lunes, agosto 08, 2011

'Templario': la violencia como única baza

En los últimos tiempos, la violencia se ha convertido por sí sola en baza para defender una película. La novedad de esos filmes, se dice antes de su estreno, es lo explícito de esa violencia. Mucha y muy gráfica. Son demasiados los filmes que se han vendido así en los últimos años. Y quizá la explicación está en que saben que es lo mejor que pueden ofrecer. La violencia, en todo caso, es un elemento peligroso para el cine. Si se cuenta con un público receptivo, puede funcionar. Pero si el público muestra hartazgo de esta vía para convencer, el producto es cuestión queda como algo plano, vacío, artificial. Eso es lo que le sucede a Templario. Falla en lo esencial, en el ritmo, en el guión, en el montaje. En el cine, en definitiva. Y sólo le queda la violencia para tratar de alcanzar al público. Eso y un reparto con nombres y rostros conocidos (que no especialmente famosos, aquí no hay estrellas de Hollywood) que dan cierto lustre pero que no consiguen rescatar la película del aburrimiento que produce durante sus dos largas horas.

Inglaterra, siglo XIII. Un templario y un grupo muy diverso de personas defienden el castillo de Rochester de los ataques del Rey Juan, que ha decidido recuperar el país en el campo de batalla tras ceder buena parte de sus derechos a los nobles ingleses. La lección de historia se acaba ahí, puesto que lo que cuenta Templario no es más que ese episodio de asedio. Todo lo demás es accesorio y superfluo para el director, el completamente desconocido Jonathan English (que ha dirigido dos películas de, en apariencia, ínfima calidad y que aquí actúa también como guionista), que se juega todas sus bazas en la brutalidad, en la violencia, en las muertes en pantalla, en los combates salvajes y en la sangre. Son constantes las escenas que encajan en ese perfil, lo que al final produce la sensación de que todo es repetitivo. Lo único que cambia es el final de cada escena, pero el desarrollo de cada una de ellas es prácticamente intercambiable con la siguiente o con la anterior. Mal síntoma.

Y es malo porque la historia no da para mucho más. No hay muchos rasgos narrativos que permitan buscar otro apoyo en la película. Es la violencia y nada más. Así se desaprovecha un elenco que, a priori, parece interesante pero que sabe a poco. Paul Giamatti es un gran actor, pero verle tan sobreactuado hace pensar si su momento de gloria pasó sin que, en realidad, se le hiciera entonces la justicia que merecía. Tiene trabajo de aquí en adelante, porque tendrá que demostrar que sigue siendo ese intérprete que tan bien era capaz de retratar al hombre corriente de Entre copas, La joven del agua o Cinderrella Man. Se amoldan mejor a este mundo histórico Brian Cox y Derek Jacobi, que configuran los dos personajes más creíbles y menos bidimensionales de entre todos los que aparecen en pantalla. No acaban de tener un final adecuado, aunque eso no es culpa suya y sí del director, pero son los que más convencen, muy por encima del protagonista, James Purefoy (tan estático en sus gestos faciales como en Solomon Kane), y de Kate Mara.

English ofrece una realización casi televisiva, en el sentido más peyorativo que se le pueda dar a ese término y recordando los tiempos en los que la pequeña pantalla no podía aspirar al realismo que emanaba del cine. Eso lo mezcla con una cámara tan nerviosa como presta a verse salpicada de sangre. Es imposible seguir la acción con un mínimo de nitidez, lo que, unido al elevado grado de salvajismo, coloca al espectador en la duda de si prestar atención o, simplemente, esperar que las escenas acaben para ver su resultado. Por desgracias, tampoco es que eso suponga un gran ejercicio intelectual, porque el guión es previsible en exceso. No hay ningún personaje que se escape al destino que prácticamente cualquier espectador puede intuir para él. No hay ninguna relación entre ellos que escape al más puro cliché, aunque por momentos hay ciertos elementos de interés entre el templario y el escudero o entre el rey y el noble que se enfrentan en este conflicto histórico. La historia de amor, tan inevitable como olvidable.

Templario busca una senda que ya ha seguido muy recientemente el cine de romanos, más con Centurión que con La legión del águila, y que con mucha mejor fortuna emprendieron grandes realizadores como Ridley Scott en Gladiator o Mel Gibson en Braveheart. Esos son los modelos de Templario, pero no hace falta decir que se queda a años luz de sus logros. No es tampoco de mucha ayuda una excesiva duración (120 minutos), que se alcanza gracias al único argumento que quiere explotar la película: escenas de violencia una detrás de otra. Y como sólo en eso está puesto el énfasis, las escenas más pausadas, las que tendrían que aportar interés y emoción a la película, las que podrían elevar la categoría de los instantes más violentos, se quedan en rupturas continuas del ritmo del filme. Pelea, sangre, muerte y mutilación hay mucha. Historia, muy poca. Y actuaciones sólo en algún que otro momento de la película. La violencia es su única baza, y así es difícil enganchar a muchos espectadores.

jueves, julio 28, 2011

Espléndida 'Capitán América'

Espléndida, sencillamente espléndida. Capitán América. El primer vengador es, por dejarlo claro desde el principio, la mejor película de superhéroes de este 2011. Es una magnífica pieza de aventuras de época, situada en la Segunda Guerra Mundial. Tiene un protagonista carismático (y aquí hay sorpresa, pues en Chris Evans residían muchas de las dudas que despertaba este filme), un villano magnífico, unos personajes secundarios bien desarrollados y muy bien interpretados, un diseño de producción espectacular, un ritmo alto, un más que agradecido (y asombroso por venir de donde viene, del propio Hollywood) sentido de la autoparodia, un magnífico clímax y un estilo adecuado a lo que tiene que ser una gran película de cómic. Lo tiene todo. Y es, al mismo nivel del primer Iron Man, la mejor película que ha deparado este Universo Marvel de cine que desembocará el próximo año en la esperadísima Los Vengadores. Capitán América es una gozada en la que es difícil, francamente difícil, encontrar algún pero.

Cuando se anunció que Joe Johnston iba a dirigir Capitán América, saltaron las alarmas. Con sólo ocho títulos en más de 20 años de carrera como director, venía de firmar su peor película y uno de los peores inventos en años del cine americano, El hombre lobo, un desbarajuste en toda regla que, insisto, hacía temer lo peor. Pero había un precedente positivo al que agarrarse: Rocketeer. Tan denostada a veces como desconocida en general, aquella era una buena adaptación de cómic, sencilla y amena, entretenida. Y con el enemigo nazi de fondo. Puede parecer una tontería, pero sin esa película en su filmografía es posible que Capitán América hubiera sido diferente. Que el papel protagonista recayera en Chris Evans tampoco disparó las buenas expectativas. Había creado un un aceptable Johnny Storm, la Antorcha Humana, en las malas películas de Los 4 Fantásticos, pero el tono burlón de aquel está en las antípodas de lo que debía ser Steve Rogers, el Capitán América. Para sorpresa de muchos, son precisamente Johnston y Evans quienes se convierten en la base de una espléndida película.

Johnston acierta en todo lo que aparentemente depende de él. En el tono de la película, en los encuadres y en los movimientos de cámara, en el montaje, en la dirección de actores. Todo es lo que tiene que ser en un filme así. Todo encaja y funciona con una precisión admirable a lo largo de los 124 minutos de metraje, nada chirría, absolutamente nada, todo es tan clásico como debe de ser y tan moderno como lo requiere alguna que otra escena. Hay acción contemporánea, pero que aparece fluida y natural viéndose en el frente de la Segunda Guerra Mundial. Y Evans demuestra desde el primer momento que afronta un papel totalmente diferente al de la Antorcha Humana y hace suyo al Capitán América en todo el filme, desde las primeras escenas en las que se muestra como un enclenque Steve Rogers hasta las finales en las que el heroísmo del Capitán América se apodera de la pantalla con una sencillez envidiable. Y eso parece fácil sobre el papel, pero si adaptar un cómic ofrece a veces tan pobres resultados, o al menos tan previsibles o cuadriculados, será que no es tan sencillo como parece.

Si Johnston y Evans son la base, el envoltorio es de lujo. En todo. El diseño de producción es envidiable, tanto en las escenas del Nueva York de los años 40 como en las escenas de guerra, mezcla casi perfecta del toque clásico de la Segunda Guerra Mundial con las pinceladas futuristas que requiere una película de este tipo. El equilibrio en ese sentido es magnífico, nada desentona. Es un enorme acierto haber convertido Capitán América en una película de época, era lo necesario para contar el origen del héroe y el resultado no podría ser mejor, aderezado por la formidable música de un Alan Silvestri que disfruta y hace disfrutar. Y, por supuesto, es magnífico el encaje de esta película en el Universo Marvel cinematográfico, con claras referencias a las películas de Iron Man y Thor, y el siempre formidable cameo del creador de este mundo en el cómic, el gran Stan Lee, un cameo tan divertido como siempre. Hablando del Universo Marvel, si en todas las películas anteriores era imprescindible aguantar hasta el final de los títulos de crédito para ver la última escena de la película, en ésta es quizá todavía más importante, pues es la última antes de Los Vengadores, de Joss Whedon.

Qué decir del formidable reparto de la película. Tommy Lee Jones, Hugo Weaving, Stanley Tucci, Toby Jones... Todos contribuyen a elevar un peldaño el nivel de la cinta, porque todos ellos, en consonancia con Chris Evans, se creen sus papeles. Da igual que se presten al cliché, como el Coronel Chester Phillips de Tommy Lee Jones. O que ofrezcan grandes posibilidades de histrionismo, como el de Craneo Rojo (formidable diseño y maquillaje) de Hugo Weaving. Todo funciona, todo está controlado, todo aparece en su justa medida. Incluso la bien calibrada, aunque inevitable, historia de amor, que se inicia de forma inocente y casi desapercibida y que finaliza con emotividad. Hayley Atwell también encaja en esa cada vez más habitual figura de chica dulce y mujer dura que tiene que aparecer en el cine de acción contemporáneo. Para los fans del cómic, hay muchísimos detalles en los que fijarse, pero la inclusión de Dum Dum Dugan con el rostro de Neal McDonough es, seguramente, uno de los más interesantes, sin olvidar la presencia de Bucky Barnes como compañero de fatigas de Steve Rogers.

El nombre del personaje que da título a la película intimida, eso no se puede negar, y llevará a muchos a esperar el filme como si fuera un producto patriotero y propagandístico. Quienes esperen ver eso, se van a llevar una sorpresa tan grande como grata. No sólo no es un panfleto, sino que la película sabe reírse de sí misma y de la propia sociedad estadounidense, de su patriotismo desmedido, sin ridiculizar nada y sin tomarse más en serio de lo que debe. Capitán América encaja justo donde debe, todo lo que aparece en pantalla obedece a una necesidad argumental o visual, sin que la una entorpezca a la otra en ningún momento, ni siquiera con algún que otro plano forzado para la conversión de la película en 3D. Todo funciona, muchísimas cosas brillan, convirtiéndose en un gran homenaje al serial de los años 30 y a quienes trataron de rescatar su espíritu en las últimas décadas (y no sólo no es descabellado sino que se antoja obligatorio acordarse de las películas de Indiana Jones de Steven Spielberg y George Lucas, por ese tono de aventura desenfadada y prodigiosamente entretenida y por los nazis como enemigos del héroe).

Si tienes formidables piezas de acción, un respeto evidente por el original del cómic, un guión competente y actores profesionales, lo normal es que salga un producto tan entretenido como lo es Capitán América. Termina la proyección y la verdad es que no se me ocurre nada que me sobre, nada que me falte, ningún personaje que visualice con la cara de otro actor. Nada. Todo es genial, todo me ha hecho disfrutar como un niño pequeño, desde el misterioso prólogo hasta el emocionante final, desde las escenas de personajes (nada desdeñables) a las de acción (formidablemente bien ejecutadas), desde el toque musical al dramático. Una auténtica gozada, un modelo a seguir para futuras adaptaciones de cómic que se muevan en parámetros similares a los del Capitán América del cómic. ¿Quién dice que no se puede hacer buenas películas de superhéroes por caminos diferentes a los oscuros y prodigiosos designios de Christopher Nolan? Capitán América enseña el camino para otros héroes, porque no sólo de Batman y su oscuridad vive el cine de cómic. Y así da gusto.

martes, julio 26, 2011

'Green Lantern' sabe a poco

Para adaptar un cómic de superhéroes, parece haber tres caminos claramente establecidos. Por un lado, el adulto, el rompedor, el que comenzaron a esbozar Brian Singer y Sam Raimi con sus trilogías de X-Men y Spider-Man y perfeccionó Christopher Nolan con la suya sobre Batman. Por otro, el cómico, el paródico, el poco serio, el que malinterpretó Joel Schumacher con sus dos entregas sobre el Caballero Oscuro (usar esa denominación para referirse a esas películas casi parece un chiste) y el que parece tener más cabida en las aproximaciones al superhéroe que no proceden del cómic, como Hancock. Y, finalmente, el camino más fácil, el trillado, el previsible, el tópico, el de la corrección más absoluta sin nada que cambie el rumbo. Ahí, en esa tercera línea pero con ciertos toques de la segunda, encaja Green Lantern. Y es una pena porque su universo ofrecía inmesas posibilidades de un deleite visual incomparable, y hasta ese es un aspecto que sabe a poco. Como la película en sí misma. Entretenida, sí, con algunos detalles interesantes, desde luego. Pero sabe a poco.

El error de partida de Green Lantern es el que comete Hollywood en demasiadas de sus películas. Su guión es tan simple que asombra que haya salido de cuatro mentes. Asombra aún más si uno se da cuenta de que cae en todos los tópicos posibles. El noble héroe con una tragedia en su pasado que supera sus problemas para slavar el mundo, sus compañeros que dudan de sus posibilidades pero que acabarán reconociendo los méritos del protagonista, la chica, siempre la chica que apoyará al héroe y le inspirará en los momentos más difíciles, y, por supuesto, un villano aparentemente imbatible pero que caerá derrotado en un más o menos espectacular clímax final. Hay docenas de películas cortadas por el mismo patrón y Green Lantern es, indudablemente, una de ellas. Tanto hay que ajustarse a ese patrón que a veces se olvida el referente del cómic. Hal Jordan, en las viñetas, no es el Hal Jordan que interpreta Ryan Reynolds durante los dos primeros tercios de la película. A falta de secundarios cómicos, es en Reynolds donde hay que encontrar los chistes, mucho más moderados eso sí que en títulos parecidos.

El del final sí es Hal Jordan. Es ahí donde se esconden, si obviamos sus defectos, los principales logros de la película. Y es que es un producto entretenido, eso es innegable. Su clímax final es lo que tendría que ser, sólo que carece, en buena medida, de la espectacularidad que uno espera en este tipo de producciones. A Thor le sucedía algo parecido, pero la película de Kenneth Branagh echaba el resto en un arranque magnífico. Aquí hay un tramo equivalente mediada la proeycción, cuando Hal Jordan llega al planeta Oa, donde le enseñarán a utilizar su anillo verde de poder (escasísima presencia de Kilowog y Tomar-Re, dos clásicos Green Lanterns a los que no les sienta demasiado bien su reciclaje digital). Y ese tramo es también notable. Sin tener un diseño de producción que quite el aliento, los planos de este planeta son interesantes. Y es allí donde se cuece el plato fuerte (y desperdiciado... con voluntad de desperdiciarlo por ahora; aguantad unos momentos los títulos de crédito finales y veréis por qué) de la película: Mark Strong en el papel de Sinestro. Su cara a cara con Hal Jordan es lo mejor de la película, una buena escena de personajes, unos diálogos interesantes y un notable festival de efectos especiales.

Lástima que el resto del andamiaje de Green Lantern no raye a la misma altura, porque en esos dos instantes (en el clímax final si superamos la manía de simplificar tanto los duelos definitivos que el malo imbatible no parece ni tan malo ni tan imbatible; es un reciclaje mejorado del de Los 4 Fantásticos y Silver Surfer, pero está lejos de la destrucción apuntada en Transformers 3) apuntan que la cinta podría haber dado un paso adelante que finalmente no da. Es curioso que la mayoría de películas de superhéroes son superadas por sus secuelas. La misma sensación ofrecerá, seguro, Green Lantern 2. Narrar el origen del personaje puede ser un peaje necesario, tal y como está montada la industria del entretenimiento, pero lastra demasiado la mayoría de estos títulos. Blake Lively se confirma como uno de los rostros y cuerpos más bellos del cine, pero más allá de cumplir con el cliché (curiosamente, el personaje del cómic se hizo a imagen y semejanza de Elizabeth Taylor) su papel no da para mucho más. La opinión sobre Peter Sarsgaard irá en gustos. Para algunos será lo mejor de la película. Para otros, un remedo del personaje de Jeffrey Jones en Howard. Un nuevo héroe (y sólo citar esa película ya lo dice todo).

Martin Campbell es un director inteligente, que suele dominar con pericia escenarios de aventura y acción. Lo hizo con sus James Bond o con La máscara del Zorro. Quizá el envoltorio de ciencia ficción le venga un poco grande, pero sin duda ofrece mejores resultados que otros directores de más renombre (sí, aunque no sea un cómic, estoy pensando en Michael Bay y Transformers). El 3D no es molesto y no resta brillo a las imágenes ni a los efectos especiales, aunque se antoja un poco frívolo en esta historia, como en casi todas las películas en las que se aplica esta moderna (¿y pasajera?) técnica que, eso sí, permitirá aumentar la recaudación. Green Lantern podría haber dado más de sí y es casi una certeza que lo haría en caso de haber secuela. Pero para comprobar con toda certeza que sabe a poco no hay más que ver del tirón las dos películas de dibujos animados que ha hecho Warner recientemente sobre el personaje, Green Lantern. Primer vuelo y Green Lantern. Caballeros Esmeralda. Ahí se esconde el verdadero Green Lantern. El que la película de acción real sólo esboza en algunos momentos en esta entretenida pero escasa aproximación.

jueves, julio 21, 2011

'Cars 2'. Pixar y Lasseter son humanos

Pixar y John Lasseter son humanos, y como tales no cuentan con el don de la infalibilidad. Es decir, que no todas sus películas pueden ser obras maestras llenas de genialidad. Nos han malacostumbrado hasta el punto de que, quienes habíamos visto en Cars la más débil de sus películas (¿tan lejos está ya el año 2006 en que se estrenó?), nos habíamos olvidado de ver el logo de Pixar en algo que no fuera sencillamente extraordinario. Cars no era, ni mucho menos, extraordinaria. De hecho, siempre se ha visto como la película de Pixar pensada para vender juguetes, algo que avalan las cifras (tanto de recaudación de la película como de ingresos por merchandising hecho a imagen y semejanza de sus personajes). Cars 2 ahonda en esa sensación, pero con algunos errores que hacen todavía más difícil de ver desde la perspectiva cinéfila a la que Pixar nos empujó con maravillas como Wall·E, Up, Ratatouille o la trilogía de Toy Story. Son humanos, qué le vamos a hacer. No queda sino esperar a la próxima película.

Algo tendrá Cars si gusta tanto a los niños como para hacer a Rayo McQueen su héroe y el juguete que quieren que sus padres les compren. Pero desde la perspectiva de un adulto es difícil encontrarlo. Al menos no con la misma facilidad con la que Pixar ofrece deleite en la mayoría de sus películas. Y eso que esta secuela no empieza mal, con una entretenida secuencia de espías. Ahí es donde el espectador se encuentra con el primer reto: seguir creyéndose este mundo de coches humanizados en el que no hay personas. Tengo que reconocer que a mí esa tarea se me hizo harto complicada, más aún que en la primera parte. No terminan de llegarme estos personajes en estas circunstancias. Las carreras de la primera entrega salvaban medianamente la función, porque participar en una carrera es, al fin y al cabo, lo que se espera de un coche de carreras. Para la segunda entrega, hay más carreras, a lo largo del mundo y con otro tipo de coches (el rival de Rayo McQueen es un fórmula 1... que habla con acento italiano; vaya, como en Transformers 3...), pero la historia, alejada de esos avatares, minimiza por completo su importancia.

Y como las carreras ya no son lo importante, Rayo McQueen tampoco es el actor principal de la historia. No parece el mejor de los movimientos para esta secuela, pero darle el protagonismo a Mater, la grúa, es la decisión que adoptan Lasseter y Brad Lewis como directores y responsables del argumento de la película. Eso aumenta el tan temido nivel de humor fácil y rápido, hasta el punto de que los chistes y los toques de humor, tan hábilmente introducidos en otras películas de Pixar, aquí son continuos, nada sutiles, gruesos a veces. Tan pendiente estaban sus autores de esto, que no se dieron cuenta de que la película es harto predecible y, sobre todo, increíblemente tópica. Eso duele más si tenemos en cuenta la habilidad de Pixar para escapar de los tópicos y los clichés, para convertir en protagonistas de sus títulos a los más inverosímiles personajes, desde un anciano hasta un robot que no sabe hablar. Si en Cars los estereotipos eran ya muy marcados, en Cars 2 esa sensación se duplica.

Ni siquiera el habitualmente muy estilulante Michael Giacchino (que había dado un toque brillante a la infumable Speed Racer, otra película con los coches en primer término) termina de encontrar en la banda sonora el punto de genialidad que ya ha dado a otras películas de Pixar. Sí es cierto que la animación es tan soberbia como cabe esperar de esta casa, difícil decir si mejor o peor que en los títulos anteriores o incluso en el primer Cars, pero se pone al servicio de una historia que no convence en ningún momento y que es rutinaria. Como decía, la apariencia de ser una película pensada para vender juguetes (qué ironía, siendo los juguetes los protagonistas de una trilogía de altísimo valor cinematográfico y firmada por Pixar), su afán de ser una pieza más del rentable mundo del merchandising y sus ganchos fáciles (llamar Fernando Alonso a uno de los coches que no hace más que un cameo o colocar de nuevo a Antonio Lobato, la voz de la Fórmula 1 en España, como uno de los comentaristas de las carreras) hacen que su evaluación como película sea compleja. ¿Entretiene? Pues sí, probablemente sí. Pero, como la primera entrega de la saga, quizá bastante más en el caso de esta secuela, sabe a poco. A muy poco.

miércoles, julio 13, 2011

Espectacular pero extraño final para 'Harry Potter'

Harry Potter ya tiene su punto final cinematográfico. Y las sensaciones son extrañas. Las reliquias de la muerte. Parte 2 es una película espectacular, eso es innegable. Aquí están, probablemente, los mejores momentos de toda la saga (excepción hecha del dramático clímax de El caliz de fuego). Pero, al mismo tiempo, es una película con una más que peculiar estructura debido a que la mitad de su contenido está en la entrega anterior. Hay esfuerzos de dotar de identidad propia a la película, y es ahí donde reside el principal mérito del director David Yates (sobre todo en el arranque del filme), pero da la sensación de que pesa demasiado el original literario (sobre todo en la segunda y climática mitad, en realidad como en toda la saga) como para esperar grandes sorpresas. El conjunto entretiene de forma honesta y, de vez en cuando, sobresale una pizca de genio, lastrado por el doblaje (sin la voz de Ralph Fiennes, Voldemort pierde capacidad aterradora) y por un 3D innecesario. Los fans la adorarán, seguramente sin medida, como la mejor película de la saga. Sin ser seguidor, y con todos sus defectos, a mí es la que más me ha entretenido.

Para ponernos rápidamente en situación, la segunda parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte es a toda la saga del joven mago lo que la segunda hora de El retorno del Jedi fue para la trilogía clásica de Star Wars: un clímax continuo, salvaje, dramático y espectacular. Pero, siguiendo con este ejemplo, hay diferencias. Primero, que este clímax de Harry Potter se ha hecho esperar demasiado. Una vez visto su final, la sensación de ver las anteriores películas como largas transiciones hacia este final (con el intermedio de, insisto, el final de El caliz de fuego) queda corroborada como una certeza. Hemos caminado única y exclusivamente para llegar a este final, y el camino ha sido extremadamente largo. La otra gran diferencia está en el tono. Nacida, al menos desde el punto de vista de la promoción, como una historia destinada al público infantil, ha terminado en las antípodas de ese objetivo, aunque de poco servirá que se intente convencer de ello a la legión de jóvenes aficionados de la saga. No hay toques de comedia barata (¡menos mal!), pero la saga, al final, adolece de una sorprendente falta de sacrificio, a pesar de ir diseminando momentos trágicos a lo largo de esta película y, en general, en la segunda mitad de la serie.

A pesar de estos inconvenientes, la segunda entrega de Las reliquias de la muerte es la mejor película de la saga porque tiene un gran sentido del espectáculo. De principio a fin, se convierte en una montaña rusa de ritmo muy marcado (antes de la tempestad siempre viene la calma... y curiosamente la película destaca más por la calma) pero nada previsible. El arranque del filme de David Yates (cuarto que dirige en la saga) es modélico. Sin insultar al espectador con un resumen de lo ya visto (en las anteriores películas y en la primera parte de este volúmen), todo queda resumido con genialidad en unos pocos planos que nos recuerdan lo que sucedió al final del anterior episodio. A partir de ahí queda marcado el necesario tono adulto y trágico de la película, acentuado siempre por la portentosa música del gran Alexandre Desplat (llamado sin duda a ser el próximo gran compositor de la historia de Hollywood), y sin necesidad de recurrir al mal gusto visual, error demasiado común en el cine de hoy en día. Y también a partir de ahí comienza la mencionada montaña rusa, que acumula escenas de acción (algunas más o menos prescindibles como, precisamente, la montaña rusa del banco de Hogwarts, otras más espectaculares como el vuelo en el dragón) con otras de diálogo y sentimiento.

Harry Potter y las reliquias de la muerte. Parte 2 engaña, porque a priori da la sensación de que lo mejor de esta película tendría que salir de la feroz batalla entre el bien y el mal que se desencadena junto a los muros de Hogwarts, pero no es así. Lo mejor, y ya iba siendo hora después de ocho películas, está en el siempre apuntado pero hasta ahora nunca completado desarrollo de los personajes. Por fin los protagonistas acaban encontrando su camino. Sin traicionar lo que sabíamos de ellos (algo difícil, teniendo en cuenta el origen literario del filme... y que hay una legión de fans dispuesto a devorar al autor de una hipotética traición de ese estilo), pero por fin ubicándoles en el sitio que les corresponde en esta historia. Esa evolución se ve en Harry Potter (Daniel Radcliffe) en escenas tan tranquilas como la conversación que sigue a su enfrentamiento con Voldemort (Ralph Fiennes) o, incluso, en la primera que mantiene con Ollivander (John Hurt). Y da gusto ver la escena en la que evolucionan Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson), adulta al principio, juguetona e infantil al segundo. Esa es la mezcla perfecta, y hasta ahora no se había dado. Y mención especial para el mejor actor de esta cinta, Alan Rickman, perfecto como Severus Snape.

Decía que uno esperaba que el punto fuerte de esta película estuviera en la batalla. Y el espectáculo pirotécnico y de efectos visuales no defrauda. Pero sigue habiendo un referente insuperado y, por ahora, insuperable, que es la batalla de los campos del Pelennor de El retorno del rey, la entrega final de El Señor de los Anillos. Es el referente indiscutible y es obvio que Las reliquias de la muerte busca parecidos que le acerquen a ese modelo. Pero se queda lejos, muy lejos de lo que consiguió Peter Jackson hace ya ocho años. Aún así, insisto, aquí se concentran algunos de los mejores hallazgos visuales de toda la saga de Harry Potter, y elevan el nivel por encima de lo visto hasta ahora. Seguramente, en eso tiene mucho que decir la tan deseada presencia de Voldemort, que en las anteriores entregas sólo había sido insinuada (salvo, perdón por la insistencia, en el clímax de El caliz de fuego). Con Voldemort en pantalla todo crece, aunque por desgracia ese misma presencia devore lo que en películas anteriores había sido incluso aterrador (sucede con esos mortífagos que flotan en torno a Hogwarts y que apenas tienen algo que decir en esta batalla). Pero Voldemort siempre mejor en versión original, el doblaje mitiga su poderoso efecto.

Los 130 minutos de la película hacen de ella (por paradójico que pueda resultar con semejante duración) una de las más cortas de la saga, muy por debajo de los 146 que duraba la entrega anterior. Y usar 276 minutos para adaptar un libro es, a todas luces, algo excesivo, porque no estamos ante Lo que el viento se llevó. Cada vez estoy más convencido de que Harry Potter necesitaba una adaptación más que una traslación a la gran pantalla, una que cogiera los elementos esenciales del mago y su universo y los incluyera en una saga mucho más corta. Pero, claro, esto del cine es por encima de todo un negocio y todas las películas de Harry Potter han dado mucho dinero. Menos mal que no ha sido hasta la última entrega cuando se han dado cuenta de que podían dividir un libro en dos y ganar el doble (o más, ya que también han llegado tarde a ese 3D, innecesario de nuevo pero que sumará un par de euros o dólares adicionales por cada entrada vendida). Con todo, Harry Potter y las reliquias de la muerte. Parte 2 es la mejor película de la saga. Por ritmo, por personajes, por acción y por narración. Y aunque el edulcorado final nos devuelva al comienzo de la saga, en la ya lejana Harry Potter y la piedra filosofal que se estrenó hace diez largos años.

domingo, julio 10, 2011

Michael Bay nunca entendió 'Transformers'

Nunca lo entendió. Michael Bay nunca entendió Transformers. Sólo quería hacer una películas, que acabaron siendo tres, en la que salieran robots gigantes, mujeres sexys, secundarios cómicos a mansalva y muchas explosiones. Pero nunca entendió Transformers. Visto el trítptico definitivo de la saga completado con El lado oscuro de la luna, ese es el auténtico problema que sufren las tres películas. Michael Bay tenía los medios para haber hecho historia en el género, para haber creado una saga que marcara una difertencia (y no sólo en la taquilla, que ha reventado con las tres). Pero se pierde en los tópicos más aburridos y manidos del cine en general y de los géneros que toca en particular. Cae en defectos tan infantiles que provoca asombro con tanta frecuencia que es imposible recordar todas las secuencias inverosímiles que junta en una misma película. Y el caso es que, al final, uno no puede decir que lo haya pasado mal con este producto prefabricado, traicionero del espíritu de la franquicia que dice representar. Porque estas cosas entretienen. Pero son malas. La pena es asumir que ese mal camino es el único que se puede tomar cuando uno encara producciones como ésta.

Que Michael Bay no entiende Transformers es algo que ya había apuntado en la primera entrega y ampliado en la segunda, pero cabía la posibilidad de que fueran limitaciones técnicas o presupuestarias las que le hubieran impedido explicar mejor sus pretensiones en este universo de ficción. Pero la tercera película demuestra que no es así. Lo demuestra porque aquí está puesto todo. Son más de dos horas y media de espectáculo sin freno y sin límites, que llevan la acción hasta extremos que el propio Bay no había llegado a tocar en su ya de por sí grandilocuente filmografía. Y como todo está ahí, sólo cabe concluir que Bay no sabe lo que son los Transformers. Aquí tiene robots gigantes, sí. Tiene invasiones extraterrestres a gran escala, sí. Tiene un salvaje y violento clímax final de más de media hora. Pero me cuesta ver ahí a los Transformers. La capacidad de transformarse es inherente a los personajes (¡no hay más que ver el nombre de la franquicia!) y aquí apenas se usa. Son sólo robots gigantes y podrían ser cualquier cosa. Porque, además, Bay traiciona continuamente la esencia de los personajes, la que se ha ido transmitiendo en el tiempo por las diferentes encarnaciones de esta saga.

Bay comete además otros dos errores de bulto, apuntados en los dos precedentes y llevado al extremo (y al absurdo) en esta tercera entrega. En primer lugar, el excesivo tono cómico. Estas películas piden siempre respiros humorísticos, pero es que en Transformers. El lado oscuro de la luna todo es cómico: los insufribles robots pequeños, los padres del protagonista, el prescindible y odioso personaje de John Malkovich (¿se ha vuelto loco este actor?), el ya conocido y ya cansino de John Turturro... Hasta un Autobot que se transforma en un Ferrari ¡¡¡y habla por ello con acento italiano!!! En segundo lugar, la siempre absurda inclusión de la chica sexy y despampanante, que deja en nada los libidinosos planos de Megan Fox que Bay nos regalaba en las anteriores entregas (en especial en la segunda, La venganza de los caídos). Rosie Huntington-Whiteley es capaz de ir tan mona y correr tan rápido como los militares, mantener impoluta su hermosa melena rubia y que su cahqueta blanca siga igual de blanca al final de la película a pesar de haber vivido en primera línea una batalla descomunal. Atención a uno de los momentos más absurdos de la historia del cine: el sermón de la rubia a Megatron, pretendidamente el Decepticon más cruel y una caricatura en manos de Michael Bay.

Esas dos premisas arruinan todo el dramatismo que pueda tener la parte humana de la historia, en la que naufragan actores con prestigio (a todos los mencionados se puede ayudar a Frances McDormand y a un Shia LaBeouf que se convertirá igualmente en una caricatura de sí mismo si no cambia de registro ya). Por eso, el protagonismo es de los robots. Ahí es donde más pena da comprobar el resultado del trabajo de Michael Bay, porque la materia prima para hacer una película espectacular (y no sólo en lo visual) está ahí y queda arruinada. Un espléndido prólogo, bien narrado, con inteligencia y buen pulso cinematográfico, invita a pensar que esta historia tendría que haber sido la primera película de los Transformers, que tenía el potencial dramático para ser algo atrayente y no sólo para un público poco exigente. El clímax final deja los mejores momentos visuales de la saga sin discusión, por calidad y por cantidad. Y el 3D es brillante en esa parte final (mención especial para el lanzamiento al vacío de los soldados, un bellísimo momento que el 3D sí mejora sustancialmente) pero prescindible en casi todo el resto de la película. Pero todo esto se evapora porque Michael Bay no ha entendido lo que tiene entre manos.

No ha dotado a los robots de personalidades definidas, la amplía mayoría de ellos son intercambiables. Y los que sí destacan, los que los aficionados han querido a lo largo de los años, aparecen aquí distorsionados o caricaturazados. Y no es un error, sino un patrón, porque la distorsión se da en los Autobots, los buenos, y la caricatura en los Decepticons, los malos. Es triste ver que Optimus Prime suelta frases casi psicopáticas y llenas de odio y de rencor (o la excusa argumental por la que se ausenta durante largos minutos de la lucha final: inconcebible y demencial) o el giro de Sentinel Prime (el personaje más destacado que se añade en esta tercera película), pero más triste aún es ver una encarnación tan ridícula de Megatron (infinitamente menos adulta que la que hace 25 años mostró la película de dibujos animados) o una tan lastimosa de Starscream. Bay también cae en el error de querer hacerlo todo más grande que en la anterior entrega. Siempre más grande que en la anterior, que no mejor. Y eso, si hablamos de robotos gigantes, implica robots de mayor tamaño. ¿Dónde estaban en las anteriores películas? La continuidad no importa. Tampoco que así demos el salto de Transformers a cualquier otra franquicia o película (y es inevitable pensar en la reciente Invasión a la Tierra).

Lo peligroso, insisto, es que uno no sale del cine con la sensación de haberse aburrido. Igual es que las dos puñaladas traperas (y divertidas, no lo neguemos) que se le dan a Megan Fox por medio del guión compensan por las atrocidades cinematográficas que se perpetran con la bella Rosie Huntington-Whitley como protagonista. Igual es que el cariño infantil por los Transformers y la ilusión que siempre hace ver algo así en pantalla grande, con un sonido y una imagen espectaculares, mitigan todos los defectos de filmación y de narración que encierra la película. Igual simplemente es que hemos asumido que el mal cine puede ser un buen entretenimiento. O igual es que estoy muy condicionado por el odio (cinéfilo) que siento por Michael Bay, un director que hace años, tras ver Pearl Harbor, me hizo acuñar una teoría: mete tantos planos por segundo que a veces acierta. Aquí la mejor noticia es que rodar en 3D ha calmado los insufribles movimientos de cámara y la ametralladora de planos en la que convierte Michael Bay las películas. La acción se sigue perfectamente, incluso en 3D. Y hay momentos inolvidables. Para bien y, sobre todo, para mal. Ojalá alguien retome el testigo en la franquicia y sepa entender lo que supone.

miércoles, julio 06, 2011

'Insidious', el terror moderno debe de ser esto

Insidious debe de ser un perfecto ejemplo de lo que es el terror para el cine moderno. Un terror facilón, producto de situaciones tópicas y de eliminar las luces, carente de imaginación y pendiente sólo de sorprender con giros inverosímiles del guión. Un terror que no ofrece nada nuevo, que no se mete en el cuerpo, que sólo busca un eventual salto en tu butaca que llega siempre cuando uno se lo espera, en la situación en la que parece claro que se va a producir. El terror moderno debe de ser esto. Pero a mí, la verdad, no me dice gran cosa. Añoro la sensación, al terminar una película, de mirar en todos los rincones a mi alrededor para asegurarme de que no hay nada ni nadie. La sensación que dejaban los grandes clásicos del género. La que uno siente al ver La semilla del diablo, El exorcista, La profecía. Las grandes. ¿Insidious? Parece que está gustando. Pero a mí esto no me produce terror.

Vamos a partir de una base muy razonable para explicar la conclusión que acabo de exponer: el director de Insidious, James Wan, es el realizador de Saw y autor del argumento de la tercera parte de esa saga. Sé que Saw tiene seguidores. Quienes vean en esa saga auténtico terror, igual sí disfrutan de Insidous. No es mi caso. De todo modos, las historias de aquella y ésta están muy alejadas entre sí. De un asesino psicópata en aquella pasamos a una maldición con niño de por medio en esta. Un niño, elemento muy tradicional en el género de terror. Sólo eso ya produce una sensación de déjà vu, aunque es engañosa como va revelando la película, y que se acrecienta según van pasando los minutos. Pero como Wan parece ser consciente de eso, llega un momento en que su apuesta es la diferente, la de cambiar por completo el planteamiento de la película, hacer que sus personajes no sean lo que parecen ser (casi todos) y plagar la historia de giros inverosímiles. Difícil convivencia.

Pero estábamos en que esto es una película de terror. Luego tiene que provocarlo en el espectador. Si no, flaco favor le hacemos al género. Insidious tiene sustos, eso es innegable. ¿Pero es eso terror? Yo discrepo. En cualquier caso, hay muchos que se conforman con eso. Pero hay un problema con los sustos de Insidious: suceden exactamente cuando uno espera que van a suceder. Y eso, evidentemente, les resta efectividad. Los sustos, además, son fáciles. Porque hay considerar como algo muy fácil si simplemente basta con bajar la luz, llenar el escenario de vapor o hacer que un tipo disfrazado de monstruo salte dentro de plano para conseguir ese susto. No se recurre a la mente sino al estómago, no hay un terror psicológico sino uno visceral. Y esto es así a pesar de que, a diferencia de Saw, no hay nada de sangre en la pantalla. ¿Pero imaginación? Ninguna. Lo demuestra, además, el hecho de que la película intente beber de cuantiosos títulos del género, algunos clásicos como Poltergeist y otros más modernos como la sorprendentemente exitosa Paranormal activity.

El caso es que Insidious no genera terror, pero sí sustos. Que sus actores no son malos, pero tampoco notables (y quedan minimizados por la propia historia, que no desarrolla sus personajes lo más mínimo y cuando lo hace es por caminos insospechados y poco creíbles), porque ni Rose Byrne, ni Patrick Wilson consiguen hacer suya la película (quizá el mejor nombre sea el de Barbara Hershey, pero habiendo destacado tanto en Cisne Negro junto a Natalie Portman sabe a poco aquí). Que su dirección no aporta nada del otro mundo, e incluso se rebela torpe en algunos momentos, aunque para algunos sea suficiente... precisamente por los sustos. Es decir, que no hay nada en Insidious que permanezca en la memoria o, dicho de un modo más crudo, que merezca la pena en realidad. Ni siquiera su pretendidamente sorpresivo final, al que se llega después de no saber ya a qué venía toda la historia. Y el caso es que la película parece haber gustado. Será que yo no entiendo el terror moderno. Para gustos los colores.

sábado, julio 02, 2011

'Rumores y mentiras'... o cómo descubrir a Emma Stone

El nombre de Emma Stone sonaba de vez en cuando. Y yo me preguntaba quién era, porque no recordaba haberla visto en una película. Mala cosa, si de lo que hablamos es de una actriz. Los fantasmas de mis ex novias, Supersalidos, Bienvenidos a Zombieland, Un rockero de pelotas o Una conejita en el campus no son títulos que me animen a conocerla. Cuando se anuncia que va a interpretar a Gwen Stacy en la próxima The amazing Spider-Man me digo que tengo que ver a esta actriz en acción. Y llega Rumores y mentiras. ¿Otra película dirigida por un director casi debutante sobre amoríos adolescentes contados desde un punto de vista de comedia, sin duda abusando de chistes facilones y sexuales? Tampoco me atraía. Pasó el tiempo, pasó hasta una nominación al Globo de Oro para Stone por esta película. Pero yo seguía sin verla. Hasta que dije basta. Y la vi. ¿Y sabéis qué? Hacía mucho tiempo que no disfrutaba con una comedia ligera tanto como lo he hecho con Rumores y mentiras. Pero sobre todo he disfrutado con el espléndido, natural, y atractivo trabajo de Emma Stone, un maravilloso (¿y tardío?) descubrimiento a la que ya le tengo el ojo echado. Cinéfilamente, por supuesto.

Olive es una joven estudiante que pasa desapercibida en su instituto, hasta el día en el que se empieza a propagar el rumor de que ha mantenido relaciones sexuales con un chico. A partir de ahí, su entorno estudiantil empieza a percibirla de forma diferente, sea para bien o para mal. Y el rumor crece de forma exponencial hasta que no hay forma de pararlo, con los consiguientes enredos cómicos que cabe suponer. Una película como Rumores y mentiras sólo puede funcionar, a cualquier nivel, si la elección de su protagonista es acertada. Emma Stone es mucho, muchísimo más que un acierto. Ella sola se come la película, se apodera de ella, la domina a su antojo, mueve al espectador hacia donde quiere en todo momento con su voz, con su sonrisa, con su mirada, con sus lágrimas, en definitiva con su interpretación, brillante de principio a fin, conmoverdora y realista, divertida y dramática, siempre adeacuada al tono de cada escena. Parece mentira que una película con este tono dé a una actriz la oportunidad de lucirse a tantos niveles, pero lo hace. Ya lo creo que lo hace. Rumores y mentiras es Olive. Es Emma Stone.

Habrá quien piense que éste es un papel fácil. Y puede que en algunos momentos el guión así lo haga parecer. Eso es indiscutible, porque no hay película de este tan manido género de la comedia de instituto que que no incurra en ciertos vicios, en esquemas repetitivos o en situaciones inverosímiles. Algo de esto también hay en Rumores y mentiras, pero Emma Stone sobresale por encima de todo lo negativo que se pueda decir de la película. Absolutamente de todo. Y obliga a pensar en ella como en una actriz de verdad, con tablas, con carisma (¿con futuro...? Ojalá, ojalá que sí...), y no como la típica niña mona hollywoodiense escogida por un book y no por su talento interpretativo, capaz de protagonizar una película como ésta con el piloto automático y sin dejar ningún tipo de recuerdo especial en el espectador. Y eso tiene mérito en Stone, en especial en las escenas que comparte con sus padres en la ficción, Stanley Tucci y Patricia Clarkson, ambos divertidísimos y muy metidos en el tono desenfadado del filme (muy por encima de una Lisa Kudrow empeñada en repetir hasta la saciedad el papel de Friends que le dio la fama o un aburrido pero más correcto Thomas Haden Church).

El influjo de Emma Stone es tan inmenso gracias a la ayuda de su doble papel en la película como protagonista y narradora, contando la película a cámara (pero de forma integrada en la narración con absoluta naturalidad) y tomando parte en la inmensa mayoría de las escenas. Eso es lo que haría imposible que Rumores y mentiras funcionara si Emma Stone no fuera la actriz adecuada. Porque si profundizamos en el guión encontramos algunas ideas poco aprovechadas (el hermano adoptivo o, sobre todo en el tramo final, la amistad de Olive con Rhiannon, una demasiado desaprovechada Aly Michalca), algunas situaciones inverosímiles (especialmente el final de la película, un típico, tópico e increíble giro), y algunos enfoques más que tradicionalistas (el retrato de las juventudes católicas encabezadas por Marianne, una divertida Amanda Bynes). Los típicos agujeros que puede tener una comedia adolescente escrita por un guionista debutante y dirigida por alguien como Will Glock, un director que con cuatro películas ya está encasillado en el género (lo próximo es Amigos con derecho a roce, protagonizada por Justin Timberlake y Mila Kunis, y en la que también aparecerá Emma Stone).

Pero, contra todo pronóstico, Rumores y mentiras no cae en la habitual zafiedad en los chistes sobre sexo o en la inane repetición de gracietas facilonas. Sorprendentemente (y quizá por esa descabellada fusión entre la historia y una novela clásica, lo que le sirve al guionista para aderezar su libreto con chistes divertidísimo sobre el cine actual), encuentra situaciones divertidas, cómicas, bien llevadas, con gusto y con gracia. Y aunque es inevitable atribuirle gran parte del mérito al gran trabajo de Emma Stone, lo cierto es que la película deja un buen sabor de boca por lo que es y no sólo por el rostro que se hace cargo de llevarla a buen puerto. Es una propuesta fresca y divertida, a la que por supuesto le falta originalidad (aunque intenta por todos los medios aportar cosas nuevas desde el punto de vista narrativo) pero que convence, por encima de todo, por el maravilloso trabajo de Emma Stone, una joven, atractiva y talentosa actriz que ojalá confirme todas sus virtudes en el futuro.

lunes, junio 27, 2011

'Sólo una noche', más debate que resultados

Que una película genere debate no hace necesariamente de ésta un producto de gran calidad. Sólo una noche es un filme pensado para provocar conversaciones, para contrastar puntos de vista, para decidir qué haríamos cada uno de nosotros en la situación de los cuatro personajes protagonistas. Cine no hay tanto, a pesar de los nobles esfuerzos de Massy Tadjedin, en su debut como directora, de conseguir algo más o menos diferente. A ratos lo logra, pero no lo los suficientes como para que el peso cinéfilo sea mayor que el de la moral en el poso que deja Sólo una noche tras su visionado. Se echa en falta química en el reparto, y quizá con otros nombres, igual menos de moda que los escogidos (todo sea por la taquilla) pero con mucha mayor capacidad interpretativa, el resultado podría haber sido otro. En cualquier caso, que una película dé pie a conversación después de vista, y no sólo sobre su calidad como producto artístico, también es algo de agradecer. Y eso sí lo consigue con mucha facilidad Sólo una noche.

La premisa es sencilla. Tenemos un joven matrimonio, formado por Joanna (Keira Knightley) y Michael (Sam Worthington). Él tiene una atractiva compañera de trabajo, Laura (Eva Mendes), de la que no le ha hablado nunca a su esposa y con la que se va de viaje de negocios. Ella tiene un antiguo amante, Alex (Guillaume Canet), del que su marido no ha escuchado hablar ni antes de casarse ni ahora que, casualmente, se encuentra en Nueva York. Así se desata un juego de seducción, celos y mentiras que se convierte en un elaborado, aunque algo maniqueo, tratado sobre la infidelidad. ¿Qué es infidelidad? ¿Qué la provoca? ¿Es asumible en un matrimonio? Todo son preguntas que plantea Massy Tadjedin en su primera película como directora, basándose en un guión escrito por ella misma. Muchas preguntas y tantas respuestas como espectadores, porque la película no sentencia, no juzga, no dicta una moral establecida o predilecta. Ofrece información y deja que quien quiera acercarse a Sólo una noche (no del todo adecuada traducción para España de Last night) saque sus propias conclusiones.

Y es ahí donde seguramente se producirán las discrepancias a la hora de evaluar la película, condicionado cada uno por el juicio que haga de los personajes. A mí ninguno de los cuatro personajes protagonistas supo generarme empatía. Puedo ver las situaciones a través de su mirada, pero no compartirla hace mucho. Y casi ninguno de los actores me genera la suficiente confianza o comprensión como para meterme tanto en la película. Quizá esté ahí el freno de la película. Lo cierto es que tres de ellos son actores de moda, y de ahí que consigan con facilidad papeles como éstos, seguramente pensando sus responsables que poner su nombre en el cartel pueda dar algo de dinero. Keira Knightley tiene un halo de buena actriz que no termino de comprender, nunca ha conseguido conmoverme ni emocionarme y, por desgracia, Sólo una noche no marca una diferencia en esa percepción. Sam Worthington y Eva Mendes son más maniquíes que actores, y cumplen con ese rol a la perfección. Y, sin duda, el mejor actor de la película es el menos conocido, el francés Guillaume Canet, el que mejor consigue plasmar los matices necesarios para su personaje.

Por eso, por el trabajo de Canet, es rápidamente la relación entre Alex y Joanna la que se convierte en motor de la película, cuando el comienzo apuntaba a todo lo contrario, que sería la de Michael y Laura (o, incluso, y desde una óptica más tradicional, podría haber sido la de Michael y Joanna). Es Canet, y en realidad sólo él, quien destila sinceridad en sus gestos, en sus miradas, en sus sonrisas y lo demás parece orquestado a su alrededor, cuando no tendría que ser así. Lástima, porque había más potencial en el guión. No tanto por una originalidad que esta historia no tiene, pero sí por las preguntas que podría haber dejado sobre la mesa con una mayor sutileza en su escritura y, también y quizá por encima de todo, en la interpretación de los actores. Todo queda meridianamente claro al cuarto de hora de película y, no deja de ser curioso, es ese cuarto de hora inicial lo mejor de Sólo una noche. El esbozo del juego de traiciones atrae más que las traiciones en sí mismas, tanto por el libreto como por la realización de Tadjedin (brillante juego temporal el que establece en el montaje del arranque del filme).

La insistente música a piano de Clint Mansell da fuerza al arranque de la película, pero su calidad se diluye de ahí en adelante en repeticiones de notas y recursos. El buen montaje de la película queda descompensado por el mayor peso dramático y empático de una de las historias (insisto, la de Alex y Joanna, que es la que ofrece las mejores secuencias, y es la única en que se ve la química necesaria, entre actores y entre personajes, para entender la relación entre los dos miembros de la pareja). Y, al final, lo que deja Sólo una noche por encima de todo es un enorme abanico de temas acerca de la infidelidad (¿o es sobre la felicidad en el amor?) para su discusión. ¿Suficiente? Probablemente no, porque la película deja un mayor disfrute después de verla que durante ese visionado. Lo que habría dado yo por ver este mismo filme con otros actores, lo que habría dado porque algunas de las viejas glorias de Hollywood no envejecieran ni murieran nunca.

miércoles, junio 22, 2011

'Juego de tronos', cine... pero no tanto

Dicen algunos entendidos que el mejor cine de hoy en día está en la televisión. Y dicen que el de la HBO es el sello a seguir para dar la razón a esa consideración. Juego de tronos, basado en la primera de las novelas de Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin, es uno de esos ejemplos que ha desatado el furor de los aficionados (¡¡¡9,5 de nota en IMDB!!!), lo que da una razón lo suficientemente poderosa (aunque no creo que la haga costumbre extensible a demasiados títulos) para hablar de esta serie en este espacio. Esta primera temporada (ya hay una segunda anunciada, basada en la segunda novela, Choque de reyes) consta de diez episodios y parece haber convencido a todo el mundo. Cine en estado puro, dicen. Y es verdad. Lo hay. Pero no tanto como se está diciendo, y es que tengo la sensación de que el furor despertado entre los fans, un recelo un tanto artificial con respecto al cine contemporáneo y un ansia de ver cosas diferentes ha hecho que la valoración de esta serie despegue hasta niveles que no termina de merecerse. En absoluto estoy diciendo que no merezca la pena, al contrario. ¿Pero tanto como se está diciendo? No lo termino de ver claro, aunque lo bueno que ofrece la serie es excepcional.

La temporada terminó su emisión en Estados Unidos el pasado domingo, en España quedan todavía tres episodios (que se pueden ver en Canal+), y admito que a mí me ha quedado una sensación agridulce en base a una conclusión muy rápida de explicar. Creo que Juego de tronos tiene un trabajo de preproducción sencillamente asombroso, sobresaliente en todos sus aspectos. Vestuario, dirección artística y localizaciones deslumbran desde la primera hasta la última imagen de la serie, coincida o no la visión de sus autores con la que cada uno nos formamos durante la lectura de la novela (Invernalia, por ejemplo, no termina de satisfacerme; el Muro, en cambio, me parece una maravilla plasmada tal y como la describe Martin en sus novelas). Sin embargo, me da la sensación de que todo lo que ofrece el rodaje queda en manos de los actores y el guión (que, en sus mejores momentos, sigue con fidelidad absoluta el libro), sin que los realizadores aporten gran cosa en demasiadas ocasiones y que la postproducción no le da a la serie casi ningún valor añadido (apenas hay efectos especiales, diferencia esencial todavía por motivos presupuestarios entre el cine y la televisión, y la banda sonora, a excepción del hermoso tema principal, apenas tiene relevancia).

Este planteamiento desemboca en que hay escenas que en el libro son sencillamente espectaculares y que no encuentran su reflejo en la pantalla. En este sentido, y sin desvelar nada, la mayor decepción llega en el noveno capítulo, con una omisión ofrecida de una forma casi sonrojante. Sí es verdad que hay escenas brillantemente rodadas (como el final del tercer episodio, con Ned mirando la primera lección de 'baile' de su hija Arya, o la conclusión del noveno episodio) en las que se nota un buen trabajo de dirección y planificación. Ahí es donde la serie marca su otra gran apuesta: la ausencia de límites en la corrección política. Son frecuentes las escenas de sexo (incluso homosexual) y los momentos de gran y explícita violencia, a pesar de que incluso hay cierto freno a lo narrado en la novela. Esto ha convencido a muchos, pero hay cierta irregularidad. Algunas funcionan muy bien, otras tienen cierto aire gratuito (sobre todo en el caso del sexo). La serie, sabedora de que buena parte del presupuesto se ha ido en la construcción de los Siete Reinos de Canción de hielo y fuego, apuesta descaradamente por el talento de Martin en sus diálogos y el de los actores para deslumbrar. Y ahí es donde Juego de tronos se eleva por encima de la media sin ninguna duda.

En muchos sitios se ha vendido como la serie de Sean Bean, conscientes sus responsables de que el actor tienen una enorme reputación en el género gracias a su magnífica interpretación de Boromir en El Señor de los Anillos. Y Sean Bean responde con un trabajo espléndido. Efectivamente, es su serie, aunque dado ese planteamiento hay un indudable éxito en contar algunos capítulos, en la segunda mitad de la temporada, en los que su presencia es casi inexistente. Lo cierto es que el casting en su conjunto es formidable. Incluso en los actores en los que la primera impresión es dudosa (por no ser exactamente como se describía en las páginas del libro), el crecimiento a lo largo de los capítulos es indudable. Y es actores como Kit Harrington (Jon Nieve), Richard Madden (Robb Stark) o incluso el hierático Jason Momoa (Khal Drogo y próximo Conan) no parecían los adecuados en ese primer vistazo y salen de esta primera temporada triunfantes. Tyrion Lannister (formidable Peter Dinklage, quizá lo mejor de la serie), Cercei Lannister (Lena Headey), Iain Glenn (Ser Jorah), Jeoffrey Baratheon (Jack Gleason; ¿de verdad es el mismo chaval simpático que aparece brevemente en Batman begins?) o Aidan Gillen (Meñique), además del propio Ned Stark y otros muchos, son sencillamente perfectos desde el principio.

La verdad es que es muy difícil encontrar alguna pega al reparto. La elección de casi todos los actores supone un trabajo deslumbrante y la forma en que todos han desarrollado sus papeles, apoyados en los nunca suficientemente valorados diálogos de Martin, un acierto magnífico. Son tantas las escenas de actores memorables que mantenien entre ellos, que sería imposible relatarlas todos. Formidable la escena con Ned, el Rey Robert y Cersei que abre el sexto episodio, o las conversaciones entre Varys y Meñique, o el juramento de la Guardia de la Noche en el séptimo (y su repetición en el décimo). Pero sorprenden algunas omisiones (además de la mencionada y flagrante del noveno capítulo, por ejemplo la escena que tendría que haber ido al final del segundo episodio o comienzo del tercero con Bran como protagonista; o la escasísima presencia de los huargos, por evidentes problemas que pudieran producirse en el rodaje, lo que resta notablemente el toque fantástico de la saga) o la rebaja visual y narrativa de algunas tramas, como la que rodea a Daenerys Targaryen y los Dothrakis (demasiado pobres para lo que uno se imagina en la novela, incluyendo el épico final).

¿9,5 sobre 10 como refleja IMDB? No, en absoluto. La serie es notable, tiene momentos formidables e incluso memorables, actores deslumbrantes que ofrecen en algunos casos los mejores trabajos de sus carreras, y viene a llenar un juego en la fantasía adulta que hasta ahora no teníamos cubierto. Pero le faltan cosas. Hay fallos evidentes en la narración de las elipsis, no demasido bien explicadas en algunos casos y la realización es un tanto impersonal en algunos episodios y escenas, además de la evidente falta de presupuesto que ha llevado a los responsables de la serie a saltarse algunas de las escenas más grandiosas de la novela. El éxito cosechado, y sobre todo la escasez de críticas negativas siquiera en aspectos concretos, puede llevar a los productores a seguir por el camino de la autocomplacencia, y ese es el gran riesgo que tiene ante sí la próxima temporada. Si solventan ese peligro y consiguen dotar a la serie de la espectacularidad que necesita junto a los intrincados, complejos y fascinantes movimientos políticos, el valor añadido será tan inmenso que llegar hasta esa nota no será una utopía. Es una muy buena serie, pero necesita crecer. La obra maestra de Juego de tronos está en las páginas de papel. Veremos qué sucede con Choque de reyes.

lunes, junio 20, 2011

'El inocente' convence

Hace no muchos años, no me habría creído que alguien me dijera que una película hecha a mayor gloria de Matthew McConaughey merecía la pena. Y, sin embargo, soy yo mismo el que ahora escribe esa frase para referirme a El inocente, un más que interesante drama judicial protagonizado por este actor que hasta ahora habría tachado sin pestañear como aburridísimo. El filme convence por más cosas, pero especialmente por sus dos actores protagonistas, el ya mencionado McConaughey y Ryan Phillippe, al igual que por los afilados diálogos de un guión que, eso sí, acaba con una carambola final difícil de digerir. A pesar de ese detalle, que no tiene en realidad tanta importancia (y que seguro que también tendrá sus defensores) y de algún que otro personaje que no queda tan bien perfilado como debería, El inocente es una notable película. No llega a ser lo que quizá pretendía, una reinvención contemporánea de uno de los géneros más viejos del cine (sobre todo norteamericano), pero indudablemente ofrece un buen rato.

McConaughey tuvo su momento de auge en los años 90, cuando trabajó con directores como Joel Schumacher (Tiempo de matar), Robert Zemeckis (en la infravaloradísima Contact) o Steven Spielberg (para la injustamente denostada Amistad), pero siempre fue más estrella que actor. El inocente supone para él la oportunidad de demostrar lo contrario. Oportunidad que aprovecha, por lo que no es absoluto descabellado decir que aquí ofrece su mejor interpretación hasta la fecha. Sabe darle a su personaje, un abogado poco convencional, el toque arrogante de la primera mitad de la película, el aroma del miedo que le asoma mediado su metraje y la humanidad con la que concluye el relato. Su personaje es, quizá, la puerta con la que Brad Furman, un director sin demasiadas credenciales previas, intenta reinventar el drama judicial, casi siempre protagonizado por abogados de profundas y nobles convicciones. Sin desvelar mucho sobre la trama, ese no es el caso de esta película y su protagonista.

Ryan Phillippe recupera los tonos más oscuros de su personalidad como actor (para entendernos, en las antípodas de su personaje en Banderas de nuestros padres, de Clint Eastwood) para dar una más que acertada réplica a McConaughey. El reparto en general (fantástico y sorprendente William H. Macy, muy adecuados Josh Lucas, John Leguizamo, Michael Peña o Frances Fisher) se configura como el mejor vehículo para dar vida a un guión lleno de ritmo y grandes diálogos. Quizá haya una carta que desplome el castillo de naipes, y es el personaje de Marisa Tomei, algo más desdibujado en el guión. Sus apariciones son demasiado forzadas, sus desapariciones más difíciles de entender. La actriz poco puede hacer para salvar lo que en el guión queda cojo, y sabe a poco prescisamente por las buenas y recientes actuaciones que había ofrecido en películas como la incomprensiblemente casi desconocida Antes que el diablo sepa que has muerto (la última película antes de morir del gran Sidney Lumet, impresionante testamento cinematográfico) o la sobrevalorada El luchador, de Darren Aronofsky.

En contra de la película juegan el en apariencia descabellado y seguramente innecesario giro final y la realización cámara en mano, síntomas ambos de una modernidad que obliga a buscar el más difícil todavía y que se ha olvidado de que el clasicismo a la hora de escribir o a la hora de rodar puede funcionar igual de bien que el rupturismo vanguardista cuando así lo requiere el guión o el tono de una película. Quizá eso lo aprenda Furman según vaya sumando películas a su por ahora reducida y desconocida filmografía. A favor de El inocente, además de los actores y del guión (y más que el guión, los diálogos, rápidos, frescos y ágiles), suma el más que interesante prisma divergente que ofrece en los flashbacks, contados desde el punto de vista de diferentes personajes. Eso sí le da a la película una frescura inusual en este tan manido cine de abogados, más incluso que la personalidad del abogado protagonista, aunque ésta también sea bastante inusual en películas de este estilo.

El inocente (un cambio completo, y quizá no demasiado afortunado, con respecto a las intencioens del título original, The Lincoln Lawyer; hace referencia en el coche en el que se mueve el abogado, pero la verdad es que la película no da demasiados motivos como para que esa mención sea relevante) es una buena película. No alcanzará la cúspide de un género que acumula un buen puñado de obras maestras, pero sí garantiza un muy buen rato delante de la pantalla. Sin ser un menosprecio a sus responsables, que no hacen un mal trabajo en absoluto, uno no puede evitar que le venga a la mente lo que esto habría sido en manos de directores como el mencionado Sidney Lumet o con actores como Henry Fonda. Y entonces caigo en que ambos hicieron 12 hombres sin piedad. Desde luego, las comparaciones son injustas. Necesarias para entender el nivel de cada película, pero muy injustas. Porque El inocente, hecha en otra época, quizá hubiera estado mejor valorada que hoy en día. Aunque sólo sea por eso, se merece una oportunidad.

jueves, junio 16, 2011

'Código fuente', una formidable reflexión humana con evoltorio de ciencia ficción

La irrupción en el cine de Duncan Jones es una de las mejores noticias que ha tenido la ciencia ficción en años. Moon obligó a mirar hacia este director al que muchos le colocaron otra etiqueta, la de "hijo de" (Davd Bowie en este caso), antes de ver su trabajo. Pero él empezó desde abajo, con una producción modesta y terriblemente imaginativa. Código fuente es su segundo largometraje y el primero que hace ya insertado en la maquinaria de Hollywood. Y es una continuación fluída del cine que le gusta hacer a Jones. Trata temas similares, tiene una construcción temática y argumental en línea con su primera película, aunque ahora cuente con actores conocidos y con un aspecto, digamos, más comercial. Código fuente es un muy buen thriller de ciencia ficción, con algún que otro altibajo pero con mucho que recordar en su interior. Y, sobre todo, es la garantía de que la tercera película de Duncan Jones merecerá la misma atención que las dos primeras. Se lo ha ganado con estos dos notables y muy entretenidos ejercicios cinematográficos que ya nos ha dejado.

Volvemos a estar ante una de esas películas de las que conviene tener muy poca información antes de sentarse ante la pantalla. Caemos constantemente (distribuidoras y medios de comunicación los primeros) en el error de adelantar sucesos de los argumentos de las películas y con eso lo único que conseguimos es machacar la sensación de sorpresa, tan buscada como necesaria en la construcción de una película. Por el bien del espectador, es mejor ni siquiera ver el trailer, porque el arte de construirlos pasa por un momento radicalmente nefasto, en el que su labor es la de destripar la historia, con el único cuidado de no mostrar el final (ni que eso fuera lo más importante en el cine), más que la de convencer al espectador de que pague una entrada. No sé si es el caso de Código fuente, porque no he visto el trailer, pero imagino que sí, que avazará demasiado sobre la película. Eso mata el suspense, mata la intriga, pero también mata la narración del cineasta. Y aquí esa narración es muy poderosa, porque Duncan Jones sabe en todo momento lo que hace. Sabe dónde colocar la cámara, sí, pero sobre todo sabe lo que quiere contar en cada escena.

Eso, que ya había quedado demostrado en Moon, le convierte en un cineasta de primer nivel, aunque muchos desprecien los envoltorios de ciencia ficción en que hasta ahora se ha desenvuelto y le renieguen su condición de cine puro. Código fuente es una historia de ciencia ficción, sí, eso es indudable, pero por encima del género al que aparenta pertenecer se trata de una película de relfexión humana. Como Moon, por cierto. Tenemos a un personaje condenado a comprenderse y con él Jones coloca a los espectadores en la tesitura de decidir qué haríamos nosotros en su lugar, cómo lo haríamos, qué riesgos (personales y sociales, que no físicos, aunque también la historia habla de ellos) estaríamos dispuestos a correr por conseguir algo. Y es una película que habla sobre la fe (no religiosa; quizá encajaría más el término "confianza", pero "fe" le da un toque más profundo, que es el que en realidad quiere darle Duncan) como motor de nuestras acciones. Todo eso, contenido en el guión original de Ben Ripley (si esto lo escribe alguien que ha guionizado dos entregas videográficas de Species, ¿quién dijo que Hollywood no tiene ideas?), se eleva a un estadio mayor gracias a Jones.

A Jones y a sus actores. Fantástico cásting, acertado en todos sus niveles. Jake Gyllenhaal sabe darle a cada papel lo que necesita, es más camaleónico de lo que aparenta y entiende las motivaciones de este personaje. Mueve y conmueve, lo que es mucho decir. Michelle Monaghan será para algunos sólo la chica bonita de la película. Pero no lo es. Sí es muy fotogénica (y de eso se vale Jones con maestría para construir diálogos entre su película y el espectador), pero bajo la apariencia de un papel más secundario, tiene una capacidad de mover la historia muy convincente. Y entre ambos hay una química magnífica. Como también con Vera Fermiga (que ya apuntaba muy alto desde que la vi por primera vez en Infiltrados), que se suma al placer de ver (y escuchar en versión original, por favor) a un apasionate Jeffrey Wright (secundario en La joven del agua o los dos últimos James Bond (Casino Royale y Quantum of solace). Ellos, como el director, entienden que la película se mueve en parámetros mucho más profundos que una entrenida película de ciencia ficción. En sus miradas, en sus gestos, también en sus palabras, se encuentra el eco de lo que quiere contar en realidad la película.

Quizá el guión adolece de una mejor y mayor motivación en el villano que mueve la historia, pero eso acaba siendo lo de menos en Código fuente. A Duncan Jones, además, hay que agradecerle que entienda perfectamente el lenguaje cinematográfico. Cuenta lo que quiere contar y no lo alarga innecesariamente ni por hacer alardes del espectáculo que presenta. Las suyas, con mayor o menor grandilocuencia visual, son historias intimistas. Esta lo es. Código fuente va sobre amor y sobre fe. Y dura 93 minutos. No tenía por qué durar más. Pero si ponemos alguna pelea a cámara lenta, más planos de explosiones, y escenas repetitivas y redundantes, nos vamos a las dos horas sin ningún problema. Como en demasiadas películas actuales. Y el tempo narrativo Duncan Jones lo domina, porque dos películas con esa elegancia narrativa ya no son casualidad. y hacen que el nombre de este director figure ya en el de los tipos que se han ganado un reconocimiento. Ya tengo ganas de saber cuál será su tercera película, porque si profundiza en este particular y personal universo que está creando tiene que ser otra pequeña maravilla. Como Moon. Como Código fuente.

martes, junio 14, 2011

'Caballeros, princesas y otras bestias', un título de lo más adecuado

Si uno ve que una película se llama Your Highness, igual corre el riesgo de pensar que puede esconder algo digno. Si uno, en cambio, ve esa misma película con el título Caballeros, princesas y otras bestias, no le queda más remedio que comprender que lo que está a punto de ver es algo terrible. Pero, claro, si ese mismo espectador ve en el reparto nombres como los de James Franco o Natalie Portman puede pensar que igual no es tan malo el espectáculo que va a presenciar. Error. Craso error. Caballeros, princesas y otras bestias es horrible, una parodia sin gracia que sólo sabe encadenar sin ningún sentido chistes de índole sexual. Uno tras otro. Uno tras otros. Inagotables al desaliente. Y el siguiente con menos gracia aún que el anterior. Y, sí, con Natalie Portman, James Franco y otros actores de cierto prestigio paseando por este desaguisado sin pies ni cabeza en el que sólo cabe esperar que se lo hayan pasado estupendamente durante el rodaje para entender cómo se han metido en este proyecto. Esta vez es obligado dar las gracias a los traductores españoles por avisarnos. Me uno al aviso.

La fantasía es un género que da mucha libertad para introducir elementos cómicos. Hasta la más seria, como El Señor de los Anillos (o incluso Star Wars), se permite la introducción de elementos que provoquen la risa o la carcajada del espectador, para aliviar la tensión dramática y encontrar momentos de paz entre la acción. Si hablamos de fantasía medieval, como es el caso, me vienen a la cabeza títulos tan inolvidables como Willow o La princesa prometida, que hacían del humor una herramienta más para maravillar al espectador. Su humor era variado, a veces simple, a veces más agudo. Lo que Caballeros, princesas y otras bestias intenta hacer es parodiar ese aspecto del género (hasta aparece un pájaro mecánico que, se supone, quiere hacer referencia a la original Furia de titanes). La acumulación de gags es tan torpe como grosera, pues la comedia moderna parece haberse olvidado de que hay más formas de hacer reír que el típico, tópico y manido tema del sexo, tan tópico ya que sobrepasa los límites de lo desagradable buscando parecer políticamente incorrecto. Que haya media docena de chistes en la película sobre el miembro viril de un minotauro pueda dar una idea de por dónde van los tiros.

La excusa para montar este horrendo show de chistes sexuales está en una fantasía medieval. Fabious (James Franco) y Thadeus (Danny McBride) son dos hermanos. El primero es el perfecto caballero, valiente, aguerrido y atractivo. El segundo es un cobarde y holgazán que sólo quiere disfrutar de los placeres de la vida pero está acomplejado por los logros de su hermano. Fabious vuelve de una sus cruzadas con una mujer, su futura esposa (Zooey Deschanel), pero, como es de esperar, es raptada por un mago (Justin Theroux). Los dos hermanos partirán en su busca y por el camino encontrarán a una mujer (Natalie Portman) que completa la colección de tópicos. Dirige David Gordon Green, cuyo mayor éxito hasta la fecha es Superfumados. Y que McBride, que coincidió con el director y con James Franco en la mencionada Superfumados, ejerza de productor y guionista da una idea de lo que se pretende en Caballeros, princesas y otras bestias. Ver el pobrísimo nivel visual de la película en casi todo, desde el vestuario hasta los efectos visuales, también ayuda a ponerse en situación.

Como los únicos gags posibles en esta película son los sexuales, es evidente que Natalie Portman se despojará en algún momento de la ropa. Pero ya lo hemos visto en el trailer (entonces hubo cierta polémica porque digitalmente se modificó el tanga que lleva en la escena para que hubiera más tela y menos carne), así que no encontrará nadie ahí un motivo para perder el tiempo. La verdad es que decepciona que Portman, después de la prodigiosa interpretación de Cisne negro, haya juntado una inane comedia romántica (Sin compromiso), un limitado drama (El amor y otras cosas imposibles) y este invento. La frase "del ganador de un Premio de la Academia" que tanto gusta decir en los trailers aquí encuentra un motivo de sonrojo. Por Natalie Portman y también por James Franco (nominado por 127 horas), quien parece tomarse la película como una continuación de la gala de los Oscars que presentó hace pocos meses. E incluso por Toby Jones (hizo un Truman Capote brillante en Historia de un crimen) o Damian Lewis (uno de los protagonistas de la magnífica serie Hermanos de sangre). Nadie encuentra aquí su lugar, ni siquiera dentro de la parodia más incontrolada, aunque intuyo que McBride estará satisfecho.

¿Y qué se puede decir bueno de Caballeros, princesas y otras bestias? Pues más bien poco por no decir nada. Yo, al menos, no encontré el más mínimo motivo para reírme en una comedia que llega hasta los 100 minutos. Supongo que con eso queda todo dicho. No hay nada original en el planteamiento ni el desarrollo, los actores no son creíbles, los efectos visuales son de andar por casa. Diciendo todo eso, no me extaña lo más mínimo que la película haya costado 50 millones de dólares y apenas lleve recaudados 22. Mejor pensado, es asombroso que esta película haya costado 50 millones de dólares. Será que los actores sí hicieron un buen negocio en este proyecto después de todo. Negocio económico, claro, porque lo que es la imagen queda por los suelos. Igual vale como película de videofórum de amigotes salidos. Pero en cualquier otro ámbito se me antoja imposible que encaje esta Caballeros, princesas y otras bestias. De nuevo, gracias por el clarificador título.

sábado, junio 11, 2011

'X-Men. Primera generación', muchos aciertos notables, algunos errores notables

Lo que Matthew Vaughan mostró en Kick-Ass no alimentaba demasiadas esperanzas, como tampoco algunas de las decisiones del casting de personajes de esta X-Men. Primera generación, pero lo cierto es que el resultado final es notable. Notable en buena parte de su metraje y, sobre todo, en un formidable climax, maravillosamente bien resuelto y con un final abierto de esos que hacen desear que esta entrega sea el comienzo de una fructífica saga. Pero, también hay que decirlo, con notables errores, tanto en la narración como, confirmando los temores previos, en la elección de algunos de los miembros de esta primera generación de mutantes. La película trata de ser continuista con la saga ya conocida, iniciada por Bryan Singer, pero al mismo tiempo quiere ser un nuevo comienzo. Es un difícil equilibrio del que esta nueva entrega no siempre sale triunfante, pero el conjunto es una magnífica película de aventuras, con buenos toques sociales y políticos, con algunos personajes muy bien perfilados y magníficas secuencias tanto de acción como de diálogo. Merece la pena.

Quizá lo mejor que se pueda decir de esta película para llamar la atención de nuevos espectadores es que no hace falta conocer absolutamente nada de la mitología de los mutantes de Marvel Comics, ni siquiera las tres películas anteriores (en beneficio de la saga, olvidaremos Lobezno), para seguir con interés la trama. Sólo hay dos detalles que podrían pasar desapercibidos a quien no tenga conocimientos previos: el comienzo de la película, sorprendentemente calcado al del primer X-Men de Singer, y los acertados cameos de dos de los actores que participaron en la trilogía previa (esta vez, y a diferencia de otras películas Marvel, no aparece el creador de los personajes, Stan Lee). El mayor acierto es colocar la trama en la época de la guerra fría, un momento histórico, político y social que da una especial relevancia al inicio del conflicto entre humanos y mutantes, cuyos primeros pasos se ven aquí. A los viejos aficionados al cómic, no obstante, les sorprenderá comprobar qué mutantes aparecern y de qué forma se explican muchas cosas sobre su historia. Eso es difícil de encajar, de hecho, porque la selección parece aleatoria en muchos casos, sin justificación dramática alguna (¿Banshee aparece sólo por la escena del sónar...? ¿La Bestia sólo por ser azul...?).

X-Men. Primera generación parece planteada como la película de Charles Xavier (James McAvoy) y Erik Lehnsherr, futuro Magneto (Michael Fassbender), pero el primero pierde peso ante un imponente Fassbender (sin duda, el mejor actor de la película, formidable su versión del antagonista más clásico de los X-Men del cómic, a la altura y a la vez diferente del Ian McKellen de las películas de Singer) y ante el villano de la función, Sebastian Shaw (Kevin Bacon). El acierto de ambos es componer figuras dramáticas espléndidamente dibujadas sin necesidad de caer en el clásico histrionismo que se le suele dar a los villanos. La secuencia final en la que ambos se enfrentan es simple pero antológica, de lo mejor que se ha rodado nunca en el cine de superhéroes. McAvoy, en cambio, tiene grandes momentos y otros en los que no termina de fraguar como Profesor X (en uno de ellos, sorprende la elección de Vaughn de colocar en recuadros -¿viñetas?- los momentos de adiestramiento, cuando es una fórmula con la que ya fracasó Ang Lee con Hulk), lejos de la templanza y el buen hacer de Patrick Stewart en la serie cinematográfica original. Al final son Shaw y Magneto, y no Xavier a pesar de su indudable protagonismo de la película, quienes marcan el ritmo narrativo y el pulso de la historia.

Hay algunos notables errores de esos que arruinan la magia de la fantasía en el cine, desde trucajes visuales simples (el imposible vuelo de Banshee con una mano ocupada) y alguno que otro en el guión, que tienen que ver con el manejo del tiempo y, de nuevo, con la elección de los personajes. Poner dos mutantes con poderes mentales en la película hace que ambos se resten protagonismo y capacidad. Emma Frost (interpretada fríamente por January Jones) al final se queda como figura decorativa (y con escaso e insinuante vestuario), como un personaje sin desarrollar cuando su potencial es tremendo. A pesar de todo, tiene parte en una de las mejores escenas de la película, la que sucede en la mansión de un general soviético con la participación de Erik y Xavier, una escena que sirve especialmente para marcar el futuro antagonismo de ambos (el que se fragua, por cierto, en una mucho más tranquila escena delante de un tablero de ajedrez que evoca el duelo entre Patrick Stewart e Ian McKellen al final de la primera X-Men) y, cabe suponer, tendrá mayor protagonismo en futuras secuelas si las hay. Jennifer Lawrence (nominada al Oscar este año por Winter's bone) compone una Mística más que interesante, muy por encima de sus compañeros juveniles de reparto.

Lo que convence de Primera generación es su carácter aventurero, casi a lo James Bond en algunos momentos (aunque, por supuesto, aderezado con las notas fantásticas que permiten unos poderes sobrehumanos), su gran imaginería visual sin llegar a ser dependiente del trabajo de efectos especiales (que en algunas escenas son muy buenos y que en otras parecen casi dibujos animados, como en la primera gran manifestaciones de los poderes mutantes de un joven Erik nte Shaw) y su trasfondo capaz de generar un generoso debate sobre muchas cuestiones. Todo está bien entrelazado en un guión escrito por cuatro personas (entre ellos el propio Vaughn) basándose en una historia de Sheldon Turner y Bryan Singer (de ahí, seguramente, la amplia conexión temática con las anteriores películas, de las que sirve como precuela aunque no del todo), aunque con algún agujero demasiado visible que, además, va contra la continuidad conocida del cómic. Los cambios funcionan en algunos casos (la escena final en la playa), pero en otros, como decía más arriba, parecen aleatorios y sin motivo aparente.

En conclusión, una espléndida película de mutantes, de aventuras, de cómic y de confrontación social, quizá más irregular en su conjunto que las dos primeras X-Men de Singer pero cuyos mejores momentos superan con creces lo visto hasta ahora en las películas sobre los mutantes de Marvel. El impactante final, en el que Fassbender pide a gritos una película con protagonismo absoluto, hace augurar una nueva saga de gran calidad. Ojalá lo sea.

jueves, junio 02, 2011

'Sin límites', interesante pero...

No es fácil evaluar una película como Sin límites. Por un lado, es una historia prometedora que cuenta con interesantes hallazgos visuales. Por otra, tiene algunos notables agujeros en su guión y serios problemas en cuanto a sus intérpretes. Interesante, pero sabe a poco. Parece una película alargada demasiado, que no daría más que para un episodio de media hora de una serie de misterio y fantasía, pero al mismo tiempo es corta y de ritmo frenético (visual y narrativo, porque no hay apenas escenas de acción). Parece una historia con gancho, pero analizar fríamente lo que sucede en la pantalla puede provocar dudas morales en el espectador. Los actores no trabajan mal y hay muchos rostros conocidos, pero los hay que saben a poco y los hay que no parecen los ideales para el papel. Y, así, la sensación que queda tras haber pasado algo más de hora y media de entretenimiento es de cierto vacío. Lo dicho, difícil de evaluar. Seguro que hay gente que adora esta película y gente que la detesta.

De una forma que no viene a cuento relatar, un escritor fracasado (Bradley Cooper) descubre una droga en forma de pastillas que le permite explotar al máximo su cerebro, lo que le lleva, de forma sobrehumana, a adquirir todo tipo de conocimientos científicos y sociales que sólo mantiene si mantiene una dosis diaria de esa pastilla. Es decir, que una vez tomada la droga en cuestión, tan fácil le será al sujeto aprender italiano como saber en cada momento que movimiento tiene que hacer para vencer en una pelea contra seis personas. Neil Burger afronta su primera película no escrita por él, la cuarta de su filmografía (en la que destaca El ilusionista, su preciosista historia de magos, que se estrenó casi al mismo tiempo que El truco final. El prestigio, de Christopher Nolan). Pero, al mismo tiempo, es una película producida por su protagonista, Bradley Cooper. En la mezcla de ambas cosas hay que encontrar la causa de que sea una película muy reduccionista en el universo que plantea, demasiado centrada en un solo hombre y carente de credibilidad en cuanto a la existencia de un mundo que le rodea.

Bradley Cooper (Resacón en Las Vegas, El equipo A) no parece el actor adecuado para dar vida al desangelado y fracasado personaje del comienzo de la película. Él mismo, en la voz en off, se sorprende de verse así de desastrado en el inicio del filme. Y eso, que no es una broma interna sino una frase seria en el guión, parece un indicativo de lo que está por venir. Cooper tiene la etiqueta "triunfador" escrita en la frente. No parece creíble en ningún momento en el que no tiene la mencionada píldora que da poderes casi sobrehumanos a quien la ingiere. En cambio, sí encaja como hombre de éxito, como drogadicto de élite, como un hombre de clase alta. Ese desnivel entre una y otra parte de la interpretación lastra incluso alguno de los hallazgos de Sin límites, que están en el apartado visual, en la diferente iluminación del mundo visto a través de los ojos de un hombre con miedos y dudas o con la seguridad que le da la pastilla. Ahí es donde más se puede disfrutar de la película, en los bruscos y notables contrastes visuales, en la nueva visión que abre la pastilla (escenas subrayadas con música potente y machacona).

Para equilibrar la balanza, Cooper necesitaría un reparto solvente detrás. Y el caso es que lo tiene. Pero, al mismo tiempo, carece de él, por cuestiones de guión pero también por temas interpretativos. Porque, claro, ¿quién mejor que Robert De Niro para dar la réplica? No puede haber nadie... salvo que Robert De Niro hace mucho que no es Robert De Niro en el cine. No es que esté mal, ni que, ni mucho menos, dé la misma lástima que desprende cuando se convierte en una triste caricatura de sí mismo (Machete me viene a la cabeza), pero tampoco es Robert De Niro. De hecho, en la última escena de la película cabe preguntarse si sigue siendo el mismo actor que maravilló en películas como Taxi Driver, Toro Salvaje, Heat, Uno de los nuestros, Despertares, La misión y tantas otras. La réplica femenina apenas tiene protagonismo, porque todo lo que sucede en pantalla lo absorbe Bradley Cooper. Abbie Cornish, en cualquier caso, está bastante menos creíble (y eso es digno de analizar) que en la menospreciada Sucker Punch. Correcta, como todo el reparto, pero lejos de lo que necesita la película para crecer.

Las dudas temáticas que ofrece no son fáciles de debatir si no se ha visto la película (salvo que se quiera destriparla). Van sobre el modelo de triunfador de la sociedad actual, sobre qué haríamos con nuestra vida si lo tuviéramos todo a nuestro alcance, sobre las consecuencias de nuestros actos. Sin límites da para muchos debates, porque son muchas las circunstancias a las que tiene que hacer frente el protagonista en la película. Eso es otro gran punto a favor, que deja sobrados elementos para conversar tras ver la película. Pero, ojo, porque moralmente es un filme que camina por la fina frontera entre la sugerencia y la moralina, con lo que corre el riesgo de ofender a los más susceptibles en algunas de sus conclusiones. Porque ya lo creo que hay conclusiones, aunque hay muchos interrogantes y no todos reciben respuesta. Pero puede que sus responsables no hicieron esta película para pensar en esos detalles y, quizá, sólo crearon un divertimento pasajero. En eso triunfan razonablemente bien, pero...