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jueves, enero 01, 2015

'El jugador', un brillante ejercicio de estilo sin remate

Casi parece una obligación para cualquier director de éxito hacer en un momento de su carrera un ejercicio de estilo. Es lo que hace Rupert Wyatt en El jugador, tomando distancia con respecto a su anterior película, la diametralmente opuesta El origen del planeta de los simios. Y es un ejercicio de estilo que fascina, que arranca con una brillantez espectacular, con una presentación de su personaje protagonista apabullante, que sigue de una forma terriblemente atractiva, pero que se queda sin el remate final que necesitaba. Es, muy claramente, el peaje que Wyatt paga por el hecho de rodar para un gran estudio, pero que por desgracia limita el alcance de lo que se estaba convirtiendo en una extraordinaria película. Aún así, el resultado es muy interesante, notable en su conjunto, un thriller contundente, muy bien llevado, con un montaje visual y sonoro espléndido y con un reparto excelente. Lástima que le falte la guinda, pero aún así merece muchos elogios.

Incluso con ese defecto, la forma en la que arranca la película compensa con creces cualquier error que Wyatt pueda cometer con el preciso (pero también culpable de ese detalle) guión de William Monaham, basado en el filme del mismo título que dirigió en 1974 Karel Reiz con James Caan como protagonista. Pocas veces un título es tan adecuado como aquí: esta es la historia de un jugador, de uno que nunca sabe cuándo parar, que vive para jugar, que apuesta siempre en un todo o nada continuo y a todos los niveles. Eso que demuestra sobre la mesa de juego es una metáfora salvaje de su propia vida, y eso es algo que muestran de una forma sobresaliente Monahan, Wyatt y el propio Mark Wahlberg, un actor capaz de enormes logros interpretativos cuando se pone manos a la obra. Y este es uno de esos casos, donde su sutil transformación física es lo de menos.

En torno a su figura, El jugador, se va convirtiendo en un demoledor retrato sobre un mundo sórdido en el que nada vale más que el dinero, y donde las tensiones afectan a todos los aspectos de la vida de su protagonista, sus afectos, su familia, su trabajo. Es brutal el contraste entre un aspecto de su vida basada en la capacidad artística, la que marca sus enseñanzas como profesor universitario y sus creencias sobre la excelencia, y el puro azar que por un momento parece dominar de forma casi sobre natural. E igualmente brutal es la relación con su madre (una magnífica Jessica Lange), con una alumna brillante que es mucho más de lo que aparenta (una brillante Brie Larson) o con los prestamistas que se cruzan en sus apuestas (si hay uno que destaca a todos los niveles, en el guión y en la interpretación final, es el de un John Goodman magnífico que deja la filosofía más apabullante de toda la película).

Wyatt ensambla todo con bastante acierto, con un montaje lleno de sutilezas y brillantemente dividido con rótulos que anuncian el paso del tiempo y con una ambientación musical tan llamativa como formidable, tanto por la selección de las canciones como por la música de Jon Brion y Theo Green. Es verdad que lo mejor de la película está en su primera media hora (qué forma de elevar la tensión de cada plano por la incertidumbre que genera una simple carta, y qué forma de transformar la película para darle todo el poder a los diálogos) y que, sabiendo que es una película de estudio, no resulta difícil cómo va a ir encaminada para que el desenlace sea, digamos, apropiado. Pero, aún dejando el mundo de la película en un punto extraño y que seguramente no era el que pedía la narración, el camino es tan sugerente que se puede obviar la comercialidad que acaba abrazando por encima de la historia.

miércoles, agosto 10, 2011

'El origen del planeta de los simios', valiente pero limitada

Cuando se anunció una nueva entrega de la saga de El planeta de los simios, esta vez planteada como una precuela al nivel más absoluto posible, es decir, el inicio del inicio, pensé en dos opciones. Podía ser un producto risible, ridículo y estrambótico, sin pies ni cabeza ni relación alguna con la mitología de este universo. O bien podía ser una película sumamente original, que sentara cátedra, que se convirtiera en un prodigioso espectáculo y en un sincero homenaje a aquella película que inició la saga e hizo historia a finales de los años 60. Vista El origen del planeta de los simios, ninguna de las dos posibilidades se ajusta a la película que nos han entregado. Es un buen espectáculo, pero sobre todo un filme valiente en muchos tramos e ideas. Pero también es un típico producto veraniego, con sobredosis de efectos digitales y demasiados cabos sueltos. Está siendo todo un éxito de público y también de crítica. Para mí, es un título que merece la pena ver pero que tiene muchos defectos como para pensar que estamos ante algo totalmente diferente.

Acostumbrados a que las películas se promocionen con el nombre de los actores o (en algunos casos contados) del director, sorprende relativamente que El origen del planeta de los simios tenga un solo nombre como carta de presentación: Weta, la compañía de efectos especiales. Sorpresa relativa, digo, porque aunque no es lo usual sí supone el reconocimiento de algo que viene aquejando a las superproducciones veraniegas desde hace ya muchos años, la supremacía de los efectos especiales por encima de todo. Y esa supremacía deja un sabor contradictorio. Es innegable que los efectos están a gran altura. Andy Serkis, el actor más cotizado del mundo a la hora de aportar su movimiento corporal y facial a todo tipo de personajes y criaturas, es el chimpancé de la película, y su interacción con el mundo real resulta asombrosa. Sin embargo, hay un abuso de los planos digitales, de movimientos de cámara irreales, que restan verosimilitud y añaden artificiosidad al conjunto final. Esos momentos son achacables a la impericia de su casi debutante director, Rupert Wyatt.

Asombrados o no por los logros visuales de la película, lo cierto es que hay que reconocer la valentía que tiene la película en lo temático. No es habitual que se trate a un animal como un protagonista más (incluso como EL protagonista en diversos tramos de la película), y menos que se haga con tanta inteligencia como aquí. Caesar, el simio cuya historia se nos narra, el que abrirá el camino para que los primates sean la especie dominante en el planeta, es un personaje espléndidamente bien trazado, que encuentra un origen creíble y bien definido. Por desgracia, el guión no trata tan bien a los personajes humanos. Todos, sin excepción y aunque en alguno se note incluso más que en otros, forman parte de un conjunto de estereotipos sin demasiado interés. El científico noble pero ambicioso (James Franco), la chica simpática y poco más (Freida Pinto), el padre sin más trascendencia que la que le da su enfermedad (John Ligthgow)... Es evidente que la película tenía más interés en los simios que en los humanos.

Por eso, las mejores escenas de la película son las que dan el protagonismo a los simios, sean aquellas en las que se explica la evolución de la mente de Caesar o la explosión de violencia final, realmente formidable en todos sus aspectos pero especialmente en su endiablado ritmo. Decía que es una película valiente, y lo es sobre todo por su descripción de los simios, por el trato que les da y por las acciones que acometen en esa parte final. No es fácil moverse entre la frontera del ridículo y de lo espectacular, y el caminar de El origen del planeta de los simios por esa línea es ejemplar, incluso en los momentos más descabellados (que no procede desvelar para no matar la sorpresa, por supuesto). Por eso se nota tanto el desnivel que hay con respecto a los personajes humanos, porque el perfil del simio (de los simios, en realidad) es sobresaliente. En esto no sobra nada, e incluso la película podría enriquecerse si se hubiera estirado algo más (apenas sobrepasa los 100 minutos, una duración poco usual en las películas que quieren asaltar la taquilla veraniega, que con demasiada facilidad se van a las dos horas y media).

Pero el gran problema de la película, el que de verdad limita su alcance, está en la voluntad de dejar una historia inconclusa. Es difícil decir si esto obedece a a la pretensión de crear una nueva saga o si era la intención original de guionistas y director, pero yo lo siento como algo que va en contra de la película. El origen del planeta de los simios pide a gritos un final a la historia, y no sólo a los acontecimientos que se desencadenan al final de la película. Un final, por abierto que sea, que siga el modelo de la película original. Pero, claro, ahí ya hablamos de palabras mayores. Mucho se ha comentado acerca de que esta precuela ignore el remake que dirigió Tim Burton de El planeta de los simios hace ya una década, pero lo cierto es que también se salta algunas premisas del planteamiento original de la saga (como evidencia el epílogo del filme de Wyatt). Por supuesto, los guiños a los aficionados más clásicos no podían faltar, por mucho que la acción de la película tenga lugar en San Francisco. Atentos al momento de la mítica frase, la más conocida de la saga, que aquí vuelve a sonar con esplendor.

Un final limitado, el flojo retrato de los personajes humanos y la irrealidad de algunos planos de efectos visuales hacen que El origen del planeta de los simios no sea una película redonda. Su valentía en muchos aspectos y un poderoso clímax (de casi media hora de duración) son grandes logros. Es lo de siempre, el vaso estará medio lleno o medio vacío según lo decida cada espectador. Para casi todos, ésta será una película sumamente entretenida y más que digna, muy interesantes en muchos momentos y con un ritmo frenético en su tramo final. Eso ya hace que merezca la pena. Y mucho. Pero podría haber sido aún más.