lunes, septiembre 22, 2014

'La gran seducción', lo previsible no quita lo divertido

Casi se pueden considerar un género en sí mismo esas películas que nos acercan al modo de vida de una pequeña comunidad en la que aparece un elemento extraño. La gran seducción, a pesar de que el título pueda indicar otras cosas, cuenta los intentos de un pequeño puerto costero canadiense para convencer al médico que está allí durante un mes de que ese es el mejor sitio en el que puede vivir. La cosa tiene trampa, porque el lugar necesita que haya un médico residente para que se construya allí una gran fábrica que dé empleo a sus habitantes, y para ello intentarán satisfacer todos los deseos del buen e inconsciente doctor. Con ese argumento, es tarea sencilla saber qué va a pasar en la película y por dónde van a ir avanzando las tramas hasta llegar a un final previsible. Pero al mismo tiempo hay que reconocer el espléndido rato que proporciona la película, simpática y divertida, honesta (cuando curiosamente la mentira es uno de sus temas centrales) y bonita, por su historia, por sus personajes y por sus escenarios.

Esos son los tres pilares sobre los que se sustenta. La historia, por muchos tópicos en los que acabe cayendo, es original. Lo es desde su arranque, con un prólogo que es casi un homenaje a una forma de vida, la del pescador pero también la del hombre trabajador. Los escenarios son magníficos, porque hacen buena parte del trabajo de introducir al espectador en la película. Desde un punto de vista urbano, es fácil identificarse con el personaje del doctor, que cae en un mundo que le es ajeno y en el que no puede encontrar las comodidades que tiene en su vida cotidiana, y eso hace que la comedia funcione con mucha más facilidad. Y los personajes son la clave de todo. Por cómo están escritos y por los actores que les dan vida, desde los secundarios con menos minutos en pantalla hasta la pareja protagonista, la que forman Brendan Gleeson y Taylor Kitsch. Es muy difícil encontrar agujero alguno en un reparto que disfruta con la historia y que se convierte en lo más sólido de la cinta.

Cinta que, por cierto, casi parece un reverso de Mumford, película de 1999 escrita y dirigida por Lawrence Kasdan. Si en aquella un hombre se hacía pasar por un reputado psicólogo aunque no lo era y engañaba con su labia a todo un pueblo, aquí es al revés, es todo el pueblo el que engaña a su nuevo doctor para hacerle creer que todo lo que le gusta en el puerto es genuino. La mentira es, por tanto, el detonante de todo lo que sucede en la historia, pero no es una película que pretenda enjuiciar a nadie. Es más bien un retrato amable de una comunidad esforzada y desesperada, y de un tipo que busca su lugar en el mundo y de repente parece encontrarlo en el lugar más insospechado. Ese escenario, complejo de gestionar si se quiere cerrar una historia perfecta, es lo que acaba redundando en los tópicos pero La gran seducción se merece la indulgencia del espectador en ese sentido porque la diversión funciona y hay un encanto evidente en la película en todas las escenas, desde las relacionadas con el críquet hasta las que tienen que ver con la visita de los ejecutivos de la compañía.

McKellar, en su tercer filme como director, maneja bastante bien los tiempos, siempre sin salirse de lo esperable pero aprovechando el material que tiene entre manos. Y es que hay que reconocer que todos los objetivos que uno se puede plantear para una cinta como ésta quedan plenamente satisfechos. Una realización correcta, una historia agradable, un humor acertado, unos actores carismáticos y un escenario bonito en el que encaje la historia. Todo eso lo tiene La gran seducción, que no necesita de mayores artificios para ofrecer casi dos horas de un buen cine de escapismo, amable y divertido, que sortea con facilidad la falta de identificación que podrían provocar los elementos más localistas (el choque entre críquet y hockey, la pesca como modo de vida obsoleto) gracias al inmenso buen rollo que transmite la película. Y eso, aunque parezca poca cosa frente a las mayores expresiones artísticas del medio o ante guiones más profundos, también es un buen camino para hacer cine.

viernes, septiembre 19, 2014

'El corredor del laberinto', otro intento fallido de crear una saga juvenil

Es evidente que cualquier estudio de Hollywood daría cualquier cosa por encontrar una franquicia fantástica juvenil, una saga que pueda extenderse a lo largo de tres, cuatro o cinco películas y que garantice una buena recaudación durante todo unos cuantos años. Por eso son tantos los títulos de ese corte que llegan a los cines con cierta asiduidad. El corredor del laberinto es uno de ellos, y por desgracia uno de los más insustanciales, uno de los que con más descaro refritean elementos de otros muchos productos literarios, cinematográficos y televisivos, y que con menos pudor plantea la necesidad de una continuación para dar una mínima coherencia al despropósito que plantea la película. Cada vez resulta más aburrido ver un filme que cuenta tan pocas cosas como ésta, que se ampara en los misterios y en la posibilidad de una secuela para no resolver tramas, y que se vuelca sólo en crear un mundo visual o narrativamente atractivo, que puede serlo, pero sin darle un poso, una historia o un planteamiento que le haga justicia.

No hacen falta muchas explicaciones para explicar de qué va El corredor del laberinto porque la misma película las elude. Hay un entorno natural rodeado por unos enormes muros de piedra, cierre interior de un inmenso laberinto que sólo se abre de día y que está custodiado por unas fieras criaturas. Y en ese entorno viven en una comunidad autogestionada un grupo de chicos jóvenes que no recuerdan absolutamente nada, que no saben por qué están allí y que basan sus opciones de escapar al conocimiento exhaustivo del laberinto. Lo que viene a ser, de forma muy simple, una mezcla entre El señor de las moscas y Perdidos, a la que se le pueden notar tintes de cualquier otra saga juvenil de los últimos años. ¿Originalidad? Ninguna. ¿Confusión? Toda la del mundo. Hay incongruencias, pero sobre todo faltan respuestas. Está bien jugar la baza del misterio pero es pernicioso cerrar una película con tintes de ciencia ficción sin satisfacer determinadas necesidades.

Lo más frustrante en ese sentido es el final de la película, anuncio de una secuela que ya está programada pero que genera desde ya bastante menos interés porque esta primera cinta flaquea de principio a fin. ¿Cuándo se ha perdido la necesidad de que cada filme tenga una identidad propia sin necesidad de depender de una continuación? De esta forma, lo único que se consigue es dejar historias inconclusas, como ya ha pasado con incontables intentos de localizar una nueva gallina de los huevos de oro entre el público juvenil que no recaudaron lo suficiente como para contar con una secuela. Lo que ofrece El corredor del laberinto es totalmente insatisfactorio a todos los niveles. Incluso cuando la película se digna a ofrecer explicaciones, éstas son torpes, pobres y muy poco concretas. El escenario, atractivo aunque inverosímil, no basta para convencer más allá de los primeros diez o quince minutos, y los giros que se van sucediendo son bastante poco sorprendentes y muy poco sustanciales a nivel argumental.

El corredor del laberinto es el primer largometraje de Wes Ball y su apuesta es bastante conservadora. Planos muy amplios para mostrar los escenarios y muy movidos para las escenas de acción (y de paso esconder con la cámara y con la oscuridad los posibles defectos en los efectos visuales) y un reparto de jóvenes irregular que mezcla rostros medianamente conocidos y otros casi debutantes y que deja en un plano completamente oculto a quienes no son imprescindibles para la historia. Pero hay que insistir en que la película falla porque no cuenta prácticamente nada. Queda la sensación de que estas casi dos horas se podrían haber condensado en una introducción de veinte minutos de una película de cien que sí podría haber resultado interesante. Pero eso es hoy en día lo de menos. Lo que importa es estirar el chicle, alargar las historias, buscar al menos trilogías que llenen salas de cine durante al menos un lustro. Y así hay poco que rascar.

lunes, septiembre 15, 2014

'Les doy un año', resultona comedia romántica

Cuando se ve que el currículum de Dan Mazer como director arranca con esta Les doy un año pero que es el coguionista de Borat y Bruno, esos dos vehículos para el ¿lucimiento? del Sacha Baron Cohen más desatado, cabe espera que esta comedia romántica sea más gamberra de lo habitual. Lo es en algún momento, pero al final acaba en los mismos territorios habituales del género Acaba siendo resultona, medianamente entretenida, gracias también a que entiende que superar sus 97 minutos para una historia en el fondo tan sencilla sería un suicidio, pero no hay muchos elementos que destaquen por encima de la media o ese gamberrismo desaforado que podría esperarse. Más bien al contrario, y quitando cuatro o cinco puntos más gruesos de lo habitual, es una comedia romántica bastante tradicional. Por eso, los aficionados al género seguramente la disfrutarán y los que no lo sean al menos no la considerarán una pérdida de tiempo.

De hecho, lo mejor de Les doy un año está en su comienzo y en su final, en la descripción de la idílica historia del enamoramiento que termina en boda con un buen uso del tiempo y en la forma en la que se resuelve el desamor labrado durante esos doce meses del título y el juego de parejas cruzadas que se establece durante el filme con cierta ingenuidad. Entre medias de ambas escenas, y pensando incluso que el final no termina de encajar con el tono de lo que se había visto hasta ese momento, Mazer trufa el relato de gags, de anécdotas, de chistes y de situaciones pretendidamente rocambolescas con menos éxito y transgresión de lo esperado. Es difícil que aburra una escena de un trío sexual y sin embargo lo hace. Pero al mismo tiempo es muy divertido el uso de animales (en este caso unas palomas). Mucho altibajo en la parte central de la película como para que termine de despegar.

Más o menos se hace llevadera la película porque los actores convencen. El matrimonio protagonista lo forman Rose Byrne y Rafe Spall, la ex novia de él es Anna Faris y el millonario que intenta ligar con ella es Simon Baker. Pero hay un personaje que demuestra el nivel de la película, el mejor amigo del novio y padrino en su boda interpretado por Stepehen Merchant. ¿Divertido en sus discursos plagados de alusiones sexuales? Puede ser. ¿Pero ayuda a que la película avance o a que los personajes protagonistas sean mejores? En absoluto. Es una evidente desconexión, un intento de introducir chistes que, en realidad, no añaden nada al relato. El gag por el gag buscando a uno de esos personajes de los que la gente hable y que habitualmente se usan para tapar las carencias de una película cuando ellos mismos, por divertidos que sean, suelen formar parte de esas carencias.

Les doy un año no es más que lo que pretende ser, un divertimento pasajero. El nivel de entretenimiento dependerá de lo que cada espectador se meta en la propuesta, pero no es nada del otro mundo. Algún que otro chiste divertido, las inevitables alusiones sexuales que invitan a colocar a la protagonista en ropa interior (exigencia obligada, al parecer), algún secundario cómico tópico que busca la risa fácil y una historia sencilla. Esto último es probablemente lo más decepcionante porque es evidente que la película busca un enfoque nuevo, el de una pareja con problemas y que pelea para llegar como sea al año de casados, asumiendo que esos primeros doce meses son los más difíciles de la aventura del matrimonio. Y, por supuesto, con el clásico cuarteto amoroso que sólo es tan divertido como pretende en los detalles de la escena del billar. El resto, resultón y pasable pero nada más.

viernes, septiembre 12, 2014

'El hombre más buscado', un acabado brillante

Seguramente no será una división exacta, pero es fácil dividir el cine de espías en dos categorías básicas. Por un lado está Bourne y formas análogas de contar una historia, y por otro está John le Carré y sus derivados. El hombre más buscado está basada en una novela del propio Le Carré, con lo que hay pocas dudas sobre a qué grupo pertenece la nueva película de Anton Corbijn. Le Carré es lo suficientemente conocido, y se han adaptado ya unas cuantas de sus novelas, como para descubrir ahora el género que representa, pero obviamente hablamos de películas de ritmo pausado, de enorme sutileza a la hora de construir tramas y personajes y, sobre todo, de mucha inteligencia. Puede que no todo el mundo acabe satisfecho con el ritmo, quizá porque Bourne y sucedáneos amenazan con apoderarse del género desde su posición de éxito, pero el poso que muchas veces necesita el cine de espías está en películas de una acabado tan brillante como el de El hombre más buscado.

Corbijn ya dio muestras del ritmo cinematográfico por el que apuesta en El americano. El hombre más buscado es más dinámica que aquella, pero no busca su intensidad en la acción sino en la historia. Y a diferencia de El americano, que sí llegaba a ser aburrida, ésta no lo es en ningún momento. No lo es por su madurez, por su sutileza, por la magnífica construcción de la historia, delicadamente equilibrada de principio a fin, sin que sobre ni falte nada para entender el episodio descrito, por su extraordinariamente bien orquestado final, y especialmente por unos personajes formidables. Todos. Sin excepción. Son personajes espléndidos sobre el papel, pero lo son aún más cuando el reparto, en absoluto estado de gracia, le aporta unos matices formidables. Y es que el mundo de Le Carré no es blanco o negro. Muy al contrario, está lleno de grises, de rincones oscuros, de buenas intenciones que no sirven para nada, de personas verosímiles en el sentido más absoluto del término. El hombre más buscado es un puñetazo de realidad.

Por eso, la mejor elección posible para protagonizar la película, una en la que los espías no saltan por las azoteas ni se balancean en helicópteros, era una actor como Philip Seymour Hoffman. Él es el paradigma de lo que busca la película: presencia y personalidad. Verle en su último papel protagonista vuelve a recordarnos la cantidad de años de cine que hemos perdido a causa de su muerte por sobredosis. Su espléndida interpretación se asienta no sólo en su lenguaje corporal y en su expresividad facial, sino también en su voz. Enorme. Y como él, Rachel McAdams también se transforma. La habitualmente locuaz y agradable protagonista es aquí seria, responsable, íntegra y dueña de sus silencios. Robin Whrigt, transformada en su aspecto con una peluca negra, es en cambio más cínica que de costumbre. Todos tienen su metamorfosis para crear un mundo nuevo para la película, y encajar en este mundo de terroristas, agencias gubernamentales y negocios turbios que pone su foco en Hamburgo, la ciudad en la que se gestó el 11-S, como se recuerda al comienzo de la película.

Siempre hay un peligro cuando se estrena la última película de un actor fallecido, y es que la despedida sea más importante que el propio filme. Esta se erige por encima de la figura de Philip Seymour Hoffman pero también lo hace gracias a su inmenso trabajo. Es cine de espías del bueno, del auténtico, del que deja motivos para la reflexión, del que permite seguir una investigación sin depender de giros de guión, en el que aparecen personajes realistas. Y sí, tiene un ritmo relativamente lento, aunque en comparación con El americano casi parezca parte de la saga Bourne. Pero eso no afecta al enorme interés que genera la trama, la puesta en escena de Corbijn y el espléndido trabajo interpretativo. Incluso con la presencia de Hoffman por última vez comandando un reparto, da la impresión de que va a pasar más desapercibida de lo que merece, porque es una película altamente recomendable para quienes gusten de guiones inteligentes, de esos que tantas veces se reclaman y que cuando llegan no siempre obtienen la atención debida.

miércoles, septiembre 10, 2014

'Líbranos del mal', una buena atmósfera no es suficiente

Es evidente que una buena cinta de terror necesita una atmósfera inquietante y creíble para funcionar. Pero es igualmente cierto que eso no es suficiente para que la película se sostenga. Líbranos del mal tiene ese problema. Scott Derickson, encasillado en el género de terror (El exorcismo de Emily Rose, Sinister) salvo por desastres como el remake de Ultimátum a la Tierra, consigue una puesta en escena atractiva, pero la película hace aguas en su guión. Durante bastantes escenas se sostiene sobre el alambre, pero al final cualquier explicación que se le pueda dar a buena parte del filme está tan cogida con alfileres que cuesta mucho comprarla, por mucho interés que pueda generar esta mezcla de policíaco y terror. De hecho, la parte de la película que más sufre de esta condición es el final, cuando Derrickson, que es también coguionista, pierde bastante el control sobre la historia, asume tópicos y ofrece un final bastante más flojo de lo que podría haber dado de sí.

Lo mejor de Líbranos del mal está, efectivamente, en su atmósfera. Hay alguna que otra trampa con el sonido, muy efectista por momentos (incluso sorprendente por la forma en la que se utilizan las canciones de The Doors), pero la puesta en escena es bastante correcta. Muy deudora de Seven, película a la que parece seguir en muchísimos aspectos (obviamente, a una gran distancia de aquella maravilla de David Fincher), siempre con iluminación artificial tanto en interiores como en exteriores. Pero los éxitos en este sentido sirven más al thriller que es Líbranos del mal que a la película de terror que pretende ser. De hecho, quitando los sustos habituales del género, puntuales y localizables (y, por qué no decirlo, también tramposos), el filme no genera una sensación de terror demasiado impactante, ni siquiera en su largo clímax, la escena más terrorífica sobre el papel, que llega ya cuando las explicaciones a lo que está sucediendo rozan lo inverosímil.

Aunque la película dice estar basada en hechos reales, y tomando eso con todas las reservas posibles siendo una historia que habla de posesiones demoníacas, no siempre deja la sensación de ser creíble. Quizá por eso lo más atractivo de la película, atmósfera aparte, sea la construcción del personaje protagonista, el de Eric Bana, un policía que tiene fama de acertar en sus corazonadas y que se ve envuelto en un caso de tintes sobrenaturales en los que no termina de creer. Pero, del mismo modo que la película, el personaje se va desinflando según avanza la trama. El resto es precisamente lo que va acumulando los problemas de la película. A ratos parecer que la mujer del protagonista (Olivia Munn) va a tener una gran importancia, y la que acaba teniendo es bastante insulsa. El compañero del policía que interpreta Bana (Joel McHale) desaparece durante muchos minutos sin una explicación coherente. Y el padre que ayuda al policía (Edgar Ramírez) no se sabe muy bien de dónde viene ni el papel que adopta en la trama.

No es que Líbranos del mal sea una película terrible, porque en el fondo, y si no se quiere prestar demasiada atención al detalle, proporciona cierto entretenimiento gracias a la forma en que están planeadas las escenas y al carisma de Eric Bana, pero no pasa de ahí. Derrickson no es un director que haya firmado ya películas redondas y ésta tampoco lo es. De hecho, el escaso terror que proporciona acaba resultando decepcionante y su arranque, un prólogo que transcurre en Irak, supone una entrada demasiado extraña para una película que quiere presumir de su entorno urbano. Como suele suceder en el género, queda la sensación de que había ideas que, convenientemente desarrolladas, sí podría haber desembocado en una película atractiva, pero Líbranos del mal no termina de serlo. Para aficionados poco exigentes del terror y, por supuesto, para quienes aprecien el trabajo de Eric Bana.

lunes, septiembre 08, 2014

'Hércules', con el espíritu de una clásica serie B

Hércules tenía pinta de ser un desastre, era uno de esos proyectos temibles que usan un personaje sobradamente conocido para hacer una película que, en el mejor de los casos, acaba siendo menor. La cosa empeora cuando el director al que se encarga el filme es alguien con tan poca personalidad como Brett Ratner, que tanto pronto te hace una buddy movie cómica como una película de superhéroes o un thriller sin que haya nada que las conecte, ningún sello como autor ni un estilo definido. Y la sorpresa llega cuando Hércules se convierte en una película entretenida, divertida y correcta en todo momento, en un relato de aventuras mitológicas (más realistas que legendarias en realidad) con un toque clásico que no entraba en lo esperable. Y no tiene casi nada que ver con el cómic en el que está basada, pero la película encuentra un camino propio que convence porque ofrece exactamente lo que busca, va al grano y no siente delirios de grandeza que le obliguen a ser nada más.

El primer gran acierto de Hércules es que adopta un tono clásico. A diferencia de la gran mayoría de películas actuales, las escenas de batalla no son confusas, no se pierden en mareantes giros de cámara, buscan planos amplios en los que contemplar los movimientos de los personajes y la estrategia de las batallas. Esto que parece tan simple es en realidad una rareza. Y no es que Hércules renuncie a las bondades digitales del cine actual, ni mucho menos y seguramente eso es lo que dispara su presupuesto a cifras que se alejan de esa serie B a la que homenajea, pero las utiliza para beneficio de la historia y no para llamar la atención, aunque eso sea justo lo que se ha hecho en los trailers, incluyendo como si fueran la historia en sí misma todas las escenas que la película incluye en un gozoso y divertido prólogo en el que se plasma la presencia más legendaria y mitológica de Hércules. Porque la película, muy al contrario, propone un Hércules diferente, uno que es un mercenario, aunque de buen corazón, que se aprovecha de esa fama de inmortal para hacer fortuna.

No se puede decir que Hércules tenga un guión especialmente brillante o sorprendente, y no hay que escarbar mucho para encontrar muchísimas referencias que Ratner copia con cierto descaro, pero el conjunto funciona. En sus 98 minutos no hay lugar para el aburrimiento ni para las escenas de relleno (a modo de ejemplo, la conversación sobre la forma en que Hércules fue reuniendo a su grupo de compañeros de armas se antoja necesaria). Se trata de ver a Hércules en acción junto a sus compañeros, todos ellos muy bien descritos, incluso dentro de los tópicos, y con sus momentos destacados, dentro de una trama sencilla y con adecuados toques de humor dentro de la espectacularidad buscada, una que no deja de ser deudora de esa serie B clásica más que del actual blockbuster hollywoodiense. A pesar de que hay mucho trabajo de ordenador, hace mucho que no se veía una película que tuviera aprecio por lo rodado más que por lo dibujado y en la que las peleas eran claras y la estrategia de la batalla un elemento funcional no sólo de esas escenas sino de la misma historia.

Hay que insistir en que Hércules es una película sencilla de la que tampoco cabe esperar nada rompedor o que marque época, pero dentro de esa sencillez es difícil encontrarle reproches. Si acaso que la promoción en España se haya volcado en la figura de Irina Shyak, cuyo personaje es absolutamente testimonial en pantalla. Porque lo demás, encaja. Se disfruta con un reparto acertado, divertido y adecuado para cada personaje (la finura en la pelea de Ingrid Bolsø Berdal o el salvajismo de Aksel Hennie, la presencia de John Hurt, o la siempre estimulante presencia de Rufus Sewell como el segundo de Hércules), con unas escenas de acción divertidas y dramáticas cuando procede serlo, y con momentos que añaden épica a esa agradecida serie B por la que apuesta la película como forma de entender el relato y como espíritu de la película, aunque su presupuesto sea de cien millones de dólares. Sorprendentemente, una película muy entretenida. Pero que nadie se haga muchas ilusiones de ver algo parecido en el cómic en el que está basada porque optan por caminos diferentes.

viernes, septiembre 05, 2014

'Jersey Boys', un Eastwood menor pero un Eastwood al fin y al cabo

Clint Eastwood es un director tan fundamental para entender el último medio siglo del cine norteamericano que cada vez que no alcanza la más absoluta excelencia algunos tienen la impresión de que esas películas no valen gran cosa. Jersey Boys es, en ese sentido, un Eastwood menor. Pero procede darle la vuelta al argumento inicial de estas líneas y recalcar que un Eastwood menor es al fin y al cabo un Eastwood, y eso, por muchos aspectos que se le puedan criticar, siguen siendo palabras mayores. Y es que el realizador de Sin perdón, Gran Torino o Los puentes de Madison tiene el profundo amor por la música que desprende su nueva película y un descomunal oficio para narrar con enorme fuerza las secuencias fundamentales de esta biografía de los Four Seasons, uno de esos grupos americanos de rock que triunfó en los años 60. No tiene el espíritu que tenía la anterior gran aproximación musical de Eastwood, la magistral Bird, pero mejora la irregularidad de su anterior trabajo, J. Edgar.

La película no es ninguna sorpresa dentro de la filmografía de Eastwood, un director que ha sabido combinar los filmes más personales, los más memorables y los más comerciales con una gran habilidad durante las últimas cuatro décadas. A su autor le entusiasma la música y en eso es un clásico incomparable. Por eso es tan fácil asimilar que lo mejor de Jersey Boys está en la puesta en escena de la música que se escucha durante las dos horas y cuarto que dura la cinta. No hace falta conocer la historia de los Four Seasons, ni siquiera sus canciones más populares, para entender por qué Eastwood va recalcando determinados detalles, momentos, títulos y sonidos. Todo se hila con la naturalidad habitual del cine de Eastwood, y funcionan francamente bien incluso sus apuestas formales más arriesgadas (la narración de los protagonistas mirando a cámara, un gran flashback introducido ya en la segunda mitad del filme o la escena final durante los títulos de crédito, que aquí, a diferencia de otro filme galardonado que ya usó ese recurso, sí encaja).

También es muy habitual en Eastwood el apostar por un casting de actores bastante desconocidos, casi siempre en los secundarios pero también de vez en cuando en los protagonistas, y en ese sentido hay unas claras reminiscencias de Banderas de nuestros padres. No es que dé la sensación de ser un casting equivocado, pero también es verdad que la falta de espíritu de la película, que existe en muchos momentos e impide que el resultado final se coloque en el grupo de obras maestras de Eastwood como director, puede achacarse a que no hay un carisma arrollador por parte de los protagonistas. Encajan, pero no enamoran. Y eso se ve cada vez que entra en escena Christopher Walken, un actor que no importa cuántos años tenga, de cuántos minutos disponga en una película o cuál es el registro de su personaje, porque siempre se puede sacar algo de su trabajo. Y se come al resto. Lo que sí parece osado en Eastwood es que hay muchas referencias culturales (entre las que se cuela él mismo) que provocan sonrisas cómplices en el espectador.

Una película de este tipo siempre tiene su mejor prueba de fuego en las elipsis temporales, a veces inmensas, obligadas por el amplio espacio de tiempo que desea cubrir la película. Y esas elipsis, a pesar de que Eastwood cuadra su montaje lo mejor que puede, no siempre funciona. No afecta al ritmo de la película, que avanza con una fluidez admirable, pero sí se va llevando por delante explicaciones necesarias. Eastwood en este caso ha decidido sacrificar claridad para ajustar duración (aún así, es relativamente larga), y eso pesa ligeramente en la película. Pero resulta difícil no disfrutarla a poco que la pierna del espectador se vaya moviendo según va sonando la música. Eso y la enorme categoría clásica de su director son razones más que suficientes para que Jersey Boys convenza. ¿Que no es una de las mejores películas del Clint Eastwood director? No, no lo es. Pero es que la excelencia no se suele dar todas las películas de ningún director y éste acumula ya unas cuantas películas irrepetibles. Ser exigente no obliga a destrozar lo que es simplemente bueno. Como si fuera tan fácil hacer una película satisfactoriamente buena.

miércoles, septiembre 03, 2014

'En el ojo de la tormenta', 'Twister' Revolutions

En 1996, Jan de Bont se llevó críticas durísimas por la en el fondo tan entretenida como mala Twister, pero como a Hollywood siempre le han gustado las películas de catástrofes era sólo cuestión de tiempo que alguien se acordara de los tornados. En el ojo de la tormenta es la película en cuestión y Steven Quale su responsable, director que sólo tiene en su trayectoria Destino final 5 y que fue director de segundad unidad de James Cameron en Titanic y Avatar. Eso, en teoría, garantiza unas buenas secuencias de acción. Y eso es todo lo que se puede sacar de la película, unos cuantos planos atractivos de caos y destrucción provocados por los tornados. Y ya. El envoltorio de eso, traicionero a su propia esencia de ser una supuesta película documental íntegramente grabada con las cámaras que hay dentro de la historia, es una película pobremente escrita, con moralejas que aterran y con personajes planos, prácticamente existentes y sin ningún actor con el suficiente carisma como para que alguno destaque.

La comparación con Twister es lógica, pero hasta cierto punto injusta. Es lógica en lo temático, porque ambas son películas de tornados. Pero es injusta porque aquella se encaró de otra forma. La de Jan de Bont era un entretenimiento absurdo desde su planteamiento cuya fuerza estaba en encontrar actores conocidos o de carisma (Bill Paxton, Helen Hunt, Cary Elwes, Philop Seymour Hoffman) que daban algo de vidilla al conjunto. En el ojo del huracán apuesta únicamente por lo visual, por los efectos, por las escenas de tornados, por el agua, el viento y lo digital. Y hay que reconocerle a Quale exactamente eso que se esperaba, que lo rueda con eficacia y espectacularidad. Hay planos muy logrados, no marea y sí consigue llevar al espectador, como dice el título de la película, al ojo de la tormenta. Esa sensación, eso sí, consigue cargársela hacia el final con uno de esos momentos tan difíciles de entender cuando algo parece estar funcionando y que deja unos instantes de silencio que sólo se pueden llenar con algunas carcajadas no deseadas del público.

Viendo sólo eso, la película podría haberse sostenido como un sencillísimo entretenimiento estival. Pero se hunde por dos razones. La primera, que pretenda ser una película (otra) de cámara en mano. Con la excusa de un documental (que valdría) y de un proyecto escolar (que hace agujeros por todas partes), la mayor parte de la película se ve así, a través de cámaras domésticas y profesionales. Pero no toda. Una trampa absurda y que, además, queda en evidencia con los testimonios finales de la película, parte de la inevitable moralina de una cinta de estas características hollywoodienses. La segunda razón estriba precisamente ahí. La ceremonia de graduación no importa. Que al chaval que arranca como protagonista le guste una chica de su instituto, tampoco. Mucho menos que el director del documental sea un tirano cabreado porque no ha conseguido grabar un tornado en los últimos meses o que el subdirector del instituto tenga un problema con sus hijos. Nada importa porque, por supuesto, casi todo acaba bien. Incluso los imbéciles se convierten en buenas personas tras los tornados.

A Quale hay que agradecerle que haya dejado su película en 89 minutos, porque eso es lo que hace que la experiencia no llegue a tan mal puerto como podría haber ocurrido. No es una buena película, pero siendo ese el tiempo que uno pasa en la sala de cine la recreación digital de los tornados basta para sacar algo positivo, por mucho que no haya nada a su alrededor que haga justicia al viejo cine de catástrofes. En realidad, da la impresión de que el filme es un deseo de hacer na película con tornados simplemente porque la tecnología actual permite mejorar lo que se vio en Twister. Y eso se le puede conceder. Pero da que pensar que parezca que un tornado demuestra que llevar una navaja al instituto es algo bueno o sinónimo de madurez o que los más irresponsables e iletrados chalados que aparecen en la historia son unos de los que sacan algo en claro de la catástrofe. Olvidemos las moralinas y disfrutemos de los tornados, porque si no el cabreo parece garantizado.

lunes, septiembre 01, 2014

'El congreso', fascinante caos

Cada día es más digno de aplauso que haya películas dispuestas a sorprender, a romper lo previsible, a buscar caminos que sean una incógnita incluso para sus realizadores. El congreso encaja en esa descripción, y eso acaba siendo tanto el aspecto más elogiable de la nueva propuesta de Ari Folman, el director de Vals con Bashir, como lo más reprochable. Y es que en esa capacidad de sorpresa, en su desmedido arrojo formal y en su singular narrativa está tanto lo que más fascina como lo que más puede desenganchar a algunos espectadores. La película, de hecho, va cayendo en un caos no siempre controlado según va avanzando y según se va transformando en algo diferente de lo que parecía proponer al principio, pero incluso dentro de ese caos hay momento más que fascinantes, que completan una cinta arriesgada y compleja, fácilmente divisible en dos mitades. La primera de ellas resulta soberbia, con un maravilloso juego de metaficción. La segunda es la más discutible. Eso es el caos y es lo fascinante, pero no es fácil. De ahí que sea una película digna de ver pero no recomendable para todo el mundo.

¿Pero de qué va El congreso? Como su título no aclara demasiado, conviene explicar algo más sobre la película. La protagonista es Robin Wright. No es sólo su actriz principal, sino también la protagonista del relato. Ahí comienza a servirse la metaficción. Y la historia arranca como una formidable reflexión sobre el papel de los intérpretes en el cine actual y la posibilidad de que en el futuro sean reemplazados por réplicas virtuales. Es, de esta manera, una de las mejores y más logradas reflexiones sobre cine y cultura popular que se han visto en la pantalla grande en los últimos años, que finaliza además con una secuencia absolutamente memorable, que explica el porqué del valor de un actor a través de dos genios, la propia Wright (a la que siempre da la impresión de que no se ha valorado en su justa medida, siendo una de las actrices que mejor expresa emociones poco corrientes) y Harvey Keitel (¿por qué este hombre ya tiene tantos grandes papeles?), con el siempre magnífico añadido en otras secuencias de Paul Giamatti y Danny Huston.

Así se llega a la mitad de la película, insisto, que es para enmarcar: poética, osada, con algo que contar, con un tema sobre el que debatir y con magníficas interpretaciones y puesta en escena. A partir de ahí, con una enorme elipsis temporada de veinte años, empieza lo complejo. Aunque no deja de ahondar en los mismos temas que planteaba, la película se transforma por completo. Cambia de medio, de la imagen real pasa al dibujo animado casi hasta su final, buscando una complejidad filosófica que no siempre queda clara pero que compensa con una imaginería visual apabullante y un divertido juego de referencias cinéfilas y culturales que prácticamente obliga a ver la película por segunda vez o a mantener una conversación con otros espectadores para compartir hallazgos. La película entra ahí en el terreno de la utopía futurista y después en el de la distopía, y es donde el caos acaba arrebatando algo de la genialidad previa al trabajo de Folman. Eso sí, la fascinación sigue ahí, porque el universo de color que plantea la película es absorbente hasta el extremo.

El congreso (el título hace alusión a lo que se ve en la segunda mitad de la película, mejor descubrirlo en el propio visionado) es, al tiempo que reflexiona sobre el futuro del cine, una muestra de que los lenguajes más tradicionales no están agotados. Sólo necesitan imaginación y talento para seguir estirando sus límites. Eso es exactamente lo que hace Folman, con la complicidad de una Robin Wright extraordinaria, que ya desde su primer plano en la película (eso, justo eso, hay pocas actrices que hoy en día sepan hacerlo mejor) y evidencia que si no hay papeles para actrices de su edad (48 años) es porque los autores no quieren. Y lo mismo se puede decir de la fantasía. El congreso no es una película de género en sentido estricto, no es una cinta pensada para que los primeros en ir a verla sean los apasionados de la fantasía o la ciencia ficción. Pero todo esto sirve a un propósito, a una historia, a una visión, y aunque sea caótica en zonas de su segunda mitad, nunca deja de fascinar. En el actual cine complaciente, para algunos será una propuesta suicida. A otros, y a pesar de sus defectos, nos parece una brillante que merece aplausos. Muchos.

viernes, agosto 29, 2014

'Amigos de más', perfecta... hasta un final complaciente

Qué difícil es encontrar comedias románticas satisfactorias y qué sensación tan agradable cuando por fin se encuentra una. Amigos de más entra en ese grupo con una facilidad enorme y difícil de prever. La película parte de esa premisa tan realista de chico conoce a chica y chica que resulta que tiene novio, así que el chico se las tiene que ingeniar para estar cerca de ella sin ser más que su amigo. A partir de ahí, todo en la historia de Wallace y Chantry, que así se llaman, funciona casi a la perfección. Es realista, sus personajes son carismáticos, los secundarios no se limitan a hacer gracia o parecer mejor que los protagonistas sino que encajan en la historia (y eso es menos habitual de lo que parece, viendo el éxito que los secundarios suelen tener en este tipo de cine), los diálogos son perfectos, hace reír y busca la lágrima cuando procede... pero se tira ligeramente por tierra todo lo anterior con un final complaciente, que no es el que cabía esperar viendo el camino que había tomado la película. Falta la guinda, pero el pastel es delicioso.

Entrando por partes a los muchos méritos de la película, es obligado notar que el realismo está presente en ella desde el principio. Daniel Radcliffe y Zoe Kazan, con su atractivo, no ganarán probablemente un concurso de belleza, y sin embargo en la película desprenden un carisma poco habitual, el del día a día, el de un trabajo normal, el de unas conversaciones verosímiles. En ambos pero quizá más acusado en el caso de él, probablemente es más por las bondades de los personajes que de las actuaciones, pero da igual. Se puede obviar el debate interpretativo porque ambas piezas están muy bien construidas. Son sobre todo sus diálogos son los que hacen esa función. Son personas sacadas de la vida real, con su pizca de cinismo, su poquito de ilusión, sus enfados, sus dudas y sus sonrisas, una forma de ser identificable y no fotocopiable, con trabajos, familia y amigos que no aparecen sólo cuando la película tiene que llenar un vacío, un defecto muy extendido en el cine moderno y mucho más en la comedia romántica. Son, en definitiva, creíbles.

Y de esa forma, todo a su alrededor acaba mostrándose con ese realismo, incluso las secuencias más humorísticas (la cena en casa de ella, en la que están tanto el novio como la hermana de Chantry) o las que optan por unas vías más gamberras de entretenimiento, que las tiene y además se agradecen, porque encajan en ese pedazo de realidad que quiere mostrar la historia. Precisamente por eso acaba sorprendiendo que la película acabe como acaba. Ese es el principal defecto de Amigos de más (además de su rutinario título en español, muy diferente al What If original), que Michael Dowse, adaptando una obra teatral, hace una pequeña gran trampa para que la película se amolde a unos convencionalismos que había evitado durante buena parte de sus magníficos 98 minutos. No lo necesitaba, precisamente porque se trata de una cinta que no procede de Hollywood y que no tiene que satisfacer a los participantes en estudios de mercado, a las minorías raciales, a los grupos sociales, etcétera. La película iba fenomenal y acaba hincando la rodilla.

¿Se carga eso la satisfactoria experiencia de Amigos de más? No, por supuesto, pero es un pesar que queda al final, porque lo previsible es siempre un enemigo del buen cine, aunque se disfrute del momento cuando llega. Lo que cuenta, en todo caso, es que cada vez se detecta la presencia de comedias románticas diferentes, que rompen cánones que fácilmente tienen ya dos décadas de existencia. Amigos de más no busca satisfacer las necesidades de siempre, y por eso encajan tan bien esos pequeños toques de magia animada que hay en la pantalla, esos diálogos llenos de mordacidad para completar situaciones que sí encajan en los moldes y la presencia de secundarios que, haciendo la misma gracia que los de otras comedias románticas (o no románticas) más reputadas, sirven a la historia y no sólo a su lucimiento personal. Lástima de final, pero, con todo, es una película deliciosa. Y no hay muchas así.

lunes, agosto 25, 2014

'Belle', abolicionismo para todos los públicos

Hay muy poco reprochable en Belle. La segunda película de Amma Asante, después de una década sin dirigir, es una correcta aproximación histórica a uno de los casos que sentó las bases del abolicionismo en el Reino Unido, a través de Belle, hija ilegítima del único hijo del presidente del Tribunal Supremo británico que tuvo que decidir sobre un caso terrible, en el que docenas de esclavos fueron arrojados por la borda de un barco carguero. Tratando este tema, es obvio que es una película que toma partido. Lo hace con las decisiones más lógicas, academicistas y sencillas, dejándose llevar por los aciertos del filme (en especial, su adecuada ambientación de finales del siglo XVIII y un reparto muy interesante en general), aceptando la previsibilidad del desenlace como la única forma posible de completar la historia y pensada para todos los públicos, lejos de la crudeza de 12 años de esclavitud o el dramatismo de la infravalorada Amistad.

Belle está planteada como una película en la que el papel protagonista ha de sobresalir con fuerza. El título es parte del nombre de una niña negra (aunque, curiosamente, no es el nombre por el que atiende), criada en una posición social adinerada pero con los problemas aparejados a su raza. Siendo la tercera película (más alguna serie) de su actriz principal, Gugu Mbatha-Raw, y la primera en la que lleva el peso de la cinta, su trabajo es satisfactorio. Pero incluso con escenas notables, no es lo más potente que tiene que ofrecer Belle, y eso se acaba notando. La película crece cada vez que aparece en pantalla Tom Wilkinson y desnuda ligeramente las lógicas carencias por falta de experiencia de Mbatha-Raw, cuya interpretación, aún siendo ajustada, se deja llevar mucho más por las emociones, algo que también le sucede a Sam Reid (el joven abogado abolicionista), dando lugar a algunas situaciones algo inverosímiles. Miranda Richardson, Emily Watson o Sarah Gadon entienden mejor sus personajes.

¿Rompen esas emociones desbocadas el ritmo de la película? No, porque en el fondo es lo que se busca. Belle quiere ser una película abolicionista y sobre el abolicionismo pero también un emocional retrato sobre el amor en la época en la que acontece el relato. Es lo suficientemente detallista como para que sus grandes temas calen (la relación entre blancos y negros, en especial entre las dos chicas de similar edad que están a cargo del magistrado, la lucha por los derechos humanos que subyace en el caso judicial que se expone, las convenciones sociales que afectan no sólo al género sino también al dinero, la condición de la mujer y el matrimonio) y crea un universo fácilmente creíble con un buen trabajo de vestuario, pero sobre todo apuesta por los buenos sentimientos, por dejar un sabor de boca agradable y por el triunfo de lo justo sobre lo injusto. Eso se intuye desde el principio, y se convive con ello aunque haga que el final de la película se vea venir con enorme sencillez.

Sin necesidad de bordar una actuación de Oscar, Tom Wilkinson convierte en imprescindible la película, al menos para quienes admiren su trabajo. Para los demás, es una correcta película de época, accesible y bien llevada, contenida en sus 104 minutos y bien rodada por Asante, sin artificios y confiando en que lo que aparece en la pantalla es exactamente lo que necesita la historia para fluir con naturalidad. Hay quizá algún desajuste de montaje, por alguna escena que se echa en falta y que podría haber complementado lo que sí se ve, pero en general Asante maneja bastante bien el ritmo de la película, respondiendo cada vez que amenaza con caer con un instante que haga levantar el vuelo en el plano emocional. Belle funciona. Sin alardes, sin especial maestría, pero funciona. Y puestos a rebuscar detalles que pasen más inadvertidos, atención al papel de Sarah Gadon, la joven blanca y preciosa que asiste atónita pero ingenua a los reveses que le da el funcionamiento de la sociedad.

viernes, agosto 22, 2014

'Locke', brillante minimalismo

Se está poniendo de moda llevar el cine a escenarios reducidos y limitando al mínimo el número de actores. Minimalismo absoluto. Sin ser un thriller, Locke está más cerca de Buried (Enterrado) que de Gravity, pero apuesta por armas similares. Y sale triunfante porque mantiene la tensión narrativa con una elección en apariencia sencilla pero brillante: la de dejar la contención para todo lo que aparece en pantalla y dejar el alboroto para todo lo que queda fuera de plano. Por eso es tan vital la elección de Tom Hardy como protagonista absoluto de la película, porque realiza un espléndido trabajo en el que, efectivamente, destaca por su contención por ser el personaje que ocupa el espacio único de la película, un coche que, desde dentro o desde fuera, no llegamos a abandonar nunca. La que firma Steven Knight como director y guionista es una atractiva metáfora, la de encerrar toda una vida en un vehículo de espacio tan reducido y la de mostrar su devenir según se suceden los kilómetros y los minutos.

Locke es una de esas películas en las que es mejor no conocer ningún detalle sobre el argumento, más allá de saber que es la historia de un hombre que decide emprender un viaje en coche y tiene que cerrar detalles del pasado reciente y de lo que considera su presente por medio de llamadas telefónicas que realiza mientras conduce. Sólo con eso, Locke se disfruta más que sabiendo de antemano quién es, a qué se dedica y por qué está al volante. Si el cineasta ha planteado conocer poco a poco los pequeños detalles es absurdo plantearlos desde una sinopsis o una crítica. Y es que esos detalles son los que que van conformando la personalidad de Ivan Locke, el personaje central, y las de las personas con las que habla. A pesar de las limitaciones formales que hay en el planteamiento, cuando termina la película se puede trazar un perfil psicológico muy detallado de cada uno de los personajes, y eso sólo quiere decir que Locke es un filme construido con mucho más mimo del que podría parecer.

Y todo descansa en Tom Hardy. Es un actor versátil, probablemente algo infravalorado y demasiado ligado a grandes producciones de Hollywood, sobre todo por su relación con Christopher Nolan. Pero viendo Locke es fácil reconocerle méritos mucho mayores. Para sostener una película así hace falta como poco una gran cantidad de carisma, y Hardy lo tiene. Pero teniendo en cuenta el enorme contenido emocional que tiene la película es aún más digno de elogio la opción escogida por él mismo y por el director. Ivan no es un personaje irresponsable, alocado o desquiciado. Es un hombre normal que está viviendo una noche anormal producto de una decisión extraordinaria. Y todo eso, más que verse, se siente. Por eso es tan fácil entender lo que hace, o las decisiones y acciones que van tomando los personajes que están a su alrededor aunque nunca lleguemos a verles en pantalla (lo que, de nuevo, plantea un debate sobre la interpretación y el doblaje, ya que muchos espectadores jamás captarán el trabajo de la práctica totalidad de los actores de esta película).

Todo lo que sucede en Locke está dentro de un coche, pero curiosamente todo tiene relación con algo que está fuera de él. Eso es lo complicado de la película, que el escenario no tiene nada que ver con la historia. Y ese es el gran acierto de Knight a la hora de lograr un desarrollo complejo de un relato en un marco que le es ajeno, todo para trazar un paralelismo entre lo que Ivan ha vivido y lo que le está sucediendo. Y sin que decaiga en ningún momento el interés, porque el final está abierto a diversas expectativas prácticamente hasta que los créditos finales empiezan a aparecer en la pantalla. Locke es una de esas pequeñas rarezas, ésta de origen británico, que se disfrutan por su fondo, por su forma y por ser propuestas diferentes. Pero no se queda en eso. Locke es una película notable, no sólo la de un tío que habla por teléfono dentro de un coche. Forma y fondo. 85 minutos espléndidos.

lunes, agosto 18, 2014

'Una cita para el verano', la lenta despedida de Philip Seymour Hoffman

Que llegue a España con cuatro años de retraso la única película que dirigió Philip Seymour Hoffman, Una cita para el verano, es un pequeño homenaje a un pedazo de actor que la mala vida nos arrebató cuando le quedaban muchos años de cine. Además de colocarse detrás de la cámara, se reserva el papel protagonista, uno mucho más acomplejado, vulnerable y real de lo que nos tenía acostumbrados a ver. Y eso sirve para que su ya inmensa galería de personalidades de ficción sea un poco más grande, un poco más inolvidable. La película, aún realizada con una enorme sensibilidad, es lenta. La decisión es consciente, y se adapta precisamente a la personalidad de los dos personajes protagonistas, pero cuando las luces se encienden da la impresión de que han sido más de 91 minutos, que es lo que realmente dura. Pero es el comienzo de la despedida de Philip Seymour Hoffman, puesto que aún quedan algunas de sus últimas actuaciones en películas por estrenar, y eso hace que los defectos se admitan con mucho más cariño del habitual.

Lo fácil sería vender Una cita para el verano como una película romántica, pero lo es sólo a medias. Es tan románica como cínica y pesimista. Y es que en la pantalla no hay una pareja, sino dos. Por un lado están Clyde (John Ortiz) y Lucy (Daphne Rubin-Vega), un matrimonio en apariencia feliz que intenta emparejar a su amigo Jack (Philip Seymour Hoffman), compañero de trabajo de él en una empresa de limusinas, con Connie (Amy Ryan), que ha empezado a trabajar con ella como asistente. Jack y Connie se van mostrando como personas con fisuras, con miedos, con traumas, pero con ganas de superar todos los problemas. Son la parte optimista del filme. Pero Clyde y Lucy tienen un pasado que afecta a su presente mucho más de lo que les gusta admitir. A pesar de la complejidad que parece revestir a cada uno de estos cuatro personajes principales, es ahí donde la película no termina de fluir. A pesar de que todos los actores hacen un esfuerzo enorme, es difícil establecer la necesaria empatía, salvo en momentos puntuales.

Son esos momentos los que hacen que la lentitud de la película sea menos acusada, pero no acaban de borrarla, sobre todo porque al final no termina de verse con claridad qué es lo que pretendía contar la película más allá de ese instante de cuatro vidas condensado en 90 minutos. En realidad, lo que funciona con frescura es el episodio dentro de la película. Funciona el divertido aprendizaje en la piscina, el momento culinario, la sensible escena de cama, alguna de las confesiones, el brindis con la cachimba. Esos momentos son divertidos, sensibles, interesantes y profundos, sobre todo porque los cuatro actores hacen que cada uno de esos instantes crezca. Y ahí, dada la conocida e inmensa capacidad camaleónica de Philip Seymoru Hoffman, quizá haya que aplaudir con más fuerza la brillante sutileza de Amy Ryan. Pero, con todo, falta algo que una todas esas escenas en un conjunto con más fuerza.

A Philip Seymour Hoffman se le ve con ganas de hacer una película agradable y reflexiva, siempre colocando la cámara en lugares donde no interfiera con la acción y dejando que la sensibilidad sea el motor de la acción (en la que hay escenas que no terminan de ayudar al conjunto y parecer faltar otras que cierren un periodo de tiempo tan largo como se muestra, desde el invierno al verano), pero el ritmo no acompaña con decisión. No lastra la película porque los personajes son atractivos. Eso sí, exige un gran esfuerzo para encontrar esos tan necesarios espacios de empatía con los personajes, lo que probablemente hará que algún que otro espectador no conecte con facilidad. Lo que queda seguro es otra magnífica interpretación de Hoffman, brillante precisamente porque evidencia que es cada de dar vida a personajes diametralmente opuestos, y contando además con un inmenso refuerzo en sus compañeros de reparto que él mismo dirige a la perfección. Una lástima que ya no queden muchos más trabajos suyos por descubrir. Una gran lástima.

jueves, agosto 14, 2014

'Guardianes de la galaxia', la espléndida bomba gamberra de Marvel

O era un desastre o era la bomba. Sin término medio, esas parecían ser las expectativas iniciales que despertaba Guardianes de la Galaxia. ¿Y qué ha sido? La bomba. Desternillante, imaginativa, bien rodada, con personajes carismáticos y realizando la necesaria expansión de Marvel hacia el espacio. Lo que ha conseguido James Gunn, además de sorprendente viendo su filmografía, es de un valor incalculable porque ha sabido encontrar un nuevo tono para el cine de Marvel, que sin bajarse de la brillantez (aunque fuera parcial) estaba algo retenido en el corsé que brindó Iron Man primero y Los Vengadores después como extensión. Guardianes de la Galaxia es una especie de Vengadores gamberro pasado por la batidora de la space opera y la comedia directa que se esperaba de Gunn. ¿La mejor película de Marvel? Probablemente no, aunque sobre gustos personales no hay nada que decir, pero sí parece justo calificarla como la más genuinamente divertida y entretenida.

¿Por qué? Porque no para. Desde que se establecen las reglas del juego en la secuencia de créditos iniciales (en aspectos como el humor, la música y el aspecto visual), ya no hay forma de bajarse del descomunal ritmo que Gunn imprime a la película como director y coguionista. Aunque la historia que cuenta es relativamente sencilla y la película elude meterse en charcos que no sepa manejar, lo cierto es que sí tiene una gran dificultad: la enorme cantidad de personajes que incluye, tanto protagonistas como secundarios y también en cuanto a nombres y rostros conocidos. Ese es el verdadero mérito de Guardianes, que nada parece escaso en este impresionante espectáculo de cómic y ciencia ficción, que tiene una medida perfecta (121 minutos) para satisfacer el ansia de diversión que despierta desde su arranque y para mantenerla de cada a una ya anunciada secuela. Y es que Guardianes es una de esas películas que demuestran que el entretenimiento en el cine no tiene por qué ser culpable. Éste es brillante.

Los Guardianes no son los personajes más conocidos del universo Marvel, pero eso no tiene que inquietar ni a los lectores de cómics ni a quienes apenas conocen de la editorial lo que el cine ya ha mostrado. Los personajes están tan bien introducidos que todo lo que hace falta saber está en la misma película. Y están tan bien descritos que es imposible no meterse de lleno en su aventura. Chris Pratt se convierte en una mezcla de Han Solo e Indiana Jones que comanda a un grupo de inadaptados que combinan la agilidad física de Gamorra (Zoe Saldana), la brutalidad de Drax (Dave Bautista) y la absoluta integración de dos personajes digitales terriblemente bien hechos, y no sólo en lo visual, como Groot y Rocket (éste, hallazgo salvaje de la película, exige verla en versión original para disfrutar con la voz de Bradley Cooper). El carácter de los personajes invita a dejar el peso del filme sobre ellos y, aunque es una decisión fácil, Gunn es inteligente y lo hace. Por eso funciona todo tan bien, porque respiran en un universo dibujado casi por completo en el ordenador (eso sí, el 3D es tan prescindible como de costumbre).

Guardianes de la Galaxia enseña el camino para que el blockbuster de Hollywood siga siendo apetecible para públicos de todo tipo, para aquellos que quieran algo más que acción estúpida y chistes groseros, aquellos que aprecien un trabajo de guión antes de recrear explosiones digitales, aquellos que sientan que en el cómic hay material para hacer un cine digno... y hasta para quienes no sepan nada de las viñetas y sólo quieran un par de horas de diversión. Eso es Guardianes de la Galaxia, una gran película de acción, humor y ciencia ficción, con el toque irreverente que se esperaba y con incontables escenas de acción francamente bien hechas, con una imaginería visual muy atractiva (y muy diurna, en contra de lo que suele suceder en estas películas) y musicalmente espléndida con esa mezcla de canciones clásicas y banda sonora épica. Lo que denota que sí es una auténtica película Marvel es el ya habitual cameo de Stan Lee y la escena postcréditos. De ésta, decir que es la más desternillante de todas... si se entiende la broma. Lástima no poder comentarlo más en profundidad porque es la guinda de este tan sabroso como irreverente pastel.

miércoles, agosto 13, 2014

'Mil veces buenas noches', el reto de una vida normal

Viendo Mil veces buenas noches se puede caer en la tentación de pensar que ésta es sólo una película sobre una fotógrafa de guerra, corresponsal en zonas conflictivas, y de su pasión por un tipo de periodismo necesario y muy sacrificado. Se puede caer en la tentación, porque efectivamente esa historia se cuenta en la cinta. Pero lo que realmente cuenta es el reto de vivir una vida normal. ¿Es factible que pueda emocionar tanto la forma en la que una mujer trata de recuperar esa vida normal con su marido y sus dos hijas como el riesgo y el encanto de un trabajo tan apasionante y visceral? Ese es el mérito de la película del noruego Eirk Poppe, la cuarta de su filmografía pero la primera que se estrena en nuestro país, que funde el drama bélico-periodístico con una historia realista pero mucho más cercana, que sabe aprovechar el enorme talento de Juliette Binoche como protagonista pero que también se saca de la manga otras virtudes más inesperadas, entre las que destaca la debutante Lauryn Canny.

Es verdad que a la película le falta algo para culminar la historia, las buenas propuestas y el intenso drama personal que expone, y que el final del filme no termina de llenar tanto como los picos emocionales que hay diseminados a lo largo de su metraje, pero se comprende el intento de cerrar un círculo en la vida de Rebecca, la fotógrafa de guerra a la que da vida Binoche. Y también hay que destacar que no terminan de ser demasiado lógicos los planos más oníricos por los que apuesta Poppe en algunos momentos muy determinados viendo el tono personal que adopta el filme. Pero hasta ahí llegan los elementos criticables de una película intensa, completa y compleja, emocional desde el primer impacto que supone descubrir lo que está sucediendo en la escena con la que arranca, y que plantea, aunque sea con breves pinceladas, diferentes estados personales que afectan a estratos muy diferentes de la vida de la protagonista.

Lo esencial de la película es la forma en la que Rebecca trata de adaptarse a su nueva vida, las secuelas que le deja su trabajo y las sensaciones que le produce renunciar a él para rescatar otra parte de su vida. Ahí es donde Binoche se luce, probablemente como hacía algunos años que no se lucía. También toca el aspecto profesional de un trabajo tan impresionante y peligroso como el que desempeña esta mujer. Es, en ese sentido, todo un canto de amor a la verdad informativa de lugares abandonados a los que tan poco caso se hace en realidad. También se acerca a su realidad dentro del matrimonio, con un muy buen Nikolaj Coster-Waldau (que, por paradójico que parezca, tampoco necesita alejarse mucho de su papel más reconocido, en la televisiva Juego de tronos). Y donde acaba triunfando, por saber cómo explicarlo y dónde colocarlo, es en la relación entre Rebecca y su hija mayor, Steph, interpretada con una enorme sinceridad por Lauryn Canny, que da un enorme contraste emocional a la mirada de Binoche.

De hecho, Mil veces buenas noches acaba convenciendo precisamente por dos excepcionales escenas, picos emocionales indiscutibles de la película, en las que Binoche y Canny confrontan sus miradas. Es en ellas donde se esconde el alma de la cinta, donde se entiende que hay un relato personal e íntimo, sean o no partes ficticias de los retazos autobiográficos que el propio Poppe ha incluido en la historia procedentes de su experiencia como fotoperiodista en los años 80. Siendo Binoche la protagonista, da la impresión de que se ha querido hacer del cartel de la película una especie de recordatorio de su presencia en El paciente inglés, cuando en realidad el cartel original de la cinta (sin Coster-Waldau) es una descripción mucho más acertada. La película, en todo caso, merece algo más que una oportunidad porque encierra un retrato sincero y realizado desde el corazón, de esos que saben cómo impactar y emocionar desde ángulos muy diversos. Y, aunque haya que insistir en ello, ojo a Canny. Sostener la mirada a esta Binoche tiene mérito.

lunes, agosto 11, 2014

'Chef', deliciosa intrascendencia gastronómica

En Chef no hay nada que no nos hayan contado mil y una veces, y que nos lo cuenten en 114 minutos puede ser algo excesivo e intrascendente. Pero, aquí viene lo bueno, hasta ahí llegan los aspectos negativos de Chef, una de esas películas que explotan con inteligencia y categoría el buenrrollismo que todo el mundo necesita de vez en cuando. En ese sentido, es una película deliciosa de ver, y el adjetivo tiene un doble uso en esa frase puesto que el tema de la película se enfoca en la gastronomía, concretamente en la vida de un chef que quiere ser especial en su trabajo y al mismo tiempo feliz en su vida. Como sin conflicto no habría película, al final la trama deriva en una muy clásica pero desenfadada y alegra historia de superación en la que todo el mundo es bueno, todo es divertido y todo acaba saliendo bien. Lo dicho, buen rollo. Pero buen rollo bien hecho.

De una manera o de otra, Jon Favreau es uno de esos tipos que se nota que se lo pasa bien. Lo hace cuando actúa porque transmite carisma y buen rollo, y lo hace cuando dirige. Hasta ahora había destacado más por grandes espectáculos de acción y efectos especiales, como sus dos entregas de Iron Man (la primera y la segunda) o ese bizarro entretenimiento que era Cowboys y aliens, pero con Chef demuestra que también sabe disfrutar con una historia de corte más realista e intrascendente. ¿De qué otra forma se puede interpretar si no es como diversión el reparto que reúne y el resultado que le da? Él mismo al frente, con John Leguizamo... básicamente haciendo de lo que casi siempre hace John Leguizamo. Lo mismo se puede decir de Sofía Vergara. Scarlett Johansson casi agradece este tipo de películas asentadas en la realidad, por pequeño que sea su papel. A Dustin Hoffman siempre es un placer verle. ¿Y Robert Downey Jr.? Nadie se lo ha pasado mejor que él haciendo esta película.

¿Pero de qué va Chef? Muy sencillo. Favreau interpreta a un jefe de cocina de un buen restaurante al que las cosas le van aparentemente bien, pero que se topa con cuatro problemas. El primero, un blogero gastronómico (Oliver Platt) que acude a su restaurante dispuesto a evaluarle sin piedad. El segundo, un jefe (Hoffman) que le recuerda quién paga las facturas. El tercero, su escasa experiencia en el mundo de las redes sociales que le lleva a meterse en algún que otro lío gracias a su recién estrenada cuenta de Twitter. Y el cuarto, un hijo de diez años (Emjay Anthony) para el que apenas tiene tiempo y que tuvo con su ex mujer (Vergara). Por el camino, Favreau abre el apetito con una delicadeza gastronómica que encandila, con una buena música con la que es fácil conectar (sonidos latinos incluidos), juguetea con las propiedades eróticas de la cocina pero sobre todo convierte el trabajo en los fogones como un aprendizaje vital de buenas intenciones.

Chef funciona así como comedia (ojo al diálogo en español de John Leguizamo, que seguramente perderá gracia en la versión doblada) y como relato costumbrista, pero sobre todo es esa bocanada de buen rollo que el cine sabe insuflar mejor que ningún otro arte. Es fácil encontrar en la película momentos divertidos, tiernos y agradecidos, es muy sencillo dejarse arrastrar por la historia, por mucho que en el último tercio dé la sensación de estar siendo alargada en exceso. ¿Y su intrascendencia? Pues es grande, claro, porque ni es una historia rompedora ni es la mejor que se ha rodado nunca, como tampoco va a cambiar la vida de nadie porque ni siquiera lo pretende. Pero dentro de esa categoría de películas intrascendentes, todos sabemos que las hay de dos clases. Por un lado esas de las que nos hemos olvidado antes incluso de que se terminen. Por otro, las que dejan una sonrisa al acabar la proyección y por eso las acabamos recomendando a quien quiera distraerse durante un par de horas. Chef es, indudablemente, de las segundas. Y por eso en estas líneas lo que se está haciendo es recomendarla.

viernes, agosto 08, 2014

'Transformers. La era de la extinción', la glorificación definitiva de la estupidez

Michael Bay. La simple mención de su nombre invita a enconados debates sobre lo que lleva a las pantallas de cine. Para unos, un maestro del cine espectáculo. Para otros, un sobrevaloradísimo director artífice de algunas de las películas más estúpidas (entiéndase esto no como un insulto, no lo es, sino como una descripción de lo que rueda) de los últimos tiempos. Me cuento entre los segundos, así que asumo que las siguientes líneas no serán bien recibidas entre la ingente cantidad de personas que pagan religiosamente una entrada para ver sus películas. Transformers, como saga, es su culmen. No hay películas como éstas en su filmografía que contengan tal cantidad de incongruencias, personajes mal desarrollados y respaldo en una pirotecnia visual hueca y plana. La era de la extinción, cuarta entrega de la franquicia, es, dicho de forma directa, la glorificación definitiva de esa estupidez, una película sin pies ni cabeza, sin interés alguno, lamentable de principio a fin y que ni siquiera ofrece la pizca de entretenimiento que sí podía haber en las anteriores. Simplemente aburre, y lo hace en unos agónicamente lentos 165 minutos, producto de un ego, el de Bay, ya indomable.

El mismo Bay ya ha dicho que no le importa lo que digan los críticos mientras su película gane dinero. Hasta ahí, perfecto, porque ningún crítico tiene la razón absoluta. El arte y la cultura son subjetivos y sin duda habrá gente que disfrute de esta película y de cualquier otra que dirija Michael Bay. Pero la frase se puede volver del revés con facilidad, y a un crítico parecerle absolutamente irrelevante que Transformers. La era de la extinción destroce la taquilla siendo una película tan mediocre. Él tampoco tiene la razón absoluta. La diferencia está en que él sí lo cree. Desde el prisma opuesto, sólo hay una lección que Bay parece haber aprendido desde que se asomó por primera vez a la franquicia Transformer en 2007, y es que en esta cuarta entrega, al fin, algunos de los robots protagonistas, Optimus Prime y Bumblebee aparte, dejan de ser amasijos de metal intercambiables e imposibles de distinguir en la batalla. Por una vez, todo parece algo más claro y menos confuso que de costumbre en las inmotivadas escenas de acción que pueblan el larguísimo metraje de la película. Es la única mejora desde Transformers. En el resto de aspectos, el declive ha sido absoluto y precisamente por esa arrogancia que lleva a Bay a pensar que cada vez lo está haciendo mejor.

No hay otra forma de entender que se acumulen tantas frases absurdas, tantas situaciones inexplicables, tantos personajes planos que se limitan a actuar como les da la gana y sin que eso responda a una personalidad definida en un guión, tantas explosiones y cosas destrozadas sin sentido alguno. Todo es estúpido, desde la necesidad de dejar tantos elementos en suspenso para una quinta película que casi parece una muestra de vaguería para no tener que escribir un par de líneas coherentes en el guión, hasta la presencia de personajes insoportables. Y eso no sólo afecta a los Transformers, sino también y puede que sobre todo a los humanos. Afecta tanto a grandes intérpretes, como un Stanley Tucci que por unos cuantos cheques está empeñado en arruinar todo el prestigio que merece su categoría, como a los más desconocidos, como el joven Jack Reynor, cuyo personaje es insufrible, tópico y directamente absurdo. Eso, por supuesto, sin mencionar la costumbre de Bay de incluir a una bomba sexual femenina bien con poca ropa (hasta se bromea con sus shorts) o con vestimenta ajustada, y en este caso le toca a Nicola Peltz. Ni siquiera el carisma de Mark Wahlberg y la presencia de Kelsey Grammer (que se arruina con unas frases delirantemente tópicas) basta para salvar al reparto.

¿La acción? Es más de lo mismo. O puede que más grande, pero todavía con menos sentido que en las anteriores entregas de la saga. Tiene todo tan poca importancia y tan escasísimo razonamiento, que da igual que los personajes aparezcan y desaparezcan sin motivo, que se peleen unos con otros o que vayan cambiando de alianzas. No importa, no es relevante. Lo único que cuenta en el cine de Bay en general y en Transformers. La era de la extinción en particular es que haya cosas explotando, edificios rompiéndose en mil pedazos, llamas, escombros y personajes puestos sólo para ejercer la función de secundarios cómicos o reclamos sexuales. Ni siquiera los Transformers son fieles a lo que tendrían que ser, aunque eso es algo que viene de atrás, especialmente cuando en la tercera entrega, El lado oscuro de la Luna, Bay y sus guionistas decidieron aniquilar la naturaleza de los Prime. Para cuando aparecen los Dinobots, uno de esos reclamos efectistas de la película que bien podrían ser los Aerialbots, los Protectobots, los Headmasters o cualquier otro grupo nacido en la franquicia, el aburrimiento es tan grande que ya no importa. Y, claro, parece que va a haber una quinta entrega. Que Optimus Prime, el de verdad y no éste, nos coja confesados.

miércoles, agosto 06, 2014

'Viajo sola', atractivo trayecto con un flojo destino

Los toques de originalidad, clase y corrección con los que se va desarrollando Viajo sola son el puno fuerte de este drama italiano, la última película de la realizadora Maria Sole Tognazzi. Pero aunque tiene un planteamiento sugerente (¿por qué todavía tenemos que felicitarnos de que haya papeles como éste para mujeres que pasen de los 25 años?) y un desarrollo atractivo, el destino de ese viaje en que se acaba convirtiendo la película es bastante más flojo. La cinta, en realidad, acaba donde empieza después de algunos giros que esconden mensajes mucho más tradicionalistas que los que cabía esperar por sus ideas iniciales. Y como el final no está a la altura, se corre cierto peligro de que sus virtudes en el relato queden algo escondidas detrás de la postal hotelera que también es, ya que la protagonista es una inspectora de hoteles de lujo, que realiza sus evaluaciones siendo un visitante misterioso y sin revelar su identidad a los responsables de los establecimientos hasta que ha de exponerles su juicio sobre ellos.

El aspecto que deja más frío en Viajo sola es que dedica prácticamente una hora a mostrar el retrato de una mujer fuerte, independiente, firme, segura de sí misma, y las dudas que surgen en su vida, para después acabar en un punto prácticamente idéntico al que supone el arranque de la película. Eso, aún habiendo disfrutado en buena medida del viaje, deja una sensación final un tanto escasa, como si todo lo acontecido no tuviera demasiado valor, como si los retos personales que afronta esa mujer tan individualista o la forma en la que obtiene el cariño de los suyos (con sus sobrinas, con su ex pareja, con su hermana o con un desconocido) no tuvieran una importancia tan decisiva en este trayecto. Y sorprende que las conclusiones sean tan conservadoras, poniendo incluso el caramelo en la boca del espectador en la escena final en el aeropuerto.

Con todo, el relato es agradable en buena medida, divertido cuando ha de serlo, dramático cuando corresponde, y atractivo casi siempre en esa primera hora. Luego es verdad que se aprecian más algunas flaquezas del guión y personajes y momentos que no terminan de encajar en la historia (por atractivos que sean por sí solos los momentos en los que una joven pareja es ignorada en uno de los hoteles de cinco estrellas que evalúa la protagonista, ¿tiene algún sentido real dentro de la película?), pero el viaje se sigue disfrutando gracias a la carismática interpretación de Margherita Buy, indudable musa del cine italiano con sus quince nominaciones a los David Di Donatello y nada menos que seis premios, el último de ellos precisamente por Viajo sola. En realidad, ella encabeza con un enorme estilo y una gran sensibilidad un reparto acertado que añade a toda la película la credibilidad que necesita.

Viajo sola acaba siendo una bonita postal hotelera y un convincente retrato femenino, pero no termina de ir más allá. Tognazzi se conforma con volver a dejarlo todo prácticamente en el sitio inicial, sin que la vivencia haya transformado notablemente el panorama cuando unos muy agradecidos 85 minutos llegan a su fin. Puede que haya momentos en los que la cinta busca una complicidad que no termina de generarse o que realmente no haya sabido cómo rematar la historia, pero es verdad que falta algo. No más metraje, porque ahí está la cosa bien ajustada, pero sí algo más de fuerza. La corrección basta para que la película sea creíble y funcione, pero no para que despegue y se convierta en algo más. Con todo, hay momentos de gran belleza y mucha sensibilidad, que son los que, junto al reparto, hacen que la película sí consiga sostenerse con bastante solvencia.

lunes, agosto 04, 2014

'Cómo entrenar a tu dragón 2', así se entretiene al público

Han pasado ya cuatro años desde que se estrenó Cómo entrenar a tu dragón y sigue siendo una de las mejores películas de la división animada de Dreamworks. Una de las razones es que fue una de las primeras en demostrar que la productora había entendido que competir con Disney y Pixar en su terreno era absurdo y que había que crear un universo propio. Es lo que hizo con Shrek, pero lo que olvidó con otras películas posteriores, algunas de ellas francamente fallidas. Como fue un éxito, la secuela era inevitable. Y esta segunda entrega cumple sobradamente con las expectativas, se compra con una facilidad inmensa porque en la pantalla está todo aquello que hizo de la primera una película entretenida, aventurera, original y accesible a todo tipo de públicos, además de introducir elementos novedosos que dan una identidad propia a esta continuación. Así se entretiene al público, sobre todo porque la mayor parte del que llegue a esta película lo hará por el grato recuerdo que dejó la cinta original. Y sí, así se hace una secuela.

Los cambios esenciales pasan por el escenario que plantea Cómo entrenar a tu dragón 2, que acontece cinco años después. Es decir, Hipo es ya un adulto (aunque con aspecto casi de adolescente, y más comparado con los pesos pesados de su pueblo) y la relación de estos singulares vikingos con los dragones es ya de absoluta y feliz convivencia. La trama evoluciona a partir de ese escenario, recogiendo temas de identidad, de familia y de liderazgo que dan el necesario poso moral que cualquier película de dibujos animados se siente obligada a dejar para los más pequeños, pero sin despreciar el sentido aventurero y el gran espectáculo visual igualmente necesario cuando se tiene, por un lado, a un dragón como coprotagonista y, por otro, a tantas de estas criaturas en pantalla en los planos más apabullantes del filme. En ese sentido y para llegar al sobresaliente, sólo se echa en falta un plano abierto en el clímax que rematara la espectacularidad.

Dean DeBlois, director y guionista de ambas películas (la primera codirigida con Chris Sanders), consigue mantener la fórmula y hacerla tan entretenida como hace cuatro años, algo que parece fácil pero que tantas películas demuestran que no lo es. Puede que la primera entrega esté un peldaño por encima de ésta, entre otras cosas por el elevado componente de sorpresa agradable que tuvo, pero, además de lo mencionado, hay dos añadidos notables en esta continuación que compensan la frescura que se pierde. Se trata de dos personajes vinculados directamente con los dragones, el primero de ellos con un aspecto visual decididamente rompedor para una película de este estilo (y al que es mejor descubrir en la película y no en trailers, fotos, sinopsis o críticas que revienten la película) y el segundo como un villano muy atractivo. Y por supuesto, destacan los dragones. Muchos, muy diferentes y, por supuesto, más grandes para que haya una escena climática bestial que incluso precede al final de la película.

Al decir que Cómo entrenar a tu dragón 2 es una secuela modélica se tiene que dar por supuesto que, además de un respeto a la fórmula original, hay también capacidad de sorpresa. Es decir, no es la misma película, no es una continuación innecesaria como se suele decir actualmente, o un burdo intento de aprovechar el tirón de la anterior. Así se hace animación, así se crean franquicias y así se hace cine palomitero de verano para los más pequeños y para los no tan pequeños. Dreamworks sigue dando pasos muy sólidos en la construcción de un universo propio y singular, y eso se agradece muchísimo. Porque para ver Disney ya está Disney. Y una cuestión más, la de casi siempre que hay una película de dibujos animados por medio. Cate Blanchett, Gerard Butler, Jonah Hill o Djimon Hounsou están en el reparto original. ¿Es la misma película cuando se sustituye a esta gente por actores de doblaje? Que cada espectador elija cómo quiere disfrutar de la espléndida aventura que supone Cómo entrenar a tu dragón 2.

viernes, agosto 01, 2014

'Begin Again', una película de la que enamorarse

Hay películas que no se pueden juzgar, que no se pueden quedar en un "me ha gustado", "me ha entretenido" o "me ha hecho pasar un buen rato". Hay películas en las que no basta con ver sus méritos cinematográficos, los derivados del trabajo de un grupo de profesionales de la narración audiovisual que han volcado meses de trabajo en un producto de unas dos horas que narra una historia de ficción. Hay películas, en definitiva, que te incitan a enamorarte de ellas. Begin Again es una de ellas. Quien esto suscribe cayó perdidamente enamorado de Begin Again ya en la primera secuencia, como un flechazo, pero también sintió ese amor llegando poco a poco, como ese que va madurando con alguien a quien ya conoces pero de quien cada día que pasa vas descubriendo algo nuevo. Decidme que no es algo maravilloso encontrar una película que despierte ese sentimiento, que te haga llorar y reír, que te enternezca que te ofrezca tantos puntos de vida, que respire autenticidad por los cuatro costados y que te haga ver lo bonito que es sentir ilusiones, tener sueños, vivir la música a través de las relaciones personales, compartir cosas con la gente. En una palabra, enamorarte.

En Begin Again todo está pensado para enamorar. La música, los personajes, la maravillosa forma en que se va tejiendo más que una historia un pedazo de vida, el delicado manejo del tiempo del director John Carney, el hecho de saltarse las normas de lo que cabía esperar de una película de estas características. Es una película que enamora, pero no es una comedia romántica. Y, sin embargo, te ríes y te emocionas con ella. Sientes con ella. Sientes la música en primer lugar, porque esta es la historia del momento en el que se cruzan las vidas de una escritora de canciones deprimida (Keira Knightley) y un productor musical cuya carrera está en el peor momento imaginable (Mark Ruffalo), de cómo entre ambos van construyendo un disco diferente por hermoso, por pegadizo, porque es imposible no sumarse a las canciones con todos los integrantes del grupo y porque esconde el mensaje más bonito de toda la película, el que obliga a compartir vivencias para sentirlas como algo único.

Hay en el tercio final una escena de una fiesta en la que los presentes juegan a intentar no bailar con una terriblemente pegadiza canción que hace sonar uno de ellos. Obviamente, es imposible resistirse. Lo mismo sucede con la película. Se puede pensar que hay algunos elementos tópicos, que los hay, pero es aplaudible que Carney los maneja de una forma diferente a la habitual. No es, hay que insistir en ello, una película tópica, y eso es algo digno de elogio porque había caminos sencillos para que lo fuera (empezando por la forma en que acaban muchas de las tramas). Pero opta por el complicado, por el de madurar ese cariño que despierta en el espectador a través de lo más difícil de construir en cualquier obra de ficción, los personajes. Keira Knightley nunca ha sido santo de mi devoción y, sí, el suyo aquí es un personaje del que cualquiera se podría enamorar. Mark Ruffalo es un actor sensacional, que aborda ese pedazo de vida que recoge la película con una naturalidad soberbia. Y Hailee Steinfeld es una chiquilla que, cuando tiene la oportunidad, no deja de crecer. Así con todo el reparto, con sus personajes, con sus vidas y con sus emociones.

Por eso, es brutal la forma en la que la protagonista usa las canciones para explicar cómo se siente, desde la primera canción que suena en la película, devastadora, hasta la que utiliza para hablar por teléfono con su novio, pasando por el significado de la que éste le hace escuchar a ella. Es hermoso ver a la hija del otro protagonista crecer como persona. Es increíble ese momento con el que arranca la película contado desde tres puntos de vista diferentes (que levante la mano quien pueda resistirse a la genialidad que esconde la forma en que lo ve el personaje de Ruffalo, el instante cinematográficamente más bonito de toda la cinta). Es maravilloso sentir la emoción que desprende cada canción que suena en el filme. Y por todo eso es tan inspirador el final de Begin Again, que transcurre a lo largo de los títulos de crédito y que es no sólo una metáfora preciosa de todo lo que ha venido contando la película sino también un grito de guerra para quien lo quiera escuchar. Claro que, bien pensando, todo lo anterior lo está diciendo una persona enamorada de la película. Quizá no sea objetivo. ¿Pero hace falta serlo cuando uno se enamora de una forma tan sincera?