Habida cuenta del fervor que ha encontrado Slumdog millonaire, seré de los pocos que no está pegando saltos para celebrar su aplastante victoria en los Oscars. Ganó en ocho de las nueve categorías en las que competía, sólo perdió en Sonido. El triunfo de esta película supone el fracaso del modelo que el propio Hollywood vende, un fracaso que ellos mismos han reconocido con estos premios, por paradójico que parezca. ¿Grandes presupuestos? A El curioso caso de Benjamin Button sólo le han dado tres trofeos menores. ¿Grandes actores? Ninguneadas La duda y El desafío. Frost contra Nixon, a las que no les dieron ni una sólo estatuilla de compensación. ¿Películas americanas? Gana una británica, presenta un australiano, una española se lleva una estatuilla y hasta un corto de animación japonés vence a Pixar... ¿Apuestas claras por una película? En Slumdog millonaire sólo creían quienes estaban trabajando directamente en ella, ya que sus productores pensaron incluso lanzarla directamente en DVD. Algo falla en todo el modelo.Fue un aplastamiento al que no termino de encontrarle sentido, pero ya se sabe que esto de los premios es lo más subjetivo que tiene el subjetivo mundo del cine. Parece que había ganas de que una película modesta (sólo en comparación con otros títulos, claro, porque tachar de modesta una producción de quince millones de dólares podría ser discutible en muchos foros...) arrasara y para lograrlo se le dieron premios que pueden discutir incluso los más entusiastas seguidores de Slumdog millonaire. El ejemplo más claro, el de montaje. Atropellado, a veces confuso y muy videoclipero sobre todo en su primera mitad. Pero gana el Oscar. Cuando logró uno de los primeros premios, el de guión adaptado, ya se veía que la noche iba a ser de esta cinta. La ceremonia estaba planteada como un duelo entre Benjamin Button y Slumdog millonaire, y está claro quién ganó y quién perdió. ¿Declaración de inteción de Hollywood? Pese a todo, lo dudo. El primero que haga una superproducción, gana el año que viene.
Al margen de ese duelo, la gala pareció pensada y hecha para y por actores. Lo más elaborado fue la entrega de los galardones a los intérpretes y, curiosamente, lo que generó las ovaciones más cerradas y sinceras del auditorio. Cinco ganadores del pasado lanzaron elogios a los nominados de la mejor forma que supieron (y entre ellos destaco a unRobert de Niro que estuvo mejor que en la mayoría de las películas que ha hecho en la última década). A algunos seguro que les supo a poco lo que escucharon de sí mismos teniendo en cuenta lo que decían de sus colegas. Sorpresas, sólo una y relativa: Sean Penn. Todo el mundo apostaba por Mickey Rourke y fue una alegría que ganara Sean Penn (aunque sólo fuera por ver la mirada de felicidad de esta espléndida mujer y actriz que es Robin Whright). Su discurso de agradecimiento fue el más sincero, divertido y natural de la noche y compensó la decepción de no ver en el escenario al mejor actor del año, Clint Eastwood, ni al mejor de los nominados, Frank Langella.
El Oscar a Kate Winslet me dejó algo indiferente, pero fue todo un triunfo (esperado, eso sí) el de Heath Ledger. Es el primer actor que gana un Oscar por un personaje creado en las viñetas de un cómic y eso nos llena de satisfacción a todos los que llevamos años predicando la madurez del noveno arte y del género trasladado al cine. ¿Hubiera ganado de no haber muerto? Me apena pensar que no. El premio a Penélope Cruz estaba también cantado. No me gusta Penélope como actriz, Vicky Cristina Barcelona me parece una película bastante olvidable (por ser suaves) de Woody Allen y el personaje de la actriz española me parece del montón. Pero ya sabemos lo mucho que gusta en Hollywood un personaje que no está bien de la cabeza. Hacer de loco funciona por allí. Y esta vez ha funcionado. A mí no me alegra especialmente el premio precisamente por la competencia que tenía. Sin haber visto a Marisa Tomei en El luchador, las otras tres me entusiasmaron mucho más que Penélope.
Bien pensado, la gala me dejó muy poquitas satisfacciones. Además del homenaje póstumo a Ledger, premios que me encantaran sólo hubo tres: el de mejor película de animación para Wall·E (a pesar de lamentar la inmensa cobardía de no incluír a esta cinta en las categorías grandes o de no darle el Oscar al mejor guión) y los de Efectos especiales y Maquillaje para Benjamin Button. Lo malo es el mensaje que dejaron estos dos últimos. Cuando se estrenó la película de David Fincher, alabé el personaje de Brad Pitt, preguntándome cuánto de actor y cuánto de trabajo técnico había en él. La Academia, en una cita en la que quiso precisamente reivindicar el papel del actor en general, le dio un varapalo serio a una de las estrellas de su firmamento. Y no tenía la excusa del triunfo de Slumdog Millonaire para no premiar a Brad Pitt (ya que estamos, ¿por qué ningún actor de la película de Danny Boyle estaba nominado...? ¿Aquí sí pesó el carácter independiente y los nombres desconocidos del filme?)
Ni siquiera me gustó el otro Oscar que ganó El Caballero Oscuro (¡cómo la eché de menos en las categorías importantes!), sonido, puesto que supuso otro menosprecio de Hollywood a un tipo al que debieran hacer un monumento: Ben Burtt. Buena parte de lo que es Wall·E se debe al trabajo de este tipo, que revolucionó el mundo del sonido en el cine norteamericano hace ya tres décadas y sigue construyendo cine como si fuera el primer día. Pero el ninguneo a Burtt no es una sorpresa, viene de lejos. Es lo malo de trabajar para George Lucas y ayudarle a construir su criticado mundo de Star Wars. El que sí me apenó que perdiera la secuela de Batman begins fue el de Dirección artística, que fue el que compelto el trío compensatorio a Benjamin Button. Fue un reparto extraño de compensaciones y menosprecios.
Y si hablamos de compensaciones, Benjamin Button sale malparada pero al menos con tres premios. Los responsables de Mi nombre es Harvey Milk seguro que no esperaban que este título fuera el ganador de la noche, por lo que los premios al mejor guión adaptado y al mejor actor supusieron para ellos un triunfo descomunal. Los agraviados son La duda y El desafío. En el caso de la primera, ya estaban advertidos con las nominaciones. Ni a la mejor película, ni al mejor directory el guión adaptado tenía todas las de perder con Benjamin Button y Slumdog millonaire como competidores. Pese a todo, una lástima que no ganara la espléndida Meryl Streep. Pero a El desafío el ninguneo ha sido total. A Ron Howard era difícil que le premiaran después de hacerlo cuando no lo merecía, con Una mente maravillosa, pero se fueron de vacío todos los nominados por esta película que, insisto, para mí era a mejor de las cinco seleccionadas.
En el apartado musical, otra sorpresa negativa pero esperada. Slumdog millonaire arrasó. Un compositor indio pone música india a una película que se desarrolla en la India. Nada nuevo en el horizonte, pero sí algo exótico. La categoría de banda sonora siempre ha sido escenario de una colección de decisiones controvertidas. El premio suele ser para composiciones que son fácilmente olvidables y, al menos por mi parte, el de este año entra en esa categoría. Perdurará para siempre en mi cabeza la olvidada música de Hans Zimmer y James Newton Howard para El Caballero Oscuro, y entre las nominadas el Benjamin Button de Desplat. Se habla del buen rollo que deja la canción ganadora del Oscar. Totalmente de acuerdo, pero creo que es una canción ajena a la película y que, además, rompe con el espíritu de la cinta. Se premia con demasiada facilidad a canciones que adornan títulos de crédito (y hubiera sucedido lo mismo de haber ganado la de Wall·E). Las que nadie escucha en las salas porque se marcha en cuanto se acaban las imágenes, las que no sirven como vehículo narrativo sino comercial. Una pena.
Aunque se anunció que la gala iba a ser más corta de lo habitual, al final alcanzamos las tres horas y media acostumbradas. Pero la ceremonia fue amena gracias a un sorprendente Hugh Jackman. Una ovación con el auditorio puesto en pie puso fin a su introducción a la gala, la más brillante que se ha vivido desde que Billy Crystal dejó de presentar la ceremonia. Y después con su magnífico número musical (con una deslumbrante Beyoncé). Y con sus bromas con Brad Pitt por haber sido nombrado como el hombre más sexy del mundo. Estuvo magnífico y despejó todas las dudas que había despertado su elección, por ser el primer actor no cómico desde hacía dos décades que ejercía de anfitrión de los premios de la Academia. Impagable también fue el momento de un cómico por el que no siento demasiado cariño, Ben Stiller, imitando la reciente aparición televisiva de Joaquim Phoenix, junto a una Natalie Portman que me recordó por qué estoy enamorado de ella.
Y puestos a hablar de la alfombra roja y de los vestidos de las damas (entre ellos, el único que dio la nota, para bien o para mal según gustos, fue Mickey Rourke, metido en su personaje real hasta el final), la verdad es que hubo mucho y muy bueno. Marisa Tomei o Amy Adams estaban deslumbrantes, mucho más que correcta (y eso que no me apasiona) Penélope Cruz. Elegante como casi siempre Meryl Streep. Entre lo peor, Tilda Swinton. Pero en conjunto muy poco negativo, a pesar de que se vieron menos estrellas que de costumbre, dicen, por el secretismo que se guardó hasta el último momento en los presentadores de la gala. ¿Crisis? Con los vestidos y joyas que llevaban era imposible pensar que estábamos en un escenario de crisis. Menos mal que luego apareció Hugh Jackman con su decorado de cartón piedra para recordárnoslo. Y para hacernos sonreír, que con la que está cayendo no es poco en absoluto. Lo mismo que con el in memorian y ese final con el gran Paul Newman. Una lágrima tan merecida como el aplauso.
