Mostrando entradas con la etiqueta Josh Brolin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Josh Brolin. Mostrar todas las entradas

viernes, noviembre 13, 2015

'Sicario', en la guerra no hay fronteras

Resulta fascinante que haya directores que sepan romper fronteras. Y cuando son capaces de hacerlo en más de una película, la sensación es aún más gratificante. Denis Villeneuve ya se ha sumado a esa lista de privilegiados cineastas que son capaces de traspasar todos los límites para contar una buena historia, lo hizo con Prisioneros o con Enemy, y lo vuelve a hacer en Sicario, donde retuerce un escenario que ya empieza a tener demasiadas interpretaciones en la ficción norteamericana de nuestros días, la frontera entre Estados Unidos y México como terreno esencial para el tráfico de drogas, para llevarlo a un terreno que le es más propio, el personal. Sicario no es una película sobre la guerra contra la droga, sino sobre cómo ven tres personajes muy concretos esa guerra y la forma de lucharla. El punto de vista escogido (aunque modificado al final para un brutal desenlace) es el de Kate (Emily Blunt) una agente de acción reclutada para un equipo integrado por diferentes agencias.

Villeneuve tiene dos enormes virtudes. La primera es que es capaz de captar lo más cotidiano de los escenarios más extraordinarios. Kate es una mujer obsesionada con su trabajo, y eso lo muestra con su despliegue profesional pero también con el contraste con su vida personal. Encajar a ese personaje en una guerra tan extrema y hacer del seguimiento de las reglas (o cómo se rompen para lograr un bien mayor) un tema capital de la película es un indudable acierto, porque explica cada una de las acciones de Kate, sus dudas antes, durante y después de las operaciones, e incluso sirve para explicar por qué es escogida para ese trabajo. La segunda virtud de Villeneuve es que es un extraordinario director de actores. Buscar a un intérprete que no entienda lo que requiere su personaje, por breve que sea su aparición en pantalla, es una misión imposible.

Esa cualidad, cuando además uno tiene un reparto encabezado por Emily Blunt, Benicio del Toro y Josh Brolin, es sencillamente una formidable tarjeta de presentación para que después la película vaya sobre ruedas. Los tres están impresionantes, aportando unos matices riquísimos para sus personajes. Blunt confirma su descomunal versatilidad y tanto Del Toro como Brolin que, incluso en terrenos que se acercan a sus escenarios de seguridad más confortable, los que les han hecho merecedores de elogios en trabajos anteriores, saben encontrar elementos diferenciadores. Villeneuve sabe cómo sacar lo mejor de sus actores y cómo aprovecharlo para que su forma de rodar sea personal e identificable. No necesita primeros planos continuos para entender las emociones de sus personajes y sabe jugar con los escenarios para que la tensión del thriller que no deja de ser Sicario crezca junto a estos tres actores.

Como Villeneuve sabe rodar de una forma extraordinaria, la película rentabiliza todos los aciertos del guión y va dejando pequeñas escenas de acción que dan un ritmo bastante impresionante al filme y que construyen la historia, pero que funcionan casi como pequeñas piezas individuales. Sucede con el brutal arranque de la película, una operación de salto modélicamente planificada; con la extraordinaria escena en la frontera, milimétricamente pensada y ejecutada con maestría; o con el sensacional clímax, en dos partes, una grupal en la que no chirrían ni siquiera las cámaras térmicas o de infrarrojos que emplea y una individual que recuerda a la mejor tradición del género. Si Heat, de Michael Mann, fue el mejor retrato posible del crimen urbano, Sicario se convierte en el mejor exponente de las historias que cuentan cómo afronta la Ley la guerra contra el narcotráfico. Porque narcotraficantes hay pocos en Sicario. Lo que hay es cine y del bueno.

viernes, marzo 13, 2015

'Puro vicio', complicaciones innecesarias

Cuando acaba Puro vicio, queda la impresión de que la historia que cuenta Paul Thomas Anderson es algo completamente olvidable. No lo es su forma de componer planos, su puesta en escena o lo que consigue sacar de sus actores (aunque eso, por cierto, es debatible en cuanto a su protagonista pero también al resto de sus actores), pero para su séptima película se ha metido un jardín difícil de entender, ha buscado unas complicaciones innecesarias para llegar a una más que nunca alargada película en la que importa mucho más la diversión puntual que el conjunto. Es mucho más divertido quedarse con alguna escena, con algún momento de la rocambolesca interpretación de Joaquin Phoenix o con la aparición de alguno de los actores que casi parece servirse de un cameo más que de hacer un trabajo más elaborado, que con una historia de la que se desconecta con absoluta facilidad a la media hora de película. Y lo que empieza como un cruce entre Chinatown y El gran Lebowski acaba siendo una película que se queda a medias de casi todo y en la que lo que más destaca es el ya mencionado Phoenix.

Y no es que eso parezca difícil, porque en muchas ocasiones se tiene la clara sensación de que Anderson ha escrito cada escena del filme pensando si no exclusivamente sí sobre todo en la reacción que podría sacar de Joaquin Phoenix al rodarla. Tanto da que sea exagerada, pausada, alocada, irreverente, trascendental o completamente inverosímil, que de todo hay, la película gira en torno a lo que hace y dice su protagonista. Por eso, la mejor forma de disfrutar Puro vicio (mala traducción española, por cierto, quizá para llamar la atención) es centrarse en el detective privado adicto a la maría que interpreta en un innecesariamente enrevesado caso que hace que se pierda la concentración bastante pronto y que decepciona enormemente al final, cuando la conclusión del gran misterio que parece plantear la película es el punto más bajo de la historia. Puede que Anderson pensara una película como una metáfora del consumo de este personaje y su extraña vida, plenamente manifestada en su aspecto, en su viaje dándole a esa palabra el amplio sentido que ya sugiere el título, pero no consigue dar esa impresión de forma general.

En realidad, no es que Anderson se haya desviado demasiado de lo que ha venido ofreciendo como director desde que llamó la atención por primera vez con Boogie Nights, allá por 1997, y que ha prolongado en películas como Magnolia, Pozos de ambición o The Master, pero es difícil encontrar satisfacción en su resultado. Se le puede alabar por la forma en que se plantea las películas, por sus méritos como director de actores y por una enorme sensibilidad, casi pictórica, a la hora de componer sus planos, pero todo eso acaba siendo un envoltorio vacío, especialmente para quienes no sean capaces de conectar con la un Phoenix a cada nuevo filme más estrambótico y alucinógeno. Eso, por extraño que pueda parecer, es un elogio, por mucho que cada vez sea más plausible considerar el trabajo del extraordinario actor como una extensión natural de su extravagante personalidad. En el reparto hay más satisfacciones, como la insospechada de Katherine Waterston y la más habitual de James Brolin, aunque su personaje tenga una salida final que puede provocar algo de perplejidad.

Puro vicio es una película llamativa, provocadora y a ratos muy divertida, pero que está francamente lejos de suponer una experiencia positiva en conjunto. Pensando demasiado en lo que le podría aportar Phoenix, con el que ya trabajado antes, a Anderson se le escapa entre las manos una historia que pierde interés de forma progresiva. Si al comienzo de la película se presta atención por el detalle, por los personajes, por los nombres, por las relaciones que pueda haber entre uno y otro, al final todo da bastante igual, y eso resulta inadmisible en un thriller noir (incluso mantiene la voz en off propia del género, aunque viciada, nunca mejor dicho, por una a ratos hasta insoportable pretensión de trascendencia filosófica) que desperdicia así las posibilidades del relato y las del escenario escogido (un pueblo de Los Ángeles en los años 70). Y el caso es que da la impresión de que a los seguidores habituales de Anderson puede bastarles, pero sin ese respaldo previo ahora mismo parece complicado saltar a este tren en marcha que es su filmografía.

miércoles, marzo 19, 2014

'Una vida en tres días', dos actores brillantes en una película rara

Que el cine de Jason Reitman tiende a ser raro, entendiéndose ese adjetivo de múltiples maneras, es algo que ya parecía aceptado, pero Una vida en tres días, que se presenta como su películas más clásica en cuanto a su planteamiento, es, en realidad, la más rara de todas. Por momentos brillante, aunque eso es algo que se puede achacar con facilidad a sus dos magníficos actores protagonistas (Kate Winslet y Josh Brolin), por momento desconcertante. Con una tensión bastante inverosímil, es mucho más una historia de amor que parte de unas premisas bastante difíciles de creer. Por eso, lo que funciona es lo que aportan los intérpretes y no tanto lo que parte de la labor de Reitman como director y guionista, adaptando la novela de Joyce Maynard. No deja de ser curioso que en la película se intuyan rasgos de dos trabajos de Clint Eastwood, Un mundo perfecto y Los puentes de Madison, pero desde luego Retiman se queda muy lejos de la brillantez de aquellas dos.

Y es que Reitman ha ido apagándose poco a poco. Con Juno captó la atención de todo el mundo, Up in the Air mantuvo el reconocimiento mayoritario pero ya sembró las dudas (sin duda, entre quien esto suscribe) y Young Adult fue, literalmente, un fiasco. Es cierto que en todas ellas se mantiene una premisa básica, el espléndido trabajo de los actores. Reitman, por tanto, algo tendrá en ese aspecto de su trabajo, pero tampoco se puede obviar que se rodea de intérpretes de renombre y categoría en cada película que hace. Se hace difícil creer que Una vida en tres días (curioso título en español si tenemos en cuenta que la historia empieza un jueves y acaba el martes siguiente, lo que vienen a ser seis días) tenga el mismo nivel de credibilidad y fluidez de no contar con cabezas de cartel como Winslet y Brolin, dando vida a Adele, una madre separada que vive junto a su hijo Henry, y a Frank Chambers, un preso fugado cuyas vidas se cruzan y cambian para siempre, con interpretaciones sensibles, sutiles, cargadas de matices, que sostienen la película por sí solas.

La premisa es compleja de tratar, eso es evidente, porque es la historia de amor fugaz entre un convicto fugado y la mujer a la que secuestra para esconderse en su casa. Y es que ésto no es un thriller, sino una película romántica. Por eso es complejo asimilar que Reitman apueste por una ambientación de misterio, con una música de Rolfe Kent que no termina de sonar acertada nunca, cuando en realidad no lo hay y lo que complica la película no es la subtrama policial, sino los caminos más inverosímiles de la historia de amor. Y en ese punto, destacando también la buena presencia del joven Gattlin Griffith, hay que volver de nuevo a Winslet y Brolin, que imprimen una enorme intensidad a sus personajes, llevan al terreno de lo creíble lo más inverosímil de la historia, aunque Reitman no controle demasiado bien los tiempos de la película, dé mucha importancia a algunas escenas que se hacen pesadas (la de la tarta de melocotón, por mucha explicación que tenga al final, es cansina) e introduzca algunos personajes casi para justificar que algo esté sucediendo alrededor de la historia central (el policía o la chica que conoce Henry).

Como historia de amor se maneja con cierta soltura, aunque a Reitman se le va el relato en los momentos en que se acuerda de cómo arranca, con la presencia de un criminal fugado que altera la vida de esta familia. Como historia iniciática en la vida y en el amor del joven Henry, también podría haber funcionado, pero tiene muy poco encaje en la parte central de la película lo que hace y lo que le sucede al chico, más allá de la influencia que pueda tener después en las decisiones de su madre. Es ahí, en realidad y una vez asumido que esta pareja de tan dispar origen ha de centrar el relato, donde se localizan casi todos los momentos que llevan a lo más inverosímil del filme. Y aunque los defectos son apreciables, la película alcanza casi las dos horas con bastante facilidad gracias a Winslet y Brolin, bien acompañados además por las fugaces presencias de Tobey Maguire, Clark Gregg y J. K. Simmons. Ellos hacen que la película valga la pena, aunque quede una sensación extraña, más incluso después de su epílogo.

domingo, febrero 10, 2013

'Gangster Squad', entretenido pero poco exigente cine negro

Es evidente que el cine negro ya no es lo que era. Y, por eso, no que afrontar cada película nueva que salga como si fuera a reinventarlo. Sucede un poco lo mismo que con los musicales, que o bien se encumbran como la película que renueva el género o se aplastan sin piedad si no se convierten en un clásico instantáneo. Gangster Squad es un ejemplo perfecto para describir este fenómeno. Es obvio que no va a reinventar el género, pero tampoco lo pretende. Y, por tanto, el resultado es una película sumamente entretenida. Poco exigente, sí, con diálogos flojos y con elementos más que previsibles, incluso algunos ridículos. Pero casi siempre bien llevada y bien interpretada. Creo que la mejor forma de saber qué se va a ver está en pensar en el género, asumir que el guión es una traslación de Los intocables de Eliot Ness al Hollywood de finales de los años 40, mezclarlo con su interesante reparto, sumar altísimas dosis de disparos, y recordar que su director es Ruben Fleischer, responsable de Bienvenidos a Zombieland y 30 minutos o menos.

Llegar a la conclusión de que Gangster Squad es una película entretenida supone salvar un escollo importante que Warner había puesto para su disfrute cuando decidió eliminar una escena de la película por su similitud con el tiroteo en la vida real en un cine coincidiendo con el estreno de El Caballero Oscuro. La leyenda renace. Dijeron entonces que lo hicieron para no herir sensibilidades, pero, francamente, tiroteos ha habido en muchos escenarios y no por eso se va a dejar de disfrutar de una buena película de, y ahí está la clave, ficción. La decisión se antoja aún más absurda después de ver que es totalmente imposible llevar la cuenta de cuántos disparos se producen en Gangster Squad, de cuántos cadáveres llegan a sumarse a lo largo de su metraje y de algunas escenas como el violento incidente que abre la historia. Porque, eso sí, Gangster Squad es una película muy violenta, como procede con el relato que está contando. Obviamente, Fleischer gusta de recrearse en algunos de esos momentos, pero tampoco es un exceso insoportable.

El principal problema de la película no está ahí, sino en el desarrollo de los personajes, en sus diálogos y en intentar disimular que estamos ante una versión más truculenta y salvaje de Los intocables. Porque el argumento es básicamente el mismo. Solo cambia que aquí los policías que persiguen al mafioso de turno operan más allá de la ley y sin sus placas, pero hay en la interpretación de Sean Penn un claro intento de acercarse al Al Capone de Robert de Niro en la película de Brian de Palma, a la que se asemeja en demasiadas cosas con los típicos añadidos de lo políticamente correcto (que no falten la mujer, el hispano y el negro), e incluso con homenajes nada velados (la escalera, a la que sólo le falta el carrito de bebé). Es evidente cómo se va a resolver la trama, quién tiene que enfrentarse con quién, qué papel va a jugar la femme fatale de turno o incluso qué personajes no van a llegar con vida al final de la película. Es Emma Stone, pese a cuadrar a la perfección en la imagen más hermosa de la mujer del género negro, y sea cual sea el color de su insinuante vestido, quien más sufre el pobre desarrollo de los personajes.

Pero el conjunto es, decía, sumamente entretenido, porque en el fondo es una buena historia de buenos contra malos que está encarnada por actores carismáticos. Y aunque Josh Brolin es un espléndido actor que lleva el filme con mucho oficio, y se agradecen las presencias de Nick Nolte, Giovanni Ribisi, Robert Patrick, Anthony Mackie o Michael Peña, lo cierto es que la película crece con la presencia de Ryan Gosling, a pesar de su pobre doblaje. Y no es que su personaje esté mucho más desarrollado que el de sus compañeros de reparto, pero sí encierra bastantes más elementos de interés, tanto sobre el papel de su guión como en su traslación a la pantalla. Fleischer se excede en modernizar el aspecto visual del cine negro y, obviamente, choca con la esencia misma del género. Gangster Squad abusa de las cámaras lentas y de los efectos visuales y, salvando una espléndidamente rodada escena de persecución, se acerca a la historia como si fuera un título más de acción. Eso es lo fallido de la película. Pero el desarrollo y la puesta en escena, olvidando estas moderneces que llevan tiempo comiéndose las reglas básicas del cine de género, es más que interesante.

Gangster Squad no es la mala película que muchos han vendido (¿quizá una reacción a esa desmedida reacción de remontar la película?) ni tampoco el clásico instantáneo que se podría haber conseguido con un reparto tan completo e interesante como el que reúne este filme. Pero es una película interesante, contenida en su duración (113 minutos) y desatada en su violencia. Curioso sería que esa misma violencia que sirve para encumbrar a otros directores se utilizara para hundir esta película. Lo mejor, en todo caso, está en la ambientación, en lo que sí sigue con fidelidad aquello que hacía del género negro algo tan especial, ese aire clásico en los escenarios, en la vestimenta e incluso en los comportamientos de los personajes. Y eso está presente aquí, quizá algo enmascarado por el ruido de las balas, pero está. Pero no estamos ante una obra maestra del calibre de Perdición, no. Ni siquiera comparable con L. A. Confidential o Camino a la perdición. Pero es que no todo el cine tiene que ser de arte y ensayo o formar parte de forma inmediata de un panteón de clásicos. El cine entretenido también tiene derecho a vivir.

sábado, mayo 26, 2012

'Men in Black 3', eficaz y olvidable divertimento

Han pasado diez años desde que se estrenó Men in Black 2, que as u vez llegó a los cines cinco años después que Men in Black. Entonces, en 1997, narrar las andanzas de estos hombres de negro, una agencia secreta norteamericana que se dedicaba a detener a los criminales alienígenas en la Tierra, fue un concepto simpática. Hoy parece algo superado, pero sigue siendo un divertimento digno y eficaz. Algo olvidable precisamente porque ya no esconde ni ofrece sorpresa alguna y porque esta segunda secuela sabe de sus limitaciones y se vuelca en el humor por encima de cualquier otro aspecto. Quizá incluso haya algo de cansancio, lo que explica por qué la historia obliga a buscar un sustituto a Tommy Lee Jones durante buena parte del metraje. Y es que aquí, por si quedaba alguna duda, la estrella ya es Will Smith. Lo mejor, insisto, es que es digna, cosa que no pueden decir todas las secuelas de películas de éxito que llegan con tanto retraso. Lo peor, que no hay nada nuevo en el horizonte y que la historia es muy, muy pequeña.

La eficacia de Men in Black 3 pasa por el hecho de que tiene momentos divertidos, por el disfrute de ver a Will Smith y Tommy Lee Jones retomando sus personajes de forma identificable, como si, en realidad, no hubieran pasado los quince años que han transcurrido desde la primera película de la serie cinematográfica (no olvidemos que está basada en un cómic y que, posteriormente, hubo una serie de dibujos animados). Pero son esos quince años el principal problema de la cinta. A estas alturas, no hay muchas explicaciones narrativas que justifiquen esta secuela y sus responsables parecen tenerlo tan claro que no han dudado en reemplazar a uno de los dos actores protagonistas para abordarla. ¿La excusa? Un viaje en el tiempo, y así el personaje ya puede interpretarlo otro actor más joven. Ya en las escenas en el presente da la sensación de que a Tommy Lee Jones le han quitado arrugas digitalmente. Lo que es innegable es que colocar a Josh Brolin es un acierto de casting.

Brolin, aunque lejos, muy lejos, de sus mejores papeles, es un actor interesante y le da un toque diferente a la dinámica entre J y K, fiel a lo que ya se había visto en las dos primeras películas y a la vez con un poco de frescura. Eso es, en realidad, lo mejor que ofrece Men in Black 3. Puede parecer absurdo, pero a Will Smith se le ve ya algo mayor para el tono juvenil de su personaje, que se mantiene intacto sobre el papel. La presencia de Emma Thompson no hace sino confirmar otra de las tendencias actuales de Hollywood y sus películas llamadas a ser éxitos, la de colocar actores conocidos más por otras facetas de sus carreras en personajes secundarios, casi de relleno. Y sí, tiene cierta gracia ver en las pantallas a pretendidos alienígenas encubiertos entre los personajes más famosos de la actualidad, pero tenía más cuando se hizo el chiste por primera vez en la película que dio origen a lo que ya es una trilogía. Así, la única gran novedad a agradecer es el escenario histórico en el que se desarrolla el modesto clímax de la película, y es que Hollywood sabe rendir homenajes de vez en cuando a su propia historia.

Esta tercera parte asume desde el principio que es una película pequeña, comparada con las dos anteriores y también con el blockbuster veraniego de Hollywood en la actualidad. El malo de la función, interpretado por el cómico y cantante Jemaine Clement, lo evidencia desde el principio. Sí que hay una invasión alienígena de fondo (que se ve minimizada a lo bestia por el gran superespectáculo del año, Los Vengadores, e incluso por el final de la tercera entrega de Transformers, con las que no hay comparación posible), pero es una historia muy pequeña y personal la que se cuenta en esta secuela. Y el añadido del 3D supone otra sospecha más sobre el oportunismo de este filme y de sus verdaderos objetivos. Claro, luego no deja de ser una película de Men in Black, trufada de detalles que son simpáticos, algunos relativos a las dos películas anteriores (aunque no es imprescindible verlas, ni siquiera conocerlas, para entender esta historia), y eso suaviza el juicio final a Men in Black 3. Pero es evidente que es una película para fans de la saga o de los actores, porque parece difícil que enganche a alguien nuevo.

martes, febrero 22, 2011

'Valor de ley', remake no, fotocopia oscura y mala

Los hermanos Coen son para mí un misterio. Gustándome más o menos, hasta 1998, hasta El gran Lebowski, eran unos cineastas reconocibles e interesantes, con un pequeño defecto: a excepción de la epopeya del Nota (mítico Jeff Bridges), sus películas no permanecían mucho tiempo en la memoria aunque fueran buenas (ejemplo perfecto, Muerte entre las flores). Pero algo les pasó después de aquel filme, porque desde entonces no me generan el más mínimo interés. Nada de lo que han hecho me ha gustado, me han parecido sobrevalorados hasta el exceso (ejemplo perfecto, No es país para viejos) y alguno que otro de sus productos me han llegado a irritar (ejemplo perfecto, Un hombre serio). Pero han conseguido por fin superar su principal defecto. Valor de ley será la película que se quede para siempre en mi memoria. Eso sí, los Coen han adquirido otra importante rémora que anula por completo su mérito: esta película ya la he visto. Se han limitado a fotocopiar el Valor de ley que hizo en 1969 Henry Hathaway con John Wayne. Les ha salido una fotocopia oscura (de tono y de resultado), pero fotocopia al fin y al cabo. Y, sí, me acordaré de diálogos y escenas. Pero con otros rostros. Mejores rostros, por cierto.

Desconozco y no he leído el libro en que están basadas tanto la película de Hathaway como la de los Coen, así que no sé decir qué partes son fieles al original literario y cuáles son hallazgos cinematográficos. Pero lo que sí está claro es que todos menos uno pertenecen a la primera versión cinematográfica. Los Coen sólo introducen dos grandes cambios en su película, una maravillosa escena de apertura, oscura, intrigante y bien narrada, y un final que casi se puede entender como un efecto del tiempo. El canto triunfal de un John Wayne vitalista no tendría mucho sentido aquí con Jeff Bridges. Aquel western ya es pasado, el nuevo western requiere otro tono. Luego hay alguna cosilla más, algún episodio intrascendente que se cuela a mitad de metraje y algún diálogo cambiado de escena. Pero ya está. Y por esto los Coen han conseguido nada menos que diez nominaciones a los Oscars. La más asombrosa es la que han recibido al mejor guión adaptado. Desde luego adaptado es, pero el grado de adaptación es sonrojante, porque, insisto, es una fotocopia del original. Las mismas frases, las mismas secuencias, los mismos personajes. Y, lo que tiene más delito, todo suena peor que en el original.

Estéticamente se podrá decir que es una película bien rodada. Difícil de discutir. Pero lo único novedoso es que se oscurece la paleta de colores. El pañuelo rojo de John Wayne ya no encaja en un western del siglo XXI, no desde que Clint Eastwood cerrara con maestría un ciclo en Sin perdón. Aquí hay grises, marrones y negros. No hay concesiones a la alegría en los tonos. Y seguramente es un acierto, porque de lo contrario la fotocopia habría sido perfecta, por mucho que Jeff Bridges lleve el parche en el ojo contrario al que John Wayne tenía tapado o Josh Brolin tenga la quemadura en la cara en la mejilla opuesta a Jeff Corey. Grandes cambios de los Coen, sí señor. Casi parece un mensaje subliminal al espectador, advirtiéndole de que están ahí las grandes modificaciones con respecto al primer Valor de ley. Ver las dos películas seguidas es un sanísimo ejercicio que desmonta la pretenciosa labor de los Coen en el cine moderno. Cuando iban de transgresores tenían su punto. Ahora que van de artistas han quedado retratados. Mejor dicho, tendría que haber quedado retratados, pero no es así. Entre las loas exageradas al Javier Bardem de No es país para viejos y este refrito del oeste da la impresión de que estamos antes unos verdaderos genios del cine. Para mí no, desde luego.

Y es que todo en este Valor de ley suena menos auténtico que en el original. La historia, para quien no la conozca, es sencilla, tan sencilla como era la de casi cualquier western de mediados del siglo XX. Un hombre muere asesinado, y la hija de éste contrata a un agente federal valiente pero demasiado aficionado a la bebida para darle caza. Y por el camino se les une otro hombre, que quiere capturar al asesino pero llevarlo a otro estado para ser ahorcado por otro asesinato, lo que no gusta a la niña, que quiere su venganza y no la de otros. John Wayne era ese agente borracho. Y John Wayne siempre será John Wayne. Jeff Bridges es, de largo, el mejor actor de esta versión, pero suena a ya visto, quizá incluso a un negativo más oscuro del Nota, menos divertido y más patético (y dicho ésto como halago a su trabajo). Matt Damon está de lo más insulso, Josh Brolin directamente desaprovechado y la joven Hailee Steinfeld, que tantos halagos ha cosechado, no pasa de correcta y muy lejos del carisma que derrochó en la versión original Kim Darby. Y si ya recordamos los impresionantes papeles secundarios en la original de Robert Duvall y Dennis Hopper es cuando nos damos cuenta de que el reparto de los Coen raya a una altura muy menor.

La primera impresión que deja Valor de ley es asombro. No sé si es que todo el mundo se ha olvidado de la película de Henry Hathaway o si es que hay que alabar a los Coen hagan lo que hagan. Y por eso la segunda impresión es todavía más negativa, es casi de enfado. Porque uno siente que le han tomado el pelo. Da rabia que en otros remakes más audaces haya tanto crítico que lo desprecia como una muestra de la falta de ideas en Hollywood y luego llegue un producto como éste y reciba alabanzas y premios por doquier. Ojalá con los años este Valor de ley ocupe el lugar que merece, es decir, el más absoluto de los olvidos. Me dará pena por algunos de los actores, a los que admiro y respeto. Pero a los Coen ya no. Los Coen terminaron su carrera cinematográfica con El gran Lebowski y dejaron películas interesantes como Fargo, Muerte entre las flores, El gran salto (qué cosas, la única de sus películas que cosechó feroces críticas porque, dijeron entonces, fue una concesión a Hollywood) o Barton Fink (y no cito Arizona Baby, aunque sé que a muchos les gusta, porque a mí no me dijo tanto). Lo que vino después es inenarrable, asombroso y, como esta vez, irritante.

domingo, octubre 24, 2010

Cómics de saldo: 'Jonah Hex' y 'Los perdedores'

No es un ningún secreto que las adaptaciones de cómics están de moda en el cine, y no sólo en los títulos procedentes de Hollywood. Tampoco es secreto alguno que el género ha alcanzado una madurez notable de la que es en gran medida responsable la visión de Batman que Christopher Nolan ha plasmado ya en dos películas (y ya está trabajando en la tercera). Pero igualmente pocos se podrán sorprender si digo que este boom del subgénero deriva al mismo tiempo en la producción de películas que en el mejor de los casos se pueden considerar olvidables. Jonah Hex y Los perdedores son, con sus diferencias, dos de esos cómics de saldo que ofrece el cine de vez en cuando.


No es del todo justo que ambas películas caigan en el mismo saco, a pesar de su prodecencia en forma de viñetas y de no haber cumplido las expectativas. Y es que Jonah Hex es, directamente, una película infame, un filme anunciado a bombo y platillo durante su producción como uno de los títulos del verano y que, al final, llegará a España directamente en DVD tras su fracaso comercial en Estados Unidos. A pesar de que hay nombres a destacar detrás del título, ese fracaso es merecido. Es una mala película, es una mala adaptación de un cómic, es un mal western sobrenatural. Es mala. Punto. Se puede ver con más o menos cariño, tratando de pasar el mejor rato posible en los (afortunadamente) 81 minutos que dura, pero es un título insalvable desde todos los puntos de vista. Caerá en el olvido y muchos de los que participaron en ella la considerarán en un futuro no muy lejano como uno de esos errores que hay que cometer para hacer una carrera en Hollywood.

Dirige Jimmy Hayward, semidebutante en estas lides después de años de trabajo como animador en Pixar y de dirigir la cinta animada Horton. Viendo el resultado de Jonah Hex, se puede decir que poco se le ha pegado del trabajo cinematográfico de la casa animada, pues su primera película de acción real es un ejercicio torpe en todos los terrenos, un caro juguete de 47 millones de dólares que en Estados Unidos sólo recaudó diez en taquilla. El guión es torpe y malinterpreta los puntos fuertes del antihéroe creado por DC Comics, desperdiciando además los escasos buenos momentos que apunta y ofreciendo un climax final soso y sin garra. Ni siquiera técnicamente se puede destacar mucho, con unos efectos visuales ordinarios y un maquillaje rígido y poco realista para el rostro de Jonah Hex, una de sus características más visibles. La película encaja a la perfección en el prototipo de fracaso anunciado, con sus problemas durante el rodaje y sus retrasos en el estreno. Pero lo malo es que arrastra nombres decentes, empezando por el de su protagonista.

Josh Brolin es un buen actor, que ha dado la medidas de sus posibilidades, por ejemplo, trabajando para Oliver Stone en la segunda entrega de Wall Street o en W., pero aquí está perdido, trata de cumplir la papeleta con la mayor dignidad posible. Fracaso. Como John Malkovich, quien seguro que cobró un cheque con muchos ceros por su desquiciado villano. De Megan Fox casi es mejor no hablar. Dicen que es una de las mujeres más deseadas del mundo, pero su colección de malas películas es aún más impresionante que cualquier portada de revista que pueda protagonizar. Si algún día hace una buena (una película, se entiende), seguro que no será por su aportación. La nula química entre la pareja protagonista es la mejor explicación de por qué no funciona este filme. Y es que aquí la única química que hay es la que produce explosiones.

Decía que no es justo meter a Los perdedores en el mismo saco que Jonah Hex, porque no es tan mala película ni mucho menos. Pero sí es fallida. Está basada en una serie de 32 números publicada entre 2003 y 2006 también por DC Comics, a través de su sello para adultos Vertigo. La serie recibió atención de la crítica del medio al ser nominada a los prestigiosos Premios Eisner como mejor nueva serie de 2004. La película, sin embargo, con retrasos similares a los que vivió Jonah Hex, se pierde en un maremagnum de títulos idénticos. Y es que sobran ahora mismo las películas sobre un grupo de antihéroes, veteranos de guerra, tipos duros donde los haya que, con la inevitable presencia de una misteriosa mujer que dé un toque sensual a la historia, cumplen una misión suicida enfrentándose a un malo malísimo y haciendo explotar por el camino todo lo que pillen a su paso. El género es viejo y las novedades que aporta cada título son escasísimas. Los perdedores no es una excepción, a pesar de que, en el fondo, cumple con lo que promete. Es eso y nada más. Y, con todo, no es de los peores títulos que se han estrenado.
-
La clave para asumir lo que cuenta Los perdedores es estar dispuesto a perdonar cientos de clichés y excesos, de vueltas de tuerca y de mucho ruido y movimientos de cámara. Si es así, Los perdedores entretiene. Es una diversión tonta y simple, sí, pero entretiene. Lo malo es que no es capaz de distanciarse de otros títulos similares y, por cercanías en su estreno, sale perdiendo en la comparativa con el título más similar que pudiera imaginarse: El equipo A. A los personajes de Los perdedores les falta el carisma que sí tenían los herederos de la serie de televisión de los años 80. Quizá con otros actores, quizá con otro tono, se podría haber ofrecido un producto más llamativo. ¿No es exactamente lo mismo que ofreció Stallone en ese llamativo revival de los 80 que era Los mercenarios? Lo dicho, demasiados títulos con la misma idea en la cabeza, los mismos arquetipos como protagonistas y la misma vía para resolver los conflictos del mundo a tiros.
-
El reparto no ayuda demasiado tampoco. Hay nombres conocidos, pero de segunda fila. Jeffrey Dean Morgan (el Comeidante de Watchmen), Zoe Saldaña (Uhura en el nuevo y entretenidísimo Star Trek de J. J. Abrams), el español Oscar Jaenada (Camarón; aquí, por cierto, apenas tienes líneas de guión a pesar de que sí aparece mucho en pantalla), Chris Evans (la Antorcha Humana en Los 4 Fantásticos y el próximo Capitán América) o el histriónico (he aquí un eufemismo) villano que conforma Jason Patric (Speed 2, En el valle de Elah) son rostros conocidos, pero, como apuntaba más arriba, ninguno tiene el suficiente carisma como para elevar el nivel de una película correcta pero que se queda en el camino. Aunque raspa el aprobado (no lo hará para todos los espectadores), es quizá un modelo de cómo adaptar un cómic sin la pasión necesaria como para que funcione.

viernes, octubre 08, 2010

'Wall Street. El dinero nunca duerme', a medio camino

En un momento como el actual, uno no puede más que echar de menos al Oliver Stone de los años 80. Aquel tipo valiente y decidido a remover conciencias del que ya no queda más que la fachada polémica y un más que hábil director de cine. Porque aquel cineasta habría sido capaz de crear la película definitiva sobre la crisis económica y el tramposo mundo financiero. Una que habría avivado polémicas, atraído miradas y llegado a las conclusiones más rompedoras que uno pudiera imaginarse. Pero aquel Oliver Stone no es el Oliver Stone que ha dirigido la tardía e inesperada secuela de Wall Street (filme mucho más valiente y duro que su continuación). Este Oliver Stone ha dejado un producto bien hecho, más destacable en la forma que en el fondo y con una gran dirección de actores. Pero los causantes de la crisis se han escapado vivos. La crítica de Oliver Stone se ha quedado a mitad de camino. O, si acaso, en la primera parte de la saga de Gordon Gekko, aquella que se estrenó en 1987.

Porque son años ya en los que Oliver Stone se debate entre la polémica más superficial (su versión de Alejandro Magno y su permanente insistencia en recalcar su homosexualidad o su limitada y caricaturesca visión del anterior presidente norteramericano en W) y las historias que no contienen halos de controversia (como su mirada humana y nada conspirativa al 11-S en World Trade Center). Y cuando decidió afrontar la crisis económica como argumento, uno podía pensar que ahí podría recuperarse el director que habló con franqueza de la guerra de Vietnam en su durísima trilogía (Platoon, Nacido el 4 de julio, El cielo y la tierra). Pero no es así. Sí es cierto que se acerca por momentos en secuencias llamadas en el guión a ser grandes para el análisis y reflexión. Pero no menos cierto es que la película deriva mucho más a la situación de los personajes que a la de la economía global.

Al final, el mejor punto de partida para los análisis que se puedan hacer de la secuela de Wall Street los deja el personaje de Michael Douglas en sus diálogos. En una de sus primeras apariciones, en una charla ante jóvenes, les dice "estáis jodidos". Si Oliver Stone hubiera continuado por ese camino, El dinero nunca duerme podría haber sido, al menos, lo que El color del dinero fue para El buscavidas, una secuela tardía de categoría y adaptada a los nuevos tiempos. Pero no lo es. El final sensiblero-familiar acaba por desbordar todas las pretensiones en este sentido, ya tambaleantes durante buena parte del metraje. Y en la última escena, el propio Douglas pregunta si "nadie cree en segundas partes". Parece casi un guiño interno, una forma de justificar una película que muchos creen oportunista. El tema es oportuno. La forma en la que le ha dado forma Stone es lo que hace que se vea como oportunista. No es la película definitiva sobre la crisis que podría haber sido con más arrojo.

Quizá el polemista Oliver Stone ha ido perdiendo peso con los años al mismo tiempo que ganaba peso la habilidad de Oliver Stone para manejar la cámara. Quizá ahora tiene mucho más dominio de lo que hay en la pantalla que de lo que puede provocar fuera de ella. Y por eso, lo mejor que deja Wall Street. El dinero nunca duerme es un reparto sencillamente espectacular. Michael Douglas es mejor actor de lo que muchos le han reconocido durante años, tiene un carisma que llena la pantalla. Pero si además cuenta a su alrededor con Shia LaBeouf (el más conocido, el más flojo de todos), Josh Brolin (que ya hizo para Stone una espectacular recreación de George Bush hijo en W.), Carey Mulligan (descubierta para el mundo en An education), Eli Wallach (breves pero espeactculares apariciones las suyas), Susan Sarandon (haga lo que haga, siempre es una delicia verla) y Frank Langella (en estado de gracia en los últimos años, con el pico inolvidable de Frost contra Nixon), la cosa adquiere unas proporciones casi inolvidables.

Y es que si algo va a perdurar de esta Wall Street es el duelo interpretativo constante, los retos a los que los actores parecen someterse escena tras escena. Langella contra Brolin, Douglas contra Mulligan, Mulligan contra LaBeouf, Brolin contra LaBeouf, Douglas contra Brolin, Wallach contra Brolin. Son todas escenas magníficas, excelentes enfrentamientos cara a cara protagonizados por intérpretes dando lo mejor de sí mismos. Casi dan ganas de eliminar el sonido de la película y ver sus miradas, sus gestos, su intensidad, para comprobar hasta dónde son capaces de llegar en cada escena. Y decía que LaBeouf es el más flojo de todos. Tiene cierta fama el protagonista de Transformers y coprotagonista de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Y es profesional. Pero le falta mucho por recorrer para devorar la pantalla como hace Michael Douglas, por ejemplo. Por él pasan los años, pero sigue ahí. Gordon Gekko fue el personaje que le dio un Oscar, un logro que no consiguió como actor su padre, el mítico Kirk Douglas. Y Gordon Gekko sigue ahí. Intacto. Inmortal.

Con todo esto, no es fácil decantarse. Es evidente que Wall Street, la original, se ha quedado vieja (y nada mejor para darse cuenta de ello que el magnífico prólogo de su secuela... que por desgracia ya habíamos visto en el trailer). Que la economía ya no es la que era a finales de los años 80. Que hace falta una película definitiva que aborde el mal endémico en el que vive este mundo, más allá de las pinceladas que deja Oliver Stone en esta secuela. Y es evidente que El dinero nunca duerme no puede ser esa película. Pero al mismo tiempo, se trata de un filme visualmente arriesgado. Sencillo en sus metáforas, quizá demasiado sencillo, pero atrayente con sus imágenes. Y sobre todo con sus magníficas interpretaciones, y su gran sentido del ritmo y de la música. Que la firme Oliver Stone hará que las opiniones sean encontradas y puede que hasta extremas. Ni tanto ni tan poco. Es un buen producto, con aciertos y con errores, con momentos prescindibles (¿Gordon Gekko sensiblero?) y otros inolvidables (ese silbido de Wallach). Interesante en todo caso.

viernes, enero 23, 2009

'W.' se queda en interesante... pero necesaria

Oliver Stone es un director que se maneja muy a gusto en la polémica. Seguramente él será uno de los pocos que tenga el valor suficiente para rodar una biografía de un presidente de Estados Unidos cuando éste todavía residía en la Casa Blanca. W. es un curioso biopic cuando seguramente el material podría haber dado para mucho más, pero Stone se mueve muy a gusto en este tipo de película y por eso el resultado es interesante. A veces parece perder la perspectiva y uno no sabe muy bien si es una película para ridiculizar al ex presidente, a mayor gloria del modelo de vida americano o simplemente una biografía más o menos objetiva. Pero en los peores momentos, que alguno tiene, el espectador se puede agarrar a las actuaciones, formidables casi todas ellas, y sobre todo a un inmenso Josh Brolin, que da vida, literalmente, a George W. Bush. Con todo lo bueno y todo lo malo que eso supone.

Quizá lo más reprochable de la película sea que se queda en la superficie de muchos de los temas que apunta (o que abiertamente zanje con una sola escena cuestiones como su alcoholismo), que esté más preocupada en desarrollar una caracterización de George Bush que en contar una historia. La mezcla de la narración presente (las fechas previas y posteriores a la guerra contra Irak) y pasada (la vida de Bush desde su etapa universitaria hasta que decide ser candidato a a las elecciones presidenciales) es hábil, tan hábil como suele ser el cine de Oliver Stone. Pero a veces da la impresión de que se escapa mucha historia entre los dedos. Las elipsis dejan la sensación de que hay demasiado por contar. Quizá sea cierto que la película es prematura porque, al fin y al cabo, cuenta una historia inacabada (que tiene además un final demasiado abrupto, quizá por este motivo), la de un presidente que todavía no había abandonado el poder.

Pero el retrato (pese a escenas tan prescindibles como la de la famosa galleta con la que se atragantó, que entran más en el terreno de la burla que en el del análisis o la narración) es necesario. Tan necesario como que el cine se preocupe de los entresijos de la política, y en eso Stone, guste más o menos, es todo un maestro. Capta la atención desde el primer momento, desde la conversación en el despacho oval para decidir cómo denominar a lo que finalmente se conoció como el Eje del Mal. Sin duda, la película gana fuerza en la narración presente, la guerra de Irak, y seguramente el producto final habría sido mejor si se hubiera centrado en ella (al estilo de Trece días, una película algo menospreciada que traza un retrato de los Kennedy con la excusa de la crisis de los misiles de Cuba). El afán de contarnos la vida personal de Bush y la relación con su padre al margen de la política incide en esa superficialidad que comentaba.

Vista la película y la perfección de la práctica totalidad de las caracterizaciones, es un interesante ejercicio pensar en los actores que estuvieron a punto de dar vida a los personajes. Christian Bale iba a ser Bush, e incluso se hizo las pruebas para el maquillaje. El papel de Bush padre pudo recaer en Warren Beatty o en Harrison Ford. Y Robert Duvall pudo hacer de Dick Cheney. Pero, como siempre, es un ejercicio más o menos estéril dado el buen resultado de todos los actores. James Cromwell (que ya hizo de presidente ficticio en Pánico nuclear) está formidable, casi tan genial como Scott Glenn en la piel de Donald Rumsfeld, Richard Dreyfuss en la de Cheney o Jeffrey Wright en la de Colin Powell. Este trío, de hecho, protagoniza escenas espléndidas. La película es impagable sólo por escuchar las discusiones sobre Irak entre Powell y Cheney. La decepción es Thandie Newton como Condoleezza Rice, un personaje que parece sobrar en la película.

Pero si alguien destaca por encima de todos es el protagonista principal, el auténtica corazón de la película. Josh Brolin traza un Bush realista hasta el extremo, creíble y patético a partes iguales. Lo suyo no es una imitación ni tampoco una caricatura. Es un personaje, pero es real. Y uno se pregunta, después de ver su actuación, cuánto hay del Bush de la pantalla en el Bush que vemos en los informativos. Si realmente el ya ex presidente de Estados Unidos tiene esa forma de hablar, de comer, de flirtear, de discutir y de mandar. Brolin consigue que la pregunta sea a posteriori, porque durante la película la credibilidad es total (inolvidable su discurso para justificar la invasión a Irak, con gestos del propio Bush pero con carácter propio). Y pone la piel de gallina pensar que efectivamente ese sea el perfil real del hombre que ha ocupado la Casa Blanca durante ocho años. Brolin es un pedazo de actor, cada vez más interesante.

Lo que no acabo de entender es que una película dirigida por un realizador de prestigio, que tiene un reparto francamente interesante, que trata de un tema de actualidad y que no es un producto malo o inestrenable, acabe en España directamente en televisión, sin un estreno cinematográfico ni siquiera videográfico. No lo entiendo, pero la emitió La 2 de TVE el pasado día 20. Al menos hemos podido verla, que por lo visto no es poco. Y así hemos salido de dudas: Aznar no aparece en la película. Sale Tony Blair, se ven conversaciones con Putin y Chirac. Pero España sólo aparece mencionada al hacer una pequeña relación de los países aliados. Y de Aznar, ni palabra. Con la ilusión que me hubiera hecho conocer el cásting que Oliver Stone podría haber hecho para elegir un actor que diera vida al ex presidente del Gobierno español...

miércoles, abril 09, 2008

Las caras que Oliver Stone pone a Bush y compañía

Oliver Stone ya está perfilando el reparto de W, la película biográfica que está preparando sobre el presidente norteamericano, George W. Bush. Será el tercer presidente que Stone refleje en sus películas, después de haber hecho JFK (Kennedy sólo aparecía en imágenes de archivo) y Nixon (Anthony Hopkins era el actor que se metió en la piel del entonces inquilino de la Casa Blanca). Los nombres escogidos por Stone no tienen desperdicio, y conforman un reparto de lo más interesante. Ahora bien, está claro que ha buscado visiones mucho más atractivas que la realidad en la mayoría de los casos...

Josh Brolin dará vida a Bush. Brolin se ha destapado como uno de los actores más interesantes del momento, gracias a sus papeles secundarios en películas como American gangster o En el valle de Elah, o su protagonista de No es país para viejos.

Elizabeth Banks no es un nombre excesivamente conocido, aunque ha tenido apariciones importantes. Por ejemplo, era la secretaria de Jameson en las tres entregas de Spider-Man y tenía un pequeño papel en Atrápame si puedes, de Steven Spielberg. Dará vida a Barbara Bush, esposa de George W. Bush.

James Cromwell es un actor de sobra conocido. Desde que allá por 1995 protagonizara Babe, ha aparecido en multitud de películas como secundario. En Pánico nuclear, la última aparición cinematográfica del agente Jack Ryan, ya ejerció de presidente de Estados Unidos. Ahora será Bush padre.

Ellen Burnstyn, la protagonista de El exorcista que lleva unos cuantos años sin hacer papeles de demasiada relevancia, volverá por la puerta grande de la mano de Stone. En W será Barbara Bush, esposa de Bush padre y madre del todavía presidente de los Estados Unidos.

El ex primer ministro británico Tony Blair tendrá nuevo rostro. En La Reina fue Michael Sheen quien le dio vida, y, de hecho, se ha hablado de una nueva película en la que repetiría papel, ésta centrada en el propio político británico. En la película de Oliver Stone, Tony Blair será Ioan Gruffudd, protagonista de Los 4 Fantásticos.

El último papel adjudicado que se ha conocido hasta el momento es el de Condoleezza Rice. Thandie Newton, conocida por Misión Imposible 2 o Crash, es la actriz que se lo ha adjudicado. La diferencia de atractivo entre personaje real e intérprete es aquí más acusada que en los demás papeles.
-
Quedan jugosos papeles todavía por adjudicar, como son los del vicepresidente Dick Cheney o el secretario de Defensa Donald Rumsfeld. Y como se dice que la película tendrá numerosas escenas relacionadas con la guerra de Irak (que serán en las que aparecerá Tony Blair), me sigo preguntando si José María Aznar tendrá protagonismo en la historia... ¿Hay algún actor que pueda parecerse a nuestro ex presidente del Gobierno...?