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miércoles, diciembre 17, 2014

'El hobbit. La batalla de los cinco ejércitos', lo mejor y lo peor de Jackson

Las comparaciones resultaban imposibles desde el principio, pero qué diferentes son las sensaciones que dejó El Señor de los Anillos, una trilogía monumental y todo un momento cumbre de la historia del cine, y las que deja ahora El hobbit, un proyecto mal planteado desde el principio y cuyo último capítulo, La batalla de los cinco ejércitos, revela lo mejor y lo peor de este nuevo intento de Peter Jackson de adentrarse en el mundo de J. R. R. Tolkien. Lo mejor es la capacidad de recrear todo un mundo de la nada y de fascinar con el resultado. Lo peor, sus problemas para entender la narrativa cinematográfica. La mezcla acaba resultando en un producto mucho más olvidable de lo que su descomunal tamaño puede hacer pensar. El hobbit está a años luz de El Señor de los Anillos, y eso es algo que probablemente tendrían que reconocer hasta los más acérrimos defensores de esta nueva trilogía y que, ya sin ningún género de dudas, nunca debió llegar hasta las tres películas viendo el escasísimo desarrollo narrativo que ha quedado para este clímax final.

La batalla de los cinco ejércitos termina de consumar varios de los errores que había cometido Peter Jackson en las dos entregas precedentes, Un viaje inesperado y La desolación de Smaug. El más llamativo es el de estirar El hobbit hasta las tres películas, algo que redunda en la repetición y en un metraje claramente descompensado, entre las películas de la saga y también en este tercer filme por si solo, sabiendo ya de sobra que no hay identidad posible para cada una de las partes. En El hobbit sobran escenas y personajes y Peter Jackson parece haberse dado cuenta al final, porque ha firmado la más corta de sus películas basadas en el mundo de Tolkien, con la certeza además de que su arranque, de largo la mejor, la más brillante y la más espectacular escena de este cuento artificialmente alargado hasta los 474 minutos en sus versiones comerciales, tenía que haber sido el clímax de La desolación de Smaug. Eso, con todo, no es el gran problema de El hobbit en general o de La batalla de los cinco ejércitos en particular. El problema es que lo que sorprendía, emocionaba y fascinaba en El Señor de los Anillos aquí prácticamente no existe.

Jackson no se ha superado, eso es evidente, pero tampoco ha conseguido cubrir el expediente. ¿Entretiene? Sí, claro que sí. Era prácticamente imposible que no lo hiciera. ¿Tiene momentos brillantes? Desde luego, Jackson tiene esa capacidad. Y La batalla de los cinco ejércitos es, de largo, la mejor de las tres películas de El hobbit. Pero da tanta rabia saber que el propio Jackson podría haber hecho algo tan maravilloso como El Señor de los Anillos que viendo el resultado final ahora despunta el deseo de saber qué habría hecho Guillermo del Toro de haber seguido en el proyecto, incluso sin abrazarlo con un fervor especial en su momento. Este cierre es, en todo caso, peculiar. La épica que exige el clímax de El hobbit está presente en la película, pero va derivando a una suerte de duelos personales que no siempre terminan de hacer justicia a lo que se podría haber conseguido y que olvidan el gran escenario. Por supuesto, nada esconde el brutal trabajo visual que hay en el filme. Es cierto que hay un exceso de efectos visuales imposibles, pero el diseño de este universo a todos sus nieles, el sensacional casting y la descomunal batalla planteada merecen elogios.

Este tercer filme cumple con lo esperado, sobresale por encima de los anteriores, es una correcta unión con la trilogía anterior y prácticamente obliga a salir del cine con un gesto de satisfacción por la forma en la que acaba. Aún así, resulta curioso ver que Jackson se haya ido librando estos años de las furibundas críticas que George Lucas sí recibió con el regreso a su propia trilogía, la de Star Wars, cuando los errores del responsable de El Señor de los Anillos han sido como poco parecidos. La batalla de los cinco ejércitos comete excesos visuales extraños dentro de esa intención de unirse al espíritu de El Señor de los Anillos, prescinde de personajes en algunas escenas de una forma asombrosa (¿de verdad van a quedar cosas trascendentes para la versión extendida?) y maneja francamente mal los tiempos de la historia, los internos y los cinematográficos. Es decir, falla en todo lo que hizo de El Señor de los Anillos la maravilla que es. Este Jackson sólo sabe magnificarlo todo a todos los niveles. Y El hobbit no necesitaba eso. Qué lástima.

lunes, diciembre 16, 2013

'El hobbit. La desolación de Smaug', ¿puede ser una película tan buena y cabrear tanto al mismo tiempo?

La pregunta que deja en el aire la segunda entrega de El hobbit, La desolación de Smaug es clara. ¿Puede ser una película tan buena en algunas cosas y cabrear tanto al mismo tiempo incluso por más motivos? Peter Jackson ha dado con la fórmula ideal para que reine la sensación de que ha superado ampliamente la floja primera entrega de esta nueva trilogía y de que ha superado barreras que nadie va a superar en mucho tiempo, pero, de la misma manera, deje la sensación de que hace tiempo que dejó de entender lo que supone hacer cine. Es, no podía ser de otra manera, un mastodóntico ejercicio de fantasía y aventura, con escenas más y menos logradas. Pero también es un problema como película, porque destruye por completo la importancia del clímax para supeditarlo al formato que le exige la absurda decisión de rodar tres películas de este libro de Tolkien para vender más entradas y blu-rays de versiones cinematográficas y extendidas. Cabrea eso, la megalomanía que le lleva a estirar sin medida sus películas de la Tierra Media. Mucho. Y así, cabreado pero aún con la boca abierta, es como se sale del cine.

Ya desde su concepción, era palpable el error de hacer tres películas de un libro que ni se acerca a la extensión de uno solo de los volúmenes de El Señor de los Anillos. Los 169 minutos de Un viaje inesperado lo mostraron. Los 161 de La desolación de Smaug lo evidencian con mucha más claridad. Y si ya es grave en bastantes momentos de la película, lo verdaderamente desolador de esta segunda entrega es la constatación de que Perter Jackson no ha entendido el sentido de un clímax cinematográfico, entregándose a una maquinaria comercial con muchas más ganas que al puro cine que respiraba en el crescendo brutal y maravillosamente estructurado de El Señor de los Anillos. El ritmo depende aquí, simplemente, de la concatenación de escenas de espectáculo, algunas directamente extraídas de un videojuego (la de los toneles, con unos exageradísimos efectos visuales que están lejos de ser tan precisos como los de la trilogía original por mucho ordenador que gasten) y otras forzadas por el deseo de crear inexplicables escenas nuevas ausentes del libro (se lleva la palma el forzadísimo protagonismo, sí, protagonismo, de Legolas).

A Peter Jackson se le ha ido claramente la mano. Ha privado a sus películas de elipsis y ha decidido que la única forma de hacer escenas de acción, al menos así lo muestra durante buena parte del metraje de esta segunda entrega, es sobrecargar los planos y mover la cámara más que nunca, intentando no cortar el plano (en la senda marcada por Los Vengadores, pero descontroladamente). Pero, aún más, ha llevado su peligrosa costumbre de añadir y añadir escenas a un punto de no retorno en el que incluso altera algunos de los logros de El Señor de los Anillos. Del mismo modo, el preciso uso de cada personaje en la trilogía original salta aquí por los aires de la forma más sorprendente, dejando el cartel de la película como una trampa más, una en la que el conocedor de la novela, en todo caso, no caerá. Lo que tenía de grandioso El Señor de los Anillos era que formaba un conjunto espectacular pero, al mismo tiempo, cada película tenía una personalidad propia (algo que, por ejemplo, también se veía en la música de Howard Shore, aquí mejor que en la primera de El hobbit). Pero aquí, más que película, tenemos un producto por piezas.

¿Y qué es lo bueno? La hora final. Es ahí donde la emoción que reinaba en toda la trilogía de El Señor de los Anillos encuentran el eco que cabía esperar, incluso en escenas que no tienen ningún sentido en la adaptación (Tauriel, la elfa que interpreta grácilmante Evangeline Lilly domina esa faceta). Es ahí donde Martin Freeman vuelve a mostrar que es un Bilbo espléndido, por mucho que el título de El hobbit no haga justicia al poco tiempo que pasa en la pantalla, y encabezando un buen reparto en el que siempre destaca Ian McKellen. Y es ahí donde sale Smaug, el dragón. Hay que decir con rotunda claridad que jamás se ha visto un dragón que desprenda tanto poder y maldad en una pantalla de cine. Es el mejor de la historia y es lo que obliga, una vez más, a insistir en la importancia de ver el cine en versión original, porque le pone voz un Benedict Cumberbacht colosal. Smaug es un prodigio, como en su día lo fue Gollum en Las dos torres y justifica por sí solo el pago de la entrada. Ahí Peter Jackson demuestra que saber hacer grandes películas. Pero cabrea y mucho. Más aún con la forma en que acaba la película. Y ahora otro año de espera.

viernes, diciembre 14, 2012

'El hobbit. Un viaje inesperado', Peter Jackson revive el síndrome de 'King Kong'

Cuando Peter Jackson hizo su versión de King Kong, salí del cine pensando que era una película extraordinaria... pero que tenía el problema de que alguien la había hecho antes que él. Con la primera entrega de El hobbit, Un viaje inesperado, me viene a pasar lo mismo. Es una película visualmente poderosa, con un clímax de un ritmo trepidante, con numerosos hallazgos de todo tipo... pero que no puede generar el mismo efecto que ya generó en el año 2001 la primera entrega de El Señor de los Anillos, La comunidad del Anillo, aunque es lo que intenta y se le nota a la legua. Jackson ha querido pisar terreno firme y no ha dudado en repetir esquemas de aquella, situaciones, e incluso escenas casi completas. ¿Es buena película la primera entrega de El hobbit? Sí, yo diría que sí sin ninguna duda, porque deja ganas de volver a explorarla para encontrarle detalles nuevos y volver a disfrutar con sus mejores momentos. Pero también deja una sensación tibia porque confirma algunos temores. Y es que el arranque de El hobbit evidencia que hacer tres películas es un arranque de megalomanía que, como decía al principio, tampoco es extraño en Peter Jackson.

Lo que más miedo me había dado de El hobbit desde que se confirmó que sería Peter Jackson y no Guillermo del Toro quien la dirigiera (lo cual, confieso, fue para mí un gran alivio), es la extensión de la historia. Se habló de dos películas y al final serán tres porque Jackson decía que no quería desperdiciar tan buen material. Vista la primera, y tal y como temía, lo entiendo como un exceso. Estoy plenamente convencido de que los fans de Tolkien no lo verán igual, porque disfrutarán con cada momento, con cada lugar, con cada secuencia. Pero cinematográficamente Un viaje inesperado tiene un arranque muy, muy lento, ahondando en los problemas que ya tenía la primera hora de La comunidad del Anillo. ¿Necesario? Para una adaptación cinematográfica seguramente no. Pero Peter Jackson quiere hasta el más mínimo detalle, y seguro que en la futura edición extendida en Blu-Ray estos momentos serán incluso más largos. Y serán bonitos, como lo son los que aparecen en la película que llega a los cines, no seré yo quien diga lo contrario. Pero como parte de una estructura, que encima es incompleta por ser la primera de tres partes, flojean.

La extensión tanto de la película como de la trilogía es lo más censurable del trabajo de Peter Jackson. Casi lo único, si exceptuamos un cierto aspecto digital por exceso que se atisban en algunos planos y que no se veían así en El Señor de los Anillos. Porque el tipo rueda endiabladamente bien. Y eso se ve, ya sin ningún género de dudas, cuando la película alcanza velocidad de crucero. Su hora final es portentosa, quizá demasiado parecida en demasiados aspectos a La comunidad del Anillo (desde la huida por Moria reflejada en la de las cuevas, y la personificación de un malo con un papel concreto, allí para enfrentarse a Boromir y Aragorn y aquí para dar un sentido más dramático a la historia de Thorin). Curiosamente, como aquella, arranca de verdad cuando se deja atrás Rivendel. Pero el conjunto no impacta tanto como lo habría hecho en otras circunstancias, porque ya hemos visto la magnificencia narrativa de su director en la Tierra Media. Peter Jackson y la trilogía de El Señor de los Anillos se convierten en el peor enemigo del propio Peter Jackson y su incursión en El hobbit. No porque no sean complementarias, sino porque Jackson quiere jugar demasiado sobre seguro, y eso se nota hasta en la música de Howard Shore.

Pero, claro, luego te das cuenta de que efectivamente estás en la Tierra Media y como aficionado, más que como cinéfilo, disfrutas. Ves Rivendel y, si te olvidas de que ya lo viste hace once años, el asombro está garantizado. Ves el portentoso flashback de Thorin, y estás viendo algo grande. Ves la Montaña Silenciosa de los enanos y te quedas con la boca abierta. Ves las batallas y sabes que no hay gente que las ruede con tanta espectacularidad y con tan impresionante conjunción de imágenes reales y digitales. Y sobre todo ves a Gollum y el juego cambia por completo. Porque Gollum, esa impresionante creación a medio camino entre la interpretación humana de Andy Serkis y la genialidad en el terreno de los efectos especiales de Weta, es de largo lo mejor de la película. La escena de los acertijos, que no me duele reconocer que era una de las que más dudas me planteaban (porque temía que Jackson no sabría cogerle la medida de tiempo), es fascinante desde el primero hasta el último plano. El diálogo es brutal, el desarrollo de los personajes inmenso y las interpretaciones quitan el alienta. Ahí también la de un buen Martin Freeman recogiendo el testigo de Ian Holm como Frodo.

En realidad, como ya sucedía en El Señor de los Anillos, los actores forman parte de lo mejor del resultado final porque dan vida a un personaje de papel de forma admirable. No hay ninguno que desentone. Por supuesto es una gozada ver a Ian McKellen representar de nuevo, y con la misma maestría, a Gandalf, como también es una delicia (aunque en algunos casos entra también en la categoría de lo prescindible cinematográficamente) la recuperación de algunos personajes de la trilogía original. Y de las nuevas incorporaciones, me quedo sin duda con Richard Armitage. Su retrato de Thorin, el líder de la compañía de enanos, me parece imponente en todo momento, insuflando una vida al relato que seguramente no era tan potente en las palabras de J. R. R. Tolkien. Lo curioso de la extensa duración de la película es que no se le va a Jackson en la presencia específica de los trece enanos. Suya en la presentación del filme, pero en términos generales. Es evidente que al director y coguionista no le interesaba que le quitaran protagonismo a Bilbo y Gandalf.

Lo cierto es que El hobbit. Un viaje inesperado es una película difícil de valorar. Por supuesto, es un deleite para la vista y es un gran disfrute emocional para todos aquellos que han hecho de La comunidad del anillo, Las dos torres y El retorno del Rey una parte importante de sus recuerdos cinematogáficos, literarios e incluso vitales. Pero aquí, incluso contando con más medios, con más confianza y con más conocimiento sobre cómo abordar este mundo mitológico, Peter Jackson no logra el impacto que tuvo la trilogía de El Señor de los Anillos. Seguramente era imposible. Seguramente le juzgo con cierta severidad. Pero, habiéndome maravillado como lo hizo con aquellas tres películas (y la primera la acogí con muchísima cautela y el miedo de que fuera un fiasco sin precedentes), que en muchos aspectos nadie ha sido capaz de superar aunque haya pasado ya una larga década, tenía la impresión de que Peter Jackson podría haber hecho algo más. Es verdad también que Un viaje inesperado tendrá un juicio más adecuado cuando veamos La desolación de Smaug y Partida y regreso. Pero hoy tengo sensaciones contradictorias. Salí del cine con el subidón de la hora final, pero convencido de que es un error hacer una trilogía. Dentro de un año, ya con dragón de por medio, sabremos más.

Nota: la película tenía otro aliciente, y era verla en su versión a 48 fotogramas por segundo. Por desgracia, en el pase de prensa no nos han ofrecido esa versión del filme, con lo que habrá que esperar a verla en ese formato para juzgarla como es debido. El 3D, como tantas otras veces, no me parece necesario ni un valor añadido para la película.