viernes, octubre 06, 2017
‘Blade Runner 2049’, el arte visual de Villeneuve no es suficiente
domingo, enero 15, 2017
'La ciudad de las estrellas. La La Land', portentosa delicia
viernes, junio 10, 2016
'Dos buenos tipos', Shane Black en su salsa
viernes, enero 22, 2016
'La gran apuesta', una gozada coral
viernes, abril 17, 2015
'Lost River', el calco de estilo de Ryan Gosling
viernes, septiembre 06, 2013
'Cruce de caminos', un notable viaje sin final
martes, febrero 26, 2013
'Blue Valentine', durísimo viaje emocional
Williams y Gosling hacen que la película se disfrute en dos niveles completamente diferentes. Impone la dureza que ambos transmiten en las escenas más tardías, aquellas con las que arranca el filme antes de sorprender con el primer flashback, con las escenas en las que se ve a un matrimonio ahogado en la rutina, sin pasión y con una tensión a punto de explotar. Y emociona la belleza de las anteriores, en las que el enamoramiento parece tangible y real, hermoso y espontáneo, nacido de la casualidad y la inocencia. Parecen vidas diferentes pero, al mismo tiempo, los dos actores consiguen que formen parte de una sola. Hay una evolución que se ve, se siente, se palpa, se respira y casi se puede tocar en las escenas en las que el sexo, explícito y directo, ocupa una parte esencial de la historia. Es esa transición lo que hace de Blue Valentine una película muy difícil de contemplar. Mucho, porque llega mucho más lejos que la simple melancolía. No es un amor que se pierde, sino un amor que se rompe en mil pedazos sin que ninguno de los dos sepa cómo remediarlo.
Derek Cianfrance debuta con este título como director y guionista de largometrajes de ficción, después de hacer cortos y documentales. Quizá provenga de ahí su decisión de rodar la película cámara en mano, algo que no siempre beneficia a los actores, aunque les saca muchísimo jugo incluso siendo su debut como realizador. En lo que sí hay un acierto total es en el montaje, que contribuye a crear una mareante sensación de montaña rusa muy similar a la que sienten los protagonistas, especialmente ella. Cianfrance, que tuvo muchísimos problemas para financiar la película, querría haber rodado los dos tiempos de la historia con algunos años de diferencia. Es fácil ver por qué. Ryan Gosling, con algo de maquillaje, marca una clara diferencia, pero no es tan palpable en el personaje de Michelle Williams salvo por su memorable interpretación, por el cambio en su expresión, por la tristeza que añade a su mirada. Puede que ella esté un peldaño por encima, pero las dos actuaciones son dignas de contemplar y analizar por miles de matices que, probablemente, no se captarán a la primera. Enormes los dos.
Y ahora vienen las quejas que, en realidad, nada tienen que ver con Blue Valentine. La película es de 2010. Se estrenó comercialmente en Estados Unidos en diciembre de aquel año, después de que once meses antes, a finales de enero, se pudiera ver en el Festival de Sundance. Michelle Williams recibió por su trabajo una nominación a los Oscars que se entregaron en 2011. Tanto ella como Gosling fueron candidatos a los Globo de Oro que se entregaron, como es costumbre, unas semanas antes. A España ha llegado ahora. ¿Y sabéis lo más gracioso? Que dentro de un mes se estrena en nuestro país la próxima película de su director, The Place Beyond the Pines. Ahora es cuando todos reflexionamos un poco sobre la piratería y cómo se promueve, porque Blue Valentine estaba al acceso de todo el mundo en Internet y, a pesar de tener actores sobradamente reconocidos e incluso una nominación al Oscar, no ha llegado a los cines españolas hasta más de dos años después de su estreno en Estados Unidos. Y la película merece la pena. Lo dicho, pensemos.
domingo, febrero 10, 2013
'Gangster Squad', entretenido pero poco exigente cine negro
Llegar a la conclusión de que Gangster Squad es una película entretenida supone salvar un escollo importante que Warner había puesto para su disfrute cuando decidió eliminar una escena de la película por su similitud con el tiroteo en la vida real en un cine coincidiendo con el estreno de El Caballero Oscuro. La leyenda renace. Dijeron entonces que lo hicieron para no herir sensibilidades, pero, francamente, tiroteos ha habido en muchos escenarios y no por eso se va a dejar de disfrutar de una buena película de, y ahí está la clave, ficción. La decisión se antoja aún más absurda después de ver que es totalmente imposible llevar la cuenta de cuántos disparos se producen en Gangster Squad, de cuántos cadáveres llegan a sumarse a lo largo de su metraje y de algunas escenas como el violento incidente que abre la historia. Porque, eso sí, Gangster Squad es una película muy violenta, como procede con el relato que está contando. Obviamente, Fleischer gusta de recrearse en algunos de esos momentos, pero tampoco es un exceso insoportable.
El principal problema de la película no está ahí, sino en el desarrollo de los personajes, en sus diálogos y en intentar disimular que estamos ante una versión más truculenta y salvaje de Los intocables. Porque el argumento es básicamente el mismo. Solo cambia que aquí los policías que persiguen al mafioso de turno operan más allá de la ley y sin sus placas, pero hay en la interpretación de Sean Penn un claro intento de acercarse al Al Capone de Robert de Niro en la película de Brian de Palma, a la que se asemeja en demasiadas cosas con los típicos añadidos de lo políticamente correcto (que no falten la mujer, el hispano y el negro), e incluso con homenajes nada velados (la escalera, a la que sólo le falta el carrito de bebé). Es evidente cómo se va a resolver la trama, quién tiene que enfrentarse con quién, qué papel va a jugar la femme fatale de turno o incluso qué personajes no van a llegar con vida al final de la película. Es Emma Stone, pese a cuadrar a la perfección en la imagen más hermosa de la mujer del género negro, y sea cual sea el color de su insinuante vestido, quien más sufre el pobre desarrollo de los personajes.
Pero el conjunto es, decía, sumamente entretenido, porque en el fondo es una buena historia de buenos contra malos que está encarnada por actores carismáticos. Y aunque Josh Brolin es un espléndido actor que lleva el filme con mucho oficio, y se agradecen las presencias de Nick Nolte, Giovanni Ribisi, Robert Patrick, Anthony Mackie o Michael Peña, lo cierto es que la película crece con la presencia de Ryan Gosling, a pesar de su pobre doblaje. Y no es que su personaje esté mucho más desarrollado que el de sus compañeros de reparto, pero sí encierra bastantes más elementos de interés, tanto sobre el papel de su guión como en su traslación a la pantalla. Fleischer se excede en modernizar el aspecto visual del cine negro y, obviamente, choca con la esencia misma del género. Gangster Squad abusa de las cámaras lentas y de los efectos visuales y, salvando una espléndidamente rodada escena de persecución, se acerca a la historia como si fuera un título más de acción. Eso es lo fallido de la película. Pero el desarrollo y la puesta en escena, olvidando estas moderneces que llevan tiempo comiéndose las reglas básicas del cine de género, es más que interesante.
Gangster Squad no es la mala película que muchos han vendido (¿quizá una reacción a esa desmedida reacción de remontar la película?) ni tampoco el clásico instantáneo que se podría haber conseguido con un reparto tan completo e interesante como el que reúne este filme. Pero es una película interesante, contenida en su duración (113 minutos) y desatada en su violencia. Curioso sería que esa misma violencia que sirve para encumbrar a otros directores se utilizara para hundir esta película. Lo mejor, en todo caso, está en la ambientación, en lo que sí sigue con fidelidad aquello que hacía del género negro algo tan especial, ese aire clásico en los escenarios, en la vestimenta e incluso en los comportamientos de los personajes. Y eso está presente aquí, quizá algo enmascarado por el ruido de las balas, pero está. Pero no estamos ante una obra maestra del calibre de Perdición, no. Ni siquiera comparable con L. A. Confidential o Camino a la perdición. Pero es que no todo el cine tiene que ser de arte y ensayo o formar parte de forma inmediata de un panteón de clásicos. El cine entretenido también tiene derecho a vivir.
martes, marzo 13, 2012
'Los idus de marzo', la fascinante corrupción del alma
Arranca la película con una escena formidable, intensa, poderosa. En unos pocos segundos, en un par de planos y con unas líneas de diálogo robadas a otro personaje, queda retratado Stephen Meyers, uno de los encargados de la campaña electoral de un gobernador que aspira a ser presidente de los Estados Unidos. Idealista, trabajador, convencido de que está junto a un hombre que merece la pena apoyar. Trabaja para él, no para el partido. No por un sueldo, sino por un sueño. Su poderosa presentación no es más que el preludio de lo que está por venir. Aparecen en la película el propio Clooney, Philip Seymour Hoffman, Paul Giamatti, Marisa Tomei, Evan Rachel Wood. Y todos tienen un primer plano en la película de intensidad semejante al de Goslin. Todos quedan retratados a primera vista con una fuerza a tener en cuenta. De todos desprende un aura especial. Eso es mérito de los actores, por supuesto, pero también del ojo de Clooney tras la cámara.
Cobra especial importancia el carisma de los personajes por el entorno en el que se mueve esta historia. Lo más oscuro de la política, aquello que no solemos ver pero todos imaginamos. Las cloacas que acaban por aniquilar todo el idealismo y la ilusión que puede generar un líder. Es evidente que la mirada de Clooney no es optimista. Al contrario, es un sueño roto, encarnado excepcionalmente por lo que esconde Ryan Gosling tras su rostro y sus gestos. Es un duro placer ver cómo le va cambiando el gesto, aunque es difícil digerir algunas de las cosas que salen a la luz en el tramo final de la película y quizá sea eso lo que hace que Los idus de marzo no sea la película redonda que aspiraba a ser. Pero qué bien construída está hasta llegar a ese final. Y qué interesante es el mundo que ha querido mostrar Clooney, con qué estilo escoge enfoques y puntos de vista.
Cuando estrenó Buenas noches, y buena suerte, su primera película como director, George Clooney se mostró como un tipo compretido con la actualidad y con posturas políticamente incorrectas, posiciones que ahora confirma de una forma fascinante. Los idus de marzo no deja de ser el reverso más oscuro de aquella. En Buenas noches, y buena suerte, el tema era la fortaleza de los principios como arma para enfrentarse al poder. Aquí es precisamente lo opuesto, es el poder carcomiendo la ilusión, es la vida cercenando la ingenuidad. Temáticamente hay un influjo muy poderoso en la película, imposible de disociar del actual desencanto con este mundo de la película. Cinematográficamente, Clooney encuentra soluciones hermosas, como esa conversación que nunca llega a escucharse en el interior de un coche pero cuyos ecos resuenan en un elegante y pausado zoom, o en la brillante escena inicial.
Los idus de marzo es una de esas películas necesarias que no acaban de encontrar el lugar que merece por motivos difíciles de comprender. Tengo la sensación de que a Buenas noches, y buena suerte le sucedió algo parecido. Que quienes la vieron la alabaron, pero que no muchos llegaron en realidad a verla. Ni siquiera el tirón de George Clooney o la presencia de enormes actores parece colocar la película en el pedestal que se ha ganado, incluso con los pequeños fallos que impiden darle un sobresaliente sin condiciones, y que quizá obedecen más a razones personales que a cuestiones objetivas y más evidentes. Sigo creyendo que cine político y actual como Los idus de marzo merece un aplauso, siquiera por la valentía de afrontar temas que, es evidente, otras cinematografías no son capaces de abordar. Y si encima hay talento cinematográfico en su interior, se me antoja un título imprescindible.
miércoles, diciembre 28, 2011
'Drive', excesiva modernidad
Pasada la primera escena (que parece, en realidad, un cortometraje con el protagonista al margen de la historia principal; y un buen cortometraje, por cierto, es una escena con gancho y con ritmo), Drive se convierte en dos cosas. Por un lado, es un western. Puro y duro. Por mucho que la película acontezca en esta época y con la gran ciudad (Los Ángeles) como telón de fondo. Pero es un western. Es Raíces profundas. Es Por un puñado de dólares (y eso lo delata el escasísimo diálogo del protagonista, en la línea del famoso Hombre sin Nombre de Clint Eastwood). Es, incluso, El jinete pálido, por recorrer tres épocas y tres tipos diferentes de western. Pero de todos ellos tiene algo. En realidad, lo que sucede en Drive es que se ven muchísimas influencias. Porque además de lo ya mencionado, tiene el toque urbano que Michael Mann puso, por ejemplo, en Collateral. Y es, desde su título hasta la coartada que utiliza, un homenaje a las grandes películas de coches de la historia del cine, en especial Bullit (y tiene, además del arranque del filme, otra gran persecución para corroborarlo).
Por el otro lado, es una historia de amor. Sí, una historia de amor. Bien camuflada con un envoltorio de thriller y acción, pero es una historia de amor. Ryan Gosling (estoico, quizá demasiado en alguna escena que pasa a ser difícil de creer por esa imagen exageradamente silenciosa) interpreta a un hombre callado, metódico, profesional. Conduce para ganarse la vida, a uno y otro lado de la ley. Un buen día conoce a su vecina Irene (una muy interesante Carey Mulligan) y a su hijo, Benicio. Y comienza a relacionarse con ellos. Hasta que aparece el marido y padre del chico (Oscar Isaac se está convirtiendo en un secundario muy apreciable), recién salido de la cárcel y con la necesidad de hacer un trabajo para pagar una deuda que contrajo precisamente en prisión. Es innegable que el motor de la historia y de su resolución es la relación entre Irene y el conductor. Pero el director, el alemán Nicolas Winding Refn, quiere esconderlo. Por eso se lanza, sobre todo en la segunda mitad del filme, a mostrar en pantalla una violencia salvaje, mucho más desagradable que la media y por momentos terriblemente inadecuada. No es que sean demasiadas escenas así, es que rebasan los límites de lo asumible. Es como Pulp Fiction pero en serio. Y para eso el adjetivo me viene a la cabeza es atroz.
Drive es una película contada en muchos momentos a cámara lenta, y con cuantiosas escenas de conversación (plagadas de silencios, por paradójico que pueda resultar). Con ese planteamiento, tiene mucho mérito que el filme tenga un ritmo espléndido durante sus 100 minutos de duración. A ese ritmo sin duda contribuye el contraste entre las interpretaciones, que acaban encajando perfectamente entre sí. Desde las desaforadas a cargo de Albert Brooks o Ron Perlman a las pausadas de Goslin y Mulligan, entre los que hay una química envidiable gracias a gestos, miradas y sonrisas que comparten (es decir, que la base está en su trabajo y no necesariamente en el guión). Y juntos, bien guiados por el realizador, ofrecen escenas maravillosas, como la hermosa pausa del ascensor (por la cual es imposibible no ver Drive como una historia de amor) aunque la sensación quede después rota por el desagradable salvajismo de su resolución. La acción, salvo esos toques casi de sadismo, está bien llevada, y eso contribuye a acelerar cuando la película lo necesita. Ese es el gran acierto de Drive, colocar todos esos ingredientes en la coctelera y hacer que, por momentos, parezca una gran película. Pero, en el fondo, está más hueca de lo que parece con semejante envoltorio.
Es una película que ha entusiasmado a crítica y público, a tenor de lo que se dice de ella en Internet. Para mi gusto, es demasiado moderna, incluso demasiado intrascendente y no del todo bien resuelta en algunos detalles. Quiere romper muchos moldes y a veces no parece lo que necesitaba la película. Quiere tenerlo todo controlado, y eso desemboca en un final extraño y poco creíble. Quiere contener demasiado el perfil del protagonista y eso lleva a que algunas escenas no parezcan naturales. Sin embargo, es innegable que Nicolas Winding Refn sabe llevar, en términos generales, la película, a partir de un armazón argumental muy clásico y un revestimiento excesivamente moderno. Drive tiene cosas muy interesantes, y entre ellas destaca su reparto, pero también tiene otras desacertadas e incluso sumamente desagradables. La balanza puede inclinarse a favor del filme, pero tampoco me parece la reinvención de un género o un título cercano a la perfección. Es una bonita historia de amor, rodada con acierto y con grandes aciertos de cásting e interpretación. Pero su elevado grado de brutalidad invalida algunas de las sensaciones que busca e incluso deja en algunas partes de su metraje.
miércoles, octubre 05, 2011
'Crazy, Stupid, Love' y la confusión entre los tres términos
No termino de decidirme sobre Crazy, Stupid, Love. No sé si es una locura de película, no sé si va sobre el amor o si en realidad es sobre la estupidez. Igual es una mezcla entre las tres cosas y el título es muy adecuado. Pero es que no sé si los actores me terminan de convencer, porque todos ellos (los conocidos y los menos conocidos) tienen grandes momentos, pero en realidad me saben a poco casi todos (en especial algunos de los conocidos). Y el caso es que me he reído, en algunas secuencias verdaderamente divertidas que tiene la película, pero también es verdad que, al margen de los intentos de salirse del cliché que a ratos parece que van a progresar, desprende cierto tono previsible (al fin y al cabo, es una comedia romántica, y todos sabemos cómo evolucionan las comedias románticas). Estoy confundido, sí. Pero entre tanto he pasado dos horas un tanto largas para esta propuesta pero entretenidas al fin y al cabo. En realidad, funciona mejor que la media de películas similares, con lo que tiene un aprobado bastante holgado, pero, como sucede en este género, no pasa de ahí y apela a un público bastante claro, el que esté dispuesto a recibir sus enredos y casualidades de buen grado.
El dúo de directores que forman Glenn Ficarra y John Facqua firman su segunda película tras la cámara (la primera fue Philip Morris, ¡te quiero!) y lo hacen con una película como poco curiosa. Interesante, desde luego, porque, sin revelar absolutamente nada de su desarrollo, plantea algunas cosas que no son muy habituales en una comedia romántica. Y entretenida por contar con un guión hábil, aunque previsible (insisto, seguro que es más una cuestión de género y de expectativas generadas por estudios de mercado que por pretensión cinematográficas), y un reparto experto que arrastra al espectador con facilidad. Lo que no termina de estar claro, en una película tan llena de mensajes inspiradores sobre el amor, es qué pretende decirnos exactamente. El final lo distorsiona todo bastante, y es ahí, en la resolución de todas las tramas, donde Crazy, Stupid, Love pierde buena parte de la fuerza que sí consigue acumular a lo largo de su metraje. No es ninguna novedad, más bien parte de la idiosincrasia de una comedia romántica, pero uno no pierde la esperanza de que llegue el día en que una película así sorprenda. Incluso en su final.
Crazy, Stupid, Love parte de premisas bastante inverosímiles, que dificultan la verosimilitud de la película, y la primera es la falta de química que hay entre la pareja protagonista, la que forman Steve Carell y Julianne Moore. El caso es que los dos, por separado, ofrecen buenos momentos (más ella que él, porque a él le sigo viendo muy cercano a su papel de siempre salvo en alguna escena contada), pero juntos no tanto. En la segunda escena, que transcurre en el interior de un coche, ni siquiera parece que formen parte de la misma película. Este matrimonio protagonista pasa por malos momentos y se separa, lo que desencadena toda la historia. Por un lado, él conoce a un tipo que le enseña a ser todo lo que no es, atractivo para las mujeres, descarado, ligón... Ella, por su parte, duda entre volver a la vida que conocía o dar un paso adelante con la vida que ha imaginado, que es el motivo por el que ha decidido romper su matrimonio. Por alguna extraña razón, me costaría mucho imaginar que de Hollywood hubiera salido una película con esos papeles cambiados, pero me resulta un planteamiento más interesante que el que ofrece la película.
Al final la mejor historia de todas (¿es ese el mensaje que realmente quiere contar esta película?) es la que en la primera mitad de la película (que llega a unas excesivas dos horas) aparece más desdibujada, la que afecta al personaje que interpreta Emma Stone (y que incluye la mejor broma cinéfila de la película; hacer referencia a otras películas o actores es algo que se está poniendo de moda y, la verdad, se agradece por su realismo). La actriz está más que correcta, pero su trabajo sabe a poco después de haberla visto en Rumores y Mentiras y Criadas y señoras, todavía por estrenar. De hecho, es esa es la característica esencial de casi todos los actores de la película, que sus trabajos saben a poco. Le sucede lo mismo a los breves papeles de Marisa Tomei o Kevin Bacon, personajes a los que se le intuyen muchas cosas, pero que al final se quedan en algo normal, episódico y, en el fondo, casi intrascendente. También funciona bastante bien la parte de amor adolescente, personificada en el chico de trece años al que da vida Jonah Bobo y la joven de 17 con el rostro de Analeigh Tipton. Pero si como motor de una película que apuesta por rostros conocidos encaja más la historia de dos intérpretes desconocidos, es que algo no ha terminado de funcionar en la película. Y eso que falla es la química.
La química es esencial en una comedia romántica. Muchas, con peores guiones sobreviven gracias a ese detalle. Y aquí falla en algunas de las parejas que se forman. Sí hay química, curiosamente donde no manda el amor, en la relación entre los dos personajes masculinos principales, los del propio Carell y Ryan Gosling. No es que ninguno de los dos ofrezca la interpretación de sus vidas, pero una vez asimilada la premisa que les une (con cierto esfuerzo por lo inverosímil que es), ofrecen los mejores momentos de la película, junto con el inevitable enredo final. Enredo, por cierto, que tiene un halo de originalidad (y de buena comedia, todo hay que decirlo) porque no es realmente tan final como suele suceder en este tipo de películas. Crazy, Stupid, Love entretiene de forma sincera, aunque después de una primera película más que extraña se nota que sus directores se han plegado en cierta medida a las exigencias comerciales de Hollywood. Lo hacen con oficio, dejando una serie de buenos momentos de comedia y con buenas actuaciones individuales (que cuando se mezcla, por desgracia, no funcionan igual de bien; si entre Carell y Moore no hay química, mucho menos la hay entre ella y Kevin Bacon). Con todo, una agradable comedia que, sin demasiadas pretensiones, se deja ver con mucha facilidad.









