viernes, enero 14, 2011

'Más allá de la vida' y donde Clint Eastwood quiera

Tiene 80 años y no deja de sorprenderme. Es el cineasta más clásico que le queda a Hollywood y mantiene esa capacidad de reinventarse. Decían que ésta no era su mejor película y no, no lo es, pero qué momentos deja. Clint Eastwood y Más allá de la vida. 129 minutos deliciosos, hermosos, melancólicos, sobre todo melancólicos. Entra uno pensando que va a ver una película sobre la muerte. Y sale pensando que lo que ha visto es un filme sobre la vida. En poco más de dos horas, el carrusel de emociones es intenso, extenso y poderoso. Con un reparto magnífico, con una dirección tan nueva como conocida. Clint Eastwood. Sólo pronunciar esas dos palabras ya basta para entregarse ciegamente a este viaje que nos plantea. Por diferente que su envoltorio parezca al de las anteriores o las mejores películas de su director. Por chocante que pueda parecer que ahora, a sus años, explore terrenos lindantes con el más allá. Pero qué más da. Lo que Eastwood cuenta es lo de siempre, la historia de unos seres humanos. Y aunque su estructura de tres personajes que caminan hacia su convergencia es novedosa para él, también domina ese elemento. Más allá de la vida y hasta donde Clint quiera. Ahora y siempre.

Desde que a comienzos de los 90 Clint Eastwood juntara tres obras maestras como director (Sin perdón, Un mundo perfecto y Los puentes de Madison) no se encontraba el realizador en un estado de gracia como el que domina ahora su producción. Ahora son ocho las películas que ha encadenado con un nivel alto, muy alto, a veces incluso insuperable. Empezó con la cruda Mystic River. Continuó con la dolorosa Millon Dollar Baby. Banderas de nuestros padres, la más floja de esta etapa, era un ejercicio de clasicismo necesario para acometer la formidable Cartas desde Iwo Jima. El intercambio es sobrecogedora. Gran Torino es hermosa, hasta en sus momentos más tristes. Invictus es un enorme canto a la libertad y a la lucha. Y Más allá de la vida podría llegar a entenderse como la culminación de esta trayectoria de la última década, porque todas estas películas (salvo Invictus) hablan de una u otra manera sobre la muerte. ¿Y qué mejor cierre que abordando la muerte en sí misma? Pero ojo que no estamos hablando de una película más de Clint Eastwood. Ésta es diferente.

La variación se produce en la propia historia. Lo que tenemos en la pantalla son tres personajes, tres vidas y tres lugares diferentes. Un parapsicólogo de San Francisco que tiene el don de contactar con los muertos pero quiere dejar de utilizarlo (Matt Damon), una periodista francesa que vive la traumática experiencia de ser protagonista de una catástrofe natural muy reconocible (Cécil De France) y dos hermanos gemelos de un hogar destrozado que viven en Londres (Frankie y George McLaren). Desde el principio se entiende que las tres piezas del rompecabezas están llamadas a converger, aunque Eastwood, con un guión del fantástico Peter Morgan (The damned United, El desafío. Frost contra Nixon, La Reina), esconde bien sus cartas durante la primera parte de la película. Sí es cierto que cumple con con la máxima de Cecil B. De Mille de comenzar con un terremoto e ir creciendo en intensidad. Sólo que la intensidad que crece es emocional y no de acción. Y crece hasta niveles insospechados, sobre todo en escenas puntuales. De hecho, ese puede ser el gran pero de la película: todo encaja al final, pero tiene altibajos emocionales. Hay escenas sencillamente indescriptibles por prodigiosas y otras que sólo cobran sentido al final.

Hay un punto clave para entender toda la película y es la escena en el apartamento del personaje de Matt Damon con la chica que conoce en un curso de cocina (Bryce Dallas Howard, que hasta ahora había alcanzado su cota máxima con M. Night Shyamalan en El Bosque y La joven del agua. Hasta ahora. Ojo a esta escena). Es la desembocadura natural de una de las mejores, más intensas y hermosas secuencias de flirteo y enamoramiento que se han visto en el cine reciente, pero también la consecuencia natural de una vida basada en la muerte (como dice el propio personaje), la que se nos cuenta hasta ese instante. Es, al mismo tiempo, un retrato de ambas, de la muerte y de la vida, pero sobre todo de la soledad, de las ansias por superarla, de la necesidad de dejar atrás los traumas y los miedos y de los límites de la condición humana. No sólo es una escena sublime sobre el papel, es que Eastwood la rueda con una maestría inconcebible para otros muchos directores que cuentan con un prestigio enorme y que muchas veces son simples artesanos que colocan la cámara para captar la magia. Eastwood, no. Él crea magia. Con cada decisión que toma, con cada riesgo que asume, con cada encuadre que descubre. Y esa escena, insisto, es el punto álgido de la montaña rusa emocional que nos propone.

El viaje es creíble porque, además de la genialidad de Eastwood, los actores le dan esa condición. Damon, un actor bastante más plano en sus inicios, está soberbio, cada vez más seguro de sus cualidades como intérprete y cada vez más verosímil en papeles muy distintos. Y no hay más que ver los dos personajes que le ha dado Clint Eastwood, aquí y en Invictus, para comprobar esa evolución. Cécile De France es una actriz gala, joven pero de ya larga trayectoria, y a la vez novata en Hollywood. Su papel es, probablemente, el más intenso y probablemente el más arriesgado del filme. Supera la prueba con nota. El otro papel femenino, el de Bryce Dallas Howard, es mucho más breve pero, probablemente, tan imprescindible para el tono emocional de la historia como el de De France. Esta actriz tiene mucho talento, pero no lo deja ver tanto como sería deseable. Y hasta con los críos consigue Eastwood grandes momentos, los que siempre saca de un elenco de secundarios tan notable como desconocido (a excepción de un actor británico al que siempre es formidable ver y que se interpreta a sí mismo en un cameo; ¿para qué reventar la sorpresa diciendo su nombre?). Todo encaja, todo se mueve a la perfección, al son que marca Clint.

Cuando la película acaba (y acaba con un final quizá demasiado... bonito; ¿se puede considerar eso un defecto?), queda el poso de haber visto un conjunto de escenas prodigiosas que destacan por encima de otras en apariencia, sólo en apariencia, más prescindibles. Queda una narrativa distinta a la usual para este realizador, aunque por otros derroteros puede que más próxima a un cine coral que cuenta con mejor fama de la que a mi juicio suele merecer (Crash podría ser el exponente más popular y premiado). Queda, como decía, un carrusel de emociones, con todo lo que conlleva la palabra carrusel, también unos altibajos que se notan. No es, en definitiva, la mejor película de Clint Eastwood. Pero es muy buena. Y una película simplemente muy buena de Clint Eastwood es mejor, probablemente, que el 80 por ciento de lo que se estrena en un año. Los viejos aficionados de este director no os dejéis despistar por una publicidad que ha apostado por la espectacularidad visual (que la tiene en un arranque tan brillante como brutal) y por el elemento sobrenatural. En realidad, no es eso lo mejor que ofrece Más allá de la vida. Porque parece una película sobre la muerte, pero no lo es. Es sobre la vida. Y de eso Clint sabe mucho. Que ya son 80 años y la mitad de ellos deleitando detrás de la cámara.

4 comentarios:

Jo Grass dijo...

¡Qué gran maestro es este hombre y cuanto nos sorprende con la lucidez que demuestra a sus años! Es cierto lo que dices sobre su capacidad magistral para mostrar el compeljo mundo de la naturaleza humana y sus emociones. No he visto la peli pero estoy deseándolo y, que tenga un final bonito, en los tiempos que vivimos y cuando es más que necesario que el cine nos sirva como válvula de escape, me parece una bendición.
¡Qué buena reseña, Juan, y qué bien escribes!
besitos

Jose Vte. dijo...

Yo estoy deseando ver esta película, Clint Eastwood es un auténtico maestro, cada película suya es un regalo para los sentidos.
Quién lo iba a decir cuando sus inicios en el spagueti western o de policía bravucón y maton en la saga de Harry el sucio que nos íbamos a encontrar con un director que suma talento, sensibilidad y buen gusto a partes iguales.
Sin duda a la altura de genios como Houston, Hawks, Bilder o Hitchcok.
Para mi es uno de los mejores directores de cine de toda la historia, y Sin Perdón su obra maestra.
Me encanta leer tus críticas.

Saludos

Noelia Jiménez dijo...

Tengo muchas ganas de ver esta peli. Y más después de que tú la recomiendas.

Grande Eastwood. Aunque no entendí bien ayer el repor que le dedicaron a la prota en Yo Dona. Debe ser que estoy perdiendo facultades de comprensión lectora (si es que alguna vez las tuve).

Juan Rodríguez Millán dijo...

Jo, muchísimas gracias, ya sabes que valoro mucho siempre tus palabras... Pero es que no soy yo el que escribe, es Clint Eastwood el que me hace escribir, y así es mucho más fácil...

José Vte., muchas gracias también a ti. Coincidimos en el análisis, es uno de los grandes, pero no de ahora, sino de toda la historia del cine. Y lo que parece haber tardado la gente en darse cuenta...

Noelia, pues ya me dirás qué te ha parecido... No leí ese reportaje. Y dudo más del reportaje que de tu capacidad, así que no sé si debería buscarlo...