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viernes, octubre 11, 2013

'Prisioneros', gran drama con media hora final discutible

Qué cerca está Prisioneros de ser una película extraordinaria y qué fácilmente reduce con lo que muestra en su media hora final el enorme efecto que causa en las dos primeras horas. Algunos detalles, quizá inaprecibables para algunos espectadores pero muy presentes, se llevan por delante parte de la impresionante tensión con la que Denis Villeneuve construye un magnífico thriller, portentosamente interpretado por un reparto encabezado por unos formidables Hugh Jackman y Jake Gyllenhaal. La historia, tan sencilla de resumir como problemática de tratar en la pantalla por su temática, está llevada con precisión, con intensidad donde hace falta, con inquietud cuando se necesita, con un buen dominio del ritmo a pesar de su larga duración. Pero es llegar a la media hora final y hay varias puntos de inflexión en los que algunos de los personajes dejan de ser reconocibles, rompiendo el efecto que tanto ha costado lograr. Así, el resultado es notable, sobresaliente por momentos, pero con problemas difícilmente olvidables que hacen que la película no sea tan redonda como podría haber sido.

Hay un referente muy claro para Prisioneros, y no es otro que la opera prima de Ben Affleck como director, Adiós, pequeña, adiós, una extraordinaria película que no es demasiado conocida, ni siquiera después de que el próximo actor que se enfundará la capucha de Batman firmara la premiada Argo. Prisioneros, no obstante, acaba yéndose por derroteros muy diferentes a los de aquella (quien vea las dos sabrá qué subtrama, brutal en todo momento, es la que se lleva los 40 minutos que hay de diferencia entre una y otra), pero sí que es cierto que los 114 minutos que duraba Adiós, pequeña, adiós, hacen poner en duda los 152 que Villenueve necesita para Prisioneros. No porque se hagan largos, cosa que no sucede, pero sí porque la capacidad de síntesis es un valor cada vez más necesario y muchos directores se descartan del olimpo de los grandes precisamente por la ausencia de esa cualidad. Villeneuve aprueba en ese sentido porque se antoja francamente difícil decir dónde se podría cortar y el ensamblaje de la historia es casi perfecto.

Lo que pierde a Prisioneros está en su media hora final (salvada, eso sí, por una impresionante escena en la carretera, desborde absoluto de las emociones que inundan el filme), aunque explicarlo obliga a desvelar demasiados elementos de la trama. Hasta ese momento, la desaparición de dos niñas (lamentablemente anunciada por una música de Jóhan Jóhansson que salvo ese instante contribuye con mucho acierto a la tensión) sirve para crear una tensión palpable, en la que Hugh Jackman se convierte en un decidido y sufrido padre, Jake Gyllenhall en un intenso agente de policía, Maria Bello en una madre destruida emocionalmente, con Terrence Howard y Viola Davis creando registros diametralmente opuestos como la otra pareja afectada, y Melissa Leo con un papel secundario brillante. El reparto en su totalidad hace efectiva la emoción, la empatía con los protagonistas y el malestar general por el fondo de la trama que propone la película.

Villeneuve propone una película apasionante y contundente, un auténtico puñetazo en el estómago que no depende en absoluto de su resolución, un claro acierto. Y es que lo que importa en Prisioneros es el viaje y los dilemas que plantea y no el hecho de saber, por tirar de un tópico que permita eludir detalles de esta trama concreta, si el mayordomo es el asesino (porque, en realidad, quien esto suscribe lo supo prácticamente desde el principio y por eso puedo decir que no afecta a la fascinación que provoca la película). Importa ponerse en la piel de los personajes, sufrir, pensar y actuar con ellos, cobra valor el debate ético. Y cinematográficamente se aprecia el ritmo, la pausa, la emoción y la tensión que todos sus elementos consiguen trasladar al patio de butacas. Pero qué lástima de detalles absurdos en esa última media hora, que si pasan el filtro del espectador para que no se dé cuenta es precisamente por los inmensos méritos de las dos primeras horas. Pero están ahí. Y por eso Prisioneros es una muy buena película, pero no la enorme película que podría haber sido.

viernes, mayo 24, 2013

'La venganza del hombre muerto', buenos personajes dentro de un guión extraño

El problema de La venganza del hombre muerto está en que su guión tiene tantas ganas de impresionar con sus giros que acaba convirtiéndose en algo extraño, difícil de creer e incluso en algún momento inverosímil hasta el sonrojo. Sin embargo, la película sobrevive gracias a que cuenta con buenos personajes, a los que especialmente Colin Farrell y Noomi Rapace dotan de verosimilitud y profundidad, probablemente más de la que hubiera en el discutible libreto de de J. H. Wyman (The Mexican) y a pesar de que ambos acuden a registros que ya han explotado en otras ocasiones, especialmente él, muy acostumbrado a películas de ambientes sórdidos. La venganza del hombre muerto, un título por cierto poco afortunado (el original es Dead Man Down), es la primera película norteamericana de Niels Arden Oplev y la primera que dirige tras Millennium. Los hombres que no amaban a las mujeres, la primera versión cinematográfica de la archiconocida novela de Stieg Larsson.

Y hay que reconocerle al director que su pulso narrativo y cinematográfico ha mejorado mucho en estos cuatro años, porque se ve en La venganza del hombre muerto mucho más de lo que se veía en Los hombres que no amaban a las mujeres (película que quedó como un telefilme tras ver la mucho más apreciable versión de David Fincher). Sin embargo, sufre por un guión lleno de trampas, sobre todo en su arranque, y de rocambolescos giros de guión, incluso en su final. Es una lástima porque el retrato de los dos protagonistas, Victor (Farrell), uno de los sicarios de Alphonse Hoyt (Terrence Howard), y Beatrice (Rapace), su vecina, cuyo rostro ha quedado desfigurado tras un accidente de coche. Ambos son personajes trágicos, amargados y solitarios, y su relación es, salvando algunos excesos en el arranque y en el final, es lo mejor que tiene que ofrecer la película.

El fallo está en que la película tiene tantas ganas de sorprender, que esos intentos acaban cayendo en el ridículo y limitan las posibilidades de dar con un final redondo. Por fortuna, esos momentos bajos son pocos y no terminan de sacar de la película gracias al buen hacer de los actores. La madre de Beatrice (Isabelle Huppert) es un personaje que roza esa frontera del decoro continuamente, pero se salva por el buen hacer de la actriz. Y el amigo de Victor, Darcy (Dominic Cooper), es un personaje muy mal definido que en cambio, y por el trabajo de su intérprete, acaba convertido en uno de los mejores recursos del filme. Ellos no pueden evitar el mal uso del tiempo, la simpleza de algunos planteamientos, las trampas de algunas escenas (la de Alphonse hablando con Victor, la conversación en el restaurante entre Victor y Beatrice) o las exageraciones de su climax, en el que su protagonista de repente se convierte en una mezcla entre los más exagerados héroes de acción del cine de los 80.

La venganza del hombre muerto, incluso con los excesos y errores mencionados, acaba siendo un thriller más o menos solvente. Es cierto que eso parece más achacable al trabajo de su reparto (incluso de pequeñas apariciones como la de Armand Assante, cuya simple presencia llena la pantalla) que al guión o la historia. Aún así, entretiene bastante, aunque se mueve por terrenos bastante tópicos en el género, sobre todo en los momentos en los que mejor funciona. Historias de venganza como ésta se han visto muchas, y más todavía se verán, dando el género por agotado en cuanto a grandes ideas (a la espera de un Seven que vuelva a revolucionarlo) pero efectivo en cuanto a sus resultados. Y también se ha visto mucho a Colin Farrell con este aspecto y con personajes sumamente parecidos. Pero funciona y la película se ve con agrado. No es poco.