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miércoles, octubre 30, 2013

'La mirada del amor', dos monstruos

Poner una película en manos de Annette Benning y Ed Harris debe de ser una de las decisiones más gozosas y sencillas que puede adoptar un director. La explicación es muy sencilla: son dos auténticos monstruos del cine. Da igual lo que les eches, ellos lo convertirán en algo trascendente. Lo que Arie Posin les da, como director y coguionista de La mirada del amor, no es tampoco cualquier cosa. La historia, un drama romántico, es a ratos bastante previsible (lo es sobre todo en su más que previsible desenlace), pero permite a los dos protagonistas muchos momentos de lucimiento desde la naturalidad y la categoría interpretativa. Durante hora y media, dejan de ser actores, dejan de ser personajes y se convierten en personas de carne y hueso con las que sufrir e ilusionarse. Benning y Harris son extraordinarios, de esos actores que de vez en cuando recuerdan al espectador que el cine no tiene por qué estar vinculado al glamour de las bellezas veinteañeras. De verdad que no.

Por eso siempre es espectacular que dos actores veteranos den lecciones como las que dan Annette Benning y Ed Harris en La mirada del amor, con sus 55 y casi 63 años respectivamente. Sus interpretaciones hablan de sinceridad, de humanidad, de sentimientos, y están llenas de matices y recovecos en los que el espectador puede bucear. Ella da vida a Nikki, una mujer que aparenta normalidad pero que en realidad no sabe cómo rehacer su vida tras la muerte de su marido. Y él interpreta a Tom, un pintor y profesor universitario que es la viva imagen de ese marido muerto. Cuando Nikki encuentra a Tom por pura casualidad y en un momento cargado de emotividad, se plantea qué debe hacer y si está bien la relación que quiere entablar con él. Intentar abrirse camino por lo que tienen que estar pensando ambos personajes, sobre todo el de Nikki, es una de las grandes satisfacciones que permite la película.

Se puede hablar de que Posin arranca su filme con un acertado juego de saltos en el tiempo, de planos tan hermosos como los de la playa, la piscina o el museo, de que juega acertadamente con la puesta en escena o de lo precioso que es el final del filme, pero es obligado decir que cualquier logro del director en esta historia pasa irremediablemente por lo que hacen Benning y Harris. Es así. Y también, en el tercer papel en discordia, por lo que ofrece un Robin Williams que destila melancolía y que siempre que tiene uno de esos pequeños personajes demuestra lo buen actor que es. Pero es la pareja protagonista la que marca el ritmo en todos y cada uno de los diferentes estados anímicos por los que pasa la película, con un realismo sobrecogedor, con emociones contenidas y visibles según lo requiere la historia.

Viendo la historia y su desarrollo, también es lícito pensar que sin dos actores de semejante categoría La mirada del amor podría haber quedado como un tópico telefilme. No es así gracias a sus portentosos trabajos y a la apreciable habilidad de Posin (es su segunda película tras la prácticamente desconocida Historia de un secuestro, de 2005) para multiplicar los escenarios. Pero nada puede distraer de lo que realmente importa. Annette Benning y Ed Harris. Viéndoles, un espectador puede llegar a entender la enorme cantidad de matices, recursos y detalles que se pueden plasmar en un trabajo interpretativo. Siempre habrá quien piense que su profesión es sencilla, que no consiste más que en lucir delante de una cámara. Pero siempre quedarán actorazos descomunales como estos dos para recordar la belleza de su oficio y, de paso, de lo hermoso que es el cine incluso en películas que no encontrarán un hueco de honor en la historia. La mirada del amor son ellos.

viernes, septiembre 17, 2010

'Madres e hijas', algo me falta en este cine

Desde hace ya algunos años, se ha impuesto un cine coral sobre problemas reales. Es un cine que, al margen de la opinión que pueda tener cada espectador después de verlo, se vende con la vitola de gran cine. Suelen destacar sus repartos, formados por grandes actores y/o grandes estrellas. Se suelen destacar, sobre todo de forma previa, sus guiones, pensandos para entrelazar a los personajes más dispares para llegar a un gran pico dramático hacia el final de la cinta. Madres e hijas forma parte de esta corriente que alcanzó su cumbre en 2004, cuando Crash logró los Oscars a mejor película y mejor director. Y para mí es un cine engañoso. Porque encierra virtudes, pero también defectos. Y poca gente se detiene en los defectos, mientras que las virtudes se ensalzan, lo que me deja siempre la sensación de estar viendo un cine, además de engañoso, sobrevalorado y relativamente fácil de hacer.

Madres e hijas está dirigida por Rodrigo García, hijo de Gabriel García Márquez (detalle totalmente superfluo a la hora de evaluar su cine, pero que también se indica siempre para ahondar en esa vitola previa de gran cine). Dicen los que conocen su obra como guionista y director (tanto de cine como de televisión), que la película sigue muchas de las constantes de sus anteriores trabajos. Me encuentro en su filmografía con una película para televisión que se titula Fathers and sons, con lo que esa idea se refuerza en mi mente. Y descubro que entre los productores ejecutivos de esta película está Alejandro González Iñárritu, director que se hizo famoso con historias que forman parte de este tipo de cine al que me refería al principio, de historias cruzadas, reparto coral y dramas personales (Amores perros, 21 gramos, Babel). Y releo los dos párrafos anteriores y compruebo que en realidad todavía no he dicho nada sobre la película de Rodrigo García.

La sensación que me deja es, nuevamente, que es un cine fácil de hacer, un cine que esconde tras las emociones los valores cinematográficos que le faltan. Y lo mejor que puedo decir de ella es que tiene un reparto impresionante. A su cabeza, una maravillosa Annette Bening. Su papel está lleno de matices, repleto de luces, y cargado de momentos memorables. Supera con creces el retrato de su personaje que aparece en el guión (que más que bien evolucionado me parece algo confuso en ocasiones), lo engrandece, lo lleva a lo más alto. No importa el estado emocional de la escena, la actriz lo borda. Ella es el núcleo, el corazón y el alma de Madres e hijas. Con ella en pantalla, la película funciona. Sin ella, la cosa decae algunos puntos, a pesar de que Naomi Watts también aporta mucho al filme. Es Watts una actriz que me resulta muy peculiar. A veces da la impresión de que pasa por las películas y a veces se las come. Aquí une escenas de las dos categorías, pero la sensación con la que uno termina es de grandeza, paralela al crecimiento piscológico de su personaje según pasan los minutos de película. Ese sí es el gran acierdo del guión.

Y es que para muchos el guión es perfecto, pero para mí tiene agujeros. Los tiene precisamente en la dirección en la que apunta el título. La película va sobre madres e hijas, dice ese título, pero no termina de ser cierto. Más correctamente, habría que decir que va sobre mujeres, aunque quiera arrastrar al espectador a las relaciones entre madres e hijas, algo que nunca termina de hacer completamente porque se deja llevar por otros muchos asuntos. Y por el camino se quedan los retratos masculinos, algo pisoteados (quizá ahí se salve el personaje de Samuel L. Jackson a pesar que su actuación está por debajo de sus compañeras de reparto) en la pretensión de crear un universo femenino singular. Si en algo se nota es en la nula credibilidad emocional de quien actúa como marido de Kerry Washington (la actriz menos sólida de la película, que simplemente cumple con el papel). Todo lo contrario desprenden dos actrices más desconocidas y jóvenes, de las que ojalá se hubiera visto más en la película, Brittany Robertson (la vecina ciega de Watts) y Tatyana Ali (la hija de Jackson).

Llega el final de la película y es cierto que queda una historia hermosa y emotiva. Es cierto que hemos visto grandes actuaciones, sobre todo, insisto, la de Annette Bening. Y es también cierto que algunas escenas dejan el corazón en un puño y la lágrima a punto de brotar. Pero falta algo. Quizá la sensación de ver algo nuevo, que no se tiene en toda la película. Quizá un ritmo cinematográfico más constante, porque no todas las historias interesan de la misma manera durante todo su desarrollo. Quizá una mayor definición de los personajes masculinos, no para quitarle sentido al título de la película, sino para potenciarlo. Pero falta, sí, falta algo en Madres e hijas, que no tiene nada que ver con la percepción en femenino o en masculino que tenga el espectador y sí mucho en lo que significa y transmite todo este tipo de cine.