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viernes, julio 28, 2017

'Spider-Man. Homecoming'. el toque Marvel sienta bien una vez más

Se tiende a pensar que Marvel ha encontrado una fórmula y no hace más que repetirla. Pero es una sensación falsa, que cada estreno viene a desmentir. Cierto que en Doctor Strange sí estaba la fórmula Iron Man, pero en realidad el resto de películas no son tan parecidas entre sí. Spider-Man. Homecoming viene a ser no solo una demostración más, sino probablemente el título llamada a romper esa ilusión reiterativa para quienes aún la tengan. Y esta vez el mérito es doble, porque el toque Marvel le ha sentado de maravilla a un personaje que ve su segundo reboot en apenas cinco años. No se trata de comparar los méritos de Homecoming con los de las tres películas de Sam Raimi o las dos de Marc Webb, a estas alturas ya resulta algo innecesario, pero sí es que es evidente que Marvel Studios sabe lo que hace con sus personajes. Los usa, los glorifica y los actualiza de una manera sencillamente espectacular.

Así, John Watts, sorprendente nombre el que Marvel escogió para esta película, cuenta una primera historia con el personaje como protagonista pero entendiendo dos cosas. Por un lado, que forma parte de Marvel, que tiene que encajar con los Vengadores (y ojo a las sorpresas, que hay muchas, sobre todo para quienes pensaran, equivocadamente aleccionados por los trailers, que el Tony Stark de Robert Downey Jr. iba a ser el único enlace) pero que al mismo tiempo desarrolla un universo propio. Y ese universo, por fin, nos muestra el Peter Parker adolescente, el del instituto, el de una edad que todavía no le coloca cerca de ser un adulto responsable. Eso es lo que vemos aquí, por primera vez en una película de Spiderman. Es verdad que es entorno será un shock para el aficionado clásico, porque es una actualización en toda regla que se acerca más a los cómics del universo Ultimate que a los primeros tebeos de Stan Lee, cameo obligado por supuesto, y Steve Ditko.

Todas estas buenísimas sensaciones no se podrían conseguir de haber errado con el protagonista. No es mérito de Homecoming, puesto que Tom Holland ya debutó como Spiderman en Capitán América. Civil War, pero Watts le lleva francamente bien. El chico tiene un talento natural para hacer de superhéroe, y eso no solo se nota cuando la película deriva hacia un drama bastante adecuado, sino incluso con el lenguaje corporal que aporta a Spiderman, siguiendo la estela de algo que Andrew Garfield ya había tratado de incorporar. Y es que el Trepamuros es mucho más que piruetas y efectos visuales, que los hay y de un nivel espléndido, pero es también un personaje muy bien construido, que lucha por convertirse en un héroe, por estar a la altura de la figura paterna en la que se convierte Tony Stark y para tener la oportunidad de convertirse en un Vengador y participar en grandes misiones. 

Pero, como se ha dicho más arriba, la película rinde homenaje, casi pleitesía, al universo personal de Spiderman. Su final es todo un canto de amor a lo que es el personaje, pero por el camino tenemos la oportunidad de ver homenajes a cómics clásicos y no tan clásicos, para aderezar el enfrentamiento con un villano clásico hasta ahora nunca visto, el Buitre, y aquí remasterizado con brillantez para la ocasión con un Michael Keaton brillante dándole vida. Spider-Man. Homecoming acaba siendo así una película que juega muy bien con la acción, con la comedia y con el drama, que sabe ser clásica y moderna, que genera una sensación de diversión desenfadada durante toda la película (incluyendo, por supuesto, la segunda de las dos escenas postcréditos) y que. una vez más, demuestra que el superhéroe en el cine sigue teniendo todavía mucho que decir, por eficacia, por brillantez y por originalidad. Había perspectivas regulares y lo han bordado.

viernes, enero 29, 2016

'Spotlight', magnífico y clásico cine de periodistas

Hay subgéneros que parecen tener un encanto especial, se haga lo que se haga en y con ellos. El cine de periodistas es uno de ellos. Es un encanto clásico, pausado, inteligente, quizá por todo ello no apto para paladares que exijan una acción más contundente, un montaje más contemporáneo o personajes más extremos, pero para queiens gusten de esa manera de hacer cine sacada de otro tiempo cualquier revisión es interesante. Cuando se hace con tanta maestría como en Spotlight, es sencillamente una magnífica lección de cine. Eso es lo que consigue Tom McCarthy, quien, como en The Visitor, consigue que la fuerza emane tanto de la historia que tiene entre manos como de su gran capacidad para dirigir actores. McCarthy filma dos horas de puro cine, un contundente relato en el que nada sobra y nada falta y en el que sumerge con firmeza al espectador.

Spotlight es el nombre del grupo de investigación de The Boston Globe y la película sigue su trabajo para destapar la red con la que la Iglesia católica ocultó los abusos a menores de diferentes curas. Solventando todos los posibles problemas, el tratamiento que le da el filme está a la altura de tan delicado tema. Qué fácil habría sido caer en trampas morales y maniqueísmos y, sin embargo, la película no tiene nada que envidiar a grandes clásicos de este subgénero como Todos los hombres del presidente. Esto es periodismo, esto es cine, y la mezcla de ambos es impresionante. Lo que se muestra es sutil, porque, cumpliendo con una función de denuncia que probablemente le generará las suficientes antipatías como para no ser la película triunfadora en la temporada de premios, no se limita a explorar esa vía. Importa el mundo, pero importan los personajes.

Y los diálogos, insertados en una compleja pieza de relojería que avanza con tanta naturalidad como la vida misma. Hasta el encaje del 11-S en esta investigación, coincidieron en el tiempo, es formidable. Michael Keton y Mark Ruffalo parecen llevarse lo mejor del guión, claramente por encima de Rachel McAdams (su papel guarda ciertas similitudes con el que ya interpretó en la infravalorada La sombra del poder, donde ella estaba aún más impresionante) y Brian d'Arcy James, los otros dos integrantes del grupo Spotlight, con aportaciones maravillosas de otros espléndidos actores. Ojo al papel de Stanley Tucci (y a su última frase en la película, verdadero corazón de la historia y el momento más emotivo para quienes sientan el periodismo como algo importante y no como lo que, por desgracia, es ahora mismo en demasiados ámbitos), pero también al de Liev Schreiber, Billy Crudup o John Slattery.

La brutal y descarnada trascendencia que tiene Spotlight se ve al arranque de los créditos finales, cuando con un escalofrío se constata la escala de los abusos sexuales a menores de los que se habla en la película. La que tiene Spotlight como película se siente desde el principio, desde un impresionante prólogo, delicado y complejo, hasta que se llega al final, una memorable loa a la profesión periodística. Entre ambos instantes, dos horas de cine puro. Clásico, sí, y eso, por desgracia, probablemente limitará la fascinación que se pueda sentir por el filme de McCarthy. E incisivo, sin duda, y eso también, como cuenta el mismo filme, hará que sectores católicos la entiendan como un ataque. No lo es. Es un maravilloso canto a la verdad, la que se abre camino cuando la integridad se pone por encima de la conveniencia o la dejadez. Eso es Spotlight, una auténtica maravilla que se ha ganado el derecho a perdurar.

viernes, enero 09, 2015

'Birdman', el Iñárritu más bizarro

Siempre que alguien utiliza el término "bizarro" en español surge la duda de si se está utilizando con acierto. Su significado según la RAE es "valiente", pero es fácil caer en la trampa de este false friend extraído del inglés para pensar que quiere decir "extraño". Birdman es una de esas películas en las que el término bizarro se puede y se debe entender de las dos maneras. Porque desde luego que se trata de una película bizarra, un valiente y arrojado ejercicio de estilo en el que Alejandro González Iñárritu no deja títere con cabeza en el show bussiness. Pero es también rara, una ensoñación a ratos casi poética y terriblemente arriesgada que funciona bastante bien casi siempre, aunque sobre todo en el tramo final cuesta encontrar un objetivo claro a esta locura. ¿Es un alegato? ¿Es un ataque? ¿Es una defensa? ¿O es simplemente una digresión? Es una película extraña, de eso no hay duda. Como tampoco la hay en cuanto al entretenimiento que ofrece durante sus dos horas. ¿Pero de qué iba todo esto? Ahí es cuando surgen las dudas.

El mismo concepto de la película está marcado por la genialidad. Michael Keaton interpreta a Riggan Thompson, un actor conocido en Hollywood por haber interpretado a un superhéroe, el Birdman que da título a la película, y que años después busca encontrar el prestigio profesional adaptando, dirigiendo e interpretando en Broadway una obra de Raymond Carver. El punto de partido le permite a Iñárritu adentrarse sin miedos, sin reservas y sin límites en una salvaje descripción de la profesión en la que la ironía salpica a todos sus estamentos. Se siente la genialidad del guión en esos diálogos cortantes, en esos retratos preciosos y en esa deliciosa combinación entre la más alucinógena ensoñación y el relato más realista. Ojo a las dobles lecturas, porque siendo Keaton, el primer Batman moderno, el protagonista de la película, hay muchos momentos en los que da la impresión de que la crítica del filme es muy certera y nada gratuita, toda una burla hacia el sistema desde dentro del mismo.

Y todo ello además creando una colección de personajes excepcionales y diversos que completan el relato a todos los niveles, que adquieren identidad propia por separado y viven unas relaciones portentosas. A eso contribuye de una manera muy especial el brutal reparto de la película, aunque no hay que quitar ningún mérito al trabajo literario de Iñárritu y sus otros tres coguionistas. Ahí no hay engranaje débil en la película. Es verdad que resulta fácil apostar por los rostros más conocidos. El propio Keaton está soberbio, como Emma Stone dando vida a la rebelde hija de Riggan, Naomi Watts como la emocionalmente frágil actriz protagonista de su obra de teatro o Edward Norton como el díscolo y polémico actor que comparte escenario con ellos. Pero ojo a un segundo nivel, con Zach Galifianakis (abogado y amigo de Riggan), Andrea Riseborough (la amante del protagonista) o Amy Ryan (su ex mujer). El guión es brillante en muchos momentos y los diálogos siempre inteligentes, pero también porque los actores le dan una vida asombrosa.

¿Pero cuál es entonces el problema de Birdman? Puede que no haya un problema como tal en la película y que este surja en todo caso en el patio de butacas. Siendo una película completamente diferente, y con una estructura absolutamente genial de aparente plano secuencia falseado convenientemente, a veces resulta complejo saber hacia dónde va, qué pretende, cuál es su mensaje. Durante los tres primeros cuartos la fascinación es total y hace que la película avance con brillantez. Es divertida, ingeniosa e inteligente, una amalgama de elementos casi antagónicos (Broadway como escenario y aspiración frente al blockbuster hoillywoodiense como medida del éxito y de la satisfacción personal y psicológica). ¿Pero en realidad de qué va Birdman? En la persecución de la respuesta a esa pregunta, a Iñárritu se le escapa ligeramente el filme en su tramo final, y quizá la única forma de replicar a esa cuestión sea ver el último plano de la película y asimilar que todo esto no ha sido más que una fábula. Una bizarra y casi siempre genial, pero una fábula.

jueves, abril 10, 2014

'Need for Speed', no lo intenten en la vida real

Nada más acabar las ¡más de dos horas! que dura Need for Speed, aparece un rótulo que ocupa toda la pantalla pidiendo que no se repita en la vida real lo que se acaba de ver, que todo ha sido rodado por especialistas en circuitos cerrados y controlados. Es la señal de los tiempos políticamente correctos en los que vivimos, que obliga a colocar esta advertencia para evitar futuras demandas por imitación después de una historia que muestra a un glorificado héroe romper más de una docena de leyes, y no sólo las de tráfico, para demostrar que es un piloto espléndido. O, en realidad, lo que hace Scott Waugh, tras una larga experiencia como especialista, es un precioso y larguísimo anuncio de coches, un trabajo publicitario de primer orden que mimetiza lo que ya hizo en Acto de valor, que codirigió con Mike McCoy, que era un elaborado anuncio de los Navy Seals. ¿Y el videojuego que da origen a la película? Pues en el título y en los coches, no había muchas más posibilidades.

En la habilidad como especialista de Waugh es donde está lo mejor y más rescatable de Need for Speed, porque hace que luzcan los deslumbrantes y lujosos coches que coloca en la pantalla, crea esa sensación de velocidad (cómo ayuda en este sentido la trepidante aunque algo predecible música de Nathan Furst) que exigía inexcusablemente el título y hace que los vehículos sean los únicos protagonistas del filme. ¿La historia? Mejor no tenerla en cuenta si se quiere disfrutar algo de la cinta, porque está tan llena de personajes tópicos, insensataces varias, situaciones previsibles y diálogos absurdos que en base a ese argumento habría que machacar sin piedad el resultado final. Y en el fondo no se lo merece, al menos no de forma radical, aún asumiendo los fallos, incluyendo errores de continuidad, y los lugares comunes, porque no deja de ser un simple divertimento que con un nivel de exigencia bajo no termina de funcionar mal del todo. Por eso los tópicos son tópicos, porque son reconocibles, fáciles y funcionales.

Y es verdad que para rellenarlos se ha escogido a actores competentes y adecuados con lo que se espera de los estereotipos, empezando por Aaron Paul, Imogen Poots y Dominic Cooper, por lo que el resultado no podía salir mal del todo en ese sentido. Ahora bien, la rareza interpretativa de la película es Michael Keaton, que se suma a esa moda que parece estar instalándose en Hollywood de crear un personaje que no tenga contacto físico con ningún otro, lo que permite contar con un actor más o menos conocido sin necesidad de que ruede al mismo tiempo que los demás. Este un tanto desatado Keaton interpreta al promotor de la carrera ilegal en la que participa el protagonista para vengar afrentas pasadas. El reclamo, no obstante, no está en los actores, sino en la glorificación de esa conducción imposible de los videojuegos y que en el salto a la gran pantalla se rellena con las imprescindibles justificaciones a la enorme colección de infracciones y delitos que sazonan los actos de los protagonistas.

Por todo ello, Need for Speed es una película más que previsible de principio a fin, que no cuenta con la sorpresa como uno de sus puntos a favor ni en su trama, ni en sus caracterizaciones ni tampoco en lo que cabe esperar de ella. En todo caso, es obvio que las aspiraciones de la cinta no son más que las que sí consigue Waugh en cierta medida: que haya coches, carreras ilegales, accidentes espectaculares y poco más. Eso, obviamente, genera un halo de desilusión porque empieza a instalarse como la norma. ¿Para qué hacer una buena película si basta con cumplir el expediente y hacerlo con un presupuesto que no se dispare? Si alguien quiere ver una película sobre automovilismo realizada con más destreza comecial, siempre quedará Días de trueno. Y si se busca una buena película de verdad sobre este mundo, está Rush. Para todo lo demás, y por supuesto sin pensar que nada de lo que sucede en la pantalla es verosímil o mínimamente realista, Need for Speed.

viernes, febrero 14, 2014

'Robocop', una buena forma de hacer un remake

Puestos a pensar en remakes recientes, se me ocurren pocas formas más inteligentes de hacer uno que la de Robocop. Dicho esto, conviene hacer unas cuantas precisiones para ponernos en situación. La primera, que esta nueva versión de José Padilha es inferior a la original de Paul Verhoeven, estrenada en 1987, en muchos aspectos, en especial en lo rompedor del planteamiento de aquella en una era en que la ciencia ficción y los efectos especiales estaban a otro nivel. Pero eso no tiene por qué llevarnos de forma automática al terreno de lo desdeñable, como suele suceder cuando alguien dice que un remake no supera al original. No es esa la única razón de ser de una película. Para empezar, en este caso es complicado, porque el cine de ciencia ficción ha cerrado ya muchos de los caminos que permiten ser rompedor a estas alturas. Pero Robocop, y ahí va la segunda precisión vital para entender la película, busca su propio camino. Es Robocop, es Alex Murphy, es un policía al que se salva la vida implantando lo poco que queda de su cuerpo en un robot. Pero hasta ahí las similitudes. Por eso es ésta una buena forma de hacer un remake.

Se respeta el concepto, se crea un mundo nuevo. Y es ahí donde hay buenas opciones de hacer algo más en Robocop, aunque es cierto que no terminan de aprovecharse del todo. Se intuye que en la película entran en conflicto ideas de diferentes fuentes y que unas se imponen sobre otras. Porque Robocop arranca siendo una apasionante reflexión sobre el uso militar de drones y robots (magnífica la secuencia de apertura de la película, con un desatado Samuel L. Jackson interpretando a un presentador de televisión que conecta con una misión estadounidense en Irán en la que se ve la artillería militar en todo su esplendor) y el deseo de algunos de aplicar esa tecnología en suelo norteamericano para velar por la seguridad ciudadana, pero acaba como un relato de venganza, la de Murphy sobre quienes trataron de asesinarle. Por el camino lo que transcurre es una historia muy entretenida, con pinceladas de algo más que no terminan de cristalizar del todo pero que no impiden disfrutar de la película.

En ninguno de dos esos dos aspectos sigue este Robocop el camino de la película original, y eso es digno de elogio. Nada de copia, nada de remake en la peor acepción del término. Esta es una película nueva que se basa en un concepto clásico, ni mucho menos perfecta, pero con muchos puntos a valorar. Por ejemplo, el mismo aspecto de Robocop. Cambiante durante la película (además, con algunos gags espléndidos relacionados con este asunto), con homenaje incluido a la armadura original de los años 80, pero que en su versión definitiva de color negro convence bastante, incluso a pesar de que era uno de los elementos que más miedo despertó en el aficionado cuando se filtraron las primeras fotos. Para continuar, la forma en que se homenajea al uso de los informativos televisivos en el Robocop original, con los programas que conduce un Samuel L. Jackson brillante como hace tiempo que no lo estaba. Y para seguir unos brillantes efectos visuales, que dan sobre todo al clímax la espectacularidad que nunca tuvo el filme de Verhoeven sencillamente porque no había tecnología para ello.

Y el reparto también merece elogios. La disputa entre el presidente de OmniCorp (Michael Keaton) y el científico que les ofrece a Robocop (Gary Oldman) fascina en bastantes momentos, como también la mayor presencia de la familia de Murphy (su mujer es interpretada por Abbie Cornish) dentro del conflicto personal que vive. Ninguno de estos elementos termina de cobrar el protagonismo que demanda, y eso viene a ser un pequeño punto en contra de la película, que no desarrolla bien algunas cuestiones. Ese es un mal endémico en el cine espectáculo hollywoodiense y que se nota en Robocop, aunque ésta esté muy por encima de la media en otros aspectos. Y es que Robocop, una película sobre la que probablemente muchos ya habían decidido que sería un desastre, resulta ser un muy buen entretenimiento, y como son muchas las ventanas que abre y los temas que expone, quién sabe si el comienzo de una atractiva franquicia de ciencia ficción y acción. Desde luego y probablemente contra todo pronóstico, su arranque merece la pena por mejorable que sea en algunas cuestiones.

lunes, julio 16, 2012

Antes de 'El Caballero Oscuro. La leyenda renace'...

El cierre de la trilogía cinematográfica que Christopher Nolan ha dedicado a Batman es, sin duda, una de las noticias de este año 2012. El estreno de El Caballero Oscuro. La leyenda renace (rocambolesco título traducido en España para el mucho más intenso The Dark Knight Rises) obliga a echar la mirada atrás, especialmente a las dos películas anteriores de la saga pero también a las anteriores miradas del cine a este personaje de cómic nacido en el año 1939. Además de los dos de Nolan, hay otros cinco largometrajes de imagen real en los que Batman salvaba Gotham City de alguna amenaza. Todos ellos tienen elementos de interés por sí solos, pero sirven para entender la grandiosidad de la labor que ha llevado a cabo el director de Origen o Memento para ofrecer un Batman imprescindible y una saga de vital importancia para entender el cine contemporáneo norteamericano.
· Batman (1966)
Poco después de su creación, Batman protagonizó dos seriales cinematográficos. Su primera versión en color se vio en la pequeña pantalla, con una serie que desató una Batmanía sin precedentes en Estados Unidos. Batman era una serie de estilo camp y burlesco, traslación distorsionadamente directa de lo que sucedía en unas viñetas lastradas por la censura, propia y ajena, que convirtió a los superhéroes en aquellos años en personajes endebles. El éxito de aquella serie hizo que, tras su primera temporada, se estrenara la película. Con el mismo tono cómico, las mismas onomatopeyas en la pantalla para ilustrar las peleas, los mismos batartilugios inverosímiles (¿cómo calificar un batspray repelente para tiburones...?) y el mismo aspecto risible de Batman y Robin, unos inolvidables Adam West y Burt Ward, la película enfrenta a los héroes nada menos que con cuatro villanos: el Joker, el Acertijo, el Pingüino y Catwoman. En ellos está lo más rescatable de una película que obliga a verla dispuesto a reírse de todo. De la bomba y del tiburón sobre todo, pero incluso de todo aquello de lo que jamás se reiría un aficionado al personaje.
· Batman (1989) / Batman vuelve (1992)
El universo de Tim Burton se cruza con el del Caballero Oscuro y el resultado tiene que ser algo sin duda peculiar. Gótico, excesivo, fantasioso, pero sumamente atractivo. El éxito del primer Batman fue inmenso. Las partes buenas del filme (el misterioso comienzo, el dramático flashback, el espectacular aunque a ratos inverosímil clímax) eclipsaron a los evidentes problemas de ritmo y de guión que arrastraba. Michael Keaton fue una elección sorprendente, por estar totalmente alejado del físico esperable para un superhéroe, pero su mirada convenció a muchos. La armadura, polémica, hizo el resto. Jack Nicholson fue un brillante pero cómico Joker. La secuela, en la que el director tuvo más libertad, es una película mucho más identificable con Tim Burton. Danny de Vito y Michelle Pfeiffer bordaron sus papeles de Pingüino y Catwoman. Para muchos, y me incluyo, esta segunda tentativa es más completa que la primera, aunque Burton subraye el papel de Batman como secundario dentro de un universo bizarro que tiene un aspecto visual distinto en las dos películas pero sencillamente formidable en ambos cosas. Y qué bonito es el Batmóvil.
· Batman Forever (1995) / Batman y Robin (1997)
Como no todo el mundo acabó contento con la visión de Tim Burton sobre Batman, se optó por un cambio de rumbo. Joel Schmacher optó por un mundo más colorista en todos los sentidos, y no sólo en lo visual. Val Kilmer parecía una mejor elección pero no terminó de convencer en Batman Forever. Chris O'Donnell se convirtió en un insufrible Robin. Schumchar optó por jokerizar los dos villanos de la función, el olvidable Dos Caras de Tommy Lee Jones y el poco soportable Enigma de Jim Carrey. Pese a todo, salió una película pasable. Lo que vino a continuación, Batman y Robin, fue sencillamemente inenarrable. Una película disparatada, mal hecha, mal interpretada, mal escrita y aburridísima, una ofensa a todos los aficionados del personaje, del cómic y del cine. Un esperpento en el que George Clonney naufragó como el peor Batman de la historia, pero menos que Arnold Schwarzenegger haciendo el ridículo como Mr. Freeze, Uma Thurman como Hiedra Venenosa o Alicia Silverstone como Batgirl. Es difícil entender cómo se puede hacer una película tan nefasta. Parecía el fin definitivo de la franquicia cinematográfica de Batman, y con razón.
· Batman Begins (2005)
Aunque no muchos se dieran cuenta en aquel momento, sobre todo antes del estreno, Christopher Nolan sentaba con Batman Begins las bases del reboot. Y consiguió algo mucho más difícil. Todos los títulos anteriores podían tener algo de Batman, pero esta película es Batman. Es la demostración de que la fidelidad que necesita una adaptación de este estilo está en el espíritu y no necesariamente en la letra. Cambia muchas cosas del cómic, pero su sinceridad es inmensa. Christian Bale se convierte de golpe en el mejor Batman y en el mejor Bruce Wayne. Batman Begins, un formidable retrato del miedo que muchos pueden subestimar por el hecho de que su protagonista lleve una capa, está plagado de imágenes inolvidables. Sólo la historia de amor, que no es precisamente el fuerte de este realizador, queda algo desdibujada, quizá también en parte debido a que Katie Holmes es el pilar más endeble de un reparto memorable en el que Liam Neeson, Cillian Murphy, Gary Oldman, Morgan Freeman y, sobre todo, Michael Caine, bordan sus papeles, haciendo crecer un muy buen guión.
· El Caballero Oscuro (2008)
Superar Batman Begins era un reto. Nolan ya había convencido y tocaba progresar. Y vaya si lo hizo. El Caballero Oscuro sigue siendo, a falta de la tercera entrega de su saga, la mejor película basada en un cómic, y eso que han proliferado en los últimos años títulos así. Si la primera estudiaba el miedo, ésta se centra en el caos, aumentando la escala de todo lo que aparece en pantalla hasta abrumar al espectador. Detenerse únicamente en el escalofriante Joker de Heath Ledger es un error tan grande como obviar el monumental Harvey Dent que crea Aaron Eckhart. La sustitución de Katie Holmes por Maggie Gyllenhaal tampoco ayudó a que su personaje mejorara, pero eso no enturbia en nada una monumanetal narración oscura, dramática, tensa, más repleta aún que el primer filme de imágenes que se fijan en la memoria. Es una película asombrosa a todos los niveles, un brutal crescendo dramático, emocional y de acción, uno de esos filmes capaces de plantear debates morales y sociales a todo aquel que esté dispuesto a mirar más allá de su envoltorio. Si la primera es sobresaliente, la segunda es sencillamente imprescindible. ¿Y la tercera...?