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viernes, febrero 05, 2016

'El renacido', la lucha por el aburrimiento

El éxito continuo en forma de críticas incondicionalmente positivas y premios de toda índole han hecho de Alejandro González Iñárritu uno de esos directores que han dando un salto de autoría y se consideran, con o sin razón, por encima de las convenciones habituales. Cada nueva película que presentan tiene que ser la mejor y se hace con esas pretensiones. Pero Iñárritu, a quien siempre se ha podido discutir con más contundencia de lo que se ha hecho hasta ahora (Babel o Birdman pueden ser los mejores ejemplos, sobre todo la primera), se ha sentido tan encumbrado que se siente capaz de todo. Y todo, en ese caso, es El renacido, una película sobre la lucha por la vida que, en realidad, es una lucha por el aburrimiento. Con una mínima excusa, monta una película que supera las dos horas y media excesiva en todo, técnicamente precisa pero narrativamente muy vacía, con enormes tiempos muertos y un montaje delirante en el que sobran planos y secuencias a patadas.

El renacido es, en este sentido, una de las películas que confirma que el nombre vende más que el talento. Esta misma película, si la firmara un director anónimo y no contara con grandes actores en el reparto, probablemente generaría apenas una atención mínima. Pero firma "el ganador del Oscar" y cuenta con el actor que lleva veinte años siendo ninguneado por la Academia, por lo que parece hasta ahora. Y, de esa manera, El renacido se convierte en una película casi obligatoria. Pero atendiendo a sus méritos, es una película muy limitada, que desde luego se queda muy lejos de justificar el ejercicio de estilo inflado que quiere ser. La excusa de la película no es más que una aventura de venganza. Y eso no llega hasta los diez minutos finales de los 156 de los que se compone la película. Lo demás es, en realidad, un infladísimo prólogo que comete un pecado capital: la reiteración. Es imposible rellenar tanta película con tan poco material si no se recurre a la repetición.

Iñárritu, no obstante, es inteligente. Sabe que no está contando gran cosa y por eso vuelca todo el énfasis en dos aspectos, que son los que destacan. Por un lado, el preciosismo técnico, muy acertado en el caso de la fotografía de Emmanuel Lubezki, que ilumina de forma memorable una colección de hermosísimos planos superfluos, fallido por inconexo en la música que firman Ryuichi Sakamoto, Alva Noto y Bryce Dessner. Por otro, las actuaciones, sobre todo de Leonardo DiCaprio y Tom Hardy. El primero muestra un descomunal calvario físico, y aunque procede admitir el enorme esfuerzo que le supone al actor, tan profesional como siempre, lo cierto es que tampoco deslumbra en comparación con algunos trabajos suyos previos, mucho más interesantes. Pero lo extremo llama la atención, de ahí la apuesta de Iñárritu por una violencia tan descarnada en algunos momentos. Hardy, por su parte, se está convirtiendo en un actor esencial para entender la importancia de la voz y, sobre todo, de la contextualización de los personajes mediante esa imprescindible herramienta.

El renacido arranca bien, con una buena secuencia de acción, rodada de una forma personal e inteligente. Y acaba bien, con el clímax de esa venganza que se va mascando durante toda la película, por mucho que Iñárritu pierda el foco para repetirse e incluso para repetir recursos que ya hemos visto en otras películas en las que se muestra la supervivencia de un personaje en situaciones adversas. ¿Pero entre ambos momentos? Mucho aburrimiento. Demasiado. La apuesta de Iñárritu era efectivamente arriesgada, porque deja durante muchos minutos en solitario a un personaje ya de por sí poco hablador y que, además, no siempre utiliza el inglés para hablar. Pero casi todo lo que vive en el intervalo entre el arranque y el final del filme se acerca demasiado a la paja, a un relleno con el que mostrar esos dos campos en los que se destaca, el técnico y el interpretativo. El renacido queda así como una de esas películas que responde al tópico de que cuando se habla de lo visualmente impecable que es un filme es porque, en realidad, el resto es muy aburrido.

viernes, enero 09, 2015

'Birdman', el Iñárritu más bizarro

Siempre que alguien utiliza el término "bizarro" en español surge la duda de si se está utilizando con acierto. Su significado según la RAE es "valiente", pero es fácil caer en la trampa de este false friend extraído del inglés para pensar que quiere decir "extraño". Birdman es una de esas películas en las que el término bizarro se puede y se debe entender de las dos maneras. Porque desde luego que se trata de una película bizarra, un valiente y arrojado ejercicio de estilo en el que Alejandro González Iñárritu no deja títere con cabeza en el show bussiness. Pero es también rara, una ensoñación a ratos casi poética y terriblemente arriesgada que funciona bastante bien casi siempre, aunque sobre todo en el tramo final cuesta encontrar un objetivo claro a esta locura. ¿Es un alegato? ¿Es un ataque? ¿Es una defensa? ¿O es simplemente una digresión? Es una película extraña, de eso no hay duda. Como tampoco la hay en cuanto al entretenimiento que ofrece durante sus dos horas. ¿Pero de qué iba todo esto? Ahí es cuando surgen las dudas.

El mismo concepto de la película está marcado por la genialidad. Michael Keaton interpreta a Riggan Thompson, un actor conocido en Hollywood por haber interpretado a un superhéroe, el Birdman que da título a la película, y que años después busca encontrar el prestigio profesional adaptando, dirigiendo e interpretando en Broadway una obra de Raymond Carver. El punto de partido le permite a Iñárritu adentrarse sin miedos, sin reservas y sin límites en una salvaje descripción de la profesión en la que la ironía salpica a todos sus estamentos. Se siente la genialidad del guión en esos diálogos cortantes, en esos retratos preciosos y en esa deliciosa combinación entre la más alucinógena ensoñación y el relato más realista. Ojo a las dobles lecturas, porque siendo Keaton, el primer Batman moderno, el protagonista de la película, hay muchos momentos en los que da la impresión de que la crítica del filme es muy certera y nada gratuita, toda una burla hacia el sistema desde dentro del mismo.

Y todo ello además creando una colección de personajes excepcionales y diversos que completan el relato a todos los niveles, que adquieren identidad propia por separado y viven unas relaciones portentosas. A eso contribuye de una manera muy especial el brutal reparto de la película, aunque no hay que quitar ningún mérito al trabajo literario de Iñárritu y sus otros tres coguionistas. Ahí no hay engranaje débil en la película. Es verdad que resulta fácil apostar por los rostros más conocidos. El propio Keaton está soberbio, como Emma Stone dando vida a la rebelde hija de Riggan, Naomi Watts como la emocionalmente frágil actriz protagonista de su obra de teatro o Edward Norton como el díscolo y polémico actor que comparte escenario con ellos. Pero ojo a un segundo nivel, con Zach Galifianakis (abogado y amigo de Riggan), Andrea Riseborough (la amante del protagonista) o Amy Ryan (su ex mujer). El guión es brillante en muchos momentos y los diálogos siempre inteligentes, pero también porque los actores le dan una vida asombrosa.

¿Pero cuál es entonces el problema de Birdman? Puede que no haya un problema como tal en la película y que este surja en todo caso en el patio de butacas. Siendo una película completamente diferente, y con una estructura absolutamente genial de aparente plano secuencia falseado convenientemente, a veces resulta complejo saber hacia dónde va, qué pretende, cuál es su mensaje. Durante los tres primeros cuartos la fascinación es total y hace que la película avance con brillantez. Es divertida, ingeniosa e inteligente, una amalgama de elementos casi antagónicos (Broadway como escenario y aspiración frente al blockbuster hoillywoodiense como medida del éxito y de la satisfacción personal y psicológica). ¿Pero en realidad de qué va Birdman? En la persecución de la respuesta a esa pregunta, a Iñárritu se le escapa ligeramente el filme en su tramo final, y quizá la única forma de replicar a esa cuestión sea ver el último plano de la película y asimilar que todo esto no ha sido más que una fábula. Una bizarra y casi siempre genial, pero una fábula.