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viernes, febrero 26, 2016

'Brooklyn', un bonito sueño americano

El sueño americano es la base de incontables historias de ficción, y es un arquetipo que sigue funcionando francamente bien. Brooklyn es otro ejemplo más. Es la historia de una chica irlandesa que, viendo el poco futuro que tiene en el pequeño pueblo en el que vive, trabajando unas pocas horas en la tienda de una avara y desagradable mujer, decide emprender el camino al Nuevo Mundo, donde su vida cambiará por completo. John Crowley, director de escaso y poco popular bagaje hasta la fecha a pesar de que ha tenido repartos con nombres de lo más interesante, firma una película modélica, una de esas historias bonitas de ver, emocionantes de sentir y que dejan una impecable sensación de buen cine cuando acaban no sólo por su estilo clásico sino también por el espléndido perfilado de cada personaje y por su agradable sentido del humor.

Brooklyn deja, no obstante, una sensación curiosa, y es que durante muchos momentos parece mucho más apasionante lo que rodea a Eilis, la chica interpretada con muchísimo acierto por una impecable Saoirse Ronan, que la propia protagonista del filme. Sucede en la primera mitad larga, la expresión clara de ese sueño americano que motiva la película, su adaptación a la ciudad de Nueva York, cuando sobresale primero ese cónclave de jovencitas que viven de alquiler en la casa de la señora Kehoe (una encantadora y muy divertida Julie Walters) durante unas escenas en la mesa que son, de largo, lo mejor de la película; después, con el entorno laboral en el que trabaja en Nueva York; también con la presencia de Jim Broadbent, dando vida al cura que ayuda a esta joven en Estados Unidos; y finalmente con la aparición de Emory Cohen, tan brillante como sincera.

Es en la segunda mitad del filme, cuando las circunstancias obligan a que esa nueva vida tenga que cambiar de nuevo, cuando la película se centra ya definitivamente en Eilis. Y ese fragmento, siendo también más que estimulante, lo cierto es que supone un ligero bajón en el filme. Quizá sorprende porque los toques de comedia realista desaparecen casi de golpe. O quizá sea justo lo anteriormente mencionado, que todo lo que da brillo y lustre a la vida de Eilis queda algo aparcado por razones obvias y que no procede desvelar para no arruinar los giros del filme. La diferencia entre un escenario y otro del filme no empaña la sinceridad, la nobleza y la categoría que encierra Brooklyn, y que encuentra un fantástico final que confirma que, efectivamente, lo que narra ese relato, basado en la novela de Colm Toibin y adaptado por Nick Hornby, es que el sueño americano es real.

Brooklyn basa su fuerza en sus espléndidas interpretaciones y en una magnífica ambientación. Entre ambos aspectos, es francamente fácil sentirse atrapado en la vida, los sueños y los anhelos de esta jovencita irlandesa. Puede parecer poca cosa, algo muy modesto para encandilar de una manera tan absoluta, pero la dirección de Crowley, que siempre parece saber en qué personaje se tiene que centrar para que las sensaciones funcionen. Y de esta manera, Eilis se convierte en alguien tan cercano que, en realidad, el final de la película no impide al espectador seguir acompañándola un rato más. Eilis se queda en la memoria. Como Tony, ese joven italiano que aspira a su corazón y que casi convierte la película en una entrañable versión realista de La dama y el vagabundo. Brooklyn, en su sencillez, es deliciosa. Y eso, que parece fácil de conseguir, es en realidad una cualidad a valorar con firmeza.

viernes, abril 17, 2015

'Lost River', el calco de estilo de Ryan Gosling

Al destacarse que Lost River es el debut en la dirección de Ryan Gosling, y viendo el tipo de cine por el que ha apostado frecuentemente como actor, el temor a que carezca de un estilo propio en este su primer filme está más que fundado. Y el resultado lo acaba confirmando. Gosling casi acaba confesando sus inspiraciones en los créditos del filme, colocando entre los agradecimientos a Nicholas Winding Refn o Terrence Mallick. Sólo le falta añadir el nombre de David Lynch y el cóctel que supone esta cinta está más que resuelto. Gosling rueda razonablemente bien, pero elude un estilo propio, prefiere quedarse con el de sus referentes, y se nota demasiado. Por eso la película, a pesar de que sólo llega a los 85 minutos y no llegar a aburrir, es un ejercicio de estilo más vacío de lo que seguramente le hubiera gustado, que deja de lado las posibilidades del imaginativo mundo que crea y que se centra en impactar visual y sonoramente. A ratos hasta lo consigue, pero juega tan en el filo de la navaja que al final acaba perdiendo el control.

Como resultado de esta mezcla, Lost River peca de una cierta indefinición en muchos niveles. Es difícil ubicar a la película en terrenos que prevengan de la cierta perplejlidad que pueden provocar sus personajes o su ambientación. Y por eso mismo a veces los protagonistas, una familia disfuncional encabezada por Billy, una madre (Christina Hendricks) dispuesta a hacer casi cualquier cosa para salvar la casa en la que vive con sus dos hijos. Si bien la historia de esta mujer podría haberse adentrado en universos lynchianos satisfactorios, y de hecho algo de su estética está presente ya desde el mismo cartel del filme, esta trama comparte demasiado espacio con la de su hijo adolescente, Huesos (Iain De Caestrecker), que es la que evidencia la irregularidad del filme y los peligros de caer en un surrealismo excesivo (el mejor ejemplo, lo que acaba rescatando de debajo del agua).

No da la impresión de que Gosling, también guionista del filme, haya sabido desarrollar los personajes ni tampoco el mundo en el que los ubica, del que apenas se dan explicaciones, perdiendo una ocasión de generar más interés por ese aspecto. Tampoco que haya sabido medir la importancia de cada una de las tramas, escenarios y motivaciones. Y el caso es que hay elementos de interés que quedan diluidos en favor de una estética nada personal. Gosling se recrea demasiado en artificios visuales y sonoros que si ni siquiera le pertenecen en primer lugar, pero de esta manera no consigue enmascarar los muchos problemas que tiene su historia. En demasiadas ocasiones da la impresión de que la historia de Billy y la de Huesos (todos los personajes tienen motes de este tipo; el de Saorise Ronan, Rata, es el único que tiene una explicación) forman parte de películas diferentes. El error de Gosling, que sí parece entender ambos caminos, es que no ha sabido hacerlos confluir, lo que ahonda en las pobres sensaciones que deja la película.

La irregularidad es la marca que deja Gosling en su debut en casi todos los aspectos, incluyendo las interpretaciones. Por un lado, saca buenos trabajos de Hendricks o De Caestrecker, incluso de Eva Mendes, cuyo personaje no deja de ser una cáscara vacía que aparece más por puro placer voyeur que por necesidades narrativas, pero desperdicia el personaje y la mirada inquietante de Saoirse Ronan precisamente porque su personaje y sus circunstancias no terminan de encontrar un encaje adecuado en la historia. Lost River no termina de ser una mala película, aunque los defectos superan con mucho a sus virtudes, pero sí es una muestra de lo que puede suceder cuando un actor con inquietudes se sitúa detrás de la cámara sin tener muy clara cuál es su voz y se deja llevar por lo que han hecho otros con él. Una lástima, pero en todo caso habrá que esperar a la segunda película de Gosling para saber de verdad qué podemos esperar de él como director.

lunes, octubre 13, 2014

'Mi vida ahora', un apocalipsis a medio gas

El prestigio de Kevin MacDonald tras las muy interesantes El último rey de Escocia y La sombra del poder quedó bastante más tocado con la desconcertante La legión del águila, y ahora las dudas se incrementan con Mi vida ahora. Estamos en un futuro cercano, en el Reino Unido, y una guerra de escala mundial se cierne sobre todos nosotros. Saoirse Ronan interpreta a Daisy, una joven norteamericana que su padre envía junto a su tía y sus primos en el Reino Unido, y estando allí es cuando todo cambia. Más que una historia postapocalíptica, es una historia sobre ese apocalipsis, pero todo está a medio gas en este vistazo intimista a ese conflicto. La fotografía más amplia no termina de emocionar, porque falta muchísima información que, por muy deliberadamente que quede oculta, es necesaria para comprender lo que sucede, pero tampoco lo hace la historia personal de Daisy. Eso no impide que haya imágenes poderosas, momentos muy impactantes e instantes en los que parece que la película va a despegar. Pero eso no llega a producirse.

La película, basada en una novela de Meg Rossof, está en realoidad continuamente desdibujada en lo emocional y ahí radica su principal problema. Pone mucho esfuerzo en retratar a Daisy como una joven quisquillosa, arisca, algo maniática y encerrada en sí misma, pero derriba esas mismas barreras con una facilidad difícil de explicar, sin que se entienda el porqué de tan radical cambio. Tampoco adquiere el sentido necesario esa especial percepción que parece tener o la importancia que su madre o su tía tienen en su presente. No se sabe muy bien si es una historia de superación personal, un relato de amor o la película postapocalíptica que sugieren tanto los escenarios como algunas de las secuencias (a partir del segundo acto y sobre todo las del bosque en el último tercio de la cinta). Y la forma en que va disponiendo de los personajes destruye muchas de las posibilidades de empatizar con ellos.

Como son tantas las necesidades que no se cubren en la película, da la impresión de que le falta metraje o que el trabajo de adaptación no ha sido el mejor. Es verdad que se cubre toda la odisea de Daisy, pero los vinculos emocionales con el espectador se quedan por el camino. ¿Importa realmente que tenga éxito en su objetivo? Por desgracia, no. Y eso que Saoirse Ronan vuelve a mostrarse como una actriz completa e interesante, probablemente por encima de lo que le permite el guión porque los giros emocionales de su personaje quedan muy en el aire. Le sucede algo parecido al resto del casting juvenil e infantil que encabeza Ronan, y en el que también está Tom Holland, uno de los niños de Lo imposible. Los adultos tienen una presencia también difusa en la película, como simples conductores. Pero no parece una decisión tomada para potenciar el papel de los chavales, sino una simple necesidad de usarlos cuando toca, sin necesidad de preocuparse por darles un carisma más intenso.

Mi vida ahora deja sensaciones decepcionantes, porque hay un escenario atractivo, hay secuencias muy bien resueltas y un reparto capaz, pero nada termina de enganchar como debiera ni hace justicia al potencial que subyace en el material. No es un desastre, pero le falta espíritu. Y más que espíritu, le falta contenido. Hay demasiados agujeros en el resultado final, que exige demasiados ejercicios de fe para que la película encuentre la coherencia que busca, falla a la hora de identificar con claridad dónde están los obstáculos en la odisea de Daisy y sus primos (puede que falte un villano al que poner caras y nombres), y sobre todo no convence en absoluto el mensaje moralista que aparece en el arranque de la película y, sobre todo, en su conclusión. Eso también ayuda a que el filme no tenga el impacto necesario, viendo lo que trata el filme y la edad de los protagonistas, y se escapa así una oportunidad de aportar un punto de vista diferente a lo que ofrecen otras películas de temática similar.

lunes, marzo 25, 2013

'The Host', 1% curiosa ciencia ficción y 99% herencia de 'Crepúsculo'

Si hay una frase sincera en un cartel que anticipe lo que uno va a ver es "de Stephanie Meyer, la autora de la saga Crepúsculo". Esa es la frase que aparece en el cartel de The Host, con lo que parece lógico que los fans de aquella encontrarán muchísimos elementos a disfrutar en ésta. Creo que esta crítica no va a contentarles, porque creo que ahí acaban los méritos de la última película del no hace tanto tiempo prometedor Andrew Niccol. Y es que la herencia de Crepúsculo parece tan grande que lo único que cambia, lo que más podría llamar la atención, que es el cambio del entorno de fantasía al de ciencia ficción queda tan minimizado que acaba por no tener demasiada trascendencia. El desarrollo es más bien confuso y las decisiones que adopta la película son simples, por no utilizar un adjetivo más sangrante. Sólo merece la pena quedarse con el esfuerzo de Saoirse Ronan por hacer creíble un personaje lastrado por unos diálogos consigo misma que sobrepasan los límites del pasteleo más sencillo.

El gran fracaso de The Host es no hacer creíble su mundo. Cogiendo descaradamente la premisa de La invasión de los ladrones de cuerpos (pero, por descontado, quitándole toda la carga metafórica que tuvo la película original en su momento sobre el mcarthismo), Stephanie Meyer y Andrew Niccol simplemente dan un pretendido contexto de ciencia ficción a una historia de amor basada en el triángulo de siempre, que se convierte en un cuadrado y hasta en un pentágono de la forma más asombrosamente absurda y poco verosímil. La parte de ciencia ficción de la historia acaba prácticamente ahí, añadiendo únicamente los ojos iluminados por un halo de color azul, dos planos digitales, elecciones en cuanto al diseño de producción dudosas e incluso completamente equivocadas, como el lucimiento de los tonos plateados en los vehículos de los visitantes, y saltándose a conveniencia las pocas normas que rigen el comportamiento de los extraterrestres que nos ocupan en esta película.

Cuando The Host pierde un comienzo, por qué no reconocerlo, prometedor en algún sentido y se desboca en su parte más sentimentaloide (que no sentimental, no es lo mismo) es cuando termina de perderse... o de encontrar seguramente al que será su público más fiable, eso también hay que reconocerlo. Pero los diálogos suenan tan inverosímiles que provocan risas nerviosas en lugar de emocionar, que es lo que obviamente persigue. Por supuesto, hay que entender que esta película se hace para ese público objetivo que ha convertido la saga Crepúsculo en un exitazo de taquillazo, por lo que no era previsible nada diferente. Sin embargo, que Niccol se encargara tanto de la dirección como del guión era una esperanza que se ha quedado en nada. Quien quiera ver el futuro distópico según Niccol, que se aleje de The Host y recupere esa pequeña maravilla que era Gattaca. Quien quiera ver personajes sensacionalmente desarrollados, que recupere el guión de esa genialidad que es El show de Truman.

Porque ahí está el gran problema de The Host, en los personajes que mueven la historia, en el nulo carisma de sus protagonistas y en la escasa trascendencia de lo que se nos cuenta, todo ello imprescindible para que el invento funcionara. Saorise Ronan hace lo imposible por convencer, pero parece una tarea más allá de su interpretación. Tiene madera esta joven pero ya veterana actriz y pide a gritos un papel que le haga justicia. William Hurt cumple con lo que se espera de él, como siempre. Pero Jake Abel y Max Irons son simple decorado ornamental. Tiene que haber dos chicos que se disputen a la chica... o las chicas... de la función, porque es lo que toca en este tipo de películas. No tienen fondo, peso ni historia, simplemente están ahí. Y, por supuesto, Diane Kruger como la pseudovillana de la función, un personaje más desbidujado de lo que parece (mérito de la planta que sí tiene la actriz) y muy mal terminado en el guión y que probablemente ejemplifica algunas de las oportunidades que deja pasar Nicol para hacer de esta historia algo diferente.

No hay mucho más en los muy alargados 124 minutos que dura The Host. Se puede afirmar casi sin atisbo de duda que no eran necesarios tantos para contar esta historia mil veces vista y con un referente tan claro y tan cercano. Obviamente, la gallina de los huevos de oro hay que explotarla todo lo que se pueda y por eso el primer nombre que se ve en el cartel del filme es el de Stephanie Meyer. Lo que no parecía tan obvio, aunque eso es lo que se confirma, es que perdería con tanta facilidad al público que acudiría buscando una película de ciencia ficción interesante. Si la hubiera por debajo del envoltorio, éste sería bastante llevadero, pero no es el caso. Así que queda una película que es un 99 por ciento herencia de Crepúsculo y en un 1 por ciento una curiosa ciencia ficción, aunque tampoco sea un planteamiento nuevo. Tendrá su público, pero de la sensación de que poco más.

viernes, febrero 26, 2010

'The lovely bones': muy bonita, algo irregular

Peter Jackson se ha enfrentado siempre a un curioso análisis por parte de la crítica. Ésta alabó que un director de productos de terror de serie B y casquería varia se lanzara a dirigir una película seria, Criaturas celestiales. Aquellos que le alabaron entonces, lamentaron su salto al cine espectáculo de gran presupuesto con la trilogía de El Señor de los Anillos, aunque el resto del mundo disfrutó con las aventuras en la Tierra Media. Cuando hizo su King Kong, muchos críticos vieron la decadencia de un hombre entregado a los efectos especiales que debía volver al cine más serio. Y cuando lo hace con The lovely bones surgen dos tendencias: la de quienes infravaloran todo el cine de Peter Jackson y la de quienes creen que sólo sabe rodar superespectáculos, a pesar de haberlos criticado en su día. "No la han entendido", lamentaba Peter Jackson tras las feroces críticas que ha cosechado su último trabajo. Y no le falta razón, no. No han debido de entenderla, porque es una buena película, muy bonita, aunque algo irregular.

No se desvela prácticamente nada de la trama si se cuenta que la protagonista de The lovely bones es una joven de 14 años que ha sido asesinada. Es siempre atrayente que el narrador de la historia sea un personaje muerto, es algo que funciona muy bien en películas de diferente tono (cabe recordar, por ejemplo, American Beauty, un título muy distinto a éste en todo). Con ese punto de partida, lo que ofrece la película de Peter Jackson es un doble enfoque. Por un lado, el tránsito de la tierra al cielo de la joven muchacha y, por otro, lo que sucede en esta tierra que ha abandonado con su familia y su asesino. Ese doble enfoque es, cinematográficamente, lo mejor de la película. Son poderosos, a veces audaces (casi onírico cuando mezcla por primera vez el espacio entre dos mundos y la vida real), siempre efectivos, los montajes paralelos que plantea el director.

También es notable la ambientación. Con una imaginación desbordante, es obvio que la balanza visual entre la sociedad de los años 70 y esa especie de limbo se decanta por el segundo espacio, cargado de bellísimas imágenes y de referencias a diversas mitologías (qué pena me da leer a algunos críticos que se han despachado a gusto buscando referencias incluso a los Teletubbies, cuando uno, quizá más inocente, llegó a ver alguna a El Principito), muy por encima del intento de Más allá de los sueños de plasmar el infierno (con la clara influencia de La divina comedia de Dante) y con un claro (y no intencionado, por desconcimiento) paralelismo con la española Camino, aunque sin su simbología cristiana. Pero antes incluso de conocer ese mundo, Jackson ofrece una de las más bellas escenas de muerte sin que se llegue a ver muerte alguna. Una niña corriendo, alguien que ve más allá de la realidad, un entorno familiar, mucha niebla y una soledad apabullante. Es turbadora y apela directamente a los sentidos. Es brillante y es, probablemente, lo mejor de la película.

En la realidad es, en cambio, donde se aprecian los puntos débiles del filme, más allá de un final ligeramente decepcionante y que no está a la gran altura de todo lo anterior. Hay algunas lagunas narrativas, que hacen algo inverosímil la ejecución del crimen y que no se descubra a su autor o siquiera se dude de él, salvo por parte de un personaje (que no procede desvelar, aunque saberlo tampoco rompe el visionado de la película), hasta casi el tramo final. Quizá también podría discutirse el alivio cómico que Peter Jackson encuentra mediada la película gracias al personaje de Susan Sarandon (algo desaprovechada pero tan elegante y eficaz como siempre). Ahí da la sensación de que el tono dramático se le puede ir de las manos al director, pero nada más lejos de la realidad. Hay quien no ha entendido ni la luminosidad del mundo imaginario ni la parte más fantástica del desenlace. Quizá es que no corren buenos tiempos para las películas bonitas. Como ésta.

Sarandon es el nombre de más nivel de un reparto más que eficaz. Se ha destacado a Stanley Tucci (que tiene la unica nominación al Oscar para la película, al mejor actor secundario), pero radica el mismo problema de siempre, el que puso de manifiesto hace poco la alabadísima y para mí sobrevaloradísima actuación de Javier Bardem en No es país para viejos. ¿Es meritorio dar vida a un asesino con gestos y ademanes de psicópata asesino? Quizá no, y, de hecho, lo mejor del trabajo de Tucci está cuando trata de ser una persona normal, un vecino más de la familia de la víctima. Mark Wahlberg, tras esa excepción que supuso Infiltrados, vuelve a un registro más plano y Rachel Weisz cumple pero sigue sin llegar a emocionarme, como casi siempre. La joven Saoirse Ronan (vista en Expiación) está francamente bien, creíble en todas las facetas de la película, las más divertidas y las más trágicas.

La realidad le da un toque de irregularidad a esta hermosa fantasía de Peter Jackson. Pero no le resta mérito en absoluto al conjunto, una muy buena película, emocionante a ratos, tensa en otros y llena de matices y detalles a ver (incluyendo el cameo del propio Jackson y la inevitable referencia a Tolkien en una de las primeras escenas, en el centro comercial). Muy recomendable aunque, probablemente y sin ánimo de inducir a que nadie piense que se trata de una película pedante o inaccesible, Peter Jackson tenga razón y mucha gente no la comprenda.