Pocas figuras del cine contemporáneo han conseguido cambiar tan radicalmente la opinión que yo tenía sobre ellas como la de George Clooney. De ser el actor que casi enterró para siempre la franquicia de Batman (¡gracias, Christopher Nolan, por devolvérnosla en todo su esplendor!), Clooney ha pasado a ser un actor interesante en muchas ocasiones y, sobre todo, un director más que notable. Su visión de la podredumbre que hay en el mundo de la política, Los idus de marzo, es una genialidad que desborda carisma por sus cuatro costados. No termina de ser redonda, pero deja un poso sobresaliente, gracias a la sobriedad clásica del Clooney director y al enorme trabajo de un grupo de actores sensacionales. Con los Oscars todavía muy recientes, no termino de ver claro que haya nueve películas mejores que ésta. Pero así son los premios.
Arranca la película con una escena formidable, intensa, poderosa. En unos pocos segundos, en un par de planos y con unas líneas de diálogo robadas a otro personaje, queda retratado Stephen Meyers, uno de los encargados de la campaña electoral de un gobernador que aspira a ser presidente de los Estados Unidos. Idealista, trabajador, convencido de que está junto a un hombre que merece la pena apoyar. Trabaja para él, no para el partido. No por un sueldo, sino por un sueño. Su poderosa presentación no es más que el preludio de lo que está por venir. Aparecen en la película el propio Clooney, Philip Seymour Hoffman, Paul Giamatti, Marisa Tomei, Evan Rachel Wood. Y todos tienen un primer plano en la película de intensidad semejante al de Goslin. Todos quedan retratados a primera vista con una fuerza a tener en cuenta. De todos desprende un aura especial. Eso es mérito de los actores, por supuesto, pero también del ojo de Clooney tras la cámara.
Cobra especial importancia el carisma de los personajes por el entorno en el que se mueve esta historia. Lo más oscuro de la política, aquello que no solemos ver pero todos imaginamos. Las cloacas que acaban por aniquilar todo el idealismo y la ilusión que puede generar un líder. Es evidente que la mirada de Clooney no es optimista. Al contrario, es un sueño roto, encarnado excepcionalmente por lo que esconde Ryan Gosling tras su rostro y sus gestos. Es un duro placer ver cómo le va cambiando el gesto, aunque es difícil digerir algunas de las cosas que salen a la luz en el tramo final de la película y quizá sea eso lo que hace que Los idus de marzo no sea la película redonda que aspiraba a ser. Pero qué bien construída está hasta llegar a ese final. Y qué interesante es el mundo que ha querido mostrar Clooney, con qué estilo escoge enfoques y puntos de vista.
Cuando estrenó Buenas noches, y buena suerte, su primera película como director, George Clooney se mostró como un tipo compretido con la actualidad y con posturas políticamente incorrectas, posiciones que ahora confirma de una forma fascinante. Los idus de marzo no deja de ser el reverso más oscuro de aquella. En Buenas noches, y buena suerte, el tema era la fortaleza de los principios como arma para enfrentarse al poder. Aquí es precisamente lo opuesto, es el poder carcomiendo la ilusión, es la vida cercenando la ingenuidad. Temáticamente hay un influjo muy poderoso en la película, imposible de disociar del actual desencanto con este mundo de la película. Cinematográficamente, Clooney encuentra soluciones hermosas, como esa conversación que nunca llega a escucharse en el interior de un coche pero cuyos ecos resuenan en un elegante y pausado zoom, o en la brillante escena inicial.
Los idus de marzo es una de esas películas necesarias que no acaban de encontrar el lugar que merece por motivos difíciles de comprender. Tengo la sensación de que a Buenas noches, y buena suerte le sucedió algo parecido. Que quienes la vieron la alabaron, pero que no muchos llegaron en realidad a verla. Ni siquiera el tirón de George Clooney o la presencia de enormes actores parece colocar la película en el pedestal que se ha ganado, incluso con los pequeños fallos que impiden darle un sobresaliente sin condiciones, y que quizá obedecen más a razones personales que a cuestiones objetivas y más evidentes. Sigo creyendo que cine político y actual como Los idus de marzo merece un aplauso, siquiera por la valentía de afrontar temas que, es evidente, otras cinematografías no son capaces de abordar. Y si encima hay talento cinematográfico en su interior, se me antoja un título imprescindible.
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martes, marzo 13, 2012
martes, enero 17, 2012
'La hora más oscura' y también la más absurda
Desafiando todas las leyes de la lógica, toca un intento de hablar de La hora más oscura como si fuera una película que se lo mereciera. En realidad, procede hacerlo, porque sirve para analizar unos cuantos de los males que aquejan al cine de nuestros días. Cuando hablamos de ciencia ficción y fantasía, parece que todo vale, que el público desconecta por completo sus neuronas para ver el tópico espectáculo (es un decir) en el que el mundo está amenazado por algo que no entendemos pero que nos explican fenomenal. El invento siempre, siempre, siempre tiene que estar protagonizado por tres, cuatro o cinco actores monos, añadiendo como condición sine qua non que una de las actrices se medio desnude una vez. Por supuesto, la única escena de efectos especiales medianamente remarcables estará en el cartel. El 3D, indispensable... para sacar dinero, claro, porque útil no es en absoluto. Y todo lo demás estará aderezado por unos diálogos terriblemente nefastos. Esto es La hora más oscura.
Resulta que sin saber muy bien por qué o para qué, la Tierra es invadida por unos bichos luminosos que caen del cielo, se llevan por delante la energía eléctrica dejando a oscuras el mundo (es un decir, bien que hay luz para añadir despropósito a la película ya desde su concepción) y fulminan a todo bicho viviente que ose tocarles sin que se sepa tampoco la razón. La escena en la que eso empieza a suceder acontece como a los veinte minutos de película. Antes de eso, hemos visto a dos chicos jóvenes y simpáticos irse a Moscú a presentar un proyecto de red social a una empresa rusa, ver que un impresentable les ha robado la idea (tiene gracia que a Max Minghella, uno de los actores que da vida a estos personajes, le pasara lo mismo en La red social; ¿estamos ante un nuevo tipo de irónico encasillamiento 2.0 en Hollywood?), encontrarse con dos turistas norteamericanas en un garito moscovita de moda y tener que empezar a correr todos juntos para salvar la vida. Por si alguien lo dudaba, la escena de efectos especiales llamativos es justo esa, la que da inicio a la invasión.
Si en este arranque no hay nada que rascar, más allá de encontrarle algún elemento de interés y originalidad a una película de ciencia ficción (tarea ya insuficiente para apreciar una película en su conjunto, porque medios para hacer algo decente tienen todos), lo que sucede a partir de ahí es absurdo y caótico. Los diálogos no es que sean malos, es que acaban bordeando el ridículo más espantoso, y los personajes van entrando y saliendo sin que nada tenga mucho sentido. Las interpretaciones son inexistentes porque no hace falta, no hay personajes en el guión, sólo cuatro actores (el mencionado Max Minghella, visto también en Ágora; Olivia Thirlby, la amiga de Juno; Emile Hirsch, protagonista de Speed Racer; y Rachael Taylor, que no sé dónde pero aparecía en el primer Transformers) que se luzcan física, más en el caso de ellas, o cómicamente, más en el caso de ellos, a los que también se pide por supuesto que sean héroes de acción como a ellas que ejerzan de damiselas en apuros. Uno de los muchos tópicos de la película.
Chris Gorak, director de este desaguisado (su segundo trabajo, cinco años después de la desconocida Right at your door), tampoco pone excesivo esfuerzo en ocultar los puntos más débiles de su narración. La hora más oscura es de esas películas en las que uno se pregunta si nadie es capaz de darse cuenta de todo lo absurdo que tiene el desarrollo de la historia mientras se está rodando. Los personajes no es que sean perfectamente intercambiables, es que ellos mismos cambian de comportamiento porque no importa nada de lo que digan o hagan, sólo que escapan para llegar a la siguiente surrealista etapa del proceso. ¿Que hemos asolado una ciudad tan inmensa como Moscú? No pasa nada, vamos a toparnos con todos los supervivientes. ¿Que un personaje sacrifica a otro ser humano para salvarse? En la siguiente escena será el héroe. ¿Que uno es un tipo que disfruta de la vida? En la siguiente escena resulta que sabe de todo, hasta cómo engañar a unos bichos alienígenas que ha visto durante treinta segundos y mientras corría para salvar la vida. "Es por los documentales", dice después. Claro, los documentales.
"Esto es sólo el comienzo", dice un personaje al final de la película. Y sólo cabe esperar que no sea verdad. Que dejen de llegar estas películas de ínfima calidad, ni mucho menos una hipotética secuela de ésto, y que encima saquean nuestros bolsillos con el añadido de un 3D que no sirve para nada. Con películas como ésta, crece mi nostalgia por el cine fantástico y de ciencia ficción de los años 80, década en la que se produjeron docenas de películas ampliamente superiores a ésta o tantas otras de su calaña. La hora más oscura es bastante mala, hasta un punto cabreante, quizá sólo pasable si se ve en compañía de unos cuantos amigos dispuestos a reírse en cada diálogo absurdo, en cada incongruencia del guión y en cada comportamiento ilógico. Pero, claro, eso es un argumento que se puede utilizar en tantas películas de ciencia ficción de nuestros días, que sólo cabe volcarse cuando aparecen películas sorprendentes como Código fuente o Destino oculto. Eso sí es ciencia ficción. Esto... es sencillamente absurdo.
Resulta que sin saber muy bien por qué o para qué, la Tierra es invadida por unos bichos luminosos que caen del cielo, se llevan por delante la energía eléctrica dejando a oscuras el mundo (es un decir, bien que hay luz para añadir despropósito a la película ya desde su concepción) y fulminan a todo bicho viviente que ose tocarles sin que se sepa tampoco la razón. La escena en la que eso empieza a suceder acontece como a los veinte minutos de película. Antes de eso, hemos visto a dos chicos jóvenes y simpáticos irse a Moscú a presentar un proyecto de red social a una empresa rusa, ver que un impresentable les ha robado la idea (tiene gracia que a Max Minghella, uno de los actores que da vida a estos personajes, le pasara lo mismo en La red social; ¿estamos ante un nuevo tipo de irónico encasillamiento 2.0 en Hollywood?), encontrarse con dos turistas norteamericanas en un garito moscovita de moda y tener que empezar a correr todos juntos para salvar la vida. Por si alguien lo dudaba, la escena de efectos especiales llamativos es justo esa, la que da inicio a la invasión.
Si en este arranque no hay nada que rascar, más allá de encontrarle algún elemento de interés y originalidad a una película de ciencia ficción (tarea ya insuficiente para apreciar una película en su conjunto, porque medios para hacer algo decente tienen todos), lo que sucede a partir de ahí es absurdo y caótico. Los diálogos no es que sean malos, es que acaban bordeando el ridículo más espantoso, y los personajes van entrando y saliendo sin que nada tenga mucho sentido. Las interpretaciones son inexistentes porque no hace falta, no hay personajes en el guión, sólo cuatro actores (el mencionado Max Minghella, visto también en Ágora; Olivia Thirlby, la amiga de Juno; Emile Hirsch, protagonista de Speed Racer; y Rachael Taylor, que no sé dónde pero aparecía en el primer Transformers) que se luzcan física, más en el caso de ellas, o cómicamente, más en el caso de ellos, a los que también se pide por supuesto que sean héroes de acción como a ellas que ejerzan de damiselas en apuros. Uno de los muchos tópicos de la película.
Chris Gorak, director de este desaguisado (su segundo trabajo, cinco años después de la desconocida Right at your door), tampoco pone excesivo esfuerzo en ocultar los puntos más débiles de su narración. La hora más oscura es de esas películas en las que uno se pregunta si nadie es capaz de darse cuenta de todo lo absurdo que tiene el desarrollo de la historia mientras se está rodando. Los personajes no es que sean perfectamente intercambiables, es que ellos mismos cambian de comportamiento porque no importa nada de lo que digan o hagan, sólo que escapan para llegar a la siguiente surrealista etapa del proceso. ¿Que hemos asolado una ciudad tan inmensa como Moscú? No pasa nada, vamos a toparnos con todos los supervivientes. ¿Que un personaje sacrifica a otro ser humano para salvarse? En la siguiente escena será el héroe. ¿Que uno es un tipo que disfruta de la vida? En la siguiente escena resulta que sabe de todo, hasta cómo engañar a unos bichos alienígenas que ha visto durante treinta segundos y mientras corría para salvar la vida. "Es por los documentales", dice después. Claro, los documentales.
"Esto es sólo el comienzo", dice un personaje al final de la película. Y sólo cabe esperar que no sea verdad. Que dejen de llegar estas películas de ínfima calidad, ni mucho menos una hipotética secuela de ésto, y que encima saquean nuestros bolsillos con el añadido de un 3D que no sirve para nada. Con películas como ésta, crece mi nostalgia por el cine fantástico y de ciencia ficción de los años 80, década en la que se produjeron docenas de películas ampliamente superiores a ésta o tantas otras de su calaña. La hora más oscura es bastante mala, hasta un punto cabreante, quizá sólo pasable si se ve en compañía de unos cuantos amigos dispuestos a reírse en cada diálogo absurdo, en cada incongruencia del guión y en cada comportamiento ilógico. Pero, claro, eso es un argumento que se puede utilizar en tantas películas de ciencia ficción de nuestros días, que sólo cabe volcarse cuando aparecen películas sorprendentes como Código fuente o Destino oculto. Eso sí es ciencia ficción. Esto... es sencillamente absurdo.
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