Después del enorme fiasco que supuso Alicia en el País de las Maravillas en la carrera de Tim Burton, su siguiente película, Sombras tenebrosas, adquirió de repente una importancia capital en su filmografía. Había que juzgar si el sorprendente y personal autor seguía teniendo ese toque que le permitió convertirse en uno de los grandes fabulistas del cine contemporáneo y éste parecía el título clave para hacerlo. Pero Sombras tenebrosas no resuelve las dudas. Es un paso adelante desde Alicia, una leve recuperación, eso es indudable, pero parece obra del personaje que Tim Burton ha querido hacer de sí mismo más que del director que es capaz de ser. Parece una obra de la que este mismo director habría sido capaz de sacar mucho más partido en los años 80 que ahora. Y aunque da la sensación a priori de ser un material perfecto para él, gótico, siniestro y macabramente divertido, se queda en la reafirmación de que es un artista visual como hay pocos en el cine moderno, pero olvidando la importancia de la historia y de los personajes, escasos a todas luces.
Sombras tenebrosas está basada en una serie de culto de los años 60. No es que eso sea especialmente importante en la filmografía de Burton, que en numerosas ocasiones ha sabido sacar partido a un material ajeno. En esta ocasión, no obstante, sólo lo consigue a ratos. Por el material que tiene entre manos y por el enfoque que quiere darle, da la impresión de que Tim Burton quiere repetir las sensaciones que le dejó Bitelchús, su segundo filme, una historia fantástica con toques cómicos, con un protagonista central masculino y un potente reparto femenino. Pero se queda lejos, muy lejos, de la frescura que emanaba aquel divertimento freak que protagonizó Michael Keaton. Tiene Sombras tenebrosas escenas logradas, como el buen prólogo con el que arranca, pero el conjunto se antoja frío y bastante desaprovechado. Parece un título equivocado en este momento de su carrera, una fórmula de la que podría haber sacado un resultado mucho mejor hace años y, por todo ello, un producto desilusionante. Pasable para cualquier neófito, pero no para los que esperábamos el resurgir de Burton.
La película, que no ha tenido demasiada promoción previa y las sospechas de los motivos no son demasiado halagüeñas, cuenta la historia de Barnabas Collins, un vampiro que ha pasado doscientos años en un ataúd, encerrado por una bruja que decide lanzarle una maldición por no haberse enamorado de ella y sí de otra mujer. Cuando sale de su inusual prisión se encuentra en el año 1972. Evidentemente, el contraste entre lo que conoce un aristócrata del siglo XVIII y la realidad de los años 70 del siglo XX es el motor cómico de la película, aunque para ello abuse de tópicos como el de los hippies. Aunque Burton parece acomodado en esas escenas de comedia gótica, lo cierto es que lo mejor de Sombras tenebrosas está justo en el lado opuesto, en la historia de fantasmas. Apoyado en la música de Danny Elfman (él siempre mantiene su sobreslaiente talento en cada colaboración con Burton), crea una lograda ambientación. Ahí los excesos de Burton sí encajan. Pero la película falla porque, a la endeblez de la historia, hay que añadir un flojo desarrollo de los personajes que hace moverse al filme en una montaña rusa de altibajos difícil de asimilar.
Son muchos los motores de Sombras tenebrosas que no encuentran un desarrollo adecuado. Parece iniciarse como una trágica historia de amor, pero sólo se recuperan esos elementos de vez en cuando. Se configura después como una historia iniciática de la joven Victoria Winters (Bella Heathcote), pero el personaje desaparece de la narración durante incontables minutos. Parece después un duelo entre mujeres (duelo de bellezas y talento a cargo Michelle Pfeiffer y Eva Green, con el añadido de una más comedida que de costumbre Helena Bonham Carter y una Chlöe Moretz más entonada en muchos momentos que sus compañeros de reparto) con un hombre en el centro (Johnny Depp), pero tampoco termina de asentarse esa concepción. Y cuando termina la película es difícil saber de qué va realmente Sombras tenebrosas, más allá de ser un nuevo ejercicio de virtuosismo visual como tantos otros que ha ofrecido Burton a lo largo de su carrera. Si se da cuenta de que se deja por el camino a sus actores, muy esforzados en sacar algo productivo pero sin demasiado a lo que agarrarse, alguien tendría que recordarle que ahí, tanto como en su imaginería visual, es donde estaba el atractivo de su cine.
Porque cada instante y cada personaje de Bitelchús, Eduardo Manostijeras, Batman, Ed Wood o Big Fish tenía atractivo, tanto en las páginas del guión como en el cuaderno del diseñador de vestuario o en las ilustraciones del propio Burton. Pero en Sombras tenebrosas no sucede y demasiadas cosas caen en el olvido con una facilidad inhabitual en las películas de este director. Cansa ya ver a Johnny Depp prácticamente fotocopiando sus personajes de una película de Burton a otra (y eso que aquí está mejor que en Alicia o en Charlie y la fábrica de chocolate), y es una pena ver que los personajes de la siempre maravillosa Michelle Pfeifer o la cada vez más prometedora Chlöe Moretz están tan poco desarrollados y mal encajados en la historia sin demasiado talento. Sólo la sensual malvada de Eva Green adquiere cierta entidad, aunque la rocambolesca escena de sexo, paradigma de todo lo que falla en esta película, y el exagerado final (¿no recuerdan muchas cosas, aunque sea superficialmente a la entretenidísima Stardust?) acaban por romper la escasa magia conseguida hasta ese punto. Tim Burton vuelve a decepcionar. Menos que en Alicia porque Sombras tenebrosas se deja ver. Pero al genio de Burbank se le añora en las dos horas largas que dura esta película.
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lunes, mayo 14, 2012
martes, julio 20, 2010
Una 'Pesadilla en Elm Street' más violenta pero no tan nueva
Cuando se estrena un remake, uno ya no sabe si echarse a temblar o alegrarse de volver a universos conocidos. Normalmente soy de los segundos, no creo en las películas intocables y no me asusta que algún cineasta medianamente desconocido se lance a crear una nueva versión de una película con cierta calidad y fama o un número de seguidores considerables. Lo que necesita un remake es algo nuevo que añadir a la mitología ya existente. Si lo hace, entonces el remake vale la pena. Si no, es una pérdida de tiempo. ¿Y qué es la nueva Pesadilla en Elm Street? Pues seguramente ni una cosa ni la otra, porque algo de nuevo si tiene, no tanto como cabría esperar, pero tampoco añade demasiado. Ofrece un guión que suena a conocido, pero al mismo tiempo juega con habilidad con el ritmo. Y tiene un buen protagonista que eleva el nivel de un conjunto irregular. Entremos en detalle.Pesadilla en Elm Street es un remake puro. Es decir, no intenta cambiar más de lo necesario. La historia es la misma, el villano es el mismo, el desarrollo es casi el mismo. Aunque se corre el riesgo de pensar que, gracias a eso, la labor del director Samuel Bayer (director de videoclips, debutante en cine) y de los guionistas Wesley Strick y Eric Heisserer ha sido acertada, lo cierto es que este detalle hace el efecto contrario al deseado y convierte la nueva Pesadilla en un filme algo rutinario. Como todo el cine de terror moderno, esconde los habituales sustos (muy mal subrayados por la música de Steve Jablonsky; ¿por qué esa manía del género de acompañar el susto con un punteo musical estridente?), pero no aterroriza. Quizá eso sea más responsabilidad de la rutinaria dirección que de un guión que esconde apuntes interesantes y giros argumentales que sí sorprenden, a pesar de los diálogos planos de costumbre.
Lo mejor de la labor de todos ellos radica en que han optado por el único camino posible que requiere un personaje como Freddy Krueger: la violencia más descarnada. Nada de ocultar la sangre, los asesinatos o las mutilaciones, nada de llevar el plano lejos de la violencia, nada de dejar las cosas a la imaginación. Se tiene que ver en pantalla, porque de lo contrario no tendría ningún sentido tener un personaje central con garras en las manos (y, sí, me acuerdo de ese Lobezno que prescinde del color rojo en su paleta cromática, sí). Pesadilla en Elm Street es muy violenta. Más que la película original. En pantalla y en su planteamiento, puesto que endurece la trama original con aspectos que hace 26 años, cuando Wes Craven hizo su película, eran imposibles de añadir. Es obvio que no todos los públicos llevan bien la violencia en pantalla, pero es igualmente cristalino que es la única forma de hacer una película sobre un monstruo que asesina a sus víctimas en sus sueños con una garra. Elegir ese camino dignifica el intento de la película de actualizar el mito de Freddy.
En esos añadidos en esta versión destaca el nuevo aspecto de Freddy. Nada cambia de su atuendo (hubiera sido equivocado querer reinventar algo tan icónico del cine de terror de los años 80), pero su rostro presenta cicatrices y quemaduras mucho más realistas que en el filme original. Jackie Earle Haley, que con su Rorschach ya fue de lo mejor de Watchmen, crea un más que correcto Freddy, a la altura de su leyenda. Enrtar en comparaciones con el de Robert Englund sería algo baldío y bastante injusto, pues el primero tuvo seis películas y éste, de momento, sólo lleva una. El reparto se ajusta a lo que uno espera de una película así, un grupo de adolescentes (que, eso sí, pasan de la veintena, a pesar de que los chavales van al instituto en la película) más o menos desconocidos (Thomas Dekker, el más reconocible, protagonizó la serie Terminator: Las crónicas de Sarah Connor) y un grupo de adultos, los padres, que llevan muchos papeles de secundario a sus espaldas. En este apartado, corrección, sin más.
Quizá la clave para analizar Pesadilla en Elm Street esté no tanto en lo que se nos cuenta y cómo se nos cuenta, sino en lo que es: un remake de un título clave del cine de terror de los años 80, insisto. Pero que sea clave no quiere decir que sea insuperable. Ni siquiera bueno. No soy un gran fan de la Pesadilla de Wes Craven, pero, como decía, es innegable su carácter de icono. Lo que está claro es que aquella no era una gran superproducción de Hollywood. Tampoco ésta lo es, pero se nota que tiene más dinero detrás. Y por eso quizá se echa en falta algo más de imaginación donde podía notarse el dinero: en las escenas de los sueños. Escenas, por cierto, en las que Bayer parece hacer trampa. Y digo parece porque el epílogo de la película, el imprescindible epílogo cuando la intención es montar una franquicia, parece desmontar muchas de las bases del funcionamiento del personaje. ¿Intencionadamente? Yo no sería muy optimista sobre ello.
Y como es un remake, el recuerdo de la película original es lo que determinará la valoración de cada espectador. Vista de la forma más aséptica posible, esta nueva Pesadilla en Elm Street es una película de su tiempo, tan violenta como es necesario que sea, irregular en su guión, poco eficaz en su dirección (una pena que el género ya no atraiga a nombres notables... aunque lo más probable es que muchos hicieran un cine de terror que no encajaría con los gustos del público actual por excelencia: los adolescentes) y en conjunto entretenida pero en absoluto original. Se justifica en que un personaje conocido siempre ayuda a lanzar una franquicia, pero se echa en falta cine de terror nuevo, sin necesidad de recurrir a la oleada de remakes que tenemos desde hace tiempo en el género. Pero es Freddy, y Freddy, la verdad, tiene un punto de fascinación que engancha desde hace casi tres décadas. Al fin y al cabo, ataca cuando estás soñando.
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