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domingo, noviembre 20, 2016

'Animales fantásticos y dónde encontrarlos', el universo de J. K. Rowling madura

Harry Potter se acabó pero J. K. Rowling no estaba dispuesta a soltar a la gallina de los huevos de oro. Casi al mismo tiempo han visto la luz un nuevo libro del personaje, en realidad una obra de teatro, y una película que expande su universo que parte, nada menos, que de un bestiario. No había historia, pero se ha creado. Y la ha firmado la propia Rowling. Aún con algunos defectos, lo curioso es que Animales fantásticos y dónde encontrarlos es lo que nunca pudieron ser las películas de Harry Potter, presas de su referente literario y de una legión de fans dispuesta a adorar o destruir lo que se haga con las redes sociales como base. Es la madurez del universo de J. K. Rowling, es un avance barroco, urbano y hasta humano como da la sensación de que nunca pudo ser Harry Potter, por muy sacrílega que pueda ser esa sentencia para los fans del joven mago a los que en absoluto se pretende ofender con estas líneas, que eso también parece necesario advertirlo en esta era digital.

Pero el caso es que, olvidándonos del referente de Harry Potter, al que Rowling hace referencia en varias ocasiones en la película de una manera algo artificial para que no olvidemos que estamos ante una precuela en realidad, lo que recibimos es una historia prácticamente modélica y ejecutada con bastante nivel. Misteriosa cuando ha de serlo, con un sentido de la aventura formidable que, de no mediar semejante festín de efectos visuales podría emparentar el filme con otros títulos inolvidables del género en los años 80, y con una imaginación visual que David Yates, responsable de los últimos cuatro filmes de Harry Potter, sólo deshonra con alguna indescifrable escena como el paso por los titulares de prensa, innecesariamente veloz para que la lectura sea casi un imposible, o con las habituales concesiones al 3D, apenas un puñado de instantes que incluso en 2D se vislumbran claramente y que no tienen mucho sentido.

No lo tienen porque la película no los necesita, ya es bastante apabullante en lo visual como para que el espectador quedara atrapada. El cambio de escenario, del mágico Hogwarts al Nueva York de los años 20, es claramente el mejor acierto de la película. Es, probablemente, el salto que le hacía falta para que la fantasía llegara a un punto mucho más notable, para que los personajes no estén supeditados a un entorno mágico y para que este fluya mucho más fácilmente. Y como Yates ensambla un reparto formidable, encabezado por el casi siempre espléndido Eddie Redmayne y secundado por dos sorpresas tremendamente agradables, las de Katherine Waterston y Dan Fogler, además de un buen Colin Farrell que en realidad es mucho mejor actor de lo que se ha permitido ser o un intrigante Ezra Miller o una intensísima Samantha Morton, todo parece ir sobre ruedas,

Animales fantásticos y dónde encontrarlos supera con creces las barreras de haber nacido, al menos a priori, como un producto para alargar una franquicia, combinando con acierto acción, comedia, misterio y un drama mucho más adulto de lo que la larga espera por Voldemort (antes de que apareciera en El cáliz de fuego y después hasta que llegara el clímax definitivo) permitió que fuera Harry Potter. Y aunque estamos ante una película fácilmente conectable con su universo de referencia, es también un producto autónomo y con la suficiente personalidad como para enganchar incluso a quienes no se dejaron convencer por el mago juvenil. Brilla por su historia, con matices interesantes incluso desde puntos de vista alejados de la fantasía (la persecución de las brujas, la integración de los magos en la sociedad contemporánea), por su exquisitez visual (el mundo dentro del maletín es una maravilla) y, ahí está su secreto, por sus personajes. Todo un acierto.

viernes, febrero 06, 2015

'El destino de Júpiter', el galimatías definitivo de los Wachowski

Con El destino de Júpiter tendría que apagarse definitivamente la estrella de los hermanos Wachowski. Esos que ahora ya firman simplemente como "Los Wachowski", los que llevan viviendo de las rentas de Matrix desde hace nada menos que quince años, los que han ido estrellándose una y otra vez, salvados por los pelos por ciertos sectores de la crítica y del público que creían reconocer algo de esa revolución (que en realidad puede que no fuera tan profunda) de la película que les dio a conocer, por mucho que antes hubieran rodado ya Lazos ardientes. Sin el colchón de rodar un filme de tres horas, como sí se les permitió sorprendentemente con El atlas de las nubes, los Wachowski firman su galimatías definitivo, un festival de efectos visuales sin contención alguna que se desarrolla en el marco de una historia estúpida, tan mal llevada durante la película que cabe preguntarse si se leyeron su propio guión antes de rodarlo, con personajes inútiles y mal construidos, con escenas imposibles de creer, con mil tópicos y unos actores aburridos.

El desastre es absoluto, y lo más probable es que sólo llegue a satisfacer a quien tenga sus estándares de calidad por los suelos o algún que otro grupo de adolescentes. Éxito en otro tipo de públicos sería una sorpresa bestial, porque no hay absolutamente nada que se pueda salvar. La idea, se supone, era contar una epopeya de ciencia ficción deslumbrante en lo visual y lo suficientemente atractiva en lo argumental. Pero lo primero es repetitivo y confuso (¿de qué sirve tener una nave cool en pantalla si es imposible saber cómo funciona y qué es capaz de hacer?) y lo segundo es casi sonrojante. Hay que verlo para creerlo, pero es que incluso la misma idea de base es estúpida y no se corresponde a lo que cuenta la película. Casi da la impresión de que la película quiere esconder cierto mensaje ecológico y anticapitalista, pero tomar eso en serio haría que la película mereciera una crítica incluso más severa, con lo cual es mejor dejarlo correr y centrarse en los objetivos más superficiales de los Wachowski.

Y ahí sí hay tema. Después de que Matrix se opusiera frontalmente en su concepción de la ciencia ficción al Episodio I de Star Wars, estrenado el mismo año, resulta que los Wachowski han decidido demostrar que todo lo que George Lucas pudiera haber hecho mal, que en realidad no es tanto como le gustaría a mucha gente, ellos lo pueden hacer muchísimo peor. ¿La desidia de Natalie Portman ante la pantalla verde? Una actuación de Oscar comparada con la de Mila Kunis aquí. ¿Lucas hacía malos diálogos? Ojo a la mediocridad de los Wachowski tratando desesperadamente de que algo de su universo tenga sentido. ¿Que las escenas de acción de La amenaza fantasma podían ser superfluas? Las que hay aquí se caen con una facilidad terrible, por mucho que algún instante pueda parecer espectacular. ¿La historia de amor de Anakin y Padme parece imposible? Ojo a la de Júpiter (Kunis) y Caine (Channing Tatum). No hay comparación posible. La ascensión de Júpiter es insalvable porque absolutamente nada tiene sentido.

Entran sudores sólo de pensar que pueda haber una edición extendida que quiera explicar todo lo que no se entiende. O en la que Eddie Redmayne, un actor que está nominado al Oscar este mismo año, pueda hacer todavía más el ridículo como villano de este inexplicable relato, aburrido, con guiños tontos (el de las marcas en los campos de maíz) o sencillamente absurdos (la presencia de Terry Gilliam en un supuesto homenaje a Brazil pero que en realidad remite mucho más a Las doce pruebas de Astérix... y con mucho más acierto con la creación de Goscinny y Uderzo). Pero sobre todo sorprende que en su progresiva e imparable decadencia los Wachowski sigan consiguiendo tanto dinero para sus juguetes cuando ya parece más que evidente que Matrix fue una casualidad. La ascensión de Júpiter no se puede tomar en serio ni como entretenimiento light, porque los Wachowski desprecian a sus propios personajes y dejan tramas colgadas sin que les importe lo más mínimo. Tiene tantos errores y problemas que es imposible catalogarlos todos.

martes, marzo 20, 2012

'Mi semana con Marilyn', demasiado esfuerzo mimético

Hay una creciente fascinación por la recreación en pantalla de figuras históricas reconocibles. Hace muy poco, causó furor (y ganó el Oscar) la de Margareth Thatcher por Meryl Streep. Y hay una vertiente muy popular de esta tendencia que es la de actores interpretando a actores. Cuando se anunció que Michelle Williams iba a interpretar a Marilyn Monroe mi reacción fue de frialdad, pues, salvo el rubio de su cabellera, veía poco parecido entre ambas. Después de ver Mi semana con Marilyn el juicio sobre ella es bastante más benévolo que entonces, pues su trabajo de mimetismo es importante y notable. Pero no deja de ser eso, mimetismo. Y eso hace que no termine de ver con los mismos ojos una historia rodeada de lugares comunes que, no obstante, se ve con agrado, y más aún si se tiene por el cine y su historia el cariño que yo tengo. Aún así, no deja la huella que sí dejaba, hay que decirlo por tramposo que sea el argumento, la mejor Marilyn. Demasiado esfuerzo mimético se lleva por delante la posibilidad de hacer una película sobresaliente.

Mi semana con Marilyn es una mirada nostálgica al rodaje de El príncipe y la corista, filme que dirigió y protagonizó Laurence Olivier junto a Marilyn Monroe en 1957. Y lo que cuenta la película es el tiempo que pasó Colin Clark con la tentación rubia después de que el entonces marido de la estrella, Arthur Miller, abandonara el rodaje. Ese material lo recopiló primero en dos libros que Adrian Hodges convirtió en guión cinematográfico para que lo dirigiera Simon Curtis. No se cuenta con mucha experiencia cinematográfica ni en la dirección ni en la escritura, pero sí televisiva, medio del que proceden ambos. En todo caso, no hay que pensar demasiado para saber que el éxito o el fracaso de la película dependía de que la caracterización de Marilyn (y, en una medida algo menor pero en el fondo igual de importante, de Laurence Olivier) funcionara. ¿Funciona? Sí y no.

Sí funciona porque Michelle Williams hace un papel espléndido. No es el mismo tipo de mujer que Marilyn, ni en el físico ni en comportamiento, pero se mete en su piel con suma habilidad. El trabajo es especialmente notable en la voz y en ciertos ademanes de la inolvidable protagonista de Con faldas y a lo loco. Y no funciona porque, en el fondo, lo que vemos no es más que una fotografía tópica de Marilyn. Quizá ella fuera así, pero lo que plasma la película no deja de ser lo que ya sabemos sobre aquella actriz que se perdió antes de tiempo y se convirtió en leyenda e icono de la historia del cine, una mujer que nadie supo querer, un juguete roto que nunca pudo ser realmente feliz. Y, sí, Michelle Williams transmite esa impresión con su trabajo, logra alcanzar incluso el nivel de sexualidad que desprendía Marilyn. Pero no hay una profundidad psicológica en el personaje que impresione tanto como el envoltorio. Eso es más culpa del guión y la dirección que de la propia actriz.

La magnética presencia de Marilyn se lleva por delante a quien tendría que ser y de hecho es el protagonista de la película (el mencionado Colin Clark, tercer ayudante de dirección de El príncipe y la corista, interpretado por Eddie Redmayne), pero no tanto a la otra gran estrella de la película. La nominación al Oscar a Kenneth Branagh por dar vida a Laurence Olivier fue una sorpresa pero, en el fondo, también un justo reconocimiento a un más que notable actor al que la dimensión que alcanzó como director (y las comparaciones, siempre odiosas, de aquellos años primerizos nada menos que con los de Orson Welles) devoraron en buena medida. Pero Branagh es un intérprete más que notable y su trabajo aquí evidencia que tiene un hueco como actor en el cine contemporáneo al margen de su labor de realización. Quizá sin tanto apego al detalle y al mimetismo como la Marilyn de Michelle Williams, pero borda su papel. La dinámica entre ambos, por desgracia, se antoja escasa, porque las escenas que comparten están entre las mejores de la película.

El resto del reparto confirma las sensaciones que deja la película. La presencia de Emma Watson parece más un guiño comercial a los fans de Harry Potter que la oportunidad de desarrollar algún personaje, sea el suyo o el del protagonista. Las de Julia Ormond (como Vivien Leigh), Judi Dench o Derek Jacobi o Toby Jones suponen el toque de calidad con los secundarios que quiere toda película con aspiraciones, y más si es británica como ésta. Resumiendo, Mi semana con Marilyn quiere ser un poco de todo y no sé si termina siendo lo que aspiraba a ser. Porque presenta una historia con bastantes ganchos, y Marilyn si algo sabía hacer era precisamente enganchar, pero no consigue perdurar en la memoria. Es más que visible y tiene toques de interés, pero más a cuenta de los intérpretes que del resto de responsables del filme. Lo que le falta, en realidad, es espíritu. Y eso, hablando de Marilyn, es un pequeño gran pecado que lastra demasiado el resultado final, aunque se vea con agrado y la nostalgia de una forma de hacer cine que no sé si en el fondo ha cambiado tanto en algunos aspectos.