viernes, febrero 26, 2010

'The lovely bones': muy bonita, algo irregular

Peter Jackson se ha enfrentado siempre a un curioso análisis por parte de la crítica. Ésta alabó que un director de productos de terror de serie B y casquería varia se lanzara a dirigir una película seria, Criaturas celestiales. Aquellos que le alabaron entonces, lamentaron su salto al cine espectáculo de gran presupuesto con la trilogía de El Señor de los Anillos, aunque el resto del mundo disfrutó con las aventuras en la Tierra Media. Cuando hizo su King Kong, muchos críticos vieron la decadencia de un hombre entregado a los efectos especiales que debía volver al cine más serio. Y cuando lo hace con The lovely bones surgen dos tendencias: la de quienes infravaloran todo el cine de Peter Jackson y la de quienes creen que sólo sabe rodar superespectáculos, a pesar de haberlos criticado en su día. "No la han entendido", lamentaba Peter Jackson tras las feroces críticas que ha cosechado su último trabajo. Y no le falta razón, no. No han debido de entenderla, porque es una buena película, muy bonita, aunque algo irregular.

No se desvela prácticamente nada de la trama si se cuenta que la protagonista de The lovely bones es una joven de 14 años que ha sido asesinada. Es siempre atrayente que el narrador de la historia sea un personaje muerto, es algo que funciona muy bien en películas de diferente tono (cabe recordar, por ejemplo, American Beauty, un título muy distinto a éste en todo). Con ese punto de partida, lo que ofrece la película de Peter Jackson es un doble enfoque. Por un lado, el tránsito de la tierra al cielo de la joven muchacha y, por otro, lo que sucede en esta tierra que ha abandonado con su familia y su asesino. Ese doble enfoque es, cinematográficamente, lo mejor de la película. Son poderosos, a veces audaces (casi onírico cuando mezcla por primera vez el espacio entre dos mundos y la vida real), siempre efectivos, los montajes paralelos que plantea el director.

También es notable la ambientación. Con una imaginación desbordante, es obvio que la balanza visual entre la sociedad de los años 70 y esa especie de limbo se decanta por el segundo espacio, cargado de bellísimas imágenes y de referencias a diversas mitologías (qué pena me da leer a algunos críticos que se han despachado a gusto buscando referencias incluso a los Teletubbies, cuando uno, quizá más inocente, llegó a ver alguna a El Principito), muy por encima del intento de Más allá de los sueños de plasmar el infierno (con la clara influencia de La divina comedia de Dante) y con un claro (y no intencionado, por desconcimiento) paralelismo con la española Camino, aunque sin su simbología cristiana. Pero antes incluso de conocer ese mundo, Jackson ofrece una de las más bellas escenas de muerte sin que se llegue a ver muerte alguna. Una niña corriendo, alguien que ve más allá de la realidad, un entorno familiar, mucha niebla y una soledad apabullante. Es turbadora y apela directamente a los sentidos. Es brillante y es, probablemente, lo mejor de la película.

En la realidad es, en cambio, donde se aprecian los puntos débiles del filme, más allá de un final ligeramente decepcionante y que no está a la gran altura de todo lo anterior. Hay algunas lagunas narrativas, que hacen algo inverosímil la ejecución del crimen y que no se descubra a su autor o siquiera se dude de él, salvo por parte de un personaje (que no procede desvelar, aunque saberlo tampoco rompe el visionado de la película), hasta casi el tramo final. Quizá también podría discutirse el alivio cómico que Peter Jackson encuentra mediada la película gracias al personaje de Susan Sarandon (algo desaprovechada pero tan elegante y eficaz como siempre). Ahí da la sensación de que el tono dramático se le puede ir de las manos al director, pero nada más lejos de la realidad. Hay quien no ha entendido ni la luminosidad del mundo imaginario ni la parte más fantástica del desenlace. Quizá es que no corren buenos tiempos para las películas bonitas. Como ésta.

Sarandon es el nombre de más nivel de un reparto más que eficaz. Se ha destacado a Stanley Tucci (que tiene la unica nominación al Oscar para la película, al mejor actor secundario), pero radica el mismo problema de siempre, el que puso de manifiesto hace poco la alabadísima y para mí sobrevaloradísima actuación de Javier Bardem en No es país para viejos. ¿Es meritorio dar vida a un asesino con gestos y ademanes de psicópata asesino? Quizá no, y, de hecho, lo mejor del trabajo de Tucci está cuando trata de ser una persona normal, un vecino más de la familia de la víctima. Mark Wahlberg, tras esa excepción que supuso Infiltrados, vuelve a un registro más plano y Rachel Weisz cumple pero sigue sin llegar a emocionarme, como casi siempre. La joven Saoirse Ronan (vista en Expiación) está francamente bien, creíble en todas las facetas de la película, las más divertidas y las más trágicas.

La realidad le da un toque de irregularidad a esta hermosa fantasía de Peter Jackson. Pero no le resta mérito en absoluto al conjunto, una muy buena película, emocionante a ratos, tensa en otros y llena de matices y detalles a ver (incluyendo el cameo del propio Jackson y la inevitable referencia a Tolkien en una de las primeras escenas, en el centro comercial). Muy recomendable aunque, probablemente y sin ánimo de inducir a que nadie piense que se trata de una película pedante o inaccesible, Peter Jackson tenga razón y mucha gente no la comprenda.

miércoles, febrero 24, 2010

'Al límite', correcta pero sabe a poco

El regreso de Mel Gibson a la interpretción después de seis años (en los que ha dejado dos grandes películas como director, La Pasión y Apocalypto) es casi como el reencuentro con un viejo amigo. Es el Mel Gibson de siempre, el deudor para toda la vida del Martin Riggs de Arma letal, pero en una historia un tanto más oscura y truculenta que aquellas que marcaron la cúspide de las buddy movies policiacas de los 80. En realidad, un producto de su tiempo, tanto Arma letal como esta Al límite, un título tan correcto como entretenido pero que no termina de aprovechar todo el material que tenía entre manos. Quizá es que queda poco de aquella época en la que se rodó esta historia en forma de miniserie británica; quizá es que la temática de trasfondo nuclear, pese a parecer profunda (y sin duda quiere serlo), no termina de ser tan impactante como lo podía ser entonces; quizá el salto de escenario a los Estados Unidos de hoy en día no termina de funcionar.

Al límite entretiene, función primordial de este género a medio camino entre el thriller policiaco y la intriga política, pero sabe a poco. Y esto es así porque en el guión quedan bastantes agujeros y personajes no del todo conseguidos, ni en su trazo psicológico ni en sus decisiones a lo largo de la historia (¿cómo es posible que un policía intachable y lleno de ansias de revancha ponga en peligro de forma contínua a tanta gente, incluyendo a la que le puede ayudar?). Se nota el esfuerzo de meter la trama en una película de dos horas, pero se aventuran muchas líneas argumentales (sobre todo por la parte del senador involucrado) que podrían haber dado mucho más juego. ¿Es así en la vieja serie de televisión de 1985? Probablemente sí. No la he visto, pero cuenta con una gran reputación y con algunos premios en su haber. En este sentido, le pasa lo mismo que a la reciente La sombra del poder, una película con el mismo origen (tanto televisivo en forma de miniserie como británico en su realización) y con el mismo esfuerzo de condensación argumental, aunque aquella consigue sacar mucho más jugo que ésta.

Lo que parece garantizado es la fidelidad, pues tanto la serie como la película cuentan con la misma firma, la del director Martin Campbell, un tipo experto en estas lides (y que sobresalió con La marca del Zorro y, sobre todo, Casino Royale) y que ofrece muy buenos momentos. Sobre todo, mantiene intacta la capacidad de sorprender al espectador (lo consigue, sobre todo, con un muy perturbador arranque de la película, con la introducción a la historia y en otro momento más avanzado el metraje) por medio de las imágenes. No así con el guión. A los veinte minutos de la película (los mejores del filme, cuando se intuye algo trascendente pero está perfectamente equilibrado con la historia familiar intimista) ya se adivina todo lo que va a suceder, ya se sabe qué cuenta exactamente la historia y sólo queda contar los minutos para que suceda lo previsto.

Pese a todo, no aburre por un magnífico recurso, que es ir introduciendo algunas pinceladas intimistas en forma de visiones del protagonista. Quizá podría haber acompañado mucho más al desarrollo de la historia, sobre todo viendo el hermoso final que nos depara el filme, que encaja con esa forma de narrarlo que aparece con menos frecuencia de lo deseado. Es ahí donde más destaca Al límite, en esa parte más intimista. Además, y a pesar de contar con Mel Gibson y un director de acción, lo cierto es que no hay grandes secuencias. Es todo muy recogido, muy concentrado, nada espectacular. Y es por eso que sorprende (y, al mismo tiempo, hipnotiza) la sobresaliente banda sonora de Howard Shore. El tipo que permitió el salto más hermoso a la Tierra Media de El Señor de los Anillos sorprende de nuevo. Si entonces, cuando era un músico más atmosférico que otra cosa, nadie le esperaba componiendo fanfarrias, ahora se convierte en el mejor embajador de la película con su trabajo, de una contundencia y ritmo que engrandece las imágenes de forma notable.

En el reparto uno encuentra más de esa corrección de la que hablaba. No hay nadie que destaque especialmente, pero todos funcionan bien. Desde el propio Mel Gibson (siempre limitado como actor pero con un carisma que llena la pantalla, por muchas veces que le hayamos visto en personajes similares; éste se parece muchísimo al de Rescate) a la joven y casi desconocida actriz serbia Bojana Novakovic (que tuvo un breve papel en Arrástrame al infierno), pasando por los siempre eficientes Ray Winstone (Beowulf o Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal) o Danny Huston (visto hace poco como el malo de Lobezno). Todos ellos forman un reparto compacto y serio, al nivel de la película, pero sin enamorar, por seguir con el ejemplo anterior, como el Russell Crowe de La sombra del poder.

Al límite es un thriller correcto y entretenido, con fallos pero rodado con oficio. Lo curioso es, precisamente, su título. El original es Edge of darkness (El filo de la oscuridad), pero en España se ha optado por otro camino que, curiosamente, lo que hace coger un título que ya se ha utilizado en dos ocasiones en este país. Al límite es un filme que rodó en 1997 Eduardo Campoy, con Lydia Bosch y Juanjo Puigcorbé. Dos años después, es el título que se utilizó para estrenar en España Bringing out the dead, un notable pero muy desconocido trabajo de Martin Scorsese. Ahora se usa para esta Edge of darkness. Basta con vender esta película como la del regreso a la actuación de Mel Gibson, pero igual un pequeño esfuerzo en la búsqueda de un mejor título (tampoco es que Al límite haga muchas alusiones a la historia) no hubiera estado de más.

jueves, febrero 11, 2010

'En tierra hostil', realismo, decepción y exageración

En tierra hostil es una película realista. Desde hace mucho tiempo, la única forma de tratar la guerra en la pantalla grande es así, con grandes dosis de realidad o de realismo, que a veces se confunden sin que se sepa encontrar diferencia entre una y otra. En tierra hostil es, desde mi punto de vista, una película decepcionante. Hay quien ha querido ver en ella un símbolo y está lejos de serlo, aunque se deje ver. En tierra hostil es una exageración. O, mejor dicho, el objeto de una exageración. Quizá Hollywood necesitaba de una película diametralmente opuesta a Avatar que le hiciera la competencia en los Oscar y por eso se ha magnificado la categoría de una película que no creo que dé para tanto. En esos tres términos están las claves de lo que es la última película de Kathryn Bigelow, una directora que no estrenaba desde 2002 (K-19) y cuya mejor película data de 1995 (Días extraños).

Quizá la clave para entender lo que significa En tierra hostil esté en una frase pronunciada por el director de Avatar y ex marido de Bigelow, James Cameron. "Creo que puede ser el Platoon de la guerra de Irak", dijo. Para asumir como cierta la frase de Cameron, primero habría que aceptar que el magnífico filme de Oliver Stone es la película más emblemática de la guerra de Vietnam, lo cual es difícil de hacer teniendo en cuenta la existencia de otros títulos como El cazador o Apocalypse now. Pero, más importante, habría que sacar de la película de Bigelow mucho más de lo que en realidad ofrece, temática y cinematográficamente. Lo temático se diluye porque lo que ofrece es una historia muy concreta de la realidad en Irak, el trabajo del grupo militar de artificieros. El resto del conflicto no aparece demasiado, perdiendo así esa capacidad icónica.

Cinematográficamente porque, mirando todos los aspectos individualmente, no hay ninguno que destaque especialmente. Ni la dirección, ni las actuaciones (bastan tres minutos de Ralph Fiennes para superar al resto de un reparto que no pasará a la historia pero, eso sí, cumple a la perfección), ni la fotografía, ni la banda sonora (casi inexistente, pero sorprendentemente nominada al Oscar), ni nada. Todo muy correcto, todo muy profesional. Pero todo algo frío. Y además la película peca de una más que curiosa falta de definición en cuanto a su mensaje. El primero que uno ve en la pantalla es que la guerra es una droga. Pero durante las dos horas siguientes el filme expresa lo contrario: la guerra es un escenario del que hay que huir como sea (los rótulos en pantalla van contando los días para que acabe la misión del grupo protagonista). Y, sin embargo, los últimos cinco minutos retoman el mensaje original, de una forma simplista y poco desarrollada.

Es realista. Eso es evidente. Si bien las películas más conocidas sobre la guerra de Vietnam también lo eran, lo cierto es que gustaban de introducir elementos cinematográficos que enriquecieran el producto final. Desde que Steven Spielberg hiciera el prodigioso prólogo de Salvar al soldado Ryan y desde que Ridley Scott rodara la Guerra (con mayúsculas) en Black Hawk derribado, acabaron con esas licencias (aunque el propio Spielberg demostró, con el resto de su película, que conjugar ambas cosas no sólo era factible sino una opción tremendamente válida). A partir de éstas, toda película bélica debía rodarse con crudeza, verosimilitud y cámara en mano. No hay opción posible. En tierra hostil lo demuestra. Una vez más. Si bien es cierto que ofrece algunas secuencias de gran tensión narrativa, también es verdad que el conjunto se resiente. Todo es muy episódico y algo deslabazado, no se vislumbra un conjunto claro y homogéneo.

Y, claro, viendo todo esto uno se pregunta si no estaremos exagerando con cierta facilidad. En tierra hostil se deja ver, pero no es una pica inolvidable en el cine bélico. Hay quien la ha intentado vender como el primer gran éxito cinematográfico basado en la guerra de Irak. Y por muchas nominaciones que tenga, hay dos datos que contradicen esta forma de vender la película. El primera, que a día de hoy, la película apenas ha cubierto costes. Su presupuesto fue de 15 millones de dólares y en Estados Unidos apenas recaudó doce y medio. A los yanquis les sigue pareciendo poco interesante una película sobre este tema. Pero es que en el resto del mundo apenas lleva recaudados cuatro millones más. El segundo dato es que la película se pudo ver por primera vez en el Festival de Venecia... ¡de 2008! Y hasta hoy no ha suscitado interés ni ha encontrado estreno en países como el nuestro. Como poco, peculiar. Y digno de estudio.

La exageración que mencionaba parece una tendencia habitual en el mundo del cine. En España hay críticos que quieren ver donde no las hay cuatro o cinco obras maestras absolutas cada año. Y en el cine americano más reciente, me he topado con un buen puñado de películas elevadas a los altares (críticos, de premios y a veces incluso de público) que no me dicen gran cosa. Me paso con los Malditos bastardos de Tarantino, con Si la cosa funciona de Woody Allen y, por supuesto, con el Avatar de Cameron. Pero al menos estos tres son directores que cuentan con un estilo y un grupo de más o menos de seguidores. Bigelow no es una realizadora a la que se pueda identificar con claridad ni que cuente con un puñado de éxitos a sus espaldas. Por eso me sorprende tanto bombo. Por eso, y por lo que he visto en la película, claro. Un correcto filme sobre la guerra de Irak, incluso necesario para conocer los entresijos de un conflicto del que creemos saberlo todo (cuando no es así), pero poco más en realidad.

viernes, febrero 05, 2010

'Tiana y el sapo', un buen Disney

Mucha gente suele renegar de los dibujos animados. Los ven como una excusa para meter a los críos en el cine pero casi nunca como una oportunidad de pasar un rato entretenido. Pixar vino a cambiar esto (todavía no he aplaudido lo suficiente la merecidísima nominación al Oscar a la mejor película para Up, a pesar del claro menoscabo del prestigio del premio que supone que haya diez finalistas), pero Disney sigue teniendo para muchos la etiqueta de "familiar" cuando no directamente de "inferior". Allá aquellos que no entiendan todavía la animación como una forma igualmente válida de hacer una buena película y no como un género en esencia menor. La reflexión quizá no encaja demasiado con Tiana y el sapo, que no deja de ser un producto bastante correcto, un buen ejemplo de cine para todos los públicos y de la tradición Disney, pero que está lejos de las joyas de esta casa. No obstante, siempre es un buen momento para recordarlo.

Quizá el gran problema al que va a tener que hacer frente Tiana y el sapo es que se va a hablar más de ella por sus aspectos extracinematográficos que por lo que de verdad ofrece en su hora y media de duración. Es lo que pasa por ser el regreso a la animación tradicional de Disney desde que decidiera poner lo que entonces parecía un punto final en 2004 con Zafarrancho en el rancho. En un cine ya absolutamente dominado por la animación en 3D, ésta película adquiere un poco más de valor, porque devuelve la animación tradiicional a la pantalla grande, abandonando por un momento su reclusión televisiva de los últimos años. Y, además, su protagonista es la primera protagonista negra en un filme Disney. John Lasseter, jefazo en su día de Pixar y hoy también de Disney se ha apresurado a decir que nada tiene que ver con la llegada de Obama, pues el proyecto lleva cuatro años gestándose.

Y otro gran problema al que tendrá que hacer frente Tiana y el sapo es la permanente comparación que sufre la animación con productos anteriores. ¿Es mejor que las de Pixar? No, la verdad es que no. ¿Es mejor que las últimas de animación tradicional? Pues depende. Por fijarnos es las películas de sus directores, Ron Clements y John Musker, es mejor que El planeta del tesoro, es peor que La Sirenita o Aladdín, y probablemente tenga el nivel de Hercules. ¿Es de lo mejor de Disney? Pues viendo la anterior respuesta es fácil deducir que no, pero esto último es un arma de doble filo y un argumento tan válido para defensores como para detractores, porque una película no tan buena de Disney suele ser bastante mejor que otras muchas muestras de animación que hemos visto en los últimos años. Hablando claro, eso quiere decir que en Tiana y el sapo hay muchas cosas que merecen ser destacadas.

Obviamente, la fundamental es la música. El alma de jazz y de blues que desprende por los cuatro costados. Ahí la referencia más clara es Hercules, una película mitológica que apostó por el gospel, otro género musical poco tradicional en la animación. Quizá el problema es que, a pesar de que dos de ellas están nominadas al Oscar, ninguna de las canciones cobra una personalidad clara, diferenciada y memorable. Predomina el ambiente, no la pieza separada. Y eso, con la clara aspiración que se intuye de ser una especie de El libro de la selva, sabe a poco si se mira cada canción de forma individual. No hay en Tiana y el sapo un Quiero ser como tú. La película, por cierto, se desarrolla en Nueva Orleans, cuna de este estilo musical además de una excusa perfecta para que la protagonista sea negra, y eso enriquece muchísimo al conjunto. Y, claro está, lo coloca en la más pura tradición del musical de Disney.

Si la música ofrece esa referencia, también es importante recordar que no hay Disney que se precie sin un buen villano. Y los villanos de Disney, por mucho que se muevan en películas aptas para todos los públicos, suelen ser muy oscuros. Facilier, el de este título, eleva un poco más el listón gracias a que se trata de un mago vudú. Muy tétrico, muy tenebroso, muy oscuro. Y brillante, porque encaja a la perfección en el estilo de la película. Facilier (a pesar de que la voz de Javier Gurruchaga en la versión doblada lleva a veces a pensar demasiado en el actor y poco en el personaje) protagoniza los mejores momentos de la película y abre las puertas a territorios difícilmente transitables (como el desenlace de uno de los personajes; decir más destripa la historia) en una película de animación que llevará a muchos niños a la sala. Pero todo con una exquisitez envidiable. Disney sigue siendo Disney y marcando diferencias de calidad notables con respecto a los demás estudios.

Teniendo en cuenta que sus directores son los responsables de Aladdin, a nadie le sorprenderá que Tiana y el sapo encuentre una de sus mejores cualidades en el constante recurso del gag. Es un musical, sí, también una moderna adaptación de un cuento clásico, pero sobre todo es una comedia. Y tremendamente divertida, habría que añadir. Disney ofrece todo lo que se espera de esta marca, a nivel técnico y a nivel temático, y nunca defrauda. Ni siquiera cuando es sabedora de que, quizá, no está en estos momentos en disposición de darnos obras maestras como La Bella y la Bestia, El Rey León o El jorobado de Notre Dame. O quizá sí. No hay que olvidar que la última edad de oro del estudio comenzó con La Sirenita, pero comenzó a esbozarse con Los rescatadores en Cangurolandia. Que Disney viva por muchos años. Y que la animación tradicional no se muera nunca.

miércoles, febrero 03, 2010

'Up in the air', ni tan independiente ni tan interesante

La peliculita de 2009 no me ha hecho gracia. Pequeña Miss Sunshine estuvo bien, Juno tuvo su gracia. Up in the air me ha dejado frío y descolocado. Diría que hasta me ha cabreado por momentos. No me ha convencido su historia difícilmente clasificable ni sus bandazos temáticos y cinematográficos. Sus actuaciones sólo en parte. Pero en conjunto no sé qué clase de película quiere ser. Parece que se ha puesto de moda esto de rodar películas como si fueran independientes (no produce Paramount Vantage, filial independiente, sino Paramount) pero con al menos una gran estrella de Hollywood. Ese es George Clooney, una estrella más que un actor, un profesional mucho más interesante cuando se vuelca en proyectos temáticamente comprometidos que cuando exprime sus gestos de comedia amable vistos hasta la saciedad. Up in the air no es tan independiente (u original) como se quiere vender y no es tan interesante como pretende ser.

Decir lo poco que me ha gustado esta película se encuentra con un escollo fundamental: no revelar su trama y sus giros argumentales. Sí se puede decir, porque eso ya se anuncia en el trailer, que su protagonista, Ryan Bingham, es un tipo al que contratan empresarios cobardes que no se atreven a despedir en persona a sus trabajadores, y para ello está constantemente viajando por Estados Unidos en avión. En estos tiempos que corren, semejante empleo ya dificulta y mucho que el espectador sienta empatía por el protagonista. Lo cierto es que el enfoque que da la película a este asunto es todavía más descorazonador y desconcertante. Bajo el envoltorio de una comedia, la única conclusión que saca Up in the air es que es mucho más humano (y por lo visto divertido) despedir a una persona cara a cara que mediante una videoconferencia. El mensaje descoloca, y mucho, para este tipo de película.

George Clooney despliega todos los gestos, ademanes y sonrisas que ya hemos visto de él en decenas de películas de corte aparentemente similar. ¿Algo nuevo en el horizonte? En absoluto. Pues nominación al Oscar al canto. Hay estrellas que tienen estrella y Clooney la tiene, no hay duda. Pero el caso es que sus dos compañeras de reparto, Vera Farmiga (me gustó bastante, y más que aquí, en Infiltrados) y Anna Kendrick (aparece en la saga Crepúsculo... lo que quiere decir que no la conocía), están bastante mejor que Clooney. Ambas también están nominadas al Oscar como secundarias. Y ambas sujetan las partes de la película que mejor funcionan (sobre todo cuando coinciden en pantalla). Y a pesar de las apariencias, quizá Kendrick tenga más peso en la película que Farmiga, a pesar del decepcionante, apresurado y frío desenlace que el guión guarda para su personaje.

Llegamos al guión. También nominado al Oscar, como su director y como la película. Y aquí, como ya se puede intuir en el anterior párrafo, es donde realmente me pierde Up in the air. El guión, adaptado de una novela de Walter Kim, no me convence en absoluto. El motivo esencial es que no sabe desplegar la información. La larguísima introducción de la película (de unos veinte minutos) es algo que cualquier director y guionista de comedia clásico habría resuelto en una sola escena de tres minutos. No hace falta más para lo que se propone y emplea demasiado metraje para tan poca información, que no es otra que presentarnos el trabajo y el modo de vida de nuestro protagonista. Eso da pie a que la película parezca (y digo parezca) una historia sobre la soledad. Tampoco eso me convence. Aquí no sólo se queda a medio camino con situaciones muy difíciles de explicar en un plano y forzado (ojo a la escena previa a la boda... totalmente inverosímil) desarrollo de personajes, sino que además las conclusiones son todavía más descorazonadora que en el temática laboral.

Quizá es eso lo que pretendía Up in the air y sencillamente a mí no me ha llegado el mensaje. O quizá sí me ha llegado y justo eso es lo que ha provocado que no me haya gustado la película. Creo que me quedo con la segunda opción. Y soy consciente de que la mayoría encontrará en este filme una simpatía, una diversión e incluso una reflexión que yo no veo. Pero si no lo veo, no puedo deciros otra cosa. Ni me he reído demasiado, ni me ha emocionado, ni me ha llegado. Qué le vamos a hacer.

viernes, enero 29, 2010

Recuperando 2009

Buena parte del poco cine de 2009 que me faltaba por ver ya está recuperado. Aquí va el balance.

· THE VISITOR
Por mucho y muy bueno que hubiera escuchado de la interpretación de Richard Jenkins, poco era lo que me esperaba en general de esta película. Y resulta que es una historia maravillosa, preciosa, entrañable y emotiva, magníficamente escrita y deliciosamente interpretada. Es una película sobre el conocimiento que tenemos de nosotros mismos. Es un filme sobre la soledad, sobre la amistad y también sobre el amor, de cómo podemos encontrarlas en las personas y en los lugares más insospechados y de lo fácil que es perderlos, por muy bien que hagamos las cosas. Cuando te das cuenta de que tus manos están moviéndose como las del protagonista cuando le enseñan a tocar el tambor, te das cuenta de lo mucho que estás disfrutando con esta película. Toda una sorpresa.

· PLANET 51
La película más cara del cine español y uno de sus productos mejor vendidos es exactamente eso: un producto. Funciona para los más pequeños y en la medida en que uno esté dispuesto a asumir que no hay nada nuevo, nada original, nada especialmente emocionante y nada que te llegue al alma. Esta historieta de ciencia ficción está más pendiente de los homenajes a títulos clásicos del género que consigan enganchar a los adultos que de desarrollar una historia propiamente dicha, que es lo que en realidad podría engancharlos de verdad. Para los niños no me cabe duda de que funciona, porque presenta todos los arquetipos posibles. Técnicamente, una gozada. Y más teniendo en cuenta su procedencia. Chapeau a su falta de complejos. Pero le falta algo de espíritu para poder ser algo más que un entretenimiento infantil pasajero. Pero eso lo es y muy dignamente, lo que también tiene su mérito.

· 2012
Roland Emmerich destrozando el mundo. Eso ya lo había hecho, pensaréis. Pues lo vuelve a hacer. Y aunque de vez en cuando no viene mal un ejercicio de sana destrucción, ésta vez hay un inconveniente más: dura 158 minutos. Más de dos horas y media. Si fuera un divertimento de hora y media, indudablemente sería mucho mejor. Cuando ves otra vez una escena con un perro salvándose por los pelos de la destrucción, concluyes que, como era de esperar, es mejor ver de nuevo Independence Day que perder el tiempo con este episodio de la destrucción planetaria. Porque la destrucción más interesante ya la hemos visto en el trailer y la película sólo añade chlicés, chistes malos, personajes y situaciones de lo más inverosímil y a veces incluso repetitivas y una supuesta diversión que está vacía de contenido y de ideas. Sorprende ver a actores de reputación por aquí, pero supongo que de algo hay que comer. Y que tiemble Obama: otra vez el planeta se hunde con un presidente negro en la Casa Blanca.

· EL IMAGINARIO DEL DOCTOR PARNASSUS
Dos eran las razones para ver esta película, un Terry Gilliam desatado en uno de sus universos de fantasía y la última actuación del fallecido Heath Ledger, después de que el mundo entero se asombrara con su Joker en El Caballero Oscuro. Y uno se queda con una sensación extraña. ¿El motivo? Que lo que mejor funciona es lo que no estaba previsto, la argucia argumental con la que Gilliam completa los pasajes que Ledger no pudo rodar por su muerte (le sustituyen, con más o menos acierto pero con bastante interés, Johnny Depp, Jude Law y Collin Farrell; el mejor, como era de esperar, el primero). La parte de fantasía funciona mucho mejor que la parte del mundo real, y esa es justo en la que apenas interviene el desaparecido actor. Eso no es culpa suya, por supuesto. Un peldaño más en el imaginario de Gilliam que sabe a poco pero que gustará a sus incondicionales. Pero se le podía haber sacado más jugo a la apuesta del Doctor Parnassus y a ese mundo dentro del espejo.

· DONDE VIVEN LOS MONSTRUOS
Spike Jonze no es precisamente un director que haga películas fáciles y Donde viven los monstruos no lo es. Una buena historia a medio camino entre el cuento infantil y un cine con moral consigue el objetivo a medias. Entretiene y puede hacer que el espectador piense (si pone bastante de su parte), pero visualmente no me acaba de llegar. Quizá Jonze usa una paleta de colores demasiado oscura para un mundo en el que el chaval protagonista tiene que ser un rey feliz. Quizá era lo que buscaba su director y es una interpretación equivocada de este espectador. Quizá hubiera funcionado mejor de otra forma. O con otro director más habituado a trabajar en mundos tan explícitamente fantasiosos (Cómo ser John Malkovich tenía elementos así, pero estaba anclada en el mundo real). Y mientras tanto la película se ha pasado. Y no se ha pasado mal, pero deja menos poso del que me hubiera gustado.

miércoles, enero 20, 2010

'Invictus' y el factor inspirador de Clint Eastwood

Durante los últimos años, Clint Eastwood se ha dedicado a encogernos el estómago. Desde Mystic River, no ha hecho más que provocarnos angustia, nos ha enseñado dolor, tragedias. Así era Million Dollar Baby. Así era su díptico sobre la Segunda Guerra Mundial, Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima, sobre todo en su sobrecogedora segunda mitad. Así era El intercambio. E, indudablemente, así era esa obra maestra llamada Gran Torino. Películas duras pero, al mismo tiempo, tremendamente humanas, historias de esas que merece la pena contar. Y ahora Clint Eastwood estrena Invictus para trasladarse al otro extremo de las emociones humanos. Aquí de lo que se trata es de ofrecer una historia inspiradora. Y la belleza con la que el viejo Clint logra ese tono está más allá de todos los elogios que yo le pueda dedicar aquí. No sólo ha trazado el mejor retrato cinematográfico de la Sudáfrica del apartheid sino que, probablemente sin quererlo, ha dirigido la mejor película deportiva en muchos años, quiza de siempre.

Cuando alguien intenta hacer una película definitiva sobre un tema, suele perderse en detalles, en explicaciones, en tramas paralelas. Y por el camino, se corre el riesgo de perder al espectador. Clint Eastwood sólo necesita un minuto, el primer minuto de Invictus, para explicarnos qué fue el apartheid. Esa visión del primer minuto, una escena tan sencilla como inigualable, es limpia y nada desgarradora, pero incita a pensar y a rebuscar en los libros de historia. Y más después de ver las poco más de dos horas de esta película, que detalle a detalle, personaje a personaje y diálogo a diálogo va creciendo en intensidad, en emoción, en trascendencia y en grandeza. Nada nuevo en el cine de Clint Eastwood, al que me sigo asomando con el miedo de que no sea capaz de alcanzar la magnificencia de sus últimos trabajos y siempre me hace salir de la sala con lágrimas en los ojos, con el alma enriquecida y con el temor a que este hombre se muera algún día y no nos dé más películas.

Sudáfrica, la integración, la reconciliación y las emociones humanas más trascendentes se extienden durante la primera hora y media de la película. El fresco de Clint Eastwood comienza con la liberación de Nelson Mandela en 1990 y llega hasta 1995. De la forma más natural posible, la evolución de Sudáfrica, la reconciliación entre blancos y negros, está ahí, en la pantalla. Primero unos por un lado y otros por el otro, caras largas. Después se van mezclando, van hablando, se van conociendo. Y ahí es el momento del deporte. Porque antes se van introduciendo pinceladas de rugby pero son, como se dice en la película, una estratagema política, un medio para que blancos y negros sean capaces de apoyar a la selección de su país, un símbolo de la minoría opresora del apartheid, en el Mundial de rugby que acogió Sudáfrica en 1995. Es política, sí. Y algo más. Porque quizá todo es política, como me gusta creer y esta película no hace sino demostrarlo.

Si Sudáfrica ocupa la primera hora y media, ¿qué queda para los 45 minutos finales? El deporte como metáfora de la vida. El factor humano y el factor inspirador de la política, del deporte, del cine y de la vida en general. No suele tener mucha suerte el deporte en el cine. Quizá porque se tiende a dar más importancia a ese deporte que a la propia historia que motiva la película, porque no se consigue transmitir la emoción que ese deporte en particular tiene para sus protagonistas. Aquí se consigue una sensación mayor. Clint Eastwood consigue mostrar lo que supone el rugby, el mundial y la selección para los que juegan, sí. Pero también lo que significa para un país, para la Historia. Creo que, hasta la fecha, sólo Hoosiers me había hecho emocionarme tanto en un partido cinematográfico.

No es fácil dilucidar si Nelson Mandela, con el rostro de Morgan Freeman, es el protagonista de esta hermosísima historia o sólo el hilo conductor. Es difícil concluir si es él quien nos está llevando a pensar, sentir y soñar con el resto de los protagonistas de la película o si son esos otros los que nos provocan esas emociones. Esa es la grandeza del guión de Invictus (probablemente también del libro de John Carlin del que tan bien me han hablado) y de la forma de rodar de Clint Eastwood. Lo fácil hubiera sido darle todo el peso de la película a ese actorazo que es Morgan Freeman. Darle la libertad para devorar todo lo que aparece en la pantalla. Y no es así. Freeman y su personaje entran en las escenas casi pidiendo permiso, enriqueciendo todo lo que se mueve a su alrededor, creando un conjunto homogéneo, un poco de esa magia que llamamos cine y que pocos dominan como Clint Eastwood. Matt Damon también encaja ahí. Y el resto de actores, anónimos para la mayoría, pero que de la mano de este portensoso director forman un reparto sólido, convincente y, sobre todo, real.

Decía que Clint lleva años encogiendo nuestros estómagos. Ahora llega un poquito más lejos. Ahora nos envalentona el alma. No sé si hará falta ser un aficionado al deporte para entender el complejo collage de sensaciones que Eastwood ofrece en el climax de la película. Probablemente baste con llevar una mirada limpia de prejuicios (decía alguien a la salida del pase que si esta película hablara de fútbol y fuera española recibiría severas críticas, y me temo que tenía razón). Quizá sólo sea necesario entender lo que para cada uno de los personajes significa todo lo que está pasando en la pantalla y que, lo creamos o no, sucedió en la vida real. De sensaciones sabemos todos, ahí no hay excusa. Quizá sea mejor ver la película sin saber qué ocurrió en ese Mundial de rugby que se celebró en Sudáfrica en 1995, porque así las emociones se multiplicarán. Pero en el fondo da igual. En el fondo lo que importa es el factor humano, título en España de la novela en que se basa la película y subtítulo aquí del film de Eastwood.

"Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma". Soy un espectador que ha salido de la sala conmovido, soy un tipo feliz de que, otro año más, Clint Eastwood nos haya regalado más de dos horas de Cine. Con mayúsculas. Qué grande.

Invictus se estrena el próximo 29 de enero.

miércoles, enero 13, 2010

Un 'Sherlock Holmes' muy entretenido y más reconocible de lo esperado

Cuando alguien se lanza a hacer una película sobre un personaje que forma parte del imaginario cultural popular, siempre hay prejuicios (y no necesariamente negativos). Cuando se adelantaron detalles de Sherlock Holmes, detalles que rompían con la imagen clásica del personaje que todo el mundo puede tener en su cabeza, hubo de todo. Desde quienes criticaron hasta la saciedad que se rompiera la esencia del personaje que se admira como el mejor detective del mundo hasta quienes lo veían como una actualización necesaria de los mitos creados por Arthur Conan Doyle. Suelo moverme en un terreno intermedio, porque entiendo que los personajes deben evolucionar y adaptarse a nuevos medios, a nuevas formas de rodar, a nuevas formas de entender su papel. Pero en el fondo soy muy clásico y me dan miedo estos cambios. Este Sherlock Holmes me daba miedo. Y el caso es que los miedos eran infundados. La película funciona a la perfección como lo que pretende ser, un entretenimiento de lujo que inicie una nueva franquicia cinematográfica.

El filme no esconde nada. Desde su primera escena ya enseña lo que es, su estilo y cómo van a ser sus personajes. Ahí empiezan las rupturas. Desde la portentosa y tremendamente apropiada banda sonora de ese genio que es Hans Zimmer (y que seguramente no hubiera pegado en ningún filme anterior de Holmes) hasta los movimientos de cámara propios de su director, pasando por la estética de Londres y de los propios personajes. Sherlock Holmes no es visualmente el Sherlock Holmes que conocíamos. Es tan buen detective como le hemos conocido siempre, sí, pero hay algo diferente. Su vestuario para empezar, claro, pero sobre todo su actitud. Uno espera a un Holmes serio. Pedante incluso, pero lejos de ser un cínico. Este Sherlock Holmes lo es. Y socarrón. Muy socarrón. Por eso Robert Downey Jr. está sencillamente perfecto.

Es admirable la capacidad que tiene este actor de asumir personajes mundialmente conocidos y hacerlos suyos como si fuera la primera vez que los vemos. Nada sorprendente ahí, no en vano hablamos de un tipo que se dio a conocer dando vida a Chaplin para Richard Attenborough. El debate puede ser tan extenso como queramos pero, en el fondo, no es un Sherlock Holmes tan diferente al más clásico. Depende de la imagen que se tenga de él, claro. Yo guardo con cariño la de la última gran aparición cinematográgica del detective, hace nada menos que 25 años en El secreto de la pirámide. Y, eliminando la historia de amor de aquella, me cuadra perfectamente que aquel adolescente se haya convertido en este adulto. Hay mucho del Holmes original en este Holmes, aunque no estemos acostumbrados a verle pelear con sus puños. Primer gran punto a favor de la película.

El segundo punto a favor de la película, un gran reparto, con dos nombres más a destacar. Jude Law está también brillante como el doctor Watson. Otro cambio radical, el aspecto del fiel acompañante. Olvidad la idea del Watson bajito y rechoncho. Aquí Watson es físicamente tan capaz como Holmes. Y me gusta. Le da otra dimensión a la relación entre los personajes, que bordan Downey Jr. y Law con diálogos ácidos, con miradas llenas de sentido, con escenas maravillosas (la del restaurante es sencillamente antológica e ilustra a la perfección quiénes son estos dos hombres). Muchos pensarán que no se puede hacer una película de Sherlock Holmes sin enfrentarle a Moriarty desde el primer al último minuto. Mark Strong (Red de mentiras) demuestra lo contrario. Impresionante como Blackwood. Impresionante de verdad, desde la primera vez que se le ve en pantalla.

La presencia de Rachel McAdams, en cambio, es uno de los puntos algo más débiles de la película. No por la actriz, que me gustó en La sombra del poder, sino porque el guión no termina de sacarle partido a su personaje. Tenía muchas posibilidades que quedan a medias, ensombrecidas por el gran potencial de la relación entre Holmes y Watson y por el poderoso influjo del villano de la función. Es el gran lunar de un guión que funciona como un reloj de precisión. No hay trampa alguna, todo está ahí. Quizá Guy Ritchie (director que nunca me ha convencido demasiado y que me ha sorprendido porque no le veía rodando un Sherlock Holmes adecuado) peca demasiado de mostrar en pantalla las deducciones detectivescas de Holmes, pero hay que entenderlo en que el filme busca ser un taquillazo apto para todos los públicos. Incluso para los que no quieren pensar demasiado.

Tercer punto a favor de la película, una cuidadísima ambientación. Desde la ya mencionada banda sonora de Zimmer hasta el escenario de la película. Es maravilloso y muy adecuado ver a Holmes desenvolverse en un Londres que está abrazando la modernidad enfrentado a un enemigo de base sobrenatural. Y cuarto punto a favor, que es la mar de entretenida. En sus escenas de acción (admirable el clasicismo que tiene el clímax final) y en sus escenas de diálogo (ácidos en muchas casos, divertidos en otros y con momentos incluso para un sentimentalismo que Holmes no tiene). Y en ese final abierto que lo que nos dice es que estamos ante un personaje inmortal que tiene la capacidad de aparecer en muchas películas y de mil maneras diferentes. Sherlock Holmes, el mejor detective del mundo, volverá. Tiene que volver porque ya se le está esperando. En su mundo y desde el patio de butacas.

domingo, enero 03, 2010

Cómo evaluar 'Avatar' intuyendo que nadie estará de acuerdo conmigo

Hay películas que intimidan a la hora de evaluarlas. En el caso de Avatar, intuyo que nadie va a estar de acuerdo conmigo. Casi nadie, por lo menos. Lo intuyo porque por la red hay un fervor apasionado por la última película de James Cameron, el autoproclamado rey del mundo hace ya más de una década. Lo intuyo porque el resultado en taquilla está siendo demoledor y ya hay quien piensa que puede lograr la inverosímil hazaña de batir el estratosférico récord de recaudación que el propio Cameron estableció con Titanic. Yo entré en la sala con muchas reticencias previas, convencido de que no iba a ver la revolución en el cine y en la forma de verlo que se estaba pregonando. Y no la vi. Avatar no es una revolución. Creo, sinceramente, que está muy lejos de serlo. Al menos no una revolución en el mundo del cine. Creo que queda muy lejos de sus objetivos como película. Como producto, es obvio que está arrasando. Por eso intimida evaluarla.

Sin ningún tipo de connotación externa, previa o posterior, Avatar es una película entretenida. Es un espectáculo incluso notable en el que casi todo funciona, que deja casi tres horas de diversión en un hermoso universo de ciencia ficción. Está bien rodada, eficazmente interpretada y técnica y visualmente es incluso sobresaliente en buena medida. Pero hay muchos peros. El esencial, que la historia es realmente torpe. Y su desarrolo en diálogos a veces vergonzoso e infantil. No hay realmente nada destacable en el interior de su hermoso envoltorio de efectos especiales. Los personajes son planos y previsibles. Todo lo que aparece en la película es para justificar algo que sucederá media hora más tarde. Cameron no construye un universo, sino un microclima en el que todo lo que se ve es material manipulado para llegar al final de la película. Nada se presenta con ingenio y sutileza, sino simplemente porque toca, porque hay que hacerlo. Y todo eso se ve, arruinando cualquier sorpresa en el desarrollo posterior de la historia.

El guión es sin duda lo peor de Avatar. Y no sólo por esa torpeza narrativa, propia de principiantes, sino porque en esta película que tenía que cambiar nuestra forma de ver sucede justo lo contrario. Ya la hemos visto. El referente que tenía en la cabeza antes de ver la película funciona a la perfección para describir la película de James Cameron. Con todos los matices que se quiera, pero es Bailando con lobos en el espacio. Personaje que llega a un mundo desconocido, a una cultura que le es ajena y que acaba siendo aceptado no sólo como uno más, sino como el ansiado líder que les rescatará de los peligros. En este caso, un marine que llega a una luna alienígena para conocer a una raza de seres humanoides de gran tamaña y aspecto primitivo. En el de la película de Kevin Costner, un soldado americano que se integra en la vida de los indios. El paralelismo es evidente.

Sé que muchos pensarán que no es ahí donde Avatar tenía que plantear una revolución, que es una película que lo que tenía que cambiar era nuestra forma de percibir el cine visualmente. Ahí hay dos cuestiones muy diferentes. Por un lado, está la técnica de 3D. Yo no había visto antes una película en ese formato, así que no puedo comparar. No sé si hay de verdad una revolución tecnológica en Avatar. Pero sí tengo que admitir que salí levemente decepcionado. Impresiona, pero no tanto. Hay planos pensados para que el efecto 3D impacte, por encima incluso del efecto que puede hacer la propia película (y eso no es bueno), se vea en el formato en el que se vea. En general tampoco llega a ese punto revolucionario que se esperaba, aunque esto a lo mejor tiene que ver con la sala en que vi la película y no con la película en sí misma. Con el efecto 3D, Avatar pierde luminosidad y es una pena teniendo en cuenta la riquísima paleta de colores que han utilizado los ilustradores para dar vida a este mundo y estos seres.

Por otro lado, están los efectos especiales. Son brillantes, sin duda. No puede ser de otra forma teniendo en cuenta el altísimo porcentaje de imagen generada por ordenador que vemos en el filme y en el dinero y el tiempo que se han invertido para lograrlos. Pero ¿no lo habíamos visto ya? ¿Hay algo verdaderamente nuevo e insuperable en Avatar? Cantidad puede, calidad no. Las escenas de batalla no superan la genialidad que puso Peter Jackson en su trilogía de El Señor de los Anillos (la batalla de los campos de Pelennor, junto a la ciudad blanca de Minas Tirith, en El retorno del Rey, es infinitamente más emocionante, complejo y soberbio que el climax de Avatar). La integración del mundo real con el virtual no supera los logros de George Lucas en Star Wars. No hay nada que provoque un estremecimiento en el espectador, no como el T-1000 de Terminator 2, no como el primer dinosaurio de Parque Jurásico, no como los movimientos de cámara de Star Wars, no como el Gollum de Las dos Torres.

Todo lo que ofrece Avatar ya lo he visto antes. Puede que no en esa cantidad. Puede que no en 3D. Pero ya lo he visto (y oído; James Horner, con algún momento de esa brillantez que siempre ha llevado dentro, vuelve a autoplagiarse con descaro en la banda sonora, sobre todo repite su Titanic). Tan poco sorprende, tan poco emociona, que en realidad la atención se va irremediablemente al 3D por encima de cualquier otra cosa. No importa que ganen los buenos (que son muy buenos) o los malos (que son muy malos; decepcionante la descripción del empresario y del militar, malos sencillos de crear y tan planos que asombran). Lo único que lleva al espectador al final de la película es un entretenimiento puro que no falla porque se basa en modelos que sabemos que funcionan, en arquetipos inocentes y poco complejos que obtienen una respuesta amable, y el deseo de encontrar algún truco digital hermoso.

Con todo esto no quiero decir que Avatar sea una mala película. No lo es. Es muy entretenida y eso seguramente basta. Tiene momentos hermosos, aunque disten mucho de ser originales o novedosos. El diseño de la película es magnífico. Los actores cumplen en su mayoría. Sam Worthington tiene todas las papeletas para convertirse en el nuevo héroe soso y rocoso del cine de acción y es una delicia volver a ver a Sigourney Weaver en un mundo de ciencia ficción (eso sí, ¿soy el único que tiene la sensación de que su modelo digital actúa a veces mejor que ella misma...?). Pero el contexto, las aspiraciones y las expectativas hacen que Avatar sea una decepción. Parece una historia de un mundo secundario de Star Wars... y Star Wars ya lo vimos hace más de 30 años. Lo curioso es que todo aquello por lo que a George Lucas se le despellejaba, sirve ahora para encumbrar a James Cameron. Avatar me gustó como esperaba porque me entretuvo. Pero no me emocionó, no me conmovió, no me hizo abrazar el final abierto con el deseo irrefrenable de ver cuanto antes las inevitables y ya anunciadas secuelas.

jueves, diciembre 31, 2009

2009: un año de cine

Ha sido este 2009 que se acaba un año curioso. Entre lo mejor que ha llegado a España está buena parte de lo que Hollywood ya juzgó el año pasado, cosas de las distribuciones tardías. La fantasía y la ciencia ficción han ofrecido mucho y bueno. Y algunos de los nombres más clásicos que han llegado este año han sido para mí decepciones, aunque para casi todo el mundo no. Un año curioso. Un año de cine. Otro más. Uno muy bueno.

· La película del año: El desafío: Frost contra Nixon
Será por el tema, a medio camino entre la política y el periodismo. Será por sus interpretaciones, sobre todo la de sus dos colosales protagonistas, Frank Langella y Michael Sheen, que viven un prodigioso duelo en pantalla. Será porque aunque está ubicada unas décadas atrás me parece una película de lo más actual. Será porque Ron Howard, a pesar de ser mortalmente aburrido cuando quiere, encierra algo de la genialidad que en los años 80 ya nos dejó ver en su fantasía. Será por los pequeños detalles, por la sutileza de un guión maravilloso. Será por la formidable manera de adaptar una obra de teatro a la gran pantalla. Será por todo eso y por mucho más, pero El desafío: Frost contra Nixon me parece la mejor película del año. Por mucho que la Academia de Hollywood no se lo quisiera reconocer.

· Lo más destacado
Empieza a parecer imposible que Clint Eastwood no se cuele todos los años en este apartado. Gran Torino es de lo mejor que ha hecho en los últimos años, y eso es mucho decir. Si encima cumple su promesa y ésta es la última vez que aparecerá delante de la pantalla, esta película sólo puede crecer con el paso de los años. Una conmovedora historia humana, magníficamente dirigida, muy bien interpretada, prodigiosamente escrita. Un puñetazo en el estómago, otro más de Eastwood, que nos explica lo cerca de nuestras casas que tenemos la tragedia, lo importante de tener objetivos claros en la vida, la soledad en la que puede vivir el hombre y la influencia que tienen los demás sobre nuestras existencias.

Las dos grandes perdedoras de los Oscar son para mí, paradojas de la vida, dos de las grandes películas del año. El emotivo relato de El curioso caso de Benjamín Button es el mejor síntoma de madurez de un director, David Fincher, que corría peligro de encasillarse en un género, el thriller que ya ha revolucionado dos veces (Seven y Zodiac), y que sale de ahí con brillantez. La duda es un prodigio de diálogos y de actores. Es una película intachable. A ver si va a ser por eso que no a todo el mundo le ha gustado tanto.

Pixar también se cuela en este apartado con facilidad. Up cuenta con los primeros quince minutos más hermosos y de categoría que ha tenido nunca una película de animación. Luego baja, pero poco. Es una aventura tan emotiva como divertida. Es magia. Revolutionary Road tiene magia, pero de otro espectro. Es dura como ella sola. Pero cómo engancha (he leído que el libro engancha aún más). Y La sombra del poder es uno de esos relatos de corte clásico, de intrigas políticas y manejos periodísticos, que tanto gusta ver en cualquier época. Ahora se hacen poco y por eso se disfrutan más. Y si el protagonista es Russell Crowe la cosa mejora una barbaridad.

· Sorpresas positivas
La fantasía y la ciencia ficción prácticamente copan las grandes sorpresas de 2009. Y dos títulos destacan por encima de los demás: District 9 y Moon. Ambas comparten un presupuesto escaso y una imaginación por encima de lo normal. Ambas trascienden la historia de ciencia ficción para contarnos una hermosa historia, de integración y discriminación en el primer caso y de exploración de la esencia del ser humano en la segunda. Ambas son imprescindibles, a pesar de que por ser lo que son no han llegado a diversos sectores de público. Yo me veo en la obligación de pedir una oportunidad para ambas. Y con la mente abierta, que es como mejor se disfruta el cine.

Dos de las superproducciones del verano tenían muchas papeletas para ser fiascos. Por un lado, G.I. Joe lo tenía todo para ser una hermana menor de la infumable Transformers. Pero resulta que, contra todo pronóstico, el infame responsable de La momia y sus secuelas monta un espectáculo muy entretenido. Y Star Trek vivió en el alambre desde que su responsable, J.J. Abrams confesó que no tenía ni idea sobre este universo y que pretendía acercarlo a Star Wars. Tiembla el fan. Y resulta que Star Trek es, para mí, la película del verano, un sincero, entretenido y maravilloso espectáculo para todos los sentidos que hace soñar con más secuelas, un digno homenaje a una saga más desconocida de lo que parece pero al mismo tiempo imprescindible.

Sorpresa, lo que se dice sorpresa, es Celda 211. Da gusto ver, por fin, un thriller fuerte, valiente, bien escrito, magníficamente interpretado y mejor rodado. Y que sea español, un cine que sigue sin atraerme en su conjunto pero que de vez en cuando deja joyas como ésta. El personaje de Luis Tosar, Malamadre, ya forma parte del imaginario colectivo del cine moderno de nuestro país. Déjame entrar es una sorpresa, para mí no tan positiva como para quienes cree que está entre las mejores películas del año, pero es sorpresa al fin y al cabo.

Infectados tiene pinta de bodrio y es interesante. No es La niebla aunque lo intenta, pero es interesante. Los mundos de Coraline se aprovecha de tener a un narrador genial y mágico como Neil Gaiman para ofrecer un cuento precioso, pero algo más adulto de lo que mucha gente cree. Señales del futuro tiene agujeros tremendos (y a Nicolas Cage), pero Alex Proyas suele ofrecer espectáculos entretenidos. Éste, aunque no lo viera casi nadie, lo es. Y en el cine más serio, sorprende El lector. Parece la clásica película densa, aburrida y pretenciosa y en realidad es una preciosa historia de amor y de dignidad humana. ¿O es de desamor e indignidad humana?

· Me gustaron... como esperaba
Es difícil que Alejandro Amenábar me decepcione. Ágora no me parece su mejor película, pero siempre le encuentro puntos de interés. Rueda demasiado bien como para no hacerlo. Sí, el guión tiene lagunas, pero llega a los clímax, los dos que tiene, con un vigor impresionante. Sí, algunos personajes llegan a ser inexplicables, pero el concepto de cine espectáculo de este director español llena bien los huecos. A mí siempre me gusta que un director español ruede películas sin ponerse límites. Sin llorar por la piratería y sin mendigar por la subvención. Y si lo hace bien, por muchos errores que tenga, mi simpatía la tiene ganada. Ágora la tiene.

El regreso de Sam Raimi al terror demoníaco fue lo que se esperaba. Y si se ve Arrástrame al infierno con esos ojos, se disfruta mucho. No es Posesión infernal, pero se disfruta. Adaptar Watchmen tenía mil y un peligros. Zack Snyder sortea algunos y cae en otros, pero hace un trabajo decente. A veces notable. Merece la pena, aún sabiendo que el montaje extendido en DVD será sin duda mejor. Valkiria no revoluciona el cine ambientado en la Segunda Guerra Mundial. Pero, y a pesar de las ganas que demasiada gente le tiene a Tom Cruise, Bryan Singer es un director apañado que hace películas sensatas, coherentes y entretenidas. Enemigos públicos no es lo mejor de Michael Mann, pero sí un notable regreso tras la aburrida Corrupción en Miami Y, sí, Avatar me gustó como esperaba. Para lo bueno y para lo malo. Los detalles, en la próxima entrada.

· Enormes decepciones
Decepciona aquello en lo que se ponen muchas expectativas, aquello que piensas que puede contener calidad suficiente como para que ofrezca una gran película. O al menos una entretenida. Mi nombre es Harvey Milk fue la mayor de todas. Una biografía de un tipo interesante, una película que ahonda en la historia más humana y política, un actor protagonista de lujo secundado por magníficos intérpretes, y un director de cierto prestigio. Carta ganadora, ¿no? No. Mi nombre es Harvey Milk es aburrida y pretenciosa. Irreal en muchas escenas. Pero Sean Penn es un monstruo, ese sí que no decepciona.

Para mí, decepción, para otros título imprescindible. Slumdog millonaire fue sin duda una decepción. Sin duda. Película simpatiquilla y poco más. Ni encuentro la genialidad, ni veo nada del otro mundo en el guión (con un final que me resulta torpe e inverosímil), ni en los actores, ni en la música, ni en la puesta en escena de Danny Boyle. ¿Soy el único que considera absolutamente incoherente con el tono y el objetivo de la película ese montaje musical bollywoodiano final? Vals con Bashir consiguió mucha fama, pero a mí me dejó algo frío. Y Cuestión de honor, sin tener una miras tan elevadas como las dos anteriores, prometía mucho más en su trailer y en sus nombres.

El cine de acción contó con dos grandes fiascos este año. Se esperaba bastante de Lobezno. Debía ser la película que relanzara la franquicia de los X-Men y en taquilla parece que lo ha conseguido. Pero el resultado fue muy pobre. ¿Se puede hacer una película de un tipo con garras de metal irrompible sin que aparezca en pantalla una sola gota de sangre? Por lo visto sí. Terminator Salvation fue otro fiasco. No es tan mala, no, pero sigue mostrando el declive de la saga... y quizá su fin. Pensaban hacer una nueva trilogía y no sé siquiera si estarán contentos con este rutinario producto de McG en el que lo mejor es lo que ya le habían dado inventado.

· Pérdidas de tiempo
Lo que para mí han sido pérdidas de tiempo, para otros son peliculones. Bienvenidos al maravilloso mundo del cine. Pero es que a mí ni Quentin Tarantino ni Woody Allen me dicen gran cosa. De Malditos bastardos sólo veo rescatable su homenaje al cine. De Si la cosa funciona alguna que otra frase ingeniosa. Pero poco más en ambos casos. Y el caso es que los fans de ambos realizadores han salido encantados de sus últimos trabajos, han visto una nueva genialidad gamberra en el caso del primero y un regreso a sus gloriosos orígenes en el caso del segundo. Me alegro por ellos y de que disfruten en el cine. Pero lo que es un servidor no guarda grato recuerdo de ninguna de las dos películas.

Tampoco me convencieron las adaptaciones de dos de los fenómenos editoriales del momento. Ni los Ángeles y demonios de Dan Brown ni el Harry Potter de turno (El misterio del príncipe) de J.K. Eowling. La primera puede que sea mejor que El código Da Vinci, pero me sigue pareciendo un relato mal hilvanado e interpretado con la pereza que da saber que la va a ver todo el mundo. El niño no tan niño mago no me ha capturado en ninguna de sus películas. Ésta la tengo entre las peores porque salí con la sensación de que nada me contaron a la espera de llegar al final (alargando un libro en dos películas).

El cómic mal adaptado clavó otra pica en Hollywood con Los sustitutos. El videojuego cutremente trasladado a la gran pantalla añadió también la suya con Street Fighter: La leyenda. Guy Ritchie no me captó para nada con la rutinaria Rock’n’rolla (ojalá mejore con su Sherlock Holmes). Lo de rodar cine con videocámara encuentra un nuevo y mal ejemplo en Paranormal activity (si por algo ha tardado dos años en llegar a España...). El cine épico se quedó frío en la Resistencia de Edward Zwick a pesar de tener algunos aciertos. En el cine infantil, Monstruos contra alienígenas se me quedó en un intento fallido de homenajear al cine de terror de los años 50. En la comedia absurda, te puedes reír un poco pero poco más con Nueva York para principiantes. Y Algo pasa en Hollywood no es la sátira que podría haber sido sobre el mundo de Hollywood, entre otras cosas porque Robert de Niro sigue languideciendo.

· La peor película del año: Transformers. La venganza de los caídos / Jennifer’s body
Este año van a ser dos. Y, curiosidades de la vida, comparten actriz protagonista. Y es que no es fácil decidirse sobre cuál de estos dos despropósitos es más despropósito. En condiciones normales me quedaría con Jennifer’s body porque es un filme que no hay por donde cogerlo. Ni teniéndole cariño a alguno de sus responsables, lo que no es mi caso. Pero como éste ha sido un fracaso en taquilla, lleva ya penitencia encima, y por eso mi mirada se va también a Transformers. La venganza de los caídos. Qué mala es. Qué subproducto multimillonario de pretendida ciencia ficción. Qué confusión tan pobre reina en cada plano, en cada frase, en cada actor. Es mala, de verdad. Y lo digo, aquí sí, sintiendo un gran cariño por la franquicia con la que crecí en los 80. Será por eso que me gustó tan poco esta adaptación.

· Ningún interés por verlas
Millenium y su secuela, estrenadas con rapidez, hechas casi en serie, no me llaman la atención. Por lo menos no hasta leer las novelas. Si es que las leo. Lo mismo me sucede con Luna Nueva. Crepúsculo, a simple vista, no es lo mío. Ni estúpidas adaptaciones de animación como Dragonball: Evolution, cuya serie matriz ni siquiera he visto. O el enésimo vehículo para las muecas de Jim Carrey, Cuento de Navidad. O la comedia con la que al parecer todo el mundo se ha reído, Resacón en Las Vegas. O ese despropósito llamado Anticristo del que tan mal me han hablado. O la secuela del Che. El argentino me aburrió y Guerrilla será indudablemente más de lo mismo.

Hay cine español destacado que tampoco está entre mis planes (aunque lo mismo caigo en alguna...). Almodóvar no es lo mío, llevo años constatándolo, y encima Los abrazos rotos cosechó disparidad de opiniones entre sus fieles. Mentiras y gordas es la típica comedia que no me atrae. Menos aún desde que su mejor baza para ser famosa fue la participación de la ministra de Cultura en su guión. REC 2... Si es que no me gustó REC, me pasé la película pensando “imbécil, tira la cámara y sal corriendo”. Y Spanish Movie... pues vete a saber. Lo mismo hasta me río. Pero la verdad es que lo dudo. Aunque hay que reconocer que en un país en el que nos molestamos por todo, tiene cierta valentía hacer una película paródica de todo.

· Lo que me queda por ver
Y sin tiempo para verlo todo, se quedan unas pocas películas de 2009 en el tintero, películas que quiero y voy a ver en algún momento pero que todavía no han tenido su oportunidad. Sobre todo se han quedado todavía en el tintero 2012, por aquello de ver a Roland Emmerich destruyendo el mundo por enésima vez (y sin demasiadas esperanzas de ver mucho más que lo que ya ofrecía el trailer) y Planet 51, que para eso es la película más cara de la Historia del cine español y una de las mejor vendidas (y, casualidades de la vida, tampoco tengo demasiadas esperanzas puestas más allá de un simple y pasajero entretenimiento).

Falta por ver The visitor y la, dicen, excepcional interpretación de Richard Jenkins. Falta El imaginario del Doctor Parnassus, por ser una película del irregular Terry Gilliam (a veces fascinante, a veces insoportable) y por ser el último trabajo del fallecido Heath Ledger, después de su brutal Joker en El Caballero Oscuro. Falta Donde viven los monstruos, la última paranoia de Spike Jonze. Falta Ninja Assassin, con pocas ganas pero porque V de Vendetta me gustó. Y falta La clase, por ver si en esa película, parece que hoy ya algo olvidada, hay tanto por rascar como decían algunos en su momentos.

martes, diciembre 22, 2009

10 PELÍCULAS... del uno al diez

Los números son parte de nuestra vida y el cine no es una excepción. Hagamos una particular cuenta del uno al diez a través de títulos de películas. Podrían haber sido otros muchos filmes, porque los números abundan en los títulos, pero estos son los escogidos.

1. Uno de los nuestros
Para muchos, una de las mejores películas de Martin Scorsese, aunque es difícil saber cuáles son las mejores en una filmografía tan impresionante, y pese a todo una de las que menos parece haber calado en la gente. Todo el mundo recuerda Taxi Driver, pero pocos tienen en la memoria escenas de Uno de los nuestros. Lo que sí es impresionante es ver cómo el trío formado por Robert De Niro (¿cuándo dejó de ser este actor inconmensurable...?), Ray Liotta y Joe Pesci componen uno de los grupos más inolvidables del cine de mafiosos. Violenta como ella sola, incluso en lo verbal (la palabra “joder” se pronuncia 296 veces en sus 146 minutos... y casi la mitad las dice el personaje de Pesci).

2. Dos hombres y un destino
Antes de El golpe, dos de las grandes estrellas del momento, Robert Redford y Paul Newman, se unieron para protagonizar un atípico western. Atípico por sus protagonistas, dos ladrones de bancos cuya historia no se refleja con absoluta fidelidad a los personajes reales, y también por su insólito, poético y hermosísimo final (absurdamente adelantado por el absurdo título en castellano de Butch Cassidy and the Sundance Kid). Maravilloso guión de William Goldman. Quien no haya visto la escena de la bicicleta bajo los acordes del Raindrops sep fallin’ on my head (canción ganadora del Oscar), tiene pendiente todo un clásico, recomendable para todo el mundo, le guste o no el western.

3. El tercer hombre
¿Qué no es inolvidable en esta película de Carol Reed? Sobresalen las actuaciones de Joseph Cotten y del gran Orson Welles, pero todos brillan de la mano del prodigioso guión de Graham Greene (mejor que la novela que escribió previamente con el libreto cinematográfico en la mente). Inolvidable la aparición de Welles en escena, saliendo de las sombras y arqueando la ceja. Pero también es inolvidable la música de cítara de Anton Karas. O el opresivo ambiente de la Viena dividida en cuarto sectores. O la escena y el diálogo en la noria. O ese inigualable plano secuencia final (que Scorsese homenajeó en Infiltrados). O el clímax en las alcantarillas. O todo. Qué obra de arte.

4. Los Cuatro Fantásticos
¿Cómo conseguir que naufrague y a la vez entretenga una adaptación de cómic? Ésta es la respuesta. Logra lo más difícil, y es conseguir que los personajes cobren vida (al menos la mayoría de ellos; el Doctor Muerte es una triste caricatura del villano original), pero después se queda a medio camino en casi todo. Le falta espectacularidad, le falta espíritu, le falta un guión a la altura (la batalla final tampoco hubiera estado mal mejorarla, pero fueron necesarios cambios de última hora porque Los Increíbles había llegado antes a los cines). Pero al final resulta que entretiene. Una de esas películas con la que no muchos cinéfilos confesarán haber disfrutado. Igual de mala y a la vez de entretenida que su secuela.

5. El quinteto de la muerte
Cuando cinco atracadores intentan dar el golpe a un banco a través de la habitación que le alquilado a una anciana viuda, todo es posible. Con Alec Guinness y Peter Sellers a la cabeza, lo único que se tiene asegurado es la carcajada. Una divertidísima comedia británica que triunfa porque mezcla humor negro, irónico, inteligente y el más puro gag. Muchos han querido ver en la película una metáfora sobre la caída del Imperio británico y, aunque nunca fue un tema presente en la escritura del guión, así lo confirmó en su momento su director, Alexander MacKendrick, que aquí alcanzó la gloria y cotas que nunca repitió. Y luego llegaron los hermanos Coen y realizaron un remake vergonzoso que el único humor que supone incorporar a la delirante y desternillante historia original fue el escatológico.

6. El sexto sentido
La película que lanzó al estrellato al director M. Night Shyamalan. Una preciosa historia de amor (sí, de amor) y suspense, condicionada por una sorpresa final que a estas alturas todo el mundo conocerá y que en su momento fue todo un bombazo. Y por eso mismo, es el momento de reivindicar nuevamente este drama sobrenatural, porque aún conociendo el desenlace es casi seguro el disfrute con este filme. Popularizó para siempre la frase de “en ocasiones veo muertos”. Bruce Willis convence (a pesar del tupé de esa escena) y el chaval Haley Joel Osment nos demuestra que el talento no tiene edad (¿o lo que tiene en algunos casos es fecha de caducidad?). Un pequeño clásico.

7. Seven
Qué difícil es revolucionar un género, pero justo eso es lo que hizo David Fincher con Seven. El thriller policiaco se estaba convirtiendo en algo rutinario y anodino hasta que apareció este John Doe que asesina basándose en los siete pecados capitales. Brillantes Kevin Spacey y Morgan Freeman (como si alguno de los dos pudiera estar mal...). Brad Pitt casi estropea la película, sobre todo en la tensa, enigmática y llena de suspense escena final. Fincher crea una atmósfera oscura y lluviosa ya imitada hasta la saciedad, rueda un guión espeluznante y preciso, sorprendente desde el primer hasta el último minuto. ¿Ya han pasado quince años desde que se estrenó...?

8. Alien. El octavo pasajero
Un escenario cerrado, siete seres humanos... y el octavo pasajero. En realidad tendría que ser el décimo, si contamos al gato y al ordenador de la nave, la mítica e inolvidable Nostromo. ¿Qué se puede decir que no se haya dicho ya de este clásico inmortal? Quizá que es la mejor película de Ridley Scott, con permiso de Blade Runner. Quizá que es más una historia de terror que de ciencia ficción, a pesar del envoltorio. Quizá que cuenta con el extraterrestre más intrigante y original que jamás se haya visto en una pantalla de cine (¿visto? Sólo al final...). Quizá que, puede que sin saberlo, creó a la heroína moderna de ficción en la piel de Sigourney Weaver. Quizá que quien no la haya visto todavía tiene ante sí un tesoro que me encantaría volver a descubrir por primera vez.

9. Nueve semanas y media
Todo un mito erótico del cine de los años 80. Cuando Kim Basinger se mostró al mundo, físico por delante, y cuando Mickey Rourke era una estrella, por mucho que eso pueda sorprender hoy en día (menos desde su regreso a la primera línea, aunque a mí El luchador me impresionara más bien poco). Lo que sí sorprende es que esta película del montón cobrara una fama inusitada en su momento y permitiera a Adrian Lyne hacer una y otra vez películas con el morbo como único argumento. Vale que la escena del striptease de Kim Basinger y la música de Joe Cocker se convirtieron en auténticos iconos eróticos, pero de ahí a pensar que ésta es una buena película, va un trecho. Un trecho inmenso. Pero es de esas que hay que ver, aunque sólo sea para criticarla. O compartirla.

10. Los diez mandamientos
Hubo un tiempo en el que el espectáculo en el cine tenía sólo un nombre: Cecil B. De Mille. ¿Película grandiosa y épica? Tenía que ser suya. Y así sólo él podía rodar la más ambiciosa versión de la historia de Moisés, después de haberla filmado él mismo, con menos medios y menos espectacularidad, más de tres décadas antes. Los diez mandamientos lo tiene absolutamente todo en sus casi cuatro horas de duración. Sobre todo un reparto brutal encabezado por Charlton Heston y Yul Brynner. Y unos efectos especiales que en su día eran el no va más. Hoy todo se haría por ordenador. Entonces requirió la mayor superproducción de la época. Cine con todo el sabor del Hollywood más clásico. Cine del que ya no se hace ni se hará nunca más, porque el ordenador ya lo hace todo.