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jueves, julio 07, 2016

'Money Monster', falta algo de valentía

Cuando acaba Money Monster dan ganas de cabrearse con Jodie Foster, porque ha dejado escapar la opción de firmar un clásico de envergadura. Quizá algunas de las cuestiones que hacen que se pueda ver esta oportunidad perdida no sean responsabilidad suya, pero es quien firma, así que es sobre quien cargar esa pequeña desilusión, que confirma que el cine mejora cuanto más valiente es. Y Money Monster, que lo tenía todo para mostrar una enorme osadía, al final se conforma. Y es una pena, porque hasta ese momento había elementos sobrados para valorar que Foster había sabido entender la cruda realidad económica que mostraba La gran apuesta y la charlatanería mediática que mostraban cintas tan dispares pero igualmente míticas como Network o El show de Trunan. Pero prescindamos por un momento de esa sensación final. Hasta llegar ahí, Money Monster es una película con muchísimos aciertos.

Así, es un retrato brillante, mordaz e incisivo de cómo somos sistemáticamente engañados por los poderes económicos y mediaticos, con pinceladas de humor negro, con temas abiertamente interesantes sobre la mesa, con momentos absolutamente brillantes. Pero falta el remate. Falta que Foster se hubiera convencido de que podría haber hecho una obra mucho más redondo. Y no es que Money Monster sea mala, al contrario. Su ritmo es trepidante, sus actuaciones más que convincentes, y su puesto en escena la adecuada. Foster rueda muy bien. Sus películas incluso están mejor montadas. Y saca lo mejor de sus actores, un George Clooney que arranca con tintes cómicos que le sientan francamente bien, una Julia Roberts concentrada y nada previsible, e incluso un Jack O'Connell que resiste en el cara a cara con Clooney sin mucho problema y confirmando que, poco a poco, es un actor muy a tener en cuenta.

Pero falta ese paso que convierta lo bueno en sublime. Por momentos se intuye que se puede dar en esta historia, la de un tipo que, arruinado por la mala praxis de un empresario sin escrúpulos (al que da vida Dominic West) y un showman sin responsabilidad alguna que presenta un poco serio y riguroso programa económico en televisión, decide pasar a la acción y asalta el plató en el que se graba dicho programa para pedir, pistola en mano, que le expliquen por qué han desaparecido sus ahorros. Pero no sólo no termina de llegar ese paso que habría merecido un sincero aplauso para el filme, sino que un final buenista arruina algunas de las cuestiones que se ponen encima de la mesa, justo cuando la película había ofrecido un giro fascinante (un secreto que tenía guardado este ciudadano arruinado) y cuando estaba alcanzando un clímax emocional que sí culminaba con acierto el thriller que había construido hasta ese punto Foster.

Con la que está cayendo en la vida real, casi parece increíble que lo que cuenta Money Monster, más que en una historia de ficción, no se haya convertido en un suceso de primera plana. Es ahí donde radica la fuerza de la película, en que la conexión con todos los protagonistas es inmediata, gracias no sólo a la historia sino también a unos diálogos que son muy incisivos en buena parte del filme. Impacta lo económico, lo social y lo mediático. Pero cuando Foster se asoma al precipicio, decide retirarse y deja su pretendida obra a medio consumar. No arruina en absoluto el notable entretenimiento que ofrece pero sí deja pasar la ocasión de que su película fuera algo más que eso. No es algo que sea exclusivo de este filme de Foster, eso está claro, pero de alguien como ella quizá sí cabía esperar esa osadía para rebelarse también contra una situación que aborda de forma admirable desde un punto de vista expositivo pero que en sus conclusiones deja algo que desear.

viernes, mayo 29, 2015

'Tomorrowland', soñadores, reuníos

Viendo su propuesta, puede que Tomorrowland sea una película injustamente desdeñada por la sencillez de su desarrollo, por su ausencia real de sorpresas o incluso por su tono optimista, que tan poco parece gustar en nuestros días, pero eso es justo lo que hace del último filme de Brad Bird un título formidable. Bird, como J. J. Abrams, es un nostálgico que apuesta claramente por llevar al siglo XXI el tipo de cine que Steven Spielberg y sus afortunadamente locos seguidores hacían en los años 80. Si Tomorrowland se hubiera podido hacer en esa década, hoy, pese a sus defectos, rondaría la categoría de pequeño clásico. Pero se estrena en 2015, cuando el impacto de una imageniería visual tan poderosa y un espíritu tan optimista como el que se ve en la película ya no es tan extraordinario en el público general como lo fue en las impresionadas mentes que crecieron en los años 80. Y, sí, la película acaba adoptando la excusa de los parques temáticos de Disney y es un homenaje en toda regla a los grandes nombres de la ciencia ficción literaria y cinematográfica. Soñadores, reuníos. Ese es el mensaje que la película transmite dentro y fuera de la pantalla.

Y, la verdad, resulta difícil quedarse con lo malo cuando esas son las intenciones. Algo negativo sí hay en el resultado final, y es que no funcionan igual de bien todos los elementos que Bird pone en la pantalla siguiendo un guión escrito por él mismo y por el siempre controvertido Damon Lindelof. En unos 130 minutos que se pasan volando, sí es verdad que hay algunos tramos algo farragosos y algún que otro personaje desaprovechado, sobre todo el de Hugh Laurie, que arranca formidablemente bien en el primer tercio del filme, probablemente lo mejor desde el punto de vista cinematográfico (antes de que el festín visual sea el protagonista principal), pero se acaba quedando a medio camino en el clímax. Con todo, Bird supera con facilidad todos los problemas que pueda tener el filme haciendo un maravilloso ejercicio de actualización nostálgica. Es el cine de siempre, el que tantos elogios acaparó durante décadas, pero realizado con una factura contemporánea, lo que implica un despliegue visual impresionante, y con el enorme talento que tiene su director.

Ver Tomorrowland como un simple homenaje o como un simple ejercicio nostálgico, y que quede claro que Bird no reniega de ninguna de esas dos condiciones, sería no apreciar la montaña rusa que es la película o lo atractivo que es el concepto que maneja. Es, efectivamente, una respuesta a la madurez que dice haber alcanzado el entretenimiento popular mediante la violencia, el dramatismo, los finales oscuros y los personajes siniestros, con la forma de una aventura juvenil y de ahí el protagonismo de las jóvenes Britt Roberson (auténtico centro de la película por mucho que los créditos aúpen el nombre de un George Clooney cada vez más metido en el papel de estrella que aumenta la dimensión de cada proyecto en el que participa) y Raffey Cassidy, especialmente esta última, que tiene una belleza especial, una intensa mirada que no en vano le permitió interpretar al mismo personaje aunque de menor edad que Eva Green en Sombras tenebrosas.

Bird ensambla una historia de ritmo alto y, sobre todo, de fascinación continua. No demasiado compleja, porque en el fondo algunos referentes ya se han explorado con anterioridad, pero sí terriblemente entretenida porque la película es un espectáculo visual apabullante, que tiene además unos efectos especiales a ratos más sencillos que de costumbre pero con un resultado increíble. Esa sencillez que domina Tomorrowland prácticamente durante todo el metraje es, posiblemente, el mejor argumento que puede tener una crítica tanto a favor como en contra de la película. Pero aceptarla como reflejo de un cine que hoy, por desgracia, no se hace con tanta frecuencia es el mejor camino para disfrutar la película. Y es una película con la que se puede disfrutar muchísimo. Como aventura, con el mismo toque de nostalgia que ya evidenció el Super 8 de Abrams pero desde otro enfoque, y como reivindicación de un cine diferente y sorprendentemente en peligro de extinción.

lunes, febrero 24, 2014

'Monuments Men', flojo divertimento de George Clooney

Sorprende que George Clooney sea el director de Monuments Men, porque supone un punto y aparte en su comprometida trayectoria como director. Sorprende, aunque en realidad sólo a medias, porque es, aunque de otro modo, el mismo cambio de rumbo que escogió con Ella es el partido tras deslumbrar con Buenas noches, y buena suerte. Y ahora, tras Los idus de marzo, se decanta por lo que no deja de ser un Ocean's Eleven en la Segunda Guerra Mundial, pero en lugar de juntar a una pandilla de ladrones lo hace con una de rescatadores de arte de manos de los nazis. Porque de eso va la película, de un comando del Ejército norteamericano que en los últimos días del conflicto bélico van a Europa a buscar cuadros, retablos y esculturas de los que se habían apropiado los nazis para devolvérselos a sus legítimos dueños. ¿El resultado? Un relato sin mucho ritmo, simplemente llevadero, que divierte en la misma medida en la que se divierten los actores pero que acaba resultando algo flojo.

Viendo el planteamiento de Monuments Men, lo cierto es que se agradece un tono diferente para las películas de la Segunda Guerra Mundial, que no tienen por qué imitar siempre lo que Steven Spielberg alcanzó con La lista de Schindler o Salvar al soldado Ryan, ni por qué ser la caricatura que Tarantino hizo en Malditos bastardos. Pero el error está en que no termina de ser creíble, ni siquiera con esa etiqueta de "basada en hechos reales" con la que arranca el filme. Demasiado frívola en ocasiones, pero sobre todo demasiado deslavazada en su narración, que parece limitarse a acumular escenas, casi sketches en su mayoría, con un tenue hilo común que no llega a sentirse con la necesaria fuerza y en el que las explicaciones brillan por su ausencia. Y las escenas dramáticas, que las tiene, no aportan el alma que necesita la película para que se genere la necesaria empatía entre el público y los integrantes de este escuadrón.

¿Un patinazo entonces en la carrera de George Clooney? Sí y no. Sí, porque la profundidad de sus películas más comprometidas y logradas obliga ya a esperar mejores cosas de su trabajo. Como hace cuando se sienta en la silla de director, se guarda un papel importante, pero no necesariamente el protagonista. Y aún con su habitual carisma, da la impresión de que esta vez no termina de funcionar ese doble papel como actor y director como a él le habría gustado. No es un patinazo porque no deja de ser una película amable y simpática, deudora del tono del cine bélico de hace unas cuantas décadas, mucho más desenfadado y despreocupado del que suele lucir el género en nuestros días. Quizá de ser una película rodada en los años 60 su valoración hoy en día sería diferente y se le podría tener un mayor cariño, pero en estos días desengañados en los que vivimos, en los que el cinismo triunfa por encima de lo agradable, tiene peor encaje. Y más con lo que nos ha enseñado Clooney.

En todo caso, Monuments Men goza de un cartel de actores envidiable, que casi siempre saben sacar partido a lo que les deja el guión coescrito por Clooney y Grant Heslov (ambos autores tanto de Los idus de marzo como de Buenas noches, y buena suerte). John Goodman, Bob Balaan, Bill Murray y Jean Dujardin se quedan los momentos cómicos, Clooney se mueve entre dos aguas junto a Hugh Bonneville, y Matt Damon y Cate Blanchet protagonizan la parte más emotiva. Son ellos, en realidad, los que sustentan la película mucho más que su búsqueda de obras de arte. No deja de ser curioso que sea una película sobre nazis en la que los nazis no tienen prácticamente ningún protagonismo, e incluso que el aspecto más dramático que juega en la historia un oficial alemán no acaba teniendo la importancia que cabía esperar. Para pasar el rato, no está mal, la película se sostiene con relativa facilidad. Pero es verdad que da la impresión de no ser gran cosa gracias a un guión algo soso.

viernes, octubre 04, 2013

'Gravity', portentosa e imprescindible experiencia cinematográfica

Por grandilocuentes que puedan ser las palabras, no es en absoluto exagerado decir que Gravity es una portentosa experiencia cinematográfica, 90 minutos imprescindibles, bellos, con los mejores planos del espacio que jamás se hayan inmortalizado en una película, los que hubiera querido filmar Stanley Kubrick cuando cambió para siempre las leyes de la ciencia ficción en el cine con la mítica 2001. Una odisea del espacio, los que soñaron centenares de directores que se hayan asomado a la ciencia ficción, género al que en todo caso no pertenece esta película. Gravity es un drama, es un poderosísimo viaje emocional, una historia de supervivencia revestida con imágenes deslumbrantes, con enormes planos secuencia, con un movimiento de cámara que se convierte en sí mismo en un impagable curso de cine y con dos actores, en especial Sandra Bullock, que consiguen un intensidad memorable. Memorable. Ese es otro adjetivo que encaja a la perfección a la hora de explicar lo que es y lo que significa esta extraordinaria película, una de las mejores del año y de muchos años.

Y eso se debe a algo muy sencillo en la teoría pero prácticamente imposible ya en la práctica. Gravity inventa, crea, convierte la pantalla en un escenario en el que envuelve al espectador. Es lo más cerca que estará un espectador de sentir cómo es el espacio. Cuarón destroza los límites que hasta ahora han tenido los cineastas para mostrarlo. Nunca se ha visto como aquí. Nunca. Y no hay palabras que hagan justicia a la fascinación que produce cada una de las largas secuencias con las que nos deleita el realizador mexicano, cuya filmografía no hacía pensar en absoluto que fuera capaz de plasmar estas imágenes con semejante maestría. Se puede alabar el realismo de Y tu mamá también, reivindicar El prisionero de Azkaban como la mejor película de Harry Potter (algo que se lee con cierta frecuencia) o incluso el desolador mundo que plantea en Hijos de los hombres (para mí, una cinta algo sobrevalorada). Pero no hay nada, absolutamente nada que prepare para el portentoso espectáculo visual que plantea en Gravity. Visual y humano. Porque se equivoca quien piense que la película es sólo una colección de imágenes bonitas.

Porque sí es cierto que es un curso brutal de cine, de cómo montar planos secuencia hasta componer una historia vibrante en tiempo ral, de cómo dotar de movimiento a la escena sean cuales sean sus elementos, de integrar en una historia los efectos visuales, de cómo crear una apabullante experiencia sensorial con las imágenes y con el sonido (incluso con la ausencia de éste). Pero todo eso es tan emocionante como la historia que plantea. No sé si mucha gente comprende el Oscar que ganó Sandra Bullock por la anodina The Blind Side (Un sueño posible), pero es aquí donde se convierte de verdad en una actriz, por primera vez en su carrera. Con el complemento de un fantástico George Clooney al que se le podrán reprochar muchas cosas pero nunca que deje de arriesgar en su carrera, Bullock, hilo conductor de la película desde el primer minuto hasta el último, crea un personaje fascinante. Y sobre todo crea un universo compatible con la excelencia visual de Cuarón. No hay absolutamente nada que sobre o que falte en una película que roza la perfección en todos y cada uno de los campos necesarios para realizar la película, que merece dos, tres, cuatro o cuantos visionados sean necesarios para comprender toda su grandeza, asumible pero inabarcable en el primero, en el que manda la excitación emocional y sensorial.

Quien haya leído con atención se habrá dado cuenta de que, en realidad, no he contado de qué va la película. Y es que no pienso decir qué sucede en la pantalla. No creo que sea pertinente ni siquiera leer la más sencilla sinopsis de la película. Creo que destroza una parte, por ínfima que pueda ser, de la memorable experiencia cinematográfica que propone este memorable filme. Con Gravity se evidencia una vez más, quizá de la forma más deslumbrante en años, que lo más bonito del cine es descubrirlo plano a plano, fotograma a fotograma, sentirlo dentro y admirarlo con la vista y el oído. Pero no es ésta la única reivindicación que permite hacer. La versión original es tan imprescindible como la propia película, por el entorno, por el escenario, por el trabajo de los actores y porque alguno ni siquiera aparece más que con su voz (y quien quiera descubrir a quién me refiero tendrá que esperar a los créditos finales). Y hasta el 3D, por primera vez en mucho tiempo, se convierte en algo esencial aunque sea sorprendentemente una película convertida y no rodada en ese formato. Todo junto, algo sencillamente brutal, grabado a fuego en la memoria y casi en las entrañas. Qué maravilla.

lunes, julio 16, 2012

Antes de 'El Caballero Oscuro. La leyenda renace'...

El cierre de la trilogía cinematográfica que Christopher Nolan ha dedicado a Batman es, sin duda, una de las noticias de este año 2012. El estreno de El Caballero Oscuro. La leyenda renace (rocambolesco título traducido en España para el mucho más intenso The Dark Knight Rises) obliga a echar la mirada atrás, especialmente a las dos películas anteriores de la saga pero también a las anteriores miradas del cine a este personaje de cómic nacido en el año 1939. Además de los dos de Nolan, hay otros cinco largometrajes de imagen real en los que Batman salvaba Gotham City de alguna amenaza. Todos ellos tienen elementos de interés por sí solos, pero sirven para entender la grandiosidad de la labor que ha llevado a cabo el director de Origen o Memento para ofrecer un Batman imprescindible y una saga de vital importancia para entender el cine contemporáneo norteamericano.
· Batman (1966)
Poco después de su creación, Batman protagonizó dos seriales cinematográficos. Su primera versión en color se vio en la pequeña pantalla, con una serie que desató una Batmanía sin precedentes en Estados Unidos. Batman era una serie de estilo camp y burlesco, traslación distorsionadamente directa de lo que sucedía en unas viñetas lastradas por la censura, propia y ajena, que convirtió a los superhéroes en aquellos años en personajes endebles. El éxito de aquella serie hizo que, tras su primera temporada, se estrenara la película. Con el mismo tono cómico, las mismas onomatopeyas en la pantalla para ilustrar las peleas, los mismos batartilugios inverosímiles (¿cómo calificar un batspray repelente para tiburones...?) y el mismo aspecto risible de Batman y Robin, unos inolvidables Adam West y Burt Ward, la película enfrenta a los héroes nada menos que con cuatro villanos: el Joker, el Acertijo, el Pingüino y Catwoman. En ellos está lo más rescatable de una película que obliga a verla dispuesto a reírse de todo. De la bomba y del tiburón sobre todo, pero incluso de todo aquello de lo que jamás se reiría un aficionado al personaje.
· Batman (1989) / Batman vuelve (1992)
El universo de Tim Burton se cruza con el del Caballero Oscuro y el resultado tiene que ser algo sin duda peculiar. Gótico, excesivo, fantasioso, pero sumamente atractivo. El éxito del primer Batman fue inmenso. Las partes buenas del filme (el misterioso comienzo, el dramático flashback, el espectacular aunque a ratos inverosímil clímax) eclipsaron a los evidentes problemas de ritmo y de guión que arrastraba. Michael Keaton fue una elección sorprendente, por estar totalmente alejado del físico esperable para un superhéroe, pero su mirada convenció a muchos. La armadura, polémica, hizo el resto. Jack Nicholson fue un brillante pero cómico Joker. La secuela, en la que el director tuvo más libertad, es una película mucho más identificable con Tim Burton. Danny de Vito y Michelle Pfeiffer bordaron sus papeles de Pingüino y Catwoman. Para muchos, y me incluyo, esta segunda tentativa es más completa que la primera, aunque Burton subraye el papel de Batman como secundario dentro de un universo bizarro que tiene un aspecto visual distinto en las dos películas pero sencillamente formidable en ambos cosas. Y qué bonito es el Batmóvil.
· Batman Forever (1995) / Batman y Robin (1997)
Como no todo el mundo acabó contento con la visión de Tim Burton sobre Batman, se optó por un cambio de rumbo. Joel Schmacher optó por un mundo más colorista en todos los sentidos, y no sólo en lo visual. Val Kilmer parecía una mejor elección pero no terminó de convencer en Batman Forever. Chris O'Donnell se convirtió en un insufrible Robin. Schumchar optó por jokerizar los dos villanos de la función, el olvidable Dos Caras de Tommy Lee Jones y el poco soportable Enigma de Jim Carrey. Pese a todo, salió una película pasable. Lo que vino a continuación, Batman y Robin, fue sencillamemente inenarrable. Una película disparatada, mal hecha, mal interpretada, mal escrita y aburridísima, una ofensa a todos los aficionados del personaje, del cómic y del cine. Un esperpento en el que George Clonney naufragó como el peor Batman de la historia, pero menos que Arnold Schwarzenegger haciendo el ridículo como Mr. Freeze, Uma Thurman como Hiedra Venenosa o Alicia Silverstone como Batgirl. Es difícil entender cómo se puede hacer una película tan nefasta. Parecía el fin definitivo de la franquicia cinematográfica de Batman, y con razón.
· Batman Begins (2005)
Aunque no muchos se dieran cuenta en aquel momento, sobre todo antes del estreno, Christopher Nolan sentaba con Batman Begins las bases del reboot. Y consiguió algo mucho más difícil. Todos los títulos anteriores podían tener algo de Batman, pero esta película es Batman. Es la demostración de que la fidelidad que necesita una adaptación de este estilo está en el espíritu y no necesariamente en la letra. Cambia muchas cosas del cómic, pero su sinceridad es inmensa. Christian Bale se convierte de golpe en el mejor Batman y en el mejor Bruce Wayne. Batman Begins, un formidable retrato del miedo que muchos pueden subestimar por el hecho de que su protagonista lleve una capa, está plagado de imágenes inolvidables. Sólo la historia de amor, que no es precisamente el fuerte de este realizador, queda algo desdibujada, quizá también en parte debido a que Katie Holmes es el pilar más endeble de un reparto memorable en el que Liam Neeson, Cillian Murphy, Gary Oldman, Morgan Freeman y, sobre todo, Michael Caine, bordan sus papeles, haciendo crecer un muy buen guión.
· El Caballero Oscuro (2008)
Superar Batman Begins era un reto. Nolan ya había convencido y tocaba progresar. Y vaya si lo hizo. El Caballero Oscuro sigue siendo, a falta de la tercera entrega de su saga, la mejor película basada en un cómic, y eso que han proliferado en los últimos años títulos así. Si la primera estudiaba el miedo, ésta se centra en el caos, aumentando la escala de todo lo que aparece en pantalla hasta abrumar al espectador. Detenerse únicamente en el escalofriante Joker de Heath Ledger es un error tan grande como obviar el monumental Harvey Dent que crea Aaron Eckhart. La sustitución de Katie Holmes por Maggie Gyllenhaal tampoco ayudó a que su personaje mejorara, pero eso no enturbia en nada una monumanetal narración oscura, dramática, tensa, más repleta aún que el primer filme de imágenes que se fijan en la memoria. Es una película asombrosa a todos los niveles, un brutal crescendo dramático, emocional y de acción, uno de esos filmes capaces de plantear debates morales y sociales a todo aquel que esté dispuesto a mirar más allá de su envoltorio. Si la primera es sobresaliente, la segunda es sencillamente imprescindible. ¿Y la tercera...?

martes, marzo 13, 2012

'Los idus de marzo', la fascinante corrupción del alma

Pocas figuras del cine contemporáneo han conseguido cambiar tan radicalmente la opinión que yo tenía sobre ellas como la de George Clooney. De ser el actor que casi enterró para siempre la franquicia de Batman (¡gracias, Christopher Nolan, por devolvérnosla en todo su esplendor!), Clooney ha pasado a ser un actor interesante en muchas ocasiones y, sobre todo, un director más que notable. Su visión de la podredumbre que hay en el mundo de la política, Los idus de marzo, es una genialidad que desborda carisma por sus cuatro costados. No termina de ser redonda, pero deja un poso sobresaliente, gracias a la sobriedad clásica del Clooney director y al enorme trabajo de un grupo de actores sensacionales. Con los Oscars todavía muy recientes, no termino de ver claro que haya nueve películas mejores que ésta. Pero así son los premios.

Arranca la película con una escena formidable, intensa, poderosa. En unos pocos segundos, en un par de planos y con unas líneas de diálogo robadas a otro personaje, queda retratado Stephen Meyers, uno de los encargados de la campaña electoral de un gobernador que aspira a ser presidente de los Estados Unidos. Idealista, trabajador, convencido de que está junto a un hombre que merece la pena apoyar. Trabaja para él, no para el partido. No por un sueldo, sino por un sueño. Su poderosa presentación no es más que el preludio de lo que está por venir. Aparecen en la película el propio Clooney, Philip Seymour Hoffman, Paul Giamatti, Marisa Tomei, Evan Rachel Wood. Y todos tienen un primer plano en la película de intensidad semejante al de Goslin. Todos quedan retratados a primera vista con una fuerza a tener en cuenta. De todos desprende un aura especial. Eso es mérito de los actores, por supuesto, pero también del ojo de Clooney tras la cámara.

Cobra especial importancia el carisma de los personajes por el entorno en el que se mueve esta historia. Lo más oscuro de la política, aquello que no solemos ver pero todos imaginamos. Las cloacas que acaban por aniquilar todo el idealismo y la ilusión que puede generar un líder. Es evidente que la mirada de Clooney no es optimista. Al contrario, es un sueño roto, encarnado excepcionalmente por lo que esconde Ryan Gosling tras su rostro y sus gestos. Es un duro placer ver cómo le va cambiando el gesto, aunque es difícil digerir algunas de las cosas que salen a la luz en el tramo final de la película y quizá sea eso lo que hace que Los idus de marzo no sea la película redonda que aspiraba a ser. Pero qué bien construída está hasta llegar a ese final. Y qué interesante es el mundo que ha querido mostrar Clooney, con qué estilo escoge enfoques y puntos de vista.

Cuando estrenó Buenas noches, y buena suerte, su primera película como director, George Clooney se mostró como un tipo compretido con la actualidad y con posturas políticamente incorrectas, posiciones que ahora confirma de una forma fascinante. Los idus de marzo no deja de ser el reverso más oscuro de aquella. En Buenas noches, y buena suerte, el tema era la fortaleza de los principios como arma para enfrentarse al poder. Aquí es precisamente lo opuesto, es el poder carcomiendo la ilusión, es la vida cercenando la ingenuidad. Temáticamente hay un influjo muy poderoso en la película, imposible de disociar del actual desencanto con este mundo de la película. Cinematográficamente, Clooney encuentra soluciones hermosas, como esa conversación que nunca llega a escucharse en el interior de un coche pero cuyos ecos resuenan en un elegante y pausado zoom, o en la brillante escena inicial.

Los idus de marzo es una de esas películas necesarias que no acaban de encontrar el lugar que merece por motivos difíciles de comprender. Tengo la sensación de que a Buenas noches, y buena suerte le sucedió algo parecido. Que quienes la vieron la alabaron, pero que no muchos llegaron en realidad a verla. Ni siquiera el tirón de George Clooney o la presencia de enormes actores parece colocar la película en el pedestal que se ha ganado, incluso con los pequeños fallos que impiden darle un sobresaliente sin condiciones, y que quizá obedecen más a razones personales que a cuestiones objetivas y más evidentes. Sigo creyendo que cine político y actual como Los idus de marzo merece un aplauso, siquiera por la valentía de afrontar temas que, es evidente, otras cinematografías no son capaces de abordar. Y si encima hay talento cinematográfico en su interior, se me antoja un título imprescindible.

martes, febrero 14, 2012

'Los descendientes', la estrella, lo cotidiano y lo inverosímil

Los descendientes es una película muy de su tiempo. Tenemos una estrella de Hollywood sobre la que parece pivotar el filme en toda su extensión. Tenemos una trama que ronda lo cotidiano del hombre normal, en este caso la relación de un padre con sus dos hijas, a las que por avatares de la vida en realidad apenas conoce y no sabe cómo manejar. Y tenemos los toques inverosímiles que rodean a la historia, esos que pretenden darle un toque de autenticidad y que en realidad acaban por convertirse en lo más superfluo de la película. Y, sí, George Clooney está bien (no sólo él, además), pero me sorprende el fervor crítico que ha levantado un título que es bastante normal, especialmente en cuanto a un guión desequilibrado y que conjuga elementos que no tienen ningún interés, que no destaca en ningún aspecto que no sea el interpretativo y que tiene una duración inmensamente superior a lo que sería aconsejable para una historia pequeña como la que cuenta.

Matt King (George Clooney) es un abogado que vive en Hawai. Su mujer acaba de sufrir un accidente y está en coma, por lo que tiene que hacerse cargo de sus dos hijas, Alex (Shailene Woodley), de 17 años, y Scottie (Amara Miller), de 10. Existe una segunda trama en la película, en la que Matt es el apoderado de una empresa familiar que controla una enorme extensión de terreno en una isla hawaiana, pero eso, por mucho que Alexander Payne se empeñe, no aporta nada en realidad a la historia o al conflicto de su protagonista. Pero es lo que ofrece con demasiada frecuencia el cine actual. Los descendientes habría sido mejor película y habría tenido una duración mucho más ajustada (y no sus 115 minutos) si se limitara al retrato familiar, que es indudablemente lo mejor del filme, pero parece obligado contar algo más. Algo exótico. Algo extravagante. Esta deriva suele acontecer en el cine moderno, y eso evidencia que ésta no es una película tan único como parece que quiere ser.

El personaje de Clooney es protagonista y narrador, lo que le coloca en una posición de lucimiento absoluto. Y se luce, pero dejando la sensación en más de una ocasión de que es George Clooney y no Matt King quien está en la pantalla. Se mezclan, de hecho, momentos en los que borda el personaje y otros en los que el actor parece sacado de cualquier otra película que haya hecho. Convence más, como la cinta en general, en la relación con sus hijas, sobre todo interactuando con la mayor, una espléndida Shailene Woodley que en ningún momento se queda atrás y ofrece un magnífico retrato de adolescente semiconflictiva. Pero como le sucede al personaje de Clooney, Alexander Payne tampoco parecer acertar con lo que le rodea. La incorporación de ese amigo absurdo que interpreta Nick Crause sólo sirve para sacar un momento divertido en su enfrentamiento más que verbal con Robert Forster, pero es difícil encontrar los motivos por los que está insertado en la trama. Como lo de los terrenos de Hawai y la interminable lista de primos de Matt King.

Los descendientes no deja de ser una peliculita más o menos intrascendente que, por algún motivo y sin duda por la presencia de George Clooney, ha alcanzado cierta relevancia mediática y crítica. A mí me parece una muestra más de un cine más vacío de lo que parece, que siempre deja algún momento divertido, algún momento dramático y algún momento sobresaliente pero que en conjunto siempre deja una sensación insatisfactoria. Hay lucidez en el retrato de una familia desestructurada, en el reflejo de un marido que ha perdido el rumbo de la relación con su mujer y con sus hijas y en el bosquejo de un hombre ingenuo que no es capaz de ver la realidad aunque la tenga delante. Pero el envoltorio es raro. Es una mezcla extraña entre lo cotidiano y lo inverosímil que no soy capaz de desentrañar, por más que mire la camisa hawaiana de Clooney, y que no me termina de aportar nada más. Los descendientes, por eso, se queda en un entretenimiento ligero y bastante inane para mayor gloria de George Clooney.

miércoles, febrero 03, 2010

'Up in the air', ni tan independiente ni tan interesante

La peliculita de 2009 no me ha hecho gracia. Pequeña Miss Sunshine estuvo bien, Juno tuvo su gracia. Up in the air me ha dejado frío y descolocado. Diría que hasta me ha cabreado por momentos. No me ha convencido su historia difícilmente clasificable ni sus bandazos temáticos y cinematográficos. Sus actuaciones sólo en parte. Pero en conjunto no sé qué clase de película quiere ser. Parece que se ha puesto de moda esto de rodar películas como si fueran independientes (no produce Paramount Vantage, filial independiente, sino Paramount) pero con al menos una gran estrella de Hollywood. Ese es George Clooney, una estrella más que un actor, un profesional mucho más interesante cuando se vuelca en proyectos temáticamente comprometidos que cuando exprime sus gestos de comedia amable vistos hasta la saciedad. Up in the air no es tan independiente (u original) como se quiere vender y no es tan interesante como pretende ser.

Decir lo poco que me ha gustado esta película se encuentra con un escollo fundamental: no revelar su trama y sus giros argumentales. Sí se puede decir, porque eso ya se anuncia en el trailer, que su protagonista, Ryan Bingham, es un tipo al que contratan empresarios cobardes que no se atreven a despedir en persona a sus trabajadores, y para ello está constantemente viajando por Estados Unidos en avión. En estos tiempos que corren, semejante empleo ya dificulta y mucho que el espectador sienta empatía por el protagonista. Lo cierto es que el enfoque que da la película a este asunto es todavía más descorazonador y desconcertante. Bajo el envoltorio de una comedia, la única conclusión que saca Up in the air es que es mucho más humano (y por lo visto divertido) despedir a una persona cara a cara que mediante una videoconferencia. El mensaje descoloca, y mucho, para este tipo de película.

George Clooney despliega todos los gestos, ademanes y sonrisas que ya hemos visto de él en decenas de películas de corte aparentemente similar. ¿Algo nuevo en el horizonte? En absoluto. Pues nominación al Oscar al canto. Hay estrellas que tienen estrella y Clooney la tiene, no hay duda. Pero el caso es que sus dos compañeras de reparto, Vera Farmiga (me gustó bastante, y más que aquí, en Infiltrados) y Anna Kendrick (aparece en la saga Crepúsculo... lo que quiere decir que no la conocía), están bastante mejor que Clooney. Ambas también están nominadas al Oscar como secundarias. Y ambas sujetan las partes de la película que mejor funcionan (sobre todo cuando coinciden en pantalla). Y a pesar de las apariencias, quizá Kendrick tenga más peso en la película que Farmiga, a pesar del decepcionante, apresurado y frío desenlace que el guión guarda para su personaje.

Llegamos al guión. También nominado al Oscar, como su director y como la película. Y aquí, como ya se puede intuir en el anterior párrafo, es donde realmente me pierde Up in the air. El guión, adaptado de una novela de Walter Kim, no me convence en absoluto. El motivo esencial es que no sabe desplegar la información. La larguísima introducción de la película (de unos veinte minutos) es algo que cualquier director y guionista de comedia clásico habría resuelto en una sola escena de tres minutos. No hace falta más para lo que se propone y emplea demasiado metraje para tan poca información, que no es otra que presentarnos el trabajo y el modo de vida de nuestro protagonista. Eso da pie a que la película parezca (y digo parezca) una historia sobre la soledad. Tampoco eso me convence. Aquí no sólo se queda a medio camino con situaciones muy difíciles de explicar en un plano y forzado (ojo a la escena previa a la boda... totalmente inverosímil) desarrollo de personajes, sino que además las conclusiones son todavía más descorazonadora que en el temática laboral.

Quizá es eso lo que pretendía Up in the air y sencillamente a mí no me ha llegado el mensaje. O quizá sí me ha llegado y justo eso es lo que ha provocado que no me haya gustado la película. Creo que me quedo con la segunda opción. Y soy consciente de que la mayoría encontrará en este filme una simpatía, una diversión e incluso una reflexión que yo no veo. Pero si no lo veo, no puedo deciros otra cosa. Ni me he reído demasiado, ni me ha emocionado, ni me ha llegado. Qué le vamos a hacer.

domingo, noviembre 18, 2007

'Michael Clayton', muy interesante

Salgo del cine bastante contento después de ver Michael Clayton, una de esas películas interesantes, bien hechas, muy bien interpretadas y con un buen guión; una película de denuncia social y de personajes; una película clásica, que bien podría haberse hecho en los años 70. La primera de sus dos horas me parece demasiado larga, yo le habría recortado unos minutos para que fuera redonda, pero aún así salgo muy contento. No llevo mala racha, no, después de ver en menos de una semana Redacted, Leones por corderos y Michael Clayton. Las tres son películas bastante notables, cada una a su estilo, y un cine comprometido de ese que tanto me gusta, sobre todo si viene del tradicionalmente conservador Hollywood.
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Michael Clayton es una película hecha a priori para el lucimiento de George Clooney. Mirad los carteles. Primer plano de este actor y nada más. Admito que a Clooney siempre le había tenido cierta manía. Convertirse en el actor que casi entierra para siempre la franquicia de Batman (mi superhéroe de cómic favorito, por si alguien no lo sabe) con ese engrendro de Joel Schumacher que fue Batman & Robin me parecía un motivo bastante bueno para tenerle esa manía. Pero al césar lo que es del césar. Clooney ha crecido mucho como actor desde entonces y su carrera, además, ha seguido una línea de compromiso realmente interesante, alternando las películas comerciales de turno con otras de bajo presupuesto. Protagonizar y dirigir Buenas noches, y buena suerte cambió por completo mi opinión sobre él. Y aquí está realmente bien.
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Pero Clooney no es, en absoluto, el mejor actor de la película, porque hay hasta tres que hacen trabajos sensacionales. Tom Wilkinson, al que descubrí tardíamente hace un par de años en Batman begins, hace un papel extraordinario, lo mismo que Sidney Pollack, más conocido como director pero al que mucha gente recordará por su personaje en el Eyes Wide Shut de Kubrick. Los dos están brillantes, pero quien reamente se sale es Tilda Swinton, a la que ya había visto en Las crónicas de Narnia. Su trabajo es sencillamente formidable en todas las escenas en las que aparece. Toda una lección para todos aquellos, demasiados, que piensan que para ser actriz hay que tener veintitantos años y tener un cuerpo escultural. Tilda Swinton me ha ganado para siempre como seguidor.
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Para comprobar el buen trabajo de los actores, ojo a sobre todo a tres escenas: el encuentro en el callejón de Wilkinson y Clooney, la aparición de Wilkinson en Times Square (¡quiero ir a Nueva York...!) y el memorable cara a cara final entre Swinton y Clooney. Tampoco es nada desdeñable el momento en que Pollack responde en su despacho del bufete a la petición monetaria del personaje de Clooney.
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La película se centra en Michael Clayton, un antiguo fiscal que trabaja ahora para un bufete de abogados como solucionador de problemas. No es un héroe. Tampoco un antihéroe. Es un personaje que sabe lo que hace en su trabajo, pero al que se le acumulan los problemas en su vida personal. Su último trabajo va a mezclar ambas cosas. Necesita dinero para saldar una vieja deuda familiar, y sólo su bufete se lo puede dar. Pero al mismo tiempo el caso en el que está trabajando le plantea dudas morales. Un abogado (Wilkinson) amigo suyo, con problemas de personalidad, se cambia de bando en un caso para defender a una joven que se enfrenta a una corporación que ha intoxicado a cientos de granjeros. Ese abogado descubre la inquietante verdad sobre la corporación, representada por una mujer aparentemente sin escrúpulos (Swinton), pero que en realidad pasa por momentos muy duros cuando toma las decisiones más difíciles.
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Dirige el debutante Tony Gilroy, responsable de guiones como la trilogía de Bourne o Pactar con el diablo. Y no lo hace mal. Mis principales reproches a su trabajo son como montador, ya que, como he dicho, yo habría cortado unos minutos al comienzo de la película. Como guionista pasa por altibajos. Hay momentos muy buenos y diálogos maravillosos, pero hay escenas que no terminan de encajar, sobre todo en la primera mitad del filme. Pero, insisto, es una muy buena película, muy recomendable y no sólo para fans del amigo Clooney.