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miércoles, abril 01, 2015

'Insurgente', la rutina de siempre

Divergente fue una de las muchas muestras de cómo el cine espectáculo hollywoodiense se está dejando llevar por los caminos más fáciles y, por extensión, más equivocados. Y si la primera película ya era como poco discutible, la segunda confirma que el problema está lejos de solucionarse. Es un producto clónico, eso ya se ve desde la publicidad de la franquicia, con lo que no hay que esperar más que eso, la repetición de esquemas, personajes, escenarios y hasta moralejas. Pero en el caso de Insurgente eso añade también una dejadez notable en aspectos que tendrían que ser clave para que una saga de este tipo enganche. Hay personajes planos y no sólo entre esos secundarios que simplemente desaparecen y reaparecen a conveniencia, hay errores de continuidad clamorosos, situaciones inexplicables que afectan incluso a los conceptos fundamentales de la historia. Y a cambio no hay nada especialmente memorable y todo se ve venir a la legua.

Pero el modelo funciona desde el punto de vista industrial, por muchas críticas que se le puedan hacer. La primera película multiplicó por tres su presupuesto en la taquilla. Y esta segunda entrega será también un éxito, porque ya está anunciada la entrega final de la saga... por supuesto dividida en dos partes, porque por lo visto ya no se puede acabar una saga de fantasía juvenil si no es en dos películas más. El simple concepto de la franquicia es una triste continuación de la moda que Hollywood ha implantado y que todavía no ha servido más que para engordar las carteras de los productores, porque no hay ninguna película dividida en dos o más partes que pueda presumir de ser un acierto cinematográfico o que realmente lo necesitara por causas estrictamente relacionadas con la narrativa. Es simplemente estirar y estirar sin sentido alguno. Tanto es así que Insurgente llega a las dos horas con un punto de partida realmente modesto, la de una caja que sólo puede abrir un divergente y cuyo contenido se desconoce.

Con esa débil excusa para un filme tan largo (y que se hace muy, muy largo), Robert Schwentke demuestra que la deliciosa Más allá del tiempo fue una casualidad en una filmografía cada vez más descendente después de la terrible R.I.P.D. Departamento de policía mortal y la sobrevalorada RED. Sus escenas de acción son rutinarias y repetitivas, apoyadas en el uso de unos efectos visuales resultones (hasta el travelling aéreo casi final, que parece sacado de un videojuego de hace algunas décadas) y no presta demasiada atención a los personajes más allá de la protagonista, Tris, interpretada por Shailene Woodley con cierta intensidad pero con menos fondo del que puede parecer. Ella encabeza un reparto que sobre el papel es atractivo pero entre el que sólo destaca Miles Teller. Parece obvio, y es otra de las características de este cine, que los grandes nombres quieren salir en sagas como esta y las productores les quieren, pero el interés que añaden es muy escaso, como sucede con Kate Winslet o Naomi Watts, principal añadido de la secuela.

Schwentke ni siquiera saber dar salidas dignas a los personajes que se quedan por el camino (el colmo es el final de la película) y parece que el avance de la historia es pura rutina, porque las cosas tienen que suceder para seguir explotando el bolsillo del consumidor habitual de estas sagas. Por eso no sorprende demasiado la escasez de ambición en la adaptación del libro a la pantalla (se supone que hay una guerra, pero que nadie espere verla), los vaivenes de los personajes con o sin explicación o la repetición de los esquemas de la primera película. Insurgente, como ya le sucedía a Divergente, es un filme de consumo rápido. Seguramente le gustará a los consumidores habituales de estas sagas clónicas en objetivos y recursos, pero el éxito comercial no esconde el pobre resultado cinematográfico que ofrece. Sirve para pasar un rato, pero es tal el descuido con el que se ha realizado que vista en serio amenaza seriamente con cabrear. Y queda todavía ese episodio final desdoblado en dos películas como un año de diferencia. Paciencia.

viernes, febrero 15, 2013

'La Jungla. Un buen día para morir', McLane llevado al exceso

Esta nueva entrega de La jungla, la quinta de una saga iniciada allá por el año 1988, es de esas que dividirá sin remedio a los espectadores. Unos pensarán que La jungla. Un buen día para morir es un divertimento que ha perdido la vergüenza y entretiene con una historia loca, de ritmo trepidante y escenas espectaculares. Otros creerán es una película vergonzosa, que su argumento es imposible, que se desarrollo es absurdo y que la espectacularidad de sus piezas de acción es inverosímil. Lo curioso del caso es que los dos grupos de espectadores llevarán parte de razón. ¿Y qué pienso yo? Que John McLane ha sido llevado al exceso, que hay tantos momentos que recuerdan al policía de la entrega original como otros que no pegan con él, que estamos ante una película que se acerca más al bodrio que al arte, pero que, al mismo tiempo, es capaz de generar una diversión bastante satisfactoria. Eso sí, siempre y cuando se vea con la actitud y el humor adecuados. Es La jungla, es McClane. Pero no es aquella Jungla ni aquel McClane de 1988. Lo dicen en la película, ya no estamos en esos años y "Ronald Reagan ha muerto". Pues eso.

La excusa en esta caso es reunir a McClane con su hijo (Jai Courtney), preso en una cárcel rusa. En el fondo, da igual. Sacar a McClane del entorno urbano norteamericano que ha caracterizado siempre a la saga deja de ser una apuesta arriesgada en cuanto Bruce Willis toma el control de la función. Y es que hay una fusión tan absoluta entre actor y personaje que da lo mismo lo que haga y dónde lo haga, porque siempre y cuando se arme un lío monumental en el que se disparen armas de todo tipo, todo va a parecer verosímil, sobre todo después del exceso final con el avión de la más correcta La jungla 4.0. Mejor centrarse en él, en sus alusiones a la edad y al paso del tiempo (en cierta medida, lo mismo que hizo Arnold Schwarzenegger en El último desafío o Sylvester Stallone en Los mercenarios), porque si se atiende a la relación con su hijo, más fría que divertida, o a la trama, tan simple que da miedo, nos estaremos dando cuenta con suma facilidad de  lo endeble que es el invento que ha montado John Moore (cinco años después de su anterior película, Max Payne).

Entre todo eso, tiros. Muchos tiros. Y cosas que explotan. Fundamentalmente coches, en una de las secuencias de persecución automovilística más salvaje que se recuerdan, y eso, a pesar de que hay momentos que funciona con un alocado frenesí, no es necesariamente un halago. Porque en demasiados momentos una ametralladora o una explosión vienen a ser la tabla de salvación de un director que se agarra a ella cuando no sabe que hacer después de continuos zooms que no tienen mucho sentido o las más que habituales cámaras lentas, que culminan en un plano en el clímax final absolutamente memorable (y, de nuevo, ese "memorable" no tiene por qué ser necesariamente un halago). El otro argumento con el que quiere sostenerse esta Jungla es con un puñado de frases trilladas que, si no las pronunciara Bruce Willis, no tendrían ni pizca de gracia. Pero es Bruce Willis. Y, sí, en el fondo es John McClane y con eso basta para que, al menos de vez en cuando, la nostalgia se convierta en un gran aliado para disfrutar de la película.

Pero explotan tantas cosas alrededor de McClane que al final el espectador pierde por completo el hilo de la película. Y lo más curioso es que ni se nota. No importa quien es el bueno y quién el malo, si hay algún sentido en la trama política que envuelve al preso Yuri Komarov (Sebastian Koch, probablemente lo mejor de la película) y Chagarin (Sergei Kolesnikov), si la hija del primero, Irina (Yuliya Snigir) es una damisela en apuros, una heroína, un cebo o a saber qué, si McClane hijo quiere darle un abrazo a McClane padre o prefiere pegarle una paliza. Nada de eso cobra la suficiente importancia, y se pierde lo que estaba más que presente en las anteriores entregas, la implicación personal de McClane en la historia. Eso estaba incluso en la cuarta, que era la más floja, en ese sentido, con la introducción de su hija (Mary Elizabeth Winstead, que repite aquí en una breve intervención). Usar ahora al hijo viene a ser la siguiente vuelta de tuerca que dejará al aficionado pensando qué podrían usar para la sexta película. ¿Quizá recuperar a su ex exposa? ¿O pasamos ya a la siguiente generación y le damos un nieto a McClane?

La Jungla. Un buen día para morir es una de esas películas malas que en el fondo divierten. Pocos lo reconocerán y preferirán centrarse en el devastador ataque que, es cierto, merece en buena medida la película. Pero asumido todo lo nefasto que tiene, sus 97 minutos son más agradecidos de lo que cabría suponer. Sus responsables se pasan tres pueblos (ojo a las hélices del helicóptero o los saltos al vacío, que hay más de uno, de McClane y su hijo) y convierten la película en una fantasmada que no termina de pegar con aquel policía de Nueva York que solventó hace un cuarto de siglo el secuestro en el Nakatomi Plaza de Los Ángeles, pero quizá por eso mismo se puede disfrutar, más incluso que cualquier otra película de acción. ¿Y por qué? Porque Bruce Willis es Bruce Willis. Y, aunque pueda parecer mentira, eso casi es suficiente para olvidar todos los contundentes agujeros de todo tipo (de lo narrativo a lo visual, pasando por lo emocional) que tiene la película.