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viernes, septiembre 02, 2016

'Ben-Hur', osadía baldía

La imparable oleada de remakes tiene un punto de valentía que no siempre recibe el reconocimiento que probablemente merece. No estamos hablando de méritos cinematográficos, al menos en la mayor parte de los casos, pero sí hay que ser muy osado para ponerse al frente de una película cuyo titulo va a evocar tantas cosas generalmente positivas a millones de espectadores en todo el mundo. Osado o inconsciente, pero el atrevimiento es un hecho. Ben-Hur, la mítica cinta dirigida por William Wyler y protagonizada por Charlton Heston, es un ejemplo perfecto. La película por excelencia de la historia de los Oscar, la de romanos perfecta, la película que todas las semanas santas vemos en televisión. Esa es la que retoma Timur Bekmambetov. ¿Pero de qué sirve la osadía de afrontar un remake de Ben-Hur si se va a coronar con semejante cobardía argumental? ¿Cómo es posible que lo que quiere ser un retrato realista de la novela de Lewis Wallace acabe convertido en su final en algo tan inane e intrascendente? Es una osadía baldía, y duele siendo Ben-Hur.

No es el único problema de la cinta, ya mal planteada desde su título en pantalla con ese Ben-Hur (2016), y eso es lo malo, pero hay que reconocer que su visionado no se hace pesado ni lastimoso. Es, simplemente, que hay algo a lo que no va a alcanzar por mucho que lo sueñe. Es evidente que este Ben-Hur va a estar por debajo de la cinta de Wyler, que a su vez era un remake de la que hizo Fred Niblo en 1926. Y es que el cine de romanos de antes era el cine de romanos sin más, y casi todo intento moderno de actualizar el género, excepción hecha de la magnifica Gladiator, ha tropezado con la misma piedra, la falta de carisma. No hay ni que decir que Charlton Heston y Stephen Boyd son y van a ser para siempre Ben-Hur y Messala. Jack Huston y Toby Kebell no consiguen acercarse a ellos, por mucho que este remozado Ben-Hur ceda buena parte de su protagonismo a Messala para que esto casi parezca un Batman v Superman en Jerusalen que, curiosamente, acaba con una blandenguería análoga a la que Zack Snyder coronó el enfrentamiento entre los dos superhéroes de DC.

Y eso que hay que reconocer que Bekmanbetov, a pesar de que los primeros compases de la película invitan a pensar en la peor, contiene sus ansias de rodar una película de romanos como si fuera la una tergiversación tan triste como la de Abraham Lincoln. Cazador de vampiros. De hecho, incluso se agradece que no haya intentado fotocopiar el Ben-Hur que ya conocemos, que contenga la acción de la batalla en las galeras al punto de vista de ese encierro de los esclavos o incluso que convierta la carrera de cuadrigas en el clímax de la película. Faltan cosas que el aficionado más clásico echará en falta y que ayudan a construir el personaje de Judá Ben-Hur, aquí más desdibujado que nunca, pero al menos busca contar la historia de una manera diferente. Ahora bien, eso no carta blanca para deslucir a personajes que muchos espectadores ya conocen. Y eso es lo que le pasa a Ben-Hur. A Messala se le sobreactúa, a Judá se le ningunea. Y la inclusión de Jesucristo distrae demasiado sin aportar realmente gran cosa.

Así que al final lo que queda es un curioso batiburrillo en el que lo que destaca, como cabía esperar, es la carrera de cuadrigas. Ahí, incluso aunque hay algún exceso visual que Bekmambetov bien se podría haber ahorrado, sí se logra la emoción que se busca en la película, aunque llegue tras la aparición en la película de un Morgan Freeman que parece más aburrido y desubicado que nunca. La carrera sí convence, pero quizá llega demasiado tarde como para que la película remonte y, por desgracia, queda minimizada por el epílogo de la película, a todas luces incomprensible teniendo en cuenta el tono y las motivaciones que estaba adoptando la película hasta ese momento. El simple hecho de que sea Ben-Hur ya hará que mucha gente vea la película. Y quizá quienes no hayan visto la de Wyler y Heston (haceos un favor, y ponedla, por muy larga que os parezca a priori para aprender cómo se hacía cine de verdad) le den un aprobado. Podría haberlo alcanzado de no mediar esa cobardía final, pero esa forma de resolver un enfrentamiento planteado en términos tan duros no tiene ningún sentido y desequilibra el conjunto. Una pena.

viernes, septiembre 04, 2015

'Ático sin ascensor', la fuerza de la naturalidad

Habiendo tantos y tantos actores que fuerzan el gesto, la voz y los diálogos, ver lo que hacen Morgan Freeman y Diane Keaton en Ático sin ascensor sirve para reconciliarnos con la esencia de la actuación. Lo que ellos consiguen en la pantalla es que la naturalidad sea su arma, su forma de convencernos de que quienes protagonizan la película son personas de carne y hueso, de que sus problemas son reales, de que sus diálogos nace de toda una vida en común. Son dos auténticos monstruos, y lo son precisamente en ese terreno. Luego Morgan Freeman podrá encajar en el cine de acción de gran estudio y Diane Keaton en las comedias más desenfadadas, pero en lo que son maestros es en esto. Sin ellos, Ático sin ascensor se podría descoser con cierta facilidad. Parte de una anécdota muy pequeña como para perdurar, una pareja que pone en venta su piso, y tiene algunos problemas narrativos bastante palpables, ¿pero a quién le importa cuando Freeman y Keaton tienen tanto que ofrecer juntos?

Estos dos veteranos intérpretes forman una extraordinaria pareja en la pantalla, y no sólo por la mezcla racial, algo que importará más en Estados Unidos que aquí, y que apenas tiene una pincelada argumental en la película. Es verlos por primera vez y ya se tiene la sensación de que son un matrimonio que lleva unido cuatro décadas. Y es escucharles y se palpa esa naturalidad, esa sencillez que invita a pensar que no tienen un guión entre las manos y, simplemente, están dando vida a sus personajes. Eso, que así escrito parece tan fácil, es algo que no saben hacer o por lo menos no dominan la gran mayoría de los actores. Llegar hasta ese punto es lo que lleva a un actor a tener el convencimiento de que puede hacer cualquier cosa en una película. Ático sin ascensor es una película amable, pero Freeman y Keaton hacen que sus personajes sean mucho más profundos que la misma película de la que forman parte. Puede parecer un trabajo menor, pero es sencillamente admirable lo que han hecho para el filme de Richard Loncraine.

El director, y hace francamente bien viendo el resultado, se deja llevar por ellos y no se mete en ningún lío. Sí que es verdad que la película, analizada sin el trabajo de sus actores, se puede quedar en poca cosa. Es divertida cuando debe serlo y no está mal llevada, pero a cambio promete alguna que otra cosa que no termina de ofrecer. Por ejemplo, el uso de los flashbacks, que en todo momento parece indicar que hay algo más en el terreno narrativo, se acaba revelando como algo aleatorio. O la narración en off del personaje de Freeman, que acaba teniendo el mismo problema. Esos dos recursos no sirven más que para una satisfacción momentánea y para alargar la película, pero en realidad no adquieren un sentido argumental suficiente. También esa historia paralela que nada tiene que ver con la pareja protagonista y que se sigue a través de la televisión, con un desarrollo que sí engancha pero una resolución que sabe a poco.

En realidad, esa es la sensación que va dejando la película. Amable, bonita, incluso emocionante, a ratos muy divertida cuando se asoma al fascinante mundo de las relaciones humanas que se establecen con desconocidos en un momento de necesidad (la jornada de puertas abiertas para vender el ático), pero que al final se ve sin más reflexión o conclusión por parte de Loncraine. La película no cierra casi nada, simplemente se deja llevar. Quizá le hacía falta algún minuto más de esos 92 que emplea para dejar una sensación más cohesionada, o quizá simplemente es que ahí está todo lo que el director tenía que mostrar. Pero lo que está claro es que hay algo que chirría. Y eso, por supuesto, no está en el formidable trabajo de Freeman y Keaton, que sí han sabido llenar los huecos que deja la película para que sus personajes sean mucho más completos que la historia de la que forman parte. Pero, con todo, es una película que, sin mayor ambición, se ve con enorme agrado.

jueves, junio 19, 2014

'Transcendence', se queda a medias

Siempre deja cierta desazón ver una película con muchas ganas de que guste y que ésta se quede a medias. Eso le sucede a Transcendence. El primer filme como director de Wally Pfister, habitual director de fotografía de Christopher Nolan, contiene ideas brillantes, provocadoras y sugerentes, pero la forma en que las desarrolla, lo que entra en el cuadro que supone la película, no termina de ser tan interesante. Le sobra metraje, le falta emoción y sobre todo, aunque casi todo el mundo vaya a emplear el juego de palabras, trascendencia. Porque la película parecía ambiciosa y la temática obligaba a ello. Con gran reparto y un estilo visual que sí consigue enganchar casi siempre (salvo en la inclusión de unos planos pretendidamente hipnóticos que finalmente se revelan más vacíos de lo necesario), Transcendence lo tenía todo para triunfar. Pero falta alma y un ritmo correcto en un guión que sufre demasiados altibajos, que no termina de encontrar justificación a sus elipsis y que con un par de vueltas más podría haber sido mucho más redondo.

Como casi siempre, es recomendable olvidarse de todo lo que se cuenta por ahí de la película (¿cuándo hemos olvidado hablar sobre una película en lugar de reventar el contenido?) y quedarse con que Transcendence habla de los límites de la inteligencia artificial, de la humana y de la mezcla de ambos. Lejos de ser una película de ciencia ficción pura, como lo era 2001: Una odisea en el espacio, o una derivación de acción como Terminator y todo su mundo (de hecho, el clímax de Transcendence decepciona mucho visto desde esa óptica del blockbuster), lo que propone Pfister es una historia humana en todos sus términos. La sorpresa positiva que esconde es que sí consigue esa empatía personal necesaria para que la película funcione, aunque con dos problemas que terminan por lastrar la historia. El primero, que no lo hace con todos los personajes y hay algunos que se quedan en simples rellenos (los de Morgan Freeman y Cillian Murphy). El segundo, que la introducción a lo que realmente interesa se hace demasiado larga.

Quizá se note ahí demasiado que Jack Paglen, guionista del filme, está debutando como tal, porque el resultado final está muy lejos del equilibrio que necesitaba el relato. Es más, puede que para algunos espectadores lo realmente interesante llegue ya tarde. Y es una pena que sea así, porque hay que insistir en que hay ideas muy atractivas, tanto el plano más emotivo del filme como en sus toques distintivos de ciencia ficción. En el primer aspecto procede dar parte del mérito a los actores, y en especial a una siempre interesantísima Rebecca Hall, protagonista real del filme a pesar de que siga siendo una actriz bastante desconocida para el gran público. Pero quien vende es Johnny Depp, al que se hace raro ver interpretando a un personaje normal después de tantos en los que el maquillaje forma parte esencial de su trabajo. Kate Mara completa lo esencial del reparto con un personaje que también acaba sabiendo a poco.

En el segundo aspecto, en la ciencia ficción, es donde más y mejor se nota la experiencia como director de fotografía de Pfister. Compone planos preciosos y se aprovecha de un espléndido diseño de producción, que hace creíble el entorno en el que se desarrolla la segunda mitad de la película. Como Transcendence mezcla aciertos y errores, será difícil que la película alcance el estatus por el que claramente suspiraba. No hay más que atender al final (¿era entonces necesario el prólogo?) para ver que la película tiene aspiraciones superiores a lo que finalmente ha conseguido, y acaban siendo pesados lastres los altibajos de ritmo, los tiempos muertos y la sensación de que hay demasiados personajes mecánicos en una historia que debía ser emocional y (de nuevo) trascendente en todos sus aspectos. Casi resulta obvio decir que un montaje más ajustado, recortando unos quince minutos a los 119 que dura el filme, habría hecho maravillas. Pero a un director de fotografía es normal que le guste recrearse en la imagen.

jueves, julio 18, 2013

'Ahora me ves...', un espléndido truco de magia

No existe el truco de magia perfecto, pero sí aquel que entretiene durante su disfrute. La analogía con Ahora me ves..., una película que se centra precisamente en el mundo de la magia, es muy adecuada. Puede estar lejos de la perfección y tiene defectos bastante evidentes que no son ajenos a las modas que crea y exporta el cine norteamericano de puro escapismo, pero al mismo tiempo es una película enormemente entretenida, que engancha desde su eficaz prólogo y que mantiene en tensión hasta el final gracias a un cásting sensacional, una historia atractiva y un efectismo visual sobresaliente por momentos. Es, en realidad, un gran truco de magia en sí mismo, que basa su éxito en sus propios méritos pero también en las ganas del espectador de dejarse sorprender. Y si eso sucede, si el espectador se deja llevar y cree en la magia que se le ofrece, es difícil sustraerse al encanto del plan de cuatro magos para convertirse con sus trucos en los mejores ladrones del mundo, a la vista de todo su público y de unos desesperados agentes de la Ley.

Vamos por un momento a ese prólogo. Cuatro magos, cuatro escenas consecutivas formidablemnte musicadas por Brian Tyler, cuatro habilidades completamente diferentes, cuatro vidas que no tienen nada que ver salvo por los trucos que practican. Los cuatro son citados en un extraño lugar de una forma muy peculiar, a través de una carta del tarot. Ese prólogo contiene lo mejor de la película, el carisma de sus protagonistas y un ritmo endiablado. Y pasado el prólogo tenemos una elipsis de un año. Lo que esconde esa elipsis puede ser más o menos fácil de adivinar para cada espectador, pero da absolutamente igual. Ahora me ves... es, decía, un truco de magia, y como tal hay que confiar en él y disfrutar del tiempo que dure. Apresurar conclusiones o restarle mérito al sólido y contundente entretenimiento que ofrece sólo por anticipar el final no sirve de mucho. Y es un final que se puede anticipar, sí. Pero, reitero, da igual, no tiene tanta importancia como para arruinar las casi dos horas de disfrute que tiene la película.

Viendo la filmografía de Louis Leterrier (El increíble Hulk, Furia de titanes), se puede afirmar sin problemas que ha firmado aquí su mejor película, a pesar de que mantiene las constantes de su cine: escenas meritorias conjugadas con un excesivo descontrol de la cámara. Su capacidad para rodar bien queda de manifiesto en la formidable escena en Las Vegas, captando a la perfección el sentido del espectáculo que reina en el escenario y en el mundo que tan notablemente quiere retratar. El exagerado movimiento de la cámara, esa mareante costumbre del cine contemporáneo, amenaza en algunos momentos con sacrificar la atención del espectador, pero es más poderoso el influjo de la historia. Pero también hay que reconocer que la historia convence, además de por el misterio, también por el efectismo de Leterrier. El tipo sabe rodar, aunque de vez en cuando se le olvide.

Y el tercer elemento en el que se sustenta la película, además de un guión inteligente aunque discutiblemente resuelto y una dirección eficaz aunque no en todo momento, es un reparto admirable que permite ver la película desde numerosos puntos de vista. No estaría de más que alguien le dijera a Jesse Eisenberg que actuar implica que no todos sus personajes hablen igual, pero tiene carisma junto a la socarronería, también muy repetida, de Woody Harrelson, la presencia desenfadada y puro show bussiness de Isla Fisher y la acertada expresión corporal de Dave Franco. Ellos son los magos, los ladrones, los que hacen realidad está muy atractiva mezcla de The Prestige y Ocean's Eleven. Pero es Mark Ruffalo el que da cuerpo a todo, interpretando al agente del FBI que les persigue. Que Morgan Freeman y Michael Caine coincidan siempre es un gusto, y aunque ninguno de los dos haga el papel de su vida, tienen un empaque que para sí quisieran todos los actores del mundo. Y Mélanie Laurent, como la agente de Interpol que ayuda al FBI, completa el cuadro. Insisto: formidable reparto.

Leterrier aprovecha notablemente un guión de Ed Solomon (sorprendente su buena labor, siendo el autor de Los Ángeles de Charlie o Super Mario Bros.), Boaz Yakin (lo mismo: Prince of Persia. Las arenas del tiempo o El Vengador) y Edward Ricourt (debutante). Funciona la química entre los personajes, desde el odio que el agente del FBI muestra ante los magos hasta su frustración ante su compañera de Interpol o el personaje de Morgan Freeman, un desenmascarador profesional de magos que siempre se cree un paso por delante de lo que piensa la Ley, pasando por la arrogancia del mecenas de los artistas con el rostro de Michael Caine o la tensión sexual entre Eisenberg y Fisher. Funciona su presentación, su desarrollo y, obviando el mareante problema del cine de Leterrier, las escenas de acción, las persecuciones en coche o a pie. Funcionan los diálogos, brillantes en ocasiones. Funciona casi todo. ¿El final? Un tanto complaciente aunque esté anticipado en una de las frases más emblemáticas de la película. Pero qué más da. Es un detalle sin importancia ante una de las sorpresas comerciales de la temporada. Muy, muy, muy entretenida.

lunes, mayo 13, 2013

'Objetivo: la Casa Blanca', una de buenos (americanos) y malos

Dado que el título (tanto el traducido, Objetivo: la Casa Blanca, como el original aunque de forma más sutil, Olympus Has Fallen) no lo disimula de ninguna manera, no hay reparos en decir que esta película va sobre lo que dice: un ataque perfectamente trenzado a la residencia del presidente de los Estados Unidos. Y anta la duda, que esa ya sí puede surgir antes de verla, es una auténtica americanada. Eso, per se, no es bueno ni malo, pero como a mucha gente se le atragantan las banderas americanas, los saludos militares y los "Dios bendiga a América", es bueno advertirlo. Como también que ésta, a diferencia de las moralmente truculentas que había realizado previamente Antoine Fuqua, es una película blanca y simple de buenos y malos. Y los buenos, naturalmente, son los americanos, comandados por un inmaculado presidente, interpretado por Aaron Heckhart, un noble portavoz con el rostro de Morgan Freeman y, sobre todo, un héroe de acción en la piel de Gerard Butler, que no en vano actúa también como productor. La mezcla, tan simple como atractiva.

Tras un arranque largo y lento que en el fondo no es más que una pincelada para matizar el argumento, y cuya música a cargo de Trevor Morris confirma sin venir demasiado a cuento que la película va a estar dominada por un marcadísimo tono patriotero (insisto, no tiene por qué ser negativo), la cinta arranca sin ambages y sin dudas: Objetivo: la Casa Blanca es un thriller de acción, de mucha y muy variada acción, de poca contención en los planteamientos y en la ejecución (incontable el número de muertos que ofrece) y de un entretenimiento sincero y logrado. De eso tiene el mérito, además del escaso respiro que hay en el guión, la firmeza en la dirección de Fuqua. Da ritmo a una historia que, salvo por el escenario (siempre hay una malsana diversión en dinamitar, explosionar, volar o destruir lugares tan emblemáticos), no es ni mucho menos el colmo de la originalidad. Y como hay buenos y malos tan claramente identificables casi desde el principio, la fuerza está en la imagen y en la acción, no en los tópicos, y en algún caso forzadísimos, vericuetos personales de cada personaje.

De hecho, lo único verdaderamente criticable dentro de las intenciones de la película está en un levísimo intento de introducir una especie de protesta social por la crisis y el poder económico. Risible como poco, por el mensaje y por el personaje que lo introduce. Es el único momento en el que la película corre el riesgo de tambalearse. Bastaría, en realidad, con apreciar el carisma de los protagonistas para disfrutar de sus dos horas de metraje. Gerard Butler ofrece un héroe modélico y más grande que la vida, que dicen los americanos y Rick Yune (con la experiencia de Muere otro día) es un malo malísimo de los que gusta ver en pantalla por mucho que no resista comparaciones con otros mejor escritos o desarrollados. Y dan mucho prestigio y nivel las presencias de Aaron Heckhart y Morgan Freeman como protagonistas indiscutibles que añadir a los dos ya mencionados, y un reparto de secundarios plagado de nombres ilustres como Melissa Leo, Angela Bassett o Robert Forster.

Por muy atractivo que sea el reparto, que lo es y además no ofrece fisuras, el plato fuerte de la película está en el ataque a la Casa Blanca. Sin desvelar motivos ni desarrollo, sí se puede destacar que es una larga escena rodada con mucho pulso, espectacular en todas sus fases, aunque quizás le sobra algo de ordenador.  Por supuesto, y como era previsible, también es obligado ver la película con una alta dosis de ingenuidad, porque hay elementos que difícilmente se sostienen, no ya en el tan entretenido como descabellado punto de partida de la película, sino incluso en algunas escenas muy concretas (por ejemplo, si se supone que necesitan vivo a..., ¿por qué demonios ametrallan sin piedad la pared que le oculta?). Pero en el fondo el entretenimiento está asegurado. Que nadie espere una historia truculenta a lo Training Day, porque esta es muy cristalina. Los buenos son muy buenos y los malos son muy malos y lo demuestran con frialdad y contundencia a lo largo de película. Sin mucho más que ofrecer aparte del espectáculo, pero fácilmente disfrutable.

viernes, abril 12, 2013

'Oblivion', gran ciencia ficción (casi) contra corriente

Oblivion es una gran película de ciencia ficción. Empecemos por ahí, por lo básico, para que ninguno perdamos de vista lo que pienso de la película. Y es que conviene decirlo bien claro porque tengo la impresión de que voy a ser uno de los pocos fans irreductibles de esta segunda película como director de Joseph Kosinski, de la misma forma que creo serlo de su anterior título, Tron Legacy. Las defiendo, además, porque creo que van contra corriente. Creo que exponen ideas muy imaginativas, con un envoltorio visualmente fascinante. Habrá quien piense que eso es dinero y efectos especiales, pero yo veo mucho más porque la capacidad técnica está en manos de muchos y no todos llegan. Es cierto que al guión le falta una reescritura y hay momentos en los que el espectador tiene que poner mucho de su parte para no desmontar el castillo de naipes que es toda película. Pero estamos acostumbrados a un cine hecho con estudios de mercado y Oblivion se salta casitodas las convenciones para ofrecer exactamente lo que quiere dar. Es valiente, plantea muchos dilemas, tiene el indudable carisma de Tom Cruise y está rodada con nervio. ¿Se puede pedir mucho más para construir una gran película de ciencia ficción?

Ante el exceso de celo que la crítica muestra contra los títulos pensados para arrasar en taquilla, aquellos que invierten grandes cantidades de dinero, corremos el riesgo de infravalorar auténticos espectáculos visuales como lo es Oblivion. Con unas imágenes hermosísimas, con unos encuadres espléndidos, con una imaginería visual deslumbrante (y original... hasta la secuencia final; eludiré la comparación para no reventarle a nadie el clímax), es muy fácil para el espectador sentirse arrastrado hasta este mundo postapocalíptico y refinado que se nos plantea. Un mundo de diseño, pulcro en las alturas y sucio a pie de tierra, un claro contraste, casi una analogía extrapolable a otros debates de la sociedad actual. Y una referencia a Tron Legacy, una de las muchas que tiene el filme (la función de la banda sonora, siendo distinta, emula a la de aquella), que reincide en los aciertos de aquella e incluso en algunos de sus errores. El más evidente de entre los segundos, que la película necesita una reescritura del guión que elimine algunas secuencias superfluas y las explicaciones para tontos que parecen obligatorias para contentar al espectador de hoy en día.

Sería fácil explicar esas escasas lagunas narrativas en el nombre de Karl Gajdusek (autor de la más que rutinaria Bajo amenaza) y salvar al propio Kosinski (escribió la historia pensada para ser una novela gráfica y después la convirtió en película) y a Michael Arndt (Pequeña Miss Sunshine, Toy Story 3... y el futuro Episodio VII de Star Wars), pero seguramente no sería justo. El trabajo de todos ellos deja una obra de difícil clasificación más allá de decir que es un filme de ciencia ficción. Porque, y ahí encaja la idea de ir contra corriente que decía antes, no es fácil dar con un público objetivo para Oblivion. Explicado el escenario en el que se mueve ya en el primer minuto de película, sobrepasa con creces la media hora antes de que algo cambie ese escenario, antes de que se pueda decir que ha pasado algo. La larga presentación, con muy agradables escenas largas y una huida extraordinaria del montaje frenético, puede parecer pesada a algunos, pero es brillante y permite esa exploración visual que tanto bien hace al conjunto. Y luego mejora progresivamente.

Tampoco sería justo limitar Oblivion a ser una película de Tom Cruise. Sí, su carisma es tal que arrasa. Y sí, está tan correcto como de costumbre, mal que le pese a muchos de sus críticos. Morgan Freeman y Melissa Leo dan caché en papeles que exigen poco de ellos, en cuanto a tiempo y en cuanto a capacidad actoral, pero la película se fundamenta en Cruise y su relación con los otros dos rostros femeninos, los de Olga Kurylenko y Andrea Riseborough. Hay mucho escondido ahí, mucho que analizar, mucho que rascar y mucho por lo que apreciar la película, incluso mascándola con deleite después de verla. Y es que, otro enorme punto a favor de la película, lo humano se sitúa al mismo nivel que lo visual (y en este sentido es imprescindible recalcar lo mucho que gana vista en formato IMAX, mucho más espectacular que el 3D). Por eso las escenas de acción encajan. Por eso las sorpresas no chirrían. Por eso lo arriesgado de alguno de sus planteamientos se agradece. Por eso incluso se admite un epílogo que seguramente sobrará para muchos espectadores, pero que añade un nivel más de reflexión.

Todas estas alabanzas, para mí merecidas aunque asumiendo que es posible que no mucha gente compartirá este entusiasta juicio, no quieren decir que sea un filme perfecto, desde luego. Pero sí es uno que tiene la capacidad de enganchar en muchos momentos y por muchas razones. Y lo que sí hay que lamentar es que una película como ésta se vea destripada por trailers, fotos y demás inventos promocionales. Cuánto ganaría el cine si el espectador pudiera decidir sin avalanchas publicitarias. Por desgracia, hay sorpresas reventadas, pero quedan otras por descubrir, que nadie descarte la película por el avance. Y algunas de las sorpresas son, precisamente, lo que hace de la película un título rompedor en su estilo de blockbuster. Quizá no tanto por lo que expone, que no es nuevo, pero sí por la inteligente mezcla de sus componentes. Siento decir que dar más detalles en este sentido supone arruinar la experiencia del visionado y eso es algo en lo que nunca voy a colaborar. Porque Oblivion merece ser disfrutada como fue imaginada, como un gran espectáculo de ciencia ficción que sabe ser intimista y espectacular. Lo dicho, contra corriente en un mundo frentista.

viernes, julio 20, 2012

'El Caballero Oscuro. La leyenda renace', majestuoso final de una trilogía irrepetible

Cuando vi por primera vez El Caballero Oscuro me pregunté qué podría hacer Christopher Nolan para superar la que, en ese momento y todavía hoy, era la mejor película que se había hecho nunca basada en un cómic. No sé si atreverme a decir que El Caballero Oscuro. La leyenda renace supera a la segunda entrega de esta portentosa trilogía cinematográfica, realmente no lo tengo claro, pero es que tampoco hace falta esa comparación. Son películas distintas, con sensaciones diferentes y con objetivos narrativos y visuales que se complementan. Sin la anterior, ésta no existiría. Y la anterior, sin ésta, probablemente quedaría un tanto incompleta. Forman parte de un impresionante universo fílmico. Lo que sí tengo claro después de un primer visionado es que esta tercera es una película poderosísima a todos los niveles, intensa y dramática, fiel a la esencia del cómic que permite que un personaje tan conocido como Batman tenga tantas y tan diferentes interpretaciones. En lo que al cine se refiere, éste es el Batman definitivo, como el de la serie de 1992 lo es en animación. Es una maravilla irrepetible y como tal hay que recibirla y, desde ya, venerarla.

No suele ser habitual que una distribuidora pida que no se revele el final de una película. Warner lo ha hecho con ésta y es lógico y entendible, pero viene a ser una ligera contradicción con respecto a la avalancha de markéting que viene mostrando demasiado desde hace unos cuantos meses. Yo cada vez tengo más claro que trailers, reportajes y adelantos visuales, fotográficos o escritos, sólo sirven para arruinar en parte la experiencia cinematográfica tal y como la ha planteado el cineasta. A mí no me hacía falta nada de esto para convencerme de ir a ver El Caballero Oscuro. La leyenda renace. La ecuación era fácil y se sostiene por sí sola. Christopher Nolan ha conseguido que mucha gente se tome en serio las historias de un personaje de cómic. Y el cómic, nos pese lo que nos pese, sigue sin tener el reconocimiento que merece. Por eso, aunque sólo fuera por eso, Nolan es un genio. Batman Begins era una pequeña gran gozada. Pero El Caballero Oscuro llevó el juego a un nivel totalmente nuevo. Nolan hizo un clásico del siglo XXI protagonizado por un tipo con capa y un psicópata con la cara pintada de blanco. Y la gente lo entendió.

Aumentar la escala de aquello lleva por fuerza a cambiar el planteamiento otra vez. Pero las bases son las mismas. Nolan extrae lo mejor de algunas historias de cómic (no voy a decir cuáles, porque en algún caso reventaría las sorpresas del filme) y lo traslada a un universo muy personal en el que siempre hay una sensación que se apodera de la película. No es la primera vez que lo digo, pero creo que es importante insistir en que hay toda una evolución psicológica en el Batman de Nolan. Batman Begins habla del miedo, El Caballero Oscuro del caos y El Caballero Oscuro. La leyenda renace de la destrucción... y también del renacer de las cenizas. No hay más que ver el título original, The Dark Knight Rises, mucho más gráfico que la traducción al español. Para hablar de ese renacer, Nolan crea un relato épico, construye una película de guerra más que de superhéroes, con un formidable desarrollo de personajes e historia (quizá levemente ingenuo en algún momento) y un clímax final absolutamente portentoso. La trilogía de Batman de Nolan es lo mejor que se ha rodado nunca sobre un personaje de cómic. Y el final está a la altura.

Porque, a pesar de los logros de Nolan, algunas sensaciones previas eran de duda legítima. Superar El Caballero Oscuro no era tarea fácil. Hacer creíbles a Bane y Catwoman, los nuevos personajes de esta cinta, tampoco. Dar un cierre que hiciera justicia a lo anterior, mucho menos. Pero Nolan sale triunfante de todo. Tendría que haberme hecho caso a mí mismo cuando, después de ver la anterior película, me dije que Nolan tenía carta blanca para hacer lo que quisiera, porque se la había ganado. Si es que nadie ha entendido a Batman en el cine mejor que él. Si es que ha conseguido que incluso las traiciones más grandes a la literalidad de la historia del cómic, que las tiene su visión, sean más fieles al espíritu de lo que cientos de creadores han construido en las viñetas desde que Bob Kane y Bill Finger crearan al personaje en 1939 que las miradas de otros que se han erigido como adalides de esa misma fidelidad. Si lees un cómic, no encontrarás a este Bane. Ni a esta Catwoman. Ni al Joker, al Espantapájaros o al Ra's Al Ghul de las anteriores películas. Pero son ellos en esencia.

Ese es sólo uno de los méritos de Nolan, que ha sabido construir un universo cinematográfico verosímil, creíble, hermoso y violento, en una historia de unas siete horas que quita el aliento de principio a fin, hasta llegar a un final prodigioso, excelso, admirable que he hecho que el director se supere a sí mismo como director de piezas de acción. Mirar a este universo es asumir ingentes grados de genialidad a todos los niveles. Nolan es el arquitecto, pero no hay nada que no esté a la altura. El perfecto vestuario de Lindy Hemming, el maravilloso diseño de producción de Nathan Crowley y Kevin Kavanaugh, la prodigiosa excelencia de la música de Hans Zimmer (me da igual que los Oscar no le acepten por tener no sé qué porcentaje de música no original, debió ganar por El Caballero Oscuro y debería ganar por esta incomparable sinfonía de tensión y acción), la fotografía de Wally Pfister... Todo está a un nivel impresionante. Y por eso está película es un sueño hecho realidad para cualquier aficionado a los cómics de Batman. Todo funciona.

Y qué decir de los actores... Sólo los nombres ya impresionan. Es una gozada ver a Michael Caine en algunas de sus mejores escenas de los últimos años, y eso que da vida a un secundario, uno imprescindible como es Alfred pero secundario al fin y al cabo. Christian Bale es, sencillamente, el Batman definitivo. Pero también el Bruce Wayne, que encuentra un reflejo precioso en el humano policía de Joseph Gordon-Levitt. E insisto en que la literalidad del cómic no encuentra acomodo completo aquí, especialmente en su personaje. No tiene el carisma del Joker de Heath Ledger, pero Tom Hardy es un Bane impresionante que cumple todo lo que cabía esperar de él, por muchas dudas que suscitara y por mucho que se haya hablado más de si se le entiende bien (que sí, por cierto) antes que del personaje que construye. Y Anne Hathaway es perfecta para este universo de Batman. Perfecta, sencillamente perfecta, sensual y mordaz. Incluso con tacones. ¿Quién si no Christopher Nolan podía hacer que tomáramos en serio a una Catwoman que viste prácticamente igual que la de la serie de televisión de los años 60? Origen ya demostró que Nolan también era capaz de escribir buenos personajes femeninos, muy escasos en su todavía corta filmografía, pero este papel y el de Marion Cotillard (precisamente una de las actrices de Origen) son un paso más en ese sentido.

El Caballero Oscuro. La leyenda renace es una gozada. Al mismo nivel que lo fue El Caballero Oscuro, superior a lo que fue Batman Begins. Lo que está claro es que la escalada en la épica es brutal, deudora de un tipo de cine que, en realidad, hace muchas décadas que ya no se hace. También en la duración, que llega hasta los 162 minutos. Pero sobre todo en las sensaciones. Christopher Nolan ha dado dignidad a un tipo de cine del que cada vez menos gente se burla. Lo ha hecho con un respecto reverencial a personajes con décadas de existencia pero dándoles una imagen única y muy personal. Su trilogía de Batman es la obra de autor más comercial que se haya hecho nunca, porque ha conseguido ponernos de acuerdo a casi todos. Y, sí, se le pueden sacar pequeñas pegas, momentos que no todo el mundo va a comprender emocional o argumentalmente y pequeñas caídas de ritmo que habrá quien vea como defectos imperdonables. Pero el conjunto es sencillamente majestuoso, como su final, tanto el clímax como el epílogo. Es una trilogía irrepetible y se cierra como tiene que ser, a lo grande. Gracias, Mr. Nolan.

Aquí, otra reseña de El Caballero Oscuro. La leyenda renace.

miércoles, noviembre 09, 2011

'La gran aventura de Winter, el delfín', buen cine familiar

No es fácil hacer cine familiar. Es un género al que casi nadie da trascendencia y que normalmente cae en el olvido, cuando no recibe sólo malas críticas. Por eso, de vez en cuando es un gustazo ver películas como La gran aventura de Winter, el delfín (larguísimo y horrible título en España para el mucho más sencillo y hermoso Dolphin Tale). No es un peliculón, no. Es, simplemente, una preciosa historia de superación personal y de buenos sentimientos apta para todos los públicos. Que el protagonista sea un niño, deja bien claro a qué clase de audiencia se apela. Pero que en el reparto se cuelen nombres como el de Morgan Freeman da una idea de que estamos ante un producto con vocación de estar bien hecho. Y está, efectivamente, muy bien hecho, cumpliendo a las mil maravillas su función de entretener durante casi dos horas (quizá le sobre algún minuto de metraje), y transportando al espectador al interior de una historia que, por cierto, está basada en un hecho real, coletilla que a veces delata algo horrible y que aquí es un motivo más de la belleza del filme.

La mayor sorpresa que uno puede llevarse cuando se acerque a La gran aventura de Winter, el delfín es el nombre de su director. Charles Martin Smith no sonará a mucha gente, pero es aquel actor que completaba Los intocables de Eliot Ness junto a Kevin Costner, Sean Connery y Andy García, que como director realizó Air Bud o el primer episodio de la serie Buffy, cazavampiros. Lo dicho, una sorpresa. No hay mucho que destacar en su trabajo, más allá de una corrección que se agradece. No busca rizar el rizo, ni planos imposibles (aunque el inicio de la película siguiendo a un grupo de delfines digitales que no convencen del todo, hace temor lo peor), sigue con sobriedad a sus actores para que sean ellos los que construyan la película junto a la verdadera estrella del filme, el delfín Winter. Y lo es porque el delfín que aparece en pantalla es, efectivamente, el mismo que fue rescatado en la costa de Florida en 2005, varado en una playa tras quedarse enredado en una trampa para cangrejos, cuya aventura se cuenta aquí.

La historia es de lo más sencilla y utiliza bastantes tópicos. Un niño muy introvertido, sin amigos y sin demasiadas ilusiones, encuentra al delfín en la playa y, tras ser rescatado por un equipo especializado, sigue al animal hasta el centro al que se lo llevan para tratar de que se recupere de sus heridas. Allí, con Winter, encontrará la ilusión y los amigos que no tenía. El propio protagonista, Sawyer (un convincente Nathan Gamble, el hijo del comisario Gordon en El Caballero Oscuro) y su mejor amiga a partir de ese momento, Hazel, la hija del veterinario marino (la pizpireta debutante Cozi Zuehlsdorff) encarnan a la perfección los tópicos en los que se asienta la película. A ambos les falta uno de sus padres. Y teniendo en cuenta que los actores que dan vida a la madre de él y al padre de ella, Ashely Judd y Harry Conick Jr., han gozado en Hollywood de cierto atractivo, se agradece que no se forme la casi obligada relación sentimental entre ambos para reforzar los lazos de unión de los personajes. No hacía falta, pero era otro tópico fácil.

Gusta que haya actores de prestigio que tengan ganas de participar en una película de este estilo, como el gran Morgan Freeman o Kris Kristoferson, porque dan un aire de prestigio a un título bien hecho que, sin ellos, estaría seguramente condenado al ostracismo. Entre todos, hacen de esta película una fábula creíble. No importa que se base en un hecho real, lo que cuenta es que la realización sepa hacerlo realista y consiga que el espectador se meta de lleno en la historia. Y eso lo consigue con creces La gran aventura de Winter, el delfín. Porque el guión da un pequeño poso de profundidad que se antoja necesario para entender la tragedia (animal... y humana) con la historia del primo de Sawyer, porque los personajes están muy bien construidos, porque evolucionan de una forma natural y en base a lo que va sucediendo, y porque todos hubiéramos deseado pasar un verano como el que disfruta Sawyer, ayudando a un delfín herido a salir adelante, devolviéndole las ganas de vivir y encontrando la forma de que lo haga.

Como decía más arriba, puede que le sobre algún minuto a la película, que se acerca a las dos horas de duración (al fin y al cabo, la capacidad de síntesis es algo no demasiado apreciado en el cine moderno, en el que con frecuencia se aplauden películas demasiado alargadas), pero eso no empaña la sinceridad que desprende en todo momento. Habrá quien la considere blanda, pero es que no necesario que el cine sea siempre trágico y duro. Habrá quien piense que es una película indigna de disfrutar del talento de Morgan Freeman, pero estoy seguro de que él está encantado de formar parte de esta hermosa historia. Y es que es inevitable tener simpatía por una película como ésta, que sólo tiene entre sus pretensiones divulgar una de esas historias que vemos imposibles cuando aparecen en los informativos, una bonita fábula real que a todos nos puede llegar al corazón, entretener y emocionar. No es fácil hacer cine familiar, no. Y esta película demuestra que se puede hacer.

miércoles, enero 26, 2011

'RED', otra reunión de viejos amigos

Cada vez son más frecuentes, por un lado, las películas que reúnen a un número importante de actores conocidos y, por otro, las adaptaciones de cómics y novelas gráficas que nada tienen que ver con los clásicos superhéroes de las viñetas. La verdad es que suele haber poco que rascar en unas y otras, más allá de un breve y pasajero rato de entretenimiento. RED, una fusión de las características de ambos grupos de películas, cumple con todas las expectativas previas. Quien espere grandes interpretaciones de los grandes nombres que pueblan el reparto, que se olvide, porque sólo se lo están pasando bien. Quien espere una historia reflexiva más allá de los denostados superhéroes, que se olvide porque sólo hay divertimento. RED es lo que es. Lo que tantas otras películas han sido antes que ésta: un entretenimiento pasajero. Se ve y se olvida con la misma facilidad. Síntoma inequívoco de que se podría haber hecho mejor, claro. Pero como ese momento pasajero que se acerca a las dos horas no ha dejado pesadumbre por haberlo vivido, tan mala no será. Simplemente es otra más.

Y eso que la cosa sobre el papel podía prometer algo más. Bruce Willis lleva algunos años perdido, y sólo se ha encontrado volviendo a los orígenes, recuperando a John McLane en La jungla 4.o. Darle un papel protagonista en una especie de comedia de acción, basada en la novela gráfica del aclamado autor inglés Warren Ellis, pintaba bien. Willis encaja en la socarronería necesaria para el papel y para la película. Si encima se le rodea de Morgan Freeman, John Malkovich, Helen Mirren, Richard Dreyfuss, Karl Urban, Ernst Borgnine (¡qué gozada verle de nuevo en la pantalla!), Mary-Louise Parker, Brian Cox y Julian MacMahon, las expectativas crecen. Si además dirige un director tan variado como Robert Schwentke (autor de las muy dispares Plan de vuelo: desaparecida y Más allá del tiempo), el cóctel puede ser como poco original. Y al final no lo es tanto. Es sólo una reunión de viejos amigos, un género que recuperó y perpetuó la (para mí algo aburrida) saga de Ocean's Eleven, que no aporta más que el enorme placer de ver a un grupo notable de actores pasándoselo bien (supongo que esa era la intención inicial de Stallone y Los mercenarios, por citar otro ejemplo) y un director correcto trasladando viñetas a la gran pantalla.

RED (que significa Retired Extremely Dangerous, Retirado Extremadamente Peligroso) tiene como protagonista a Frank Moses, un antiguo agente de la CIA que vive una vida bastante aburrida en la que sólo se relaciona, y por teléfono, con Sarah Ross, una mujer que le gestiona el dinero de su pensión. Todo cambia cuando Frank tiene que repeler a un grupo armado que llega a su casa para asesinarle. El siguiente paso, y como había decidido conocer en persona a Sarah, será ir a buscarla, porque si han querido matarle a él lo normal es que traten de encontrarle a través de ella. Comenzará así una pequeña gran montaña rusa en la que Frank, Sarah y otros viejos amigos que irán apareciendo por el camino tendrán que averiguar quién quiere acabar con sus vidas y por qué, lo que acabará modificando por completo el objetivo de su huida. Todo muy propio de Warren Ellis, todo muy cínico, todo muy cómicamente violento y supuestamente transgresor. Quizá en las viñetas funcione todo con más facilidad de lo que lo hace en la pantalla, donde se juntan algún que otro giro inverosímil y previsible que no procede comentar para no chafar a quien simplemente se deje llevar sin pensar dónde le están llevando.

Esta película ni destaca ni se hunde por nada en especial. Simplemente es un título claro y honesto que, de ser entendido, permitirá un mayor disfrute al espectador. Si no lo es, tenemos un problema, porque entonces recorre con demasiado riesgo la frontera del absurdo hasta el punto de que ni actores como Freeman, Malkovich y Mirren pueden rescatar. El éxito de RED en el espectador dependerá de esa capacidad de abstracción que demuestre cada uno de ellos, porque en realidad no ofrece mucho más. ¿Suficiente? Cada uno tendrá na valoración. Para mí no, no fue suficiente, porque una vez vista cuesta recordar alguna secuencia de la película, algún diálogo, algún momento, algún personaje. Todo está muy visto en esta amalgama de películas de acción corales con tintes de comedia. Y lo que no está visto (el primer cruce entre los personajes de Willis y Urban, una persecución de coches) es tan artificialmente inverosímil que puede llegar a asustar. Sólo convence esa irrealidad en el epílogo, divertido, desenfadado y exgerado a partes iguales. Pero el caso es que la película parece haber gustado a la crítica y al público, hasta el punto de que ya se ha anunciado una secuela. Será que me estoy volviendo muy exigente.

miércoles, enero 20, 2010

'Invictus' y el factor inspirador de Clint Eastwood

Durante los últimos años, Clint Eastwood se ha dedicado a encogernos el estómago. Desde Mystic River, no ha hecho más que provocarnos angustia, nos ha enseñado dolor, tragedias. Así era Million Dollar Baby. Así era su díptico sobre la Segunda Guerra Mundial, Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima, sobre todo en su sobrecogedora segunda mitad. Así era El intercambio. E, indudablemente, así era esa obra maestra llamada Gran Torino. Películas duras pero, al mismo tiempo, tremendamente humanas, historias de esas que merece la pena contar. Y ahora Clint Eastwood estrena Invictus para trasladarse al otro extremo de las emociones humanos. Aquí de lo que se trata es de ofrecer una historia inspiradora. Y la belleza con la que el viejo Clint logra ese tono está más allá de todos los elogios que yo le pueda dedicar aquí. No sólo ha trazado el mejor retrato cinematográfico de la Sudáfrica del apartheid sino que, probablemente sin quererlo, ha dirigido la mejor película deportiva en muchos años, quiza de siempre.

Cuando alguien intenta hacer una película definitiva sobre un tema, suele perderse en detalles, en explicaciones, en tramas paralelas. Y por el camino, se corre el riesgo de perder al espectador. Clint Eastwood sólo necesita un minuto, el primer minuto de Invictus, para explicarnos qué fue el apartheid. Esa visión del primer minuto, una escena tan sencilla como inigualable, es limpia y nada desgarradora, pero incita a pensar y a rebuscar en los libros de historia. Y más después de ver las poco más de dos horas de esta película, que detalle a detalle, personaje a personaje y diálogo a diálogo va creciendo en intensidad, en emoción, en trascendencia y en grandeza. Nada nuevo en el cine de Clint Eastwood, al que me sigo asomando con el miedo de que no sea capaz de alcanzar la magnificencia de sus últimos trabajos y siempre me hace salir de la sala con lágrimas en los ojos, con el alma enriquecida y con el temor a que este hombre se muera algún día y no nos dé más películas.

Sudáfrica, la integración, la reconciliación y las emociones humanas más trascendentes se extienden durante la primera hora y media de la película. El fresco de Clint Eastwood comienza con la liberación de Nelson Mandela en 1990 y llega hasta 1995. De la forma más natural posible, la evolución de Sudáfrica, la reconciliación entre blancos y negros, está ahí, en la pantalla. Primero unos por un lado y otros por el otro, caras largas. Después se van mezclando, van hablando, se van conociendo. Y ahí es el momento del deporte. Porque antes se van introduciendo pinceladas de rugby pero son, como se dice en la película, una estratagema política, un medio para que blancos y negros sean capaces de apoyar a la selección de su país, un símbolo de la minoría opresora del apartheid, en el Mundial de rugby que acogió Sudáfrica en 1995. Es política, sí. Y algo más. Porque quizá todo es política, como me gusta creer y esta película no hace sino demostrarlo.

Si Sudáfrica ocupa la primera hora y media, ¿qué queda para los 45 minutos finales? El deporte como metáfora de la vida. El factor humano y el factor inspirador de la política, del deporte, del cine y de la vida en general. No suele tener mucha suerte el deporte en el cine. Quizá porque se tiende a dar más importancia a ese deporte que a la propia historia que motiva la película, porque no se consigue transmitir la emoción que ese deporte en particular tiene para sus protagonistas. Aquí se consigue una sensación mayor. Clint Eastwood consigue mostrar lo que supone el rugby, el mundial y la selección para los que juegan, sí. Pero también lo que significa para un país, para la Historia. Creo que, hasta la fecha, sólo Hoosiers me había hecho emocionarme tanto en un partido cinematográfico.

No es fácil dilucidar si Nelson Mandela, con el rostro de Morgan Freeman, es el protagonista de esta hermosísima historia o sólo el hilo conductor. Es difícil concluir si es él quien nos está llevando a pensar, sentir y soñar con el resto de los protagonistas de la película o si son esos otros los que nos provocan esas emociones. Esa es la grandeza del guión de Invictus (probablemente también del libro de John Carlin del que tan bien me han hablado) y de la forma de rodar de Clint Eastwood. Lo fácil hubiera sido darle todo el peso de la película a ese actorazo que es Morgan Freeman. Darle la libertad para devorar todo lo que aparece en la pantalla. Y no es así. Freeman y su personaje entran en las escenas casi pidiendo permiso, enriqueciendo todo lo que se mueve a su alrededor, creando un conjunto homogéneo, un poco de esa magia que llamamos cine y que pocos dominan como Clint Eastwood. Matt Damon también encaja ahí. Y el resto de actores, anónimos para la mayoría, pero que de la mano de este portensoso director forman un reparto sólido, convincente y, sobre todo, real.

Decía que Clint lleva años encogiendo nuestros estómagos. Ahora llega un poquito más lejos. Ahora nos envalentona el alma. No sé si hará falta ser un aficionado al deporte para entender el complejo collage de sensaciones que Eastwood ofrece en el climax de la película. Probablemente baste con llevar una mirada limpia de prejuicios (decía alguien a la salida del pase que si esta película hablara de fútbol y fuera española recibiría severas críticas, y me temo que tenía razón). Quizá sólo sea necesario entender lo que para cada uno de los personajes significa todo lo que está pasando en la pantalla y que, lo creamos o no, sucedió en la vida real. De sensaciones sabemos todos, ahí no hay excusa. Quizá sea mejor ver la película sin saber qué ocurrió en ese Mundial de rugby que se celebró en Sudáfrica en 1995, porque así las emociones se multiplicarán. Pero en el fondo da igual. En el fondo lo que importa es el factor humano, título en España de la novela en que se basa la película y subtítulo aquí del film de Eastwood.

"Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma". Soy un espectador que ha salido de la sala conmovido, soy un tipo feliz de que, otro año más, Clint Eastwood nos haya regalado más de dos horas de Cine. Con mayúsculas. Qué grande.

Invictus se estrena el próximo 29 de enero.

martes, julio 22, 2008

'El Caballero Oscuro', sencillamente insuperable

El Caballero Oscuro es la mejor adaptación cinematográfica que jamás se ha hecho de un cómic. Así, sin más, sin medias tintas, sin ambigüedades de ningún tipo. Es la mejor. De largo. Pero no es sólo eso. Es también una de las películas más rompedoras, salvajes, perturbadoras, dramáticas y revolucionarias que se han hecho en años. Habrá quien piense que exagero por estar hablando de cine de superhéroes. Yo lo que pienso es que muchos caerán en el error de menospreciar este filme por el hecho de que su protagonista lleve una capa y una capucha, por su origen en las viñetas y porque el merchandising sea para algunos ejecutivos más importante que la propia película. Pero los 150 minutos de El Caballero Oscuro son el mejor ejemplo de cómo llevar el cine de acción a sus límites y sobrepasarlos, de cómo poner la historia y los personajes por encima de la espectacularidad visual y logren que ambos sean sobresalientes, en definitiva de cómo hacer cine, magnífico cine.

Hace sólo tres años, Christopher Nolan construyó un nuevo universo cinematográfico para Batman. Lo hizo anclado en la realidad y respetando la esencia más fantasiosa del personaje que durante décadas ha crecido en el cómic. Hubo casi completa unanimidad en reconocer Batman Begins como el mejor filme que se había hecho nunca de uno de los héroes más destacados de DC Comics y uno de los mejores con un superhéroe como protagonista. Tres años después, Nolan ha roto, para bien, todas las fronteras que podía tener ese universo. Ha rebasado todos los límites narrativos, visuales y de personajes que podía haberse marcado con su primera incursión en este mundo. Ha ofrecido lo que parecía imposible y ha superado las altísimas expectativas que había puestas en esta secuela, demostrando que se puede hacer cine del bueno dentro de un subgénero como el de superhéroes y en una segunda parte.

Lleva el cine norteamericano ya unos cuantos intentos de demostrar que ha superado el impacto psicológico del 11-S. Todo lo anterior eran fuegos artificiales en comparación con lo que ofrece El Caballero Oscuro. Y (casi) todo eso es gracias a una espeluznante composición del Joker. Heath Ledger se despidió a lo grande del mundo del cine. Es inútil trazar comparaciones entre su personaje y el Joker que hizo Jack Nicholson para el Batman de Tim Burton. Aquel nadaba en un mundo de fantasía y éste lo hace en uno realista. Los dos son sencillamente perfectos. Pero el terror que desprende la risa psicopática de Ledger no tiene igual. Ledger borda su papel en todos los sentidos. Nolan ha sabido entender al personaje como muy pocos lo han hecho. Entre ambos, han tejido una criatura siniestra, perversa, psicótica y malévola, sin por ello renunciar al toque cómico que siempre ha tenido el payaso príncipe del crimen. Un retrato inolvidable.

Christian Bale, que ya se había convertido en el Batman perfecto en la primera película de la saga, progresa en el personaje de forma tan natural como magistral. Es Más Bruce Wayne que hace tres años y es más Batman que hace tres años. Su juego con la voz, ayudado seguramente por la tecnología digital, es portentoso. Y, como en el caso del Joker, lleva su papel al extremo en todos los sentidos. Eso es algo que en este tour de force cinematográfico hacen todos los actores, desde Michael Caine y Morgan Freeman repitiendo sus roles de Batman Begins, hasta los nuevos Aaron Heckhart (magnífico como Harvey Dent a lo largo de todas las etapas de su personaje) y Maggie Gyllenhaal (dejando a la altura del betún a su predecesora en el papel de ayudante del fiscal, Katie Holmes). Decir más de cualquiera de ellos supone arruinar las sorpresas de la película, muchas, brillantes y que, afortunadamente, esta vez la promoción no se ha encargado de frustrar.

Otro de los prodigios que acomete con nota Christopher Nolan es la destrucción literal de la estructura cinematográfica tal y como la conocemos. "Bienvenido a un mundo sin reglas", dice el eslogan de la película. Y es cierto, tanto en la forma como en el fondo de la película. Nolan pasa del instante más brillante al plano más oscuro, de la comedia más inteligente al drama más terrorífico, de una historia de mafia a otra psicópatas. ¿Introducción, nudo y desenlace? ¿Para qué? Su historia va mucho más allá y vive media hora de introducción y dos horas de clímax. Hay tantos momentos que colocan al espectador en el borde de la butaca, que uno pierde la cuenta con facilidad. Y por eso la sensación de montaña rusa es constante. No hay bajones en el ritmo, hay un crescendo impresionante, un guión memorable y una actuaciones irrepetibles. Y todo ello lo consigue Nolan sin perder la perspectiva clásica que tiene su encuadre, sin volverse loco buscando la pirueta imposible, primando la historia por encima de todo lo demás.

Estamos ante una joya, ante uno de los títulos más importantes de la década. Las dos horas y media de El Caballero Oscuro no se contemplan. Se devoran. El poder hipnótico que tiene esta película hacía mucho que no se veía en una pantalla. La fuerza de los personajes de esta durísima historia de terror urbano, tampoco. Sencillamente, una película grandiosa que ya tiene un hueco en la historia del cine. Como decía, habrá quien piense que exagero. Pero son tantos los momentos de El Caballero Oscuro que se me han quedado grabados para siempre en la retina, que decir menos de lo que he dicho sería no hacer justicia a lo que acabo de ver. Ya estoy deseando volver a verla.

Nota: Por desgracia, en España no se podrá ver la película hasta el 13 de agosto. Hoy se han celebrado pases para la prensa tanto en Madrid como en Barcelona, y yo he sido uno de los afortunados que ha podido estar en el primero.