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viernes, enero 08, 2016

'Joy', entretenimiento sin espíritu

Aunque apuntaba alto, no es Joy la mejor muestra reciente del cine de David O. Russell, y es una pena porque la historia que ha escogido para esta película le daba para hacer algo mucho más mágico, casi con alma de cuento y desde luego con mucho más espíritu del que finalmente ha puesto en la pantalla. Cuando acaban los 125 minutos que dura la película, la sensación que queda es la de haber visto una de esas historias de superación bonitas, entretenidas y correctas, pero en la que hay demasiadas lagunas como para dar el salto de calidad que sí dieron otros filmes del director, como El lado bueno de las cosas o la algo infravalorada por la crítica, que no por los premios, La gran estafa americana. Por momentos parece que sí va a crecer, sí va a asumir ese rol de fábula contemporánea que, en otros tiempos, tan bien se le dio a Frank Capra, pero el globo se desinfla bastante a poco que se piense detenidamente la película.

Joy es la historia de una joven de ese nombre que una vez convertida en madre de familia ve como todas sus aspiraciones de niña se han diluido en una vida llena de fracasos, decepciones y problemas. Divorciada, con dos hijos, con su ex marido viviendo en el sótano de su casa, con sus padres también divorciados y llevándose a la gresca, con un trabajo que no le gusta y con sus ambiciones infantiles de crear cosas hechas añicos por la realidad, hasta que esa misma realidad le obliga a abrir los ojos. Russell vuelca todo su esfuerzo en que la protagonista sea un personaje espléndido, y para ello vuelve a recurrir a su actriz fetiche, Jennifer Lawrence, que abandonando la cómoda apatía que despliega en los blockbusters, sea X-Men o Los juegos del hambre, recupera aquí las sensaciones que hacen de ella una actriz miy interesante. Lawrence ilumina la película y le da un nivel más alto del que en realidad ofrece.

Y es que, a pesar del buen material que hay en esa premisa, resulta difícil quitarse de encima la sensación de que hay muchas oportunidades perdidas en la película. Muchos de los personajes están como podrían no estar, o sus relaciones con Joy no están del todo exploradas. En ocasiones se duda hasta de que sean dos los hijos que tiene; otros como su madre, interpretada por Virginia Madsen, llevan la cinta a terrenos casi caricaturescos que no terminan de encajar con otros elementos del relato; algunos, como la mejor amiga de Joy, a la que pone rostro Dascha Polanco, parecen estar porque la realidad impone su presencia, pero sin que en la historia tenga un encaje natural. Quizá el hecho de basarse en una historia real hace que determinados personajes y giros del filme sean necesarios para que el guión tenga esa semejanza con la realidad, pero lo cierto es que hay demasiados elementos que acaban convertidos en trabas narrativas.

El caso es que por momentos funciona. El carisma que desprende Lawrence es una espléndida guía para poder disfrutar de la película, como también lo es el de Bradley Cooper, incluso el del no demasiado exigido Robert De Niro, pero la historia no termina de despegar nunca, y desemboca en lo que incluso parece un final tan previsible como apresurado. Joy no es la película que podría haber sido, no genera por ejemplo las toneladas de empatía que había en El lado bueno de las cosas, y con la blanda resolución de algunas tramas rebaja bastante sus pretensiones. No es que abrace el tono de cuento que por momentos requiere la historia, y que en realidad Russell rueda francamente bien, y eso rebaje el resultado final, no es eso. Es, simplemente, que no acierta imprimirle a todas esas buenas intenciones la intensidad emocional que necesitaba.

viernes, enero 31, 2014

'La gran estafa americana', embaucadores maravillosos, actuaciones memorables

De una forma inconsciente y quizá limitando su alcance a la promoción de la temporada de premios, La gran estafa americana remite a El lobo de Wall Street. Pero es una referencia equivocada. No tienen nada que ver, aunque el subconsciente empuja a compararlas. Quizá porque son las dos grandes películas de los Oscars que se entregarán en unas semanas que se centran en granujas, en ambientes delictivos de cierto guante blanco. Pero no, olvidemos esa comparación porque no procede y asimilemos la última película de David O. Russell como la sobresaliente obra que es. Lo que ofrece La gran estafa americana es una historia de embaucadores maravillosos que poco a poco se confirma como una película sensacional en casi todos los campos en los que puede sobresalir el cine. En uno de ellos alcanza lo memorable: la interpretación. Russell es un espectacular director de actores que aquí ha conseguido ensamblar un reparto descomunal. Se les podría ir dando uno a uno la estatuilla y nadie podría rechistar. Si fuera lo único sensacional de la película, ya sería un título enorme, pero es que hay más. Mucho más.

Lo verdaderamente atractivo de La gran estafa americana es la extraordinaria definición que hay en sus personajes y en la forma en que la película nos va contando cómo es cada uno de ellos. Eso tiene culpables delante y detrás de la cámara. En el primero de esos terrenos, la película explica la imposibilidad de medir con tablar humanas el talento que derrochan Christan Bale, Amy Adams, Bradley Cooper, Jennifer Lawrence y Jeremy Renner, encabezando un reparto sensacional (del que también cabría destacar un mínimo papel de un grande del que es mejor no desvelar su nombre; consideraos afortunados los que veáis la película sin saber de quién se trata). Por tiempo en pantalla, es inevitable asombrarse un poco más con Bale, al que el adjetivo camaleónico se le queda corto y que adquiere maneras cercanas a las de Robert DeNiro en su impresionante trabajo, y Adams, cuyo nivel de registros es tan inmenso que el espectador deja de ser consciente de la herramienta que está usando para transmitir, su es cuerpo, su boca, sus ojos, su voz o todo a la vez.

Pero esa maestría cuenta además con el apoyo de David O. Russell, cuya brillantez con el reparto es una marca que estalló a lo grande en El lado bueno de las cosas. No sólo brinda su apoyo como el extraordinario director de actores que es, sino con su aportación a que la película sea valiente y atrevida, a que cada escena esté pensada y meditada para hacer crecer a uno o más personajes al mismo tiempo, para que no sobre ni uno solo de sus espléndidos 138 minutos y no cesen los momentos memorables por distintos motivos. Tiene un montaje magnífico, que juega a su gusto con el tiempo y con la narración en off, que se mueve con la misma brillantez en la comedia y en el drama, en el thriller e incluso en la parodia (a eso ayuda que la película esté ambientada en 1978, con lo que eso supone en el vestuario y en los peinados, no sólo como elementos visuales sino como parte de esa mencionada construcción de los personajes) y que emplea la música con un gusto exquisito. Es verdaderamente complicado encontrarle un pero a la película, que también destaca en su mordaz guión, quizá un pelín complaciente en su tramo final, forzando la crítica y por encontrarlo algo que no sobresalga.

Y es que La gran estafa americana es una delicia que merece ser vista una y otra vez, que con su moderna forma de hacer cine vuelve al mismo tiempo a lo más básico, a los personajes, a su construcción y a su desarrollo, a los diálogos y a la transmisión de emociones más primaria y conseguida. No es sólo la historia de un timador, interpretado por Bale, que encuentra a la pareja perfecta para llevar a cabo sus planes, el personaje de Amy Adams, y se ven envueltos en una empresa mayor de lo que pueden digerir. Es, por encima de todo, un memorable estudio de personajes contado en un entorno que no hace más que engrandecer su historia, que no habría sido tan divertida ambientada en otro momento, que no habría sido tan memorable con otro reparto y que, probablemente, en manos de algún otro director, habría sido un quiero y no puedo aspirante a película del año. Y así, de la forma en que ha acabado siendo es, indudablemente, uno de los más serios contendientes para lograr ese título. Es, a todos los niveles, una absoluta gozada.

viernes, enero 25, 2013

'El lado bueno de las cosas', deliciosa y divertidísima

Empezaremos con una confesión y así quedará claro el terreno que pisamos. Hacía muchos años, y cuando digo muchos son muchos, que no me reía tanto en una sala de cine. Ese efecto lo ha provocado El lado bueno de las cosas. Después de esa primera impresión, tengo que decir que cada vez me apasionan más películas como esta. ¿Y cómo es esta película? Preciosa. Divertida. Humana. Real. No he dejado de pensar en las semejanzas, salvando las distancias, con Mejor... imposible, aquella igualmente deliciosa comedia de James L. Brooks protagonizada por Jack Nicholson, Helen Hunt y Greg Kinnear. Y el efecto es el mismo. Es una deliciosa comedia que lidia con aspectos que difícilmente podrían servir de base a un filme de este género, que trata con enfermedades mentales, problemas de conducta social, envidias, mal de amores y matrimonios rotos. Gracias a eso, es cínica, hiriente e incisiva. Pero es también divertida, emotiva, dulce y maravillosa. Qué gozada de película.

Pat Solitano junior (Bradley Cooper) es bipolar. Después de un incidente traumático con su esposa (que se detalla pocos minutos después de iniciarse la película), es internado durante ocho meses en un psiquiátrico para tratar de curar esa afección. Tiffany Maxwell (Jennifer Lawrence), hermana de una amiga de la esposa de Pat, acaba de afrontar la muerte de su marido. Ambos tienen problemas psicológicos. Ambos encuentran en el otro una forma de ser mejores. Y ambos están interpretados con una sublime precisión por dos actores en estado de gracia que tienen una química fascinante. Aportan tantos matices y se meten tan de lleno en todas las facetas de sus papeles que parece imposible no sentir, padecer y soñar con ellos. Hay docenas de momentos en que se ve esa hermosa fusión, esa química indescriptible, pero parece difícil no quedarse con esa mirada inocente de la foto después de una escena maravillosa. Y tanto da que el final pueda ser más o menos previsible, es la historia lo que cuenta. Siempre es la historia. Por esta película es tan buena.

David O. Russell, que no me había enamorado con sus dotes para la comedia (Tres reyes) y sí aunque no de forma tan contundente como se apuntó mayoritariamente en su momento con su forma de abordar las miserias humanas (The Fighter), escribe y dirige una maravilla. Y si El lado bueno de las cosas casi se dirige sola gracias a sus actores (o, precisamente, gracias a una formidable dirección de actores, que es lo que Russell evidenció en su anterior filme con un Christan Bale soberbio y magnígicamente acompañado), es obligatorio alabarle por su trabajo aquí como guionista. Diálogos frescos, contundentes y divertidos pueblan la película. Y no solo entre un Cooper que se está revelando como un actor mucho más versátil de lo que cabía suponer y una Lawrence que confirma que es una actriz a tener muy, muy en cuenta mientras algunos se limitan a hablar de ella como mujer deseada. Robert De Niro, entrando ya en el campo de secundarios de cierta edad, borda su papel junto a Jacki Weaver como los padres de Pat. Y lo mismo Chris Tucker, quién lo iba a decir. La solidez en el reparto es proporcional a lo que va creciendo el guión por momentos.

La película convence porque no hay nada en ella que chirríe a pesar de tocar muchísimos palos. Es obviamente, el retrato de dos personas enfermas (delirante su primer diálogo sobre las medicinas que han tomado). Pero es también el de una familia en apuros (sí, Robert De Niro puede llorar). O el de una afición como el baile (¿sabéis ese tradicional montaje musical de diferentes instantes que suele ser tan cansino en otras películas? Aquí funciona de maravilla). O el de una pasión como el fútbol americano (hay quien ha querido ver polémica en este aspecto por el tema de las apuestas; absurda, por supuesto). Todo parece tener cabida y cada escena encaja de una forma maravillosa, como pedazos de una historia realista, creíble y preciosa. Y divertida, muy divertida, porque, como la vida misma, en la que una risa compensa cientos de momentos de amargura, El lado bueno de las cosas fluye con una sencillez tan contundente que casi parece fácil hacer una película tan completa.

Bradley Cooper y Jennifer Lawrence forman una pareja formidable, de esas que perduran para siempre en la memoria del espectador. Pero El lado bueno de las cosas es más que eso, y escena a escena se va convirtiendo en una de esas películas que esbozan una permanente sonrisa en la cara del espectador. En las escenas en las que Pat y Tiffany salen a correr por la calle, en todas las apariciones de Chris Tucker, en la memorable reunión tras el gran y decisivo partido de fútbol americano (uno de los diálogos más divertidos que recuerdo... y el duelo interpretativo brutal entre De Niro y Lawrence), en los arranques bipolares de Pat (por ejemplo, y aunque el trailer ya haya destrozado esa escena, ojo a su reacción al leer el final de Adiós a las armas de Ernest Hemingway). Y una pequeña reflexión final. Cuando parece que solo las películas que quieren ser rompedoras, diferentes, violentas, visualmente innovadoras, épicas o dramáticas están llamadas a ocupar un hueco en el panteón del cine contemporáneo, es refrescante descubrir que una historia de las de siempre como esta alcanza los mismos o más méritos que aquellas. Chapeau.

martes, febrero 08, 2011

Sobrevalorada 'The fighter', prodigioso Christian Bale

The fighter es una de esas películas que reciben una continua sobrevaloración, primero desde la crítica y después desde los premios. No es una película fácil de hacer, y su director, David O. Russell (responsable de Tres reyes), lo sabe. No es fácil sobre todo porque los precedentes del boxeo en el cine han dejado grandes obras maestras con las que se comparará inevitablemente este filme. Y en esa comparación, The fighter sale perdiendo. No porque no tenga virtudes, que indudablemente las tiene, sino porque no consigue elevarse por méritos propios de entre los títulos de este estilo. Sí destaca por un reparto sencillamente excepcional, encabezado por un correcto Mark Wahlberg y un prodigioso Christian Bale, al que merece la pena escuchar en versión original para poder detenerse en todos los pequeños detalles verbales y gestuales que conforman un papel inolvidable. Un reparto que se eleva por encima de la previsibilidad del guión y de los agujeros que deja, oportunidades perdidas para que el lucimiento de los actores hubiera sido todavía mayor.

Con un breve repaso del boxeo en el cine, uno se da cuenta de que el reto de crear una nueva película es inmenso. Más dura será la caída, Fat City, Rocky, Toro salvaje, The boxer, Million Dollar Baby, la injustamente olvidada Cinderella Man... Son muchos los títulos emblemáticos que ha dado este pequeño subgénero. ¿Qué tiene de nuevo The fighter para ganarse un rincón en el recuerdo? No demasiado, la verdad. La gran novedad estilística que presenta es integrar el formato televisivo en la pantalla, primero a través de un documental que un grupo de realizadores está haciendo del boxeador Micky Ward (Mark Wahlberg) y de su hermano y preparador Dicky (Christian Bale), y después con la filmación televisiva de los combates que hay en el filme. Pero como en realidad no estamos ante un filme de boxeo, sino ante un drama familiar ligeramente ambientado en ese mundo, la novedad estilística pierde peso en la narración casi sin que nos demos cuenta.

Lo que importa de The fighter está en la historia familiar. Comienza la película con dos hermanos, uno es boxeador y el otro le entrena. Su madre (Melissa Leo) actúa como su manager, mientras su padre y sus otras cinco hermanas son simples animadores. No son ricos, no tienen estilo, malviven como pueden a cuenta de los pequeños réditos que saca Micky de sus combates, mientras que Dicky vive una mala vida que amenaza la carrera de su hermano. En esta situación, Micky encuentra a una mujer, una camarera (Amy Adams) que cree que ya es hora de que el boxeador tome sus propias decisiones y, por su propio futuro, se aleje profesionalmente de su familia. Ese choque de personalidades femeninas apenas se ve esbozado en el filme. O'Russell, según el guión Scott Silver, Paul Tamasy y Eric Johnson, se ha detenido tanto en ambientarnos (gracias a una espléndida y muy adecuada selección musical) que se le escapa un mayor desarrollo de esta cuestión.

Y es una lástima, porque unos actores en estado de gracia pedían a gritos algo más. Sí tiene todo lo que necesita un Christian Bale que hace el mejor papel de su carrera, hasta el punto de que hay que preguntarse una y mil veces si estamos ante el mismo intérprete que da vida a Batman para Christopher Nolan. Sus aptitudes camaleónicas le dan mucho juego y muchas opciones. Él estaría en la misma esquina que una arrolladora Melissa Leo en esta confrontación personal que mueve el filme, lo hace avanzar, pero no termina de convertirse en su alma. En la otra esquina esta Amy Adams, una actriz inconformista, asombrosamente versátil, poderosa y siempre asombrosa que personifica esas ganas de más que deja el guión. Borda lo que hace, pero hay mucho más detrás de su actuación que no llega al metraje de The fighter. Entre ellos tres crean un marco prodigioso para que Walhberg se deje llevar con acierto como el pusilánime boxeador, atrapado entre la familia y el amor. Los quiere a todos, pero todos ellos se detestan.

Hay dos grandes escenas de enfrentamiento entre Leo y Adams, las dos formidables y tensas, las dos esbozos de un camino que la película no termina de tomar. Por ser un conflicto tan sugerente, duele que el guión le dé una resolución tan apresurada y hasta cierto punto inverosímil. Quizá haya que buscar el motivo de esa suavidad en los títulos de crédito finales, acompañados por las imágenes de los hermanos Ward reales, porque ésta es una película basada en la historia de un boxeador real. Se supone que si aparecen es porque están conformes con el guión y con el proyecto, lo que ya induce a pensar que todo queda algo edulcorado, al menos en el tramo final de la película. Y pese a tener ese referente en la realidad, otro de los grandes aciertos del filme es que mantiene la emoción y la tensión de saber qué pasará en ese combate final, clímax inevitable de toda película de boxeo aunque The fighter pidiera a gritos que su fuerza emocional estuviera en otras escenas.

The fighter es una buena película, aunque seguramente no tan buena como la publicidad, el marketing, la crítica y los premios nos han intentado hacer creer. Destaca y encuentra un lugar en el corazón de los cinéfilos por su maravilloso trabajo actoral, pero más allá de eso no hay muchas novedades a las que agarrarse. Quizá todo quede algo más claro si se explica que Martin Scorsese (director de Toro salvaje) rechazó dirigirla aunque Wahlberg (con quien trabajo en Infiltrados) se lo propusiera, o si se supiera que Darren Aronofsky (director de El luchador, sobre lucha libre en lugar de boxeo pero de tono y temática similar; ésta me pareció aún más sobrevalorada) se decantó por Cisne negro en lugar de por ésta cinta. Quizá ellos sí vieron lo difícil que era luchar contra los referentes, por muchas cualidades que uno pueda reunir en la pantalla. The fighter reúne unas cuantas, pero en otros aspectos se queda en el camino.