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viernes, enero 29, 2016

'Spotlight', magnífico y clásico cine de periodistas

Hay subgéneros que parecen tener un encanto especial, se haga lo que se haga en y con ellos. El cine de periodistas es uno de ellos. Es un encanto clásico, pausado, inteligente, quizá por todo ello no apto para paladares que exijan una acción más contundente, un montaje más contemporáneo o personajes más extremos, pero para queiens gusten de esa manera de hacer cine sacada de otro tiempo cualquier revisión es interesante. Cuando se hace con tanta maestría como en Spotlight, es sencillamente una magnífica lección de cine. Eso es lo que consigue Tom McCarthy, quien, como en The Visitor, consigue que la fuerza emane tanto de la historia que tiene entre manos como de su gran capacidad para dirigir actores. McCarthy filma dos horas de puro cine, un contundente relato en el que nada sobra y nada falta y en el que sumerge con firmeza al espectador.

Spotlight es el nombre del grupo de investigación de The Boston Globe y la película sigue su trabajo para destapar la red con la que la Iglesia católica ocultó los abusos a menores de diferentes curas. Solventando todos los posibles problemas, el tratamiento que le da el filme está a la altura de tan delicado tema. Qué fácil habría sido caer en trampas morales y maniqueísmos y, sin embargo, la película no tiene nada que envidiar a grandes clásicos de este subgénero como Todos los hombres del presidente. Esto es periodismo, esto es cine, y la mezcla de ambos es impresionante. Lo que se muestra es sutil, porque, cumpliendo con una función de denuncia que probablemente le generará las suficientes antipatías como para no ser la película triunfadora en la temporada de premios, no se limita a explorar esa vía. Importa el mundo, pero importan los personajes.

Y los diálogos, insertados en una compleja pieza de relojería que avanza con tanta naturalidad como la vida misma. Hasta el encaje del 11-S en esta investigación, coincidieron en el tiempo, es formidable. Michael Keton y Mark Ruffalo parecen llevarse lo mejor del guión, claramente por encima de Rachel McAdams (su papel guarda ciertas similitudes con el que ya interpretó en la infravalorada La sombra del poder, donde ella estaba aún más impresionante) y Brian d'Arcy James, los otros dos integrantes del grupo Spotlight, con aportaciones maravillosas de otros espléndidos actores. Ojo al papel de Stanley Tucci (y a su última frase en la película, verdadero corazón de la historia y el momento más emotivo para quienes sientan el periodismo como algo importante y no como lo que, por desgracia, es ahora mismo en demasiados ámbitos), pero también al de Liev Schreiber, Billy Crudup o John Slattery.

La brutal y descarnada trascendencia que tiene Spotlight se ve al arranque de los créditos finales, cuando con un escalofrío se constata la escala de los abusos sexuales a menores de los que se habla en la película. La que tiene Spotlight como película se siente desde el principio, desde un impresionante prólogo, delicado y complejo, hasta que se llega al final, una memorable loa a la profesión periodística. Entre ambos instantes, dos horas de cine puro. Clásico, sí, y eso, por desgracia, probablemente limitará la fascinación que se pueda sentir por el filme de McCarthy. E incisivo, sin duda, y eso también, como cuenta el mismo filme, hará que sectores católicos la entiendan como un ataque. No lo es. Es un maravilloso canto a la verdad, la que se abre camino cuando la integridad se pone por encima de la conveniencia o la dejadez. Eso es Spotlight, una auténtica maravilla que se ha ganado el derecho a perdurar.

viernes, agosto 08, 2014

'Transformers. La era de la extinción', la glorificación definitiva de la estupidez

Michael Bay. La simple mención de su nombre invita a enconados debates sobre lo que lleva a las pantallas de cine. Para unos, un maestro del cine espectáculo. Para otros, un sobrevaloradísimo director artífice de algunas de las películas más estúpidas (entiéndase esto no como un insulto, no lo es, sino como una descripción de lo que rueda) de los últimos tiempos. Me cuento entre los segundos, así que asumo que las siguientes líneas no serán bien recibidas entre la ingente cantidad de personas que pagan religiosamente una entrada para ver sus películas. Transformers, como saga, es su culmen. No hay películas como éstas en su filmografía que contengan tal cantidad de incongruencias, personajes mal desarrollados y respaldo en una pirotecnia visual hueca y plana. La era de la extinción, cuarta entrega de la franquicia, es, dicho de forma directa, la glorificación definitiva de esa estupidez, una película sin pies ni cabeza, sin interés alguno, lamentable de principio a fin y que ni siquiera ofrece la pizca de entretenimiento que sí podía haber en las anteriores. Simplemente aburre, y lo hace en unos agónicamente lentos 165 minutos, producto de un ego, el de Bay, ya indomable.

El mismo Bay ya ha dicho que no le importa lo que digan los críticos mientras su película gane dinero. Hasta ahí, perfecto, porque ningún crítico tiene la razón absoluta. El arte y la cultura son subjetivos y sin duda habrá gente que disfrute de esta película y de cualquier otra que dirija Michael Bay. Pero la frase se puede volver del revés con facilidad, y a un crítico parecerle absolutamente irrelevante que Transformers. La era de la extinción destroce la taquilla siendo una película tan mediocre. Él tampoco tiene la razón absoluta. La diferencia está en que él sí lo cree. Desde el prisma opuesto, sólo hay una lección que Bay parece haber aprendido desde que se asomó por primera vez a la franquicia Transformer en 2007, y es que en esta cuarta entrega, al fin, algunos de los robots protagonistas, Optimus Prime y Bumblebee aparte, dejan de ser amasijos de metal intercambiables e imposibles de distinguir en la batalla. Por una vez, todo parece algo más claro y menos confuso que de costumbre en las inmotivadas escenas de acción que pueblan el larguísimo metraje de la película. Es la única mejora desde Transformers. En el resto de aspectos, el declive ha sido absoluto y precisamente por esa arrogancia que lleva a Bay a pensar que cada vez lo está haciendo mejor.

No hay otra forma de entender que se acumulen tantas frases absurdas, tantas situaciones inexplicables, tantos personajes planos que se limitan a actuar como les da la gana y sin que eso responda a una personalidad definida en un guión, tantas explosiones y cosas destrozadas sin sentido alguno. Todo es estúpido, desde la necesidad de dejar tantos elementos en suspenso para una quinta película que casi parece una muestra de vaguería para no tener que escribir un par de líneas coherentes en el guión, hasta la presencia de personajes insoportables. Y eso no sólo afecta a los Transformers, sino también y puede que sobre todo a los humanos. Afecta tanto a grandes intérpretes, como un Stanley Tucci que por unos cuantos cheques está empeñado en arruinar todo el prestigio que merece su categoría, como a los más desconocidos, como el joven Jack Reynor, cuyo personaje es insufrible, tópico y directamente absurdo. Eso, por supuesto, sin mencionar la costumbre de Bay de incluir a una bomba sexual femenina bien con poca ropa (hasta se bromea con sus shorts) o con vestimenta ajustada, y en este caso le toca a Nicola Peltz. Ni siquiera el carisma de Mark Wahlberg y la presencia de Kelsey Grammer (que se arruina con unas frases delirantemente tópicas) basta para salvar al reparto.

¿La acción? Es más de lo mismo. O puede que más grande, pero todavía con menos sentido que en las anteriores entregas de la saga. Tiene todo tan poca importancia y tan escasísimo razonamiento, que da igual que los personajes aparezcan y desaparezcan sin motivo, que se peleen unos con otros o que vayan cambiando de alianzas. No importa, no es relevante. Lo único que cuenta en el cine de Bay en general y en Transformers. La era de la extinción en particular es que haya cosas explotando, edificios rompiéndose en mil pedazos, llamas, escombros y personajes puestos sólo para ejercer la función de secundarios cómicos o reclamos sexuales. Ni siquiera los Transformers son fieles a lo que tendrían que ser, aunque eso es algo que viene de atrás, especialmente cuando en la tercera entrega, El lado oscuro de la Luna, Bay y sus guionistas decidieron aniquilar la naturaleza de los Prime. Para cuando aparecen los Dinobots, uno de esos reclamos efectistas de la película que bien podrían ser los Aerialbots, los Protectobots, los Headmasters o cualquier otro grupo nacido en la franquicia, el aburrimiento es tan grande que ya no importa. Y, claro, parece que va a haber una quinta entrega. Que Optimus Prime, el de verdad y no éste, nos coja confesados.

lunes, octubre 21, 2013

'El quinto poder', fascinación más de la historia real que de la visión cinematográfica

La figura de Julian Assange y todo el controvertido trabajo de Wikileaks genera una inmensa y lógica fascinación. Es verdad que vivimos en una sociedad de consumo tan rápido que probablemente muchos de los espectadores de El quinto poder apenas recuerden ya los detalles de las revelaciones más traumáticas de esta organización, pero eso no le resta poder de fascinación. La película está basada en dos libros, uno del integrante de Wikileaks que en la película es interpretado por Daniel Brühl, y otro de dos periodistas británicos, y es evidente que esa fascinación se mantiene en esta adaptación. ¿Pero es una fascinación que procede de la historia real o de la visión cinematográfica de la misma? Al final da la impresión de que importa más lo primero, aunque se agradece que no sea una obra que quiera sentar cátedra y ofrecer una verdad inamovible dando al espectador el poder de informarse. Eso sí, el Assange que compone Benedict Cumberbatch es formidable.

Bill Condon pone fin con esta película al paréntesis que supondrían las dos películas de la saga Crepúsculo en la filmografía de cualquier director. Y no es una papeleta fácil. El referente real amenaza con desdibujar o afectar a muchos de los elementos de la película, y las acusaciones de propagandísmo que el propio Assange le dedicó después de leer su guión dan fe de ello. El quinto poder, en todo caso, no es esa película adoctrinadora que teme Assange. Es cierto que cuenta una historia lineal que ofrece una visión de la misma en la que cree firmemente y sin fisuras. Y en ella, Assange es un tipo como poco excéntrico que no duda en usar a su antojo a las personas que trabajan con él. Sobre todo la media hora final no le deja especialmente en buen lugar. No obstante, es el epílogo lo que forma el corazón de la película. Ahí, el mensaje queda claro: la capacidad de informarse está en la persona. Es un mensaje sobre Wikileaks, sobre Assange, pero también sobre el poder y sus abusos e incluso sobre la misma película, que parece decir "os hemos contado una historia, ahora informaos si queréis saber más".

Ese epílogo es, a la vez, la mejor escena de la película, la que rompe las barreras de la pantalla y la que apela directamente al espectador, casi tanto aunque de otra manera como el hermoso arranque de la película, una brevísima historia de la comunicación. Lo que está entre ambos instantes es bastante correcto, funciona como thriller personal y periodístico pero tampoco aporta gran cosa que no se pueda encontrar en fuentes informativas. Lo que sí aporta, y tampoco es que se pueda decir que sea poco, es una composición sensacional de un personaje, la de Benedict Cumberbacht, un actor que sigue en alza, creciendo y sin techo aparente en todo tipo de géneros (tanto le da meterle en la piel de Assange que ser el villano de Star Trek. En la oscuridad, su trabajo es excepcional... y ojo a su voz, que sigue haciendo esencial ver la película en versión original). Si encima está tan bien rodeado con un reparto del que forman parte Daniel Brühl, Anthony Mackie, David Thewlis, y sobre todo una inmensa Laura Linney y un siempre fascinante (y qué fácil parece cualquier papel en sus manos) Stanley Tucci.

Considerando las dificultades intrínsecas a una película sobre esta cuestión, es obligado reconocer que El quinto poder funciona relativamente bien. Es un acierto fijar la película como la relación entre los personajes de Cumberbatch y Brühl, porque de esa manera el conflicto emocional se equipara al ético y al periodístico, y el guión permite que todo aparezca con cierto equilibrio sin pensar que se están menospreciando temas. Al mismo tiempo, contiene la información suficiente como para que no haga falta estar muy informado para ver la película, y eso siempre es algo a agradecer. Assange, su obra y su controversia están bien reflejados, independientemente de la veracidad que haya en la película, y eso es en realidad lo más evaluable de El quinto poder. Es evidente que nada acaba en la película, que es una aceptable incitación al espectador para que no sea pasivo, para que la información siga siendo un derecho y para fomentar debates que seguramente propiciará en espectador más bien formados pero quizá no tanto en quienes simplemente busquen un entretenimiento de dos horas.

miércoles, septiembre 18, 2013

'Percy Jackson y el mar de los monstruos', simpática y simple aventura juvenil

El fantástico juvenil no es un género nada fácil, y más después de que los años 80 ofrecieran tal torrente de creatividad y talento que empequeñeció a todo lo que se estrenó desde entonces y sigue empequeñeciendo a títulos contemporáneos, que estrenados entonces podrían incluir haber recibido la etiqueta de pequeño clásico. Y a veces da la impresión de que es un género que no tiene ya tan fácil encontrar su público, cosa que de vez en cuando desmiente la taquilla. Cuando se estrenó Percy Jackson y el ladrón del rayo no dejó de parecer una peliculita entretenida y simpática, nada del otro mundo, que logró unos muy buenos resultados económicos (226 millones en todo el mundo, por los 95 de su presupuesto), así que la secuela parecía inevitable. Estar basado en una serie de libros garantiza material para seguir produciendo filmes de Percy Jackson. El segundo, Percy Jackson y el mar de los monstruos, vuelve a repetir simpatía y simpleza, mejorando en algunos aspectos a su predecesora y confirmándose como una agradable aventura juvenil sin demasiadas pretensiones.

Lo bueno de una película como Percy Jackson y el mar de los monstruos, más después de haber visto ya la primera entrega, es que es tan sincera en su planteamiento que acaba por entretener con bastante facilidad. Sin duda, no todo el mundo disfrutará de la misma manera del habitual reparto juvenil (bien sobre todo Logan Lorman y Alexandra Dadario, por encima del afortunadamente recortado papel del secundario cómico Brandon T. Jackson) con el consabido toque de veteranía (con todo el cariño y el respeto a esta película, Stanley Tucci da la sensación de aceptar ya todo lo que le ofrecen), de unos logrados pero muy digitales efectos visuales y del tono aventurero amable que propone. Pero, aún así, todo funciona con bastante corrección, desde el más oscuro prólogo hasta el final de sus muy bien ajustados 106 minutos, en los que el 3D nuevamente vuelve a mostrarse como una moda pensada para sacar más dinero de la taquilla... y parece que funciona, porque este segundo Percy Jackson, estrenado el 7 de agosto en Estados Unidos, ya supera en recaudación a su presupuesto.

El gran pero de la película está en que, si bien la primera de la saga aguantaba de forma individual y tenía un cierre más o menos claro, ésta se sustenta demasiado en el deseo de querer ser una saga, pecado que afecta a tantos títulos que ya es otra moda más (y que dejó colgadas, por ejemplo, sagas como Eragon, Soy el número cuatro o La brújula dorada). Muchas referencias a la película con la que arrancó y sobre todo un final muy abierto... que en realidad es casi más apetecible que el largo prólogo a una historia más larga en que se convierte la segunda entrada (una sensación similar a la que, aunque de otra forma, dejaba la escena postcréditos de Lobezno inmortal). El otro problema de Percy Jackson y el mar de los monstruos es uno en el que suele caer con facilidad la ficción contemporánea. Tal es el deseo de mostrar las heroicidades del protagonista de la película que acaba por minimizar la gran amenaza que se quiere construir durante todo el filme y en especial en una gran secuencia animada que, desde otro tono y un color diferente, recuerda a aquella otra secuencia animada de la primera parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte.

Lo que se agradece de Percy Jackson es que, con el acostumbrado toque cómico, sí hay un respeto a la mitología en la que se basa. No importa que se trate de una película juvenil, no es idiotizante. En sencilla y en ocasiones incluso simple, pero se deja ver con agrado. Incluso es una película que presta atención al desarrollo de los personajes, aunque sea una de las esferas en las que se hace con sencillez y tocando algunos tópicos moralizantes, pero al menos evidencia que no está todo puesto en mostrar protagonistas adolescentes (notable, por cierto, la conjunción del reparto, de edades más diferentes de lo que parece y que siguen encajando en sus personajes) y en unos aparentes efectos visuales. Hay una historia, hay unos personajes y, sobre todo, hay una puerta abierta a la próxima secuela, que, insisto, apetece por el escenario con el que deja el final de Percy Jackson y el mar de los monstruos. Y no destacar un detalle más sería imperdonable: ojo al pequeño papel de Nathan Fillion y su memorable chiste privado sobre las series de televisión.

viernes, marzo 15, 2013

'Jack, el caza gigantes', entretenido tópico digital

Me huelo que Jack, el caza gigantes va a ser devorada por la crítica. Y, francamente, no creo que lo merezca. Sus puntos débiles saltan a la vista de forma inmediata. Le falta tensión al guión, le sobra imaginería digital que se lleva por delante algunos logros visuales de la película, pierde en las comparaciones con otras películas (¿con Oz, con la que compartirá cartelera? Con esa no tanto...), y habría sido más agradecido que no se vieran tan fácilmente los progresos de la historia. Cierto es que Warner se ha gastado 200 millones de dólares en este juguete de Bryan Singer, y las cifras de su arranque en Estados Unidos y otros mercados internacionales indican que será complicado que los recupere, pero, olvidando estos detalles, lo cierto es que como divertimento palomitero cumple sobradamente. Buenas escenas de acción, un mundo de fantasía aceptable, y un entretenimiento digno que, además, se convierte en una de las pocas películas basadas en un cuento que se limita a contar un cuento, sin necesidad de modernizarlo, idiotizarlo, sexualizarlo o ponerlo patas arriba. Y eso también tiene mérito en el cine actual.

Aunque parezca un detalle trivial, puede que sea justo eso lo que más me atrae de Jack, el caza gigantes. Es un cuento, contado como un cuento y que no se sale de su escenario de cuento, algo a lo que contribuye la música de John Ottman ya desde los logotipos de los estudios involucrados en la película. ¿Tan difícil es? Por lo visto sí, y el ejemplo más reciente de como sentirse en la obligación de modificarlo todo para acabar haciendo una película escasamente satisfactoria es Hansel y Gretel, cazadores de brujas. Lo más probable es que sea precisamente éste uno de los motivos por los que la película no termine de cuajar como le hubiera gustado, y es que el público ya no parece dispuesto a aceptar un cuento por lo que es, al menos no en el cine y en este tipo de producciones, pero para mí supone un valor añadido. La pega es que, habiendo construido un buen armazón en torno a la historia más clásica, le falta bastante nervio para que se sostenga por sí sola y sin necesidad de atender a sus muy grandilocuentes efectos visuales.

Esos efectos, de hecho, acaban jugando más en contra que a favor de la película en su bagaje final. Y es que  la película arranca con la narración de la leyenda en dibujos animados... y luego resulta que la "acción real" no marca tantas diferencias con respecto a ese prólogo, lo que resta credibilidad a los gigantes, e incluso a la famosa planta que surge de las habichuelas mágicas. No es que chirríe tanto elemento digital, por otra parte muy bien integrado con la imagen real y los actores de carne y hueso, pero sí satura en buena medida porque parece ya la única opción para recrear mundos de fantasía en el cine. ¿Impide eso que la película entretenga? La verdad es que no. La forma de encarar el filme de Singer es sincera y hay que agradecerlo. Busca una aventura para toda la familia, que consigue enmascarar con acierto la abundante violencia que hay en la historia para que sea un filme asequible prácticamente para todo el mundo. Y consigue que los personajes, a los que les falta carisma, sí enganchen lo suficiente como para seguir la historia con agrado hasta el final.

Hay que rebuscar en el guión para encontrar el origen de ese problema de carisma, que no procede del trabajo de los actores, pues el reparto consigue mucho más ante tanta pantalla verde, por insistir en la comparación, que las actrices del Oz de Sam Raimi. Nicholas Hoult y Eleanor Tomlinson son los clásicos actores jóvenes a los que le dan el protagonismo de una superproducción de efectos digitales y que cumplen con su cometido, dejando para los más populares Ewan McGregor y Stanley Tucci los momentos más divertidos y logrados procedentes del trabajo del reparto. Incluso es interesante ver los rasgos y la voz (sólo en versión original, obviamente) de Bill Nighy como el general de los gigantes. Aunque efectivo, todo es tópico, e incluso se pierde alguna ocasión de mostrar elementos socialmente más rompedores. A partir de ahí, lo que queda es el disfrute de las secuencias de acción, del salvajismo de estos gigantes y de lo logrado que está el tramo final de la película (que es tan atractivo como demostrativo de que aquel clímax bélico, aún insuperable, de El retorno del rey... y ya ha pasado una década), por tópicos que puedan ser algunos de sus registros.

Jack, el caza gigantes es un producto entretenido, montado desde su base con oficio. ¿Original? No demasiado, no al menos más allá de volver a las raíces de la historia como fábula (que, insisto, me parece algo novedoso en los tiempos que corren) o de interpretar la búsqueda de la dama en apuros que planteaba King Kong dentro de ese escenario de cuento, pero tampoco hace falta buscarle tres pies al gato. Cierto que es una película que sorprende en la filmografía de Bryan Singer por muchos motivos pero especialmente por la escasa profundidad que adquieren sus personajes (algo que predominó incluso en sus otros grandes espectáculos palomiteros, sus dos entregas de X-Men y Superman returns) o por el giro que parecía haber supuesto Valkiria para alejarse precisamente de productos como éste. Pero su habilidad como director basta para ofrecer una película más que aceptable, mucho más honesta y sabedora del alcance de su propuesta que otras similares, que habría crecido con un libreto más conseguido y que, en el fondo y a pesar del disfrute, hace echar de menos una forma de hacer cine más artesanal que ésta.

miércoles, febrero 20, 2013

'Un plan perfecto', fallida comedia que sólo divierte con el enredo

Cada día que pasa y cada película con la que tropiezo tengo mucho más respeto a la comedia. Sigue siendo, de largo, el género más difícil en el que triunfar. Sacar una risa o una carcajada en un momento concreto no es complicado, pero que esa sensación se repita de forma continuada durante toda una película es algo sumamente complejo. Un plan perfecto lo corrobora. Porque, sí, hay momentos en los que divierte, sobre todo cuando se decanta por el enredo más episódico y sincero, pero es una comedia fallida que algutina casi todo lo bueno en una escena muy concreta del filme y en el carisma que desprenden sus actores, aunque parece evidente que el personaje de Alan Rickman se apodera de la función cada vez que se asoma a la pantalla y el de Stanley Tucci sabe a muy poco. Falla fundamentalmente porque la historia es muy, muy débil, porque presenta agujeros, situaciones que no dicen mucho e incluso personajes absolutamente prescindibles, dando la sensación de que hay escenas que se han quedado en la sala de montaje para ajustar la duración a sus 89 minutos.

Un plan perfecto es un remake al parecer bastante libre de Ladrona por amor, película de 1966 dirigida por Ronald Leame y protagonizada por Michael Caine y Shirley MacLaine. Digo al parecer porque no he visto la película original, por lo que no habrá aquí una comparación entre ambas. Probablemente, eso será positivo para esta nueva versión porque aquella tiene buenas puntuaciones en las webs sobre cine y ésta, por sí sola, plantea poca defensa. Harry Deane (Colinf Firth) es un experto en arte que quiere vengarse de su jefe (Rickman) colocándole un falso Monet a cambio de una cuantiosa suma de dinero. Para ello, embauca a P. J. Puznowski (Cameron Diaz), la nieta del soldado norteamericano que, al parecer, pudo encontrar el cuadro durante la Segunda Guerra Mundial. La premisa no es mala, pero el desarrollo que hacen los antaño ingeniosos hermanos Coen es casi siempre torpe y simplón, con un desarrollo de los personajes tan forzado como previsible, por mucho que quieran arrancar y finalizar la película con sendos giros sorprendentes.

Lo cierto es que el guión lleva más de una década sin haber entrado en producción, lo que quizá explica que el humor que los Coen vuelcan en él se acerque tanto a Crueldad intolerable o Ladykillers, ambos de los años de arranque de un declive hasta ahora imparable desde que hicieran en 1998 esa pequeña joya del humor absurdo que es El gran Lebowski. Y sólo cuando la película cae en los recursos más clásicos de la comedia de enredo es cuando arranca risas. Casi todos los elementos positivos de Un plan perfecto se reúnen en torno a la secuencia del hotel, en la que Colin Firth saca lo mejor de sí mismo y en la que todos los secundarios, especialmente los menos conocidos, se suman a la fiesta con admirable entrega. Antes y después de ese momento, la película fluctúa entre lo intrascendente y lo aburrido, con un argumento que no termina de arrancar y demasiados ingredientes que parecen incluidos únicamente para dar una explicación satisfactoria al final pero que no encajan en el desarrollo de la película.

Este es uno de esos filmes en los que parece que sus actores se lo han pasado mucho mejor de lo que se lo hacen pasar después a los espectadores. Para Colin Firth una película así es una alivio sencillo con el que compensar dramas como El discurso del rey o El topo. Uno de los aspectos en los que no puede decir que haya triunfado es en la química con Cameron Diaz, una actriz que no dice mucho más allá de empeñarse en demostrar que sigue teniendo físico para disputar tronos a las veinteañeras que inventa Hollywood año tras año, y que va suavizando su caricaturesco acento texano según avanza el filme. Ambos se ven ensombrecidos por un Alan Rickman siempre divertido, de largo el mejor papel de la película. Stanley Tucci, como casi siempre a gran nivel, tiene una aparición demasiado breve para las posibilidades que daba su personaje y que, de hecho, se llegan a apuntar en una escena. Eso sucede con frecuencia en el filme, que se desaprovechen buenas oportunidades para generar secuencias divertidas, para hacer que la trama avance con mucha más naturalidad de lo que lo hace o para desarrollar los personajes.

Michael Hoffman, director de la película, intenta de una forma tan evidente generar el tono de comedia clásica que no se da cuenta que no parece ser el director más adecuado para ello (ya le pasó en la sosa El sueño de una noche de verano). Y sí, Firth consigue hacer reír con su periplo por el hotel de habitación en habitación, y el carisma de los actores convencerá a los ya convencidos de antemano, porque si al espectador le gusta Firth, Diaz, Rickman o Tucci sin duda disfrutará con sus actuaciones. Pero como comedia se queda sumamente corta y como historia no llega a ningún lado. Al final, uno se pregunta cuál era el objetivo real de la película, qué quería contar exactamente, y no es nada fácil dar una respuesta coherente. Incluso parece un error que dure menos de hora y media (no es fácil encontrar remakes más cortos que la película original) aunque, dado el poco éxito de muchas de sus escenas en el objetivo de provocar risas, casi es lo mejor que le podría haber pasado. Eso sí, uno de los mejores chistes es el último, así que uno no sale tan mal de la sala como podría haber pensado en algún momento. Pero eso no atenúa el juicio de considerarla una comedia fallida.

sábado, julio 02, 2011

'Rumores y mentiras'... o cómo descubrir a Emma Stone

El nombre de Emma Stone sonaba de vez en cuando. Y yo me preguntaba quién era, porque no recordaba haberla visto en una película. Mala cosa, si de lo que hablamos es de una actriz. Los fantasmas de mis ex novias, Supersalidos, Bienvenidos a Zombieland, Un rockero de pelotas o Una conejita en el campus no son títulos que me animen a conocerla. Cuando se anuncia que va a interpretar a Gwen Stacy en la próxima The amazing Spider-Man me digo que tengo que ver a esta actriz en acción. Y llega Rumores y mentiras. ¿Otra película dirigida por un director casi debutante sobre amoríos adolescentes contados desde un punto de vista de comedia, sin duda abusando de chistes facilones y sexuales? Tampoco me atraía. Pasó el tiempo, pasó hasta una nominación al Globo de Oro para Stone por esta película. Pero yo seguía sin verla. Hasta que dije basta. Y la vi. ¿Y sabéis qué? Hacía mucho tiempo que no disfrutaba con una comedia ligera tanto como lo he hecho con Rumores y mentiras. Pero sobre todo he disfrutado con el espléndido, natural, y atractivo trabajo de Emma Stone, un maravilloso (¿y tardío?) descubrimiento a la que ya le tengo el ojo echado. Cinéfilamente, por supuesto.

Olive es una joven estudiante que pasa desapercibida en su instituto, hasta el día en el que se empieza a propagar el rumor de que ha mantenido relaciones sexuales con un chico. A partir de ahí, su entorno estudiantil empieza a percibirla de forma diferente, sea para bien o para mal. Y el rumor crece de forma exponencial hasta que no hay forma de pararlo, con los consiguientes enredos cómicos que cabe suponer. Una película como Rumores y mentiras sólo puede funcionar, a cualquier nivel, si la elección de su protagonista es acertada. Emma Stone es mucho, muchísimo más que un acierto. Ella sola se come la película, se apodera de ella, la domina a su antojo, mueve al espectador hacia donde quiere en todo momento con su voz, con su sonrisa, con su mirada, con sus lágrimas, en definitiva con su interpretación, brillante de principio a fin, conmoverdora y realista, divertida y dramática, siempre adeacuada al tono de cada escena. Parece mentira que una película con este tono dé a una actriz la oportunidad de lucirse a tantos niveles, pero lo hace. Ya lo creo que lo hace. Rumores y mentiras es Olive. Es Emma Stone.

Habrá quien piense que éste es un papel fácil. Y puede que en algunos momentos el guión así lo haga parecer. Eso es indiscutible, porque no hay película de este tan manido género de la comedia de instituto que que no incurra en ciertos vicios, en esquemas repetitivos o en situaciones inverosímiles. Algo de esto también hay en Rumores y mentiras, pero Emma Stone sobresale por encima de todo lo negativo que se pueda decir de la película. Absolutamente de todo. Y obliga a pensar en ella como en una actriz de verdad, con tablas, con carisma (¿con futuro...? Ojalá, ojalá que sí...), y no como la típica niña mona hollywoodiense escogida por un book y no por su talento interpretativo, capaz de protagonizar una película como ésta con el piloto automático y sin dejar ningún tipo de recuerdo especial en el espectador. Y eso tiene mérito en Stone, en especial en las escenas que comparte con sus padres en la ficción, Stanley Tucci y Patricia Clarkson, ambos divertidísimos y muy metidos en el tono desenfadado del filme (muy por encima de una Lisa Kudrow empeñada en repetir hasta la saciedad el papel de Friends que le dio la fama o un aburrido pero más correcto Thomas Haden Church).

El influjo de Emma Stone es tan inmenso gracias a la ayuda de su doble papel en la película como protagonista y narradora, contando la película a cámara (pero de forma integrada en la narración con absoluta naturalidad) y tomando parte en la inmensa mayoría de las escenas. Eso es lo que haría imposible que Rumores y mentiras funcionara si Emma Stone no fuera la actriz adecuada. Porque si profundizamos en el guión encontramos algunas ideas poco aprovechadas (el hermano adoptivo o, sobre todo en el tramo final, la amistad de Olive con Rhiannon, una demasiado desaprovechada Aly Michalca), algunas situaciones inverosímiles (especialmente el final de la película, un típico, tópico e increíble giro), y algunos enfoques más que tradicionalistas (el retrato de las juventudes católicas encabezadas por Marianne, una divertida Amanda Bynes). Los típicos agujeros que puede tener una comedia adolescente escrita por un guionista debutante y dirigida por alguien como Will Glock, un director que con cuatro películas ya está encasillado en el género (lo próximo es Amigos con derecho a roce, protagonizada por Justin Timberlake y Mila Kunis, y en la que también aparecerá Emma Stone).

Pero, contra todo pronóstico, Rumores y mentiras no cae en la habitual zafiedad en los chistes sobre sexo o en la inane repetición de gracietas facilonas. Sorprendentemente (y quizá por esa descabellada fusión entre la historia y una novela clásica, lo que le sirve al guionista para aderezar su libreto con chistes divertidísimo sobre el cine actual), encuentra situaciones divertidas, cómicas, bien llevadas, con gusto y con gracia. Y aunque es inevitable atribuirle gran parte del mérito al gran trabajo de Emma Stone, lo cierto es que la película deja un buen sabor de boca por lo que es y no sólo por el rostro que se hace cargo de llevarla a buen puerto. Es una propuesta fresca y divertida, a la que por supuesto le falta originalidad (aunque intenta por todos los medios aportar cosas nuevas desde el punto de vista narrativo) pero que convence, por encima de todo, por el maravilloso trabajo de Emma Stone, una joven, atractiva y talentosa actriz que ojalá confirme todas sus virtudes en el futuro.

viernes, febrero 26, 2010

'The lovely bones': muy bonita, algo irregular

Peter Jackson se ha enfrentado siempre a un curioso análisis por parte de la crítica. Ésta alabó que un director de productos de terror de serie B y casquería varia se lanzara a dirigir una película seria, Criaturas celestiales. Aquellos que le alabaron entonces, lamentaron su salto al cine espectáculo de gran presupuesto con la trilogía de El Señor de los Anillos, aunque el resto del mundo disfrutó con las aventuras en la Tierra Media. Cuando hizo su King Kong, muchos críticos vieron la decadencia de un hombre entregado a los efectos especiales que debía volver al cine más serio. Y cuando lo hace con The lovely bones surgen dos tendencias: la de quienes infravaloran todo el cine de Peter Jackson y la de quienes creen que sólo sabe rodar superespectáculos, a pesar de haberlos criticado en su día. "No la han entendido", lamentaba Peter Jackson tras las feroces críticas que ha cosechado su último trabajo. Y no le falta razón, no. No han debido de entenderla, porque es una buena película, muy bonita, aunque algo irregular.

No se desvela prácticamente nada de la trama si se cuenta que la protagonista de The lovely bones es una joven de 14 años que ha sido asesinada. Es siempre atrayente que el narrador de la historia sea un personaje muerto, es algo que funciona muy bien en películas de diferente tono (cabe recordar, por ejemplo, American Beauty, un título muy distinto a éste en todo). Con ese punto de partida, lo que ofrece la película de Peter Jackson es un doble enfoque. Por un lado, el tránsito de la tierra al cielo de la joven muchacha y, por otro, lo que sucede en esta tierra que ha abandonado con su familia y su asesino. Ese doble enfoque es, cinematográficamente, lo mejor de la película. Son poderosos, a veces audaces (casi onírico cuando mezcla por primera vez el espacio entre dos mundos y la vida real), siempre efectivos, los montajes paralelos que plantea el director.

También es notable la ambientación. Con una imaginación desbordante, es obvio que la balanza visual entre la sociedad de los años 70 y esa especie de limbo se decanta por el segundo espacio, cargado de bellísimas imágenes y de referencias a diversas mitologías (qué pena me da leer a algunos críticos que se han despachado a gusto buscando referencias incluso a los Teletubbies, cuando uno, quizá más inocente, llegó a ver alguna a El Principito), muy por encima del intento de Más allá de los sueños de plasmar el infierno (con la clara influencia de La divina comedia de Dante) y con un claro (y no intencionado, por desconcimiento) paralelismo con la española Camino, aunque sin su simbología cristiana. Pero antes incluso de conocer ese mundo, Jackson ofrece una de las más bellas escenas de muerte sin que se llegue a ver muerte alguna. Una niña corriendo, alguien que ve más allá de la realidad, un entorno familiar, mucha niebla y una soledad apabullante. Es turbadora y apela directamente a los sentidos. Es brillante y es, probablemente, lo mejor de la película.

En la realidad es, en cambio, donde se aprecian los puntos débiles del filme, más allá de un final ligeramente decepcionante y que no está a la gran altura de todo lo anterior. Hay algunas lagunas narrativas, que hacen algo inverosímil la ejecución del crimen y que no se descubra a su autor o siquiera se dude de él, salvo por parte de un personaje (que no procede desvelar, aunque saberlo tampoco rompe el visionado de la película), hasta casi el tramo final. Quizá también podría discutirse el alivio cómico que Peter Jackson encuentra mediada la película gracias al personaje de Susan Sarandon (algo desaprovechada pero tan elegante y eficaz como siempre). Ahí da la sensación de que el tono dramático se le puede ir de las manos al director, pero nada más lejos de la realidad. Hay quien no ha entendido ni la luminosidad del mundo imaginario ni la parte más fantástica del desenlace. Quizá es que no corren buenos tiempos para las películas bonitas. Como ésta.

Sarandon es el nombre de más nivel de un reparto más que eficaz. Se ha destacado a Stanley Tucci (que tiene la unica nominación al Oscar para la película, al mejor actor secundario), pero radica el mismo problema de siempre, el que puso de manifiesto hace poco la alabadísima y para mí sobrevaloradísima actuación de Javier Bardem en No es país para viejos. ¿Es meritorio dar vida a un asesino con gestos y ademanes de psicópata asesino? Quizá no, y, de hecho, lo mejor del trabajo de Tucci está cuando trata de ser una persona normal, un vecino más de la familia de la víctima. Mark Wahlberg, tras esa excepción que supuso Infiltrados, vuelve a un registro más plano y Rachel Weisz cumple pero sigue sin llegar a emocionarme, como casi siempre. La joven Saoirse Ronan (vista en Expiación) está francamente bien, creíble en todas las facetas de la película, las más divertidas y las más trágicas.

La realidad le da un toque de irregularidad a esta hermosa fantasía de Peter Jackson. Pero no le resta mérito en absoluto al conjunto, una muy buena película, emocionante a ratos, tensa en otros y llena de matices y detalles a ver (incluyendo el cameo del propio Jackson y la inevitable referencia a Tolkien en una de las primeras escenas, en el centro comercial). Muy recomendable aunque, probablemente y sin ánimo de inducir a que nadie piense que se trata de una película pedante o inaccesible, Peter Jackson tenga razón y mucha gente no la comprenda.