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miércoles, diciembre 17, 2014

'El hobbit. La batalla de los cinco ejércitos', lo mejor y lo peor de Jackson

Las comparaciones resultaban imposibles desde el principio, pero qué diferentes son las sensaciones que dejó El Señor de los Anillos, una trilogía monumental y todo un momento cumbre de la historia del cine, y las que deja ahora El hobbit, un proyecto mal planteado desde el principio y cuyo último capítulo, La batalla de los cinco ejércitos, revela lo mejor y lo peor de este nuevo intento de Peter Jackson de adentrarse en el mundo de J. R. R. Tolkien. Lo mejor es la capacidad de recrear todo un mundo de la nada y de fascinar con el resultado. Lo peor, sus problemas para entender la narrativa cinematográfica. La mezcla acaba resultando en un producto mucho más olvidable de lo que su descomunal tamaño puede hacer pensar. El hobbit está a años luz de El Señor de los Anillos, y eso es algo que probablemente tendrían que reconocer hasta los más acérrimos defensores de esta nueva trilogía y que, ya sin ningún género de dudas, nunca debió llegar hasta las tres películas viendo el escasísimo desarrollo narrativo que ha quedado para este clímax final.

La batalla de los cinco ejércitos termina de consumar varios de los errores que había cometido Peter Jackson en las dos entregas precedentes, Un viaje inesperado y La desolación de Smaug. El más llamativo es el de estirar El hobbit hasta las tres películas, algo que redunda en la repetición y en un metraje claramente descompensado, entre las películas de la saga y también en este tercer filme por si solo, sabiendo ya de sobra que no hay identidad posible para cada una de las partes. En El hobbit sobran escenas y personajes y Peter Jackson parece haberse dado cuenta al final, porque ha firmado la más corta de sus películas basadas en el mundo de Tolkien, con la certeza además de que su arranque, de largo la mejor, la más brillante y la más espectacular escena de este cuento artificialmente alargado hasta los 474 minutos en sus versiones comerciales, tenía que haber sido el clímax de La desolación de Smaug. Eso, con todo, no es el gran problema de El hobbit en general o de La batalla de los cinco ejércitos en particular. El problema es que lo que sorprendía, emocionaba y fascinaba en El Señor de los Anillos aquí prácticamente no existe.

Jackson no se ha superado, eso es evidente, pero tampoco ha conseguido cubrir el expediente. ¿Entretiene? Sí, claro que sí. Era prácticamente imposible que no lo hiciera. ¿Tiene momentos brillantes? Desde luego, Jackson tiene esa capacidad. Y La batalla de los cinco ejércitos es, de largo, la mejor de las tres películas de El hobbit. Pero da tanta rabia saber que el propio Jackson podría haber hecho algo tan maravilloso como El Señor de los Anillos que viendo el resultado final ahora despunta el deseo de saber qué habría hecho Guillermo del Toro de haber seguido en el proyecto, incluso sin abrazarlo con un fervor especial en su momento. Este cierre es, en todo caso, peculiar. La épica que exige el clímax de El hobbit está presente en la película, pero va derivando a una suerte de duelos personales que no siempre terminan de hacer justicia a lo que se podría haber conseguido y que olvidan el gran escenario. Por supuesto, nada esconde el brutal trabajo visual que hay en el filme. Es cierto que hay un exceso de efectos visuales imposibles, pero el diseño de este universo a todos sus nieles, el sensacional casting y la descomunal batalla planteada merecen elogios.

Este tercer filme cumple con lo esperado, sobresale por encima de los anteriores, es una correcta unión con la trilogía anterior y prácticamente obliga a salir del cine con un gesto de satisfacción por la forma en la que acaba. Aún así, resulta curioso ver que Jackson se haya ido librando estos años de las furibundas críticas que George Lucas sí recibió con el regreso a su propia trilogía, la de Star Wars, cuando los errores del responsable de El Señor de los Anillos han sido como poco parecidos. La batalla de los cinco ejércitos comete excesos visuales extraños dentro de esa intención de unirse al espíritu de El Señor de los Anillos, prescinde de personajes en algunas escenas de una forma asombrosa (¿de verdad van a quedar cosas trascendentes para la versión extendida?) y maneja francamente mal los tiempos de la historia, los internos y los cinematográficos. Es decir, falla en todo lo que hizo de El Señor de los Anillos la maravilla que es. Este Jackson sólo sabe magnificarlo todo a todos los niveles. Y El hobbit no necesitaba eso. Qué lástima.

lunes, diciembre 16, 2013

'El hobbit. La desolación de Smaug', ¿puede ser una película tan buena y cabrear tanto al mismo tiempo?

La pregunta que deja en el aire la segunda entrega de El hobbit, La desolación de Smaug es clara. ¿Puede ser una película tan buena en algunas cosas y cabrear tanto al mismo tiempo incluso por más motivos? Peter Jackson ha dado con la fórmula ideal para que reine la sensación de que ha superado ampliamente la floja primera entrega de esta nueva trilogía y de que ha superado barreras que nadie va a superar en mucho tiempo, pero, de la misma manera, deje la sensación de que hace tiempo que dejó de entender lo que supone hacer cine. Es, no podía ser de otra manera, un mastodóntico ejercicio de fantasía y aventura, con escenas más y menos logradas. Pero también es un problema como película, porque destruye por completo la importancia del clímax para supeditarlo al formato que le exige la absurda decisión de rodar tres películas de este libro de Tolkien para vender más entradas y blu-rays de versiones cinematográficas y extendidas. Cabrea eso, la megalomanía que le lleva a estirar sin medida sus películas de la Tierra Media. Mucho. Y así, cabreado pero aún con la boca abierta, es como se sale del cine.

Ya desde su concepción, era palpable el error de hacer tres películas de un libro que ni se acerca a la extensión de uno solo de los volúmenes de El Señor de los Anillos. Los 169 minutos de Un viaje inesperado lo mostraron. Los 161 de La desolación de Smaug lo evidencian con mucha más claridad. Y si ya es grave en bastantes momentos de la película, lo verdaderamente desolador de esta segunda entrega es la constatación de que Perter Jackson no ha entendido el sentido de un clímax cinematográfico, entregándose a una maquinaria comercial con muchas más ganas que al puro cine que respiraba en el crescendo brutal y maravillosamente estructurado de El Señor de los Anillos. El ritmo depende aquí, simplemente, de la concatenación de escenas de espectáculo, algunas directamente extraídas de un videojuego (la de los toneles, con unos exageradísimos efectos visuales que están lejos de ser tan precisos como los de la trilogía original por mucho ordenador que gasten) y otras forzadas por el deseo de crear inexplicables escenas nuevas ausentes del libro (se lleva la palma el forzadísimo protagonismo, sí, protagonismo, de Legolas).

A Peter Jackson se le ha ido claramente la mano. Ha privado a sus películas de elipsis y ha decidido que la única forma de hacer escenas de acción, al menos así lo muestra durante buena parte del metraje de esta segunda entrega, es sobrecargar los planos y mover la cámara más que nunca, intentando no cortar el plano (en la senda marcada por Los Vengadores, pero descontroladamente). Pero, aún más, ha llevado su peligrosa costumbre de añadir y añadir escenas a un punto de no retorno en el que incluso altera algunos de los logros de El Señor de los Anillos. Del mismo modo, el preciso uso de cada personaje en la trilogía original salta aquí por los aires de la forma más sorprendente, dejando el cartel de la película como una trampa más, una en la que el conocedor de la novela, en todo caso, no caerá. Lo que tenía de grandioso El Señor de los Anillos era que formaba un conjunto espectacular pero, al mismo tiempo, cada película tenía una personalidad propia (algo que, por ejemplo, también se veía en la música de Howard Shore, aquí mejor que en la primera de El hobbit). Pero aquí, más que película, tenemos un producto por piezas.

¿Y qué es lo bueno? La hora final. Es ahí donde la emoción que reinaba en toda la trilogía de El Señor de los Anillos encuentran el eco que cabía esperar, incluso en escenas que no tienen ningún sentido en la adaptación (Tauriel, la elfa que interpreta grácilmante Evangeline Lilly domina esa faceta). Es ahí donde Martin Freeman vuelve a mostrar que es un Bilbo espléndido, por mucho que el título de El hobbit no haga justicia al poco tiempo que pasa en la pantalla, y encabezando un buen reparto en el que siempre destaca Ian McKellen. Y es ahí donde sale Smaug, el dragón. Hay que decir con rotunda claridad que jamás se ha visto un dragón que desprenda tanto poder y maldad en una pantalla de cine. Es el mejor de la historia y es lo que obliga, una vez más, a insistir en la importancia de ver el cine en versión original, porque le pone voz un Benedict Cumberbacht colosal. Smaug es un prodigio, como en su día lo fue Gollum en Las dos torres y justifica por sí solo el pago de la entrada. Ahí Peter Jackson demuestra que saber hacer grandes películas. Pero cabrea y mucho. Más aún con la forma en que acaba la película. Y ahora otro año de espera.

viernes, diciembre 14, 2012

'El hobbit. Un viaje inesperado', Peter Jackson revive el síndrome de 'King Kong'

Cuando Peter Jackson hizo su versión de King Kong, salí del cine pensando que era una película extraordinaria... pero que tenía el problema de que alguien la había hecho antes que él. Con la primera entrega de El hobbit, Un viaje inesperado, me viene a pasar lo mismo. Es una película visualmente poderosa, con un clímax de un ritmo trepidante, con numerosos hallazgos de todo tipo... pero que no puede generar el mismo efecto que ya generó en el año 2001 la primera entrega de El Señor de los Anillos, La comunidad del Anillo, aunque es lo que intenta y se le nota a la legua. Jackson ha querido pisar terreno firme y no ha dudado en repetir esquemas de aquella, situaciones, e incluso escenas casi completas. ¿Es buena película la primera entrega de El hobbit? Sí, yo diría que sí sin ninguna duda, porque deja ganas de volver a explorarla para encontrarle detalles nuevos y volver a disfrutar con sus mejores momentos. Pero también deja una sensación tibia porque confirma algunos temores. Y es que el arranque de El hobbit evidencia que hacer tres películas es un arranque de megalomanía que, como decía al principio, tampoco es extraño en Peter Jackson.

Lo que más miedo me había dado de El hobbit desde que se confirmó que sería Peter Jackson y no Guillermo del Toro quien la dirigiera (lo cual, confieso, fue para mí un gran alivio), es la extensión de la historia. Se habló de dos películas y al final serán tres porque Jackson decía que no quería desperdiciar tan buen material. Vista la primera, y tal y como temía, lo entiendo como un exceso. Estoy plenamente convencido de que los fans de Tolkien no lo verán igual, porque disfrutarán con cada momento, con cada lugar, con cada secuencia. Pero cinematográficamente Un viaje inesperado tiene un arranque muy, muy lento, ahondando en los problemas que ya tenía la primera hora de La comunidad del Anillo. ¿Necesario? Para una adaptación cinematográfica seguramente no. Pero Peter Jackson quiere hasta el más mínimo detalle, y seguro que en la futura edición extendida en Blu-Ray estos momentos serán incluso más largos. Y serán bonitos, como lo son los que aparecen en la película que llega a los cines, no seré yo quien diga lo contrario. Pero como parte de una estructura, que encima es incompleta por ser la primera de tres partes, flojean.

La extensión tanto de la película como de la trilogía es lo más censurable del trabajo de Peter Jackson. Casi lo único, si exceptuamos un cierto aspecto digital por exceso que se atisban en algunos planos y que no se veían así en El Señor de los Anillos. Porque el tipo rueda endiabladamente bien. Y eso se ve, ya sin ningún género de dudas, cuando la película alcanza velocidad de crucero. Su hora final es portentosa, quizá demasiado parecida en demasiados aspectos a La comunidad del Anillo (desde la huida por Moria reflejada en la de las cuevas, y la personificación de un malo con un papel concreto, allí para enfrentarse a Boromir y Aragorn y aquí para dar un sentido más dramático a la historia de Thorin). Curiosamente, como aquella, arranca de verdad cuando se deja atrás Rivendel. Pero el conjunto no impacta tanto como lo habría hecho en otras circunstancias, porque ya hemos visto la magnificencia narrativa de su director en la Tierra Media. Peter Jackson y la trilogía de El Señor de los Anillos se convierten en el peor enemigo del propio Peter Jackson y su incursión en El hobbit. No porque no sean complementarias, sino porque Jackson quiere jugar demasiado sobre seguro, y eso se nota hasta en la música de Howard Shore.

Pero, claro, luego te das cuenta de que efectivamente estás en la Tierra Media y como aficionado, más que como cinéfilo, disfrutas. Ves Rivendel y, si te olvidas de que ya lo viste hace once años, el asombro está garantizado. Ves el portentoso flashback de Thorin, y estás viendo algo grande. Ves la Montaña Silenciosa de los enanos y te quedas con la boca abierta. Ves las batallas y sabes que no hay gente que las ruede con tanta espectacularidad y con tan impresionante conjunción de imágenes reales y digitales. Y sobre todo ves a Gollum y el juego cambia por completo. Porque Gollum, esa impresionante creación a medio camino entre la interpretación humana de Andy Serkis y la genialidad en el terreno de los efectos especiales de Weta, es de largo lo mejor de la película. La escena de los acertijos, que no me duele reconocer que era una de las que más dudas me planteaban (porque temía que Jackson no sabría cogerle la medida de tiempo), es fascinante desde el primero hasta el último plano. El diálogo es brutal, el desarrollo de los personajes inmenso y las interpretaciones quitan el alienta. Ahí también la de un buen Martin Freeman recogiendo el testigo de Ian Holm como Frodo.

En realidad, como ya sucedía en El Señor de los Anillos, los actores forman parte de lo mejor del resultado final porque dan vida a un personaje de papel de forma admirable. No hay ninguno que desentone. Por supuesto es una gozada ver a Ian McKellen representar de nuevo, y con la misma maestría, a Gandalf, como también es una delicia (aunque en algunos casos entra también en la categoría de lo prescindible cinematográficamente) la recuperación de algunos personajes de la trilogía original. Y de las nuevas incorporaciones, me quedo sin duda con Richard Armitage. Su retrato de Thorin, el líder de la compañía de enanos, me parece imponente en todo momento, insuflando una vida al relato que seguramente no era tan potente en las palabras de J. R. R. Tolkien. Lo curioso de la extensa duración de la película es que no se le va a Jackson en la presencia específica de los trece enanos. Suya en la presentación del filme, pero en términos generales. Es evidente que al director y coguionista no le interesaba que le quitaran protagonismo a Bilbo y Gandalf.

Lo cierto es que El hobbit. Un viaje inesperado es una película difícil de valorar. Por supuesto, es un deleite para la vista y es un gran disfrute emocional para todos aquellos que han hecho de La comunidad del anillo, Las dos torres y El retorno del Rey una parte importante de sus recuerdos cinematogáficos, literarios e incluso vitales. Pero aquí, incluso contando con más medios, con más confianza y con más conocimiento sobre cómo abordar este mundo mitológico, Peter Jackson no logra el impacto que tuvo la trilogía de El Señor de los Anillos. Seguramente era imposible. Seguramente le juzgo con cierta severidad. Pero, habiéndome maravillado como lo hizo con aquellas tres películas (y la primera la acogí con muchísima cautela y el miedo de que fuera un fiasco sin precedentes), que en muchos aspectos nadie ha sido capaz de superar aunque haya pasado ya una larga década, tenía la impresión de que Peter Jackson podría haber hecho algo más. Es verdad también que Un viaje inesperado tendrá un juicio más adecuado cuando veamos La desolación de Smaug y Partida y regreso. Pero hoy tengo sensaciones contradictorias. Salí del cine con el subidón de la hora final, pero convencido de que es un error hacer una trilogía. Dentro de un año, ya con dragón de por medio, sabremos más.

Nota: la película tenía otro aliciente, y era verla en su versión a 48 fotogramas por segundo. Por desgracia, en el pase de prensa no nos han ofrecido esa versión del filme, con lo que habrá que esperar a verla en ese formato para juzgarla como es debido. El 3D, como tantas otras veces, no me parece necesario ni un valor añadido para la película.

viernes, febrero 26, 2010

'The lovely bones': muy bonita, algo irregular

Peter Jackson se ha enfrentado siempre a un curioso análisis por parte de la crítica. Ésta alabó que un director de productos de terror de serie B y casquería varia se lanzara a dirigir una película seria, Criaturas celestiales. Aquellos que le alabaron entonces, lamentaron su salto al cine espectáculo de gran presupuesto con la trilogía de El Señor de los Anillos, aunque el resto del mundo disfrutó con las aventuras en la Tierra Media. Cuando hizo su King Kong, muchos críticos vieron la decadencia de un hombre entregado a los efectos especiales que debía volver al cine más serio. Y cuando lo hace con The lovely bones surgen dos tendencias: la de quienes infravaloran todo el cine de Peter Jackson y la de quienes creen que sólo sabe rodar superespectáculos, a pesar de haberlos criticado en su día. "No la han entendido", lamentaba Peter Jackson tras las feroces críticas que ha cosechado su último trabajo. Y no le falta razón, no. No han debido de entenderla, porque es una buena película, muy bonita, aunque algo irregular.

No se desvela prácticamente nada de la trama si se cuenta que la protagonista de The lovely bones es una joven de 14 años que ha sido asesinada. Es siempre atrayente que el narrador de la historia sea un personaje muerto, es algo que funciona muy bien en películas de diferente tono (cabe recordar, por ejemplo, American Beauty, un título muy distinto a éste en todo). Con ese punto de partida, lo que ofrece la película de Peter Jackson es un doble enfoque. Por un lado, el tránsito de la tierra al cielo de la joven muchacha y, por otro, lo que sucede en esta tierra que ha abandonado con su familia y su asesino. Ese doble enfoque es, cinematográficamente, lo mejor de la película. Son poderosos, a veces audaces (casi onírico cuando mezcla por primera vez el espacio entre dos mundos y la vida real), siempre efectivos, los montajes paralelos que plantea el director.

También es notable la ambientación. Con una imaginación desbordante, es obvio que la balanza visual entre la sociedad de los años 70 y esa especie de limbo se decanta por el segundo espacio, cargado de bellísimas imágenes y de referencias a diversas mitologías (qué pena me da leer a algunos críticos que se han despachado a gusto buscando referencias incluso a los Teletubbies, cuando uno, quizá más inocente, llegó a ver alguna a El Principito), muy por encima del intento de Más allá de los sueños de plasmar el infierno (con la clara influencia de La divina comedia de Dante) y con un claro (y no intencionado, por desconcimiento) paralelismo con la española Camino, aunque sin su simbología cristiana. Pero antes incluso de conocer ese mundo, Jackson ofrece una de las más bellas escenas de muerte sin que se llegue a ver muerte alguna. Una niña corriendo, alguien que ve más allá de la realidad, un entorno familiar, mucha niebla y una soledad apabullante. Es turbadora y apela directamente a los sentidos. Es brillante y es, probablemente, lo mejor de la película.

En la realidad es, en cambio, donde se aprecian los puntos débiles del filme, más allá de un final ligeramente decepcionante y que no está a la gran altura de todo lo anterior. Hay algunas lagunas narrativas, que hacen algo inverosímil la ejecución del crimen y que no se descubra a su autor o siquiera se dude de él, salvo por parte de un personaje (que no procede desvelar, aunque saberlo tampoco rompe el visionado de la película), hasta casi el tramo final. Quizá también podría discutirse el alivio cómico que Peter Jackson encuentra mediada la película gracias al personaje de Susan Sarandon (algo desaprovechada pero tan elegante y eficaz como siempre). Ahí da la sensación de que el tono dramático se le puede ir de las manos al director, pero nada más lejos de la realidad. Hay quien no ha entendido ni la luminosidad del mundo imaginario ni la parte más fantástica del desenlace. Quizá es que no corren buenos tiempos para las películas bonitas. Como ésta.

Sarandon es el nombre de más nivel de un reparto más que eficaz. Se ha destacado a Stanley Tucci (que tiene la unica nominación al Oscar para la película, al mejor actor secundario), pero radica el mismo problema de siempre, el que puso de manifiesto hace poco la alabadísima y para mí sobrevaloradísima actuación de Javier Bardem en No es país para viejos. ¿Es meritorio dar vida a un asesino con gestos y ademanes de psicópata asesino? Quizá no, y, de hecho, lo mejor del trabajo de Tucci está cuando trata de ser una persona normal, un vecino más de la familia de la víctima. Mark Wahlberg, tras esa excepción que supuso Infiltrados, vuelve a un registro más plano y Rachel Weisz cumple pero sigue sin llegar a emocionarme, como casi siempre. La joven Saoirse Ronan (vista en Expiación) está francamente bien, creíble en todas las facetas de la película, las más divertidas y las más trágicas.

La realidad le da un toque de irregularidad a esta hermosa fantasía de Peter Jackson. Pero no le resta mérito en absoluto al conjunto, una muy buena película, emocionante a ratos, tensa en otros y llena de matices y detalles a ver (incluyendo el cameo del propio Jackson y la inevitable referencia a Tolkien en una de las primeras escenas, en el centro comercial). Muy recomendable aunque, probablemente y sin ánimo de inducir a que nadie piense que se trata de una película pedante o inaccesible, Peter Jackson tenga razón y mucha gente no la comprenda.

miércoles, septiembre 10, 2008

Recuerdos de la Tierra Media (y 3)

Esta vez sí. Esta vez sí vi el pase de prensa. Esta vez sí pude deleitarme antes que los demás. Esta vez sí pude descubrir las maravillas de la Tierra Media antes que el resto. Y por eso fue tan especial el escalofrío que recorrió mi espalda cuando vi a miles de jinetes de Rohan cargar contra un ejército aún más numeroso de orcos, en los campos de Pelennor, a las puertas de Minas Tirith. En ese momento sabía que estaba viendo una escena única, porque nadie la había realizado antes con tanta maestría. Inimitable, porque después nadie la ha podido siquiera igualar, demostrando que es falso que una escena así sólo depende del dinero que gastes en efectos visuales. Inolvidable, y para esto no hay más motivos que los que dicta el corazón. Una de esas escenas que se te meten en la cabeza para nunca más salir.

Un espléndido discurso del Rey Theoden y me vi gritando "¡Muerte!" con él y con los Rohirrim. Una música inolvidable de Howard Shore, que empieza con los suaves toques celtas que ya había escuchado en Las dos torres y que termina como una fanfarria hermosa e inspiradora. Magia, pura magia. Alrededor, Peter Jackson monta un glorioso espectáculo de dos horas y media, pero lo demás ya no importaba tanto. La magia ya me había alcanzado para siempre con esos escasos minutos. Sobre decir que la carga de los jinetes de Rohan es, para mí, la mejor escena de toda la trilogía de El Señor de los Anillos. Es emotiva. Es espectacular. Es hermosa. Es una lección de dirección y montaje. Es puro cine.

Y, lo que es mejor, es puro cine dentro de una película maravillosa. No hizo falta mucho para darme cuenta de que mi percepción al salir de Las dos torres era un error. No iba a ser esa la película que todos íbamos a recordar de esta saga, no. Tenía que ser El retorno del Rey.Si había motivos para adorar la primera parte, motivos que se vieron superados en la segunda, la tercera película los había de multiplicar. Cada escena, cada instante, cada diálogo, cada imagen, es digna de recordar por algo. La Academia lo entendió y recompensó la película con 11 Oscar, tantos como Ben-Hur y Titanic. Hubo quien no entendió la parte final, esa que muchos vieron innecesariamente alargada (se me ocurren hasta cinco puntos donde podría haber acabado y, de hecho, recuerdo que en uno de ellos hubo mucha gente que se levantó en el cine), pero mirad bien la película. Nada podía darse por acabado sin que Sam lo dijera.

Hasta llegar ahí, El retorno del Rey ofrece un recital de cine espectáculo moderno, capaz de llegar a todas las audiencias. Habrá quien se deleite con el mejor efecto digital jamás creado (Ella-Laraña). Habrá quien capté la poesía de la magia blanca de Gandalf para salvar a los jinetes de Gondor que comanda Faramir del ataque de los Nazgul en sus criaturas aladas. Habrá quien llore con la historia de amor a medio camino entre la maldición y la salvación entre Aragorn y Arwen. Habrá quien entienda la hermosura que esconde la prodigiosa secuencia en la que Faramir intenta recuperar Osgiliath para su padre (con un espectacular preludio en el que el hijo del senescal le pide que, si regresa, piense mejor de él, y éste le responde con un demoledor "eso dependerá de la forma en la que regreses"). Hay quien se deleitará con la belleza visual y musical del encendido de las almenaras. Hay escenas para todos los gustos.

No, no me olvido de la esencia de la historia, del Anillo único. Gollum sigue siendo tan impresionante como en la segunda película de la saga (todavía se me ponen los pelos de punta cuando se le oye cantar fuera de cámara con Frodo perdido en las cuevas de Ella-Laraña), aunque ya no tenga el protagonismo inusitado que le dio en la anterior película su escena de conversación consigo mismo; Sam cobra mucha más fuerza (no en vano se ve obligado a cargar con el anillo durante una parte de la historia) y Frodo llega al final de su duro camino. Y todavía me sigue sorprendiendo que haya tanta gente que prefiera quedarse con unos supuestos elementos homosexuales en la relación entre los dos hobbits, en lugar de entender lo que están viendo: una hermosa historia de amistad incondicional.

A pesar de todo el cariño que profeso a El retorno del Rey, y que se acrecienta a cada visionado de la película que hago, reconozco que todavía no he sido capaz de perdonar a Peter Jackson por eliminar tres escenas de la película, tres escenas que después se vieron en la edición extendida en DVD y que considero imprescindibles: la presencia de Saruman al principio (dicen que no le sentó nada bien a Christopher Lee), el enfrentamiento entre Saruman y el Rey Brujo (que incluso nos había adelantado en uno de los trailers de la película) y la aparición de la Boca de Sauron en las Puertas Negras de Mordor, antes de la batalla final. La revelación que hace a los héroes de esta historia, cambia por completo el espíritu con el que Aragorn (ahora sí y para sempre el Aragorn soñado) se lanza contra los orcos de Sauron y se pierde una belleza épica indescriptible.

Hubo otro momento que me generó muchísimas dudas al ver la película, que es el combate final del Rey Brujo frente a Eowyn (un magnífico personaje que se ganó mis simpatías por encima del otro gran nombre femenino de la historia, el de Arwen). La leyenda dice que ningún hombre puede matarle y Eowyn se alza poderosa gritando "¡Yo no soy ningún hombre. Soy una mujer!". Y ahí pensé que era la típica y molesta concesión feminista que a Hollywood tanto le encanta. Pero no. Tolkien ya lo escribió así en su día, cerrando una más de las hermosas leyendas que creó y que tanto han alimentado la imaginación durante tantas décadas y generaciones. Pero todo lo demás no genera dudas. Genera, en cambio, ilusión, diversión, entusiasmo y deleite.

Y a pesar de lo que le pueda reprochar a Peter Jackson, a pesar del recuerdo en la memoria de las dudas que me generaba su elección (sí, Tu madre se ha comido a mi perro), al final no pude más que levantarme y aplaudir por la magna obra que realizó. Y por darme la posibilidad de verla junto a la persona que conozco que más cariño le tiene a esta Tierra Media que tantos recuerdos deja.

lunes, septiembre 01, 2008

Recuerdos de la Tierra Media (2)

Convencido de sobra por la excelencia de La comunidad del Anillo, el momento de sentarse a ver Las dos torres es de mucha mayor tranquilidad. Había confianza en lo que iba a ver y certeza de que el espectáculo no me iba a defraudar. Pero cuando salí del cine, lo hice gratamente sorprendido. Lo primero que me vino a la cabeza fue la seguridad de que Las dos torres estaba llamada a ser para esta trilogía lo que en su día fue El Imperio contraataca para Star Wars: la mejor película de la saga, la que todos recordaríamos años después, la que se quedaría en la memoria colectiva. Por Gollum. Por Rohan. Por los Ents. Por la batalla del Abismo de Helm. Por prácticamente todo lo que me apabulló durante dos horas y media en la pantalla.

Una de las cosas que no me conenció de La comunidad del Anillo fue Viggo Mortensen. Pero aquí la cosa cambió a partir de una escena. Aragorn cree que los hobbits Pippin y Merry han muerto, golpea con el pie un casco de orco y lanza un grito desgarrador. Ahí vi por primera a Aragorn. Al de verdad. Al que esperaba. Y ya no se fue. Cuando en los documentales de los DVD explicaron cómo se rodó ese escena, no me podía creer el motivo que provocó que esa escena se quedara con tanta fuerza en mi memoria. La que se vio en la película fue la tercera toma. Las dos primeras no fueron muy buenas. La tercera, en cambio, fue perfecta. ¿Por qué? Al pegar el puntapié, Mortensen se rompió un dedo del pie. Su grito de dolor fue auténtico. Esa es la magia del cine.

Solventado ese problema arrastrado del original, Las dos torres comenzó a abrumar con todas sus novedades. Y una destaca por encima de todas: Gollum. El personaje se convierte en un clásico casi desde que aparece por primera vez en la pantalla reclamando su tesoro, pero sobre todo desde esa prodigiosa conversación que mantienen Gollum y Smeagol (sí, ambos son el mismo personaje), en un perfecto plano-contraplano, mientras Sam y Frodo duermen, ajenos a la esquizofrenia que aqueja a la criatura que debe llevarles hasta Mordor. Sobrecogedor. Un trabajo sublime tanto de efectos visuales como del actor Andy Serkis, que prestó su movimiento y la voz a la criatura. Peter Jackson impulsó con todas sus fuerzas una nominación al Oscar al mejor secundario para Serkis, pero la Academia no permite tal distinción si el actor no aparece físicamente en pantalla. De todos modos, su expresividad supera a la de la mayoría de actores vivos.

Mi adoración por Gondor encontró reflejo en Faramir. Mi amigo apasionado de El Señor de los Anillos (que también me dijo que Sam era para él el verdadero protagonista; sensación que Jackson sólo logra a medias) me lo advirtió: "Si te gustó Boromir, Faramir te va a encantar". Hubo que esperar a la edición extendida en DVD y al estreno de El retorno del Rey para que el otro hijo del senescal de Gondor causara la misma impresión en mí, pero lo cierto es que la causó (volveré sobre esto al hablar del cierre de la saga...). Pero, claro, en esa pasión por Gondor se coló Rohan. Y el rey Theoden, y Eomer, y Eowin... y el Abismo de Helm. La mayor secuencia de batalla rodada hasta ese momento en un universo fantástico no sólo no defraudó sin que encandiló a la mayoría.

Y digo a la mayoría porque recuerdo el día que fui a ver la película, el día del estreno. Una de las personas que vino con nosotros a verla, comenzó a revolverse en el asiento minutos antes de que empezara la secuencia. Estaba cuatro butacas a su derecha y noté los furiosos rebotes contra el asiento. No podía entender el porqué, pero la revisión de la obra de Tolkien me dio la respuesta: los elfos no debían participar en esa batalla. A los puristas no les gustaría, pero yo disfruté de su presencia como un enano. Encajaba con el espíritu de la película y era un signo más de que Peter Jackson quiso hacer lo que tenía que hacer, es decir, una adaptación de la novela, y no una traslación del texto a la pantalla.

Es lo mismo que hizo con la exclusión de Tom Bombadil. O convirtiendo el Abismo de Helm, un sólo capítulo en el libro, es una espectacular secuencia de 40 minutos. O con un precioso final con Frodo y un Nazgul que tampoco aparecía en la novela. Quizá la libertad que se tomó Jackson que menos interés tiene es la presunción de que Aragorn muere tras el ataque de los wargos. El espectador sabe que no ha muerto, así que no hay suspense. Pero alarga la secuencia. Quizá fue para dar aún más realce a la cultura del caballo con la presencia de Brego (bien pensado, la música que acompaña la llegada de Aragorn al Abismo es de lo mejor de la película), pero eso quedaba compensado con creces con todo lo visto de Rohan y, sobre todo, con la presencia de Sombragris, el viejo amigo de Gandalf. También puede ser excesiva la presencia de Arwen, que no aparecía en la novela (aunque sí en los apéndices, que es lo que se refleja en la película), pero, claro, es el reflejo de los tiempos: tiene que haber una heroína en el reparto.

Si la música de Howard Shore para La comunidad del Anillo me fascinó, su trabajo para Las dos torres me conmovió aún más (los tonos gaélicos para Rohan, la tenebrosa música para Gollum...). Si el comienzo de la primera película me impresionó, el de la segunda me pareció sencillamente brillante (no sólo recuperaba una de las mejores imágenes del primer acto, Gandalf enfrentándose al Balrog, sino que encima nos preparaba para el regreso del mago). Si los personajes un año antes me parecieron bien definidos, cada escena de la nueva entrega los hacía más grandes. Si Legolas me había fascinado con su portentosa agilidad para disparar media docena de flechas seguidas contra orcos, su anonadante forma de subirse al caballo o de descender sobre un escudo desde el puesto alto del Abismo de Helm me quitaron el aliento. Todo parecía tener una velocidad más que en la película anterior.

Y no sólo la acción. Theoden, con su monólogo anterior a la batalla del Abismo, lograba una profundidad y una épica que tantas y tantas películas del género no han sabido captar, la misma que tenía la espectacularidad del ataque de los Ents a Isengar ante la atónita mirada de un como siempre magnífico Christopher Lee o la poética sencillez de la bandera de Rohan arrastrada por el viento cuando Aragorn entra en Edoras. Una épica similar a la que encumbró para siempre El Imperio contraataca. Las dos torres estaba llamada a ser LA Película de esta trilogía. Pero no fue así. Lo mejor estaba por llegar...

lunes, agosto 25, 2008

Recuerdos de la Tierra Media (1)

Todavía recuerdo lo que pensé la primera vez que oí que Peter Jackson iba a rodar al mismo tiempo tres carísimas películas de El Señor de los Anillos, que iba a estrenar en tres Navidades consecutivas: "No puede ser. ¿Cómo va a dirigir El Señor de los Anillos un tipo que ha dirigido una película que se llama Tu madre se ha comido a mi perro (subtítulo español de Braindead, una paranoia gore de los años de juventud de Peter Jackson)?". Sí, yo era uno de los escépticos, de los que veía como una tarea casi imposible que se rodara una trilogía centrada en la Tierra Media con una calidad suficiente y, desde luego, de los que pensaba que Peter Jackson no era en absoluto el director más adecuado para semejante tarea. Fue ver la película y cambié radicalmente de opinión, pero antes de eso pasaron muchas cosas.

Ocho meses antes del estreno (que, recordaréis, llegó en las Navidades de 2001), se produjo un primer pase de apenas 20 minutos de película. Era la parte correspondiente a las minas de Moria, justo hasta la aparición del Balrog, criatura que no llegaba a verse en ese metraje. Se llevó ese avance a varios festivales y se realizaron incluso pases para la prensa, anunciados con regalos para la prensa (cohechos, que llamamos cariñosamente en la profesión, entrer los que estaba un anillo con la inscripción en lengua oscura). "Malo", pensé. Si tienen que hacer tanta propaganda con tanta antelación, cabe la posibilidad de que la película no haya satisfecho a sus productores y estén apostando por el marketing masivo para paliar la falta de calidad.

Un amigo mío, apasionado de la Tierra Media, fue a ese pase. Y volvió emocionado. ¿Pasión de fanático o análisis certero? Normalmente me fío de él, pero aquello de Tu madre se ha comido a mi perro seguía sobrevelando mis pensamientos. Y eso que me había gustado la anterior película de Jackson, Agárrame a esos fantasmas (delirante e inverosímil título el español para The frighteners), pero no apuntaba ese director maneras para tres colosales superproducciones como éstas. Ese mismo amigo, entonces compañero, fue al pase de prensa de la película (a pesar de que los privilegios cinéfilos me los solía apuntar yo en mi sección, ¿cómo le iba a privar yo de ese gustazo...?; me conformé con verla el día del estreno) cuando apenas quedaban unos días para que todo el mundo pudiera verla. Volvió aún más entusiasmado. No hacía más que hablar de la Comarca, del Balrog, de Sam y de los Nazgul.

Pero yo mantenía mi escepticismo. Tu madre se ha comido a mi perro... Hasta que comenzó la película. Siete minutos de prológo acabaron con todas las dudas. Con todas. Quedaban dos horas y media de película y ya sabía que me iban a entusiasmar. Peter Jackson construyó un prológo ejemplar, iniciado con el misterio de unos susurros en élfico y finalizado con la primera aparición en la sombra de Gollum. La historia de los anillos de poder concetrada para informar a los profanos y para deleite de los iniciados. Épico, mágico y con un gusto increíble. La imagen de Sauron combatiendo con sus propias manos al ejército formado por la alianza de hombres y elfos se me quedó grabada para siempre en la retina. Y muchas otras que quedaban por venir en las siguientes horas de película.

El primer acto me pareció largo pero inevitable. Era algo que ya tenía hablado con mi amigo. ¿Cómo se iba a privar al aficionado de El Señor de los Anillos de un buen vistazo a la Comarca, a Hobbiton, a Bolsón Cerrado? Para mí, una escena larga pero que, como friki que soy para otras cosas, contó con mi comprensión hacia Jackson. Tenía que rodarlo, tenía que enseñarlo. Y sin omitir detalles. Además, en este tramo había que felicitarle por la exclusión de uno de los personajes de la novela, Tom Bombadil. Hubo polémica entre la comunidad de fans, pero, una vez vista la trilogía, creo que casi todo el mundo coincidió en que Tom Bombadil sobraba en esta adaptación. De hecho, nadie se volvió a acordar de este tema una vez que se estrenó la película.

Poco a poco se iban viendo los personajes. Era verlos y quererlos. Se hace difícil pensar en mayores aciertos de casting que los que presenta esta película. Elijah Wood ES Frodo. Ian McKellen ES Gandalf. Christopher Lee ES Saruman. Y así casi todos. Pero para mí, en aquel momento hubo una pequeña excepción: Viggo Mortensen. Me pesaba el soso recuerdo que tenía de él en Un crimen perfecto y me pasé toda la película pensando el gran Aragorn que podría haber compuesto Sean Bean, el actor que bordó el personaje de Boromir (confieso que es Boromir, el hijo del senescal de Gondor, mi favorito de la compañía del Anillo).

Con el final de la Comarca, comenzó lo más memorable de esta primera película. Aparecían los nueve jinetes negros, los antiguos reyes de los hombres corrompidos por el poder de los anillos. Los Nazgul. Ahí me capturó para siempre la película. La sencillez de una capucha negra crubiendo la espectral armadura era más que suficiente. El sonido que provocaba terror y magia. La conversión del anillo en un personaje más. Pero en ese momento ya había otro aspecto que contribuyó para siempre a que esta película se quedara en mi corazón: la música. Cuando me enteré de que el autor de la banda sonora iba a ser Howard Shore, temblé. Su fuerte era la música atmosférica, la de películas de David Cronenberg o David Fincher. ¿Era el adecuado para el sonido épico, melódico y fanfárrico de El Señor de los Anillos? Yo pensé que no. Qué equivocado estaba. Qué obra de arte esta música ya inolvidable.

Todo lo que se iba descubriendo se hacía familiar al momento. Desde la torre de Isengard en la que Saruman entabla su alianza con Sauron hasta las hermosísimas minas de Moria. Y allí, cuando vemos por fin al majestuoso Balrog, uno se da cuenta de que la historia tiene mucho más que unos efectos especiales logradísimos (chapeau para Weta, la compañía neozelandesa que, contra pronóstico, asumió casi por completo la creación de la Tierra Media) y unas cuantas imágenes espectaculares. Estaba siendo un peliculón. Lothlorien rebajó un poco mi ánimo. Ahí se notaba que faltaban cosas (y las vimos cuando se estrenó la edición extendida en DVD). Y llegamos al final, al magnífico final, en el que Boromir se convierte en leyenda y con el que lloré al ver partido en dos el cuerno de Gondor (de ese detalle me avisó mi amigo, es difícil de ver en la pantalla). Pienso que yo, en otra vida, en este universo, debía tener en Gondor mi hogar.

Y así, con las emociones a flor de piel, Peter Jackson puso final a La comunidad del Anillo, recordando aquellos viejos seriales que te dejaban en una situación tremendamente abierta y que te hacían desear que llegara cuanto antes la continuación. Pero aquí quedaba un largo año para eso. Un larguísimo año para repasar en la cabeza toda la información que dejaba una película asombrosa, un trabajo artesano y artístico, un sueño hecho realidad, mucho más que un simple relato de fantasía y una pica en la historia del cine (y no sólo del fantástico). Por cercanía de fechas de estreno, hubo quien quiso contraponer a los fans de El Señor de los Anillos con los de Star Wars. ¡Menuda estupidez! Yo, desde aquel momento, me sumaba a las dos, como en los 80 me sumé tanto a Star Wars como a Star Trek. Y echaba cuentas para ver la siguiente película de la saga.

Mi recuerdo de El Señor de los Anillos no provenía en aquel momento de las novelas de Tolkien, leídas muchos años atrás y releídas después de ver la trilogía cinematográfica, sino de la versión de dibujos animados que hizo Ralph Bakshi a finales de los años 70, una versión que acaba a la mitad del segundo libro. Por eso, nada del argumento de La comunidad del Anillo me sorprendió. ¡Cómo envidiaba a quienes estaban descubriendo en ese momento la historia que ideó Tolkien y cómo anhelaba el momento en el que se acabaran mis recuerdos para poder sorprenderme yo también con lo que Jackson plasmó en la pantalla! Pero esto tuvo que esperar un año más, hasta el estreno de Las dos torres...