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miércoles, agosto 13, 2014

'Mil veces buenas noches', el reto de una vida normal

Viendo Mil veces buenas noches se puede caer en la tentación de pensar que ésta es sólo una película sobre una fotógrafa de guerra, corresponsal en zonas conflictivas, y de su pasión por un tipo de periodismo necesario y muy sacrificado. Se puede caer en la tentación, porque efectivamente esa historia se cuenta en la cinta. Pero lo que realmente cuenta es el reto de vivir una vida normal. ¿Es factible que pueda emocionar tanto la forma en la que una mujer trata de recuperar esa vida normal con su marido y sus dos hijas como el riesgo y el encanto de un trabajo tan apasionante y visceral? Ese es el mérito de la película del noruego Eirk Poppe, la cuarta de su filmografía pero la primera que se estrena en nuestro país, que funde el drama bélico-periodístico con una historia realista pero mucho más cercana, que sabe aprovechar el enorme talento de Juliette Binoche como protagonista pero que también se saca de la manga otras virtudes más inesperadas, entre las que destaca la debutante Lauryn Canny.

Es verdad que a la película le falta algo para culminar la historia, las buenas propuestas y el intenso drama personal que expone, y que el final del filme no termina de llenar tanto como los picos emocionales que hay diseminados a lo largo de su metraje, pero se comprende el intento de cerrar un círculo en la vida de Rebecca, la fotógrafa de guerra a la que da vida Binoche. Y también hay que destacar que no terminan de ser demasiado lógicos los planos más oníricos por los que apuesta Poppe en algunos momentos muy determinados viendo el tono personal que adopta el filme. Pero hasta ahí llegan los elementos criticables de una película intensa, completa y compleja, emocional desde el primer impacto que supone descubrir lo que está sucediendo en la escena con la que arranca, y que plantea, aunque sea con breves pinceladas, diferentes estados personales que afectan a estratos muy diferentes de la vida de la protagonista.

Lo esencial de la película es la forma en la que Rebecca trata de adaptarse a su nueva vida, las secuelas que le deja su trabajo y las sensaciones que le produce renunciar a él para rescatar otra parte de su vida. Ahí es donde Binoche se luce, probablemente como hacía algunos años que no se lucía. También toca el aspecto profesional de un trabajo tan impresionante y peligroso como el que desempeña esta mujer. Es, en ese sentido, todo un canto de amor a la verdad informativa de lugares abandonados a los que tan poco caso se hace en realidad. También se acerca a su realidad dentro del matrimonio, con un muy buen Nikolaj Coster-Waldau (que, por paradójico que parezca, tampoco necesita alejarse mucho de su papel más reconocido, en la televisiva Juego de tronos). Y donde acaba triunfando, por saber cómo explicarlo y dónde colocarlo, es en la relación entre Rebecca y su hija mayor, Steph, interpretada con una enorme sinceridad por Lauryn Canny, que da un enorme contraste emocional a la mirada de Binoche.

De hecho, Mil veces buenas noches acaba convenciendo precisamente por dos excepcionales escenas, picos emocionales indiscutibles de la película, en las que Binoche y Canny confrontan sus miradas. Es en ellas donde se esconde el alma de la cinta, donde se entiende que hay un relato personal e íntimo, sean o no partes ficticias de los retazos autobiográficos que el propio Poppe ha incluido en la historia procedentes de su experiencia como fotoperiodista en los años 80. Siendo Binoche la protagonista, da la impresión de que se ha querido hacer del cartel de la película una especie de recordatorio de su presencia en El paciente inglés, cuando en realidad el cartel original de la cinta (sin Coster-Waldau) es una descripción mucho más acertada. La película, en todo caso, merece algo más que una oportunidad porque encierra un retrato sincero y realizado desde el corazón, de esos que saben cómo impactar y emocionar desde ángulos muy diversos. Y, aunque haya que insistir en ello, ojo a Canny. Sostener la mirada a esta Binoche tiene mérito.

viernes, abril 12, 2013

'Oblivion', gran ciencia ficción (casi) contra corriente

Oblivion es una gran película de ciencia ficción. Empecemos por ahí, por lo básico, para que ninguno perdamos de vista lo que pienso de la película. Y es que conviene decirlo bien claro porque tengo la impresión de que voy a ser uno de los pocos fans irreductibles de esta segunda película como director de Joseph Kosinski, de la misma forma que creo serlo de su anterior título, Tron Legacy. Las defiendo, además, porque creo que van contra corriente. Creo que exponen ideas muy imaginativas, con un envoltorio visualmente fascinante. Habrá quien piense que eso es dinero y efectos especiales, pero yo veo mucho más porque la capacidad técnica está en manos de muchos y no todos llegan. Es cierto que al guión le falta una reescritura y hay momentos en los que el espectador tiene que poner mucho de su parte para no desmontar el castillo de naipes que es toda película. Pero estamos acostumbrados a un cine hecho con estudios de mercado y Oblivion se salta casitodas las convenciones para ofrecer exactamente lo que quiere dar. Es valiente, plantea muchos dilemas, tiene el indudable carisma de Tom Cruise y está rodada con nervio. ¿Se puede pedir mucho más para construir una gran película de ciencia ficción?

Ante el exceso de celo que la crítica muestra contra los títulos pensados para arrasar en taquilla, aquellos que invierten grandes cantidades de dinero, corremos el riesgo de infravalorar auténticos espectáculos visuales como lo es Oblivion. Con unas imágenes hermosísimas, con unos encuadres espléndidos, con una imaginería visual deslumbrante (y original... hasta la secuencia final; eludiré la comparación para no reventarle a nadie el clímax), es muy fácil para el espectador sentirse arrastrado hasta este mundo postapocalíptico y refinado que se nos plantea. Un mundo de diseño, pulcro en las alturas y sucio a pie de tierra, un claro contraste, casi una analogía extrapolable a otros debates de la sociedad actual. Y una referencia a Tron Legacy, una de las muchas que tiene el filme (la función de la banda sonora, siendo distinta, emula a la de aquella), que reincide en los aciertos de aquella e incluso en algunos de sus errores. El más evidente de entre los segundos, que la película necesita una reescritura del guión que elimine algunas secuencias superfluas y las explicaciones para tontos que parecen obligatorias para contentar al espectador de hoy en día.

Sería fácil explicar esas escasas lagunas narrativas en el nombre de Karl Gajdusek (autor de la más que rutinaria Bajo amenaza) y salvar al propio Kosinski (escribió la historia pensada para ser una novela gráfica y después la convirtió en película) y a Michael Arndt (Pequeña Miss Sunshine, Toy Story 3... y el futuro Episodio VII de Star Wars), pero seguramente no sería justo. El trabajo de todos ellos deja una obra de difícil clasificación más allá de decir que es un filme de ciencia ficción. Porque, y ahí encaja la idea de ir contra corriente que decía antes, no es fácil dar con un público objetivo para Oblivion. Explicado el escenario en el que se mueve ya en el primer minuto de película, sobrepasa con creces la media hora antes de que algo cambie ese escenario, antes de que se pueda decir que ha pasado algo. La larga presentación, con muy agradables escenas largas y una huida extraordinaria del montaje frenético, puede parecer pesada a algunos, pero es brillante y permite esa exploración visual que tanto bien hace al conjunto. Y luego mejora progresivamente.

Tampoco sería justo limitar Oblivion a ser una película de Tom Cruise. Sí, su carisma es tal que arrasa. Y sí, está tan correcto como de costumbre, mal que le pese a muchos de sus críticos. Morgan Freeman y Melissa Leo dan caché en papeles que exigen poco de ellos, en cuanto a tiempo y en cuanto a capacidad actoral, pero la película se fundamenta en Cruise y su relación con los otros dos rostros femeninos, los de Olga Kurylenko y Andrea Riseborough. Hay mucho escondido ahí, mucho que analizar, mucho que rascar y mucho por lo que apreciar la película, incluso mascándola con deleite después de verla. Y es que, otro enorme punto a favor de la película, lo humano se sitúa al mismo nivel que lo visual (y en este sentido es imprescindible recalcar lo mucho que gana vista en formato IMAX, mucho más espectacular que el 3D). Por eso las escenas de acción encajan. Por eso las sorpresas no chirrían. Por eso lo arriesgado de alguno de sus planteamientos se agradece. Por eso incluso se admite un epílogo que seguramente sobrará para muchos espectadores, pero que añade un nivel más de reflexión.

Todas estas alabanzas, para mí merecidas aunque asumiendo que es posible que no mucha gente compartirá este entusiasta juicio, no quieren decir que sea un filme perfecto, desde luego. Pero sí es uno que tiene la capacidad de enganchar en muchos momentos y por muchas razones. Y lo que sí hay que lamentar es que una película como ésta se vea destripada por trailers, fotos y demás inventos promocionales. Cuánto ganaría el cine si el espectador pudiera decidir sin avalanchas publicitarias. Por desgracia, hay sorpresas reventadas, pero quedan otras por descubrir, que nadie descarte la película por el avance. Y algunas de las sorpresas son, precisamente, lo que hace de la película un título rompedor en su estilo de blockbuster. Quizá no tanto por lo que expone, que no es nuevo, pero sí por la inteligente mezcla de sus componentes. Siento decir que dar más detalles en este sentido supone arruinar la experiencia del visionado y eso es algo en lo que nunca voy a colaborar. Porque Oblivion merece ser disfrutada como fue imaginada, como un gran espectáculo de ciencia ficción que sabe ser intimista y espectacular. Lo dicho, contra corriente en un mundo frentista.

jueves, febrero 14, 2013

'Mamá', solvente terror

Siempre hay que dejar un resquicio por si acaso, pero, en el fondo, en el cine de género está casi todo inventado. En el de terror desde luego es así. Pero aprovechando clichés, temáticas y patrones ya vistos en docenas de oasiones, y sin necesidad de presumir de una originalidad o una inventiva sin límites, lo cierto es que se pueden conseguir buenas películas. Mamá es una de ellas. Es un viaje entretenido, una mezcla interesante realizada con oficio, que reúne escenas de buen terror, personajes muy bien desarrollados y una trama atractiva. Por supuesto, cae en errores más que comunes del terror moderno, errores que casi hay que considerar ya inevitables a estas alturas y a la espera de que alguien reinvente el género de verdad, pero en su acercamiento a las sensaciones más clásicas es donde consigue atrapar al espectador, explotando la belleza que consigue en sus imágenes el realizador argentino Andrés Muschietti, que debuta en el largometraje precisamente adaptando el corto del mismo título que realizó en 2008.

Dado que entre lo más positivo de Mamá está el desarrollo, es mejor prescindir de contar siquiera el argumento de la película, dado que todas las sinopsis iniciales arrancarán probablemente después de los diez primeros minutos de película. ¿Por qué arruinar una espléndida secuencia inicial sabiendo de más? En todo caso, lo mejor del filme está en su muy conseguida atmósfera de terror. Va avanzando entre el cuento perverso y la ensoñación fantasmagórica, mezclando viejos trucos para generar miedo, los sustos modernos más artificiales, arquitectura cinematográfica clásica y artificios realizados por ordenador, haciendo que su interés vaya creciendo poco a poco hasta un final tan perturbador como discutible. Y para ello una de sus mejores armas es la empatía que generando el personaje, formidablemente escrito, de una brillante (¿cuándo no lo está?) Jessica Chastain, mucho más que la de un esforzado Nikolak Coster-Waldau (conocido gracias a la serie Juego de tronos) que el guión aparta y recupera a conveniencia y en ocasiones sin explicaciones demasiado convincentes.

Muschietti demuestra con esta su primera película que sabe rodar. Y lo que es más difícil, que sabe rodar terror. Los suyos son planos meditados, siempre con significado y con efecto, contribuciones personales a esa atmósfera tan destacada de la película. Por eso da cierta rabia que a veces caiga en el susto fácil y, sobre todo, en el susto artificial, ese que a veces parece tan imprescindible como innecesario en una película de terror. Y también que el guión que coescribe se vaya por algunos derroteros que no sabe ni quiere explicar (no hay más que pensar en lo que sucede en torno a la caja) o en el clásico problema de no encontrar un razonamiento lógico a muchas de las actuaciones sobrenaturales que copan el metraje o los tópicos como que todo el mundo decida investigar las cuestiones más espeluznantes en solitario y de noche. El balance, no obstante, es claramente positivo porque, además, supera con nota el siempre difícil reto de rodar con niños. Cuanto más usa a las dos pequeñas (y menos se decanta por imposibles efectos visuales por ordenador), más terrorífica es su película.

Mamá es una más que decente película de terror, cuyos aciertos pesan más que sus problemas. Puestos a buscar referencias, hay muchas entre el cine de terror de las cuatro últimas décadas, lo que evidencia que no es la película más original del momento. Pero el buen uso que Muschietti hace de esos elementos otorga una buena valoración a su debut. A lo que me resisto es a darle en esta película la importancia que todo el mundo parece estar otorgándole a Guillermo del Toro, productor de la cinta. A veces de la impresión de que sólo atendemos al productor por simpatía y se le quita mérito al director cuando la película gusta. Que la película sea del gusto de Del Toro no quiere decir que sea gracias a él. Bravo por producirla pero, mientras Muschietti no me demuestre lo contrario con sus futuras películas, que veré gracias a este buen aval cinematográfico, pensaré que Mamá es cosa suya. Y es una una grata sorpresa, una buena película para pasar un buen rato de terror sin necesidad de caer en las trampas del gore más o menos oculto y tan trillado en los últimos años.