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viernes, agosto 04, 2017

'Transformers. El último caballero', rizando el rizo de lo absurdo

Película tras película, Michael Bay ha ido consiguiendo que la serie de Transformers se fuera enterrando cada vez más en un pozo de absurdos, incoherencias y flagrantes fallos cinematográficos. Pero el director, aclamado por el público y habitualmente despedazado por la crítica, ha vuelto a rizar el rizo en esta espiral de cine palomitero lamentable, estúpido y desprovisto de toda inteligencia. Se podrá argumentar que no todas las películas tienen que hacernos pensar, que tiene que haber un hueco para el cine de escapismo y efectos especiales sin pretensiones. Desde luego que sí. Pero ese se puede hacer bien o mal. El que hace Bay es del malo. Y además lo hace conscientemente. El último caballero es, visto desde una esfera irónica, una burla del director hacia sus críticos, cargada de dobles intenciones en sus diálogos, que no ayudan a la película pero sí al debate sobre la supuesta genialidad de Bay.

Su cine no la demuestra. No lo hace desde hace muchos años, desde los 90, en los que sí se presentó como un prometedor director de acción. Transformers, curiosamente la serie que más dinero le ha dado, es una colección de todos sus defectos. Y El último caballero es, así, la quintaesencia. Es un galimatías que no hay por donde coger, una historia que roza la estupidez tanto en su rocambolesco argumento como en la ejecución final que vemos en la pantalla, es la enésima demostración de que no hay un solo personaje interesante, bien escrito o bien desarrollado en Transformers, y que a Bay le importa muy poco ser un director coherente, porque las fronteras del espacio y del tiempo no le afectan a la hora de meter y sacar personajes de las escenas. Todo le da igual a Bay si puede hacer su mix de estrenos veraniegos para mostrarnos un campo de batalla medieval, un escenario nazi de la Segunda Guerra Mundial, muchos robots haciendo chistes, presentaciones a lo Escuadrón Suicida y explosiones desde el mismo logo de Paramount que abre la película.

En una historia con diálogos que parecen escritos por adolescentes, en la que desfilan actores que valoran más el cheque que sus reputaciones y en la que hay constantes traiciones a la misma franquicia de la que forma parte (a lo que el propio Bay ha contado en sus películas y, sobre todo, al material de referencia), es difícil encontrar algo rescatable. Si acaso, que los actores hacen un esfuerzo ímprobo por creerse sus difíciles papeles, más sencillo en el caso de los héroes de acción, Mark Wahlberg y Josh Duhamel, y mucho más complicado en la cuota femenina, la que firman Laura Haddock o Isabela Moner, o en el caso de los actores consagrados, reducidos a meras comparsas cómicas como Anthony Hopkins, John Turturro (¿para qué sale realmente en la película?) o Stanley Tucci. Ni siquiera los Autobots o los Decepticons importan. Optimus Prime y Megatron son reducidos a secundarios, Bumblebee a acróbata desmontable y los Dinobots a la nada más absoluta.

¿Qué hay entonces en El último caballero que pueda convencer? Prácticamente nada. Si acaso, el hecho de que forma parte de una franquicia que, sin contar prácticamente nada, repitiendo esquemas, y con tono autoparódico en la filmografía de Bay cada vez más acusado, sigue cosechando un éxito increíble. Los muchachos de efectos digitales se lo habrán pasado en grande con los inexplicados y cada vez más numerosos poderes de los robots, pero más allá de eso es difícil encontrar nada positivo en una película larga, por momentos bastante aburrida, con un humor de dudoso acierto ("te has cargado el momento", le dice Anthony Hopkins a un robot en cierta ocasión, analizando a la perfección la forma en la que Bay usa el humor) y que ojalá, como ha dicho su propio director, sea su última incursión en la serie. A saber si alguien puede reflotar esto, cinematográficamente hablando porque en taquilla va de fábula, pero que le dejen intentarlo lejos de las garras de Bay.

jueves, enero 01, 2015

'El jugador', un brillante ejercicio de estilo sin remate

Casi parece una obligación para cualquier director de éxito hacer en un momento de su carrera un ejercicio de estilo. Es lo que hace Rupert Wyatt en El jugador, tomando distancia con respecto a su anterior película, la diametralmente opuesta El origen del planeta de los simios. Y es un ejercicio de estilo que fascina, que arranca con una brillantez espectacular, con una presentación de su personaje protagonista apabullante, que sigue de una forma terriblemente atractiva, pero que se queda sin el remate final que necesitaba. Es, muy claramente, el peaje que Wyatt paga por el hecho de rodar para un gran estudio, pero que por desgracia limita el alcance de lo que se estaba convirtiendo en una extraordinaria película. Aún así, el resultado es muy interesante, notable en su conjunto, un thriller contundente, muy bien llevado, con un montaje visual y sonoro espléndido y con un reparto excelente. Lástima que le falte la guinda, pero aún así merece muchos elogios.

Incluso con ese defecto, la forma en la que arranca la película compensa con creces cualquier error que Wyatt pueda cometer con el preciso (pero también culpable de ese detalle) guión de William Monaham, basado en el filme del mismo título que dirigió en 1974 Karel Reiz con James Caan como protagonista. Pocas veces un título es tan adecuado como aquí: esta es la historia de un jugador, de uno que nunca sabe cuándo parar, que vive para jugar, que apuesta siempre en un todo o nada continuo y a todos los niveles. Eso que demuestra sobre la mesa de juego es una metáfora salvaje de su propia vida, y eso es algo que muestran de una forma sobresaliente Monahan, Wyatt y el propio Mark Wahlberg, un actor capaz de enormes logros interpretativos cuando se pone manos a la obra. Y este es uno de esos casos, donde su sutil transformación física es lo de menos.

En torno a su figura, El jugador, se va convirtiendo en un demoledor retrato sobre un mundo sórdido en el que nada vale más que el dinero, y donde las tensiones afectan a todos los aspectos de la vida de su protagonista, sus afectos, su familia, su trabajo. Es brutal el contraste entre un aspecto de su vida basada en la capacidad artística, la que marca sus enseñanzas como profesor universitario y sus creencias sobre la excelencia, y el puro azar que por un momento parece dominar de forma casi sobre natural. E igualmente brutal es la relación con su madre (una magnífica Jessica Lange), con una alumna brillante que es mucho más de lo que aparenta (una brillante Brie Larson) o con los prestamistas que se cruzan en sus apuestas (si hay uno que destaca a todos los niveles, en el guión y en la interpretación final, es el de un John Goodman magnífico que deja la filosofía más apabullante de toda la película).

Wyatt ensambla todo con bastante acierto, con un montaje lleno de sutilezas y brillantemente dividido con rótulos que anuncian el paso del tiempo y con una ambientación musical tan llamativa como formidable, tanto por la selección de las canciones como por la música de Jon Brion y Theo Green. Es verdad que lo mejor de la película está en su primera media hora (qué forma de elevar la tensión de cada plano por la incertidumbre que genera una simple carta, y qué forma de transformar la película para darle todo el poder a los diálogos) y que, sabiendo que es una película de estudio, no resulta difícil cómo va a ir encaminada para que el desenlace sea, digamos, apropiado. Pero, aún dejando el mundo de la película en un punto extraño y que seguramente no era el que pedía la narración, el camino es tan sugerente que se puede obviar la comercialidad que acaba abrazando por encima de la historia.

viernes, agosto 08, 2014

'Transformers. La era de la extinción', la glorificación definitiva de la estupidez

Michael Bay. La simple mención de su nombre invita a enconados debates sobre lo que lleva a las pantallas de cine. Para unos, un maestro del cine espectáculo. Para otros, un sobrevaloradísimo director artífice de algunas de las películas más estúpidas (entiéndase esto no como un insulto, no lo es, sino como una descripción de lo que rueda) de los últimos tiempos. Me cuento entre los segundos, así que asumo que las siguientes líneas no serán bien recibidas entre la ingente cantidad de personas que pagan religiosamente una entrada para ver sus películas. Transformers, como saga, es su culmen. No hay películas como éstas en su filmografía que contengan tal cantidad de incongruencias, personajes mal desarrollados y respaldo en una pirotecnia visual hueca y plana. La era de la extinción, cuarta entrega de la franquicia, es, dicho de forma directa, la glorificación definitiva de esa estupidez, una película sin pies ni cabeza, sin interés alguno, lamentable de principio a fin y que ni siquiera ofrece la pizca de entretenimiento que sí podía haber en las anteriores. Simplemente aburre, y lo hace en unos agónicamente lentos 165 minutos, producto de un ego, el de Bay, ya indomable.

El mismo Bay ya ha dicho que no le importa lo que digan los críticos mientras su película gane dinero. Hasta ahí, perfecto, porque ningún crítico tiene la razón absoluta. El arte y la cultura son subjetivos y sin duda habrá gente que disfrute de esta película y de cualquier otra que dirija Michael Bay. Pero la frase se puede volver del revés con facilidad, y a un crítico parecerle absolutamente irrelevante que Transformers. La era de la extinción destroce la taquilla siendo una película tan mediocre. Él tampoco tiene la razón absoluta. La diferencia está en que él sí lo cree. Desde el prisma opuesto, sólo hay una lección que Bay parece haber aprendido desde que se asomó por primera vez a la franquicia Transformer en 2007, y es que en esta cuarta entrega, al fin, algunos de los robots protagonistas, Optimus Prime y Bumblebee aparte, dejan de ser amasijos de metal intercambiables e imposibles de distinguir en la batalla. Por una vez, todo parece algo más claro y menos confuso que de costumbre en las inmotivadas escenas de acción que pueblan el larguísimo metraje de la película. Es la única mejora desde Transformers. En el resto de aspectos, el declive ha sido absoluto y precisamente por esa arrogancia que lleva a Bay a pensar que cada vez lo está haciendo mejor.

No hay otra forma de entender que se acumulen tantas frases absurdas, tantas situaciones inexplicables, tantos personajes planos que se limitan a actuar como les da la gana y sin que eso responda a una personalidad definida en un guión, tantas explosiones y cosas destrozadas sin sentido alguno. Todo es estúpido, desde la necesidad de dejar tantos elementos en suspenso para una quinta película que casi parece una muestra de vaguería para no tener que escribir un par de líneas coherentes en el guión, hasta la presencia de personajes insoportables. Y eso no sólo afecta a los Transformers, sino también y puede que sobre todo a los humanos. Afecta tanto a grandes intérpretes, como un Stanley Tucci que por unos cuantos cheques está empeñado en arruinar todo el prestigio que merece su categoría, como a los más desconocidos, como el joven Jack Reynor, cuyo personaje es insufrible, tópico y directamente absurdo. Eso, por supuesto, sin mencionar la costumbre de Bay de incluir a una bomba sexual femenina bien con poca ropa (hasta se bromea con sus shorts) o con vestimenta ajustada, y en este caso le toca a Nicola Peltz. Ni siquiera el carisma de Mark Wahlberg y la presencia de Kelsey Grammer (que se arruina con unas frases delirantemente tópicas) basta para salvar al reparto.

¿La acción? Es más de lo mismo. O puede que más grande, pero todavía con menos sentido que en las anteriores entregas de la saga. Tiene todo tan poca importancia y tan escasísimo razonamiento, que da igual que los personajes aparezcan y desaparezcan sin motivo, que se peleen unos con otros o que vayan cambiando de alianzas. No importa, no es relevante. Lo único que cuenta en el cine de Bay en general y en Transformers. La era de la extinción en particular es que haya cosas explotando, edificios rompiéndose en mil pedazos, llamas, escombros y personajes puestos sólo para ejercer la función de secundarios cómicos o reclamos sexuales. Ni siquiera los Transformers son fieles a lo que tendrían que ser, aunque eso es algo que viene de atrás, especialmente cuando en la tercera entrega, El lado oscuro de la Luna, Bay y sus guionistas decidieron aniquilar la naturaleza de los Prime. Para cuando aparecen los Dinobots, uno de esos reclamos efectistas de la película que bien podrían ser los Aerialbots, los Protectobots, los Headmasters o cualquier otro grupo nacido en la franquicia, el aburrimiento es tan grande que ya no importa. Y, claro, parece que va a haber una quinta entrega. Que Optimus Prime, el de verdad y no éste, nos coja confesados.

miércoles, enero 01, 2014

'El único superviviente', Peter Berg no es Ridley Scott

Hay dos problemas que El único superviviente no consigue resolver. El primero, que quiere ser de forma descarada una especie de actualización de Black Hawk derribado. Y emular lo que ofreció la mejor película de guerra moderna (indudablemente por su aspecto bélico, porque ninguna otra cinta ha sido capaz de introducir al espectador en un conflicto contemporáneo con semejante fuerza) es prácticamente imposible. Más si es Peter Berg el que tiene que alcanzar lo que hace un autor tan discutible como se quiera pero con semejante dominio del arte de la dirección. El segundo, que ésta es claramente una película de homenaje, a los Navy Seals como cuerpo y a los protagonistas de esta historia, precedida del tan temido cartel de "basada en hechos reales". Y eso comporta peajes importantes. Dos problemas que no supera, pero, aún así, una buena muestra de cine bélico actual con dos partes claramente diferenciadas, la que busca la empatía por los personajes y la que se centra en la guerra como concepto.

El caso es que en ambas hay momentos muy conseguidos, aún con sus defectos. La primera mitad tiene el grave problema de comenzar con un prólogo hecho con imágenes de archivo que más parece un anuncio de reclutamiento para los Seals creado por el Gobierno norteamericano. Y el patriotismo probablemente venda, pero también es cierto que puedo retrotraer al público fuera de los Estados Unidos. Lo que sigue, aún con música fanfárrica y triunfalista que provoca un efecto parecido, merece la pena, porque humaniza al soldado, hace que el espectador pueda conectar con personajes que, en teoría, están emocionalmente muy lejos. Quizá nada nuevo sobre el horizonte, pero sí muy efectivo. Para quien piense que esta es sólo una película bélica, sí se puede indicar que el primer disparo no suena hasta la hora de película. Después la guerra se apodera de la película, pero hasta entonces lo que se busca es la construcción de los personajes.

Con acierto, además, aunque sin tanta profundidad como seguramente hubiera querido Berg. Al director de películas como La sombra del reino (claro referente en su filmografía para El único superviviente), Hancock o la infumable Battleship se le escapa algo el filme por todo lo que comporta que quiera ser un homenaje. En la segunda mitad, y aunque mejora el algo escaso resultado de la mencionada La sombra del reino, Black Hawk derribado se antoja un referente demasiado elevado para lo que ésta consigue. En cualquier caso, es apreciable el esfuerzo de Berg, de su reparto (correcto Mark Wahlberg, inquietante Ben Foster, escaso Eric Bana) y de su equipo. El único superviviente ofrece un buen espectáculo bélico, muy bien rodado a pesar de algún que otro exceso, crudo y directo, quizá demasiado evidente en algunos momentos pero muy efectivo casi siempre.

Casi da la impresión con estas líneas de que hay más aspectos negativos que positivos en El único superviviente y en realidad no es así. La conexión con los personajes es buena y la acción bélica está bien rodada, lo que, además, supone para Berg una redención de la confusa Battleship, porque los efectos visuales están muy conseguidos y la presencia de helicópteros en dichas escenas forma parte de lo mejor que ofrece el filme. Alargar la primera hora viene a ser un intento de mejorar el único defecto que tenía Black Hawk derribado, la difícil individualización de los personajes. Aquí es obvio que se quiere conseguir esa sensación, y a pesar de que se trata de un hecho real y de que eso sea lo que en definitiva marca la historia, por eso el número de protagonistas es menor y por eso se incide tanto en aspectos personales de cada uno de ellos. Funciona razonablemente bien durante las dos horas que dura, aunque es verdad que podría haber sido mucho mejor película. Pero, como decía más arriba, Peter Berg no es Ridley Scott.

viernes, septiembre 27, 2013

'2 Guns', divertidísima buddy movie

Viendo a Denzel Washington y Mark Walhberg en 2 Guns da la impresión de que eso de la química entre actores es fácil. Ellos solitos se bastan y se sobran para hacer de esta película una de las buddy movies más divertidas, entretenidas y logradas de los últimos años, pero afortunadamente la cosa no acaba en ellos. Son de largo lo mejor que ofrece, pero Baltasar Kormákur, director islandés responsable de la olvidable Contraband, también protagonizada por Wahlberg, rueda con un entusiasmo difícil de prever viendo su anterior filme, sin estorbar lo que consiguen sus dos actores protagonistas y dándoles un espléndido marco en el que convertir esta adaptación de un cómic editado en 2007 por Boom! Studios en 109 minutos de película terriblemente gozosos que es mejor descubrir sin avances previos, sin trailers ni fotografías que dejen entrever alguna de las sorpresas que esconde un guión ágil, frenético y con chispa. Sí, es una comedia de acción, pero menuda comedia de acción, que derrocha carisma y grandes momentos.

Y es que todo pasa por la química entre Denzel Washington y Mark Wahlberg. Cuando aparecen en la primera escena, subidos en su coche setentero, con su aire chulesco y su conversación desenfadada, el espectador se ve empujado y obligado a creer que entre ellos hay una complicidad, una amistad, una relación especial, la que tienen que mostrar los protagonistas de una buddy movie. Diálogos rápidos y ácidos, gestos cómplices, una complicidad sencillamente perfecto. Ahí, ya desde la primera escena, es donde se construye el éxito de 2 Guns, porque si eso funciona da igual cómo se desenvuelva todo lo demás. Ellos hacen creíble lo inverosímil y divertido todo lo que sucede en las algo menos de dos horas que dura la película. Sin contar absolutamente nada del argumento, lo único que hay que saber antes de verla es que estos dos forman equipo. ¿Para qué? La primera escena lo aclara.

A Kormákur le queda la misión de no estropear lo que consiguen sus actores. Y lo hace, lleva la película bastante bien, filma con mucho acierto las escenas de acción, las peleas y las persecuciones sin que nada apabulle el auténtico punto fuerte del filme, la envidiable química entre Washington y Wahlberg. Incluso le proporciona un buen escenario, a medio camino entre la película fronteriza, el spaghetti western y el policíaco más contemporáneo, al que contribuyen asombrosamente bien un desatado Bill Paxton y un casi autoparódico Edward James Olmos. Entre todos ellos, sus secuaces, aliados y enemigos, son constantes las peleas y enfrentamientos, los tiroteos y los insultos, todo ello vestido con un disfraz de divertimento sincero y muy entretenido en el que no falta de nada, ni siquiera la casi obligatoria escena de desnudo (femenino, por supuesto), a cargo de una Paula Patton menos carismática que en Misión imposible. Protocolo fantasma. Gracias a todo eso, da igual lo hilarante y rocambolesco que pueda ser a ratos el guión.

2 Guns encierra multitud de detalles gozosos: diálogos, gestos, caracterizaciones, peleas... Dentro de esta alocada mezcla, un guiño divierte tanto como un retrovisor o un toro, y una propina da tanto juego como un disparo o unas tostadas. Es verdad que en torno a los dos tercios, cuando se acumulan las sorpresas y los giros de guión, la película tiene un ligero bajón, pero su enorme ritmo y la desenfadada diversión que propone solventan cualquier duda antes del alocado clímax y casi perfecto final. También es verdad que ni Denzel Washington ni Mark Wahlberg inventan nada en sus respectivas carreras, pero su química y el hecho de que su diversión rodando la película sea directamente proporcional al del espectador viéndoles compensa por completo cualquier leve síntoma de repetición. Y para rematar la faena, hay en la película un elemento que desatará las carcajadas del público español. Sobre todo del futbolero. Y seguro que Denzel Washington, Mark Walhberg o Baltasar Kormákur no entenderían una risa en ese momento concreto. Pero es una de muchas en una comedia de acción altamente recomendable.

viernes, agosto 30, 2013

'Dolor y dinero', mucho más dolor que dinero

Michael Bay sigue siendo Michael Bay. Se había apuntado que Dolor y dinero podía ser un cambio de registro en su filmografía, incluso su mejor película, pero sus 129 minutos evidencian eso, que Michael Bay sigue siendo Michael Bay. ¿Te gusta su cine? Seguramente Dolor y dinero te gustará. ¿No te gusta su cine? Seguramente no te gustará este último filme del director norteamericano. Al no encontrarme entre los fans de Michael Bay, parece obvio que Dolor y dinero no me ha gustado. Esencialmente, y el título deja muy fácil el juego de palabras, porque tiene más dolor que dinero. Dolor para el espectador, por la a todas luces excesiva duración de la película, por el agotador uso de la voz en off, por planos y cámaras lentas vistos una y mil veces en el cine de Michael Bay, por la particular glorificación de la violencia que supone la película, más aún por la insistencia de estar basada en hechos reales y porque, aún siendo así, es completamente inverosímil. Lo mejor, de largo, los actores, pero su trabajo es insuficiente para salvar la película.

Un culturista que trabaja como preparador físico en un gimnasio (una de las frases de la película es "creo en el fitness") sigue los consejos de un gurú para reclamar lo que cree que se ha ganado: Dinero. Aunque robándolo, claro. Y para ello, recluta a otros dos compañeros de pesas e idea un plan genial: secuestrar a uno de sus clientes millonarios y robarle todo lo que tiene. Viendo la película es casi inevitable tener la sensación de que ésto es lo que podría haber sido el enfoque de Michael Bay en El gran Lebowski. Personajes incultos y extremos, barbaridades físicas y mentales, secuestros, una mujer exuberante que no viene a cuento más que para salir con poca ropa en el cartel y en la pantalla... Pero Michael Bay no se parece en nada a aquellos hermanos Coen (antes de caer en el soporífero estado de su filmografía que siguió, precisamente a El gran Lebowski) y el resultado, aún con algún golpe de humor simpático, no es precisamente satisfactorio. Insisto, al fan de Michael Bay, de sus Dos policías rebeldes, lo más probable es que le guste. Es un cambio de registro con respecto a Transformers o La isla, pero esencialmente porque sólo hay una explosión en la película. Lo demás, muy reconocible.

La película empieza con la resolución de su trama para ser después contada como un enorme flashback. Dado que el juego que quiere establecer Bay pasa por la empatía que se genera por los protagonistas, que a nadie se le olvide que son delincuentes venidos a más, no parece la mejor de las decisiones, porque se lleva por delante buena parte de la expectación en torno a sus planes. Demasiado larga es la presentación y demasiado largo es el desarrollo del plan. Incluso demasiado largo es el epílogo. Todo es demasiado largo para un Michael Bay que, una vez más, pide a gritos tijera en la sala de montaje. Quizá de esa forma la película podría haber ganado en su conjunto, habría estado mejor definida y probablemente su director habría notado el agotamiento que provoca el continuo juego de voz en off y cámaras lentas. Lo único que realmente encaja en las pretensiones de la película es el casting. Y ahí, cumpliendo con creces pero sufriendo por los vaivenes del guión, están Dwayne Johnson y Anthony Mackie, aunque los que destacan son Mark Wahlberg y, sobre todo, un siempre espléndido Ed Harris.

Viene a ser curioso que lo mejor de la película sea, precisamente, lo más controlado, lo menos desmadrado, que no es otra cosa que la subtrama que abre el personaje de Ed Harris. Ahí sí se intuye hasta dónde podría haber llegado Dolor y dinero en manos de otros director. En las de Michael Bay no es ni el cambio de registro que se quería ver ni un salto de madurez. Es otra película más de su director, sin explosiones ni robots gigantes pero en línea con sus obsesiones y trucos. No hay mucha diferencia real entre Dolor y dinero las dos entregas de Dos policías rebeldes. Y por mucha fe que se le quiera poner a la película, cada cierto tiempo aparece el Michael Bay de siempre para romper algún instante atractivo, sea con el inexplicable plano a cámara superlenta de los agentes saliendo del furgón ya en la primera escena, el efecto que produce la sacudida eléctrica en la víctima de los estafadores protagonistas o los planos en los que Wahlberg, Johnson y Mackie desfilan cual modelos tratados con esteroides. Y así todo. Puro Michael Bay. Y para colmo, la película llega a España cuando ya está en vídeo en Estados Unidos.

lunes, febrero 18, 2013

'La trama', el guión como problema

Puede parecer un juego de palabras realmente fácil, pero el problema de La trama está en el guión. Es un problema serio porque afecta a todos los demás elementos que pone sobre el tablero Allen Hughes en el primer filme que dirige en solitario y sin su hermano Albert. Prácticamente nada consigue ser creíble es una película que coloca muy alto el listón de sus expectativas, quizá más por la temática y por su reparto que por sus posibilidades reales, y, en comparación, se queda muy por debajo en el resultado final. Tras una lograda ambientación y alguna que otra relación entre personajes desarrollada con interés y oficio se escapan frases trilladas, personajes que no tienen ni de lejos la importancia en el guión que parece intuirse, y un argumento que apenas es capaz de sostenerse para los 108 minutos que dura la película. Que Russell Crowe sea lo mejor de una película no tendría que sorprender a nadie, y es que su terreno en ésta es el que más juego daba.

No son muchas las ocasiones en las que un guión que ha circulado por los estudios durante largos años acaba desembocando en una gran película. El caso de La trama viene a confirmar esa teoría. Fue en 2008 cuando se compró el guión de Brian Tucker, que no tiene hasta la fecha ningún otro libreto producido, y desde entonces pugna por llegar a la gran pantalla. Cinco años parecen muchos para una película así. Y es que el tema es atractivo, aunque Hughes (que rodó junto a su hermano Desde el infierno o El libro de Eli) no parezca el director más adecuado para sacarle partido a una historia así, a pesar de un fantástico plano inicial. Las películas protagonizadas por ex policías juzgados por espinosos asuntos morales y las que tocan la corrupción que ataca a la democracia en todo el mundo ya tienen un punto a favor. Pero en esta ocasión la mezcla no funciona porque parece floja, débil, inconsistente. No sé ve un fondo interesante a la historia, ni tampoco una forma que haga olvidar las flaquezas del guión.

Y es precisamente el guión lo que hace que el punto fuerte del filme, sus protagonistas, queden peor de lo que realmente están. Porque, como decía, Russell Crowe es lo mejor de la película indiscutiblemente. Y sería un trabajo francamente convincente de no ser por las líneas que le otorga el guión. Cuando llega a decir "ni yo sé lo que quiere decir" refiriéndose a una de las frases hechas que le tocan, casi parece una declaración de intenciones sobre lo que supone la película. No se construyen grandes personajes dándoles frases aparentemente trascendentes, y en eso falla Tucker. Como también falla en dar algo de profundidad al personaje de Catherine Zeta-Jones, que promete mucho, que encuentra en la actriz un interesante reverso formal a su caricatura de Rock of Ages, pero a cuyo rol le falta muchísima profundidad y presencia en la película. Y Mark Whalberg ahonda en su solvencia como protagonista de historias turbias, pero no termina de marcar una diferencia entre éste y otros de sus papeles más recientes.

¿Qué nos queda? El trasfondo político. Russell Crowe interpreta al alcalde de Nueva York. Y está en plena campaña para la reelección. Las escenas políticas, de platós y de despachos, están entre lo más destacado de la película. O la relación personal que Wahlberg, primero policía y después detective privado, mantiene con su ayudante (Alona Tal). El resto viene a ser un conglomerado pensado para que todo tenga explicación pero en el que casi nada es satisfactorio. No convence la historia con la que el personaje de Wahlberg mantiene una relación con Natalie (Natalie Martínez), una actriz portorriqueña que ha cambiado el nombre para trabajar en el cine independiente. Tampoco, a pesar de atractivos esbozos, la difícil convivencia del alcalde con su esposa (Zeta-Jones). La trama es una oportunidad perdida para hacer un thriller político-policial de altura y que se queda en una película sencillamente entretenida.

miércoles, agosto 22, 2012

'Ted', el camino equivocado

Hay ocasiones en las que los autores de una película no son completamente responsables del desastre que supone. En Ted sucede algo parecido, porque es una película con la que se han escogido varios caminos equivocados. El esencial, el más molesto, está en su doblaje. No es sólo que Santi Millán doble al personaje principal de la película, un oso de peluche que cobra vida por arte de magia, sino que a los traductores se les ha impuesto que trufen la película de bromas autóctonas, o se les ha animado a ello. Y lamento decir a quienes toman estas decisiones que lo último que quiero encontrarme cuando me siento a ver una película protagonizada por Mark Wahlberg y Mila Kunis, repito, lo último, es alguna broma de supuesta gracia sobre Belén Esteban. Sólo eso ya se carga por completo cualquier impresión positiva que pudiera dejar Ted, que, todo hay que decirlo, tampoco es demasiado importante porque, también ahí, escoge un camino equivocado.

Lo del doblaje va camino de convertirse en uno de los aspectos más contraproducentes de la explotación del cine en España. Más incluso que su injusto y elevadísimo precio. Dicen las críticas americanas que uno de los mejores aspectos de Ted es la voz que el propio director del filme, Seth MacFarlane, creador de Padre de familia, le presta al oso de peluche protagonista. Aquí en España tenemos a Santi Millán. La primera sensación que produce ver la película doblada es que su voz y la del resto de dobladores no forman parte de la misma historia. Hay una ruptura formal que saca continuamente de la película. Chirría siempre optar por alguna voz conocida por méritos que no sean los puramente actorales (y, ojo, que la voz sigue siendo el gran problema de muchos actores españoles y ese es un fenómeno que el doblaje había sabido capaz de evitar con categoría hasta no demasiado tiempo). Ahora afecta continuamente a los dibujos animados y, por lo visto, con películas como Ted se abren nuevos caminos.

El problema de las voces, en este caso sólo la de Santi Millán, encuentra una derivación igualmente irritante, pues que incluso más, en los textos, en los diálogos. No puede pasarse por alto que el guión de una película se altere de una forma tan liviana para su explotación en otro país distinto del de producción como se hace en Ted. Si MacFarlane y su equipo de guionistas ruedan un libreto es, imagino, porque se sienten cómodos con él, porque es la historia que quieren contar y porque contiene las bromas que desean incluir. ¿Por qué en la versión española de modifican diálogos para hacer referencia a Belén Esteban o Falete? ¿Por qué? ¿En qué mejora eso la película? Una cosa es que haya bromas intraducibles en una película y otra muy distinta que se altere para incluir otras que los traductores consideren más o menos graciosas. Eso es lo que sucede en Ted y me resulta intolerable.

Vamos a la película en sí misma. Se gana el calificativo de decepcionante por un motivo muy simple. La fachada quiere ser la de una película irreverente, políticamente incorrecta, transgresora. Pero, y es un síntoma muy acusado en este tipo de cine desde hace ya unos cuantos años, desemboca en los tópicos más tradicionales, costumbristas y blandos. Y luego está el hecho de que la transgresión ya sólo sepa manifestar de dos formas: o con bromas soeces y escatológicas o con chiste de contenido sexual. Por desgracia, no hay más. Y Ted no defrauda en ese sentido. Es lo que promete y es lo que da. Nada original. Transita también otro camino más que conocido, la continua referencia a los años 80 y a la nostalgia del espectador que, como su protagonista (Mark Wahlberg, no el oso), ha superado ya los 30 años. Sus alusiones a Flash Gordon (a un nivel que sorprende y divierte) y sus bromas sobre Star Wars o Indiana Jones son, de largo, lo más conseguido de la película, muy por encima de la rocambolesca historia, que tenía ciertos elementos de interés no demasiado bien explorados.

Wahlberg asume con comodidad el papel de hombre de 35 años con un modo de vida de un quinceañero, se divierte y realiza un trabajo competente. No olvidemos que está continuamente interactuando con un oso de peluche, por lo que cabe darle cierto mérito. Mila Kunis, en cambio, y a pesar de seguir siendo una actriz interesante, deambula sin rumbo durante la película. No tiene ocasión de probar sus dotes para la comedia y su personaje, con un final blando y bastante pusilánime, es la causa de que la película sea en realidad tan políticamente correcta aunque quisiera estar en el polo opuesto. No es que Ted sea una mala película. Supongo que quienes disfrutan con la comedia contemporánea pasarán un buen rato con ella. Pero, para mí, escoge demasiados caminos equivocados como para que pueda calificarla positivamente. Y, encima, su versión española estropea cualquier posibilidad que tuviera Ted de conquistarme. Para eso, cualquier monólogo de Santi Millán. Y si quiero ver a Mark Wahlberg y Mila Kunis, indudablemente en versión original.

jueves, abril 19, 2012

'Al borde del abismo' y 'Contraband', muestras de thriller rutinario

La premisa de Al borde del abismo hace albergar esperanzas de ver un thriller original, pero al final esas expectativas se derrumban cual castillo de naipes y dejan al espectador con la más que seria posiblidad de hacer chistes sobre el título de la película y su resultado final. La película presenta a un tipo subido a una cornisa que amenaza con tirarse. La intriga por conocer sus motivos, qué pretende conseguir llamando la atención de tanta gente y por qué interactúa con el resto de personajes de la película apunta elementos de interés. Pero se caen por su propio peso en una trama que roza el absurdo en algunos momentos y que está tan cogida con alfileres que es fácilmente desmontable en demasiados tramos de la película. Quizá es la penitencia que se paga por tener director (Asger Leth) y guionista (Pablo F. Fenjves) debutantes en la gran pantalla, pero parece un peaje excesivo.

El reparto también hacía pensar en algo interesante, pero su trabajo es como el resultado de la película, rutinario. A Sam Worthington tanto le da subirse a una cornisa que pelear contra el Kraken en Furia de titanes, pero da cierta pena ver a Ed Harris, casi siempre enorme durante tantos años, con un personaje tan plano y previsible, o a Jamie Bell como simple comparsa. Lo que sí resulta chocante es el personaje de Elizabeth Banks. Dando vida a una negociadora que acaba de perder a un suicida, es el mayor atisbo de profundidad psicológica que se encuentra en Al borde del abismo, aunque casi parece por casualidad. Al final queda la sensación de que su presencia en la película, por mucho que su interpretación sea la más solvente de todo el reparto, no es más que la triste cobertura de la cuota femenina.

Al borde del abismo tenía el argumento, el escenario y en muchos casos los actores adecuados para ser un thriller al menos intersante. Y aunque en algunos instantes da el pego, en cuanto queda meridianamente clara la trama todo pierde interés a marchas forzadas. Sus intentos de rodear a la historia principal de otros elementos más trascendentes (como la crítica a la prensa sensacionalista) sí que son un fracaso. Sin llegar al desastre absoluto precisamente porque en cierta medida traza unas interesantes relaciones personales que sostienen la trama durante algunos minutos, lo cierto es que es una película decepcionante. Sirve para pasar el rato y muy poquito más, porque cuando llega el final tanto da que el protagonista hubiera saltado antes o que el robo del siglo fuera verdad. ¿O era mentira? Insisto, da lo mismo.
Contraband tiene una factura más cuidada, pero tampoco llega a compensar las casi dos horas de visionado. Comienza su historia cinematográfica con una curiosa paradoja. El filme es un remake de un título islandés, Reykjavic-Rotterdam, protagonizado por Baltasar Kormákur, director de la película norteamericana. Sin conocer el original es imposible comparar, pero Contraband se pierde en lo rutinario, en lo ya visto, en la sencillez más pobre de la trama y de los personajes. En realidad, es una de esas películas que se están convirtiendo en el modo casi único de afrontar el thriller en Hollywood. Tienes un grupo de protagonistas que están al otro lado de la ley, que son ladrones o, en este caso, contrabandistas profesionales, pero la historia quiere forzar al espectador a que le caigan irremediablemente bien. Son buenos, son graciosos, quieren mucho a sus familias y se merecen el final feliz. Muy visto.

Lo que más sorprende en Contraband es un tipo de violencia muy concreto, y es el que sufre la mujer. Kate Beckinsale, muy lejos de los habituales papeles de heroína en los que tan cómoda se siente, se mete aquí con cierta destreza en la piel de una madre de familia casada con un ex traficante, que lo ha dejado y que ahora vive de las rentas y de un trabajo honrado. Ella es su punto débil, es el medio por el que se le puede chantajear, dándole así la película un papel muy secundario y algo anticuado. Lo curioso es que en esta película las amenazas son más reales y violentas que en la mayoría de las ocasiones. Ni bueno ni malo, ni mejora ni empeora la película, es simplemente un detalle chocante y que desmarca Contraband de la rutina más absoluta en la que caen sus escenas de acción, sus momentos de coleguego o, ya mencionado, su previsible final.

Mark Wahlberg está desaprovechando por desgracia el prestigio que le dio su brillante papel secundario en Infiltrados, la película que le dio el Oscar a Martin Scorsese, y se fotocopia de película en película sin que se note demasiado la diferencia entre una y otra, con excepciones sin tirar cohetes como The fighter. Lo que él hace es interpretar al protagonista y nada más. Ni matices ni historia. El resto del reparto hace lo propio. Los malos son muy malos, los buenos son muy buenos. Y no procede decir quién es cada uno, aunque todo se ve venir con cierta facilidad, por no destrozar esas pocas sorpresas que puede plantear al guión. Kormákur rueda con cierta eficacia pero sin deslumbrar. Y así se construye un thriller más con el que adornar la cartelera previa a la temporada de verano.

martes, febrero 08, 2011

Sobrevalorada 'The fighter', prodigioso Christian Bale

The fighter es una de esas películas que reciben una continua sobrevaloración, primero desde la crítica y después desde los premios. No es una película fácil de hacer, y su director, David O. Russell (responsable de Tres reyes), lo sabe. No es fácil sobre todo porque los precedentes del boxeo en el cine han dejado grandes obras maestras con las que se comparará inevitablemente este filme. Y en esa comparación, The fighter sale perdiendo. No porque no tenga virtudes, que indudablemente las tiene, sino porque no consigue elevarse por méritos propios de entre los títulos de este estilo. Sí destaca por un reparto sencillamente excepcional, encabezado por un correcto Mark Wahlberg y un prodigioso Christian Bale, al que merece la pena escuchar en versión original para poder detenerse en todos los pequeños detalles verbales y gestuales que conforman un papel inolvidable. Un reparto que se eleva por encima de la previsibilidad del guión y de los agujeros que deja, oportunidades perdidas para que el lucimiento de los actores hubiera sido todavía mayor.

Con un breve repaso del boxeo en el cine, uno se da cuenta de que el reto de crear una nueva película es inmenso. Más dura será la caída, Fat City, Rocky, Toro salvaje, The boxer, Million Dollar Baby, la injustamente olvidada Cinderella Man... Son muchos los títulos emblemáticos que ha dado este pequeño subgénero. ¿Qué tiene de nuevo The fighter para ganarse un rincón en el recuerdo? No demasiado, la verdad. La gran novedad estilística que presenta es integrar el formato televisivo en la pantalla, primero a través de un documental que un grupo de realizadores está haciendo del boxeador Micky Ward (Mark Wahlberg) y de su hermano y preparador Dicky (Christian Bale), y después con la filmación televisiva de los combates que hay en el filme. Pero como en realidad no estamos ante un filme de boxeo, sino ante un drama familiar ligeramente ambientado en ese mundo, la novedad estilística pierde peso en la narración casi sin que nos demos cuenta.

Lo que importa de The fighter está en la historia familiar. Comienza la película con dos hermanos, uno es boxeador y el otro le entrena. Su madre (Melissa Leo) actúa como su manager, mientras su padre y sus otras cinco hermanas son simples animadores. No son ricos, no tienen estilo, malviven como pueden a cuenta de los pequeños réditos que saca Micky de sus combates, mientras que Dicky vive una mala vida que amenaza la carrera de su hermano. En esta situación, Micky encuentra a una mujer, una camarera (Amy Adams) que cree que ya es hora de que el boxeador tome sus propias decisiones y, por su propio futuro, se aleje profesionalmente de su familia. Ese choque de personalidades femeninas apenas se ve esbozado en el filme. O'Russell, según el guión Scott Silver, Paul Tamasy y Eric Johnson, se ha detenido tanto en ambientarnos (gracias a una espléndida y muy adecuada selección musical) que se le escapa un mayor desarrollo de esta cuestión.

Y es una lástima, porque unos actores en estado de gracia pedían a gritos algo más. Sí tiene todo lo que necesita un Christian Bale que hace el mejor papel de su carrera, hasta el punto de que hay que preguntarse una y mil veces si estamos ante el mismo intérprete que da vida a Batman para Christopher Nolan. Sus aptitudes camaleónicas le dan mucho juego y muchas opciones. Él estaría en la misma esquina que una arrolladora Melissa Leo en esta confrontación personal que mueve el filme, lo hace avanzar, pero no termina de convertirse en su alma. En la otra esquina esta Amy Adams, una actriz inconformista, asombrosamente versátil, poderosa y siempre asombrosa que personifica esas ganas de más que deja el guión. Borda lo que hace, pero hay mucho más detrás de su actuación que no llega al metraje de The fighter. Entre ellos tres crean un marco prodigioso para que Walhberg se deje llevar con acierto como el pusilánime boxeador, atrapado entre la familia y el amor. Los quiere a todos, pero todos ellos se detestan.

Hay dos grandes escenas de enfrentamiento entre Leo y Adams, las dos formidables y tensas, las dos esbozos de un camino que la película no termina de tomar. Por ser un conflicto tan sugerente, duele que el guión le dé una resolución tan apresurada y hasta cierto punto inverosímil. Quizá haya que buscar el motivo de esa suavidad en los títulos de crédito finales, acompañados por las imágenes de los hermanos Ward reales, porque ésta es una película basada en la historia de un boxeador real. Se supone que si aparecen es porque están conformes con el guión y con el proyecto, lo que ya induce a pensar que todo queda algo edulcorado, al menos en el tramo final de la película. Y pese a tener ese referente en la realidad, otro de los grandes aciertos del filme es que mantiene la emoción y la tensión de saber qué pasará en ese combate final, clímax inevitable de toda película de boxeo aunque The fighter pidiera a gritos que su fuerza emocional estuviera en otras escenas.

The fighter es una buena película, aunque seguramente no tan buena como la publicidad, el marketing, la crítica y los premios nos han intentado hacer creer. Destaca y encuentra un lugar en el corazón de los cinéfilos por su maravilloso trabajo actoral, pero más allá de eso no hay muchas novedades a las que agarrarse. Quizá todo quede algo más claro si se explica que Martin Scorsese (director de Toro salvaje) rechazó dirigirla aunque Wahlberg (con quien trabajo en Infiltrados) se lo propusiera, o si se supiera que Darren Aronofsky (director de El luchador, sobre lucha libre en lugar de boxeo pero de tono y temática similar; ésta me pareció aún más sobrevalorada) se decantó por Cisne negro en lugar de por ésta cinta. Quizá ellos sí vieron lo difícil que era luchar contra los referentes, por muchas cualidades que uno pueda reunir en la pantalla. The fighter reúne unas cuantas, pero en otros aspectos se queda en el camino.

viernes, febrero 26, 2010

'The lovely bones': muy bonita, algo irregular

Peter Jackson se ha enfrentado siempre a un curioso análisis por parte de la crítica. Ésta alabó que un director de productos de terror de serie B y casquería varia se lanzara a dirigir una película seria, Criaturas celestiales. Aquellos que le alabaron entonces, lamentaron su salto al cine espectáculo de gran presupuesto con la trilogía de El Señor de los Anillos, aunque el resto del mundo disfrutó con las aventuras en la Tierra Media. Cuando hizo su King Kong, muchos críticos vieron la decadencia de un hombre entregado a los efectos especiales que debía volver al cine más serio. Y cuando lo hace con The lovely bones surgen dos tendencias: la de quienes infravaloran todo el cine de Peter Jackson y la de quienes creen que sólo sabe rodar superespectáculos, a pesar de haberlos criticado en su día. "No la han entendido", lamentaba Peter Jackson tras las feroces críticas que ha cosechado su último trabajo. Y no le falta razón, no. No han debido de entenderla, porque es una buena película, muy bonita, aunque algo irregular.

No se desvela prácticamente nada de la trama si se cuenta que la protagonista de The lovely bones es una joven de 14 años que ha sido asesinada. Es siempre atrayente que el narrador de la historia sea un personaje muerto, es algo que funciona muy bien en películas de diferente tono (cabe recordar, por ejemplo, American Beauty, un título muy distinto a éste en todo). Con ese punto de partida, lo que ofrece la película de Peter Jackson es un doble enfoque. Por un lado, el tránsito de la tierra al cielo de la joven muchacha y, por otro, lo que sucede en esta tierra que ha abandonado con su familia y su asesino. Ese doble enfoque es, cinematográficamente, lo mejor de la película. Son poderosos, a veces audaces (casi onírico cuando mezcla por primera vez el espacio entre dos mundos y la vida real), siempre efectivos, los montajes paralelos que plantea el director.

También es notable la ambientación. Con una imaginación desbordante, es obvio que la balanza visual entre la sociedad de los años 70 y esa especie de limbo se decanta por el segundo espacio, cargado de bellísimas imágenes y de referencias a diversas mitologías (qué pena me da leer a algunos críticos que se han despachado a gusto buscando referencias incluso a los Teletubbies, cuando uno, quizá más inocente, llegó a ver alguna a El Principito), muy por encima del intento de Más allá de los sueños de plasmar el infierno (con la clara influencia de La divina comedia de Dante) y con un claro (y no intencionado, por desconcimiento) paralelismo con la española Camino, aunque sin su simbología cristiana. Pero antes incluso de conocer ese mundo, Jackson ofrece una de las más bellas escenas de muerte sin que se llegue a ver muerte alguna. Una niña corriendo, alguien que ve más allá de la realidad, un entorno familiar, mucha niebla y una soledad apabullante. Es turbadora y apela directamente a los sentidos. Es brillante y es, probablemente, lo mejor de la película.

En la realidad es, en cambio, donde se aprecian los puntos débiles del filme, más allá de un final ligeramente decepcionante y que no está a la gran altura de todo lo anterior. Hay algunas lagunas narrativas, que hacen algo inverosímil la ejecución del crimen y que no se descubra a su autor o siquiera se dude de él, salvo por parte de un personaje (que no procede desvelar, aunque saberlo tampoco rompe el visionado de la película), hasta casi el tramo final. Quizá también podría discutirse el alivio cómico que Peter Jackson encuentra mediada la película gracias al personaje de Susan Sarandon (algo desaprovechada pero tan elegante y eficaz como siempre). Ahí da la sensación de que el tono dramático se le puede ir de las manos al director, pero nada más lejos de la realidad. Hay quien no ha entendido ni la luminosidad del mundo imaginario ni la parte más fantástica del desenlace. Quizá es que no corren buenos tiempos para las películas bonitas. Como ésta.

Sarandon es el nombre de más nivel de un reparto más que eficaz. Se ha destacado a Stanley Tucci (que tiene la unica nominación al Oscar para la película, al mejor actor secundario), pero radica el mismo problema de siempre, el que puso de manifiesto hace poco la alabadísima y para mí sobrevaloradísima actuación de Javier Bardem en No es país para viejos. ¿Es meritorio dar vida a un asesino con gestos y ademanes de psicópata asesino? Quizá no, y, de hecho, lo mejor del trabajo de Tucci está cuando trata de ser una persona normal, un vecino más de la familia de la víctima. Mark Wahlberg, tras esa excepción que supuso Infiltrados, vuelve a un registro más plano y Rachel Weisz cumple pero sigue sin llegar a emocionarme, como casi siempre. La joven Saoirse Ronan (vista en Expiación) está francamente bien, creíble en todas las facetas de la película, las más divertidas y las más trágicas.

La realidad le da un toque de irregularidad a esta hermosa fantasía de Peter Jackson. Pero no le resta mérito en absoluto al conjunto, una muy buena película, emocionante a ratos, tensa en otros y llena de matices y detalles a ver (incluyendo el cameo del propio Jackson y la inevitable referencia a Tolkien en una de las primeras escenas, en el centro comercial). Muy recomendable aunque, probablemente y sin ánimo de inducir a que nadie piense que se trata de una película pedante o inaccesible, Peter Jackson tenga razón y mucha gente no la comprenda.

martes, junio 24, 2008

'El incidente', decepción y repetición

Soy fan de M. Night Shymalan desde que me maravilló con El sexto sentido. Me han entusiasmado todas las películas que ha hecho después, hasta el punto de que le considero uno de los más grandes fabuladores del cine actual (junto con Tim Burton, pero en el lado opuesto del espectro de los cuentos modernos). Es un director que no suele contar con el fervor de la crítica, que no entiende un cine habitualmente brillante, sorprendente y tremendamente imaginativo. Le pasó con la incomprendida El protegido (quizá su mejor película), con la menospreciada Señales, con la malinterpretada El bosque y con la directamente ninguneada La joven del agua. Pero con El incidente Shymalan comete su primer desliz en esta carrera y ofrece una película que no convence en absoluto.

El principal error de El incidente es que sigue la misma línea que Señales y explora los mismos caminos. Demasiadas similitudes en la historia y en la forma de narrar. Como aquella, es una historia más grande que la vida (allí era una invasión alienígena a escala mundial, aquí un virus natural que afecta a millones de personas en Estados Unidos) contada desde el punto de vista de unos pocos personajes anónimos, gentes que no luchan para resolver el problema sino simplemente por sobrevivir. Por eso queda la sensación de deja vu, en muchas escenas y en la forma de resolverlas. Shymalan se repite y eso, en un director con tal capacidad imaginativa, es aún más doloroso.

El segundo problema al que tiene que hacer frente El incidente es su nula conciencia de que la historia no llega para una película. La cinta dura 90 minutos y se hacen algo largos, porque, en realidad, no hay demasiado que contar. La idea que da pie a esta película quizá hubiera sido un gran segmento de una serie tipo En los límites de la realidad. Pero como película no llega. No se hace pesada primero por su escasa duración (menos mal que Shyamalan es un director inteligente que no alarga innecesariamente historias más allá de las dos horas, como sí hacen otros directos con mucha mejor reputación que él) y porque los mejores momentos de la película se encuentran en el último tercio. Esos momentos no llegan por la continuidad del guión, sino por la casi siempre eficaz narrativa visual del director.

Y el tercer punto que hace que esta película decepcione es precisamente el guión. Nunca unos diálogos escritos por Shyamalan habían sonado tan vacíos, intrascendentes y previsibles como algunos de los que se escuchan en El incidente. Muchas escenas quedan mal resueltas y colgando en el aire. Demasiada información nos llega de forma aparentemente casual pero en realidad muy forzada (a través de vídeos caseros o informativos en televisión, tal y como ya se había visto en Señales). Y todo ello nos conduce a un desarrollo en el que el espectador no llega realmente a ver un riesgo claro para los protagonistas y desemboca en un final que no causa demasiada impresión.

Shyamalan no hace aquí ningún cameo ni se reserva personaje alguno y deja todo el peso de la película a Mark Wahlberg (Shyamalan dice que escribió la película pensando en él), simplemente correcto como el resto del reparto. Lo que sí destaca por encima de la media, como siempre, es la música de James Newton Howard. Este compositor, no demasiado reconocido durante muchos años, parece tocado por la providencia cada vez que escribe música para Shyamalan. Su mejor trabajo sigue siendo El bosque, pero El incidente es una muy apreciable banda sonora que funciona a la perfección en pantalla.

Pese a que es bastante olvidable, El incidente no es una película mala, ni mucho menos. Había un genio detrás de la cámara y hay momentos inolvidables (como una de las primeras manifestaciones del virus, en un edificio en construcción de Nueva York; esa y muchas secuencias beben, aunque se queden muy lejos, de La guerra de los mundos de Spielberg, una película también incomprendida y despreciada en su momento pero que estoy seguro que en unos años se convertirá en un título de culto). Pero el conjunto es decepcionante. Dicen que hasta el mejor escribano tiene un borrón. Este es el de Shyamalan, dentro de una filmografía que seguiré reivindicando.

miércoles, enero 31, 2007

Más 'Infiltrados'

Infiltrados, la mejor película de 2006, una obra maestra más del genial Martin Scorsese, tendrá secuela. El guionista de la primera, William Monahan, ya está trabajando en la continuación, de la que todavía se sabe más bien poco. Se conoce quién será el protagonista, el agente que interpretaba Mark Wahlberg, ese personaje de culto por el que ya ha recibido una nominación al Oscar al mejor actor secundario. Se introducirá, además, un nuevo personaje, que en principio estaría a cargo de Robert de Niro (gran noticia, desde luego). Nada apunta, sin embargo, a que Scorsese volvería a ponerse detrás de las cámaras. Al parecer, sólo ejercería como productor, aunque habrá que esperar confirmación oficial.
Habrá mucha gente que piense que Infiltrados no es una película que se preste a hacer una secuela, pero lo cierto es que la película de Hong Kong en la que se basó Scorsese, Internal affairs, tuvo dos continuaciones, una precuela y una secuela. No obstante, la película norteamericana que continuará la historia de Infiltrados será totalmente nueva, puesto que la secuela de la original se centraba en las vivencias de un personaje que en la oriental sobrevivía y que Scorsese mató en su película (para no destripar la historia a quien no la haya visto, no revelaré cuál es, a pesar de que todas las páginas web que se hacen eco de la noticia sí lo hacen...).