Esta nueva entrega de La jungla, la quinta de una saga iniciada allá por el año 1988, es de esas que dividirá sin remedio a los espectadores. Unos pensarán que La jungla. Un buen día para morir es un divertimento que ha perdido la vergüenza y entretiene con una historia loca, de ritmo trepidante y escenas espectaculares. Otros creerán es una película vergonzosa, que su argumento es imposible, que se desarrollo es absurdo y que la espectacularidad de sus piezas de acción es inverosímil. Lo curioso del caso es que los dos grupos de espectadores llevarán parte de razón. ¿Y qué pienso yo? Que John McLane ha sido llevado al exceso, que hay tantos momentos que recuerdan al policía de la entrega original como otros que no pegan con él, que estamos ante una película que se acerca más al bodrio que al arte, pero que, al mismo tiempo, es capaz de generar una diversión bastante satisfactoria. Eso sí, siempre y cuando se vea con la actitud y el humor adecuados. Es La jungla, es McClane. Pero no es aquella Jungla ni aquel McClane de 1988. Lo dicen en la película, ya no estamos en esos años y "Ronald Reagan ha muerto". Pues eso.
La excusa en esta caso es reunir a McClane con su hijo (Jai Courtney), preso en una cárcel rusa. En el fondo, da igual. Sacar a McClane del entorno urbano norteamericano que ha caracterizado siempre a la saga deja de ser una apuesta arriesgada en cuanto Bruce Willis toma el control de la función. Y es que hay una fusión tan absoluta entre actor y personaje que da lo mismo lo que haga y dónde lo haga, porque siempre y cuando se arme un lío monumental en el que se disparen armas de todo tipo, todo va a parecer verosímil, sobre todo después del exceso final con el avión de la más correcta La jungla 4.0. Mejor centrarse en él, en sus alusiones a la edad y al paso del tiempo (en cierta medida, lo mismo que hizo Arnold Schwarzenegger en El último desafío o Sylvester Stallone en Los mercenarios), porque si se atiende a la relación con su hijo, más fría que divertida, o a la trama, tan simple que da miedo, nos estaremos dando cuenta con suma facilidad de lo endeble que es el invento que ha montado John Moore (cinco años después de su anterior película, Max Payne).
Entre todo eso, tiros. Muchos tiros. Y cosas que explotan. Fundamentalmente coches, en una de las secuencias de persecución automovilística más salvaje que se recuerdan, y eso, a pesar de que hay momentos que funciona con un alocado frenesí, no es necesariamente un halago. Porque en demasiados momentos una ametralladora o una explosión vienen a ser la tabla de salvación de un director que se agarra a ella cuando no sabe que hacer después de continuos zooms que no tienen mucho sentido o las más que habituales cámaras lentas, que culminan en un plano en el clímax final absolutamente memorable (y, de nuevo, ese "memorable" no tiene por qué ser necesariamente un halago). El otro argumento con el que quiere sostenerse esta Jungla es con un puñado de frases trilladas que, si no las pronunciara Bruce Willis, no tendrían ni pizca de gracia. Pero es Bruce Willis. Y, sí, en el fondo es John McClane y con eso basta para que, al menos de vez en cuando, la nostalgia se convierta en un gran aliado para disfrutar de la película.
Pero explotan tantas cosas alrededor de McClane que al final el espectador pierde por completo el hilo de la película. Y lo más curioso es que ni se nota. No importa quien es el bueno y quién el malo, si hay algún sentido en la trama política que envuelve al preso Yuri Komarov (Sebastian Koch, probablemente lo mejor de la película) y Chagarin (Sergei Kolesnikov), si la hija del primero, Irina (Yuliya Snigir) es una damisela en apuros, una heroína, un cebo o a saber qué, si McClane hijo quiere darle un abrazo a McClane padre o prefiere pegarle una paliza. Nada de eso cobra la suficiente importancia, y se pierde lo que estaba más que presente en las anteriores entregas, la implicación personal de McClane en la historia. Eso estaba incluso en la cuarta, que era la más floja, en ese sentido, con la introducción de su hija (Mary Elizabeth Winstead, que repite aquí en una breve intervención). Usar ahora al hijo viene a ser la siguiente vuelta de tuerca que dejará al aficionado pensando qué podrían usar para la sexta película. ¿Quizá recuperar a su ex exposa? ¿O pasamos ya a la siguiente generación y le damos un nieto a McClane?
La Jungla. Un buen día para morir es una de esas películas malas que en el fondo divierten. Pocos lo reconocerán y preferirán centrarse en el devastador ataque que, es cierto, merece en buena medida la película. Pero asumido todo lo nefasto que tiene, sus 97 minutos son más agradecidos de lo que cabría suponer. Sus responsables se pasan tres pueblos (ojo a las hélices del helicóptero o los saltos al vacío, que hay más de uno, de McClane y su hijo) y convierten la película en una fantasmada que no termina de pegar con aquel policía de Nueva York que solventó hace un cuarto de siglo el secuestro en el Nakatomi Plaza de Los Ángeles, pero quizá por eso mismo se puede disfrutar, más incluso que cualquier otra película de acción. ¿Y por qué? Porque Bruce Willis es Bruce Willis. Y, aunque pueda parecer mentira, eso casi es suficiente para olvidar todos los contundentes agujeros de todo tipo (de lo narrativo a lo visual, pasando por lo emocional) que tiene la película.
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viernes, febrero 15, 2013
martes, septiembre 11, 2007
Un escenario irrepetible
Nada más producirse los atentados del 11-S, Columbia retiró el primer trailer de Spider-Man. En él se veía a un helicóptero atrapado en una inmensa tela de araña que el héroe había tejido entre las Torres Gemelas. Un trailer maravilloso, pero muy doloroso. El fotograma que hay sobre la imagen se dejó en la película, no obstante, como homenaje al lugar de la mayor masacre terrorista que ha vivido Estados Unidos. Si Spider-Man es el héroe por excelencia de Nueva York, lo más reconocible de Nueva York debía salir en su primera gran película.
Las Torres Gemelas de Nueva York las hemos visto tantas veces en el cine que ya ni siquiera recordamos en qué películas estaban. Pero estaban en muchas. Muchas veces al fondo, sin ser escenario real del filme que estábamos viendo. Algunas veces más de cerca. De día o de noche. Daba igual. Allí estaban. Eran un símbolo de Nueva York y los directores se valían de su figura para decirle al espectador que estaba en Nueva York. Y ya lo creo que funcionaba. El cariño que yo tengo por esta ciudad viene sobre todo del cine.
Desde hace seis años, cuando unos fanáticos lanzaron dos aviones contra ellas y las derribaron, no podemos verlas más en el cine. Al menos no de la misma forma. Martin Scorsese y Steven Spielberg rindieron preciosos homenajes a estas torres en Gangs of New York y Munich. Oliver Stone rodó World Trade Center para que las viéramos por última vez en todo su esplendor y también en su caída. Será difícil olvidar que una vez Nueva York tuvo estas Torres. Ahí estará siempre el cine para recordárnoslo. Sirvan estos tres ejemplos como mi pequeño homenaje a un lugar que ya nunca podré ver más que en el cine.sábado, septiembre 08, 2007
¡Qué alegría volver a verte, John McClane!
Estamos ante una oportunidad única que no sé si sabemos valorar en estos momentos, en esta década, quizá como mucho en la siguiente y al igual que en unos pocos años precedentes. Están regresando muchos de los personajes con los que vivimos aquellos espléndidos años 80 en géneros como la aventura, la fantasía, la acción o la ciencia ficción. Y están regresando con sus encarnaciones originales. Lo permite el hecho de que hayan pasado sólo 20 años desde entonces. No volveremos a ver algo parecido, porque hoy la industria del cine coge una franquicia y la exprime al máximo en el menor tiempo posible. Es lo que hacen con los Piratas y Harry Potters de turno. Cuantas más películas mejor, sin que importe realmente su calidad, puesto que son productos, no cine en el sentido más extenso de la palabra, y si se pueden rodar al mismo tiempo, más dinero que se gana.
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Pero quienes hemos crecido en los años 80, estamos teniendo ahora la oportunidad de recuperar personajes como Rocky, Rambo, Indiana Jones, los héroes de Cristal Oscuro o este John McClane que nació allá por 1988, cuando John McTiernan dirigió La jungla de cristal, una de las película que marcó el camino del cine de acción al final de su década. McClane era el típico policía que estaba en el lugar inoportuno en el momento más inadecuado para salvar la situación al final. Tuvo dos películas casi consecutivas. La primera ya es un clásico del género. La secuela, dirigida por Renny Harlin (Máximo riesgo), se quedó muy lejos del original a pesar de la espectacularidad del marco elegido (un aeropuerto) y pareció acabar con la saga.
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John McTiernan la resucitó hace nada menos que doce años y con Jungla de cristal: La venganza ofreció un entretenidísimo producto de acción que cogía lo mejor de esta saga y lo mejor del cine policiaco de colegas. Con un comienzo espectacular (explosión al medio minuto, y de ahí en aumento) y un villano imprescindible (que mantiene la tensión durante 45 minutos sin haber aparecido en pantalla más allá de su voz, un Jeremy Irons fantástico), parecía un precioso final a la saga. Pero no. John McClane ha vuelto. ¡Y qué alegría volver a verle!
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La jungla 4.0 es una película más difícil de analizar de lo que parece. Lo esencial es acertado. Es John McClane el que aparece en pantalla sin duda alguna. Y eso vale para que haya merecido la pena pagar una entrada. El policía creado por Bruce Willis aparece en todo su esplendor a pesar de la edad (del actor y del personaje), soltando casi tantos tacos como de costumbre, destrozando tantas cosas como siempre y protagonizando batallas perdidas de las que por fuerza (aunque ensangrentado y con la camiseta hecha un asco) sale victorioso. Esta Jungla es la primera que no califican para mayores de 18 edad y después de verla no salgo de mi asombro. No sé que han visto (o qué no han visto) en ésta que no estuviera en las anteriores. La violencia es verdaderamente brutal en todo momento. En fin, curiosidades de la industria...
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El guión no está nada mal, sobre por el escenario que plantea, que si algo demuestra es que el cine norteamericano se ha quitado ya de encima la losa que supuso el 11-S. Ver la situación de caos total provocado por un grupo terrorista (europeo, que hay que mantener lo políticamente correcto...) que se ve en esta película seguramente no hubiera sido posible dos años atrás. Pero por fortuna, productores y director (Len Wiseman; reconozco que no esperaba mucho de quien sólo había dirigido hasta ahora las dos películas de Underworld) no se han cortado un pelo ni en lo desproporcionado del plan terrorista ni en la violencia para llevarlo a cabo. La Jungla tiene que ser violenta. Si no, no sería La Jungla.
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Bruce Willis está tan impagable como siempre en su papel de John McClane. Sabe cómo hacer que este personaje funcione y cumple a las mil maravillas. A su alrededor no todo funciona de la misma forma. No porque los actores no estén razonablemente bien, sino porque la mayoría de los personajes son auténticos y desproporcionados estereotipos, sobre todo los del villano de la función (Timothy Oliphant), el compañero de fatigas de McClane (Justin Long) o ese hacker al que da vida el también director Kevin Smith. Lo más gracioso es que la dama en apuros no es tal y esta vez, por primera vez en mucho tiempo en el cine de acción, no me desentona para nada. Mary Elizabeth Winstead da vida a la hija de McClane, la viva imagen del carácter de su padre.
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Lo peor de esta Jungla 4.0 viene de la mezcla entre el cine de los años 80 y el del siglo XXI. Las mejores escenas de la película son las que más recuerdan a las primeras películas de la saga, las que ofrecen secuencias planificadas, las que no se ruedan con un aspecto semi-improvisado gracias a la cámara en mano. Especialmente inverosímil, especialmente para una saga como ésta, es el número en el que cae todo el cine de acción contemporáneo: buscar el más difícil todavía, la escena imposible que nadie ha rodado antes. John McClane, para ser John McClane, no necesita que caza se ponga a disparar el camión que conduce, derribar el puente por el que transita, salir de un salto de ese camión en llamas para posarse en el ala de ese mismo avión, a punto de estrellarse, y salir con vida. Pero bueno, se lo perdonaremos por la alegría que produce siempre volver a ver a un personaje tan entrañable como éste...
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Si pague una entrada por escuchar la música de Rocky en el cine, ¿cómo no la iba a pagar por escuchar a John McClane volver a decir aquello de "Yippee Ki Yay, hijo de puta"...?
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