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viernes, marzo 11, 2016

'La serie Divergente. Leal', otra vez más de lo mismo

Empieza a ser difícil no mostrar ya un evidente hartazgo hacia las series juveniles de fantasía y ciencia ficción, convertidas ya en culebras interminables, sagas que se estiran más allá de lo recomendable y de lo necesario con el único propósito de arrancar dólares de las manos de los aficionados, sin darles siquiera productos dignos. La serie Divergente, que ya se presenta a sí misma con esa pompa, como si realmente fuera algo trascendente y no el limitado producto de consumo que es, era un derivado light de Los juegos del hambre desde el principio. Y llegando a la tercera entrega, todavía con una cuarta en el horizonte, desgaje habitual del capítulo final de esto que siempre son trilogías, el cansancio es absoluto. En realidad es capaz de dar el entretenimiento que pide un público ya entregado, pero el resultado es malo por pura desidia. Da igual hacer una película coherente, para qué gasta el tiempo en hacer las cosas bien, si haciéndolas así ya ganan dinero.

Robert Schwentke tomó el testigo de Neil Burger en la segunda película de la serie, Insurgente, y lo mantiene para esta tercera, aunque no estará detrás de la cámara en el capítulo final, Ascendant. La verdad es que da igual, porque el estudio sólo requiere a alguien que ponga un poco de orden para que la película esté lista a tiempo. Leal, en ese sentido, no ofrece grandes novedades. Si acaso, como suele suceder en estas series, lo que ocurre en esta película empieza a ser aquello que desde el primer filme se intuía que podía tener algo de interés y que la maquinaria hollywoodiense actual conforma en series en lugar de condensar lo necesario en prólogos para contar historias verdaderamente atractivas. Como historia de ciencia ficción, Divergente tiene matices interesantes que ya han quedado arruinados por la larguísima exposición, que para colmo todavía no ha acabado, y por el escasísimo cuidado puesto, especialmente en la segunda y tercera partes, en los detalles.

Habrá quien quiera detenerse únicamente en las peripecias de Tris y Cuatro, interpretados por Shailene Woodley y Theo James, quien quiera ver la evolución de los personajes de Naomi Watts y Octavia Spencer, los clásicos nombres de prestigio con los que se suele adornar el reparto de estas cintas, o con la aparición del personaje de Jeff Daniels, del que es mejor no saber nada para comprender así lo previsible que es su desarrollo desde el primer momento en el que se le vea. A quien haga ese ejercicio, probablemente Leal sí le proporcionará el entretenimiento que espera. Pero como se quiera ir más allá, comienzan los problemas. No sólo porque en realidad no haya nada sorprendente en este festival de correctos efectos visuales, sino porque hay tantos atentados a la verosimilitud, a las leyes de la física y al desarrollo de los personajes, que en el fondo no hay por dónde coger lo que se está viendo.

Pero, claro, si uno está dispuesto a creer que un muro puede detener una lluvia roja y supuestamente contaminante, que unos tipos disparando ametralladoras contra dos personajes al descubierto no son capaces de acertar pero luego tienen una precisión de francotirador en un disparo más difícil, o que los malos malísimos siempre estén dispuestos a dejar a los buenos en situación de arruinar sus planes, entonces da igual lo mal que se hayan hecho las cosas en Leal. Eso son sólo ejemplos de lo que es cotidiano. Las series juveniles no quieren esforzarse. Les da igual que estén rodando eventos absurdos y comportamientos estúpidos, porque no quieren pagar guionistas para que piensen formas inteligentes de solventar situaciones. Quieren exactamente lo que se ve en la pantalla. Y eso les da dinero. Por absurdo que sea, tanto lo que pasa en la pantalla en las sucesivas películas de Divergente como que nos conformemos con esta forma de hacer cine juvenil.

viernes, agosto 21, 2015

'Cuatro Fantásticos', demasiados errores... pero demasiado odio exagerado

Después de todos los palos que le han caído a Cuatro Fantásticos desde hace ya muchos meses, desde antes incluso de que se empezara a rodar, parece evidente que lo primero que hay que decir sobre ella es si se cumplen los malos augurios. Y la respuesta es sí. El intento de Josh Trank de revitalizar una franquicia explotada desde un corte demasiado juvenil y poco ambicioso (¿o es el intento de Fox de que no reviertan los derechos de los personajes a Marvel para sumar otra conquista más a su espléndido universo de superhéroes?) es un enorme error de concepción, de desarrollo y en su resultado final. La película no funciona, especialmente como adaptación porque tiene poco respeto por el espíritu de las creaciones de Stan Lee y Jack Kirby que cambiaron el mundo del cómic y dieron el pistoletazo de salida al universo Marvel moderno, pero también desde el punto de vista cinematográfico. No importa si la culpa es de Trank o de Fox es algo que queda en los despachos y en los platós. Lo que cuenta es que el filme falla.

Y falla, en primer lugar, porque tiene un ritmo raro y muy descompensado. Un clímax apresurado, escaso y mal llevado sigue a una larga primera parte del filme, la que cumple con el ritual (¿alguien se dará cuenta de que no es necesario?) de ofrecer a historia de origen de los personajes. Es ahí, en la primera, donde se concentran los elementos más interesantes de la historia, pero no es nada redonda porque se alarga en exceso y sufre un descomunal desequilibrio que afecta demasiado si lo que se quería contar era la historia de los 4 Fantásticos. Trank sólo ha contado la de Reed Richards, y los demás personajes parecen darle un poco igual, especialmente Ben Grimm o el ya multiracial Johnny Storm, en uno de esos absurdos cambios con respecto al cómic que la película ni sabe ni quiere justificar (y que propicia que haya diálogos torpes, tristes justificaciones sin más). El casting no es bueno y los actores, esforzándose más o menos por meterse en sus papeles, tienen una asombrosa falta de carisma, algo notable si lo que se busca es plasmar herosimo.

Miles Teller, Kate Mara, Michael B. Jordan y Jamie Bell no son los 4 Fantásticos, igual que la película en su conjunto no es la historia de los personajes de Míster Fantásticos, la Mujer Invisible, la Antorcha Humana y la Cosa. Trank y sus guionistas han creído que bastaba con deslizar algunas referencias en su historia, pero no han entendido a los personajes. Y, lo que es aún peor, no han sabido construir a sus personajes, y todos quedan en un nivel plano y anodino, especialmente el lamentable Doctor Muerte que sirve de villano de la función, y que queda infinitamente por debajo del ya decepcionante de Julian McMahon en en las dos películas precedentes de Tim Story, que siendo también bastante deficientes sí eran capaces de entender algo más a sus protagonistas. Trank no lo hace. Tampoco enamora desde las secuencias de acción, ni consigue una historia atractiva de ciencia ficción. Todo lo bueno que pudiera tener su planteamiento se ve lastrado por un conflicto nimio y un oponente que quiere destruir mundos por una pataleta infantil.

Hay que insistir en que en la película hay muchos más defectos que aciertos, pero sus 100 minutos (notablemente recortados al parecer de lo que quería hacer Trank) hacen que sea un filme llevadero. Quien haya desencadenado o participado en la escalada de odio que ha rodeado a la película sabrá sus motivos, pero al margen de las cuestiones que puedan enfadar al fan de la franquicia, no estamos ante un filme tan catastrófico como se ha querido hacer ver. No es bueno, pero, con todo, se deja ver. Se equivoca desde el principio en sus planteamientos y desperdicia años y años de buenos cómics para sacar de ellos los elementos que podrían haber hecho que todo funcionara mejor, que es lo que han venido haciendo en sus adaptaciones de tebeos directores como Christopher Nolan o Joss Whedon. Trank parece que sólo quería lucirse sin tener muy en cuenta qué tenía entre manos. Y ni se ha lucido ni ha hecho justicia a unos personajes que tendrán que seguir esperando que alguien con más talento se ocupe de ellos y les haga la gran película que merecen.

miércoles, abril 01, 2015

'Insurgente', la rutina de siempre

Divergente fue una de las muchas muestras de cómo el cine espectáculo hollywoodiense se está dejando llevar por los caminos más fáciles y, por extensión, más equivocados. Y si la primera película ya era como poco discutible, la segunda confirma que el problema está lejos de solucionarse. Es un producto clónico, eso ya se ve desde la publicidad de la franquicia, con lo que no hay que esperar más que eso, la repetición de esquemas, personajes, escenarios y hasta moralejas. Pero en el caso de Insurgente eso añade también una dejadez notable en aspectos que tendrían que ser clave para que una saga de este tipo enganche. Hay personajes planos y no sólo entre esos secundarios que simplemente desaparecen y reaparecen a conveniencia, hay errores de continuidad clamorosos, situaciones inexplicables que afectan incluso a los conceptos fundamentales de la historia. Y a cambio no hay nada especialmente memorable y todo se ve venir a la legua.

Pero el modelo funciona desde el punto de vista industrial, por muchas críticas que se le puedan hacer. La primera película multiplicó por tres su presupuesto en la taquilla. Y esta segunda entrega será también un éxito, porque ya está anunciada la entrega final de la saga... por supuesto dividida en dos partes, porque por lo visto ya no se puede acabar una saga de fantasía juvenil si no es en dos películas más. El simple concepto de la franquicia es una triste continuación de la moda que Hollywood ha implantado y que todavía no ha servido más que para engordar las carteras de los productores, porque no hay ninguna película dividida en dos o más partes que pueda presumir de ser un acierto cinematográfico o que realmente lo necesitara por causas estrictamente relacionadas con la narrativa. Es simplemente estirar y estirar sin sentido alguno. Tanto es así que Insurgente llega a las dos horas con un punto de partida realmente modesto, la de una caja que sólo puede abrir un divergente y cuyo contenido se desconoce.

Con esa débil excusa para un filme tan largo (y que se hace muy, muy largo), Robert Schwentke demuestra que la deliciosa Más allá del tiempo fue una casualidad en una filmografía cada vez más descendente después de la terrible R.I.P.D. Departamento de policía mortal y la sobrevalorada RED. Sus escenas de acción son rutinarias y repetitivas, apoyadas en el uso de unos efectos visuales resultones (hasta el travelling aéreo casi final, que parece sacado de un videojuego de hace algunas décadas) y no presta demasiada atención a los personajes más allá de la protagonista, Tris, interpretada por Shailene Woodley con cierta intensidad pero con menos fondo del que puede parecer. Ella encabeza un reparto que sobre el papel es atractivo pero entre el que sólo destaca Miles Teller. Parece obvio, y es otra de las características de este cine, que los grandes nombres quieren salir en sagas como esta y las productores les quieren, pero el interés que añaden es muy escaso, como sucede con Kate Winslet o Naomi Watts, principal añadido de la secuela.

Schwentke ni siquiera saber dar salidas dignas a los personajes que se quedan por el camino (el colmo es el final de la película) y parece que el avance de la historia es pura rutina, porque las cosas tienen que suceder para seguir explotando el bolsillo del consumidor habitual de estas sagas. Por eso no sorprende demasiado la escasez de ambición en la adaptación del libro a la pantalla (se supone que hay una guerra, pero que nadie espere verla), los vaivenes de los personajes con o sin explicación o la repetición de los esquemas de la primera película. Insurgente, como ya le sucedía a Divergente, es un filme de consumo rápido. Seguramente le gustará a los consumidores habituales de estas sagas clónicas en objetivos y recursos, pero el éxito comercial no esconde el pobre resultado cinematográfico que ofrece. Sirve para pasar un rato, pero es tal el descuido con el que se ha realizado que vista en serio amenaza seriamente con cabrear. Y queda todavía ese episodio final desdoblado en dos películas como un año de diferencia. Paciencia.

viernes, enero 16, 2015

'Whiplash', brutal duelo de obsesiones

Cuando el cine aborda obsesiones está muy cerca de lograr lo máximo. Es un sentimiento tan cinematográfico que resulta un caramelo para cualquier director y para cualquier actor. Whiplash es un relato sobre la obsesión por la música, pero no es una obsesión sino un brutal y memorable duelo de obsesiones, la de un joven batería que sueña con ser uno de los más grandes (Miles Teller) y su profesor en la escuela de música (J. K. Simmons). Es un duelo que pasa por diferentes etapas, todas ellas formidables, hasta desembocar en un portentoso clímax, perfecta conclusión para un filme que probablemente reciba menos elogios de los que seguramente merece por su propia concepción indie o por acercarse de una forma tan concreta y, en el fondo, tan episódica, a temas tan universales. Pero la película invade el alma del espectador con tal facilidad que merece una consideración sobresaliente. ¿O acaso es posible evitar que el pie o la mano se muevan al son de la música que dicta Chazelle en Whiplash?

De alguna manera, es fácil contraponer Whiplass a cualquier película glorifcadora de la música. Pensemos, por ejemplo, en Profesor Holland, una algo desconocida pero hermosa cinta con Richard Dreyfuss en su papel principal que convierte la música en un sueño. Aquí el concepto que se ofrece es diametralmente distinto, mucho más retador, sacrificado e incluso violento. La música se domina con sufrimiento y en ese camino no hay límites para lograr la excelencia. Desdee el mismo amor por la música, esa es la clave para entender Whiplash. No es una película de personajes amables, de hermosos sueños o de caminos fáciles. Y sin embargo, es una película que explora con el mismo acierto el poder de la música a través del género escogido, el jazz. Cada plano, cada secuencia, cada personaje tiene música en la cabeza y el alma. Da igual que caigan bien o que sean insoportables como seres humanos, la música les conduce a todos ellos y eso se transmite al otro lado de la pantalla, al oído y al espíritu del espectador. Se siente desde la primera escena.

En ella, J. K. Simmons empieza a construir un personaje sencillamente memorable, cuyo poder de atracción es descomunal, construido con una exquisitez realista que el actor lleva a terrenos asombrosos. Es relativamente fácil admirar el retrato de este profesor, una maquiavélica desviación del clásico papel de mentor que con tanta frecuencia vemos en el cine, en sus momentos más exagerados, ese es el caramelo para cualquier actor. Pero por mucho que esas sean las escenas más celebradas, las más impactantes y las más divertidas, el triunfo de Simmons está en introducirlas en un retrato lleno de verdad, de sinceridad y de autenticidad. Su personaje no es una caricatura, sino un obseso, y eso le permite abrir un espectacular abanico de emociones que, aún muchos peldaños por debajo, Miles Teller recoge con mucha habilidad para dar forma a ese duelo. Son dos personajes conducidos por la obsesión y que están dispuestos a cruzar todos los límites para salir triunfantes. Que eso sea lo que se ve en la pantalla es el gran logro de Whiplash.

Más allá de que en el fondo el acontecimiento sobre el que se sustenta el filme es relativamente pequeño, y eso es algo que no tiene por que ser necesariamente negativo, es muy difícil encontrar problema alguna a Whiplash, una de esas películas pequeñas que tiene la capacidad de ir convirtiéndose, escena a escena, en grandes experiencias. Nada falla, nada desentona, todo aporta algo al conjunto final con una naturalidad brillante. Chazelle convierte la cinta es una formidable inmersión musical y psicológica, atrevida y muy bien desarrollada, tocando todos los aspectos que tiene que tocar para mostrar el duro camino hacia la leyenda musical (la soledad, la incomprensión, el sacrificio...), un brutal crescendo emocional que alcanza su cumbre cuando debe hacerlo, en su clímax final, donde sin innecesarias explicaciones o gratuitas concesiones a la comercialidad, los dos personajes protagonistas alcanzan un grado de comprensión de sí mismos y del otro que sólo puede provocar el más sincero de los aplausos. Una maravilla de película.