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viernes, octubre 06, 2017

‘Blade Runner 2049’, el arte visual de Villeneuve no es suficiente

Aunque hoy parezca increíble, Blade Runner no fue un éxito en 1982. Ni de taquilla ni, realmente, de crítica. La cinta de Ridley Scott, un caos absoluto durante su rodaje y un continuo cambio en la sala de montaje hasta muchos años después de su estreno, se convirtió poco a poco en lo que es hoy, una cinta de culto y clásico absoluto de la ciencia ficción de los años 80. Esa condición y este interminable revival que vivimos convertían a su secuela en un plato muy apetecible para casi todos. A diferencia de otros proyectos, que tanto se nota que nacen con la vocación única de hacer dinero, que no es malo pero no puede ser suficiente, Blade Runner 2049 nació con un aura de calidad. El respeto al original y la presencia en la silla de director de Denis Villeneuve convertían la película, a priori, en uno de los platos más apetecibles de los últimos tiempos. Y el resultado está, por desgracia, lejos de lo esperado. Que nadie piense que estamos ante una mala película o un desperdicio, ojo, pero no colma las expectativas.

Es difícil ver en la película de Villeneuve una continuación natural de Blade Runner. Es complicado sentirse dentro del mismo mundo, por mucho que haya paralelismos que casi nos pueden hacer pensar en lo que J. J. Abrams hizo con El despertar de la Fuerza para convencernos de nuevo de que Star Wars es lo más grande. Y es casi inevitable, por sacrílego que pueda parecer, recordar lo que Ridley Scott firmó en Prometheus, una obra tan absurda en su guion como deslumbrante en lo visual. Blade Runner 2049 es, en muchos sentidos, mejor que el intento de Ridley Scott de explicarnos el mundo de Alien, pero a la vez es una cinta mucho más vacía de lo que parece, tanto en su historia, sencilla y casi intrascendente por momentos, y que en su poesía queda lejísimos de su referente, como admite cuando claudica en su formidable banda sonora y recurre a Vangelis para ilustrar uno de los momentos álgidos del viaje que nos cuenta.

No será aquí donde se desvelen los secretos de Blade Runner 2049, pero sí se puede decir sin miedo que Villeneuve busca un respeto tan reverencial que es difícil ver la línea entre la secuela y el remake, sobre todo porque este Deckard de Harrison Ford apenas conecta con el que ya conocíamos y cede el protagonismo a un Ryan Gosling al que ya hemos visto antes en estas lides sin necesidad de ser un replicante. Porque del mundo del Blade Runner original apenas nos queda una mínima pincelada de historia. Los replicantes han cambiado. La caza no es la misma. El discurso sobre la vida y la muerte ha desaparecido. Y lo que sí encaja, como por ejemplo el personaje de Ana de Armas, en realidad tendría que ser la guinda para entender la evolución de este mundo cyberpunk y no lo más destacado de este regreso a una sociedad que se antoja menos violenta, menos radical y menos oscura que la que ya conocíamos, a pesar de que en teoría el escenario es peor.

Villeneuve, desde luego, es un artista visual de los que hay pocos ahora mismo en el cine actual. Y eso, probablemente, consigue un efecto hipnótico que oculta algunas de las carencias de su película, seguramente y en todo caso la más impersonal de su filmografía. El problema quizá esté ahí, que no termina de ser Blade Runner ni tampoco termina de ser Villeneuve puro. Y en esa indefinición hay muchos tiempos muertos. El ritmo lento era previsible, pero no que haya escenas superfluas (como el regreso de un viejo conocido) o instantes que rozan el aburrimiento, sobre todo durante su larga primera mitad. No da la sensación de que las mejores ideas de la cinta, como el sistema de control de los replicantes o la manera en la que la inteligencia artificial se ha colado en la vida emocional incluso de estos seres artificiales, logren elevar la película al nivel que cabía esperar. Sin ser un tropiezo, tampoco es la joya que podría haber sido.

'La montaña entre nosotros', los problemas que van y vienen

Las historias de supervivencia afrontan un reto adicional al de cualquier otro tipo de historias. Han de ser creíbles para el espectador. Y no solo por el escenario, sino por la forma en que los protagonistas superan o sucumben a dicho escenario. La montaña entre nosotros supera solo la mitad de ese reto. Su escenario, modélico y bien construido. Sin explicaciones innecesarias y sometiéndose a un azar realista que convence, sobre todo porque Hany Abu-Assad, sorprendente elección la suya siendo un director que destaca por un cine mucho más profundo que este como evidencia Paradise Now, encuentra una forma muy imaginativa de rodar el accidente de avión que da inicio a la trama. Porque eso es lo que se nos cuenta, un cirujano y una fotoperiodista que no se conocen de nada hacen frente a la cancelación de su vuelo comercial alquilando una avioneta que se estrella en la montaña del título y les obliga a luchar por sus propias vidas en un entorno hostil.

La cuestión es que la historia se va inventando obstáculos que aparecen casi por azar, sin demasiada explicación, y que se disuelven casi de la misma manera. No los impone casi nunca el escenario, sino la necesidad de establecer nuevos cimientos para lo siguiente que nos venga. Y eso hace que la película se alargue en exceso en esta sufrida parte. Una de esas soluciones surgidas de la nada hace además que la película cambie radicalmente de planteamiento, deja de ser, al menos en su fondo, una historia de supervivencia para convertirse en otra cosa. No hay que echarle demasiada imaginación para saber en qué se convierte, pero apostaremos a la ingenuidad del espectador para no analizarlo aquí. ¿Convence ese cambio? La verdad es que no demasiado. Un poco más en el epílogo, porque ahí sí regresa al menos al terreno de la verosimilitud realista, pero aún así no termina de convencer.

¿Que queda entonces? Pues disfrutar de las vistas, rodadas de una manera algo impersonal por Abu-Assad, lo que sorprende de manera negativa viendo sus ganas de ser creativo en la mencionada escena del accidente, y admirar los buenos recursos de los dos protagonistas y casi actores únicos de la cinta, Idris Elba y Kate Winslet, entre los que se establece una química bastante agradable que casi permite olvidarse, al menos por momentos, de los problemas que tiene la película. Ninguno de los dos siente la necesidad de mostrarnos un sufrimiento extremo e imposible a lo Leonardo Di Caprio en El renacido, pero sí sabe cómo ponernos en la piel de sus respectivos personajes. Y eso que juegan con un elemento importante en contra, y es que tantos sus diálogos como la misma historia les llevan con demasiada frecuencia a situaciones bastante previsibles.

La montaña entre nosotros se convierte así en una aceptable historia de supervivencia con actores notables, pero que se conforma con ser simplemente eso. No termina de acertar en las explicaciones a los escollos que se encuentran los protagonistas ni tampoco en la forma en que los resuelve, sumando contratiempos casi porque sí, no mide bien los tiempos porque la película se alarga demasiado en su cuerpo central sin tener necesidad para ello, ni por lo que enseña ni por lo que construye narrativamente, y se rinde, sin más, a lo que puedan hacer los actores. Pero como Winslet y Elba dan mucho, la película pasa con cierto agrado. Ellos acumulan casi todos los méritos de La montaña entre nosotros, porque juntan dos miradas increíbles y porque se mantienen fieles a sus personajes en los diferentes momentos de su odisea.