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viernes, enero 22, 2016

'La juventud', extraña poesía

Son indudables los valores poéticos de Paolo Sorrentino, el autor que se metió al mundo en el bolsillo (y un Oscar) con La gran belleza, y que se manifiestan también en La juventud. Pero la suya es una poesía a ratos extraña. En este filme, desde luego, plagada de altibajos, de escenas maravillosas y momentos en los que no se sabe muy bien hacia dónde pretende conducirnos. Y con un final que no es tan fácil de desentrañar, por momentos es razonable la duda sobre si lo que está haciendo es un retrato melancólico sobre la tristeza y el cansancio o si lo suyo es un canto a la vida intenso y emocionante. El último plano del filme, desde luego, añade más elementos para el debate. Todo esto, no obstante, hay que colocarlo en la bandeja de los aciertos, porque está claro que la película invita a pensar y eso nunca puede ser malo.

Quizá el problema esté no tanto en lo racional sino en lo emocional. Sorrentino juega con la comedia y con el drama, desembocando a veces en la tragedia y sin que muchos de los personajes que coloca en este microcosmos en que convierte un lujoso hotel en los Alpes terminen de posicionarse en uno u otro espectro. La amalgama es lo que confunde. Hay personajes de abierto calado cómico, como ese émulo del Maradona en la peor forma física posible que comparte retiro con los auténticos protagonistas del filme, un director de orquesta retirado (Michael Caine) y un director de cine que ultima el guión de lo que tendría que ser su testamento cinematográfico (Harvey Keitel). Los dos, sublimes, reconcilian las dudas que pueda generar la película con el espectador y evidencian, una vez más, que el talento no tiene edad y que la juventud que pregona el título es de espíritu y de corazón.

Puede que esa sea la lección de la película, su ruptura con los convencionalismos del cine moderno, esa que apuesta por la juventud del cuerpo y de la belleza como única fórmula posible para convencer a la audiencia. La trampa, no obstante, está en que Sorrentino también cae en ese mismo pozo (no hay más que ver a la Miss Universo que, como reviente no se sabe muy bien por qué razón el cartel de la película, se pasea desnuda frente a nuestros protagonistas). Lo que está claro es que el director es un tipo audaz, capaz de insertar en medio de la película un divertidísimo vídeo pop para contraponerlo a la pausa del cine que le gusta y que subliman de una forma notable Caine y Keitel, haciendo que se sienta con fuerza esa amistad de décadas que comparten, no sólo por medio de unos diálogos notables, sino mediante el enorme poder de sus expresiones. Caine nos ha acostumbrado últimamente a papeles inspiradores y de mentor, y verle languidecer con apatía es una muestra de su genio.

A tenor de todas estas conclusiones, se puede decir que La juventud es una película irregular. Tiene momentos muy logrados y otros que no alcanzan ese nivel. Sorrentino, eso sí, dirige con maestría a todos los actores, desde los ya mencionados protagonistas hasta a Rachel Weisz o Paul Dano, pero se guarda su mejor baza para el tramo final de la película, con una Jane Fonda espectacular, breve y concisa, dando vida a una gran estrella de cine, la diva que ha de protagonizar ese último gran filme del director al que da vida Keitel. Su personaje es el detonante de toda la resolución de La juventud y, por consiguiente, del gran debate que deja pendiente de resolver. ¿Lo que hemos visto es real o es un juego que Sorrentino entabla con el espectador? Queda en el aire, y eso forma parte de los aciertos del director pero también de las dudas que pueda generar la película.

lunes, septiembre 01, 2014

'El congreso', fascinante caos

Cada día es más digno de aplauso que haya películas dispuestas a sorprender, a romper lo previsible, a buscar caminos que sean una incógnita incluso para sus realizadores. El congreso encaja en esa descripción, y eso acaba siendo tanto el aspecto más elogiable de la nueva propuesta de Ari Folman, el director de Vals con Bashir, como lo más reprochable. Y es que en esa capacidad de sorpresa, en su desmedido arrojo formal y en su singular narrativa está tanto lo que más fascina como lo que más puede desenganchar a algunos espectadores. La película, de hecho, va cayendo en un caos no siempre controlado según va avanzando y según se va transformando en algo diferente de lo que parecía proponer al principio, pero incluso dentro de ese caos hay momento más que fascinantes, que completan una cinta arriesgada y compleja, fácilmente divisible en dos mitades. La primera de ellas resulta soberbia, con un maravilloso juego de metaficción. La segunda es la más discutible. Eso es el caos y es lo fascinante, pero no es fácil. De ahí que sea una película digna de ver pero no recomendable para todo el mundo.

¿Pero de qué va El congreso? Como su título no aclara demasiado, conviene explicar algo más sobre la película. La protagonista es Robin Wright. No es sólo su actriz principal, sino también la protagonista del relato. Ahí comienza a servirse la metaficción. Y la historia arranca como una formidable reflexión sobre el papel de los intérpretes en el cine actual y la posibilidad de que en el futuro sean reemplazados por réplicas virtuales. Es, de esta manera, una de las mejores y más logradas reflexiones sobre cine y cultura popular que se han visto en la pantalla grande en los últimos años, que finaliza además con una secuencia absolutamente memorable, que explica el porqué del valor de un actor a través de dos genios, la propia Wright (a la que siempre da la impresión de que no se ha valorado en su justa medida, siendo una de las actrices que mejor expresa emociones poco corrientes) y Harvey Keitel (¿por qué este hombre ya tiene tantos grandes papeles?), con el siempre magnífico añadido en otras secuencias de Paul Giamatti y Danny Huston.

Así se llega a la mitad de la película, insisto, que es para enmarcar: poética, osada, con algo que contar, con un tema sobre el que debatir y con magníficas interpretaciones y puesta en escena. A partir de ahí, con una enorme elipsis temporada de veinte años, empieza lo complejo. Aunque no deja de ahondar en los mismos temas que planteaba, la película se transforma por completo. Cambia de medio, de la imagen real pasa al dibujo animado casi hasta su final, buscando una complejidad filosófica que no siempre queda clara pero que compensa con una imaginería visual apabullante y un divertido juego de referencias cinéfilas y culturales que prácticamente obliga a ver la película por segunda vez o a mantener una conversación con otros espectadores para compartir hallazgos. La película entra ahí en el terreno de la utopía futurista y después en el de la distopía, y es donde el caos acaba arrebatando algo de la genialidad previa al trabajo de Folman. Eso sí, la fascinación sigue ahí, porque el universo de color que plantea la película es absorbente hasta el extremo.

El congreso (el título hace alusión a lo que se ve en la segunda mitad de la película, mejor descubrirlo en el propio visionado) es, al tiempo que reflexiona sobre el futuro del cine, una muestra de que los lenguajes más tradicionales no están agotados. Sólo necesitan imaginación y talento para seguir estirando sus límites. Eso es exactamente lo que hace Folman, con la complicidad de una Robin Wright extraordinaria, que ya desde su primer plano en la película (eso, justo eso, hay pocas actrices que hoy en día sepan hacerlo mejor) y evidencia que si no hay papeles para actrices de su edad (48 años) es porque los autores no quieren. Y lo mismo se puede decir de la fantasía. El congreso no es una película de género en sentido estricto, no es una cinta pensada para que los primeros en ir a verla sean los apasionados de la fantasía o la ciencia ficción. Pero todo esto sirve a un propósito, a una historia, a una visión, y aunque sea caótica en zonas de su segunda mitad, nunca deja de fascinar. En el actual cine complaciente, para algunos será una propuesta suicida. A otros, y a pesar de sus defectos, nos parece una brillante que merece aplausos. Muchos.