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viernes, mayo 27, 2016

'Alicia a través del espejo', si Lewis Carroll levantara la cabeza...

El cine, como cualquier otro arte narrativo, no debe tener ningún miedo a la experimentación a coger personajes e historias y transformarlos en virtud de sus necesidades como medio de expresión. Eso es algo que tendría que ser evidente, sea cual fuera el material que se adapta. Pero, claro, cuando llegan películas como Alicia a través del espejo, secuela de la olvidable Alicia en el País de las Maravillas que forma parte del declive creativo de Tim Burton, esa afirmación se hace añicos, porque si Lewis Carroll levantara la cabeza probablemente no entendería qué es lo que han hecho con sus personajes. Porque, sí, contamos con todos los personajes de la primera película y con alguno más, pero sólo hay una conexión visual con ellos. Podría ser una historia de Alicia y del Sombrerero Loco como podría serlo de cualquier otro personaje.

La conexión con el País de las Maravillas es sólo visual, e incluso ahí tenemos un problema importante, ya que la excelencia visual que se le supone, quizá el único punto por el que se puede recordar la película de Burton, es en realidad un juego de artificio extraño. La reciente El libro de la selva de Jon Favreau vino a mostrarnos que se puede convertir una historia pensada en dibujos animados en una acción real y realista, pero Alicia a través del espejo es justo lo contrario, un gigantesco dibujo animado en el que, en realidad, todo da igual. Hace años, esta misma película, con este esfuerzo digital, podría haber convencido sólo con eso, pero hoy en día es un ejercicio profesional probablemente espléndido para enseñar en las academias de dibujantes y animadores pero que en la sala de cine es un espectáculo que se antoja francamente vacío.

La clave está en que la película ni siquiera sigue sus alocadas normas. Si se fuera fiel al espíritu de El País de las Maravillas, perfecto. Si se fuera fiel incluso a lo que se marcó en la primera película, sería suficiente. Pero como los personajes se desdibujan solos y realmente no hay mucha coherencia en sus actos, sus decisiones o sus palabras, lo único que queda es dejarse llevar por lo que en realidad es una carísima atracción de feria que vuelve a poner el énfasis en lo que para Carroll no era más que un secundario, el Sombrerero Loco, pero que aquí se convierte en protagonista para mayor gloria de un cada vez más aburrido Johnny Depp, que encabeza los créditos de la película por encima incluso de quien le da título, la Alicia de una Mia Wasikowska que al menos parece más centrada en el papel que en la primera película, por mucho de que el guión aquí le aporte muchas menos armas, sobre todo en el tramo que acontece en la parte más fantástica del relato.

Para esta segunda aventura de Alicia, James Bobin ha cogido un guión de Linda Woolverton, que tras la primera Alicia y Maléfica parece haberse encasillado en estos trabajos de aliño, una historia algo caótica ya de base y que montada adolece de bastante ritmo que lleva a los personajes a una aventura en el tiempo que quiere dar un origen a los personajes que en realidad no necesitan y que solamente coloca sobre el tablero piezas que no necesitan demasiada cohesión. Lo importante para el estudio está en que haya nombres conocidos e imágenes bonitas de contemplar. Los nombres ya los tenía de la cinta original, con los ya mencionados, Anne Hathaway, Helena Bonham Carter o un Alan Rickman que, con unas pocas frases, ofrece aquí su último trabajo para el cine (y la película se le dedica por ello), a quienes se añade un Sacha Baron Cohen con llamativas lentillas azules que apenas amplia un cuadro que no sorprende en absoluto.

viernes, marzo 06, 2015

'Maps to the Stars', el doble retroceso de Cronenberg

Siendo esta una simplificación perfectamente debatible, David Cronenberg ha tenido dos grandes picos en su carrera. El primero fue en la primera mitad de los años 80, cuando se convirtió en un maestro de lo inquietante, lo macabro y lo repulsivo, un gran director de género con una enorme capacidad de sorprender. El segundo fue a mediados de la pasada década, cuando dio un descomunal salto de madurez con dos películas espléndidas, Una historia de violencia y Promesas del este. Pero de la misma forma que se difuminó el primero antes de llegar el segundo, ahora Cronenberg está en una etapa que bien podría calificarse de retroceso desde dos puntos de vista. Por un lado, el de calidad. Un método peligroso, Cosmópolis y ahora Maps to the Stars están muy lejos de los resultados de esas dos películas anteriores. Por otro, en lo temático, porque en este último filme Cronenberg vuelve a temas y personajes que entroncan con los de sus comienzos, lo que a estas alturas contribuye a generar cierta perplejidad.

Cronenberg consigue que la evaluación simplista de su película sea francamente compleja. ¿Es un producto fallido? En realidad, no. ¿Pero es una de sus grandes películas? Tampoco lo parece, ni siquiera desde el prisma más benévolo. Lo que ofrece Maps to the Stars es una historia extraña, retorcida, con personajes torturados y al límite, con un alto componente de crítica al sistema de Hollywood, aunque en realidad tampoco suene a nuevo ni a especialmente rompedor, quizá con las pretensiones de que la película se pueda leer como una crítica social más amplia aunque en el fondo cueste encontrarle ese propósito. Y con múltiples referentes, que van desde el propio cine de Cronenberg en sus inicios, con personajes que luchan contra sus demonios internos y el pasado, a algunos títulos de David Lynch (Mulholland Drive o Inland Empire vienen con facilidad a la cabeza), pasando incluso por el ejercicio de estilo visual y actoral de Stoker, por influencia directa de Mia Wasikowska, protagonista en ambas.

Esos personajes extremos son, en realidad, los que suscitan buena parte de la atención de Cronenberg y los mejores momentos de su película, por mucho que sea difícil encontrarle un sentido más allá de lo extravagante. Y en este sentido no se puede negar que es un espléndido director de actores. Todos, incluso a Robert Pattison (algo que no se podía decir en Cosmópolis) encajan perfectamente en su papel. Julianne Moore aporta la excelencia, encabezando una excelencia femenina que pasa por el drama interno que sufre Olivia Williams, por la esotérica presencia de Sarah Gordon o la siempre compleja personalidad que borda la mencionada Mia Wasikowska. John Cusack, el propio Pattison y el actor juvenil Evan Bird son la réplica masculina. Aunque este último es el que destaca porque su papel se lleva algunas de las escenas más agradecidas (y cargadas de cinismo), es obvio que hay un desequilibrio en el que ellas se llevan las partes más significativas del filme.

Dentro de ese retorno a los orígenes que parece ser Maps to the Stars, lo que más se puede agradecer es el regreso a ese Cronenberg atmosférico e inquietante, que también se ve en algunas escenas. Tampoco se puede negar que es una película que genera un efecto en el espectador, no deja indiferente, y eso es propio de creadores que merecen la pena. Puede que no sea el Cronenberg más accesible, ni tampoco el más certero (incluso en la elección de escenas y escenarios; se antoja difícil descubrir qué aporta una escena de Julianne Moore sentada en el inodoro con estreñimiento hablando con el personaje de Mia Wasikowska sobre su novio y otros menesteres, más allá de la rareza y por muy extravagante que quiera ser la película), pero sí es uno que genera emociones. Y ahí siempre destaca el Cronenberg más cínico (ojo a la escena en la que el personaje de Moore descubre que va a conseguir un papel por el que suspiraba), por encima del que bordea lo surrealista.

viernes, junio 13, 2014

'Sólo los amantes sobreviven', extravagantes vampiros de diseño y lentitud

Sólo los amantes sobreviven no es ninguna sorpresa en la filmografía de Jim Jarmusch. Una vez vista, casi parece increíble que no la haya dirigido hasta ahora, que nunca hasta esta película se haya decidido a mostrar unos vampiros de diseño, mezclados con un universo de estilo retro en sus detalles y de diseño moderno en su aspecto, una apabullante y envolvente música rock y una historia superficial que se queda ahogada en el cuidado envoltorio con el rodea a los personajes protagonistas, cuatro vampiros a los que sólo se reconoce como tales precisamente por los detalles. Paradójicamente, es un curioso título de vampiros casi sin vampiros, supeditado a su aspecto visual, en el que los dos actores protagonistas encajan con mucha naturalidad. Pero es lenta, muy lenta, más incluso de lo que ya suele ser el pausado cine de Jarmusch, y eso hace que ésta sea una cinta difícil de ver, que se aleja de las convenciones del género y que busca una identidad propia que, en realidad, tampoco consigue por completo.

Eso es así porque la figura del vampiro lleva tiempo instalada en mundos parecidos a los que muestra Jarmusch. Es lo que sucede cuando se escoge a una de las figuras más sobreutilizadas de la ficción, que la pretendida originalidad no es nada fácil de conseguir. Jarmusch, eso sí, introduce con fuerza su estilo visual y musical, crea un entorno que a ratos es fascinante pero que en otros momentos genera cierta indiferencia. Es, en ese sentido, un Jarmusch puro, previsible (en más de un sentido) y reconocible. Pero muy lento para según qué audiencias, sobre todo porque, en realidad, la figura del vampiro sólo le sirve para justificar el desarrollo nocturno y reclusivo de la película. Las anécdotas con las que quiere reforzar la sensación de que hay vampiros en la pantalla (las demasiado poco casuales alusiones temporales o escenas bastante superfluas como la de los helados) no hacen más que alargar una película que probablemente habría mejorado con algún que otro corte en sus 123 minutos finales.

La cinta, en realidad, no necesita centrarse en la figura del vampiro más que en su resolución, una que llega sin demasiada firmeza, descansando demasiado en la casualidad y reforzando la menor importancia de la historia. La parte vampírica no deja de ser una exposición, porque no se atisba conflicto por esa condición, no determina la relación entre los personajes, no marca los problemas familiares que Jarmusch quiere desarrollar con la pareja que forman los personajes de unos más que adecuados Tom Hiddleston y Tilda Swinton y la hermana de ésta, una Mia Wasikowska que no deja pasar ninguna oportunidad para alejar la imagen fría y sosa que dejó en su primer gran papel en la Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton. John Hurt completa el cuarteto vampírico, y es probablemente el personaje que más sufre la indefinición del tramo final. Los humanos (Anton Yelchin y Jeffrey Wright) dan algo más de interés a la historia, pero no son personajes especialmente aprovechados.

Casi todo lo anterior evidencia que en Sólo los amantes sobreviven hay algo de quiero y no puedo. Hay una pretensión de hacer un filme de vampiros diferente, y en realidad no lo es, de ubicar a esa figura del panteón de monstruos de la literatura clásica en un entorno musical a medio camino del rock de mediados del siglo XX y la noche del siglo XXI, sin que en realidad se perciba como un avance en el retrato del vampiro. ¿Mala película? En absoluto, porque Jarmusch tiene una innata capacidad para encontrar fascinación visual, sonora y atmosférica. Pero de alguna manera la película está muy lejos de ser el estímulo sensorial o la revisión del vampiro que persigue ser. Y aunque por momentos da la impresión de que puede despegar y marcar esa diferencia que ansía, lo cierto es que se queda en una rareza que sólo es imprescindible para quienes admiren a sus dos magníficos actores protagonistas.

viernes, mayo 10, 2013

'Stoker', desigual, perverso y a ratos salvajemente hermoso thriller

Stoker sorprende desde su arranque. El surcoreano Chan-wook Park, que da con esta película el salto al cine anglosajón, trenza una historia perversa y turbadora, a ratos salvajemente hermosa en su historia y sobre todo en sus imágenes con su magnífico uso del color, pero también desigual y discutible en algunos momentos. Impactante en todo caso, porque compone un thriller muy original partiendo de una familia disfuncional admirablemente interpretada por Mia Wasikowska, Matthew Goode y Nicole Kidman, porque se mueve en terrenos moralmente tan atractivos como peligrosos y porque es valiente en el fondo y en la forma. Es una de esas películas que deja sensaciones encontradas y contradictorias, que deja tantas cosas para admirar como para dudar. Y eso, en realidad, no puede ser malo. Una película que obliga a seguir pensando en ella tiempo después de haberla visto, es que tiene algo de esa magia que hace del séptimo arte algo maravilloso, incluso renegando de algunos detalles tras esa reflexión.

India (Mia Wasikowska) cumple 18 años y ese mismo día su padre (Rupert Everett) muere en un accidente de coche, quedándose sola con su madre (Nicole Kidman). En el funeral aparece su tío Charlie (Matthew Goode), del que la joven nunca había oído hablar y comienza así un extraño juego de sensaciones, afectos y rechazos, intensificado por la elecciones audiovisuales del director, mientras todos tratan de adaptarse a su nueva vida tras la pérdida que han sufrido. La disfuncionalidad de la familia que retrata Stoker nace de un accidente que se intuye pero no se ve y por la ausencia de un personaje que tarda en ser visto (en cierto modo, reutilizando aunque no del todo el recurso del que Hitchcok hizo arte en Rebecca). Y se desarrolla la historia por la propia extravagancia de los personajes dentro de un mundo aparentemente normal que, en realidad, nunca lo es. El encaje de esa manera de las obsesiones, miedo e ilusiones de India, su madre y su tía forman un juego morboso y atractivo.

Park consigue que Stoker sea una experiencia desasosegante de principio a fin. Lo hace con el sonido, con la imagen y con las interpretaciones de sus protagonistas. Bien Nicole Kidman, que no necesita de artificios para construir un buen personaje, aunque quizá sea la que más desdibujada queda en el filme, porque no está puesto el foco en su papel. Muy bien Matthew Goode, para algunos el mayor error de casting de Watchmen y sin embargo aquí es un actor que siempre motiva alguna reacción, alguna sensación, incluso algún terror. Y extraordinariamente bien, aunque no siempre, Mia Wasikowska, una actriz que en ocasiones transmite una frialdad que no parece estar en los guiones que acepta (y que contaba con el lastre de ser la sosa protagonista de la probablemente peor película de Tim Burton, Alicia en el País de las Maravillas), pero que por momentos, y especialmente en la segunda mitad del filme, se muestra como lo mejor y más sorprendente de este contundente cóctel psicológico.

Hay elementos más que cuestionables que seguramente no gustarán a todo el mundo. La evidente conexión entre el despertar sexual y la fascinación por la muerte no creo que sea lo mejor de la película, por mucho que en este sentido Park ofrezca una de las escenas más provocadoras del cine contemporáneo (únicamente por inusual, no pretendo censurar lo que muestra). Y el final da para mucho debate. No era nada fácil poner un cierre a esta historia y el que escoge Stoker deja algunas dudas. En todo caso, son 99 minutos diferentes, intensos y perversos, donde casi nada es lo que parece y los secretos, incluso los que cada personaje se esconde a sí mismo, consiguen mantener hasta el final la atención del espectador. E incluso que se piense en un segundo visionado para poder extraer conclusiones más pacientes y meditadas. Eso, insisto, hace que el juicio tenga que ser indudablemente positivo, aunque no sea una película pensada para agradar a todo tipo de públicos.

viernes, febrero 03, 2012

'Albert Nobbs', cuando la premisa se tambalea

Muchas películas se basan en premisas llamativas. En Albert Nobbs esa premisa es ver a Glenn Close haciéndose pasar por un hombre, que no interpretar un papel masculino. Es la historia de una mujer que se tiene que convertir a ojos de la sociedad en un hombre para poder sobrevivir. Con esa base, Rodrigo García monta una historia más que interesante, en un mundo en el que hay mujeres que deben esconderse y fingir lo que no son para poder subsistir. ¿Pero qué sucede cuando la premisa se tambalea? ¿Cuando parece que no es más que la excusa para montar una película a su alrededor? Sucede que la película pierde credibilidad. Glenn Close es una fantástica actriz y hace un impresionante esfuerzo en todos los sentidos, en especial con el lenguaje corporal, pero a mí se me hace imposible dejar ver a la mujer debajo del maquillaje y la actuación. La premisa se tambalea y, con ella, el conjunto de la película, por lo demás un folletín interesante y bien llevado.

Albert Nobbs trabaja como camarero en un hotel del Dublín del siglo XIX. Es un hombre menudo, metódico, trabajador, sobrio y educado. Esa es la fachada que ha escogido una mujer abandonada desde niña para poder ganarse la vida en un mundo de hombres. Bajo las ropas del camarero se esconde, sin que nadie lo sepa, un cuerpo femenino. No hay de partida, aunque luego aparecen, implicaciones de orientación sexual en esta película, sino que se trata de una historia de supervivencia. Buscando la verosimilitud del planteamiento, Glenn Close se somete a una intensa sesión de maquillaje, cambia por completo su tono de voz y modifica de forma radical su lenguaje corporal. En ese último aspecto es donde triunfa con absoluta certeza, no hay más que ver la escena de la playa para comprobar el espectacular trabajo de la actriz para transmitir con sus movimientos que se ha olvidado por completo de ser una mujer. Albert Nobbs es Glenn Close en el sentido más amplio. Y es que es también la guionista y la productora del filme.

Decía que me es imposible dejar de ver a la mujer a pesar del meritorio trabajo de la protagonista, y eso se debe a que el entorno no ayuda. Rodrigo García, director de la película, adopta sin problemas el tono sobrio que impone el personaje principal, pero la presencia masculina en el reparto hace destacar aún más la feminidad, como poco la rareza, del propio Albert Nobbs. El orondo doctor que interpreta Brendan Gleeson, el camarero borrachín al que da vida Mark Williams, el rudo y mujeriego Aaron Johnson o, en su breve aparición, el noble juerguista de Jonathan Rhys Meyers, son tan arquetípicos que actúan como faros en la oscuridad, señalando que hay algo diferente en Nobbs. Pero es que la misma sensación deja el resto del reparto femenino, empezando por una Mia Wasikowska que, esta vez sí y a diferencia de su frialdad habitual (Jane Eyre o Alicia en el País de las Maravillas), construye un buen personaje, sólo lastrado por el tópico que encarna. Hombres y mujeres colocan a Albert Nobbs lejos de sus círculos, y se dificulta así la tarea de aceptar el realismo de este supuesto hombre. Del personaje de Janet McTeer mejor no revelar nada.

Para quien la premisa inicial funcione, la película ganará en interés. No es, en absoluto, una mala historia de época, que trata cuestiones de bastante interés, a nivel personal (los dilemas de una mujer escondida en un mundo de hombres, sus dudas sobre qué caminos tomar y cómo tomarlos) y a nivel social (la situación de la mujer en el siglo XIX). Rodrigo García sabe combinar con bastante acierto la comedia y el drama. Pero el hecho de que sea el primer guión de Glenn Close hace que todo esté demasiado basado en situaciones conocidas y en personajes típicos. No consigue Albert Nobbs una entidad por sí sola como película más allá de la premisa inicial, más comercial que cinematográfica, de convertir a Glenn Close en un hombre. Y eso coloca la credibilidad del filme en el filo de la navaja. Quien admita que esa mujer ha podido hacerse pasar por un hombre durante décadas sin ser descubierta y en un entorno socialmente concurrido, superará escenas sin problemas y disfrutará de bastantes. Quien no, probablemente pensará que es una película demasiado larga y que podría haber sido mejor.

lunes, noviembre 28, 2011

'Jane Eyre', correcta, oscura y sin química

Esta nueva versión de Jane Eyre es correcta. Pero casi todas las adaptaciones de obras clásicas de la literatura suelen presentar esa característica. Con cierta fidelidad al texto y un mínimo esfuerzo en su diseño de producción y de vestuario, esa corrección está casi asegurada. Y Jane Eyre, como digo, la tiene. Es una película que fluye con naturalidad y refleja bastante bien el conflicto de su protagonista. Sin embargo, falla en lo más necesario: la química. No la hay entre una fría Mia Wasikowska y un mucho más fascinante Michael Fassbender. También hay otra sorpresa en esta Jane Eyre, y es el deliberamente oscuro tono de sus imágenes. La iluminación es escasa y eso, a veces, se come incluso los rostros de los actores. En cualquier caso, la película se deja ver con facilidad y sin recordar constantemente al espectador lo duro que, a veces, puede ser el visionado de un título de época.

La primera escena de la película, arrancada cronológicamente del tercio final del relato de Jane Eyre, engaña bastante en algunas cosas. Es, quizá, la escena en la que Mia Wasikowska da más rienda suelta a sus emociones. Es, también, la peor rodada y montada, con un galimatías de planos y ubicaciones de cámara, que no parecen obedecer a un sentido concreto y que parecen más un catálogo que una secuencia (y de esto hay que culpar al director, Cary Fukunaga, a pesar de tener experiencia, precisamente, como operador de cámara). No engaña en la iluminación, muy escasa ya desde esta apertura. Aunque parezca un detalle trivial, lo cierto es que marca bastante el desarrollo de la película, puesto que le da una cualidad extraña, a veces acertada, a veces desacertada. Arriesgada, en todo caso. Este es el rasgo estilístico más diferenciador de Jane Eyre.

Volviendo a los personajes, que es en definitiva lo que marca el éxito o el fracaso de una adaptación literaria como ésta, hay que decir que Jane Eyre no tiene la presencia que requiere una historia tan dramática como la que pretende contar. Mia Wasikowska no aporta al personaje las dosis de tensión y tragedia que necesita. Al contrario, su drama no se refleja en su rostro, demasiado hierático en muchas escenas. Por eso engaña la primera escena, porque ahí sí es el personaje que tiene que ser y que no es en demasiado tramos de la película. No lo es, tampoco, rivalizando en intensidad con el Rochester de Michael Fassbender. Él sí es atractivo, él sí tiene la presencia que requiere el personaje, él devora a la que tiene que ser la protagonista de la película (así lo dice el título) cada vez que se cruzan en la pantalla, desde la primera a la última aparición. Siendo éste el duelo más notable, Wasikowska tampoco sale muy bien parada de sus escenas con Judi Dench o Jamie Bell.

Estos dos personajes marcan la película de una manera importante. Dench le da unas gotas de humor e ironía, que reactivan la película constantemente, es una presencia estimulante siempre. Bell, con muy poco tiempo en pantalla como para destacar, evidencia que (a excepción de una escena) Jane Eyre no consigue crear drama a partir de la existencia de un triángulo amoroso. Lo cierto es que esto último es una característica de la película, puesto que tampoco se genera el clima de celos o de rivalidad que merece la presencia de Lady Ingram (Sophie Ward). No se ve realmente el conflicto en Jane, sólo el paso del tiempo. Luego, ya con St. John Rivers en su vida, tampoco se aprecian los deseos contradictorios de la protagonista hasta que los verbaliza. El misterio de Rochester tampoco adquiere la presencia necesaria y queda enterrado durante muchos minutos. Lo mejor, en ese sentido, está en las pocas escenas que aparecen en la película sobre la educación de Jane en Lowood, muy bien rodadas e interpretadas.

Jane Eyre está cosechando muy buenas críticas. Entre sus méritos están la cuidada realización (a excepción, ya digo, de esa primera escena), un buen montaje (que alterna con brillantes tres líneas temporales diferentes) y algunas interpretaciones de mérito (Fassbender, después de triunfar con su Magneto de X-Men. Primera generación, se está afianzando como un actor a seguir). A mí, a diferencia de muchos de esos críticos, me cuesta ver un buen trabajo de Wasikowska (la Alicia de Tim Burton, por si alguien no la ha ubicado todavía), y eso me lastra demasiado la película. Porque sin química, parece que el drama de Jane Eyre es menor. Y, desde ese punto de vista, no falta ironía al recordar el diálogo en el que Rochester le pregunta a Jane directamente por eso, por la trágica historia vital de la tutora, demasiado esbozada como para que resulte del todo convincente. Buenas cosas, buena adaptación, pero no me ha parecido una película desbordante.

lunes, abril 19, 2010

'Alicia en el País de las Maravillas':...Y Tim Burton decepcionó

Esperada era la versión de Tim Burton del cuento de Alicia en el País de las Maravillas y ésta, como a menudo sucede cuando hay expectación, ha acabado por decepcionar. Quizá sea la película menos completa de Burton, la que menos deja en el recuerdo, la que apenas cuenta con elementos sobresalientes (que están presentes incluso en los títulos menos apreciables de este genial director). El exceso digital no le ha sentado bien a la película, que parece mucho más pendiente de eso que del guión. Y los efectos visuales tan masivos como aquí ya no sorprenden tanto como hace algunos años, ahora la creación de mundos virtuales es algo al alcance de cualquiera, y no pueden enmascarar ya la falta de ritmo o la endeblez de la amplia mayoría de los personajes que desfilan por la pantalla, por muy bien que se lo hayan podido pasar sus intérpretes en el rodaje. Tim Burton decepciona. Una lástima, porque el material ofrecía muchos puntos de interés.

El primer fallo de Burton está en no haber sabido contraponer con imaginación y acierto, como en él es habitual (no hay más que recordar, por ejemplo, Big fish, o incluso, retrocediendo aún más en su filmografía, Bitelchús), el mundo real con el mundo de fantasía. Lo más flojo de esta película, gracias a este detalle, está en el prólogo y en la conclusión, ambas ancladas en nuestra realidad, ambas frías, sin alma, irreales, carentes de interés y en buena medida culpables de que el espectador tarde en entrar en el filme y salga de la sala con un sabor de boca extraño. Y eso que es precisamente ahí donde Alicia podría haber cobrado una fuerza que habría podido sustentar todo el esqueleto de la película, ahí, en esa escena de la pequeña Alicia con su padre, hablando del País de las Maravillas como un sueño de la niña. Pero su anclaje en la realidad es torpe, escaso, desdibujado. Por eso no actúa como catalizador del personaje central, una Alicia de 19 años, sino como una breve molestia antes de llegar a lo que verdaderamente parece importar a su director: el País de las Maravillas.

Ahí es donde Burton da lo mejor de sí mismo, y aunque hay momentos en que parece que sí, que la cosa arranca y convence, que su universo de fantasía puede contar con un apreciable título más, la cosa se desinfla poco a poco, hasta llegar a un clímax muy suave y muy poco épico para lo que prometía. Da la sensación de que Burton no se siente cómodo en un universo tan digital como éste, que echa de menos los trucos de toda la vida que disparen la imaginación del cineasta por encima de la del dibujante. Da la sensación de que el ordenador se ha llevado la magia. Una cosa es introducir elementos fantásticos con elaborados programas informáticos, cosa que sí sabe hacer muy bien, y otra muy distinta que todo parezca irreal en la pantalla a excepción de un actor. Eso es lo que ofrece Alicia. No hay que confundir eso con que los efectos no sean los adecuados, no. Es que no desprenden magia. Algo de eso sí hay en el Gato de Cheshire, el mejor personaje digital del filme, pero la balanza entre lo real y lo ficticio, también en los efectos especiales, no estaba demasiado bien equilibrada.

Puede que ese exceso digital sea lo que resta interés a algunas de las interpretaciones. Quizá el Sombrerero Loco de Johnny Depp hubiera sido mejor que se creara también en el ordenador, o al menos que se retocara como la Reina Roja de Helena Bonham Carter. Los dos parecen disfrutar como niños pequeños con sus actuaciones, pero mientras el primero hace ya tiempo que dejó de sorprender con sus poses histriónicas (que, eso sí, le han convertido en un actor taquillero e incluso nominado al Oscar gracias a Piratas del Caribe) la segunda sí ofrece algo de interés. Le falta algo de humor negro, algo de la crueldad que uno espera de la villana de la función, pero funciona mejor que la mayoría de los personajes. Alicia está interpretada por Mia Wasikowska, una joven actriz que parece ir a contracorriente en la película: cuanto menos emociona el filme, más adecuada parece para el papel, y viceversa. Anne Hatthaway compone una extraña Reina Blanca, y quizá el más completo es Crispin Glover como Stayne, el fiel caballero de la Reina Roja.

No es esta Alicia una adaptación fiel de las novelas de Lewis Carroll, ni tampoco un remake de las versiones ya conocidas (sobre todo, la de dibujos animados de Disney, que también produce ésta). Es, más bien, un intento de imaginar que habría sucedido trece años después de los cuentos de Carroll. Y la idea no es mala, ofrece posibilidades, pero se diluyen en casi todos sus aspectos y se queda en una excusa para contar con una actriz joven en lugar de infantil. La película, decía, decepciona, porque se convierte en un conjunto de episodios más o menos logrados, no del todo bien hilvanados y que esconden por completo el desarrollo de unos personajes planos y perdidos en un exceso digital, plagado de colorismo pero carente del espíritu que ha hecho grande a Tim Burton.

Hay quien ha querido ver en este filme un declive de su realizador, pero no es verdad. Es una película irregular, carente de chispa, de humor, de ingenio y de genialidad. Pero no forma parte de una tendencia. De hecho, Tim Burton siempre ha sido irregular, ha enlazado grandes películas con otras bastante menos memorables. Lo que pasa es que siempre dejaba algo notable y aquí se echa en falta. En Mars attacks! estaba el sentido del humor. En El planeta de los simios, un ritmo trepidante. Aquí no queda mucho. Se ve y se olvida con demasiada facilidad. No sorprende, no engancha, no emociona. Y por eso no encaja en la filmografía de Burton. Una decepción, pero también porque venía de una maravilla como Sweeney Todd. ¿Pero no fue Charlie y la fabrica de chocolate un bajón tras la inolvidable Big fish? ¿No lo fue Mars attacks! tras la espléndida Ed Wood? Tim Burton es irregular, pero aquí no ha puesto su toque mágico. Lo recuperará con Frankenweenie, adaptación de uno de sus muy recomendables cortos. Y, si no, lo hará en su siguiente filme. No tengo dudas.