
Todo en Machete suena a decandente. No en el sentido que podría haber dado más juego artístico, sino en el de la sensación de estar viendo un producto caducado, viejo, ajado y baldío, pasajero como él solo y olvidable en el más benevolento de los juicios que me atrevo a hacerle. Violento como sólo Robert Rodríguez puede ofrecerlo (en realidad no, forma parte de una escuela muy extendida en el moderno cine norteamericano de acción), pero decadente, muy decandente. Lo asombroso es que se sigan buscando excusas argumentales (en este caso, la inmigración ilegal desde México a Estados Unidos) para completar productos idénticos, clónicos y repetitivos. Porque Machete no es otra cosa que gente matando y gente muriendo, por motivos que no importan lo más mínimo (no ya al espectador, que también, sino al propio director o eso parece), con sangre y miembros volando de un sitio a otro.
Para narrar esta sucesión de asesinatos (puede que la única forma entretenida que hubiera tenido de ver esta película fuera contarlos, pero no lo hice), Rodríguez encuentra un reparto también decadente. Danny Trejo, protagonista de la función, hace de sí mismo pero más serio y pétreo. Es un tipo querido por los fans de este tipo de cine, y en realidad es lo más decente de la película. Luego da miedo ver a Robert De Niro arrastrándose una vez más por la pantalla. Hollywood no está siendo consecuente ni responsable con su genialidad, como tampoco lo está siendo él mismo. Por eso hace más de una década que no se ve al gran De Niro en el cine. Sólo se ve a alguien que toma prestados su cara y su voz. O eso prefiero pensar. Steven Seagal no es que se arrastre. Es que es Steven Seagal, pero con unos años y kilos más que los que acostumbraba a tener en las películas que le lanzaron a la fama. Decadante, sí.
Decadente es también que Robert Rodríguez se repita/imite/homenajee, porque llega un momento en que ya no importa si estás viendo Desperado, El mariachi, Sin City, Planet Terror o The faculty. Con las mismas explosiones, asesinatos, irreverencias y desmanes, lo único que cambia son algunas caras. Y cuerpos, porque cuando se trata de sumar actrices a estos proyectos eso es lo único que parece contar. Veinteañeras que hacen carrera en Hollywood sólo por la belleza hay muchas y siempre las habrá. Jessica Alba proclamó hace años que jamás se desnudaría en una película. Lo hace aquí, de la forma más absurda, en una escena intrascendente. Y decadante, como la carrera de esta actriz. Lindsay Lohan también aparece sin ropa ante la cámara, y de forma más explícita. No hará falta que insista en el adjetivo para que quede claro lo que opino de ella, pero igual la presencia de ambas sin ropa es motivo para que alguien vea la película. Michelle Rodríguez no llega a tanto, pero casi. Da lo mismo.
El caso es que hay seguidores para esta película, para este tipo de cine, para estos actores e incluso para este director. Yo, desde luego, no soy uno de ellos.

Sorprende de partida el planteamiento de la película, que va en contra de la esencia del personaje que se vio en los buenos títulos (tanto el original como su infravalorada secuela) como en los malos (las dos entregas de ese horrible cruce con los aliens). Tenemos una raza de criaturas que caza por disfrute, pero que lo que busca son presas en sus propios ambientes. Esa es la gracia. Pero aquí no. Aquí tenemos una especie de reserva para que estos depredadores den rienda suelta a su afición. El sentido del honor que caracteriza a estos seres no está aquí por ningún lado. Tampoco hay interés por ver quién gana el combate (y más cuando llega la delirante escena en la que un yakuza japonés se dedica a pelear, espada samurai en mano, con uno de los depredadores). Todo se mueve entre el absurdo y el tópico. Porque tópico es que entre los protagonistas tenga que haber por decreto un negro, un hispano, un asiático, un ruso y una mujer (sólo una, no nos pasemos).
La película es un torpe ejercicio de rutinario cine de acción (ciencia ficción se ve poca a pesar de todo), en el que la única baza nueva radica en el plural del título (sin alardes, salen cuatro depredadores; ¡qué lejos queda la referencia del Aliens de James Cameron, donde el plural sí significa algo). Torpe porque introduce elementos (los perros o esa especie de ave extraterrestres) que luego no vuelve a sacar. Rutinario porque hasta copia algunos pasajes del Depredador original. Y absurdo porque quiere establecer una conexión argumental con la película de McTiernan y se olvida de casi todos los hallazgos de aquella. Con redecorar los cascos de los depredadores parece que tiene suficiente en el pretendido afán de actualización de la saga. Y todo esto con un Adrien Brody también en absoluta decadencia protagonizando la función. Qué poco queda ya de aquel actor que maravilló en El pianista. Y para recordarnos que, sí, Robert Rodríguez está detrás del invento, uno de los actores, aunque se le ve mucho menos de lo que seguro que esperan sus seguidores, es Danny Trejo.
Una perfecta muestra de cómo enterrar para siempre una franquicia que en su nacimiento alcanzó cierto prestigio y de cómo Hollywood, de vez en cuando, intenta con todo el descaro del mundo sacar dinero al espectador con productos de ínfima calidad. Y sin rubor alguno.