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jueves, marzo 19, 2015

'Pasolini', más aburrimiento que escándalo

Hablar de Pier Paolo Pasolini y no mencionar el término "escándalo" parece algo imposible, y Abel Ferrara es plenamente consciente de ello en esta recreación que hace de un periodo de su vida muy concreto. Pero la sorpresa es que no hay tanto escándalo en la película, al menos no del que impregnaba el cine del autor italiano, sino que es un escándalo mucho más tibio, más sencillo, menos complejo. Es, de alguna manera, continuación del que Ferrara ya mostró en la lamentable Welcome yo New York. Y aunque Pasolini no desciende a los ínfimos niveles cinematográficos de la recreación del caso de Dominique Strauss-Kahn, es verdad que llega a producir aburrimiento en algunos de sus pasajes. Sin el carisma de Willem Dafoe, aunque su interpretación casi parezca surgir sin demasiado esfuerzo, la película habría sido mucho peor de lo que es. Por su protagonista y su temática podría haber sido un resurgir en la carrera de Ferrara, pero no es más que un paso más hacia la confirmación de que su cine ha perdido la garra que debiera tener.

El principal problema de Pasolini es que no se ve conflicto ni historia, sino una colección de retazos que tienen que servir al mismo tiempo como retrato y como legado del cineasta italiano, y la verdad es que esa sensación no se llega a tener en toda la película. Sí hay cierto magnetismo en la figura que recrea con cierta facilidad Dafoe, pero surge de escenas, planos y momentos a veces tan intrascendentes (se ve a Pasolini cogiendo ropa de su armario como si fuera un momento trascendente, o jugando al fútbol, en una secuencia que no tiene más propósito que el documental y que no suma nada al relato). Puede que lo más interesante sea ver la recreación que Ferrara hace del filme que Pasolini no llegó a realizar, pero son escenas que de alguna manera rompen ese retrato y tienen un tono totalmente ajeno al documento que la película podría haber sido, con lo que el choque es inevitable.

Ferrara no consigue trazar un retrato claro del personaje, ni siquiera se queda cerca. Puede fascinar en momentos concretos, como en la escena de la entrevista, puede acercarse a ese terreno del escándalo del que tanto gustaba en las escenas que reflejan su homosexualidad, menos de las que pudiera imaginarse, pero en el fondo queda la sensación de que no siempre estamos viendo al mismo personaje. O, al menos, que no le mueven las mismas emociones, los mismos sentimientos, ni como autor ni como hombre. Y encontrando flaquezas en la figura que la película ha de exaltar, es difícil que el conjunto emocione, por mucho que sea un sentido homenaje hacia su genio creador. Eso lo es, no hay duda, porque la presentación es casi reverencial. Pasolini se muestra como un creador exigente e imaginativo, e incluso sus ansias de provocación encuentran explicaciones de lo más coherentes. Siendo un retrato de una figura escandalosa, es una recreación políticamente correcta en todo momento. Quizás demasiado.

Y de esa forma, aún aplicando el freno que Ferrara no se impuso en Welcome to New York y forjando límites claros a la transgresión (incluso a pesar de una primera escena de felación que tampoco consigue demasiados efectos), el director tampoco llega a nada concreto y positivo. Quizá desde la adoración a Pasolini, seguramente difícil de encontrar entre un público contemporáneo que no gasta su tiempo en bucear tanto en la historia del cine, la película gane algo más de lo que ofrece al espectador común, pero incluso así es difícil adentrarse con lo que se ve en el pensamiento de 1975 del creador italiano más que en algunos momentos aislados. Puede ser un buen complemento histórico a la misma filmografía de Pasolini, aunque apenas parcialmente, y como la muestra de que Ferrara rinde tributo a su cine, pero no es exactamente una película que satisfaga las ansias de conocimiento sobre aquel cine de los años 60 y 70 del pasado siglo.

viernes, septiembre 12, 2014

'El hombre más buscado', un acabado brillante

Seguramente no será una división exacta, pero es fácil dividir el cine de espías en dos categorías básicas. Por un lado está Bourne y formas análogas de contar una historia, y por otro está John le Carré y sus derivados. El hombre más buscado está basada en una novela del propio Le Carré, con lo que hay pocas dudas sobre a qué grupo pertenece la nueva película de Anton Corbijn. Le Carré es lo suficientemente conocido, y se han adaptado ya unas cuantas de sus novelas, como para descubrir ahora el género que representa, pero obviamente hablamos de películas de ritmo pausado, de enorme sutileza a la hora de construir tramas y personajes y, sobre todo, de mucha inteligencia. Puede que no todo el mundo acabe satisfecho con el ritmo, quizá porque Bourne y sucedáneos amenazan con apoderarse del género desde su posición de éxito, pero el poso que muchas veces necesita el cine de espías está en películas de una acabado tan brillante como el de El hombre más buscado.

Corbijn ya dio muestras del ritmo cinematográfico por el que apuesta en El americano. El hombre más buscado es más dinámica que aquella, pero no busca su intensidad en la acción sino en la historia. Y a diferencia de El americano, que sí llegaba a ser aburrida, ésta no lo es en ningún momento. No lo es por su madurez, por su sutileza, por la magnífica construcción de la historia, delicadamente equilibrada de principio a fin, sin que sobre ni falte nada para entender el episodio descrito, por su extraordinariamente bien orquestado final, y especialmente por unos personajes formidables. Todos. Sin excepción. Son personajes espléndidos sobre el papel, pero lo son aún más cuando el reparto, en absoluto estado de gracia, le aporta unos matices formidables. Y es que el mundo de Le Carré no es blanco o negro. Muy al contrario, está lleno de grises, de rincones oscuros, de buenas intenciones que no sirven para nada, de personas verosímiles en el sentido más absoluto del término. El hombre más buscado es un puñetazo de realidad.

Por eso, la mejor elección posible para protagonizar la película, una en la que los espías no saltan por las azoteas ni se balancean en helicópteros, era una actor como Philip Seymour Hoffman. Él es el paradigma de lo que busca la película: presencia y personalidad. Verle en su último papel protagonista vuelve a recordarnos la cantidad de años de cine que hemos perdido a causa de su muerte por sobredosis. Su espléndida interpretación se asienta no sólo en su lenguaje corporal y en su expresividad facial, sino también en su voz. Enorme. Y como él, Rachel McAdams también se transforma. La habitualmente locuaz y agradable protagonista es aquí seria, responsable, íntegra y dueña de sus silencios. Robin Whrigt, transformada en su aspecto con una peluca negra, es en cambio más cínica que de costumbre. Todos tienen su metamorfosis para crear un mundo nuevo para la película, y encajar en este mundo de terroristas, agencias gubernamentales y negocios turbios que pone su foco en Hamburgo, la ciudad en la que se gestó el 11-S, como se recuerda al comienzo de la película.

Siempre hay un peligro cuando se estrena la última película de un actor fallecido, y es que la despedida sea más importante que el propio filme. Esta se erige por encima de la figura de Philip Seymour Hoffman pero también lo hace gracias a su inmenso trabajo. Es cine de espías del bueno, del auténtico, del que deja motivos para la reflexión, del que permite seguir una investigación sin depender de giros de guión, en el que aparecen personajes realistas. Y sí, tiene un ritmo relativamente lento, aunque en comparación con El americano casi parezca parte de la saga Bourne. Pero eso no afecta al enorme interés que genera la trama, la puesta en escena de Corbijn y el espléndido trabajo interpretativo. Incluso con la presencia de Hoffman por última vez comandando un reparto, da la impresión de que va a pasar más desapercibida de lo que merece, porque es una película altamente recomendable para quienes gusten de guiones inteligentes, de esos que tantas veces se reclaman y que cuando llegan no siempre obtienen la atención debida.

lunes, octubre 22, 2012

'Adam resucitado', extraño tour de force de Jeff Goldblum

Paul Schrader en la dirección y Jeff Goldblum, Willem Dafoe y Derek Jacobi en la pantalla parecen motivos más que suficientes para caer en la tentación de ver una película. Que el tema ronde el holocausto judío a manos de los nazis es otro empujoncito a sentarse en una butaca y disfrutar del espectáculo. Pero Adam resucitado, a pesar de presentarse con estos mimbres, no termina de funcionar del todo. Hay talento y se nota en algunas escenas, pero la más que extraña historia que se nos cuenta, basada en la novela de Yoram Kaniuk, no encuentra una conexión completa con el espectador a lo largo y ancho de la película. A ratos interesa, a ratos emociona, a ratos aburre y parece demasiado pretenciosa, y su resolución parece algo forzada. El tour de force interpretativo de Jeff Goldblum sin duda impacta, pero le falta algo. Sobre todo si tenemos en cuenta que las mejores escenas de la película son, precisamente, aquella que no descansan únicamente en su actor principal.

A pesar de los grandes nombres que aparecen en el cartel de la película (no olvidemos que Paul Schrader es el guionista de algunos de los mejores títulos del primer Martin Scorsese), lo primero que hay que decir es descorazonador. La película se estrenó en Estados Unidos a finales de 2008 y no ha llegado a España hasta ahora, casi cuatro años después. Es, evidentemente, una pieza cinematográfica que no tiene mucho encaje en el circuito comercial y está llamada a desfilar, como así ha hecho, por diferentes festivales de todo el mundo. Pero aún así es una lástima que un filme así tarde tanto tiempo en llegar a nuestro país. Una lástima porque, en el fondo, conocer este dato predispone negativamente y la película sí se merece una oportunidad al margen de su distribución.

Adam resucitado cuenta la historia de Adam Stein, un antiguo payaso, mago y actor de variedades judío que, tras pasar por un campo de concentración nazi, acaba en un sanatorio en Israel dedicado expresamente a supervivientes del Holocausto. La película arranca en los años 60 y va sumando una sucesión de flasbacks que van añadiendo piezas al puzzle psicológico que quiere plantear la película. Goldblum hace un auténtico y sobresaliente esfuerzo por meterse en la piel del personaje en todos y cada uno de los estadios por los que pasa a lo largo de la historia, pero el envoltorio a su alrededor no termina de ser tan convincente. Ni el escenario cabaretero y circense parece un entorno tan feliz, ni el campo de concentración se ve tan ominoso como debiera (a pesar del blanco y negro con el que quiere evocar a la película definitiva sobre este tema, La lista de Schindler), ni el sanatorio se ve como un auténtico lugar de redención, ni las explicaciones sobre el estado físico y mental del protagonista son tan completas como sería deseable para una mejor comprensión del cuadro.

Con un Goldblum sobresaliente pero al que el ritmo y el montaje de la película no terminan de ayudar, lo que destaca es el duelo interpretativo con Willem Dafoe (espléndida su transformación desde el apocado y desesperado hombre que es en su primera aparición al despiadado y seguro de sí mismo en que se convierte a partir de entonces). No deja de ser curioso que en una película ideal para ese tour de force de un solo actor, sea en las confrontaciones entre actores cuando más se eleva, pero es así. El gran Derek Jacobi, en cambio, no alcanza el nivel acostumbrado y su presencia es demasiado anecdótica, como, en realidad, buena parte de lo que sucede alrededor del protagonista, como las episódicas apariciones de la enfermera interpretada por Ayelet Zurer (una actriz, por cierto, más que interesante), o incluso toda la trama del niño, que tiene una justificación dramática evidente pero que lleva la película a niveles extraños y bizarros que no terminan de encajar. Lo cierto es que la relación entre el personaje de Goldblum y ese niño está pensada para ser un eje básico de la película, pero distrae más de lo que emociona.

Ya que se pueden contar con los dedos de una mano las escenas realmente intensas y memorables de la película, se puede decir que lo mejor de Adam resucitado está en el reparto. Es, efectivamente, una película para reivindicar el talento interpretativo de Jeff Goldblum, un actor normalmente más asociado a su participación en blockbusters comerciales como Independence Day o Parque jurásico, y también para recordar que Willem Dafoe es un actor muy versátil que convence casi siempre. La película en su conjunto es una pequeña rareza que toca el Holocausto como tema de fondo, pero que no termina de llegar a los ambiciosos objetivos que sin duda se marca. No le conviene ni el misterio con el que arranca ni la indefinición con la que se desarrolla. Sí se beneficia, en cambio, de las escenas que mejor describen en el presente el estado mental de su protagonista o los flashbacks en los que Goldblum y Dafoe comparten pantalla. Una curiosidad para mentes abiertas y dispuestas a ver un cine diferente.

domingo, marzo 28, 2010

'Daybreakers' y la película que podría haber sido

Es raro que una película de vampiros de serie B no consiga entretener, porque es un tipo de filme que no engaña. Daybreakers es una de esas películas, es una clara serie B con nombres conocidos, bien rodada y bien ejecutada. Pero cuando termina, uno se queda con cierto regusto amargo, porque el planteamiento de los hermanos Michael y Peter Spierig es interesante, sí, pero algo convencional. Dibujan un mundo dominado por los vampiros y en el que los humanos tienen que estar escondiéndose permanentemente de los dominadores ávidos de sangre. Y uno no deja de preguntarse si no hubiera sido mucho más estimulante rodar la película sobre cómo los vampiros dominaron poco a poco el mundo. Podría haber sido una gran película de serie B con trasfondo histórico y social, como tenían las grandes cintas de ciencia ficción de los años 50 y 60. Lo que nos queda es una película muy entretenida. Pero qué pena que no sea algo más.

Y es que todo lo que ofrece Daybreakers se puede entender como virtud o como oportunidad perdida. Es una delicia para el aficionado al cine fantástico ver un mundo oscuro y violento poblado por criaturas vampíricas, pero al mismo tiempo es evidente que no está ahí la principal fuerza de este mundo imaginario. Es divertido ver un bar en el que sirven café con sangre, pero uno se pregunta qué habría pasado en una escena en la que habiera clientes para ese producto y clientes para un café solo. Impresiona ver unas granjas tecnológicas de extracción de sangre de cuerpos humanos vivos, pero ¿cómo habría sido contemplar la protesta en la calles ante el incipiente orden vampírico? El vaso medio lleno o medio vacío. En cualquier caso, lo hecho está bien hecho.

Buena parte de la fuerza del relato, y más cuando cae en las convenciones habituales del género, reposa en su dirección artística, en su contraste de colores en la fotografía y en su reparto, plagado de caras conocidas. Ethan Hawke, a pesar de no ser un actor de demasiados registros, siempre ha tenido buen gusto para meterse en el cine fantástico. Quizá busca un nuevo Gattaca. Daybreakers no lo es, pero es un buen título en su filmografía. Sam Neill disfruta, y se nota, haciendo de malo. Ambiguo primero, villano auténtico al final. Su disfrute es a ratos algo previsible, pero funciona. Y Willem Dafoe abandona temporalmente sus habituales papeles de antogonista malévolo para dar vida a un cazador de vampiros que debe muchísimo al de James Wood en Vampiros, de John Carpenter.

De hecho, ésta es su principal referencia. Daybreakers tiene partes que parecen sacadas directamente del filme de Carpenter. Las dos, a falta de platos de mejor gusto desde que Coppola reinventara la leyenda del más famoso vampiro en su Dracula, están entre las mejores películas del subgénero vampírico de los últimos tiempos. Al menos, entre las más entretenidas, ya que ambas derivan hacia aspectos de lo más comercial. El mayor pero que se le puede poner a Daybreakers, además de que no es el momento temporal más interesante de este universo que podrían haber escogido sus autores, está, como suele suceder en el fantástico, en un desenlace que no aprovecha las posibilidades de sus propuestas. El desmadre se apodera de la pantalla, la casquería toma el protagonismo que no había tenido en todo el metraje y la acción se sobrepone a todos los debates morales y sociales que pudiera haber sugerido el planteamiento de la cinta.

A pesar de contar con una atractiva campaña de publicidad, en la que se juega con mensajes dirigidos a los vampiros de la película, no ha sido un gran éxito de taquilla (20 millones de presupuesto, 45 recaudados en todo el mundo). Tampoco es que haya tenido una distribución sencilla, puesto que el filme se rodó en 2007 y no llegó a los cines hasta el pasado mes de enero. Quizá es que no han sabido venderlo, porque productos de menor calidad encuentran mejor acomodo (y recaudación) en las carteleras de todo el mundo. Y es una pena. Porque la ficción televisiva y cinematográfica está viviendo un auge de los vampiros y Daybreakers, seguramente una de las mejores muestras, no ha sido todo lo que podía esperarse de ella.