jueves, enero 16, 2014

'La gran revancha', indescriptiblemente lejos de un 'Rocky' vs 'Toro salvaje'

El cine sobre boxeo es casi un subgénero en sí mismo, y rara vez falla. Rara vez, sí. Pero aquí lo hace. Y a lo grande. La gran revancha tiene un objetivo clarísimo, y es apelar a la memoria del espectador. La protagonizan Sylvester Stallone y Robert de Niro, dos de los actores que más han triunfado dando vida a boxeadores, con Rocky y Toro salvaje respectivamente. Aquí son dos púgiles que retoman un enfrentamiento que quedó treinta años atrás porque uno de ellos decidió retirarse del deporte antes de que tuviera lugar un tercer combate que aclarara quién era el mejor de los dos. Tanto da que los actores firmaran para hacer la película con un guión ya escrito o que se escribiera para que ellos pudieran tomar parte en este revival pero esto no es un Rocky vs Toro salvaje. Se queda indescriptiblemente lejos de lo que conseguían aquellas películas por separado y se queda en una comedieta con la que en ocasiones se puede uno reír pero que, en conjunto, es un paso más en la deriva de sus dos protagonistas, especialmente sangrante en la de un De Niro que, salvo alguna esporádica genialidad, ya no tiene medida.

Lo que está claro es que la película está montada en torno a la nostalgia y a las imágenes de aquellas dos películas que pueda evocar la memoria del espectador, y eso hace que el resultado duela más, aún sabiendo que los objetivos de ésta nada tenían que ver con los de sus referentes. La gran revancha sólo es aceptable como parodia, y en ese terreno sí tiene algunos momentos divertidos. Pero cuando quiere convertirse en una reflexión sobre el paso del tiempo o la madurez hace aguas por todas partes. No es que sea una sorpresa teniendo en cuenta que su director es Peter Segal, autor entre otras de Ejecutivo agresivo, Superagente 86, El clan de los rompehuesos o El profesor chiflado II. Pero siempre es descorazonador ver sobre todo a De Niro de esta guisa. Ni siquiera le ha importado ponerse en forma para el filme porque, en realidad, no hacía falta, y eso hace aún más delirante el clímax. Durante toda la película hay un evidente esfuerzo de ocultar sus cuerpos y no sería de extrañar que los retoques visuales que hay en su arranque, para ilustrar las peleas de hace treinta años, también se hayan usado en el final.

Entre una y otra escena, La gran revancha colecciona tópicos y clichés de todos los colores que hacen que todo lo que sucede, incluso el final, sea absolutamente predecible. La idea de agarrarse al carisma de los actores podría haber funcionado hace tiempo, antes de que Stallone se volcara en la nostalgia como única forma de hacer cine (y que ya le ha hecho naufragar con Los mercenarios o Plan de escape, aunque no en taquilla) y de que De Niro acumulara tantas y tantas experiencias negativas que han ido ensombreciendo sin remedio la carrera de uno de los más grandes actores del último cuarto del siglo XX. A ellos se une un Alan Arkin al que ya parece darle todo igual (lo llega a decir hasta su personaje sobre el ring en la última escena, y casi parece que quien habla es el actor), una Kim Basinger bellísima a sus 60 años (podrían tomar nota quienes jubilan maniquíes a los 40), un Jon Bernthal que acumula más tópicos en la cinta y las gracias no siempre divertidas de Kevin Hart.

La nostalgia actúa como un arma de doble filo. Por un lado, es lo que hace que La gran revancha se vea como una película deficiente y fallida, tópica y larguísima (113 minutos) para lo que ofrece, porque en nada se aproxima a las dos películas que descaradamente quiere referenciar, la obra maestra que es Toro salvaje y el notable e icónico drama pugilístico que es Rocky. Pero también es lo que, en el fondo, impide a quien adore esas dos películas masacrar esta especie de revival en forma de comedia. De su parte dramática casi es mejor ni hablar, porque sencillamente no funciona. Eso sí, las dos escenas que hay en los créditos (sí, dos, aunque afortunadamente no hay que esperar demasiado para verlas) son la mejor descripción de la película. La primera evidencia el punto en el que se encuentra la carrera de De Niro. La segunda, sin que ni él ni Stallone estén presentes, es lo más divertido, con dos cameos delirantes y que, probablemente, habrían servido de base a una película mucho más divertida que La gran revancha.

martes, enero 14, 2014

'La ladrona de libros', a medio camino

Una película como La ladrona de libros lo tiene todo para convencer. Una historia bonita, un escenario siempre atractivo e inagotable (la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial), una niña como protagonista y muchas dosis de emoción y drama sobre el papel. Pero Brian Percival, que hasta ahora ha desarrollado la práctica totalidad de su carrera en televisión, se queda a medio camino en casi todo lo que toca. La atmósfera, lograda por momentos, parece demasiado blanda en otras. El ritmo, marcado y bien llevado en algunas escenas, decae en otras sin remedio. La épica y la emoción están ahí, pero nunca parecen llegar al grado que promete la historia. Incluso ese sorprendente narrador con el que arranca la película (el del exitoso libro en que está basado), quizá uno de los detalles más originales de esta historia, acaba sabiendo a poco. Se ve con agrado por la empatía que despierta la joven Sophie Nélisse y por el oficio de Geoffrey Rush y Emily Watson, pero le falta magia.

La presencia de Watson, junto con la sencilla pero siempre preciosa música de John Williams, lleva a pensar en Las cenizas de Ángela como referente, pero el tono de ambas películas está muy alejado. Aún teniendo en cuenta que la historia se desarrolla dentro del nazismo y no busca el enfoque en las penurias judías o en la guerra (ambos aspectos se tocan, sin profundizar demasiado en ellos aunque dándoles partes cruciales de la película), La ladrona de libros es una película que marca en exceso los aspectos más ligeros de la historia. Lo que pedía era verla sobrecogido, con el corazón en un puño, y eso no lo termina de conseguir. Ni con el aprendizaje lector de la pequeña Liessel, ni con el riesgo que entraña que la familia oculte en su casa a Max, que son los dos focos centrales de la historia una vez que pasa lo que realmente destaca en el filme, la relación entre Liessel y sus padres adoptivos, en especial con él, con Hans, porque es ahí donde sí se ven las emociones que tanto busca el filme.

Especialmente durante la primera hora, lo que agradece la película son las apariciones de Geoffrey Rush. Por momentos parece que es él quien se va a llevar el filme a su terreno, olvidando por un momento a la ladrona de libros del título, que no es otra que Liessel. Sophie Nélisse, que ya generó atención en la preciosa aunque algo demasiado olvidada Profesor Lazhar, encandila, pero no termina de ser suficiente, aunque crece dentro de la película quizá al mismo ritmo que va adquiriendo protagonismo Emily Watson o, incluso, el pequeño Nico Liersch, que da vida a Rudy, el mejor amigo de Liessel y quizá el mejor exponente de la emoción que podría haber contenido el filme y que no termina de desatarse. No ayuda, de hecho, que el final sea lo más flojo de la película, donde más se notan las carencias, donde se convierte en evidente que la película tiene una escala bastante menor de lo que promete en todos sus aspectos y que los mejores planos parecen pensados para crear un gran trailer pero no del todo una gran película.

A pesar de todo, incluyendo sus 131 minutos que se podrían haber recortado en algo, La ladrona de libros sí consigue enganchar con relativa facilidad desde su brillante y sorprendente escena inicial. Puede que eso no sea tanto mérito de la película como del escenario, de momentos puntuales como el brillante montaje de las escenas en la noche de los cristales rotos, el sobrecogedor efecto que tiene el himno alemán cantado por niños vestidos con símbolos nazis, la puesta en escena de la hoguera de libros, la peligrosa adoración que siente Rudy por el atleta Jesse Owens o el arresto de un judío por parte de oficiales nazis, pero está ahí. Pero acaba sufriendo por los altibajos que tiene en su ritmo, por la indefinición de algunos personajes (el burgomaestre y su esposa podrían haber dado mucho más juego, por ejemplo) y porque se nota demasiado la limitación presupuestaria. Aún así, el emotivo epílogo y los mejores momentos de la película dejan un buen sabor de boca.

domingo, enero 12, 2014

'The Grandmaster', preciosismo confuso

La apuesta por la estética por encima de la historia empieza a ser un fenómeno que se repite con frecuencia en el cine contemporáneo, independientemente de su procedencia o género. Sucede en las grandes producciones de efectos especiales de Hollywood, pero también en otras cinematografías y en títulos más ambiciosos. The Grandmaster, la película con la que Wong Kar Wai rompe un silencio de seis años, cae en ese mismo saco. Será difícil que surjan voces que no sepan apreciar el preciosismo visual de su película de artes marciales (aunque, como todo, hay elementos discutibles en sus decisiones), fruto de años de trabajo para dar con las coreografías y el aspecto adecuados. Pero al mismo tiempo es difícil conectar con la historia que plantea el filme, erróneamente vendido como "la leyenda del maestro de Bruce Lee" debido a que eso es algo absolutamente intrascendente en su desarrollo, porque al final no queda claro qué quería contar exactamente Wong Kar Wai o el papel de algunos de los personajes que desfilan por la pantalla.

The Grandmaster es, por tanto y por encima de todo, un canto de amor a las artes marciales orientales, mostradas en detalle y componiendo hermosas y formidablemente elaboradas coreografías. Wong Kar Wai mezcla planos a velocidad real, a cámara lenta y también ralentizada. Mezcla planos generales y detalles. Personajes y el entorno. Y le suma una formidable música de Shigeru Umebayashi y Nathaniel Méchaly para que el deleite audiovisual sea lo más completo posible. Ahí, pese al riesgo de repetición, está lo mejor de la película. Eso sí, hay un pero que se le puede poner en este aspecto, por menor que pueda parecer dentro del gozo visual. Como las películas orientales más conocidas en occidente que han explotado las artes marciales (Tigre y dragón, La casa de las dagas voladoras), no escoge un tratamiento realista de los movimientos, sutil y deliberadamente exagerados hasta lo imposible. Eso, teniendo en cuenta que pretende narrar una historia real, puede suponer un desliz para algunos espectadores.

Pero el problema de The Grandmaster está en un guión que queda lejos de estar bien perfilado. Quizá su principal defecto esté en que no termina de apostar con claridad por una historia que quiera contar. ¿Es la del maestro de Bruce Lee, Ip Man? Si lo es, tiene demasiados tiempos muertos en los que él está lejos de ser el centro de atención. ¿Es la historia del conflicto entre Japón y Hong Kong? Lo mismo, está presente en el centro del filme, pero no en el resto. ¿Es la de los clanes del norte y del sur? Su relato se apaga tras el primer tercio de la película y, en realidad, no tiene consecuencias en lo que viene a continuación. Todo es así. Y no se puede decir que los actores no crean en sus personajes, más bien al contrario porque hay un gran esfuerzo en el reparto encabezado por un Tony Leung sobrio y una Ziyi Zhang intensa, ambos enormes en las acrobacias que les exige el guión. Pero precisamente esa indefinición de la película hace que muchos personajes se queden en menos de lo que prometían e incluso aparezcan y desaparezcan sin mayor motivo.

Es fácil sucumbir a la fascinación de las imágenes de la película, pero también a la confusión que va generando la historia con sus continuos y no muy claros cambios de rumbo, que van dejando personajes descolgados y tramas descolgadas. Según pese más una cuestión o la otra, gustará más o menos la película, pero parece justo atribuirle a The Grandmaster un cierto olor a decepción. Los buenos mimbres que hay, históricos y temáticos, además del largo tiempo que ha dedicado Wong Kar Wai a la preparación de la película no bastan para fascinar, porque la historia ofrece una descompensación que provoca largos tiempos muertos en cada uno de los focos de la historia. Quedan las artes marciales y la plástica plasmación de los combates en la pantalla. Preciosa desde ese punto de vista, pero insuficiente porque no deja de tener un toque de déjà vu en la mezcla de la mencionada Tigre y Dragón con Matrix (no es en absoluto casual que compartan coreógrafo) y porque la historia no acompaña.

viernes, enero 10, 2014

'Agosto', el poder de los actores

El poder de los actores es innegable en el cine. Una cara popular vende más entradas por sí misma que una buena película. Y un buen reparto puede convertirse en la mejor razón para ver un filme. Sucede en Agosto, una cinta que parte de una obra ganadora del premio Pullitzer y que, aún así, tiene su mejor razón de ser en un espléndido reparto. Eso es, obviamente, porque los nombres que lo conforman son muy buenos pero también porque John Wells (que debutó en el mundo del largometraje con la desinflada The Company Men) no está a la altura y se limita a dejar que sus actores campen a sus anchas por la pantalla con un guión que deja algunas lagunas pero con unos diálogos a ratos sensacionales. Aún viéndose a la legua el origen teatral de la historia, el resultado es satisfactorio. No tan grande como podría haber sido en manos de otro autor, porque Wells se limita en muchas ocasiones a colocar sin más su cámara y no domina el montaje tanto como lo necesitaba la película, pero sus actores hacen que la cinta valga la pena con creces.

Viene a ser una vergüenza que quienes se dedican a dar premios en el arranque del año hayan decidido considerar a Julia Robert como secundaria de Meryl Streep, en un nuevo triunfo del márketing por encima del cine como arte, pero que eso al menos no engañe a nadie. Ambas son las protagonistas absolutas. Y ambas están sensacionales. Cada vez que Meryl Streep aparece en un filme me siento pensando lo mismo. Es sólo una actriz. Es sólo una mujer. No puede haber siempre gestos, miradas o diálogos que me parezcan descomunales. Y casi siempre salgo pensando que su leyenda se queda incluso corta. Hasta dejándose llevar en la sobreactuación como aquí, porque hay pocas actrices que sepan transmitir tanto con cada palabra que pronuncian. Julia Roberts ha sido la novia de América durante un par de décadas, el tiempo hábil que le da Hollywood a una actriz antes de cumplir una máxima de la que, curiosamente, hace uso la película, la de que siempre habrá una más joven. En Agosto ya no es la novia de América y encuentra como base de su personaje una amargura que nunca antes había mostrado.

La película es, en realidad, una historia sencilla sobre una familia que se va destruyendo poco a poco y en un intervalo de tiempo muy escaso, tras un dramático suceso que les obliga a todos a convivir (una mujer, sus tres hijas y las parejas de dos de ellas, la única nieta, su hermana y su marido, y el hijo de éstos; a veces da la impresión de que Wells y la guionista Tracy Letts no saben qué hacer con tantos) hace que salga lo peor de cada uno de sus integrantes, a veces por voluntad propia, a veces por hartazgo y a veces por las circunstancias de la vida. Porque Agosto, en realidad, va sobre miserias humanas. Buscar un atisbo de felicidad en la película es complejo, porque además el final, tan demoledor como probablemente innecesario en la trama, es el golpe definitivo a esa felicidad. El único atisbo de esperanza que había en esta familia queda aniquilado. Y perdura la sensación de haber asistido a un dramático escenario familiar durante dos horas de las que dejan un nudo en el estómago pero a las que les falta algo para ser grandes de verdad.

Lo que queda, no obstante, no es menor, porque está basado en dos pilares esenciales, el ya mencionado reparto (donde no hay que menospreciar a los nombres menos populares, como Julianne Nicholson o Margo Martindale) y unos diálogos cortantes y brutales. Entre ambos elementos hacen que la tensión se pueda cortar en un cuchillo en numerosas escenas, casi en toda la película. Y además del disfrute que proporcionan Streep y Roberts, queda la sutil interpretación de un gran Chris Cooper (que desemboca en una furia sensacional; lástima que la película no siga progresando en su personaje, aunque también es verdad que él no era el centro de atención inicial), una muestra de la camaleónica capacidad de Benedict Cumberbatch, una de las mejores broncas de pareja que se recuerdan protagonizada por Roberts y Ewan McGregor y, sobre todo, la sensacional secuencia en la que se juntan todos los personajes en torno a una mesa, bendición incluida de la comida y con devastadores consecuencias para todos.

miércoles, enero 08, 2014

'Superman. Sin límites', y casi logrando una adaptación extraordinaria

Cada película de dibujos animados basada en los personajes del universo DC obliga a recordar que en este terreno, y a diferencia de la acción real, la supremacía con respecto a Marvel es absoluta. Mientras Spiderman, Vengadores y X-Men triunfan en los cines pero no consiguen encontrar su camino en series o películas de dibujos animados dirigidas al mercado de vídeo, Superman, Batman, Green Lantern, Wonder Woman o la Liga de la Justicia siguen asombrando en este formato. Superman. Sin límites es la última muestra, una especialmente gozosa porque es la adaptación de una espléndida historia del cómic escrita por Geoff Johns y dibujada por Gary Frank en 2008, porque supone un muy buen complemento a El Hombre de Acero (con la que comparte algún que otro punto argumental... al igual que con algunos de los proyectos abandonados años atrás para llevar al personaje a la gran pantalla) y porque ofrece impresionantes versiones no sólo de Superman y el villano al que se enfrenta, Brianiac, sino también de Supergirl.

Analizada en detalle, lo cierto es que Sin límites tiene todo lo que se puede pedir a una película de Superman. Aparece el protector de Metrópolis desatando al máximo sus poderes (espléndida coreografía de la batalla contra el primero de los robots de Brainiac), hay un villano de altura en una encarnación casi perfecta, se ofrecen cuantiosos detalles sobre la herencia kryptoniana del héroe (y la diferente manera en que la reverencian Kal-El y su prima Kara), está por supuesto Supergirl, la relación entre Clark y Lois Lane tiene un papel crucial en la historia, hay bastantes escenas de acción y por supuesto Superman pelea por salvar el mundo, que es lo que se espera del primer y más reconocible superhéroe de la historia. Teniendo todo eso, cabe suponer que el juicio al filme dirigido por James Tucker (a pesar de su muy escasa experiencia como director y afrontando su primer largometraje) ha de ser sobresaliente. Y a ratos lo es, pero no siempre.

Juegan en contra de la película que su clímax no sea lo más espectacular de la historia. Quizá en el cómic tenía mejor encaje esta resolución, pero en pantalla, y después de lo visto en la primera hora, sabe a poco. También falta, aunque está muy bien resuelto este problema con buenas dosis de imaginación, cierta espectacularidad en algunos momentos. Es evidente que estamos ante una película destinada al mercado de vídeo, lo que supone un menor presupuesto que las películas que sí llegan a los cines, y eso se tiene que acabar notando. Estos detalles limitan levemente el alcance de la película, pero no impiden que se la pueda considerar como una de las mejores versiones animadas de Superman, atrevida además en muchos momentos (increíblemente impactante es el momento en el que se ve al héroe sangrando; sin ser específicamente para adultos, no es una película pensada para los más pequeños por mucho que sea de dibujos animados).

Además de la habitual lectura superheroica, que aprueba con nota, Superman. Sin límites ofrece un segundo punto de vista sumamente interesante, el femenino, el que aportan a diferentes niveles Lois y Supergirl. Son parte de la acción, pero también del corazón emocional de la película (¿suena muy descabellado decir que incluso más que Superman?), y esa parte no queda sepultada en ningún momento por las escenas de acción (como sí podía llegar a sucederle en cierta manera a El Hombre de Acero). Respetando pero marcando alguna distancia con respecto al original de las viñetas (donde Gary Frank optó por un héroe que se pareciera mucho a Christopher Reeve), es una adaptación notable y una película muy conseguida, que bucea en una interpretación del mundo de Superman más oscura de lo que suele ser habitual. Pero con Brainiac como villano de la función, y más en esta encarnación siniestra y lúgubre, es sin duda el mejor acercamiento posible. Muy entretenida.

viernes, enero 03, 2014

'Paranormal Activity. Los señalados', terror decente en una fórmula con los mismos problemas

Paranormal Activity. Los señalados insiste en una fórmula que tiene problemas muy marcados y que nadie parece querer solucionar mientras la taquilla siga dando beneficios a una forma tan económica de hacer cine. Toda película grabada con una cámara de vídeo digital integrada en la historia sigue siendo absolutamente inverosímil y, además, se recrea en sus propias trampas. Dicho eso, y advirtiendo que el final de esta especie de spin-off de una saga que acumulaba ya cuatro entregas previas dejará muy frío a quien no conozca al menos la primera, lo cierto es que hay momentos interesantes en esta película, instantes de buen terror. Es cierto que no es así durante toda la película, y eso que apenas dura 88 minutos, y que en realidad sigue teniendo los mismos agujeros que cualquier otro título de similares pretensiones y factura, pero al menos se pueden sacar algunos detalles interesantes. No es poco, teniendo en cuenta que la originalidad no es algo que se pueda pedir a la quinta parte de una franquicia.

Ese es quizá el punto clave para disfrutar de Paranormal Activity. Los señalados. ¿Originalidad? Ninguna. Pero si se aceptan las reglas del juego que propone hay momentos bastantes inquietantes. ¿Suficientes? Eso ya dependerá de cada espectador, pero es obvio que hay muchas trampas en el camino. La más evidente es la propia cámara que no deja de estar en el centro de todo. Toda película rodada así es consciente de que irremediablemente llega una escena en la que es absurdo que se siga grabando. Aquí llega relativamente pronto después de que se desate la trama principal, después de un extenso prólogo que no hace más que colocar la película en los estándares de la duración comercial pero que, en realidad, no termina de aportar demasiado al conjunto, a la historia de un chaval que se acaba de graduar y que acaba implicado en asuntos de magia negra a través de una inquietante vecina. Lo bueno que consigue Christopher B. Landon, director de esta cinta, es que cuando es flagrante la poca verosimilitud de la grabación es cuando la película crece en ritmo hacia el final.

A lo inherente a esta forma de entender el terror hay que sumar dos problemas más. El primero es la habitual trampa del sonido. Si es una película que quiere recoger fielmente la realidad, ¿por qué ese sonido ambiente machacón que pretende generar un aura de misterio? Lo curioso es que a veces funciona, pero la opción de Landon, que había escrito las tres entregas anteriores y dirigido sólo Burning Palms en 2010, tendría que prescindir de estos elementos si fuera coherente con su planteamiento. El otro problema es que, aún pareciendo durante buena parte de su metraje una historia completamente independiente de la saga central (más allá del uso de la videocámara), hay una conexión esencial. Sin desvelar nada, quien escoja ésta como la primera película de la saga para ver probablemente entenderá su final como un enorme chasco. Es difícil que la primera aproximación a Paranormal Activity sea a través de su quinta película, pero el hecho de prescindir de la numeración en su título puede inducir a cometer ese error.

Pasando los primeros veinte minutos y con la suficiente capacidad de abstracción con los problemas que proceden más del género que de la propia película, Paranormal Activity. Los señalados es una película que no parece mal construida, que escoge bien los momentos que muestra y los que insinúa, que no adelante con facilidad sus mejores sustos y que, por momentos, entiende bastante bien los códigos del género de terror. Con un correcto grupo de actores y un argumento atractivo, la verdad es que se acaba pasando en un suspiro e intriga lo suficiente como para llegar al final con cierto agrado, aún asumiendo que no es precisamente una pica en la historia del género. Pero todo lo bueno (que se condensa especialmente a partir de cuando Jesse, interpretado por Andrew Jacobs, es consciente del problema en el que se ha metido) depende de que se entienda el final. Y sin ver Paranormal Activity o alguna de sus secuelas, en especial la tercera, se antoja algo complejo que así sea.

miércoles, enero 01, 2014

'El único superviviente', Peter Berg no es Ridley Scott

Hay dos problemas que El único superviviente no consigue resolver. El primero, que quiere ser de forma descarada una especie de actualización de Black Hawk derribado. Y emular lo que ofreció la mejor película de guerra moderna (indudablemente por su aspecto bélico, porque ninguna otra cinta ha sido capaz de introducir al espectador en un conflicto contemporáneo con semejante fuerza) es prácticamente imposible. Más si es Peter Berg el que tiene que alcanzar lo que hace un autor tan discutible como se quiera pero con semejante dominio del arte de la dirección. El segundo, que ésta es claramente una película de homenaje, a los Navy Seals como cuerpo y a los protagonistas de esta historia, precedida del tan temido cartel de "basada en hechos reales". Y eso comporta peajes importantes. Dos problemas que no supera, pero, aún así, una buena muestra de cine bélico actual con dos partes claramente diferenciadas, la que busca la empatía por los personajes y la que se centra en la guerra como concepto.

El caso es que en ambas hay momentos muy conseguidos, aún con sus defectos. La primera mitad tiene el grave problema de comenzar con un prólogo hecho con imágenes de archivo que más parece un anuncio de reclutamiento para los Seals creado por el Gobierno norteamericano. Y el patriotismo probablemente venda, pero también es cierto que puedo retrotraer al público fuera de los Estados Unidos. Lo que sigue, aún con música fanfárrica y triunfalista que provoca un efecto parecido, merece la pena, porque humaniza al soldado, hace que el espectador pueda conectar con personajes que, en teoría, están emocionalmente muy lejos. Quizá nada nuevo sobre el horizonte, pero sí muy efectivo. Para quien piense que esta es sólo una película bélica, sí se puede indicar que el primer disparo no suena hasta la hora de película. Después la guerra se apodera de la película, pero hasta entonces lo que se busca es la construcción de los personajes.

Con acierto, además, aunque sin tanta profundidad como seguramente hubiera querido Berg. Al director de películas como La sombra del reino (claro referente en su filmografía para El único superviviente), Hancock o la infumable Battleship se le escapa algo el filme por todo lo que comporta que quiera ser un homenaje. En la segunda mitad, y aunque mejora el algo escaso resultado de la mencionada La sombra del reino, Black Hawk derribado se antoja un referente demasiado elevado para lo que ésta consigue. En cualquier caso, es apreciable el esfuerzo de Berg, de su reparto (correcto Mark Wahlberg, inquietante Ben Foster, escaso Eric Bana) y de su equipo. El único superviviente ofrece un buen espectáculo bélico, muy bien rodado a pesar de algún que otro exceso, crudo y directo, quizá demasiado evidente en algunos momentos pero muy efectivo casi siempre.

Casi da la impresión con estas líneas de que hay más aspectos negativos que positivos en El único superviviente y en realidad no es así. La conexión con los personajes es buena y la acción bélica está bien rodada, lo que, además, supone para Berg una redención de la confusa Battleship, porque los efectos visuales están muy conseguidos y la presencia de helicópteros en dichas escenas forma parte de lo mejor que ofrece el filme. Alargar la primera hora viene a ser un intento de mejorar el único defecto que tenía Black Hawk derribado, la difícil individualización de los personajes. Aquí es obvio que se quiere conseguir esa sensación, y a pesar de que se trata de un hecho real y de que eso sea lo que en definitiva marca la historia, por eso el número de protagonistas es menor y por eso se incide tanto en aspectos personales de cada uno de ellos. Funciona razonablemente bien durante las dos horas que dura, aunque es verdad que podría haber sido mucho mejor película. Pero, como decía más arriba, Peter Berg no es Ridley Scott.

lunes, diciembre 30, 2013

2013, un año de cine

Se acaba 2013 y eso nos invita a todos a hacer estos balances en los que clasificamos todo. Aquí hablamos de cine, y aunque normalmente huyo de las estrellas, puntuaciones y calificaciones, sí intento agrupar todo lo que he visto a lo largo del año en categorías bastante flexibles que comparan lo incomparable y que se refieren a las sensaciones personales e intransferibles de quien escribe estas líneas. Aquí no se pontifica. Aquí se opina. Y se reciben muy bien las opiniones, las que están de acuerdo y las que no lo están, así que espero que nadie se moleste si su película favorita está entre las que no me han convencido. Se acaba 2013, decía, y ha sido un año en el que he podido ver 138 de los estrenos que llegan llegado a las salas españolas en estos doce meses, mejorando las 119 que vi en 2012. Y es que, se diga lo que se diga, siempre hay mucho cine por ver ahí fuera. Esto es lo que vi y sentí en el año que se nos va.

· La película del año: Gravity
Si el cine es una experiencia, y es como muchos lo concebimos incluso asumiendo sus facetas como arte y entretenimiento como elementos imprescindibles de una película, Gravity ha de ser por fuerza la película del año. La sencillez de su historia (una misión en el espacio sale mal y toca sobrevivir y volver a la Tierra) contrasta con la enorme cantidad de logros cinematográficos, visuales, sonoros y narrativos que tiene el filme. Desde sus planos secuencias a una fotografía deslumbrante, pasando por una actuación memorable, la de Sandra Bullock, o un 3D deslumbrante como pocas veces y que hace que esta sea la experiencia cinematográfica que más se acerque a la de estar efectivamente en el espacio. Alfonso Cuarón rueda así su mejor película y deja con la boca abierta desde el principio a ese final con homenaje incluido a una joya de la ciencia ficción.

· Lo más destacado
Bien podría haber ocupado el apartado anterior 12 años de esclavitud, una maravilla impresionantemente dura de Steve McQueen, con un reparto soberbio en el que destacan Chiwetel Ejiofor y Michael Fassbender y, entre otros logradísimos aspectos, más de una lección sobre cómo iluminar una película y dónde colocar la cámara. Es una de las películas que sonará mucho en la temporada de premios de 2014, que ya está sonando de hecho. Precisamente de las nominadas al Oscar hace un año se cuelan entre lo más destacado de 2013 en los estrenos españoles: la extrema dureza del Amor de Michael Haneke, el virtuosismo cinematográfico del Lincoln de Steven Spielberg y el original optimismo de El lado bueno de las cosas.

El cine de género ha dejado también muy buenas muestras en este 2013 que acaba. La ciencia ficción ha disfrutado con la preciosista Oblivion, de Joseph Kosinski; con Elysium, el acertado salto de Neill Blomkamp a los grandes estudios; con un sorprendente arranque de la fase dos de Marvel, con Shane Black dirigiendo Iron Man 3; y con el puro espectáculo que supone Star Trek. En la oscuridad, la segunda y al parecer última entrega de la saga que dirigirá J. J. Abrams. En el terreno de la animación, Frozen nos devolvió el mejor Disney. En el terror, La cabaña en el bosque llegó con muchísimo retraso pero con las mismas ganas de celebrar la valentía de hacer películas así. Y el drama ofreció historias tan logradas y diversas como La mejor oferta, la mejor película en años de Giuseppe Tornatore; Capitán Phillips, thriller de Paul Greengrass con un ritmo brutal y un Tom Hanks portentoso; y Prisioneros, una demoledora intriga de Denis Villeneuve en la que sólo flojea el final.

· Sorpresas positivas
Siempre hay películas que ves sin tener nada claro el resultado final y que te acaban sorprendiendo. Pasa mucho con películas modestas, esas que llegan a los cines sin grandes campañas de publicidad. Quizá por eso Bestias del sur salvaje y Rebelde (en la foto) son las dos películas más sorprendentes del año. Porque son pequeñas, sí, pero sobre todo porque tienen mucho talento detrás, mucha imaginación, guiones sólidos y puestas en escena envidiables. O como la chilena No, atractiva cinta de corte político, valiente de principio a fin. Esas películas están en la antítesis formal y comercial de superproducciones que, por qué no, también pueden sorprender. Como sucede con Pacific Rim, una película mastodóntica de robots y monstruos gigantes que entretiene por encima de sus posibilidades, o 2 Guns, donde dos actores populares, Denzel Washington y Mark Wahlberg, disfrutan y se lo hacen pasar al espectador francamente bien. O el entretenimiento sin complejos de Ahora me ves...

También lo es Coriolanus, que combate con el talento de un Ralph Fiennes debutante como director la aparente pereza que le ha dado a públicos de tan variadas procedencias por ser una valiente adaptación de un texto de Shakespeare. Un puro y sorprendente divertimento es Grand Piano, un thirller intenso aún con sus errores. Fue una gratísima sorpresa Expediente Warren: The Conjuring, espléndido y clásico cine de terror a cargo de James Wan después de que Insidious no me pareciera la reinvención del género que vieron algunos. Desde España, tres sorpresas positivas: la imaginación de Los últimos días, la tensión de Insensibles y el gran entretenimiento para todos los públicos de Justin y la espada del valor. Sorpresa fue la enorme intensidad de La caza a la hora de tratar un tema sumamente complejo. O la sana diversión que propone Memorias de un zombie adolescente. También el espectáculo visual que propone Stoker. O el buen rollo y las sensaciones personales e intimistas que dejaron Un amigo para Frank y Un invierno en la playa.

· Me gustaron... como esperaba
Ha habido mucho cine que me ha gustado. Con sus pegas y matices imposibles de desarrollar en tan poco espacio como otorga este resumen anual, pero cumpliendo con las expectativas o con los mínimos que un servidor tiene para estar entretenido delante de una pantalla durante unas dos horas. Y hay aquí películas mejores y películas peores, pero todas ellas me han divertido, emocionado o inquietado por algo, me ha gustado su reparto, su música o su forma de llevar a la pantalla una historia. No son necesariamente peliculones, pero funcionan lo suficientemente bien como para volver a verlas con agrado si surge la ocasión. El orden, por si alguien se lo pregunta, es el de su fecha de estreno, no el de su calidad.


· Decepciones
Siempre cabe insistir en lo que significa la decepción, la sensación de que no se ha alcanzado aquello que se prometía. Estar en este apartado no quiere decir necesariamente que sean malas películas, pero sí que se han quedado lejos de lo que  en otras manos o de otra manera se podría haber logrado. Quizá la película que mejor ejemplifique esa decepción pasa por Woody Allen, un director sobre el que siempre se cargan las más elevadas expectaciones y que no logra emocionarme desde hace ya casi una década, desde que estrenara Match Point en 2005, y eso que hablamos de un director que estrena una película por año. Blue Jasmine vuelve a dejarme frío, pese a la espléndida interpretación de Cate Blanchett

Lo mismo sucede con la pretenciosa The Master, de un Paul Thomas Anderson preciosista en lo visual y muy vacío en el contenido; con La noche más oscura, grande sólo por momentos; con Gangster Squad, que desaprovecha un gran reparto con unos diálogos flojos, una historia inane y una polémica absurda; con la tramposa Efectos secundarios de Steven Soderbergh, un habitual de este apartado; con la artificiosa El gran Gatbsy de Bazz Luhrmann; con la sosa Tierra prometida de Gus van Sant; con la desconcertante La espuma de los días de Michel Gondry; con la ausencia de emociones auténticas de El mayordomo del sobrevalorado Lee Daniels; con la dependencia de lo real para interesar de El quinto poder de Bill Condon; con la polémica, la excesiva duración y la libre adaptación de La vida de Adèle de Abdellatif Kechiche; y con la más que discutible fórmula con la que Peter Jackson abordar la segunda entrega de su segunda trilogía ,El hobbit. La desolación de Smaug.

· Pasables / Olvidables
No es que sean malas, pero tampoco son buenas. Son películas que, cuando uno termina de verlas, no dejan demasiado recuerdo de sus virtudes (en algunas mayores que en otras) pero tampoco siente uno ganas de pegarse cabezazos contra la pared por haberlas visto. Se ven, se disfrutan y se olvidan con la misma facilidad. Así son Mamá, Un plan perfecto, Siete psicópatas, Paker, Oz, un mundo de fantasía, Dando la nota, El chico del periódico, Grandes esperanzas, On the Road, Combustión, La gran boda, La venganza del hombre muerto, Maternity Blues, El hipnotista, The East, Llévame a la Luna, Zarafa, Guerra mundial Z, Los pitufos 2, RED 2, Cazadores de sombras: Ciudad de hueso (en la foto), Una bala en la cabeza, La gran familia española, Asalto al poder, Runner, runner, Caníbal, Insidious. Capítulo 2, Somos los Miller, Malavita, La huida, Bienvenidos al fin del mundo, 3 bodas de más, Carrie, Diana y Caminando entre dinosaurios.

· Muy malas
Muy malas, insalvables, auténticas pérdidas de tiempo e incluso las razones de justificados enfados por los nombres involucrados o las historias contadas, pero también algunas que no son tan malas pero que se engloban aquí pensando en que no apetece un segundo visionado. Ojo, que esto sigue siendo un juicio personal que se hace aún sabiendo que la inclusión de algunas de estas películas en este apartado provocará las iras de algunos encendidos fans, pero siempre quiero ser honesto con quien lee este pequeño espacio en Internet y por eso no puedo vender de otra forma películas que me parecen fallidas y equivocadas como Django desencadenado (en la foto), del para mí sobrevaloradísimo Quentin Tarantino, o El consejero, del para mí infravaloradísimo pero aquí profundamente aburrido Ridley Scott.

Esos dos son quizá los títulos más llamativos de este apartado, pero hay más, de muy distintas características aunque todos ellos con buenas razones para ser olvidados o criticados, a gusto del consumidor: El hombre de las sombras, La trama, Hansel y Gretel: Cazadores de brujas, Spring Breakers, The Host, G. I. Joe: La venganza, Un lugar donde refugiarse, Marea letal, The Lords of Salem (segunda gran candidata a peor película del año, un desmadre ininteligible), Hijo de Caín, El mensajero, Tres 60, Exorcismo en Georgia, Kick-Ass 2, Dolor y dinero. R.I.P.D., The Bling Ring, Cuerpos especiales, Sólo Dios perdona y Plan de escape (la otra gran candidata para peor película del año, porque sus dos protagonistas, Stallone y Schwarzengger han demostrado durante años que se podían hacer filmes como éste con mucha más categoría).

· La peor película del año: Movie 43
Había una competencia importante para ocupar este puesto en el 2013 que ahora acaba, pero el enorme despropósito que supone Movie 43 unido al ingente número de actores famosos y de talento que desfilan por la pantalla casi obliga a inclinarse por ésta para ser nombrada como la peor película estrenada en España en los últimos doce meses. Su apuesta por un humor escatológico, soez y, lo que es peor, sin gracia, así como su pobre relato de unión entre las diferentes historias que plantea convierte en algo asombroso que hayan participado en esta desconcertante película actores y actrices como Kate Winslet, Hugh Jackman, Hale Berry, Emma Stone, Naomi Watts, Chloë Grace Moretz, Richard Gere, Gerard Butler, Liev Schreiber o Terrence Howard. Por mucho que alguna escena pueda provocar alguna sonrisa, y no muchas, la verdad es que no hay por dónde cogerla.

· Ningún interés por verlas
No se puede decir de este agua no beberé, y por mucho que nos hayamos jurado y perjurado que no veremos las películas de tal director, actor o género siempre cabe la posibilidad caer en la trampa y verlas... y quién sabe si incluso salir gratamente sorprendidos. En todo caso, hay unos pocos títulos de 2013 que no figuran ni de lejos entre mis prioridades. Y Almodóvar siempre encabeza la lista. Los amantes pasajeros es una película que no me llama la atención y que incluso ha perdido puntos después de escuchar la opinión de algún que otro espectador que sí ha encontrado atractivos en su cine. Algo parecido me sucede ya con Alex de la Iglesia, por lo que Las brujas de Zugarramurdi tampoco me plantea mucho interés. Sagas, por supuesto. La quinta entrega de Scary Movie, la sexta de Fast & Furious y la tercera de Resacón tampoco me llaman la atención. Y si hay un personaje que pueble lo más bajo de la lista de los que podrían llevarme a una sala de cine, esa es Miley Cirus. LOL, por tanto, es otra película que trataré de evitar.

· Lo que me queda por ver
A pesar de la extensa lista de títulos que habéis visto hasta aquí, se han quedado muchas películas en el tintero de esas que, por alguna razón, apetece ver. Y quizá la más destacada sea Antes del anochecer, porque es una auténtica tarea pendiente toda esa historia que ya alcanza tres películas. Es una deuda que habrá que saldar más pronto que tarde. Como las de películas tan populares como Jobs, o en las que hay actores conocidos o atractivos como To the Wonder, 360. Juego de destinos, Hermosas criaturas, El último concierto, Mud, Un hombre solitario, Una cuestión de tiempo, Pacto de silencio, Don Jon (en la foto), Plan en Las Vegas, Mucho ruido y pocas nueces, Sobran las palabras, Nymphomaniac, La vida secreta de Walter Mitty o La leyenda del samurai. 47 ronin.

Hay películas de animación aún por ver, como Gru, mi villano favorito 2, Free Birds o Futbolín. Hay aún películas de terror que revisar como The Purge. La noche de las bestias. Hay cine europeo pendiente, como el de Renoir, La gran belleza o El médico. El cine español deja algunas películas en el tintero: Alacrán enamorado, 15 años y un día, La herida, Séptimo, ¿Quién mató a Bambi?, Diamantes negros e Ismael. E incluso queda en la lista de tareas pendientes una oriental, Una familia de Tokio. Y seguro que hay muchas más que esperan ser descubiertas en algún momento o por alguna casualidad.

viernes, diciembre 27, 2013

'Caminando entre dinosaurios', más documental infantil que película

La propuesta de Caminando entre dinosaurios es chocante. Quiere ser una especie de mezcla entre un documental para niños, una versión infantil de la conocida serie documental de la que toma su título, pero al mismo tiempo quiere plantear una aventura de dibujos animados, copiando incluso un modelo utilizado por los estudios más populares de la animación de utilizar un prólogo y un epílogo de acción con un actor conocido, en este caso Karl Urban, como maestro de ceremonias. Se aproxima más a lo primero por un detalle tan original como poco efectivo: los dinosaurios no adquieren rasgos humanos en su imagen pero sí en su voz. Hablan como si fueran personas, pero sus bocas no se mueven al mismo tiempo para pronunciar esas frases. Eso, al menos desde un punto de vista adulto, descoloca bastante pero no impide disfrutar con tanta intensidad del festín visual que supone la película, aún con un 3D que, para no variar, apenas luce en unos pocos planos.

Esa viene a ser la baza central de la película, como lo era de la serie documental: ver a los dinosaurios como nunca antes se habían visto. Pero en el mundo del cine eso topa con dos adversarios complicados. Primero, obviamente, el Parque Jurásico de Steven Spielberg, auténtico punto de inflexión de la presencia de los dinosaurios en la gran pantalla para más de una generación y aún hoy un referente ineludible. Segundo, Dinosaurio, la película de Disney que, aún habiendo transcurrido ya unos cuantos años desde que se estrenara en 2000, se mantiene como un magnífico ejemplo de animación por ordenador. Por eso, lo único que sorprende de Caminando entre dinosaurios, aún admitiendo su excelencia visual, es la elección de los protagonistas, según una norma no escrita que obliga a escoger especies diferentes siempre que se haga una película sobre dinosaurios.

En todo caso, la propuesta visual es muy atractiva. La animación es buena, hasta el punto de que no es fácil discernir el salto de la imagen real del prólogo a la animada de toda la película y de ésta al epílogo. Pero lo que sorprende y complica el visionado de la película es la decisión de dotar a los animales de voces pero no de gestos humanizados. Complica al menos desde un punto de vista adulto. Quizá los más pequeños no presten atención al detalle, pero para un público que sepa apreciar en la animación la sincronización de los labios con los diálogos que está escuchando (lucha que también se da en el debate versión original-doblaje, por cierto) el hecho de que no haya ningún tipo de intento de sincronía es un problema. Y, visto desde un punto de vista industrial, probablemente es una forma de reducir el presupuesto de la película, porque así hay mucho menos que animar.

Caminando entre dinosaurios es, aunque sólo sea por este motivo, una rareza en el panorama de la animación. Que trate de captar la atención de los más pequeños desde un punto de vista más científico y documental es algo sin duda elogiable y parte de lo que hace la película más interesante. Y su historia, sencilla a más no poder, contribuye a que el foco esté puesto en conocer a los dinosaurios, mucho más que a los personajes. Es un curioso equilibro entre el documental y la historia de ficción el que intenta buscar la película, pero quizá precisamente por eso "curioso" es el término que mejor se adapta a la valoración de la cinta. Ni quita el aliento, ni termina de emocionar. Cumple con lo que promete y poco más. Pero, claro, para un niño cualquiera quizá el dinosaurio con el que mejor pueda conectar no sea precisamente el paquirrinosaurio, que es el centro las peripecias de la película. Curioso, sí.

miércoles, diciembre 25, 2013

'La vida secreta de Walter Mitty', asombroso viaje

Por Lucía Alegrete.

En los años 40, el director Norman Z. McLeod, basándose en una novela de James Thurber, estrenó La vida secreta de Walter Mitty. Era la historia de un hombre fracasado que se evade de su infeliz vida creando una realidad paralela donde sus aspiraciones se cumplen hasta que un día su suerte cambiará y comienza a conseguir sus anhelantes sueños. 65 años después, el conocido actor cómico Ben Stiller traslada la historia a nuestros días, dirigiendo y protagonizando una película que nos hará creer en el poder de la imaginación. Walter Mitty es un desdichado empleado que lleva toda la vida revelando los negativos de la prestigiosa revista Life. Todo ello parece tocar a su fin cuando se anuncia su cierre inminente, traspasando sus páginas a la edición digital. Sólo un último número más verá la luz y el encargado de la portada es el prestigioso fotógrafo Sean O´Connell (Sean Penn), quien concede la fotografía que recoge la esencia de la empresa, el negativo 25. Las cosas se tuercen cuando al llegar el envío hay un hueco en blanco, el 25. El caos y el desconcierto se apoderan del protagonista, quien decidirá perseguir por tierra, mar y aire al escurridizo fotógrafo, adentrándose en un sinfín de aventuras tan inverosímiles como espectaculares.

Hace unas semanas, la National Board of Review la nombró como una de las diez mejores películas del año. Y aunque es una afirmación demasiado categórica, es cierto que es un filme interesante, entretenido y reflexivo. La fotografía y los escenarios son excepcionales, nos sentimos como si fuéramos el propio Walter Mitty viajando alrededor del desconocido y salvaje mundo, escalando el Himalaya o luchando a muerte con tiburones en medio del océano. Es sencillo dejarse llevar por esta avalancha de paisajes sorprendentes y magníficos y embaucarse con las sorprendentes sucesos que se van aconteciendo. El problema de ello es que por momentos se ahoga en su propia artificiosidad y esplendor olvidando la verdadera esencia del filme. El despliegue de efectos, colores y medios es sorprendente, pero no es bueno abusar de ello. Lo más destacable es la originalidad y las imágenes vistosas y llamativas que se nos ofrecen, mostrando un talento artístico del director desconocido para el público. También es divertida y ligera y la acción se desarrolla velozmente.

Walter Mitty es la mejor película de Ben Stiller. Nos demuestra que no es un simple actor de comedias tontas y vacías, sino que debajo se esconde una persona con talento que puede llegar a hacer grandes cosas. Pero aún le queda un largo camino por recorrer, ya que la película sigue siendo muy imperfecta. No resulta creíble o convincente nada lo que ocurre, sobre todo porque sigue demasiado el patrón de una típica comedia americana. Los personajes son estereotipados y están trazados muy superficialmente, al igual que las relaciones entre ellos, por lo que no llegamos a empatizar con ninguno. Es más sencillo buscar la risa fácil del espectador que preocuparse por trazar una historia más real. La relación del protagonista con su compañera de trabajo (Kristen Wiig) está introducida forzosamente, por esa imperiosa necesidad de que exista siempre una pareja. El antagonista (Adam Scott) es el prepotente y calculador empresario que encarga de realizar los despidos de la empresa y también está altamente caricaturizado, mostrándose como un ser insensible al que no importa lo que suceda a la plantilla o a la propia empresa.

Este asombroso viaje del protagonista le llevará por los lugares más recónditos del planeta donde descubrirá lecciones vitales y se conocerá a sí mismo. Se nos muestra cómo con esfuerzo hasta nuestros sueños más inverosímiles se pueden tornar realidad. Con respecto a la fotografía que se corresponde con la última portada de la revista creo que es uno de los puntos más acertados y sorprendentes de la película, que le confiere un cariz nostálgico. El gran mensaje que se nos quiere transmitir ya no es sólo el poder de la imaginación sino también el drástico e imperioso progreso hacia la digitalización. La evolución tiene puntos negativos y en este caso es como la tecnología sustituye al esfuerzo humano. Personas que llevan toda una vida luchando por sacar adelante un proyecto descubren como tan rápido como se logra se desvanece, convirtiéndose en un simple recuerdo. Todos ellos son sustituidos por grandes empresarios, gente con conocimientos de economía y gestión pero que no comprenden el verdadero significado de lo que hacen. Es un homenaje a esos luchadores desconocidos a los que todo el mundo olvida, pero que sin su empeño no se habría conseguido llegar a nada.

lunes, diciembre 23, 2013

'Sobran las palabras', conmovedora comedia romántica

Por Lucía Alegrete.

Después de ver las últimas grandes producciones lanzadas al mercado, como Turbo, Séptimo o El consejero, con gran éxito pero bastante pobres de sentimiento, nos encontramos con esta pequeña y agradable sorpresa. Es la historia de amor de una pareja de divorciados cuyos respectivos hijos deben marchar inminentemente hacia la universidad. Eva (Julia Louis-Dreyfus) conoce a Albert (James Gandolfini) en una fiesta, simpatizan y acaban cenando juntos otro día. La afinidad mutua es indiscutible y la noche resulta ser muy placentera. A pesar de ello, Eva no está segura de que Albert sea su tipo ni le termina de atraer físicamente y acaba rechazándole. Sus dudas e inseguridades primeras se irán disipando poco a poco y se dará cuenta de que las cosas que comparten y el tiempo juntos es demasiado valioso. Decide no negarse esa segunda oportunidad que le ha dado la vida sólo porque no sea el prototipo de hombre ideal. Las cosas acaban funcionando entre ellos más de lo que cabría esperar, pero diversas complicaciones trastocarán la estabilidad y solidez de la relación que intentaban construir.

Nicole Holofcener crea y dirige esta emotiva película que en apariencia es una comedia romántica más pero finalmente no resulta de ese modo. Se destaca la sencillez y la manera tan espontánea de exponernos los hechos. La relación de la pareja es narrada de forma natural, sin adornos ni tapujos y la complicidad de ambos traspasa la pantalla. La trama se desarrolla sin demasiados sobresaltos ni enigmas y los sucesos que acontecen pueden resultar inverosímiles o poco creíbles. Lo que verdaderamente la hace diferente y consigue cautivarnos es la química y sencillez de la pareja protagonista. Ambos están magníficos, derrochando simpatía y dulzura en cada plano. Se resaltan valores como la importancia de la confianza en una relación, la seguridad en uno mismo y el desmontar la tendencia general de aquellos que ceden siempre a las apariencias. Nos quiere mostrar como muchas veces la edad, el físico y nuestra apariencia debería pasar a un segundo plano para poder llegar conocer a la persona que hay debajo y que, de otro modo, jamás nos interesaríamos.

James Gandolfini  nos deleita con su última actuación de una enorme y prodigiosa carrera. El aclamado actor, reconocido por representar a Tony Soprano en la mítica serie Los Soprano, falleció el pasado mes de junio, y nuestro mundo sigue de luto por perder a uno de los actores más talentosos de nuestro siglo. Una bella despedida para un enorme actor, que aquí nos demuestra una vez más su prodigiosa capacidad de alternar estilos interpretativos tan opuestos. Su naturalidad, sencillez y su magnífica aptitud de mostrarse por entero a la cámara sin adornos ni tapujos, convierte esta película en una pequeña delicia. Julia Louis-Dreyfus está encantadora y resulta convincente en las reacciones y los dilemas que le van surgiendo. Entre ambos cargan de realismo y credibilidad el metraje. Los diálogos son inteligentes y divertidos. A pesar de que sepamos los acontecimientos que se van a suceder no nos impide disfrutar de este maravilloso filme. Es una historia correctamente construida y narrada, con grandes dosis de humor ácido y sutil.

Es una comedia americana bien trazada, reivindicando un género explotado y mal utilizado en los últimos años. Estamos ya cansados de jóvenes parejas bellas y esculturales en donde todo resulta forzado y la química es impuesta por la taquilla. Actores atractivos y de moda se unen para atraer a las masas juveniles, pero en la mayor parte de los casos no nos resultan cercanos ni nos identificamos con ellos o con las contrariedades que les suceden. Chistes fáciles y situaciones extremas que extenúan a cualquier público que sobrepase la veintena. Ahí es donde radica el atractivo de Sobran las palabras. Se nos retrata una pareja corriente y casual, en la que las imperfecciones y la sinceridad de los protagonistas hacen que nos sintamos más próximos a ellos. Es cierto que no se altera ningún patrón del género ni supone un punto de ruptura pero la realidad es que resulta conmovedora y divertida. Quizás el guión debería haber sido más elaborado o suceder los hechos de manera más creíble, ya que de ese modo podría haber sido destacable. Se queda a medio camino entre ser una película recordable y una agradable comedia sobre un romance de mediana edad.

miércoles, diciembre 18, 2013

'Diana', otro fallido biopic

El biopic es un subgénero en auge en cuando a producción y ambiciosos, por los personajes a los que ha llegado, pero, por supuesto con excepciones notables, en decadencia general en cuanto a resultados. Por algún motivo, el gancho del famoso ya no funciona tan bien como debiera, por mucho esfuerzo que le pongan los actores en sus recreaciones. Diana es una muestra evidente. Se ha hablado más de ella antes de verla de lo que probablemente se volverá a hablar de ella después de que llegue a los cines. El morbo de ver sus últimos años o pasajes directamente vinculados a su muerte o el parecido de Naomi Watts con la Princesa de Gales han sido noticia. La película, por desgracia no lo es. Es un relato confuso y sin un claro objetivo de los dos últimos años de vida de Lady Di, una recopilación de imágenes reales recreadas y una historia de amor sin credibilidad en pantalla (al margen de lo que fuera en la vida real), tramposa y maniquea en muchos momentos y que quiere mostrar ecuanimidad mostrando alternativamente a Diana como lo más parecido a un ángel y como una mujer perdida, sin llegar a convencer en ninguna de las dos facetas.

La norma en este tipo de películas viene a ser dejarlas en manos de la estrella de turno, que se transforma físicamente en la persona real a la que interpreta, preferiblemente en icónicas imágenes que lleven la mente del espectador a sus propios recuerdos. A Naomi Watts, en realidad, no le queda demasiado margen para hacer un trabajo propio. Oliver Hirschbiegel, director del filme que confirma su decadencia desde que sorprendiera con la fascinante El hundimiento y confundiera con Invasión, su desembarco en Hollywood, basa una parte importante de la película en la foto fija, en la famosa entrevista a la BBC, en el vídeo de seguridad que se recuerda como la última imagen de Lady Di con vida, en los vestidos que usó, en sus discursos. Imágenes que quien conociera a Diana tiene en la cabeza. Y todo arranca con la absurda estrategia de ocultar durante unos minutos el rostro de Naomi Watts, como si el cartel y las fotos promocionales no hubieran impedido ya sorpresa alguna en ese apartado.

Watts es una actriz espléndida, pero con esos mimbres será difícil que se recuerde este trabajo más allá de que supone personificar a una de las mujeres más famosas del último cuarto del siglo XX. Y es que la película no hace justicia a la leyenda ni hay nada en ella, desde el punto de vista cinematográfico, que justifique tanta expectación. Podría haber sido un relato sobre la historia de amor prohibida de Lady Di, pero éste queda en pantalla sumamente artificial y no llega a conseguir el interés necesario. Podría haberse volcado también en la faceta humanitaria de la Princesa de Gales, pero estos aspectos quedan más destacados por protagonizar los rótulos de texto con los que finaliza el filme que por los escasos minutos que se lleva en pantalla (y en los que la adoración por Lady Di alcanza tintes excesivos). Y podría haber sido una reflexión sobre el papel de los paparazzis en la vida y en la muerte de Diana, pero estos elementos apenas se esbozan e incluso no suenan coherentes a lo largo de la película. Quiere ser las tres cosas y se pierde en la misma neblina que aparece en una de las escenas del filme.

Diana tiene el problema de ofrecer nada realmente trascendente, y tener una estética propia de un telefilme más que de una producción cinematográfica. No cuenta con un guión compensado, sino que éste se limita a ir tocando temas alternativamente, sin destino y sin propósito claro. Ni siquiera en los momentos que tendrían que ser verdaderamente emocionantes, como el improvisado memorial de flores que la gente erigió junto al Palacio de Buckingham, llega a conmover tanto como debiera. Y así, el esfuerzo de Naomi Watts de personificar a Lady Di es algo vacío e intrascendente, olvidable e incluso discutible desde el punto de vista de un ferviente admirador del personaje real, porque su retrato es en demasiadas ocasiones esa bala perdida de la que se habla en la película, pero no precisamente por su rebeldía frente a la Corona británica. Una lástima el estado del biopic como subgénero, porque la personificación de un personaje querido está dejando de conducir a películas interesantes.

lunes, diciembre 16, 2013

'El hobbit. La desolación de Smaug', ¿puede ser una película tan buena y cabrear tanto al mismo tiempo?

La pregunta que deja en el aire la segunda entrega de El hobbit, La desolación de Smaug es clara. ¿Puede ser una película tan buena en algunas cosas y cabrear tanto al mismo tiempo incluso por más motivos? Peter Jackson ha dado con la fórmula ideal para que reine la sensación de que ha superado ampliamente la floja primera entrega de esta nueva trilogía y de que ha superado barreras que nadie va a superar en mucho tiempo, pero, de la misma manera, deje la sensación de que hace tiempo que dejó de entender lo que supone hacer cine. Es, no podía ser de otra manera, un mastodóntico ejercicio de fantasía y aventura, con escenas más y menos logradas. Pero también es un problema como película, porque destruye por completo la importancia del clímax para supeditarlo al formato que le exige la absurda decisión de rodar tres películas de este libro de Tolkien para vender más entradas y blu-rays de versiones cinematográficas y extendidas. Cabrea eso, la megalomanía que le lleva a estirar sin medida sus películas de la Tierra Media. Mucho. Y así, cabreado pero aún con la boca abierta, es como se sale del cine.

Ya desde su concepción, era palpable el error de hacer tres películas de un libro que ni se acerca a la extensión de uno solo de los volúmenes de El Señor de los Anillos. Los 169 minutos de Un viaje inesperado lo mostraron. Los 161 de La desolación de Smaug lo evidencian con mucha más claridad. Y si ya es grave en bastantes momentos de la película, lo verdaderamente desolador de esta segunda entrega es la constatación de que Perter Jackson no ha entendido el sentido de un clímax cinematográfico, entregándose a una maquinaria comercial con muchas más ganas que al puro cine que respiraba en el crescendo brutal y maravillosamente estructurado de El Señor de los Anillos. El ritmo depende aquí, simplemente, de la concatenación de escenas de espectáculo, algunas directamente extraídas de un videojuego (la de los toneles, con unos exageradísimos efectos visuales que están lejos de ser tan precisos como los de la trilogía original por mucho ordenador que gasten) y otras forzadas por el deseo de crear inexplicables escenas nuevas ausentes del libro (se lleva la palma el forzadísimo protagonismo, sí, protagonismo, de Legolas).

A Peter Jackson se le ha ido claramente la mano. Ha privado a sus películas de elipsis y ha decidido que la única forma de hacer escenas de acción, al menos así lo muestra durante buena parte del metraje de esta segunda entrega, es sobrecargar los planos y mover la cámara más que nunca, intentando no cortar el plano (en la senda marcada por Los Vengadores, pero descontroladamente). Pero, aún más, ha llevado su peligrosa costumbre de añadir y añadir escenas a un punto de no retorno en el que incluso altera algunos de los logros de El Señor de los Anillos. Del mismo modo, el preciso uso de cada personaje en la trilogía original salta aquí por los aires de la forma más sorprendente, dejando el cartel de la película como una trampa más, una en la que el conocedor de la novela, en todo caso, no caerá. Lo que tenía de grandioso El Señor de los Anillos era que formaba un conjunto espectacular pero, al mismo tiempo, cada película tenía una personalidad propia (algo que, por ejemplo, también se veía en la música de Howard Shore, aquí mejor que en la primera de El hobbit). Pero aquí, más que película, tenemos un producto por piezas.

¿Y qué es lo bueno? La hora final. Es ahí donde la emoción que reinaba en toda la trilogía de El Señor de los Anillos encuentran el eco que cabía esperar, incluso en escenas que no tienen ningún sentido en la adaptación (Tauriel, la elfa que interpreta grácilmante Evangeline Lilly domina esa faceta). Es ahí donde Martin Freeman vuelve a mostrar que es un Bilbo espléndido, por mucho que el título de El hobbit no haga justicia al poco tiempo que pasa en la pantalla, y encabezando un buen reparto en el que siempre destaca Ian McKellen. Y es ahí donde sale Smaug, el dragón. Hay que decir con rotunda claridad que jamás se ha visto un dragón que desprenda tanto poder y maldad en una pantalla de cine. Es el mejor de la historia y es lo que obliga, una vez más, a insistir en la importancia de ver el cine en versión original, porque le pone voz un Benedict Cumberbacht colosal. Smaug es un prodigio, como en su día lo fue Gollum en Las dos torres y justifica por sí solo el pago de la entrada. Ahí Peter Jackson demuestra que saber hacer grandes películas. Pero cabrea y mucho. Más aún con la forma en que acaba la película. Y ahora otro año de espera.