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lunes, mayo 27, 2013

'Un amigo para Frank', una hermosa reflexión sobre la amistad y la vejed

Un amigo para Frank ofrece un envoltorio que engaña. Porque parece una modesta película de ciencia ficción, un reverso amable de Moon en algunos sentidos, modesta en su planteamiento y en sus medios. Porque la etiqueta de "independiente" hará que mucha gente la mire de otra manera. Y porque se asemeja también a un filme pequeño, sin más aspiraciones que las de entretener con una historia bonita que no llega ni a los 90 minutos. Y, sin embargo, es mucho más que eso. Un amigo para Frank es una hermosa reflexión sobre temas como la amistad, la vejez o la paternidad. Es una historia bonita cuyo mayor enemigo es que no parece demasiado difícil ir adivinando por dónde va a tirar la historia (aunque esconde alguna sorpresa fascinante) pero que convence de principio a fin precisamente por esa sencillez de la que hace gala. Y por su impecable factura, además de por la interpretación de Frank Langella. Es una peliculita, pero una hermosa y divertida, de esas que provocan sonrisas con una facilidad admirable y que cuenta una historia humana tan sólida como bonita. Sí, una peliculita de esas que seguramente no verá demasiada gente. Por desgracia

En un futuro cercano que la película apenas muestra de una forma perceptible, los robots forman parte de nuestras vidas. En esa época indefinida, Frank (Frank Langella) es un tipo que vive solo en una casa en el campo, que no tiene demasiadas cosas que hacer en su vida más que ir a la biblioteca local a lamentar el progreso y a flirtear con la bibliotecaria (Susan Sarandon), y que vive de forma desordenada y sin objetivos. Y que empieza a tener problemas serios de memoria, para preocupación de sus hijos. Todo cambiará cuando su hijo, Hunter (James Mardsen), le obligue a aceptar un robot médico que cuide de él, una decisión que no comparte su hija, Madison (Liv Tyler), siempre viajando por trabajo. Frank y el robot, mal que le pese al primero, tendrán que aprender a convivir. Unas premisas sencillas y un desarrollo aparentemente liviano para una historia mucho más profunda, que se asoma a debates filosóficos (algo que señala incluso el mismo protagonista), vitales y humanos.

Lo que el debutante director Jake Schreier plantea no deja de ser una buddy movie con la base de una relación de amistad entre dos protagonistas sumamente diferentes. Y la genialidad está en captar la profundidad en un personaje que no tiene rostro humano ni expresividad en la mirada. La empatía del espectador con el de Frank Langella es sencilla. Es, además, un actorazo, con lo que no es difícil asumir y apreciar su parte de la historia, y que disfruta con su papel. ¿Pero el robot? Con la voz, fría pero no tanto en el fondo, de Peter Sarsgaard, el robot completa esa hermosa relación de amistad sobre la que se asienta la película. Están, de una forma u otra, en todas las escenas. Divierten y emocionan. Convencen. Como convence el guión de Christopher D. Ford a la hora de dar un sustento familiar a la historia. Las motivaciones de Hunter y Madison conducen a escenas tan emotivas como realistas, logradas y sinceras. A través de ellos se ve un retrato complejo sobre la paternidad, sobre la familia. Y regresando de nuevo a Langella, dan contexto a la reflexión sobre la vejez y sobre la enfermedad.

Las pocas pegas que se le puedan poner a Un amigo para Frank están en que hay cierta previsibilidad en el guión. Hay momentos impredecibles, sí, y estos son los que enmascaran en cierta medida los defectos, pero no parece probable que la historia avance de una forma diferente a lo que lo hace, adelantando en demasiadas ocasiones lo que va a suceder. Otra compensación a los puntos débiles está en la hábil recreación de los pocos aspectos de ese futuro cercano que estamos presenciando. Porque sin demasiado dinero, con apenas veinte días de rodaje y sin necesidad de recurrir a los efectos especiales de última generación, la continua presencia del robot y su habilidad para esconder los trucajes cinematográficos que están detrás de su creación hacen que ésta no sea una película al uso en algo que lleva la mencionada etiqueta de "independiente". La película es también, en ese sentido, un canto de amor a la robótica, como evidencian las imágenes que completan los títulos de crédito.

Un amigo para Frank es una de esas películas que surgen de vez en cuando y que dejan un buen rollo fascinante. Digo fascinante porque, además, ofrece elementos para la reflexión, para el disfrute, para la sonrisa y para el debate. Sus temas son trascendentes aunque su envoltorio parezca que no lo es tanto. Y aunque cinematográficamente no parezca tampoco gran cosa en un primer visionado, lo cierto es que Schreier se vale de planos bastante inteligentes para resaltar todo aquello que hace crecer la película, empezando por la magnífica interpretación de Langella, sin duda lo más logrado de una cinta que está francamente bien hecha. Lástima, una vez más, el retraso en su estreno. Llega a España casi un año después de que lo hiciera en Estados Unidos y año y medio después de que se viera en el Festival de Sundance, en enero de 2012. Su desembarco en los cines españoles se retrasó de marzo a julio. Y es una película fácilmente localizable en Internet desde hace meses. Una pena, porque tiene interés y sería bueno que mucha gente le diera una oportunidad. Se la merece.

jueves, mayo 05, 2011

'Sin identidad', modélico y trepidante thirller

Hay cientos de películas con un protagonista que duda de su identidad, que tiene todo en su contra y que encuentra insospechados aliados por el camino para llevar a cabo una misión que no esperaba tener que cumplir. Un esquema que han tocado muy recientemente grandes como Scorsese (Shutter Island) o Polanski (El escritor). Y de vez en cuando hay algunos títulos que sobresalen en este manido género. Sin identidad es uno de ellos. No estamos hablando, obviamente, de Con la muerte en los talones, aunque no van los tiros muy desencaminados si pensamos en un referente temático y narrativo para Sin identidad, la última película del director español afincado en Hollywood Jaume Collet-Serra. Con un ritmo trepidante, un guión correcto y bien cerrado, y un reparto excepcional encabezado por el siempre magnífico Liam Neeson, Collet-Serra ofrece un thriller modélico, que entretiene desde la primera hasta la última escena tanto con lo que ofrece en pantalla como manteniendo ocupado al espectador intentando discernir los secretos que oculta en su trama. Y con una gran escena de persecución de coches.

Se tiende a contar demasiado de este tipo de películas, destripando buena parte del argumento antes de tiempo. Si la película está pensada para ir revelando poco a poco la información, ¿por qué reventarla ya desde el principio con su sinopsis? La trama comienza en Berlín, ciudad a la que llega un matrimonio. Él viene a participar en un congreso científico. De ella no sabemos nada más que está allí acompañando a su marido. Cómo se desencadena la trama es algo que merece la pena descubrir en la gran pantalla. A partir de ahí, lo que Sin identidad plantea es justo lo que indica su título (Unknown es el original), qué puede hacer un hombre para resolver un misterio en torno a su persona en una ciudad que no conoce, sin documentación, sin amigos, sin nadie que pueda confirmar que es quien dice ser, con todo en su contra. La duda entre la realidad por un lado y el sueño y la fantasía por otro se adueña de la película durante buena parte de su metraje, pero no es el verdadero motor de Sin identidad, pues el misterio es, en el fondo, sencillo. No hay nada en la película que haga pensar en trampas. Sólo una historia que se desarrolla. Y muy bien, por cierto.

Esto es así porque el reparto al completo se cree la historia tanto como su guionista (un casi desconocido Oliver Butcher) y su director, por rocambolesca que pueda parecer en algunos momentos y con los típicos pequeños errores que los más puntillosos siempre utilizan para desmerecer los muchos aciertos de una película. Liam Neeson es un gran actor y posee el suficiente carisma como para sostener por sí solo cualquier proyecto que se le antoje. Tiene las cualidades para parecer fuerte y desvalido casi con un simple cambio de plano, y eso le hace perfecto para este papel. Diane Kruger y January Jones le dan la réplica femenina, y si bien la primera parece ir mejorando con el tiempo (su primer papel importante fue Troya, donde estuvo más bien fría y demostrando sólo ser un precioso maniquí), January Jones (a la que pronto veremos en X-Men. Primera generación) se encuentra, quizá, con el aspecto más endeble de Sin identidad. Su personaje es el más deslabazado, en el que se concentran los mayores agujeros del guión y eso le impide destacar. Aidan Quinn y Frank Langella bordan sus breves papeles, más breve todavía en el caso de Langella. El primero es un actorazo que despuntó hace años y que ha pasado demasiado tiempo desaparecido. El segundo es un placer para la vista y para el oído.

Pero si el reparto cuenta con estos grandes nombres de Hollwyood, tampoco hay que desmerecer los actores europeos que forman parte de la película, encabezados por Sebastian Koch (La vida de los otros) y Bruno Ganz (el Hitler de El hundimiento). Todos ellos dan un lustre especial a esta película, que es capaz de mantener el suspense y la emoción durante sus casi dos horas de metraje. Tiene puntos álgidos, como la espléndida persecución en coche por las calles de Berlín (de las mejores que se han visto en el cine comercial de los últimos años; excepcional desde todos los puntos de vista), y el guión sabe moverse con la habilidad suficiente entre los momentos de menor ritmo narrativo, que no cansan, sino que actúan como momentos de paz antes de desatar de nuevo ese frenético avance de la historia que marca la película para bien. Porque no hay confusión, hay oficio y un muy buen trabajo de montaje. Eso es un mérito añadido en este género, que habitualmente hace trampas al espectador o agita demasiado la cámara y los efectos especiales para acabar perdiendo de vista la narración.

Lo cierto es que Sin identidad es toda una sorpresa, una muy agradable sorpresa, porque procede de un director que parecía especializarse, casi encasillarse, en el cine de terror, después de La casa de cera y La huérfana y el más que curioso paréntesis en su filmografía que supone una película como ¡Goool! 2. El nombre de Collet-Serra gana muchos enteros con Sin identidad, porque el thriller es un género que avusa de la repetición y de lo rutinario y ésta película no sufre ninguno de esos dos defectos. Al contrario, es una historia muy entretenida que avanza con naturalidad y lejos de esos fuegos de artificio que suelen ofrecer directores (y productores) con una reputación mucho más consolidada en el mundo del cine. Y si encima ofrece la oportunidad de pegarse el gustazo de ver a un reparto espléndido, Sin identidad se convierte en una de esas películas que merece la pena ver. Un notable gustazo.

viernes, octubre 08, 2010

'Wall Street. El dinero nunca duerme', a medio camino

En un momento como el actual, uno no puede más que echar de menos al Oliver Stone de los años 80. Aquel tipo valiente y decidido a remover conciencias del que ya no queda más que la fachada polémica y un más que hábil director de cine. Porque aquel cineasta habría sido capaz de crear la película definitiva sobre la crisis económica y el tramposo mundo financiero. Una que habría avivado polémicas, atraído miradas y llegado a las conclusiones más rompedoras que uno pudiera imaginarse. Pero aquel Oliver Stone no es el Oliver Stone que ha dirigido la tardía e inesperada secuela de Wall Street (filme mucho más valiente y duro que su continuación). Este Oliver Stone ha dejado un producto bien hecho, más destacable en la forma que en el fondo y con una gran dirección de actores. Pero los causantes de la crisis se han escapado vivos. La crítica de Oliver Stone se ha quedado a mitad de camino. O, si acaso, en la primera parte de la saga de Gordon Gekko, aquella que se estrenó en 1987.

Porque son años ya en los que Oliver Stone se debate entre la polémica más superficial (su versión de Alejandro Magno y su permanente insistencia en recalcar su homosexualidad o su limitada y caricaturesca visión del anterior presidente norteramericano en W) y las historias que no contienen halos de controversia (como su mirada humana y nada conspirativa al 11-S en World Trade Center). Y cuando decidió afrontar la crisis económica como argumento, uno podía pensar que ahí podría recuperarse el director que habló con franqueza de la guerra de Vietnam en su durísima trilogía (Platoon, Nacido el 4 de julio, El cielo y la tierra). Pero no es así. Sí es cierto que se acerca por momentos en secuencias llamadas en el guión a ser grandes para el análisis y reflexión. Pero no menos cierto es que la película deriva mucho más a la situación de los personajes que a la de la economía global.

Al final, el mejor punto de partida para los análisis que se puedan hacer de la secuela de Wall Street los deja el personaje de Michael Douglas en sus diálogos. En una de sus primeras apariciones, en una charla ante jóvenes, les dice "estáis jodidos". Si Oliver Stone hubiera continuado por ese camino, El dinero nunca duerme podría haber sido, al menos, lo que El color del dinero fue para El buscavidas, una secuela tardía de categoría y adaptada a los nuevos tiempos. Pero no lo es. El final sensiblero-familiar acaba por desbordar todas las pretensiones en este sentido, ya tambaleantes durante buena parte del metraje. Y en la última escena, el propio Douglas pregunta si "nadie cree en segundas partes". Parece casi un guiño interno, una forma de justificar una película que muchos creen oportunista. El tema es oportuno. La forma en la que le ha dado forma Stone es lo que hace que se vea como oportunista. No es la película definitiva sobre la crisis que podría haber sido con más arrojo.

Quizá el polemista Oliver Stone ha ido perdiendo peso con los años al mismo tiempo que ganaba peso la habilidad de Oliver Stone para manejar la cámara. Quizá ahora tiene mucho más dominio de lo que hay en la pantalla que de lo que puede provocar fuera de ella. Y por eso, lo mejor que deja Wall Street. El dinero nunca duerme es un reparto sencillamente espectacular. Michael Douglas es mejor actor de lo que muchos le han reconocido durante años, tiene un carisma que llena la pantalla. Pero si además cuenta a su alrededor con Shia LaBeouf (el más conocido, el más flojo de todos), Josh Brolin (que ya hizo para Stone una espectacular recreación de George Bush hijo en W.), Carey Mulligan (descubierta para el mundo en An education), Eli Wallach (breves pero espeactculares apariciones las suyas), Susan Sarandon (haga lo que haga, siempre es una delicia verla) y Frank Langella (en estado de gracia en los últimos años, con el pico inolvidable de Frost contra Nixon), la cosa adquiere unas proporciones casi inolvidables.

Y es que si algo va a perdurar de esta Wall Street es el duelo interpretativo constante, los retos a los que los actores parecen someterse escena tras escena. Langella contra Brolin, Douglas contra Mulligan, Mulligan contra LaBeouf, Brolin contra LaBeouf, Douglas contra Brolin, Wallach contra Brolin. Son todas escenas magníficas, excelentes enfrentamientos cara a cara protagonizados por intérpretes dando lo mejor de sí mismos. Casi dan ganas de eliminar el sonido de la película y ver sus miradas, sus gestos, su intensidad, para comprobar hasta dónde son capaces de llegar en cada escena. Y decía que LaBeouf es el más flojo de todos. Tiene cierta fama el protagonista de Transformers y coprotagonista de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Y es profesional. Pero le falta mucho por recorrer para devorar la pantalla como hace Michael Douglas, por ejemplo. Por él pasan los años, pero sigue ahí. Gordon Gekko fue el personaje que le dio un Oscar, un logro que no consiguió como actor su padre, el mítico Kirk Douglas. Y Gordon Gekko sigue ahí. Intacto. Inmortal.

Con todo esto, no es fácil decantarse. Es evidente que Wall Street, la original, se ha quedado vieja (y nada mejor para darse cuenta de ello que el magnífico prólogo de su secuela... que por desgracia ya habíamos visto en el trailer). Que la economía ya no es la que era a finales de los años 80. Que hace falta una película definitiva que aborde el mal endémico en el que vive este mundo, más allá de las pinceladas que deja Oliver Stone en esta secuela. Y es evidente que El dinero nunca duerme no puede ser esa película. Pero al mismo tiempo, se trata de un filme visualmente arriesgado. Sencillo en sus metáforas, quizá demasiado sencillo, pero atrayente con sus imágenes. Y sobre todo con sus magníficas interpretaciones, y su gran sentido del ritmo y de la música. Que la firme Oliver Stone hará que las opiniones sean encontradas y puede que hasta extremas. Ni tanto ni tan poco. Es un buen producto, con aciertos y con errores, con momentos prescindibles (¿Gordon Gekko sensiblero?) y otros inolvidables (ese silbido de Wallach). Interesante en todo caso.

jueves, febrero 12, 2009

'El desafío. Frost contra Nixon', indispensable

Richard Nixon, tras dimitir como presidente de Estados Unidos, se sube a un helicóptero para abandonar la Casa Blanca por última vez. Antes de introducirse en el aparato, saluda a los presentes con ambas manos y justo antes de darse la vuelta, lanza una mirada penetrante y desafiante para quien la quiera entender. Al otro lado del mundo, en Australia y después de presentar su programa de variedades, David Frost está viendo ese momento por televisión. Y ese momento preciso le llama la atención. Arquea una ceja en señal de sorpresa. Le ha mirado a él. Le ha retado a él. Y entonces lo tiene claro: su misión será entrevistar a Nixon, a cualquier precio personal o profesional. Desde ese instante, probablemente una de las licencias ficticias que se toma la película, El desafío. Frost contra Nixon atrapa al espectador para no soltarlo en las dos horas siguientes. Dos horas de cine indispensable, de perfección casi absoluta en todos los terrenos.

El desafío narra los pormenores de la entrevista que Frost le hizo a Nixon tres años después de que éste abandonara la Casa Blanca, acuciado por el caso Watergate. Sólo por su valor histórico y político, esta película ya tendría una razón de ser. Pero va mucho más allá. Es un mensaje maravilloso sobre por qué muchos hemos soñado durante tanto tiempo con ser periodistas, es un ataque directo a la corrupción política, es un retrato de personajes brillante, es una lección magistral sobre cómo adaptar al cine una obra de teatro (con todo lo que eso debe suponer de expansión de escenarios, recursos narrativos e incluso personajes) es un prodigio de puesta en escena y es una maravilla en muchos de los terrenos que intervienen en la creación de una película, desde la magnífica partitura de Hans Zimmer o a la siempre adecuada fotografía de Salvatore Totino, pasando por un montaje brillante.

Hablaba de ese primer instante en el que Frost decide entrevistasr a Nixon, pero no es, ni mucho menos, el único que perdurará de esta película. La llamada telefónica de madrugada (un momento ficticio), el momento en el que un Nixon acorralado confiesa sus pecados (el escalofrío que me recorre la espalda durante el segundo que todo se queda en silencio sólo puede significar que ahí está la magia del periodismo... y del cine) la última visita de Frost a la villa de Nixon, la conversación en la que Frost invita a celebrar su cumpleaños a pesar de estar siendo vapuleado por el ex presidente... Y qué difícil es rematar una película y qué bien acaba El desafío. Porque, como dicen tanto Frost como Nixon, un duelo tiene siempre un ganador. Ambos saben quién ha sido pero uno no acaba de tener claro por qué perdió, cómo llegó a esa situación de soledad que tan bien describe el filme con un en apariencia simple plano final.

Ron Howard plantea casi un combate de boxeo. Los dos contedientes lanzándose sus mejores golpes, las dos esquinas en las que preparar el siguiente asalto, con sus respectivos preparadores (enorme el cruce de miradas entre ellos antes de la cuarta y última sesión de la entrevista) y cuatro rounds de una intensidad maravillosa. Sin artificios baratos, sólo con la puesta en escena, con una planificación de planos brillante y con unos actores que bordan sus papeles. Frank Langella intimida, emociona, enfada y asombra a partes iguales. Es la cumbre de su carrera, sin duda. Michael Sheen, que hace no mucho dio vida a Tony Blair en La reina (del mismo guionista que El desafío), está igualmente brillante. Ante una interpretación tan soberbia, quizá sea injusto decir que está un peldaño por debajo de Langella, pero lo que está claro es que su cara a cara en esta película forma ya parte de la leyenda. Las preguntas que se cruzan antes de iniciar la entrevista, el momento en el que Frost paga a Nixon el anticipo por la entrevista o la conversación telefónica a la que me he referido antes son sólo unas muestras.

Al director le facilita mucho la tarea el hecho de que Frank Langella y Michael Sheen ya dieran vida a los personajes en la obra de teatro en que se basa la película. Pero sería injusto no darle crédito a Ron Howard, un director que no parece suscitar demasiado fervor crítico. Supongo que no ayuda el hecho de que una de sus películas recientes más aburridas, Una mente maravillosa (brillantísimas actuaciones y poco más), fuera la escogida por la Academia para darle el reconocimiento en forma de estatuillas. Salvando un tufillo comercial en su forma de rodar (que no se ve demasiado en El desafío, y eso, por desgracia, probablemente le restará espectadores), es un tipo valiente, capaz de abordar todos los géneros con solvencia. Desde hace muchos años le cogí cierto cariño por esa maravilla de la fantasía que es Willow, y Cinderella Man me descubrió a un cineasta mucho más grande. Y El desafío le confirma definitivamente. Volverá al cine familiar (El Grinch), el de acción (Rescate, Llamaradas) o el más puramente comercial (El código Da Vinci) pero si cada pocos años nos deja una película de este calibre, merecerá la pena.

El desafío. Frost contra Nixon es una película para todos los que creemos que el periodismo sirve para algo, para todos los que nos metimos en esta profesión soñando con descubrir la verdad de las cosas, para todos los que tengan algún interés (por mínimo que sea) en la política (norteamericana o no), para todos los que sepan saborear una película llena de gestos, miradas y detalles que construyen una historia tanto como unos diálogos brillantes. Qué demonios, es una película que todo el mundo tendría que ver. Tan fascinante como indispensable.