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lunes, agosto 12, 2013

'RED 2', un más de lo mismo mejor que el original

RED fue más de lo mismo, la clásica comedia de acción que parece más una reunión de viejos amigos que una película aceptable. RED 2 viene a ser lo mismo que aquella, pero resulta que acaba siendo mejor. Y es difícil decir por qué, porque esta parece la clásica secuela que muchos ventilarían con un "si te ha gustado la primera ésta también te va a gustar, y si no te gustó ésta tampoco". No es que la mejora sea descomunal, pero quizá las piezas encajen mejor en la secuela. Quizá haya chistes más divertidos que en la primera entrega, aunque siga sin verle la gracia al personaje de Helen Mirren (parece menos presente en esta entrega) o al de John Malkovich (por repetitivo, quizá el actor menos en forma de todos los que aparecen en la franquicia). Pero Bruce Willis entiende este tipo de películas desde los años 90, Mary-Louise Parker está divertidísima y las inclusiones de Anthony Hopkins, David Thewlis, Catherine Zeta-Jones y, en menor medida, Lee Byung-hun son acertadas. Sí, persisten los inexplicables agujeros en la trama, pero RED 2, en conjunto, entretiene más que RED.

Básicamente hablamos de lo mismo que ya ofrecía aquella película, una serie de actores veteranos que se meten en una historia de acción sin límites. Si RED 2 es más entretenida se debe a que sus puntos fuertes son más sólidos que en la primera entrega. Y el principal es la relación entre los personajes de Bruce Willis y Mary-Louise Parker, que es divertida y funciona de principio a fin. Él, a pesar de la edad, sigue siendo un gran héroe de acción (su primera secuencia en solitario así lo atestigua), y muchas de las secuencias de la película evidencian que sigue teniendo un apreciable sentido del humor. Ella, por su parte, complementa a la perfección a Willis, y juntos protagonizan los mejores gags de la película, a pesar de algún exceso como la persecución por las calles de París, que, eso sí, tiene un final brillante. Para hacer crecer esta parte de la película, la interacción con Catherine Zeta-Jones es muy agradable, aunque su personaje sepa al final a muy poco.

¿Los puntos flacos? En realidad, los mismos que en la primera entrega aunque aquí se notan algo menos. No termino de encontrarle la gracia a los personajes de John Malkovich o Helen Mirren por mucho que lo intente, les veo demasiado caricaturizados y exagerados, no son partícipes de los momentos más divertidos (aunque en esta segunda entrega Malkovich sí se acerca a alguno), y en el caso de Mirren (su alusión a que es la reina de Inglaterra es lo más divertido de su presencia en la película) arrastra a Brian Cox a repetir prácticamente su participación en la primera película. Hay dos momentos delirantes con coches de por medio, el primero lo protagonizan Willis y Zeta-Jones, el segundo Mirren y Byung Hun. El primero es divertido, el segundo suena a hueco, exagerado y digital. No parece casualidad. Y eso que las escenas de acción en general están muy bien resueltas, no desentonan en la película y tampoco da la sensación de que haya dobles, aunque sin duda los hay.

RED 2 ofrece casi dos horas de la conocida mezcla de acción y comedia que estaba en las previsiones. Pero sí la película crece es probablemente porque Bruce Willis está algo más cómodo y a que Parker se lleva de calle muchas de las escenas de comedia. Hay que dar por descontado que este es un cine que no se toma en serio a sí mismo, y basa en esa percepción el olvido de casi todos sus errores. Y al final, en realidad, lo acaba consiguiendo. Con sus altibajos, con sus defectos, y con el recuerdo algo escaso que dejó la primera entrega, lo cierto es que este singular universo de veteranos crece con respecto a la primera gracias a la solvente locura de Anthony Hopkins, sin que se note demasiado el cambio de director (Robert Schwentke deja su silla a Dean Parisot, realizados hace 14 años de Héroes fuera de órbita) y con una historia simpática.

lunes, abril 08, 2013

'Efectos secundarios', Soderbergh mejora pero no tanto

Dentro de la frenética marcha que ha metido Steven Soderbergh a su carrera como director (precisamente cuando más habla de ponerle fin), Efectos secundarios es su mejor película. Mantiene la frialdad de sus últimos trabajos (Magic Mike, Indomable, Contagio), pero encuentra elementos interesantes en un guión que, una vez superados los vaivenes iniciales y la falta de definición sobre la película que quiere ser, coge fuerza y hace crecer a sus personajes. El final no está tan a la altura y se acerca más a lo complaciente de aquel decepcionante cierre de Traffic que a las cimas truculentas a las que apuntaba en la media hora final, pero el resultado esta vez no es malo. A eso contribuye un reparto adecuado y convincente, que hace olvidar algunas trampas de la primera mitad del filme y contribuye a dejar un thriller convincente que, eso sí, pierde gas cuanto más tiempo tiene el espectador para pensar en la película. Tampoco parece como para tirar los cohetes que ha tirado la crítica norteamericana ni un salto enorme, pero sin duda es una mejora en la filmografía reciente de un director, Soderbergh, al que sigo viendo sobrevalorado.

Soderbergh construye una historia de la que no es fácil hablar sin desvelar algunos de sus muchos giros, alguno intrascendente y alguno muy agudo. Basta con saber que la película se construye básicamente en torno a cuatro personajes, la pareja que forman Emily (Rooney Mara) y Martin (Channing Tatum), ella víctima de depresiones por el hecho de que su marido está en la cárcel, y dos psiquiatras, los doctores Jonathan Banks (Jude Law) y Victoria Siebert (Catherine Zeta-Jones), el primero de ellos tratando en esos momentos a Emily y la segunda como su doctora en el pasado. La película arranca pareciendo un drama personal, se desliza después por los derroteros de la crítica social (a la industria farmacéutica, muy presente en determinados momentos de la cinta) y acaba como una especie de thriller psicológico que promete mucho y acaba dando algo menos de lo presumible. Los mejores momentos están en las dos últimas partes, especialmente en la segunda, aunque destacar eso obliga a aceptar las trampas que Soderbergh va tendiendo en el primer tercio.

A diferencia de lo que sucedía con las anteriores películas de Soderbergh, esta sí se disfruta durante la proyección. Hay una historia que resolver, un misterio que desentrañar y un final al que llegar. Todo eso quedaba mucho más difuso en sus anteriores trabajos. Y aunque interesa, la frialdad del director aleja bastante (hay algo de esa metáfora en los planos con los que abre y cierra la película), una distancia que recortan los actores. Con un Chaning Tatum que no da mucho más de sí, ni como actor ni por el personaje que le ha tocado en suerte, Jude Law lleva el peso de la película, primero discretamente y a la sombra de la en ocasiones agradecida excentricidad de Rooney Mara (pero menos magnética de lo que estaba en el todavía único Millennium de David Fincher) y desde la mitad de la película ya con firmeza. Su personaje es el que mejor evoluciona porque es el que más lo hace en cámara, a la vista del público. En él no hay trampas. En el resto del andamiaje de la película, sí. Por eso, Jude Law se erige en lo mejor. La presencia de Catherine Zeta-Jones también es muy agradecida, porque encuentra el punto adecuado a cada una de sus escenas, aunque en la reflexión posterior a la película sea el personaje más criticable en el guión.

No comparto la difusión de spoilers, y eso complica las explicaciones sobre una película interesante a ratos e insulsa en otros. Interesante porque hay mimbres, porque hay escenas que enganchan, hay momentos que sí logran su objetivo. Pero insulsa porque las explicaciones que da Sodebergh con el guión de Scott Z. Burns (con el que ya trabajó en ¡El soplón! y Contagio, además de haber colaborado en El ultimátum de Bourne) son a menudo bastante atropelladas e inverosímiles. Por eso, digerir la película acaba por rebajar su efecto, porque sirve para asumir que hay detalles que no cuadran en el relato de la primera parte o en la explicación de la resolución. Incluso hay personajes que sirven para una cosa y la contraria, sin mediar escena alguna que diga por qué. Se agradece que Soderbergh no intente aquí hacer la película definitiva sobre nada y se embarque en una intriga de lejanas resonancias hitchcockianas que tardan en dejarse ver. Eso y las actuaciones salvan una película que se deja ver con cierto agrado pero cuyo argumento tiene toda la pinta de no resistir un segundo visionado.

lunes, febrero 18, 2013

'La trama', el guión como problema

Puede parecer un juego de palabras realmente fácil, pero el problema de La trama está en el guión. Es un problema serio porque afecta a todos los demás elementos que pone sobre el tablero Allen Hughes en el primer filme que dirige en solitario y sin su hermano Albert. Prácticamente nada consigue ser creíble es una película que coloca muy alto el listón de sus expectativas, quizá más por la temática y por su reparto que por sus posibilidades reales, y, en comparación, se queda muy por debajo en el resultado final. Tras una lograda ambientación y alguna que otra relación entre personajes desarrollada con interés y oficio se escapan frases trilladas, personajes que no tienen ni de lejos la importancia en el guión que parece intuirse, y un argumento que apenas es capaz de sostenerse para los 108 minutos que dura la película. Que Russell Crowe sea lo mejor de una película no tendría que sorprender a nadie, y es que su terreno en ésta es el que más juego daba.

No son muchas las ocasiones en las que un guión que ha circulado por los estudios durante largos años acaba desembocando en una gran película. El caso de La trama viene a confirmar esa teoría. Fue en 2008 cuando se compró el guión de Brian Tucker, que no tiene hasta la fecha ningún otro libreto producido, y desde entonces pugna por llegar a la gran pantalla. Cinco años parecen muchos para una película así. Y es que el tema es atractivo, aunque Hughes (que rodó junto a su hermano Desde el infierno o El libro de Eli) no parezca el director más adecuado para sacarle partido a una historia así, a pesar de un fantástico plano inicial. Las películas protagonizadas por ex policías juzgados por espinosos asuntos morales y las que tocan la corrupción que ataca a la democracia en todo el mundo ya tienen un punto a favor. Pero en esta ocasión la mezcla no funciona porque parece floja, débil, inconsistente. No sé ve un fondo interesante a la historia, ni tampoco una forma que haga olvidar las flaquezas del guión.

Y es precisamente el guión lo que hace que el punto fuerte del filme, sus protagonistas, queden peor de lo que realmente están. Porque, como decía, Russell Crowe es lo mejor de la película indiscutiblemente. Y sería un trabajo francamente convincente de no ser por las líneas que le otorga el guión. Cuando llega a decir "ni yo sé lo que quiere decir" refiriéndose a una de las frases hechas que le tocan, casi parece una declaración de intenciones sobre lo que supone la película. No se construyen grandes personajes dándoles frases aparentemente trascendentes, y en eso falla Tucker. Como también falla en dar algo de profundidad al personaje de Catherine Zeta-Jones, que promete mucho, que encuentra en la actriz un interesante reverso formal a su caricatura de Rock of Ages, pero a cuyo rol le falta muchísima profundidad y presencia en la película. Y Mark Whalberg ahonda en su solvencia como protagonista de historias turbias, pero no termina de marcar una diferencia entre éste y otros de sus papeles más recientes.

¿Qué nos queda? El trasfondo político. Russell Crowe interpreta al alcalde de Nueva York. Y está en plena campaña para la reelección. Las escenas políticas, de platós y de despachos, están entre lo más destacado de la película. O la relación personal que Wahlberg, primero policía y después detective privado, mantiene con su ayudante (Alona Tal). El resto viene a ser un conglomerado pensado para que todo tenga explicación pero en el que casi nada es satisfactorio. No convence la historia con la que el personaje de Wahlberg mantiene una relación con Natalie (Natalie Martínez), una actriz portorriqueña que ha cambiado el nombre para trabajar en el cine independiente. Tampoco, a pesar de atractivos esbozos, la difícil convivencia del alcalde con su esposa (Zeta-Jones). La trama es una oportunidad perdida para hacer un thriller político-policial de altura y que se queda en una película sencillamente entretenida.

lunes, agosto 13, 2012

'Rock of Ages', blanda y escasa reivindicación rockera

Cada vez que se estrena un musical, en las pocas ocasiones en que eso sucede en nuestros días, parece que está obligado a reinventar el género, pero es una ilusión basada en la escasez de títulos y no en las expectactivas de cada película. Rock of Ages no va por ahí. En conjunto es bastante blanda, se aleja de la reivindicación rockera que parece esconder su guión en algunos momentos (sobre todo en la divertida pero claramente caricaturesca confrontación final entre defensores y detractores del rock), y se deja devorar por los tópicos de cualquier historia de "chico-conoce-chica". Eso sí, Rock of Ages es un musical que proporciona el entretenimiento que se le presupone, una buena selección musical para amenizar las dos horas de metraje, adecuadamente montadas las canciones en la película, y alguna que otra interpretación más que notable, sobre todo la de un Tom Cruise al que estará siempre de moda darle palos pero que siempre cumple cuando aparece en una pantalla. Y aquí hace más que cumplir.

Habría que conocer el musical de Broadway en que está basado para hacer un juicio más completo sobre la adaptación cinematográfica, pero conociendo sólo la película parece evidente que hay números musicales modificados, recortados y mezclados. Y el resultado no parece malo. Quizá hay una obsesión no siempre justificable en que demasiadas canciones mezclen a diferentes personajes en distintos lugares cantando temas con mensajes que puedan ser aplicados a todos ellos, pero seguramente eso también permite recortar la duración de la película a dos horas, una duración que, en todo caso, se antoja excesiva y penaliza al filme en algunos altibajos que tiene, sobre todo pasado su ecuador. Tampoco ayuda el poco carisma de los dos actores protagonistas, la guapísima Julianne Hough (encasilladísima en el cine musical tras protagonizar el reciente remake de Footloose) y el más soso Diego Boneta (actor y cantante mexicano).

Pero el principal problema que tiene Rock of Ages está en su guión. Quitando algunos momentos inspirados y más los de comedia (tópico pero divertido uso de un más que pintoresco animal), no deja de ser la típica  historia de amor en la que uno de los miembros de la pareja, que inevitablemente se enamorará después de pasar las lógicas dificultades y malentendidos, lo ha dejado todo para probar suerte en la gran ciudad, en este caso ella. La sensación de haber visto lo que cuenta la película es imposible de superar, aunque el envoltorio le da cierta independencia con respecto a otros títulos. No hay, además, espíritu reivindicativo, por mucho que pueda parecerlo en algunas escenas. No es Rock of Ages un filme que enarbole temáticamente la bandera del rock aunque se deje caer esa impresión en algún momento. Es, más bien, una visión amable de lo que podría haber sido la película de haberse rodado realmente con esa intención (quizá también si se hubiera rodado a finales de los años 80, donde se dice que transcurre la trama).

Adam Shankman, director de Hairspray y especialista en este terreno del musical, está más concentrado en que funcionen bien las coreografías, muy efectivas, que en ese poso reivindicativo. Y más en sus actores más conocidos que en el conjunto final de la historia. Por eso, desde que Tom Cruise, Paul Giamatti o Catherine Zeta-Jones entran en la pantalla se hace más difícil concentrarse en la pareja protagonista. Cruise borda su papel de estrella del rock excéntrica y deja las mejores escenas de la película con diferencia, verosímil completamente sobre el escenario e hipnótico y divertido fuera de él. Siempre arriesga y casi siempre gana, y eso dice mucho sobre él. Giamatti es uno de esos secundarios de lujo que se amolda a cualquier tipo de papel con una facilidad asombrosa. Y Zeta-Jones (con un impactante número musical en el que se atisban movimientos... ¡de Michael Jackson!) interpreta al personaje que mejor ejemplifica la parodia que esconde esta versión de Rock of Ages, sobre todo por su rocambolesco final. Alec Baldwin también sabe reírse de sí mismo como parte de ese tono paródico que impregna la película, pero su personaje no termina de funcionar tan bien.

Rock of Ages es un musical simpático. No mucho más porque, en el fondo, pretende detenerse ahí. Las canciones, buenas y conocidas, funcionan. Las interpretaciones que los actores hacen de esos temas, también. Las coreografías, sin ser excesivamente complejas en la mayoría de los números, son efectivas. Y las actuaciones de los intérpretes más conocidos, con un magnífico Tom Cruise a la cabeza (sorprendente y positivo que un personaje tan psicológicamente ido como el suyo consiga una envidiable química con el de Malin Akerman, otro rostro bonito de Hollywood que busca el éxito variando sus personajes en todo lo posible; ojo a la escena de la entrevista... y al hilarante comentario que le suelta Giamatti cuando ella se marcha), sobresalen con facilidad. Con eso se compensan las carencias en el libreto y en las prácticamente inexistentes aspiraciones de dar algo más que dos horas de entretenimiento. ¿Y entretiene? Todo es muy políticamente correcto (cuota homosexual incluida), pero sí, la verdad es que sí. Y es que, en mayor o menor grado, es difícil no salir de la sala asumiendo el I Love Rock & Roll que proclama una de las canciones añadidas para el filme.