Mostrando entradas con la etiqueta Naomi Watts. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Naomi Watts. Mostrar todas las entradas

viernes, marzo 11, 2016

'La serie Divergente. Leal', otra vez más de lo mismo

Empieza a ser difícil no mostrar ya un evidente hartazgo hacia las series juveniles de fantasía y ciencia ficción, convertidas ya en culebras interminables, sagas que se estiran más allá de lo recomendable y de lo necesario con el único propósito de arrancar dólares de las manos de los aficionados, sin darles siquiera productos dignos. La serie Divergente, que ya se presenta a sí misma con esa pompa, como si realmente fuera algo trascendente y no el limitado producto de consumo que es, era un derivado light de Los juegos del hambre desde el principio. Y llegando a la tercera entrega, todavía con una cuarta en el horizonte, desgaje habitual del capítulo final de esto que siempre son trilogías, el cansancio es absoluto. En realidad es capaz de dar el entretenimiento que pide un público ya entregado, pero el resultado es malo por pura desidia. Da igual hacer una película coherente, para qué gasta el tiempo en hacer las cosas bien, si haciéndolas así ya ganan dinero.

Robert Schwentke tomó el testigo de Neil Burger en la segunda película de la serie, Insurgente, y lo mantiene para esta tercera, aunque no estará detrás de la cámara en el capítulo final, Ascendant. La verdad es que da igual, porque el estudio sólo requiere a alguien que ponga un poco de orden para que la película esté lista a tiempo. Leal, en ese sentido, no ofrece grandes novedades. Si acaso, como suele suceder en estas series, lo que ocurre en esta película empieza a ser aquello que desde el primer filme se intuía que podía tener algo de interés y que la maquinaria hollywoodiense actual conforma en series en lugar de condensar lo necesario en prólogos para contar historias verdaderamente atractivas. Como historia de ciencia ficción, Divergente tiene matices interesantes que ya han quedado arruinados por la larguísima exposición, que para colmo todavía no ha acabado, y por el escasísimo cuidado puesto, especialmente en la segunda y tercera partes, en los detalles.

Habrá quien quiera detenerse únicamente en las peripecias de Tris y Cuatro, interpretados por Shailene Woodley y Theo James, quien quiera ver la evolución de los personajes de Naomi Watts y Octavia Spencer, los clásicos nombres de prestigio con los que se suele adornar el reparto de estas cintas, o con la aparición del personaje de Jeff Daniels, del que es mejor no saber nada para comprender así lo previsible que es su desarrollo desde el primer momento en el que se le vea. A quien haga ese ejercicio, probablemente Leal sí le proporcionará el entretenimiento que espera. Pero como se quiera ir más allá, comienzan los problemas. No sólo porque en realidad no haya nada sorprendente en este festival de correctos efectos visuales, sino porque hay tantos atentados a la verosimilitud, a las leyes de la física y al desarrollo de los personajes, que en el fondo no hay por dónde coger lo que se está viendo.

Pero, claro, si uno está dispuesto a creer que un muro puede detener una lluvia roja y supuestamente contaminante, que unos tipos disparando ametralladoras contra dos personajes al descubierto no son capaces de acertar pero luego tienen una precisión de francotirador en un disparo más difícil, o que los malos malísimos siempre estén dispuestos a dejar a los buenos en situación de arruinar sus planes, entonces da igual lo mal que se hayan hecho las cosas en Leal. Eso son sólo ejemplos de lo que es cotidiano. Las series juveniles no quieren esforzarse. Les da igual que estén rodando eventos absurdos y comportamientos estúpidos, porque no quieren pagar guionistas para que piensen formas inteligentes de solventar situaciones. Quieren exactamente lo que se ve en la pantalla. Y eso les da dinero. Por absurdo que sea, tanto lo que pasa en la pantalla en las sucesivas películas de Divergente como que nos conformemos con esta forma de hacer cine juvenil.

miércoles, abril 01, 2015

'Insurgente', la rutina de siempre

Divergente fue una de las muchas muestras de cómo el cine espectáculo hollywoodiense se está dejando llevar por los caminos más fáciles y, por extensión, más equivocados. Y si la primera película ya era como poco discutible, la segunda confirma que el problema está lejos de solucionarse. Es un producto clónico, eso ya se ve desde la publicidad de la franquicia, con lo que no hay que esperar más que eso, la repetición de esquemas, personajes, escenarios y hasta moralejas. Pero en el caso de Insurgente eso añade también una dejadez notable en aspectos que tendrían que ser clave para que una saga de este tipo enganche. Hay personajes planos y no sólo entre esos secundarios que simplemente desaparecen y reaparecen a conveniencia, hay errores de continuidad clamorosos, situaciones inexplicables que afectan incluso a los conceptos fundamentales de la historia. Y a cambio no hay nada especialmente memorable y todo se ve venir a la legua.

Pero el modelo funciona desde el punto de vista industrial, por muchas críticas que se le puedan hacer. La primera película multiplicó por tres su presupuesto en la taquilla. Y esta segunda entrega será también un éxito, porque ya está anunciada la entrega final de la saga... por supuesto dividida en dos partes, porque por lo visto ya no se puede acabar una saga de fantasía juvenil si no es en dos películas más. El simple concepto de la franquicia es una triste continuación de la moda que Hollywood ha implantado y que todavía no ha servido más que para engordar las carteras de los productores, porque no hay ninguna película dividida en dos o más partes que pueda presumir de ser un acierto cinematográfico o que realmente lo necesitara por causas estrictamente relacionadas con la narrativa. Es simplemente estirar y estirar sin sentido alguno. Tanto es así que Insurgente llega a las dos horas con un punto de partida realmente modesto, la de una caja que sólo puede abrir un divergente y cuyo contenido se desconoce.

Con esa débil excusa para un filme tan largo (y que se hace muy, muy largo), Robert Schwentke demuestra que la deliciosa Más allá del tiempo fue una casualidad en una filmografía cada vez más descendente después de la terrible R.I.P.D. Departamento de policía mortal y la sobrevalorada RED. Sus escenas de acción son rutinarias y repetitivas, apoyadas en el uso de unos efectos visuales resultones (hasta el travelling aéreo casi final, que parece sacado de un videojuego de hace algunas décadas) y no presta demasiada atención a los personajes más allá de la protagonista, Tris, interpretada por Shailene Woodley con cierta intensidad pero con menos fondo del que puede parecer. Ella encabeza un reparto que sobre el papel es atractivo pero entre el que sólo destaca Miles Teller. Parece obvio, y es otra de las características de este cine, que los grandes nombres quieren salir en sagas como esta y las productores les quieren, pero el interés que añaden es muy escaso, como sucede con Kate Winslet o Naomi Watts, principal añadido de la secuela.

Schwentke ni siquiera saber dar salidas dignas a los personajes que se quedan por el camino (el colmo es el final de la película) y parece que el avance de la historia es pura rutina, porque las cosas tienen que suceder para seguir explotando el bolsillo del consumidor habitual de estas sagas. Por eso no sorprende demasiado la escasez de ambición en la adaptación del libro a la pantalla (se supone que hay una guerra, pero que nadie espere verla), los vaivenes de los personajes con o sin explicación o la repetición de los esquemas de la primera película. Insurgente, como ya le sucedía a Divergente, es un filme de consumo rápido. Seguramente le gustará a los consumidores habituales de estas sagas clónicas en objetivos y recursos, pero el éxito comercial no esconde el pobre resultado cinematográfico que ofrece. Sirve para pasar un rato, pero es tal el descuido con el que se ha realizado que vista en serio amenaza seriamente con cabrear. Y queda todavía ese episodio final desdoblado en dos películas como un año de diferencia. Paciencia.

viernes, enero 09, 2015

'Birdman', el Iñárritu más bizarro

Siempre que alguien utiliza el término "bizarro" en español surge la duda de si se está utilizando con acierto. Su significado según la RAE es "valiente", pero es fácil caer en la trampa de este false friend extraído del inglés para pensar que quiere decir "extraño". Birdman es una de esas películas en las que el término bizarro se puede y se debe entender de las dos maneras. Porque desde luego que se trata de una película bizarra, un valiente y arrojado ejercicio de estilo en el que Alejandro González Iñárritu no deja títere con cabeza en el show bussiness. Pero es también rara, una ensoñación a ratos casi poética y terriblemente arriesgada que funciona bastante bien casi siempre, aunque sobre todo en el tramo final cuesta encontrar un objetivo claro a esta locura. ¿Es un alegato? ¿Es un ataque? ¿Es una defensa? ¿O es simplemente una digresión? Es una película extraña, de eso no hay duda. Como tampoco la hay en cuanto al entretenimiento que ofrece durante sus dos horas. ¿Pero de qué iba todo esto? Ahí es cuando surgen las dudas.

El mismo concepto de la película está marcado por la genialidad. Michael Keaton interpreta a Riggan Thompson, un actor conocido en Hollywood por haber interpretado a un superhéroe, el Birdman que da título a la película, y que años después busca encontrar el prestigio profesional adaptando, dirigiendo e interpretando en Broadway una obra de Raymond Carver. El punto de partido le permite a Iñárritu adentrarse sin miedos, sin reservas y sin límites en una salvaje descripción de la profesión en la que la ironía salpica a todos sus estamentos. Se siente la genialidad del guión en esos diálogos cortantes, en esos retratos preciosos y en esa deliciosa combinación entre la más alucinógena ensoñación y el relato más realista. Ojo a las dobles lecturas, porque siendo Keaton, el primer Batman moderno, el protagonista de la película, hay muchos momentos en los que da la impresión de que la crítica del filme es muy certera y nada gratuita, toda una burla hacia el sistema desde dentro del mismo.

Y todo ello además creando una colección de personajes excepcionales y diversos que completan el relato a todos los niveles, que adquieren identidad propia por separado y viven unas relaciones portentosas. A eso contribuye de una manera muy especial el brutal reparto de la película, aunque no hay que quitar ningún mérito al trabajo literario de Iñárritu y sus otros tres coguionistas. Ahí no hay engranaje débil en la película. Es verdad que resulta fácil apostar por los rostros más conocidos. El propio Keaton está soberbio, como Emma Stone dando vida a la rebelde hija de Riggan, Naomi Watts como la emocionalmente frágil actriz protagonista de su obra de teatro o Edward Norton como el díscolo y polémico actor que comparte escenario con ellos. Pero ojo a un segundo nivel, con Zach Galifianakis (abogado y amigo de Riggan), Andrea Riseborough (la amante del protagonista) o Amy Ryan (su ex mujer). El guión es brillante en muchos momentos y los diálogos siempre inteligentes, pero también porque los actores le dan una vida asombrosa.

¿Pero cuál es entonces el problema de Birdman? Puede que no haya un problema como tal en la película y que este surja en todo caso en el patio de butacas. Siendo una película completamente diferente, y con una estructura absolutamente genial de aparente plano secuencia falseado convenientemente, a veces resulta complejo saber hacia dónde va, qué pretende, cuál es su mensaje. Durante los tres primeros cuartos la fascinación es total y hace que la película avance con brillantez. Es divertida, ingeniosa e inteligente, una amalgama de elementos casi antagónicos (Broadway como escenario y aspiración frente al blockbuster hoillywoodiense como medida del éxito y de la satisfacción personal y psicológica). ¿Pero en realidad de qué va Birdman? En la persecución de la respuesta a esa pregunta, a Iñárritu se le escapa ligeramente el filme en su tramo final, y quizá la única forma de replicar a esa cuestión sea ver el último plano de la película y asimilar que todo esto no ha sido más que una fábula. Una bizarra y casi siempre genial, pero una fábula.

viernes, diciembre 12, 2014

'St. Vincent', qué fácil parece hacer las cosas bien

Hay un gozo especial en esas películas que parecen tan fáciles de hacer y que acaban llevando al espectador por la comedia y por el drama, por una historia atractiva y bien construida y por unas actuaciones que sólo van del notable al sobresaliente. Cuando se ve una película así, lo que se piensa es qué fácil parece hacer las cosas bien en esto del cine. Y luego, por comparación, es obligado proclamar que no, no es tan fácil, y por eso cuando las cosas funcionan hay que decirlo. St. Vincent es una de esas películas que deja un gran sabor de boca. No será una obra maestra indiscutible, no se convertirá probablemente en la película en la que todo el mundo pensará cuando se mencione a Bill Murray o Naomi Watts, quién sabe si incluso a su director, el debutante en largometrajes Theodore Melfi, pero será una de esas películas que acabamos viendo y disfrutando cada vez que nos encontremos con ellas, con las que pasamos con una facilidad asombrosa de la sonrisa, incluso de la carcajada, a la lágrima, porque es tan divertida como emocionalmente compleja.

St. Vincent es la historia de Vin (Bill Murray) un tipo que bebe, fuma, es antipático, tiene deudas, ve regularmente a una prostituta que está embarazada (Naomi Watts) conduce sin cuidado y dice tacos continuamente. Un tipo arisco, con el que no es agradable cruzarse. Y quien se cruza con él es Maggie (Melissa McCarthy), su nueva vecina, que se ha mudado al barrio con su hijo, Oliver (el debutante Jaeden Liberher). La película es, como casi parece obvio, una que descansa sobre los hombros del protagonista. Si él funciona, la cinta va a funcionar por encima de todos sus defectos. Y como Bill Murray es un actor sensacional, que cumple a rajtabla esa norma no escrita de que el mejor intérprete posible es un cómico cuando se toma en serio a sí mismo, borda el papel. Vin es odioso cuando tiene que serlo, pero de la forma simpática, empática y entrañable que la película exige que sea. Es imposible que esas sonrisas y esas lágrimas que provoca St. Vincent no sean reflejo de todo lo que él consigue con su actuación.

A partir de ahí se podrá pensar que estamos ante una película más o menos previsible, más o menos blanda o más o menos repetida, pero el buen rato ya se lo ha dejado al espectador. Cada descubrimiento que se hace del carácter y la vida de Vin es un peldaño más en la emoción que consigue el filme con una facilidad aplastante. Y Melfi, que también escribe el guión, muestra una habilidad espléndida para hacer lo más difícil: escribir la historia en la que se tiene que mover su personaje principal y crear un elenco de secundarios que sirva a sus propósitos. Por eso el crío es simpático, las preocupaciones de su madre acaban siendo las del espectador y hasta se siente una asombrosa debilidad por el manipulador pero terriblemente agradable profesor de religión que interpreta Chris O'Dowd, por eso divierten tanto las escenas que protagoniza Oliver en el colegio como las trifulcas de Vin en el banco (qué sutil pero qué contundente es su crítica al sistema burocrático que nos rodea, otro de esos pequeños detalles que engrandecen y dan realismo al guión).

Queda algún que otro cabo suelto en la película, por supuesto, algún punto que no termina de desarrollarse con acierto después de haberse planteado, pero eso tampoco molesta demasiado en los bien medidos 102 minutos que dura la película, que tienen el brillante colofón de unos títulos de crédito que no funden la imagen a negro hasta que no procede abandonar el mundo de Vin y que casi parece una improvisación más de Bill Murray. Da igual que St. Vincent sea una comedia dramática o un drama cómico. Lo que importa es que la historia (qué importante es siempre la historia por mucho que se destaquen otros elementos de cualquier película) mantiene el espectador dentro de ese entorno emocional que genera, y que tiene un recorrido tan largo que va desde el slapstick (los problemas de Vin con el hielo) hasta el drama más poderoso (las escenas en la residencia o el hospital), de lo más sorprendente (el giro que desemboca precisamente en el hospital) hasta lo más previsible (el emocionante acto en el colegio con todos los protagonistas).

miércoles, diciembre 18, 2013

'Diana', otro fallido biopic

El biopic es un subgénero en auge en cuando a producción y ambiciosos, por los personajes a los que ha llegado, pero, por supuesto con excepciones notables, en decadencia general en cuanto a resultados. Por algún motivo, el gancho del famoso ya no funciona tan bien como debiera, por mucho esfuerzo que le pongan los actores en sus recreaciones. Diana es una muestra evidente. Se ha hablado más de ella antes de verla de lo que probablemente se volverá a hablar de ella después de que llegue a los cines. El morbo de ver sus últimos años o pasajes directamente vinculados a su muerte o el parecido de Naomi Watts con la Princesa de Gales han sido noticia. La película, por desgracia no lo es. Es un relato confuso y sin un claro objetivo de los dos últimos años de vida de Lady Di, una recopilación de imágenes reales recreadas y una historia de amor sin credibilidad en pantalla (al margen de lo que fuera en la vida real), tramposa y maniquea en muchos momentos y que quiere mostrar ecuanimidad mostrando alternativamente a Diana como lo más parecido a un ángel y como una mujer perdida, sin llegar a convencer en ninguna de las dos facetas.

La norma en este tipo de películas viene a ser dejarlas en manos de la estrella de turno, que se transforma físicamente en la persona real a la que interpreta, preferiblemente en icónicas imágenes que lleven la mente del espectador a sus propios recuerdos. A Naomi Watts, en realidad, no le queda demasiado margen para hacer un trabajo propio. Oliver Hirschbiegel, director del filme que confirma su decadencia desde que sorprendiera con la fascinante El hundimiento y confundiera con Invasión, su desembarco en Hollywood, basa una parte importante de la película en la foto fija, en la famosa entrevista a la BBC, en el vídeo de seguridad que se recuerda como la última imagen de Lady Di con vida, en los vestidos que usó, en sus discursos. Imágenes que quien conociera a Diana tiene en la cabeza. Y todo arranca con la absurda estrategia de ocultar durante unos minutos el rostro de Naomi Watts, como si el cartel y las fotos promocionales no hubieran impedido ya sorpresa alguna en ese apartado.

Watts es una actriz espléndida, pero con esos mimbres será difícil que se recuerde este trabajo más allá de que supone personificar a una de las mujeres más famosas del último cuarto del siglo XX. Y es que la película no hace justicia a la leyenda ni hay nada en ella, desde el punto de vista cinematográfico, que justifique tanta expectación. Podría haber sido un relato sobre la historia de amor prohibida de Lady Di, pero éste queda en pantalla sumamente artificial y no llega a conseguir el interés necesario. Podría haberse volcado también en la faceta humanitaria de la Princesa de Gales, pero estos aspectos quedan más destacados por protagonizar los rótulos de texto con los que finaliza el filme que por los escasos minutos que se lleva en pantalla (y en los que la adoración por Lady Di alcanza tintes excesivos). Y podría haber sido una reflexión sobre el papel de los paparazzis en la vida y en la muerte de Diana, pero estos elementos apenas se esbozan e incluso no suenan coherentes a lo largo de la película. Quiere ser las tres cosas y se pierde en la misma neblina que aparece en una de las escenas del filme.

Diana tiene el problema de ofrecer nada realmente trascendente, y tener una estética propia de un telefilme más que de una producción cinematográfica. No cuenta con un guión compensado, sino que éste se limita a ir tocando temas alternativamente, sin destino y sin propósito claro. Ni siquiera en los momentos que tendrían que ser verdaderamente emocionantes, como el improvisado memorial de flores que la gente erigió junto al Palacio de Buckingham, llega a conmover tanto como debiera. Y así, el esfuerzo de Naomi Watts de personificar a Lady Di es algo vacío e intrascendente, olvidable e incluso discutible desde el punto de vista de un ferviente admirador del personaje real, porque su retrato es en demasiadas ocasiones esa bala perdida de la que se habla en la película, pero no precisamente por su rebeldía frente a la Corona británica. Una lástima el estado del biopic como subgénero, porque la personificación de un personaje querido está dejando de conducir a películas interesantes.

domingo, octubre 14, 2012

'Lo imposible', la sensibilidad por encima del cine

Es bastante difícil evaluar Lo imposible como película. No está pensada como un producto cinematográfico más, sino como un torrente de sensaciones y sentimientos que apela directamente a la entrañas y al corazón. Es, por encima de todo, una película para llorar y emocionarse, un viaje de casi dos horas asistiendo a la dura lucha por la vida y por el reencuentro de una familia española (que hay que convertir en anglosajona por necesidades de la comercialidad) que fue víctima del tsunami que arrasó la costa tailandesa en 2004. Claramente, la sensibilidad está aquí por encima del cine, mero vehículo de las emociones que asaltan la pantalla. Y como el objetivo es emocional, insisto, se hace difícil pensar en Lo imposible simplemente como una película. Juan Antonio Bayona crea un entorno más que verosímil para esta historia basada en hechos reales, pero que nadie se engañe: la película no busca sostenerse en su impecable factura, sino que pivota en torno al momento en el que cada espectador se derrumbe emocionalmente con alguno de los personajes.

Juan Antonio Bayona debuto en el mundo del largometraje con El orfanato, una película de lograda atmósfera pero de cuantiosas trampas narrativas que acababan por arruinar, al menos parcialmente, sus méritos. Con las primeras noticias sobre Lo imposible cabía la sorpresa: un reparto internacional, un producto destinado a venderse masivamente en todo el mundo y un drama de temática universal para un director español que apuntaba maneras de realizador de género y que solo tenía una película a sus espaldas. Casi nada. Visto el resultado, Bayona sigue cayendo en algunas de las trampas que usaba en su primera película, solo que aquí cambia el escenario de las mismas. Son, en este caso, trampas emocionales, afectivas y casuales, pero trampas al fin y al cabo. Lo que sucede es que las trampas funcionan a la perfección y conducen la película exactamente por el camino por el que puede triunfar y de hecho triunfa.

Lo imposible conmueve. Muchísimo. Hace sufrir al espectador con la epopeya de este matrimonio y sus tres hijos. Eso lo consiguen Bayona con sus planos, mezclando con acierto los momentos más intimistas con vistas generales de la tragedia; Naomi Watts, Ewan McGregor y tres críos excepcionales (Tom Holland, Samuel Joslin y Oaklee Pendergast) con sus interpretaciones, cargadas de humanidad y sin fisuras; y la música de Fernando Vélazquez, que usa los instrumentos de cuerda con una precisión inequívoca para encontrar la lágrima. Pero volvamos a las trampas. No importa cuánto haya de real en la historia si el espectador duda de lo que está viendo. Y hay momentos que rozan la carambola hasta tal punto que se pisa la delgada línea de la credibilidad, combinados con golpes emocionales tan intensos y probablemente sinceros como, en el fondo, maniqueos y manipuladores. No tienen por qué ser términos negativos estos dos últimos, pero es evidente que la película conduce al espectador a un terreno prefijado.

Hay que agradecer a Bayona que no ofrezca una larga introducción y entienda que Lo imposible tenía una historia muy concreta que contar. No hace falta intimar demasiado con la familia protagonista antes de ver en pantalla el momento que todo el mundo está esperando, el tsunami, porque lo que viene a continuación da sobrados elementos de empatía. Si no lo hubiera hecho, su película habría clamado por más tijera en la sala de montaje. El tsunami es un momento espeluznante. Se ve de varias formas, pero la primera, breve e intensa, es memorable. Impacta aunque sean imágenes que, de una manera algo distinta, colocó Clint Eastwood al comienzo de la infravalorada Más allá de la vida (referencia que parece indispensable para entender la planificación de Bayona). Y si un mérito destaca en Lo imposible es que ese momento llamado a permanecer en la retina, colocado al comienzo del filme, no devora el resto sino que ofrece el complemento perfecto. Se ha visto lo que es, y lo que sigue es la vivencia de lo que supone sufrirlo.

Lo imposible es tan dura como humana, tan realista como sensible, tan tramposa como correcta. Es, en cierto sentido, una contradicción, porque lo que en condiciones normales podría suponer un descenso a la sensiblería más descarada está rodado sin tacha y es difícil encontrarle un defecto visual al trabajo de Bayona. Sí que hay ciertos desequilibrios en el guión y explicaciones que se omiten dando protagonismo a una parte de la familia por encima de otra, lo que obliga a poner algún que otro pero a ese libreto. Pero el envoltorio es lujoso, Bayona mete de cabeza al espectador en esta odisea y apenas le deja respirar. Y como el objetivo de la película está en que quien vea la película lo pase mal, emocionalmente mal, no cabe duda de que Lo imposible, con todos los matices que se le quieran poner, triunfa. Sin llegar a los extremos, casi siempre con fines publicitarios, que hablan de gente que no pudo resistir la proyección en el Festival de Cine de San Sebastián, sí es cierto que la película remueve muchas cosas. Y es ahí donde funciona a la perfección.

domingo, enero 29, 2012

'J. Edgar', un Eastwood más disperso que de costumbre

Que cada película que estrena Clint Eastwood es un motivo de celebración es algo que está ya fuera de toda duda. Lo será hasta que acontezca el triste día en el que no podamos ver nuevas películas suyas. La genialidad de un cineasta, sin embargo, tiene como elemento contraproducente que no siempre se puede brillar a la misma altura. Pero que nadie se asuste. J. Edgar, el retrato que Eastwood hace del primer director del FBI, Hoover, no es un borrón en la carrera del mítico realizador de Sin perdón, Bird o Mystic River. Pero sí es una película mucho más dispersa de lo que es costumbre en el viejo Clint. Fallan elementos que en otras películas recientes suyas sí funcionaban, empezando por algo que afecta a la credibilidad del propio filme que es la caracterización de los actores. Sí encaja, como siempre, la clásica forma de rodar de Eastwood. Y Leonardo DiCaprio ofrece una convincente y apasionada recreación de Hoover, imprescindible de honrar con el visionado de la película en versión original.

A priori, sonaba fascinante la posibilidad de ver qué podía hacer Clint Eastwood con la biografía de un tipo tan controvertido y fundamental en la historia norteamericana del siglo XX como J. Edgar Hoover. Menos encajaba la unión entre el cineasta y el guionista Dustin Lance Black, autor del libreto de Mi nombre es Harvey Milk y conocido defensor de los derechos del colectivo gay. La mezcla, en realidad, es parte de la dispersión que afecta a J. Edgar, que salta con demasiada facilidad entre los dos temas (la construcción del FBI por un lado y las tendencias homosexuales de su director por otro) y las cuantiosas secuencias que engloba cada uno de ellos en la película, de algo más de dos horas de duración. Sin hacerse larga, porque estamos ante un director que sabe rodar a la perfección, a veces se pierde la perspectiva del drama histórico en favor de la tragedia personal y viceversa, porque ninguno de los dos encuentra una definición tan precisa como cabría esperar de Eastwood.

La película explora dos líneas temporales. Por un lado, el presente, en el que un envejecido pero todavía en activo Hoover relata sus memorias y se enfrenta a la situación del momento, en la que Richard Nixon ha llegado a la Casa Blanca. Por otro, sus recuerdos a modo de flashbacks, desde que comienza a trabajar para el Departamento de Justicia y pasa a crear el FBI tal y como lo conocemos hoy en día, hasta sus casos más populares y su lucha contra el comunismo. Sin que se lleguen a entorpecer ambas líneas y con algún que otro gran momento de montaje, lo cierto es que no termina de haber fluidez entre ellas. No termina de haber una conexión emocional, al menos no hasta una secuencia final extraordinaria entre el propio Hoover y Clyde Tolson, uno de sus hombres de confianza en el FBI y a quien se consideró su amante. Es en esa escena donde sí llega la magia, donde se funden con maestría la historia y la ilusión, los hechos y los delirios de grandeza, las sensaciones de un hombre y su aplastante realidad.

La escena, además, y a pesar de llegar en el último cuarto de hora, es prólogo y continuación de las mejores secuencias políticas que incluye la película, precisamente las que se refieren a Nixon y, en menor medida, a los Kennedy. Lo que falla, ahí y en toda la película, es el maquillaje aplicado a los actores para mostrarles envejecidos. No parece creíble, saca de la historia con demasiada facilidad en casi todos los casos, incluso en el de Leonardo DiCaprio, que al margen de ese lastre no es capaz de coronar su gran trabajo interpretativo y vocal ofreciendo un tono de voz propio de un hombre de la edad con la que murió Hoover. Si se cierran los ojos, seguimos escuchando al Hoover más joven. La excepción en cuanto al maquillaje es Naomi Watts, que incluso con un personaje que a veces parece demasiado corto deja otra espléndida actuación como la secretaria personal de Hoover, creíble además en todos los estadios de edad, incluso más en sus últimos años.

DiCaprio, eso sí, consigue lo más difícil: convertirse en Hoover desde el principio e, insisto, a pesar de las flaquezas del maquillaje. La verdad es que le ha sentado fenomenal rodar con directores como Scorsese, Spielberg o ahora Eastwood para crecer como actor, y gracias a eso su presencia es magnética y poderosa durante toda la película. Si estamos ante una de esas películas que se basan en un retrato más o menos fidedigno de una importante figura política y DiCaprio sale triunfante, ¿qué falla entonces? Quizá que cuesta encontrar sentido a algunas escenas, incluso a algunos personajes (como la madre de Hoover, interpretada por Judi Dench). Quizá que no terminan de palparse en la pantalla la importancia de cada movimiento político y estratégico de Hoover, quizá que los saltos de uno a otro episodio son demasiado bruscos y por medio de una voz en off que no siempre funciona bien. La genialidad de Eastwood se sigue dejando ver como casi siempre (atención a la hermosa composición del plano final de DiCaprio), pero esta vez un peldaño por debajo de lo que nos tiene acostumbrados. Aún así, Eastwood siempre es mejor que la media.

lunes, octubre 31, 2011

Ni el reparto salva 'Detrás de las paredes'


Cuando una película se prevé que sea un desastre, a veces lo es. Detrás de las paredes cumple a la perfección con esa premisa. Y es una pena, porque alguna que otra idea interesante sí hay en el asombrosamente endeble guión que decidió firmar, también asombrosamente, Jim Sheridan. Es una pena porque hay un reparto espléndido que, además, no ceja en su empeño de levantar el castillo de naipes que supone el filme y que hace lo indecible por aportar credibilidad a sus personajes. De hecho, son los únicos responsables de que la película sea pasable en algunos momentos y mueva al deseo de ser condescendiente con Detrás de las paredes. Pero es que en un segundo pensamiento todo se cae, absolutamente todo, en una película que no es exactamente un thriller ni tampoco una película de terror. No alcanza nada de lo que intenta ni ofrece algo demasiado novedoso. La primera reacción es que no es de extrañar que Jim Sheridan haya renegado de la película. Pero tiene su parte de culpa, porque hay cosas impresionantemente absurdas que seguro que ya estaban en el guión.

Estamos ante una de esas películas de las que conviene no contar absolutamente nada de lo que sucede para no destriparla. Irónicamente, eso es lo mejor que le puede pasar a Detrás de las paredes, porque entrar en profundidad en muchas de las acciones de sus personajes o incluso en bastantes de las premisas argumentales que ofrece supondría destrozar severamente al filme. Lo curioso es que, según dicen porque me niego por sistema a acudir a esa fuente de información, el trailer ya destroza buena parte de lo que tendrían que ser los secretos de la película. Pues vaya. El caso es que son tantos los agujeros que parece inconcebible que se haya rodado esta película de la forma en que se ha hecho. Ni siquiera pueden ser excusa, aunque en parte sí explicación, los constantes enfrentamientos durante el rodaje entre Sheridan y los productores, el rodaje de tomas adicionales por parte del realizador, y el posterior despido y remontaje de la película a cargo del productor. Que el guión sea obra de David Loucka (autor de grandes títulos, nótese la ironía, como Eddie o Una pandilla de lunáticos y que lleva cuatro películas en 22 años de carrera) quizá sea una explicación más convincente del lamentable panorama a presenciar.

Porque Detrás de las paredes falla en casi todo. La premisa en sí misma no es buena, aunque intente ser continuación de un gran éxito del cine moderno que no procede desvelar, porque su desarrollo tal y como está plasmado es absolutamente surrealista. Los personajes no funcionan porque no hay forma de entender muchas de las cosas que hacen. El final, en lugar de conmover como tendría que haber conmovido, es sencillamente tópico y absurdo. Es sorprendente que un director como Jim Sheridan, capaz de hacer películas tan duras y comprometidas como Mi pie izquierdo, En el nombre del padre o The Boxer, se lance al cine supuestamente de género (¿de cuál?) con un producto así, tan mal concebido, rodado con simple profesionalidad y nada más, con tiempos muy mal medidos y escenas muy mal hilvanadas. Nada tiene sentido en esta historia. En realidad, lo único salvable de la película es su reparto. A pesar del desbarajuste que supone Detrás de las paredes, Daniel Craig, Rachel Weisz y Naomi Watts se esfuerzan en mantener el tipo, y lo consiguen porque sus presencias son magnéticas, no por el material que tienen entre manos.

Craig es mejor actor de lo que parece. Es un espléndido James Bond, pero aterrizó ahí después de dar vida a un despiadado asesino en Munich, dando ya muestras de que podía hacer creíbles registros muy diferentes. Aquí lo vuelve a probar, encajando a la perfección como padre de familia con bastantes vulnerabilidades. Rachel Weisz está algo más descolocada porque su papel es, de largo, el peor dibujado, pero aún asíofrece esa misma credibilidad. No importa que sea imposible de creer, ella lo intenta hacer creíble. Y a veces lo consigue. Naomi Watts tiene un papel mucho más secundario de lo que habría aconsejado la película y su importancia en la historia, pero esta mujer tiene algo que hace que la cámara se enamore de ella al instante. Marton Csokas no saca nada de su papel, es mejor buscarle en otras películas (como, por ejemplo, La deuda, estrenada no hace tanto). Por separado y en conjunto (las dos crías, las hermanas en la vida real Taylor y Claire Geare, parecen desaprovechadas ante la naturalidad que transmiten, no demasiado frecuente en actrices de tan corta edad), el reparto, insisto, es lo mejor que tiene Detrás de las paredes.

Siendo sinceros, quizá sea lo único que tiene. Eso y que sea el filme en el que se conocieron para después casarse Daniel Craig y Rachel Weisz, lo cual quiere decir que la buena química que se ve en la pantalla tiene base real. Pero es que aparte de eso, no hay mucho más que ofrecer, aunque el filme daría para discutir y rebatir tantas cosas que igual conviene verla sólo por asombrarse de cada cosas que va sucediendo. Son noventa minutos de una pretendida historia sobrenatural que lo es menos de lo que parece por el cartel del filme, de un thriller que no apasiona prácticamente en ningún momento, de un misterio que está ya más que resuelto a los veinte minutos de película. Es un descalabro en toda regla, y me da rabia decirlo porque admiro bastante a sus responsables.

viernes, septiembre 17, 2010

'Madres e hijas', algo me falta en este cine

Desde hace ya algunos años, se ha impuesto un cine coral sobre problemas reales. Es un cine que, al margen de la opinión que pueda tener cada espectador después de verlo, se vende con la vitola de gran cine. Suelen destacar sus repartos, formados por grandes actores y/o grandes estrellas. Se suelen destacar, sobre todo de forma previa, sus guiones, pensandos para entrelazar a los personajes más dispares para llegar a un gran pico dramático hacia el final de la cinta. Madres e hijas forma parte de esta corriente que alcanzó su cumbre en 2004, cuando Crash logró los Oscars a mejor película y mejor director. Y para mí es un cine engañoso. Porque encierra virtudes, pero también defectos. Y poca gente se detiene en los defectos, mientras que las virtudes se ensalzan, lo que me deja siempre la sensación de estar viendo un cine, además de engañoso, sobrevalorado y relativamente fácil de hacer.

Madres e hijas está dirigida por Rodrigo García, hijo de Gabriel García Márquez (detalle totalmente superfluo a la hora de evaluar su cine, pero que también se indica siempre para ahondar en esa vitola previa de gran cine). Dicen los que conocen su obra como guionista y director (tanto de cine como de televisión), que la película sigue muchas de las constantes de sus anteriores trabajos. Me encuentro en su filmografía con una película para televisión que se titula Fathers and sons, con lo que esa idea se refuerza en mi mente. Y descubro que entre los productores ejecutivos de esta película está Alejandro González Iñárritu, director que se hizo famoso con historias que forman parte de este tipo de cine al que me refería al principio, de historias cruzadas, reparto coral y dramas personales (Amores perros, 21 gramos, Babel). Y releo los dos párrafos anteriores y compruebo que en realidad todavía no he dicho nada sobre la película de Rodrigo García.

La sensación que me deja es, nuevamente, que es un cine fácil de hacer, un cine que esconde tras las emociones los valores cinematográficos que le faltan. Y lo mejor que puedo decir de ella es que tiene un reparto impresionante. A su cabeza, una maravillosa Annette Bening. Su papel está lleno de matices, repleto de luces, y cargado de momentos memorables. Supera con creces el retrato de su personaje que aparece en el guión (que más que bien evolucionado me parece algo confuso en ocasiones), lo engrandece, lo lleva a lo más alto. No importa el estado emocional de la escena, la actriz lo borda. Ella es el núcleo, el corazón y el alma de Madres e hijas. Con ella en pantalla, la película funciona. Sin ella, la cosa decae algunos puntos, a pesar de que Naomi Watts también aporta mucho al filme. Es Watts una actriz que me resulta muy peculiar. A veces da la impresión de que pasa por las películas y a veces se las come. Aquí une escenas de las dos categorías, pero la sensación con la que uno termina es de grandeza, paralela al crecimiento piscológico de su personaje según pasan los minutos de película. Ese sí es el gran acierdo del guión.

Y es que para muchos el guión es perfecto, pero para mí tiene agujeros. Los tiene precisamente en la dirección en la que apunta el título. La película va sobre madres e hijas, dice ese título, pero no termina de ser cierto. Más correctamente, habría que decir que va sobre mujeres, aunque quiera arrastrar al espectador a las relaciones entre madres e hijas, algo que nunca termina de hacer completamente porque se deja llevar por otros muchos asuntos. Y por el camino se quedan los retratos masculinos, algo pisoteados (quizá ahí se salve el personaje de Samuel L. Jackson a pesar que su actuación está por debajo de sus compañeras de reparto) en la pretensión de crear un universo femenino singular. Si en algo se nota es en la nula credibilidad emocional de quien actúa como marido de Kerry Washington (la actriz menos sólida de la película, que simplemente cumple con el papel). Todo lo contrario desprenden dos actrices más desconocidas y jóvenes, de las que ojalá se hubiera visto más en la película, Brittany Robertson (la vecina ciega de Watts) y Tatyana Ali (la hija de Jackson).

Llega el final de la película y es cierto que queda una historia hermosa y emotiva. Es cierto que hemos visto grandes actuaciones, sobre todo, insisto, la de Annette Bening. Y es también cierto que algunas escenas dejan el corazón en un puño y la lágrima a punto de brotar. Pero falta algo. Quizá la sensación de ver algo nuevo, que no se tiene en toda la película. Quizá un ritmo cinematográfico más constante, porque no todas las historias interesan de la misma manera durante todo su desarrollo. Quizá una mayor definición de los personajes masculinos, no para quitarle sentido al título de la película, sino para potenciarlo. Pero falta, sí, falta algo en Madres e hijas, que no tiene nada que ver con la percepción en femenino o en masculino que tenga el espectador y sí mucho en lo que significa y transmite todo este tipo de cine.

martes, noviembre 13, 2007

Por fin he visto 'Mulholland Drive'...

Por fin, después de unos cuantos años (la película es de 2001), he visto Mulholland Drive. Llevo años escuchando hablar de esta peculiar película de David Lynch, director que a veces me gusta mucho (El hombre elefante o la serie de Twin Peaks) y a veces detesto (Carretera perdida, la película de Twin Peaks). Que es incomprensible, que no tiene ni pies ni cabeza, que en realidad es una obra maestra... Una vez vista, coincido en que es una película incomprensible, pero creo que es algo intencionado por parte del bizarro Lynch. Tengo mi propia interpretación del guión, pero no la voy a revelar para no destrozar a nadie ni el final ni el desarrollo de esta particular cinta.

La mejor prueba de que ni el propio Lynch sabía dónde le iba a llevar la película es una anécdota que aparece en IMDB. Según parece el actor que interpretaba al Cowboy, Justin Theroux, le pidió al director volver a aparecer en la película después de la escena que tiene con el director Adam Kesher, donde le dice que si lo hace mal le verá una vez más, pero que si lo hace bien le verá dos. La respuesta de Lynch fue ésta: "No lo sé, lo averiguaremos juntos". No revelo si vuelve a aparecer. Mulholland Drive es una película, en todo caso, con muy buena fama. Para mí, un cine exagerado y algo pretencioso que tiene algunos puntos de interés.

Le encuentro mucho interés a la misteriosamente resuelta historia de las dos mujeres protagonistas. Parte de lo demás en realidad sobra. Sobre todo en la primera hora, la película tiene multitud de escenas que no tienen aparentemente que ver con esa parte de la trama. Al final sólo algunas cobran sentido. Pero si hay algo que adoro en Mulholland Drive es Naomi Watts. En un cine actual, carente de grandes actrices de las de verdad, Watts es una de las pocas capaces de deslumbrar, capaces de hacer creíble lo increíble, capaces de llenar la pantalla con su sola presencia. Espectacular la candidez con la que aparece en la película, más impresionante aún el giro que adopta su personaje. Mulholland Drive fue la película que dio fama a Naomi Watts, y aunque sólo sea por eso, ya merece la pena.

No es fácil escribir mucho más sobre esta película sin destripar demasiado. Mi sugerencia es que la veáis y juzguéis por vosotros mismos. Lo que sí es seguro es que pocos tendrán una opinión como la mía. Porque ésta es una de esas clásicas películas que odias o adoras, y a mí ni me ha horrorizado ni me ha entusiasmado. Para mí, interesante por momentos pero olvidable en buena medida.