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viernes, febrero 17, 2017

'Jackie', un retrato tan solemne como impreciso

Es difícil resistirse al encanto que, antes incluso de que arranque la película, tiene un retrato cinematográfico sobre Jackie Kennedy. Probablemente, estemos ante la misma sensación hipnótica que tenía la esposa de John Fitzgerald Kennedy, la Primera Dama por excelencia de la historia norteamericana moderna. Y es más difícil todavía cuando asistimos a una interpretación tan extraordinaria como la de Natalie Portman. Pero si solemne es la forma en la que Pablo Larraín da vida a Jackie, también se puede decir que es algo imprecisa. Jugando mucho con el montaje, Larraín pierde de vista un enfoque concreto y al final de la película es difícil saber si lo que pretendía con la película es glorificar la figura de su protagonista, si pretende criticar su comportamiento tras el magnicidio de Dallas o si no es más que un retrato de lo complejos que fueron aquellos días posteriores al último asesinato de un presidente norteamericano.

Si esas dudas cobran importancia es, fundamentalmente, porque Larraín apuesta por un mosaico bastante intrincado en el montaje. La película, lejos de ser lineal, se centra en tres momentos diferentes. Por un lado y como hilo conductor, la primera entrevista que concedió Jackie a los medios tras el asesinato de su marido. Por otro, el fundamental por tiempo en pantalla, la gestión del funeral de Kennedy y el dolor de Jackie. Y, finalmente, la conversación que Jackie mantiene con un cura interpretado por John Hurt, en lo que ha acabado siendo su testamento cinematográfico. Y por si fuera poco, va deslizando como flashback la famosa secuencia de Dallas vista desde el punto de vista de la Primera Dama El cineasta chileno trata por todos los medios de dar coherencia al complejo montaje y no siempre parece conseguirlo, sobre todo porque no termina de conectar las escenas de manera fluida.

Ese es quizá el gran problema que plantea una película que, casi sobra decirlo, está planteada a mayor gloria de su protagonista. Portman, una actriz tremendamente brillante cuando asume que su papel es importante, se mete en la piel de Jackie Kennedy de una manera formidable. Una vez más, resulta imprescindible recomendar que esta película se vea en versión original, aunque sólo sea para valorar el esfuerzo de la actriz con su voz. Sus gestos, su movimiento corporal y, una nueva demostración de que hay muy pocas actrices que sepan llorar en pantalla como ella son argumentos que se van a disfrutar independientemente del idioma en que se vea la película. El otro gran acierto del filme está en la pericia de Larraín para generar solemnidad. Jackie es, efectivamente, una historia solemne. Quizá lo es demasiado en escenas que necesitan esa cualidad, pero cuando llegamos al final de la película se comprende con facilidad que la pretensión del director chileno está más que justificada.

Larraín no se ha buscado un trabajo fácil para su primera película en inglés, porque la figura que representa es un icono. Pero la ventaja es que es un icono del que, en realidad, la mayoría de los espectadores sabe muy poco. Por eso la película se detiene en tantos aspectos, por eso se esfuerza en retratarla como Primera Dama, como madre, como viuda, como estrella mediática incluso y como adalid de un cambio de estilo en la Casa Blanca. ¿Pero todas esas facetas terminan conformando un personaje, un retrato, una historia? Da la sensación de que no, y si se queda al borde de lograrlo es, sobre todo, por la majestuosa interpretación de Portman, la auténtica razón para que la película perdure. No es que Larraín falle, ni mucho menos, porque la tarea era de una envergadura casi titánica. Pero la película, Portman aparte y asumiendo sus muchos aciertos, no termina de alcanzar todo lo que prometía.

viernes, febrero 08, 2013

'No', cine político de altura

Hay algo en No que produce una fascinación inusual. Es la envidia. Envidia porque en España no se hará jamás una película como ésta que aborde aspectos de nuestra historia más alejados todavía en el tiempo que los que cuenta este filme chileno sobre su país. Envidia porque Pablo Larraín aborda su historia de una forma exquisita, precisa, nada tendenciosa. Envidia porque mientras aquí una película como ésta sería utilizada como un arma arrojadiza que todo el mundo se tiraría a la cabeza, con ésta parece que en Chile es algo normal. Y, sí, ha recibido críticas negativas tanto como positivas. Pero se ha hecho. Se ha vendido. Se está viendo Es una realidad que ha llegado a los cines y que, además, es el primer filme de su país en ser nominado al Oscar a la mejor película extranjera. Es cine político de altura, porque no va de buenos y malos, de los nuestros y de los demás, es mucho más que eso. Es una historia magnífica, hermosa y construida con admirable sinceridad, en la que el también inusual aspecto visual puede provocar algún rechazo inicial pero que poco a poco va tumbando resistencias para dejar tanta envida como admiración.

Chile, 1988. Por presiones internacionales, el dictador Augusto Pinochet convoca un referéndum para que los ciudadanos digan si continúa ocho años más en el poder y el régimen da por hecho que, contando con todos los medios del Estado, vencerá. Los chilenos tienen que contestar con un simple "sí" o un "no". Las dos opciones dispondrán de quince minutos al día cada una para defender sus ideas en la televisión estatal. René Saavedra, un exiliado que ha regresado a Chile y al que le va fenomenal trabajando en una agencia de publicidad, recibirá el encargo de dirigir la campaña del "no". Para quienes no conozcan la historia real que cuenta la película, su cartel no deja mucho lugar a la duda sobre su final. Pero es que ésta no es una película que crezca o decaiga en función de su desenlace. Es una película, en cambio, que crece minuto a minuto por su propuesta y por la forma en que la convierte en una realidad. Es una que apuesta por un retrato complejo, personal, familia, político y social. Eso es lo que hace de No un filme político de enorme altura. No es propaganda. Es una historia.

Para contarla, Larraín ha optado por algo inusual, abandonar el formato panorámico para que sus imágenes rodadas apenas se diferencien del metraje histórico y documental en el clásico 4:3. Rodada con cámaras propias de la época, lo único que chirría en ese planteamiento son algunos planos en los que la iluminación parece más descuidada que buscada. Esos instantes, en los que hay personajes en plano a los que no se puede ver con nitidez distraen más la atención del espectador que el hecho de estar viendo algo visualmente ya poco frecuente en nuestra época. Y, como el propio director confesó en la rueda de prensa que dio en Madrid para promocionar la película, es también un grito de rebeldía ante la uniformidad visual que plantea la alta definición. La suya es una opción respetable y amable, que quizá no se amolde a lo que dictan los tiempos, pero precisamente por eso es un movimiento arriesgado y valiente que hay que valorar. Porque, efectivamente, da a la película un poder que quizá de otra forma no habría tenido para que el espectador se vea inmerso dentro de la historia con una facilidad tremenda.

Si el aspecto visual le da un estilo propio y una conexión con la realidad, el guión le da sobrados elementos para captar la atención del espectador. Pedro Peirano, basándose en la obra de teatro de Antonio Skármeta, consigue un acabado espléndido, a ratos divertidos y a ratos trascendente, desarrollando los personajes con cada escena y sin dejarse intimidar por los aspectos más cercanos o por los más políticos. Y el reparto, encabezado por un magnífico Gael García Bernal, contenido y emocionante cuando toca, responde a la perfección a esos objetivos. Porque impacta tanto la reunión en la que los publicistas intentan explicar que la clave para derrocar a Pinochet está en la alegría como la manifestación en la que el ejército y la policía actúan sin miramientos, porque intriga tanto el proceso por el que Saavedra acaba aceptando el encargo como su situación personal con la madre de su hijo. Y en esa fusión entre lo político y lo humano es donde No alcanza sus mayores logros. Cine político, sí, pero cine por encima de todo.

Es posible que haga falta algo de atención por la política para dejarse abrazar por No. No tendría que ser así, porque la película es mucho más que, como dice el cartel, "la campaña que derrocó a Pinochet". Eso, por supuesto, está ahí, es el alma y el motor del filme. Pero no es un tema que pueda desligarse de las personas que protagonizan ese proceso. Por tanto, no es una película que pueda entenderse sin sus personajes, sin sus vidas, sin sus formas de ser, sin sus logros o sus miserias. Y ese es el gran mérito de Larraín, haber conseguido que No se aleje del frío documental que podría sugerir su opción estilística para convertirse en una historia humana, necesaria y hermosa, en una película importante que entretiene y emociona a lo largo de sus dos horas, que muestra una faceta desconocida de la vida de un personaje sobre el que mucha gente cree saber mucho y que evidencia que las filmografías nacionales tienen grandes temas de los que ocuparse mejor de lo que podrían hacerlo desde fuera. Y aunque sólo fuera por eso, insisto, qué envidia.