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viernes, enero 22, 2016

'La juventud', extraña poesía

Son indudables los valores poéticos de Paolo Sorrentino, el autor que se metió al mundo en el bolsillo (y un Oscar) con La gran belleza, y que se manifiestan también en La juventud. Pero la suya es una poesía a ratos extraña. En este filme, desde luego, plagada de altibajos, de escenas maravillosas y momentos en los que no se sabe muy bien hacia dónde pretende conducirnos. Y con un final que no es tan fácil de desentrañar, por momentos es razonable la duda sobre si lo que está haciendo es un retrato melancólico sobre la tristeza y el cansancio o si lo suyo es un canto a la vida intenso y emocionante. El último plano del filme, desde luego, añade más elementos para el debate. Todo esto, no obstante, hay que colocarlo en la bandeja de los aciertos, porque está claro que la película invita a pensar y eso nunca puede ser malo.

Quizá el problema esté no tanto en lo racional sino en lo emocional. Sorrentino juega con la comedia y con el drama, desembocando a veces en la tragedia y sin que muchos de los personajes que coloca en este microcosmos en que convierte un lujoso hotel en los Alpes terminen de posicionarse en uno u otro espectro. La amalgama es lo que confunde. Hay personajes de abierto calado cómico, como ese émulo del Maradona en la peor forma física posible que comparte retiro con los auténticos protagonistas del filme, un director de orquesta retirado (Michael Caine) y un director de cine que ultima el guión de lo que tendría que ser su testamento cinematográfico (Harvey Keitel). Los dos, sublimes, reconcilian las dudas que pueda generar la película con el espectador y evidencian, una vez más, que el talento no tiene edad y que la juventud que pregona el título es de espíritu y de corazón.

Puede que esa sea la lección de la película, su ruptura con los convencionalismos del cine moderno, esa que apuesta por la juventud del cuerpo y de la belleza como única fórmula posible para convencer a la audiencia. La trampa, no obstante, está en que Sorrentino también cae en ese mismo pozo (no hay más que ver a la Miss Universo que, como reviente no se sabe muy bien por qué razón el cartel de la película, se pasea desnuda frente a nuestros protagonistas). Lo que está claro es que el director es un tipo audaz, capaz de insertar en medio de la película un divertidísimo vídeo pop para contraponerlo a la pausa del cine que le gusta y que subliman de una forma notable Caine y Keitel, haciendo que se sienta con fuerza esa amistad de décadas que comparten, no sólo por medio de unos diálogos notables, sino mediante el enorme poder de sus expresiones. Caine nos ha acostumbrado últimamente a papeles inspiradores y de mentor, y verle languidecer con apatía es una muestra de su genio.

A tenor de todas estas conclusiones, se puede decir que La juventud es una película irregular. Tiene momentos muy logrados y otros que no alcanzan ese nivel. Sorrentino, eso sí, dirige con maestría a todos los actores, desde los ya mencionados protagonistas hasta a Rachel Weisz o Paul Dano, pero se guarda su mejor baza para el tramo final de la película, con una Jane Fonda espectacular, breve y concisa, dando vida a una gran estrella de cine, la diva que ha de protagonizar ese último gran filme del director al que da vida Keitel. Su personaje es el detonante de toda la resolución de La juventud y, por consiguiente, del gran debate que deja pendiente de resolver. ¿Lo que hemos visto es real o es un juego que Sorrentino entabla con el espectador? Queda en el aire, y eso forma parte de los aciertos del director pero también de las dudas que pueda generar la película.

viernes, octubre 30, 2015

'El último cazador de brujas', una fantasía tópica y descafeinada

Como si no fuera un tópico mil y una veces visto, El último cazador de brujas lleva a un personaje de un medievo oscuro y fantástico al presente urbano. Por momentos da la impresión de que la cinta puede ganarse la simpatía de un Warlock, el brujo, pero pronto queda claro que estamos ante un filme pensado para exprimir la taquilla de quien caiga en el engaño. No es cuestión de rasgarse las vestiduras, porque no es tan mala como podría parecer por esta descripción inicial. Es, simplemente, que no había más medios para hacer algo mejor o más espectacular, simplemente se quería atrapar a los convencidos por las fotografías de un Vin Diesel barbudo y bárbaro, espada llameante en mano y a quienes sepan disfrutar de una fantasía poco exigente y cargada de clichés. Pero, claro, es que es una película de Vin Diesel. ¿Cabía esperar más de lo que ofrece? Probablemente no.

Esta suerte de películas suele dejar, no obstante, alguna pincelada que siempre invita a pensar en que el resultado podría haber sido diferente. El último cazador de brujas, de hecho, no arranca nada mal. Su prólogo, oscuro, violento, tenebroso e incluso hasta terrorífico invita a creer que la película puede convencer. Lo habría hecho con más facilidad de haberse mantenido en esa época medieval, porque en realidad no hay demasiados ejemplos de historias fantásticas medievales en este tono que hayan funcionado. Pero opta por lo de siempre, por una elipsis enorme y por llevar la acción al presente. Como hacen casi todas las historias de esta clase, y bebiendo de muchos referentes, empezando por Los inmortales. ¿El problema? Que quien pensar en la película con la foto de Vin Diesel con la espada llameante en la mano comprobará que apenas hay acción en lo que sigue a ese prólogo.

Ese es el talón de aquiles de la película, que opta por una historia que demanda algo más de movimiento y menos diálogo, sobre todo cuando es Vin Diesel quien lo tiene que pronunciar. Tendrá su carisma, por supuesto, pero darle el papel de un guerrero inmortal apesadumbrado por su soledad sobrepasa los límites de lo inverosímil, y, de hecho, arrastra a buena parte del reparto a terrenos completamente inofensivos. Sucede con Rose Leslie y con Elijah Wood. Michael Caine, incluso actuando con los ojos cerrados y sin pensar demasiado en lo que dice o hace su personaje, está a otro nivel. De nuevo cabe pensar en otro filme, el que podría haberse hecho haciendo un hincapié bien interpretado en las sensaciones de este solitario guerrero. Pero El último cazador de brujas tampoco apuesta por esa vía, y cuando lo hace flaquea, porque Breck Eisner (Sáhara) tampoco es un director especialmente dotado para este tipo de historias.

¿Qué funciona en la película? Lo ya conocido, el clásico desarrollo en el que un héroe va encontrando aliados y problemas para evitar que un enorme mal se apodere del mundo, sumado a un diseño de producción apañado, en un mundo con ligeras gotas de ingenio. En otras palabras, el tópico. Y el tópico puede ser muchas cosas pero no un mérito propio. Llega a ser un entretenimiento justito que no naufraga pero que tampoco sobresale por nada, pero sí, es una pena que se gasten recursos de una forma tan poco ambiciosa. Cuando se ubica una historia en Nueva York pero no se ha rodado allí, lo que sucede es que parece que se han multiplicado las escenas de interiores preciosamente porque no había dinero para eso. Y eso, de paso, se lleva también por delante la espectacularidad de la película, que pide a gritos más escenas de acción, más viendo el buen resultado de la primera, y por supuesto un clímax mucho más espectacular.

viernes, febrero 27, 2015

'Kingsman. Servicio secreto', espías frenéticos

Matthew Vaughnn parece haberle cogido gusto a las adaptaciones de cómics, que son ya sin ningún disimulo la base sustancial de su carrera como director. Stardust era un cuento infantil de Neil Gaiman, no propiamente un cómic, pero puede acomodarse como el primer paso, una imaginativo y divertido. Después llegó Kick-Ass, una probablemente sobrevalorada y violenta historia. Luego hizo X-Men. Primera generación, revitalizando la franquicia de los mutantes de Marvel de una forma innovadora y más que correcta. Y ahora llega Kingsman. Servicio secreto, que adapta The Secret Service, un tebeo de Mark Millar y Dave Gibbons con el que, no tiene demasiado parecido. Algunas situaciones, algunas escenas, unos pocos diálogos y algo de la trama principal, pero hay que ver al filme y al cómic como dos unidades completamente diferentes. La de Vaughnn es una película que encaja más con Kick-Ass que con el resto de su filmografía, que apuesta por la espectacularidad, la irrealidad y la violencia, y que  funciona bastante bien.

Conociendo su procedencia del tebeo, la adaptación causa bastante perplejidad porque supone una revisión absoluta de los planteamientos, la base, la historia, los personajes e incluso el tono del cómic. Pero al margen de las enormes diferencias entre uno y otro, el filme de Vaughnn funciona bastante bien. Y va mejorando según pasan los minutos. Es verdad que hay muchos elementos mil veces vistos, partiendo por la situación de base, la de un joven habilidoso que acaba convirtiéndose en el héroe gracias a un maravilloso mentor, o el concepto de la agencia de espías supersecreta, o incluso la parte en la que un grupo de chavales reciben formación para ser los espías del mañana. Todo eso ya lo hemos visto. Pero Vaughnn le da un toque simpático, a medio camino entre los conceptos más clásicos del género y su particular forma de entender el cine (de los que son exponentes los dos protagonistas, el espía consagrado y el joven dispuesto a comerse el mundo) y, sobre todo, la violencia en la pantalla.

Sobre todo por este último aspecto, es fácil ver la conexión entre Kick-Ass y Kingsman. Vaughnn disfruta con las escenas desmadradas, con las peleas imposibles, con las cámaras lentas y con los movimientos exagerados, sean de sus personajes o de la cámara, y de todo eso hay buenas muestras en este filme. De hecho, eso es casi lo que mejor funciona en el buen conjunto que ensambla, sobre todo en una media hora final brillantemente calculada, divertida, emocionante e intensa. Y aunque le falte sensibilidad y en algunos momentos suene a cierto trabajo de estudio de mercado, el reparto también ayuda, porque los personajes son carismáticos y atractivos, una atractiva revisión del espía clásico y del héroe juvenil más moderno. Colin Firth y Taron Egerton encajan bastante bien en sus papeles y en la dinámica mentor-protegido que se establece entre ellos desde el principio. Que junto a ellos estén un desmadrado Samuel L. Jackson, Mark Strong o Michael Caine no hace más que dar caché a la película.

En realidad, Vaughnn domina el entretenimiento bastante bien. Queda la sensación de que le falta cierto autocontrol en los momentos más desbocados, pero hay que reconocerle que hace funcionar la historia. En esa media hora final incluso quedan perdonados todos los excesos anteriores o las descomunales libertades que se ha tomado en la adaptación del tebeo de Millar y Gibbons (aterra imaginarse la reacción que podría haberse producido si The Secret Service tuviera la legión de aficionados de otras sagas juveniles literarios y cinematográficas), cuestiones que en realidad nunca parecen ajenas a la película que propone Vaughnn. Y es que, para bien o para mal, y aquí es generalmente para bien, este es su cine, uno en el que la realidad importa poco, en el que lo importante es pasárselo bien a un lado y a otro de la pantalla y en el que la ingeniería visual tiene que ser lo más irreal posible para que la violencia encaje en ese concepto de la diversión de acción que tanto le gusta a su director. Pero Kingsman entretener, entretiene. Y mucho.

jueves, julio 18, 2013

'Ahora me ves...', un espléndido truco de magia

No existe el truco de magia perfecto, pero sí aquel que entretiene durante su disfrute. La analogía con Ahora me ves..., una película que se centra precisamente en el mundo de la magia, es muy adecuada. Puede estar lejos de la perfección y tiene defectos bastante evidentes que no son ajenos a las modas que crea y exporta el cine norteamericano de puro escapismo, pero al mismo tiempo es una película enormemente entretenida, que engancha desde su eficaz prólogo y que mantiene en tensión hasta el final gracias a un cásting sensacional, una historia atractiva y un efectismo visual sobresaliente por momentos. Es, en realidad, un gran truco de magia en sí mismo, que basa su éxito en sus propios méritos pero también en las ganas del espectador de dejarse sorprender. Y si eso sucede, si el espectador se deja llevar y cree en la magia que se le ofrece, es difícil sustraerse al encanto del plan de cuatro magos para convertirse con sus trucos en los mejores ladrones del mundo, a la vista de todo su público y de unos desesperados agentes de la Ley.

Vamos por un momento a ese prólogo. Cuatro magos, cuatro escenas consecutivas formidablemnte musicadas por Brian Tyler, cuatro habilidades completamente diferentes, cuatro vidas que no tienen nada que ver salvo por los trucos que practican. Los cuatro son citados en un extraño lugar de una forma muy peculiar, a través de una carta del tarot. Ese prólogo contiene lo mejor de la película, el carisma de sus protagonistas y un ritmo endiablado. Y pasado el prólogo tenemos una elipsis de un año. Lo que esconde esa elipsis puede ser más o menos fácil de adivinar para cada espectador, pero da absolutamente igual. Ahora me ves... es, decía, un truco de magia, y como tal hay que confiar en él y disfrutar del tiempo que dure. Apresurar conclusiones o restarle mérito al sólido y contundente entretenimiento que ofrece sólo por anticipar el final no sirve de mucho. Y es un final que se puede anticipar, sí. Pero, reitero, da igual, no tiene tanta importancia como para arruinar las casi dos horas de disfrute que tiene la película.

Viendo la filmografía de Louis Leterrier (El increíble Hulk, Furia de titanes), se puede afirmar sin problemas que ha firmado aquí su mejor película, a pesar de que mantiene las constantes de su cine: escenas meritorias conjugadas con un excesivo descontrol de la cámara. Su capacidad para rodar bien queda de manifiesto en la formidable escena en Las Vegas, captando a la perfección el sentido del espectáculo que reina en el escenario y en el mundo que tan notablemente quiere retratar. El exagerado movimiento de la cámara, esa mareante costumbre del cine contemporáneo, amenaza en algunos momentos con sacrificar la atención del espectador, pero es más poderoso el influjo de la historia. Pero también hay que reconocer que la historia convence, además de por el misterio, también por el efectismo de Leterrier. El tipo sabe rodar, aunque de vez en cuando se le olvide.

Y el tercer elemento en el que se sustenta la película, además de un guión inteligente aunque discutiblemente resuelto y una dirección eficaz aunque no en todo momento, es un reparto admirable que permite ver la película desde numerosos puntos de vista. No estaría de más que alguien le dijera a Jesse Eisenberg que actuar implica que no todos sus personajes hablen igual, pero tiene carisma junto a la socarronería, también muy repetida, de Woody Harrelson, la presencia desenfadada y puro show bussiness de Isla Fisher y la acertada expresión corporal de Dave Franco. Ellos son los magos, los ladrones, los que hacen realidad está muy atractiva mezcla de The Prestige y Ocean's Eleven. Pero es Mark Ruffalo el que da cuerpo a todo, interpretando al agente del FBI que les persigue. Que Morgan Freeman y Michael Caine coincidan siempre es un gusto, y aunque ninguno de los dos haga el papel de su vida, tienen un empaque que para sí quisieran todos los actores del mundo. Y Mélanie Laurent, como la agente de Interpol que ayuda al FBI, completa el cuadro. Insisto: formidable reparto.

Leterrier aprovecha notablemente un guión de Ed Solomon (sorprendente su buena labor, siendo el autor de Los Ángeles de Charlie o Super Mario Bros.), Boaz Yakin (lo mismo: Prince of Persia. Las arenas del tiempo o El Vengador) y Edward Ricourt (debutante). Funciona la química entre los personajes, desde el odio que el agente del FBI muestra ante los magos hasta su frustración ante su compañera de Interpol o el personaje de Morgan Freeman, un desenmascarador profesional de magos que siempre se cree un paso por delante de lo que piensa la Ley, pasando por la arrogancia del mecenas de los artistas con el rostro de Michael Caine o la tensión sexual entre Eisenberg y Fisher. Funciona su presentación, su desarrollo y, obviando el mareante problema del cine de Leterrier, las escenas de acción, las persecuciones en coche o a pie. Funcionan los diálogos, brillantes en ocasiones. Funciona casi todo. ¿El final? Un tanto complaciente aunque esté anticipado en una de las frases más emblemáticas de la película. Pero qué más da. Es un detalle sin importancia ante una de las sorpresas comerciales de la temporada. Muy, muy, muy entretenida.

viernes, julio 20, 2012

'El Caballero Oscuro. La leyenda renace', majestuoso final de una trilogía irrepetible

Cuando vi por primera vez El Caballero Oscuro me pregunté qué podría hacer Christopher Nolan para superar la que, en ese momento y todavía hoy, era la mejor película que se había hecho nunca basada en un cómic. No sé si atreverme a decir que El Caballero Oscuro. La leyenda renace supera a la segunda entrega de esta portentosa trilogía cinematográfica, realmente no lo tengo claro, pero es que tampoco hace falta esa comparación. Son películas distintas, con sensaciones diferentes y con objetivos narrativos y visuales que se complementan. Sin la anterior, ésta no existiría. Y la anterior, sin ésta, probablemente quedaría un tanto incompleta. Forman parte de un impresionante universo fílmico. Lo que sí tengo claro después de un primer visionado es que esta tercera es una película poderosísima a todos los niveles, intensa y dramática, fiel a la esencia del cómic que permite que un personaje tan conocido como Batman tenga tantas y tan diferentes interpretaciones. En lo que al cine se refiere, éste es el Batman definitivo, como el de la serie de 1992 lo es en animación. Es una maravilla irrepetible y como tal hay que recibirla y, desde ya, venerarla.

No suele ser habitual que una distribuidora pida que no se revele el final de una película. Warner lo ha hecho con ésta y es lógico y entendible, pero viene a ser una ligera contradicción con respecto a la avalancha de markéting que viene mostrando demasiado desde hace unos cuantos meses. Yo cada vez tengo más claro que trailers, reportajes y adelantos visuales, fotográficos o escritos, sólo sirven para arruinar en parte la experiencia cinematográfica tal y como la ha planteado el cineasta. A mí no me hacía falta nada de esto para convencerme de ir a ver El Caballero Oscuro. La leyenda renace. La ecuación era fácil y se sostiene por sí sola. Christopher Nolan ha conseguido que mucha gente se tome en serio las historias de un personaje de cómic. Y el cómic, nos pese lo que nos pese, sigue sin tener el reconocimiento que merece. Por eso, aunque sólo fuera por eso, Nolan es un genio. Batman Begins era una pequeña gran gozada. Pero El Caballero Oscuro llevó el juego a un nivel totalmente nuevo. Nolan hizo un clásico del siglo XXI protagonizado por un tipo con capa y un psicópata con la cara pintada de blanco. Y la gente lo entendió.

Aumentar la escala de aquello lleva por fuerza a cambiar el planteamiento otra vez. Pero las bases son las mismas. Nolan extrae lo mejor de algunas historias de cómic (no voy a decir cuáles, porque en algún caso reventaría las sorpresas del filme) y lo traslada a un universo muy personal en el que siempre hay una sensación que se apodera de la película. No es la primera vez que lo digo, pero creo que es importante insistir en que hay toda una evolución psicológica en el Batman de Nolan. Batman Begins habla del miedo, El Caballero Oscuro del caos y El Caballero Oscuro. La leyenda renace de la destrucción... y también del renacer de las cenizas. No hay más que ver el título original, The Dark Knight Rises, mucho más gráfico que la traducción al español. Para hablar de ese renacer, Nolan crea un relato épico, construye una película de guerra más que de superhéroes, con un formidable desarrollo de personajes e historia (quizá levemente ingenuo en algún momento) y un clímax final absolutamente portentoso. La trilogía de Batman de Nolan es lo mejor que se ha rodado nunca sobre un personaje de cómic. Y el final está a la altura.

Porque, a pesar de los logros de Nolan, algunas sensaciones previas eran de duda legítima. Superar El Caballero Oscuro no era tarea fácil. Hacer creíbles a Bane y Catwoman, los nuevos personajes de esta cinta, tampoco. Dar un cierre que hiciera justicia a lo anterior, mucho menos. Pero Nolan sale triunfante de todo. Tendría que haberme hecho caso a mí mismo cuando, después de ver la anterior película, me dije que Nolan tenía carta blanca para hacer lo que quisiera, porque se la había ganado. Si es que nadie ha entendido a Batman en el cine mejor que él. Si es que ha conseguido que incluso las traiciones más grandes a la literalidad de la historia del cómic, que las tiene su visión, sean más fieles al espíritu de lo que cientos de creadores han construido en las viñetas desde que Bob Kane y Bill Finger crearan al personaje en 1939 que las miradas de otros que se han erigido como adalides de esa misma fidelidad. Si lees un cómic, no encontrarás a este Bane. Ni a esta Catwoman. Ni al Joker, al Espantapájaros o al Ra's Al Ghul de las anteriores películas. Pero son ellos en esencia.

Ese es sólo uno de los méritos de Nolan, que ha sabido construir un universo cinematográfico verosímil, creíble, hermoso y violento, en una historia de unas siete horas que quita el aliento de principio a fin, hasta llegar a un final prodigioso, excelso, admirable que he hecho que el director se supere a sí mismo como director de piezas de acción. Mirar a este universo es asumir ingentes grados de genialidad a todos los niveles. Nolan es el arquitecto, pero no hay nada que no esté a la altura. El perfecto vestuario de Lindy Hemming, el maravilloso diseño de producción de Nathan Crowley y Kevin Kavanaugh, la prodigiosa excelencia de la música de Hans Zimmer (me da igual que los Oscar no le acepten por tener no sé qué porcentaje de música no original, debió ganar por El Caballero Oscuro y debería ganar por esta incomparable sinfonía de tensión y acción), la fotografía de Wally Pfister... Todo está a un nivel impresionante. Y por eso está película es un sueño hecho realidad para cualquier aficionado a los cómics de Batman. Todo funciona.

Y qué decir de los actores... Sólo los nombres ya impresionan. Es una gozada ver a Michael Caine en algunas de sus mejores escenas de los últimos años, y eso que da vida a un secundario, uno imprescindible como es Alfred pero secundario al fin y al cabo. Christian Bale es, sencillamente, el Batman definitivo. Pero también el Bruce Wayne, que encuentra un reflejo precioso en el humano policía de Joseph Gordon-Levitt. E insisto en que la literalidad del cómic no encuentra acomodo completo aquí, especialmente en su personaje. No tiene el carisma del Joker de Heath Ledger, pero Tom Hardy es un Bane impresionante que cumple todo lo que cabía esperar de él, por muchas dudas que suscitara y por mucho que se haya hablado más de si se le entiende bien (que sí, por cierto) antes que del personaje que construye. Y Anne Hathaway es perfecta para este universo de Batman. Perfecta, sencillamente perfecta, sensual y mordaz. Incluso con tacones. ¿Quién si no Christopher Nolan podía hacer que tomáramos en serio a una Catwoman que viste prácticamente igual que la de la serie de televisión de los años 60? Origen ya demostró que Nolan también era capaz de escribir buenos personajes femeninos, muy escasos en su todavía corta filmografía, pero este papel y el de Marion Cotillard (precisamente una de las actrices de Origen) son un paso más en ese sentido.

El Caballero Oscuro. La leyenda renace es una gozada. Al mismo nivel que lo fue El Caballero Oscuro, superior a lo que fue Batman Begins. Lo que está claro es que la escalada en la épica es brutal, deudora de un tipo de cine que, en realidad, hace muchas décadas que ya no se hace. También en la duración, que llega hasta los 162 minutos. Pero sobre todo en las sensaciones. Christopher Nolan ha dado dignidad a un tipo de cine del que cada vez menos gente se burla. Lo ha hecho con un respecto reverencial a personajes con décadas de existencia pero dándoles una imagen única y muy personal. Su trilogía de Batman es la obra de autor más comercial que se haya hecho nunca, porque ha conseguido ponernos de acuerdo a casi todos. Y, sí, se le pueden sacar pequeñas pegas, momentos que no todo el mundo va a comprender emocional o argumentalmente y pequeñas caídas de ritmo que habrá quien vea como defectos imperdonables. Pero el conjunto es sencillamente majestuoso, como su final, tanto el clímax como el epílogo. Es una trilogía irrepetible y se cierra como tiene que ser, a lo grande. Gracias, Mr. Nolan.

Aquí, otra reseña de El Caballero Oscuro. La leyenda renace.

martes, julio 27, 2010

'Origen', o cómo Christopher Nolan confirma que es un genio

Lo malo de mostrar una primera chispa de genialidad, es que estás obligado a confirmar que eres un genio o, de lo contrario, la gente podría pensar que ese brillo inicial ha sido un golpe de suerte. No sé si después de lo que Christopher Nolan hizo con Batman (Batman begins, El Caballero Oscuro y una tercera tentrega odavía por hacer) alguien sintió algo parecido. Que Nolan estaba obligado, a pesar de tener ya un puñado de películas interesantes a sus espaldas, a demostrar que era un genio. Pues ya está, aquí lo hace. Origen es una película terriblemente fresca y original (lo que tiene mérito en sí mismo por la temática relacionada con los sueños que aborda, vista en innumerables ocasiones), magníficamente construida, con motivos más que suficientes para disfrutarla a nivel intelectual y a nivel visual, con un reparto maravilloso y con un final de los que permiten el debate durante horas. No, no es el final, es toda la película. Es una genialidad que desde ya mismo tiene un hueco entre los referentes cinematográficos de la década por su carácter único y rompedor, que nada tiene que ver, aunque lo pueda parecer, con otros títulos de temática similar.

Porque puede ser tentador relacionar Origen con Matrix (y algún día habrá que decir que Matrix no era en realidad para tanto -y si lo era, sus secuelas se encargaron de arruinarla- y que la película que se merecía toda la fama es una pequeña joya semiolvidada que se titula Dark City), pero no van por ahí los tiros. Lo que Nolan hace en Origen es construir un universo creíble, un guión completo en sí mismo y que pone el énfasis en las relaciones entre los personajes, en la psicología de los mismos, en sus sueños, miedos y anhelos. Y, sin embargo y al mismo tiempo, es un espectáculo visual de primer nivel, lleno de imágenes inolvidables (atención a la pelea en los pasillos del hotel, deslumbrante e imaginativa, que se mantendrá durante años como una referencia visual) y con un climax final muy extenso que hace gala de un montaje paralelo, de dos y tres escenarios simultáneos, que sólo se puede calificar de perfecto, tan perfecto como los flashbacks que incluye (sólo es discutible el primero, el arranque del filme, que es más efectista que efectivo). Si Nolan ya rueda bien, lo que hace en la sala de montaje es para provocar el aplauso más sincero.

No sería bueno desvelar mucho sobre el contenido de Origen. No porque sea una película que viva de su final o de alguna sorpresa tramposa (todo lo contrario, pues es una película coherente y precisa en todo lo que cuenta... ¿o no?, cabría preguntarse al final), sino porque tiene una asombrosa capacidad de enganchar al espectador en cada secuencia, en cada paso, en cada nivel, con cada imagen y con cada nota de su prodigiosa banda sonora (Hans Zimmer es ya, por derecho propio, el mejor compositor del Hollywood contemporáneo, capaz de mostrarse perfectamente reconocible y, al mismo tiempo, de dotar de una personalidad única a cada una de sus películas). Casi llega a las dos horas y media, pero todo se pasa en un suspiro. Y pide a gritos un segundo visionado. Y un tercero. No porque no se haya entendido, no. Nolan hace un cine inteligente y apela al debate, pero da todo lo que tiene, no se guarda nada. La lectura sólo depende del espectador, que tendrá que decidir qué piensa cuando la pantalla se quede en negro después de un tan inquietante como magnífico plano final.

Y lo bueno es que no hace falta ni siquiera tomar una decisión sobre el sueño o la resolución. La duda también puede enamorar al espectador de Origen. Tanto como el magnífico trabajo de todo su reparto. Leonardo DiCaprio mantiene ticks que asemejan demasiado todos sus papeles, pero su esfuerzo por hacer personajes intrigantes y diferentes es notable. Ken Watanabe aporta la misma sobriedad de siempre, igual que Michael Caine en su reducidísimo papel. Como Cillian Murphy, de nuevo brillante, Caine lleva camino de convertirse en un fijo en el cine de Nolan. Ellen Page cautiva, y lo hace porque ha sabido alejarse aquí de Juno. Marion Cotillard, casi sin quererlo (o eso es lo que hay que creer), se convierte en el centro psicológico de la película. Joseph Gordon-Lewitt es la revelación de la película (aunque tiene ya una larga carrera, se le vio en G.I.Joe o 500 días juntos). Y se agradece que Nolan siga rescatando rostros conocidos de los años 80, en esta ocasión con un papel para Tom Berenger (del mismo modo que hizo con Rutger Hauer en Batman begins). Todos componen un reparto brillante, creíble y muy acertado.

Origen se convierte en una película única porque es imposible clasificarla. Se mueve de maravilla en todos los terrenos y escenarios. Nada resulta artificial, nada se ve inverosímil. Salta con una precisión envidiable de Mombasa a París, de una persecución en el asfalto a una escena romántica, del más puro cine de acción a la mejor intriga psicológica, de una imagen a cámara lenta a un plano tan veloz como imposible sobre el papel. Christopher Nolan demuesrta que es un genio, sí. Y Origen que todavía es posible hacer un cine diferente, rebosante de imaginación y talento, que perdurará en el tiempo por lo que es, por lo que cuenta y por lo que representa y no por una moda pasajera. Es maravilloso entrar en una sala de cine y encontrarse con un prodigio así. Si Nolan ya había hecho que me preguntara qué demonios va a ser capaz de hacer para superar El Caballero Oscuro, y sin por ello dejar de esperar con ansia su tercera película sobre Batman, ahora ya me pregunto dónde está el límite de este director. Veré cada una de sus próximas películas con esa pregunta en la mente. Y ojalá tardemos mucho en ver ese límite.

Origen se estrena el 6 de agosto.

martes, julio 22, 2008

'El Caballero Oscuro', sencillamente insuperable

El Caballero Oscuro es la mejor adaptación cinematográfica que jamás se ha hecho de un cómic. Así, sin más, sin medias tintas, sin ambigüedades de ningún tipo. Es la mejor. De largo. Pero no es sólo eso. Es también una de las películas más rompedoras, salvajes, perturbadoras, dramáticas y revolucionarias que se han hecho en años. Habrá quien piense que exagero por estar hablando de cine de superhéroes. Yo lo que pienso es que muchos caerán en el error de menospreciar este filme por el hecho de que su protagonista lleve una capa y una capucha, por su origen en las viñetas y porque el merchandising sea para algunos ejecutivos más importante que la propia película. Pero los 150 minutos de El Caballero Oscuro son el mejor ejemplo de cómo llevar el cine de acción a sus límites y sobrepasarlos, de cómo poner la historia y los personajes por encima de la espectacularidad visual y logren que ambos sean sobresalientes, en definitiva de cómo hacer cine, magnífico cine.

Hace sólo tres años, Christopher Nolan construyó un nuevo universo cinematográfico para Batman. Lo hizo anclado en la realidad y respetando la esencia más fantasiosa del personaje que durante décadas ha crecido en el cómic. Hubo casi completa unanimidad en reconocer Batman Begins como el mejor filme que se había hecho nunca de uno de los héroes más destacados de DC Comics y uno de los mejores con un superhéroe como protagonista. Tres años después, Nolan ha roto, para bien, todas las fronteras que podía tener ese universo. Ha rebasado todos los límites narrativos, visuales y de personajes que podía haberse marcado con su primera incursión en este mundo. Ha ofrecido lo que parecía imposible y ha superado las altísimas expectativas que había puestas en esta secuela, demostrando que se puede hacer cine del bueno dentro de un subgénero como el de superhéroes y en una segunda parte.

Lleva el cine norteamericano ya unos cuantos intentos de demostrar que ha superado el impacto psicológico del 11-S. Todo lo anterior eran fuegos artificiales en comparación con lo que ofrece El Caballero Oscuro. Y (casi) todo eso es gracias a una espeluznante composición del Joker. Heath Ledger se despidió a lo grande del mundo del cine. Es inútil trazar comparaciones entre su personaje y el Joker que hizo Jack Nicholson para el Batman de Tim Burton. Aquel nadaba en un mundo de fantasía y éste lo hace en uno realista. Los dos son sencillamente perfectos. Pero el terror que desprende la risa psicopática de Ledger no tiene igual. Ledger borda su papel en todos los sentidos. Nolan ha sabido entender al personaje como muy pocos lo han hecho. Entre ambos, han tejido una criatura siniestra, perversa, psicótica y malévola, sin por ello renunciar al toque cómico que siempre ha tenido el payaso príncipe del crimen. Un retrato inolvidable.

Christian Bale, que ya se había convertido en el Batman perfecto en la primera película de la saga, progresa en el personaje de forma tan natural como magistral. Es Más Bruce Wayne que hace tres años y es más Batman que hace tres años. Su juego con la voz, ayudado seguramente por la tecnología digital, es portentoso. Y, como en el caso del Joker, lleva su papel al extremo en todos los sentidos. Eso es algo que en este tour de force cinematográfico hacen todos los actores, desde Michael Caine y Morgan Freeman repitiendo sus roles de Batman Begins, hasta los nuevos Aaron Heckhart (magnífico como Harvey Dent a lo largo de todas las etapas de su personaje) y Maggie Gyllenhaal (dejando a la altura del betún a su predecesora en el papel de ayudante del fiscal, Katie Holmes). Decir más de cualquiera de ellos supone arruinar las sorpresas de la película, muchas, brillantes y que, afortunadamente, esta vez la promoción no se ha encargado de frustrar.

Otro de los prodigios que acomete con nota Christopher Nolan es la destrucción literal de la estructura cinematográfica tal y como la conocemos. "Bienvenido a un mundo sin reglas", dice el eslogan de la película. Y es cierto, tanto en la forma como en el fondo de la película. Nolan pasa del instante más brillante al plano más oscuro, de la comedia más inteligente al drama más terrorífico, de una historia de mafia a otra psicópatas. ¿Introducción, nudo y desenlace? ¿Para qué? Su historia va mucho más allá y vive media hora de introducción y dos horas de clímax. Hay tantos momentos que colocan al espectador en el borde de la butaca, que uno pierde la cuenta con facilidad. Y por eso la sensación de montaña rusa es constante. No hay bajones en el ritmo, hay un crescendo impresionante, un guión memorable y una actuaciones irrepetibles. Y todo ello lo consigue Nolan sin perder la perspectiva clásica que tiene su encuadre, sin volverse loco buscando la pirueta imposible, primando la historia por encima de todo lo demás.

Estamos ante una joya, ante uno de los títulos más importantes de la década. Las dos horas y media de El Caballero Oscuro no se contemplan. Se devoran. El poder hipnótico que tiene esta película hacía mucho que no se veía en una pantalla. La fuerza de los personajes de esta durísima historia de terror urbano, tampoco. Sencillamente, una película grandiosa que ya tiene un hueco en la historia del cine. Como decía, habrá quien piense que exagero. Pero son tantos los momentos de El Caballero Oscuro que se me han quedado grabados para siempre en la retina, que decir menos de lo que he dicho sería no hacer justicia a lo que acabo de ver. Ya estoy deseando volver a verla.

Nota: Por desgracia, en España no se podrá ver la película hasta el 13 de agosto. Hoy se han celebrado pases para la prensa tanto en Madrid como en Barcelona, y yo he sido uno de los afortunados que ha podido estar en el primero.

lunes, abril 14, 2008

La última gran aventura clásica

John Huston siempre rodó películas de aventuras. Desde La Reina de África hasta El halcón maltés, pasando por Moby Dick o El tesoro de Sierra Madre. De distintos géneros, pero siempre aventuras. Él mismo era un aventurero y su cine lo reflejaba perfectamente. Sin saberlo quizá en aquel momento, en 1975 estrenó la última gran aventura cinematográfica del cine clásico hollywoodiense. Porque exactamente eso, y no otra cosa, es El hombre que pudo reinar. Michael Caine siempre ha dicho que si hay una película por la que la gente le recordará será ésta, porque, después de verla, todos decimos aquello de "ya no se hace cine como éste". Y es verdad, ya no se hace.

Pero costó mucho hacerla. Muchísimo. John Huston, apasionado lector de Kipling (se basa en un relato suyo), quiso emprender el proyecto en los años 40. Entonces su pareja protagonista habría sido Humphrey Bogart y Spencer Tracy (dos genios que sólo coincidieron en Río arriba, en 1930). Lo quiso hacer en los años 50, y entonces el dúo ideal de Huston lo componían Bogart y Clark Gable. En los 60 también lo intentó, y la pareja habría sido la formada por Burt Lancaster y Kirk Douglas. A comienzos de los 70 hubo un intento más, y se contactó con Paul Newman. Él declinó hacer la película porque entendía que los protagonistas debían ser británicos, como los personajes. Y sugirió dos nombres: Sean Connery y Michael Caine. El resto es historia.

Caine y Connery son dos actores brillantes, majestuosos. Dos auténticos genios de la ironía, de la mordacidad, de la tragedia y también de la comedia. Ellos sustentan el peso de una película brillante, divertida, emocionante, colosal en una palabra. El guión es una auténtica maravilla, pero cuesta imaginar lo que hubiera sido El hombre que pudo reinar en manos de otros actores. Claro que para eso ya estaba John Huston, para elegir a los mejores, como siempre había hecho a lo largo de una carrera en la que trabajó siempre con los más grandes. "Muchas de las escenas eran sólo entre ellos dos, y las ensayaban por la noche. Juntos elaboraban el trabajo de antemano de tal modo que lo único que yo tenía que hacer era decidir cómo colocar la cámara", dijo una vez Huston.

Ellos consiguen hacer creíble la rocambolesca historia de dos truhanes británicos, ex soldados del imperio, que parten desde la India, atravesando Afganistán, con el único objetivo de ser coronados como reyes de Kafiristán, una tierra que ningún occidental ha pisado desde Aljandro Magno ("¿Alejandro qué?", pregunta el personaje de Caine a Kipling, quien le responde explicándole quien és y les alerta de que nadie más consiguió llegar allí. "Si un griego pudo, nosotros también", es la inmensa réplica de Caine). Es imposible no ir cogiendo cariño a estos dos viejos tramposos según se van sucediendo los pasajes de su aventura, es imposible no sonreír ante cada golpe del destino que sufren, ante cada nuevo escenario que contemplan, ante cada diálogo brillante que dicen con una naturalidad propia sólo de los genios.

Visualmente, la película es una auténtica maravilla. Que Huston sabía colocar la cámara es algo que cualquier apasionado del cine puede decir. Pero dos nombres más hicieron posible que la película brille como lo hace, incluso más de 30 después de haberse estrenado, porque ésta es una película que nunca envejecerá. Se trata de Ben Bart, responsable de la dirección artística (incluyendo no sólo los escenarios sino también las joyas y demás ornamentos), y Edith Head, encargada del vestuario (un nombre mítico por sus 35 nominaciones al Oscar y ocho estatuillas que tiene en haber, por películas como Eva al desnudo, Sabrina o El golpe).

La película, por cierto, se rodó en Marruecos, en el pueblo de Ouarzazate, conocido como el Hollywood marroquí por la cantidad de producciones que se han realizado allí, algunas de las más recientes Gladiator o El reino de los cielos. Allí encontró Huston al hombre que daría vida al sumo sacerdote de Sikandergul, un tipo que tenía nada menos que 103 años. Cuando Huston terminó la película, hizo un pase para él y otros ancianos que aparecen junto a él en la película, y le pidió al intérprete que les preguntara que les había parecido. "Después de esto, nosotros nunca moriremos", fue lo que le dijeron a Huston los ancianos. Y es verdad. Ese es el mágico poder que tiene el cine. Y más si es una película de John Huston.

Una curiosidad patria para acabar. El hombre que pudo reinar no es el título original exacto de la película. The man who would be king debiera haberse traducido como El hombre que sería rey. Pero, claro, la película se estrenó en España apenas unos meses después de que Franco muriera, y la mención del "rey" podía no gustar en los sectores más franquistas de la sociedad de la época.