lunes, octubre 22, 2012
'Adam resucitado', extraño tour de force de Jeff Goldblum
A pesar de los grandes nombres que aparecen en el cartel de la película (no olvidemos que Paul Schrader es el guionista de algunos de los mejores títulos del primer Martin Scorsese), lo primero que hay que decir es descorazonador. La película se estrenó en Estados Unidos a finales de 2008 y no ha llegado a España hasta ahora, casi cuatro años después. Es, evidentemente, una pieza cinematográfica que no tiene mucho encaje en el circuito comercial y está llamada a desfilar, como así ha hecho, por diferentes festivales de todo el mundo. Pero aún así es una lástima que un filme así tarde tanto tiempo en llegar a nuestro país. Una lástima porque, en el fondo, conocer este dato predispone negativamente y la película sí se merece una oportunidad al margen de su distribución.
Adam resucitado cuenta la historia de Adam Stein, un antiguo payaso, mago y actor de variedades judío que, tras pasar por un campo de concentración nazi, acaba en un sanatorio en Israel dedicado expresamente a supervivientes del Holocausto. La película arranca en los años 60 y va sumando una sucesión de flasbacks que van añadiendo piezas al puzzle psicológico que quiere plantear la película. Goldblum hace un auténtico y sobresaliente esfuerzo por meterse en la piel del personaje en todos y cada uno de los estadios por los que pasa a lo largo de la historia, pero el envoltorio a su alrededor no termina de ser tan convincente. Ni el escenario cabaretero y circense parece un entorno tan feliz, ni el campo de concentración se ve tan ominoso como debiera (a pesar del blanco y negro con el que quiere evocar a la película definitiva sobre este tema, La lista de Schindler), ni el sanatorio se ve como un auténtico lugar de redención, ni las explicaciones sobre el estado físico y mental del protagonista son tan completas como sería deseable para una mejor comprensión del cuadro.
Con un Goldblum sobresaliente pero al que el ritmo y el montaje de la película no terminan de ayudar, lo que destaca es el duelo interpretativo con Willem Dafoe (espléndida su transformación desde el apocado y desesperado hombre que es en su primera aparición al despiadado y seguro de sí mismo en que se convierte a partir de entonces). No deja de ser curioso que en una película ideal para ese tour de force de un solo actor, sea en las confrontaciones entre actores cuando más se eleva, pero es así. El gran Derek Jacobi, en cambio, no alcanza el nivel acostumbrado y su presencia es demasiado anecdótica, como, en realidad, buena parte de lo que sucede alrededor del protagonista, como las episódicas apariciones de la enfermera interpretada por Ayelet Zurer (una actriz, por cierto, más que interesante), o incluso toda la trama del niño, que tiene una justificación dramática evidente pero que lleva la película a niveles extraños y bizarros que no terminan de encajar. Lo cierto es que la relación entre el personaje de Goldblum y ese niño está pensada para ser un eje básico de la película, pero distrae más de lo que emociona.
Ya que se pueden contar con los dedos de una mano las escenas realmente intensas y memorables de la película, se puede decir que lo mejor de Adam resucitado está en el reparto. Es, efectivamente, una película para reivindicar el talento interpretativo de Jeff Goldblum, un actor normalmente más asociado a su participación en blockbusters comerciales como Independence Day o Parque jurásico, y también para recordar que Willem Dafoe es un actor muy versátil que convence casi siempre. La película en su conjunto es una pequeña rareza que toca el Holocausto como tema de fondo, pero que no termina de llegar a los ambiciosos objetivos que sin duda se marca. No le conviene ni el misterio con el que arranca ni la indefinición con la que se desarrolla. Sí se beneficia, en cambio, de las escenas que mejor describen en el presente el estado mental de su protagonista o los flashbacks en los que Goldblum y Dafoe comparten pantalla. Una curiosidad para mentes abiertas y dispuestas a ver un cine diferente.
martes, marzo 20, 2012
'Mi semana con Marilyn', demasiado esfuerzo mimético
Mi semana con Marilyn es una mirada nostálgica al rodaje de El príncipe y la corista, filme que dirigió y protagonizó Laurence Olivier junto a Marilyn Monroe en 1957. Y lo que cuenta la película es el tiempo que pasó Colin Clark con la tentación rubia después de que el entonces marido de la estrella, Arthur Miller, abandonara el rodaje. Ese material lo recopiló primero en dos libros que Adrian Hodges convirtió en guión cinematográfico para que lo dirigiera Simon Curtis. No se cuenta con mucha experiencia cinematográfica ni en la dirección ni en la escritura, pero sí televisiva, medio del que proceden ambos. En todo caso, no hay que pensar demasiado para saber que el éxito o el fracaso de la película dependía de que la caracterización de Marilyn (y, en una medida algo menor pero en el fondo igual de importante, de Laurence Olivier) funcionara. ¿Funciona? Sí y no.
Sí funciona porque Michelle Williams hace un papel espléndido. No es el mismo tipo de mujer que Marilyn, ni en el físico ni en comportamiento, pero se mete en su piel con suma habilidad. El trabajo es especialmente notable en la voz y en ciertos ademanes de la inolvidable protagonista de Con faldas y a lo loco. Y no funciona porque, en el fondo, lo que vemos no es más que una fotografía tópica de Marilyn. Quizá ella fuera así, pero lo que plasma la película no deja de ser lo que ya sabemos sobre aquella actriz que se perdió antes de tiempo y se convirtió en leyenda e icono de la historia del cine, una mujer que nadie supo querer, un juguete roto que nunca pudo ser realmente feliz. Y, sí, Michelle Williams transmite esa impresión con su trabajo, logra alcanzar incluso el nivel de sexualidad que desprendía Marilyn. Pero no hay una profundidad psicológica en el personaje que impresione tanto como el envoltorio. Eso es más culpa del guión y la dirección que de la propia actriz.
La magnética presencia de Marilyn se lleva por delante a quien tendría que ser y de hecho es el protagonista de la película (el mencionado Colin Clark, tercer ayudante de dirección de El príncipe y la corista, interpretado por Eddie Redmayne), pero no tanto a la otra gran estrella de la película. La nominación al Oscar a Kenneth Branagh por dar vida a Laurence Olivier fue una sorpresa pero, en el fondo, también un justo reconocimiento a un más que notable actor al que la dimensión que alcanzó como director (y las comparaciones, siempre odiosas, de aquellos años primerizos nada menos que con los de Orson Welles) devoraron en buena medida. Pero Branagh es un intérprete más que notable y su trabajo aquí evidencia que tiene un hueco como actor en el cine contemporáneo al margen de su labor de realización. Quizá sin tanto apego al detalle y al mimetismo como la Marilyn de Michelle Williams, pero borda su papel. La dinámica entre ambos, por desgracia, se antoja escasa, porque las escenas que comparten están entre las mejores de la película.
El resto del reparto confirma las sensaciones que deja la película. La presencia de Emma Watson parece más un guiño comercial a los fans de Harry Potter que la oportunidad de desarrollar algún personaje, sea el suyo o el del protagonista. Las de Julia Ormond (como Vivien Leigh), Judi Dench o Derek Jacobi o Toby Jones suponen el toque de calidad con los secundarios que quiere toda película con aspiraciones, y más si es británica como ésta. Resumiendo, Mi semana con Marilyn quiere ser un poco de todo y no sé si termina siendo lo que aspiraba a ser. Porque presenta una historia con bastantes ganchos, y Marilyn si algo sabía hacer era precisamente enganchar, pero no consigue perdurar en la memoria. Es más que visible y tiene toques de interés, pero más a cuenta de los intérpretes que del resto de responsables del filme. Lo que le falta, en realidad, es espíritu. Y eso, hablando de Marilyn, es un pequeño gran pecado que lastra demasiado el resultado final, aunque se vea con agrado y la nostalgia de una forma de hacer cine que no sé si en el fondo ha cambiado tanto en algunos aspectos.
lunes, agosto 08, 2011
'Templario': la violencia como única baza
En los últimos tiempos, la violencia se ha convertido por sí sola en baza para defender una película. La novedad de esos filmes, se dice antes de su estreno, es lo explícito de esa violencia. Mucha y muy gráfica. Son demasiados los filmes que se han vendido así en los últimos años. Y quizá la explicación está en que saben que es lo mejor que pueden ofrecer. La violencia, en todo caso, es un elemento peligroso para el cine. Si se cuenta con un público receptivo, puede funcionar. Pero si el público muestra hartazgo de esta vía para convencer, el producto es cuestión queda como algo plano, vacío, artificial. Eso es lo que le sucede a Templario. Falla en lo esencial, en el ritmo, en el guión, en el montaje. En el cine, en definitiva. Y sólo le queda la violencia para tratar de alcanzar al público. Eso y un reparto con nombres y rostros conocidos (que no especialmente famosos, aquí no hay estrellas de Hollywood) que dan cierto lustre pero que no consiguen rescatar la película del aburrimiento que produce durante sus dos largas horas.
Inglaterra, siglo XIII. Un templario y un grupo muy diverso de personas defienden el castillo de Rochester de los ataques del Rey Juan, que ha decidido recuperar el país en el campo de batalla tras ceder buena parte de sus derechos a los nobles ingleses. La lección de historia se acaba ahí, puesto que lo que cuenta Templario no es más que ese episodio de asedio. Todo lo demás es accesorio y superfluo para el director, el completamente desconocido Jonathan English (que ha dirigido dos películas de, en apariencia, ínfima calidad y que aquí actúa también como guionista), que se juega todas sus bazas en la brutalidad, en la violencia, en las muertes en pantalla, en los combates salvajes y en la sangre. Son constantes las escenas que encajan en ese perfil, lo que al final produce la sensación de que todo es repetitivo. Lo único que cambia es el final de cada escena, pero el desarrollo de cada una de ellas es prácticamente intercambiable con la siguiente o con la anterior. Mal síntoma.
Y es malo porque la historia no da para mucho más. No hay muchos rasgos narrativos que permitan buscar otro apoyo en la película. Es la violencia y nada más. Así se desaprovecha un elenco que, a priori, parece interesante pero que sabe a poco. Paul Giamatti es un gran actor, pero verle tan sobreactuado hace pensar si su momento de gloria pasó sin que, en realidad, se le hiciera entonces la justicia que merecía. Tiene trabajo de aquí en adelante, porque tendrá que demostrar que sigue siendo ese intérprete que tan bien era capaz de retratar al hombre corriente de Entre copas, La joven del agua o Cinderrella Man. Se amoldan mejor a este mundo histórico Brian Cox y Derek Jacobi, que configuran los dos personajes más creíbles y menos bidimensionales de entre todos los que aparecen en pantalla. No acaban de tener un final adecuado, aunque eso no es culpa suya y sí del director, pero son los que más convencen, muy por encima del protagonista, James Purefoy (tan estático en sus gestos faciales como en Solomon Kane), y de Kate Mara.
English ofrece una realización casi televisiva, en el sentido más peyorativo que se le pueda dar a ese término y recordando los tiempos en los que la pequeña pantalla no podía aspirar al realismo que emanaba del cine. Eso lo mezcla con una cámara tan nerviosa como presta a verse salpicada de sangre. Es imposible seguir la acción con un mínimo de nitidez, lo que, unido al elevado grado de salvajismo, coloca al espectador en la duda de si prestar atención o, simplemente, esperar que las escenas acaben para ver su resultado. Por desgracias, tampoco es que eso suponga un gran ejercicio intelectual, porque el guión es previsible en exceso. No hay ningún personaje que se escape al destino que prácticamente cualquier espectador puede intuir para él. No hay ninguna relación entre ellos que escape al más puro cliché, aunque por momentos hay ciertos elementos de interés entre el templario y el escudero o entre el rey y el noble que se enfrentan en este conflicto histórico. La historia de amor, tan inevitable como olvidable.
Templario busca una senda que ya ha seguido muy recientemente el cine de romanos, más con Centurión que con La legión del águila, y que con mucha mejor fortuna emprendieron grandes realizadores como Ridley Scott en Gladiator o Mel Gibson en Braveheart. Esos son los modelos de Templario, pero no hace falta decir que se queda a años luz de sus logros. No es tampoco de mucha ayuda una excesiva duración (120 minutos), que se alcanza gracias al único argumento que quiere explotar la película: escenas de violencia una detrás de otra. Y como sólo en eso está puesto el énfasis, las escenas más pausadas, las que tendrían que aportar interés y emoción a la película, las que podrían elevar la categoría de los instantes más violentos, se quedan en rupturas continuas del ritmo del filme. Pelea, sangre, muerte y mutilación hay mucha. Historia, muy poca. Y actuaciones sólo en algún que otro momento de la película. La violencia es su única baza, y así es difícil enganchar a muchos espectadores.

