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viernes, octubre 06, 2017

‘Blade Runner 2049’, el arte visual de Villeneuve no es suficiente

Aunque hoy parezca increíble, Blade Runner no fue un éxito en 1982. Ni de taquilla ni, realmente, de crítica. La cinta de Ridley Scott, un caos absoluto durante su rodaje y un continuo cambio en la sala de montaje hasta muchos años después de su estreno, se convirtió poco a poco en lo que es hoy, una cinta de culto y clásico absoluto de la ciencia ficción de los años 80. Esa condición y este interminable revival que vivimos convertían a su secuela en un plato muy apetecible para casi todos. A diferencia de otros proyectos, que tanto se nota que nacen con la vocación única de hacer dinero, que no es malo pero no puede ser suficiente, Blade Runner 2049 nació con un aura de calidad. El respeto al original y la presencia en la silla de director de Denis Villeneuve convertían la película, a priori, en uno de los platos más apetecibles de los últimos tiempos. Y el resultado está, por desgracia, lejos de lo esperado. Que nadie piense que estamos ante una mala película o un desperdicio, ojo, pero no colma las expectativas.

Es difícil ver en la película de Villeneuve una continuación natural de Blade Runner. Es complicado sentirse dentro del mismo mundo, por mucho que haya paralelismos que casi nos pueden hacer pensar en lo que J. J. Abrams hizo con El despertar de la Fuerza para convencernos de nuevo de que Star Wars es lo más grande. Y es casi inevitable, por sacrílego que pueda parecer, recordar lo que Ridley Scott firmó en Prometheus, una obra tan absurda en su guion como deslumbrante en lo visual. Blade Runner 2049 es, en muchos sentidos, mejor que el intento de Ridley Scott de explicarnos el mundo de Alien, pero a la vez es una cinta mucho más vacía de lo que parece, tanto en su historia, sencilla y casi intrascendente por momentos, y que en su poesía queda lejísimos de su referente, como admite cuando claudica en su formidable banda sonora y recurre a Vangelis para ilustrar uno de los momentos álgidos del viaje que nos cuenta.

No será aquí donde se desvelen los secretos de Blade Runner 2049, pero sí se puede decir sin miedo que Villeneuve busca un respeto tan reverencial que es difícil ver la línea entre la secuela y el remake, sobre todo porque este Deckard de Harrison Ford apenas conecta con el que ya conocíamos y cede el protagonismo a un Ryan Gosling al que ya hemos visto antes en estas lides sin necesidad de ser un replicante. Porque del mundo del Blade Runner original apenas nos queda una mínima pincelada de historia. Los replicantes han cambiado. La caza no es la misma. El discurso sobre la vida y la muerte ha desaparecido. Y lo que sí encaja, como por ejemplo el personaje de Ana de Armas, en realidad tendría que ser la guinda para entender la evolución de este mundo cyberpunk y no lo más destacado de este regreso a una sociedad que se antoja menos violenta, menos radical y menos oscura que la que ya conocíamos, a pesar de que en teoría el escenario es peor.

Villeneuve, desde luego, es un artista visual de los que hay pocos ahora mismo en el cine actual. Y eso, probablemente, consigue un efecto hipnótico que oculta algunas de las carencias de su película, seguramente y en todo caso la más impersonal de su filmografía. El problema quizá esté ahí, que no termina de ser Blade Runner ni tampoco termina de ser Villeneuve puro. Y en esa indefinición hay muchos tiempos muertos. El ritmo lento era previsible, pero no que haya escenas superfluas (como el regreso de un viejo conocido) o instantes que rozan el aburrimiento, sobre todo durante su larga primera mitad. No da la sensación de que las mejores ideas de la cinta, como el sistema de control de los replicantes o la manera en la que la inteligencia artificial se ha colado en la vida emocional incluso de estos seres artificiales, logren elevar la película al nivel que cabía esperar. Sin ser un tropiezo, tampoco es la joya que podría haber sido.

domingo, enero 15, 2017

'La ciudad de las estrellas. La La Land', portentosa delicia

La maestría con la Damien Chazelle compuso Whiplash hacía esperar lo mejor de su siguiente trabajo. Pero La La Land supera las expectativas. Desde un formidable ejercicio de nostalgia por un género oficialmente declarado muerto pero que en sus coletazos ha dejado ya más de una obra de arte, Chazelle logra una portentosa delicia que encandila desde el brutal número inicial, en el que es imposible contar en cuántos momentos podría haber salido mal un plano secuencia de semejante complejidad, hasta el increíblemente hermoso final de la película, que deja con la lágrima en el rostro, con la sonrisa en la cara, con el corazón en un puño y con el alma feliz de haber asistido a uno de esos raros espectáculos cinematográficos en los que todo parece estar en su sitio para lograr el objetivo de conmovernos durante algo más de dos horas que desbordan tanto talento y a tantos niveles que parece difícil no caer rendidos a los pies de este filme.

Viviendo en el mundo en el que vivimos, en el que los odios se acumulan por las más pintorescas razones y a veces sin haber visto las películas, esta oleada de entusiasmo que ha generado La La Land casi obliga a ir con recelo. Ni su extraordinario trailer, toda una lección de márketing para los que piensan que es necesario destripar una película para venderla, ni el ya mencionado precedente formidable que fue Whiplash parecían contar tanto antes del incomprensiblemente retrasado estreno en España por el éxito sin precedentes en los Globos de Oro. Y sí, viendo La La Land casi parece que se despiertan las alertas intentando encontrar algo que no funcione, algo que lleve a proclamar que estamos todos exagerando, que no es tan buena como se está diciendo. Qué cosas, lo es. Es una auténtica maravilla porque Chazelle es, ahora mismo, el genio de la lámpara que ha fusionado como hacía tiempo que no se hacía el cine y la música.

No hay nadie en el cine contemporáneo que entienda mejor que él la unión entre esas dos artes. Nadie que sepa rodarla de maneras tan diferentes, en el escenario de un gran musical clásico y en el entorno cerrado de una pequeña habitación. Nadie que combine de esa manera amplios y mágicos encuadres con preciosistas primeros planos, que evidencian que Chazelle es un portentoso director de actores, que sabe extraer hasta la última gota de encanto, carisma y elegancia que tienen dentro Emma Stone y Ryan Gosling, dos actores que hacen un trabajo formidable y encantador, cargado de carisma, que triunfan en la faceta musical pero también en la dramática, que bordan cada uno de sus bailes pero que consiguen que La La Land sea una delicia porque es facilísimo entrar en sus cabezas y en sus corazones, cuando las cosas les van bien y cuando les van mal, desde la encantadora escena en el cine viendo Rebelde sin causa hasta el glorioso plano-contraplano que lleva al límite su relación.

Cuando empieza La La Land, los pies no dejan de acompañar la música. Cuando finaliza, es el corazón el que se mueve al son de lo que dicta Chazelle. Lo que se aventuraba ya con ese arranque como un gran musical (qué demonios, desde la belleza de su trailer) se convierte con el paso de los minutos en una película inolvidable, que supera la genialidad técnica que exige un despliegue coreográfico como el que necesita una producción de esta naturaleza, genialidad que no pierde en ninguno de sus números musicales, con una maestría artística de las que dejan huella y que alcanza su cenit en unos diez finales hermosos, magistrales, concentración de todo lo que ha explotado durante las casi dos horas previas y que termina de cerrar una de esas experiencias que merece la pena vivir a corazón abierto, para que el cine pueda tocarlo y enseñarnos que la magia no ha muerto y que aún es posible ver formidables cantos de amor al cine, a la música y a la vida como este.

viernes, junio 10, 2016

'Dos buenos tipos', Shane Black en su salsa

Ha pasado mucho tiempo desde que Shane Black colocó su nombre, en el lejano 1987, en los créditos de Arma letal como su guionista. Y casi treinta años después, Black, ahora director y escritor, firma Dos buenos tipos, la que probablemente sea su película más auténtica, un divertidísimo thriller de misterio, una buddy movie extravagante, un potente regreso a los años 70 y una sobrada de película en todos sus aspectos (ojo a la secuencia onírica... ¡o a Nixon!) que se convierte en el compendio más exquisito de todo lo que ha venido haciendo Black a lo largo de su carrera. Tiene la violencia y la chispa de los diálogos de El último boy scout, la trama de investigación de la mencionada Arma letal, tintes de comedia como los de El último gran héroe aunque sin llegar a sus cotas de caricatura o el atrevimiento de Iron Man 3. Y con dos actores tan metidos en faena como el propio Shane Black para que la diversión sea total.

De alguna manera, viendo el escenario, la historia y el contexto, es inevitable pensar que todo lo que en Dos buenos tipos funciona francamente bien es lo que no terminaba de encajar en la mucho más pretenciosa Puro vicio, de Paul Thomas Anderson. Y es que Black no tarda más que unos pocos segundos en ganarse toda la atención del espectador, mezclando una actriz porno, una travesura erótica infantil y un espectacular y extravagante accidente. Luego es cuando entran en acción los dos buenos tipos del título, que precisamente son de todo menos buenos tipos. Un matón a sueldo que se dedica a patear a quienes se acercan a jovencitas y un detective privado venido a menos por su cara dura y por su afición al alcohol que además tiene una hija casi adolescente se convierten en la mezcla ideal para la fórmula de buddy movie que Black hizo arte en el guión de Arma letal. Parece mentira que tantos años después siga teniendo cogido el punto a esa dinámica.

Sobra decir que buena parte del éxito de esta fórmula en Dos buenos tipos radica en que Black ha escogido a Russell Crowe y Ryan Gosling, dos actores sensacionales, capaces además de meterse en la piel de personajes tan diversos que este guión es para ellos un caramelo que no podían desaprovechar. Y no lo hacen. En absoluto. Ni en la comedia ni en la acción, pero tampoco cuando la película se adentra en los terrenos del drama, cuando los personajes adquieren un contexto que Black escribe magníficamente bien. Lo que parece increíble es que Dos buenos tipos tenga tantas cosas, se mueva a un ritmo tan elevado, proporcione tantos momentos delirantes y al mismo tiempo sea tan inteligente en el misterio que investigan los dos protagonistas (más bien tres, que gusto da ver a una actriz adolescente como Angourie Rice moviéndose con tanta naturalidad ante dos monstruos como estos).

Da gusto ver que directores que se mueven dentro de la comercialidad más evidente de Hollywood (¿acaso hay que entender como un mensaje oculto que Dos buenos tipos arranca detrás del logo de la meca del cine cuando estaba tan dejado en los años 70?), saben ser al mismo tiempo muy atrevidos. Dos buenos tipos entronca en un cine que muchos intentan y no tantos dominan, ese en el que el humor es negro, la violencia casi cómica y el envoltorio es el de una producción en el que todo el mundo parece habérselo pasado fenomenal entre amigos. Pero Black sobresale porque, además, es un tipo avispado. Conoce la fórmula. Y la aplica como nadie. Pero no parece una fórmula hasta que uno se para a pensar en ella. Porque mientras se está viendo, la diversión es tan absoluta que el espectador ni se da cuenta de que le han embaucado de una manera magistral. Black es un embaucador, eso está claro. Pero es uno de los buenos, de los que divierte y entretiene sin complejos y sin guardarse absolutamente nada. Y así da gusto.

viernes, enero 22, 2016

'La gran apuesta', una gozada coral

Qué pocas veces se exploran todas las herramientas que ofrece el cine para contar una historia, y qué satisfactorio es cuando todas, o casi todas, se utilizan en una sola película para goce absoluto del espectador. Eso es La gran apuesta, una historia fascinante contada de un modo aún más deslumbrante, llevando hasta el extremo la capacidad del cine como medio, rompiendo la cuarta pared, usando el ritmo de videoclip, utilizando el cameo de la forma más inteligente posible y desplegando a un grupo de personajes absolutamente fascinantes. Adam McKay, qué sorpresa es encontrar al director de Hermanos por pelotas, desplegando tanta inteligencia en estas poco más de dos horas, ofrece la más gamberra y fascinante explicación a la crisis financiera de la que todavía sentimos los efectos. Y todavía es más sorprendente si nos damos cuenta del impresionante nivel de detalle que despliega para conectar esta historia coral.

Es tan buena La gran apuesta que solventa de una forma fascinante su mayor escollo, precisamente lo que provocó que la crisis llegara tan lejos y de forma tan profunda: un lenguaje ininteligible. Es imposible seguir la película en toda su extensión a menos que se tenga formación económica. Pero lo mismo que usaron bancos y fondos de inversión para confundir a los ciudadanos de a pie y enriquecerse a su costa es lo que usa McKay, en un deslumbrante guión que coescribe con Charles Randolph basándose en el libro de Michael Lewis, para trazar un relato brutal y demoledor que, más que una explicación, es una mofa cínica de esta crisis. Cínica, porque usa personajes muy extremos para su historia, tipos que sacaron provecho económico de la enorme farsa (por no decir estafa) que generó la inestabilidad económica más reciente. La multiplicación de términos imposibles, que en la broma más amplia de todas están extraídos de la vida real, construye una tragicomedia única.

Su ritmo es salvaje y no deja ni el más mínimo resquicio al aburrimiento, y todo brilla tanto, esa es otra de sus grandezas, que incluso prescindiendo de entender el complejo lenguaje económico del que hace gala todo queda claro viendo a los personajes y entendiendo el tono de cada momento. Tampoco el desfile de actores (ojo a los cameos, que conforman las escenas más delirantemente divertidas de un conjunto que no deja títere con cabeza), en el que procede destacar a un Christian Bale que sabe explotar las inmensas rareza de su personaje, desde su gusto musical hasta el pasearse descalzo, y a un Steve Carell que después de su sorprendente interpretación en Foxcatcher cada vez impresiona más cuando se sale de su vis más cómica, más incluso que un Ryan Gosling que, eso sí, se queda el papel de conductor del filme, o un Brad Pitt, por completar los nombres que aparecen en el cartel, que como productor se reserva un trocito relevante pero menos espectacular de la trama.

Quién iba a decir que la mejor explicación cinematográfica a la crisis llegaría en forma de una comedia cínica y explosiva como esta. La gran apuesta es un viaje tan loco como terriblemente realista, en la que cada golpe de efecto supera al anterior, en el que los rótulos, la cámara la lenta, los planos congelados, la música... absolutamente todo juega un papel esencial para sentirse abrumado por el espectáculo al que se asiste, una farsa en toda regla que fascina y asquea a partes iguales, un memorable todo vale sin héroes y en el que la figura del caradura actúa como catalizador a un lado y otro de la pantalla. Para el enfoque más serio de la crisis desde el mundo del cine, la también espléndida Margin Call. Pero para reír, y llorar al final cuando uno se da cuenta de lo que ha nos ha contado es real, La gran apuesta. Una gozada.

viernes, abril 17, 2015

'Lost River', el calco de estilo de Ryan Gosling

Al destacarse que Lost River es el debut en la dirección de Ryan Gosling, y viendo el tipo de cine por el que ha apostado frecuentemente como actor, el temor a que carezca de un estilo propio en este su primer filme está más que fundado. Y el resultado lo acaba confirmando. Gosling casi acaba confesando sus inspiraciones en los créditos del filme, colocando entre los agradecimientos a Nicholas Winding Refn o Terrence Mallick. Sólo le falta añadir el nombre de David Lynch y el cóctel que supone esta cinta está más que resuelto. Gosling rueda razonablemente bien, pero elude un estilo propio, prefiere quedarse con el de sus referentes, y se nota demasiado. Por eso la película, a pesar de que sólo llega a los 85 minutos y no llegar a aburrir, es un ejercicio de estilo más vacío de lo que seguramente le hubiera gustado, que deja de lado las posibilidades del imaginativo mundo que crea y que se centra en impactar visual y sonoramente. A ratos hasta lo consigue, pero juega tan en el filo de la navaja que al final acaba perdiendo el control.

Como resultado de esta mezcla, Lost River peca de una cierta indefinición en muchos niveles. Es difícil ubicar a la película en terrenos que prevengan de la cierta perplejlidad que pueden provocar sus personajes o su ambientación. Y por eso mismo a veces los protagonistas, una familia disfuncional encabezada por Billy, una madre (Christina Hendricks) dispuesta a hacer casi cualquier cosa para salvar la casa en la que vive con sus dos hijos. Si bien la historia de esta mujer podría haberse adentrado en universos lynchianos satisfactorios, y de hecho algo de su estética está presente ya desde el mismo cartel del filme, esta trama comparte demasiado espacio con la de su hijo adolescente, Huesos (Iain De Caestrecker), que es la que evidencia la irregularidad del filme y los peligros de caer en un surrealismo excesivo (el mejor ejemplo, lo que acaba rescatando de debajo del agua).

No da la impresión de que Gosling, también guionista del filme, haya sabido desarrollar los personajes ni tampoco el mundo en el que los ubica, del que apenas se dan explicaciones, perdiendo una ocasión de generar más interés por ese aspecto. Tampoco que haya sabido medir la importancia de cada una de las tramas, escenarios y motivaciones. Y el caso es que hay elementos de interés que quedan diluidos en favor de una estética nada personal. Gosling se recrea demasiado en artificios visuales y sonoros que si ni siquiera le pertenecen en primer lugar, pero de esta manera no consigue enmascarar los muchos problemas que tiene su historia. En demasiadas ocasiones da la impresión de que la historia de Billy y la de Huesos (todos los personajes tienen motes de este tipo; el de Saorise Ronan, Rata, es el único que tiene una explicación) forman parte de películas diferentes. El error de Gosling, que sí parece entender ambos caminos, es que no ha sabido hacerlos confluir, lo que ahonda en las pobres sensaciones que deja la película.

La irregularidad es la marca que deja Gosling en su debut en casi todos los aspectos, incluyendo las interpretaciones. Por un lado, saca buenos trabajos de Hendricks o De Caestrecker, incluso de Eva Mendes, cuyo personaje no deja de ser una cáscara vacía que aparece más por puro placer voyeur que por necesidades narrativas, pero desperdicia el personaje y la mirada inquietante de Saoirse Ronan precisamente porque su personaje y sus circunstancias no terminan de encontrar un encaje adecuado en la historia. Lost River no termina de ser una mala película, aunque los defectos superan con mucho a sus virtudes, pero sí es una muestra de lo que puede suceder cuando un actor con inquietudes se sitúa detrás de la cámara sin tener muy clara cuál es su voz y se deja llevar por lo que han hecho otros con él. Una lástima, pero en todo caso habrá que esperar a la segunda película de Gosling para saber de verdad qué podemos esperar de él como director.

viernes, septiembre 06, 2013

'Cruce de caminos', un notable viaje sin final

Tarea compleja la de hablar de Cruce de caminos (nada que ver con la interesante película de 1986 que recibió en España el mismo título, con Ralph Macchio como protagonista). Lo es, en primer lugar, porque cualquier aproximación a su sinopsis acaba por desvelar buena parte de su argumento, en especial el de la primera de las tres partes en que divide el filme Derek Cianfrance, su director y coguionista. Pero también precisamente por el trabajo de Cianfrance. Porque la película impacta, emociona y sorprende en muchos momentos, de una forma similar a como lo hacía su anterior trabajo, Blue Valentine, pero del mismo modo le falta un cierre claro, un síntoma de que efectivamente está contando una historia con un objetivo claro. Temas tiene muchos, y escenas notables e incluso mejores unas cuantas. ¿Pero cuál es el auténtico mensaje de la película? Eso es lo que no termina de definir. Y eso, a pesar de que una vez más consigue notables intepretaciones y de que rueda admirablemente bien, es lo que le aleja de una película sobresaliente.

Sin revelar mucho más sobre su argumento, estamos hablando de un drama. Duro y complejo, aunque su estructura se va viendo venir con cierta facilidad, en especial desde el final de la primera de las tres partes en que está dividida. Como en Blue Valentine, el peso de la historia reside en los actores, aunque es cierto que Cianfrance sí muestra una más que interesante evolución como director con respecto a aquella. Deja una marca interesante enfatizando la soledad de los personajes con planos por detrás de ellos, algo agotadores cuando se ciñe al busto (en la primera secuencia, con Ryan Gosling, tiene una explicación evidente, más adelante el recurso se repite demasiado; a Darren Aronofsky en El luchador ya le había sucedido algo parecido) y muy hermosos cuando los emplea para seguirles en carretera. E indudablemente se reinventa con sumo acierto en la escena de persecución que pone fin a la primera pieza del filme, rodada con cámara en mano y un pulso narrativo que para sí quisieran especialistas del género.

Su ritmo es lento y pausado. Eso será para algunos uno de los méritos de la película y para otros su principal defecto. Sin duda, es la explicación a los 140 minutos que dura, a la ambición que planea sobre la película y también, probablemente, una de las causas de que el final de la tercera parte no logre del todo el efecto deseado. Puede que sea algo muy personal, pero flota en el ambiente la sensación de que la película podría haber acabado de cualquier manera, lo que limita el alcance emocional que sí busca descaradamente Cianfrance. Otro de los elementos asociados a ese ritmo lento es la intepretación de Ryan Gosling, que empieza a repetirse demasiado. Con oficio, generando empatía y con alguna escena memorable (la de la iglesia, contenida pero brutal), sí. Pero corriendo ya el peligro evidente de que se fundan sus diferentes personajes, disociándose de la película. Bradley Cooper, en cambio, convence siempre y se confirma como un espléndido actor.

Cruce de caminos (enigmático título original el de The Place Beyond the Pines, traducción del nombre indio de la localidad en que transcurre la película) es un drama notable que se queda en el camino de ser sobresaliente por la falta de un final a la altura de lo mostrado o por desaprovechar algunas oportunidades, como las que daban los personajes femeninos de la película, reducidos por momentos a simples excusas argumentales (más en el caso de Rose Byrne que en el de Eva Mendes). Lo notable va apareciendo con mucha frecuencia en la película. La espectacularidad de los escenas de acción de la primera parte, los debates morales que se plantean en la segunda, la impagable aparición de Ray Liotta y parte de las intenciones que se atisban en la historia circular, aunque quebrada, que plantea Cianfrance. Un director, por cierto, sin mucha suerte en España. Blue Valentine llegó con más de dos años de retraso, y Cruce de Caminos se vio en el Festival de Toronto hace justo un año. Sus películas llegan tarde. No es que eso impida valorarlas adecuadamente, pero sí abre la puerta a que se vean de otros modos, a un lado u otro de la Ley.

martes, febrero 26, 2013

'Blue Valentine', durísimo viaje emocional

Blue Valentine es un viaje emocional durísimo. Es el camino del amor, desde que nace hasta que muere, y todo en un breve lapso de tiempo de pocos años. Contado sin ambages, sin subterfugios y a flor de piel. Con dos actores brutales, Michelle Williams y Ryan Gosling, que son los que hacen que la película impacte, emocione y, sobre todo, duela. Porque la película va sobre eso, sobre el dolor que puede producir el amor cuando las circunstancias de uno y de otro complican una relación de pareja hasta extremos asfixiantes. La película es la sinceridad que desprenden sus actuaciones, que alcanzan tanta profundidad que es imposible escapar de su influjo. Lo que les rodea no siempre es tan atractivo, aunque la película presenta un fantástico montaje alterno entre los dos tiempos que narra el filme, el pasado en el que Cindy y Dean se conocen y se enamoran, y el presente en el que todo está roto, deshecho, y la pareja lucha por sobrevivir emocionalmente, por decidir qué hacer con ese amor roto. Blue Valentine es un puñetazo al estómago. Brillante en muchos aspectos, pero un puñetazo al fin y al cabo.

Williams y Gosling hacen que la película se disfrute en dos niveles completamente diferentes. Impone la dureza que ambos transmiten en las escenas más tardías, aquellas con las que arranca el filme antes de sorprender con el primer flashback, con las escenas en las que se ve a un matrimonio ahogado en la rutina, sin pasión y con una tensión a punto de explotar. Y emociona la belleza de las anteriores, en las que el enamoramiento parece tangible y real, hermoso y espontáneo, nacido de la casualidad y la inocencia. Parecen vidas diferentes pero, al mismo tiempo, los dos actores consiguen que formen parte de una sola. Hay una evolución que se ve, se siente, se palpa, se respira y casi se puede tocar en las escenas en las que el sexo, explícito y directo, ocupa una parte esencial de la historia. Es esa transición lo que hace de Blue Valentine una película muy difícil de contemplar. Mucho, porque llega mucho más lejos que la simple melancolía. No es un amor que se pierde, sino un amor que se rompe en mil pedazos sin que ninguno de los dos sepa cómo remediarlo.

Derek Cianfrance debuta con este título como director y guionista de largometrajes de ficción, después de hacer cortos y documentales. Quizá provenga de ahí su decisión de rodar la película cámara en mano, algo que no siempre beneficia a los actores, aunque les saca muchísimo jugo incluso siendo su debut como realizador. En lo que sí hay un acierto total es en el montaje, que contribuye a crear una mareante sensación de montaña rusa muy similar a la que sienten los protagonistas, especialmente ella. Cianfrance, que tuvo muchísimos problemas para financiar la película, querría haber rodado los dos tiempos de la historia con algunos años de diferencia. Es fácil ver por qué. Ryan Gosling, con algo de maquillaje, marca una clara diferencia, pero no es tan palpable en el personaje de Michelle Williams salvo por su memorable interpretación, por el cambio en su expresión, por la tristeza que añade a su mirada. Puede que ella esté un peldaño por encima, pero las dos actuaciones son dignas de contemplar y analizar por miles de matices que, probablemente, no se captarán a la primera. Enormes los dos.

Y ahora vienen las quejas que, en realidad, nada tienen que ver con Blue Valentine. La película es de 2010. Se estrenó comercialmente en Estados Unidos en diciembre de aquel año, después de que once meses antes, a finales de enero, se pudiera ver en el Festival de Sundance. Michelle Williams recibió por su trabajo una nominación a los Oscars que se entregaron en 2011. Tanto ella como Gosling fueron candidatos a los Globo de Oro que se entregaron, como es costumbre, unas semanas antes. A España ha llegado ahora. ¿Y sabéis lo más gracioso? Que dentro de un mes se estrena en nuestro país la próxima película de su director, The Place Beyond the Pines. Ahora es cuando todos reflexionamos un poco sobre la piratería y cómo se promueve, porque Blue Valentine estaba al acceso de todo el mundo en Internet y, a pesar de tener actores sobradamente reconocidos e incluso una nominación al Oscar, no ha llegado a los cines españolas hasta más de dos años después de su estreno en Estados Unidos. Y la película merece la pena. Lo dicho, pensemos.

domingo, febrero 10, 2013

'Gangster Squad', entretenido pero poco exigente cine negro

Es evidente que el cine negro ya no es lo que era. Y, por eso, no que afrontar cada película nueva que salga como si fuera a reinventarlo. Sucede un poco lo mismo que con los musicales, que o bien se encumbran como la película que renueva el género o se aplastan sin piedad si no se convierten en un clásico instantáneo. Gangster Squad es un ejemplo perfecto para describir este fenómeno. Es obvio que no va a reinventar el género, pero tampoco lo pretende. Y, por tanto, el resultado es una película sumamente entretenida. Poco exigente, sí, con diálogos flojos y con elementos más que previsibles, incluso algunos ridículos. Pero casi siempre bien llevada y bien interpretada. Creo que la mejor forma de saber qué se va a ver está en pensar en el género, asumir que el guión es una traslación de Los intocables de Eliot Ness al Hollywood de finales de los años 40, mezclarlo con su interesante reparto, sumar altísimas dosis de disparos, y recordar que su director es Ruben Fleischer, responsable de Bienvenidos a Zombieland y 30 minutos o menos.

Llegar a la conclusión de que Gangster Squad es una película entretenida supone salvar un escollo importante que Warner había puesto para su disfrute cuando decidió eliminar una escena de la película por su similitud con el tiroteo en la vida real en un cine coincidiendo con el estreno de El Caballero Oscuro. La leyenda renace. Dijeron entonces que lo hicieron para no herir sensibilidades, pero, francamente, tiroteos ha habido en muchos escenarios y no por eso se va a dejar de disfrutar de una buena película de, y ahí está la clave, ficción. La decisión se antoja aún más absurda después de ver que es totalmente imposible llevar la cuenta de cuántos disparos se producen en Gangster Squad, de cuántos cadáveres llegan a sumarse a lo largo de su metraje y de algunas escenas como el violento incidente que abre la historia. Porque, eso sí, Gangster Squad es una película muy violenta, como procede con el relato que está contando. Obviamente, Fleischer gusta de recrearse en algunos de esos momentos, pero tampoco es un exceso insoportable.

El principal problema de la película no está ahí, sino en el desarrollo de los personajes, en sus diálogos y en intentar disimular que estamos ante una versión más truculenta y salvaje de Los intocables. Porque el argumento es básicamente el mismo. Solo cambia que aquí los policías que persiguen al mafioso de turno operan más allá de la ley y sin sus placas, pero hay en la interpretación de Sean Penn un claro intento de acercarse al Al Capone de Robert de Niro en la película de Brian de Palma, a la que se asemeja en demasiadas cosas con los típicos añadidos de lo políticamente correcto (que no falten la mujer, el hispano y el negro), e incluso con homenajes nada velados (la escalera, a la que sólo le falta el carrito de bebé). Es evidente cómo se va a resolver la trama, quién tiene que enfrentarse con quién, qué papel va a jugar la femme fatale de turno o incluso qué personajes no van a llegar con vida al final de la película. Es Emma Stone, pese a cuadrar a la perfección en la imagen más hermosa de la mujer del género negro, y sea cual sea el color de su insinuante vestido, quien más sufre el pobre desarrollo de los personajes.

Pero el conjunto es, decía, sumamente entretenido, porque en el fondo es una buena historia de buenos contra malos que está encarnada por actores carismáticos. Y aunque Josh Brolin es un espléndido actor que lleva el filme con mucho oficio, y se agradecen las presencias de Nick Nolte, Giovanni Ribisi, Robert Patrick, Anthony Mackie o Michael Peña, lo cierto es que la película crece con la presencia de Ryan Gosling, a pesar de su pobre doblaje. Y no es que su personaje esté mucho más desarrollado que el de sus compañeros de reparto, pero sí encierra bastantes más elementos de interés, tanto sobre el papel de su guión como en su traslación a la pantalla. Fleischer se excede en modernizar el aspecto visual del cine negro y, obviamente, choca con la esencia misma del género. Gangster Squad abusa de las cámaras lentas y de los efectos visuales y, salvando una espléndidamente rodada escena de persecución, se acerca a la historia como si fuera un título más de acción. Eso es lo fallido de la película. Pero el desarrollo y la puesta en escena, olvidando estas moderneces que llevan tiempo comiéndose las reglas básicas del cine de género, es más que interesante.

Gangster Squad no es la mala película que muchos han vendido (¿quizá una reacción a esa desmedida reacción de remontar la película?) ni tampoco el clásico instantáneo que se podría haber conseguido con un reparto tan completo e interesante como el que reúne este filme. Pero es una película interesante, contenida en su duración (113 minutos) y desatada en su violencia. Curioso sería que esa misma violencia que sirve para encumbrar a otros directores se utilizara para hundir esta película. Lo mejor, en todo caso, está en la ambientación, en lo que sí sigue con fidelidad aquello que hacía del género negro algo tan especial, ese aire clásico en los escenarios, en la vestimenta e incluso en los comportamientos de los personajes. Y eso está presente aquí, quizá algo enmascarado por el ruido de las balas, pero está. Pero no estamos ante una obra maestra del calibre de Perdición, no. Ni siquiera comparable con L. A. Confidential o Camino a la perdición. Pero es que no todo el cine tiene que ser de arte y ensayo o formar parte de forma inmediata de un panteón de clásicos. El cine entretenido también tiene derecho a vivir.

martes, marzo 13, 2012

'Los idus de marzo', la fascinante corrupción del alma

Pocas figuras del cine contemporáneo han conseguido cambiar tan radicalmente la opinión que yo tenía sobre ellas como la de George Clooney. De ser el actor que casi enterró para siempre la franquicia de Batman (¡gracias, Christopher Nolan, por devolvérnosla en todo su esplendor!), Clooney ha pasado a ser un actor interesante en muchas ocasiones y, sobre todo, un director más que notable. Su visión de la podredumbre que hay en el mundo de la política, Los idus de marzo, es una genialidad que desborda carisma por sus cuatro costados. No termina de ser redonda, pero deja un poso sobresaliente, gracias a la sobriedad clásica del Clooney director y al enorme trabajo de un grupo de actores sensacionales. Con los Oscars todavía muy recientes, no termino de ver claro que haya nueve películas mejores que ésta. Pero así son los premios.

Arranca la película con una escena formidable, intensa, poderosa. En unos pocos segundos, en un par de planos y con unas líneas de diálogo robadas a otro personaje, queda retratado Stephen Meyers, uno de los encargados de la campaña electoral de un gobernador que aspira a ser presidente de los Estados Unidos. Idealista, trabajador, convencido de que está junto a un hombre que merece la pena apoyar. Trabaja para él, no para el partido. No por un sueldo, sino por un sueño. Su poderosa presentación no es más que el preludio de lo que está por venir. Aparecen en la película el propio Clooney, Philip Seymour Hoffman, Paul Giamatti, Marisa Tomei, Evan Rachel Wood. Y todos tienen un primer plano en la película de intensidad semejante al de Goslin. Todos quedan retratados a primera vista con una fuerza a tener en cuenta. De todos desprende un aura especial. Eso es mérito de los actores, por supuesto, pero también del ojo de Clooney tras la cámara.

Cobra especial importancia el carisma de los personajes por el entorno en el que se mueve esta historia. Lo más oscuro de la política, aquello que no solemos ver pero todos imaginamos. Las cloacas que acaban por aniquilar todo el idealismo y la ilusión que puede generar un líder. Es evidente que la mirada de Clooney no es optimista. Al contrario, es un sueño roto, encarnado excepcionalmente por lo que esconde Ryan Gosling tras su rostro y sus gestos. Es un duro placer ver cómo le va cambiando el gesto, aunque es difícil digerir algunas de las cosas que salen a la luz en el tramo final de la película y quizá sea eso lo que hace que Los idus de marzo no sea la película redonda que aspiraba a ser. Pero qué bien construída está hasta llegar a ese final. Y qué interesante es el mundo que ha querido mostrar Clooney, con qué estilo escoge enfoques y puntos de vista.

Cuando estrenó Buenas noches, y buena suerte, su primera película como director, George Clooney se mostró como un tipo compretido con la actualidad y con posturas políticamente incorrectas, posiciones que ahora confirma de una forma fascinante. Los idus de marzo no deja de ser el reverso más oscuro de aquella. En Buenas noches, y buena suerte, el tema era la fortaleza de los principios como arma para enfrentarse al poder. Aquí es precisamente lo opuesto, es el poder carcomiendo la ilusión, es la vida cercenando la ingenuidad. Temáticamente hay un influjo muy poderoso en la película, imposible de disociar del actual desencanto con este mundo de la película. Cinematográficamente, Clooney encuentra soluciones hermosas, como esa conversación que nunca llega a escucharse en el interior de un coche pero cuyos ecos resuenan en un elegante y pausado zoom, o en la brillante escena inicial.

Los idus de marzo es una de esas películas necesarias que no acaban de encontrar el lugar que merece por motivos difíciles de comprender. Tengo la sensación de que a Buenas noches, y buena suerte le sucedió algo parecido. Que quienes la vieron la alabaron, pero que no muchos llegaron en realidad a verla. Ni siquiera el tirón de George Clooney o la presencia de enormes actores parece colocar la película en el pedestal que se ha ganado, incluso con los pequeños fallos que impiden darle un sobresaliente sin condiciones, y que quizá obedecen más a razones personales que a cuestiones objetivas y más evidentes. Sigo creyendo que cine político y actual como Los idus de marzo merece un aplauso, siquiera por la valentía de afrontar temas que, es evidente, otras cinematografías no son capaces de abordar. Y si encima hay talento cinematográfico en su interior, se me antoja un título imprescindible.

miércoles, diciembre 28, 2011

'Drive', excesiva modernidad

Drive es una película difícil. Difícil de evaluar, difícil de ver en algún momento. En apariencia, todo está en orden. Algunas cosas son notables, algunas incluso sobresalientes. Bebe de numerosas fuentes apreciables, y eso se nota. Pero una segunda lectura revela huecos, errores y estridencias en forma de una violencia exagerada y manifiesta. Es una película moderna, y su modernidad lo impregna todo, a ratos para bien y a ratos para mal. Todo es a cámara lenta, todo es espectacular, todo es violento, todo es contundente, todo es como el cine de hoy en día lo esperaría. Y ese todo rodea una estructura clásica, que parece un western más que otra cosa a pesar de que el cine moderno no entienda ya de cowboys y si de personajes perdidos en grandes ciudades. Daive ha sido recibida en muchos sitios con entusiasmo, en festivales y medios de comunicación, y yo no termino de sentir ese entusiasmo por esta película. La veo mucho más moderna de lo que requiere y mucho más vacía de lo que parece. Si es eso es bueno o no tan malo es algo que tendrá que decidir cada espectador, pero a mí no me termina de convencer.

Pasada la primera escena (que parece, en realidad, un cortometraje con el protagonista al margen de la historia principal; y un buen cortometraje, por cierto, es una escena con gancho y con ritmo), Drive se convierte en dos cosas. Por un lado, es un western. Puro y duro. Por mucho que la película acontezca en esta época y con la gran ciudad (Los Ángeles) como telón de fondo. Pero es un western. Es Raíces profundas. Es Por un puñado de dólares (y eso lo delata el escasísimo diálogo del protagonista, en la línea del famoso Hombre sin Nombre de Clint Eastwood). Es, incluso, El jinete pálido, por recorrer tres épocas y tres tipos diferentes de western. Pero de todos ellos tiene algo. En realidad, lo que sucede en Drive es que se ven muchísimas influencias. Porque además de lo ya mencionado, tiene el toque urbano que Michael Mann puso, por ejemplo, en Collateral. Y es, desde su título hasta la coartada que utiliza, un homenaje a las grandes películas de coches de la historia del cine, en especial Bullit (y tiene, además del arranque del filme, otra gran persecución para corroborarlo).

Por el otro lado, es una historia de amor. Sí, una historia de amor. Bien camuflada con un envoltorio de thriller y acción, pero es una historia de amor. Ryan Gosling (estoico, quizá demasiado en alguna escena que pasa a ser difícil de creer por esa imagen exageradamente silenciosa) interpreta a un hombre callado, metódico, profesional. Conduce para ganarse la vida, a uno y otro lado de la ley. Un buen día conoce a su vecina Irene (una muy interesante Carey Mulligan) y a su hijo, Benicio. Y comienza a relacionarse con ellos. Hasta que aparece el marido y padre del chico (Oscar Isaac se está convirtiendo en un secundario muy apreciable), recién salido de la cárcel y con la necesidad de hacer un trabajo para pagar una deuda que contrajo precisamente en prisión. Es innegable que el motor de la historia y de su resolución es la relación entre Irene y el conductor. Pero el director, el alemán Nicolas Winding Refn, quiere esconderlo. Por eso se lanza, sobre todo en la segunda mitad del filme, a mostrar en pantalla una violencia salvaje, mucho más desagradable que la media y por momentos terriblemente inadecuada. No es que sean demasiadas escenas así, es que rebasan los límites de lo asumible. Es como Pulp Fiction pero en serio. Y para eso el adjetivo me viene a la cabeza es atroz.

Drive es una película contada en muchos momentos a cámara lenta, y con cuantiosas escenas de conversación (plagadas de silencios, por paradójico que pueda resultar). Con ese planteamiento, tiene mucho mérito que el filme tenga un ritmo espléndido durante sus 100 minutos de duración. A ese ritmo sin duda contribuye el contraste entre las interpretaciones, que acaban encajando perfectamente entre sí. Desde las desaforadas a cargo de Albert Brooks o Ron Perlman a las pausadas de Goslin y Mulligan, entre los que hay una química envidiable gracias a gestos, miradas y sonrisas que comparten (es decir, que la base está en su trabajo y no necesariamente en el guión). Y juntos, bien guiados por el realizador, ofrecen escenas maravillosas, como la hermosa pausa del ascensor (por la cual es imposibible no ver Drive como una historia de amor) aunque la sensación quede después rota por el desagradable salvajismo de su resolución. La acción, salvo esos toques casi de sadismo, está bien llevada, y eso contribuye a acelerar cuando la película lo necesita. Ese es el gran acierto de Drive, colocar todos esos ingredientes en la coctelera y hacer que, por momentos, parezca una gran película. Pero, en el fondo, está más hueca de lo que parece con semejante envoltorio.

Es una película que ha entusiasmado a crítica y público, a tenor de lo que se dice de ella en Internet. Para mi gusto, es demasiado moderna, incluso demasiado intrascendente y no del todo bien resuelta en algunos detalles. Quiere romper muchos moldes y a veces no parece lo que necesitaba la película. Quiere tenerlo todo controlado, y eso desemboca en un final extraño y poco creíble. Quiere contener demasiado el perfil del protagonista y eso lleva a que algunas escenas no parezcan naturales. Sin embargo, es innegable que Nicolas Winding Refn sabe llevar, en términos generales, la película, a partir de un armazón argumental muy clásico y un revestimiento excesivamente moderno. Drive tiene cosas muy interesantes, y entre ellas destaca su reparto, pero también tiene otras desacertadas e incluso sumamente desagradables. La balanza puede inclinarse a favor del filme, pero tampoco me parece la reinvención de un género o un título cercano a la perfección. Es una bonita historia de amor, rodada con acierto y con grandes aciertos de cásting e interpretación. Pero su elevado grado de brutalidad invalida algunas de las sensaciones que busca e incluso deja en algunas partes de su metraje.

miércoles, octubre 05, 2011

'Crazy, Stupid, Love' y la confusión entre los tres términos

No termino de decidirme sobre Crazy, Stupid, Love. No sé si es una locura de película, no sé si va sobre el amor o si en realidad es sobre la estupidez. Igual es una mezcla entre las tres cosas y el título es muy adecuado. Pero es que no sé si los actores me terminan de convencer, porque todos ellos (los conocidos y los menos conocidos) tienen grandes momentos, pero en realidad me saben a poco casi todos (en especial algunos de los conocidos). Y el caso es que me he reído, en algunas secuencias verdaderamente divertidas que tiene la película, pero también es verdad que, al margen de los intentos de salirse del cliché que a ratos parece que van a progresar, desprende cierto tono previsible (al fin y al cabo, es una comedia romántica, y todos sabemos cómo evolucionan las comedias románticas). Estoy confundido, sí. Pero entre tanto he pasado dos horas un tanto largas para esta propuesta pero entretenidas al fin y al cabo. En realidad, funciona mejor que la media de películas similares, con lo que tiene un aprobado bastante holgado, pero, como sucede en este género, no pasa de ahí y apela a un público bastante claro, el que esté dispuesto a recibir sus enredos y casualidades de buen grado.

El dúo de directores que forman Glenn Ficarra y John Facqua firman su segunda película tras la cámara (la primera fue Philip Morris, ¡te quiero!) y lo hacen con una película como poco curiosa. Interesante, desde luego, porque, sin revelar absolutamente nada de su desarrollo, plantea algunas cosas que no son muy habituales en una comedia romántica. Y entretenida por contar con un guión hábil, aunque previsible (insisto, seguro que es más una cuestión de género y de expectativas generadas por estudios de mercado que por pretensión cinematográficas), y un reparto experto que arrastra al espectador con facilidad. Lo que no termina de estar claro, en una película tan llena de mensajes inspiradores sobre el amor, es qué pretende decirnos exactamente. El final lo distorsiona todo bastante, y es ahí, en la resolución de todas las tramas, donde Crazy, Stupid, Love pierde buena parte de la fuerza que sí consigue acumular a lo largo de su metraje. No es ninguna novedad, más bien parte de la idiosincrasia de una comedia romántica, pero uno no pierde la esperanza de que llegue el día en que una película así sorprenda. Incluso en su final.

Crazy, Stupid, Love parte de premisas bastante inverosímiles, que dificultan la verosimilitud de la película, y la primera es la falta de química que hay entre la pareja protagonista, la que forman Steve Carell y Julianne Moore. El caso es que los dos, por separado, ofrecen buenos momentos (más ella que él, porque a él le sigo viendo muy cercano a su papel de siempre salvo en alguna escena contada), pero juntos no tanto. En la segunda escena, que transcurre en el interior de un coche, ni siquiera parece que formen parte de la misma película. Este matrimonio protagonista pasa por malos momentos y se separa, lo que desencadena toda la historia. Por un lado, él conoce a un tipo que le enseña a ser todo lo que no es, atractivo para las mujeres, descarado, ligón... Ella, por su parte, duda entre volver a la vida que conocía o dar un paso adelante con la vida que ha imaginado, que es el motivo por el que ha decidido romper su matrimonio. Por alguna extraña razón, me costaría mucho imaginar que de Hollywood hubiera salido una película con esos papeles cambiados, pero me resulta un planteamiento más interesante que el que ofrece la película.

Al final la mejor historia de todas (¿es ese el mensaje que realmente quiere contar esta película?) es la que en la primera mitad de la película (que llega a unas excesivas dos horas) aparece más desdibujada, la que afecta al personaje que interpreta Emma Stone (y que incluye la mejor broma cinéfila de la película; hacer referencia a otras películas o actores es algo que se está poniendo de moda y, la verdad, se agradece por su realismo). La actriz está más que correcta, pero su trabajo sabe a poco después de haberla visto en Rumores y Mentiras y Criadas y señoras, todavía por estrenar. De hecho, es esa es la característica esencial de casi todos los actores de la película, que sus trabajos saben a poco. Le sucede lo mismo a los breves papeles de Marisa Tomei o Kevin Bacon, personajes a los que se le intuyen muchas cosas, pero que al final se quedan en algo normal, episódico y, en el fondo, casi intrascendente. También funciona bastante bien la parte de amor adolescente, personificada en el chico de trece años al que da vida Jonah Bobo y la joven de 17 con el rostro de Analeigh Tipton. Pero si como motor de una película que apuesta por rostros conocidos encaja más la historia de dos intérpretes desconocidos, es que algo no ha terminado de funcionar en la película. Y eso que falla es la química.

La química es esencial en una comedia romántica. Muchas, con peores guiones sobreviven gracias a ese detalle. Y aquí falla en algunas de las parejas que se forman. Sí hay química, curiosamente donde no manda el amor, en la relación entre los dos personajes masculinos principales, los del propio Carell y Ryan Gosling. No es que ninguno de los dos ofrezca la interpretación de sus vidas, pero una vez asimilada la premisa que les une (con cierto esfuerzo por lo inverosímil que es), ofrecen los mejores momentos de la película, junto con el inevitable enredo final. Enredo, por cierto, que tiene un halo de originalidad (y de buena comedia, todo hay que decirlo) porque no es realmente tan final como suele suceder en este tipo de películas. Crazy, Stupid, Love entretiene de forma sincera, aunque después de una primera película más que extraña se nota que sus directores se han plegado en cierta medida a las exigencias comerciales de Hollywood. Lo hacen con oficio, dejando una serie de buenos momentos de comedia y con buenas actuaciones individuales (que cuando se mezcla, por desgracia, no funcionan igual de bien; si entre Carell y Moore no hay química, mucho menos la hay entre ella y Kevin Bacon). Con todo, una agradable comedia que, sin demasiadas pretensiones, se deja ver con mucha facilidad.