Mostrando entradas con la etiqueta Alexandra Dadario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alexandra Dadario. Mostrar todas las entradas

viernes, junio 26, 2015

'San Andrés', un horror divertido

En Hollywood debe de haber un testigo invisible que se van pasando de película en película para confirmar que sigue siendo posible hacer peores películas, con personajes más planos, situaciones más inverosímiles, diálogos más absurdos y tópicos más lamentables. No hay otra forma de entender que se hagan filmes como San Andrés, un nuevo acercamiento que no vuelta de tuerca al manido subgénero del cine de catástrofes. Vista con un mínimo de rigor cinematográfico, es una película que pide a gritos ser despellejada. Es, y hay que decirlo con total sinceridad, francamente mala. Un horror. Pero, qué cosas, es un horror divertido. ¿Cómo es eso posible? Hay quien lo llama placer culpable, aunque probablemente se pueda resumir en que a todos nos gusta ver un buen puñado de escenas de sana destrucción salvaje, porque eso es con diferencia lo mejor que ofrece San Andrés, unos apabullantes efectos visuales y sonoros para dar el mayor verismo a los terremotos. Y ahí la película sí es sobresaliente. Pero sólo ahí.

Empezando por eso, por lo bueno, el esquema es en realidad sencillo de seguir. Si esto tiene que ser una película de terremotos, hay que hacer que queden completamente destruidos algunos monumentos populares incluso fuera de Estados Unidos. Está en el manual y, llevando la acción sobre todo a San Francisco, eso está más que logrado. Pero los efectos, esos que en los últimos años parecen haber entrado en un terreno bastante acomodado en el cine norteamericano, lucen bastante bien en casi toda la película. Hay una buena mezcla entre efectos en plató y efectos en el ordenador para que la sensación sea la de estar realmente en el centro del terremoto. Técnicamente es una película irreprochable, y eso últimamente no se estaba viendo en el cine de gran presupuesto de Hollywood, ni siquiera en el que cinematográficamente es muy superior a San Andrés. Pero, claro, quitando esto, la película es de las de padecer lo peor de ese manual sobre hacer cine tan tópico que nadie se atreve a escribir.

San Andrés utiliza una familia tópica y vista mil veces, formada por unos personajes tan planos y previsibles que a veces asusta. Más que la película, lo que uno pagaría por ver es la reunión con los altos ejecutivos que pasan, y probablemente con entusiasmo, algunas de las escenas que hay en este filme. Incluso partes de la misma premisa de la película son absurdas, planteando una acción paralela, por un lado un científico que proclama que tiene la capacidad de predecir los terremotos, una trama que si se analiza aún con desgana no tiene ni pies ni cabeza (y sólo sirve para recuperar la presa Hoover como escenario y colocar a Paul Giamatti en una película en la que no coincide con ninguno de los nombres que aparece en el cartel), y por otro la de un padre (Dwyane Johnson) que trabaja en emergencias y va en busca de su hija (Alexandra Dadario) y de paso recoge a su mujer (Carla Gugino), a la que sigue queriendo a pesar de que le ha pedido el divorcio y se ha ido a vivir con otro hombre (Ioan Gruffud). Tópico, ¿verdad? Pues es aún peor.

Si hay que dar una medalla al peor personaje del año, el de Gruffud tiene todas las papeletas. Si hubiera una película que en realidad pregona un machismo visual sin límite (todas lucen un escote lo sufcientemente visible como para que sus carreras por la acción estén pensadas para que su anatomía se mueva lo más posible), por mucho que quiera disimular dando a las mujeres un papel activo en la acción. Ah, y por supuesto luciendo banderas americanas por todas partes, patrocinios nada disimulados, música fanfárrica por doquier y un espíritu de superación que a veces supera lo ñoño. Y el caso es que, viendo la acción, a ratos sobresaliente y visualmente muy atractiva, Michael Bay suspiraría por hacer una película así. Porque Brad Peyton ha logrado filmar una historia en la que se rompen más cosas que en los filmes de Bay, con mucho más sentido y de una forma visualmente mucho más atractiva. Pero, como película, mala es un rato, hay que insistir en ello.

miércoles, septiembre 18, 2013

'Percy Jackson y el mar de los monstruos', simpática y simple aventura juvenil

El fantástico juvenil no es un género nada fácil, y más después de que los años 80 ofrecieran tal torrente de creatividad y talento que empequeñeció a todo lo que se estrenó desde entonces y sigue empequeñeciendo a títulos contemporáneos, que estrenados entonces podrían incluir haber recibido la etiqueta de pequeño clásico. Y a veces da la impresión de que es un género que no tiene ya tan fácil encontrar su público, cosa que de vez en cuando desmiente la taquilla. Cuando se estrenó Percy Jackson y el ladrón del rayo no dejó de parecer una peliculita entretenida y simpática, nada del otro mundo, que logró unos muy buenos resultados económicos (226 millones en todo el mundo, por los 95 de su presupuesto), así que la secuela parecía inevitable. Estar basado en una serie de libros garantiza material para seguir produciendo filmes de Percy Jackson. El segundo, Percy Jackson y el mar de los monstruos, vuelve a repetir simpatía y simpleza, mejorando en algunos aspectos a su predecesora y confirmándose como una agradable aventura juvenil sin demasiadas pretensiones.

Lo bueno de una película como Percy Jackson y el mar de los monstruos, más después de haber visto ya la primera entrega, es que es tan sincera en su planteamiento que acaba por entretener con bastante facilidad. Sin duda, no todo el mundo disfrutará de la misma manera del habitual reparto juvenil (bien sobre todo Logan Lorman y Alexandra Dadario, por encima del afortunadamente recortado papel del secundario cómico Brandon T. Jackson) con el consabido toque de veteranía (con todo el cariño y el respeto a esta película, Stanley Tucci da la sensación de aceptar ya todo lo que le ofrecen), de unos logrados pero muy digitales efectos visuales y del tono aventurero amable que propone. Pero, aún así, todo funciona con bastante corrección, desde el más oscuro prólogo hasta el final de sus muy bien ajustados 106 minutos, en los que el 3D nuevamente vuelve a mostrarse como una moda pensada para sacar más dinero de la taquilla... y parece que funciona, porque este segundo Percy Jackson, estrenado el 7 de agosto en Estados Unidos, ya supera en recaudación a su presupuesto.

El gran pero de la película está en que, si bien la primera de la saga aguantaba de forma individual y tenía un cierre más o menos claro, ésta se sustenta demasiado en el deseo de querer ser una saga, pecado que afecta a tantos títulos que ya es otra moda más (y que dejó colgadas, por ejemplo, sagas como Eragon, Soy el número cuatro o La brújula dorada). Muchas referencias a la película con la que arrancó y sobre todo un final muy abierto... que en realidad es casi más apetecible que el largo prólogo a una historia más larga en que se convierte la segunda entrada (una sensación similar a la que, aunque de otra forma, dejaba la escena postcréditos de Lobezno inmortal). El otro problema de Percy Jackson y el mar de los monstruos es uno en el que suele caer con facilidad la ficción contemporánea. Tal es el deseo de mostrar las heroicidades del protagonista de la película que acaba por minimizar la gran amenaza que se quiere construir durante todo el filme y en especial en una gran secuencia animada que, desde otro tono y un color diferente, recuerda a aquella otra secuencia animada de la primera parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte.

Lo que se agradece de Percy Jackson es que, con el acostumbrado toque cómico, sí hay un respeto a la mitología en la que se basa. No importa que se trate de una película juvenil, no es idiotizante. En sencilla y en ocasiones incluso simple, pero se deja ver con agrado. Incluso es una película que presta atención al desarrollo de los personajes, aunque sea una de las esferas en las que se hace con sencillez y tocando algunos tópicos moralizantes, pero al menos evidencia que no está todo puesto en mostrar protagonistas adolescentes (notable, por cierto, la conjunción del reparto, de edades más diferentes de lo que parece y que siguen encajando en sus personajes) y en unos aparentes efectos visuales. Hay una historia, hay unos personajes y, sobre todo, hay una puerta abierta a la próxima secuela, que, insisto, apetece por el escenario con el que deja el final de Percy Jackson y el mar de los monstruos. Y no destacar un detalle más sería imperdonable: ojo al pequeño papel de Nathan Fillion y su memorable chiste privado sobre las series de televisión.