lunes, octubre 12, 2009

'Ágora': hermoso envoltorio, lagunas narrativas

La trayectoria de Alejandro Amenábar cubre con buena nota una nueva estación más. Ágora es una película notable, a partir de la cual se podrán mantener muchos debates sobre la capacidad real de este cineasta español, una rara avis en una industria como la nuestra, que tiene los pies en ella pero la mente lejos, realmente lejos. Su formación, a nivel de aficionado, procede de Hollywood. Admira a Hitchcock, a Kubrick, a Spielberg (la herencia de éste último es especialmente notable en esta su última película). Y por eso domina el cine de género. Eso lo supimos desde su debut, en Tesis. Ahora también sabemos también que domina el cine espectáculo con un talento innato y preciso, con un dominio absoluto de lo que sucede delante de la cámara y fuera de su enfoque, tanto de la imagen como del sonido, que desemboca en un envoltorio hermoso.

Lo que hace de Ágora una película especial es que se trata de una rareza en nuestro cine que, además, abre caminos nuevos. Muchos siguieron las diferentes sendas abiertas por Tesis, Abre los ojos y Los otros. Mar adentro fue para Amenábar la posibilidad de demostrar que no sólo sabía moverse en el cine de golpes de efecto. Pero también llegamos así a la debilidad de Amenábar: la historia. En Ágora, como le sucedió también en sus anteriores películas (aunque las sorpresas escondieran en parte esas lagunas), no termina de aclarar qué nos está contando. No sabemos si es la historia de una filósofa aficionada a la astronomía que vive en una época de fanatismos religiosos o la historia de los fanatismos religiosos alrededor de una filósofa aficionado a la astronomía. No sabemos si es una historia más grande que la vida o una historia de amor intimista.

En esa indefinición temática en la que se mueve Ágora, a Amenábar se le escapan bastantes cosas, sobre todo el ritmo de la película. El relato, dividido en dos partes, sufre muchos altibajos, y sólo cabe preguntarse cómo le ha afectado el recorte final de quince minutos tras el pase de la película en el Festival de Cannes. Quizás le haya beneficiado, y eso dice poco del guión (obra del propio Amenábar y de su inseparable Mateo Gil) y de las pretensiones del director. Amenábar es un espléndido espectador, sabe lo que quiere ver y con la cámara lo captura con maestría, pero le cuesta articularlo como guionista. Como le pasa también en su faceta de músico. Para esta película ha aprendido que otro punto de vista puede enriquecer el producto final. Por primera vez no es él quien compone la música y deja esa labor en manos de Dario Marianelli, cada vez más interesante, quien compone una potente y muy adecuada banda sonora que ayuda a la película. Puede que el mejor paso ahora para Amenábar sea dirigir una película escrita por otro.

Porque dirigir, lo que se circunscribe a la tarea de dirigir, Amenábar lo hace de fábula. En Ágora da un paso de gigante con respecto a sus anteriores películas, y lo evidencia en los planos más cargados de simbolismo (todo está en las formas elípticas), en los experimentos formales que se permite (un plano del revés) y, sobre todo, en los espléndidos dos climax de la película (bien podría decirse que es lo mejor que ha rodado hasta hoy), el asalto a la biblioteca de Alejandría (es sencillamente magistral la forma que tiene de sugerir el avance de los cristianos mostrando únicamente cómo van cediendo los cerrojos de la puerta) y la resolución final de la historia. La segunda parte, de hecho, gana en intensidad porque las piezas que en la primera mitad quedaban deslabazadas empiezan a cobrar sentido. Incluso algunos actores, como es el caso de Max Minghella (hijo del fallecido director Anthony Minguella), crecen en este segundo y último acto.

Rachel Weisz es una actriz de importante prestigio, pero que a mí no termina de convencerme. No consigue dar a Hipatia el carácter que emana de la figura histórica, aunque uno no puede dejar de preguntarse si es por ella o por el entorno que le rodea, principalmente esos altibajos en el guión. A veces Amenábar parece prestar más atención a sus secundarios, y con ellos sí transmite lo que busca. Borda su papel de Amonio, un cristiano vehemente, el actor israelí Ashraf Barhom (al que se pudo ver en La sombra del reino), y con él sí se van entendiendo a la perfección los cambios de punto de vista que pretende ofrecer la película. Al final, Alejandría se convierte en el mejor personaje de la película. Amenábar consigue meterse y meternos en la ciudad antigua y sentir que estamos allí, en la Historia, aunque en esta historia no logre meternos tanto.

Ágora es una película notable, producto de un realizador capaz de plasmar en la pantalla la realidad que quiera con clase y categoría, pero también evidencia algunas conocidas lagunas narrativas que lastran su cine (lo que le crea a Amenábar ciertos detractores entre la crítica). Pero es, insisto, un intento noble y notable que deja un regusto dulce, crítico pero dulce, al salir del cine. Por lo que muestra, por cómo lo muestra, por las vías que abre en la industria cinematográfica al mostrarlo y porque es la obra de un director que no tiene miedo a saltar al vacío, con o sin red. A veces le sale mejor, a veces le sale peor. Pero Amenábar crece en cada película, ofrece algo nuevo de sí mismo y de su capacidad para rodar. Y eso, hoy en día, vale su peso en oro.

5 comentarios:

Simone B. dijo...

La película en general me ha gustado, salí con un regustillo bueno del cine y blasfemando hasta el desvarío contra Cirilo y su afición a que las mujeres nos quedemos en casa..pero hay algo que siempre había oído en Amenábar y que en ésta película he visto..la falta de intensidad en las relaciones.

A pesar de escenas preciosas como cuando Davo le toca el pie a Hipatia estando dormida o lo que el exclavo hace por ella al final de la película, no me dio la impresión de que esas emociones me llegaran plenamente.

Sabes que hay amor, sabes que hay pasión, pero es como si se quedara un poco a medias, no es esa sensación que te golpea, sino que te quedas un poco frio, me dejó con la lagrimilla ahí que sale que no sale..pero que al final no salió.

Me pasó lo mismo con la escena de la destrucción de la biblioteca..técnicamente es maravillosa, con ese plano invertido y los pergaminos volando..pero esperé más emoción en algo tan tremendo como eso, se me encogió un poco el corazón pero no llegué a captar el desastre que suponía.

De Rachel destacaría sus primeros planos de tristeza y su expresión corporal sobretodo en las escenas de las clases.

También me encanto el uso de las elipses en los momentos más trágicos, como en la escena final.

Y una pregunta curiosa..existirían ya en aquellos tiempos la palabra puta y zorra como insulto??..lo digo porque a ella se lo dicen varias veces y me pareció demasiado contemporáneo....

Una estupenda review!

Besos;)

Doctora dijo...

La he visto hace dos horas y a medida que pasan los minutos me va gustando cada vez menos.
Por cierto,a mí también me extrañó que la llamasen puta,no me gusta que en estas pelis digan esos tacos(en "Gladiator" también lo hacen),sin embargo creo,amiga Simone B,que puta es el insulto más antiguo del mundo e imagino que tiene traducción en todos los idiomas,lenguas y dialectos.

Simone B. dijo...

Sí..si está claro que puta debe ser la palabra más antigua, pero me refería a que si ya se utilizaría como insulto al igual que zorra..me pareció muy moderno..

Saludos!

Juan Rodríguez Millán dijo...

Simone, pues sí, tienes razón, quizá le falta algo de emoción humana... Y sí, a mí los insultos también me parecieron algo contemporáneos, pero supongo que son las licencias que se toma el cine en las películas históricas, ¿no...?

Doctora, tiene sus defectos, pero yo creo que, en conjunto, merece la pena. Tendrá traducción, pero "zorra" me parece inadecuado. Quién sabe, habrá que hablar con algún filólogo que nos saque de dudas...

Noelia Jiménez dijo...

Quería leer tu opinión... porque la película me gustó, pero me parece un acto de manipulación bastante burdo por lo que a la demonización de los cristianos se refiere...