematográfico por el que apuesta en El americano. El hombre más buscado es más dinámica que aquella, pero no busca su intensidad en la acción sino en la historia. Y a diferencia de El americano, que sí llegaba a ser aburrida, ésta no lo es en ningún momento. No lo es por su madurez, por su sutileza, por la magnífica construcción de la historia, delicadamente equilibrada de principio a fin, sin que sobre ni falte nada para entender el episodio descrito, por su extraordinariamente bien orquestado final, y especialmente por unos personajes formidables. Todos. Sin excepción. Son personajes espléndidos sobre el papel, pero lo son aún más cuando el reparto, en absoluto estado de gracia, le aporta unos matices formidables. Y es que el mundo de Le Carré no es blanco o negro. Muy al contrario, está lleno de grises, de rincones oscuros, de buenas intenciones que no sirven para nada, de personas verosímiles en el sentido más absoluto del término. El hombre más buscado es un puñetazo de realidad.

Por eso, la mejor elección posible para protagonizar la película, una en la que los espías no saltan por las azoteas ni se balancean en helicópteros, era una actor como Philip Seymour Hoffman. Él es el paradigma de lo que busca la película: presencia y personalidad. Verle en su último papel protagonista vuelve a recordarnos la cantidad de años de cine que hemos perdido a causa de su muerte por sobredosis. Su espléndida interpretación se asienta no sólo en su lenguaje corporal y en su expresividad facial, sino también en su voz. Enorme. Y como él, Rachel McAdams también se transforma. La habitualmente locuaz y agradable protagonista es aquí seria, responsable, íntegra y dueña de sus silencios. Robin Whrigt, transformada en su aspecto con una peluca negra, es en cambio más cínica que de costumbre. Todos tienen su metamorfosis para crear un mundo nuevo para la película, y encajar en este mundo de terroristas, agencias gubernamentales y negocios turbios que pone su foco en Hamburgo, la ciudad en la que se gestó el 11-S, como se recuerda al comienzo de la película.

Siempre hay un peligro cuando se estrena la última película de un actor fallecido, y es que la despedida sea más importante que el propio filme. Esta se erige por encima de la figura de Philip Seymour Hoffman pero también lo hace gracias a su inmenso trabajo. Es cine de espías del bueno, del auténtico, del que deja motivos para la reflexión, del que permite seguir una investigación sin depender de giros de guión, en el que aparecen personajes realistas. Y sí, tiene un ritmo relativamente lento, aunque en comparación con El americano casi parezca parte de la saga Bourne. Pero eso no afecta al enorme interés que genera la trama, la puesta en escena de Corbijn y el espléndido trabajo interpretativo. Incluso con la presencia de Hoffman por última vez comandando un reparto, da la impresión de que va a pasar más desapercibida de lo que merece, porque es una película altamente recomendable para quienes gusten de guiones inteligentes, de esos que tantas veces se reclaman y que cuando llegan no siempre obtienen la atención debida.

sábado, marzo 24, 2012

'Todos los días de mi vida', romanticismo insuficiente

Cuando hace un par de años se estrenó Más allá del tiempo sucedieron dos cosas. Por un lado, confirmé que ahí había una actriz interesante, Rachel McAdams, a la que ya había visto con cierta fascinanción en La sombra del poder. La segunda, que el romanticismo no estaba tan muerto para el cine como pensaba entonces. Han pasado más de dos años desde entonces y llega ahora Todos los días de mi vida, una película que no que sea mala en sí misma pero que en cierta medida me devuelve a la casilla de salida. McAdams sigue siendo una presencia estimulante, pero el romanticismo todavía no ha encontrado nuevas vías en el cine que marquen diferencias con las docenas de películas de temática similar que inundan los cines cada año. Lo que está claro es que este filme, insuficiente eso sí, no engaña a nadie. Es una historia romántica de superación de las dificultades que jamás podrán con el amor y que está basada en hechos reales. Si es que esa misma definición prácticamente lo dice todo sobre este título.

El cine romántico por sí mismo, que no hay que confundir con el romanticismo en el cine, es algo que nunca me ha llamado mucho la atención. No suele tener nada especialmente destacado en facetas como el guión, la dirección o la creación de un universo propio en la pantalla. Todos los días de mi vida, con el debutante Michael Sucsy tras la cámara (tenía en su haber una película para televisión), no es una excepción. Es lo que es y nadie se puede sentir engañado. Una pareja feliz sufre un accidente y ella pierde la memoria, se olvida de él y de esa felicidad que tenían juntos, así que toca empezar de cero afrontando los fantasmas del pasado de ella para tratar de recuperar su vida. Gran amor, gran dificultad que se pone en su camino y gran tópico en su conjunto, que no por ser real es más realista en la pantalla. Al final supongo que el éxito de este género depende en buena medida del estado sentimental del espectador y de la compañía que tenga al ver el filme, así que allá cada cual porque, lo dicho, no engaña.

La química entre la pareja protagonista es esencial para que una película así pueda convencer. He aquí el primer problema de Todos los días de mi vida. Problema que se enfoca en la parte masculina de la pareja. Channing Tatum es más pasable como héroe de acción (G. I. Joe) que como moderno galán romántico. La verdad es que el guión no se lo pone fácil, porque todo el foco está en ella, en sus recuerdos, en su vida, en su historia. A él no le quedan más que los amigos secundarios, de entre los que sólo destaca una, la que interpreta con desparpajo y simpatía la canadiense Tatiana Maslany. Pero con Rachel McAdams no hay química, o al menos no la que uno espera. Ella brilla, como siempre y por breve que sea su papel, porque tiene una presencia magnética, encandila con cada gesto y hace creíble que él pueda estar locamente enamorado de ella. Pero Tatum avanza en la historia porque lo pone el guión, no porque sus sentimientos traspasen la pantalla y lleguen hasta las butacas.

Otro elemento imprescindible de este tipo de películas es el trío que forman los personajes secundarios, los actores de prestigio y las subtramas del guión. Y no llega a funcionar correctamente en Todos los días de mi vida. La elección de los actores no es mala en sí misma. Muy al contrario Sam Neill y Jessica Lange son dos nombres apetecibles, pero se me antoja harto improbable verles como los padres de Rachel McAdams y sus personajes no tienen la fuerza deseable, ni en el papel ni con sus interpretaciones, todo bastante plano. Se supone que son parte del motor del conflicto que convierte a la protagonista en la mujer que era antes del accidente, pero hay que escarbar demasiado para encontrar algún atisbo de esa pretensión. Como con el personaje de Tatum, el avance es por simple inercia, no porque la psicología o el drama estén logrados. Y como el azúcar tiene que acabar llenando películas como ésta, el don de la sorpresa tampoco forma parte de este cóctel.

Todos los días de mi vida (una traducción demasiado light de un más poético The Vow, Los votos) tiene escenas hermosas que calentaran cualquier corazón que se haya sentido enamorado (la peculiar boda, el baño nocturno), y momentos duros (el momento del despertar de ella o la conversación que sigue a la pelea de la boda tradicional) que romperán ese mismo corazón en la misma medida que se sienta empatía por los protagonistas y las situaciones que viven. Pero, con notables agujeros en su guión, un exceso de buena voluntad en todos sus elementos y reacciones no muy claras de algunos personajes, no termina de alcanzar la credibilidad que se le tiene que exigir a una historia de estas características. Y es que por mucho que esté inspirada en una historia real la manera de contarla siempre influye más que el hecho en sí mismo para llegar al espíritu y al corazón de cualquier espectador que quiera pasar algo menos de dos horas con esa historia. La verdad es que una vez acabada de ver, me queda Rachel McAdams como lo único verdaderamente destacado de esta película. No es poco, ella nunca es poco, pero tampoco demasiado para que la película triunfe.

jueves, enero 05, 2012

'Sherlock Holmes. Juego de sombras', salvada la temida catástrofe

Hace poco más de dos años se habló más de la fidelidad, o infidelidad, del Sherlock Holmes de Guy Ritchie al original literario de Sir Arthur Conan Doyle que de sus virtudes como película, que las tenía. Ahora, ya asumidas las líneas en las que se mueve esta libre pero no tan alejada adaptación, la duda era si Sherlock Holmes. Juego de sombras mantendría el nivel de entretenimiento de la primera. La respuesta es negativa, y la primera mitad de esta secuela hace temer lo peor durante muchos minutos, pues hay torpeza en la narración, injusticia en el veredicto hacia los resquicios de la primera película y algo de aburrimiento. Pero todo cambia en la segunda mitad. Ahí regresa el sano espíritu aventurero y gamberro de la primera entrega, una acción original y divertida, unos personajes muy bien formados y un clímax magnífico. Salvada la temida catástrofe, uno sale del cine con buen sabor de boca, aunque sea una película inferior en casi todo a la primera.

Da la impresión de que Guy Ritchie se ha debatido entre marcar un punto y aparte con respecto a la primera película o que fuera un punto y seguido. Y dudando, lo que ofrece precisamente es un producto dubitativo que se equivoca en lo que quiere dejar de lado y lo que quiere rescatar de la película original. Arrincona a dos personajes de gran protagonismo en la primera entrega, dándole un simple cameo a uno y un indigno e injusto final a otro. Se equivoca, sobre todo en lo segundo, porque menosprecia puntos positivos del filme de 2009, aunque entonces no terminara de explotarlos. Potencia lo que ya vimos, es decir, las habilidades deductivas de Holmes incluso en las peleas, y eso huele a repetitivo. Y apuesta por una forma de rodar más propia todavía de Guy Ritchie que lo visto en el Sherlock Holmes que sirvió de apertura a esta saga, dificultando el seguimiento de la acción. Tampoco parece razonable la insistencia en comenzar la película con las mismas alusiones al futuro de casado de Watson, gracias que ya cumplieron su objetivo en la primera mitad.

El guión, además, tarda en arrancar, supeditado a lo que se mantiene del primer filme con acierto y fidelidad: la calculada química que hay entre Robert Downey Jr. y Jude Law. Ambos actores disfrutan, y se nota, de sus papeles. Encajan en ellos a la perfección y se complementan de una forma sutil y natural, sus diálogos fluyen y las situaciones, por descabelladas y absurdas que puedan parecer (y aquí esa frontera se sobrepasa una o dos veces), acaban teniendo credibilidad. Eso sostiene la primera mitad de la película, pero, claro, es algo que ya está visto. Además, ésta es la película de la verdadera introducción de Moriarty, atisbado sólo entre las sombras en la primera entrega, y eso, en una historia de Sherlock Holmes, obliga a la excelencia. Sin embargo, y a pesar del buen e intenso trabajo de Jared Harris al dar vida al villano definitivo del detective más famoso del mundo, en la primera mitad no se atisba la grandeza del personaje. Ni de la historia. Por eso, la sensación de una larga hora de película es decepcionante. Al margen de Downey Jr. y Law, sólo destaca la introducción de Stephen Fry como un divertidísimo Mycroft Holmes (desternillante su encuentro con la esposa de Watson).

Contra todo pronóstico, y cuando la esperanza estaba a punto de desvanecerse por completo, Guy Ritchie y su equipo parecen abrir los ojos y recuperan todo lo bueno que tenía la primera película. A partir de la impresionante escena de huida de la fábrica de armas (innovadora, emocionante y muy bien subrayada por la música del genial Hans Zimmer, a ratos poderosamente oscura y a ratos juguetona, en sí misma, mezclándose con música clásica e incluso con los efectos de sonido), todo cambia, se recupera el sentido más aventurero de la cinta original, su toque de comedia elegante y emocionante thriller de misterio. Con los admisibles excesos que ya vimos en Sherlock Holmes, pero también con ganas de ofrecer algo nuevo y diferente. El clímax no es tan físico como intelectual, y se convierte en lo que uno espera del deseado duelo en la pantalla, y sobre un tablero de ajedrez, entre Holmes y Moriarty. Es una escena en la que todos los actores se crecen (especialmente Jared Harris, porque de la pareja protagonista ya conocíamos su capacidad), en la que Guy Ritchie acierta en sus planos, en su montaje y en sus diálogos, un final espléndido para una película que no había comenzado precisamente con el mismo vigor e interés que la primera.

Sherlock Holmes. Juego de sombras deja sensaciones contradictorias, porque contradicción parece haber en su propia concepción. Mezcla aciertos y errores tanto en lo que rescata de aquella primera película (la química de la pareja protagonista o el irresistible encanto de Rachel McAdams está entre lo mejor, la repetición de trucos visuales y chistes es lo peor) como en lo que quiere introducir de novedoso (magnífico Stephen Fry y el Moriarty de Harris en la segunda mitad; desconcertante el guión en su primera mitad y la introducción de los gitanos encabezados por una Noomi Rapace que parece algo perdida... hasta el clímax final). Pero si acertamos a escoger los aciertos de la película, lo cierto es que queda un producto simpático. Menos que la primera película, desde luego, porque la capacidad de sorpresa se ha perdido y porque el inicio de esta secuela es bastante descorazonador. Pero como resulta que lo mejor de Juego de sombras está al final, predomina el buen sabor de boca. O será que entré al cine con ganas de que me convencieran de que no iba a ser el desastre que temía y me acabé encontrando con dos grandes escenas que compensan los fallos.

martes, septiembre 20, 2011

'Midnight in Paris' o cómo reafirmar lo que cada uno piensa de Woody Allen

Woody Allen es, normalmente, un director fácil de evaluar. La gente que le adora, le sigue adorando película tras película. La gente que no le soporta, le soporta menos tras cada filme que estrena. Es fácil, sí. Midnight in Paris (¿por qué demonios no se ha traducido el título en España?) confirma esa premisa. Adorada por los aficionados de Woody Allen, fácilmente desechable para quienes no lo son. Yo me sitúo mucho más cerca de los segundos que de los primeros, aunque sí he visto genialidad en algunos (pocos) filmes de Woody Allen. No en los últimos, no desde que sorprendiera con Match Point, porque desde entonces se limita a hacer refritos de sí mismo. Puede cambiar el envoltorio, como hace aquí, pero en el fondo el director y guionista sigue planteando las mismas películas una y otra vez, incidiendo en errores pasados que ya se han convertido en marcas personales de su cine y que normalmente tendrían que impedir que nuevos públicos se acercaran a su obra. Pero como esto del séptimo arte es como es, Midnight in Paris es su mejor película en taquilla de Woody Allen.

Y es que Woody Allen casi siempre tiene la capacidad de distraerme al inicio de sus películas. Normalmente lo hace con esos aburrídisimos y viejos (en el peor sentido de la palabra) títulos de crédito con letras blancas y fondo negro mientras suena una de sus canciones habituales (aunque eso es algo que gusta a sus seguidores, quizá como el comienzo de la conversación con un viejo amigo). Esta vez lo hace por un motivo diferente, y es que inicia Midnight in Paris con una serie de postales de la capital francesas. Es como si quisiera condensar en poco más de tres minutos, con el repaso de los rincones más emblemáticos de París, la sensación de guía turística que dejó en toda Vicky Cristina Barcelona (todavía me asombra que se estrenara una película con un título tan poco afortunado e ininteligible). Con ese prólogo, absolutamente desconectado de la película, y previo a a esos títulos de crédito de siempre (esta vez sin música y con diálogo de fondo), Woody Allen aleja de la historia que va a contar. Historia que se mueve en parámetros muy similares a los de muchas de sus películas y que, por supuesto, cuenta con un nuevo remedo de Woody Allen como protagonista: Owen Wilson.

Hace muchos años que alguien tendría que haberle dicho al director que no es necesario que protagonice sus propias películas, sea con su propio rostro o pidiéndole a otro actor que haga sus mismas muecas y gestos (como lo hizo con Kenneth Branagh en Celebrity). Owen Wilson se queda en eso. Es un Woody Allen más joven, más alto, más rubio, pero es un Woody Allen. Otro más. ¿Hacía falta? Probablemente no, como no hacía falta en otras tantas películas anteriores, pero es un exceso del neoyoquino que ya hay que considerar como inevitable en su cine. La relación de pareja entre Gil e Inez (una como casi siempre espléndida Rachel McAdams, a la que no importa tener que enamorar a la cámara como hacía en Más allá del tiempo o cabrearla como aquí) es también muy habitual en el cine de Woody Allen, con lo que por ahí tampoco se encontrará elemento de sorpresa alguno. La novedad de Midnight in Paris, además del escenario (una parada más en el itinerario europeo que ya le llevó a Londres y Barcelona), está en el envoltorio cultural de la película.

Gil es un guionista de Hollywood que aspira a ser escritor. Tiene una novela escrita, pero no termina de ver claro que sea lo que realmente quiere escribir y no sabe cómo mejorarlo, ya que no confía en nadie para leerla y le diga qué puede mejorar. Gil es, además, un enamorado del París de los años 20, pasión que no es capaz de contagiar a su prometida, una mujer poco pasional que vive en un mundo más pragmático. Y aquí es donde Woody Allen introduce la novedad, aunque en cierto modo ofrezca un sabor parecido a La rosa púrpura del Cairo: a medianoche, Gil salta de su mundo real al mundo en el que desea estar (como Mia Farrow y su universo soñado de celuloide) se transporta a la noche parisina de los años 20 y conoce a todos los intelectuales de la época, desde Ernest Hemingway a Cole Porter, pasando por Pablo Ruiz Picasso, Salvador Dalí, F. Scott Fitzgerald, T.S. Eliot o Luis Buñuel. La mayoría de ellos ofrecen simples cameos, sin tiempo para desarrollar un personaje (el filme dura poco más de 90 minutos), como el de una insulsa Carla Bruni. Entre los actores conocidos en esos papeles está un sobreactuado y caricaturesco Adrien Brody como Dalí.

Referencias culturales tiene muchas la película, y quizá sea eso lo que dé a la película cierto encanto y un aire mínimamente diferente al último cine de Woody Allen. Pero hay poco más. La excusa argumental que lleva a Gil al París de aquella época es sólo eso, una excusa que ni siquiera se termina de desarrollar. El personaje de Owen Wilson es escritor como podría haber sido cocinero. Lo único realmente destacable y divertido es la confrontación con el personaje del siempre espléndido y nunca del todo reconocido Michael Sheen, pero queda como una simple nota a pie de página que Woody Allen no termina de aprovechar nunca (ni siquiera en la discusión final con Inez). Lo cierto es que deja el mismo sabor de película inacabada que Woody Allen ha ofrecido en los últimos años, aunque el epílogo no está del todo mal buscando completar la historia. Para mí, una más de Woody Allen, que no destaca ni por arriba ni por abajo, que reafirma los pensamientos que cada uno lleva sobre el director antes de ver la película. A mí, Woody Allen me sigue dando mucha pereza (de ahí el retraso en esta crítica con respecto al estreno de la película), no me entretiene demasiado y no me sorprende en absoluto.

miércoles, marzo 09, 2011

'Morning glory', risas y carisma

Está claro que el cine hay que verlo cuando hay que verlo. Porque es la única forma de entender que Morning Glory me haya dejado tan buen sabor de boca. La miras detenidamente y no es una gran película. No tiene un buen guión, muy previsible y con olor a refrito. Es una mirada demasiado amable sobre un tipo de periodismo que a mí, la verdad, no me entusiasma. Pero desborda simpatía y produce risas. Eso es lo más inesperado, claro, pero es que hacía tiempo que no me reía tanto con una película. No vayáis a pensar que es la comedia más desternillante de la historia, pero tiene sus puntos. Y esos puntos tienen su origen en el carisma que desprenden sus actores protagonistas. Porque Harrison Ford, por fin, ha encontrado un papel que le va como anillo al dedo después de años de naderías en las que no encajaba (con el intermedio de volver a ser Indiana Jones, por supuesto) y porque Rachel McAdams demuestra un talento innato para la comedia. Lo demás no es nada del otro mundo, pero es una cinta simpática.

Vaya por delante una advertencia: no estamos ante una comedia romántica. Hay un romance, por supuesto, porque eso no puede faltar en una película hecha en Hollywood, pero no es eso lo que ofrece Morning Glory. Su protagonista es la ya esterotipada mujer joven entregada por completo a su trabajo que encuentra un reto en el que todo se pondrá en su contra pero del que hará lo imposible para salir airosa. Un cliché muy visto. Y muy visto también el entorno amable de la televisión que retrata la película. Amable porque no pretende hacer crítica alguna sobre lo que se cuenta. No es un análisis de la televisión actual o sobre los programas matinales de variedades. Morning Glory no pasa de ser lo que es, una peliculita simpática con actores carismáticos. Buscarle más profundidad equivale a experimentar un chasco inmenso en su visionado. Pero si se ve como lo que es, una comedia ligera, cumple a la perfección con su misión de entretener.

Y como la película en sí misma no ofrece mucho donde rascar, el mérito de esa empatía que despierta está indudablemente en sus actores. Morning glory empieza con una conversación (¿es muy maquiavélico trazar un paralelismo, a la baja por supuesto, con el prodigioso comienzo de La red social?) en la que se busca asentar la personalidad de la protagonista, Becky Fuller, una mujer que no llega a los treinta y que vive entregada por completo a su trabajo como productora de un programa en una emisora local. Por eso mismo, no es capaz de tener una vida sentimental normal. Es además una mujer que habla mucho y que no domina los usos sociales para cambiar su forma de actuar. El retrato suena atractivo, pero Roger Mitchell (director de Notting Hill) cambia pronto de rumbo. Esa adicta al trabajo pronto encuentra también lugar para los sentimientos y su labia pronto se ve enterrada por la apabullante presencia de Mike Pomeroy, un periodista de prestigio y malencarado con el que empezará a trabajar.

Es decir, que la película empieza con trampa. Lo quye vemos en la primera escena no encuentra reflejo después. La Becky de esa conversación inicial no termina de ser la misma persona que aparece en el resto de la película. Perdonada esa incongruencia, Rachel McAdams demuestra un talento especial para la comedia amable, lo que unido a su versatilidad (Sherlock Holmes, Más allá del tiempo, La sombra del poder) hace de ella un nombre y un rostro muy atractivos para todo tipo de película. Aquí sale triunfante a pesar de estar rodeada de grandes nombres. O, mejor dicho, precisamente por eso. Porque hay química en sus (un tanto escasas) escenas con Jeff Goldblum y, sobre todo, con Harrison Ford. De hecho, es la aparición conjunta de McAdams y Ford lo que dispara la película. Suyas son las mejores escenas, incluso cuando no están compartiendo plano pero sí secuencia. Diane Keaton, mucho más sosa de lo que uno podría esperar, a veces parece sobrar más allá de su papel de catalizador, pero en ese lugar sí funciona (ver el pique en pantalla de Keaton y Ford ante una McAdams primero boquiabierta detrás de las cámaras y después enfurecida delante de ellos).

Morning glory es una de esas muchas películas que ofrecen visiones complacientes y nada arriesgadas de un mundo profesional en concreto. Son la excusa para enfrentar personajes muy dispares y ver lo que sucede. Es una clave cinematográfica muy usada, muy manida, pero que funciona cuando el casting es acertado. Aquí lo es, y por eso la película acaba funcionando. Sin dejar una huella demasiada profunda en el espectador, pero sí ofreciendo cien minutos de entretenimiento sincero, correctamente rodado, bien acompañado musicalmente y, sobre todo, muy bien interpretado. Una película perfecta para ver cuando uno necesita olvidarse del mundo y sonreír.

viernes, mayo 07, 2010

'Más allá del tiempo', romanticismo eterno

No son buenos tiempos para el romanticismo, ni siquiera en el cine. Será que el mal momento de la comedia romántica (un subgénero dedicado ya por completo a la fotocopia pura y dura, más centrado en lo políticamente correcto que en lo verdaderamente emotivo), ha afectado demasiado, pero es cierto que ya no se ven grandes historias románticas en el cine. No muchas, al menos. Por eso, cuando uno encuentra una película de este corte, cuando se siente profundamente conmovido por la historia a la que asiste como espectador, cuando se descubre una lágrima furtiva en su emocionante final, la satisfacción es plena. No importa que Más allá del tiempo no sea perfecta, ni que sea un trabajo en muchos momentos bastante impersonal que, quizá, podría haber rodado cualquier director. Lo que sí importa es que la historia engancha, que la original mezcla entre la fantasía y el amor convence, que el disfrute está garantizado. Y las lágrimas prácticamente también.

Henry DeTamble tiene un don. Puede viajar en el tiempo. No necesita un complejo artefacto como el de películas de viajes en el tiempo como Regreso al futuro o La máquina del tiempo. Simplemente puede hacerlo, digamos como el Hiro Nakamura de la serie Héroes. Más allá del tiempo se centra en los efectos que ese don tiene en la vida personal y, concretamente en conocer y convivir con la mujer de su vida. El planteamiento por sí sólo ya es fascinante, y no sólo para los amantes de la fantasía o la ciencia ficción, sino para aquellos que disfrutan de ver a personas ordinarias en situaciones extraordinarias. ¿Cómo se puede vivir con alguien que sin control desaparece sin dejar rastro y sin qué sepas dónde (en realidad cuándo) ha ido ni cuándo va a volver? ¿Cómo afecta eso a las relaciones personales, a la convivencia diaria, al trabajo de uno y otro? ¿Y en qué medida puede un hombre mantener la cordura sabiendo cosas que le sucederán en el futuro o reviviendo sucesos dramáticos del pasado? Con eso juega esta película.

No obstante, el acercamiento al filme puede provocar cierto recelo. Primero por el título escogido, que elimina todo el sentido del original, The time traveler's wife (La mujer del viajero del tiempo). El título español y el cartel hablan de una comedia romántica más y esconden todo el cariz fantástico que encierra la historia. Una pena, porque creo que así se perderán espectadores. Después, porque su director, el alemán Robert Schewentke (Plan de vuelo: desaparecida) no es de los que arrastran masas al cine, y lo demuestra con una dirección algo rutinaria (por mucho que intente lucirse, incluso innovar, con algunos planos en movimiento) pero también eficaz. Vamos, que él no enamora, para eso ya está la historia. No pocos se han preguntado qué habría hecho otro director con este material (y no pocos han recordado cierto paralelismo entre esta historia y El curioso caso de Benjamin Button, de un gran director como es David Fincher).

Esa historia procede de una novela adaptada por el siempre lacrimógeno Bruce Joel Rubin (escribió su única película como director, Mi vida, y es guionista, entre otras, de Ghost). El guión, aunque cuenta con una resolución al único trazo de intriga planteado que, como poco, causa sorpresa (en sentido negativo) es inteligente y correcto, se mueve muy bien entre las elipsis y los saltos temporales y cuenta lo que tiene que contar de forma notable. Y sobre todo la película triunfa en lo que busca, llegar al corazón del espectador, por una carismática pareja protagonista. Eric Bana lleva años moviéndose en papeles muy diferentes y encontrando casi siempre elementos de interés. Rachel McAdams se ha hecho un hueco en algunas películas bastantes interesantes (La sombra del poder, Sherlock Holmes) y se ha ganado el derecho a que se le preste atención en el futuro.

Más allá del tiempo presenta otras cualidades. Por ejemplo, la actuación de los niños que dan vida a la infancia de los protagonistas. En este mundo dominado por agentes y estudios de mercado, cada vez parece más difícil encontrar menores que actúen con la naturalidad que se espera de ellos. Aquí hay varios. Bravo por el trabajo de cásting. También es de agradecer que la película se esfuerce en conseguir que no haya problema en reconocer la época en la que estamos viviendo ni a qué momento cronológico pertenecen los protagonistas (un trabajo de maquillaje tan espléndido como sutil, a pesar de el guión remarca innecesariamente ese aspecto en una de esas escenas, la de la boda), o que la película no se pierda en subtramas innecesarias. Quizá sea también una oportunidad perdida o una falta de ambición, pero quizá incluir más elementos o personajes secundarios hubiera desembocado en una película mucho más difícil de controlar.

No es un filme perfecto, no. No le hace falta para ser una de las propuestas más originales, e interesantes y emotivas que da el romanticismo cinematográfico de Hollywood desde hace mucho tiempo, y seguramente lo consigue porque lo que busca es, nada menos, enseñarnos un romanticismo y un amor eternos. Si durante la película alguien tiene alguna duda de si merece la pena verla, esa incógnita queda despejada con la magnífica escena final. Especialmente indicada para románticos, de incógnito o no.

miércoles, enero 13, 2010

Un 'Sherlock Holmes' muy entretenido y más reconocible de lo esperado

Cuando alguien se lanza a hacer una película sobre un personaje que forma parte del imaginario cultural popular, siempre hay prejuicios (y no necesariamente negativos). Cuando se adelantaron detalles de Sherlock Holmes, detalles que rompían con la imagen clásica del personaje que todo el mundo puede tener en su cabeza, hubo de todo. Desde quienes criticaron hasta la saciedad que se rompiera la esencia del personaje que se admira como el mejor detective del mundo hasta quienes lo veían como una actualización necesaria de los mitos creados por Arthur Conan Doyle. Suelo moverme en un terreno intermedio, porque entiendo que los personajes deben evolucionar y adaptarse a nuevos medios, a nuevas formas de rodar, a nuevas formas de entender su papel. Pero en el fondo soy muy clásico y me dan miedo estos cambios. Este Sherlock Holmes me daba miedo. Y el caso es que los miedos eran infundados. La película funciona a la perfección como lo que pretende ser, un entretenimiento de lujo que inicie una nueva franquicia cinematográfica.

El filme no esconde nada. Desde su primera escena ya enseña lo que es, su estilo y cómo van a ser sus personajes. Ahí empiezan las rupturas. Desde la portentosa y tremendamente apropiada banda sonora de ese genio que es Hans Zimmer (y que seguramente no hubiera pegado en ningún filme anterior de Holmes) hasta los movimientos de cámara propios de su director, pasando por la estética de Londres y de los propios personajes. Sherlock Holmes no es visualmente el Sherlock Holmes que conocíamos. Es tan buen detective como le hemos conocido siempre, sí, pero hay algo diferente. Su vestuario para empezar, claro, pero sobre todo su actitud. Uno espera a un Holmes serio. Pedante incluso, pero lejos de ser un cínico. Este Sherlock Holmes lo es. Y socarrón. Muy socarrón. Por eso Robert Downey Jr. está sencillamente perfecto.

Es admirable la capacidad que tiene este actor de asumir personajes mundialmente conocidos y hacerlos suyos como si fuera la primera vez que los vemos. Nada sorprendente ahí, no en vano hablamos de un tipo que se dio a conocer dando vida a Chaplin para Richard Attenborough. El debate puede ser tan extenso como queramos pero, en el fondo, no es un Sherlock Holmes tan diferente al más clásico. Depende de la imagen que se tenga de él, claro. Yo guardo con cariño la de la última gran aparición cinematográgica del detective, hace nada menos que 25 años en El secreto de la pirámide. Y, eliminando la historia de amor de aquella, me cuadra perfectamente que aquel adolescente se haya convertido en este adulto. Hay mucho del Holmes original en este Holmes, aunque no estemos acostumbrados a verle pelear con sus puños. Primer gran punto a favor de la película.

El segundo punto a favor de la película, un gran reparto, con dos nombres más a destacar. Jude Law está también brillante como el doctor Watson. Otro cambio radical, el aspecto del fiel acompañante. Olvidad la idea del Watson bajito y rechoncho. Aquí Watson es físicamente tan capaz como Holmes. Y me gusta. Le da otra dimensión a la relación entre los personajes, que bordan Downey Jr. y Law con diálogos ácidos, con miradas llenas de sentido, con escenas maravillosas (la del restaurante es sencillamente antológica e ilustra a la perfección quiénes son estos dos hombres). Muchos pensarán que no se puede hacer una película de Sherlock Holmes sin enfrentarle a Moriarty desde el primer al último minuto. Mark Strong (Red de mentiras) demuestra lo contrario. Impresionante como Blackwood. Impresionante de verdad, desde la primera vez que se le ve en pantalla.

La presencia de Rachel McAdams, en cambio, es uno de los puntos algo más débiles de la película. No por la actriz, que me gustó en La sombra del poder, sino porque el guión no termina de sacarle partido a su personaje. Tenía muchas posibilidades que quedan a medias, ensombrecidas por el gran potencial de la relación entre Holmes y Watson y por el poderoso influjo del villano de la función. Es el gran lunar de un guión que funciona como un reloj de precisión. No hay trampa alguna, todo está ahí. Quizá Guy Ritchie (director que nunca me ha convencido demasiado y que me ha sorprendido porque no le veía rodando un Sherlock Holmes adecuado) peca demasiado de mostrar en pantalla las deducciones detectivescas de Holmes, pero hay que entenderlo en que el filme busca ser un taquillazo apto para todos los públicos. Incluso para los que no quieren pensar demasiado.

Tercer punto a favor de la película, una cuidadísima ambientación. Desde la ya mencionada banda sonora de Zimmer hasta el escenario de la película. Es maravilloso y muy adecuado ver a Holmes desenvolverse en un Londres que está abrazando la modernidad enfrentado a un enemigo de base sobrenatural. Y cuarto punto a favor, que es la mar de entretenida. En sus escenas de acción (admirable el clasicismo que tiene el clímax final) y en sus escenas de diálogo (ácidos en muchas casos, divertidos en otros y con momentos incluso para un sentimentalismo que Holmes no tiene). Y en ese final abierto que lo que nos dice es que estamos ante un personaje inmortal que tiene la capacidad de aparecer en muchas películas y de mil maneras diferentes. Sherlock Holmes, el mejor detective del mundo, volverá. Tiene que volver porque ya se le está esperando. En su mundo y desde el patio de butacas.

jueves, junio 04, 2009

'La (interesante y apreciable) sombra del poder'

Que al cine le encanta vapulear al mundo de la política no es noticia. Que le encanta censurar al del periodismo, tampoco. La sombra del poder hace lo primero con brillantez, actualidad e interés. Pero esquiva lo segundo para convertirse en un precioso canto a esta vilipendiada profesión del periodista. Sólo por eso, ya le encuentro argumentos para apreciar la segunda película de Kevin Macdonald (director de la también interesante El último rey de Escocia). Pero es más que eso. Es un apreciable fresco sobre la parte más sórdida de la política, sobre el negocio que supone para algunos la guerra y sobre cómo el periodismo más clásico afronta los retos de la tecnología y de la modernidad.

La sombra del poder, basada en una miniserie británica (que no he tenido el placer de ver y, por tanto, no puedo comparar), gira en torno a dos personajes centrales: un congresista americano y un periodista, que fueron compañeros de estudios años atrás. El primero investiga el desarrollo de una empresa llamada PointCorp y el nivel de poder que está alcanzando en el negocio de la guerra y en otros ámbitos. El segundo parte de un misterioso asesinato sin móvil aparente hasta llegar a un más que peligroso caso de corrupción política. Y todo ello mezclado, inevitablemente, con una mujer que forma parte de las vidas de ambos protagonistas. El congresista lidiará con los pesos pesados de su partido y con sus demonios interiores, el periodista con el empuje de una joven redactora que no conoce el periodismo de verdad y con una directora que está presionada por los nuevos dueños del periódico.

Quizá la película no me hubiera parecido tan interesante si su protagonista no hubiera sido el magnífico Russell Crowe. Lo he dicho en anteriores ocasiones y me reafirmo: me parece el actor de mayor categoría que existe en el panorama internacional actual. Es impresionante cómo es capaz de hacer creíble cualquier personaje que caiga en sus manos, no importa su edad, profesión, características, personalidad o condición. Tan pronto puede parecer un químico sobrepasado por las amenazas a su vida o su familia como un héroe de la vieja Roma, un frío director de los servicios secretos americanos o un pistolero del viejo Oeste. Hace lo que quiere delante de la cámara, nos convence a todos de una forma tan asombrosamente completa que dota a cualquier película que hace de un halo de verosimilitud impagable. Aquí borda el papel de periodista arisco, con complejos asuntos personales que pueden interferir en su trabajo pero con ese inconfudible afán de dar con la verdad. Brillante, sencillamente brillante.

La película flojea por el segundo nombre protagonista: Ben Affleck. Su naufragio (patente sobre todo en los cara a cara con Crowe) se hace más evidente cuanto más trascendente es la escena que tiene que interpretar. Su trabajo queda tan lejos del de Crowe que resta parte de la grandiosidad que el protagonista de Gladiator, El dilema o Red de mentiras da a la película. La sombra del poder iba a ser hace algunos años la película que reuniera tras El club de la lucha a Brad Pitt y Edward Norton, en lugar respectivamente de Crowe y Affleck. La mejora con el primer nombre es inmensa. La pérdida de nivel con respecto al segundo es también notable. En el reparto se cuelan otros nombres de mucho interés, como el de Robin Wright Penn (Beowulf), Helen Mirren (La reina), Jason Bateman (Juno, Mr. Magorium y su tienda mágica), Jeff Daniels (Buenas noches, y buena suerte) y Rachel McAdams (que trabaja ya en Sherlock Holmes). Sólo flaquea Affleck, y sorprende muy positivamente Bateman.

La sombra del poder es un más que interesante thriller, una de esas películas necesarias sobre el mundo que nos rodea. Quizá se le pueda achacar una cierta falta de originalidad y, en algún momento puntual, una caída fácil en el tópico. Pero merece mucho la pena para cualquier tipo de espectador. El que sienta como yo pasión por el periodismo notará que un cosquilleo le recorre la espalda cuando el personaje de Russell Crowe está escribiendo el reportaje que persigue durante toda la película bajo la atenta mirada de sus compañeros y su directora. Una escena sencillamente preciosa que resume a la perfección el espíritu de la película.