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lunes, febrero 23, 2015

Oscars 2015: sólo faltó el graznido de Michael Keaton

La mejor forma de resumir los Oscar de 2015 es que todos tuvieron su momento de gloria. ¿Triunfadora de la noche? Birdman, sí, pero el equilibrismo de la Academia provocó que casi nadie pudiera salir triste de una de las ceremonias más aburridas que se han celebrado nunca. Richard Linklater puede salir cabreado, porque de gran favorita Boyhood se convirtió en la gran olvidada de la noche, sólo con el reconocimiento a Patricia Arquette como mejor actriz. Clint Eastwood, con el que nadie se atrevió a bromear en toda la noche por si acaso, vio cómo El francotirador fue la única que se subió al palmarés desde el escalón de las estatuillas menores, con la de edición de sonido. Pero todas las ocho nominadas a la mejor película se llevaron al menos un premio. En consecuencia, todas ganaron y estarán hoy de celebración. Si esto lo hubiera concedido un jurado y no las votaciones de los académicos olería a tongo compensatorio. En distinta medida, pero todos salieron contentos. Para cumplir con todas las expectativas sólo faltó el graznido de Michael Keaton, que se quedó con las ganas de llevarse el Oscar pero que sí subió al escenario y habló cuando Sean Penn coronó a Birdman como la verdadera vencedora de la noche.

Una noche, por cierto, que se acercó mucho más que nunca al suplicio. La gala superó las tres horas y media, fue muy musical, probablemente en exceso porque sólo funcionaron la locura de La Lego película y la emoción de Selma, que ganó el único Oscar al que aspiraba seriamente, el de la mejor canción. Asimilar a la muy publicitada Lady Gaga homenajeando a Sonrisas y lágrimas fue duro. Pero para emoción la de ver a Julie Andrews en el escenario como colofón a ese momento y para entregar el Oscar a la mejor banda sonora, uno de los pocos instantes verdaderamente sorprendentes y emocionantes. Neil Patrick Harris, en el que se habían puesto muchas esperanzas como conductor de la gala, apenas apareció. Durante demasiado tiempo cabía preguntarse dónde estaba Y eso que empezó con un buen número musical. Pero después hizo muy pocos chistes divertidos, se reía él mismo más de lo que nos reíamos los demás, y sólo dejó huella apareciendo en calzoncillos, imitando, oh, sorpresa, a Michael Keaton en Birdman. Si la gala la hubiera presentado una voz en off no habría supuesto mucha diferencia. La Academia sigue sin encontrar una fórmula que recupere el entretenimiento, pero es que cada vez parece que va a peor.

Pero volvamos a la ganadora, Birdman. A la Academia siempre le ha gustado Alejandro González Iñárritu y parece que estaba esperando la ocasión propicia para premiarle. Curioso que sea la Academia la que premie un filme que le da tantos palos a su forma de entender el espectáculo. Y curioso encima que premien por eso a un director mexicano, con los prejuicios que ha tenido siempre Hollywood y que, eso sí, parecen estar cayendo a una velocidad impresionante. Cuando Sean Penn le dio un misterio imposible de creer al último premio de la noche y se preguntó "quién le ha dado a este hijo el permiso de residencia" hizo la definición perfecta. Es lo que se esperaba, es lo que querían y es con lo que han disfrutado. Ellos, por lo menos, porque tengo la impresión de que sin ese falseado plano secuencia y sin el reparto que tiene, un grupo de actores en estado de gracia, Birdman perdería muchos enteros como película. Aún así, es valiente, es divertida, es cínica y está bien hecho. ¿Suficiente para un Oscar? Esa pregunta dejó de tener sentido hace años. Son premios, no ejercicios de justicia, aunque queda por ver si Birdman deja tanta huella en la historia como le quieren reconocer las cuatro estauillas que se llevó.

Como la propia gala es un espectáculo, tres de las películas que olían a fracaso antes de que el resultado de las votaciones deparara tanta satisfacción son las que dejaron sinceridad, emoción y, justo eso, espectáculo. Imposible no contagiarse de la honesta alegría con la que Eddie Redmayne recogió el Oscar al mejor actor por su excepcional recreación de Stephen Hawking en La teoría del todo. Fue tan bonito que hasta se le perdona el apoteósico y bastante incomprensible ridículo que hace en El destino de Júpiter. Emociones a flor de piel también hubo cuando Graham Moore se hizo con el premio al mejor guión adaptado por The Imitation Game, por desgracia el único galardón que se llevó el filme y uno de los momentos de mayor reivindicación, que bastante hubo en la gala, junto a la de Arquette por la igualdad de la mejor, jaleada con entusiasmo por Meryl Streep y Jennifer López. Y una enorme satisfacción dejó que Whiplash encontrara más reconocimiento del que se esperaba, tres premios encabezados por el de J. K. Simmons, injusto por la categoría, ya que es actor protagonista y no secundario, pero adecuado a su gran trabajo. Tanto es así que cuando se habían superado con creces las dos horas de ceremonia, este sensacional filme era el que más premios acumulaba, tres, empatando con el premiado aspecto de El gran hotel Budapest de Wes Anderson, otra que sale muy feliz de la gala con sus cuatro premios.

Una de las frases más repetidas a lo largo de la noche fue "estaba cantado". Y es que apenas hubo sorpresas, lo que destroza en buena medida el resultado de la gala. Desde luego no hubo sorpresas en las categorías principales. A Redmayne, Simmons y Arquette se unió en el grupo de actores el Oscar más anticipado de la noche, el de Julianne Moore por Siempre Alice. Si bien los actores protagonistas cumplieron a rajatabla el dicho de que una discapacidad es un impulso descomunal para ganar un Oscar, los secundarios abrieron la puerta a que la interpretación sea otra cosa. Por eso, gusten más o menos, casi hacen más ilusión los premios a Simmons y Arquette que los de Redmayne y Moore. Por ser previsibles, hasta se anticipó con facilidad el premio a la mejor película de habla no inglesa para Ida o las migajas que le dieron a Interstellar con el premio a los mejores efectos visuales. Sorpresa relativa fue que Disney reeditara su éxito en la categoría de animación con la demasiado criticada Big Hero 6. Y si hay que encontrar algo realmente discutible es que se hiciera justicia con el compositor Alexandre Desplat con El gran hotel Budapest y no con su memorable partitura para The Imitation Game, dejando también fuera a un Hans Zimmer cada día más brutal por su trabajo en la casi ninguneada Interstellar.

A mucha gente le gustó que el In memorian se plasmara en la pantalla del auditorio con imágenes dibujadas de los personajes a los que dijimos adiós, pero en realidad quedó un poco frío sin la presencia de imágenes en movimiento, porque son las películas lo que quedará en nuestros corazones y no hay mejor homenaje que ese. Tampoco fue acertado que se impidiera, con música por supuesto, que hubiera un aplauso final de homenaje, después de haber cercenado ya las ovaciones durante el vídeo para no hacer distinciones. Y puestos a encontrar dos perdedores más entre lo más oculto del palmarés, David Fincher acumula con Perdida un nuevo desprecio de la Academia, no por ya conocido menos destacable, y que casi merece una celebración que el cierre de la muy decepcionante trilogía de El hobbit se quedara sin premio. Claro que tres horas y cuarenta minutos de madrugada en España para ver lo que todos sabíamos y con tan pocos momentos para recordar... Por mucho que los Oscars de Lego y ese Batman con su logo en el pecho construido con las clásicas figuritas fuera tan simpático, hay que hacer más. Si estamos celebrando el cine, hay que hacerlo mucho mejor.

sábado, febrero 21, 2015

Oscars 2015: niños contra hombres (pájaro)

Vaya por delante que esta edición de los Oscar no me resulta terriblemente emocionante. Hay películas interesantes, alguna verdaderamente sobresaliente, pero en general no hay experiencias absolutamente inolvidables, y sobre todo no entre las que tienen más posibilidades de vencer. Sé que muchos no estarán de acuerdo con esa afirmación, sobre todo por lo que se refiere a las dos grandes favoritas, Boyhood y Birdman, pero la explicación al arranque de estas líneas hay que buscarla precisamente en que esas dos películas no las sitúo entre las mejores de 2014, ni siquiera entre las nominadas. El duelo, en todo caso, parece claro. Quizá La teoría del todo sea la única cualificada para dar la sorpresa, pero sería un desenlace curioso que la ganadora de la noche no estuviera entre las películas de Alejandro González Iñárritu y Richard Linklater. Eso sí, ya va siendo hora de que la Academia se deje de absurdeces y nomine tantos directores como películas, porque sigue siendo un absurdo incomprensible que haya riesgo de que la mejor cinta de un año no cuente con, al menos, uno de los mejores realizadores.

El viejo enfrentamiento entre originalidad y clasicismo, ese manido tira y afloja de Hollywood en sus reconocimientos, va a tener este año como ganador al primero. Boyhood es una película pionera. Nadie ha rodado un filme a lo largo de doce años hasta Linklater. Pero eso no quiere decir que sea un gran filme. Estas secuencias extraídas de momentos no necesariamente esenciales del paso de la niñez a la edad adulta del joven Ellar Coltrane tienen sus méritos, pero no me llena. Es más, me sorprende el fervor que ha levantado. Necesariamente faltan claves, algunos de sus larguísimos 165 minutos sobran, y tiene un enorme aura de pretenciosidad, precisamente por su carácter pionero. Birdman es otra apuesta bizarra, insensatamente divertida, eso no se puede negar, pero a la que le falta un propósito claro, una trascendencia mayor. Es un retrato cruel de la profesión que precisamente le ha situado al borde del éxito en forma de premios, pero a veces se asemeja más al divertimento que a la trascendencia. La nominación de la divertidísima El gran hotel Budapest, aunque sin opciones serias, entra también en este grupo.

La ganadora estará ahí, y la única película de corte más clásico que amenaza este más que posible reinado es La teoría del todo. Los premios interpretativos y técnicos, como siempre, son los que pueden aportar consuelo a otras de las nominadas y hacer que el triunfo de los dos contendientes más claros por el gran honor sea más o menos claro. Whiplash será seguramente el caso más evidente de lo primero. Lo más probable es que sea J. K. Simmons quien se lleve el Oscar al mejor secundario, y eso satisfará a una película que habría merecido mucho más reconocimiento. Es, con diferencia, mi favorita de las ocho grandes nominadas. Y eso que Simmons no es secundario, sino protagonista, aunque ha caído ahí precisamente porque tiene más opciones de ganar. The Imitation Game está en una posición parecida, aunque apunta a ser una de las grandes perdedoras de la noche porque las posibilidades de Benedict Cumberbatch de llevarse el premio están mucho más discutidas. Bradley Cooper y Steve Carrell (cuyo personaje en Foxcatcher tiene muchas dosis de maquillaje) están un peldaño por debajo de Michael Keaton y el gran favorito, Eddie Redmayne, un fascinante Stephen Hawking en La teoría del todo. Y eso que falta un memorable Jake Gyllenhaal por Nightcrawler.

Entre las actrices, da la impresión de que Julianne Moore se llevará el de mejor actriz, por mucho que su trabajo forme parte de un telefilme amplificado por su presencia, Siempre Alice, que Marion Cotillard se haya llevado los mayores elogios por Dos días, una noche o que Rosamund Pike sea la última esperanza de reconocimiento para Perdida, el último trabajo del siempre ignorado David Fincher. A la hora de valorar las candidaturas de las actrices secundarias, se agradecería una mayor valentía generalizada para asumir que la enésima nominación a Meryl Streep es profundamente injusta, porque su papel en Into the Woods no es más que un divertimento fácil que ni siquiera es el más destacado de la película. Si hubiera que nominar a alguien por ese filme, Emily Blunt podría sentirse bastante despreciada en ese sentido. Así que, en realidad, el enfrentamiento es entre experiencia, la de la propia Streep, Laura Dern y Patricia Arquette, y juventud, la de Emma Stone y Patricia Arquette. La presencia de esta última servirá para medir, ya desde el principio de la noche, el alcance de Boyhood en el resultado final.

Hay más detalles a los que prestar atención. Los premios a los mejores guiones marcarán triunfos o reconocimientos forzados. La injustamente olvidada Nightcrawler, de Dan Gilroy, y (luego se quejan de que haya piratería) la todavía por estrenar en España Puro vicio, de Paul Thomas Anderson, pueden romper muchas quinielas, aunque, en realidad, no parece probable. El Oscar a la mejor película animada determinará si Hollywood apuesta de nuevo por Disney, con Big Hero 6, o por Ghibli, con El cuento de la princesa Kaguya. También si Alexandre Desplat consigue la estatuilla a la mejor banda sonora estando doblemente nominado por El gran hotel Budapest y la extraordinaria partitura de The Imitation Game, si Hans Zimmer logra su primer premio sin Disney mediante o si Johann Johansson da la sorpresa en su primera nominación por su gran trabajo en La teoría del todo. El reconocimiento a los efectos especiales servirá para decidir a quién corona la Academia como blockbuster veraniego. Y, por supuesto, habrá que ver si Relatos salvajes se hace con el premio a la mejor película de habla no inglesa.

viernes, enero 09, 2015

'Birdman', el Iñárritu más bizarro

Siempre que alguien utiliza el término "bizarro" en español surge la duda de si se está utilizando con acierto. Su significado según la RAE es "valiente", pero es fácil caer en la trampa de este false friend extraído del inglés para pensar que quiere decir "extraño". Birdman es una de esas películas en las que el término bizarro se puede y se debe entender de las dos maneras. Porque desde luego que se trata de una película bizarra, un valiente y arrojado ejercicio de estilo en el que Alejandro González Iñárritu no deja títere con cabeza en el show bussiness. Pero es también rara, una ensoñación a ratos casi poética y terriblemente arriesgada que funciona bastante bien casi siempre, aunque sobre todo en el tramo final cuesta encontrar un objetivo claro a esta locura. ¿Es un alegato? ¿Es un ataque? ¿Es una defensa? ¿O es simplemente una digresión? Es una película extraña, de eso no hay duda. Como tampoco la hay en cuanto al entretenimiento que ofrece durante sus dos horas. ¿Pero de qué iba todo esto? Ahí es cuando surgen las dudas.

El mismo concepto de la película está marcado por la genialidad. Michael Keaton interpreta a Riggan Thompson, un actor conocido en Hollywood por haber interpretado a un superhéroe, el Birdman que da título a la película, y que años después busca encontrar el prestigio profesional adaptando, dirigiendo e interpretando en Broadway una obra de Raymond Carver. El punto de partido le permite a Iñárritu adentrarse sin miedos, sin reservas y sin límites en una salvaje descripción de la profesión en la que la ironía salpica a todos sus estamentos. Se siente la genialidad del guión en esos diálogos cortantes, en esos retratos preciosos y en esa deliciosa combinación entre la más alucinógena ensoñación y el relato más realista. Ojo a las dobles lecturas, porque siendo Keaton, el primer Batman moderno, el protagonista de la película, hay muchos momentos en los que da la impresión de que la crítica del filme es muy certera y nada gratuita, toda una burla hacia el sistema desde dentro del mismo.

Y todo ello además creando una colección de personajes excepcionales y diversos que completan el relato a todos los niveles, que adquieren identidad propia por separado y viven unas relaciones portentosas. A eso contribuye de una manera muy especial el brutal reparto de la película, aunque no hay que quitar ningún mérito al trabajo literario de Iñárritu y sus otros tres coguionistas. Ahí no hay engranaje débil en la película. Es verdad que resulta fácil apostar por los rostros más conocidos. El propio Keaton está soberbio, como Emma Stone dando vida a la rebelde hija de Riggan, Naomi Watts como la emocionalmente frágil actriz protagonista de su obra de teatro o Edward Norton como el díscolo y polémico actor que comparte escenario con ellos. Pero ojo a un segundo nivel, con Zach Galifianakis (abogado y amigo de Riggan), Andrea Riseborough (la amante del protagonista) o Amy Ryan (su ex mujer). El guión es brillante en muchos momentos y los diálogos siempre inteligentes, pero también porque los actores le dan una vida asombrosa.

¿Pero cuál es entonces el problema de Birdman? Puede que no haya un problema como tal en la película y que este surja en todo caso en el patio de butacas. Siendo una película completamente diferente, y con una estructura absolutamente genial de aparente plano secuencia falseado convenientemente, a veces resulta complejo saber hacia dónde va, qué pretende, cuál es su mensaje. Durante los tres primeros cuartos la fascinación es total y hace que la película avance con brillantez. Es divertida, ingeniosa e inteligente, una amalgama de elementos casi antagónicos (Broadway como escenario y aspiración frente al blockbuster hoillywoodiense como medida del éxito y de la satisfacción personal y psicológica). ¿Pero en realidad de qué va Birdman? En la persecución de la respuesta a esa pregunta, a Iñárritu se le escapa ligeramente el filme en su tramo final, y quizá la única forma de replicar a esa cuestión sea ver el último plano de la película y asimilar que todo esto no ha sido más que una fábula. Una bizarra y casi siempre genial, pero una fábula.